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jueves, 8 de diciembre de 2011

LA SOLEDAD DE LA INMORTALIDAD (Cuento)

Andelko Volkodlak salió del Louvre rumbo a la fría noche parisina, caminó por la Rue de Rivoli hacia el Boulevard de Sebastopol, al doblar la esquina percibió con absoluta certeza que alguien lo estaba siguiendo. Calculó el trayecto con frialdad y se dirigió hacia el rio Sena reduciendo la marcha, cruzó el puente hasta el Boulevard Saint Michel y luego volteó en dirección al Pantheon; en una esquina desolada de la Rue C. Bernard se detuvo en seco para enfrentar a su acechador, al girar no vio a nadie a pesar de percibir claramente una presencia, de pronto una voz seseante retumbó en sus oídos en un idioma que no escuchaba hacía mucho tiempo:
Lahko noč, Andelko. Koliko časa je ze, ko ne prideš v Ljubljano?
Lahko noč, Petar – contestó dando las buenas noches también y reconociendo a su interlocutor – hace años que no voy a Ljubljana, ¿y tú?
– Tampoco Andelko – dijo la voz materializándose de pronto en una sombra y luego en un cuerpo varonil, largo y estilizado, impecablemente vestido – creí que no me reconocerías.
– Al principio no. ¿Dónde has estado todo este tiempo?
– Andando por el mundo, como tú.
– ¿Como yo? No creas – replicó Andelko – hace décadas que no salgo de París.
– Desde que se fue Fátima.
– Sí – musitó el hombre con amargura.
– Vamos a conversar prijatelj, finjamos ser mortales por un rato, disfrutemos la noche de París, acompáñame a un bistró, conozco uno cerca, en la Place d’Italie.

Ambos caminaron sigilosamente sin perder el paso distinguido, sin embargo, invisibles, oscuros, imperceptibles. Cuando llegaron al bistró junto con ellos entró una brisa gélida que hizo estremecer a los concurrentes que todavía estaban en el lugar. Se sentaron. Una atractiva muchacha con acento de Lyon encendió la vela en medio de la mesa mientras les daba las buenas noches, luego anotó su pedido: Una botella de vino tinto.

* * *

Petar Blatnik, al igual que Andelko, había nacido en Ljubljana, ambos habían sido amigos en la soledad de los no muertos, se habían conocido en cacerías nocturnas, percibiéndose sin perturbarse el uno al otro. Petar fue quien dio el primer paso, notaba a Andelko desprolijo y pueril en sus procedimientos. Le despertaba ternura tanta falta de experiencia. Le enseñó a descubrir sus capacidades, a perfeccionar sus métodos, le explicó cosas básicas que Andelko intuía pero no comprendía. En algún momento fueron compañeros de correrías en las regiones de Croacia y Dalmacia, se establecieron un tiempo en lo que ahora era la ciudad de Trieste, el lugar era perfecto para sus fines en aquél entonces, una ciudad fronteriza del norte de Italia, en ocasiones tierra de nadie. Luego Petar quiso conocer Egipto, el Mediterráneo, en algún momento se separaban, se volvían a encontrar en algún punto de Europa, bastaba que uno ponga un pie en la ciudad donde estaba el otro para que pudiesen percibirse mutuamente, la última vez que se vieron fue precisamente en París, veinticinco años atrás, cuando la segunda gran guerra recién comenzaba.

* * *

Petar se apoyó en el espaldar de la silla de madera finamente tallada y miró a las personas sentadas en las mesas del bistró con displicencia, luego miró al vacío y preguntó:
– ¿Disfrutas la inmortalidad?
– Ya no lo sé Petar.
– Cometiste un error al enamorarte Andelko. El amor no es para nosotros. Somos seres sin alma y el amor requiere alma. Ahora que ella se fue se llevó todo lo que te quedaba. Lo único que te dejó es esa soledad que te viene destruyendo por dentro.
– Es que estamos malditos.
– ¡Ah Andelko! En quinientos años he visto de todo, y mira que yo he visto casi todo lo que se puede ver en este mundo, sin embargo hasta ahora no puedo afirmar con certeza si existe un Dios y menos aun si existe el Diablo. Solo sé que somos lo que somos y no hay ninguna maldición en ello.

Andelko asintió con la cabeza y llenó las copas con vino, luego miró a la mesera; desde que ingresó algo en ella le había recordado a Fátima. La piel sumamente blanca, los ojos azules claros, el cabello rubio cenizo. Se estremeció al recordarla. A Fátima la había conocido de casualidad, el fingía ser un empresario y ella era una bella artesana. En poco tiempo se la llevó a vivir con él. Ella fue descubriendo sus secretos, comprendiéndolo. Sabía que ella lo amaba, desde el principio, pero siempre se negó a ser como él. Quería vivir, crecer, amar y, a su tiempo, morir. No creía en la inmortalidad.
– ¿Te dije alguna vez que Fátima no creía en la inmortalidad?
– Sí Andelko, y tú nunca quisiste convertirla. Respetaste su voluntad y ahora estás solo.
– Ella decía que una vida es suficiente para aprender lo necesario. Que las cosas son solo eso, cosas. Que el problema de la inmortalidad es que se llega a un punto en que ya no sabes para qué sirve lo que aprendes, y ahora empiezo a pensar que tenía razón.
– Yo creo en cambio que somos seres privilegiados.
– Yo lo creía también – dijo Andelko – sobre todo cuando estaba con ella.

Ante sus ojos surgió la imagen de Fátima con el sombrero de paja de ala ancha sobre la cabeza, de cuclillas sobre la tierra, limpiándola, retirando las hojas muertas de las plantas que cultivaba con tanto cariño en el jardín, regándolas con agua que sacaba del pozo. En el taller, elaborando esos primorosos adornos que a él le encantaban y que solía comprarle antes de que los pusiera a la venta en las tiendas de París, solo para tener alrededor suyo cosas hechas por ella. Luego la recordó en la terraza de la casa, tomando café turco al atardecer con sus gatas adormitadas sobre los muslos. A sus ojos nunca envejeció, la cuidó hasta sus últimos días, respetando su voluntad de no ser como él. Ella sí había vivido como él nunca lo había hecho.
– ¿Cómo era que la llamabas? – preguntó Petar sacándolo de sus recuerdos.
Moja lepa mucka, mi linda gatita.
Mucka..., Andelko tenemos que ir a Ljubljana un día. Extraño nuestra tierra.
Andelko no contestó, miró otra vez a la mesera fijamente, luego alrededor y notó que se habían convertido en los últimos clientes, le hizo señas para que traiga la cuenta.
– Petar, necesito quedarme solo – susurró mirando fijamente el interior de la copa de vino, cuando levantó la vista su compañero ya había desaparecido.

Cuando la muchacha se acercó, Andelko pagó y le dio una generosa propina. Le preguntó a qué hora iba a casa, ella dijo que luego de ayudar a cerrar el bistró. Le preguntó si podía acompañarla y ella aceptó de buen grado.

Minutos después ambos caminaban por la Rue Jeanne d’Arc, la muchacha hablaba de su día de trabajo, de su vida, su barrio y sus amistades y lo bueno que era conocer personas interesantes en el bistró, hacia preguntas a Andelko que este contestaba con monosílabos e interjecciones breves. Él venía pensando en Fátima y en lo mucho que la había amado, en lo mucho que la seguía amando a pesar de haberse ido hace tanto tiempo. Pensaba que a pesar de sus esfuerzos nunca estuvo su altura, ella era un verdadero ser humano, como él había intentado ser, pero nunca había conseguido. Lo invadía la nostalgia, sabía que nunca podría encontrar a alguien como ella, ni en esta vida, por larga que fuera ni en veinte vidas juntas, aunque fuera inmortal, inútilmente inmortal. Se detuvo, la muchacha se detuvo también y le ofreció su rostro inocente, blanco con sus ojos azul pálido, se parecía a Fátima pero no era ella. No podría ser como ella, nunca habría nadie como ella. La besó y la joven mujer se entregó a sus brazos, Andelko la levantó y la empujó bajo el umbral oscuro de una puerta, se besaron largamente, ella ofreció su cuerpo tibio, abrazó al hombre con fuerza deseándolo sin pudor, sintiendo su lengua húmeda y venenosa deslizarse por su cuello fino y de pronto el hincón quemante y la succión de sus labios dejándola sin fuerzas, sintiendo las rodillas doblarse, sostenida en vilo por esos brazos formidables, la recorrió la angustia de ser totalmente vulnerable en medio de esa extraña e incontrolable excitación orgásmica, desfalleciendo de placer y a la vez con una lejana sensación de zozobra que le hacía perder el conocimiento y la vida mientras su cuerpo se deslizaba lentamente por el portón hacia el frio piso de piedra, al tiempo que era sacudido por los últimos estertores de la muerte.

Andelko sacó un pañuelo blanco de la manga de su traje y se limpió los labios con él. Lo sacudió con elegancia y lo dejó caer manchado de sangre sobre la muchacha mientras susurraba “lepa mucka” y se alejaba con paso firme rumbo a la fría noche parisina.

domingo, 16 de enero de 2011

LA NOCHE INOLVIDABLE DE NANET (Cuento)

Nanet salió del bistró riendo a carcajadas, se había divertido a raudales mientras bebía unas copas para calentar el cuerpo con el jefe de la policía del barrio quince de París, pero ya eran las nueve y era momento de salir a buscar clientes, caminó rápidamente por la Rue de la Croix Nivert, mientras encendía un cigarrillo. Al llegar a la esquina de siempre sintió la falta de su abrigo, lo había dejado en el bistró para que no le estorbara. Aún era temprano, se acomodó la corta falda y empezó a caminar para entrar en calor. A unos diez metros se acercó un hombre apuesto, de traje, negociaron la tarifa y se fueron juntos a uno de los hoteles de la Rue de Vaugirard a pocas cuadras de la Porte de Versailles. Una vez en el cuarto Nanet empezó a desvestirse rápidamente, pero el hombre le hizo una seña para que se detenga. Nanet sonrió y se detuvo, estaba acostumbrada a recibir y cumplir órdenes, siempre que le paguen el precio por ello. Se sentó en la cama y miró al extraño, le inquietó su mirada.
- Si vas a querer algo raro te va a costar más – dijo coquetamente Nanet.
- El dinero no es problema – contestó el hombre - ¿Cómo te llamas? – agregó.
- Nanet es mi nombre, ¿y el señor tiene uno? – replicó mientras se ponía de pie y caminaba lentamente hacia su cliente.
- Andelko – respondió el hombre distante pero esbozando luego una sonrisa lánguida mientras se quitaba el abrigo y sentaba en una silla.

Nanet aún de pie miró al sujeto abriendo los ojos exageradamente en señal de amable impaciencia. Andelko le hizo una seña para que apague la luz principal de la habitación y deje encendidas las lámparas de pared. Nanet obedeció inmediatamente pero sin prisa, sabía cómo tratar a un cliente que a todas luces era rico. Mientras se desplazaba por la habitación Andelko confirmó lo que ya había anticipado horas antes, cuando siguió a Nanet desde el bistró hasta la Rue Lecourbe donde la abordó, tenía el cuerpo firme, aún no estaba maltratado por el trabajo, la bebida o las malas noches, debía tener veinte o veintiún años. Sus cabellos negros lacios caían adorablemente sobre su espalda blanca adornada con diminutas pecas. Sus ojos verdes resaltaban en un rostro fino y de agraciados rasgos que el maquillaje barato no había conseguido afear. Las proporciones de sus caderas y senos eran generosas sin llegar a ser exageradas. Sonrió nuevamente. Sentado en la silla y sin dejar su postura elegante extrajo quinientos francos de su cartera y los puso sobre la mesa de noche, el rostro de Nanet se iluminó.
- Quítate la ropa lentamente – ordenó Andelko con voz paternal.
- Lo que desee el señor – contestó Nanet lanzando un atrevido beso al aire con sus carnosos labios rojos.

Andelko se acomodó sobre la silla, Nanet se puso de pie frente a él. A pesar de su juventud, conocía el oficio. Separó sus piernas y se agachó sujetando sus tobillos con ambas manos, se incorporó lentamente acariciando sus piernas en toda su extensión. Una vez erguida abrió su blusa con una mano mientras con la otra recorría la circunferencia de sus senos, dejó aparecer sus hombros perfectos y deslizó la blusa dejando a la vista un delicado corsé, hizo una media vuelta grácil y empezó a bajar el cierre de la falda, la que dejó descender por sus piernas moviendo las caderas de un lado a otro hasta que se detuvo en el suelo. Saltó como quien sale de un charco y se sentó en las piernas de Andelko, lo miró por sobre el hombro y con una mano señaló el cordón del corsé, Andelko entendió rápidamente y con firme suavidad desató y aflojó el cordón. Nanet se puso de pie y jugueteó con la lencería, se despojó del ceñidor dejando por fin a la vista sus hermosos senos turgentes coronados por dos pezones rosados aún adormitados. Andelko sonrió complacido y dibujó un par de círculos en el aire con su dedo índice como señal para que el espectáculo continúe, Nanet se entusiasmó sabiendo que su espectador estaba contento. Se había propuesto disfrutar esta noche, eran pocas las veces que tenía la oportunidad de tener un cliente tan elegante, atractivo y limpio. Desabrochó uno por uno los broches del portaligas y se sentó en la cama para sacarse las medias lentamente. Tenía las piernas bien formadas, perfectamente depiladas. Se quitó luego el portaligas y finalmente en un acto de lujuriosa provocación se tocó el sexo por encima de las bragas, se recostó en la cama y levantando las piernas a lo alto se despojó de ellas. Se recostó sobre el lecho y Andelko negó con la cabeza, Nanet se incorporó sin levantarse por completo y dio unas palmaditas sobre el colchón.
- ¿Quiere el señor que le quite la ropa? – dijo tratando de parecer sensual.
- No – dijo Andelko.
- ¿Desea el señor que…? – iba a continuar Nanet, pero Andelko la detuvo sin tocarla.
Nanet sintió que una fuerza sobrecogedora la inmovilizó, su piel se erizó de extremo a extremo y sintió unas incontenibles ganas de llorar. Andelko la miraba sin expresión.
- No te muevas – dijo Andelko calmado.
Nanet trató de gritar pero no pudo. Sintió como los ojos del hombre recorrían su cuerpo y tembló, sin embargo un delicioso calor inundó su vientre y se extendió por todo su cuerpo mientras Andelko se incorporaba de la silla, cerró los ojos y dejó caer su cabeza sobre la almohada en espera de lo que tuviera que pasar.

* * *

Andelko Volkodlak nació hace más de cuatrocientos años en el noreste de Europa, en la antigua Ljubljana. Ya no recordaba los colores ni las voces de esa época. Habían pasado tantas cosas desde el momento en que volvió a nacer que esas imágenes eran sólo manchas borrosas. Su capacidad de entender e interpretar las cosas a su alrededor sin embargo no había menguando con el tiempo, más bien se había hecho más aguda. Había aprendido que los cuentos que se contaban sobre él y su especie eran precisamente eso, cuentos y mitos con poco o nada de verdad. El supuesto poder de la cruz o del agua bendita para conjurarlos era un patético invento medieval sin ninguna justificación histórica, sobre todo cuando aprendió que su especie era mucho más antigua que el propio cristianismo. Las estacas de madera y los decapitamientos no eran otra cosa que parte del folklor rumano para adornar las historias de un dictador sanguinario. No se necesita ser un científico para darse cuenta que ningún ser puede sobrevivir sin cabeza o con la mutilación severa de un órgano vital como el corazón o los pulmones. El hecho de tener una fortaleza y resistencia física superior al promedio de los mortales y la incapacidad de envejecimiento de sus células no los hacía inmunes a las heridas graves, pérdida de extremidades o desangramiento. Era cierto que no enfermaban, pero se debía entre otras cosas a que no tenían los terribles hábitos de alimentación de los humanos. Los de su especie, contradiciendo al mito, comían socialmente, normalmente ensaladas exóticas, caviar o carnes muy finas especialmente preparadas. No era alimento, para ellos era otra forma más de placer. Algo que le pareció siempre carente de todo fundamento era el pretendido poder repelente del ajo. Él particularmente disfrutaba mucho del aroma del ajo, era uno de los pocos olores que lograba establecer un vínculo con su juventud en forma mortal y con las tierras fértiles donde sus padres lo criaron. Todo lo demás, balas de plata, oraciones y sacramentos, eran inventos de fanáticos religiosos que perdían más tiempo en inventar nuevos demonios que en purificar sus almas o por lo menos disfrutar de sus insípidas existencias.

Los devastadores efectos de los rayos solares en su organismo y la atribuida costumbre de dormir en ataúdes era probablemente la única mentira que tenía cierta explicación en la realidad. Él y los de su especie necesitaban del anonimato para subsistir, anonimato que se había hecho sumamente difícil mantener a lo largo de los siglos y más aún a la luz del día. Nunca faltaba alguien que recordaba haberlo visto en otra ciudad muchos años antes y que se percataba de la ausencia de señales de envejecimiento. Resultaba difícil dar explicaciones satisfactorias. De la misma manera tener una actividad económica o comercial implicaba verse obligado a desaparecer luego de un tiempo, inventando fallecimientos dramáticos que generaba a su vez todo un procedimiento legal para poder mantener el patrimonio adquirido y procurar retomarlo luego años después, cuando normalmente los testaferros y albaceas ya habían despilfarrado toda la fortuna. Con el tiempo los que eran como él se habían hecho expertos en hacer negocios que trascendían las generaciones, ellos fueron los inventores de los fideicomisos y las fundaciones. Congéneres suyos diseñaron los mecanismos de los actuales bancos cuyas raíces aparecieron recién en la edad media, allá entre Venecia y Parma. Hoy en día eran dueños de derechos y acciones de los bancos más grandes de Europa. La mayoría tenía participaciones en el incalculable patrimonio de la Iglesia. Las iglesias eran y seguían siendo los lugares más apropiados para vivir y mantenerse alejados de la comunidad ya sea disfrazados de monjes, jardineros o cuidadores. Otros habían optado por incorporarse a logias herméticas donde adquirían el poder suficiente para manejar los gobiernos de las nuevas ciudades y sus registros civiles y así poder crear identidades para quienes las precisaran. La eternidad es costosa y requiere de recursos para satisfacer las necesidades que de ella se derivan. Con los años y la experiencia ganada se adquieren gustos caros, predilección por los restaurantes finos, clubes sociales, conciertos de cámara, galerías de arte, joyería y ropa de buena factura además de otros innumerables detalles. Los bares decadentes y los barrios bajos eran sólo campos de cacería. No se le ocurría cómo un tipo que duerme todo el día en una caja y sólo sale en la noche para alimentarse podría mantener un estilo de vida como aquel al que él y sus semejantes se habían acostumbrado. Era por estas razones que entendía que muchos de sus congéneres prefirieran la noche para salir a recorrer la ciudad y cazar, él mismo se había hecho cada vez más nocturno. A altas horas de la noche las personas preguntan menos, se fijan menos. Las mujeres decentes se quedan en sus casas y los maridos decentes se quedan con ellas o en la casa de sus amantes claro, pero no en las calles. Las ciudades grandes eran ideales y París se había hecho perfecta para estos fines. Ahora veinte años después de la segunda gran guerra y estando totalmente reconstruida albergaba un mayor número de desconocidos, viajeros y turistas entre los cuales podía pasar desapercibido. Curiosamente el problema no era conseguir el alimento vital, aprendió que las sospechas sobre la permanente buena salud de los suyos y la evidente incapacidad de envejecer no provenían de la curiosidad o la observación de las personas, si no de la envidia.

* * *

Nanet permanecía recostada, con los ojos cerrados, esperando. Percibió cómo Andelko se despojó de sus ropas lentamente, mientras lo hacía pudo sentir su mirada recorriéndole el cuerpo, sufrió un espasmo involuntario cuando sintió su mano acariciándole la pantorrilla derecha. Rió nerviosa, pero no podía ocultar su excitación, en estos últimos dos años había aprendido a controlar la situación, fingir cuando era necesario, pero nunca dejarse llevar, sin embargo ahora no podía evitar hacerlo.

Abrió los ojos, la escasa luz no le impidió ver el cuerpo fuerte de Andelko, irradiaba una masculinidad madura mezclada con el vigor de la juventud. Sus manos eran fuertes pero con la suavidad propia del terciopelo, sintió su voz que le quemaba los oídos, en particular ese acento que la empezaba a volver loca y hacía estragos en su respiración, los dedos de Andelko acariciaron su rodilla, su muslo, sintió su lengua maravillosamente áspera lamiendo su tobillo, transitando por su empeine, deteniéndose cerca de sus dedos. Un choque de electricidad la estremeció cuando sintió que el hombre se introducía uno a uno los dedos de su pie derecho en la boca y los besaba y lamía lentamente, hizo lo mismo con el otro, lamiendo cada dedo mientras acariciaba el arco del pie y el talón. Sintió esa lengua venenosa subir nuevamente por su piel hasta la parte posterior de la rodilla, cuando llegó al muslo tomó conciencia de que estaba totalmente a merced de los deseos y caprichos de Andelko. Sus caderas empezaban a describir un vaivén lento en contra de su voluntad. La lengua del hombre se abrió paso entre sus muslos y ella cedió, los separó y apoyó sus pies en las espaldas de él, Andelko hundió el rostro bajo su vientre, ella le ofreció su monte de venus en plenitud y él se embriagó del olor agridulce y acre; cerró los ojos y respiró profundamente para llenar sus pulmones de ese aroma salvaje a sexo compartido, se sumergió por completo en los fluidos desbordantes de Nanet y buscó desesperadamente con la lengua cada hendidura, cada pliegue, cada nervadura y cada protuberancia. Nanet se desvanecía, su pecho agitado, sus gemidos enrevesados y el ritmo de su respiración anunciaban el inminente apogeo de su excitación; de pronto su respiración se detuvo, trató de morder sus labios pero los nervios de su rostro ya no le respondían, su vientre, glúteos y muslos entraron en un estado de tensión casi doloroso y desde lo profundo de su ser sintió venir desde lejos y a velocidad de galope una maravillosa erupción desbordante de placer que inundó todo su cuerpo hasta el último músculo y nervio como nunca antes lo había experimentado.

Andelko, acarició el vientre y las caderas de Nanet suavemente hasta que recuperó la respiración, la miró con los ojos llenos de fuego y Nanet entendió rápidamente que ese era sólo el principio y agradeció a Dios la suerte que le había tocado. Andelko tomó a su presa por las caderas y con una firme presión hizo girar su cuerpo de manera que quedara boca abajo, Nanet se asustó un poco pero lo dejó hacer. Andelko acarició su espalda, lentamente y con fruición, presionó sus dedos en ese cuello fino, lo sintió frágil, casi podía sentir su pulso a través de las venas, pasó sus manos hacia el pecho de ella y desde atrás acarició sus senos, redescubriendo su calor, su textura y su volumen. Nanet, desde esa posición, mientras disfrutaba las caricias de su amante, pudo sentir rozando en la parte interna de sus muslos la virilidad en apogeo buscando cobijo, se acomodó a la altura con un ágil desplazamiento de sus rodillas y Andelko con una suave embestida hizo el resto. Nanet estrujó como pudo las sabanas de la cama con ambas manos mientras el vaivén de sus caderas iba en inexorable aumento. El sexo de Andelko quemaba sus entrañas brindándole un placer hasta ahora desconocido, se sentía totalmente poseída, las manos de él en sus caderas marcando el ritmo eran solo un elemento, había una fuerza superior, un dominio absoluto que la sometía pero al que no quería renunciar. Su cuerpo nuevamente se preparaba para lo inevitable, Andelko se detuvo de golpe. Con una fuerza descomunal la tomó de la cintura y la cargó en sus poderosos brazos, ahora recostada en la cama recibió sobre sí el peso del hombre, de ese cuerpo fuerte y varonil que le venía dando tanto placer, por unos segundos se sintió protegida, se preguntó si este sujeto tan distinto y distinguido se fijaría en una mujer como ella, si no fuese así, este día lo recordaría por mucho tiempo, mejor aún, nunca lo olvidaría. Andelko dentro de ella se movía sabiamente, acariciaba cada rincón de ese cuerpo magnífico de seda, recorría cada curva, disfrutaba cada detalle para guardarlo en su memoria, para evitar que el día de mañana sea sólo un amargo sedimento en su piel. Nanet rodeó con sus piernas el cuerpo de su amado, lo abrazó fuertemente y sintió un deseo irrefrenable de clavarle las uñas en la espalda, empezó a besar sus hombros sólidos, su cuello, sus mejillas, sus labios, no podía contenerse más; volvió a sentir la electricidad subiendo lentamente desde sus pies hacia su sexo, la tensión en su centro de gravedad, el torrente que pronto se desbordaría nuevamente, su hombre se movía cada vez más rápido, casi podía sentir sus espasmos próximos a convertirse en clímax, se aferró con fuerzas a Andelko, arañaba su torso, él empezó a decir palabras indescifrables en su oído, la fuerza telúrica de un intenso orgasmo la fue inundando, sus caderas frenéticas se detuvieron, contuvo la respiración y deseó que el momento no acabe, la vida, los colores, los sonidos se hicieron diferentes por unos segundos, se hundió en un abandono soporífero y placentero que la arrastraba a un mundo oscuro donde ya nada podría alcanzarla mientras se daba cuenta que Andelko le había clavado los colmillos en la yugular y bebía insaciablemente su sangre sin que ella atinara siquiera a soltarlo, porque no lo soltaría ya nunca, porque eran uno solo ahora y para siempre unidos hasta el fin de los tiempos por el torrente de sangre caliente que se iba llevando su vida.