Harry Manzur me había pedido que lo acompañe a la selva unos meses antes, yo a mis veinticinco aún andaba buscando vocación y no me costó trabajo aceptar la oferta. Eran los noventas e íbamos a apoyar a un viejo amigo suyo que había creado algunas empresas allá y necesitaba personas de confianza para iniciar o continuar actividades. Ya nos habíamos acostumbrado al calor y a la comida de la zona. Iquitos ya era entonces una ciudad grande y se podían ver los rastros del oscuro progreso que habían dejado el caucho y el tráfico de drogas. En esos años la ciudad tenía no solo dos universidades, una pública y otra privada, si no también un Centro Cultural Peruano Norteamericano y una sede de la Alianza Francesa, así como importantes museos y casas culturales.
Sin embargo lo fuerte de la ciudad era el entretenimiento, enormes discotecas, salones de baile de música local con fuerte influencia de melodías colombianas y brasileñas. Los fines de semana eran un eterno y bullanguero verano tropical a la rivera del Amazonas o uno de su afluentes, el Nanay principalmente, donde íbamos en deslizadores cortesía de Carlos - el amigo de Harry y ahora jefe de ambos - y que abordábamos en las instalaciones del Club de Caza y Pesca.
Era sábado y durante la mañana habíamos conocido a dos muchachas en uno de esos paseos a la playa ribereña. Lo habíamos pasado bien y habíamos quedado en volver a salir en la noche, esta vez a bailar. Habiamos descansado un poco en la casa que Carlos había puesto a nuestra disposición y donde vivíamos a punta de comida traída por delivery y que gracias a la amabilidad de una señora que venía a limpiar los domingos y se llevaba la ropa para lavarla, se mantenía en cierto orden. No recuerdo haber usado la cocina nunca, salvo para hervir agua y preparar café. Lo que no olvido de aquella época es el balcón de la casa, pues desde allí se podía ver en toda su plenitud el río Amazonas cuyo malecón quedaba a tan solo una cuadra de distancia. Eran atardeceres de acuarelas de diferentes tonalidades de rojos, rosas, naranjas y amarillos con ese marco verde propio de la selva, con reverberaciones doradas producto del sol languideciente, que solían dejarme embriagado de nostalgia. Esa vez, luego de ducharme, salí al balcón; estaba despejado y vi el ocaso una vez más. Me quedé pensando por algunos minutos en lo incierto de mi destino, llevaba varios meses en una ciudad acogedora pero extraña y aun no decidía qué hacer con mi vida, luego me despabilé y toqué la puerta de la habitación de Harry para irnos a comer, me contestó que no tenía hambre y aún estaba de sueño, así que decidí adelantarme a pie por mi cuenta.
Fue esa noche que ocurrió la epifanía. Resulta que Harry conducía un Jeep Wrangler descapotado y casi siempre me llevaba a donde quisiera ir pues tenía mucho tiempo libre y le gustaba manejar. Yo conocía la ciudad desde esa perspectiva vehicular y la ruta de peatón era un poco diferente, pues en Iquitos la mayor parte de vías del centro de la ciudad eran de un solo sentido. Así que en esta oportunidad me desplacé caminando despreocupado por calles desconocidas adornadas por árboles de copa frondosa e iluminadas por tenues luces neón mientras reflexionaba en el futuro, mi futuro.
Mientras andaba desprevenido, se me apareció ante los ojos un casa antigua con una ventana muy alta aunque no tan ancha que daba a la calle. En el exterior tenía algunos barrotes de metal y sus hojas estaban abiertas de par en par. Del ella salía una luz amarilla apacible y cuando me acerqué pude ver en el interior de la habitación, en el centro, un escritorio de madera, sobre él una lámpara - de la que emanaba la luz - y un hombre sentado que tecleaba una maquina de escribir. Tenia puesta una camisa blanca de lino abierta del cuello y con las mangas por los codos, usaba lentes y fumaba. Alrededor de él estantes repletos de libros y otros apilados también sobre el escritorio. Me quedé estupefacto por algunos segundos. Eso era exactamente lo que yo quería ser. Quería ser escritor, pero no en una cómoda oficina de ciudad; quería ser un escritor como este señor al que estaba viendo desde la calle como si se tratara de una aparición.
Después en el restaurante frente a la plaza de armas medité sobre el asunto. Debía pensar si volvería a la sierra para seguir con el trabajo de oficina que había dejado allá. Ya había escrito algunas cosas pero básicamente como distracción. Tenía que decidir si mi vocación recién descubierta era más viable en la selva recóndita o en una ciudad metropolitana. Me llamaba la atención la selva, sus olores, su gente, el paisaje y sus colores exuberantes. Desde el primer día que pisé su suelo pensé que era un lugar mágico y solo desde que la conocí pude comprender a plenitud las novelas de García Márquez que había leído años atrás.
Estaba ensimismado pero feliz pensando en ello cuando llegó Harry, yo ya había cenado y tomamos una cerveza ligera para conversar, le conté de lo que me había pasado y se alegró. Él también le tenía cariño a la selva y de hecho había estudiado la primaria allí, así que podía comprender mi fascinación. Luego subimos al Jeep y empezamos a pasear por la ciudad en tanto hacíamos hora para recoger a las chicas.
Mientras paseábamos, Harry, sin dejar de conducir, sacó de la guantera una cinta de casette y la puso en el auto radio. Ceremonioso me preguntó si conocía a la banda Toto, "¡claro!" le contesté. Era música con la que había pasado mi adolescencia. Entonces, cual pacto secreto, me dijo seriamente: "Esta canción tiene mucha energía, por eso, no importa donde te encuentres ni cuánto haya pasado, cuando escuches esta canción, siempre, siempre te vas a acordar de Iquitos." Luego presionó el botón de play y empezaron a sonar las notas de África, una de las canciones mas conocida de la agrupación. Miré el horizonte a través del parabrisas y pensé que efectivamente aquella era la banda sonora de ese momento de mi vida. Como en una película, al ritmo de la canción, recorría la ciudad por las calles de barro, a bordo de un Jeep amarillo sin techo, con el viento moviendo mis cabellos, expuesto a la noche tropical, en medio de la selva, decidido a escribir historias, todas las historias, en un escritorio de madera con una vieja lámpara amarilla, en el pegajoso calor de una habitación abarrotada de libros, rescatando todos mis demonios, jugando con ellos, anotando sus susurros para convertirlos en personajes, en amores y traiciones, mientras que en mis oídos retumban pletóricos los tambores de África desde el Serengueti y espero que el amor de mi vida cruce el océano, el mar o una cordillera y llegue en el vuelo de la media noche mientras yo aguardo bajo una lluvia bendita para decirle que las historias de amor que escribí, que escribo y que escribiré, con otros nombres, con otros rostros, con otra piel, son, fueron y serán siempre y para la eternidad, para ella.
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lunes, 20 de abril de 2020
sábado, 30 de junio de 2012
LO QUE TENIA QUE PASAR (Cuento)

“Nada de lo que pasa, pasa porque sí, decía Tasurinchi, el seripigari del Kompiroshiato. Todo tiene su explicación, todo es causa o consecuencia de algo. Tal vez. Hay más diosecillos y diablillos que gotas de agua en la cocha y el río más grandes, decía. Andan mezclados con las cosas. Los hijos de Kientibakori para desordenar el mundo y los de Tasurinchi para conservarle su orden.”
El Hablador. Capítulo VII. (Mario Vargas Llosa)
Como lo habían hecho durante siglos sus ancestros yaminawas y machiguengas, lanzó al río el pedazo de carne, esta vez una ubre de vaca sujeta de un gancho de metal atado a una cuerda. Minutos después varios peces mordían la carne grasosa, Pablo se sentó bien en la canoa y sacó la carnada, separó los peces grandes de los chicos, los chicos los devolvió al agua, los grandes abrían y cerraban sus bocas en la canasta, desesperados en busca del aire, primero rápido, luego más lento, hasta que su alma dejaba el cuerpo vacío para irse al Inkite.
Pablo repitió la operación un par de veces más, siempre salían más peces chicos que grandes, los chicos había que soltarlos al río, que sigan viviendo, si no Kashiri, la luna y Tasurinchi el soplador se habrían de enojar. Pablo pescaba para comer, para vender y nada más. Su abuelo le había enseñado así, en cambio el blanco viracocha mata por matar, caza para colgar los pellejos en sus paredes, para reír después, para nada. Por eso el blanco no es feliz, tiene rabia en su corazón, por eso los blancos siempre andan con las miradas tristes, pensó.
Horas más tarde, poco después del amanecer, volvía a su hogar, en una comunidad con no más de cincuenta casas, separadas entre sí por largos campos de yuca y arroz, delimitados por fecundos bananos, altos árboles de castaña y frondosos copazús. En el cuarto estaba todavía durmiendo Marina, desnuda sobre la cama. Pablo la llamó, ella se desperezó sobre el colchón pero no abrió los ojos. Pablo no se molestó, no dejaba que la rabia inunde su corazón, Marina no tenía sangre machiguenga ni yaminawa, ella era descendiente de viracochas, sus abuelos habían sido caucheros, caídos después en desgracia, no les quedó otra alternativa que hacerse agricultores. Ella pensaba diferente, comía distinto, no le gustaban las costumbres de su gente.
Cuando Marina se despertó Pablo ya había cocinado el pescado, algo de yuca y plátano maduro. Se sentó en la mesa de madera y empezó a comer, ella se acercó y se sirvió. No hablaron durante varios minutos. Él se sentía incómodo, tres o cuatro días antes había empezado a sentir algo raro en su mujer. La notaba lejana, distraída y con rabia. Él sabía que la rabia es mala consejera. Esperaba que le dijera que estaba pasando.
– ¿Esta noche también vas a ir a pescar? – le preguntó ella.
– Sí – contestó él con algo de comida todavía en la boca – anoche no he pescado mucho, solo para comer. Estos días hay solo peces chicos en el rio.
Ella no contestó. Se quitó la ropa, se envolvió con una toalla a altura del pecho y salió a darse un baño.
Pablo se quedó pensando, no hablaba mucho. Se había acostumbrado a eso. El no era de los que hablan, a él le gustaba escuchar, pensar. Le gustaba creer que entendía a los loros, a los monitos enanos del monte, a los simios grandes de nalgas coloradas, a las cigarras y las ranitas verdes de dedos largos que terminaban en graciosos redonditos. Se quedó pensando en Marina. Ya habían tenido problemas antes, con el compadre José. Doña Camila, su vecina, una mujer mayor a la que le gustaba trabajar la chacra de sol a sol, le había contado que había visto una noche al compadre entrando a su casa, a la anciana le dio curiosidad porque sabía que Pablo había salido a pescar, así que despacito se acercó, y vio por una rendija de las tablas del cuarto que el compadre se montaba a la mujer. Al día siguiente, apenas tuvo oportunidad le contó. Él se controló, siempre supo que la rabia traía desgracias. Se puso las sandalias y caminó a la casa del compadre, lo encontró tendido en la hamaca. No levantó la voz, no hizo escándalo. Con la voz baja y con calma le dijo a José:
– Compadre, la próxima vez que usted se meta en mi casa cuando yo no esté, voy a venir a buscarlo, pero con el machete en la mano.
José quiso explicar, pero Pablo no lo dejó, se dio media vuelta y se fue con la misma calma con la que había venido. A la noche siguiente José tomó sus pocas pertenencias y se fue a vivir a la ciudad.
Nunca le reclamó a Marina, no habría sabido como reclamarle, su madre decía que hay mujeres que no se pueden controlar. El cumplía como debe ser, mejor cuando había tomado un poco de masato. Marina lo buscaba en las noches y a veces en las mañanas o por las tardes y él nunca la había dejado rogar. En ocasiones ella le pedía más, Pablo discretamente se hacía el desentendido. No quería discutir.
Se quedó pensando si el compadre no habría vuelto a las andadas. Mientras Marina se bañaba se levantó y fue al cuarto, revisó la cama, el colchón, la almohada, había un olor raro, ajeno. En los pies de la cama halló sobre la sábana unos pelos cortos negros y duros. Sabía que no eran suyos ni tampoco de su mujer. Tenía que ser el compadre otra vez. No le pareció bueno lo que estaba pasando. Alguna desgracia tendría que suceder después. Pensó y reflexionó qué hacer, no se atrevía a preguntarle a Marina, ella lo negaría.
Estuvo todo el día intranquilo pero callado, ella más bien parecía estar enojada otra vez, todo le molestaba. Él limpió la tierra alrededor de las yucas, cortó la maleza alrededor de los bananos para que no vengan a esconderse las serpientes. En el atardecer preparó sus aparejos de pesca. Los peces carnívoros pican fácil con la ubre de vaca, pero no son tan cotizados como los otros, los que comen gusanos e insectos. Estos últimos se venden mejor, pero su pesca daba más trabajo también. Acomodó la red, un poco de yuca seca y plátano, también su machete y esperó que la noche estuviese por caer para partir.
Calculó la hora y partió. Caminó como siempre por el sendero que lleva al meandro del río, cerca del cual se forma una pequeña laguna, una cocha como le dicen en la zona. Cuando se apartó lo suficiente del pueblo, se sentó a la sombra de un árbol. Sacó un pedazo de plátano y esperó. Miró la luz del sol perderse en el horizonte, el cielo se fue tornando celeste, amarillo, rosado, luego azul brillante y finalmente se manchó de negro, las estrellas aparecieron una tras otra y el monte quedó bañado con la luz plateada de Kashiri. El barullo de los bichos de la selva se hizo omnipresente. Trataba de no pensar. No servía de nada llenarse de rabia, lo que tendría que pasar pasaría. Se puso de pie, recogió su bolso y se dio cuenta recién que, distraído como estaba, se había sentado al pie de un árbol de mango, era una mala señal, alguna desgracia habría de pasar.
Caminó hacia su casa de nuevo, a varios metros antes de llegar se escondió a la sombra de los árboles. Marina estaba afuera, recostada en la hamaca, tomando el fresco de las primeras horas de la noche, luego la vio ir a la cocina, preparar algo de comer, nuevamente salió , sentada en un tronco que hacía de banca bebió algo, tal vez mate o café, comía de un plato, tal vez el pescado que quedó de la mañana. La vio entrar a la casa para volver a salir otra vez envuelta en una toalla, seguramente a tomar un baño en la parte de atrás, regresó. De allí nada, pasaron minutos interminables, él estaba acostumbrado a estar horas así, de cuclillas, paciente, solo mordiendo una ramita o una hoja, a veces de limón, a veces de jergónsacha, acompañado de sus pensamientos. No supo cuanto tiempo pasó, tampoco vio como llegó, pero había una sombra en la puerta de la casa. Por la estatura y el perfil estaba casi seguro de que era el compadre José, sin embargo se confundió un poco cuando lo vio cojear, no recordaba que el compadre cojeara. ¿Y si era otra persona? Esperó para asegurarse. Lo vio entrar a la casa y algunos minutos después la lámpara se apagó, Kashiri en el cielo daba su luz, era suficiente. Caminó despacio sin hacer ruido, se acercó a la casa y husmeó por las tablas, abriendo bien los ojos, allí sobre la cama, iluminados tenuemente por las migajas de luz lunar que entraban por las rendijas estaban los dos, ella rodeando con las piernas el cuerpo del compadre, ambos cubiertos tan solo por una ligera sábana, Pablo agachó la cabeza y meditó, no debía actuar con rabia, solo desgracias podían pasar, ahora había confirmado lo que quería saber, era mejor ir al río a pescar, dejar enfriar la cabeza, volvió a mirar en el interior y apareciendo por debajo de la sábana vio algo que lo dejó estupefacto. Miró otra vez y los amantes habían cambiado de posición, ya no pudo confirmar lo que creyó haber visto, se pasó un nudillo por los ojos, respiró y se levantó despacio. Tenía que ser un error.
* * *
Minutos antes, en el interior de la casa de Pablo, en su propia cama, Marina esperaba la llegada del compadre José, como lo había hecho durante toda la semana y todas las noches en que su marido se había ido a pescar; había dejado la puerta sin tranca, y cada noche lo esperaba desnuda cubierta tan solo por una sábana.
Sintió el crujido de las bisagras y la luz de la luna entrar al cuarto por la abertura de la puerta, el compadre rápidamente se quitó la ropa y se deslizó bajo la sábana, Marina sintió su cuerpo desnudo, la textura de su piel endurecida por el sol y el trabajo en el campo, su olor acre, el pecho firme, las piernas velludas, lo rodeó con las piernas y se dejó poseer. Mientras lo sentía en su interior le hablaba al oído, le reclamaba por haberse dejado extrañar tanto, de porqué se había ido la otra vez sin decir nada, ni avisar, la falta que le había hecho su fuego, su calor, su pasión. Él no contestaba, la poseía con una fuerza animal y emitía algún que otro gruñido, para ella eso era suficiente, era feliz siendo suya, reclamándole su ausencia pero amándolo, mordiéndole los hombros cada vez que la hacía llegar el éxtasis de esa manera sobrenatural. Se montó sobre él, lo disfrutó con lujuria, sabía que al terminar solo se pondría de pie y se iría, como siempre, sin dar mayores explicaciones ni muestras de cariño. Era mejor, quedarse así, sin discusiones, sin palabras, pasar el día completo con solo con las ganas de volverlo a ver...
* * *
Pablo se había alejado unos metros, recogió su machete y la bolsa con las redes, la yuca y el plátano. No tenía ánimos para ir a pescar. Había hecho una promesa y tenía que cumplirla. Le había dicho a su compadre que lo iría a buscar machete en mano si volvía a meterse a su casa. Decidió aprovechar la noche. La ciudad quedaba a solo treinta kilómetros. Llegaría en la madrugada, lo esperaría al bandido en su propia casa. Empezó a caminar, sin prisa, respirando a cada paso, manteniendo el control, sentía el sudor brotando por la parte baja de su nuca, donde nace el cabello, formaba gotas que se deslizaban por su cuello y se detenían donde su piel se unía con la ropa, empapando la camisa. Cada cierto tiempo tomaba un pedazo de yuca o de plátano, se lo metía en la boca, masticaba lento, al ritmo de la respiración, de sus pasos. No quería dejar que la rabia entre en su cuerpo. Lo que tenía que pasar, pasaría.
Por algunos segundos su mente reconstruyó borrosamente la visión que había tenido cuando miró en el cuarto de su casa, no podía ser, sacudió la cabeza y se puso a pensar en otra cosa. Tenía que estar atento, en la noche la trocha es cruzada por lagartos, capibaras, sachavacas, otorongos y muy a menudo por tarántulas y víboras. Caminaba firme.
Cuando todavía faltaba una hora para clarear, llegó a la ciudad. No sabía dónde vivía su compadre, pero no era una ciudad grande, trescientas familias a lo mucho, la municipalidad, un puesto de vigilancia, un juzgado de paz, un mercadito pequeño; se dirigió allí, las vendedoras de fruta y verdura ya estaban armando sus puestos, hizo algunas preguntas discretas respecto a la casa de su compadre, no fue difícil que lo ubicaran, recibió algunas indicaciones y se puso en marcha. Veinte minutos después llegó a una casa de madera modesta, sin pintar, de techo de planchas de zinc, empuñó su machete con fuerza y respiró lentamente, sin embargo se dio cuenta que era inútil, él no habría podido llegar antes que él, con seguridad tocó la puerta y salió una mujer joven preguntado quién era.
Pablo quedó devastado con la noticia, en su cabeza las cosas se revolvieron, aparecieron imágenes confusas, como si hubiese tomado ayahuasca y la mareada hubiese resultado mala, sintió nauseas, sin despedirse de la muchacha, salió caminando rápido hacia las afueras de la ciudad, caminó rápido, muy rápido, respirando, sentía en sus sientes la sangre palpitando dentro de las venas, apretó los dientes, una camioneta pasó por su lado, hizo señas con los brazos y se detuvo, conocía al conductor, varias veces le había vendido pescado, le pidió por favor que lo lleve, el tipo le hizo una seña para que se suba atrás. En la tolva, sacudido por los baches de la trocha, Pablo trataba de pensar. Sabía que alguna desgracia habría de pasar. Cuando las cosas pasan, pasan por algo. Debió darse cuenta anoche, ¿pero de qué habría servido? Tal vez todavía estaba a tiempo para evitar la desgracia.
Una vez en la comunidad se bajó de la camioneta y dio las gracias. Caminó rápido, asentando con fuerza los pies en el barro endurecido por el sol, apretando los dedos de la mano alrededor del mango del machete. Sentía que la rabia se apoderaba de él, pero ¿qué más daba ahora? Se dejó ir, lanzó su bolsa al camino polvoriento y corrió machete en mano por los sembríos de yuca, entre los bananos, jadeando, sudando, sin parar. Llegó hasta su casa, se detuvo, el corazón retumbaba en su pecho, su cuello, manos y antebrazos dibujaban venas en relieve, respiró hondo y entró.
Sobre la cama una enorme mancha de sangre fue todo lo que halló. Revisó con cuidado, encontró otra vez los pelos negros duros y cortos. Sobre los tablones del piso, dibujadas con sangre las marcas de pisadas que no eran de humano, eran de cabra: el Chullachaqui. Pablo, al tiempo que caía de rodillas y hundía la cabeza entre sus hombros recordó con pesar y ya sin rabia las palabras de la muchacha: “lo siento mucho, el señor José, su compadre, murió hace dos semanas.”
* * *
La tradición machiguenga cuenta que la forma de reconocer a un diablillo es porque cojea, se dice también que en la selva amazónica uno de ellos, el Chullachaqui, puede tomar la forma del ser que se añora, a fin de engañar a la víctima y luego llevársela a sus dominios. Lo único que no puede transformar a voluntad son sus patas de cabra. Una vez que tiene a su víctima, nadie sabe que hace luego con ella.
miércoles, 29 de febrero de 2012
LOS GALLINAZOS SABEN QUE TE VAS A MORIR (Cuento)
Julio salió de la maleza sudoroso, machete en mano se cubrió los ojos, era un día soleado y particularmente caluroso. Con las botas de jebe sentía sus pies hervir pero faltaba poco para llegar a la carretera donde ha dejado la moto cubierta por unas hojas de banano, se quitó el sombrero y se secó el sudor de la frente con el pañuelo que lleva en el bolsillo, se cubre y camina unos pasos, en ese instante siente la punzada aguda algunos centímetros por debajo de la rodilla, levanta instintivamente el machete y ve la cola de una serpiente jergón perdiéndose en la maleza, asesta un golpe pero es tarde, la serpiente ha desaparecido.Julio levanta la bermuda y descubre que la jergón lo ha mordido un par de centímetros por encima de la bota de jebe, “Qué mala suerte” se dice mientras lava la herida con un poco de agua de la botella que lleva en el morral. Tiene que pensar rápido, su hacienda está a dos kilómetros, la carretera a quinientos metros, la ciudad a tres kilómetros. “Tengo que pensar rápido” repite. Sabe que la pierna empezará a podrirse pronto, tiene poco tiempo. Saca el celular de su bolsillo y lee, como se esperaba: “sin señal”, se da cuenta que si llega hasta la moto no podrá manejar hasta la ciudad, a su derecha hay una pequeña loma, tal vez haya señal ahí, “Piensa rápido” se dice, toma el morral y le quita el tirante, con la hebilla que sirve para graduar el largo improvisa un torniquete y ajusta por encima de su rodilla, no sabe si funcionará pero alguna vez vio a en la televisión que una persona mordida por una serpiente lo hacía; mete el celular en su bolsillo y toma el machete en una mano y la botella con agua en la otra. Camina firme hacia la loma.
Julio ha avanzado cerca de doscientos metros y siente el sudor helado recorrer su frente, tiene la sensación de que se le han erizado los pelos de la coronilla, el frío se extiende a su columna vertebral, la pierna empieza a adormecerse, no sabe bien si es por el torniquete o por el veneno, le cuesta caminar, pero sigue avanzando, se apoya en el machete a guisa de bastón. A pesar el sol ardiente empieza a sentir escalofríos, su frente empapada de sudor al igual que el pecho, donde el polo se le ha pegado a la piel, siente la boca seca, “tengo que llegar rápido” se dice, mientras saca el celular y lo mira, aún no hay señal.
Algunos minutos después y con mucho esfuerzo llega a la loma, siente los oídos a punto de taparse, saca el celular y trata de llamar, no logra conectarse, sin embargo ve que el indicador de señal pinta una raya intermitentemente, “tengo que pensar rápido” se concentra y escribe un mensaje de texto: “Me ha mordido jergón, ayuda, km 52, cerca mi moto” y lo envía a todos los contactos que puede mientras empieza a ver puntos brillantes en el aire y se le apaga la visión lentamente al mismo tiempo que siente un barullo dentro de sus oídos parecido al ruido del mar.
Sin poder ver más la pantalla del celular se desploma en el pasto esperando que los mensajes hayan sido suficientes, abre los ojos tratando de mirar a su alrededor, siente que le falta el aire. Se recuesta y se le ocurre que si lo hace la sangre llegará más rápido a su cuerpo, se incorpora unos centímetros, a ciegas casi busca la botella de agua y toma un poco, su visión mejora, busca el celular, lee dificultosamente que otra vez está sin señal, si pudiera pararse, levantar el celular un poco más, mira su pierna, alrededor de la herida sus venas, vasos y capilares son una maraña de hilos rojos, verdes y azules, la herida está poniéndose negra, “la pierna se está pudriendo” piensa.
Espera, no recuerda que hora era cuando lo mordió la serpiente, y aunque lo recordara, sus ojos ya no distinguen las letras en la pantalla del celular, el tiempo parece infinito, espera que en el lugar desde donde está lo puedan ver desde la carretera, el peso de su cuerpo lo empuja hacia el suelo, trata de resistirse, se apoya de costado en la hierba, no resiste más y cae boca arriba, “Qué mala suerte” piensa, “justo encima de la bota”, recordó que ayer se puso unos pantalones largos, que por el calor había decidido ponerse bermudas hoy, el sol le quema los párpados, le duele la cabeza como si le hubiesen pegado con un tronco, casi no siente la pierna, abre los ojos y ve un gallinazo casi frente a él, reúne un poco de fuerzas y lo espanta. El gallinazo sabe que está débil, se aleja pero no mucho. Julio busca el machete a su alrededor, lo encuentra, trata de asustar al ave, esta no se inmuta, a lo mucho retrocede tres o cuatro pasos con su salto característico, se acomoda las alas como si tuviese las manos cruzadas sobre la espalda esperando pacientemente la llegada de la muerte.
Julio se siente agobiado, el calor soporífero, el dolor en las sienes, siente sueño, trata de no rendirse, se incorpora un poco y ve la silueta de cinco gallinazos, “los gallinazos saben que te vas morir” se dice, “solo están esperando que cierres los ojos para empezar a picarte”. Sacudió el machete y se sintió agotado, trató de mirar su pierna y ya no podía incorporarse más, hizo un último esfuerzo por mantener los ojos abiertos, miró al cielo y vio a cinco o seis gallinazos volando alrededor de él, “que mala suerte” se dijo e hizo un último movimiento, les lanzó a los gallinazos la botella de agua vacía, estos hicieron paso para el envase pero no se fueron, Julio quiso empuñar el machete dispuesto a acabar con el primero que se le acerque pero sus dedos ya no le respondieron, apoyó la cabeza en el pasto salvaje, miró el cielo, azul, limpio, su visión empezó a teñirse de gris, el barullo de sus oídos le hizo otra vez recordar el mar, cuánto le gustaba el mar, sintió que un gallinazo le jaloneaba la tela de la bermuda, ya no le importó, todo era negro a pesar de que no había cerrado los ojos, sintió frío y paz, suspiró y cerró los ojos.
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Al día siguiente Julio abrió los ojos y lo primero que vio fue a su hermano Sebastián, de pie al lado de la camilla del hospital, este le sonrió.
– ¿Recibiste mi mensaje? – preguntó Julio.
– Sí, y fui volando, encontré la moto pero no sabía dónde estabas. Te encontré gracias a los gallinazos.
– Los gallinazos – repitió sonriente Julio – los gallinazos.
miércoles, 30 de noviembre de 2011
LA LENGUA DE SUEGRA Y OTRAS PLANTAS
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sábado, 8 de octubre de 2011
UNA NOCHE EN EL INFIERNO (Cuento)
El Picuro corría a toda velocidad entre los árboles, a pocos metros Xico le seguía los pasos jadeando, con el rostro moreno cubierto de sudor y con los ojos desorbitados. A la distancia se escucharon unos disparos. El Picuro se detuvo, Xico le gritó sin detenerse:– ¡Porra, não pare cara, corra!
El Picuro con el aire quemándole los pulmones siguió a través de la espesa selva, las ramas y lianas le azotaban la cara, los pies se le hundían el barro mojado, adivinaba los árboles a medida que la noche se hacía más oscura. En algún punto ya no escuchó tiros y se detuvo. Agazapado al costado de un tronco esperó en silencio. Un dolor intenso, quemante y eléctrico le subió por el brazo izquierdo desde la mano “¡Puta mare!” exclamó entre dientes, había puesto la manos sobre un nido de hormigas de fuego, eran diminutas y rojas pero su mordedura podía paralizar a un niño. Aguantando el dolor susurró:
– Xico… – aguantó la respiración y trató de escuchar algo, nada, solo las cigarras y sus chirridos ensordecedores, los sapos croando, los sonidos de las aves nocturnas, los animales del monte – Xico… – susurró de nuevo, y esperó rezando mientras sostenía con su mano derecha el rosario de plástico fosforescente que su madre le había regalado y siempre que colgaba al cuello cada vez que salía a hacer un trabajo – Santa María madre de Dios, ruega por nosotros pecadores … – repetía el Picuro una y otra vez esperando que la noche pase, de pronto empezó a llover, primero el lejano arrulllo, luego el sonido breve de las gotas sobre el follaje alto y los hilos de agua que se iban formando entre las hojas, finalmente las corrientes profusas bajos los pies arrastrando hojas y barro – Dios te salve María, llena eres de gracia… – y un estruendo sordo de un trueno lo hizo temblar, abrió los ojos y a lo lejos entre las ramas podía ver fragmentos de relámpagos cruzando las nubes – Bendita eres entre todas las mujeres… y de pronto sintió en la espalda la presión de un objeto puntiagudo, y de reojo un relámpago le devolvió el reflejo de una hoja de metal.
– Tranquilo Picuro – dijo Xico bajando el machete – vamos embora.
El Picuro se puso de pie y empezó a andar detrás del brasileño.
– ¿Dónde vamos? – preguntó.
– Não sei.
– ¿Dónde estamos?
– ¡Não sei cara! – contestó molesto Xico.
– Ya, no te molestes tampoco ¿no? ¿Ya no nos siguen verdad?
– Ya no – contestó tajante el brasileño.
– Qué bueno – dijo para sí mismo el Picuro y le dio un beso a su rosario antes de guardárselo debajo del polo.
Caminaron cerca de dos horas en medio del monte buscando un sendero, Xico iba abriendo camino con el machete, lo que no evitaba que cada cierto tiempo resbalen como consecuencia del barro o las ramas invisibles a la altura de los tobillos. La lluvia no cesaba de caer. Cuando ya desfallecían se abrió un claro. Era una trocha que cortaba la selva.
– Nos salvamos – dijo el Picuro.
– ¿Você conhece aquí? – preguntó Xico mezclando el portugués con el castellano.
– Creo que sí – replicó el Picuro mientras miraba alrededor y trataba de ubicarse – este lugar se llama Infierno, no sé cómo se fala en portugués.
– Inferno mesmo – dijo Xico mirando alrededor – Inferno, ¡que coisa!
– Sí – afirmó riendo por fin el Picuro – así le pusieron los antiguos caucheros a este sitio, por el calor, lo difícil del sitio y las fieras. Parecía un infierno. Y ahora hay un pueblito de indios que se llama así también. Ya estamos cerca, caminando dos horas más llegamos, al lado del pueblo está el rio Tambopata, allí podemos conseguir un bote y llegar mañana a Puerto Maldonado.
– Não, não – negó enfáticamente Xico - não temos que ir por la estrada, nos vamos por el mato.
– ¡Ah, entiendo! – exclamó el Picuro moviendo la cabeza de arriba a abajo – sí, Xico, vamos por el monte, la policía podría estar patrullando la carretera.
Se pusieron a andar tratando de no perder de vista la trocha, procurando avanzar en paralelo y cuidando de no ser vistos. El cielo estaba escampando, algunas estrellas tímidas aparecían en lo alto pero no había luna. Relámpagos lejanos alumbraban de tanto en tanto el sendero. El Picuro siempre detrás de Xico, pensando en qué habría sido de la carga. Habían tenido que abandonar la lancha apenas se dieron cuenta que la policía estaba detrás de ellos. Casi se orina cuando sintió los balazos zumbando bajo el agua cuando trataba de llegar a nado a la orilla. Ese Xico, era un demonio. Había nadado más rápido que él y todavía había tenido tiempo de agarrar un machete antes de lanzarse al agua. Ya le habían dicho que era buen compañero, aunque algo hosco y de mal humor para ser brasileño.
Ya habían caminado más de una hora y estaban cansados, el Picuro había notado que Xico caminaba un poco lento, miró a la izquierda y vio las luces del pueblo. “ya estamos cerca…” pensó, y al volver la vista lo aterró la imagen de una sombra oscura cayendo sobre Xico y el sonido característico de los felinos salvajes. Picuro quedó estático mientras Xico gritaba “¡terçado, porra, terçado!” el Picuro estaba petrificado, retrocedió unos pasos y le tomó algunos segundos identificar la palabra. El machete, el machete se le había caído al brasileño. Era inútil, empezó a correr hacia la ciudad, sin mirar atrás, escuchando los gritos mortales del brasileño y los rugidos atroces del animal, corrió con todas sus fuerzas y en el esfuerzo se resbaló en el barro cayendo de bruces, se levantó como pudo y un rayo sobre el cielo iluminó todo como la luz del día y en ese instante lo vio, a sus pies y en medio del barro su rosario. Se agachó de nuevo tratando de buscar, metió las manos en el barro mientras se palpaba el pecho por encima del polo para confirmar, sí se había caído, allí estaba, lo sintió, lo tomó con su mano derecha en el preciso instante que el poderoso zarpazo abría su costado y los enormes dientes se enterraban en su garganta.
* * *
Al día siguiente la policía reportaba el extraño caso de dos prófugos narcotraficantes que habían sido atacados por un felino de gran tamaño en las inmediaciones de la comunidad de Infierno, a orillas del caudaloso rio Tambopata.
martes, 30 de agosto de 2011
VARADO EN EL DESEO (Cuento)
Apenas llegó a la ciudad Rafael sintió que se había trasladado a otra dimensión. Mientras el chofer del auto que había alquilado para traerlo bajaba las maletas, él se quedó mirando el horizonte infinito sin edificios, el cielo azul limpio y aspiró profundamente el aire perfectamente respirable. Pensó en que una de las maravillas del Perú, era que todavía hubiesen pueblitos como este donde uno se sentía diferente, por decirlo de alguna manera. Le pagó al taxista y entró al modesto hotel, que según su secretaria era el mejor de la ciudad de entre los únicos tres que había. Se registró y rápidamente se dio un baño. Tenía que encontrarse con los ejecutivos chilenos que estaban interesados en construir un casino en esta localidad. Luego de la larga y poco productiva reunión – ya que los inversionistas se dieron con la ingrata sorpresa que prácticamente no había forma de sanear los terrenos ofrecidos por la municipalidad a corto plazo y que las redes de agua, desagüe y fluido eléctrico eran menos que precarias – regresó al hotel. Allí se dio cuenta que la pequeña ciudad no sólo tenía los problemas advertidos por los ejecutivos de la transnacional, si no que prácticamente no había internet y la señal de telefonía era de pésima calidad. Pasó cerca de media hora tratando de comunicarse con su secretaria para confirmar el retorno a Lima, cuando lo logró su humor cambió al enterarse que su vuelo se había cerrado por mal tiempo y que el siguiente sólo saldría el domingo al medio día. Colgó ofuscado, pero fiel a su modo de ser, tomó el control de la situación y decidió quedarse en el pueblo hasta el domingo temprano para descansar y explorar las oportunidades de negocio para el futuro.
Era viernes por la tarde y la pequeña ciudad empezaba a cobrar una ligera agitación propia del fin de semana. Se acomodó bajo la sombra de uno de los frondosos árboles de castañuela de la modesta plaza principal y vio jugar a unos niños y cómo algunas tienditas de los alrededores se iban convirtiendo en improvisados bares con el transcurso de las horas.
Al oscurecer los mosquitos perturbaron su descanso, se puso de pie y caminó hacia la vía principal, cenó un bocado rápido, allí lo atendió correctamente una guapa mujer madura de ojos claros que hablaba un fluido español pero con un marcado acento portugués.
Al terminar pagó la cuenta y se fue a descansar. La mujer se despidió cortésmente, pero no pudo dejar de sentir un cosquilleo cuando ella le clavó los ojos al decirle “buenas noches doctor”. Por supuesto no le llamó la atención que la mujer se dirigiera usando esa expresión, sabía perfectamente que en el Brasil se llama “doctor” por cortesía a cualquier funcionario de alto rango. Seguramente la mujer habría pensado que él era un funcionario del estado o algo similar. Una vez en su cuarto encendió el ventilador y durmió rápidamente.
Al día siguiente el fuerte calor lo expulsó de la cama. Tomó un baño y salió. Sus pies lo dirigieron automáticamente al mismo lugar donde había cenado la noche anterior. Escogió una mesa en la terraza del restaurant, desde donde podía ver la calle y el movimiento de la gente. Desayunó y lo atendió la misma mujer. Le preguntó su nombre, se llamaba María Aparecida do Todos os Santos, pero prefería que la llamen Aline. A Rafael nunca le había quedado claro por qué en el Brasil los sobrenombres son tan distintos a los nombres propios. En el Perú Tito puede venir de Ernestito, Nano, de Juan, Juano. Lita de Amalia, Amalita. Jana de Alejandra. Pero en Brasil a Joao se le decía Sisinho, a Edinés la llamaban Duce, cosa similar con los vistosos sobrenombres de jugadores de fútbol, caso emblemático: Edson Arantes do Nascimento - Pelé.
Rafael terminó el desayuno, quería ir a caminar, pero de pronto el cielo se cerró en menos de cinco minutos y una copiosa lluvia inundó las calles. Se volvió a sentar y pidió un café, el ambiente se prestaba para un cigarrillo. Preguntó si vendían cigarros pero Aline le ofreció uno de su propia cajetilla y con toda la confianza del mundo se sentó en la mesa.
Hablaron de todo un poco. Aline le contó que era carioca, nacida en Rio de Janeiro, administradora de profesión, andaba en este pueblo perdido de Dios en busca del padre de su hija, un peruano que había escapado llevándose todos sus ahorros. A ella se le había acabado el dinero y ahora trabajaba en este restaurant, haciendo de moza y gerente al mismo tiempo por un poco de comida, techo y algo de dinero.
Rafael no contó mucho, solo algunas cosas generales y se dedicó a ver como llovía, la gente en las calles, el sol, las nubes otra vez, lluvia, sol. Almorzó en el mismo sitio, por la tarde con el aire fresco, desistió de moverse. Cada vez que disminuía la cantidad de comensales, Aline se sentaba con él y hablaba sin parar. Se fue haciendo de noche. Fue al hotel a darse un baño, antes se despidió afectuosamente de Aline y le agradeció su compañía. En el hotel trató de ver la televisión pero se aburrió rápidamente, salió nuevamente y de pronto estaba otra vez en el restaurant de Aline, estaba cerrando. La ayudó, una vez que terminaron, Aline suspiró y caminó a la congeladora, trajo dos cervezas heladas y se sentó. Hablaron un poco más, Rafael terminó su cerveza y se puso de pie para despedirse, Aline también se levantó, pero al despedirse le dio un beso en los labios que fue correspondido. Se besaron largamente, acariciándose, juntando los cuerpos, hicieron el amor de pie, a medio vestirse, acariciándose por encima de la ropa, hurgando por debajo de ella, sudorosos, sin importarles la incomodidad, se encontraron en esa soledad, lo hicieron luego en silencio, sintiéndose con cuidado, al ritmo del vaivén de una ola moribunda, Aline lo empujó suavemente al suelo, se montó sobre él, se deslizó sobre su cuerpo hasta que ambos estallaron al mismo tiempo. Rafael se quedó tendido en el piso de madera, en la penumbra, Aline se sentó con la espalda apoyada en la pared, a medio vestir y encendió un cigarro, fumándolo en silencio.
Rafael se acomodó la ropa y se sentó al lado de Aline, no tenía nada que decir, tal vez fuera mejor callar. No sabía si abrazarla o acariciarla. Parecía tan frágil pero ajena al mismo tiempo. Minutos después se puso de pie y se fue.
Durante el vuelo a la capital, recordaba a esa extraña mujer de ojos verdes. Ciertamente fue un encuentro intenso, lo repasó con todos sus detalles, alguna conexión se produjo con esa mujer y él, la ausencia de palabras, las miradas, se comunicaron a través de la yema de los dedos, de los labios, sintió que la comprendía totalmente cuando la vio a contraluz, sentada en el piso, fumando, apoyada en la pared, con el cabello desordenado.
Años después, Rafael seguía recordando ese encuentro como uno de los más intensos de su vida, con todos sus detalles, y a esa mujer como la una de las muy pocas que logró romper sus barreras, e ingresar a su corazón, aunque sea por una noche.
sábado, 30 de julio de 2011
FIESTAS PATRIAS EN LA FRONTERA
Este año sí, participé de la sesión solemne, vi llegar a la meta a los maratonistas, fui a ver a Alma Bella y sus formas… sin adjetivos para que nadie se enoje, y fui a ver el motocross bajo el Puente Binacional.
Aproveché también para escribir y escribir entre festejo y festejo y ahora que me doy cuenta llevo más de treinta y seis horas sin dormir. Anoche me puse a escribir y me sorprendió la mañana frente al computador. Lo cierto es que mañana es treinta y uno y me faltan todavía dos notas o cuentos fuera de esta para cubrir mi meta mensual, también estoy escribiendo un artículo especializado de mi profesión, pero no me siento muy cansado todavía. Es el poder de la mezcla de lomo saltado e Inca Kola, fórmula mágica.
Algo que noté estos días es que Iñapari tiene un potencial enorme para hacer eventos de mucha más calidad y envergadura. El espectáculo de Alma Bella fue una muestra, a pesar de ser un grupo de chicas que hacen lo suyo, no están a la altura de grupo 5 o similares en lo que a producción se refiere. A pesar de ello y la poca publicidad con poca anticipación también, la asistencia fue masiva. En el motocross pasó lo mismo. Con un poco más de anticipación y la asesoría de un especialista en el tema se pueden hacer maravillas.
Otra cosa que noté fue el servicio de restaurants, sencillamente colapsan. Nuevamente falta de asesoría, tendrían que invertir en un par de empleados (¡y entrenarlos!) solo por la temporada, que no son más de cuatro días, situación perfectamente regulada en la legislación laboral. Lo mismo sucede con los hoteles, aunque lo más notorio son las deficiencias en la atención para los visitantes en los lugares que expenden alimentos.
Espero que cada año las cosas vayan mejorando precisamente con la experiencia que vaya ganando la Municipalidad Provincial y los negocios locales. Me dio gusto este año (a férrea iniciativa mía) ver a todas las autoridades con terno completo en el estrado correspondiente durante la sesión solemne a pesar del calor. Siempre me ha parecido injustificable la excusa de concurrir a las ceremonias formales en mangas de camisa (¡camisa de manga corta a veces!) so pretexto del calor tropical. Un toldo decente y una buena organización resuelven ese asunto.
Disfruté mucho estas fiestas patrias, canté el himno a todo pulmón, sobre todo para corregir a los seguían cantando el “Largo tiempo…” paseé bastante y aproveché para ponerme al día en mis tareas autoimpuestas. Como saben los que me conocen no creo en patriotismos chauvinistas. Recojo mi papel o envoltura, guardo en mi bolsillo mis semillas de naranja, llevo mis envases de gaseosa a casa y cuando cruzo la frontera me comporto con mayor responsabilidad todavía para demostrar que los peruanos somos gente decente y educada. Creo que es la mejor manera de ser patriota. De todas formas espero que todos hayan pasado unas bonitas fiestas patrias y que les haya gustado esta breve nota.
LAS CALLES
El más agradecido es mi carro. Yo, yo no sé. Todavía tengo la verde vista desde las ventanas de mi casa. Pero se ha perdido ese ambiente montaraz, ya no siento que mi casita está en medio de la selva agreste, ahora vivo en un barrio. El número de mi casa y el nombre de mi calle que antes eran datos abstractos, surrealistas, ahora se han convertido en una pétrea realidad.
Hace tres semanas nos pusieron medidores de luz. El progreso llega rápidamente. Al mismo tiempo que se trazaban, rellenaban y afirmaban las calles, muchos dueños de lotes empezaron a cercar sus predios, algunos ya han descargado ladrillos y arena, otros tablas y calaminas. Seguramente pronto tendré más vecinos, no sé si seguiré escuchando los pajaritos por las mañanas y las cigarras por las noches, ya no sé si vendrán las gallinas con sus pollitos a cruzar mi jardín impunemente, o si las lagartijas de cola verde seguirán tomando el sol al medio día cerca de la cochera.
Dejaré de usar doble par de zapatos como hasta ahora, uno para sacar el carro y subir en él y que al llegar a la oficina me cambiaba por otro bien lustrado que dejo allá. Gastaré menos en amortiguadores para el carro y no tendré que pagarle al chico de la moto guadaña para que corte el pasto frente a casa cada quince días.
Dubi tendrá que acostumbrarse a gente y motos que pasan por la casa, cosa que antes nunca o casi nunca sucedía. Ya no me podré bañar desnudo al aire libre y a la luz del sol (algunas veces a la luz de la luna) como hacía antes los fines de semana luego de trabajar en el jardín.
Así es el progreso, se ganan cosas, se pierden cosas. Tendré que pensar en comprarme una casita un poco más lejos.
miércoles, 11 de mayo de 2011
DEMASIADO CERCA (Cuento)
Esa mañana Mosquito se levantó temprano de la cama, como todos los días estiró rápidamente las sábanas sin dejar una sola arruga, colocó la frazada de la misma manera y luego sobre ella extendió el cubrecama impecable. Se paró frente al único espacio vacío del modesto cuarto y se lanzó al piso con la espalda recta como una tabla y las manos sólidas a la altura de su pecho, sesenta planchas sin parar. Se incorporó, tomo aire y descansó, midió el tiempo por reloj durante treinta segundos y esta vez flexionó sus rodillas, se puso de cuclillas y extendió sus puños hacia el frente, rebotó sobre el sitio contando hasta cien veces, “cien ranas” pensó cuando terminó. Se levantó del sitio y fue a darse un baño.Bajo el chorro de agua helada Mosquito se jabonaba a conciencia soportando el frio que empezaba a adormecerle el cráneo, pensaba en la alegría que le daría ver a su hermano finalmente en casa. Terminó, se secó con fruición para recuperar la temperatura corporal, se ajustó la toalla a la cintura y regresó a su cuarto a vestirse; una vez allí se desnudó por completo y se miró en el pedazo de espejo que tenía colocado sobre una pequeña mesa. A sus diecisiete años estaba bien formado, los brazos fuertes y torneados, el pecho robusto y las piernas poderosas, a diferencia de la mayoría de sus enclenques coetáneos, él lucía como un hombre. Sonrió orgulloso y se vistió con ropa de trabajo: Un jean viejo, un polo gris y sobre ellos un overol que alguna vez fue color naranja.
Sobre la mesa de la cocina encontró como siempre un vaso de leche y uno de jugo de frutas, los que su madre, que trabajaba en el mercado cercano vendiendo carne, le dejaba cada día antes de salir al trabajo. Mosquito bebió de ambos vasos de pie, sin parar, luego se preparó un sándwich con un poco de carne fría del viejo refrigerador y se dirigió al taller en el fondo de la casa.
Su padre ya estaba trabajando en un motor que habían desarmado el día anterior. Desde que acabó la escuela el año pasado había empezado a ayudar en el taller de mecánica familiar mientras esperaba las fechas de reclutamiento voluntario en el cuartel del ejército.
– Buenos días señor – saludó.
– Buenos días – contestó pesadamente don Eulogio mientras luchaba contra una tuerca reacia a girar.
– ¿Lo ayudo?
– ¡A ver! – contestó su padre mientras se retiraba para darle espacio y le entregaba una llave de tuercas, Mosquito se acomodó y empezó a forcejear lentamente con la herramienta. Luego de algunos segundos logró girarla y se incorporó radiante.
– ¡Listo!
– Hoy regresa tu hermano del servicio – comentó don Eulogio distraídamente mientras lanzaba la tuerca recién extraída a una pequeña lata llena con gasolina.
– Sí.
– ¿Y cuándo es tu inscripción? – preguntó.
– Primera semana de junio señor, de aquí a dos semanas – contestó con voz firme y casi cuadrándose, en ese instante escuchó una risa estrepitosa viniendo desde su espalda.
– ¡Ja ja ja! ¡Ese soldado Mosquito! – en la entrada del taller reía el Mosca, el mayor de los hermanos, un mestizo imponente de musculosa espalda cuadrada y cabello hirsuto cortado casi al rape.
– Ja ja – se rió de mala gana Mosquito, no le gustaba el apodo y menos aún cuando quien se lo decía era su hermano mayor.
El Mosca había servido hacía años en el cuartel, como lo habían hecho en su momento su padre don Eulogio, el abuelo Genaro y el bisabuelo Serafín. Servir en el cuartel era una tradición familiar de los Ticona, sin embargo la costumbre de ser comando la había iniciado el abuelo Genaro; él había sido el primero en inscribirse en la escuela especializada de élite, donde oficiales, suboficiales y soldados rasos perdían todo rango durante los seis meses que duraba el curso de supervivencia, los inscritos, sin excepción, eran entrenados fuera de cualquier privilegio en técnicas de explosivos, de misiones de aniquilamiento y sobre todo en el desarrollo de habilidades psicológicas y corporales a través del sometimiento de rigurosos trabajos físicos y de agotamiento mental. Normalmente de cien inscritos sólo culminaban veinte o treinta, los demás iban renunciando y regresaban en silencio a su arma y rango de origen. Los que terminaban el curso debían pasar todavía una prueba final antes de graduarse: Se les abandonaba uno por uno en diferentes lugares de la oscura selva peruana, sin GPS, sin arma alguna a excepción de un cuchillo de caza, sólo el uniforme de comando y algunas herramientas básicas. Debían sobrevivir una semana, alimentarse, conseguir agua, construir o adecuar refugios y finalmente ubicar un punto específico con la ayuda únicamente de su sentido de orientación donde serian recogidos de nuevo por un helicóptero. Normalmente casi todos lo lograban, trabajaban en equipo. Don Genaro había aprobado el curso, don Eulogio a pesar de su corta estatura también lo había logrado, sin embargo el Mosca fue el primero de la familia en graduarse del curso de comandos en el primer puesto y con honores.
Don Eulogio, convencido de que el patriotismo y la disciplina militar forjan el carácter viril necesario para la vida, había criado a sus tres hijos desde muy niños como si la casa fuese un pequeño cuartel, los tres sabían, desde muy niños, tender sus camas, limpiar meticulosamente sus espacios, asearse, vestirse, peinarse y saludaban a su padre de “señor” y lo trataban de “usted.” De los tres hermanos, el mayor, Germán o el Mosca, como le decían todos en el barrio, era el que más había asimilado su ineludible destino, desde los diez años corría dos kilómetros cada día, cuando cumplió diecisiete ya corría treinta kilómetros diarios todas las mañanas. Levantaba fierros, baldes, balones de gas, pesas, bolsas de cemento y todo lo que se pudiera encontrar y cargar, comía todo lo que se pudiera comer, no le hacía asco a nada. A los quince vio en el cine una de las tantas películas de su héroe Silvester Stallone, tomó sus ahorros y se compró en el puesto de uno de los tantos mercachifles del centro de la ciudad unos enormes lentes oscuros similares a los del personaje de la película. El sábado por la tarde apareció por el parquecito del barrio con su polo de manga corta ceñido y sus lentes oscuros, sosteniendo una pajilla entre los dientes. Una de las chicas del grupo lo miró y le dijo de tal forma que todos la oyeran:
- ¡Ay Germán, con esos lentes pareces una mosca!
Los chicos del barrio se echaron a reír, Germán no se inmutó y siguió dando vueltas por el parque exhibiéndose, pero el apodo le quedó para siempre: el Mosca.
Germán, el Mosca, era el orgullo de don Eulogio y del abuelo Genaro, era una especie de héroe local, su diploma de la escuela de comandos estaba colgado en un lugar especial de la sala de la casa, junto con las medallas ganadas por varias generaciones de soldados Ticona, y al lado una foto suya de cuerpo entero con uniforme camuflado de comando, fusil AKM y el rostro feroz pintado con intimidantes rayas negras y verdes.
A diferencia de don Genaro que se había “reenganchado” en el ejército luego del tiempo obligatorio del servicio militar y había pasado la vida como soldado, jubilándose con el rango de suboficial técnico de primera, don Eulogio había terminado su servicio y de inmediato se había puesto a trabajar en el taller que él mismo fue construyendo a pulso y férrea disciplina castrense. El Mosca no necesitaba trabajar, llevaba tres años fuera del ejército y ayudaba de vez en cuando en el taller, pero la mayor parte del tiempo la pasaba disfrutando de su fama de celebridad y galán de barrio.
Edgar, el segundo de los hermanos terminaba hoy su servicio, había aprobado también la escuela de comandos y ya había anticipado sus deseos de ayudar en el taller de mecánica. Edgar era tranquilo, reservado y más centrado que Germán, a ello probablemente se debía que todos en el barrio lo respetaban, y no se había ganado ningún apodo; para mala suerte de Mosquito, su admiración por su hermano mayor lo había condenado no sólo a heredar el sobrenombre, sino a recibirlo en diminutivo: Una vez en el billar de la vuelta de la casa, como dos años atrás, uno de los viejos tiburones le preguntó al Mosca quien era ese chico flaco y larguirucho que lo venía a mirar jugar todas las tardes desde la ventana que daba a la calle. “Es mi hermano, Rubén” dijo el Mosca, “¡Ven aquí Mosquito, tómate una gaseosa!” le dijo el hombre, y desde esa vez no pudo deshacerse del feo apelativo.
– ¿Y a qué hora llega Edgar? – preguntó el Mosca, sacando a Rubén de sus recuerdos.
– Ya debe estar por venir – contestó Don Eulogio, en la noche van a venir sus amigos, dice tu mamá que le van a hacer una fiesta.
– ¿Fiesta? Pero esas fiestas sin hembritas terminan en borrachera fija – se burló Germán.
– Van a venir las amigas de mi prima Gloria – dijo tímidamente Rubén.
– Ya veremos si vienen – replicó Germán – y tú Mosquito – agregó – empieza a hablar como hombre carajo, si no quieres que te revienten en el cuartel.
Mosquito asintió con la cabeza y se quedó mirando el piso, la presencia del Mosca lo intimidaba ahora tanto como en algún momento le causó admiración. Hasta el año pasado quería ser como él, pasó todas la tardes y fines de semana del quinto de secundaria haciendo ejercicio, alimentándose, verificando su peso en la balanza de la farmacia frente a la plaza, se medía los bíceps, los muslos, anotaba los progresos. Empezó a correr, notó que iba ganando peso, volumen, ganó talla también, ahora era más alto incluso que el Mosca, pero todavía se le veía espigado. Nunca nadie en casa le había dicho nada, pero sabía que su destino era el cuartel, la escuela de comandos, el servicio a la patria, la tradición familiar; no había forma de escapar de ello.
Por la tarde, luego del abundante almuerzo de bienvenida, Edgar llamó al Mosquito y le pidió que lo acompañe. Rubén se levantó presto y salieron a la calle.
– Vamos a comprar un par de cajas de cerveza Mosquito.
– No me gusta Edgar – se quejó.
– ¿No te gusta qué, sapo? – bromeó su hermano.
– Que me digas Mosquito.
– ¡Puta que sensible el señor! Acostúmbrate nomás, el cuartel te van a decir peores cosas.
– Oye Edgar, ¿y qué vas a hacer ahora que se acabó el cuartel?
– Trabajar pues, ayudar al viejo en el taller, hay que juntar plata, invertir. Estoy pensando en comprar el canchón del costado. Hay que comprar mejores herramientas, gatas hidráulicas, ahora los carros son electrónicos, hay que comprar una computadora para testear los sensores; cuando te inscribas en el cuartel escoges ingeniería, allí vas a aprender hartas cosas, y te juntas con los que reparan los carros y las camionetas; también los tanques y tanquetas, ahí se aprende nomás. Vas a ver como al toque sacas los trucos. Cuando termines el servicio, contigo más vamos a levantar el taller del viejo.
– Pero yo no quiero pasarme la vida en el taller – se lamentó Rubén.
– No hables huevadas Mosquito, ¿o quieres ser como el vago del Mosca que vive de lo que las hembritas del barrio lo dan?
– ¿Qué?
– ¿Eres imbécil o qué? ¿No te has dado cuenta acaso? De dónde crees que el Mosca saca para vestirse. ¿Acaso crees que el viejo le da? El viejo lo aguanta porque el Mosca hizo lo que él nunca pudo, pero lo aguanta nomás, ¿tú crees que al viejo no lo carga verlo todo el día sin hacer nada?
– No me refería a eso, yo quisiera estudiar otra cosa, tal vez un instituto.
– Estudias cursos de mecánica en las tardes y ayudas en el taller en el día – sentenció Edgar.
– Sí, pero…
– ¡Ya no jodas Mosquito! – interrumpió impaciente Edgar, al final eso recién lo veremos cuando termines el cuartel. Acaba el servicio y la escuela de comandos como todos y hablamos, además ni siquiera depende de mí, sino del viejo.
Llegaron a la tienda, compraron cuatro cajas de cerveza y las llevaron a la casa en silencio. Rubén se quedó pensando en la conversación con Edgar. Había llegado al punto de no estar seguro de querer ser como sus hermanos, en particular ya no quería ser como el Mosca. No quería ser un bruto prematuramente jubilado, el Mosca y Edgar habían cumplido todas las expectativas familiares con menos de veinte años de edad; ¿Y después? ¿Qué había después? ¿Tendría qué resignarse a ser un pobre mecánico de taller de barrio toda su vida? Le gustaría tanto viajar, conocer París, Milán, vestirse como las estrellas de cine, cómo los cantantes. ¿Porqué tenía que ir al cuartel? En dos semanas más empezarían las inscripciones. ¿Y si hablaba con su padre? Le temblaba el cuerpo de sólo pensarlo. Don Eulogio no hablaba mucho, pero era sólido como una piedra en sus decisiones. Nunca había escuchado una discusión en casa. Nadie contradecía ni desafiaba al viejo. Era así de simple, lo que don Eulogio decía, eso se hacía. El único que se la llevaba fácil era el Mosca, pero de alguna manera se había ganado esos privilegios, muy a pesar del viejo.
En la noche, mientras los primos, primas y amigos bailaban, conversaban y reían, Mosquito iba de un lado a otro deprimido, bebiendo cada vez que alguien le decía salud. “¡Salud por tu hermano!” le decían, “¡Salud Mosquito, tú eres el próximo!” y lo obligaban a vaso lleno. Mosquito brindaba, bebía y reía. Luego de un rato, y sintiéndose mareado, se apartó de la reunión, salió al zaguán que daba al taller, allí, apoyado en la pared, lo encontró la prima Gloria.
– ¿Me parece o estás borracho, primo? – preguntó pícara Gloria.
– Te parece nomás – contestó Mosquito con los ojos entrecerrados.
– Ya pronto te toca ir al cuartel ¿No?
– No quiero ir a esa huevada – contestó Mosquito apoyando la cabeza en la pared, mirando al cielo y entornando los ojos.
– ¿Y eso? – preguntó la prima.
– ¿Sabes qué primita? No quiero ser soldadito… – dijo Mosquito al mismo tiempo que ponía la botella de cerveza que tenía en la mano sobre su pelvis simulando un falo.
Gloria abrió los ojos sorprendida por la grosería, pero luego se echó a reír a carcajadas, Rubén también rió con un raro brillo en los ojos.
– Ya sé cuál es tu problema Rubencito, espérame aquí que te voy a presentar a un amigo.
Unos minutos después regresó Gloria con un muchacho de unos veinte años, alto, guapo, varonil. Los presentó, se dieron la mano. Empezaron a hablar, Gloria se excusó discretamente, ellos ni le prestaron atención. Mosquito veía al chico hablando, escuchaba las palabras pero no se daba el trabajo de entenderlas, le contestaba “sí”, por contestar, asentía con la cabeza, ponía cara de atento y concentrado, pero no dejaba de ver su cuello largo y sus brazos tersos; la camisa abierta dejaba ver una cadenita plateada con una cruz, bajó la vista, el pantalón apretado, las piernas gruesas. Se avergonzó, levantó el rostro para seguir fingiendo que atendía lo que decía ese dios griego, asentía nuevamente y en medio del ruido sordo veía esos labios carnosos formando figuras, moviéndose, lo costaba esfuerzo escucharlo, la bulla de la música estridente lo aturdía, se acercó a su oído y le gritó: “¡No te escucho bien!” y aprovechó para sentir su fragancia varonil. El chico le señaló el taller que estaba casi a oscuras para conversar mejor, caminaron, allí estaba bien, se detuvieron, cerca el uno al otro, muy cerca, Rubén ya no oía la música, ni tampoco las palabras del muchacho, solo veía sus labios moverse, demasiado cerca, tan cerca que casi no le costó esfuerzo posar sobre ellos los suyos, sentirse correspondido y olvidarse por completo del viejo, de sus hermanos, de los cuarteles, de la vida miserable de soldadito de plomo y del mundo. Ya no se sentía un mosquito, ni mucho menos una mariposa, era un ave, un águila, un cóndor rojo, azul, violeta, naranja, que vuela libre, lejos, que se va, que se pierde, una mancha, un punto, una luz en el horizonte de una noche clara, una estrella…
viernes, 6 de mayo de 2011
IÑAPARI Y LAS ELECCIONES ¿REALMENTE MI VOTO CUENTA?
Seguramente usted que lee esta nota ya ha comparado los precios que acabo de mencionar – que son totalmente reales aunque usted no lo crea – con los de ciudades como Arequipa o Lima y habrá notado que aquí se paga el doble cuando no el triple de lo que se paga por los mismos productos en dichas ciudades.
No sólo varía el precio, también las calidades, en Iñapari no hay camal privado ni municipal, los ganaderos benefician las reses en sus propios predios, no hay garantía de su buen estado; lo mismo sucede con la carne de pollo. La arena es de la ribera del rio y es salitrosa. Los ladrillos son artesanales, hechos y cocidos a mano, por cada millar se pierden un promedio de doscientos que están poco cocidos o quemados. La internet es lenta, no se puede hacer uso de una web cam por que si no toda la cabina colapsa.
No hay servicio de internet para las casas ni telefonía fija. Los teléfonos son satelitales, los celulares aparecieron recién hace cuatro años por la demanda de los brasileños, Movistar y Claro colocaron antenas y vendieron equipos, ganaron dinero, el año pasado Vivo llegó a Assis Brasil y los brasileños dejaron de usar celulares peruanos. Iñapari ya no es un lugar rentable para las empresas de telefonía celular. Yo tengo internet USB, el servicio es tan malo que me resulta imposible ver un video en Youtube. Postear una nota en el facebook me toma cinco minutos y cuando quiera subir esta nota al blog, entre la carga del documento y la foto que lo acompaña me tomará veinte minutos si tengo suerte y no se corta la conexión en medio proceso.
En Iñapari no hay red de alcantarillado ni desagüe; la mayoría de las casas usan pozos sépticos, casi todos ellos artesanales y que contaminan los suelos. Hay una red rudimentaria de agua, a pesar de que la Municipalidad dice que es potable, es fácil cerciorarse sin necesidad de un microscopio de que contiene desechos: no es apta para el consumo humano. Esta agua se distribuye sólo una hora al día los meses lluviosos, en la temporada seca sencillamente no hay agua. Muchas casas tienen pozos de agua subterránea, sin embargo esta agua está contaminada por las filtraciones de los pozos sépticos. Hasta el año dos mil diez Iñapari tenía luz solo dieciocho horas al día. Desde este año tenemos luz las veinticuatro horas, pero cada día hay cortes de luz arbitrariamente en un número de dos o tres por día que malogran permanentemente los equipos y electrodomésticos, la potencia del fluido no llega al voltaje que se cobra. En Iñapari no hay comisaría, sólo un puesto de vigilancia fronterizo con un mínimo de efectivos que siempre se disculpan con el argumento, ya saben, de que hay pocos efectivos. En Iñapari, salvo la interoceánica y las cuatro calles que rodean la modesta plaza de armas, las calles son de barro y se hacen intransitables en tiempo de lluvia.
En Iñapari la mayoría de terrenos no tienen ficha en los Registros Públicos, la propiedad es informal. Las escuelas son pobres, hay una primaria y otra secundaria, los profesores hacen lo que pueden para transmitir sus rudimentarios y escasos conocimientos a nuestros hijos. Hasta el año dos mil ocho no había ninguna entidad financiera en Iñapari, el Banco de la Nación se inauguró en diciembre del dos mil ocho, por la gestión y a presión de los pobladores de Iñapari; sigue siendo la única entidad financiera hasta ahora. En Iñapari no hay ESSALUD, sólo una triste posta del MINSA, me descuentan mensualmente de mi boleta de pago aportes para el seguro y no sé para qué. En Iñapari no hay buses de transporte interprovincial, los viajeros quedan expuestos a los abusos de los colectiveros informales, que raramente tienen cinturones de seguridad y salen a la hora que mejor les conviene.
Sin embargo, Iñapari es uno de los pocos distritos del Perú que de acuerdo al último censo del INEI no registra pobreza extrema ni pobreza. ¿Cómo se explica esto?
No tengo la respuesta pero sí varias teorías: La primera es que descubrí que las familias más antiguas de Iñapari son de arequipeños inmigrantes, me imagino y quiero creer que ese espíritu indomable ante la adversidad de nosotros los arequipeños, ha hecho que este pueblo trabajador no se haya dejado vencer por las circunstancias.
Otra teoría es que estando Iñapari tan alejada de Lima y durante décadas apartada incluso de Puerto Maldonado, decidió tomar el toro por las astas y resolver sus problemas por sí misma, al extremo de prácticamente no depender de Lima. Aquí no hay asistencia social, el que no trabaja no come, así que todos trabajan y buscan como progresar. Los techos de las casas están adornados por las antenas satelitales grises de Directv o rojas de Clarotv, no hay casa por modesta que sea que no festeje un cumpleaños con una parrillada o churrasco como le llaman aquí. Lima es un fantasma lejano. El desarrollo del Perú y la bonanza económica es un montón de palabras vacías a las que la gente presta poca atención cuando se anuncian por el canal de televisión del Estado, el único que llega por aquí en señal abierta.
En Iñapari se vendió una fantasía: Se les dijo que la carretera interoceánica traería progreso y haría que los precios de los productos bajen.
La bolsa de cemento se vende a treinta y tres soles. En el Brasil la bolsa de cemento cuesta treinta reales, que son más de cuarenta y cinco soles al cambio.
En Iñapari el cemento se vende como pan caliente, pero la mayoría de las casas son de madera.
En Assis Brasil, la ciudad vecina, cada vez hay más casas de material noble.
Los brasileños compran el cemento para construir sus casas en Perú, vienen con sus camionetas y compran mucho más barato. Los comerciantes de cemento están felices. Ganan más del doble por bolsa de cemento.
Hoy con la interoceánica, el flete para traer cemento desde Cusco o Arequipa es sumamente barato. ¿Por qué no han bajado los precios? Porque el principal mercado siguen siendo los brasileños, no hay ningún incentivo para que los comerciantes peruanos bajen los precios a pesar de que hoy sus costos se han reducido notablemente gracias a la carretera, se están haciendo ricos.
La carretera interoceánica contribuye una vez más para que los ricos sean más ricos y los pobres más pobres.
Lo mismo pasa con los ladrillos, la arena, la cerveza, las gaseosas, las frutas y las medicinas.
El sueldo mínimo en el Brasil es de quinientos cincuenta reales, equivale más o menos a ochocientos ochenta soles. Ese sueldo es el que ganan las empleadas del hogar en Brasil, los barrenderos, jardineros y otros trabajadores no reciben menos de setecientos reales, es decir el equivalente a mil cien soles aproximadamente.
El Iñaparino no depende de Lima, nuestra economía (ahora soy un Iñaparino más) depende del Brasil, llevamos en nuestros bolsillos soles y reales. Si hay paro minero o de cualquier cosa en Madre de Dios, compramos nuestros alimentos con esfuerzo en Brasil, pero no morimos de hambre. Llevamos con honor la bandera del Perú y la izamos en nuestras instituciones y nuestras casas. Defendemos al país cuando nuestros vecinos que tienen todas las comodidades imaginables nos miran de arriba abajo. Nos damos el lujo de darles trabajo a muchos brasileños en las pequeñas empresas y negocios. Cuando nos dicen que vivimos en el fin del mundo, respondemos que vivimos en el paraíso.
Luego de todo esto, ¿Se le puede reclamar a este pueblo valeroso un voto por la continuidad del modelo económico? ¿Se le puede seguir ofreciendo mentiras cuando a pesar de ser permanente vigía de la frontera ningún gobierno ha hecho nada por mejorar la calidad de vida de sus ciudadanos?
Madre de Dios es el distrito electoral más pequeño del país. No es de interés de los políticos. Iñapari a pesar de su importancia geopolítica y ubicación estratégica, tiene aproximadamente quinientos votos, para los políticos eso no cuenta ni siquiera para lanzar promesas falsas.
Iñapari no cuenta con promesas electorales.
Sé que en teoría mi voto cuenta, pero hoy más que nunca me doy cuenta que vote por quien vote, eso no va a cambiar en nada la realidad de Iñapari. ¿Realmente mi voto cuenta?
jueves, 21 de abril de 2011
COR DE ROSA (Cuento)
Desde la ventana del avión, Mariana miró con curiosidad el modesto y pequeño aeropuerto de Puerto Maldonado. Era un día cálido de julio y el sol radiante iluminaba el horizonte dándole un singular tono a las verdes copas de los árboles que se alzaban ante un impresionante cielo azul decorado de brillantes mechones de nubes blancas.Ansiosa se levantó de su asiento apenas se apagó la señal de cinturones de seguridad, tomó su mochila y se dispuso a bajar. Mientras caminaba por el pasillo del avión iba sintiendo aumentar notablemente la temperatura, pero lo que no se esperaba fue el bochorno intenso que prácticamente la sofocó cuando se paró en el primer peldaño de la escalinata de descenso al salir del avión. Casi de inmediato sintió un calor húmedo y pegajoso apoderándose de ella. La ropa sobre su piel era insoportable y le costaba esfuerzo avanzar, lo que sumado al casi derretido asfalto y el brillo de las veredas de cemento pulido, hizo de su trayecto a la sombra una verdadera agonía.
Una vez en la zona de equipajes se fue directamente al baño, se quitó la blusa y se dejó la camiseta ligera que llevaba debajo. Se refrescó un poco frente al espejo y buscó sus lentes oscuros en la mochila. Acomodó sus cabellos castaños y salió a esperar sus maletas.
En el estacionamiento la esperaba su tío Ismael, la saludó con un fuerte abrazo, y la ayudó a subir a la camioneta. Ismael era el hermano menor de su padre y se veían a menudo en Lima. Ahora había ido a recogerla al aeropuerto y la llevaría directamente a Iñapari, en la frontera con el Brasil donde había nacido hacía poco más de veinte años. Mariana luego de intercambiar los saludos de rigor con el tío Ismael, se concentró en el paisaje. La carretera estaba terminada. Ya no recordaba bien la última vez que vino a la selva, revolvió sus memorias y se vio a los seis o siete años, viajando sobre una gran carreta de madera tirada por enormes bueyes que se desplazaban con lentitud en una trocha de barro rojo mojado. ¡Cómo había cambiado el paisaje! La negra cinta de asfalto penetraba interminable por el verde agreste. ¡Quién diría! Más de trece años sin venir y el progreso había llegado al fin a la tierra que la vio nacer. Rió de la tontería que acababa de pensar. Una frase tan trillada solo podía ser producto de su cansancio y la nociva influencia de la carrera de derecho que había decidido estudiar. Sonrió y decidió descansar un poco antes de llegar a la casa de su madre.
Como a las cuatro de la tarde, en un atardecer glorioso de tonos amarillos y rosa, llegó a Iñapari. Se bajó de la camioneta y su madre, doña Rosineide da Souza, la estaba esperando en la puerta de la amplia casa de madera. Se dieron un fuerte abrazo y ambas se llenaron de besos. No veía a su madre desde la última vez que vino a Iñapari. Entraron de la mano, conversando y riendo mientras que el tío Ismael bajaba las maletas. Una vez en la casa cuando se disponía a sentarse escuchó una voz aguda y musical gritando:
– ¡Eh menina! Tira esos zapatos cuando entra a casa.
Volteó y allí estaba sentada con su vestido floreado ligero, el cabello blanquísimo y una enorme sonrisa en una perfecta dentadura oscurecida por el tabaco la abuela Adailta.
– ¡Abuelita! – gritó Mariana mientras se quitaba las sandalias.
– ¡Meu Deus! – exclamó la abuela extendiendo los brazos - ¡Cuánto es que creció esa menina!
– ¡Abuelita linda! – repetía Mariana mientras se lanzaba sobre la abuela y la llenaba de besos y caricias.
– Me cuenta – ordenó la abuela – cómo la está tratando esa cidade tan grande. Ya su mãe me contó que está estudiando, sacando notas todas buenas. Orgullo de sua mãe.
Mariana se acomodó y contó de Lima y lo moderna que estaba, de la casa de papá, de la escuela que había terminado hacía tres años, de su viaje de promoción al Cusco, de su ingreso a la Facultad de Derecho, de sus buenas notas y de lo feliz que estaba de visitarlas ahora. Inteligentemente obvió mencionar a la actual mujer de su padre. Pasaron horas conversando, doña Rosineide preparó café negro, espeso y dulce como se acostumbraba en la casa y doña Adailta fumó un cigarro rubio en su mecedora de madera mientras ambas escuchaban con regocijo las mil historias de la nieta. En una pausa doña Rosineide aprovechó para preguntarle seriamente a Mariana cómo estaba su padre, Mariana contestó con sinceridad que estaba bien. Le iba bien con el negocio de maquinaria pesada desde que había dejado la explotación de madera. Doña Rosineide se quedó en silencio por algunos segundos y la abuela Adailta rompió el hielo:
– Ese hombre era bueno, mas nunca gustó del monte. Nunca llegué a saber con certeza porqué vino a parar en este lugar olvidado de Deus.
– ¡Ay mamá! – contestó con tristeza Rosineide – no diga esas cosas.
– Eu falo la verdad filha – contestó la abuela – no gusto de cosa enrolada, no, lo único enrolado que soporto es este meu cabello.
Mariana y su madre echaron a reír y cambiaron rápidamente de tema, doña Rosineide y doña Adailta eran brasileñas. Moisés, el padre de Mariana había conocido a Rosineide cuando esta tenía tan solo dieciséis años y se la había llevado a vivir con él. Cuando renunció a seguir trabajando en la selva a pesar de irle bien con la madera, harto de los mosquitos, las inundaciones, el calor sofocante y los animales extraños, Rosineide no quiso acompañarlo a vivir en Lima. Moisés le rogó quedarse con él. Rosineide lo intentó y fue a Lima pero sólo resistió seis meses, no pudo más y volvió. El estruendo de los autos, el tráfico, el desorden, los edificios enormes, el bullicio, la gente tan bien vestida y educada que era la familia de su marido la hacían sentirse más campesina que nunca. Además la torturaba el triste cielo nublado de la capital y el frio húmedo que calaba sus huesos. Extrañaba el calor de la selva. Lo único que le gustó en esos seis meses eran las discotecas, sus enormes pistas de baile y las impresionantes luces de colores. Ese era el único recuerdo grato que tenía de Lima. Ese y los piropos algunas veces descarados que le lanzaban los limeños poco acostumbrados a unas caderas cimbreantes y musicales como las suyas y a esa gracia tan propia de la mujer brasileña.
Ahora vivía junto a su madre en una espaciosa casa al costado de la que fue alguna vez la casa de su marido. En ella vivía Ismael, que había heredado el negocio maderero y dos sobrinos pequeños también peruano brasileños como Mariana, hijos de Ismael y una guapa mulata compatriota suya de nombre indescifrable: Astrogilda Bonfim.
Al día siguiente, temprano en la mañana entró Astrogilda a la casa como un torbellino tropical, con su tersa piel de ébano y blanquísima dentadura, sonrisa inacabable y una sensualidad etérea que se impregnaba en cada una de las tablas de las paredes, pisos y techo de la casa. Apareció con un apretado short de tela brillante y escarchada que empezaba varios centímetros debajo de ombligo y terminaba a unos escasos milímetros por debajo de su ingle. En el torso sólo un brasier negro adornado con cuentas de vidrio cubriendo esforzadamente su senos abundantes.
– ¡Onde está esa filha de Moisés mulheres! – gritó apenas entró.
– Hola – contestó suavemente Mariana, intimidada por la fuerza volcánica de la personalidad de la mujer. Era la primera vez que veía a la tía Astrogilda. Por alguna razón Ismael siempre se había negado a llevarla a Lima.
– ¡Beleza de mulher! ¡Qué grandona, bonitinha! ¿Me entiende verdad? – dijo hablando a toda velocidad. Sin dejar que Mariana conteste la abrazó y le hizo dar una vuelta sobre sí misma para verla completa.
- ¡Qué chick! ¡Beleza brasileira y modales de princesa!
Mariana se sonrojó y agachó la cabeza
– ¡No agacha cabeza, no, mulher! Nunca debe tener vergonha de sua beleza – agregó la tía.
– Ya déjala en paz Astrogilda – dijo doña Rosineide que estaba preparando el café.
– ¡Ah! – espetó la mujer con desdén, luego se dirigió a Mariana – ¡Eh! eu vou para el festival en el rio. ¿Me acompaña?
– ¿Festival? – preguntó Mariana.
– El festival de playa – comentó la madre – Y no Astrogilda, Mariana se va a quedar con nosotras. Además el festival dura tres días. Mañana podemos ir todos.
– ¡Mamá! – dijo con tono lastimero Mariana.
– ¡Mamá! – imitó Astrogilda intentando hablar sin su acento brasileño y estallando en una carcajada burlona.
– Deija a menina salir – dijo impaciente, desde su mecedora, doña Adailta – ¿O acaso você olvidó cuando tenía esa edade?
Doña Rosineide asintió con la cabeza y le regaló una sonrisa cómplice a su hija. Astrogilda pidió licencia para ir a cambiarse mientras la muchacha hacía lo mismo. Mariana aprovechó para ponerse esas tangas que casi nunca se ponía en Lima y que estaba segura que ahora lucirían conservadoras al lado de los hilos dentales que las brasileñas usaban en las fotos que su papá le había mostrado tantas veces. Se colocó encima un holgado short de algodón crema y una blusa de lino blanco. Colocó en su cartera el bloqueador solar, unas cremas, lápiz labial, repelente y, ¿por qué no?, un preservativo.
Se despidió de su madre y la abuela y salió fuera de la casa. Ya la estaba esperando la tía Astrogilda quien no había hecho otra cosa que colocarse un top casi del mismo tamaño del brasier, encima de este y varios litros de perfume.
– ¿No llevas ropa de baño? – preguntó Mariana.
– Sim, esta es – dijo Astrogilda al mismo tiempo que desplazaba el short unos centímetros hacia abajo y mostraba una diminuta tira de tela negra, a la vez que sonreía coquetísima con todos sus hermosos dientes blancos.
Una vez en el rio, pasearon por horas, bebieron cervezas heladas y compraron unos curiosos suvenires consistentes en una especie de jarros de aluminio, con el logotipo del festival y con un forro interior de espuma plástica donde se depositaban las latas de cerveza y se mantenían frías ante el implacable calor de la selva. Bailaron con la música que brotaba de los enormes parlantes en el estrado ubicado muy cerca al rio, que por la época tenía muy poco caudal. Astrogilda le presentó varios muchachos peruanos y brasileños, sin embargo Mariana no le prestó especial atención a ninguno, se sentía bien en medio de tanto calor, de tanta gente diferente y simpática, muchachos negros o mulatos con chicas rubias y viceversa. En la universidad donde estudiaba eso no sería posible. Pensaba en cuánto le faltaba al Perú y a Lima para superar las barreras del color de piel. Ella misma se había sentido superior muchas veces frente a otros, olvidando el color canela de su propia madre y la sangre mulata oscura de la abuela Adailta. Había tenido suerte al heredar la piel blanca y los cabellos castaños claros de su padre. Ahora se mezclaba entre estos muchachos atractivos de piernas fuertes, morenas, de cabellos ondulados y ojos negros rodeados de cautivadoras cejas pobladas. También llamaban su atención los muchachitos rubios, de ojos azules o verdes cristalinos y piel blanca perfectamente bronceada, que a diferencia de la capital, se codeaban con naturalidad con peruanos y bolivianos de todos los colores. Estaba feliz. Bailó forró durante horas y bebió cerveza hasta que atardeció y en el estrado se instaló el grupo musical de moda de la región. Astrogilda era una bailarina incansable y ella no quería quedarse atrás. Disfrutaba la fiesta y la atención de todos los muchachos que la invitaban a bailar e intentaban enamorarla. Hasta que de pronto, frente a ella apareció una silueta que la dejó sin aliento: Un muchacho guapo, claro, alto, de espalda y hombros fuertes, brazos gruesos y piernas firmes la miraba directamente a los ojos. Estaba impecablemente vestido de blanco. En su cabeza, a pesar de ser de noche, tenía un formidable sombrero de cuero y colgando del cinto una especie de funda de cuero también, como si portara una espada. Mariana bajó la vista nerviosa y le dijo a Astrogilda que volvería pronto, pues precisaba ir al baño.
Luego de hace la larga cola para el uso del baño portátil, y de regreso a la zona de baile, escuchó una voz susurrante y estremecedora que la llamó por su nombre. Volteó y se encontró cara a cara con el muchacho de blanco que había visto antes y que ahora la saludaba con una sonrisa, él tomó su mano delicadamente y la besó mientras le decía en portugués algo ininteligible. Mariana en su nerviosismo solo atinó a decir que no entendía.
– ¿No habla portugués la señorita? – dijo el joven en un español cantado pero comprensible.
– No – contestó Mariana – entiendo un poco pero si habla despacio.
– Yo hablo español señorita – contestó él y continuó – estoy encantado de poder saludarla y presentarme, yo me llamo Marcio.
Mariana soltó una carcajada cuando Marcio luego de su presentación hizo una teatral venia colocando un pie detrás del otro al mismo tiempo que inclinaba la cabeza y ponía una mano a la altura del estómago.
– ¿Y cómo sabe mi nombre señor Marcio? – preguntó más calmada Mariana.
– Su tía me dijo – contestó señalando el lugar donde eufórica bailaba Astrogilda.
– Entiendo.
– ¿Danzaría usted con este servidor? – preguntó Marcio.
– Claro – dijo Mariana – pero tienes que actualizar tu español. Es muy antiguo.
Ambos rieron mientras iban a bailar.
* * *
Ya cerca de la media noche, Mariana luego de bailar todos los ritmos posibles con Marcio y compartir con él un número no preciso de cervezas, le dijo que ya debía retirarse. Marcio sonrió y le pidió que lo acompañe un rato más para conversar unos minutos antes de irse. Mariana asintió y dejaron atrás el baile y caminaron tomados de la mano por la arena de la orilla del rio Acre. La noche estaba estrellada, preciosa. La superficie apacible del rio reflejaba una romántica luna menguante. Marcio se dejó caer sentado sobre la arena e invitó a Mariana a sentarse. Ella aceptó, él empezó a hablar en su español arcaico de las estrellas, de los nombres con la que los indígenas las conocían, le contó historias del rio y del bosque. Le habló de épocas inmemoriales cuando el hombre occidental no había llegado a estas tierras, de animales de formas difusas y nombres impronunciables. Mariana escuchaba estática, hipnotizada, encantada con ese mozo tan interesante, amable y educado pero a la vez sencillo y humilde. Mientras hablaba no dejaba de mirar sus labios carnosos, su nariz afilada, su piel húmeda y cálida. De pronto Marcio volteó y la besó. Ella le correspondió. Sintió sus manos atrevidas buscando bajo su ropa e intentó detenerlo, pero él le susurró al oído las cosas más bellas del mundo. Se perdió en su aliento, en sus palabras que ya no eran en español y que le decía en portugués lo bonita que era, que describían en poesía lo suave de su piel, lo brillante de su cabello, lo profundo de sus ojos, lo sereno de su sonrisa. Lo abrazó con fuerza y sintió bajo su vientre un sólido hierro candente que acabó con sus últimas evasivas y sólo atinó a estirar la mano en busca de su cartera, tratando de encontrar el preservativo, pero ya era tarde, un torbellino de placer y deseo la envolvió dejándola rápidamente sin control ni conciencia.
Cerca de las cuatro de la mañana y luego de haber hecho el amor bajo las estrellas por horas, Mariana abrazó a Marcio y se mordió los labios viendo su propio cuerpo desnudo al lado de este incansable hombre rebosante de fuego y pasión. Recorrió con los ojos sus muslos, su sexo en reposo, su vientre plano, su pecho formidable, su rostro hermoso y dejó escapar una risita al ver que Marcio seguía con el sombrero puesto.
– Quítate eso – le dijo.
– Marcio sonrió y sin hacerle caso se levantó. Caminó desnudo hacia el agua que le llegaba a las rodillas, se sumergió lentamente y se incorporó dejando ver su cuerpo brillante. Mariana no pudo evitar sentir una nueva oleada de deseo al ver las gotas de agua corriendo por el cuerpo de ese magnífico espécimen.
– Debo irme ya señorita, va a amanecer – dijo Marcio al volver a su lado, mientras recogía su ropa.
– Deja ya de llamarme de usted – reclamó Mariana mientras Marcio sonreía como siempre – ¿Me das tu número? – preguntó impulsivamente, arrepintiéndose de inmediato y trató de aclarar:
– Para llamarte y, si se puede, salir estos días, me quedo una semana en Iñapari.
– Yo la buscaré señorita – contestó Marcio. Se acercó y le dio un beso apasionado. Mariana le correspondió y luego se quedó mirando como el hombre se alejaba caminando lentamente por el medio del rio, con sus ropas en las manos, desnudo, con un sombrero de cuero por toda prenda y se perdía en la oscuridad de la noche rio arriba.
* * *
Mariana se vistió rápidamente. Caminó por la arena sonriendo y mordiéndose los labios por causa de la travesura que acababa de hacer. “Razón tenía papá” se decía recordando todas las veces que su padre le había dicho que tarde o temprano le saldría lo brasileña.
Llegó cerca al estrado y la fiesta estaba en sus últimos estertores, buscó a su tía y no la encontró por ningún lado. Alrededor hombres y mujeres caminaban y bailaban cayéndose de la borrachera, algunos yacían dormidos en la arena. Miró alrededor, y cuando estaba a punto de irse sola, se le ocurrió ir a mirar detrás del escenario. Allí descubrió a Astrogilda desnuda de la cintura hacia abajo y con el brasier por el cuello montada y ensartada sobre un moreno bajo y musculoso que, de pie apoyado en la estructura del estrado, la sostenía de las nalgas con sus poderosos brazos, ambos perdidos en sordos e intensos jadeos y gemidos.
– ¡Tía! – gritó Mariana
Astrogilda volteó y le hizo una seña de molestia para que se retire, sin dejar de menear las caderas sobre el moreno. Mariana aturdida regreso a la zona de baile y esperó. Minutos después vino su tía acomodándose la ropa y le sonrió con una naturalidad que la dejó indignada. Mariana molesta empezó a caminar rápida rumbo a casa y Astrogilda la siguió. Cuando la alcanzó la tomó por el hombro y le dijo:
– ¡Hey menina! Você vai ficar bien callada ¿verdad?
– ¡Tía!
– ¡Me ayuda! Por favor sobrinha linda. No es maldad con seu tío, no. Es sólo transar, sólo sexo como vocês falan.
– ¡Pero tía! ¿Te das cuenta lo que me pides?
– ¡Por favor! – volvió a decir y juntó sus manos con una expresión de mística santa medieval que arrancó una carcajada en medio de la cólera de Mariana.
– ¡Eres una puta tía! Por eso el tío Ismael no te lleva a Lima – replicó con tono cómplice.
– Soy una puta gostosa. Y así es como gusta tu tío – contestó con su enorme sonrisa la tía Astrogilda.
* * *
Al día siguiente Mariana volvió al festival con Astrogilda, doña Rosineide y doña Adailta. Caminaron por los puestos de comida, bebieron un poco y bailaron también, pero ya no como el día anterior. Doña Rosineide se había puesto un bonito bikini y orgullosa notaba que todavía atraía miradas, pues con sus treinta y ocho años conservaba bien las formas. Quien no las conociera pensaría que madre e hija eran tan sólo amigas. Mariana, sin embargo, durante todo el día buscó a su joven amante entre la gente y no lo encontró. Entrada la noche se acercó a su tía y le preguntó acerca de Marcio.
– ¿Marcio? No sé de quien me fala sobrinha.
– El muchacho con el que estuve bailando anoche tía.
– No vi, no.
– ¿No conoces ningún Marcio?
– Sí, mas como ese que você fala… no. Pero ahora você va a contar tudo para mí…
Luego de contarle lo sucedido a su tía, Mariana quedó triste y desilusionada. Astrogilda haciendo gala de discreción no hizo comentario alguno. El domingo tampoco lo vio. Nunca más volvió a saber de Marcio y no le quedó ánimo para salir con ninguno de los otros muchachos que la invitaban. Pasó el resto de la semana casi todo el tiempo en casa; con la esperanza de encontrarlo, paseó algunas veces con la abuela por la pequeña ciudad y sus calles de barro sin éxito y finalmente, terminadas las breves vacaciones, se despidió de todos y regresó a Lima.
* * *
En una calurosa y sofocante tarde de setiembre, mientras doña Adailta se abanicaba sentada en la mecedora, el rugido de una camioneta estremeció la casa. La abuela y doña Rosineide salieron de prisa de la cocina y ambas quedaron pasmadas viendo una camioneta cubierta de barro que frenaba prácticamente sobre la entrada y de ella descendió raudo Moisés Cáceres con una expresión furiosa en el rostro, azotando la puerta del vehículo al tiempo que de la otra puerta y con la cabeza baja aparecía Mariana, demacrada y pálida.
Moisés entró hasta la cocina sin saludar y sin quitarse las botas. Detrás de él Mariana, doña Rosineide y doña Adailta. Moisés señaló una silla con un gesto firme y Mariana sin decir palabra se sentó allí. Luego con las manos en la cintura encaró a doña Rosineide y le soltó la noticia en la cara:
– ¿Para eso te la mando? ¡Está embarazada carajo! Dos meses. Quiero que me lleves de inmediato a la casa de ese tal Marcio. ¡En este momento!
– ¿Qué Marcio Moisés? Yo no sé nada de ningún Marcio.
– ¿Cómo no vas a saber? ¿Así cuidas a tu hija?
– ¡Nuestra hija Moisés!
En ese momento entró a la cocina Ismael arrastrando del brazo a Astrogilda que se resistía a caminar.
– ¡Habla mujer! – exigió Ismael - ¡Di todo lo que sabes!
Aterrada Astrogilda se quedó callada mirando al suelo. Luego empezó muy despacio a decir:
– Foi o boto cor de rosa.
– ¿Qué? – reaccionó sorprendido Moisés – ¿de qué mierda está hablando tu mujer? – preguntó dirigiéndose a Ismael
– Es un mito regional – contestó Ismael – el boto es un animal parecido al bufeo colorado de nuestra amazonía, una especie de delfín de rio.
– No es mito – aclaró con voz firme doña Adailta
– ¡No me vengan con huevadas! – gritó exasperado Moisés – por última vez, ¿Dónde encuentro al tal Marcio?
Se hizo un silencio denso en la habitación. Moisés escupió al piso y salió del lugar con prisa rumbo a la camioneta y las mujeres se miraron entre sí con preocupación. Pocos segundos después volvió a entrar a la cocina con una escopeta entre las manos. Se dirigió a Astrogilda y le espetó:
– ¡Habla carajo o aquí va a suceder una desgracia!
– Não sei señor – contestó aterrada la mujer.
– Me escucha Moisés – dijo doña Adailta – el boto existe. Me deja falar con su filha.
Doña Adailta se dirigió a su nieta:
– Fala para mí menina. Este hombre que te engravidó ¿era alto, claro, bonito, vestido de branco?
– Sí abuela.
– ¿Y usaba sombrero de cuero?
– Sí.
– ¿Se quitó el sombrero?
– No abuela.
– Fue el boto cor de rosa señor Moisés – dijo con pesadumbre la abuela dirigiéndose al enfurecido padre.
– ¿De qué está usted hablando? – interrogó Moisés desconcertado
– Usa el sombrero para tapar el hueco en su cabeza, el orificio por el que respiran – dijo con calma doña Rosineide mientras caminaba a atender a su madre que había palidecido y le costaba trabajo sentarse en la mecedora.
– ¡Qué demonios! ¡Ustedes se están burlando de mí! – dijo aprensivo y nervioso Moisés – ¡no me vengan con cuentos de indios ignorantes! ¡Ustedes quieren proteger al tipo que embarazó a esta!
– No son cuentos, não – dijo doña Adailta con dificultad y con lágrimas en los ojos.
Moisés no quiso escuchar más. Tomó del brazo a Mariana y la subió a la camioneta a empellones. Encendió el vehículo y partió. Se pasó cuatro días completos buscando casa por casa a Marcio. Nadie daba cuenta de él. Ninguna persona parecía conocer a alguien de esas características, ni en Iñapari, ni en el lado brasileño y menos en el triste pueblito de la frontera boliviana. Habló con la Policía Federal del Brasil, prometieron ayudar pero no garantizaban nada. Mariana era una adulta y no podían intervenir directamente en el caso. Al quinto día, Moisés se encerró en la cocina de la casa con Mariana, luego de varias horas el sordo estruendo de la escopeta Winchester de dos cañones de Moisés Caceres remeció los horcones de la casa. Doña Rosineide fue la primera en llegar corriendo y trató de entrar sin conseguirlo, Ismael apareció segundos después y derribó la puerta. En el suelo estaba el cuerpo inerte de Moisés ensangrentado y Mariana de rodillas lo abrazaba y llorando le pedía perdón.
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