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domingo, 7 de mayo de 2017

LA PAZ SEA CON VOSOTROS (Cuento)

Había adquirido la tardía costumbre de asistir a misa pues, pese a mi actual agnosticismo, había sido educado en un hogar católico y las iglesias, sobre todo las coloniales, siempre me habían proporcionado un cálido sentimiento de paz y aislamiento. Tal vez por ello empecé a ir de nuevo, recordando el rito, pero sin comulgar. Fue así que un día, en la misma banca solitaria que elegía adrede cerca al altar, pues era la zona menos concurrida, se sentó al otro extremo una mujer mayor, tal vez tendría unos setenta, solitaria, encorvada, el cabello cano y corto, modestamente vestida, lenta, taciturna, con unas bolsas viejas que colocaba bajo la banca y un sombrero de tela que puso a su costado. Yo la miraba de reojo. Advertí que cuando algún otro feligrés se acercaba, particularmente las mujeres, sin importar si eran jóvenes o señoronas, se alejaban y buscaban otro lugar cuando se percataban de su presencia.

Cuando antes de la consagración, el sacerdote nos encomendó darnos fraternalmente la paz unos a otros, yo hice lo de siempre, apunté al vecino más cercano de la banca de adelante y le hice una venia y un gesto de saludo con la mano, en otras ocasiones si podía, lo hacía con un apretón de manos y me quedaba reflexionando en mi sitio. Esta vez sin embargo observé a mi vecina, que por su aislamiento parecía ser portadora de algún germen contagioso pues nadie se le acercaba, con una mezcla de indignación y ternura, caminé firme los seis o siete pasos que nos separaban y le di unas palmadas suaves y afectuosas en la espalda curva y le dije:
– La paz sea con usted.
– La paz sea con usted, joven.  – me contestó al tiempo que me tomaba del antebrazo.

Regresé a mi sitio reconfortado por haberle dado la paz a esta dulce señora, con algo de pecaminoso orgullo por haber sido mejor cristiano que mis vecinas y feliz porque hace tiempo nadie me decía “joven”. Al salir de la misa, como siempre, culminé mi ritual dominical yendo a la cafetería frente a la plaza y pedí un café expreso acompañado de algún pastelillo. Mientras miraba la gente pasar y disfrutaba del sol radiante, pensé en esta dulce ancianita. Recordé a mi madre, que debe andar por esa edad también, me acariciaron los recuerdos de ella yendo a misa todos los domingos, siempre sola. Cuando éramos más chicos, nos llevaba. A mí me llevó varias veces. Aprendí a admirar y rendir culto a esas imágenes impasibles y todopoderosas, a añorar el olor de cera caliente, de los inciensos, a disfrutar la solemnidad, el rito murmurado, el silencio, la soledad… luego, al igual que mis hermanos mayores, cuando nos hicimos grandes y librepensadores según nosotros, nadie quería ir con ella. Me arrepentí, debí ir siempre acompañándola, cada día, hasta antes de irme de la ciudad.

Así fueron pasando las semanas. Cada domingo sin importar si estuviese en la misma banca o no, caminaba hasta donde mi vecina al momento de la paz y se la expresaba con mis suaves y  afectuosas palmadas en esa noble espalda cargada de años, ella me devolvía el afecto palmeando mi antebrazo o a veces el dorso de mi mano. Mi vecina ocasional siempre buscaba no estorbar, solo se sentaba cerca de la gente si por alguna festividad, la iglesia estaba llena, y si no, buscaba sitios vacíos, al igual que yo. Ella notaba que la gente la rechazaba, en mi caso yo rechazaba a la gente.

Un día, como siempre, esperaba ver dónde se sentaba para calcular mi ruta al momento de la paz, sin embargo no llegó. Quedé consternado. ¿Qué  habría pasado? No fue lo mismo, ese día por primera vez no fui a tomar café.

La siguiente semana tampoco vino, no pude concentrarme en la misa. Pasé la hora pensando en dónde podría estar o qué le habría pasado. A esa edad, sería natural, por decirlo de algún modo que le pasara algo. ¿Por qué tanto desasosiego? ¿Y si la buscaba? ¿Dónde? Terminó la misa y fui a tomar un café, esta vez llovió.

Esa semana, luego del trabajo, caminé todas las tardes por la ciudad, por las calles polvorientas de los barrios pobres, por los pasajes estrechos de los sectores peligrosos, por las trasversales de las principales avenidas, buscando, preguntando, describiéndola, ¿Conoce una señora así? ¿Qué cómo se llama? Pues, no sé, pero tiene el cabello asá, las bolsas, el sombrero…. Nadie me daba razón. Algunos la recordaban vagamente, una señora que vendía algo, pero nadie recordaba qué, otros me decían que recogía cosas, tal vez era recicladora, alguien también me dijo que vendía flores, pero nadie sabía dónde vivía. En lo que coincidieron todos era en que no la habían visto últimamente.

El siguiente domingo tampoco vino, pensé si tal vez estaba yendo a otra iglesia, si fuese así  ¿a cuál? Si la próxima semana iba a las otras iglesias corría el riesgo de que regresara y no verla. ¿Todas las iglesias tienen misa a la misma hora? No lo sabía. Se me ocurrió que tal vez estaba asistiendo en otro horario. Al salir pasé por la oficina del obispado y obtuve un papel con todos los horarios de las misas en el centro de la ciudad. Ese día regresé a la misa de doce y la de las siete de la noche y logré asistir a otras tres misas en dos iglesias distintas. No la vi. Esa noche mientras trataba de conciliar el sueño, me hundí en una densa soledad y tuve ganas de morir.

Una semana después, totalmente desesperanzado, me ubiqué en la banca de siempre. Mientras el coro entonaba el Santo, la vi entrar, con el paso cansino y muy delgada. Se sentó en la misma banca que yo, en el otro extremo. Participé de la misa con genuino gozo, cuando llegó el momento de la paz, me acerque a ella y la abracé:
– La paz sea con usted – le dije.
– La paz sea con usted, joven.  – me contestó y lloré en sus brazos.

* * *

Era evidente que había estado enferma. Luego de darle la paz, me quedé sentado a su lado. Al salir, con la idea de que podría estar necesitando algo y que yo estaba en condiciones de ayudarla, la acompañé tomándola del brazo hasta la salida. Cuando estuvimos afuera de la iglesia, le pregunté despacio y con todo el afecto que pude:
– ¿Está bien?
– Sí – me contestó – pero estuve muy preocupada por usted joven.
– ¿Por mi? – reaccioné sorprendido – ¿por qué?
– Porque no había nadie que le de la paz todos estos domingos.

martes, 19 de febrero de 2013

LA RENUNCIA DEL PAPA


Como todos saben no soy religioso. Creo en una divinidad, un ser superior, pero no confío en las instituciones religiosas. Tengo fe en que un día el Perú sea un estado laico y que el credo de cada uno sea un tema del ámbito de la intimidad personal. Es decir realmente libre, tan libre que nadie sea discriminado por tener un culto distinto y tan libre que nadie se vea en la posición de tener que ser catequizado o convertido contra su voluntad.

Pese a que la Iglesia Católica ya no es el credo mayoritario que muchos creen, para mejor información, esta afirma que de los siete mil millones de habitantes que tiene el mundo, mil millones son católicos, sumados a ellos los evangélicos, protestantes y otros, los cristianos llegarían a los dos mil millones (según los reportes de estos credos).

El Islam en todas sus variantes afirma llegar a los mil setecientos millones. Las personas sin religión llegarían al impresionante número de mil cien millones y el hinduismo a los mil millones. No son despreciables tampoco novecientos millones que tendrían las religiones tradicionales chinas.

En otras palabras, cerca del veintiocho por ciento de la población mundial sería cristiana y solo el catorce por ciento católica. Los musulmanes tendrían un importante veinticuatro por ciento, las personas sin credo un quince por ciento, los hindúes otro catorce por ciento y trece por ciento las religiones tradicionales chinas.

El agudo lector a este punto ya debe haberse dado cuenta que los porcentajes ya superan el noventa y cuatro por ciento de la población mundial. Faltan todavía contabilizar las etnias africanas, asiáticas y americanas, el budismo, el resto de credos minoritarios y se apreciará que se supera fácilmente el cien por ciento que deberían sumar todos los credos.  Es decir que hay más creyentes que pobladores del planeta. 

Bueno, esto tiene una explicación lógica: Como los números son aportados por cada credo, estos tienden a inflar sus números. Adicionalmente una segunda variable es el hecho de que una misma persona puede reportar varios credos a la vez, en primer lugar porque en realidad es politeísta y en un segundo, pero no menos importante término, porque muchas personas se reportan como creyentes o no dependiendo de requerimientos que hacen las instituciones públicas o privadas en función a los beneficios que puedan recibir de estas o los requisitos que imponen para proveer de determinados servicios. Ejemplo de ello, muchos colegios que exigen que los padres sean católicos por citar uno.

El saber estos datos estadísticos ayuda mucho para entender las falacias de los fundamentalistas. No existe una religión universal. Nadie se va a condenar por no conocer una determinada religión. Sin importar el credo, lo importante es sencillamente vivir con rectitud.

Regresando al tema de fondo, el Papa resulta ser el líder de un importante catorce por ciento de la población e influye de manera indirecta en otro catorce por ciento. Es por ello que el actual Papa tomando en cuenta este liderazgo, decide, inteligentemente creo yo, renunciar.

Me explico: La regla establece que el cargo es vitalicio. Esta es la regla general. Esto es importante desde el punto de vista de unidad. No es apropiado para un credo tener pugnas por el poder y si las hay, estas deben estar ocultas y estar distanciadas cuanto más se pueda en el tiempo. Por ello también existe la regla del cónclave cerrado. Los espectadores de afuera percibimos una elección en ambiente de santidad. No siempre ha sido así y nada nos garantiza que ahora sea distinto.

El Papa es consciente de que la realidad no es la misma que en la Edad Media, en esa época en el mejor de los casos el Papa agonizante era recluido y cuidado en sus aposentos hasta su deceso. Era fácil pasar desapercibido. En la actualidad el puesto de Papa está mediatizado, la experiencia de los últimos meses de Juan Pablo II mostraron lo difícil que es permanecer en el cargo cuando el cuerpo no da para más. Por cierto Juan Pablo II tenía un prestigio y un aura que le permitió obtener el respeto del mundo pese a su lamentable estado. Ratzinger no es Juan Pablo II y él lo sabe.

Siendo así, el cálculo es brillante. Un Papa debilitado no le hace ningún bien a la Iglesia Católica y ahora menos que nunca. Ratzinger sabe esto y sabe también que los problemas que afronta su rebaño requieren con urgencia de un prelado con la disposición de ánimo y fortaleza física suficientes como para reconducir sus principales políticas.

Dicho esto, mi posición personal es que es demasiado tarde como para que la Iglesia Católica pueda retomar el rol protagónico que tuvo en su momento. La globalización no lo permitirá pese a sus bien intencionados intentos, como por ejemplo la cuestionable cuenta de Twitter. Me parece que se requieren serias reformas, nuevos principios, lamentablemente la iglesia no tiene los mecanismos necesarios para modificar el dogma sin perder más credibilidad. Pese a ello mi pensamiento está con los católicos creyentes de corazón, quienes depositan buena parte de su fe en el Papa como vocero de Dios en la tierra, conforme sus preceptos. 

sábado, 24 de diciembre de 2011

SIN ENGAÑARNOS: ¿QUÉ ES LA NAVIDAD ACTUAL?

No es necesario ahondar a estas alturas del siglo XXI en el tema de que el veinticinco de diciembre no es la fecha real del nacimiento de Jesús, y que lo que estamos celebrando es en realidad el cambio de estación – a verano en el hemisferio sur e invierno en el hemisferio norte – y que tanto árboles, como papá noeles, calcetines y guirnaldas no tienen nada que ver con un antiguo pueblo hebreo subyugado por el Imperio Romano hace más de dos mil años.

¿Pero qué es la navidad actual? Sin engañarnos. Honestamente.

¿Será acaso que en el interior de las personas realmente mora un espíritu de paz y amor referido al nacimiento del niño Jesús? ¿Todas las personas que usan este argumento realmente lo comprenden? Y si es así, ¿Cuál es ese mensaje de paz y amor? ¿Hemos comprendido el mensaje si existe alguno?

Si el nacimiento de Jesús se aborda desde la perspectiva de la religión, dudo mucho que sea un mensaje de paz. El nacimiento de Jesús y el advenimiento del cristianismo generaron una serie de conflictos de grandes magnitudes propiciados precisamente por la fe. Desde los enfrentamientos en Roma contra los cristianos primitivos, pasando por las cruzadas y los recientes enfrentamientos en medio oriente. A ello súmense los saqueos e invasiones en las colonias de América, África y Oriente en nombre de la fe y los estragos causados por la Inquisición y se verá que la religión no ha aportado paz precisamente.

Sigue entonces la pregunta, ¿a qué nos referimos con mensaje de paz y amor?

Al parecer el mensaje no tiene que ver con el nacimiento de Jesús si no con su palabra. No importa si se es agnóstico, ateo, musulmán, cátaro, cristiano o hindú, el mensaje tiene validez, siempre que quien lo enarbole como bandera haga de él una práctica diaria y permanente.

Tengo mis serias dudas acerca de que la Navidad sea realmente hoy, en medio de tanto mensaje mediático, en medio del libre mercado y la era de la información, una fecha de reflexión.

El sistema mediático ha generado una presión de tal magnitud que incluso quien tiene claro que la navidad no tiene el significado que se le pretende atribuir – como yo – se encuentra con un grave problema en la propia fecha por la expectativa que el sistema genera en quienes están a nuestro alrededor, sobre todo en los niños que son las víctimas inocentes de este perverso sistema. ¿Cómo explicar a estos niños que la expectativa generada en ellos es producto de los medios? Al final resulta más barato en términos de costo – beneficio comprarles un regalo, y al parecer eso es precisamente lo único que quieren los comercios.

Si la presión es tan fuerte para quienes tienen medios económicos como para comprar regalos, no quiero siquiera imaginar cómo debe ser para quienes no cuentan con los recursos, lo que normalmente terminan endeudándose por encima de su capacidad adquisitiva o en muchos casos son empujados a delinquir.

Es evidente que un obsequio en navidad o rendirse a la agradable sensación de compartir solo por el día, no resuelve el problema de nadie. Ni del que da ni del que recibe.

Los romanos respecto a la justicia tenían un concepto interesante. No decían que la justicia fuese la acción de dar a cada quien lo que correspondiese. Decían inteligentemente que la justicia es la permanente voluntad de dar a cada quien lo que le corresponde. Lo mismo puede aplicarse a la paz y el amor. Sin importar la definición, debe ser una conducta permanente para que pueda dar frutos.

Siento que la navidad hoy es una festividad llena de hipocresía, con clara responsabilidad de ello por parte de los comercios y los medios que finalmente son comercios también y se rinden al poder económico de los anunciantes.

Seamos honestos, no me lo diga a mí, yo no lo voy a juzgar en la medida que al igual que usted soy una víctima complaciente de la hipocresía imperante. Dígaselo a usted mismo, reflexione. ¿Piensa en Jesús y su palabra cuando está metido en la vorágine de los supermercados escogiendo un regalo? ¿Piensa en ese mensaje cuando abre su billetera y paga? ¿Reflexiona respecto al amor a sus semejantes cuando firma el voucher de su tarjeta de crédito? ¿Piensa en la parábola de los talentos o la de la viuda cuando está horneando el pavo o el lechón? ¿Recuerda la frase “ama a tu prójimo a como a ti mismo” cuando está discutiendo con la dependiente que no lo quiere atender en el mercadillo o grita severamente a los irresponsables que no separaron el pavo por el que usted pagó por adelantado? ¿Piensa en la parábola del buen samaritano cuando a su lado asaltan a alguien y usted corre con sus bolsas a tomar el taxi más próximo?

Hace poco una amiga decía que no iba a encender luces de navidad en homenaje a los niños que no tienen luz y que no iba a preparar abundante comida para estas fiestas en homenaje a los niños que no tienen qué comer. Bueno está bien, pero es el mismo fenómeno, si solo es por navidad no tiene ningún sentido de orden práctico. Es el mismo sentimiento falso pero en orden inverso. En lugar de dar, no doy, pero solo por la fecha. Ahorremos energía eléctrica todo el año y nunca preparemos más comida de la que realmente necesitamos. Si no se hace eso se incurre en el error de pretender resolver el problema de otros mediante un inteligente mecanismo de prestidigitación que hace nuestro ego para hacernos creer que somos mejores, cuando en realidad no hemos resuelto el problema de nadie.

Hoy yo, como usted, también compraré regalos, buscaré el punto medio en su precio: ni tan caros que me hagan menear la cabeza ni tan baratos que me hagan quedar mal. Los forraré en papel regalo y los entregaré como parte de un ritual que no tiene nada que ver con el nacimiento de Jesús y el mensaje de paz y amor que este legó.

sábado, 8 de octubre de 2011

EN BUSCA DE DIOS

Todo empezó con la prematura conversión al credo mormón por parte de mi hermano mayor, Jorge Luis, al que llamamos Tony. No tengo muy claro por qué él en particular se convirtió. Yo tengo una serie de posibles hipótesis, pero ninguna comprobable, así que no abundaré más en el tema.

En aquél entonces yo debo haber tenido unos siete años tal vez. El tiempo es un poco borroso pero si puedo recordar claramente los hechos. Como recordarán los que leyeron mi nota llamada “¡Por Dios, yo no soy ateo!” publicada el mes de enero del dos mil once en este mismo blog, durante mi temprana infancia recorrí prácticamente todas las iglesias del centro de la ciudad de Arequipa acompañando a mi acongojada madre en sus oraciones. Entiendo que por una cuestión generacional mi madre suponía que lo más natural era que todos sus hijos resultásemos católicos como ella, pero en los años setenta el mundo cambiaba.

Una cosa que yo agradezco mucho fue el que gracias a Tony nos hubiésemos topado con la religión mormona, sus altos valores morales (a pesar de que muchos de sus detractores digan lo contrario) ayudaron mucho que nuestra familia se mantuviese fuera de la delincuencia o las drogas que eran muy comunes en el barrio que nos tocó vivir por esos años.

Como toda religión, la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días (¡vaya nombre!) se preocupaba mucho de que sus fieles hicieran tarea de evangelización en sus propias familias primero. Así fue que por iniciativa y a veces intensa insistencia de Tony fuimos recibiendo a los primeros misioneros o élderes mormones. El elder Taylor es el que más recuerdo. Un gringo amable que le tomó mucho cariño a la familia y asumió el reto de bautizarnos a todos. Era interesante para nosotros que a duras penas contábamos un televisor en blanco y negro a tubos, ver los modernos dispositivos electrónicos que traían los misioneros a nuestras casas y permitían proyectar filminas en una de las paredes de la sala (que hasta ahora recuerdo llenas de huecos de las marcas de incontables clavos) convirtiendo la casa en una especie de mini cine. Yo me imagino que eso debe haber sido hasta un símbolo de estatus, que los vecinos tan pobres como nosotros vean entrando a nuestra casa a estos apuestos gringos de camisa blanca, corbata y plaquita negra de acrílico con su nombre en el bolsillo izquierdo para darnos las “charlas” de evangelización y los lunes por la noche enseñándonos como se hacía una “noche de hogar.”

Lo cierto es que nos bautizamos todos, excepto mi mamá que es cien por ciento católica y mi hermana menor Charo que en aquél entonces era muy pequeña. Tampoco recuerdo mucho si mi hermana mayor lo hizo, pero tengo absoluta certeza que todos los demás sí, los cinco hermanos.

Como consecuencia de la herencia genética de nuestros padres, la disciplina militar de papá y la bondad infinita de mamá, nos tomamos bastante a pecho el asunto y nos hicimos buenos mormones por un tiempo.

A esa corta edad, que calculo debe haber sido entre mis ocho y doce años, obtuve como premio mil dudas en lugar de respuestas. Si bien habían cosas divertidas como las “noches de talentos” y las “reuniones dominicales” que eran los equivalentes a las misas católicas y que eran mucho más activas y participativas que estas últimas, lo cierto es que también habían cosas que me mostraron la cara verdadera del mundo real. Para en aquél entonces yo ya llevaba bastantes libros leídos y era bastante difícil que me cuenten cuentos, sobre todo porque una de las primeras cosas que leí en la vida fueron los veinte tomos de la enciclopedia “El Tesoro de la Juventud” como ya también les conté en otra nota.

Lo primero que me causó una mala impresión fue el ahínco con el que se empeñaban los jerarcas distritales de la iglesia mormona en desacreditar a la iglesia católica. Si algún mormón o de cualquier otro credo lee esto, un consejo: no funciona, sobre todo para quienes tenemos la capacidad de cuestionar el entorno aunque tengamos tan solo once años. ¿No se supone que uno debe hablar más de sus méritos que de las falencias de la competencia? Me sentía como en un grupo de adoctrinamiento. Si bien los principios de castidad, honorabilidad y moral de la iglesia mormona eran muy sólidos, las personas que tenían la tarea de educar a los miembros en el credo hacían muy mal trabajo. Entonces vino el problema. Una de las principales razones por las que acepté bautizarme, era porque el elder Taylor (que para entonces ya se había ido) me contestaba todas las preguntas y me aseguró que una vez siendo miembro encontraría más respuestas. Eso me daba una enorme luz en el camino, ya que los sacerdotes católicos que había conocido hasta ese entonces, incluido el capellán del ejército que oficiaba en mi colegio, resolvía todos mis cuestionamientos con respuestas similares a estas: “Eso es un sagrado misterio” o “Dios dijo no me tientes con preguntas…”

En la iglesia mormona sucedió lo mismo, la historia de José Smith – que fue el fundador estadounidense de la religión – que descubrió gracias a la aparición del ángel Moroni una planchas de bronce y oro con escritura parecida a la cuneiforme con la palabra de Dios, la venida de Jesús a América, el viaje de Lehí y su familia cruzando el atlántico usando una antigua brújula entregada por Dios llamada Liahona, la historia de los lamanitas, los nefitas, la muerte de estos últimos en manos de los primeros y el castigo divino de Dios de oscurecer la piel de los lamanitas y que constituyó el origen de los pueblos Mayas, Incas, Aztecas, Cherookes y etc. Todo ello era muy consistente desde el punto de vista histórico, hasta el punto de que el asunto empezaba a cojear para mí de la misma pata donde cojean casi todas las religiones. Una prueba de carbono 14 a las planchas de bronce y listo, resuelto el problema de la religión verdadera. Pero no, el ángel Moroni por encargo de Dios, le había pedido a José Smith que le entregue las planchas luego de que las tradujo para llevarlas al cielo. Nuevamente nada comprobable, un nuevo libro: el libro de mormón, con origen incierto y nada más.

A pesar de esos problemas bien pude haberme quedado feliz con ese credo. A pesar de la insistencia con la que cobraban el diezmo (que era la décima parte de lo que uno no tenía, por lo menos en mi caso en esa época) y la necesidad de ser misionero y evangelizador todo el tiempo y en particular al cumplir los dieciocho años como una especie de servicio militar obligatorio.

Lo malo es que a pesar de las claras reglas, como la castidad, el cuidado del cuerpo (los mormones no consumen alcohol, tabaco, té, café, bebidas gaseosas negras, etc.) la observancia de la moral, la humildad, el amor al prójimo y la decencia, vi que casi nadie observaba esas reglas, en particular los más recalcitrantes defensores del credo y terminaban comportándose como las viejas cucufatas católicas que yo tanto había detestado.

Así que para hacerla corta, un día me salí. Me fui a recorrer a mis tempranos trece el mundo de las drogas y el rock and roll, con la esperanza de que el sexo llegue pronto también. Sin embargo en mi mente siempre me quedaba la duda de quién tenía finalmente la razón. Los mormones habían tratado de manipularme vilmente, había una frase que se usaba mucho en la iglesia que decía más o menos así: “Dios ve con mejores ojos el día del juicio final a quienes nunca tuvieron la oportunidad de conocer la verdad, que a aquellos que conociendo la verdad, le dieron las espaldas.” En clara alusión que la iglesia mormona era la única verdad. Es decir el código de la mafia. Sabes demasiado como para irte y el castigo es que Dios te va a mandar al infierno en la entrevista de rigor en el juicio final. A pesar de mi edad me di cuenta de lo bajo del truco. Con esa idea en mente, en mis tiempos libres leía todo lo que caía en mis manos respecto a las religiones, las revistas de los Testigos de Jehová, veía el Club 700 en la tv y no me perdía un episodio del Hermano Pablo, tratando de descubrir finalmente quién tenía la razón.

Por aquél entonces fue también que empecé a leer la Biblia, una que tengo guardada hasta ahora en una de mis cajas de libros, tapas azules y hojas de papel casi transparente pintadas de rojo en su borde externo. Empecé como se debe, desde el capítulo I del Génesis y hasta el Apocalipsis. No cabe duda que hay párrafos intensos y casi literarios, también los hay oscuros y casi indescifrables. El Génesis, el Éxodo y los cuatro evangelios son sin duda alguna los más fáciles de leer. Los más complejos el Apocalipsis y los Salmos. Luego de haberla leído, he tenido que volver a leer grandes fragmentos años después porque siempre aparece alguien que me sorprende con nuevas interpretaciones de libros que me parecían claros.

Cuando tenía dieciséis era un perfecto católico moderno, es decir iba a misa los domingos y me olvidaba del asunto el resto de la semana, fumaba y tomaba con mis amigos, ya tenía algunos cachuelos entonces, contaba por tanto con algunos magros ingresos. Incluso a veces me confesaba y comulgaba para complacer a alguna enamorada y hasta iba a las procesiones. En algún oscuro punto de mi memoria puedo verme a mí mismo cargando un anda o sosteniendo la soga que separa a los cargadores de los fieles. También recuerdo que fui de peregrinación a Chapi, algunas veces con mucha fe y otras, soy franco, sin tener mayor convicción, como la mayoría de mis coetáneos.

Con mi llegada a la universidad conocí un grupo de seres humanos diferentes, ellos no se hacían problemas con nada. Leían a Nietzsche, a Platón, Sócrates, Hegel, a Marx y Engels, escuchaban a cantantes raros como Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Victor Jara y Mercedes Sosa. Se les conocía con el subversivo nombre de “Los Ateos”

Yo ya había escuchado antes a Silvio y Milanés en las fogatas del Círculo Militar, el Club Internacional y en las playas de Mejía, donde lograba colarme gracias a mis amigos pudientes, se hablaba de ellos, del Ché Guevara y de Cuba como un sueño romántico y se mezclaban las canciones con las de Sui Generis y el gran Charly. Pero esos eran revolucionarios de pose, socialistas de salón. Los que conocí en la Universidad Nacional de San Agustín eran de verdad. Daba miedo tocarlos. Se sabían el manifiesto marxista de memoria y podían refutar la existencia de Dios en cinco plumazos.

Yo estaba sinceramente impresionado, “¡O sea que la verdad era que Dios no existe! ¡Con razón ninguna religión tiene la verdad!” pensaba yo. Tenía que averiguar más acerca de Marx, Engels, Lenin y Mao Tsé Tung. Así fue que leí el Capital, no me sirvió de mucho para el tema de la búsqueda de Dios para ser franco, pero si me fue útil para no quedarme callado en los debates universitarios de balcón a balcón como en aquellos buenos tiempos. Hago un paréntesis. En aquél entonces yo tenía diecinueve años, muchos ideólogos y oradores de mi facultad tenían diecisiete, algunos ya habían sido dirigentes en sus partidos. Haya de la Torre y Mariátegui en su momento ya eran unas luminarias a esas edades. ¿Cómo es posible que hoy en día los universitarios de diecisiete y hasta veintiún años sean incapaces de elaborar un par de frases completas y su manejo del castellano sea menos que deficiente? Bueno. Los tiempos cambian.

Continuando con la historia. Lo del ateísmo no terminaba de convencerme. Me parecía una teoría de comunistas afiebrados. Además el recrudecimiento del terrorismo en esa época (ya terminaban los ochentas) desprestigiaba más el socialismo y el comunismo, y con ello el ateísmo. El social cristianismo aparecía como una ideología más vanguardista. Así que en mis años universitarios me hice social cristiano, pero no mentiré… bien pegado a la derecha. Aproveché también y con más recursos para conocer a fondo a Descartes y Nietzche entre otros.

También pasé por otros lugares que lamentablemente no les puedo contar con detalle, pero baste saber que me permitieron abrir los ojos y mirar a lugares donde no había estado mirando. Aprendí que la abundancia no tiene nada que ver con millones de dólares y que la pobreza material no tiene nada que ver con ser un buen ser humano. Una de las cosas más importantes que aprendí es que no tiene que haber EL DIOS con nombre y apellido. Estos nobles hermanos me enseñaron que basta saber que hay una fuerza superior, póngale usted el nombre que le quiera poner. Y otra cosa más importante: usted es parte de esa fuerza superior, el universo funciona en armonía, y si hubiese un Dios, digamos que es… algo así como un Gran Arquitecto.

Cada año que pasaba mi ideología política se iba posicionando cada vez más a la derecha. Claro cuando uno empieza a trabajar y tener sus propias cosas, la idea de la propiedad común ya no es tan divertida como cuando uno no tiene un quinto. Una cosa es ser el que va a recibir el patrimonio arrebatado supuestamente a los ricos, y otra cosa es distribuir el poco patrimonio que uno tiene entre los que no tienen nada, sabiendo que los ricos a la larga nunca van a ser afectados como siempre en la historia.

Sin embargo seguía con mis cuestionamientos a la Iglesia, llegué a la conclusión clara y meridiana que las iglesias sin importar cuales, todas estaban equivocadas. Casi todas ellas son grandes corporaciones que lucran con la fe de las personas. Cuando acabé mi carrera, hice una maestría en Derecho Civil, mis principales esfuerzos fueron dedicados al Derecho Romano, y así me puse a averiguar de historia, y la historia confirmó cada una mis teorías. Los comunistas decían en la universidad que la religión es el opio del pueblo, creo que es algo así, pero está muy vinculado a la falta de educación. Investigué todo lo que pude y no paré hasta los egipcios, caldeos y sumerios. Las primeras civilizaciones y sus credos. La aparición del ser humano en el planeta y lo antiguo que es nuestro sistema solar y lo bien que le fue antes que apareciese el hombre para destruir todo.

Algunos años después apareció Dan Brown y toda la polémica del Código DaVinci y aportó datos a la humanidad que para ese entonces yo ya tenía claros. En aquél entonces me declaré agnóstico con la angustia de no poder demostrar que Dios no existía pero tampoco que sí. Mi afán nunca fue demostrar la existencia o no de Dios, solo estar claro en cualquiera de las dos posibilidades. Siempre he tratado de ser consecuente con mis ideas. Admiro mucho a los ateos por su seguridad, pero siempre había algo que no me cuadraba en tanta certeza.

Lo cierto es que la fe es útil para mucha gente, y no hablo de la fe en determinado Dios o determinado credo. Me refiero a la fe. Hablar de la fe en UN Dios o en la iglesia católica es una postura obcecada. Hay gente que tiene fe en las vacas, en las ratas, en la reencarnación, en las aves carroñeras, en los rayos y truenos, en el sol, en los tigres, en los arco iris, en las piedras de colores, en las aguas de los ríos. Mientras las personas tengan fe en lo que quieran creer, y en virtud a esa fe hagan cosas para ser mejores, creo que la fe es útil si no indispensable. Si alguien cree con sinceridad en el poder de una piedra ¿Quién soy yo para imponerle otra fe en una imagen de yeso? ¿O peor aún, en un algo que no se puede tocar ni oler ni sentir y que esta persona nunca entenderá? Si usted es cristiano y viene una persona y le dice que está equivocado, que la salvación a su alma tiene que ver con renunciar a Jesús y adorar una vaca, ¿usted lo haría? ¿Entonces por qué la gente insiste en hacer exactamente lo opuesto como si solo lo opuesto fuese lo correcto?

Yo no creo en las religiones y eso es muy diferente a cuestionar la fe de las personas. Nunca he cuestionado la fe de ninguna persona pero si me pone muy mal que traten de catequizarme o evangelizarme. Reclamo tolerancia una vez más.

Bueno para terminar, un día encontré a Dios. Y no puedo decir que haya sido luego de un momento traumático o una epifanía o el resultado de una experiencia religiosa, me parece que fue resultado de esta larga búsqueda que no termina, de las lecturas de Stephen Hawking que me guió como nadie en ese camino y la información que recibí de ateos, comunistas, metafísicos, sacerdotes, mormones, pastores y hasta hechiceros y chamanes. Pero sobre todo de una búsqueda interior. Dios está dentro de uno mismo. Me sigo autodenominando agnóstico cuando me lo preguntan por contraposición, pero contraposición a las religiones, no en contraposición a la fe. Dios finalmente está donde siempre estuvo. Yo tengo la fortuna de haberlo encontrado y vivo en paz con ello. Esta nota no es una receta para encontrarlo o un mapa. Solo les cuento el camino que yo seguí. Sé también que el camino es diferente para cada uno. Lo importante es nunca perder la fe.