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domingo, 16 de enero de 2011

LA NOCHE INOLVIDABLE DE NANET (Cuento)

Nanet salió del bistró riendo a carcajadas, se había divertido a raudales mientras bebía unas copas para calentar el cuerpo con el jefe de la policía del barrio quince de París, pero ya eran las nueve y era momento de salir a buscar clientes, caminó rápidamente por la Rue de la Croix Nivert, mientras encendía un cigarrillo. Al llegar a la esquina de siempre sintió la falta de su abrigo, lo había dejado en el bistró para que no le estorbara. Aún era temprano, se acomodó la corta falda y empezó a caminar para entrar en calor. A unos diez metros se acercó un hombre apuesto, de traje, negociaron la tarifa y se fueron juntos a uno de los hoteles de la Rue de Vaugirard a pocas cuadras de la Porte de Versailles. Una vez en el cuarto Nanet empezó a desvestirse rápidamente, pero el hombre le hizo una seña para que se detenga. Nanet sonrió y se detuvo, estaba acostumbrada a recibir y cumplir órdenes, siempre que le paguen el precio por ello. Se sentó en la cama y miró al extraño, le inquietó su mirada.
- Si vas a querer algo raro te va a costar más – dijo coquetamente Nanet.
- El dinero no es problema – contestó el hombre - ¿Cómo te llamas? – agregó.
- Nanet es mi nombre, ¿y el señor tiene uno? – replicó mientras se ponía de pie y caminaba lentamente hacia su cliente.
- Andelko – respondió el hombre distante pero esbozando luego una sonrisa lánguida mientras se quitaba el abrigo y sentaba en una silla.

Nanet aún de pie miró al sujeto abriendo los ojos exageradamente en señal de amable impaciencia. Andelko le hizo una seña para que apague la luz principal de la habitación y deje encendidas las lámparas de pared. Nanet obedeció inmediatamente pero sin prisa, sabía cómo tratar a un cliente que a todas luces era rico. Mientras se desplazaba por la habitación Andelko confirmó lo que ya había anticipado horas antes, cuando siguió a Nanet desde el bistró hasta la Rue Lecourbe donde la abordó, tenía el cuerpo firme, aún no estaba maltratado por el trabajo, la bebida o las malas noches, debía tener veinte o veintiún años. Sus cabellos negros lacios caían adorablemente sobre su espalda blanca adornada con diminutas pecas. Sus ojos verdes resaltaban en un rostro fino y de agraciados rasgos que el maquillaje barato no había conseguido afear. Las proporciones de sus caderas y senos eran generosas sin llegar a ser exageradas. Sonrió nuevamente. Sentado en la silla y sin dejar su postura elegante extrajo quinientos francos de su cartera y los puso sobre la mesa de noche, el rostro de Nanet se iluminó.
- Quítate la ropa lentamente – ordenó Andelko con voz paternal.
- Lo que desee el señor – contestó Nanet lanzando un atrevido beso al aire con sus carnosos labios rojos.

Andelko se acomodó sobre la silla, Nanet se puso de pie frente a él. A pesar de su juventud, conocía el oficio. Separó sus piernas y se agachó sujetando sus tobillos con ambas manos, se incorporó lentamente acariciando sus piernas en toda su extensión. Una vez erguida abrió su blusa con una mano mientras con la otra recorría la circunferencia de sus senos, dejó aparecer sus hombros perfectos y deslizó la blusa dejando a la vista un delicado corsé, hizo una media vuelta grácil y empezó a bajar el cierre de la falda, la que dejó descender por sus piernas moviendo las caderas de un lado a otro hasta que se detuvo en el suelo. Saltó como quien sale de un charco y se sentó en las piernas de Andelko, lo miró por sobre el hombro y con una mano señaló el cordón del corsé, Andelko entendió rápidamente y con firme suavidad desató y aflojó el cordón. Nanet se puso de pie y jugueteó con la lencería, se despojó del ceñidor dejando por fin a la vista sus hermosos senos turgentes coronados por dos pezones rosados aún adormitados. Andelko sonrió complacido y dibujó un par de círculos en el aire con su dedo índice como señal para que el espectáculo continúe, Nanet se entusiasmó sabiendo que su espectador estaba contento. Se había propuesto disfrutar esta noche, eran pocas las veces que tenía la oportunidad de tener un cliente tan elegante, atractivo y limpio. Desabrochó uno por uno los broches del portaligas y se sentó en la cama para sacarse las medias lentamente. Tenía las piernas bien formadas, perfectamente depiladas. Se quitó luego el portaligas y finalmente en un acto de lujuriosa provocación se tocó el sexo por encima de las bragas, se recostó en la cama y levantando las piernas a lo alto se despojó de ellas. Se recostó sobre el lecho y Andelko negó con la cabeza, Nanet se incorporó sin levantarse por completo y dio unas palmaditas sobre el colchón.
- ¿Quiere el señor que le quite la ropa? – dijo tratando de parecer sensual.
- No – dijo Andelko.
- ¿Desea el señor que…? – iba a continuar Nanet, pero Andelko la detuvo sin tocarla.
Nanet sintió que una fuerza sobrecogedora la inmovilizó, su piel se erizó de extremo a extremo y sintió unas incontenibles ganas de llorar. Andelko la miraba sin expresión.
- No te muevas – dijo Andelko calmado.
Nanet trató de gritar pero no pudo. Sintió como los ojos del hombre recorrían su cuerpo y tembló, sin embargo un delicioso calor inundó su vientre y se extendió por todo su cuerpo mientras Andelko se incorporaba de la silla, cerró los ojos y dejó caer su cabeza sobre la almohada en espera de lo que tuviera que pasar.

* * *

Andelko Volkodlak nació hace más de cuatrocientos años en el noreste de Europa, en la antigua Ljubljana. Ya no recordaba los colores ni las voces de esa época. Habían pasado tantas cosas desde el momento en que volvió a nacer que esas imágenes eran sólo manchas borrosas. Su capacidad de entender e interpretar las cosas a su alrededor sin embargo no había menguando con el tiempo, más bien se había hecho más aguda. Había aprendido que los cuentos que se contaban sobre él y su especie eran precisamente eso, cuentos y mitos con poco o nada de verdad. El supuesto poder de la cruz o del agua bendita para conjurarlos era un patético invento medieval sin ninguna justificación histórica, sobre todo cuando aprendió que su especie era mucho más antigua que el propio cristianismo. Las estacas de madera y los decapitamientos no eran otra cosa que parte del folklor rumano para adornar las historias de un dictador sanguinario. No se necesita ser un científico para darse cuenta que ningún ser puede sobrevivir sin cabeza o con la mutilación severa de un órgano vital como el corazón o los pulmones. El hecho de tener una fortaleza y resistencia física superior al promedio de los mortales y la incapacidad de envejecimiento de sus células no los hacía inmunes a las heridas graves, pérdida de extremidades o desangramiento. Era cierto que no enfermaban, pero se debía entre otras cosas a que no tenían los terribles hábitos de alimentación de los humanos. Los de su especie, contradiciendo al mito, comían socialmente, normalmente ensaladas exóticas, caviar o carnes muy finas especialmente preparadas. No era alimento, para ellos era otra forma más de placer. Algo que le pareció siempre carente de todo fundamento era el pretendido poder repelente del ajo. Él particularmente disfrutaba mucho del aroma del ajo, era uno de los pocos olores que lograba establecer un vínculo con su juventud en forma mortal y con las tierras fértiles donde sus padres lo criaron. Todo lo demás, balas de plata, oraciones y sacramentos, eran inventos de fanáticos religiosos que perdían más tiempo en inventar nuevos demonios que en purificar sus almas o por lo menos disfrutar de sus insípidas existencias.

Los devastadores efectos de los rayos solares en su organismo y la atribuida costumbre de dormir en ataúdes era probablemente la única mentira que tenía cierta explicación en la realidad. Él y los de su especie necesitaban del anonimato para subsistir, anonimato que se había hecho sumamente difícil mantener a lo largo de los siglos y más aún a la luz del día. Nunca faltaba alguien que recordaba haberlo visto en otra ciudad muchos años antes y que se percataba de la ausencia de señales de envejecimiento. Resultaba difícil dar explicaciones satisfactorias. De la misma manera tener una actividad económica o comercial implicaba verse obligado a desaparecer luego de un tiempo, inventando fallecimientos dramáticos que generaba a su vez todo un procedimiento legal para poder mantener el patrimonio adquirido y procurar retomarlo luego años después, cuando normalmente los testaferros y albaceas ya habían despilfarrado toda la fortuna. Con el tiempo los que eran como él se habían hecho expertos en hacer negocios que trascendían las generaciones, ellos fueron los inventores de los fideicomisos y las fundaciones. Congéneres suyos diseñaron los mecanismos de los actuales bancos cuyas raíces aparecieron recién en la edad media, allá entre Venecia y Parma. Hoy en día eran dueños de derechos y acciones de los bancos más grandes de Europa. La mayoría tenía participaciones en el incalculable patrimonio de la Iglesia. Las iglesias eran y seguían siendo los lugares más apropiados para vivir y mantenerse alejados de la comunidad ya sea disfrazados de monjes, jardineros o cuidadores. Otros habían optado por incorporarse a logias herméticas donde adquirían el poder suficiente para manejar los gobiernos de las nuevas ciudades y sus registros civiles y así poder crear identidades para quienes las precisaran. La eternidad es costosa y requiere de recursos para satisfacer las necesidades que de ella se derivan. Con los años y la experiencia ganada se adquieren gustos caros, predilección por los restaurantes finos, clubes sociales, conciertos de cámara, galerías de arte, joyería y ropa de buena factura además de otros innumerables detalles. Los bares decadentes y los barrios bajos eran sólo campos de cacería. No se le ocurría cómo un tipo que duerme todo el día en una caja y sólo sale en la noche para alimentarse podría mantener un estilo de vida como aquel al que él y sus semejantes se habían acostumbrado. Era por estas razones que entendía que muchos de sus congéneres prefirieran la noche para salir a recorrer la ciudad y cazar, él mismo se había hecho cada vez más nocturno. A altas horas de la noche las personas preguntan menos, se fijan menos. Las mujeres decentes se quedan en sus casas y los maridos decentes se quedan con ellas o en la casa de sus amantes claro, pero no en las calles. Las ciudades grandes eran ideales y París se había hecho perfecta para estos fines. Ahora veinte años después de la segunda gran guerra y estando totalmente reconstruida albergaba un mayor número de desconocidos, viajeros y turistas entre los cuales podía pasar desapercibido. Curiosamente el problema no era conseguir el alimento vital, aprendió que las sospechas sobre la permanente buena salud de los suyos y la evidente incapacidad de envejecer no provenían de la curiosidad o la observación de las personas, si no de la envidia.

* * *

Nanet permanecía recostada, con los ojos cerrados, esperando. Percibió cómo Andelko se despojó de sus ropas lentamente, mientras lo hacía pudo sentir su mirada recorriéndole el cuerpo, sufrió un espasmo involuntario cuando sintió su mano acariciándole la pantorrilla derecha. Rió nerviosa, pero no podía ocultar su excitación, en estos últimos dos años había aprendido a controlar la situación, fingir cuando era necesario, pero nunca dejarse llevar, sin embargo ahora no podía evitar hacerlo.

Abrió los ojos, la escasa luz no le impidió ver el cuerpo fuerte de Andelko, irradiaba una masculinidad madura mezclada con el vigor de la juventud. Sus manos eran fuertes pero con la suavidad propia del terciopelo, sintió su voz que le quemaba los oídos, en particular ese acento que la empezaba a volver loca y hacía estragos en su respiración, los dedos de Andelko acariciaron su rodilla, su muslo, sintió su lengua maravillosamente áspera lamiendo su tobillo, transitando por su empeine, deteniéndose cerca de sus dedos. Un choque de electricidad la estremeció cuando sintió que el hombre se introducía uno a uno los dedos de su pie derecho en la boca y los besaba y lamía lentamente, hizo lo mismo con el otro, lamiendo cada dedo mientras acariciaba el arco del pie y el talón. Sintió esa lengua venenosa subir nuevamente por su piel hasta la parte posterior de la rodilla, cuando llegó al muslo tomó conciencia de que estaba totalmente a merced de los deseos y caprichos de Andelko. Sus caderas empezaban a describir un vaivén lento en contra de su voluntad. La lengua del hombre se abrió paso entre sus muslos y ella cedió, los separó y apoyó sus pies en las espaldas de él, Andelko hundió el rostro bajo su vientre, ella le ofreció su monte de venus en plenitud y él se embriagó del olor agridulce y acre; cerró los ojos y respiró profundamente para llenar sus pulmones de ese aroma salvaje a sexo compartido, se sumergió por completo en los fluidos desbordantes de Nanet y buscó desesperadamente con la lengua cada hendidura, cada pliegue, cada nervadura y cada protuberancia. Nanet se desvanecía, su pecho agitado, sus gemidos enrevesados y el ritmo de su respiración anunciaban el inminente apogeo de su excitación; de pronto su respiración se detuvo, trató de morder sus labios pero los nervios de su rostro ya no le respondían, su vientre, glúteos y muslos entraron en un estado de tensión casi doloroso y desde lo profundo de su ser sintió venir desde lejos y a velocidad de galope una maravillosa erupción desbordante de placer que inundó todo su cuerpo hasta el último músculo y nervio como nunca antes lo había experimentado.

Andelko, acarició el vientre y las caderas de Nanet suavemente hasta que recuperó la respiración, la miró con los ojos llenos de fuego y Nanet entendió rápidamente que ese era sólo el principio y agradeció a Dios la suerte que le había tocado. Andelko tomó a su presa por las caderas y con una firme presión hizo girar su cuerpo de manera que quedara boca abajo, Nanet se asustó un poco pero lo dejó hacer. Andelko acarició su espalda, lentamente y con fruición, presionó sus dedos en ese cuello fino, lo sintió frágil, casi podía sentir su pulso a través de las venas, pasó sus manos hacia el pecho de ella y desde atrás acarició sus senos, redescubriendo su calor, su textura y su volumen. Nanet, desde esa posición, mientras disfrutaba las caricias de su amante, pudo sentir rozando en la parte interna de sus muslos la virilidad en apogeo buscando cobijo, se acomodó a la altura con un ágil desplazamiento de sus rodillas y Andelko con una suave embestida hizo el resto. Nanet estrujó como pudo las sabanas de la cama con ambas manos mientras el vaivén de sus caderas iba en inexorable aumento. El sexo de Andelko quemaba sus entrañas brindándole un placer hasta ahora desconocido, se sentía totalmente poseída, las manos de él en sus caderas marcando el ritmo eran solo un elemento, había una fuerza superior, un dominio absoluto que la sometía pero al que no quería renunciar. Su cuerpo nuevamente se preparaba para lo inevitable, Andelko se detuvo de golpe. Con una fuerza descomunal la tomó de la cintura y la cargó en sus poderosos brazos, ahora recostada en la cama recibió sobre sí el peso del hombre, de ese cuerpo fuerte y varonil que le venía dando tanto placer, por unos segundos se sintió protegida, se preguntó si este sujeto tan distinto y distinguido se fijaría en una mujer como ella, si no fuese así, este día lo recordaría por mucho tiempo, mejor aún, nunca lo olvidaría. Andelko dentro de ella se movía sabiamente, acariciaba cada rincón de ese cuerpo magnífico de seda, recorría cada curva, disfrutaba cada detalle para guardarlo en su memoria, para evitar que el día de mañana sea sólo un amargo sedimento en su piel. Nanet rodeó con sus piernas el cuerpo de su amado, lo abrazó fuertemente y sintió un deseo irrefrenable de clavarle las uñas en la espalda, empezó a besar sus hombros sólidos, su cuello, sus mejillas, sus labios, no podía contenerse más; volvió a sentir la electricidad subiendo lentamente desde sus pies hacia su sexo, la tensión en su centro de gravedad, el torrente que pronto se desbordaría nuevamente, su hombre se movía cada vez más rápido, casi podía sentir sus espasmos próximos a convertirse en clímax, se aferró con fuerzas a Andelko, arañaba su torso, él empezó a decir palabras indescifrables en su oído, la fuerza telúrica de un intenso orgasmo la fue inundando, sus caderas frenéticas se detuvieron, contuvo la respiración y deseó que el momento no acabe, la vida, los colores, los sonidos se hicieron diferentes por unos segundos, se hundió en un abandono soporífero y placentero que la arrastraba a un mundo oscuro donde ya nada podría alcanzarla mientras se daba cuenta que Andelko le había clavado los colmillos en la yugular y bebía insaciablemente su sangre sin que ella atinara siquiera a soltarlo, porque no lo soltaría ya nunca, porque eran uno solo ahora y para siempre unidos hasta el fin de los tiempos por el torrente de sangre caliente que se iba llevando su vida.

domingo, 9 de enero de 2011

EL SUCUBUS (Cuento)

Fray Esteban saltó de la barca y sus piernas se hundieron en el agua hasta las rodillas, caminó dificultosamente un mediano trecho hasta que el oleaje del océano ya no mojaba la arena. El viaje desde Panamá había sido accidentado. En el Callao no los dejaron desembarcar, se había corrido la voz en Lima que los barcos provenientes del norte estaba tocados por la peste negra, intentaron un poco más al sur de Lima, pero fue imposible, las autoridades ya había enviado el parte a caballo a todas las costas cercanas. El capitán, conocedor de las nuevas rutas usadas para el contrabando, tomó rumbo hasta la Villa Hermosa de Camaná, ciudad que no había sido alertada debido a que carecía de muelle, pero que por la misma razón obligó a los pasajeros a saltar a las barcas salvavidas y así poder aproximarse a las playas de arena cargando sus bolsas y equipajes.

Una vez en tierra el Fraile dio media vuelta y se quedó mirando lejana en el horizonte la embarcación, se llamaba La Española y le recordó su tierra natal, la observó fijamente pensando en los últimos quince años, desde el día que se ordenó en Sevilla, levantó la cabeza, miró al cielo y se santiguó; se incorporó al grupo que ya estaba marchando rumbo al pueblo y caminó.

Luego de tres horas de largo trayecto llegaron a la ciudad, era pequeña, tenía pocas casas y la mayor parte de la tierra estaba sembrada de arroz. Vio a unos pocos negros trabajando en el campo codo a codo con sus patrones, casi no vio indios. Le pareció extraño, siempre imaginó que el Perú estaría lleno de indios, pensó en preguntar pero los que caminaban con él eran en su mayoría españoles aventureros, algunos acompañados por sus familias, que buscaban fortuna en las tierras que Pizarro había conquistado a favor de La Corona. No quiso hablar con ellos, le pareció mejor dejar que las cosas sucedieran a su tiempo.

Una vez que llegó a la ciudad de Camaná buscó la iglesia y se las arregló para ubicar al párroco. El párroco también era dominico, un hombre sencillo sin mayores aspiraciones que envejecer junto con los terratenientes de la zona, los esclavos de estos y las dos mujeres que tenía de concubinas, una india y una negra africana vieja que casi no hablaba castellano. Se llamaba Alonso y no había cambiado de nombre, en el pueblo lo llamaban Padre Alonso y a él le gustaba eso, en realidad nunca había tenido vocación. Se hizo cura porque un hermano suyo había sido comendador y las relaciones sociales de este lo habían llevado al cargo: una ordenación rápida y un pesado viaje por dos océanos lo había colocado finalmente allí. Fray Esteban sentado en la mesa recibió con una venia el trozo de queso serrano y el pan que Padre Alonso le ofreció, se santiguó y bendijo los alimentos, mientras comía preguntó al Padre Alonso cuánto tiempo le tomaría llegar a Lima, el Padre le explicó que le esperaba un largo viaje por el desierto hasta el puerto de Pisco y de allí a Lima no sería tan difícil. Se quedó pensando y le aconsejó:
– ¿Por qué no va a Arequipa? Queda muy cerca, es una ciudad grande, sin llegar a ser tan enorme y abominable como Lima, tiene un clima agradable, benigno y seco, una gran población de blancos de Castilla y Valencia, pocos indios, no hay negros. Si quiere tener una estancia tranquila ése es un buen destino.
– No he venido a estar sosegado y tranquilo, Padre – contestó el Fraile, miró a su interlocutor fijamente a los ojos y añadió: He venido a hacer el trabajo de Dios, no quiero menospreciar el suyo, pero se me ha ordenado acudir a Lima, mis superiores han tomado conocimiento que allí el pecado florece.
– No lo tomo a mal – repuso el padre – pero Lima es una ciudad que va por el camino de la perdición, es el mismísimo apocalipsis anunciado por el santo profeta Juan. ¿Sabe usted que aquí llegan los mercaderes que han pasado por Lima y siempre traen noticias? Se sabe que muchos judíos expulsados de Europa han entrado a Lima escondidos en naves de carga, se disfrazan con apellidos castizos, con títulos falsificados o comprados a nobles caídos en miseria, prosperan, ponen negocios, ¡incluso algunos moros han encontrado en esa ciudad un lugar donde practicar sus herejías en nuestras narices! Imagínese que han cercado una parte de la ciudad y la han infestado los indios, negros y mestizos que adoran aún a sus ídolos paganos, cayendo en enfermedades malignas, consecuencia de sus reuniones demoniacas – Reflexionó – No es un buen lugar para ir Fraile, no sé sus razones, pero esa ciudad es Sodoma y Gomorra, incluso buenos caballeros españoles han abdicado a su fe ante los placeres de la carne y las tentaciones de Satanás.
– La carne es débil Padre – replicó Esteban – Incluso para un soldado de Dios como usted, no me diga que las mujeres que están afuera sólo le preparan la comida…

El Padre Alonso no dejó que el fraile dijera más, levantó la mano derecha con la palma abierta en señal para que este se detenga y movió la cabeza en clara negación mientras miraba fijamente el piso de tierra, habló sin levantar la vista:
– Sé que no es apropiado, pero es difícil estar solo, son solamente compañía para este pobre viejo, no hay mala fe y tampoco tengo la vocación que seguramente tiene usted. No soy como usted Fraile – reiteró con voz triste – yo me ordené pasados los cuarenta, casi por obligación, cumplo con las tareas encomendadas por mis superiores, les doy a estas mujeres donde vivir y qué comer, de otra forma se habrían hecho a la mala vida, yo sólo obtengo algo de compañía… ¿acaso no es una forma de amar al prójimo? Finalmente la negra ni siquiera tiene alma, es como un animal doméstico.

Fray Esteban se quedó en silencio, sentado en la banca de madera; hacía calor – es febrero – pensó, tomó un poco de vino que la mujer india había colocado en la mesa mientras conversaban, era un vino distinto pero agradable, miró al padre Alonso y lo vio compungido, con la vista puesta en el piso, entre distraído y triste. En verdad se le veía un hombre sin convicción, prematuramente envejecido, parecía tener más de sesenta años, el hábito raído y desteñido, en ese momento se percató que el padre no usaba sandalias, tenía los pies descalzos y sucios, los dedos casi no tenían uñas, habían sido devoradas por los hongos. Sintió asco y pena. Esteban se incorporó y tosió suavemente para llamar la atención del padre que se había quedado absorto.
– Me gustaría que me brinde un lugar donde pasar la noche, sólo hasta mañana – dijo.
El padre Alonso se levantó también y lo invitó a acompañarlo. En la terraza de la casa había una hamaca colgada de los horcones y en el piso tres o cuatro pieles de cordero enrolladas.
– Hace calor – mencionó distraídamente el padre – es verano, no le recomiendo dormir adentro, escoja entre la hamaca y las pieles, yo estaré adentro si necesita algo. Tenga buenas noches Fraile.
– Buenas noches. Dios lo bendiga – contestó Esteban, mientras decidía por quedarse en la hamaca, sólo quería descansar, sabía que esta noche no podría dormir.

* * *

Después de doce largos días de un viaje penoso, Esteban estaba al fin en Lima, no era como otras ciudades que había conocido, Lima era desordenada, una ciudad llena de gente de todos los colores: blancos de todas las clases sociales, la mayoría con poca o ninguna educación, marineros ingleses, irlandeses, portugueses y otros de nacionalidad indescifrable, negros provenientes de todas las partes de África, ya los había visto antes en los mercados de Liverpool, los altos y fuertes de piel azul que se importaban desde la Isla de Zanzíbar, los pequeños y más claros que venían de Guinea, cerca del fin del mundo. Sin embargo había en sus miradas algo distinto, los negros de Portugal, España, Francia e Inglaterra se veían siempre tristes, incluso los que trabajaban de capataces tenían esa mirada de ausencia, de añoranza; en cambio estos no; casi todos hablaban buen castellano y sonreían con sus perfectos dientes blancos. También había una gran cantidad de indios, distintos a los indios que había visto en Panamá y México, incluso distintos a los que había visto en la Villa de Camaná, no vestían con ropas de indios, estaban vestidos a la usanza española aunque se les notaba incómodos con esa ropa, incluso a los más jóvenes, que seguramente habían usado este tipo de vestimenta desde su niñez. También vio mulatos claros y oscuros, lo que le confirmó las teorías del padre Alonso: en Lima efectivamente los españoles no habían tenido ningún asco por engendrar hijos en sus esclavas, por lo menos en Europa era algo que se trataba de evitar, aquí se veía que no había ninguna clase de control. Lo mismo sucedía con las indias, la existencia de muchos niños mestizos por las calles así lo confirmaba. Era un verdadero desastre, los españoles habían perdido todo sentido de decencia en esta ciudad, no solo había mulatos y mestizos, también habían permitido que los negros se junten con las indias entre sí, aprendió luego que los llamados zambos eran el producto de esa infame unión. En su vientre bullía la rabia, si a simple vista y en el primer día podía ver todos estos escarnios a la voluntad divina, sabe Dios santísimo qué otras cosas habrían estado ocurriendo y podrían ocurrir en esta ciudad.

* * *

Cinco días después de haber llegado a Lima había conseguido entrevistarse con sus superiores, les informó brevemente de su misión y entregó la orden firmada y sellada por el Rey. Luego de los saludos de rigor, el obispo Baltazar de Castro, lo invitó a su despacho, a solas. Caminaron por un corto zaguán y pasaron a un amplio salón. De Castro lo invitó a sentarse en una solitaria silla en medio del lugar, Fray Esteban se sentó en el borde mientras esperaba que De Castro se acomodara en su imponente trono eclesiástico, hubo un momento de incómodo silencio, de pronto De Castro empezó a hablar con voz diáfana y totalmente segura:

– Fray Esteban, entiendo el porqué de su presencia en Lima, pero déjeme decirle que su tarea es complicada, la gente de aquí está acostumbrada a que las cosas estén como están. Tenemos los problemas propios de cualquier colonia, pero lo que debe importarnos sobre todas las cosas es la protección de los españoles que son terratenientes y los que tienen encomiendas. Y no hablo sólo de su fe, también de su propiedad y seguridad. Hemos discutido este asunto con el Virrey y estamos de acuerdo en ese aspecto, desde luego que también es nuestra tarea la de erradicar las herejías de los indios y los negros… pero ese es un trabajo que requiere tiempo, recibimos órdenes permanentemente del Rey acerca de la necesidad de evangelizar a esta gente y darles la nueva buena de Dios y su sagrada palabra; pero no es una tarea grata. Los indios acuden a la iglesia, aprenden las oraciones, rezan el Credo y el Santísimo Rosario porque si no lo hacen, los alguaciles los golpean, pero sabemos que siguen enterrando porquerías en la tierra cada vez que cambia de estación e invocan a sus falsos dioses cuando siembran los campos. Los negros se burlan de nosotros, tocan sus instrumentos endemoniados al menor descuido de sus patrones, hemos prohibido los tambores y a pesar de ello se proveen de cualquier cosa que pueda producir sonidos, troncos, cajas de madera, incluso hay informes de que algunos usan los huesos de animales muertos para practicar sus repugnantes danzas y rituales. Por si esto fuera poco ahora se suma a ello el problema de los judíos. Sé de buena fuente que cada semana llegan dos o tres en los barcos de carga, pagan a los capitanes para que los traigan escondidos, algunos se quedan en Panamá, otros se van a las colonias inglesas al norte, pero muchos llegan aquí, se declaran católicos e incluso van cada domingo a la misa, ¡pero siguen siendo judíos Fray Esteban! Sin embargo, a pesar de todo lo que acabo de explicarle, la ciudad se mantiene ordenada, se protegen los intereses de los españoles establecidos aquí y de sus hijos, ellos pagan sus impuestos y colaboran con las arcas de nuestra Santa Orden, este equilibrio es beneficioso para todos. Incluso los judíos que han llegado a prosperar y se han hecho católicos, aportan con el producto de sus ventas y trabajo, no quiero perder este orden Fraile, espero que me entienda.

– Le solicito me perdone por contradecirlo su Excelencia – señaló Esteban – pero entiendo que esta situación a la que usted llama orden es contraria a los preceptos de nuestra Santa Iglesia y lo dispuesto por el Su Santidad el Papa desde Roma. No es mi voluntad contrariar el orden terrenal, cosa que en verdad no debería preocuparnos, puesto que el alma de los hombres es nuestro propósito. Siendo así, entiendo que nuestra principal tarea es combatir las estrategias del demonio y las herejías de sus seguidores.
– ¡Pero sin desórdenes por favor! – exclamó ligeramente nervioso el Obispo.
– La búsqueda de la verdad tiene un precio mi señor – repuso Esteban calmadamente – no debería preocuparle la falta de fondos en las arcas, después de todo Dios proveerá.
– No se trata del dinero – replicó el obispo – es el crecimiento de la Iglesia, a esta gente hay que conquistarla mediante la comprensión, ganar su alma hacia la fe, que noten los beneficios de creer en nuestra Iglesia, no quiero que vean una amenaza a sus vidas en el catecismo y menos aún que se desprestigie la Orden. ¡No crea que no sé lo que está pasando en España fraile! han pasado más de setenta años desde que el Inquisidor General Torquemada nos dejó y nadie ha podido reemplazarlo con éxito, no se resuelve el problema de los excesos en los juzgamientos a herejes y judíos, nos están agobiando con acusaciones de enriquecimiento e intolerancia. Incluso los nobles que antes nos respaldaban en España nos rehúyen y han retirado su apoyo. No quiero que eso suceda aquí.
– Mi encargo viene por recomendación de los Reyes de España y del mismo Santo Oficio quienes me han propuesto para esta tarea su excelencia – señaló sin titubear Esteban – y lamento mucho saber que no comparte sus métodos; sin embargo haré lo posible para no perjudicar sus intereses, en la medida que estos no se opongan a los de la Santísima Inquisición y su Tribunal Eclesiástico. Ahora, con su permiso, es menester retirarme.

El obispo asintió amargamente con la cabeza y Esteban se levantó con una venia. Al salir no pudo evitar oír a De Castro murmurar una blasfemia entre dientes.

* * *

Esteban, instalado en su despacho, un pequeño espacio al costado de los claustros en construcción del convento dominico que estaba próximo a terminarse, ordenaba sus libros y sus apuntes. Abrió una vieja bolsa de cuero de camello y extrajo de su interior, envuelto en una fina tela de pana roja, el magnífico ejemplar del Malleus Maleficarum. Recorrió con sumo cuidado su lomo de cuero y las tapas finamente grabadas y lo colocó en el centro del escritorio. Recordó sus estudios en Roma, a los exigentes maestros que estuvieron a cargo de su preparación en Bolonia y en París, pero sobre todo recordó a su abuelo. Su abuelo, que era un herrero aragonés, había conocido personalmente a Fray Tomás de Torquemada, el gran y místico Inquisidor General del Reino de España cuando por encargo especial de este había fabricado piezas e instrumentos de tortura diseñados por él mismo. Había quedado impresionado con su personalidad, fuerza y disciplina. Luego al nacer él, su primer nieto, le había inculcado desde pequeño ese amor a la disciplina, al orden y el temor a Dios que tanto había admirado en el gran inquisidor. Respiró profundamente y se santiguó antes de empezar la lectura, mañana sería un día difícil, sería su primera intervención en el Tribunal.

Al día siguiente, se levantó sumamente temprano, lavó su cuerpo con cuidado con paño húmedo, sintió un leve ardor cuando limpió las marcas dejadas en su piel por los finos alambres del cilicio. Hoy no lo usaría, necesitaba estar lúcido y concentrado. De entre sus pocas pertenencias, la mayoría libros e instrumentos de purificación, sacó una pequeña cruz de acero. Había sido un regalo de Torquemada a su abuelo, al fallecer éste se la había entregado para que lo acompañe en los momentos difíciles. Se la colocó sobre el pecho, colgando de una delgada soguilla. Se vistió el hábito con cuidado y solemnidad, ajustó cada uno de los botones mientras repasaba mentalmente las reglas del Malleus Maleficarum, se arrodilló sobre el áspero piso de piedra y rezó.

No desayunó, tenía que estar libre de cualquier distracción externa o interna – el ayuno purifica – pensó. Levantó su bolsa de cuero y se dirigió a la puerta, volvió a santiguarse y encomendarse a Dios. Salió y caminó con paso rápido hasta la Sala del Santo Tribunal. Entró y vio que en su interior ya estaba el Obispo esperando al costado del Inquisidor y le hizo una venia. Estaba también el abogado defensor y el Escribano General. Rápidamente solicitó al alguacil la presencia del procesado y se sentó en la silla reservada para su cargo en la Sala, el de Procurador Fiscal del Santo Oficio. Vigiló que en la mesa central estuviese visible la Biblia y cerca de ella la enorme cruz de pedestal. Cruzó las manos y esperó.

Entró a la sala, atado de las manos, un hombre adulto, no era joven ni tampoco viejo. De larga barba oscura y cabello cuidado. A pesar del evidente castigo físico sus ojos no habían perdido brillo. Esteban se puso de pie y con la venia del inquisidor le preguntó:

– ¿Nombre?
– Felipe Ruiz de Castilla y Ponce de León, mi señor – contestó con humildad.
– ¿Edad?
– Cuarenta y cinco años.
– ¿Ocupación?
– Médico cirujano su señoría – y sus ojos brillaron más aún.
– Se le acusa de herejía y prácticas de brujería – dijo ásperamente Fray Esteban – He recibido el encargo del Santo Oficio de interrogarlo. Reconozca sus pecados, solicite clemencia y será escuchado.
– Soy sólo un médico su eminencia – respondió Felipe – no he cometido ningún pecado, he respetado el juramento hipocrático y he procurado salvar las vidas que Dios ha puesto en mis manos.
– ¡Miente! Sus propios colegas son los que lo han denunciado, ¡Declárese culpable y que Dios acoja su alma! – exclamó Esteban.
– No sé de qué se me acusa – dijo lastimeramente Felipe mientras mostraba las palmas de sus manos al Fiscal en gesto de sometimiento.

Esteban conocía bien los artilugios del demonio para simular inocencia. Estaba preparado y no dejaría que el maligno lo enredase, miró al Inquisidor y señaló con firmeza:
– El acusado trata de confundir a este Santo Tribunal y pretende desconocer las acusaciones que se le hacen cuando en su impuro corazón tiene completo conocimiento de sus pecados y herejías. Solicito se autorice que la defensa del acusado intervenga antes de continuar con el interrogatorio.

El defensor, que era un miembro del propio Tribunal, se dirigió solemnemente a Felipe y le advirtió:
– Acusado, se le invoca para que diga la verdad de las acusaciones que se le han formulado, así obtendrá usted clemencia y podrá reconciliarse con nuestra fe. Conteste las preguntas del Procurador Fiscal, reconozca su culpa y muestre arrepentimiento.

Felipe se quedó callado.
– Solicito al tribunal se autorice el uso del potro – dijo pesadamente fray Esteban y volteó a mirar al acusado a fin de ver su reacción.

Felipe Ruiz de Castilla y Ponce de León estaba visiblemente asustado, conocía el potro, él personalmente, como consecuencia de su profesión, había visto las lesiones que este cruel artefacto podía causar. Cayó de rodillas y suplicó clemencia. No fue escuchado. Mientras proclamaba una y otra vez su inocencia fue conducido al ala lateral de Tribunal, atado cuidadosamente de pies y manos sobre una especie de sólida mesa de madera, en cuyos extremos ruedas dentadas permitían tensar las sogas que sujetaban sus extremidades. Esteban tomó en una mano la Biblia de la mesa y en la otra el crucifijo, se acercó al potro y acercando la cruz al rostro de Felipe exclamó:
– Permite, ¡oh Dios Todopoderoso! que este hombre expulse los demonios que someten su razón a sus impuros deseos y deja que nosotros tus humildes siervos conozcamos la verdad de sus propios labios – hizo una seña al alguacil y este empezó a girar las ruedas con una sólida manivela de metal.

Felipe resistió al principio, sin embargo empezó a sentir la fuerte tensión en sus pectorales primero, luego en los dorsales, sabía de anatomía y pensó que los músculos grandes serian los primeros en sentir la presión, pero que a la larga serían los que resistirían más. Cuando el alguacil aplicase más presión empezarían a descoyuntarse las articulaciones de los hombros, codos, tobillos y rodillas hasta llegar a la dislocación total. Empezó a sentir presión en el pecho, la posición no le permitía expandir sus pulmones, quiso gritar pero no pudo, no tenía aire suficiente para hacerlo, se desvaneció.

Esteban ordenó al alguacil relajar las ligaduras. No era apropiado que el acusado falleciera en medio de una audiencia del Tribunal, su misión era la obtención de la verdad, no la muerte del acusado. En caso de ser sentenciado a muerte, su ejecución sería trabajo del brazo secular de la iglesia, la autoridad civil. Ordenó que el alguacil despierte a Felipe lanzándole agua fría en el rostro. Felipe despertó aturdido. Se le conminó a declarar, pero mantuvo su versión de inocencia. Esteban sabía que era una táctica del demonio. Dar pena, despertar lástima en el Tribunal era la estrategia más usada por el ángel caído. Tenía que ser duro y severo. Tomó de la mesa de trabajo una toca de tela blanca. Ordenó que se introduzca la pieza de tela en la boca de Felipe. Luego fueron dejando caer agua sobre la toca. Felipe sentía la tela en su cavidad bucal humedecerse, empezaba a gotear hacia su garganta y el trapo no le permitía mover la lengua para impedir el paso del agua, sentía que se ahogaba. Empezó a tener arcadas, en ese instante el alguacil inició la tarea de tensar nuevamente el potro. Hicieron lo mismo una y otra vez. Cada vez que estaba a punto de perder el conocimiento el Procurador Fiscal se le acercaba y lo instaba a decir la verdad, a declarar su culpa. Felipe lo negaba en cada oportunidad.

Luego de seis largas horas de continua tortura, Estaban desistió de seguir usando el potro. Solicitó al Tribunal cambiar de método. El Inquisidor autorizó el pedido y Felipe fue desatado, retiraron el trapo de su boca, sus rodillas, hombros y codos estaban prácticamente dislocados. Sus muñecas y tobillos se veían tumefactos. Fue trasladado unos metros atrás del potro y observó una soga que descendían de una polea sujetada al techo en cuyo extremo había dos correas de cuero. El alguacil y su ayudante sujetaron sus muñecas con las correas y amarraron bolsas con trozos de plomo en cada uno de sus tobillos, lentamente tiraron de la soga hasta separarlo aproximadamente unos dos metros del suelo. El Procurador Fiscal se acercó nuevamente e invocó su reflexión. Felipe negó con toda su alma y el alguacil soltó de golpe la soga una fracción de segundo y la volvió a sujetar. La corta caída en seco hizo que sintiera sus articulaciones crujir, el dolor era insoportable, se sintió desfallecer y cuando iba a abrir la boca para gritar, repitieron la tortura, sintió un vacío en el estómago y no pudo más, se oyó un grito desgarrador:
– ¡En el nombre de Dios, misericordia!
– ¡Reconozca su pecado! – exhortó estentóreamente el Procurador Fiscal.
– ¡Lo reconozco! – gritó entre lágrimas Felipe
– ¡Bájenlo! – ordenó el Inquisidor.

Una vez que lo descendieron, Esteban se encaminó al centro de la Sala y señaló enfáticamente:
– Debe describir su herejía y todo lo relacionado con ella para que este Tribunal resuelva con misericordia.

Felipe, exhausto, cayó de rodillas, miró a todos con desesperación, su mirada traslucía miedo y desorientación. Sus ojos habían perdido el brillo, su boca entreabierta dejaba escapar un hilo de saliva que discurría por su barba, extendía las manos temblorosas hacia el Inquisidor, hacia el Obispo, a su defensor, todos guardaban silencio. Ofuscado miró el piso, dejó caer sus manos aún atadas sobre sus muslos y dijo entre dientes, con la voz rendida y en medio de un llanto sordo:
– No sé de qué se me acusa.

Fray Esteban hizo un gesto dramático de pérdida de paciencia y con un movimiento de mano dispuso que el alguacil levante del piso al acusado. Felipe se incorporaba lentamente y de pronto su mirada volvió a brillar.
– ¡Ahora lo recuerdo! – exclamó.
– Que hable el acusado – ordenó el inquisidor desde su asiento.

Felipe hurgó en su memoria, estaba dispuesto a decir cualquier cosa para evitar que prosiga la tortura. Trató de recordar algún acto en su vida que pueda interpretarse como herejía, en la desesperación no podía ordenar sus ideas. El silencio en la sala lo abrumaba más. Abrió la boca pero las palabras no salían.
– ¡Hable! – reiteró Fray Esteban
Felipe empezó a balbucear, empezó a inventar.
– He pecado – dijo – yo he hecho pactos con el Diablo, he curado pacientes con pócimas hechas de entrañas de gallinas negras y huevos podridos. He recurrido a hierbas que crecen en los cementerios. He recurrido a brujas para ungüentos. He…
– Hable del sucubus – dijo por fin el Procurador Fiscal.

Felipe trató de recordar, había estudiado algo de eso en el curso de teología en la facultad de medicina en París, antes de venir al Perú, pero tenía la mente nublada, el sucubus era un demonio, de forma femenina, se metía al cuarto de los varones para fornicar y absorber su energía.
– He conocido a un sucubus – afirmó tímidamente.
– ¿Cuántas veces? – preguntó ávidamente el Inquisidor, dejando a Esteban prácticamente de lado del interrogatorio.
– No sé, en pocas ocasiones – contestó Felipe
– ¡Declare usted los detalles! – exigió con morbo el Inquisidor mientras hacía señas al Escribano General para que tome debida nota.

Felipe, en medio de la vergüenza y la humillación inventó ocasiones, formas, dio detalles de cómo fue seducido por el demonio de lujuriosas formas femeninas. El Inquisidor no ocultaba su asquerosa excitación cuando lo obligaron a describir con la mayor precisión posible el cuerpo voluptuoso del sucubus. A exigencia de sus cuestores inventó posiciones, sensaciones y conversaciones. A veces caía en contradicciones, el Procurador Fiscal lo percibía y exigía explicaciones, debía explicar, inventar nuevas mentiras y procurar no equivocarse. Estaba agotado. Empezaba a preferir el potro, la tortura física. Empezó a contestar con monosílabos, lo que causó el notable aburrimiento del Inquisidor. Esteban, incómodo con la exhaustiva pero necesaria descripción de los hechos, decidió solicitar el término de la audiencia:
– Ha quedado probada la imputación de los cargos por la propia confesión del acusado – dijo – si su excelencia lo considera conveniente – se dirigió al Inquisidor – la Procuraduría Fiscal del Santo Oficio solicita se dicte sentencia.
– Se dispone que el acusado sea retirado para proceder a la deliberación – dijo con evidente desinterés el Inquisidor y dio por concluida la audiencia.

El alguacil retiró al acusado. Más tarde el Inquisidor dictó la sentencia y se dispuso la confiscación de los bienes del médico cirujano Felipe Ruiz de Castilla y Ponce de León, a favor de la Corona en un cincuenta por ciento y el resto a favor del Santo Oficio. Felipe fue condenado a los calabozos de la Inquisición donde murió al poco tiempo de tristeza al saber que su esposa y su hija, víctimas de la desgracia y sometidas a la vergüenza y la deshonra pública se habían suicidado. Los otros dos médicos de Lima, sus colegas denunciantes, se repartieron sus numerosos pacientes.

Esa noche Esteban de rodillas frente a la dura tarima que le servía de lecho, agradeció al creador el haberle concedido la fortaleza y temple necesarios que le permitieron no haberse dejado vencer por las fuerzas del mal. La sentencia conseguida el día de hoy era el augurio de una larga y promisoria carrera como severo e incorruptible Procurador Fiscal del Tribunal del Santo Oficio en la cada vez más promiscua ciudad de Lima, desde donde se aseguraría de perseguir a herejes, moros y judíos, aquí en estas lejanas tierras de ultramar, siempre en el nombre de Dios Todopoderoso y por encargo de los devotos Reyes de España.