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sábado, 8 de octubre de 2011

EN BUSCA DE DIOS

Todo empezó con la prematura conversión al credo mormón por parte de mi hermano mayor, Jorge Luis, al que llamamos Tony. No tengo muy claro por qué él en particular se convirtió. Yo tengo una serie de posibles hipótesis, pero ninguna comprobable, así que no abundaré más en el tema.

En aquél entonces yo debo haber tenido unos siete años tal vez. El tiempo es un poco borroso pero si puedo recordar claramente los hechos. Como recordarán los que leyeron mi nota llamada “¡Por Dios, yo no soy ateo!” publicada el mes de enero del dos mil once en este mismo blog, durante mi temprana infancia recorrí prácticamente todas las iglesias del centro de la ciudad de Arequipa acompañando a mi acongojada madre en sus oraciones. Entiendo que por una cuestión generacional mi madre suponía que lo más natural era que todos sus hijos resultásemos católicos como ella, pero en los años setenta el mundo cambiaba.

Una cosa que yo agradezco mucho fue el que gracias a Tony nos hubiésemos topado con la religión mormona, sus altos valores morales (a pesar de que muchos de sus detractores digan lo contrario) ayudaron mucho que nuestra familia se mantuviese fuera de la delincuencia o las drogas que eran muy comunes en el barrio que nos tocó vivir por esos años.

Como toda religión, la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días (¡vaya nombre!) se preocupaba mucho de que sus fieles hicieran tarea de evangelización en sus propias familias primero. Así fue que por iniciativa y a veces intensa insistencia de Tony fuimos recibiendo a los primeros misioneros o élderes mormones. El elder Taylor es el que más recuerdo. Un gringo amable que le tomó mucho cariño a la familia y asumió el reto de bautizarnos a todos. Era interesante para nosotros que a duras penas contábamos un televisor en blanco y negro a tubos, ver los modernos dispositivos electrónicos que traían los misioneros a nuestras casas y permitían proyectar filminas en una de las paredes de la sala (que hasta ahora recuerdo llenas de huecos de las marcas de incontables clavos) convirtiendo la casa en una especie de mini cine. Yo me imagino que eso debe haber sido hasta un símbolo de estatus, que los vecinos tan pobres como nosotros vean entrando a nuestra casa a estos apuestos gringos de camisa blanca, corbata y plaquita negra de acrílico con su nombre en el bolsillo izquierdo para darnos las “charlas” de evangelización y los lunes por la noche enseñándonos como se hacía una “noche de hogar.”

Lo cierto es que nos bautizamos todos, excepto mi mamá que es cien por ciento católica y mi hermana menor Charo que en aquél entonces era muy pequeña. Tampoco recuerdo mucho si mi hermana mayor lo hizo, pero tengo absoluta certeza que todos los demás sí, los cinco hermanos.

Como consecuencia de la herencia genética de nuestros padres, la disciplina militar de papá y la bondad infinita de mamá, nos tomamos bastante a pecho el asunto y nos hicimos buenos mormones por un tiempo.

A esa corta edad, que calculo debe haber sido entre mis ocho y doce años, obtuve como premio mil dudas en lugar de respuestas. Si bien habían cosas divertidas como las “noches de talentos” y las “reuniones dominicales” que eran los equivalentes a las misas católicas y que eran mucho más activas y participativas que estas últimas, lo cierto es que también habían cosas que me mostraron la cara verdadera del mundo real. Para en aquél entonces yo ya llevaba bastantes libros leídos y era bastante difícil que me cuenten cuentos, sobre todo porque una de las primeras cosas que leí en la vida fueron los veinte tomos de la enciclopedia “El Tesoro de la Juventud” como ya también les conté en otra nota.

Lo primero que me causó una mala impresión fue el ahínco con el que se empeñaban los jerarcas distritales de la iglesia mormona en desacreditar a la iglesia católica. Si algún mormón o de cualquier otro credo lee esto, un consejo: no funciona, sobre todo para quienes tenemos la capacidad de cuestionar el entorno aunque tengamos tan solo once años. ¿No se supone que uno debe hablar más de sus méritos que de las falencias de la competencia? Me sentía como en un grupo de adoctrinamiento. Si bien los principios de castidad, honorabilidad y moral de la iglesia mormona eran muy sólidos, las personas que tenían la tarea de educar a los miembros en el credo hacían muy mal trabajo. Entonces vino el problema. Una de las principales razones por las que acepté bautizarme, era porque el elder Taylor (que para entonces ya se había ido) me contestaba todas las preguntas y me aseguró que una vez siendo miembro encontraría más respuestas. Eso me daba una enorme luz en el camino, ya que los sacerdotes católicos que había conocido hasta ese entonces, incluido el capellán del ejército que oficiaba en mi colegio, resolvía todos mis cuestionamientos con respuestas similares a estas: “Eso es un sagrado misterio” o “Dios dijo no me tientes con preguntas…”

En la iglesia mormona sucedió lo mismo, la historia de José Smith – que fue el fundador estadounidense de la religión – que descubrió gracias a la aparición del ángel Moroni una planchas de bronce y oro con escritura parecida a la cuneiforme con la palabra de Dios, la venida de Jesús a América, el viaje de Lehí y su familia cruzando el atlántico usando una antigua brújula entregada por Dios llamada Liahona, la historia de los lamanitas, los nefitas, la muerte de estos últimos en manos de los primeros y el castigo divino de Dios de oscurecer la piel de los lamanitas y que constituyó el origen de los pueblos Mayas, Incas, Aztecas, Cherookes y etc. Todo ello era muy consistente desde el punto de vista histórico, hasta el punto de que el asunto empezaba a cojear para mí de la misma pata donde cojean casi todas las religiones. Una prueba de carbono 14 a las planchas de bronce y listo, resuelto el problema de la religión verdadera. Pero no, el ángel Moroni por encargo de Dios, le había pedido a José Smith que le entregue las planchas luego de que las tradujo para llevarlas al cielo. Nuevamente nada comprobable, un nuevo libro: el libro de mormón, con origen incierto y nada más.

A pesar de esos problemas bien pude haberme quedado feliz con ese credo. A pesar de la insistencia con la que cobraban el diezmo (que era la décima parte de lo que uno no tenía, por lo menos en mi caso en esa época) y la necesidad de ser misionero y evangelizador todo el tiempo y en particular al cumplir los dieciocho años como una especie de servicio militar obligatorio.

Lo malo es que a pesar de las claras reglas, como la castidad, el cuidado del cuerpo (los mormones no consumen alcohol, tabaco, té, café, bebidas gaseosas negras, etc.) la observancia de la moral, la humildad, el amor al prójimo y la decencia, vi que casi nadie observaba esas reglas, en particular los más recalcitrantes defensores del credo y terminaban comportándose como las viejas cucufatas católicas que yo tanto había detestado.

Así que para hacerla corta, un día me salí. Me fui a recorrer a mis tempranos trece el mundo de las drogas y el rock and roll, con la esperanza de que el sexo llegue pronto también. Sin embargo en mi mente siempre me quedaba la duda de quién tenía finalmente la razón. Los mormones habían tratado de manipularme vilmente, había una frase que se usaba mucho en la iglesia que decía más o menos así: “Dios ve con mejores ojos el día del juicio final a quienes nunca tuvieron la oportunidad de conocer la verdad, que a aquellos que conociendo la verdad, le dieron las espaldas.” En clara alusión que la iglesia mormona era la única verdad. Es decir el código de la mafia. Sabes demasiado como para irte y el castigo es que Dios te va a mandar al infierno en la entrevista de rigor en el juicio final. A pesar de mi edad me di cuenta de lo bajo del truco. Con esa idea en mente, en mis tiempos libres leía todo lo que caía en mis manos respecto a las religiones, las revistas de los Testigos de Jehová, veía el Club 700 en la tv y no me perdía un episodio del Hermano Pablo, tratando de descubrir finalmente quién tenía la razón.

Por aquél entonces fue también que empecé a leer la Biblia, una que tengo guardada hasta ahora en una de mis cajas de libros, tapas azules y hojas de papel casi transparente pintadas de rojo en su borde externo. Empecé como se debe, desde el capítulo I del Génesis y hasta el Apocalipsis. No cabe duda que hay párrafos intensos y casi literarios, también los hay oscuros y casi indescifrables. El Génesis, el Éxodo y los cuatro evangelios son sin duda alguna los más fáciles de leer. Los más complejos el Apocalipsis y los Salmos. Luego de haberla leído, he tenido que volver a leer grandes fragmentos años después porque siempre aparece alguien que me sorprende con nuevas interpretaciones de libros que me parecían claros.

Cuando tenía dieciséis era un perfecto católico moderno, es decir iba a misa los domingos y me olvidaba del asunto el resto de la semana, fumaba y tomaba con mis amigos, ya tenía algunos cachuelos entonces, contaba por tanto con algunos magros ingresos. Incluso a veces me confesaba y comulgaba para complacer a alguna enamorada y hasta iba a las procesiones. En algún oscuro punto de mi memoria puedo verme a mí mismo cargando un anda o sosteniendo la soga que separa a los cargadores de los fieles. También recuerdo que fui de peregrinación a Chapi, algunas veces con mucha fe y otras, soy franco, sin tener mayor convicción, como la mayoría de mis coetáneos.

Con mi llegada a la universidad conocí un grupo de seres humanos diferentes, ellos no se hacían problemas con nada. Leían a Nietzsche, a Platón, Sócrates, Hegel, a Marx y Engels, escuchaban a cantantes raros como Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Victor Jara y Mercedes Sosa. Se les conocía con el subversivo nombre de “Los Ateos”

Yo ya había escuchado antes a Silvio y Milanés en las fogatas del Círculo Militar, el Club Internacional y en las playas de Mejía, donde lograba colarme gracias a mis amigos pudientes, se hablaba de ellos, del Ché Guevara y de Cuba como un sueño romántico y se mezclaban las canciones con las de Sui Generis y el gran Charly. Pero esos eran revolucionarios de pose, socialistas de salón. Los que conocí en la Universidad Nacional de San Agustín eran de verdad. Daba miedo tocarlos. Se sabían el manifiesto marxista de memoria y podían refutar la existencia de Dios en cinco plumazos.

Yo estaba sinceramente impresionado, “¡O sea que la verdad era que Dios no existe! ¡Con razón ninguna religión tiene la verdad!” pensaba yo. Tenía que averiguar más acerca de Marx, Engels, Lenin y Mao Tsé Tung. Así fue que leí el Capital, no me sirvió de mucho para el tema de la búsqueda de Dios para ser franco, pero si me fue útil para no quedarme callado en los debates universitarios de balcón a balcón como en aquellos buenos tiempos. Hago un paréntesis. En aquél entonces yo tenía diecinueve años, muchos ideólogos y oradores de mi facultad tenían diecisiete, algunos ya habían sido dirigentes en sus partidos. Haya de la Torre y Mariátegui en su momento ya eran unas luminarias a esas edades. ¿Cómo es posible que hoy en día los universitarios de diecisiete y hasta veintiún años sean incapaces de elaborar un par de frases completas y su manejo del castellano sea menos que deficiente? Bueno. Los tiempos cambian.

Continuando con la historia. Lo del ateísmo no terminaba de convencerme. Me parecía una teoría de comunistas afiebrados. Además el recrudecimiento del terrorismo en esa época (ya terminaban los ochentas) desprestigiaba más el socialismo y el comunismo, y con ello el ateísmo. El social cristianismo aparecía como una ideología más vanguardista. Así que en mis años universitarios me hice social cristiano, pero no mentiré… bien pegado a la derecha. Aproveché también y con más recursos para conocer a fondo a Descartes y Nietzche entre otros.

También pasé por otros lugares que lamentablemente no les puedo contar con detalle, pero baste saber que me permitieron abrir los ojos y mirar a lugares donde no había estado mirando. Aprendí que la abundancia no tiene nada que ver con millones de dólares y que la pobreza material no tiene nada que ver con ser un buen ser humano. Una de las cosas más importantes que aprendí es que no tiene que haber EL DIOS con nombre y apellido. Estos nobles hermanos me enseñaron que basta saber que hay una fuerza superior, póngale usted el nombre que le quiera poner. Y otra cosa más importante: usted es parte de esa fuerza superior, el universo funciona en armonía, y si hubiese un Dios, digamos que es… algo así como un Gran Arquitecto.

Cada año que pasaba mi ideología política se iba posicionando cada vez más a la derecha. Claro cuando uno empieza a trabajar y tener sus propias cosas, la idea de la propiedad común ya no es tan divertida como cuando uno no tiene un quinto. Una cosa es ser el que va a recibir el patrimonio arrebatado supuestamente a los ricos, y otra cosa es distribuir el poco patrimonio que uno tiene entre los que no tienen nada, sabiendo que los ricos a la larga nunca van a ser afectados como siempre en la historia.

Sin embargo seguía con mis cuestionamientos a la Iglesia, llegué a la conclusión clara y meridiana que las iglesias sin importar cuales, todas estaban equivocadas. Casi todas ellas son grandes corporaciones que lucran con la fe de las personas. Cuando acabé mi carrera, hice una maestría en Derecho Civil, mis principales esfuerzos fueron dedicados al Derecho Romano, y así me puse a averiguar de historia, y la historia confirmó cada una mis teorías. Los comunistas decían en la universidad que la religión es el opio del pueblo, creo que es algo así, pero está muy vinculado a la falta de educación. Investigué todo lo que pude y no paré hasta los egipcios, caldeos y sumerios. Las primeras civilizaciones y sus credos. La aparición del ser humano en el planeta y lo antiguo que es nuestro sistema solar y lo bien que le fue antes que apareciese el hombre para destruir todo.

Algunos años después apareció Dan Brown y toda la polémica del Código DaVinci y aportó datos a la humanidad que para ese entonces yo ya tenía claros. En aquél entonces me declaré agnóstico con la angustia de no poder demostrar que Dios no existía pero tampoco que sí. Mi afán nunca fue demostrar la existencia o no de Dios, solo estar claro en cualquiera de las dos posibilidades. Siempre he tratado de ser consecuente con mis ideas. Admiro mucho a los ateos por su seguridad, pero siempre había algo que no me cuadraba en tanta certeza.

Lo cierto es que la fe es útil para mucha gente, y no hablo de la fe en determinado Dios o determinado credo. Me refiero a la fe. Hablar de la fe en UN Dios o en la iglesia católica es una postura obcecada. Hay gente que tiene fe en las vacas, en las ratas, en la reencarnación, en las aves carroñeras, en los rayos y truenos, en el sol, en los tigres, en los arco iris, en las piedras de colores, en las aguas de los ríos. Mientras las personas tengan fe en lo que quieran creer, y en virtud a esa fe hagan cosas para ser mejores, creo que la fe es útil si no indispensable. Si alguien cree con sinceridad en el poder de una piedra ¿Quién soy yo para imponerle otra fe en una imagen de yeso? ¿O peor aún, en un algo que no se puede tocar ni oler ni sentir y que esta persona nunca entenderá? Si usted es cristiano y viene una persona y le dice que está equivocado, que la salvación a su alma tiene que ver con renunciar a Jesús y adorar una vaca, ¿usted lo haría? ¿Entonces por qué la gente insiste en hacer exactamente lo opuesto como si solo lo opuesto fuese lo correcto?

Yo no creo en las religiones y eso es muy diferente a cuestionar la fe de las personas. Nunca he cuestionado la fe de ninguna persona pero si me pone muy mal que traten de catequizarme o evangelizarme. Reclamo tolerancia una vez más.

Bueno para terminar, un día encontré a Dios. Y no puedo decir que haya sido luego de un momento traumático o una epifanía o el resultado de una experiencia religiosa, me parece que fue resultado de esta larga búsqueda que no termina, de las lecturas de Stephen Hawking que me guió como nadie en ese camino y la información que recibí de ateos, comunistas, metafísicos, sacerdotes, mormones, pastores y hasta hechiceros y chamanes. Pero sobre todo de una búsqueda interior. Dios está dentro de uno mismo. Me sigo autodenominando agnóstico cuando me lo preguntan por contraposición, pero contraposición a las religiones, no en contraposición a la fe. Dios finalmente está donde siempre estuvo. Yo tengo la fortuna de haberlo encontrado y vivo en paz con ello. Esta nota no es una receta para encontrarlo o un mapa. Solo les cuento el camino que yo seguí. Sé también que el camino es diferente para cada uno. Lo importante es nunca perder la fe.

sábado, 29 de enero de 2011

HUMILDAD

Durante mi vida me he encontrado en diversas ocasiones con gente, que directa o indirectamente me han recomendado ser más humilde. Al parecer la humildad es considerada como una virtud de gran valía por un grupo mayoritario de personas.

No voy a entrar a discutir las definiciones del diccionario de la Academia de la Lengua o las de Wikipedia. Lo cierto es que la humildad es entre otras una virtud dentro de la estructura filosófica de un credo, como es el cristianismo. Siendo el cristianismo una religión o culto, sus normas y preceptos filosóficos son solo exigibles a quienes profesan la religión.

Exigir la humildad a todos los seres humanos no es otra cosa que un acto de intolerancia de quienes la practican. Cuando un cristiano practicante (o que cree serlo) se para frente a otro a exigirle humildad, no está haciendo otra cosa que imponer una conducta deseable o exigible para quienes comparten con él su dogma, pero a nadie más.

Ya Agustín de Hipona (uno de los más grandes filósofos de la Iglesia Católica) decía sabiamente que la humildad es una virtud curiosa, dado que precisamente en el momento que uno cree tenerla acaba de perderla. Partiendo de esa premisa aquél que exige humildad a otros debería tener la calidad moral para exigirla, es decir tendría que ser humilde. Resulta evidente que un acto de humildad básico sería el no cuestionar la falta de humildad de los otros, dado que quien exige humildad implícitamente se jacta de la suya. Por principio quien es humilde no podría imponerle humildad a otro.

En la vida real y en estos tiempos modernos parece ser que quienes exigen humildad a otros en realidad son aquellos que no soportan los logros del prójimo. Se llama a esta conducta mezquindad, y es practicada por aquél que se niega a reconocer el éxito del otro y en su afán de disminuirlo llama al titular del logro de “poco humilde” o “falto de humildad”. Si hago una retrospectiva y me fijo en quienes han cuestionado alguna vez mi falta de humildad me doy cuenta que no son aquellos que puedan ser reconocidos precisamente por sus logros o éxitos, ya sea en su vida personal, familiar o en cualquier otro aspecto.

Dos mil años de cristianismo le han enseñado a la gente que ser humilde está bien y que uno no debe jactarse de sus logros, bueno, no cuestiono esos preceptos de quienes los tienen como norma de vida, pero no son los míos. Cómo dije son preceptos del cristianismo y quien profese ese culto deberá sentirse (paradójicamente) orgulloso de ser humilde. Pero exigir conductas a otros es totalmente arbitrario, intolerante y antidemocrático.

Nieztsche (equivocado o no) cuestionó duramente el cristianismo por ser un filosofía que promueve antivalores naturales o dicho de otra manera valores contrarios a la naturaleza del hombre(desde la perspectiva del propio Nietzsche y que comparto). Hace muchos años, durante mi adolescencia y primeros años de juventud, cuando mis prójimos cristianos se encargaban de hacerme sentir sumamente mal cuando me sentía orgulloso de mis avances en el duro camino de la vida, encontrar a Nietzsche fue un verdadero alivio; encontré por primera vez a alguien que compartía mis cuestionamientos a una cultura donde incomprensiblemente la pobreza de espíritu es una garantía para lograr un lugar en el cielo. Quedó grabada en mi mente la frase del filósofo que dice: “Cuando se pisa a un gusano, este se enrolla, lo que es muy inteligente porque con ello reduce la posibilidad de ser aplastado. Ese es un ejemplo de humildad.” Yo no quiero ir a ese cielo poblado de pobres de espíritu si es que existe.

Si la humildad es tan gloriosa virtud, ¿porqué los cristianos se jactan tanto de sus propios credos? Quién no ha recibido la fastidiosa cadena de correo electrónico que dice: “Yo no me avergüenzo de decir que creo en Jesús”, ¿no es ésta una forma de orgullo? Las sectas y diversas variantes de cristianismo que existen particularmente en Latinoamérica ¿acaso no se jactan unas respecto a otras de tener la verdad en sus manos? Pero sin ir muy lejos, en nuestras propias comunidades, nuestro vecinos, ¿acaso no exigen una conducta cristiana en clara alusión que cualquier otra forma de concebir el mundo está equivocada? No es raro leer o escuchar a padres de familia o compañeros decir que gracias a Dios tienen una familia con sólidos valores cristianos. ¿Es decir que una familia no cristiana no tiene valores? ¿Sólo los cristianos merecen vivir en sociedad? ¿Qué sucede con los no cristianos? ¿Somos una especie de parias o marginales?

Resulta claro que la humildad es cuando menos una conducta esperada de quienes proclaman practicarla, pero parece que en la práctica nunca es así. Sin embargo si una persona como este aventurero escribidor habla o escribe de sus logros, de las cosas que eventualmente ha aprendido o conseguido, nunca falta un fresco que sale a exigir humildad. Esa exigencia de humildad debe traducirse como “No me restriegues en la cara las cosas que sabes o que haces”, es decir la oda a la mediocridad. Esta mala concepción de la humildad es en realidad el disfraz artero y perverso de la mediocridad. Cuando veo un post de alguno de mis queridos amigos que informa que llueve en Houston, o que el tráfico está pesado en Londres, que acaba de terminar exitosamente su doctorado en Lima, o que está organizando un gran evento empresarial en provincia, mi corazón se llena de alegría y comparto esos logros. Creo firmemente que sería mezquino reclamarles humildad. Esos logros no caen del cielo, cuestan esfuerzo, disciplina, trabajo y esmero. ¿Porqué tendrían que ocultarlos? Y si alguien sabe cosas o domina determinados temas ¿Porqué exigirle que se calle? Esos conocimientos también son el resultado de esfuerzo. La teoría del mediocre es que esos éxitos hacen más notoria su mediocridad, por eso necesita ocultarlos, opacarlos o desmerecerlos.

Cuando alguien gana una competencia, normalmente es felicitado por los demás. Es costumbre que el ganador le diga a los otros competidores: “¡Buen trabajo! Sigue intentándolo.” Pero esa frase también hay que ganársela: esa frase se brinda al competidor que estuvo al nivel adecuado en toda la competencia. Ya sea que uno sea el ganador o perdedor, recibir o dar esa frase tiene mérito si uno puso todo el alma, empeño, corazón y talento en la brega. Esa frase no se la merece el mediocre. El mediocre que sólo compitió para probar suerte, no sólo no colaboró, si no que fue un estorbo, contribuyó a disminuir el nivel y además, es ese precisamente el que va a reclamar humildad al ganador. Nuevamente: “No me restriegues tu éxito en la cara”, es decir la apología de la mediocridad. En cambio el que perdió haciendo su mejor esfuerzo comparte el triunfo y la gratificación del ganador. Los ganadores se edifican entre sí. Los mediocres se disminuyen entre sí y tratan de disminuir los logros de los ganadores.

Seguramente alguien se sentirá aludido leyendo este texto y pensará que estoy equivocado. Puede ser, pero tengo el derecho constitucional a estar equivocado, a la libre expresión y decir lo que pienso. No profeso el cristianismo, por tanto no se me pueden exigir los valores de ese credo. Mi dignidad de ser humano me permite defender mi punto de vista y las hipótesis que formule sobre mí mismo. No aconsejo el ataque artero de quien se sienta descrito en estos párrafos, puesto que si además se jacta de ser cristiano, deberá en todo caso poner la otra mejilla y orar por la salvación de mi alma, ya que yo no lo haré.

La vida es una competencia desde que se nace, algunos lamentablemente nacen en entornos donde las oportunidades son mínimas o no existen, hay otros que nacen con mejores oportunidades y otros que hacen sus propias oportunidades a pulso. Tristemente hay muchos que desperdician valiosas oportunidades y luego les atribuyen la culpa a los demás, a la vida o a la suerte. Lo cierto es que cada uno está permanentemente compitiendo en su entorno. Cada uno de nosotros es consecuencia de nuestras propias decisiones. Hoy en día, y recordando mi lugar y medio de origen, rechazo al reclamo de humildad que me haga cualquier mediocre. Lo que sé y lo que tengo no cayó del cielo, es producto del esfuerzo y de años de rigurosa disciplina y trabajo. Me jacto de ello.

martes, 4 de enero de 2011

¡POR DIOS, YO NO SOY ATEO!

Recuerdo alguna ocasión cuando dictaba clases de derecho romano en la universidad, que dediqué una sesión a explicar el paso de la etapa romana politeísta al cristianismo y cómo este último contribuyó con la caída del Imperio Romano de Occidente, parte de la explicación tocó tangencialmente el Concilio de Nicea y la discusión que se llevó a cabo en este acerca de la divinidad de Jesús. Cuando terminó la clase y yo salía por el pasillo, se me acercó una alumna y en absoluta actitud cucufata me dijo:
-Doctor, no se preocupe Dios lo va a perdonar por ser ateo.
Me dejó sin habla y difícilmente pude explicarle que yo no soy ateo. Llegué a la conclusión de que no me iba a entender jamás y luego de un breve intento di por terminada la discusión y me fui.

Situaciones como la que acabo de contar me han sucedido incontables veces luego de explicar mis puntos de vista acerca de la religión y en particular sobre la Iglesia Católica. No sé por qué me cuesta tanto hacer entender que cuando hablo de la Iglesia Católica me refiero a la institución histórica. Aprendí con estos años que los creyentes son hipersensibles, siempre están a la defensiva y cuando uno habla de las instituciones históricas, normalmente responden con argumentos de fe. Lo siento mucho, lamento comunicarles que no son compatibles. En defensa de los creyentes diré que no se puede discutir la fe con argumentos históricos y adicionalmente en mi defensa, no se puede discutir la historia con afirmaciones de fe.

Yo no le tengo mucho afecto a la Iglesia Católica desde el punto de vista histórico. Desde la repartición y venta de bulas papales, pasando por los escandalosos Borgia, los excesos de la Inquisición y hasta el timorato papel que desempeñó en la Segunda Guerra Mundial, cuando debió haber condenado valientemente el holocausto y no lo hizo, la Iglesia Católica ha demostrado no representar a quienes debería, es decir a los más pobres, afligidos y humildes. No es casualidad que sea una de las instituciones con mayor patrimonio en el mundo.

Adicionalmente la Iglesia Católica, como cualquier organización religiosa, tiene una estructura vertical y autoritaria que no es compatible con la idea de democracia. Los dogmas religiosos no pueden discutirse, es una premisa básica de cualquier religión, en tanto estos son dictados por la divinidad y trasladados a los creyentes por medio de sus jerarcas o profetas. El miembro de una iglesia no puede someter un dogma al voto. Ese es otro elemento que me hace alejarme de cualquier forma de culto, secta o religión. No puedo aceptar la imposición de ideas per se por parte de otras personas aunque esta idea tenga origen presuntamente divino.

En mis afectos personales, sí le tengo un profundo cariño a la Iglesia, pero no a esa Iglesia Católica histórica, si no a la real y cotidiana, la de Francisco de Asís o Teresa de Calcuta. Cuando yo tenía cuatro o cinco años, mi madre sufría enormemente por su separación con mi padre, que se produjo poco antes de mi nacimiento. Ella me arreglaba y peinaba como niño bueno y me llevaba caminando hasta las iglesias del centro de Arequipa. Ella me enseñó a persignarme con agua bendita al entrar y a ser respetuoso con los santos. Siempre íbamos a los altares con las imágenes de los santos mejor calificados para resolver situaciones imposibles. Mi madre a veces de pie y a veces de rodillas, rezaba con una intensidad que me conmovía y siempre terminaba llorando. Yo sentía que realmente conversaba con Dios o con el santo de turno que nos observaba impasible desde su urna de vidrio. No recuerdo haber visto en mi vida a alguien más tener conversaciones tan personales con Dios o los santos.

Mientras mi madre rezaba y lloraba, yo miraba cada detalle de las imágenes, las aterradoras y violentas imágenes de los cristos azotados y sangrientos, las apacibles de los santos sepulcros y las de latente tensión de los crucificados. Los santos imponentes con sus trajes en perfecta compostura y las vírgenes Marías de mirada lánguida y expresión de sufrimiento. En mi mente impresionable de aquella época calaron fuertemente tres imágenes: El simpatiquísimo San Francisco de Asís de la plaza del mismo nombre en la calle Zela, las colosales imágenes de mármol de los doce apóstoles en la Catedral y el Diablo de madera de la base del púlpito del mismo templo.

Siempre sentí que mi madre hallaba consuelo en esos andares por las iglesias de Arequipa, sus sufrimientos eran tan graves que ella siempre me llevaba a dos o tres en una misma mañana. Sentía como si fuésemos a pedir audiencia con las principales autoridades de la ciudad, así se conducía mi madre con los santos de su devoción. Yo siempre terminaba enojado con ellos porque presentía que a pesar de la fe con la que mi madre pedía, nunca le concedían lo solicitado.

Con los años aprendí que la fe es importante para personas como mi madre, personas que necesitan del consuelo y comprensión que la mayoría de personas no tienen la capacidad de dar. Es por eso que pienso que más que los templos o las religiones, la fe es un pilar fundamental para miles de cientos de personas. Soy consciente de ello y por eso soy respetuoso de la fe individual que profesa cada persona. Sin embargo, me causa una profunda decepción que muchos de los creyentes que conozco sean tan fundamentalistas que pretendan catequizar a cuanta persona esté a su lado y peor aún, satanizar y lapidar socialmente a quienes no compartimos su credo. Es contradictorio que quienes predican el amor y la tolerancia, no sean tolerantes con quienes no comparten su fe. Cuando converso con personas con esa actitud, de inmediato viene a mi mente cuánto deben haber sufrido las pobres víctimas de la Inquisición, más que por las heridas, por la incapacidad de refutar las arbitrariedades de sus inquisidores.

Otro asunto que me llama poderosamente la atención es que la mayoría de gente confunda al ateo con el agnóstico. El ateo implica negación directa de Dios, el ateo afirma que Dios no existe, mientras que el agnóstico es aquél que no cree lo que no puede ser demostrado por los sentidos. El Diccionario de la Real Academia define el agnosticismo como la “Doctrina filosófica que niega al entendimiento humano la capacidad de llegar a comprender lo absoluto y sobrenatural: el agnosticismo, a diferencia del ateísmo, no niega la existencia de Dios. No confundir con gnosticismo”. Cabe citar al biólogo Thomas Henry Huxley, creador del término agnóstico cuando decía: “Yo no afirmo ni niego la inmortalidad del hombre. No veo razón para creer en ella pero tampoco tengo ningún medio para desaprobarla.”

Así el agnóstico poco instruido pensará que la existencia de Dios es poco probable, porque sus cinco escasos sentidos no pueden contribuir a demostrarla. A diferencia un agnóstico medianamente preparado y leído, sin llegar a demostrar la existencia de Dios, podría llegar a pensar que la física cuántica, las investigaciones en neurología y los avances en astronomía, brindan por lo menos indicios razonables de la existencia de una entidad que engloba todo cuanto existe y que dicha entidad tiene vida y consciencia. Me adscribo a este último grupo sin ningún ápice de falsa modestia.

Algunos llaman a esta entidad Dios, en otras culturas recibe otros nombres. Yo le llamo universo. No niego que hay aspectos de diversas religiones, sectas o cultos que me atraen. Pero sólo aspectos, no he encontrado una religión, secta, culto o creencia que me atraiga en su integridad. Son interesantes los tratamientos del placer de las diversas vertientes del hinduismo, me gusta la idea de la existencia de un paraíso de placeres sensuales después de la muerte de los musulmanes y me resulta divertida la apertura en cuanto a lo sexual de muchas sectas evangélicas y cristianas del Brasil. Sin ánimos de ofender a nadie, creo adicionalmente que no hay nada como ser Rastafari para tener la excusa perfecta para fumarse un tronchito y no bañarse; los rituales mágicos del Vudú para hacerse el zombi o la búsqueda del yo interno con el Ayahuasca para meterse un viaje en primera clase al mundo de la imaginación más afiebrada.

Como verán, espero que tengan claro que sí creo en una forma de Dios o divinidad y me apena no poder demostrar su existencia. En los santos no creo, entre otras razones porque no se dieron el trabajo de escuchar a mi mamá. Soy agnóstico y espero ser tolerado y comprendido. Antes de pronunciarse acerca de las creencias de otros, hay que pensarlo un poquito, no como una secretaria que tenía a la que le estuve explicando que soy agnóstico y me contestó:
- ¡Ah! Ateo.
- No, agnóstico – le precisé.
- ¡Ah! Como los gnósticos… ¿esos que creen en los gnomos, ángeles y esas cosas no? ¡Qué lindo!