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miércoles, 10 de enero de 2018

EL COLECCIONISTA (Cuento)

Ella se veía con él y lo amaba, él decía amarla también.

Ella viajaba con él, paseaban por lugares nuevos, buenos. Él evitaba salir en las fotos, astuto, siempre se ofrecía para ser el fotógrafo.

Ella sintió que no debía pedir permiso, publicó las pocas fotos donde él salía. Él le explicó con una sonrisa torcida, diabólica, que los buenos momentos no se publican. Le pidió eliminar las fotos.

Él la complacía en todo, ella se sentía feliz. Él llenaba todos sus espacios y consolaba su soledad, a cambio tenía una mujer de fin de semana para desahogar su cuerpo y su vanidad.

Ella había dejado tanto por él que cada noche para justificarse se repetía que era por amor; tenia tanto miedo a haberse equivocado que se justificó con tal intensidad al punto que se convenció de qué él la quería pese a que no veía amor en él.

Era tan infeliz que cada día tomaba una foto nueva practicando una nueva sonrisa. Necesitaba demostrar al mundo que era feliz, que no se había equivocado.

Se negó a recibir consejos, en sueños una serpiente le silbó al oído: No hagas caso de nadie, tú eres dueña de tu vida, nadie tiene derecho a cuestionarte. Eres única e inigualable, disfruta de tu individualidad, no escuches a los que critican. Ella le creyó.

Él le contaba historias, le explicaba el mundo con un discurso manido que llevaba en sus alforjas desde la universidad y hasta ahora no le había fallado. Ella que escuchaba esas historia por primera vez, cual estudiante de primer año, quedaba maravillada.

Ella creía ciegamente en él, él jugaba ciegamente con ella.

Él salía con gente nueva, conquistaba, ella cuando se enteraba o sospechaba, se desquitaba saliendo también. Ella le reclamaba, él le decía que eran almas libres, que en un mundo perfecto se aboliría la pertenencia, la propiedad privada y el dinero. Le dijo que las mentes libres no usan etiquetas decimonónicas como marido y mujer, esposos, novios, enamorados. Las mentes libres solo tienen compañeros en el viaje de la vida, camaradas... y ella le creía boquiabierta mientras él le contaba la misma historia a sus nuevas conquistas.

Él la conminaba a ser feliz, a disfrutar el momento. Ella en su amargura y desesperación lo escuchaba y sonreía con tristeza en cada momento feliz, recordando todo lo que había perdido por él.

Cuando ella estaba triste, él, en la vigilia, y la serpiente, en sueños, le decían que había hecho bien, que su anterior vida común, rutinaria, ordenada, clásica, era sosa y aburrida.  Le exigían ser agradecida con quienes la habian sacado de esa vida sin sentido, de una familia sin sentido, donde se había abandonado a ser una simple ama de casa, una pobre mujer sin esperanza. Ella pensaba en su nueva vida de salidas nocturnas, viajes y amistades alegres exacerbadas por el alcohol y les creía.

Ella quería tanto ser feliz, que a fuerza de convencerse , se enamoró de él.

Un día ella, recordando las pequeñas colecciones que había en su anterior casa, por curiosidad, le preguntó:

- ¿Tú no coleccionas cosas?
- Las cosas materiales son un producto del capitalismo imperialista - contestó él - yo colecciono momentos.

Ella sonrió feliz y pensó en los momentos que pasaba con él. No sabía que ella era solamente una más en su colección.

sábado, 17 de diciembre de 2011

¿ES EL INTERIOR DE LAS PERSONAS LO QUE VALE?

Premisa 1: Todos somos iguales.
Premisa 2: Lo valioso es el interior de las personas.

Veamos:

Sobre la premisa número uno hay una enorme serie de consideraciones posibles, haré las que me parecen más relevantes. En primer lugar no es cierto que todos seamos exactamente iguales. Si nos fijamos atentamente, las normas y conceptos que regulan la llamada igualdad no dicen exactamente eso. Incluso los preceptos religiosos. Lo que dice nuestra Constitución, por ejemplo, en su artículo segundo es lo siguiente: “Toda persona tiene derecho a la igualdad ante la ley.” Es decir que desde un punto de vista institucional o legal, no es cierto afirmar que somos simplemente iguales, somos iguales ante la ley, en la medida que no podemos ser discriminados por motivo de nuestro origen, raza, sexo, idioma, religión, opinión, condición económica o de cualquier otra índole.

La mayoría de religiones reconocen la igualdad del ser humano en cuanto a humanidad precisamente, pero reconociendo la individualidad. En conclusión, la mayoría de las religiones asume que la llamada igualdad es una cuestión ideal, pero que en la realidad no existe.

Lo indicado tiene razón de ser, no se puede pretender igualdad absoluta del género y luego querer defender la individualidad del sujeto.

La igualdad legal protege al ser humano frente a la discriminación, no olvidemos que la cuestión inherente a los derechos fundamentales es la dignidad y sobre ello gira el principio de la no discriminación. La discriminación ha sido dividida en dos clases, la discriminación negativa y la positiva, la que está prohibida es solamente aquella negativa. La positiva está permitida. ¿Cuál es la discriminación positiva? Veamos ejemplos: Las cuotas de género en el congreso y listas para consejeros regionales y elecciones municipales. Las cuotas étnicas y de edad en los mismos casos, en el Perú se exige que cada lista tenga un determinado número de jóvenes, mujeres y nativos (de ser el caso) para ser admitida en un proceso eleccionario.

En diversos países existen universidades que plantean la cuota de etnia, minorías le llaman. Ahora vamos más allá: La vida es un proceso de permanente discriminación: ¿cuántos niños pueden ingresar al selecto jardín de infancia donde piensa poner a su hijo el próximo año? A esta fecha seguramente usted ya tiene asegurada su vacante desde setiembre, y si no, tendrá que buscar pronto otro colegio, si no para febrero quedarán solo los “peores.” El ingreso a la universidad es otro buen ejemplo. ¿No son acaso los exámenes de ingreso a la UNI, San Marcos, UNSA en Arequipa, claros casos de selectividad? Solo ingresan los más capaces de acuerdo a un cuestionable o no sistema de preguntas. Discriminación positiva. Los procesos de selección para empleos, los concursos públicos de ingreso y ascenso, etc. Como se puede ver claramente estamos rodeados de procesos y procedimientos que discriminan constantemente, incluso por cuestiones tan triviales como quién se levanta más temprano o se amanece más días para ver el concierto del cantante de moda, donde no podrá ingresar quien no esté dentro de los veinte mil elegidos que pudieron comprar entrada. Y el que no quiere amanecerse, paga el doble al revendedor y asunto resuelto. Selectividad por capacidad adquisitiva.

Como ya podrá notar a este punto el avispado lector, no somos tan iguales como parecía al principio.

Ahora veamos la segunda premisa: Lo valioso es el interior de las personas. ¡Vamos! – Dirá alguien por ahí – ¿quién va a negar que esa sí es una premisa válida? Concuerdo. Efectivamente a la larga, lo más valioso es el interior. El problema es el camino para llegar a ese interior. ¿Cómo llegamos a conocer el interior de las personas? ¿Se le ocurre? ¿Ya se dio cuenta de la paradoja? ¡Sí! Exacto. A través del exterior.

Sigamos con el asunto de los ejemplos. Usted entra al ascensor y a su costado está una muchacha bajita, ciertamente gordita, con lentes, cabello ensortijado, desordenado. Y digamos que usted es – o cree que es – un galán de novela. ¿Conversa con la muchacha que acabo de describir? ¿Y si ella le pregunta algo a usted? ¿Le responde con una frase amable, pero cortante o de verdad se interesa en tratar de conocer el posiblemente valioso interior de la muchacha? ¿Y qué sucede si la muchacha es una dama de silueta estilizada, alta, bien vestida, perfumada? ¿Reacciona igual? Pregúntese ahora: ¿Somos todos iguales? ¿Lo que interesa es el interior?

No estoy diciendo que el interior de la muchacha bajita sea mejor que el de la otra o viceversa. Eso es irrelevante a este punto. Lo que trato de decir es que el aspecto externo tiene mucho que ver en la vida real con la decisión que tomamos de querer conocer el interior de alguien.

Invierta el ejemplo, si usted es una guapa dama – o cree serlo – y va a la discoteca. Se acerca para invitarla a bailar un muchacho de lentes con monturas fuera de moda, con chompa de lana, con algo de pelusa en el rostro (no la sexy barba de cuatro días de Indiana Jones), algo torpe y despeinado. Tal vez acepte bailar con él y conteste sus reiteradas preguntas con evasivas y una sonrisa disforzada o, lo que es más común, lo rechace de plano. ¿Y si el interior de este muchacho es un interior que vale la pena conocer?, probablemente usted habrá perdido la oportunidad de conocer a una joven promesa de la ingeniería que en cinco años le pagará la casa y la camioneta de sus sueños, que la querrá como ninguno, que le será fiel hasta la muerte y que será un ejemplar padre de familia. Es posible. Pero sin lugar a dudas usted escogerá bailar con el tipo de piel bronceada, con aspecto de chico malo y peligroso que la hará sufrir mucho los próximos meses y tal vez durante la mayor parte de su atormentado matrimonio.

Sigo jugando con los estereotipos, pero es con el afán de que quede claro mi punto de vista. Mis hipótesis previas son en realidad bastante posibles.

¿Entonces con quién se casan la muchacha bajita y rellenita y el imberbe estudiante de ingeniería? Allí viene la variable del entorno. Es un dato estadístico irrefutable que la mayor parte de las relaciones – las legales y también las prohibidas – se generan entre los integrantes del mismo círculo social o laboral.

Usted ahora es el empleado de una empresa, trabaja mucho y no le queda tiempo para la actividad social. En su trabajo una de las pocas solteras, es… la muchacha del ejemplo. Un día se queda conversando con ella después del trabajo, otro día se encuentran en el comedor. Charlan por pasar la hora. Más adelante se vuelven a ver en un aburrido cumpleaños de algún compañero y charlan de nuevo. Es ahí cuando la interacción casi obligatoria, permite pasar la barrera de la carcasa externa. Es solo en esas oportunidades cuando uno termina conociendo mejor a la persona, ingresa a ese interior del que hablábamos y descubre que es valioso. Luego cuando ella se aleja caminando, usted la mira y piensa “mmm y había tenido buenas piernas…”

El problema de esta variable, es que uno queda pensando en las oportunidades que dejó “allá afuera”, finalmente se involucró con alguien de su entorno porque prácticamente no le quedaba otra opción. ¿Y si allá afuera hay alguien con las mismas virtudes internas, pero digamos con un exterior más a mi gusto? Si usted no está dispuesto a liberarse de ese pensamiento, le adelanto que tendrá muchos problemas en esa relación.

Regresando a nuestras premisas iniciales. No es cierto que seamos iguales, somos selectivos en la medida que precisamente no somos iguales. La igualdad es una conceptualización que sirve para resolver un problema legal, en la vida real y fuera del marco normativo, no somos iguales.

Si bien puede ser cierto que nuestro interior es mucho más valioso que nuestro exterior, no podemos perder de vista que es el exterior lo que abre el camino para que alguien se interese por ese interior valioso. Y lo triste es que en ese exterior es donde más similares somos y dónde más diferencias falsas podemos introducir. Como decía un viejo amigo: De noche todos los gatos son pardos.

martes, 30 de agosto de 2011

COMA (Cuento)

Zacarías vio el vidrio de su auto haciéndose trizas casi al mismo tiempo de sentir el impacto que lo aturdió la extremo de privarlo del conocimiento. Luego de un tiempo imposible de precisar, la sensación de un vaivén lo despertó. Logró ver las cabezas de los enfermeros que empujaban la camilla sobre la que estaba recostado hacia lo que parecía un pasillo interminable. Trató de voltear pero un collarín de espuma se lo impidió. Quiso hablar y no pudo articular palabra. Respiró, trató de recordar. Estaba saliendo del estacionamiento del motel cuando algo que no pudo ver lo embistió. ¿Norma! Pensó. ¿Dónde estaba Norma? Le pareció sentir un desagradable vacío en el estómago. Norma había estado sentada a su lado en el auto. ¿De qué lado vino el choque? Trató de recordar las imágenes y no pudo. ¿Quién sabía dónde estaba Norma? Intentó hablar, preguntar y fue inútil. Escuchaba ruidos sordos alrededor. Abrió los ojos y esta vez solo pudo ver los fluorescentes del techo a medida que la ruidosa camilla avanzaba. Llegaron a una puerta luminosa. Se detuvo. Escuchó voces desconocidas, ininteligibles. Solo podía ver el techo blanco. Intentó mover sus dedos y se dio cuenta que no podía precisar dónde estaban sus manos. Se aterró. ¿Sería que no podía sentirlas? ¿Y si había perdido las extremidades? Ni siquiera podía erguirse para ver ni hablar para preguntar. Se preguntó si acaso era una pesadilla, una de esas en las que no se puede gritar a pesar de hacer todos los intentos. Trató de gritar, de moverse, de gemir. Fue imposible. Abrió los ojos todo lo que pudo. Podía abrir y cerrar los párpados. Por lo menos con eso se comunicaría, lo había visto en las películas. Parpadeó con la esperanza de que alguien lo pudiese ver. Nada. De pronto se asomó una cabeza. Era Susana, su esposa, llorando. ¿Ya sabría que Norma estaba con él al momento del accidente? Sintió vergüenza. ¿Cómo lo explicaría? ¡Saliendo del motel! No podía haber tenido más mala suerte. Vio como estiró su mano para tocar alguna parte de su cuerpo, tal vez su mano, o su pecho; no pudo percibirlo. Se echó a llorar con más fuerza y el médico la apartó. La camilla empezó a moverse otra vez. Una luz intensa encegueció sus ojos. Pudo sentir la presión de una mascarilla sobre su nariz y quijada, por lo menos tenía sensibilidad en el rostro. Empezó a adormecerse. ¿Sabían que estaba vivo? Parpadeó varias veces. ¿Y si pensaban que estaba muerto? ¿Lo iban a operar? ¡Maldición! “Debí cambiar la opción a no donador de órganos cuando pude” pensó. ¿Y si lo habían declarado muerto? O tal vez ya estaba muerto y esto que sentía eran sus últimos contactos con el mundo terrenal. En algún momento se abriría un haz de luz proveniente del cielo… maldijo de nuevo, acababa de ser infiel a su mujer. Eso era pecado, se iría al infierno. Nunca había sido creyente pero empezó a rezar, pidió perdón a Dios por todos sus errores mientras se iba adormeciendo lentamente y los médicos preparaban el material quirúrgico al mismo tiempo que planeaban el juego de golf para el fin de semana.

domingo, 17 de julio de 2011

EVA (Cuento)

Silvia se sirvió un café, cuando volvió a la sala vio sobre la mesita de centro el celular de Carlos. “Ojala no lo necesite” pensó. Se sentó en el sofá y abrió el libro para seguir leyendo, vio las letras e identificó las palabras pero su mente estaba en otro lado. Dos minutos después había avanzado varias líneas pero no había entendido nada, sus pensamientos estaban enfocados en el celular. Levantó la vista y lo vio allí, los bordes negros, la pantalla brillante. Suspiró. “Déjalo allí” se dijo a sí misma. Abrió el libro pero no lo miró, luego lo cerró inconscientemente, se puso de pie y Perla, su preciosa Cocker Spaniel color caramelo abrió los ojos desde su camita y la siguió con la vista, Silvia caminó unos pasos, se inclinó y dejó la taza sobre la pequeña mesa y levantó el celular. Las manos le temblaron, tal vez fuera mejor no meterse con sus cosas. Carlos le había dicho que iba al club, a practicar para el campeonato de bowling. Ella sospechaba, no quería confirmarlo, no. Sintió un impulso y antes de darse cuenta estaba abriendo la casilla de mensajes recibidos. Allí estaba el mensaje: “A las ocho, en la cochera del bowling.” El número le pertenecía a una tal Eva. Se mordió las uñas mientras un desagradable frio le subía por la espalda, sintió que el estómago se le revolvía. Se sentó en el borde del sillón y Perla se acercó instintivamente, sin pensarlo le acarició la cabeza y el hocico mientras trataba de ordenar sus ideas. Todavía tenía el celular en la mano, pensó en marcar el número y pedirle explicaciones a la mujer. ¿Y si era un mal entendido? ¿Y si era una compañera del trabajo? Haría el ridículo. Mejor le preguntaría a Carlos al volver. No, no era buena idea, él negaría todo. Diría que Eva era una compañera del equipo, o la esposa de algún amigo. Mejor llamaría. Respiró, tenía que actuar con calma. Presionó la tecla de llamar y esperó. La fría voz de la operadora le informó que el número que había marcado estaba apagado. Miró al piso, “¿quién apaga su celular en el bowling?” pensó. ¿Y si esta mujer a estas horas ya estaba con su esposo? Volvió a timbrar. Nada. Trató de recordar, de organizar los hechos. Carlos había empezado a comer sano recién hace poco más de un mes, con el pretexto de que un tío suyo estaba con diabetes y había tomado conciencia de los riesgos del sobrepeso. Luego había venido con la locura de participar en el campeonato de bowling en el club, él que nunca practicó ningún deporte. Se había cortado el cabello, la semana pasada había comprado camisas nuevas, un par de corbatas. Cuando le preguntó, él le contestó que con la actividad física y la comida sana había bajado de peso, ahora tenía una talla menos, las corbatas eran para hacer juego con las camisas nuevas. Silvia en ese momento se había sentido feliz y orgullosa de apoyar a su marido, pero ahora ya no. ¿Sería que tenía un romance? ¿Esta tal Eva sería su amante? Sintió miedo, miedo de perder a su marido, lo amaba mucho más que el día que se casaron, no podría afrontar una situación así, moriría, se aterró con la idea de que sus pensamientos se podrían hacer realidad. No podría vivir con estas dudas. Tal vez sería mejor esperar, preguntarle a Carlos directamente, mostrarle el mensaje en el celular, pedirle explicaciones. ¿Y si le mentía? ¿Cómo comprobar sus mentiras? El sábado iban a cumplir tres años de casados, tan solo tres años y su matrimonio se caía en pedazos. No pudo evitar que sus ojos se humedezcan y lloró con profunda tristeza mientras Perla se acercó a consolarla lamiéndole las manos, trató de controlar durante varios su respiración agitada y poco a poco se fue calmando. Se levantó y miró por la ventana de la casa. Miró su reloj, eran las ocho y cuarenta y cinco. Si salía ahora podía encontrarlos en el bowling. ¿Y si la cochera del bowling era solo un punto de encuentro? Igual podría desenmascararlo, seguramente él no estaba en el club en ese caso y ninguno de sus amigos para cubrirlo. Tenía que ir rápido. Tenía puesto un jean y una sudadera vieja, fue rápidamente al dormitorio, se puso una sudadera limpia y una casaca deportiva, se hizo una cola en el cabello y corrió hacia la puerta, al abrir se dio cuenta que no estaba llevando el celular de Carlos, dio media vuelta para volver y Perla se escurrió entre sus piernas, maldijo y gritó:
– ¡Perla!
Perla cruzó la calzada velozmente y corrió hacia el parque, Silvia fue detrás de ella y lo último que sintió fue el bocinazo agudo, y el impacto seco en su muslo derecho mientras una serie de luces brillantes daban vueltas alrededor suyo hasta apagarse en un silencio total.

* * *

Dos horas después Carlos manejaba a toda velocidad rumbo al hospital. En el asiento de atrás del auto, en un primoroso cofre de cedro envuelto en papel regalo descansaba el presente de aniversario que había encargado a una de las más prestigiosas joyerías de la ciudad: Eva.

jueves, 30 de junio de 2011

ROXANA (Cuento)

Nos veíamos casi todos los días, ella iba a la cancha de frontón con la excusa de practicar más y yo sabía que era para verme, me sentía feliz por ello pues si bien me sentía atraído por ella, ahora sabía que ella también se sentía atraída por mí. Un día sin más ni más le dije que me esperara al final del juego, salí, conversamos un poco, la miré a los ojos y le dije que me gustaba, que la necesitaba y la besé. Ella me aceptó. Salimos abrazados y yo era el hombre más feliz del mundo. Fuimos así de felices durante un año, yo la quería tanto que no pensaba en nadie más. Cuando estuve enfermo ella me llamaba y conversábamos horas por teléfono. Yo le escribía de todo, versos, cartas de amor y mensajes desesperados si no la veía durante unos días. Pasaba todas las tardes en su casa, conversábamos de todo un poco, yo le conté casi toda mi vida con la sinceridad más grande del mundo. Ella… ella no sé.

Cuando sus padres no estaban hacíamos el amor, al principio éramos torpes, pueriles, después aprendimos a comprendernos, a amarnos con pasión. Éramos así tan felices entonces. En ese año pasaron cosas buenas para los dos, Roxana ingresó a la universidad y yo también. Hacíamos planes para el futuro, para nuestras carreras.

Fue entonces cuando empezamos a pensar juntos en el futuro, en una casa, en un matrimonio, en hijos. Pero como nada es perfecto llegaron los problemas y con ellos el verano. Sus padres habían decidido pasar la temporada al norte de Chile, durante un mes. Yo me quedaría en Arequipa a pesar de que era época de vacaciones en la universidad. Para ese entonces ya no jugaba frontón, solo me dedicaba a mi carrera y a Roxana. Se fue, me juró que me extrañaría y que volvería lo más pronto posible. En ese momento me pareció que eso ya lo había soñado, pero no estuve seguro, así que no le dije nada. La besé y dejé que se fuera. Los días siguientes fueron terribles para mí, sentía una presión terrible en el pecho y la sensación de encontrarme absolutamente solo.

A los quince días de haberse ido, me llamó por teléfono, su voz me pareció lejana, vacía. Entonces le dije “te quiero” ella se quedó callada y después de una pausa me respondió con un frio “yo también”. Me dijo que me enviaba unas cartas y que fuera a recogerlas a casa de una amiga. Cuando recogí esas cartas dos días después tuve una extraña sensación helada en mi base de la espalda y en toda la cintura. Ella solo decía que la pasaba bien, que salía a pasear y que había estado en una fogata. Todo esto me afectó. Aunque no decía nada más yo tenía la clara idea de que la estaba perdiendo. Di vueltas por mi casa sin saber que pensar. Fui al parque y me quedé sentado a pesar de que empezaba a llover. Y allí sentado empecé a sentir como mis lágrimas se mezclaban con la lluvia, estaba llorando de dolor, de impotencia y de cólera. Pero sobre todo de desesperación porque sabía que algo malo estaba pasando, que algo se estaba rompiendo y que nunca podría repararse.

Un poco más de una semana pasó y ella me llamó, ya había vuelto. Nos encontramos y hablamos, me costó sacarle la verdad, ella con la excusa de no querer herirme, no quería decírmelo, al final la convencí. Había conocido a alguien más, se había enamorado, habló de irse, yo me quebré. Lo que se había roto ya no podría repararse. Lo supe en ese momento.

En los siguientes tres años volvimos juntos y nos alejamos varias veces. Al final me cansé de sus promesas, sus traiciones y sus inseguridades, la dejé ir. La última vez ella no quería decirme nada pero yo sabía que alguien había aparecido en su vida otra vez. Antes me había prometido no volverme a herir, la liberé de su promesa, le dije “esta vez te dejo yo” y fue la última vez que la vi. Sé que la amé, pero algo se rompió en mí. Hoy en día, cuando alguien habla del verdadero amor, yo pienso en Roxana.

viernes, 24 de junio de 2011

UNA SANTA DESNUDA (Cuento)

En su oficina, el agente Morgan levantó el teléfono, escuchó atentamente, anotó una dirección en un papel y colgó.
– Vamos primo, el deber nos llama – le dijo al agente Vásquez.
– Vamos – contestó Vásquez poniéndose de pie al mismo tiempo que colocaba su arma en la sobaquera de cuero.

* * *

Al llegar tuvieron que lidiar con los reporteros amarillistas apostados en el primer piso del edificio de departamentos, luego de subir las gradas hasta el tercer piso encontraron en el interior del pequeño departamento al fiscal que dictaba un acta a su asistente para el levantamiento del cuerpo, saludaron y llamaron a un lado al técnico Vizcarra que había llegado mucho antes.
– Danos un resumen Vizcarra, ¿qué fue lo que pasó aquí? – preguntó Vásquez.
– Este es el departamento de la homicida, la víctima recibió un disparo en el pecho, hay algunas marcas de violencia, al parecer se lanzaron cosas, estoy esperando que termine el fiscal para llevarme el cuerpo a la morgue, el médico legista verificará si hay arañones o marcas.
– ¿El arma? – inquirió Morgan mientras Vásquez miraba por el departamento.
– Una veintidós cañón corto, ya la tengo embolsada en el maletín, tenía seis cartuchos, se disparó solo uno, el tiro fatal.
– Hay dos dormitorios – dijo Vásquez regresando al lugar donde se encontraba Vizcarra.
– Sí – dijo Vizcarra – al parecer el hijo de la mujer que disparó está en algún otro lugar, aquí no estaba cuando llegó la patrulla. La habitación tiene una cama pequeña y por los juguetes, calculo que debe tener unos ocho años.
– ¿Quién denunció?
– Como siempre los vecinos – contestó el técnico.
– ¿La mujer que disparó?
– En el patrullero.
– ¿A qué hora la detuvieron?
– A las cinco de la tarde.
– Nos encontramos en la oficina – dijo Morgan dirigiéndose a Vizcarra, al tiempo que salía del lugar – vamos a hablar con esa mujer. Dile a los del patrullero que la lleven a las oficinas, yo llamo al fiscal, solo tenemos veinticuatro horas para mantenerla detenida.

* * *

En la oficina ambos agentes se prepararon rápidamente para el interrogatorio.
– ¿Quién quieres ser hoy primo? ¿Bueno o malo? – preguntó Morgan.
– Dejemos que ella decida – contestó Vásquez guiñando un ojo.
Ingresó en ese momento una mujer esposada, alta delgada, madura, con cierto aire de autosuficiencia, a todas luces educada; era difícil creer que fuese la autora de un homicidio, Vásquez le señaló una silla frente al escritorio y la mujer se sentó con elegancia a pesar de las esposas, se quedó mirando a Morgan con cierto brillo en los ojos y Vásquez le hizo una seña imperceptible a este, Morgan asintió y se sentó frente al computador, Vásquez se quedó de pie.
– ¿Su nombre señorita? – preguntó Morgan mientras empezaba a teclear en el computador.
– Señora – contestó ella.
– Señora, perdón.
– Deyanira Ramírez
Morgan le tomó todos los datos y los escribió con premeditada calma, luego Vásquez le preguntó directamente:
– ¿Por qué mató a esa mujer?
– Defensa propia – contestó suavemente la dama
– ¿Puede probarlo?
– Yo no tengo que probar nada señor – contestó – conozco mis derechos.
– Pues yo creo que sí – replicó Vásquez – nosotros podemos probar que mató a esa pobre infeliz a sangre fría de un balazo en el corazón.
– ¿Usted lee mucho no? – afirmó Deyanira con serenidad y un ligerísimo toque de sarcasmo.
– ¿Perdón? – dijo Vásquez sorprendido.
– Su vocabulario no es precisamente el del común de los policías.
– ¿Conoce muchos policías entonces? – preguntó rápidamente Morgan desviando el tema.
– Algunos.
– Bueno – dijo Vásquez – eso no tiene que ver con su situación señora.
– Es verdad – agregó Morgan – usted tiene un serio problema.
– Ya les dije detectives, fue en defensa propia – dijo la mujer.
– A ver, cuéntenos con detalle esa historia – dijo Vásquez.

* * *

– ¿Qué piensas primo? – preguntó Vásquez mientras se sentaba en la silla que minutos antes había ocupado la mujer.
– Caso cerrado. Defensa propia. Confirmemos la versión de la mujer con Vizcarra y hagamos el informe
– Caso cerrado... – repitió Vásquez – no sé, tengo un mal presentimiento.
– Te dejo primo – dijo Morgan mientras se ponía el saco, mañana nos vemos en el laboratorio de Vizcarra.
– Hecho. Suerte con la dama de cuero.
– ¿Qué?
– Nada, últimamente todos los viernes por la noche….
– ¡Jajaja! Rió Morgan negando con la cabeza mientras pensaba en Gretzel.

* * *

Cerca de la media noche, Morgan sentado en el sofá de cuero negro del departamento 4 B miraba con un rezago de lujuria la desnudez de las perfectas caderas y la fina espalda de Gretzel que salía de la sala luego de una larga sesión de sometimiento y placer, se puso el pantalón y mientras se acomodaba la camisa, notó que ella volvió vestida con un cómodo short gris de algodón y una sudadera blanca un par de tallas mas grande.
– Es la primera vez que te veo vestida así – dijo Morgan.
– ¿No te gusta?
– Es diferente, ya me había acostumbrado a que me recibas y despidas envuelta en látex o cuero.
– Te has convertido en algo más que un cliente – dijo Gretzel mientras le extendía un vaso con agua.
– ¿En qué me he convertido? – preguntó curioso Morgan
– No lo sé. No hay muchos que regresen tanto y tan seguido – contestó la mujer – algunos vienen, prueban y no regresan nunca más. Otros vienen y pierden el control, empiezan a pedir cosas desagradables que yo no hago, y les recomiendo otras colegas, esos tampoco vuelven. Son muy pocos los que permanecen obedientes y fieles todo el tiempo como tú, lindo.
Morgan sonrió y bebió el agua helada. Hizo una pausa y mientras dejaba el vaso en la mesa a su costado deslizó una pregunta sin mirar a su interlocutora.
– ¿Te gustaría ir a cenar un día?
– Estás loco – dijo ella sin alarmarse – ¿te das cuenta de quién y “qué” soy no?
– Si me doy cuenta.
– ¿Y por qué piensas que saldría contigo gratis? ¿O piensas pagarme por las horas que pasemos cenando?
– No… – contestó titubeante Morgan – más bien pensaba en salir como amigos.
– No te entiendo Sergio, eres joven, atractivo, inteligente. ¿por qué querría alguien como tú, salir con alguien como yo?
– No me llamo Sergio, Gretzel, ese es un nombre inventado, me llamo Patricio, Patricio Morgan.
– Estás rompiendo las reglas Patricio. ¿Ahora qué vas a hacer? ¿Me vas a pedir matrimonio? Es mejor que te vayas, quiero descansar.
Gretzel se puso de pie y salió de la habitación. Morgan se quedó sentado unos segundos, tomó aire y salió también rumbo al ascensor. “Esta mujer.” pensó, no podía escapar de la fascinación que causaba en él.

* * *

Por la mañana en los laboratorios de criminalística, Morgan y Vásquez fueron al encuentro del técnico Vizcarra. Estaba trabajando en su módulo, en el muro sobre el computador, posters de grupos de heavy metal y citas de Nietzsche y Borges sobrecargaban el espacio. En la pantalla del computador había varias ventanas entre páginas de internet, videos musicales y búsquedas de google.
– ¿Qué tal Vizcarra? ¿Qué novedades? – preguntó a modo de saludo Morgan.
– Bien, qué tal... aquí, descargando esto que les puede interesar.
– ¿Ah sí? –dijo Vásquez.
– Sí, es un video fantástico de Metállica, lo grabaron en...
– Del caso Vizcarra – lo interrumpió Morgan.
– ¡Ah! ¡Perdón!, sí, tengo los exámenes, la prueba de absorción atómica arrojó positivo, la mujer efectivamente disparó el arma homicida, había una segunda arma con las huellas de la víctima. No se disparó pero estaba cargada y sin seguro, no está registrada, probablemente provenga del mercado negro.
– ¿Confirmaste los correos?
– Sí, es un correo gratuito, como Hotmail, efectivamente hay un montón de correos amenazantes y con insultos a nuestra homicida, aun no he confirmado los protocolos de internet de los correos de origen, aún así los imprimí, aquí están – dijo Vizcarra extendiéndole un voluminoso folder a Morgan.
– Muy bien. Vamos a revisarlo – dijo Vásquez – y grábanos ese video de Metállica en un CD pues.
– Hecho – contestó feliz Vizcarra.
Al salir del edificio se subieron al auto de Morgan, este mientras manejaba se quedó pensando y preguntó más para sí mismo que para su colega:
– ¿Será que fue defensa propia?
– Puede ser, los correos coinciden con la versión de la mujer, amenazas, insultos, algunos con un tufillo de chantaje.
– Qué ridículo – dos mujeres peleándose por un hombre y al final una termina muerta.
– ¿De novela no?
– Revisemos los correos más recientes con calma.

Vásquez pasó a las últimas páginas del folder, efectivamente aparecían una serie de correos con tonos mucho más ofensivos que los primeros. Se sorprendió de lo fuerte de algunas expresiones a pesar de que no contenían insultos explícitos.
– Insultos de damas educadas – pensó en voz alta Vásquez.
– ¿Cómo es eso?
– No se dicen “puta” ni una sola vez, pero no te imaginas lo fuerte que se pueden sentir en el contexto frases como “esa clase de mujer”.
– ¿Y la cosa es como ella nos dijo?
– Parece que sí. La difunta era la esposa y Deyanira una antigua novia de la secundaria que al parecer se convirtió recientemente en amante, la esposa se da cuenta, los descubre y Deyanira no hace el menor esfuerzo por negarlo. Por lo que se puede ver de los correos parece que el marido no estaba muy enterado de la historia y las amenazas. Ellas lo habían hecho personal y secreto.
– ¿Y cuando interrogamos al marido?
– Hoy. Lo cité para el medio día.
– Ok primo.

* * *

En la oficina de Morgan, luego del largo y tedioso interrogatorio, Morgan encendió un cigarrillo y salió al pasillo.
– No puedes fumar en este edificio primo – reclamó Vásquez.
– Tienes razón dijo Morgan apagando el cigarrillo en el piso.
– ¿Qué piensas?
– Creo que el pobre tipo andaba más atormentado que las otras dos, sabía algo de las amenazas y peleas pero no se atrevía a hacer nada.
– Dijo que también se amenazaban por teléfono.
– Hasta por mensajes de texto y en las redes sociales – señaló Morgan
– ¿Qué te pareció el marido?
– Buen tipo, pero débil. Por lo que cuenta su mujer tenía un carácter fuerte.
– Igual que la tal Deyanira.
– Se le vio dolido, ¿viste como casi se quiebra cuando hablaba de su mujer?
– ¿Crees que la amaba? –preguntó Vásquez
– Creo que sí. Además de viudo se quedó con dos chicos pequeños.
– Hablando de eso, Deyanira no quiso decirnos quien es el padre de su hijo.
– ¿Crees que...?
– Todo es posible – dijo Vásquez – consigamos una partida de nacimiento.
– Ok ¿Vienes en la tarde?
– Claro, tengo que volver a interrogar a Deyanira Ramírez.
– Yo tengo una cita, cúbreme primo – rogó Morgan.
– Está bien. Que no te azoten mucho.
– Payaso – dijo Morgan y salió de la oficina.

Vásquez salió a almorzar a un restaurant cercano, luego regresó caminado con calma, una vez de vuelta en su oficina revisó por largo rato cada uno de los correos impresos que tenía en el folder, levantó el teléfono y se comunicó con la carceleta para que trasladen a la detenida. Unos minutos después aparecía por la puerta Deyanira Ramírez, esposada, algo demacrada pero todavía elegante. Vásquez le pidió al uniformado que le quite las esposas y espere afuera.
– Tome asiento señora – dijo Vásquez
– Gracias – contestó Deyanira mientras se sentaba a la vez que se frotaba las muñecas.
– ¿Desea que llame a su abogado? Voy a hacerle unas preguntas.
– No, no es necesario – dijo ella.
– Dígame – preguntó el agente, levantando el folder que tenía entre manos – ¿por qué no denunció antes estos correos?
– Lo hice, los policías se rieron y me enviaron a la gubernatura a pedir garantías si tanto miedo me daba.
– ¿Tiene constancia de ello?
– Sí, debe estar en mi departamento, me dieron una copia de la denuncia, entre sarcasmos ofrecieron investigar, pero yo sabía que no moverían un dedo.
– Bueno, es que es raro que estos casos terminen así, pero explíqueme, hay algo que no me queda claro. ¿Cómo supo que la mujer estaba yendo armada?
– No lo sabía.
– ¿Y cómo tuvo tiempo de reaccionar?
– Ya le dije, yo vivo hace años sola con mi hijo. Compré hace cuatro años el revólver, cuando quisieron robar en la casa, puede verificarlo con la factura y mi licencia para portar armas. Siempre lo guardaba en una cómoda del dormitorio, seguramente ustedes ya la revisaron, es una gaveta sencilla pero segura, no es fácil de abrir para un niño pero no presta dificultad para un adulto.
– Sí, pero que pasó ese día – inquirió el agente.
– Bueno, le decía que se día ella llegó y empezó a gritar y golpear a la puerta, yo me asusté.
– ¿Pero por qué le abrió?
– No imaginé que estuviese armada, quería encararla y pedirle cuentas por las amenazas que me hacía, las llamadas a toda hora, insultándome, hostigándome, nadie se merece eso.
– Usted era amante de su esposo, ¿algo de razón tenía no?
– Eso no importa, si él me buscó era seguramente porque ella no le daba lo que él requería. Igual agente, le repito que nadie se merece esas injurias.
– ¿Y qué pasó?
– Ella entró y me insultó, empezamos a gritarnos ambas. Ella estaba nerviosa y entró en crisis, empezó a llorar y metió la mano a su bolso y tuve el presentimiento recién de que tenía un arma, como no podía sacarla por los nervios, yo le empecé a lanzar cosas para distraerla, ella se ofuscó y gracias a eso pude correr al dormitorio, ella me siguió, fue entonces que logré sacar el revólver, cuando lo tuve entre mis manos ella ya estaba apuntándome, así que lo único que hice fue disparar primero para salvar mi vida.
– Y la mató
– Pude haber terminado muerta yo.
– Tiene razón. Lo siento – se disculpó Vásquez.
– No se disculpe. ¿Por qué el otro día quiso hacerse el malo conmigo? – dijo inesperadamente la mujer.
– ¿Perdón?
– El día que me interrogó junto a su colega, el guapo. Usted estaba haciendo el papel de policía malo.
– Le debe haber parecido.
– No me equivoco agente...
– Vásquez – contestó el detective algo incómodo.
– Agente Vásquez, dígame, ¿alguna vez se ha acostado con una mujer como yo?
– ¡Señora!
– No se escandalice agente. Yo no soy cualquier chiquilla tonta. He tenido tiempo suficiente para aprender cosas, para saber qué es lo que le gusta a un hombre, qué es lo que los vuelve locos. Dígame agente, ¿ha tenido a una mujer como yo en su cama alguna vez?
– Señora – dijo Vásquez recobrando la serenidad y hablando pausadamente – no sé qué pretende con esta conversación. Le recuerdo que yo trato de hacer mi trabajo y de ninguna manera puedo permitirle que siga con esas insinuaciones.
– ¿No quiere probar agente? – dijo la mujer deslizando un par de dedos por debajo de la tela de su escote.
Vásquez se puso de pie y llamó al policía uniformado para que se lleve a la mujer. Esta salió guiñando un ojo, el agente se desplomó sobre su asiento visiblemente afectado.

* * *

Al día siguiente el agente Vásquez firmó muy temprano el informe y se lo entregó a Morgan para que lo firme también.
– ¿Qué es esto primo? – preguntó Morgan.
– Es el informe policial, fírmalo por favor – estoy remitiendo todo a la fiscalía.
– ¿Para el sobreseimiento?
– No creo, eso que lo decida el fiscal, yo solo estoy pasando las pruebas.
– ¿Pasó algo?
– Sí, esa mujer definitivamente es extraña, ayer no pude interrogarla, es muy inteligente – mejor que lo vea el fiscal, nuestra labor ya terminó.
– Por mí, no hay problema – dijo Morgan al tiempo que estampaba su firma en el informe – por cierto, ¿averiguaste quien es el padre del hijo de Deyanira?
– No tiene padre registrado, lleva los mismos apellidos que la mamá. Hablé con el fiscal, piensa que es irrelevante para el caso, no pedirá prueba de ADN. Por ahora el chico está con los abuelos maternos.
– ¿Y Vizcarra?
– Confirmó que el código de protocolo de internet de los correos salientes con las amenazas era el de la casa de nuestra víctima.
– Entonces concuerda.
– Concuerda.
– Ok, mejor así
– Mejor.

* * *

Semanas después, en su departamento, el agente Vásquez se hallaba enfrascado en la lectura de un antiguo tratado de arte gótico cuando golpearon la puerta, se levantó y abrió, Morgan entró con una enorme caja de pizza y un six pack de cervezas en lata.
– ¿A qué se debe? – preguntó Vásquez.
– Varias cosas, primero que Gretzel me aceptó oficialmente como enamorado, segundo que hoy el médico me dijo que puedo volver a comer las cosas que me gustan, sin excesos claro y tercero, hoy terminó el juicio de Ramírez.
– Sí sabía. ¿Cuál fue el veredicto?
– Reserva de fallo por un año.
– O sea que se porta bien durante un año y no pasa nada.
– Pero es una sentencia condenatoria.
– Que vale como una absolución.
– Así es, hubiesen sido menos hipócritas y la hubiesen absuelto sin mayor trámite.
– Igual sabíamos que era defensa propia – dijo Vásquez.
– Si pues, bueno salud por ello – dijo Morgan abriendo una cerveza.
– Salud por las nalgadas, los portaligas y los látigos – brindó Vásquez.
– Bueno no es eso todo el tiempo, por si acaso, también charlamos y paseamos, vamos al cine...
– Mira primo mientras te sientas bien y seas feliz – puedes pertenecer a los niños cantores de Viena si quieres.
– ¡Gracias! ¿Y tú? ¿Cuándo vas a tener tu Octavia de Cádiz?
– Ya te dije, a mí los libros me hacen tan feliz como a ti tu “Mistress.”
Ambos rieron.

* * *

Cerca de la media noche, Vásquez se había quedado dormido en el sillón Voltaire, abrió lentamente los ojos, en el piso estaba el tratado de arte gótico y en la mesa de centro algunos restos de pizza, levantó los ojos y frente a él estaba sentada cómodamente Deyanira Ramírez con un ceñido vestido negro sin hombros, las piernas largas y finas envueltas en medias negras de malla, el cabello cortísimo y la mirada intensa.
– ¿Qué hace usted aquí? – preguntó Vásquez.
– Esperándolo.
– ¿Cómo entró?
– La puerta estaba abierta – dijo la mujer.
– No puede estar aquí señora – dijo Vásquez mientras se ponía de pie – le ruego por favor que se retire.
– No me pienso ir – dijo la mujer mientras se ponía de pie y se acercaba peligrosamente al detective.
– Le ruego...
– Shhh... – dijo la mujer suavemente mientras ponía un dedo sobre los labios del hombre – le voy a dar la oportunidad de probar lo que pocos hombres han experimentado.
La mujer deslizó de un tirón el cierre de su vestido al que dejó caer al piso con maestría, tenía un delicado corsé negro y portaligas, empezó a desabotonar la camisa del agente lentamente, él la dejaba hacer sin atinar a reaccionar, trató de respirar y la fragancia dulce, intensa, embriagadora de la mujer terminó por arrastrarlo, se dejó llevar, ella le sacó la camisa y aparecieron ante sus ojos las siluetas negras de dragones, gárgolas, escorpiones, cruces celtas, frases en distintos idiomas, en diferentes letras, arabescos, líneas geométricas, curvas, peces koi, calaveras, flamígeros corazones, sirenas, un bestiario enrevesado de seres fabulosos sobre la piel del hombre que a este punto respiraba agitadamente, ella lamió lentamente parte de ese sólido pecho masculino y subió con la punta de su lengua hasta el lóbulo de la oreja y le susurró con un aliento ardiente y lacerante: “Qué sorpresa detective, quién se hubiese imaginado… no sabe cuánto me excitan los hombres tatuados, tengo debilidad por los chicos malos.” Inmediatamente después la mujer se puso de rodillas y Vásquez sintió las manos de ella buscando su sexo, trató de racionalizar pero no pudo, sabía que eso no podía suceder pero los labios de la mujer ya se posaban en su virilidad erguida, tensa, totalmente fuera de control; cerró los ojos, trató de recordar la última vez que sintió tanto placer y no pudo, la sensación de estar totalmente embriagado lo fue introduciendo en una nebulosa de colores, ruidos sordos, jadeos, sintió la piel de ella, húmeda, suave, caliente, sus manos empujándolo suavemente, se dejó caer en la alfombra, ella encima, en el fondo el sillón Voltaire parecía el halo de una santa desnuda, de una Magdalena, de Parvati, deseó ser Shiva, tener cuatro manos y acariciarla con todas ellas, recibió sus besos húmedos, transportándolo a un paraíso de infinitos placeres sensuales, acarició su senos voluptuosos, imperdonablemente perfectos, se extravió en sus caderas telúricas y en la selva indomable de su cintura exótica y salvaje, de pronto las premeditadas contracciones del sexo de esta hembra mitológica lo condujeron al borde de un éxtasis animal, la sangre se arremolinó en sus venas, los nervios se electrizaron, los músculos de todo su cuerpo se paralizaron presa de una dolorosa tensión y cedieron paso a una transfiguración deliciosamente sacrílega, a un sórdido huracán de lujuria retenida que poco a poco se iba disipando al mismo tiempo que su vista se nublaba y perdía inevitablemente el conocimiento.

* * *

Cuando Vásquez despertó, Deyanira estaba sentada fumando en el sillón Voltaire, él se incorporó, seguía desnudo, ella sonrió:
– Disfruté viéndolo dormir detective, es usted un bello espécimen, quien lo imaginaría detrás de esa cara de formalito.
– Todavía no entiendo señora – dijo el detective confundido.
– Llámame Deyanira, y no hay nada que entender, solo vine a agradecerte.
– ¿Agradecerme? – preguntó Vásquez.
– Sí. Agradecerte que no hayas seguido investigando. Desde el primer momento supe que si alguien podría darse cuenta del engaño, esa persona serías tú.
– ¿Qué engaño? ¿Usted mató a esa pobre infeliz a sangre fría entonces?
– Sí. Y no me arrepiento.
– ¿Y los correos?
– El pobre miserable de su marido no tuvo el coraje de decirme que no, él mismo los envió desde su casa. Igual que los mensajes de texto, tuvo que comprar un celular para enviarme los mensajes, luego el día del disparo no fue difícil colocarlo en su cartera.
– ¿Y el arma? Usted la compró en el mercado negro, y se la colocó en la mano luego de que estaba muerta.
– Eres perspicaz cariño, sabía que no me ibas a decepcionar. Yo misma la cité, le dije que iba a dejar a su marido, pero que primero quería hablar con ella.
– ¿Todo eso por el amor de un hombre, o fue por dinero?
– No, el amor no tiene nada que ver, tampoco el dinero. Fue simplemente venganza.
– No entiendo.
– Ella me lo quitó, ella se casó con él cuando yo lo quería para mí. Nunca se lo perdoné. Ni a ella, ni a él.

Vásquez se quedó en silencio. La mujer se puso de pie y caminó hacia la puerta.
– ¿Él sabe que usted fue? – preguntó el detective.
– Lo sabe. Pero nunca hablará. ¿Ahora entiendes por qué, verdad cariño? – dijo la mujer mientras salía del departamento delicadamente como una gata negra.

Vásquez se quedó pensando en lo que acababa de pasar, en lo que había sentido algunos minutos atrás y comprendió el enorme poder de esa mujer, sintió escalofríos al recordar y caminó desnudo hacia su cama, para descansar, sin ducharse, para dormir todo el tiempo que le fuera posible cubierto del sedimento de los besos y caricias de esa mujer mágica en su piel.

jueves, 21 de abril de 2011

COR DE ROSA (Cuento)

Desde la ventana del avión, Mariana miró con curiosidad el modesto y pequeño aeropuerto de Puerto Maldonado. Era un día cálido de julio y el sol radiante iluminaba el horizonte dándole un singular tono a las verdes copas de los árboles que se alzaban ante un impresionante cielo azul decorado de brillantes mechones de nubes blancas.

Ansiosa se levantó de su asiento apenas se apagó la señal de cinturones de seguridad, tomó su mochila y se dispuso a bajar. Mientras caminaba por el pasillo del avión iba sintiendo aumentar notablemente la temperatura, pero lo que no se esperaba fue el bochorno intenso que prácticamente la sofocó cuando se paró en el primer peldaño de la escalinata de descenso al salir del avión. Casi de inmediato sintió un calor húmedo y pegajoso apoderándose de ella. La ropa sobre su piel era insoportable y le costaba esfuerzo avanzar, lo que sumado al casi derretido asfalto y el brillo de las veredas de cemento pulido, hizo de su trayecto a la sombra una verdadera agonía.

Una vez en la zona de equipajes se fue directamente al baño, se quitó la blusa y se dejó la camiseta ligera que llevaba debajo. Se refrescó un poco frente al espejo y buscó sus lentes oscuros en la mochila. Acomodó sus cabellos castaños y salió a esperar sus maletas.

En el estacionamiento la esperaba su tío Ismael, la saludó con un fuerte abrazo, y la ayudó a subir a la camioneta. Ismael era el hermano menor de su padre y se veían a menudo en Lima. Ahora había ido a recogerla al aeropuerto y la llevaría directamente a Iñapari, en la frontera con el Brasil donde había nacido hacía poco más de veinte años. Mariana luego de intercambiar los saludos de rigor con el tío Ismael, se concentró en el paisaje. La carretera estaba terminada. Ya no recordaba bien la última vez que vino a la selva, revolvió sus memorias y se vio a los seis o siete años, viajando sobre una gran carreta de madera tirada por enormes bueyes que se desplazaban con lentitud en una trocha de barro rojo mojado. ¡Cómo había cambiado el paisaje! La negra cinta de asfalto penetraba interminable por el verde agreste. ¡Quién diría! Más de trece años sin venir y el progreso había llegado al fin a la tierra que la vio nacer. Rió de la tontería que acababa de pensar. Una frase tan trillada solo podía ser producto de su cansancio y la nociva influencia de la carrera de derecho que había decidido estudiar. Sonrió y decidió descansar un poco antes de llegar a la casa de su madre.

Como a las cuatro de la tarde, en un atardecer glorioso de tonos amarillos y rosa, llegó a Iñapari. Se bajó de la camioneta y su madre, doña Rosineide da Souza, la estaba esperando en la puerta de la amplia casa de madera. Se dieron un fuerte abrazo y ambas se llenaron de besos. No veía a su madre desde la última vez que vino a Iñapari. Entraron de la mano, conversando y riendo mientras que el tío Ismael bajaba las maletas. Una vez en la casa cuando se disponía a sentarse escuchó una voz aguda y musical gritando:
– ¡Eh menina! Tira esos zapatos cuando entra a casa.
Volteó y allí estaba sentada con su vestido floreado ligero, el cabello blanquísimo y una enorme sonrisa en una perfecta dentadura oscurecida por el tabaco la abuela Adailta.
– ¡Abuelita! – gritó Mariana mientras se quitaba las sandalias.
– ¡Meu Deus! – exclamó la abuela extendiendo los brazos - ¡Cuánto es que creció esa menina!
– ¡Abuelita linda! – repetía Mariana mientras se lanzaba sobre la abuela y la llenaba de besos y caricias.
– Me cuenta – ordenó la abuela – cómo la está tratando esa cidade tan grande. Ya su mãe me contó que está estudiando, sacando notas todas buenas. Orgullo de sua mãe.

Mariana se acomodó y contó de Lima y lo moderna que estaba, de la casa de papá, de la escuela que había terminado hacía tres años, de su viaje de promoción al Cusco, de su ingreso a la Facultad de Derecho, de sus buenas notas y de lo feliz que estaba de visitarlas ahora. Inteligentemente obvió mencionar a la actual mujer de su padre. Pasaron horas conversando, doña Rosineide preparó café negro, espeso y dulce como se acostumbraba en la casa y doña Adailta fumó un cigarro rubio en su mecedora de madera mientras ambas escuchaban con regocijo las mil historias de la nieta. En una pausa doña Rosineide aprovechó para preguntarle seriamente a Mariana cómo estaba su padre, Mariana contestó con sinceridad que estaba bien. Le iba bien con el negocio de maquinaria pesada desde que había dejado la explotación de madera. Doña Rosineide se quedó en silencio por algunos segundos y la abuela Adailta rompió el hielo:
– Ese hombre era bueno, mas nunca gustó del monte. Nunca llegué a saber con certeza porqué vino a parar en este lugar olvidado de Deus.
– ¡Ay mamá! – contestó con tristeza Rosineide – no diga esas cosas.
Eu falo la verdad filha – contestó la abuela – no gusto de cosa enrolada, no, lo único enrolado que soporto es este meu cabello.
Mariana y su madre echaron a reír y cambiaron rápidamente de tema, doña Rosineide y doña Adailta eran brasileñas. Moisés, el padre de Mariana había conocido a Rosineide cuando esta tenía tan solo dieciséis años y se la había llevado a vivir con él. Cuando renunció a seguir trabajando en la selva a pesar de irle bien con la madera, harto de los mosquitos, las inundaciones, el calor sofocante y los animales extraños, Rosineide no quiso acompañarlo a vivir en Lima. Moisés le rogó quedarse con él. Rosineide lo intentó y fue a Lima pero sólo resistió seis meses, no pudo más y volvió. El estruendo de los autos, el tráfico, el desorden, los edificios enormes, el bullicio, la gente tan bien vestida y educada que era la familia de su marido la hacían sentirse más campesina que nunca. Además la torturaba el triste cielo nublado de la capital y el frio húmedo que calaba sus huesos. Extrañaba el calor de la selva. Lo único que le gustó en esos seis meses eran las discotecas, sus enormes pistas de baile y las impresionantes luces de colores. Ese era el único recuerdo grato que tenía de Lima. Ese y los piropos algunas veces descarados que le lanzaban los limeños poco acostumbrados a unas caderas cimbreantes y musicales como las suyas y a esa gracia tan propia de la mujer brasileña.

Ahora vivía junto a su madre en una espaciosa casa al costado de la que fue alguna vez la casa de su marido. En ella vivía Ismael, que había heredado el negocio maderero y dos sobrinos pequeños también peruano brasileños como Mariana, hijos de Ismael y una guapa mulata compatriota suya de nombre indescifrable: Astrogilda Bonfim.

Al día siguiente, temprano en la mañana entró Astrogilda a la casa como un torbellino tropical, con su tersa piel de ébano y blanquísima dentadura, sonrisa inacabable y una sensualidad etérea que se impregnaba en cada una de las tablas de las paredes, pisos y techo de la casa. Apareció con un apretado short de tela brillante y escarchada que empezaba varios centímetros debajo de ombligo y terminaba a unos escasos milímetros por debajo de su ingle. En el torso sólo un brasier negro adornado con cuentas de vidrio cubriendo esforzadamente su senos abundantes.
– ¡Onde está esa filha de Moisés mulheres! – gritó apenas entró.
– Hola – contestó suavemente Mariana, intimidada por la fuerza volcánica de la personalidad de la mujer. Era la primera vez que veía a la tía Astrogilda. Por alguna razón Ismael siempre se había negado a llevarla a Lima.
– ¡Beleza de mulher! ¡Qué grandona, bonitinha! ¿Me entiende verdad? – dijo hablando a toda velocidad. Sin dejar que Mariana conteste la abrazó y le hizo dar una vuelta sobre sí misma para verla completa.
- ¡Qué chick! ¡Beleza brasileira y modales de princesa!
Mariana se sonrojó y agachó la cabeza
– ¡No agacha cabeza, no, mulher! Nunca debe tener vergonha de sua beleza – agregó la tía.
– Ya déjala en paz Astrogilda – dijo doña Rosineide que estaba preparando el café.
– ¡Ah! – espetó la mujer con desdén, luego se dirigió a Mariana – ¡Eh! eu vou para el festival en el rio. ¿Me acompaña?
– ¿Festival? – preguntó Mariana.
– El festival de playa – comentó la madre – Y no Astrogilda, Mariana se va a quedar con nosotras. Además el festival dura tres días. Mañana podemos ir todos.
– ¡Mamá! – dijo con tono lastimero Mariana.
– ¡Mamá! – imitó Astrogilda intentando hablar sin su acento brasileño y estallando en una carcajada burlona.
Deija a menina salir – dijo impaciente, desde su mecedora, doña Adailta – ¿O acaso você olvidó cuando tenía esa edade?
Doña Rosineide asintió con la cabeza y le regaló una sonrisa cómplice a su hija. Astrogilda pidió licencia para ir a cambiarse mientras la muchacha hacía lo mismo. Mariana aprovechó para ponerse esas tangas que casi nunca se ponía en Lima y que estaba segura que ahora lucirían conservadoras al lado de los hilos dentales que las brasileñas usaban en las fotos que su papá le había mostrado tantas veces. Se colocó encima un holgado short de algodón crema y una blusa de lino blanco. Colocó en su cartera el bloqueador solar, unas cremas, lápiz labial, repelente y, ¿por qué no?, un preservativo.

Se despidió de su madre y la abuela y salió fuera de la casa. Ya la estaba esperando la tía Astrogilda quien no había hecho otra cosa que colocarse un top casi del mismo tamaño del brasier, encima de este y varios litros de perfume.
– ¿No llevas ropa de baño? – preguntó Mariana.
Sim, esta es – dijo Astrogilda al mismo tiempo que desplazaba el short unos centímetros hacia abajo y mostraba una diminuta tira de tela negra, a la vez que sonreía coquetísima con todos sus hermosos dientes blancos.

Una vez en el rio, pasearon por horas, bebieron cervezas heladas y compraron unos curiosos suvenires consistentes en una especie de jarros de aluminio, con el logotipo del festival y con un forro interior de espuma plástica donde se depositaban las latas de cerveza y se mantenían frías ante el implacable calor de la selva. Bailaron con la música que brotaba de los enormes parlantes en el estrado ubicado muy cerca al rio, que por la época tenía muy poco caudal. Astrogilda le presentó varios muchachos peruanos y brasileños, sin embargo Mariana no le prestó especial atención a ninguno, se sentía bien en medio de tanto calor, de tanta gente diferente y simpática, muchachos negros o mulatos con chicas rubias y viceversa. En la universidad donde estudiaba eso no sería posible. Pensaba en cuánto le faltaba al Perú y a Lima para superar las barreras del color de piel. Ella misma se había sentido superior muchas veces frente a otros, olvidando el color canela de su propia madre y la sangre mulata oscura de la abuela Adailta. Había tenido suerte al heredar la piel blanca y los cabellos castaños claros de su padre. Ahora se mezclaba entre estos muchachos atractivos de piernas fuertes, morenas, de cabellos ondulados y ojos negros rodeados de cautivadoras cejas pobladas. También llamaban su atención los muchachitos rubios, de ojos azules o verdes cristalinos y piel blanca perfectamente bronceada, que a diferencia de la capital, se codeaban con naturalidad con peruanos y bolivianos de todos los colores. Estaba feliz. Bailó forró durante horas y bebió cerveza hasta que atardeció y en el estrado se instaló el grupo musical de moda de la región. Astrogilda era una bailarina incansable y ella no quería quedarse atrás. Disfrutaba la fiesta y la atención de todos los muchachos que la invitaban a bailar e intentaban enamorarla. Hasta que de pronto, frente a ella apareció una silueta que la dejó sin aliento: Un muchacho guapo, claro, alto, de espalda y hombros fuertes, brazos gruesos y piernas firmes la miraba directamente a los ojos. Estaba impecablemente vestido de blanco. En su cabeza, a pesar de ser de noche, tenía un formidable sombrero de cuero y colgando del cinto una especie de funda de cuero también, como si portara una espada. Mariana bajó la vista nerviosa y le dijo a Astrogilda que volvería pronto, pues precisaba ir al baño.

Luego de hace la larga cola para el uso del baño portátil, y de regreso a la zona de baile, escuchó una voz susurrante y estremecedora que la llamó por su nombre. Volteó y se encontró cara a cara con el muchacho de blanco que había visto antes y que ahora la saludaba con una sonrisa, él tomó su mano delicadamente y la besó mientras le decía en portugués algo ininteligible. Mariana en su nerviosismo solo atinó a decir que no entendía.
– ¿No habla portugués la señorita? – dijo el joven en un español cantado pero comprensible.
– No – contestó Mariana – entiendo un poco pero si habla despacio.
– Yo hablo español señorita – contestó él y continuó – estoy encantado de poder saludarla y presentarme, yo me llamo Marcio.
Mariana soltó una carcajada cuando Marcio luego de su presentación hizo una teatral venia colocando un pie detrás del otro al mismo tiempo que inclinaba la cabeza y ponía una mano a la altura del estómago.
– ¿Y cómo sabe mi nombre señor Marcio? – preguntó más calmada Mariana.
– Su tía me dijo – contestó señalando el lugar donde eufórica bailaba Astrogilda.
– Entiendo.
– ¿Danzaría usted con este servidor? – preguntó Marcio.
– Claro – dijo Mariana – pero tienes que actualizar tu español. Es muy antiguo.
Ambos rieron mientras iban a bailar.

* * *

Ya cerca de la media noche, Mariana luego de bailar todos los ritmos posibles con Marcio y compartir con él un número no preciso de cervezas, le dijo que ya debía retirarse. Marcio sonrió y le pidió que lo acompañe un rato más para conversar unos minutos antes de irse. Mariana asintió y dejaron atrás el baile y caminaron tomados de la mano por la arena de la orilla del rio Acre. La noche estaba estrellada, preciosa. La superficie apacible del rio reflejaba una romántica luna menguante. Marcio se dejó caer sentado sobre la arena e invitó a Mariana a sentarse. Ella aceptó, él empezó a hablar en su español arcaico de las estrellas, de los nombres con la que los indígenas las conocían, le contó historias del rio y del bosque. Le habló de épocas inmemoriales cuando el hombre occidental no había llegado a estas tierras, de animales de formas difusas y nombres impronunciables. Mariana escuchaba estática, hipnotizada, encantada con ese mozo tan interesante, amable y educado pero a la vez sencillo y humilde. Mientras hablaba no dejaba de mirar sus labios carnosos, su nariz afilada, su piel húmeda y cálida. De pronto Marcio volteó y la besó. Ella le correspondió. Sintió sus manos atrevidas buscando bajo su ropa e intentó detenerlo, pero él le susurró al oído las cosas más bellas del mundo. Se perdió en su aliento, en sus palabras que ya no eran en español y que le decía en portugués lo bonita que era, que describían en poesía lo suave de su piel, lo brillante de su cabello, lo profundo de sus ojos, lo sereno de su sonrisa. Lo abrazó con fuerza y sintió bajo su vientre un sólido hierro candente que acabó con sus últimas evasivas y sólo atinó a estirar la mano en busca de su cartera, tratando de encontrar el preservativo, pero ya era tarde, un torbellino de placer y deseo la envolvió dejándola rápidamente sin control ni conciencia.

Cerca de las cuatro de la mañana y luego de haber hecho el amor bajo las estrellas por horas, Mariana abrazó a Marcio y se mordió los labios viendo su propio cuerpo desnudo al lado de este incansable hombre rebosante de fuego y pasión. Recorrió con los ojos sus muslos, su sexo en reposo, su vientre plano, su pecho formidable, su rostro hermoso y dejó escapar una risita al ver que Marcio seguía con el sombrero puesto.
– Quítate eso – le dijo.
– Marcio sonrió y sin hacerle caso se levantó. Caminó desnudo hacia el agua que le llegaba a las rodillas, se sumergió lentamente y se incorporó dejando ver su cuerpo brillante. Mariana no pudo evitar sentir una nueva oleada de deseo al ver las gotas de agua corriendo por el cuerpo de ese magnífico espécimen.
– Debo irme ya señorita, va a amanecer – dijo Marcio al volver a su lado, mientras recogía su ropa.
– Deja ya de llamarme de usted – reclamó Mariana mientras Marcio sonreía como siempre – ¿Me das tu número? – preguntó impulsivamente, arrepintiéndose de inmediato y trató de aclarar:
– Para llamarte y, si se puede, salir estos días, me quedo una semana en Iñapari.
– Yo la buscaré señorita – contestó Marcio. Se acercó y le dio un beso apasionado. Mariana le correspondió y luego se quedó mirando como el hombre se alejaba caminando lentamente por el medio del rio, con sus ropas en las manos, desnudo, con un sombrero de cuero por toda prenda y se perdía en la oscuridad de la noche rio arriba.

* * *

Mariana se vistió rápidamente. Caminó por la arena sonriendo y mordiéndose los labios por causa de la travesura que acababa de hacer. “Razón tenía papá” se decía recordando todas las veces que su padre le había dicho que tarde o temprano le saldría lo brasileña.

Llegó cerca al estrado y la fiesta estaba en sus últimos estertores, buscó a su tía y no la encontró por ningún lado. Alrededor hombres y mujeres caminaban y bailaban cayéndose de la borrachera, algunos yacían dormidos en la arena. Miró alrededor, y cuando estaba a punto de irse sola, se le ocurrió ir a mirar detrás del escenario. Allí descubrió a Astrogilda desnuda de la cintura hacia abajo y con el brasier por el cuello montada y ensartada sobre un moreno bajo y musculoso que, de pie apoyado en la estructura del estrado, la sostenía de las nalgas con sus poderosos brazos, ambos perdidos en sordos e intensos jadeos y gemidos.
– ¡Tía! – gritó Mariana
Astrogilda volteó y le hizo una seña de molestia para que se retire, sin dejar de menear las caderas sobre el moreno. Mariana aturdida regreso a la zona de baile y esperó. Minutos después vino su tía acomodándose la ropa y le sonrió con una naturalidad que la dejó indignada. Mariana molesta empezó a caminar rápida rumbo a casa y Astrogilda la siguió. Cuando la alcanzó la tomó por el hombro y le dijo:
– ¡Hey menina! Você vai ficar bien callada ¿verdad?
– ¡Tía!
– ¡Me ayuda! Por favor sobrinha linda. No es maldad con seu tío, no. Es sólo transar, sólo sexo como vocês falan.
– ¡Pero tía! ¿Te das cuenta lo que me pides?
– ¡Por favor! – volvió a decir y juntó sus manos con una expresión de mística santa medieval que arrancó una carcajada en medio de la cólera de Mariana.
– ¡Eres una puta tía! Por eso el tío Ismael no te lleva a Lima – replicó con tono cómplice.
– Soy una puta gostosa. Y así es como gusta tu tío – contestó con su enorme sonrisa la tía Astrogilda.

* * *

Al día siguiente Mariana volvió al festival con Astrogilda, doña Rosineide y doña Adailta. Caminaron por los puestos de comida, bebieron un poco y bailaron también, pero ya no como el día anterior. Doña Rosineide se había puesto un bonito bikini y orgullosa notaba que todavía atraía miradas, pues con sus treinta y ocho años conservaba bien las formas. Quien no las conociera pensaría que madre e hija eran tan sólo amigas. Mariana, sin embargo, durante todo el día buscó a su joven amante entre la gente y no lo encontró. Entrada la noche se acercó a su tía y le preguntó acerca de Marcio.
– ¿Marcio? No sé de quien me fala sobrinha.
– El muchacho con el que estuve bailando anoche tía.
– No vi, no.
– ¿No conoces ningún Marcio?
– Sí, mas como ese que você fala… no. Pero ahora você va a contar tudo para mí…

Luego de contarle lo sucedido a su tía, Mariana quedó triste y desilusionada. Astrogilda haciendo gala de discreción no hizo comentario alguno. El domingo tampoco lo vio. Nunca más volvió a saber de Marcio y no le quedó ánimo para salir con ninguno de los otros muchachos que la invitaban. Pasó el resto de la semana casi todo el tiempo en casa; con la esperanza de encontrarlo, paseó algunas veces con la abuela por la pequeña ciudad y sus calles de barro sin éxito y finalmente, terminadas las breves vacaciones, se despidió de todos y regresó a Lima.

* * *

En una calurosa y sofocante tarde de setiembre, mientras doña Adailta se abanicaba sentada en la mecedora, el rugido de una camioneta estremeció la casa. La abuela y doña Rosineide salieron de prisa de la cocina y ambas quedaron pasmadas viendo una camioneta cubierta de barro que frenaba prácticamente sobre la entrada y de ella descendió raudo Moisés Cáceres con una expresión furiosa en el rostro, azotando la puerta del vehículo al tiempo que de la otra puerta y con la cabeza baja aparecía Mariana, demacrada y pálida.

Moisés entró hasta la cocina sin saludar y sin quitarse las botas. Detrás de él Mariana, doña Rosineide y doña Adailta. Moisés señaló una silla con un gesto firme y Mariana sin decir palabra se sentó allí. Luego con las manos en la cintura encaró a doña Rosineide y le soltó la noticia en la cara:
– ¿Para eso te la mando? ¡Está embarazada carajo! Dos meses. Quiero que me lleves de inmediato a la casa de ese tal Marcio. ¡En este momento!
– ¿Qué Marcio Moisés? Yo no sé nada de ningún Marcio.
– ¿Cómo no vas a saber? ¿Así cuidas a tu hija?
– ¡Nuestra hija Moisés!
En ese momento entró a la cocina Ismael arrastrando del brazo a Astrogilda que se resistía a caminar.
– ¡Habla mujer! – exigió Ismael - ¡Di todo lo que sabes!
Aterrada Astrogilda se quedó callada mirando al suelo. Luego empezó muy despacio a decir:
Foi o boto cor de rosa.
– ¿Qué? – reaccionó sorprendido Moisés – ¿de qué mierda está hablando tu mujer? – preguntó dirigiéndose a Ismael
– Es un mito regional – contestó Ismael – el boto es un animal parecido al bufeo colorado de nuestra amazonía, una especie de delfín de rio.
– No es mito – aclaró con voz firme doña Adailta
– ¡No me vengan con huevadas! – gritó exasperado Moisés – por última vez, ¿Dónde encuentro al tal Marcio?
Se hizo un silencio denso en la habitación. Moisés escupió al piso y salió del lugar con prisa rumbo a la camioneta y las mujeres se miraron entre sí con preocupación. Pocos segundos después volvió a entrar a la cocina con una escopeta entre las manos. Se dirigió a Astrogilda y le espetó:
– ¡Habla carajo o aquí va a suceder una desgracia!
Não sei señor – contestó aterrada la mujer.
– Me escucha Moisés – dijo doña Adailta – el boto existe. Me deja falar con su filha.
Doña Adailta se dirigió a su nieta:
Fala para mí menina. Este hombre que te engravidó ¿era alto, claro, bonito, vestido de branco?
– Sí abuela.
– ¿Y usaba sombrero de cuero?
– Sí.
– ¿Se quitó el sombrero?
– No abuela.
– Fue el boto cor de rosa señor Moisés – dijo con pesadumbre la abuela dirigiéndose al enfurecido padre.
– ¿De qué está usted hablando? – interrogó Moisés desconcertado
– Usa el sombrero para tapar el hueco en su cabeza, el orificio por el que respiran – dijo con calma doña Rosineide mientras caminaba a atender a su madre que había palidecido y le costaba trabajo sentarse en la mecedora.
– ¡Qué demonios! ¡Ustedes se están burlando de mí! – dijo aprensivo y nervioso Moisés – ¡no me vengan con cuentos de indios ignorantes! ¡Ustedes quieren proteger al tipo que embarazó a esta!
– No son cuentos, não – dijo doña Adailta con dificultad y con lágrimas en los ojos.

Moisés no quiso escuchar más. Tomó del brazo a Mariana y la subió a la camioneta a empellones. Encendió el vehículo y partió. Se pasó cuatro días completos buscando casa por casa a Marcio. Nadie daba cuenta de él. Ninguna persona parecía conocer a alguien de esas características, ni en Iñapari, ni en el lado brasileño y menos en el triste pueblito de la frontera boliviana. Habló con la Policía Federal del Brasil, prometieron ayudar pero no garantizaban nada. Mariana era una adulta y no podían intervenir directamente en el caso. Al quinto día, Moisés se encerró en la cocina de la casa con Mariana, luego de varias horas el sordo estruendo de la escopeta Winchester de dos cañones de Moisés Caceres remeció los horcones de la casa. Doña Rosineide fue la primera en llegar corriendo y trató de entrar sin conseguirlo, Ismael apareció segundos después y derribó la puerta. En el suelo estaba el cuerpo inerte de Moisés ensangrentado y Mariana de rodillas lo abrazaba y llorando le pedía perdón.

viernes, 11 de marzo de 2011

LA TRAICION (Cuento)

Marcelo caminó despacio entre las columnas del lugar, un espacio enorme, un patio que parecía abandonado, con enormes bolsas viejas por doquier y material de construcción disperso. No podía ver a su compañero, giró sobre sí mismo y trató de buscarlo con la vista. Le pareció ver algo moviéndose debajo de una de las bolsas apoyadas en una columna cercana, se fijó y le pareció ver algo como una serpiente, una cobra oscura. “¿Una cobra?” se dijo, y se le erizaron los pelos de la nuca, en ese preciso momento sintió una ligera presión en la pierna y con horror vio como una serpiente se había enroscado en su tobillo, inmovilizado le tomó unos segundos reaccionar y gritar, pero nadie lo escuchó. Respiró y a pesar del miedo y el sudor que empezaba a brotarle por los poros trató de mantener la calma. Levantó las dos manos lentamente evitando cualquier movimiento brusco, no quería asustar a la serpiente, recordó que semanas antes, había oído en un programa de la televisión que su hija estaba viendo mientras él preparaba un informe, mencionar que las serpientes venenosas usualmente tenían la cabeza triangular, trató de mirar con cuidado, estaba tan nervioso que no podía fijarse bien en la cabeza. El desagradable ser se desplazaba lentamente por su pierna, ejerciendo presión… se preguntó qué pasaría si sacudía la pierna para que el animal se cayera, miró con cuidado y se dio cuenta que era imposible, el cuerpo del reptil ya le daba por lo menos dos vueltas a su pantorrilla, aprovechó y pudo ver sus ojos pequeños, brillantes, no tenía el color escandaloso de las especies letales y eso lo alivió un poco, era de un gris verdoso. Pero la cabeza, la cabeza era entre ovalada y triangular, se arrepintió no haber visto ese programa en la televisión junto a su hija, como ella se lo había pedido. Volvió a levantar la vista para ver si alguien se acercaba, “¿las serpientes oyen? se preguntó, estaba dispuesto a gritar de nuevo pidiendo ayuda, cuando percibió el rápido desplazamiento de la culebra hasta su muslo, entonces bajó lentamente la mano derecha, sabía que si lo mordía y era venenosa, no llegaría a tiempo a la salida del lugar para pedir ayuda, pero corrió el riesgo, acercó lentamente la mano por detrás de la cabeza de la serpiente, pero dudó, no se atrevió a cogerla, esta volteó y rápidamente enroscó parte de su largo cuerpo en su antebrazo, Marcelo sintió aflojar su esfínter, el miedo lo invadía, tenía la mano izquierda levantada, las piernas semi dobladas y el brazo derecho pegado a su muslo, lo ridículo de su posición lo hizo sonreír mientras aprovechaba un descuido de su enemiga y la tomaba precisamente del cuello, la apretó sin mirarla ya, fuertemente y con desesperación para evitar que pudiera atacarlo, esperando recibir una dentellada en los dedos o en la mano. Pasaron unos segundos y no sintió nada, se atrevió a mirar y vio la pequeña cabeza dislocada y con las mandíbulas abiertas, con algo de asco se la desenredó de la pierna y la lanzó al piso, “era larga la condenada” pensó. Caminó un poco, buscó los baños, caminó y los halló, pero desde afuera parecían nauseabundos, pensó que fácilmente podía haber más serpientes allí. Desistió, pero al voltear para irse, vio en el suelo mojado algunos billetes, dólares, uno sobre otro, mojados también, los recogió rápidamente, aunque le pareció percatarse que algunos eran más parecidos a los del monopolio que a los billetes reales, luego cogió la serpiente y corrió hacia los ambientes donde se llevaba a cabo la construcción, llegó en mucho menos tiempo del que esperaba y se aproximó a su compañero que estaba sobre una escalera reparando algo:
- Mira esto, ¿es venenosa? – le preguntó mientras le mostraba la serpiente muerta.
- No - le contestó tranquilamente – parece una boa joven.
Marcelo recordó la presión que ejercía la serpiente en su pierna y concordó, era un constrictor, ahora no se sentía bien, se había metido el susto de su vida y además había matado a una especie protegida. De pronto apareció su perro y se llevó a la serpiente, a la que le pareció ver sacudirse un poco, pero eso era normal, había visto serpientes moverse luego de muertas, son reacciones musculares post mortem, espasmos. El perro salió por una puerta extrañamente luminosa llevándose a la boa en su boca.

* * *

Marcelo despertó y vio la luz de la ventana, “mierda, me quedé dormido” pensó, miró su celular y efectivamente estaba apagado, se fue directo a la ducha a darse un baño rápido, mientras se jabonaba le vino a la mente su sueño: “Una serpiente, dinero mojado y mi perro, huevadas.” Terminó de ducharse, se cambió y se fue volando al trabajo sin despedirse de su esposa que seguía durmiendo. Una vez en la oficina se puso a trabajar pero el sueño le daba vueltas, alguna vez una enamorada suya le había dicho “Maldito, no te atrevas a engañarme”, él le preguntó porqué le venía con tan disparatado comentario y la muchacha le había respondido: “Es que anoche me soñé con una serpiente.”

A las nueve de la mañana, se tomó unos minutos, estiró su espalda y se recostó un poco sobre la silla, miró el teléfono sobre la mesa y sonrió. “Qué mierda” pensó y tecleó el número:
- ¿Aló? ¿Aló?
- ¡Aló mamita! Soy yo, Marcelo
- Hola hijito, ¿Cómo estás? ¿Te estás abrigando? Está haciendo frio.
- Si mamá – contestó Marcelo condescendiente – ¿Cómo estás tú más bien?
- Bien hijito, bien.
- Mami, un favor – dijo Marcelo entre amable y cariñoso - ¿Qué significa soñarse con serpientes?
- ¡Ay! ¿Te has soñado tú? ¡Malo malo! ¿Venenosa? ¿Te ha mordido?
- No, mamá, en el sueño se me enrosca pero la mato al final.
- ¡Ah! – Exclamó aliviada la mujer, ¡bueno bueno! Eso es bueno. Si la matas es que tus enemigos te van a querer hacer daño, pero al final los vences. Tienes que tener cuidado.
- Gracias ma, y… ¿Con dinero mojado?
- ¿También eso? ¡Ay hijo! Dinero, dinero. Con dinero problemas vas a tener. Ten cuidado mijito ¿ya?
- Claro mamita, no te preocupes, ahora tengo que trabajar, gracias. Cuídate tú también.
- Dios te bendiga.
- Gracias, chao ma.
- Chao chao...
Marcelo colgó. “Traición, enemigos, ¡huevadas!”

Continuó trabajando, la idea le seguía rondando la cabeza, normalmente se levantaba de la cama sin recordar lo que había soñado o con un vago recuerdo de lo soñado, impreciso, pero esta vez el sueño era tan vívido. Trató de recordar qué cosas había visto en la televisión la semana pasada, si había hablado de serpientes o algo similar con alguien. Estaba convencido que los sueños estaban compuestos de pedazos de experiencias pasadas. Nunca había creído en sueños premonitorios como lo hacía su madre. “Bueno, mamá cree en la Cruz de Caravaca, en San Benito de Palermo, en el poder de los huairuros, en San Cipriano y en la Pacha Mama, y claro también en el significado de los sueños” pensó divertido. Trató de olvidar el tema y se concentró en sus labores.

A la hora del almuerzo salió como siempre rumbo al restaurant de la tía Bertha, inicialmente un huequito hecho en la cochera de una casa colonial donde iban a almorzar él y sus compañeros de trabajo, ahora el restaurant ocupaba toda la casa, la señora tenía una sazón de primera. Prácticamente todos los trabajadores de las empresas y oficinas a tres cuadras a la redonda almorzaban allí. Levantó la vista y unos tres metros adelante estaba Arturo, caminando despreocupado también rumbo al restaurant, iba a acelerar el paso cuando sintió un brazo alrededor de su cuello y una voz aguardentosa ordenándole que se ponga tranquilo, al mismo tiempo otra persona rebuscaba sus bolsillos, gritó débilmente y forcejeó inútilmente, lo estaban cogoteando. De pronto sintió la presión en su cuello aflojarse y la figura de Arturo sobre él, logró colaborar lanzando un par de codazos mientras caía al piso y se incorporó rápidamente, uno de los pillos aun estaba en el piso con el celular de Marcelo en la mano, Arturo le propinó un puntapié en la espalda y Marcelo le arrebató el celular antes de que pudiera escapar a gatas, el otro ya corría raudamente por la calle y volteaba por una esquina. Arturo ayudó a Marcelo a limpiarse el terno y a acomodarse la corbata.
- ¿Estás bien? – le preguntó.
- Sí, sí. - dijo Marcelo todavía acomodándose, agitado.
- ¿Te ha robado algo?
- Creo que no.
Revisó sus bolsillos y su billetera estaba todavía ahí, un bolsillo del pantalón estaba roto, pero las llaves del auto, de la casa, todo estaba completo, y finalmente había recuperado también su celular.
- Está todo – dijo todavía saliendo del shock – Oye, gracias Arturo, la verdad me salvaste hermano.
- Me debes un almuerzo – sonrió Arturo.
Fueron a almorzar, Marcelo estaba callado al principio, luego fue recuperando confianza, relajándose, “¡Qué susto, mierda!” Luego cuando esperaban el postre le dijo a Arturo:
- Esta huevada me la soñé anoche aunque no me creas.
- ¿Un deja vu?
- No, no tanto así – precisó Marcelo – soñé con una serpiente que se me enroscaba y a la que luego lograba matar, también con dinero mojado, llamé a mi viejita y me dijo que la serpiente es un enemigo, los choros, ¿ves? Como yo maté a la serpiente, es triunfo sobre los enemigos, eso explica porque no dejamos que me roben y problemas con el dinero, porque querían llevarse la plata pero al final el triunfo no se los permitió. ¿Todo encaja no?
- Será…
- ¡Claro! Eso era pues Arturín, ese sueño me estaba dando vueltas en la cabeza todo el día. Asunto resuelto.

Marcelo se sintió realmente aliviado, pagó los dos almuerzos y se fueron conversando alegremente al trabajo. Más tarde llamó a su madre para contarle lo del robo, suavizando los hechos para que no se asuste y confirmarle que su interpretación de los sueños estaba resuelta. Su madre le contestó con un “¡Ay, menos mal hijito!” y quedaron para almorzar el fin de semana. Preparó los informes pendientes y al fin del día pensó que todo lo pasado merecía una gratificación. Tomó su celular y llamó:
- ¿Cholita?
- ¡Hola! Ya días sin saber del señor – contestó una voz femenina.
- No te enojes chola linda, mucho trabajo ya sabes.
- ¿No será tu esposa que no te deja salir? – preguntó sarcástica la mujer.
- ¡Ja ja! A ella la tengo controlada, más bien tú me tienes loquito. ¿Te veo más tarde? ¿Qué te parece una reunión de trabajo en el lugar de siempre?
- ¿A qué hora?
- ¿A las ocho está bien? Me doy una ducha en casa y salgo para allá.
- ¿Tu mujer de dará permiso? ¡Ja ja ja!
- ¡Ja ja ja! ¿Te bañas ya? Y te perfumas allá abajo cholita…
- ¡Cerdo! Te veo a las ocho.
- A las ocho
Colgó. Cerró su oficina y se dirigió a la cochera.

Al llegar a casa notó las luces apagadas, entró y Titán no salió a recibirlo batiendo la cola como siempre, “¿Habrían salido a pasear a Titán?” miró el reloj. Eran las seis y quince. Se dirigió despacio al dormitorio, y miró, se quedó pasmado: “¡Mierda, habían asaltado la casa!” los closets estaban abiertos de par en par y visiblemente vacios, encendió la luz para ver mejor, el joyero de su mujer no estaba, las maletas sobre el closet tampoco, “¡Carajo!” se dijo, sacó el celular para llamar a la policía y vio entonces una nota pegada en el espejo del tocador: “Lo siento Marcelo, me voy de la casa, no aguanto más tus infidelidades, me cansé, no hagas escándalos, me llevo a mi hija y a Titán, estaré en la casa de mamá un tiempo. Me estoy llevando todas mis cosas. La próxima semana te haré llegar los papeles del divorcio.” Marcelo iba a empezar a marcar el número de su esposa en el celular cuando pudo ver unos centímetros debajo de la nota y apoyadas en el espejo unas fotos en blanco y negro, de él y la chola en situaciones claramente comprometedoras. Apagó el celular y se dejó caer sentado a los pies de la cama. “¡Mierda!”