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martes, 19 de febrero de 2013

LA RENUNCIA DEL PAPA


Como todos saben no soy religioso. Creo en una divinidad, un ser superior, pero no confío en las instituciones religiosas. Tengo fe en que un día el Perú sea un estado laico y que el credo de cada uno sea un tema del ámbito de la intimidad personal. Es decir realmente libre, tan libre que nadie sea discriminado por tener un culto distinto y tan libre que nadie se vea en la posición de tener que ser catequizado o convertido contra su voluntad.

Pese a que la Iglesia Católica ya no es el credo mayoritario que muchos creen, para mejor información, esta afirma que de los siete mil millones de habitantes que tiene el mundo, mil millones son católicos, sumados a ellos los evangélicos, protestantes y otros, los cristianos llegarían a los dos mil millones (según los reportes de estos credos).

El Islam en todas sus variantes afirma llegar a los mil setecientos millones. Las personas sin religión llegarían al impresionante número de mil cien millones y el hinduismo a los mil millones. No son despreciables tampoco novecientos millones que tendrían las religiones tradicionales chinas.

En otras palabras, cerca del veintiocho por ciento de la población mundial sería cristiana y solo el catorce por ciento católica. Los musulmanes tendrían un importante veinticuatro por ciento, las personas sin credo un quince por ciento, los hindúes otro catorce por ciento y trece por ciento las religiones tradicionales chinas.

El agudo lector a este punto ya debe haberse dado cuenta que los porcentajes ya superan el noventa y cuatro por ciento de la población mundial. Faltan todavía contabilizar las etnias africanas, asiáticas y americanas, el budismo, el resto de credos minoritarios y se apreciará que se supera fácilmente el cien por ciento que deberían sumar todos los credos.  Es decir que hay más creyentes que pobladores del planeta. 

Bueno, esto tiene una explicación lógica: Como los números son aportados por cada credo, estos tienden a inflar sus números. Adicionalmente una segunda variable es el hecho de que una misma persona puede reportar varios credos a la vez, en primer lugar porque en realidad es politeísta y en un segundo, pero no menos importante término, porque muchas personas se reportan como creyentes o no dependiendo de requerimientos que hacen las instituciones públicas o privadas en función a los beneficios que puedan recibir de estas o los requisitos que imponen para proveer de determinados servicios. Ejemplo de ello, muchos colegios que exigen que los padres sean católicos por citar uno.

El saber estos datos estadísticos ayuda mucho para entender las falacias de los fundamentalistas. No existe una religión universal. Nadie se va a condenar por no conocer una determinada religión. Sin importar el credo, lo importante es sencillamente vivir con rectitud.

Regresando al tema de fondo, el Papa resulta ser el líder de un importante catorce por ciento de la población e influye de manera indirecta en otro catorce por ciento. Es por ello que el actual Papa tomando en cuenta este liderazgo, decide, inteligentemente creo yo, renunciar.

Me explico: La regla establece que el cargo es vitalicio. Esta es la regla general. Esto es importante desde el punto de vista de unidad. No es apropiado para un credo tener pugnas por el poder y si las hay, estas deben estar ocultas y estar distanciadas cuanto más se pueda en el tiempo. Por ello también existe la regla del cónclave cerrado. Los espectadores de afuera percibimos una elección en ambiente de santidad. No siempre ha sido así y nada nos garantiza que ahora sea distinto.

El Papa es consciente de que la realidad no es la misma que en la Edad Media, en esa época en el mejor de los casos el Papa agonizante era recluido y cuidado en sus aposentos hasta su deceso. Era fácil pasar desapercibido. En la actualidad el puesto de Papa está mediatizado, la experiencia de los últimos meses de Juan Pablo II mostraron lo difícil que es permanecer en el cargo cuando el cuerpo no da para más. Por cierto Juan Pablo II tenía un prestigio y un aura que le permitió obtener el respeto del mundo pese a su lamentable estado. Ratzinger no es Juan Pablo II y él lo sabe.

Siendo así, el cálculo es brillante. Un Papa debilitado no le hace ningún bien a la Iglesia Católica y ahora menos que nunca. Ratzinger sabe esto y sabe también que los problemas que afronta su rebaño requieren con urgencia de un prelado con la disposición de ánimo y fortaleza física suficientes como para reconducir sus principales políticas.

Dicho esto, mi posición personal es que es demasiado tarde como para que la Iglesia Católica pueda retomar el rol protagónico que tuvo en su momento. La globalización no lo permitirá pese a sus bien intencionados intentos, como por ejemplo la cuestionable cuenta de Twitter. Me parece que se requieren serias reformas, nuevos principios, lamentablemente la iglesia no tiene los mecanismos necesarios para modificar el dogma sin perder más credibilidad. Pese a ello mi pensamiento está con los católicos creyentes de corazón, quienes depositan buena parte de su fe en el Papa como vocero de Dios en la tierra, conforme sus preceptos. 

sábado, 8 de octubre de 2011

EN BUSCA DE DIOS

Todo empezó con la prematura conversión al credo mormón por parte de mi hermano mayor, Jorge Luis, al que llamamos Tony. No tengo muy claro por qué él en particular se convirtió. Yo tengo una serie de posibles hipótesis, pero ninguna comprobable, así que no abundaré más en el tema.

En aquél entonces yo debo haber tenido unos siete años tal vez. El tiempo es un poco borroso pero si puedo recordar claramente los hechos. Como recordarán los que leyeron mi nota llamada “¡Por Dios, yo no soy ateo!” publicada el mes de enero del dos mil once en este mismo blog, durante mi temprana infancia recorrí prácticamente todas las iglesias del centro de la ciudad de Arequipa acompañando a mi acongojada madre en sus oraciones. Entiendo que por una cuestión generacional mi madre suponía que lo más natural era que todos sus hijos resultásemos católicos como ella, pero en los años setenta el mundo cambiaba.

Una cosa que yo agradezco mucho fue el que gracias a Tony nos hubiésemos topado con la religión mormona, sus altos valores morales (a pesar de que muchos de sus detractores digan lo contrario) ayudaron mucho que nuestra familia se mantuviese fuera de la delincuencia o las drogas que eran muy comunes en el barrio que nos tocó vivir por esos años.

Como toda religión, la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días (¡vaya nombre!) se preocupaba mucho de que sus fieles hicieran tarea de evangelización en sus propias familias primero. Así fue que por iniciativa y a veces intensa insistencia de Tony fuimos recibiendo a los primeros misioneros o élderes mormones. El elder Taylor es el que más recuerdo. Un gringo amable que le tomó mucho cariño a la familia y asumió el reto de bautizarnos a todos. Era interesante para nosotros que a duras penas contábamos un televisor en blanco y negro a tubos, ver los modernos dispositivos electrónicos que traían los misioneros a nuestras casas y permitían proyectar filminas en una de las paredes de la sala (que hasta ahora recuerdo llenas de huecos de las marcas de incontables clavos) convirtiendo la casa en una especie de mini cine. Yo me imagino que eso debe haber sido hasta un símbolo de estatus, que los vecinos tan pobres como nosotros vean entrando a nuestra casa a estos apuestos gringos de camisa blanca, corbata y plaquita negra de acrílico con su nombre en el bolsillo izquierdo para darnos las “charlas” de evangelización y los lunes por la noche enseñándonos como se hacía una “noche de hogar.”

Lo cierto es que nos bautizamos todos, excepto mi mamá que es cien por ciento católica y mi hermana menor Charo que en aquél entonces era muy pequeña. Tampoco recuerdo mucho si mi hermana mayor lo hizo, pero tengo absoluta certeza que todos los demás sí, los cinco hermanos.

Como consecuencia de la herencia genética de nuestros padres, la disciplina militar de papá y la bondad infinita de mamá, nos tomamos bastante a pecho el asunto y nos hicimos buenos mormones por un tiempo.

A esa corta edad, que calculo debe haber sido entre mis ocho y doce años, obtuve como premio mil dudas en lugar de respuestas. Si bien habían cosas divertidas como las “noches de talentos” y las “reuniones dominicales” que eran los equivalentes a las misas católicas y que eran mucho más activas y participativas que estas últimas, lo cierto es que también habían cosas que me mostraron la cara verdadera del mundo real. Para en aquél entonces yo ya llevaba bastantes libros leídos y era bastante difícil que me cuenten cuentos, sobre todo porque una de las primeras cosas que leí en la vida fueron los veinte tomos de la enciclopedia “El Tesoro de la Juventud” como ya también les conté en otra nota.

Lo primero que me causó una mala impresión fue el ahínco con el que se empeñaban los jerarcas distritales de la iglesia mormona en desacreditar a la iglesia católica. Si algún mormón o de cualquier otro credo lee esto, un consejo: no funciona, sobre todo para quienes tenemos la capacidad de cuestionar el entorno aunque tengamos tan solo once años. ¿No se supone que uno debe hablar más de sus méritos que de las falencias de la competencia? Me sentía como en un grupo de adoctrinamiento. Si bien los principios de castidad, honorabilidad y moral de la iglesia mormona eran muy sólidos, las personas que tenían la tarea de educar a los miembros en el credo hacían muy mal trabajo. Entonces vino el problema. Una de las principales razones por las que acepté bautizarme, era porque el elder Taylor (que para entonces ya se había ido) me contestaba todas las preguntas y me aseguró que una vez siendo miembro encontraría más respuestas. Eso me daba una enorme luz en el camino, ya que los sacerdotes católicos que había conocido hasta ese entonces, incluido el capellán del ejército que oficiaba en mi colegio, resolvía todos mis cuestionamientos con respuestas similares a estas: “Eso es un sagrado misterio” o “Dios dijo no me tientes con preguntas…”

En la iglesia mormona sucedió lo mismo, la historia de José Smith – que fue el fundador estadounidense de la religión – que descubrió gracias a la aparición del ángel Moroni una planchas de bronce y oro con escritura parecida a la cuneiforme con la palabra de Dios, la venida de Jesús a América, el viaje de Lehí y su familia cruzando el atlántico usando una antigua brújula entregada por Dios llamada Liahona, la historia de los lamanitas, los nefitas, la muerte de estos últimos en manos de los primeros y el castigo divino de Dios de oscurecer la piel de los lamanitas y que constituyó el origen de los pueblos Mayas, Incas, Aztecas, Cherookes y etc. Todo ello era muy consistente desde el punto de vista histórico, hasta el punto de que el asunto empezaba a cojear para mí de la misma pata donde cojean casi todas las religiones. Una prueba de carbono 14 a las planchas de bronce y listo, resuelto el problema de la religión verdadera. Pero no, el ángel Moroni por encargo de Dios, le había pedido a José Smith que le entregue las planchas luego de que las tradujo para llevarlas al cielo. Nuevamente nada comprobable, un nuevo libro: el libro de mormón, con origen incierto y nada más.

A pesar de esos problemas bien pude haberme quedado feliz con ese credo. A pesar de la insistencia con la que cobraban el diezmo (que era la décima parte de lo que uno no tenía, por lo menos en mi caso en esa época) y la necesidad de ser misionero y evangelizador todo el tiempo y en particular al cumplir los dieciocho años como una especie de servicio militar obligatorio.

Lo malo es que a pesar de las claras reglas, como la castidad, el cuidado del cuerpo (los mormones no consumen alcohol, tabaco, té, café, bebidas gaseosas negras, etc.) la observancia de la moral, la humildad, el amor al prójimo y la decencia, vi que casi nadie observaba esas reglas, en particular los más recalcitrantes defensores del credo y terminaban comportándose como las viejas cucufatas católicas que yo tanto había detestado.

Así que para hacerla corta, un día me salí. Me fui a recorrer a mis tempranos trece el mundo de las drogas y el rock and roll, con la esperanza de que el sexo llegue pronto también. Sin embargo en mi mente siempre me quedaba la duda de quién tenía finalmente la razón. Los mormones habían tratado de manipularme vilmente, había una frase que se usaba mucho en la iglesia que decía más o menos así: “Dios ve con mejores ojos el día del juicio final a quienes nunca tuvieron la oportunidad de conocer la verdad, que a aquellos que conociendo la verdad, le dieron las espaldas.” En clara alusión que la iglesia mormona era la única verdad. Es decir el código de la mafia. Sabes demasiado como para irte y el castigo es que Dios te va a mandar al infierno en la entrevista de rigor en el juicio final. A pesar de mi edad me di cuenta de lo bajo del truco. Con esa idea en mente, en mis tiempos libres leía todo lo que caía en mis manos respecto a las religiones, las revistas de los Testigos de Jehová, veía el Club 700 en la tv y no me perdía un episodio del Hermano Pablo, tratando de descubrir finalmente quién tenía la razón.

Por aquél entonces fue también que empecé a leer la Biblia, una que tengo guardada hasta ahora en una de mis cajas de libros, tapas azules y hojas de papel casi transparente pintadas de rojo en su borde externo. Empecé como se debe, desde el capítulo I del Génesis y hasta el Apocalipsis. No cabe duda que hay párrafos intensos y casi literarios, también los hay oscuros y casi indescifrables. El Génesis, el Éxodo y los cuatro evangelios son sin duda alguna los más fáciles de leer. Los más complejos el Apocalipsis y los Salmos. Luego de haberla leído, he tenido que volver a leer grandes fragmentos años después porque siempre aparece alguien que me sorprende con nuevas interpretaciones de libros que me parecían claros.

Cuando tenía dieciséis era un perfecto católico moderno, es decir iba a misa los domingos y me olvidaba del asunto el resto de la semana, fumaba y tomaba con mis amigos, ya tenía algunos cachuelos entonces, contaba por tanto con algunos magros ingresos. Incluso a veces me confesaba y comulgaba para complacer a alguna enamorada y hasta iba a las procesiones. En algún oscuro punto de mi memoria puedo verme a mí mismo cargando un anda o sosteniendo la soga que separa a los cargadores de los fieles. También recuerdo que fui de peregrinación a Chapi, algunas veces con mucha fe y otras, soy franco, sin tener mayor convicción, como la mayoría de mis coetáneos.

Con mi llegada a la universidad conocí un grupo de seres humanos diferentes, ellos no se hacían problemas con nada. Leían a Nietzsche, a Platón, Sócrates, Hegel, a Marx y Engels, escuchaban a cantantes raros como Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Victor Jara y Mercedes Sosa. Se les conocía con el subversivo nombre de “Los Ateos”

Yo ya había escuchado antes a Silvio y Milanés en las fogatas del Círculo Militar, el Club Internacional y en las playas de Mejía, donde lograba colarme gracias a mis amigos pudientes, se hablaba de ellos, del Ché Guevara y de Cuba como un sueño romántico y se mezclaban las canciones con las de Sui Generis y el gran Charly. Pero esos eran revolucionarios de pose, socialistas de salón. Los que conocí en la Universidad Nacional de San Agustín eran de verdad. Daba miedo tocarlos. Se sabían el manifiesto marxista de memoria y podían refutar la existencia de Dios en cinco plumazos.

Yo estaba sinceramente impresionado, “¡O sea que la verdad era que Dios no existe! ¡Con razón ninguna religión tiene la verdad!” pensaba yo. Tenía que averiguar más acerca de Marx, Engels, Lenin y Mao Tsé Tung. Así fue que leí el Capital, no me sirvió de mucho para el tema de la búsqueda de Dios para ser franco, pero si me fue útil para no quedarme callado en los debates universitarios de balcón a balcón como en aquellos buenos tiempos. Hago un paréntesis. En aquél entonces yo tenía diecinueve años, muchos ideólogos y oradores de mi facultad tenían diecisiete, algunos ya habían sido dirigentes en sus partidos. Haya de la Torre y Mariátegui en su momento ya eran unas luminarias a esas edades. ¿Cómo es posible que hoy en día los universitarios de diecisiete y hasta veintiún años sean incapaces de elaborar un par de frases completas y su manejo del castellano sea menos que deficiente? Bueno. Los tiempos cambian.

Continuando con la historia. Lo del ateísmo no terminaba de convencerme. Me parecía una teoría de comunistas afiebrados. Además el recrudecimiento del terrorismo en esa época (ya terminaban los ochentas) desprestigiaba más el socialismo y el comunismo, y con ello el ateísmo. El social cristianismo aparecía como una ideología más vanguardista. Así que en mis años universitarios me hice social cristiano, pero no mentiré… bien pegado a la derecha. Aproveché también y con más recursos para conocer a fondo a Descartes y Nietzche entre otros.

También pasé por otros lugares que lamentablemente no les puedo contar con detalle, pero baste saber que me permitieron abrir los ojos y mirar a lugares donde no había estado mirando. Aprendí que la abundancia no tiene nada que ver con millones de dólares y que la pobreza material no tiene nada que ver con ser un buen ser humano. Una de las cosas más importantes que aprendí es que no tiene que haber EL DIOS con nombre y apellido. Estos nobles hermanos me enseñaron que basta saber que hay una fuerza superior, póngale usted el nombre que le quiera poner. Y otra cosa más importante: usted es parte de esa fuerza superior, el universo funciona en armonía, y si hubiese un Dios, digamos que es… algo así como un Gran Arquitecto.

Cada año que pasaba mi ideología política se iba posicionando cada vez más a la derecha. Claro cuando uno empieza a trabajar y tener sus propias cosas, la idea de la propiedad común ya no es tan divertida como cuando uno no tiene un quinto. Una cosa es ser el que va a recibir el patrimonio arrebatado supuestamente a los ricos, y otra cosa es distribuir el poco patrimonio que uno tiene entre los que no tienen nada, sabiendo que los ricos a la larga nunca van a ser afectados como siempre en la historia.

Sin embargo seguía con mis cuestionamientos a la Iglesia, llegué a la conclusión clara y meridiana que las iglesias sin importar cuales, todas estaban equivocadas. Casi todas ellas son grandes corporaciones que lucran con la fe de las personas. Cuando acabé mi carrera, hice una maestría en Derecho Civil, mis principales esfuerzos fueron dedicados al Derecho Romano, y así me puse a averiguar de historia, y la historia confirmó cada una mis teorías. Los comunistas decían en la universidad que la religión es el opio del pueblo, creo que es algo así, pero está muy vinculado a la falta de educación. Investigué todo lo que pude y no paré hasta los egipcios, caldeos y sumerios. Las primeras civilizaciones y sus credos. La aparición del ser humano en el planeta y lo antiguo que es nuestro sistema solar y lo bien que le fue antes que apareciese el hombre para destruir todo.

Algunos años después apareció Dan Brown y toda la polémica del Código DaVinci y aportó datos a la humanidad que para ese entonces yo ya tenía claros. En aquél entonces me declaré agnóstico con la angustia de no poder demostrar que Dios no existía pero tampoco que sí. Mi afán nunca fue demostrar la existencia o no de Dios, solo estar claro en cualquiera de las dos posibilidades. Siempre he tratado de ser consecuente con mis ideas. Admiro mucho a los ateos por su seguridad, pero siempre había algo que no me cuadraba en tanta certeza.

Lo cierto es que la fe es útil para mucha gente, y no hablo de la fe en determinado Dios o determinado credo. Me refiero a la fe. Hablar de la fe en UN Dios o en la iglesia católica es una postura obcecada. Hay gente que tiene fe en las vacas, en las ratas, en la reencarnación, en las aves carroñeras, en los rayos y truenos, en el sol, en los tigres, en los arco iris, en las piedras de colores, en las aguas de los ríos. Mientras las personas tengan fe en lo que quieran creer, y en virtud a esa fe hagan cosas para ser mejores, creo que la fe es útil si no indispensable. Si alguien cree con sinceridad en el poder de una piedra ¿Quién soy yo para imponerle otra fe en una imagen de yeso? ¿O peor aún, en un algo que no se puede tocar ni oler ni sentir y que esta persona nunca entenderá? Si usted es cristiano y viene una persona y le dice que está equivocado, que la salvación a su alma tiene que ver con renunciar a Jesús y adorar una vaca, ¿usted lo haría? ¿Entonces por qué la gente insiste en hacer exactamente lo opuesto como si solo lo opuesto fuese lo correcto?

Yo no creo en las religiones y eso es muy diferente a cuestionar la fe de las personas. Nunca he cuestionado la fe de ninguna persona pero si me pone muy mal que traten de catequizarme o evangelizarme. Reclamo tolerancia una vez más.

Bueno para terminar, un día encontré a Dios. Y no puedo decir que haya sido luego de un momento traumático o una epifanía o el resultado de una experiencia religiosa, me parece que fue resultado de esta larga búsqueda que no termina, de las lecturas de Stephen Hawking que me guió como nadie en ese camino y la información que recibí de ateos, comunistas, metafísicos, sacerdotes, mormones, pastores y hasta hechiceros y chamanes. Pero sobre todo de una búsqueda interior. Dios está dentro de uno mismo. Me sigo autodenominando agnóstico cuando me lo preguntan por contraposición, pero contraposición a las religiones, no en contraposición a la fe. Dios finalmente está donde siempre estuvo. Yo tengo la fortuna de haberlo encontrado y vivo en paz con ello. Esta nota no es una receta para encontrarlo o un mapa. Solo les cuento el camino que yo seguí. Sé también que el camino es diferente para cada uno. Lo importante es nunca perder la fe.

jueves, 30 de junio de 2011

EL DIOS DE SPINOZA

Como siempre digo, lo importante no es qué fe se tenga, si no tener fe. Hace algún tiempo una persona muy querida por mí me envió este texto, que me gustaría ahora compartir con todos mis lectores, es la percepción de Dios o de la Naturaleza (como ser divino) de Spinoza:

Dios hubiera dicho: ¡Deja ya de estar rezando y dándote golpes en el pecho! Lo que quiero que hagas es que salgas al mundo a disfrutar de tu vida.

Quiero que goces, que cantes, que te diviertas y que disfrutes de todo lo que he hecho para ti.

Deja ya de ir a esos templos lúgubres, obscuros y fríos que tú mismo construiste y que dices que son mi casa.

Mi casa está en las montañas, en los bosques, los ríos, los lagos, las playas. Ahí es en donde vivo y ahí expreso mi amor por ti.

Deja ya de culparme de tu vida miserable; yo nunca te dije que había nada mal en ti o que eras un pecador, o que tu sexualidad fuera algo malo.

El sexo es un regalo que te he dado y con el que puedes expresar tu amor, tu éxtasis, tu alegría. Así que no me culpes a mí por todo lo que te han hecho creer.

Deja ya de estar leyendo supuestas escrituras sagradas que nada tienen que ver conmigo. Si no puedes leerme en un amanecer, en un paisaje, en la mirada de tus amigos, en los ojos de tu hijito... ¡No me encontrarás en ningún libro!

Confía en mí y deja de pedirme. ¿Me vas a decir a mí como hacer mi trabajo?

Deja de tenerme tanto miedo. Yo no te juzgo, ni te critico, ni me enojo, ni me molesto, ni castigo. Yo soy puro amor.

Deja de pedirme perdón, no hay nada que perdonar. Si yo te hice... yo te llené de pasiones, de limitaciones, de placeres, de sentimientos, de necesidades, de incoherencias... de libre albedrío ¿Cómo puedo culparte si respondes a algo que yo puse en ti? ¿Cómo puedo castigarte por ser como eres, si yo soy el que te hice? ¿Crees que podría yo crear un lugar para quemar a todos mis hijos que se porten mal, por el resto de la eternidad?

¿Qué clase de dios loco puede hacer eso?

Olvídate de cualquier tipo de mandamientos, de cualquier tipo de leyes; esas son artimañas para manipularte, para controlarte, que sólo crean culpa en ti. Respeta a tus semejantes y no hagas lo que no quieras para ti. Lo único que te pido es que pongas atención en tu vida, que tu estado de alerta sea tu guía.

Amado mío, esta vida no es una prueba, ni un escalón, ni un paso en el camino, ni un ensayo, ni un preludio hacia el paraíso. Esta vida es lo único que hay aquí y ahora y lo único que necesitas.

Te he hecho absolutamente libre, no hay premios ni castigos, no hay pecados ni virtudes, nadie lleva un marcador, nadie lleva un registro.

Eres absolutamente libre para crear en tu vida un cielo o un infierno.

No te podría decir si hay algo después de esta vida, pero te puedo dar un consejo. Vive como si no lo hubiera. Como si esta fuera tu única oportunidad de disfrutar, de amar, de existir.

Así, si no hay nada, pues habrás disfrutado de la oportunidad que te di.

Y si lo hay, ten por seguro que no te voy a preguntar si te portaste bien o mal, te voy a preguntar ¿Te gustó?... ¿Te divertiste?... ¿Qué fue lo que más disfrutaste? ¿Qué aprendiste…?

Deja de creer en mí; creer es suponer, adivinar, imaginar. Yo no quiero que creas en mí, quiero que me sientas en ti. Quiero que me sientas en ti cuando besas a tu amada, cuando arropas a tu hijita, cuando acaricias a tu perro, cuando te bañas en el mar.

Deja de alabarme, ¿Qué clase de Dios ególatra crees que soy? Me aburre que me alaben, me harta que me agradezcan. ¿Te sientes agradecido? Demuéstralo cuidando de ti, de tu salud, de tus relaciones, del mundo. ¿Te sientes mirado, sobrecogido…? ¡Expresa tu alegría! Esa es la forma de alabarme.

Deja de complicarte las cosas y de repetir como perico lo que te han enseñado acerca de mí. Lo único seguro es que estás aquí, que estás vivo, que este mundo está lleno de maravillas. ¿Para qué necesitas más milagros? ¿Para qué tantas explicaciones?

No me busques afuera, no me encontrarás. Búscame dentro... ahí estoy, latiendo en ti.

Spinoza

miércoles, 29 de junio de 2011

PESCADOR DE ALMAS

Simón Pedro, si en realidad existió, de acuerdo al relato bíblico era un tipo sencillo. Era pescador y al parecer no muy bueno. Probablemente no sabía escribir ni leer. Su verdadero nombre era Simón, el adicional nombre de Pedro se lo puso Jesús como una especie de apodo, para identificarlo. No se debe olvidar que en aquella época las personas no solían llevar apellido, por tanto eran reconocidos por otros datos, por ejemplo el lugar de origen “el samaritano” respecto a quien había nacido en Samaria, o el “el hijo de Efraín” por referencia al padre, e incluso por los hermanos si el nombrado resultaba ser menos conocido que el otro “el hermano de Zebedeo”, también por el cargo “el recaudador de impuestos” o por las preferencias políticas “el Zelote”, por tanto el nombre de Simón Pedro en aquél entonces debe haber significado algo como Simón “piedra” o más apropiadamente Simón “el pétreo”.

Simón era un hombre simple y una fuerte personalidad no era precisamente su mejor atributo, tres episodios de su vida lo pintan de cuerpo entero: Según Lucas cuando conoce a Jesús, al ver que las redes salían rebosante de peces luego de que él no había podido pescar nada, cayó de rodillas y dijo: “Apártate de mí, señor, porque soy hombre pecador.”; más adelante es incapaz de mantenerse sobre las aguas, siendo reprendido por el propio Jesús por su poca fe y luego el mismo Lucas cuenta cómo cuando Jesús anunciaba su muerte Simón afirmó estar dispuesto a ir no solo a la cárcel con él, sino también a la muerte, para luego negarlo tres veces antes de que cantase el gallo y cuando la situación se había puesto bastante complicada para los seguidores del mesías. Su simplicidad se ve reflejada en el episodio en el que los espíritus de Moisés y Elías se aparecen a Jesús y Simón Pedro se acerca confundido para preguntar si debían hacer tres ramadas para cobijar también a estos invitados o cuando Jesús narra la parábola de los siervos que esperaron en vigilia a su señor, y Simón Pedro pregunta: “¿Dices esta parábola a nosotros, o también a todos?”

Sin embargo con todas estas carencias Jesús lo escogió como su mano derecha, cuando había otros que administraban mejor, como el propio Andrés, recordando el evento de la multiplicación de panes y peces. Tal vez fue precisamente por la sencillez, un hombre incapaz de cuestionar.

¿Por qué la incapacidad de cuestionar puede ser una ventaja? Simple: Existe un viejo proverbio oriental que dice que las virtudes superiores son como agua cristalina y la conciencia humana como un vaso. Con el tiempo este vaso se va llenando de agua turbia y suciedad, la única forma de colmar la conciencia con virtudes superiores es liberando el vaso, dejándolo completamente vacío. Luego recién se podrá colmar con las virtudes superiores. En nuestra vida diaria es difícil aceptar nuevos paradigmas, incluso sabiendo que pueden ser mejores que los viejos. Por ello resulta difícil incorporarlos cuando aquellos chocan con los que ya tenemos arraigados. En este orden de ideas es mejor ser un vaso limpio, y eso era Simón Pedro. Al no tener preconceptos ni ideas preconcebidas más allá de su propia inseguridad, era un personaje adecuado para aceptar sin contradecir ni cuestionar nuevas ideas. Al parecer las asimiló como Jesús esperaba al extremo de ser luego reconocido como el primer Papa y conducir a una primitiva iglesia en sus primeros pasos rumbo al monopolio de la fe.

Simón Pedro fue un humilde pescador, luego se convirtió en discípulo de Jesús y pescador de hombres. Probablemente experimentó con intensidad en su vida la fuerza y la paz que otorga el amor incondicional al prójimo. Era un espíritu noble y probablemente puro, sin más aspiraciones que finalizar el día con las redes llenas. Probablemente, al igual que Jesús, él tampoco aspiraba a crear un organización elefantiásica, multimillonaria y burocrática, probablemente y tal como Jesús lo hiciera, solo quería transmitir con su propio modo de vivir el mensaje de paz y de abundancia de espíritu a sus hermanos.

Probablemente nunca se imaginó que se le asignaría un día del año para recordarlo y que en un perdido país del tercer mundo sería santo patrono de de todos los pescadores.

sábado, 7 de mayo de 2011

MAMITA

El recuerdo más antiguo que tengo de mamá es ella tejiendo.

No me avergüenza decir que casi todos mis paradigmas (los buenos y los malos) provienen de mi mamá. Soy lo que soy gracias a ella y nadie más. Gracias mamá porque estoy contento con la persona que soy y más contento con la persona que tú siempre has sido.

Mi mamá se quedó sin marido cuando yo estaba por nacer, el se fue con la otra. “Cuando una empresa fracasa hay que buscar otra” comentaría alguna vez papá refiriéndose a mamá, ese comentario desafortunado se me quedó grabado toda la vida.

Mamá se quedó conmigo y cinco hermanos más, soy el sexto. Cuando yo nacía la mayor de mis hermanas cumplía doce años. Todavía me cuesta trabajo imaginarme una mujer sola con seis hijos encima. No tengo ni una queja. Mi mamá hizo magia, nos alimentó razonablemente bien, con verduras, legumbres y todo aquello que podía comprar con la miserable pensión que daba papá. Todavía la recuerdo recorriendo el mercado de San Antonio, el Número Uno, La Chabela o El Palomar, anotando mentalmente los precios del perejil, de la papa, de la albahaca, del ajo, la cebolla. Comprando en un sitio, en otro, ahorrando diez centavos aquí, veinte allá. Cargando las bolsas, caminando con ellas hasta la casa para ahorrarse el pasaje del bus, ni pensar en taxi.

La recuerdo en las iglesias, rezando a los santos, en particular los de los milagros imposibles, al Cristo crucificado, a la virgen María, llorando, encendiendo velas, con su monederito pequeño donde guardaba sólo el pañuelo con el que se enjugaba las lágrimas al salir de las iglesias.

La recuerdo ahorrando y ahorrando, para preparar las ensaladas de navidad, el pollo relleno a falta de pavo, comprarnos un par de calcetines y envolverlo primorosamente en papel regalo para mantener la ilusión de la fiesta. La recuerdo ahorrando para preparar los platos tradicionales de semana santa, la mazamorra morada con pedacitos de manzana y clavo de olor, la mazamorra blanca y su inigualable arroz con leche que preparaba con tanto cariño y cuidado… que hasta hoy nunca he probado otro igual. Nunca olvido el monumental chupe de viernes y la deliciosa timpusca con sus peras flotando.

La recuerdo comprando los pescados más baratos y convertirlos en manjares, ella hasta ahora recuerda que yo me comía hasta los espinazos, sí, con un placer que me hace pasar la lengua por mis labios en este momento, lamia las espinas hasta dejarlas limpias y sorbía el líquido de las vértebras sólo para extender el placer de seguir probando la extraordinaria magia de la sazón de mamá.

Recuerdo también la deliciosa sopa de hueso de pollo, aún no logro darle ese sabor a mis sopas de pollo, he intentado con pechugas, con piernas, con espinazos, con piel, sin piel, con huesos, con papa, con chuño, con garbanzos y sin ellos, con orégano, con pasta concentrada, con ají no moto, ¡imposible!

Mi mamá es mi autora preferida del realismo mágico pero en la vida real; cuando leí Cien años de soledad, estaba seguro de que Úrsula Iguarán no era otra que mi mamá.

Mamá se quedó sin marido, rezó y peleó por seis años por él, también recurrió en su desesperación al humo del tabaco, a la hoja de coca, a los huairuros con imán y la ouija, pero al final desistió. Cerró las puertas de su corazón y se dedicó a nosotros. Mi papá fue el único hombre en la vida de mamá, el primero y el último en todos los sentidos. No sé si fue buena idea o no. No lo sé, ¿quién soy yo para juzgarla? Pero si de alguien aprendí integridad, fue de ella. ¡No sabes cuán orgulloso estoy de ti mamá!

Mamá tejía y bordaba cosas para venderlas y tener algo de dinero para vestirnos y alimentarnos. Recuerdo los secadores con los días de la semana, las fundas de las licuadoras, de los hornos, del balón de gas. Las servilletas, los ropones de bebé, las chompas de lana. Pero lo más lindo que he visto en mi vida eran los pisos a crochet, esos pisos que nunca supe cómo tomaban la forma de una flor de doble fila de pétalos. ¡Qué arte! ¡Qué perfección! Alguna vez llegó a vender algunos juegos de pisos en la feria del Fundo del Fierro. En casa cada adorno tenía un piso hecho por mamá, la recuerdo planchándolos con almidón, dándoles forma, con esa manía por la perfección que yo heredé hasta lo más profundo de mi ser. Nuevamente ¡gracias mamá!

Recuerdo a mi madre enseñándome a tejer, nunca pude con los palitos, pero si lo hacía más o menos bien con la crochet, mi primer (y último) tejido fue una colcha de diez por diez centímetros, color crema, con pequeños flecos de lana también, hasta hoy y durante más de treinta años, cubre al niño Jesús del nacimiento de mamá cada navidad.

Mamá casi nunca me negó un permiso, nunca me contradijo, nunca me cuestionó inclusive en mis épocas más rebeldes. Por alguna razón que desconozco tenía y tiene una ciega confianza en mí. Curiosamente nunca me asustó esa confianza, de alguna misteriosa manera yo también sabía desde siempre que nunca defraudaría esa confianza.

Yo no soy muy cariñoso, no soy de extrañar y no me gusta que me extrañen. Me di cuenta de ello la primera vez que me fui por largo tiempo de Arequipa, no soy de llamar. Si no me llaman no llamo, siempre pienso que las malas noticias llegan primero, así que si no sé nada de los demás, me parece que todo anda bien. Mamá sabe que soy así, casi nunca la llamo, pero ella sabe que siempre pienso en ella. Sé que ella piensa en mí también y pide a sus santos que me cuiden.

Yo no creo en varias cosas y mis más cercanos lo saben, pero tengo un respeto enorme por la fe de mamá. No conozco a ninguna persona con tanta fe. Por eso mis hermanos y yo, particularmente yo que no creo casi en nada, cuando me enfrento a una cuestión difícil o una entrevista de trabajo o algo similar, llamo a mamá y le pido que ponga una vela y rece por mí. Las veces que no he podido llamarla para avisarle me he sentido inseguro. Estoy pensando seriamente ahora que, para mí, mi mamá ya es una santa.

Soy malo para los regalos y esas cosas. Mi mamá sabe y últimamente le envío dinero y ellas se compra lo que quiera. Alguna vez le regalé un microondas, una cocina de cinco hornillas, algunos muebles, pero pienso que los regalos que más le gustaban eran las artesanías que hacía con mis propias manos cuando estaba en la escuela, debe ser así porque me doy cuenta que hasta ahora las tiene en la sala de la casa.

Ella guarda en su casa mis cajas con cientos libros que hasta ahora no sé dónde poner y mis títulos de la universidad en original. No se me ocurre mejor persona para ese encargo. Una vez mi hermano se quiso llevar mis cosas para una oficina que tiene desocupada para darle mayor espacio a mamá, ella me llamó y me dijo: “¡Mientras yo viva, nadie saca tus cosas de aquí!” ¡Ay mamá! ¡Cuánto te quiero!

Muchos papás hablan y hablan, mi mamá no hablaba mucho, casi todo lo que aprendí de ella fue con su ejemplo, con su integridad, con su vida de sacrificios. Aprendí a cocinar viéndola, a coser, a lavar y planchar la ropa, viéndola también. Nunca he necesitado a nadie que me prepare un bocadillo o un almuerzo, que me cosa un botón, que me haga la basta de un pantalón o me planche una camisa. Nunca se enseña mejor que con el ejemplo.

Mamá tiene once nietos, y ella ha cuidado a la mayoría de ellos como propios. A veces pienso que es inacabable. Nunca ha estado gravemente enferma, siempre se levanta temprano. Últimamente sufre con los resfriados. Últimamente la veo con su andar lento y todavía me calienta un plato de almuerzo cuando llego a Arequipa y la visito. A veces me provoca decirle que ya deje de hacer cosas, que descanse, pero sé que no es su naturaleza, mamá es una luchadora, descansar sería despojarla de sus ganas de vivir, ella necesita preocuparse por los hijos, por los nietos, por calentar el almuerzo, por si ya hemos comido o si estamos bien.

Recuerdo cuando volvía cansado de la universidad a las diez de la noche y mi cena siempre estaba allí, envuelta con una vieja frazada para que no se enfríe (no teníamos microondas en aquel entonces). Mamá siempre me esperó cuando llegaba tarde de la universidad, de las fiestas, cuando viajaba, creo que nunca dejó de esperarme y preocuparse por mí.

Cuando escribí mi tesis para ser abogado se la dediqué a mi mamá. Mi primer libro de poemas también. Creo que mamá se siente orgullosa de nosotros aunque no lo merezcamos y eso es un buen premio. Estoy seguro de que todos piensan que su mamá es la mejor del mundo. Yo también. No me gustan las canciones deprimentes del día de la madre, ni los deseos y parabienes trillados y dramáticos. Por eso escribí esta nota, en positivo. Es mi regalo del día de la madre para ti mamá. ¡Te amo mamita!

domingo, 9 de enero de 2011

EL SUCUBUS (Cuento)

Fray Esteban saltó de la barca y sus piernas se hundieron en el agua hasta las rodillas, caminó dificultosamente un mediano trecho hasta que el oleaje del océano ya no mojaba la arena. El viaje desde Panamá había sido accidentado. En el Callao no los dejaron desembarcar, se había corrido la voz en Lima que los barcos provenientes del norte estaba tocados por la peste negra, intentaron un poco más al sur de Lima, pero fue imposible, las autoridades ya había enviado el parte a caballo a todas las costas cercanas. El capitán, conocedor de las nuevas rutas usadas para el contrabando, tomó rumbo hasta la Villa Hermosa de Camaná, ciudad que no había sido alertada debido a que carecía de muelle, pero que por la misma razón obligó a los pasajeros a saltar a las barcas salvavidas y así poder aproximarse a las playas de arena cargando sus bolsas y equipajes.

Una vez en tierra el Fraile dio media vuelta y se quedó mirando lejana en el horizonte la embarcación, se llamaba La Española y le recordó su tierra natal, la observó fijamente pensando en los últimos quince años, desde el día que se ordenó en Sevilla, levantó la cabeza, miró al cielo y se santiguó; se incorporó al grupo que ya estaba marchando rumbo al pueblo y caminó.

Luego de tres horas de largo trayecto llegaron a la ciudad, era pequeña, tenía pocas casas y la mayor parte de la tierra estaba sembrada de arroz. Vio a unos pocos negros trabajando en el campo codo a codo con sus patrones, casi no vio indios. Le pareció extraño, siempre imaginó que el Perú estaría lleno de indios, pensó en preguntar pero los que caminaban con él eran en su mayoría españoles aventureros, algunos acompañados por sus familias, que buscaban fortuna en las tierras que Pizarro había conquistado a favor de La Corona. No quiso hablar con ellos, le pareció mejor dejar que las cosas sucedieran a su tiempo.

Una vez que llegó a la ciudad de Camaná buscó la iglesia y se las arregló para ubicar al párroco. El párroco también era dominico, un hombre sencillo sin mayores aspiraciones que envejecer junto con los terratenientes de la zona, los esclavos de estos y las dos mujeres que tenía de concubinas, una india y una negra africana vieja que casi no hablaba castellano. Se llamaba Alonso y no había cambiado de nombre, en el pueblo lo llamaban Padre Alonso y a él le gustaba eso, en realidad nunca había tenido vocación. Se hizo cura porque un hermano suyo había sido comendador y las relaciones sociales de este lo habían llevado al cargo: una ordenación rápida y un pesado viaje por dos océanos lo había colocado finalmente allí. Fray Esteban sentado en la mesa recibió con una venia el trozo de queso serrano y el pan que Padre Alonso le ofreció, se santiguó y bendijo los alimentos, mientras comía preguntó al Padre Alonso cuánto tiempo le tomaría llegar a Lima, el Padre le explicó que le esperaba un largo viaje por el desierto hasta el puerto de Pisco y de allí a Lima no sería tan difícil. Se quedó pensando y le aconsejó:
– ¿Por qué no va a Arequipa? Queda muy cerca, es una ciudad grande, sin llegar a ser tan enorme y abominable como Lima, tiene un clima agradable, benigno y seco, una gran población de blancos de Castilla y Valencia, pocos indios, no hay negros. Si quiere tener una estancia tranquila ése es un buen destino.
– No he venido a estar sosegado y tranquilo, Padre – contestó el Fraile, miró a su interlocutor fijamente a los ojos y añadió: He venido a hacer el trabajo de Dios, no quiero menospreciar el suyo, pero se me ha ordenado acudir a Lima, mis superiores han tomado conocimiento que allí el pecado florece.
– No lo tomo a mal – repuso el padre – pero Lima es una ciudad que va por el camino de la perdición, es el mismísimo apocalipsis anunciado por el santo profeta Juan. ¿Sabe usted que aquí llegan los mercaderes que han pasado por Lima y siempre traen noticias? Se sabe que muchos judíos expulsados de Europa han entrado a Lima escondidos en naves de carga, se disfrazan con apellidos castizos, con títulos falsificados o comprados a nobles caídos en miseria, prosperan, ponen negocios, ¡incluso algunos moros han encontrado en esa ciudad un lugar donde practicar sus herejías en nuestras narices! Imagínese que han cercado una parte de la ciudad y la han infestado los indios, negros y mestizos que adoran aún a sus ídolos paganos, cayendo en enfermedades malignas, consecuencia de sus reuniones demoniacas – Reflexionó – No es un buen lugar para ir Fraile, no sé sus razones, pero esa ciudad es Sodoma y Gomorra, incluso buenos caballeros españoles han abdicado a su fe ante los placeres de la carne y las tentaciones de Satanás.
– La carne es débil Padre – replicó Esteban – Incluso para un soldado de Dios como usted, no me diga que las mujeres que están afuera sólo le preparan la comida…

El Padre Alonso no dejó que el fraile dijera más, levantó la mano derecha con la palma abierta en señal para que este se detenga y movió la cabeza en clara negación mientras miraba fijamente el piso de tierra, habló sin levantar la vista:
– Sé que no es apropiado, pero es difícil estar solo, son solamente compañía para este pobre viejo, no hay mala fe y tampoco tengo la vocación que seguramente tiene usted. No soy como usted Fraile – reiteró con voz triste – yo me ordené pasados los cuarenta, casi por obligación, cumplo con las tareas encomendadas por mis superiores, les doy a estas mujeres donde vivir y qué comer, de otra forma se habrían hecho a la mala vida, yo sólo obtengo algo de compañía… ¿acaso no es una forma de amar al prójimo? Finalmente la negra ni siquiera tiene alma, es como un animal doméstico.

Fray Esteban se quedó en silencio, sentado en la banca de madera; hacía calor – es febrero – pensó, tomó un poco de vino que la mujer india había colocado en la mesa mientras conversaban, era un vino distinto pero agradable, miró al padre Alonso y lo vio compungido, con la vista puesta en el piso, entre distraído y triste. En verdad se le veía un hombre sin convicción, prematuramente envejecido, parecía tener más de sesenta años, el hábito raído y desteñido, en ese momento se percató que el padre no usaba sandalias, tenía los pies descalzos y sucios, los dedos casi no tenían uñas, habían sido devoradas por los hongos. Sintió asco y pena. Esteban se incorporó y tosió suavemente para llamar la atención del padre que se había quedado absorto.
– Me gustaría que me brinde un lugar donde pasar la noche, sólo hasta mañana – dijo.
El padre Alonso se levantó también y lo invitó a acompañarlo. En la terraza de la casa había una hamaca colgada de los horcones y en el piso tres o cuatro pieles de cordero enrolladas.
– Hace calor – mencionó distraídamente el padre – es verano, no le recomiendo dormir adentro, escoja entre la hamaca y las pieles, yo estaré adentro si necesita algo. Tenga buenas noches Fraile.
– Buenas noches. Dios lo bendiga – contestó Esteban, mientras decidía por quedarse en la hamaca, sólo quería descansar, sabía que esta noche no podría dormir.

* * *

Después de doce largos días de un viaje penoso, Esteban estaba al fin en Lima, no era como otras ciudades que había conocido, Lima era desordenada, una ciudad llena de gente de todos los colores: blancos de todas las clases sociales, la mayoría con poca o ninguna educación, marineros ingleses, irlandeses, portugueses y otros de nacionalidad indescifrable, negros provenientes de todas las partes de África, ya los había visto antes en los mercados de Liverpool, los altos y fuertes de piel azul que se importaban desde la Isla de Zanzíbar, los pequeños y más claros que venían de Guinea, cerca del fin del mundo. Sin embargo había en sus miradas algo distinto, los negros de Portugal, España, Francia e Inglaterra se veían siempre tristes, incluso los que trabajaban de capataces tenían esa mirada de ausencia, de añoranza; en cambio estos no; casi todos hablaban buen castellano y sonreían con sus perfectos dientes blancos. También había una gran cantidad de indios, distintos a los indios que había visto en Panamá y México, incluso distintos a los que había visto en la Villa de Camaná, no vestían con ropas de indios, estaban vestidos a la usanza española aunque se les notaba incómodos con esa ropa, incluso a los más jóvenes, que seguramente habían usado este tipo de vestimenta desde su niñez. También vio mulatos claros y oscuros, lo que le confirmó las teorías del padre Alonso: en Lima efectivamente los españoles no habían tenido ningún asco por engendrar hijos en sus esclavas, por lo menos en Europa era algo que se trataba de evitar, aquí se veía que no había ninguna clase de control. Lo mismo sucedía con las indias, la existencia de muchos niños mestizos por las calles así lo confirmaba. Era un verdadero desastre, los españoles habían perdido todo sentido de decencia en esta ciudad, no solo había mulatos y mestizos, también habían permitido que los negros se junten con las indias entre sí, aprendió luego que los llamados zambos eran el producto de esa infame unión. En su vientre bullía la rabia, si a simple vista y en el primer día podía ver todos estos escarnios a la voluntad divina, sabe Dios santísimo qué otras cosas habrían estado ocurriendo y podrían ocurrir en esta ciudad.

* * *

Cinco días después de haber llegado a Lima había conseguido entrevistarse con sus superiores, les informó brevemente de su misión y entregó la orden firmada y sellada por el Rey. Luego de los saludos de rigor, el obispo Baltazar de Castro, lo invitó a su despacho, a solas. Caminaron por un corto zaguán y pasaron a un amplio salón. De Castro lo invitó a sentarse en una solitaria silla en medio del lugar, Fray Esteban se sentó en el borde mientras esperaba que De Castro se acomodara en su imponente trono eclesiástico, hubo un momento de incómodo silencio, de pronto De Castro empezó a hablar con voz diáfana y totalmente segura:

– Fray Esteban, entiendo el porqué de su presencia en Lima, pero déjeme decirle que su tarea es complicada, la gente de aquí está acostumbrada a que las cosas estén como están. Tenemos los problemas propios de cualquier colonia, pero lo que debe importarnos sobre todas las cosas es la protección de los españoles que son terratenientes y los que tienen encomiendas. Y no hablo sólo de su fe, también de su propiedad y seguridad. Hemos discutido este asunto con el Virrey y estamos de acuerdo en ese aspecto, desde luego que también es nuestra tarea la de erradicar las herejías de los indios y los negros… pero ese es un trabajo que requiere tiempo, recibimos órdenes permanentemente del Rey acerca de la necesidad de evangelizar a esta gente y darles la nueva buena de Dios y su sagrada palabra; pero no es una tarea grata. Los indios acuden a la iglesia, aprenden las oraciones, rezan el Credo y el Santísimo Rosario porque si no lo hacen, los alguaciles los golpean, pero sabemos que siguen enterrando porquerías en la tierra cada vez que cambia de estación e invocan a sus falsos dioses cuando siembran los campos. Los negros se burlan de nosotros, tocan sus instrumentos endemoniados al menor descuido de sus patrones, hemos prohibido los tambores y a pesar de ello se proveen de cualquier cosa que pueda producir sonidos, troncos, cajas de madera, incluso hay informes de que algunos usan los huesos de animales muertos para practicar sus repugnantes danzas y rituales. Por si esto fuera poco ahora se suma a ello el problema de los judíos. Sé de buena fuente que cada semana llegan dos o tres en los barcos de carga, pagan a los capitanes para que los traigan escondidos, algunos se quedan en Panamá, otros se van a las colonias inglesas al norte, pero muchos llegan aquí, se declaran católicos e incluso van cada domingo a la misa, ¡pero siguen siendo judíos Fray Esteban! Sin embargo, a pesar de todo lo que acabo de explicarle, la ciudad se mantiene ordenada, se protegen los intereses de los españoles establecidos aquí y de sus hijos, ellos pagan sus impuestos y colaboran con las arcas de nuestra Santa Orden, este equilibrio es beneficioso para todos. Incluso los judíos que han llegado a prosperar y se han hecho católicos, aportan con el producto de sus ventas y trabajo, no quiero perder este orden Fraile, espero que me entienda.

– Le solicito me perdone por contradecirlo su Excelencia – señaló Esteban – pero entiendo que esta situación a la que usted llama orden es contraria a los preceptos de nuestra Santa Iglesia y lo dispuesto por el Su Santidad el Papa desde Roma. No es mi voluntad contrariar el orden terrenal, cosa que en verdad no debería preocuparnos, puesto que el alma de los hombres es nuestro propósito. Siendo así, entiendo que nuestra principal tarea es combatir las estrategias del demonio y las herejías de sus seguidores.
– ¡Pero sin desórdenes por favor! – exclamó ligeramente nervioso el Obispo.
– La búsqueda de la verdad tiene un precio mi señor – repuso Esteban calmadamente – no debería preocuparle la falta de fondos en las arcas, después de todo Dios proveerá.
– No se trata del dinero – replicó el obispo – es el crecimiento de la Iglesia, a esta gente hay que conquistarla mediante la comprensión, ganar su alma hacia la fe, que noten los beneficios de creer en nuestra Iglesia, no quiero que vean una amenaza a sus vidas en el catecismo y menos aún que se desprestigie la Orden. ¡No crea que no sé lo que está pasando en España fraile! han pasado más de setenta años desde que el Inquisidor General Torquemada nos dejó y nadie ha podido reemplazarlo con éxito, no se resuelve el problema de los excesos en los juzgamientos a herejes y judíos, nos están agobiando con acusaciones de enriquecimiento e intolerancia. Incluso los nobles que antes nos respaldaban en España nos rehúyen y han retirado su apoyo. No quiero que eso suceda aquí.
– Mi encargo viene por recomendación de los Reyes de España y del mismo Santo Oficio quienes me han propuesto para esta tarea su excelencia – señaló sin titubear Esteban – y lamento mucho saber que no comparte sus métodos; sin embargo haré lo posible para no perjudicar sus intereses, en la medida que estos no se opongan a los de la Santísima Inquisición y su Tribunal Eclesiástico. Ahora, con su permiso, es menester retirarme.

El obispo asintió amargamente con la cabeza y Esteban se levantó con una venia. Al salir no pudo evitar oír a De Castro murmurar una blasfemia entre dientes.

* * *

Esteban, instalado en su despacho, un pequeño espacio al costado de los claustros en construcción del convento dominico que estaba próximo a terminarse, ordenaba sus libros y sus apuntes. Abrió una vieja bolsa de cuero de camello y extrajo de su interior, envuelto en una fina tela de pana roja, el magnífico ejemplar del Malleus Maleficarum. Recorrió con sumo cuidado su lomo de cuero y las tapas finamente grabadas y lo colocó en el centro del escritorio. Recordó sus estudios en Roma, a los exigentes maestros que estuvieron a cargo de su preparación en Bolonia y en París, pero sobre todo recordó a su abuelo. Su abuelo, que era un herrero aragonés, había conocido personalmente a Fray Tomás de Torquemada, el gran y místico Inquisidor General del Reino de España cuando por encargo especial de este había fabricado piezas e instrumentos de tortura diseñados por él mismo. Había quedado impresionado con su personalidad, fuerza y disciplina. Luego al nacer él, su primer nieto, le había inculcado desde pequeño ese amor a la disciplina, al orden y el temor a Dios que tanto había admirado en el gran inquisidor. Respiró profundamente y se santiguó antes de empezar la lectura, mañana sería un día difícil, sería su primera intervención en el Tribunal.

Al día siguiente, se levantó sumamente temprano, lavó su cuerpo con cuidado con paño húmedo, sintió un leve ardor cuando limpió las marcas dejadas en su piel por los finos alambres del cilicio. Hoy no lo usaría, necesitaba estar lúcido y concentrado. De entre sus pocas pertenencias, la mayoría libros e instrumentos de purificación, sacó una pequeña cruz de acero. Había sido un regalo de Torquemada a su abuelo, al fallecer éste se la había entregado para que lo acompañe en los momentos difíciles. Se la colocó sobre el pecho, colgando de una delgada soguilla. Se vistió el hábito con cuidado y solemnidad, ajustó cada uno de los botones mientras repasaba mentalmente las reglas del Malleus Maleficarum, se arrodilló sobre el áspero piso de piedra y rezó.

No desayunó, tenía que estar libre de cualquier distracción externa o interna – el ayuno purifica – pensó. Levantó su bolsa de cuero y se dirigió a la puerta, volvió a santiguarse y encomendarse a Dios. Salió y caminó con paso rápido hasta la Sala del Santo Tribunal. Entró y vio que en su interior ya estaba el Obispo esperando al costado del Inquisidor y le hizo una venia. Estaba también el abogado defensor y el Escribano General. Rápidamente solicitó al alguacil la presencia del procesado y se sentó en la silla reservada para su cargo en la Sala, el de Procurador Fiscal del Santo Oficio. Vigiló que en la mesa central estuviese visible la Biblia y cerca de ella la enorme cruz de pedestal. Cruzó las manos y esperó.

Entró a la sala, atado de las manos, un hombre adulto, no era joven ni tampoco viejo. De larga barba oscura y cabello cuidado. A pesar del evidente castigo físico sus ojos no habían perdido brillo. Esteban se puso de pie y con la venia del inquisidor le preguntó:

– ¿Nombre?
– Felipe Ruiz de Castilla y Ponce de León, mi señor – contestó con humildad.
– ¿Edad?
– Cuarenta y cinco años.
– ¿Ocupación?
– Médico cirujano su señoría – y sus ojos brillaron más aún.
– Se le acusa de herejía y prácticas de brujería – dijo ásperamente Fray Esteban – He recibido el encargo del Santo Oficio de interrogarlo. Reconozca sus pecados, solicite clemencia y será escuchado.
– Soy sólo un médico su eminencia – respondió Felipe – no he cometido ningún pecado, he respetado el juramento hipocrático y he procurado salvar las vidas que Dios ha puesto en mis manos.
– ¡Miente! Sus propios colegas son los que lo han denunciado, ¡Declárese culpable y que Dios acoja su alma! – exclamó Esteban.
– No sé de qué se me acusa – dijo lastimeramente Felipe mientras mostraba las palmas de sus manos al Fiscal en gesto de sometimiento.

Esteban conocía bien los artilugios del demonio para simular inocencia. Estaba preparado y no dejaría que el maligno lo enredase, miró al Inquisidor y señaló con firmeza:
– El acusado trata de confundir a este Santo Tribunal y pretende desconocer las acusaciones que se le hacen cuando en su impuro corazón tiene completo conocimiento de sus pecados y herejías. Solicito se autorice que la defensa del acusado intervenga antes de continuar con el interrogatorio.

El defensor, que era un miembro del propio Tribunal, se dirigió solemnemente a Felipe y le advirtió:
– Acusado, se le invoca para que diga la verdad de las acusaciones que se le han formulado, así obtendrá usted clemencia y podrá reconciliarse con nuestra fe. Conteste las preguntas del Procurador Fiscal, reconozca su culpa y muestre arrepentimiento.

Felipe se quedó callado.
– Solicito al tribunal se autorice el uso del potro – dijo pesadamente fray Esteban y volteó a mirar al acusado a fin de ver su reacción.

Felipe Ruiz de Castilla y Ponce de León estaba visiblemente asustado, conocía el potro, él personalmente, como consecuencia de su profesión, había visto las lesiones que este cruel artefacto podía causar. Cayó de rodillas y suplicó clemencia. No fue escuchado. Mientras proclamaba una y otra vez su inocencia fue conducido al ala lateral de Tribunal, atado cuidadosamente de pies y manos sobre una especie de sólida mesa de madera, en cuyos extremos ruedas dentadas permitían tensar las sogas que sujetaban sus extremidades. Esteban tomó en una mano la Biblia de la mesa y en la otra el crucifijo, se acercó al potro y acercando la cruz al rostro de Felipe exclamó:
– Permite, ¡oh Dios Todopoderoso! que este hombre expulse los demonios que someten su razón a sus impuros deseos y deja que nosotros tus humildes siervos conozcamos la verdad de sus propios labios – hizo una seña al alguacil y este empezó a girar las ruedas con una sólida manivela de metal.

Felipe resistió al principio, sin embargo empezó a sentir la fuerte tensión en sus pectorales primero, luego en los dorsales, sabía de anatomía y pensó que los músculos grandes serian los primeros en sentir la presión, pero que a la larga serían los que resistirían más. Cuando el alguacil aplicase más presión empezarían a descoyuntarse las articulaciones de los hombros, codos, tobillos y rodillas hasta llegar a la dislocación total. Empezó a sentir presión en el pecho, la posición no le permitía expandir sus pulmones, quiso gritar pero no pudo, no tenía aire suficiente para hacerlo, se desvaneció.

Esteban ordenó al alguacil relajar las ligaduras. No era apropiado que el acusado falleciera en medio de una audiencia del Tribunal, su misión era la obtención de la verdad, no la muerte del acusado. En caso de ser sentenciado a muerte, su ejecución sería trabajo del brazo secular de la iglesia, la autoridad civil. Ordenó que el alguacil despierte a Felipe lanzándole agua fría en el rostro. Felipe despertó aturdido. Se le conminó a declarar, pero mantuvo su versión de inocencia. Esteban sabía que era una táctica del demonio. Dar pena, despertar lástima en el Tribunal era la estrategia más usada por el ángel caído. Tenía que ser duro y severo. Tomó de la mesa de trabajo una toca de tela blanca. Ordenó que se introduzca la pieza de tela en la boca de Felipe. Luego fueron dejando caer agua sobre la toca. Felipe sentía la tela en su cavidad bucal humedecerse, empezaba a gotear hacia su garganta y el trapo no le permitía mover la lengua para impedir el paso del agua, sentía que se ahogaba. Empezó a tener arcadas, en ese instante el alguacil inició la tarea de tensar nuevamente el potro. Hicieron lo mismo una y otra vez. Cada vez que estaba a punto de perder el conocimiento el Procurador Fiscal se le acercaba y lo instaba a decir la verdad, a declarar su culpa. Felipe lo negaba en cada oportunidad.

Luego de seis largas horas de continua tortura, Estaban desistió de seguir usando el potro. Solicitó al Tribunal cambiar de método. El Inquisidor autorizó el pedido y Felipe fue desatado, retiraron el trapo de su boca, sus rodillas, hombros y codos estaban prácticamente dislocados. Sus muñecas y tobillos se veían tumefactos. Fue trasladado unos metros atrás del potro y observó una soga que descendían de una polea sujetada al techo en cuyo extremo había dos correas de cuero. El alguacil y su ayudante sujetaron sus muñecas con las correas y amarraron bolsas con trozos de plomo en cada uno de sus tobillos, lentamente tiraron de la soga hasta separarlo aproximadamente unos dos metros del suelo. El Procurador Fiscal se acercó nuevamente e invocó su reflexión. Felipe negó con toda su alma y el alguacil soltó de golpe la soga una fracción de segundo y la volvió a sujetar. La corta caída en seco hizo que sintiera sus articulaciones crujir, el dolor era insoportable, se sintió desfallecer y cuando iba a abrir la boca para gritar, repitieron la tortura, sintió un vacío en el estómago y no pudo más, se oyó un grito desgarrador:
– ¡En el nombre de Dios, misericordia!
– ¡Reconozca su pecado! – exhortó estentóreamente el Procurador Fiscal.
– ¡Lo reconozco! – gritó entre lágrimas Felipe
– ¡Bájenlo! – ordenó el Inquisidor.

Una vez que lo descendieron, Esteban se encaminó al centro de la Sala y señaló enfáticamente:
– Debe describir su herejía y todo lo relacionado con ella para que este Tribunal resuelva con misericordia.

Felipe, exhausto, cayó de rodillas, miró a todos con desesperación, su mirada traslucía miedo y desorientación. Sus ojos habían perdido el brillo, su boca entreabierta dejaba escapar un hilo de saliva que discurría por su barba, extendía las manos temblorosas hacia el Inquisidor, hacia el Obispo, a su defensor, todos guardaban silencio. Ofuscado miró el piso, dejó caer sus manos aún atadas sobre sus muslos y dijo entre dientes, con la voz rendida y en medio de un llanto sordo:
– No sé de qué se me acusa.

Fray Esteban hizo un gesto dramático de pérdida de paciencia y con un movimiento de mano dispuso que el alguacil levante del piso al acusado. Felipe se incorporaba lentamente y de pronto su mirada volvió a brillar.
– ¡Ahora lo recuerdo! – exclamó.
– Que hable el acusado – ordenó el inquisidor desde su asiento.

Felipe hurgó en su memoria, estaba dispuesto a decir cualquier cosa para evitar que prosiga la tortura. Trató de recordar algún acto en su vida que pueda interpretarse como herejía, en la desesperación no podía ordenar sus ideas. El silencio en la sala lo abrumaba más. Abrió la boca pero las palabras no salían.
– ¡Hable! – reiteró Fray Esteban
Felipe empezó a balbucear, empezó a inventar.
– He pecado – dijo – yo he hecho pactos con el Diablo, he curado pacientes con pócimas hechas de entrañas de gallinas negras y huevos podridos. He recurrido a hierbas que crecen en los cementerios. He recurrido a brujas para ungüentos. He…
– Hable del sucubus – dijo por fin el Procurador Fiscal.

Felipe trató de recordar, había estudiado algo de eso en el curso de teología en la facultad de medicina en París, antes de venir al Perú, pero tenía la mente nublada, el sucubus era un demonio, de forma femenina, se metía al cuarto de los varones para fornicar y absorber su energía.
– He conocido a un sucubus – afirmó tímidamente.
– ¿Cuántas veces? – preguntó ávidamente el Inquisidor, dejando a Esteban prácticamente de lado del interrogatorio.
– No sé, en pocas ocasiones – contestó Felipe
– ¡Declare usted los detalles! – exigió con morbo el Inquisidor mientras hacía señas al Escribano General para que tome debida nota.

Felipe, en medio de la vergüenza y la humillación inventó ocasiones, formas, dio detalles de cómo fue seducido por el demonio de lujuriosas formas femeninas. El Inquisidor no ocultaba su asquerosa excitación cuando lo obligaron a describir con la mayor precisión posible el cuerpo voluptuoso del sucubus. A exigencia de sus cuestores inventó posiciones, sensaciones y conversaciones. A veces caía en contradicciones, el Procurador Fiscal lo percibía y exigía explicaciones, debía explicar, inventar nuevas mentiras y procurar no equivocarse. Estaba agotado. Empezaba a preferir el potro, la tortura física. Empezó a contestar con monosílabos, lo que causó el notable aburrimiento del Inquisidor. Esteban, incómodo con la exhaustiva pero necesaria descripción de los hechos, decidió solicitar el término de la audiencia:
– Ha quedado probada la imputación de los cargos por la propia confesión del acusado – dijo – si su excelencia lo considera conveniente – se dirigió al Inquisidor – la Procuraduría Fiscal del Santo Oficio solicita se dicte sentencia.
– Se dispone que el acusado sea retirado para proceder a la deliberación – dijo con evidente desinterés el Inquisidor y dio por concluida la audiencia.

El alguacil retiró al acusado. Más tarde el Inquisidor dictó la sentencia y se dispuso la confiscación de los bienes del médico cirujano Felipe Ruiz de Castilla y Ponce de León, a favor de la Corona en un cincuenta por ciento y el resto a favor del Santo Oficio. Felipe fue condenado a los calabozos de la Inquisición donde murió al poco tiempo de tristeza al saber que su esposa y su hija, víctimas de la desgracia y sometidas a la vergüenza y la deshonra pública se habían suicidado. Los otros dos médicos de Lima, sus colegas denunciantes, se repartieron sus numerosos pacientes.

Esa noche Esteban de rodillas frente a la dura tarima que le servía de lecho, agradeció al creador el haberle concedido la fortaleza y temple necesarios que le permitieron no haberse dejado vencer por las fuerzas del mal. La sentencia conseguida el día de hoy era el augurio de una larga y promisoria carrera como severo e incorruptible Procurador Fiscal del Tribunal del Santo Oficio en la cada vez más promiscua ciudad de Lima, desde donde se aseguraría de perseguir a herejes, moros y judíos, aquí en estas lejanas tierras de ultramar, siempre en el nombre de Dios Todopoderoso y por encargo de los devotos Reyes de España.

viernes, 31 de diciembre de 2010

2011

Este año 2010 fue bueno, tuve trabajo, uno que me gusta hacer y que además está bien remunerado, en temas laborales no se puede pedir más. Construí una linda casa, con mucho esfuerzo, los inevitables colerones con los obreros y los consecuentes dolores de cabeza, pero la hice finalmente, aunque tengo una linda deuda con el banco también, pero eso es lo de menos. Este año empecé con los blogs y creo que he sido constante en ello. Redescubrí amistades, obtuve nuevas y abandoné otras. Es parte del ciclo.

No sé si saldré esta noche, pero como ya mencioné en algún post creo que es buena fecha para rituales. Cada uno ejecutará los rituales que mejor conozca o en los que más crea. Algunos experimentarán cuanto truco y artificio vean en la televisión y también está bien. Estoy convencido de que lo que mayor efecto le da a cualquier pócima, ritual, culto o religión es la fe. Tener fe es lo que abre las puertas a los deseos para que se hagan realidad. Creer es lo que nos hacer estar vivos y seguir adelante. Por mi parte haré mi ritual personal, repasar mis metas, elaborar nuevas y hacer un balance del año.

Obviamente también replantearé mi plan de sueños. Buen momento para agradecer todos los sueños hechos realidad hasta ahora, buen momento para agradecer al universo el gozar de buena salud y estar rodeado de personas buenas y decentes.

Creo que es un buen día sobre todo para agradecer, si alguien quiere agradecer bailando todos los ritmos posibles hasta las seis de la mañana… ¡me parece fantástico! ¿Qué mejor que regresar a nuestras raíces primitivas y conectarnos con el universo por medio de una danza frenética? y si luego pueden completar el ritual con algún apareamiento, ¡bienvenido sea y disfrútenlo! (pero no olviden cuidarse) Algunos harán una fogata en la playa y muchos beberán hasta desvanecerse. Lo importante es agradecer sin importar la forma, lo importante es declarar de alguna manera esa afirmación de vida que nos permite levantar la cabeza y mirar al frente para continuar con nuestros proyectos, ya sean personales o colectivos.

Espero de corazón que todos los deseos buenos se cumplan: Los chiquitos y los grandes. Que cada uno pueda formular con claridad sus proyectos y tengan la fe necesaria para llevarlos adelante. Espero que podamos tener la paciencia para esperar los resultados y la fortaleza para seguir cuando aparentemente las cosas no funcionen. Espero que este año sea uno de éxitos y alegrías. Sé que habrá penas y fracasos eventualmente, pero ¿para qué están los amigos? Precisamente para despertarnos de esos letargos y darnos el empujoncito que hace falta cuando se cae en la desesperanza.

¡Feliz Año 2011 a todos y hagamos nuestros rituales con toda la fe del mundo para que el Universo conspire a nuestro favor!