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sábado, 24 de diciembre de 2011

SIN ENGAÑARNOS: ¿QUÉ ES LA NAVIDAD ACTUAL?

No es necesario ahondar a estas alturas del siglo XXI en el tema de que el veinticinco de diciembre no es la fecha real del nacimiento de Jesús, y que lo que estamos celebrando es en realidad el cambio de estación – a verano en el hemisferio sur e invierno en el hemisferio norte – y que tanto árboles, como papá noeles, calcetines y guirnaldas no tienen nada que ver con un antiguo pueblo hebreo subyugado por el Imperio Romano hace más de dos mil años.

¿Pero qué es la navidad actual? Sin engañarnos. Honestamente.

¿Será acaso que en el interior de las personas realmente mora un espíritu de paz y amor referido al nacimiento del niño Jesús? ¿Todas las personas que usan este argumento realmente lo comprenden? Y si es así, ¿Cuál es ese mensaje de paz y amor? ¿Hemos comprendido el mensaje si existe alguno?

Si el nacimiento de Jesús se aborda desde la perspectiva de la religión, dudo mucho que sea un mensaje de paz. El nacimiento de Jesús y el advenimiento del cristianismo generaron una serie de conflictos de grandes magnitudes propiciados precisamente por la fe. Desde los enfrentamientos en Roma contra los cristianos primitivos, pasando por las cruzadas y los recientes enfrentamientos en medio oriente. A ello súmense los saqueos e invasiones en las colonias de América, África y Oriente en nombre de la fe y los estragos causados por la Inquisición y se verá que la religión no ha aportado paz precisamente.

Sigue entonces la pregunta, ¿a qué nos referimos con mensaje de paz y amor?

Al parecer el mensaje no tiene que ver con el nacimiento de Jesús si no con su palabra. No importa si se es agnóstico, ateo, musulmán, cátaro, cristiano o hindú, el mensaje tiene validez, siempre que quien lo enarbole como bandera haga de él una práctica diaria y permanente.

Tengo mis serias dudas acerca de que la Navidad sea realmente hoy, en medio de tanto mensaje mediático, en medio del libre mercado y la era de la información, una fecha de reflexión.

El sistema mediático ha generado una presión de tal magnitud que incluso quien tiene claro que la navidad no tiene el significado que se le pretende atribuir – como yo – se encuentra con un grave problema en la propia fecha por la expectativa que el sistema genera en quienes están a nuestro alrededor, sobre todo en los niños que son las víctimas inocentes de este perverso sistema. ¿Cómo explicar a estos niños que la expectativa generada en ellos es producto de los medios? Al final resulta más barato en términos de costo – beneficio comprarles un regalo, y al parecer eso es precisamente lo único que quieren los comercios.

Si la presión es tan fuerte para quienes tienen medios económicos como para comprar regalos, no quiero siquiera imaginar cómo debe ser para quienes no cuentan con los recursos, lo que normalmente terminan endeudándose por encima de su capacidad adquisitiva o en muchos casos son empujados a delinquir.

Es evidente que un obsequio en navidad o rendirse a la agradable sensación de compartir solo por el día, no resuelve el problema de nadie. Ni del que da ni del que recibe.

Los romanos respecto a la justicia tenían un concepto interesante. No decían que la justicia fuese la acción de dar a cada quien lo que correspondiese. Decían inteligentemente que la justicia es la permanente voluntad de dar a cada quien lo que le corresponde. Lo mismo puede aplicarse a la paz y el amor. Sin importar la definición, debe ser una conducta permanente para que pueda dar frutos.

Siento que la navidad hoy es una festividad llena de hipocresía, con clara responsabilidad de ello por parte de los comercios y los medios que finalmente son comercios también y se rinden al poder económico de los anunciantes.

Seamos honestos, no me lo diga a mí, yo no lo voy a juzgar en la medida que al igual que usted soy una víctima complaciente de la hipocresía imperante. Dígaselo a usted mismo, reflexione. ¿Piensa en Jesús y su palabra cuando está metido en la vorágine de los supermercados escogiendo un regalo? ¿Piensa en ese mensaje cuando abre su billetera y paga? ¿Reflexiona respecto al amor a sus semejantes cuando firma el voucher de su tarjeta de crédito? ¿Piensa en la parábola de los talentos o la de la viuda cuando está horneando el pavo o el lechón? ¿Recuerda la frase “ama a tu prójimo a como a ti mismo” cuando está discutiendo con la dependiente que no lo quiere atender en el mercadillo o grita severamente a los irresponsables que no separaron el pavo por el que usted pagó por adelantado? ¿Piensa en la parábola del buen samaritano cuando a su lado asaltan a alguien y usted corre con sus bolsas a tomar el taxi más próximo?

Hace poco una amiga decía que no iba a encender luces de navidad en homenaje a los niños que no tienen luz y que no iba a preparar abundante comida para estas fiestas en homenaje a los niños que no tienen qué comer. Bueno está bien, pero es el mismo fenómeno, si solo es por navidad no tiene ningún sentido de orden práctico. Es el mismo sentimiento falso pero en orden inverso. En lugar de dar, no doy, pero solo por la fecha. Ahorremos energía eléctrica todo el año y nunca preparemos más comida de la que realmente necesitamos. Si no se hace eso se incurre en el error de pretender resolver el problema de otros mediante un inteligente mecanismo de prestidigitación que hace nuestro ego para hacernos creer que somos mejores, cuando en realidad no hemos resuelto el problema de nadie.

Hoy yo, como usted, también compraré regalos, buscaré el punto medio en su precio: ni tan caros que me hagan menear la cabeza ni tan baratos que me hagan quedar mal. Los forraré en papel regalo y los entregaré como parte de un ritual que no tiene nada que ver con el nacimiento de Jesús y el mensaje de paz y amor que este legó.

jueves, 23 de diciembre de 2010

LA CASA FRENTE AL ARBOL (Cuento)

Era veintitrés de diciembre y junto con Mateo habíamos llegado a Puerto Maldonado. Apenas atravesamos la puerta de salida del avión, el bochorno nos tomó desprevenidos metiéndose por las botas de los pantalones, subiendo por el vientre hacia las axilas y el cuello. Cuando bajamos las escaleras nuestras camisas ya estaban empapadas de sudor. Mateo resoplaba y repetía bajito entre dientes:
– ¡Putamare... qué calor!
Yo simplemente no podría hablar, sólo caminaba por la pista de aterrizaje para llegar pronto a la sombra, levantando un poco los brazos a ver si algo de aire se metía por las mangas de mi camisa.

Una vez que recogimos las maletas y la caja salimos del aeropuerto para tomar un taxi, nos avasallaron como veinte sujetos con bermudas y polos sudados ofreciéndonos transporte. Mateo preguntó la tarifa a ciegas mirando a cualquier lado y uno de los taxistas gritó:
– ¡Diez soles jefe! – mientras señalaba un motocar destartalado, rojo y amarillo.
– No, no, mucho – dijo Mateo
Se acercó en ese momento por mi derecha un muchacho bajito, con la piel tostada por el inclemente sol.
– Yo lo llevo por cuatro patrón –me dijo, llamé a Mateo y le hice señas con las manos para irnos con este chofer. Empezamos a caminar con dificultad entre los otros taxistas, arrastrando nuestras maletas y la caja. Seguimos al muchacho hasta que apareció ante nuestra vista una moto lineal. Con el calor, la sed agobiante y el brillo del sol, pensé que se trataba de una broma de mal gusto. Mateo me miraba por encima de sus lentes oscuros con una cara de enorme sorpresa y cansancio que daba risa a pesar de las circunstancias.
– ¿Este es tu taxi? - le dije - ¿En esto nos vas a llevar a los dos?
– ¿Cómo cree patrón? – Sonrió – Aquí sólo puedo llevar a uno, el otro se va con él – y señaló a otro motociclista parado a dos metros que nos miraba con una amplia sonrisa perforada por la pérdida de un diente delantero.
– ¿Y las maletas… y la caja? – exclamé.
– Se acomodan nomás – me contestó con serenidad.

Finalmente pagamos los diez soles y nos fuimos en el motocar destartalado del primer taxista, en todo el camino del aeropuerto a la ciudad no vimos ni un sólo automóvil que pareciera taxi, al parecer todos los taxis eran del tipo motocar o moto lineal. En el trayecto casi no pudimos siquiera conversar por el ruido del motor de nuestro transporte.

Al llegar al hotel abrimos las maletas y separamos la caja, era grande y era un encargo especialísimo para la tía Ethel. Días antes, cuando mencionamos nuestro viaje de vacaciones al Brasil, mi madre sin dejar de hacer sus quehaceres me dijo:
– Lucas, ¿Le llevas un encarguito a tu tía Ethel, un paquetito chiquito nomás?
Mi tía Ethel vive hace más de ocho años en Madre de Dios, así que sin pensarlo mucho acepté considerando que sería una buena oportunidad de ver un rato a la familia lejana. El día anterior y unas tres horas antes de salir hacia el aeropuerto de Arequipa, mamá se apareció en mi departamento seguida por un sufrido taxista que llevaba una enorme caja entre sus brazos.
– Aquí te dejo la cajita hijito – me dijo – Ahí encima le he pegado un papelito con la dirección, no te olvides dárselo antes de la navidad, me la saludas a tu tía ¿ya?
Se dio la vuelta y solo atiné a asentir con la cabeza, la vi alejarse hacia el taxi discutiendo con el taxista porque éste le quería aumentar la tarifa debido que la caja era muy pesada, arrastré como pude la caja dentro del departamento y cerré la puerta farfullando y pensando en el lío en el que me había metido.

Luego de descansar unos minutos en el hotel, revisé la dirección en el papel que mi madre con cuidado había pegado y plastificado con cinta adhesiva sobre la caja. Tomé nota y salí a la calle a buscar un taxi. Después de mucho caminar encontré un paradero de autos de transporte interprovincial. Me acerqué a los choferes para preguntarles, miraron la dirección en el papel y ninguno se ofreció a llevarme a pesar de que les indiqué que no iba a regatear el precio. Uno de ellos me señaló a un chofer que dormitaba en su auto, un station wagon Toyota blanco.
– El Wayki te puede llevar – me dijo – su carro tiene doble tracción.
Me aproximé al llamado Wayki y le pregunté si me podía llevar a la dirección del papel. Bostezó mostrándome todos sus dientes y prodigándome de aliento a cerveza rancia.
– Te llevo papi – me dijo, – pero vamos preguntando en el camino, yo soy nuevo aquí papito.

Nos fuimos al hotel a recoger la caja, con la ayuda de Mateo y el Wayki la colocamos en la maletera, compramos cinco botellas de agua y le regalamos al Wayki una y un halls, en el camino nos iba contando que había dejado el Cusco porque lo habían cesado de su puesto de chofer en Essalud y luego no había podido encontrar nada para mantener a su familia. Le habían dicho que en Madre de Dios había trabajo y lo único que sabía hacer era manejar, así que ahora estaba aquí desde hacía dos semanas alquilando este carro mientras se establecía.

Poco antes de salir de la ciudad el Wayki preguntó por la dirección y le dieron las indicaciones del caso, salimos de Puerto Maldonado y nos internamos durante una hora por una de esas trochas de barro rojo típicas de la selva. A medida que avanzábamos la vegetación se hacía más tupida y oscura. Mateo y yo nos mirábamos con miedo pero disimulando con sonrisas nerviosas, vimos unos monos, un venado y varios tucanes, de pronto el Waiky se detuvo y nos preguntó:
Papi, hasta acá nomás conozco yo, ¿de aquí a dónde sigo?

Estábamos en medio de la selva y frente a nosotros se abrían dos trochas, no tenía la menor idea. No había a quién preguntar. Nos bajamos del carro y dimos unas vueltas sin alejarnos mucho. Decidimos seguir por la trocha que parecía más transitada y mejor cuidada.
–Si nos vamos a perder, por lo menos que sea en una trocha en buen estado – dije, y cerré la puerta del carro mientras el Wayki encendía el motor.
Cuatrocientos metros más adelante vimos a un hombre caminando con botas de jebe y machete en mano. Nos acercamos, le pregunté desde el auto por la casa de la señora Ethel Rodríguez.
– La señora Ethel, si conozco – dijo – como a dos kilómetros por esta pista hay una casita de unos nativos, de ahí tienen que entrar a la derecha.
– Gracias – le dije y nos pusimos en marcha.

Efectivamente más adelante había una casa de tablas de madera con techo a dos aguas cubierto con hojas de plátano, en la entrada estaba sentada una mujer que vestía sólo una falda pequeña, hecha de un cuadrado de tela y cubriendo sus senos, dejando su vientre al descubierto, tenía un polo viejo de Iron Maiden. De su cuello colgaban varios collares hechos con piezas de madera, semillas y otras cosas indescifrables. Sobre sus rodillas descansaba un niño al que, pude presumir, le estaba extrayendo los piojos de la cabeza. El Wayki hizo sonar la bocina del carro y salió un hombre menudito y enjuto de sonrisa grande y amarilla, tenía el torso desnudo, estaba vestido únicamente con un short maltrecho de esos que se usan para jugar el fútbol donde todavía se podía leer el número diez. Le pregunté por la casa de la señora Ethel Rodríguez.
– Allá adentro – me contestó con el típico acento de la selva y señalando hacia la espesura – vas siguiendo por este pasto y pasando está la casa, justo frente al árbol.
Efectivamente había un claro y luego el monte, yo veía cientos de árboles, castaños, mangos, bananos y otros que nunca había visto en mi vida. Miré al nativo de nuevo y le dije:
– ¿Cuál árbol?
– De acá se lo mira, ahí está el árbol y en su frente… la casa – me replicó señalando al bosque.

Pensé que la casa debía estar cerca si desde aquí se podía distinguir el árbol, por supuesto que yo no veía ninguna casa entre la espesura.
– ¿Y cómo es la casa señor? –repliqué con toda la amabilidad de la que fui capaz.
– ¡De madera pues! – me contestó el nativo al borde de la impaciencia.

Si ánimos de mayor discusión, le agradecí y nos encaminamos en medio del monte. El Waiky silbaba, yo creo que de contento por la tarifa que nos iba a aplicar después de tremendo viaje. Avanzamos bosque adentro y yo ansioso, buscaba alguna casa en medio de tanto árbol y no vi nada. Dimos como cinco vueltas y nada, puro árbol y nada de casas. Desistí. La verdad me dio un miedo aterrador de perderme si nos alejábamos más de la trocha. Mateo coincidió conmigo y volvimos rumbo a la casita del nativo. Una vez allí, le ofrecí dinero para que nos acompañe hasta la casa de la tía Ethel. Aceptó. Subió al carro, tal cual estaba, sin polo y sin zapatos. Le iba indicando al Wayki la ruta y de pronto, luego de aproximadamente media hora de viaje, apareció una linda casa de madera en medio del monte, que daba inicio a una bonita hacienda con un pequeño lago en el medio.
– Ahí está la casa de la señora – me dijo el nativo, con una sonrisa – ¡juácil ve!
Lo miré con cólera reprimida y le pregunté:
– ¿Pero dónde está el árbol? –tratando de vengarme.
Entonces con su mano pequeña y áspera, me señaló un enorme e impresionante árbol cuya base tendría unos seis metros de diámetro cuando menos. El Wayki, Mateo y yo nos quedamos con la boca abierta. Nunca había visto un árbol tan grande que no fuera en la televisión o los libros, su altura fácilmente alcanzaba los sesenta metros o más. Seguramente su copa se podía ver desde la carretera, nunca se nos ocurrió siquiera intentar ver por encima de los árboles. Repuesto de la impresión, me puse en plan de mal perdedor y le dije a mi guía:
– ¡Ja! ¿Pero cómo íbamos a saber que ese era el árbol al que te referías? ¡Este lugar está lleno de árboles por todos lados!
– ¡Ah…! –Me contestó el nativo burlándose de mi ignorancia y luego, premunido por la autoridad que le concedían siglos de conocimientos ancestrales, señalando el coloso espécimen, declaró:
Ese es un árbol señor, los otros son palos nomás.

lunes, 20 de diciembre de 2010

MIS REGALOS DE NAVIDAD

De alguna manera siempre supe que Papa Noel era un invento. Hasta donde alcanzan mis recuerdos, tuve siempre la certeza de que los adultos compraban los regalos para los niños. Sospecho que los adultos parten (partimos) de la premisa que los niños son estúpidos. Lo cierto es que tal vez sean inocentes, pero estúpidos nunca. Normalmente se vuelven estúpidos después, cuando interactúan con nosotros, los adultos y les contagiamos nuestra estupidez.

En mi casa la navidad llegaba más bien temprano, a pesar de la estrechez económica, mi madre siempre se las arreglaba para adornarla con gracia y ella misma confeccionaba las guirnaldas con la ayuda de mis hermanas. Se ahorraba dinero para una cena decente el día veinticuatro, que es uno de los recuerdos más gratos de mi niñez. Hasta hoy Semana Santa y Navidad están catalogadas en mi memoria como fechas de comer bien, mucho y rico.

Mi madre tenía la costumbre de comprarnos obsequios modestos precisamente la noche del veinticuatro, recuerdo verla salir a las seis de la tarde luego de dejar las ensaladas y otros platillos listos, acompañada de mis hermanas mayores, a fin de hacer las compras navideñas. Retornaba casi siempre a las diez u once de la noche, con prisa, nos enviaba a los más chicos a ver la televisión mientras envolvía los presentes en papel de regalo y los colocaba bajo el árbol (los árboles de plástico eran un lujo, el nuestro era de alambre forrado con papel crepé) pocos minutos antes de dar las doce de la noche.

En un inicio pensé que mi madre lo hacía con la finalidad de mantener el suspenso y la magia de la navidad, más adelante descubrí que era porque mi padre (que no vivía en casa con nosotros) le daba el poco dinero de las compras el mismo día veinticuatro por la tarde.

Mi padre, militar del Ejército Peruano, vivía con otra mujer en otra casa y con otros hijos, como la mayoría de los padres de este país. Claro que la que ostentaba la partida de matrimonio era mi madre, lo que le permitía afirmar con dignidad que la mujer con la que vivía mi padre era la otra, cosa que por cierto, en la práctica no sirve para nada más que para el auto consuelo. Mi madre en su infinita bondad y dignidad nunca pensó siquiera en demandar a mi papá.

Resulta entonces que además de mis seis hermanos que vivían conmigo y mi mamá, tenía dos hermanos más en otra casa, menores que yo en seis y siete años, un hombre y una mujer. Nunca me costó trabajo entender el concepto. Siempre me pareció muy natural además. Es lo bueno de nacer en una familia disfuncional: Los traumas no te joden la niñez. La desventaja es que regresan en la etapa adulta a revolverte la vida.

Las primeras navidades de la infancia, como decía fueron gratas. Un hermano de mi padre se fue a Estados Unidos a estudiar medicina y se quedó por allá a vivir. Venía cada tres años por las fiestas y traía regalos. Además de mi tío era mi padrino de bautizo, así que al menos los primeros años me tenía cierta consideración. Recuerdo que un año que me trajo una radio AM amarilla con la figura de Mickey Mouse, el brazo del ratón señalaba el dial con mano envuelta en un guante blanco y además venía con un micrófono que permitía usar la radio como un altavoz. Fue uno de los mejores regalos que tuve. Casi nunca lo usé. Como buenos pobres, mi madre lo guardó para usarlo en ocasiones especiales. Pasó mucho tiempo guardado, recuerdo haberlo visto muchas veces. Lo miraba sobre la mesa, lo miraba y lo remiraba. Lo usé muy poco. Mi madre hizo un esfuerzo y cuando se acabó la batería con la que vino, compró otra. Cuando esa segunda batería se acabó no volvió a sonar. Solo lo miraba. Un día en mi inocencia y creatividad, conseguí un cable mellizo y un enchufe viejo. Desarmé la radio y con mucho cuidado corté los cables de la radio que conectaban la batería y los uní con los extremos del cable mellizo. Con pedazos de cinta adhesiva usada cubrí las juntas y listo. Recuerdo claramente el momento, en el dormitorio que compartía con mis hermanos, sobre el planchador, allí estaba la radio, enchufé y encendí… de inmediato un sonido fulminante y seco, un par de chispas y el fuerte olor a plástico quemado. Doscientos veinte contra nueve voltios, una lucha desigual. Ese fue el fin de la radio de Mickey Mouse.

Otro regalo invaluable fue el que me hizo mi padre cuando tenía cinco o seis años. Era el paquete de Mis Ladrillos que no estoy seguro, pero creo que era de Lego. Eran solo piezas de diversos colores y tamaños y de muy buena calidad. Venían puertas ventanas y techos a dos aguas de plástico verde. El resto lo hacia uno mismo. Esos ladrillos se convirtieron en mis mejores amigos durante toda mi niñez. Fueron casas primero, luego pirámides, animales, cajas, cofres de tesoros, desbaraté un par de carritos de plástico viejos y usé sus ruedas para hacer tanques de guerra, vehículos intergalácticos, naves espaciales, cohetes y todo lo que pude en los cinco o seis años que me acompañó, hasta que me hice adolecente.

Quienes me conocían bien en mi niñez (que eran muy pocos) sabían que un paquete de plastilina me hacía mucho más feliz que un dulce o una gaseosa. Todavía recuerdo el olor característico de la plastilina al abrirse el paquete para convertirse en rosas primero, árboles verdes con sus manzanas rojas, luego en animales actuales y prehistóricos, arañas con su telaraña, bolicheras, ballenas y finalmente en los pilotos y componentes de las naves que fabricaba con Mis Ladrillos.

A pesar de que aprendí a leer muy chico, y que siempre me encantó la lectura y todos lo sabían, solo una vez en toda mi vida me han regalado un libro en navidad y eso fue cuando ya estaba cerca de los treinta años. El libro fue “Del amor y otros demonios” de García Márquez. En mi niñez nunca.

Cuando tenía doce o trece años, no recuerdo bien, mi padre fue a casa a buscarme un día veinticuatro de diciembre. Para esa época los regalos navideños eran cada vez más modestos. Hoy en día podría afirmar que eran casi por cumplir. Sin embargo la ilusión de su llegada aún se mantenía. En esa oportunidad me pidió que lo acompañe al centro, fuimos por la calle Mercaderes y las aledañas, que en esa época y para navidad se convertían en un mercado persa. Mi padre me hablaba y yo no le prestaba atención. Solo miraba y miraba todas las maravillas en los puestos ambulantes, los camioncitos de bomberos a pilas, los autos que daban vueltas sobre sí mismos, los robots que caminaban torpemente, pensaba en ¿qué regalo especial escogería mi padre para mí? Era la primera vez que me buscaba en navidad, nunca antes me había pedido que lo acompañe a hacer compras un veinticuatro de diciembre.

Caminamos largo rato en esa tarde nublada pero calurosa por la gran cantidad de personas en el centro de la ciudad. Mi padre compró luces, guirnaldas, una muñeca, luego otra, pensé que una de ellas sería para mi hermana Charo, menor que yo en seis años y coetánea con los hijos de mi padre en su segundo compromiso. Seguíamos caminando y mi padre preguntando por juguetes y sus precios. Yo esperando detrás de él. De cuando en cuando señalaba algo y me preguntaba si me gustaba. Yo siempre contestaba que sí. El preguntaba el precio y continuaba. Yo estaba tan contento. Me imaginaba regresando a mi casa con el paquete y mostrando a mis hermanos el regalo que mi papá me había llevado a comprar.

Se iba haciendo tarde, mi padre compró silenciosamente un robot a pilas, un carrito a control remoto y los hizo envolver. Los guardó en la bolsa junto con las otras cosas y caminó conmigo siempre hablándome de cosas de la vida y los estudios. Empezamos a alejarnos del centro, llegamos a la calle Melgar, un hombre sobre el piso vendía unas cajas con piezas pequeñas para armar cosas, una versión más humilde y de mucha menor calidad que Mis Ladrillos. Me detuve y me quedé mirando, mi padre volvió sobre sus pasos, miró el juego y preguntó el precio. Compró uno. Me alegré, ese juego junto al carrito o el robot sería fantástico, pensaba cuál de ellos sería para mí, el otro tenía que ser para su hijo Alexeí, tampoco es que yo quisiera todo.

Seguimos caminado y llegamos al edificio del Seguro Social, allí mi padre se detuvo, me indicó que él iba a seguir por El Filtro, para ir a su casa en Selva Alegre. Me pidió que regrese a la mía con cuidado, me deseó feliz navidad y se fue. Me quedé totalmente frio, con lo poco que me restaba de fortaleza caminé con las manos vacías hacia la calle San Pedro. Caminé rápido tratando de asimilar: ¿Porqué mis manos estaban vacías? El sudor frio recorría mi nuca y mi espalda. Caminé más rápido, casi corriendo. Llegué en pocos minutos a la Plaza de San Antonio y de allí a mi casa eran dos cuadras más. Una última esperanza me dijo que espere a la noche. Tal vez mi padre envolvería mi regalo y lo enviaría con alguna persona. Esperé. Esa noche esperé pacientemente los regalos. No había nada. Solo los calcetines y la ropa interior que mi madre siempre hacía el esfuerzo de comprarnos con sus ahorros. Charo si recibió juguetes, todavía tenía siete años y era la única niña de la casa. Me di cuenta por primera vez que yo ya no era un niño.

A pesar de todo mantuve las esperanzas hasta el día siguiente, nada pasó. Aún hoy en día no puedo entender por qué mi padre hizo eso conmigo. Trato de entenderlo. Supongo que quiso darme a entender que yo ya era un adolecente y que la ilusión de la navidad había terminado para mí. No tenía porque hacerlo así, de esa manera tan cruel y malvada. Eso estaba bien para sus soldados, pero yo era su hijo. Solo tenía que decírmelo, yo lo hubiese entendido.

Lo cierto es que mi papá cumplió bien su cometido, mató la navidad en mí de un solo tiro. Los años luego me hicieron lo agnóstico y racionalista que soy. Compro regalos de navidad como parte de una convención social. No veo la navidad de otra manera. Precisamente hoy debo comprar el presente para el intercambio de regalos que tendremos en la oficina. Cada vez que eso sucede tengo la tentación de meter los treinta soles en un sobre y colocar encima Feliz Navidad, firmarlo y entregárselo a mi sorteado. Ese soy yo ahora, te lo debo a ti papá.