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jueves, 28 de febrero de 2013

LO QUE DEJARON LAS VACACIONES


Ya se me acaban las vacaciones y fue un mes especial.

Al margen de los viajes y experiencias (estuve en cinco distintos países, incluyendo Arequipa donde regularicé mi calidad migratoria obteniendo mi correspondiente pasaporte), este fue un mes de crecimiento.

Como siempre y cada vez que me encuentro con mi gran amigo Claudio, reevalué metas, proyectos e ideas. Es sumamente nutritivo para el alma conversar a nivel de introspección y darnos cuenta de lo que estamos haciendo bien y de los errores que todavía mantenemos por causa de los paradigmas equivocados y que no hay forma de dejar sin la ayuda de alguien que los señale desde afuera.

Me he acercado más a mi hija y eso me satisface mucho, somos cada vez más unidos, ella confía mucho en mí y eso me hace muy feliz, sin olvidar que es también una gran responsabilidad.

Me siento más unido a mi familia y eso es indudablemente bueno.

Me hice chequeos médicos, comprobé que estoy bien, hay algunos desperfectos por reparar, pero son lesiones que se producen por hacer. Es mejor tener lesiones por hacer, que por no hacer. En mi caso me vida deportiva me ha causado esta lesión, es de fácil reparación y repito: Son preferibles las lesiones que tienen como causa el hacer cosas que aquellas que se producen como consecuencia del sedentarismo y el abandono.

Me olvidé por completo del trabajo, salvo dos o tres llamadas impertinentes que se resolvieron rápidamente.

Regreso al trabajo con nuevos bríos y nuevas metas. Este año será un año de éxitos y conquistas.

Tuve que deshacerme de muchos contactos en la red social y cada vez estoy más convencido de que fue una buena decisión. Somos lo que comemos, somos lo que consumimos. No quiero abrir el Facebook para ver las noticias de mis amigos queridos y encontrarme con imágenes desagradables, comentarios de personas que se han hundido en su propia miseria o peor, que están boicoteando ellas mismas su felicidad y logros con decretos de tristeza y decepción.

Este año debe ser de éxitos, de alegría, sin olvidar a las personas que la pasan mal, pero siendo proactivo respecto a las formas como ayudarlos. No se ayuda a nadie con compartir enlaces o haciendo click en “me gusta”, se ayuda siendo un buenos ciudadanos, limpios, ordenados, tratando de ser un buenos ejemplos para nuestros hijos y claro, apoyando discretamente a quien no tiene posibilidades.

Este es un año de proyectos personales, y me gustaría también que sea un año de proyectos colectivos. Quien quiera dar ideas para hacer cosas que nos hagan crecer como grupo con intereses comunes. ¡Bienvenidos!

¡Éxitos a todos!

miércoles, 29 de febrero de 2012

PUROS CLANDESTINOS

José Manuel nos lleva a la fábrica de ron más antigua de Cuba, curiosos preguntamos el precio de los habanos que vemos en un mostrador, el tendero nos dice que cada uno cuesta aproximadamente cinco dólares. José Manuel nos susurra que más tarde nos llevará a un lugar donde podemos comprar habanos de buena calidad a buen precio.

Más tarde en el taxi José Manuel, mientras conduce, nos cuenta que un negocio habitual en La Habana y al parecer en toda Cuba es tratar de venderle puros en la calle a los turistas despistados, negocio que usualmente termina en estafa cuando el turista abre el paquete y descubre que la mercadería son puros de mala calidad, si tuvo suerte, o si no, una caja llena de basura en el peor de los casos (José Manuel al igual que otros cubanos que nos advierten del asunto, nunca usan la palabra “estafa”, prefieren decir cualquier otra cosa, como “problemas” o “cosas que no son”).

Minutos después entramos a una callejuela estrecha, a la izquierda una mujer conversa con un hombre mayor en la puerta de la casa. José Manuel se estaciona frente a ellos y los saluda con naturalidad, ellos corresponden y rápidamente desaparecen de la escena, por arte de magia aparece un sujeto cuyo nombre no importa, es de baja estatura, viste una camiseta verde que tiene el logotipo de la marca “Polo” y que lleva estampada una corbata azul con líneas amarillas y rojas en el pecho; en la cabeza lleva un gorro caqui militar que a todas luces es de marca, tiene – no podía ser de otra forma – un habano encendido en la boca e irradia una simpatía a prueba de balas.

Viene acompañado de otro sujeto, que discretamente casi no interviene, nos invitan a pasar a la casa, un zaguán y una pequeña sala a la izquierda, pasamos a la sala. No sentamos, el tipo nos pregunta en qué nos puede servir – como desentendiéndose del asunto – y nosotros algo sorprendidos pero seguros, preguntamos por los habanos, sonríe, da una chupada a su puro llenando de humo el ambiente y sube las escaleras, regresa luego de unos minutos con cajas con todas la variedades posibles de puros cubanos, en todas la presentaciones. Hablamos de precios y notamos que efectivamente está muy por debajo de los precios de las tiendas destinadas para turistas. Compramos unas cajas y nos quedamos con las ganas de llevarnos todo. Claudio le pregunta si acepta sacarse una foto con nosotros y contra lo que esperábamos acepta gustoso.

Más tarde José Manuel nos explica que nuestro clandestino proveedor trabaja en la tabacalera nacional, motivo por el cual tiene acceso a esa mercadería. En ese momento me surgen cien preguntas pero prefiero no saber, precisamente ahora que escribo esta nota, también cambio de decisión , pensaba acompañar la nota con una de las fotos que nos tomamos con este personaje, pero desisto, no quiero meter en problemas a este simpático cubano. Sin duda alguna es una de las estampas que me traje de Cuba, un tipo carismático y alegre, y unos habanos de muy buena calidad que todavía no me termino de fumar.

ENFOQUE

Una nota acerca de febrero podría ser escrita desde un cómodo asiento en victimilandia, quejándome de todo y contando minuto a minuto el desastre sucedido en mi ciudad entre el quince y el dieciocho y con las secuelas que todavía duran.

Pero no, como dice Anthony Robbins, no hay respuestas malas si no preguntas mal hechas. El año pasado si se fijaron no hice nota acerca de la inundación de abril, porque no se debe perder el enfoque en cosas negativas.

Si se tuviera que hacer un recuento de febrero, se podría hacer así, del 2 al 15 un viaje maravilloso con mi familia por Lima, Arequipa y Mollendo, con buenos amigos por todos lados y visitando a mis padres, hermanos y sobrinos, todos ellos pródigos en cariño y atenciones. Del 15 al 21, días de trabajo duro y emociones intensas, una sacudida de esas que hay que agradecerle al universo, porque te sacan de la zona de comodidad y miden tu capacidad de respuesta y la potencia que tiene uno para recomponerse frente a la adversidad. Del 22 al 26 un viaje programado con anterioridad al que pude haberme resignado a perder si me hubiese quedado en mi balcón de victimilandia, pero que afortunadamente con el apoyo y cariño de mi familia y amigos pude realizar y cumplir otro sueño; luego al retorno y ni bien bajado del avión a trabajar de nuevo para poner la casa habitable y entre ayer y hoy los últimos toques para regresar a la vida normal.

Las conclusiones que se pueden sacar de febrero son: fortalecí los vínculos con mi familia, los eventos difíciles me hicieron ver en mi compañera una faceta que no había percibido antes, es una mujer fuerte y valiente y la admiro hoy más que antes. Fortalecí todavía más la relación con mi hija, he visto satisfecho como ha abierto sus horizontes con el viaje. Pude manejarme bien fuera de mi zona de comodidad y asumí con fortaleza los retos impuestos por la naturaleza. Vi personas valiosas que no habían perdido nada trabajar todo el día para ayudar a sus semejantes, también vi a otros que se sentaron solo a comentar. Hice todo lo posible para dar esperanzas a cuanta persona me encontré en el camino en esos días difíciles. Fuera del país, conocí otras personas, costumbres diferentes con la compañía de mi querido amigo y sabio guía y maestro Claudio Morgan. Contrariamente a lo que muchos pudieran creer, crecí mucho en febrero, la sacudida me hizo regresar al concepto básico de que las cosas son solo eso, cosas, y que lo que importa son la familia y los amigos.

Siempre he sido una persona de decisiones rápidas y soluciones realistas. Hay personas que se sientan al borde del rio a ver como el agua pasa. Vivo una lucha constante para no ser así. Tal vez me había quedado en el borde del rio viendo pasar el agua, el universo vino a despertarme. En mi caso sigo aprendiendo y practicando, enfoque, problema y respuesta.

De todas formas gracias a todos los que se preocuparon por mí, a los que pude contestar, a los que no pude porque iba contra reloj, a los que me apoyaron y ayudaron, a los que me dieron un espacio en sus casas, a los que me comprendieron, a los que todavía se quedan con la boca abierta cuando les cuento todas las cosas que hice y me pasaron en febrero y no les queda claro como se puede pasar tan rápido del problema a la diversión, a los que sin cuestionarme me quieren. Gracias a todos sin excepción.

jueves, 8 de diciembre de 2011

LA SOLEDAD DE LA INMORTALIDAD (Cuento)

Andelko Volkodlak salió del Louvre rumbo a la fría noche parisina, caminó por la Rue de Rivoli hacia el Boulevard de Sebastopol, al doblar la esquina percibió con absoluta certeza que alguien lo estaba siguiendo. Calculó el trayecto con frialdad y se dirigió hacia el rio Sena reduciendo la marcha, cruzó el puente hasta el Boulevard Saint Michel y luego volteó en dirección al Pantheon; en una esquina desolada de la Rue C. Bernard se detuvo en seco para enfrentar a su acechador, al girar no vio a nadie a pesar de percibir claramente una presencia, de pronto una voz seseante retumbó en sus oídos en un idioma que no escuchaba hacía mucho tiempo:
Lahko noč, Andelko. Koliko časa je ze, ko ne prideš v Ljubljano?
Lahko noč, Petar – contestó dando las buenas noches también y reconociendo a su interlocutor – hace años que no voy a Ljubljana, ¿y tú?
– Tampoco Andelko – dijo la voz materializándose de pronto en una sombra y luego en un cuerpo varonil, largo y estilizado, impecablemente vestido – creí que no me reconocerías.
– Al principio no. ¿Dónde has estado todo este tiempo?
– Andando por el mundo, como tú.
– ¿Como yo? No creas – replicó Andelko – hace décadas que no salgo de París.
– Desde que se fue Fátima.
– Sí – musitó el hombre con amargura.
– Vamos a conversar prijatelj, finjamos ser mortales por un rato, disfrutemos la noche de París, acompáñame a un bistró, conozco uno cerca, en la Place d’Italie.

Ambos caminaron sigilosamente sin perder el paso distinguido, sin embargo, invisibles, oscuros, imperceptibles. Cuando llegaron al bistró junto con ellos entró una brisa gélida que hizo estremecer a los concurrentes que todavía estaban en el lugar. Se sentaron. Una atractiva muchacha con acento de Lyon encendió la vela en medio de la mesa mientras les daba las buenas noches, luego anotó su pedido: Una botella de vino tinto.

* * *

Petar Blatnik, al igual que Andelko, había nacido en Ljubljana, ambos habían sido amigos en la soledad de los no muertos, se habían conocido en cacerías nocturnas, percibiéndose sin perturbarse el uno al otro. Petar fue quien dio el primer paso, notaba a Andelko desprolijo y pueril en sus procedimientos. Le despertaba ternura tanta falta de experiencia. Le enseñó a descubrir sus capacidades, a perfeccionar sus métodos, le explicó cosas básicas que Andelko intuía pero no comprendía. En algún momento fueron compañeros de correrías en las regiones de Croacia y Dalmacia, se establecieron un tiempo en lo que ahora era la ciudad de Trieste, el lugar era perfecto para sus fines en aquél entonces, una ciudad fronteriza del norte de Italia, en ocasiones tierra de nadie. Luego Petar quiso conocer Egipto, el Mediterráneo, en algún momento se separaban, se volvían a encontrar en algún punto de Europa, bastaba que uno ponga un pie en la ciudad donde estaba el otro para que pudiesen percibirse mutuamente, la última vez que se vieron fue precisamente en París, veinticinco años atrás, cuando la segunda gran guerra recién comenzaba.

* * *

Petar se apoyó en el espaldar de la silla de madera finamente tallada y miró a las personas sentadas en las mesas del bistró con displicencia, luego miró al vacío y preguntó:
– ¿Disfrutas la inmortalidad?
– Ya no lo sé Petar.
– Cometiste un error al enamorarte Andelko. El amor no es para nosotros. Somos seres sin alma y el amor requiere alma. Ahora que ella se fue se llevó todo lo que te quedaba. Lo único que te dejó es esa soledad que te viene destruyendo por dentro.
– Es que estamos malditos.
– ¡Ah Andelko! En quinientos años he visto de todo, y mira que yo he visto casi todo lo que se puede ver en este mundo, sin embargo hasta ahora no puedo afirmar con certeza si existe un Dios y menos aun si existe el Diablo. Solo sé que somos lo que somos y no hay ninguna maldición en ello.

Andelko asintió con la cabeza y llenó las copas con vino, luego miró a la mesera; desde que ingresó algo en ella le había recordado a Fátima. La piel sumamente blanca, los ojos azules claros, el cabello rubio cenizo. Se estremeció al recordarla. A Fátima la había conocido de casualidad, el fingía ser un empresario y ella era una bella artesana. En poco tiempo se la llevó a vivir con él. Ella fue descubriendo sus secretos, comprendiéndolo. Sabía que ella lo amaba, desde el principio, pero siempre se negó a ser como él. Quería vivir, crecer, amar y, a su tiempo, morir. No creía en la inmortalidad.
– ¿Te dije alguna vez que Fátima no creía en la inmortalidad?
– Sí Andelko, y tú nunca quisiste convertirla. Respetaste su voluntad y ahora estás solo.
– Ella decía que una vida es suficiente para aprender lo necesario. Que las cosas son solo eso, cosas. Que el problema de la inmortalidad es que se llega a un punto en que ya no sabes para qué sirve lo que aprendes, y ahora empiezo a pensar que tenía razón.
– Yo creo en cambio que somos seres privilegiados.
– Yo lo creía también – dijo Andelko – sobre todo cuando estaba con ella.

Ante sus ojos surgió la imagen de Fátima con el sombrero de paja de ala ancha sobre la cabeza, de cuclillas sobre la tierra, limpiándola, retirando las hojas muertas de las plantas que cultivaba con tanto cariño en el jardín, regándolas con agua que sacaba del pozo. En el taller, elaborando esos primorosos adornos que a él le encantaban y que solía comprarle antes de que los pusiera a la venta en las tiendas de París, solo para tener alrededor suyo cosas hechas por ella. Luego la recordó en la terraza de la casa, tomando café turco al atardecer con sus gatas adormitadas sobre los muslos. A sus ojos nunca envejeció, la cuidó hasta sus últimos días, respetando su voluntad de no ser como él. Ella sí había vivido como él nunca lo había hecho.
– ¿Cómo era que la llamabas? – preguntó Petar sacándolo de sus recuerdos.
Moja lepa mucka, mi linda gatita.
Mucka..., Andelko tenemos que ir a Ljubljana un día. Extraño nuestra tierra.
Andelko no contestó, miró otra vez a la mesera fijamente, luego alrededor y notó que se habían convertido en los últimos clientes, le hizo señas para que traiga la cuenta.
– Petar, necesito quedarme solo – susurró mirando fijamente el interior de la copa de vino, cuando levantó la vista su compañero ya había desaparecido.

Cuando la muchacha se acercó, Andelko pagó y le dio una generosa propina. Le preguntó a qué hora iba a casa, ella dijo que luego de ayudar a cerrar el bistró. Le preguntó si podía acompañarla y ella aceptó de buen grado.

Minutos después ambos caminaban por la Rue Jeanne d’Arc, la muchacha hablaba de su día de trabajo, de su vida, su barrio y sus amistades y lo bueno que era conocer personas interesantes en el bistró, hacia preguntas a Andelko que este contestaba con monosílabos e interjecciones breves. Él venía pensando en Fátima y en lo mucho que la había amado, en lo mucho que la seguía amando a pesar de haberse ido hace tanto tiempo. Pensaba que a pesar de sus esfuerzos nunca estuvo su altura, ella era un verdadero ser humano, como él había intentado ser, pero nunca había conseguido. Lo invadía la nostalgia, sabía que nunca podría encontrar a alguien como ella, ni en esta vida, por larga que fuera ni en veinte vidas juntas, aunque fuera inmortal, inútilmente inmortal. Se detuvo, la muchacha se detuvo también y le ofreció su rostro inocente, blanco con sus ojos azul pálido, se parecía a Fátima pero no era ella. No podría ser como ella, nunca habría nadie como ella. La besó y la joven mujer se entregó a sus brazos, Andelko la levantó y la empujó bajo el umbral oscuro de una puerta, se besaron largamente, ella ofreció su cuerpo tibio, abrazó al hombre con fuerza deseándolo sin pudor, sintiendo su lengua húmeda y venenosa deslizarse por su cuello fino y de pronto el hincón quemante y la succión de sus labios dejándola sin fuerzas, sintiendo las rodillas doblarse, sostenida en vilo por esos brazos formidables, la recorrió la angustia de ser totalmente vulnerable en medio de esa extraña e incontrolable excitación orgásmica, desfalleciendo de placer y a la vez con una lejana sensación de zozobra que le hacía perder el conocimiento y la vida mientras su cuerpo se deslizaba lentamente por el portón hacia el frio piso de piedra, al tiempo que era sacudido por los últimos estertores de la muerte.

Andelko sacó un pañuelo blanco de la manga de su traje y se limpió los labios con él. Lo sacudió con elegancia y lo dejó caer manchado de sangre sobre la muchacha mientras susurraba “lepa mucka” y se alejaba con paso firme rumbo a la fría noche parisina.

sábado, 3 de diciembre de 2011

LIMA, CAFÉ, VINO, EL COLOMBIANO QUE VINO Y DOS LIBROS INESPERADOS

El veintitrés del mes pasado partí rumbo a Lima en un accidentado viaje en su primera etapa, de esos en los que hay que hacer cinco cosas por día y si falla una se descalabran las demás. Fui ligero de equipaje porque sabía lo que me esperaba. No llevé lentes oscuros ni cámara fotográfica y respecto a la ropa, lo mínimo indispensable.

En Puerto Maldonado y luego de hacer todas las gestiones programadas durante la mañana, imprescindibles por cierto, me fui al aeropuerto en el consabido torito, la versión terrestre del peque peque. Una vez allá, esta vez no tuve quejas, noté con alegría que el restaurant ha cambiado de aspecto y diseño. Pero el dueño sigue siendo el mismo, lo que es muy saludable, porque ha tendido el valor de cambiar los paradigmas de su negocio. También noté con felicidad que el señor ese malhumorado que antes hacía de mozo, ya no está más.

El viaje fue pesado debido a que el avión se quedó más de una hora parado en Cusco, nos contaron el cuento chino del combustible y la parada técnica, pero con mis kilómetros de recorrido noté que era por un tema de visibilidad, el cielo estaba cerrado por las nubes.

Fiel a los buenos amigos, me fui al departamento de Claudio apenas llegué a Lima, el depa está ubicado en una zona que no podría ser mejor y está muy bonito y acogedor. El primer día nos fuimos de shopping y paseo. Compramos unos buenos libros, infaltables Bryce y Vargas Llosa y una recomendación especial, un libro de cómo explicar las ideas mediante dibujos simples, un éxito. Luego canjeamos puntos por fragancias metiendo la nariz en una caja llena de café de rato en rato y al final compramos un vino y nos fuimos a beberlo al departamento junto con el primo Sergio.

Pude notar en los días que estuve que la mamá de Claudio está muy bien, se agita un poco pero está conversadora y alegre como siempre y eso es un muy buen síntoma. También se queja del agua que corre, el viento que azota, los pajaritos que no cantan, la mesa que regaló y la que falta comprar, la familia, las amigas y las vecinas… pero ¿es o no un buen síntoma? Yo creo que sí. Si la hubiese encontrado calladita, me hubiese preocupado. Yo la quiero mucho tal cual.

El día más divertido fue el viernes. Había un evento de presentación de un nuevo producto en la empresa donde trabaja Claudio. Allí me presentó a un colega suyo – por gerente – y mío – por abogado – que había venido al Perú para el lanzamiento.

El colombiano, un tipo simpatiquísimo, nos fuimos a tomar unas cervezas con él, Claudio y Sergio a Larcomar y luego unos tragos de nombre indescifrable en algún antro de Miraflores, conversamos largo y me di cuenta que nuestro invitado tenía un talento muy peruano y seguramente más colombiano: ¡Qué manera de hacer uso de la antológica e imperecedera técnica, tan peruana ella, del floro! Veinte mil palabras para decir una sola cosa. ¡Lo máximo!

Pasamos un buen rato y luego en medio de una típica garúa limeña de madrugada nos fuimos a descansar. Yo dormí solo tres horas porque tenía que estar en el aeropuerto a las nueve de la mañana. En el trayecto el taxista casi choca dos veces. Yo creo que andaba nervioso, lo confirmé porqué le pregunté ¿Qué has hecho anoche compadre?, después del segundo incidente y me dio una larga explicación de porqué casi choca. Justificación no solicitada. Ya saben cómo funciona.

Lo cierto es que ese mismo día por la tarde estuve en mi casa. Allí descubrí una grata sorpresa, Claudio me dio un paquete conteniendo los libros que gané en el concurso nacional de ensayos organizado por el Centro de Investigaciones Judiciales del Poder Judicial de mi país, ello junto al diploma que le entregaron cuando asistió a la ceremonia de premiación en mi representación. No me alentaba mucho la idea porque sabía que los libros eran ejemplares de la revista oficial del Poder Judicial, así que no me entusiasmaba mucho porque yo ya tenía esos ejemplares en mi biblioteca, es decir ahora los iba a tener por partida doble. Pero lo bonito es que cuando abrí el paquete ya en Iñapari, descubrí con alegría que además de la revista había tres ejemplares más que yo no había considerado. Uno de ellos la impresión de los acuerdos plenarios en materia penal de la Corte Suprema de diciembre del año pasado, pero más importante: Dos libros, en tapa dura, de la historia de la Corte Suprema, un fino, exhaustivo y detallado trabajo de la historia jurídica del Perú republicano, ambos de la autoría mi querido amigo arequipeño, excelente académico y mejor historiador Carlos Ramos Núñez, quien es en este momento sin duda alguna el mayor experto en el Perú acerca de historia del Derecho.

Así que finalmente me traje de Lima bonitos recuerdos como siempre, varios buenos libros dos de ellos sorpresivos, buenas noticias, un nuevo amigo y sobre todo la alegría de haber pasado buenos ratos con Claudio y su familia, que siempre son mis mejores momentos cada vez que voy a Lima.

domingo, 20 de noviembre de 2011

LA PIKI: UNA CRONICA DE AMOR CORRESPONDIDO

Yo estaba de vacaciones, era agosto, hace poco más de ocho años. Vivía en el centro de Arequipa. Un día saliendo de casa yendo al gimnasio, vi una perrita de muy mal aspecto, pequeñita, de un tamaño un poco menor que el de un pequinés, de pelambre amarillenta, hocico afilado, ojos enormes y desorbitados, totalmente famélica y pegada a la pared. Muy asustada. Me impresionó. Por la tarde cuando volví todavía estaba allí. Le llevé un tazón con arroz. Al día siguiente pasó más o menos lo mismo. Siempre que veo algo así me da una tristeza terrible, así que tomé la decisión de por lo menos alimentarla hasta que alguien pudiera adoptarla.

Pero al tercer día pasó algo más. Salí de casa y ella no estaba en la zona de la quinta, cuando estaba abriendo la reja de la entrada principal la vi. Estaba en medio de la pista, totalmente desorientada, caminando lateralmente y cojeando. De inmediato intuí que había sido atropellada. Sin pensarlo dos veces me paré en medio de la calle (que era de un solo carril y estrecha como las calles del centro de Arequipa) y detuve el carro que venía. Luego la traté de empujar hacia una de las veredas. Cuando lo logré me acerqué. Traté de ayudarla y me mordió ferozmente el dedo índice de la mano derecha.

Asustado regresé corriendo a casa, siguiendo los consejos de la escuela, para lavarme con abundante agua y jabón. Luego volví a salir para buscarla pero no la hallé. Ahora tenía dos problemas: El tratar de rescatar a la perrita y la posibilidad de que tenga rabia.

Ese día tuve que hacer una serie de gestiones personales, pero además me documenté acerca de la rabia y llamé a mi compañía de seguros de salud (a la que le pagaba una buena cantidad mensual) y me dijeron que no podían hacer nada. El tema de la rabia se veía en un solo hospital de Arequipa, luego fui a este hospital y resultaba que tenían que ponerme como veinte inyecciones, cuando en otros países del mundo ahora son solo cinco y con menos efectos secundarios. Eso sin contar que tenían que sacrificar a la perrita.

Esa noche salí con una correa y collar de gato, una colcha (para atrapar a la perrita) y vari kennel de mis gatas. Caminé por las calles cercanas y la encontré escondida y asustada detrás de un enrejado. Le lancé la colcha y la atrapé. La llevé a casa, pero ya era tarde y se durmió allí. Al día siguiente la llevé al veterinario, pedí radiografías, análisis, vacunas y un baño. Regrese a la veterinaria por la tarde y le pregunté al veterinario sobre la posibilidad de la rabia. Me dejó en claro que en Arequipa no se habían registrado casos de rabia en más de diez años, así que podía considerarse que esta había sido erradicada de la zona. No habían fracturas, solo estaba asustada y hambrienta. Compré comida para ella y la llevé a casa.

En aquel entonces yo ya tenía un labrador color hueso. Por si acaso los separé porque el veterinario me dijo que la perrita estaba por entrar en celo. Lo cierto es que esa tarde regresé a casa contento, manejando la camioneta con la perrita en el vari kennel de los gatos en el asiento del copiloto. Cuando llegué, la traje conmigo hasta la sala, la solté y yo me senté exhausto en un sillón con mi dedo índice adolorido y vendado. En eso ella subió sobre mis piernas, yo la sostuve un poco con mis brazos y ella apoyó su cabecita en mi brazo derecho mirándome con una expresión de agradecimiento que nunca olvidaré. En ese momento nació el amor.

En este entonces estaba casado con mi primera esposa. Una mujer maravillosa. Ella fue la que le puso el nombre: Piki (puntito). Durante muchos días no dejó que se me acerque siquiera mi esposa. Me protegía a muerte. Luego comprendió que ambos la queríamos y la incluyó en su círculo de protección Cuando pasó el celo y ya estaba mejor alimentada y con buen peso, la llevé a esterilizar. Se recuperó rápidamente de la operación. Cuando la recogí tenía el pelo amarrillo y ceniza. En realidad era una perrita cruce de papillón, con los cuidados y peinado periódico, su pelaje regresó a ser lo que debía ser: blanco y negro. Su carita se redondeó y sus ojitos se hicieron alegres y vivaces. Siempre que trabajaba en el computador ella se sentaba en mis piernas, o cuando veía televisión y cuando manejaba el auto. Si me recostaba para ver televisión se acomodaba sobre mi pecho y se quedaba tranquilita. Se acostumbró a compartir el espacio con las gatas e incluso dormía con ellas en el día. En las noches dormía en nuestro cuarto en su propia camita a un costado de la nuestra.

Siempre estaba sobre mis piernas. Le gustaba mucho pasear y desde el primer día que llegó a casa, nunca orinó dentro de ella ni hizo caquita. Esperaba a que lleguemos y salía disparada a hacerlo afuera. Cuando salía sola volvía pronto. Pero siempre mantuvo ese círculo de protección alrededor de nosotros. Incluso cuando yo iba manejando, ella asustaba con su ladrido agudo a quien se acercara mucho al auto, arrancándonos carcajadas.

Luego cuando tuve que alejarme de Arequipa por cuestiones laborales y cosas del corazón, ella se quedó con la persona más responsable que conozco, y no podía ser de otra manera. Mi ex esposa la cuida y la quiere como lo haría yo y tal vez más. Algunas veces pensé en traerla, pero no era buena idea, el clima de aquí no es bueno para perritos viejitos y de pelo abundante. Además por aquí no hay veterinarios en los que pueda confiar.

Hoy me enteré que está malita. Tiene ataques de reumatismo, ya tiene cataratas. La última vez que la vi fue hace unos tres años. Según el veterinario ya debe tener unos doce años. Dice que en algún momento hay que tomar alguna decisión si los ataques se hacen más frecuentes porque son dolorosos. Mi ex esposa me dice que se acomoda en sus brazos como si fuese un gatito. Cuando la recogimos estaba tan maltratada que parecía mayorcita, en ese entonces le dije que lo mejor que podíamos hacer era que sus últimos años fuesen felices y de calidad. Finalmente, ella hizo que estos últimos ocho años fuesen felices para nosotros y se instaló en nuestros corazones. Escribo esta parte ya con lágrimas en los ojos. Creo que no he querido tanto a nadie a ese nivel como a la Piki. Definitivamente marcó mi vida y mi relación con los animales y la naturaleza. Me entristece mucho que ya esté viejita, pero también comprendo que todo tiene un ciclo. Yo solo les quería contar como la conocí y lo que significa para mí.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

LAS VISITAS

Me gusta la idea tener visitas, pero no me gusta mucho la realidad que se genera producto de esa idea. En otras palabras las visitas me gustan en teoría nada más.

Lo que pasa es que hay un punto en que uno quiere decirle a las vistas que ya es hora de irse y a veces es tan complicado

Hay ciertos protocolos sociales que son útiles. Por ejemplo, en una reunión social en la que se sirve y bebe alcohol, la forma de decir que ya es hora es sirviendo café. El problema de este protocolo es que requiere de varias premisas previas, las más importantes son que la gente con la que uno esté compartiendo sea lo suficientemente educada como para conocer del protocolo y que no haya bebido tanto como para ignorarlo.

En otros casos hay ciertas expresiones como “Bueno…” con su correspondiente movimiento de silla. Sirve a veces el silencio incómodo o recoger los vasos de refresco. Cuando se tienen hijos se presta mucho el “Pepito, ya guarda tus juguetes que es tarde…” pero no en todos los casos funciona.

Es cierto que hay personas con las que sucede todo lo contrario (poquísimas) y que son aquellas que uno quisiera que no se vayan nunca. O los amigos con quien se ha llegado a tal grado de confianza que no perturban. A ese punto de confianza uno puede salir de casa indicándoles cómo se enciente la hornilla de la cocina y el televisor, y asunto resuelto.

Uno de los problemas que tengo muchas veces, son los invitados colaboradores. El que quiere limpiar todo, lavar los platos, secar las cucharas y a veces hasta agarrar la escoba… no sé porqué pero no puedo con eso. En el otro extremo está el comodón, se sienta a que lo atiendan y punto sin ofrecerse siquiera de palabra a colaborar. Será que soy muy complicado, pero mi invitado perfecto tiene que tener el gesto de dar una mano, pero no perturbar. Es decir, cuando ve que estoy por llevar los platos debe ofrecerse a ayudar, yo le diré por supuesto que no se moleste y ¡debe quedarse en su sitio sin molestar!

Hay especímenes raros e insoportables, detallaré tres de los más emblemáticos:

1. El que te visita borracho. No hay manera de soportarlo, si ya me molestan los borrachos en general, imagínense uno en mi propia casa. Y ese no entiende de protocolos. Yo solo soporto a los borrachos que empezaron a emborracharse conmigo.

2. El que visita sin avisar, pero con el detalle adicional de que después de haber escuchado tus excusas como “Estoy resfriado”, “tengo un millón de cosas por hacer, ando algo ocupado” o “en un rato tengo que salir” igual se mete en tu casa y se queda con la frase: “No te preocupes.. TÚ sigue haciendo tus cosas…”

3. El visitante impropio. Es ese que no es tu amigo, es normalmente la más reciente pareja sentimental de tu amigo o del amigo de tu esposa o esposo. Ese al que te enchufan mientras el que es tu amigo o el que sí conoces se va al supermercado a comprar lo que falta y además se demora una eternidad. Terminas sentado en algún lugar de TU PROPIA CASA con un ilustre desconocido con el que normalmente no tienes nada en común y que además el noventa por ciento de los casos es monosilábico. Entonces uno termina tratando de conversar frente al horno parrillero:
– ¿Y cómo estás?
– Bien.
– ¿Y cuando tiempo conoces a Pepita?
– Poco.
– ¿Comes ají?
– No.
– ¿Te gusta la parrillada?
– No.
– ¿Te hace mal?
– No, soy vegetariano.

Otra visita complicada, por decirlo de alguna manera, es la familia intermedia, los que superan el cuarto grado de consanguineidad o de afinidad, los primos lejanos, (salvo las primas guapas que son siempre bienvenidas), los tíos abuelos, los hermanos de los concuñados (¿quién inventó esa palabra?) y sobre todo las tías chismosas. ¿Cómo hacer para que se vaya una tía chismosa? Es una tarea casi imposible y además normalmente requiere exorcizar la casa después.

Alguna vez escuché a alguien decir una frase que decía más o menos así: “Cuando uno está de visita, el mejor momento para irse es cuando todavía quieren que te quedes.” Y creo que es acertadísima. No hay nada tan feo como cerrar la puerta después de que una visita se va y decir: “¡Uf! ¡Por fin!”

martes, 27 de septiembre de 2011

AMISTAD

Desde mi más temprana juventud he tenido un especial respeto por la palabra amistad. Tengo la firme convicción de que la amistad es un sentimiento mucho más complejo y elaborado que el amor. Estoy seguro de que muchos podrán pensar diferente y considerar al amor como el sentimiento más sublime, pero en mi caso no es así.

Este no pretende ser un ensayo elaborado, precisamente por lo complejo del tema, pero si una lista de ideas sueltas.

Primero me parece detestable que cuando uno pasea en los mercadillos de cualquier ciudad de país, los vendedores y “jaladores” digan “Amigo, ven pregunta sin compromiso.” “Amigo, pruébate” “Amigo, ¿Qué estas buscando?” en un vano intento de tratar de entrar en confianza y peor aún cuando usan el diminutivo “Amiguito”.

No voy a abundar mucho sobre el tema, baste decir que el uso de la palabra denota dos cosas, falta de respeto y poco vocabulario. Falta de respeto por la palabra “amigo” y por la persona a quien se dirige con este término, todos tenemos un nombre y esperamos como mínimo que nos llamen por él. Lo segundo es una notoria falta de vocabulario, si una persona no sabe el nombre de otra, se puede usar “señor”, “señora”, “señorita”, “joven”, “niño”, “mozo”, “caballero”, etc. Otra cosa sumamente detestable es llamar en un restaurant “amigo” al mozo.

El tema se reproduce en las redes sociales. El “amigo” o “amiguito” se disparan indiscriminada y arteramente: “Gracias por tu comentario amiguito.” ¿Amiguito? ¿Acaso no aparece mi nombre en mis posts? ¡Llámame por mi nombre! ¿Crees que por que te agregué como contacto eres “mi amigo”? ¡Por favor!

Mis amigos, los de verdad, puedo contarlos con los dedos de una mano.

Siento que uno de los requisitos de la amistad es que aguante todo. Y cuando digo todo, es todo. Aquí no hay límites ni nada. Si no aguanta todo, alguno de los dos está sobre valorando esa relación llamándola amistad. Tal vez desea con todo el corazón ser amigo de la otra persona, pero la cuestión no funciona así. La admiración unívoca no genera amistad.

Ahora, otra cosa que se debe comprender, es que la amistad no es una relación de exclusividad, “mi mejor amigo” (para mí) no necesariamente me considera “su mejor amigo”, esto debido a que otro requisito de la amistad es que debe ser lo suficientemente elástica como para dejar espacios al otro y dejarlo tomar sus propias decisiones respecto a sus propias categorías. Como fácilmente se ve, eso no podría existir en el amor, por ejemplo, que si requiere exclusividad.

Una persona no podría ir a donde el que considera mejor amigo y decirle “yo tengo que ser tu mejor amigo, porque tú lo eres para mi” eso es una baja y vil manipulación. Así tampoco funciona.

Mi mejor amigo, por ejemplo, fue en algún momento mi alumno, y luego mi pupilo. Lo vi crecer y desarrollarse, ahora es una persona que admiro. Supongo que él ha cultivado también valiosas amistades en ese proceso. Hemos pasado de todo y la amistad aguanta. No veo la forma en que esa amistad pueda romperse. Es de esos asuntos en los que uno puede dejar de hablar años y de pronto retomar todo en un día como si el tiempo no hubiese transcurrido.

Entre otros admirables amigos uno está en Brasil, trabajando y viviendo la vida como debe ser, otro vive en Lima trabajando las 24 horas del día creo. Es muy reservado pero es un muy buen amigo, tan buen amigo que aguanta todas las barbaridades que le hemos hecho y hacemos con buen humor y creo que sin cuestionar nunca la amistad.

Yo tengo categorías o estándares muy altos para la amistad. Siento que un amigo es aquél al que le daría mi cama para que duerma si le falta, con el que dividiría mi último pan, ¡le prestaría un libro! a un amigo mío es aquel al que le digo sinceramente que lo quiero. Y yo no hago eso con cualquiera.

De otro lado soy exigente con aquellos a los que espero se conviertan en mis amigos. Tienen que ser personas con las que podamos hablar un lenguaje común, temas en común. Cierta velocidad de procesamiento que nos haga estar en cierta frecuencia.

Hasta ahora he contado tres y paro, tengo ilustres conocidos. Tal vez alguien que lea esto y se consideraba mi amigo y se percate que no está en la lista de tres, se sienta mal. Pero bueno, también está la lista de los amigos a secas, los íntimos, los cercanos, pero que no llegan al estándar de mejor amigo, desde mi punto de vista. Quien sabe yo soy mejor amigo de alguien, desde la perspectiva de ese alguien. Sería bonito enterarme.

Un error frecuente es que muchas personas conozcan a alguien y automáticamente se auto atribuyan la calidad de amigo. Siempre se me ocurre que es como una estructura jerárquica piramidal. Cuando recién se empieza, se está en la plataforma, no se debe pretender llegar a la cúspide en dos días. Más importante aún, no se puede competir con los que están en la cúspide. La soga se rompe siempre por el lado más débil. Yo priorizo. Si tengo que decidir entre uno de mis amigos antiguos y uno reciente, preferiré a los antiguos. Quizás alguien decida por los recientes, yo no.

He perdido muchos amigos en el transcurso de toda mi vida, algunos que creí en algún momento mis mejores amigos. Pasaron cosas, en algunos casos crecí y ellos no crecieron a mi ritmo. Tuve que decirles adiós, no tengo vocación de arriero. Seguramente muchos de ellos crecieron más que yo y me dijeron adiós, igual, no me gusta ser ancla de nadie. En otros casos sencillamente me equivoqué y habían intereses subalternos a la amistad o más simple aún, confundimos las cosas.

Un indicador interesante es la ruptura, cuando una amistad está a punto de romperse, sucede que alguien acude con el argumento de “espero que valores esta amistad y si realmente la aprecias y valió algo, recapacitarás” esto es otra vez manipulación. Nuevamente, la amistad no funciona así. Cuando veo que alguien usa ese argumento es que en realidad esa amistad nunca lo fue. Detesto la manipulación ajena, solo soporto la mía. Además, he crecido con mi madre y cuatro hermanas. Soy un experto en el arte de la manipulación, y como consecuencia, sé distinguir de inmediato cuando alguien pretende ejecutar alguna.

La amistad se resuelve en primera y cara a cara (aunque yo soy de la idea de que no debería llegar nunca a ese punto)

En una oportunidad uno de mis mejores amigos, hace años, me hablaba y hablaba acerca de un producto que era un éxito en el mercado. Yo tuve cierto temor. Nunca he sido un buen vendedor, pero parecía algo razonable, mi principal miedo era cambiar mis paradigmas personales y empezar a vender cosas. Ese miedo me impedía comprar el producto, por lo que me incomodaba un poco que cada vez que me encontraba con él, insistía con el tema. Pensé seriamente en el asunto. Llegué a dos conclusiones: La primera era que mi amigo me insistía con el asunto porque realmente creía que yo podría ser un éxito trabajando con él. Apreciaba mis calidades y mi amistad. Lo segundo es que me incomodaban sus permanentes referencias al producto y no quería poner en riesgo nuestra amistad por ese asunto. Así que aboné los más de mil dólares y compré el producto. Hoy a la luz de los años y por todo lo que he aprendido para mi vida personal desde que compre ese producto, a pesar de no haber recibido ingresos directos por él, puedo afirmar que valió cada dólar invertido.

Sin embargo, en aquel entonces, unas semanas después el asunto me daba vueltas en la cabeza y sintiéndome culpable, me confesé con mi amigo, le expliqué mis conclusiones y al final le dije:
- Te voy a ser sincero, estaba incomodo con el asunto y he pensado que nuestra amistad era más valiosa que los mil y pico dólares que valía el producto, y fue una de las razones que me llevó a comprarlo.
Y él con la sinceridad más grande del mundo y con esa velocidad mental que siempre le he admirado me dijo:
- ¡Pinche cabrón, yo debería estar ofendido, le has puesto precio a nuestra amistad!
Nos reímos los dos y no dijimos más. No lo necesitábamos, nuestra amistad no tiene precio.

martes, 30 de agosto de 2011

REFLEXIONES ANTES DE QUE ACABE EL MES

Antes de que acabe el mes quiero decir que en estas últimas semanas aprendí que las sonrisas son gratis.

También aprendí que una foto con una sonrisa despierta más comentarios agradables que una con el rostro serio.

Me encontré en línea con personas de las que no sabía hace tiempo. Fui feliz al saber que están bien.

Compré por internet.

Encendí leña y asé carne.

Fui malvado con una amiga, adrede.

Mi amiga reaccionó como esperaba y ahora es más madura. Ella no sabe que fue adrede.

Recordé a mi papá. No estuve a su lado.

También recordé que la vida es demasiado corta como para andar dándole vueltas a las cosas que carecen de importancia.

Sin embargo todavía no sé cuáles son las cosas importantes y cuales las que carecen de importancia.

A mi hija se le cayó un diente. Ya le expliqué lo de Papa Noel y Dios. Esperaré que se le caigan todos los dientes para explicarle lo del ratón de los dientes.

Estuve enseñándole a nadar a mi hija. Yo no sé nadar.

Recordé que el mundo es un lugar mejor si me quedo callado, pero mucho mejor si reclamo las cosas en las que creo.

Afirmé una vez más cuánto creo en el poder revolucionario de las palabras.

¡Hice cosas imposibles!

¡Contribuí para que mis amigos más queridos hagan cosas imposibles!

Recordé lo valioso de una promesa y lo extraordinariamente valioso que es tener alguien al otro lado de la línea que te diga: “Vamos, tú puedes.”

A pesar de estar contra el tiempo, trabajé primero ayudando a mi amigo y dejé lo mío para después, y me sentí satisfecho.

Recordé lo importante que es confiar y creer en mí mismo.

Leí un libro.

Planté un árbol. Bueno dos.

Me quité los zapatos y metí los pies al agua mientras tomaba el sol.

Sonreí cuando tenía que haberme enojado.

Últimamente no le echo la culpa a nadie cuando pasa algo que me pone de mal humor.

Ya no me quedo mucho tiempo de mal humor.

Duermo mejor.

Quiero a mis amigos.

No tengo muchos amigos.

Los pocos amigos que tengo son buenos, pero si no lo fueran, ¡los querría igual!

Los quiero mucho, a mis amigos, a los amigos que leen el blog, a los que sin ser mis amigos igual lo leen y los que siendo mis amigos, no lo leen. Esto último como se darán cuenta es una falacia, si no lo leen, no se van a enterar por este medio que los quiero. Pero igual queda aquí, con la profunda esperanza de que algún día lo lean y se enteren.

¡Los quiero mucho!

viernes, 26 de agosto de 2011

UN DIAMANTE, EL FACEBOOK, LA INMODESTIA Y OTRAS IDEAS SUELTAS

“Había una vez una caja pequeña que contenía un bello diamante, pero como este estaba sobre finos cojines no hacía ruido, entonces cuando el gran consejero del reino se la ofreció a la princesa, esta lo rechazó para aceptar en cambio una caja llamativa y vistosa que al moverla hacía mucho ruido. Sucedió entonces que cuando la abrieron, esta última contenía baratijas que dejaron a la princesa llorando. “

“¿Seremos como la primera o la segunda caja? Las personas valiosas y que tienen un tesoro en su corazón no hablan mucho de ellas mismas ni alardean, mientras que las que son vacías necesitan escuchar su propia voz para convencerse de su valía.”

Una amiga me contó esta historia hoy. Aparentemente es un lindo ejemplo de humildad y de cómo es que las personas de gran valía deben limitarse a hacer gala de su humildad y esperar que los demás reconozcan dicha valía y talentos.

El problema es que el cuento, como todos los cuentos de hadas, tiene fallas estructurales, este tiene básicamente dos:

a)Para que la historia funcione cuando menos una persona (en este caso el gran consejero del reino) tiene que saber que la caja silenciosa tiene un diamante, en caso contrario nunca nadie la hubiese abierto.

b)Para que la princesa se haya echado a llorar por no haber escogido el diamante, este tenía que haber estado precedido por su reputación, sin esta información el saber el contenido de la caja no tiene valor útil.

Tal vez el siguiente ejemplo sea algo exagerado, pero sirve en la medida que las redes sociales reflejan la sociedad real en cierto grado. El concepto de humildad absoluta que esbozaba mi querida amiga es equivalente a crear un perfil en facebook, sin foto, sin información más allá que el nombre y luego esperar silenciosamente, sin postear ni comentar posts, que las demás personas descubran la valía de uno sin mayor información. Ese sería el ejemplo de humildad absoluta.

Como rápidamente habrán percibido los cultos lectores, es materialmente imposible descubrir la valía de alguien sin un previo levantamiento de datos, e incluso aceptando que la persona en cuestión no alardee, tiene que haber cuando menos un elemento, aunque sea uno, que despierte el interés de quienes harán el levantamiento de datos para el eventual descubrimiento de la valía del sujeto.

Cuando una persona coloca un post, revela algo de su personalidad, cuando sube una foto de igual manera. No se me ocurre a nadie que coloque una foto de perfil con la cara recién lavada luego de levantarse. Las personas colocan su mejor foto, posan, la seleccionan y a veces editan. Incluso cuando una persona coloca una foto en que no aparece bien, está enviando un mensaje: “No soy como los demás (y me jacto de ello)”.

¿Qué quiero decir con esto? Todos nos vendemos, en el mejor sentido de la palabra, aquél que implica promocionarse. Quienes en este momento estén pensando “No, yo no lo hago, yo me muestro como soy” se darán cuenta rápidamente que están equivocados si revisan su perfil. ¿Ese perfil que tiene usted revela lo que “realmente es”? ¿No será más bien la imagen que usted tiene de usted mismo (que no necesariamente es la real) pero que es la que quiere transmitir a los demás?

Si usted es un humilde absoluto, su muro debería estar en blanco.

Una frase como “Hoy almorcé un cebichito con conchas negras” dice cosas. Dice que tiene usted la capacidad adquisitiva como para comprar o preparar un cebiche. Si además agregó que lo hizo en un restaurant y además agrega el nombre del restaurant dice muchas cosas más, como por ejemplo en qué círculos se desenvuelve o cuando menos quisiera desenvolverse.

“Vuelo retrasado” dice que usted tiene la capacidad económica suficiente como para permitirse un viaje en avión, y si la empresa en la que trabaja es la que le está pagando el vuelo, el mensaje dice que usted tiene un trabajo, que además trabaja en una empresa cuando menos mediana y que le paga viajes de trabajo probablemente porque usted es un buen empleado o funcionario.

Hasta la frase más simple encierra mensajes: “Estoy feliz” dice no solamente que la persona es feliz, sino que se merece esa felicidad y ello le permite compartir esa felicidad con los demás, sin importar que haya otras personas que no lo sean. Es decir implica también que uno es feliz a pesar de la infelicidad de otros. ¿Interesante no?

Siempre nos vendemos, estamos permanentemente promocionándonos, la ropa que escogemos, el perfume que usamos, el terno que adquirimos, el carro que tenemos, la casa donde vivimos.

También nos promocionamos mediante la música que escuchamos, los enlaces que compartimos, los libros que leemos.

Sin embargo el problema no radica en promocionarse, a mi me parece que es bueno y necesario en estos tiempo, lo complicado es que muchas personas lo niegan. Por mi parte no tengo ningún problema en hacerlo, soy consciente de ello. No me gusta la idea de “pretender” ser humilde. Cosa que se reflejaría más o menos así en un post:
Yo: Comprando pasajes
Alguien: ¿A donde?
Yo: ¡Ah! A Lima.
Alguien: ¿Para qué?
Yo. Este… una premiación.
Alguien: ¿Premiación? ¿De qué?
Yo: Ah… de un concurso
Alguien: ¿De qué?
Yo: Uno literario…
Alguien: Dónde…
Etc. Etc.

En mi caso y tal como les consta a mis amigos y contactos, opto por:
Yo: Muy contento, hoy me comunicaron que gané el primer premio en un concurso organizado por X con el cuento titulado Y. Tengo que ir a Lima para la premiación, ya tengo los pasajes.

El problema con no ser directo es: ¿Qué pasaría si nadie comenta el post de “Comprando pasajes”? Si de verdad no quisiera que nadie me pregunte, no lo postearía y mucho menos en esos términos.

Como ya indiqué, yo asumo mi no humildad o inmodestia. Me molesta que muchos lo nieguen y además, como señalé hace buen tiempo en este mismo blog, en una nota acerca de la humildad, que lo exijan. Regresando al ejemplo de la modestia absoluta, el humilde verdadero no debería tener ni foto ni comentarios. Solo su nombre y esperar ser descubierto.

Lo que sucede creo yo, es que todavía no se asume que los valores no son absolutos. Sí, alguien debe estar leyendo esto mientras menea la cabeza. Bueno, quien no ha mentido a un pariente cercano grave, acerca precisamente de la gravedad de su enfermedad. Si usted sabe que el pariente cercano, un hermano o un hijo, al saber que tiene cáncer por ejemplo, agravaría su situación, ¿le diría la verdad? Dudo que no. Ser un “sincero absoluto” bordea la brutalidad: Verdad brutal ante todo.

Claro, hay gente que miente por cualquier cosa, pero igual la mentira es mentira sin importar que tan grande o chiquita sea esta.

Si su jefe se le acerca y resulta que es un cascarrabias y además tiene mal aliento, ¿le dice usted que tiene mal aliento?

Los valores a veces incluso pierden su aparente fuerza absoluta frente a las convenciones sociales, lo que no es poco.

Usted es leal. ¿Al 100%? ¿Incluso ante la posibilidad de perder su trabajo y dejar sin sustento a sus pequeños hijos?

Peor aún resulta el caso cuando se tiene que ponderar un valor frente a otro. Tiene usted el conflicto entre decir la verdad o ser leal, siendo que si hace una cosa deja de hacer la otra. ¿Cuál escoge? Los valores se ponderan frente al caso concreto, pero siempre escogerá usted uno en desmedro del otro.

¿Es usted un cristiano creyente? ¿Y obedece los diez mandamientos? ¿Todos? ¿Está usted seguro?

Claro, es fácil no matar. Eso ya es delito. ¿Honra a su padre y su madre? ¿Santifica los domingos? ¿Ha evitado desear la mujer o marido de su prójimo o prójima? ¿Ha santificado las fiestas o se fue de campamento a beber cervezas? ¿Ha fornicado? En el entendido que para el catecismo toda relación sexual que no tenga como fin la procreación es fornicar.

Si usted está meneando la cabeza otra vez y pensando “Bueno, pero uno no puede cumplirlos todos” está haciendo una ponderación. Es decir, ni siquiera los mandamientos de su propio credo son absolutos.

Algunos antiguos filósofos griegos y ciertas religiones orientales procuraron buscar la perfección en todas las virtudes, es decir el ejercicio de las virtudes absolutas. Descubrieron que la única forma de lograrlo es mediante el apartamiento total de la humanidad y el ascetismo.

Un ejemplo cercano de humildad absoluta es la de aquél filósofo que se fue a la montaña a vivir como ermitaño para encontrar la verdad, lejos del contacto humano. Su fama y sabiduría trascendieron, como el diamante de nuestro cuento y un día un Rey fue visitarlo. El Rey le hizo una pregunta y el ermitaño contestó acertadamente. Entonces el Rey admirado, le preguntó si podía hacer alguna cosa por él, cualquiera, solo tenía que pedirla. El ermitaño respondió: “Sí, si pudiera quitarse del medio, porque me está tapando el sol…” Verdad absoluta.

¿Está usted dispuesto a ser un ermitaño asceta? Si la respuesta es no, entonces no niegue que de alguna u otra manera… nos vendemos, y vendernos significa que en mayor o menor grado, somos inevitablemente inmodestos.

lunes, 25 de julio de 2011

COLA DE LEON (Cuento)

El ingeniero Zuloaga empezó su discurso, estábamos en uno de los edificios más antiguos de la universidad. Por esos pasillos y arcos de sólido sillar donde alguna vez tuvieron lugar debates filosóficos, teologales, discusiones acerca de la gramática y la filología, hoy nos acomodábamos en una de sus aulas cerca de medio centenar de estudiantes universitarios de diferentes especialidades, algunos egresados, a escuchar al nuevo director del instituto de investigación al que pertenecíamos.

La espera previa había sido incómoda, la tensión se sentía en el ambiente, ahora escuchaba el discurso atentamente, todos esperábamos poder resolver nuestros problemas de una vez por todas en esta reunión. Zuloaga empezó con un tono firme, sin embargo sus palabras a pesar de parecer conciliadoras en un inicio tenían un tono desafiante. Dijo que le gustaba resolver las cosas, conversar, sin embargo… ¡Ah! Esos “sin embargo”, sentí que algo nada positivo estaba a punto de desencadenarse; con los demás nos miramos de reojo, algo andaba mal. “Sin embargo”, dijo, no le gustaban los grupos beligerantes. ¿De qué diablos hablaba? Luego empezó a hablar mal de los abogados, me sentí aludido directamente, ya que era yo uno de los pocos, si no el único, proveniente de la facultad de derecho, los demás casi sin excepción eran de ingenierías o a lo mucho de ciencias económicas y contables.

En medio de esa perorata extrajo de un folder barato de plástico, una copia de “El Pasquín.” El Pasquín era una especie de panfleto divertido, lo habíamos publicado hacia poco un grupo de miembros del instituto de investigación mitad para divertirnos y mitad para servir de vehículo de integración. El nombre surgió de la nada, en realidad de una de las tradiciones de Ricardo Palma y no tenía nada que ver con su contenido. Si bien era cierto que en uno de sus números había artículos un poco subidos de tono, no eran tampoco insultantes y mucho menos peyorativos. Solo decían la verdad y lo triste, para nuestro caso, es que la verdad es lo peor que se puede poner por escrito cuando se tiene por director a un dictadorzuelo aprendiz de sátrapa aventurero.

Cuando empezamos con El Pasquín, el compromiso era escribir lo que deseáramos y yo me encargaría de las publicaciones, los compañeros podían ponerse pseudónimos o usar su propio nombre, a elección del dueño de la colaboración. Hubieron algunos, dos o tres que en un acto de profunda y admirable valentía, escribieron las cosas como eran y firmaron con su nombre completo. Pocas veces he visto gente tan joven y tan valiente. ¿O éramos terriblemente estúpidos? No lo sé, pero sin lugar a dudas éramos honestos.

Zuloaga soltó una mortal diatriba en contra de El Pasquín, dijo que era un documento que lindaba con lo inmoral, que éramos prácticamente delincuentes por haber tenido la facinerosa idea de haber escrito lo que pensábamos. No contento con ello hizo algo que casi me lleva a un ataque de risa. Leyó la definición del diccionario de la palabra “pasquín” como si eso pudiera probar que era víctima del despiadado ataque de un grupo de alumnos universitarios subversivos y “beligerantes”, como él mismo decía una y otra vez, presa de la rabia detrás de los gruesos vidrios de sus lentes empañados por su grasiento sudor.

Me miré con el Chino Sosa y con Henry, ambos habían escrito en El Pasquín y estaban devastados. Me dio profunda pena, me imaginé cómo se sentirían los presos políticos en Cuba, cómo se habría sentido Littin en Chile o las madres de la Plaza de Mayo en Argentina. Ahora pienso que tal vez exageré, pero en ese momento me sentí así y no tanto por mí si no por el Chino y por Henry.

Pensé en interrumpir y defender la posición de todos, pero Zuloaga sacó de su folder mugriento nuestro memorial. La reunión se había convocado a partir de un memorial dirigido a Zuloaga, el que casi todos los miembros del instituto de investigaciones habíamos firmado y en el que hacíamos un reclamo por nuestros derechos recortados, las limitaciones a las que últimamente veníamos siendo sometidos y sobre todo a los malos tratos que veníamos recibiendo de Zuloaga y su adjunto, un esbirro desastrado de apellido Montenegro que hablaba mucho y no resolvía absolutamente nada.

Muchos años antes de la llegada de Zuloaga y su séquito de matarifes al instituto, este había pasado tiempos difíciles con poca infraestructura y relativo apoyo, mentes brillantes habían transitado por él y dejado un mística de trabajo que había permitido convertirlo en uno de los primeros de la región en su especialidad. La administradora en estos últimos años, había hecho un razonable buen trabajo, los directores anteriores habían compartido esa mística con nosotros y nosotros con ellos. Ahora Susana, como se llamaba la administradora había quedado claramente relegada; Zuloaga había colocado a Montenegro como administrador general y Susana había aceptado de cabeza gacha una especie de sub administración, aunque no perdía la oportunidad de azuzarnos de vez en cuando para hacer algo al respecto. Ella sabía que si nosotros ganábamos, ella también se vería beneficiada.

Nos parecía injusto que Zuloaga hubiese recibido el instituto tal como estaba, con el prestigio ganado, con modernos locales y equipos de última generación y nos hiciera a un lado precisamente a quienes construimos eso. Ni siquiera queríamos mejores sueldos, solo queríamos la elasticidad de horarios de la que siempre habíamos gozado para poder estudiar nuestras respectivas carreras al mismo tiempo que investigábamos y por supuesto un trato personal y laboral digno, cosa que ya se había perdido definitivamente semanas antes. Por ello una noche nos reunimos todos en uno de los ambientes del instituto. Allí recuerdo claramente que les preguntábamos a todos si estaban de acuerdo con el memorial, y que si en ese momento se decidía no ir más adelante, dejaríamos todo en ese estado y no tocar más el tema. Todos asintieron, a aquellos que tenían familias (que eran muy pocos) y que no podían poner en riesgo su trabajo, no los dejamos firmar, negaríamos su participación. Allí les contamos a todos acerca de El Pasquín y también estuvieron de acuerdo.

Cuando Zuloaga convocó la reunión pensamos que sería una oportunidad perfecta para dialogar y limar asperezas. En eso pensaba precisamente cuando Zuloaga levantó la voz agitando el memorial en el aire, casi arrugándolo de la cólera. A su lado estaban sentados unos advenedizos que recientemente habían ingresado al instituto y que no aportaban nada, unos profesores de primaria al borde de la jubilación que estaban allí más por una necesidad formal que por ninguna otra cosa y sin ningún otro mérito que su edad (a pesar de lo cual no habían logrado mérito alguno en la vida) y que se sentían superiores a nosotros por el solo hecho de pintar canas.
Zuloaga cambió de pronto de tono, dijo en un intento de parecer conciliador que estaba dispuesto a olvidar todo y perdonar a aquellos que en ese momento se retractaran de haber firmado el memorial. Por supuesto los que habían participado de El Pasquín no serian perdonados.

Era un vil truco, una estrategia inteligente propia de un déspota opresor, miré a todos y deseé de corazón que nadie se retracte, si todos nos manteníamos firmes todavía podíamos tener capacidad de negociación. Sin duda Zuloaga era astuto, se había dado cuenta que El Pasquín tenía que haber sido hecho por gente con capacidad de liderazgo, sacándonos de la jugada dejaba sin pastor al rebaño y luego sometía a los compañeros a la humillación pública de desdecirse de sus pretensiones; quebrando las almas y el amor propio de sus detractores, ya no tendría problemas en el futuro.

Empezó a llamar a cada uno, fue un espectáculo lastimero, casi todos pasaron al frente y se retractaron, Zuloaga no se conformaba con preguntar, exigía que cada uno repita una fórmula precisa. Los que tenían la oportunidad me miraban con un gesto de “discúlpame, no me quedaba otra posibilidad” los otros no tuvieron valor siquiera de mirarme a los ojos.

Cuando terminó el festín de Zuloaga solo cinco no nos retractamos, de los cinco, dos no habían intervenido en El Pasquín y fueron enormes en integridad al decir "no" cuando pudieron seguir la corriente y retractarse como todos los demás.

Al salir de la reunión, casi todos huyeron, Susana estaba en el patio, nos miró y nos dijo con lágrimas en los ojos que no había podido hacer nada para ayudarnos. Yo estaba herido, sin embargo en ese momento se me vino a la mente “El Padrino” de Puzzo y comprendí a Michael Corleone, en ese instante me di cuenta que Susana nos había vendido, tal vez por menos que treinta monedas. Salí a la calle y me di cuenta también que ahora estaba desempleado, en realidad eso no me importaba mucho, lo más triste era que dejaría de investigar con ese grupo fantástico de compañeros y era una de las cosas que más me gustaba. Entendí las razones de muchos, tenían familias y obligaciones y no podían darse el lujo de perder el magro ingreso que tenían en el instituto, otros acaban de ingresar y no tenía sentido que se fueran sin haber aprendido nada. También creo que a muchos les faltó confianza en ellos mismos, sobre todo los más antiguos, muchos eran brillantes y tal vez si hubieran salido ese día del instituto sus vidas habrían cambiado.

Cuando salía se me acercó uno de los que se habían retractado, fue de los pocos que se atrevió a mirarme a los ojos. Se disculpó, le dije que no pasaba nada, que todo estaba bien. Se volvió a disculpar diciendo que no debí haberme ido, que tal vez si hablaba con Zuloaga me perdonaría, dijo que yo era valioso y que los demás querían que lo intente. Tal vez si suplicaba…
– No – le dije – no voy a suplicar a nadie, ni menos a Zuloaga.
– ¿Pero por qué? – me preguntó.
– Porque no me gusta suplicar.
– No seas orgulloso – replicó – tú solo no vas a resolver las cosas, aquí podemos hacer algo todos juntos.
– No es orgullo – le conteste – pero prefiero ser cabeza de ratón y no cola de león.
El se quedó callado con las manos en los bolsillos, y yo me fui por la avenida con la frente en alto, como siempre.

viernes, 24 de junio de 2011

UNA SANTA DESNUDA (Cuento)

En su oficina, el agente Morgan levantó el teléfono, escuchó atentamente, anotó una dirección en un papel y colgó.
– Vamos primo, el deber nos llama – le dijo al agente Vásquez.
– Vamos – contestó Vásquez poniéndose de pie al mismo tiempo que colocaba su arma en la sobaquera de cuero.

* * *

Al llegar tuvieron que lidiar con los reporteros amarillistas apostados en el primer piso del edificio de departamentos, luego de subir las gradas hasta el tercer piso encontraron en el interior del pequeño departamento al fiscal que dictaba un acta a su asistente para el levantamiento del cuerpo, saludaron y llamaron a un lado al técnico Vizcarra que había llegado mucho antes.
– Danos un resumen Vizcarra, ¿qué fue lo que pasó aquí? – preguntó Vásquez.
– Este es el departamento de la homicida, la víctima recibió un disparo en el pecho, hay algunas marcas de violencia, al parecer se lanzaron cosas, estoy esperando que termine el fiscal para llevarme el cuerpo a la morgue, el médico legista verificará si hay arañones o marcas.
– ¿El arma? – inquirió Morgan mientras Vásquez miraba por el departamento.
– Una veintidós cañón corto, ya la tengo embolsada en el maletín, tenía seis cartuchos, se disparó solo uno, el tiro fatal.
– Hay dos dormitorios – dijo Vásquez regresando al lugar donde se encontraba Vizcarra.
– Sí – dijo Vizcarra – al parecer el hijo de la mujer que disparó está en algún otro lugar, aquí no estaba cuando llegó la patrulla. La habitación tiene una cama pequeña y por los juguetes, calculo que debe tener unos ocho años.
– ¿Quién denunció?
– Como siempre los vecinos – contestó el técnico.
– ¿La mujer que disparó?
– En el patrullero.
– ¿A qué hora la detuvieron?
– A las cinco de la tarde.
– Nos encontramos en la oficina – dijo Morgan dirigiéndose a Vizcarra, al tiempo que salía del lugar – vamos a hablar con esa mujer. Dile a los del patrullero que la lleven a las oficinas, yo llamo al fiscal, solo tenemos veinticuatro horas para mantenerla detenida.

* * *

En la oficina ambos agentes se prepararon rápidamente para el interrogatorio.
– ¿Quién quieres ser hoy primo? ¿Bueno o malo? – preguntó Morgan.
– Dejemos que ella decida – contestó Vásquez guiñando un ojo.
Ingresó en ese momento una mujer esposada, alta delgada, madura, con cierto aire de autosuficiencia, a todas luces educada; era difícil creer que fuese la autora de un homicidio, Vásquez le señaló una silla frente al escritorio y la mujer se sentó con elegancia a pesar de las esposas, se quedó mirando a Morgan con cierto brillo en los ojos y Vásquez le hizo una seña imperceptible a este, Morgan asintió y se sentó frente al computador, Vásquez se quedó de pie.
– ¿Su nombre señorita? – preguntó Morgan mientras empezaba a teclear en el computador.
– Señora – contestó ella.
– Señora, perdón.
– Deyanira Ramírez
Morgan le tomó todos los datos y los escribió con premeditada calma, luego Vásquez le preguntó directamente:
– ¿Por qué mató a esa mujer?
– Defensa propia – contestó suavemente la dama
– ¿Puede probarlo?
– Yo no tengo que probar nada señor – contestó – conozco mis derechos.
– Pues yo creo que sí – replicó Vásquez – nosotros podemos probar que mató a esa pobre infeliz a sangre fría de un balazo en el corazón.
– ¿Usted lee mucho no? – afirmó Deyanira con serenidad y un ligerísimo toque de sarcasmo.
– ¿Perdón? – dijo Vásquez sorprendido.
– Su vocabulario no es precisamente el del común de los policías.
– ¿Conoce muchos policías entonces? – preguntó rápidamente Morgan desviando el tema.
– Algunos.
– Bueno – dijo Vásquez – eso no tiene que ver con su situación señora.
– Es verdad – agregó Morgan – usted tiene un serio problema.
– Ya les dije detectives, fue en defensa propia – dijo la mujer.
– A ver, cuéntenos con detalle esa historia – dijo Vásquez.

* * *

– ¿Qué piensas primo? – preguntó Vásquez mientras se sentaba en la silla que minutos antes había ocupado la mujer.
– Caso cerrado. Defensa propia. Confirmemos la versión de la mujer con Vizcarra y hagamos el informe
– Caso cerrado... – repitió Vásquez – no sé, tengo un mal presentimiento.
– Te dejo primo – dijo Morgan mientras se ponía el saco, mañana nos vemos en el laboratorio de Vizcarra.
– Hecho. Suerte con la dama de cuero.
– ¿Qué?
– Nada, últimamente todos los viernes por la noche….
– ¡Jajaja! Rió Morgan negando con la cabeza mientras pensaba en Gretzel.

* * *

Cerca de la media noche, Morgan sentado en el sofá de cuero negro del departamento 4 B miraba con un rezago de lujuria la desnudez de las perfectas caderas y la fina espalda de Gretzel que salía de la sala luego de una larga sesión de sometimiento y placer, se puso el pantalón y mientras se acomodaba la camisa, notó que ella volvió vestida con un cómodo short gris de algodón y una sudadera blanca un par de tallas mas grande.
– Es la primera vez que te veo vestida así – dijo Morgan.
– ¿No te gusta?
– Es diferente, ya me había acostumbrado a que me recibas y despidas envuelta en látex o cuero.
– Te has convertido en algo más que un cliente – dijo Gretzel mientras le extendía un vaso con agua.
– ¿En qué me he convertido? – preguntó curioso Morgan
– No lo sé. No hay muchos que regresen tanto y tan seguido – contestó la mujer – algunos vienen, prueban y no regresan nunca más. Otros vienen y pierden el control, empiezan a pedir cosas desagradables que yo no hago, y les recomiendo otras colegas, esos tampoco vuelven. Son muy pocos los que permanecen obedientes y fieles todo el tiempo como tú, lindo.
Morgan sonrió y bebió el agua helada. Hizo una pausa y mientras dejaba el vaso en la mesa a su costado deslizó una pregunta sin mirar a su interlocutora.
– ¿Te gustaría ir a cenar un día?
– Estás loco – dijo ella sin alarmarse – ¿te das cuenta de quién y “qué” soy no?
– Si me doy cuenta.
– ¿Y por qué piensas que saldría contigo gratis? ¿O piensas pagarme por las horas que pasemos cenando?
– No… – contestó titubeante Morgan – más bien pensaba en salir como amigos.
– No te entiendo Sergio, eres joven, atractivo, inteligente. ¿por qué querría alguien como tú, salir con alguien como yo?
– No me llamo Sergio, Gretzel, ese es un nombre inventado, me llamo Patricio, Patricio Morgan.
– Estás rompiendo las reglas Patricio. ¿Ahora qué vas a hacer? ¿Me vas a pedir matrimonio? Es mejor que te vayas, quiero descansar.
Gretzel se puso de pie y salió de la habitación. Morgan se quedó sentado unos segundos, tomó aire y salió también rumbo al ascensor. “Esta mujer.” pensó, no podía escapar de la fascinación que causaba en él.

* * *

Por la mañana en los laboratorios de criminalística, Morgan y Vásquez fueron al encuentro del técnico Vizcarra. Estaba trabajando en su módulo, en el muro sobre el computador, posters de grupos de heavy metal y citas de Nietzsche y Borges sobrecargaban el espacio. En la pantalla del computador había varias ventanas entre páginas de internet, videos musicales y búsquedas de google.
– ¿Qué tal Vizcarra? ¿Qué novedades? – preguntó a modo de saludo Morgan.
– Bien, qué tal... aquí, descargando esto que les puede interesar.
– ¿Ah sí? –dijo Vásquez.
– Sí, es un video fantástico de Metállica, lo grabaron en...
– Del caso Vizcarra – lo interrumpió Morgan.
– ¡Ah! ¡Perdón!, sí, tengo los exámenes, la prueba de absorción atómica arrojó positivo, la mujer efectivamente disparó el arma homicida, había una segunda arma con las huellas de la víctima. No se disparó pero estaba cargada y sin seguro, no está registrada, probablemente provenga del mercado negro.
– ¿Confirmaste los correos?
– Sí, es un correo gratuito, como Hotmail, efectivamente hay un montón de correos amenazantes y con insultos a nuestra homicida, aun no he confirmado los protocolos de internet de los correos de origen, aún así los imprimí, aquí están – dijo Vizcarra extendiéndole un voluminoso folder a Morgan.
– Muy bien. Vamos a revisarlo – dijo Vásquez – y grábanos ese video de Metállica en un CD pues.
– Hecho – contestó feliz Vizcarra.
Al salir del edificio se subieron al auto de Morgan, este mientras manejaba se quedó pensando y preguntó más para sí mismo que para su colega:
– ¿Será que fue defensa propia?
– Puede ser, los correos coinciden con la versión de la mujer, amenazas, insultos, algunos con un tufillo de chantaje.
– Qué ridículo – dos mujeres peleándose por un hombre y al final una termina muerta.
– ¿De novela no?
– Revisemos los correos más recientes con calma.

Vásquez pasó a las últimas páginas del folder, efectivamente aparecían una serie de correos con tonos mucho más ofensivos que los primeros. Se sorprendió de lo fuerte de algunas expresiones a pesar de que no contenían insultos explícitos.
– Insultos de damas educadas – pensó en voz alta Vásquez.
– ¿Cómo es eso?
– No se dicen “puta” ni una sola vez, pero no te imaginas lo fuerte que se pueden sentir en el contexto frases como “esa clase de mujer”.
– ¿Y la cosa es como ella nos dijo?
– Parece que sí. La difunta era la esposa y Deyanira una antigua novia de la secundaria que al parecer se convirtió recientemente en amante, la esposa se da cuenta, los descubre y Deyanira no hace el menor esfuerzo por negarlo. Por lo que se puede ver de los correos parece que el marido no estaba muy enterado de la historia y las amenazas. Ellas lo habían hecho personal y secreto.
– ¿Y cuando interrogamos al marido?
– Hoy. Lo cité para el medio día.
– Ok primo.

* * *

En la oficina de Morgan, luego del largo y tedioso interrogatorio, Morgan encendió un cigarrillo y salió al pasillo.
– No puedes fumar en este edificio primo – reclamó Vásquez.
– Tienes razón dijo Morgan apagando el cigarrillo en el piso.
– ¿Qué piensas?
– Creo que el pobre tipo andaba más atormentado que las otras dos, sabía algo de las amenazas y peleas pero no se atrevía a hacer nada.
– Dijo que también se amenazaban por teléfono.
– Hasta por mensajes de texto y en las redes sociales – señaló Morgan
– ¿Qué te pareció el marido?
– Buen tipo, pero débil. Por lo que cuenta su mujer tenía un carácter fuerte.
– Igual que la tal Deyanira.
– Se le vio dolido, ¿viste como casi se quiebra cuando hablaba de su mujer?
– ¿Crees que la amaba? –preguntó Vásquez
– Creo que sí. Además de viudo se quedó con dos chicos pequeños.
– Hablando de eso, Deyanira no quiso decirnos quien es el padre de su hijo.
– ¿Crees que...?
– Todo es posible – dijo Vásquez – consigamos una partida de nacimiento.
– Ok ¿Vienes en la tarde?
– Claro, tengo que volver a interrogar a Deyanira Ramírez.
– Yo tengo una cita, cúbreme primo – rogó Morgan.
– Está bien. Que no te azoten mucho.
– Payaso – dijo Morgan y salió de la oficina.

Vásquez salió a almorzar a un restaurant cercano, luego regresó caminado con calma, una vez de vuelta en su oficina revisó por largo rato cada uno de los correos impresos que tenía en el folder, levantó el teléfono y se comunicó con la carceleta para que trasladen a la detenida. Unos minutos después aparecía por la puerta Deyanira Ramírez, esposada, algo demacrada pero todavía elegante. Vásquez le pidió al uniformado que le quite las esposas y espere afuera.
– Tome asiento señora – dijo Vásquez
– Gracias – contestó Deyanira mientras se sentaba a la vez que se frotaba las muñecas.
– ¿Desea que llame a su abogado? Voy a hacerle unas preguntas.
– No, no es necesario – dijo ella.
– Dígame – preguntó el agente, levantando el folder que tenía entre manos – ¿por qué no denunció antes estos correos?
– Lo hice, los policías se rieron y me enviaron a la gubernatura a pedir garantías si tanto miedo me daba.
– ¿Tiene constancia de ello?
– Sí, debe estar en mi departamento, me dieron una copia de la denuncia, entre sarcasmos ofrecieron investigar, pero yo sabía que no moverían un dedo.
– Bueno, es que es raro que estos casos terminen así, pero explíqueme, hay algo que no me queda claro. ¿Cómo supo que la mujer estaba yendo armada?
– No lo sabía.
– ¿Y cómo tuvo tiempo de reaccionar?
– Ya le dije, yo vivo hace años sola con mi hijo. Compré hace cuatro años el revólver, cuando quisieron robar en la casa, puede verificarlo con la factura y mi licencia para portar armas. Siempre lo guardaba en una cómoda del dormitorio, seguramente ustedes ya la revisaron, es una gaveta sencilla pero segura, no es fácil de abrir para un niño pero no presta dificultad para un adulto.
– Sí, pero que pasó ese día – inquirió el agente.
– Bueno, le decía que se día ella llegó y empezó a gritar y golpear a la puerta, yo me asusté.
– ¿Pero por qué le abrió?
– No imaginé que estuviese armada, quería encararla y pedirle cuentas por las amenazas que me hacía, las llamadas a toda hora, insultándome, hostigándome, nadie se merece eso.
– Usted era amante de su esposo, ¿algo de razón tenía no?
– Eso no importa, si él me buscó era seguramente porque ella no le daba lo que él requería. Igual agente, le repito que nadie se merece esas injurias.
– ¿Y qué pasó?
– Ella entró y me insultó, empezamos a gritarnos ambas. Ella estaba nerviosa y entró en crisis, empezó a llorar y metió la mano a su bolso y tuve el presentimiento recién de que tenía un arma, como no podía sacarla por los nervios, yo le empecé a lanzar cosas para distraerla, ella se ofuscó y gracias a eso pude correr al dormitorio, ella me siguió, fue entonces que logré sacar el revólver, cuando lo tuve entre mis manos ella ya estaba apuntándome, así que lo único que hice fue disparar primero para salvar mi vida.
– Y la mató
– Pude haber terminado muerta yo.
– Tiene razón. Lo siento – se disculpó Vásquez.
– No se disculpe. ¿Por qué el otro día quiso hacerse el malo conmigo? – dijo inesperadamente la mujer.
– ¿Perdón?
– El día que me interrogó junto a su colega, el guapo. Usted estaba haciendo el papel de policía malo.
– Le debe haber parecido.
– No me equivoco agente...
– Vásquez – contestó el detective algo incómodo.
– Agente Vásquez, dígame, ¿alguna vez se ha acostado con una mujer como yo?
– ¡Señora!
– No se escandalice agente. Yo no soy cualquier chiquilla tonta. He tenido tiempo suficiente para aprender cosas, para saber qué es lo que le gusta a un hombre, qué es lo que los vuelve locos. Dígame agente, ¿ha tenido a una mujer como yo en su cama alguna vez?
– Señora – dijo Vásquez recobrando la serenidad y hablando pausadamente – no sé qué pretende con esta conversación. Le recuerdo que yo trato de hacer mi trabajo y de ninguna manera puedo permitirle que siga con esas insinuaciones.
– ¿No quiere probar agente? – dijo la mujer deslizando un par de dedos por debajo de la tela de su escote.
Vásquez se puso de pie y llamó al policía uniformado para que se lleve a la mujer. Esta salió guiñando un ojo, el agente se desplomó sobre su asiento visiblemente afectado.

* * *

Al día siguiente el agente Vásquez firmó muy temprano el informe y se lo entregó a Morgan para que lo firme también.
– ¿Qué es esto primo? – preguntó Morgan.
– Es el informe policial, fírmalo por favor – estoy remitiendo todo a la fiscalía.
– ¿Para el sobreseimiento?
– No creo, eso que lo decida el fiscal, yo solo estoy pasando las pruebas.
– ¿Pasó algo?
– Sí, esa mujer definitivamente es extraña, ayer no pude interrogarla, es muy inteligente – mejor que lo vea el fiscal, nuestra labor ya terminó.
– Por mí, no hay problema – dijo Morgan al tiempo que estampaba su firma en el informe – por cierto, ¿averiguaste quien es el padre del hijo de Deyanira?
– No tiene padre registrado, lleva los mismos apellidos que la mamá. Hablé con el fiscal, piensa que es irrelevante para el caso, no pedirá prueba de ADN. Por ahora el chico está con los abuelos maternos.
– ¿Y Vizcarra?
– Confirmó que el código de protocolo de internet de los correos salientes con las amenazas era el de la casa de nuestra víctima.
– Entonces concuerda.
– Concuerda.
– Ok, mejor así
– Mejor.

* * *

Semanas después, en su departamento, el agente Vásquez se hallaba enfrascado en la lectura de un antiguo tratado de arte gótico cuando golpearon la puerta, se levantó y abrió, Morgan entró con una enorme caja de pizza y un six pack de cervezas en lata.
– ¿A qué se debe? – preguntó Vásquez.
– Varias cosas, primero que Gretzel me aceptó oficialmente como enamorado, segundo que hoy el médico me dijo que puedo volver a comer las cosas que me gustan, sin excesos claro y tercero, hoy terminó el juicio de Ramírez.
– Sí sabía. ¿Cuál fue el veredicto?
– Reserva de fallo por un año.
– O sea que se porta bien durante un año y no pasa nada.
– Pero es una sentencia condenatoria.
– Que vale como una absolución.
– Así es, hubiesen sido menos hipócritas y la hubiesen absuelto sin mayor trámite.
– Igual sabíamos que era defensa propia – dijo Vásquez.
– Si pues, bueno salud por ello – dijo Morgan abriendo una cerveza.
– Salud por las nalgadas, los portaligas y los látigos – brindó Vásquez.
– Bueno no es eso todo el tiempo, por si acaso, también charlamos y paseamos, vamos al cine...
– Mira primo mientras te sientas bien y seas feliz – puedes pertenecer a los niños cantores de Viena si quieres.
– ¡Gracias! ¿Y tú? ¿Cuándo vas a tener tu Octavia de Cádiz?
– Ya te dije, a mí los libros me hacen tan feliz como a ti tu “Mistress.”
Ambos rieron.

* * *

Cerca de la media noche, Vásquez se había quedado dormido en el sillón Voltaire, abrió lentamente los ojos, en el piso estaba el tratado de arte gótico y en la mesa de centro algunos restos de pizza, levantó los ojos y frente a él estaba sentada cómodamente Deyanira Ramírez con un ceñido vestido negro sin hombros, las piernas largas y finas envueltas en medias negras de malla, el cabello cortísimo y la mirada intensa.
– ¿Qué hace usted aquí? – preguntó Vásquez.
– Esperándolo.
– ¿Cómo entró?
– La puerta estaba abierta – dijo la mujer.
– No puede estar aquí señora – dijo Vásquez mientras se ponía de pie – le ruego por favor que se retire.
– No me pienso ir – dijo la mujer mientras se ponía de pie y se acercaba peligrosamente al detective.
– Le ruego...
– Shhh... – dijo la mujer suavemente mientras ponía un dedo sobre los labios del hombre – le voy a dar la oportunidad de probar lo que pocos hombres han experimentado.
La mujer deslizó de un tirón el cierre de su vestido al que dejó caer al piso con maestría, tenía un delicado corsé negro y portaligas, empezó a desabotonar la camisa del agente lentamente, él la dejaba hacer sin atinar a reaccionar, trató de respirar y la fragancia dulce, intensa, embriagadora de la mujer terminó por arrastrarlo, se dejó llevar, ella le sacó la camisa y aparecieron ante sus ojos las siluetas negras de dragones, gárgolas, escorpiones, cruces celtas, frases en distintos idiomas, en diferentes letras, arabescos, líneas geométricas, curvas, peces koi, calaveras, flamígeros corazones, sirenas, un bestiario enrevesado de seres fabulosos sobre la piel del hombre que a este punto respiraba agitadamente, ella lamió lentamente parte de ese sólido pecho masculino y subió con la punta de su lengua hasta el lóbulo de la oreja y le susurró con un aliento ardiente y lacerante: “Qué sorpresa detective, quién se hubiese imaginado… no sabe cuánto me excitan los hombres tatuados, tengo debilidad por los chicos malos.” Inmediatamente después la mujer se puso de rodillas y Vásquez sintió las manos de ella buscando su sexo, trató de racionalizar pero no pudo, sabía que eso no podía suceder pero los labios de la mujer ya se posaban en su virilidad erguida, tensa, totalmente fuera de control; cerró los ojos, trató de recordar la última vez que sintió tanto placer y no pudo, la sensación de estar totalmente embriagado lo fue introduciendo en una nebulosa de colores, ruidos sordos, jadeos, sintió la piel de ella, húmeda, suave, caliente, sus manos empujándolo suavemente, se dejó caer en la alfombra, ella encima, en el fondo el sillón Voltaire parecía el halo de una santa desnuda, de una Magdalena, de Parvati, deseó ser Shiva, tener cuatro manos y acariciarla con todas ellas, recibió sus besos húmedos, transportándolo a un paraíso de infinitos placeres sensuales, acarició su senos voluptuosos, imperdonablemente perfectos, se extravió en sus caderas telúricas y en la selva indomable de su cintura exótica y salvaje, de pronto las premeditadas contracciones del sexo de esta hembra mitológica lo condujeron al borde de un éxtasis animal, la sangre se arremolinó en sus venas, los nervios se electrizaron, los músculos de todo su cuerpo se paralizaron presa de una dolorosa tensión y cedieron paso a una transfiguración deliciosamente sacrílega, a un sórdido huracán de lujuria retenida que poco a poco se iba disipando al mismo tiempo que su vista se nublaba y perdía inevitablemente el conocimiento.

* * *

Cuando Vásquez despertó, Deyanira estaba sentada fumando en el sillón Voltaire, él se incorporó, seguía desnudo, ella sonrió:
– Disfruté viéndolo dormir detective, es usted un bello espécimen, quien lo imaginaría detrás de esa cara de formalito.
– Todavía no entiendo señora – dijo el detective confundido.
– Llámame Deyanira, y no hay nada que entender, solo vine a agradecerte.
– ¿Agradecerme? – preguntó Vásquez.
– Sí. Agradecerte que no hayas seguido investigando. Desde el primer momento supe que si alguien podría darse cuenta del engaño, esa persona serías tú.
– ¿Qué engaño? ¿Usted mató a esa pobre infeliz a sangre fría entonces?
– Sí. Y no me arrepiento.
– ¿Y los correos?
– El pobre miserable de su marido no tuvo el coraje de decirme que no, él mismo los envió desde su casa. Igual que los mensajes de texto, tuvo que comprar un celular para enviarme los mensajes, luego el día del disparo no fue difícil colocarlo en su cartera.
– ¿Y el arma? Usted la compró en el mercado negro, y se la colocó en la mano luego de que estaba muerta.
– Eres perspicaz cariño, sabía que no me ibas a decepcionar. Yo misma la cité, le dije que iba a dejar a su marido, pero que primero quería hablar con ella.
– ¿Todo eso por el amor de un hombre, o fue por dinero?
– No, el amor no tiene nada que ver, tampoco el dinero. Fue simplemente venganza.
– No entiendo.
– Ella me lo quitó, ella se casó con él cuando yo lo quería para mí. Nunca se lo perdoné. Ni a ella, ni a él.

Vásquez se quedó en silencio. La mujer se puso de pie y caminó hacia la puerta.
– ¿Él sabe que usted fue? – preguntó el detective.
– Lo sabe. Pero nunca hablará. ¿Ahora entiendes por qué, verdad cariño? – dijo la mujer mientras salía del departamento delicadamente como una gata negra.

Vásquez se quedó pensando en lo que acababa de pasar, en lo que había sentido algunos minutos atrás y comprendió el enorme poder de esa mujer, sintió escalofríos al recordar y caminó desnudo hacia su cama, para descansar, sin ducharse, para dormir todo el tiempo que le fuera posible cubierto del sedimento de los besos y caricias de esa mujer mágica en su piel.

domingo, 5 de junio de 2011

PERVERSIONES (Cuento)

El inspector Morgan bajó del auto y caminó al borde de la carretera, los uniformados ya habían rodeado el lugar con la cinta amarilla de polietileno. Se agachó con esfuerzo y dolor para pasar la cinta, una vez erguido metió la mano en el bolsillo lateral del sobretodo y sacó del pequeño frasco de plástico un antiácido masticable que se llevó lentamente a la boca mientras aparecía ante él el cuerpo inerte, desnudo y lleno de tierra de una bella mujer.

En el lugar ya estaba Vásquez que había llegado temprano como siempre y ya había dado las primeras órdenes para los técnicos de criminalística y se había comunicado también con el fiscal.
– ¿Qué tenemos hoy primo? – preguntó Morgan mientras terminaba de tragar la pastilla.
– Mujer joven, caucásica, rica, todavía no sé con certeza si hubo agresión sexual pero es probable, la ropa aún no aparece, hay huellas de pisadas y marcas de llanta de auto.
– ¿Identificada?
– No.
– ¿Y cómo sabes qué es rica cabrón? – rió Morgan.
– Uñas de manos y pies cuidadas, esmalte color claro elegante, piel en buen estado, sin marcas ni cicatrices, no tiene tatuajes, pero lo más importante es que como puedes ver – y apuntó el pubis de la mujer – es morena, pero su cabello está perfectamente pintado de rubio platinado. Esos tintes no se hacen en salones baratos.
– Siempre me sorprendes primo ¿Y la supuesta violación?
– No hay lesiones a simple vista, pero tú sabes mejor que yo que cuerpo desnudo femenino casi siempre implica violación – contestó Vásquez.
– ¿Deceso?
– Muerte natural
– ¡Jajajaja! ¡Ese es chiste viejo! – rió estrepitosamente Morgan, conocedor del negro humor de su colega, se acercó al cadáver, se colocó de cuclillas y observó las notorias marcas de una correa en el cuello.
– ¿Ya ves? – dijo Vásquez – si te aprietan de esa manera el pescuezo con una correa… es natural que te mueras.
Morgan se incorporó ahora sin reir, le dio una palmada a Vásquez en el hombro y rodeó el cadáver como un torero alrededor del ruedo, miró el entorno, levantó la vista, su mirada se perdió en el horizonte, respiró largamente, volvió a ver el cadáver, el sol ya había completado su salida a través de las montañas y todo apuntaba a que sería un día claro y radiante, excepto para esa mujer tendida en el piso.
– Vámonos primo antes de que vengan los buitres de la prensa- le dijo a Vásquez y caminó hacia su auto.

* * *

Morgan y Vásquez no eran primos carnales, pero se trataban así desde muchos años atrás, todo había empezado como una broma cuando ya eran buenos amigos. Muchas personas que no los conocían bien pensaban que efectivamente eran primos a pesar de ser física y emocionalmente muy distintos. Morgan era casi diez años más joven, simpático y de trato agradable; siempre caía bien a todos, especialmente a las mujeres. Era sumamente talentoso y carismático, ascendía rápidamente, en los últimos años había estado en los más importantes casos del país, siempre satisfactoriamente resueltos todos ellos. Vásquez era un lector voraz, prefería quedarse en su pequeño departamento atestado de libros los días que no había servicio antes que salir con los colegas a tomar un trago. Había dejado de fumar y todos los días iba al gimnasio. No había ascendido mucho por su indomable espíritu libre, su impenitente costumbre de decir la verdad a cualquier precio, su honestidad inquebrantable y su especial sentido del humor, siempre sarcástico, que le había causado más de un problema en la institución. El único amigo que tenía Vásquez era Morgan, era al único al que no le decía no cuando de tomar un café se trataba y conversar. Morgan por su carácter extrovertido era amigo de todo el mundo, pero también le tenía un especial afecto a su primo postizo.

En la estación de policía Morgan ya estaba esperando en el estacionamiento, Vásquez bajó del auto y caminó lento, hasta llegar a su lado.
– ¿Qué piensas? – preguntó
– Es el mismo – afirmó con certeza Morgan.
– ¿El mismo de la semana pasada? ¿El loco de la bolsa? Lo pensé pero hay cosas que no cuadran. Este la estranguló con una correa, el otro le amarró una bolsa en la cabeza. Los seriales siempre repiten el modus operandi, los únicos que cambian son los copiadores. ¿Piensas que este es un copiador?
– No lo sé primo. No lo sé. Es una corazonada. Algo anda mal. En este país las mujeres blancas y ricas no aparecen muertas en las madrugadas al borde de las carreteras. Tienes razón, algo no cuadra. ¿Viste la marca de la correa?
– Clarísima.
– ¿Y te diste cuenta que tenía un diseño extraño?
– Sí, pero no le di demasiada importancia. Déjame averiguar un poco más, hablo con el médico legista y vienes en la tarde a mi departamento a tomar un café. ¿Te parece?
– ¡Me parece!
Se despidieron como siempre dándose la mano y un medio abrazo, Morgan subió a su auto. Lo bueno de tener un caso complicado era que no había que reportarse en la oficina. Sintió otra vez el tirón y el ardor en el estómago. El médico le había prohibido comer prácticamente todo, tomar cerveza, fumar, ingerir grasas “¡Ah Dios!” exclamó. “No te preocupes, mejor ocúpate.” pensó y pisó el acelerador.

En la tarde Morgan tocó con suavidad la puerta de madera del departamento. Vásquez abrió y lo saludó afectuosamente como siempre, pasaron. Vásquez tenía una servilleta de tela sobre el hombro y las manos húmedas.
– ¡Lomo saltado! – exclamó efusivo Vásquez – dame cinco minutos que está en la sartén.
Morgan se sentó en uno de los pequeños sillones, la sala ordenada, el piso encerado. Siempre había sentido una especial admiración por este peculiar primo. Donde volvía la vista hallaba libros. La mayoría de ellos en un enorme estante muy bien ordenados por tamaños y colecciones, pero también había libros en las mesas, en las sillas, al lado de la computadora. Novelas, poemarios, diccionarios, enciclopedias, tratados de pintura medieval, filosofía y brujería. Se puso de pie. Recordó las veces que Vásquez se había parado en esa misma ubicación para recorrer con la mirada los lomos de los libros con veneración y luego escoger uno, buscar en sus páginas y encontrar la solución a los problemas del trabajo y muchas veces para los problemas del corazón. “Cuántos libros, cómo me gustaría tenerlos y sobre todo haberlos leído todos” pensó. Sintió el aroma cálido y picoso del lomo saltado en su punto. Caminó a la cocina.

Luego de comer y con un buen café turco sobre la mesa, Morgan preguntó:
– ¿No te aburres solo primo?
– No – contestó lacónicamente Vásquez.
– ¿No piensas volver a casarte?
– No.
– ¿Una enamorada, una amante, una empleada que te lave la ropa y te haga masajes con final feliz? ¿Nada?
– ¡Final feliz! – exclamó Vásquez – ya me he casado y divorciado dos veces primito, ya tengo mi final feliz. A estas alturas de la vida empieza a ser más divertido leer un buen libro que estar conquistando una mujer. Eso cuesta plata, esfuerzo y tiempo.
– ¿Te vas a volver célibe?
– Bueno, tampoco. Siempre están las chicas de los clasificados.
– Pero no es lo mismo, pagar por sexo…
– Lo sé, pero como dijo ese cantante: “A las prostitutas no se les paga por sexo, se les paga para que se vayan después del sexo.”
– Si lo recuerdo – dijo Morgan mirando al techo cual estudiante que trata de recordar la respuesta a una pregunta.
– Bueno, cambiando de tema – dijo Vásquez – ven que te tengo algo.
Vásquez caminó con su taza de café hacia la sala comedor del departamento que ahora era una sala biblioteca, se sentó frente al computador y le mostró la fotografía digital del cuello de la víctima. Amplió la imagen y pudo observar claramente las marcas de la correa en el cuello, tenía un diseño peculiar, era evidente que no se trataba de un cinturón común y corriente.
– ¿Y sabes de qué cinturón se trata? – preguntó Morgan.
– No, aún no, estoy trabajando en ello, pero algo que te puedo decir es que la mujer no murió de asfixia.
– ¿Entonces?
– La asfixia produce una reacción química en el cuerpo que se llama acidosis, el análisis post mortem de los tejidos arroja que la sangre en ellos está desoxigenada, el rostro normalmente presenta una palidez extrema, por la ausencia de sangre precisamente. Nosotros nos confundimos porque esta mujer es sumamente blanca, por ello interpreté que podía ser asfixia. Los resultados del legista arrojan paro cardiaco por sobredosis de estupefacientes sintéticos, particularmente en este caso, mi querido primo: éxtasis.
– ¡Coño! Entonces nos quedamos sin caso.
– No necesariamente, como sabes cuando el tejido humano sufre de alguna presión, se genera una marca, luego al retirar la presión, la elasticidad de la piel y su oxigenación por medio del sistema sanguíneo restituye el tejido a su lugar y la marca desaparece a la larga dependiendo de la presión que se haya ejercido. Si en nuestro caso la marca todavía estaba allí…
– Es porque el tejido ya no pudo regresar a su lugar, es decir que sufrió el paro mientras era ahorcada y nuestro cazador tal vez cree que él la mató.
– Por eso la arrojó a la carretera
– ¿Violación?
– Tuvo relaciones, pero podrían ser consensuadas, no hay marcas de violencia, el médico legista encontró inflamación en la vulva pero no semen. Tal vez usó preservativo. No hay señales de lucha.
– Entonces no tenemos violación, tampoco homicidio, podría ser por lo menos tentativa…
– Y si como tú crees, es el mismo tipo de la semana pasada, debe estar convencido de que esta es su tercera víctima.
– ¿Tercera?
– Sí. Por eso comimos primero ¿ves?, no debes recibir tantas impresiones con el estómago vacío, le hace mal a tu gastritis – bromeó Vásquez – hace dos semanas encontraron a otra mujer blanca de buena presencia a trescientos kilómetros de aquí, fuera de nuestra jurisdicción, pero con las mismas características, misma edad, etnia, clase social y muerte por asfixia.
– ¿Confirmaste la identidad de la chica de hoy?
– Si, veintidós años, sobrina de un ministro de estado. Aquí tienes el expediente que formé, tienes su ficha Reniec, familiares cercanos y mejores amigos.
– ¿Mejores amigos?
– Facebook – dijo Vásquez guiñando un ojo.
Morgan caminó hacia el pequeño sofá de la salita, se sentó, sacó un antiácido del frasquito del bolsillo y lo masticó con calma mientras leía el expediente.
– Entonces siempre es un serial, ¿ya hablaste con el sicólogo de la fiscalía para el perfil?
– Primito, ambos sabemos que ese sicólogo está allí de adorno. Yo ya tengo un perfil.
– ¿Ah sí? Lánzalo.
– Hombre blanco, treinta a cuarenta, clase alta, buena posición, probablemente buen empleo, debe ser casado o divorciado, definitivamente no es soltero.
– ¿Y qué libro consultaste esta vez? – dijo Morgan – poniéndose de pie.
– Ninguno – contestó Vásquez mientras se levantaba también, adivinando que saldrían en ese preciso momento a investigar.
– ¿Wikipedia?
– No, “La ley y el orden”, no en vano he visto las últimas diez temporadas completas.
Salieron riendo.

* * *

En el auto el agente Vásquez cavilaba como siempre sobre las posibles hipótesis mientras Morgan conducía tratando de ocultar el malestar por el ardor en su estómago. “No debí aceptar ese lomo saltado” pensó, pero recordó lo bien preparado que había estado y no se arrepintió. Decidió aclarar las ideas para no pensar en el dolor.
– ¿Cómo sabemos que es blanco primo? – preguntó.
– Todas las víctimas son de clase acomodada, vivimos en el Perú, ¿has visto alguna a una chica blanca y acomodada como nuestras víctimas entrar a una discoteca cara o un hotel de primera con un mestizo?
– Pues no.
– Además hay un ex agente del FBI que tiene un blog, también afirma que lo normal es que los seriales cacen víctimas de su misma etnia.
– Entiendo ¿Y los otros datos?
– ¿Has oído hablar de la asfixiofilia?
– No, ¿qué es?
– Mira – explicó el agente Vásquez – es una práctica sexual, ligada usualmente al sadomasoquismo, el dominante coloca una bolsa en la cabeza de la víctima, una correa o cualquier elemento que permita la asfixia parcial del dominado. Ello mientras tienen relaciones sexuales, la idea es que al generar la sensación de asfixia se consigue una de dos cosas: desencadenar el orgasmo o si la asfixia y el orgasmo coinciden, este último se hace más intenso y prolongado.
– Creo que alguna vez vi algo así en una película. Increíble.
– Bueno hay quienes experimentan cosas. Lo cierto es que si es esto lo que tenemos entre manos, tiene que ser una especie de club muy selecto ya que por lo que pude averiguar en nuestro querido país todavía no se ofrecen estos servicios de manera pública y dudo mucho que de manera privada tampoco, luego el tipo tiene que ser del mismo círculo social. Ahora dime ¿a dónde estamos yendo?
– A la casa de la mejor amiga de nuestra más reciente víctima.

* * *

En entrada de la enorme casa en la mejor zona de la ciudad los agentes Morgan y Vásquez se anunciaron, los atendió Alejandra Pércovich, pasaron al espacioso recibidor y Alejandra los invitó a sentarse y ello hizo lo mismo.
– No es usual que entrevistemos a las personas de esta manera señorita Percovich – dijo Vásquez – pero en este caso no quisiéramos que su familia se vea afectada con una citación para rendir su manifestación en la policía. Como comprenderá toda la prensa se enteraría en el acto.
– Les agradezco mucho – contestó la muchacha, mirando fijamente a Morgan que ya se había adueñado del espacio. Este miraba alternadamente a Alejandra y las paredes de la habitación decoradas con caros cuadros adornados por caros marcos.
– Muy amable – dijo Vásquez – ¿puede decirnos si su amiga la señorita…? – fingió no recordar el nombre y buscó en su libreta – María Cecilia Del Solar, ¿practicaba la prostitución?
– ¡¿Qué le pasa?! – contestó la muchacha con un tono fresa que hizo sonreír a Morgan – ¿Quién se ha creído usted para venir a faltar el respeto a la memoria de una chica decente, una chica de su casa?
– Disculpe usted al agente Vásquez – interrumpió Morgan – seguramente no ha querido decir eso.
– ¡Ah, ustedes no saben quién soy yo! – exclamó todavía indignada la muchacha - ¡No saben con quién se están metiendo! ¡No saben quién es mi padre!
– Vásquez déjanos solos un momento – ordenó Morgan.
Vásquez salió de la habitación visiblemente molesto y se paró al lado de un farol en el enorme jardín delantero.
– Señorita Percovich – dijo Morgan variando su voz a un tono entre sensual y paternal y acercándose un poco en actitud confidente – lamento mucho los modales de mi compañero. Le ofrezco mis más sinceras disculpas.
– Está bien – dijo Alejandra más calmada – se nota que usted es gente. Perdone el exabrupto, si no fuese por usted le juro que mañana mismo denunciaba a su compañero.
– Está usted en su derecho – contestó Morgan, pero no quiero molestarla ni quitarle mucho tiempo. Debe ser terrible lo que está usted pasando. ¿Hoy es el velorio verdad?
– Sí – dijo soltando un breve sollozo ahogado.
– Entiendo. ¿Notó algo raro en su amiga la última semana?
– No, nada.
– Recuerde por favor.
– Nada, solo que conoció a un tipo. Estaba emocionada.
– ¿Sabe cómo se llama?
– No, solo me dijo que era un importante productor de un canal de televisión. También me dijo que pronto inauguraría un club, el Ícaro, que él la había invitado a conocerlo.
– ¿Ícaro, algo más? ¿dónde quedará?
– No lo sé, lo siento.
– Gracias, disculpe las molestias – Morgan se despidió con un gesto amable y la muchacha se quedó en la puerta del estar mirándolo.
Morgan y Vásquez salieron de la casa sin mirarse, molestos y en silencio. Cuando llegaron al auto, Morgan encendió el motor, cambió la cara, sonrió y dijo:
– ¿Prostitución cabrón, no se te pudo ocurrir otra cosa peor?
– ¿Pero funcionó o no?
– Funcionó…
– Nunca falla “galán”.

* * *

Cerca de las nueve de la noche en la oficina del agente Morgan en la división de investigaciones de la policía, ambos agentes buscaban en internet información acerca del club Ícaro.
– ¿Tienes algo? – dijo Morgan desde su escritorio.
– Nada aun, contestó Vásquez, pero ya estoy conectado a dos foros locales de sadomasoquismo. Aun nada.
– Yo igual, estoy en tres salones de chat y un foro. Espera acaba de entrar a uno de los salones un tipo preguntando por el club Ícaro.
– ¡Soy yo primo!
– ¡Jajaja! Somos los únicos dos en ese salón de chat… ¿”Perseo”?
– Si “Adonis” – ambos rieron, de pronto Morgan se calló abruptamente. Vásquez que conocía bien sus reacciones calló también y se acercó.
– Mira – dijo Morgan – Icaro tiene una página web. No lo van a inaugurar, ya existe.
– ¿Tiene dirección?
– No.
– Mira hay un correo y una página de contactos.
– Vamos por lo seguro, hay que registrarse – dijo Morgan, y Vásquez le dictó los datos de uno de los veinte perfiles que por norma habían creado para infiltrarse en la red sin develar sus verdaderos nombres.
– ¿Crees que dé resultados hoy? – preguntó Vásquez.
– Eso espero, es sábado y todavía es temprano.
Luego de un paciente trabajo de registro y navegación, Morgan anotó feliz una dirección en un papel.
– ¡Lo tengo!, cincuenta dólares la entrada, previa reservación, puedes escoger club swinger o sadomasoquismo.
– Yo no sabía que había un sitio de esos en la ciudad – reflexionó Vásquez.
– Funciona en casas alquiladas y se trasladan cada cierto tiempo. Por lo menos eso dice en la página. Los socios registrados son informados permanentemente de los cambios.
– ¿Entonces swinger o sado darling?
– Sado.
– Menos mal, si no me iba a poner celoso.
Abandonaron la oficina entre risas.

* * *

Frente a la elegante casa Vásquez con corbata y saco oscuro fungía de chofer frente al volante del auto, Morgan estaba sentado atrás.
– ¿Por qué tengo que ir yo? – preguntó Morgan.
– Porque tú eres el galán caucásico. Tiburón entre tiburones.
– Puedes decir que eres el rey del olluco – replicó el agente Morgan
– Sí, pero me darían un disco de Abencia Meza, una cerveza caliente y una patada en trasero – rieron.
Vásquez se bajó, le abrió la puerta al agente Morgan y este descendió del auto y se dirigió seguro a la casa que por fuera no mostraba ninguna señal de fiesta o reunión. Tocó el timbre, le solicitaron el código de registro, Morgan lo mostró, pagó los cincuenta dólares e ingresó.

Vásquez esperó en el auto. Escuchó música mientras esperaba, “un productor importante de televisión” pensó, ¿Quién? No eran muchos en la ciudad. Podría investigar a todos en una semana y saber quién de ellos frecuentaba el Ícaro. Siempre que el sujeto le haya dicho la verdad a la víctima y que la víctima le haya dicho la verdad a su amiga. No tenían una semana. Si efectivamente era un homicida serial, el próximo viernes volvería a matar. Pensó que algo estaba mal, recordó que los seriales siempre dejan marcas, huellas, mensajes, desean ser reconocidos, no resisten el anonimato. Este en cambio no había dejado mayores rastros que las huellas de un zapato que podría ser uno en un millón, las marcas de las ruedas de auto halladas no eran concluyentes y además eran patrones comunes de la marca Michelin, nada que permita identificar al agresor. ¿Por qué este agresor en particular no dejaba pistas? No habían huellas, nada en las uñas de las víctimas, no había semen, al parecer usaba preservativo.

A las dos de la mañana Morgan salió de la casa y se metió al auto.
– ¿Algo?
– Nada primo, ningún productor.
– ¿Solo eso?
– El resto no es como imaginábamos, son ricos jugando a ser distintos. No entré al club swinger porque solo puedes escoger uno, el de sado es básicamente un festival de disfraces, accesorios de cuero, látigos, máscaras. Todo bastante soft. Conocí un par de muchachas, como tú dices blancas y pudientes. Ninguna sabe nada de ningún productor de televisión. Estamos perdidos primo.
– ¡Diablos! – dijo Vásquez y encendió el auto para luego salir del lugar lentamente.

* * *

Domingo, diez de la mañana, Vásquez entra a la división de investigaciones, camina rápidamente hacia la oficina del comandante Álvarez, entra y ya está allí Morgan sentado en una silla. Saluda. Álvarez le contesta con un gesto y le señala una silla. Se sienta.
– Me dice Morgan que no tienen nada Vásquez ¿cuándo vamos a tener información? – preguntó Álvarez.
– Estamos trabajando comandante – replicó Vásquez.
– ¡Trabajando! Han venido a la oficina una sola vez desde que se produjo el último homicidio. ¿Cómo que están trabajando?
– Este es trabajo de campo, estos casos se resuelven en la calle, no en las cuatro paredes de una oficina.
– ¡Carajo, Vásquez! ¡No me contradiga! Yo sé que ustedes hacen un buen trabajo pero me meten en problemas, los otros agentes creen que yo tengo favoritismos. Vengan por lo menos a sentarse un rato en sus escritorios.
– Vásquez tiene razón – dijo Morgan – esto hay que resolverlo pronto y no podemos quedarnos en los escritorios sin hacer nada.
– Entiendo – dijo Álvarez rascándose la nuca – el otro problema es que tengo un ministro llamándome cada minuto a mi casa preguntándome qué estamos haciendo con el caso. Ayer en el entierro ha hecho declaraciones a la prensa nada favorables a la institución. Hoy me ha llamado el Ministro del Interior, también el secretario de la Presidencia de la República… ¿se dan cuenta o no? Mi cuello está en juego y por tanto el de ustedes también.
– No, no entendemos comandante – dijo molesto Vásquez – hacemos lo que podemos sin laboratorios, no tenemos presupuesto para materiales, los técnicos de criminalística no saben distinguir entre una bala y una moneda. Carecemos de una biblioteca…
– ¡Vásquez! – interrumpió Álvarez – ¡lo sé hombre! Lo sé. Pero así hemos aceptado este trabajo. Ahora denme algo para los buitres.
– Parece ser un asesino en serie – dijo Morgan mientras Vásquez apretaba el puño y gruñía su frustración.
– ¡No sean pendejos! – exclamó Álvarez – ¿quieren que salga a decirles a los periodistas que tenemos un asesino en serie?
– Entonces no les diga nada – afirmó rotundo Vásquez.
– Salgan de aquí. Quiero resultados hoy. ¿Entienden? Hoy.
Ambos salieron en silencio.

* * *

– ¿Y ahora cabrón? – preguntó sonriente Vásquez, mientras se sentaba una silla de madera frente al escritorio de Morgan.
– Nada. A trabajar. ¿Qué hacemos?
– No tenemos nada.
– Bueno yo si tengo – dijo Morgan mientras sacaba un pequeño papel de su bolsillo.
– ¿Qué es eso? Preguntó Vásquez con notoria curiosidad.
– El teléfono de una mesera del Ícaro, me lo dio al momento de pagar la cuenta.
– ¡Buena galán! A llamar…

* * *

Vásquez estaba concentrado en la lectura de una versión ilustrada de “Justine” de Donatien Alphonse François de Sade, el Marqués de Sade, cuando llegó Morgan a su departamento. Entró algo apesadumbrado, se sentó en el sofá y soltó:
– Malas noticias primo.
– ¿Por qué? ¿Qué te dijo la mesera?
– Efectivamente va al club un importante productor. Un pez gordo: Juan Pedro Vinces. Asiste a menudo al Ícaro. También vio a la muchacha con él la semana pasada.
– ¿A las otras?
– Le mostré las fotos, no las reconoció aunque noté que la cara le cambió cuando vio a la primera.
– ¿Raro no?
– Sí.
– Entonces lo tenemos.
– No lo sé. Me adelanté y llamé al comandante para avisarle, viene hacia aquí.

Quince minutos después llegó Álvarez. Se sentó pesadamente en el sofá que Morgan dejó libre para él. Luego intentó encender un cigarrillo. Vásquez no lo dejó, no le gustaba el olor de cigarro en su propia casa. Álvarez algo incómodo apagó el encendedor y dijo:
– Me dice Morgan que sospechan de Vinces.
– Sí señor – dijo Vásquez.
– ¿Y qué evidencia tienen?
– La mesera de un club los vio juntos.
– ¿No tienen nada más?
– No señor – intervino Morgan.
– Bueno, les vengo a comunicar que archiven el expediente.
– ¿Cómo? – preguntó sorprendido Vásquez.
– He recibido una llamada del Ministro del Interior, han coordinado con el ministro y la familia. Ya no están interesados en que esto se resuelva, han decidido aceptar que la muchacha murió de una sobredosis. Caso cerrado.
– ¡Pero comandante! – exclamó Morgan – ¿y las otras dos chicas? ¿Y el hecho de que la abandonaron en la carretera? Aquí hay algo más, no puede ordenarnos que cerremos el caso.
– ¡Ya les dije que hacer! – ordenó Álvarez - pueden seguir investigando el de la semana pasada, cuanto tengan algo tangible me avisan, el otro no es nuestra jurisdicción, olvídense de ese asunto, no es nuestro problema. Si tienen algo que vincule a Vinces con el caso de la semana pasada me avisan a mi primero. No quiero que nada se filtre a la prensa ni que hagan nada respecto a ese tipo sin avisarme. ¿Han entendido?

Ambos agentes quedaron en silencio pero asintieron brevemente con la cabeza, Álvarez se levantó y salió del departamento por su propia cuenta y sin despedirse.
– ¿Y ahora? – preguntó Vásquez.
– Nada, a investigar lo que nos queda.
– ¿Y Vinces? ¿Crees que podamos ligarlo con el segundo caso?
– Difícil. La familia está tan avergonzada por el suceso que ni siquiera ha salido a pedir justicia. Las familias acomodadas suelen reaccionar así primo.
– Tienes razón, la dignidad y el apellido antes que la justicia.
– Creo que sabían que la muchacha tenía una vida disipada. No les extrañó que haya terminado así.
– ¿Crees que Vinces vuelva a hacerlo?
– No creo. Presiento que ha negociado con los Percovich – afirmó Morgan – se abstendrá un buen tiempo o tal vez lo deje. Debe haber notado que fue muy lejos. Es difícil predecirlo.
– Tienes razón. Me indigna este asunto. Al final terminamos metiendo a la cárcel a pastrulos de poca monta.
– Ni tanto primo, recuerda que hemos resuelto casos grandes.
– Sí, grandes pero por el apellido de la víctima, no por el apellido de los victimarios.
– Es verdad – contestó triste Morgan – ¿Entonces?
– ¿Café?
– Estoy con el estómago mal…
– Mate entonces.
– ¡Mate!

Vásquez caminó a la cocina, Morgan se acercó al libro que había quedado abierto “Sadomasoquismo” pensó, “que extraña cosa” recordó lo que había visto en el Ícaro la noche anterior, se le estremeció el cuerpo. Nunca se imaginó que algo que siempre había pensado como enfermo o extraño le causaría tanta conmoción y curiosidad. Hasta ahora su única perversión había sido la enorme excitación que sentía al ver y acariciar los pies finos de algunas mujeres que conoció ¿Y si era un sadomasoquista y no lo sabía? Esto era mucho mayor que una simple fascinación por los pies de una mujer. Pasó algunas páginas del libro. Se excitó. Tendría que volver al Ícaro. Necesitaba experimentar, saber. Quien sabe y se olvidaba de este feo ardor del estómago. Se puso en la boca un antiácido, cerró el libro y caminó tranquilo hacia la cocina.