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domingo, 10 de marzo de 2019

LA LOCA (Cuento)

Rafael se sorprendió cuando vio su publicación en redes sociales. Por alguna extraña casualidad del destino habían coincidido a miles de kilómetros de distancia de sus respectivas ciudades en una bonita y cálida localidad tropical en el norte del país; él para un congreso de su especialidad y ella para un encuentro institucional.

Rafael no dudó en escribirle, ella no dudó en contestarle. Él se había divorciado unos meses atrás y ella seguía casada en un feliz matrimonio de apariencias. Se habían conocido hace más de quince años atrás y en algún momento se habían amado intensamente. Cuando ella se casó, dejaron de verse, luego la magia de las redes sociales permitió que se encontraran nuevamente en el mundo virtual. Nunca mas se encontraron físicamente, pero en el ciber espacio conversaban, recordaban, añoraban, a veces discutían e incluso ella llegó a celarlo. El reía, a veces la aguijoneaba por el mero placer de hacerla rabiar y ella caía. Era divertido y nostálgico, pues a pesar de todo él la quería bien, sin embargo al mismo tiempo que disfrutaba de sus maldades y de las cóleras de ella, pensaba “está loca”, y sonreía.

Ella le confirmó que se alistaría y tomaría un taxi, se encontrarían en el hotel donde estaba hospedado Rafael. Él tomó una ducha, se acicaló con calma mientras pensaba en el coronel Aureliano Buendía. Siempre que se veía con alguien después de años pensaba en el episodio aquél cuando el coronel vuelve de la guerra envuelto en una manta y se da cuenta de cuánto habían envejecido, entre idas y venidas, su madre Úrsula y él. Pensó que quince años no son poca cosa. ¿Cuanto habría envejecido él a los ojos de ella? ¿Cuánto habría envejecido ella?

Habían cosas que él no entendía de ella. El matrimonio apresurado, sus ganas de vivir intensamente y al mismo tiempo sus formas cuidadosas y su personalidad reservada sin dejar de ser elegante.  Un día supo que había tenido finalmente un hijo, Rafaél se emocionó pero con los años notó que en sus redes no habían fotos familiares, alguna vez una foto fugaz con el marido, algunas pocas con el hijo, pero tan formales que no lograba distinguir el amor que irradian normalmente ese tipo de escenas.

Cuando ella llegó no le preguntó nada. No quiso saber. Hablaron de la cosas genéricas de las que hablan los amantes siempre, de si el viaje fue pesado, del clima, de hace cuánto llegaron, qué cuándo se van, se miraron, rompieron el protocolo, se besaron e hicieron el amor.

Fue un encuentro formal, si se puede decir así, Rafael sabía que habían deseos contenidos, una pausa de largos quince años. Y se resignó a aceptar algo que había descubierto en los últimos tiempos: La gente sí cambia, pero no siempre en lo esencial. Esos cambios peculiares, particulares, en los detalles, podían ser determinantes. Ya no eran los mismos. Tenían los mismos recuerdos, pero ya no eran las mismas personas, tenían cicatrices en el alma y esas son las que más duelen y a veces incapacitan.

Hablaron tendidos en la cama, nuevamente de todo y nada, se hizo tarde, llamaron un taxi para ella. Se fue. De esa pareja que se moría de risa en un jacuzzi sin burbujas porque se derramó el frasco de jabón líquido hace quince años atrás no quedaba nada. Él la admiraba, con su locura y todo. Siempre pensó que en su momento su historia pudo haber tenido futuro, pero las circunstancias no se dieron para ellos.

Dos días después, en el avión de regreso, Rafael vio una solicitud de amistad en el celular. Le pareció conocido el nombre, hizo memoria y sorprendido se aseguró viendo el perfil. Era el marido de ella. ¿Qué habría pasado? No era buena señal. Recordó sus besos, pero los besos de la añoranza, los que habían calado en su memoria, sus caricias tiernas, su temperamento delicado y fino. La deseó con una nostalgia soporífera. En su mente se despidió de ella, este era el momento. Él sabia que no estaba loca, nunca lo estuvo, era un alma libre, irreverente, impulsiva, sexual, cataclísmica, que tenía que convivir con una personalidad metódica, racional, cuidadosa del qué dirán, de las formas, de los códigos y las convenciones sociales. Se vio reflejado en ella, tal vez él también estaba loco. Con todo y ello, sabiendo que no volvería a saber de ella, sabía que ambos se habían marcado con esa locura, que aunque no volvieran a verse o hablarse, nunca podrían olvidar esa intersección de los túneles de Sábato, donde breve, pero muy brevemente, fueron inmensamente felices, con esa felicidad que solo sienten los que padecen de locura o, quien sabe, la disfrutan.

jueves, 30 de mayo de 2013

ANUBIS (Cuento)

El gato miró lánguidamente por la ventana a la espera de que el sol llegue y empiece su diaria labor de entibiarlo, mientras tanto yo buscaba, entre las sábanas revueltas y el cobertor, el control remoto de la televisión para ver las noticias. Encendí el aparato y escondí mis pies helados debajo de una manta. Yo también, al igual que Anubis, esperaba la llegada del sol para que nos caliente a ambos.

Anubis tenía la manía de dormir sobre mi cuello, parecía una chalina atigrada, en las noches se acostaba sobre mi vientre, ambos veíamos la televisión – o por lo menos eso me gustaba pensar para justificar mis conversaciones con él –  de rato en rato se levantaba y clavaba sus uñas en mi pijama y a veces en mi piel para hacerse de un lugar mullido para descansar y dormía dando la espalda a las noticias de las diez. Inevitablemente en alguna hora de la madrugada pasaba a mi cuello y se quedaba allí hasta el amanecer. Apenas aclaraba se estiraba sin mayores remordimientos, se lamía las patitas, se lavaba la cara y la pelambre del vientre y escapaba a la ventana como hoy. Casi nunca usaba la cama de gatos que compré para él y yacía casi abandonada en una esquina del departamento.

Como a las diez me duché, era sábado y Eliana vendría a visitarme. Arreglé la cama y limpié un poco el departamento. Como siempre Anubis no estorbaba. A las once cuando el sol había abandonado la ventana se subía a uno de los reposteros de la cocina y se quedaba allí silencioso sin molestar hasta la hora del almuerzo. Eli era una muchacha que había conocido recientemente en la oficina, habíamos salido un par de veces y nos llevábamos bien, había decidido invitarla a mi departamento y ver si podíamos dar el siguiente paso en la relación. Preparé unos bocadillos ante la supervisión silenciosa de mi felino amigo y puse un par de cervezas en la heladera. Casi a las doce timbró mi celular, era Eli para avisar que ya estaba cerca.

Luego de algunos minutos conversábamos entre sonrisas en el sofá de la sala, comimos algo y tomamos las cervezas, hablamos de todo y la empatía se podía sentir en el ambiente, Eli sonreía con sus enormes ojos verdes y yo me acercaba cada vez más hacia ella, de pronto nos estábamos besando. Ya no eran los besos tiernos y delicados de nuestra última salida, eran besos apasionados y empezamos a buscar nuestra piel por debajo de nuestras ropas. Entonces ella me detuvo, me miró directo a los ojos y me dijo:
– Aquí no Daniel – y yo me quedé perplejo, iba a contestar algo para justificarme o pedir disculpas, pero ella se adelantó y concluyó la frase – ¿podemos ir a tu cama?
–  Claro que sí – le contesté con una mezcla de alivio y ternura y con la respiración aun fatigada, la tomé de la mano y la conduje con cariño hacia la habitación.

Una vez en el lecho, retomamos las cosas donde nos habíamos quedado, nos despojamos de las ropas, nos besábamos al punto de perder el aliento, hicimos el amor por momentos despacio, por momentos con la intensidad propia de la primera vez, cambiando de posiciones, experimentando, el edredón y nuestras ropas estaban ya en el suelo,  nosotros continuábamos incansables cuando de pronto ella al cambiar de posición se detuvo, se puso de rodillas sobre la cama y le vi los ojos llorosos. Lo primero que pensé es que me había tocado una loca con complejo de culpa y que este había aflorado en la mitad del acto sexual, mi primera estrategia fue la de tratar de ser condescendiente.
– ¿Estás bien? – le pregunté con suavidad. Ella se frotó los ojos, se tomó la garganta y la expresión le cambió.
– ¿Tienes gato?
– Eh… sí.
– ¡Por dios! – dijo ella mientras se levantaba confundida.
– ¿Qué pasó?
– ¡Soy alérgica a los gatos!

Yo nunca había visto a una persona entrar en crisis de alergia en mi vida hasta ese momento, pero el espectáculo fue terrible, mientras nos poníamos las ropas a toda velocidad, a ella se le hinchaban los ojos tanto que parecía que iban a salir de sus cuencas, su rostro se infló y le faltaba la respiración. No sabía qué hacer. Ella no hablaba nada y solo buscaba sus zapatos y su cartera, trató de decirme algo pero al parecer su garganta se estaba inflamando tanto que no lo logró, la saqué del departamento rápidamente, bajamos las gradas y tomamos el primer taxi que pasó rumbo a emergencias en el hospital más cercano.

***

Luego de una larga hora en la espera de emergencias, el médico me dijo que Eli estaba fuera de peligro, habían encontrado un fino pelo de gato en uno de sus ojos, eso aceleró el shock, pero de todas maneras se habría producido luego por los restos de pelos y saliva que Anubis había dejado en mi cama. Me dio consejos y recomendaciones, entre ellas la de impedir que el gato se suba a mi cama o se acerque a mi comida. Le agradecí mucho y más tarde llevé a Eli a su casa, ya mucho mejor y me despedí de ella con la promesa de llamarla pronto para saber de su salud.

De regreso a casa Anubis se subió sobre mis piernas apenas me senté en el sofá, miré la hora y me levanté a ponerle su comida y agua. Mientras lo observaba comer, lo miré fijamente y le hablé:
– Compadre, ya no puedes entrar al cuarto.
Anubis ronroneó y comió un par de galletas más. Me miró con una expresión de “¿realmente crees que haré eso?” y yo sabía que tenía razón. Yo no era su dueño, Anubis era el amo de esta casa, miré alrededor y me di cuenta de que la organización de la casa, los muebles, los míos y los suyos con  tubos forrados de cáñamo para que afile las uñas, los horarios, incluso muchos de mis hábitos giraban alrededor de él. Me sentí desconsolado cuando me di cuenta de que en realidad Anubis me consideraba “su humano” y probablemente era la verdad.

Esa noche, antes de dormir cerré la puerta del dormitorio, esperé atento con la televisión encendida pero sin verla, hasta que sentí el arañón en la puerta. Me levanté y estaba allí con su expresión casi indiferente, reprochándome con condescendencia el haber olvidado, seguro involuntariamente, la puerta cerrada. Se subió a la cama, esperó que yo me recueste y se acomodó sobre mi vientre. No resistí la tentación y le pregunté:
– ¿Qué hacemos con Eli?
– Que se busque otro tipo que no tenga gato – me dijo y cerrando los ojos se puso a ronronear ligeramente.
– Tienes razón – dije sin remordimientos y puse el noticiero de las diez.

jueves, 19 de abril de 2012

GRIS (Cuento)

Son las cuatro de la tarde, camino por el viejo barrio de casas coloniales donde habíamos jugado de niños, los geranios colgando de los maceteros sujetos a la pared mediante soportes de hierro forjado despiertan en mí una nostalgia lánguida y antigua. Reconozco la casa de Jano, la puerta de madera se ve astillada y los goznes lucen oxidados. Me detengo y respiro profundamente, toco el viejo timbre de botón y espero. Pasan cerca de tres minutos y nadie atiende, intento de nuevo y espero otra vez, nada, luego tomo una moneda y golpeo la puerta con fuerza, contengo la respiración y escucho pasos, se abre la puerta y aparece Nina. Me invita a pasar, camino por el zaguán sucio lleno de botellas y basura que conduce a un breve patio central que comunica a la sala de la vieja casa.

Nina abre la puerta de la sala y mientras tanto yo la espero a la sombra de una palmera que de milagro sobrevive sin agua en el centro del patio. El sol amarillo de la tarde serrana me hace entrecerrar los ojos y Nina me hace una seña para que pase. Entro con cuidado, está oscuro, mis ojos no se acostumbran a la falta de luz, Nina me señala un sillón que a duras penas logro distinguir gracias a la tenue luminiscencia que todavía pasa por la puerta. Me siento. El silencio se torna incómodo. Sin saber todavía de donde viene escucho una voz áspera y cansada.
– Nina me dijo que venias.
– Jano – contesté tratando de adivinar su silueta - ¿Cómo estás?
– Gris, Rolando, gris. ¿Tú sabes qué es estar gris? Ayer estaba azul, pero hoy amanecí gris. El gris no me gusta, el gris no es un color Rolando…, Roland…, Rolo…, es una mezcla de colores, cuando te equivocas en la paleta y todo sale mal, la mezcla es gris. ¿Te das cuenta? Nadie prepara gris con intención en la paleta, el gris es el resultado de la equivocación, es un error. Soy un error Rolo, todos somos un error de Dios.

Se detiene y para ese momento ya he logrado ver su figura, está arropado con una vieja frazada que le cubre las piernas y parte del torso de donde emerge una vieja sudadera con capucha. Tiene la capucha puesta, se ha puesto un cigarrillo en la boca y mira a Nina, ella se acerca y enciende un fósforo. La chispa me permite ver su inconfundible nariz alargada y huesuda. Aspira el humo con placer y me mira:
– Nunca fumes Rolo, es una mierda, el cigarro no sabe a nada. ¿Te dije que me siento gris? No importa Rolo, ayer le contaba a Nina que una vez me sentí verde, pero luego se hizo una baba, ¿has cortado una sábila Rolando? Se ve el corte limpio, brillante, luego se escurre una baba que te embarra las manos. Eso me pasó Rolito. Me hice una baba verde, pegajosa, luego todo se volvió rojo, luego azul… y ahora gris. Y Nina no me deja pintar Rolo, pintar es lo único que sé hacer, y ella no me deja. ¿Dónde están mis pinceles Nina? Dile a Rolando que no me dejas pintar. Eres una mierda Nina. Mira Rolando, no te dejes embaucar por esta pecosa, desde chiquita era un pedacito de mierda, me seguía a todas partes Rolo, nunca me dejaba en paz. ¿Pero para qué te cuento? Si tú estabas allí. ¿Te acuerdas Rolo como nos seguía a todas partes y no nos dejaba en paz? Ahora no me deja pintar Rolito, no me deja y yo me siento aquí gris, pero azulado Rolo, has venido y me has traído un pedacito de azul, ¿ves? ¿Has traído algo para tomar?
– No – le contesto confundido y le miento – no tuve tiempo, pero en un rato salgo a comprar algo.
– Qué bueno Rolo. Tengo ganas de tomar un rosé, el whisky es una mierda, tampoco sabe a nada. No traigas whisky Rolando, es trago de blancos de mierda como esta – me dice mirando a Nina. Nina me mira algo avergonzada.
– No digas eso Jano, Nina es tu hermana, y tú eres tan blanco como ella.
– ¡Ja ja! – ríe sin energía – tú sabes a qué me refiero. Yo vengo de una familia de blancos, pero no soy blanco. Yo tengo el alma negra Rolo, ¿Por qué has venido Rolan? ¿Has traído el vino?

Jano aspira el humo del cigarro y mira al cielo. Casi todo el tiempo se dirige a mi pero sin mirarme. Me preocupa que esté quedándose ciego. Miro alrededor, la sala está llena de sus pinturas, algunas están rasgadas, hay pinceles dispersos en el piso, paletas con pintura seca, los libros amontonados en los libreros y las mesas. Noto que hay ceniceros con colillas prácticamente en cada rincón. Nina no vive aquí, solo viene a traerle comida y cigarros.

– Rolo, escúchame hermano – me dice aun mirando al techo abovedado – ¿dónde están los chicos del barrio? Ya nadie me viene a visitar. Hace unos días vino el flaco Camilo, estuvo conversando horas conmigo y se sentó en el mismo sillón en el que estás ahora Rolo. Dice el flaco que no te ve hace tiempo, hablamos de los grises ¿sabes? El también estaba gris ese día, yo no. Me dijo que no venía antes porque no sabía donde vivo ¿te das cuenta Rolo? ¡Qué pendejo! ¡Si he vivido en esta casa toda la vida! Desde que éramos chicos Rolando, tú vivías a dos casas. Tu viniste al velorio de los viejos, ¿te acuerdas? Ese día no estuve gris. No me jodió que los viejos se mueran, me jodió que se murieran de una manera tan estúpida. La vida es una cojudez Rolito, los viejos me dejaron esta casa. Yo la quería vender, pero esta mierdita de acá no me deja, cree que me voy a tirar la plata. No Rolito, no, es por los recuerdos hermano, los recuerdos me comen en esta casa. Yo creo que hay fantasmas Rolo, a veces veo a los viejos caminando por el patio, por eso ya no salgo de esta sala hermanito. Invítame un cigarro Nina.
Nina le entrega otro cigarro y lo enciende, yo hasta ahora no he dicho nada. En realidad no sé qué decir.
– Los chicos me dijeron que te envían saludos – dije tratando de cambiar de tema – a ver cuándo nos reunimos.
– Los chicos Rolando, los chicos… ¿ya no somos chicos no? ¿Cuántos años han pasado desde que terminamos la escuela?
– Veinticinco – contesto.
– Veinticinco años Rolo. Tú te ves como si tuvieras dicisiete.
– No me mientas – le digo – ya tengo cuarenta y dos.
– No parece Rolo, te ves bien, te veo naranja, con destellos amarillos. Yo me siento gris, no sé si te dije. Todo está gris estos días. ¿Te dije que vino el flaco Camilo? El flaco está igualito, pero no estaba gris, yo creo que si tuviera que decirte un color te diría que el flaco es morado, el flaco iba a la procesión del señor de los milagros en octubre, ¿sabías? Estuvimos hablando de eso el día que vino.
– El flaco murió hace dos años – le dije mirando al suelo al mismo tiempo que se me partía el corazón. Jano se quedó mudo sosteniendo el cigarro en el aire, como si se hubiese paralizado, luego continuó.
– Esos son detalles Rolo, la semana pasada vino el flaco ¡y no jodas! – aspiró el humo del cigarro y me miró a los ojos por primera vez, susurrando – ¿sabías que veo a los viejos caminando por el patio Rolo? Estoy pensando que me estoy volviendo loco hermano.

Miro sus ojos verdes profundos, cristalinos, húmedos, me entristece su mirada perdida. A pesar de que el sol está a punto de ocultarse puedo verlo con claridad. Noto sus manos temblorosas sosteniendo el cigarrillo, los dientes amarillentos y la barba manchada de nicotina.
– No estás loco, a todos nos pasa eso alguna vez. Tus viejos te querían, los tienes presentes, por eso imaginas cosas.
– No Rolo, los veo – me contesta mirando a los lados con una notoria paranoia.
– Jano, escúchame. Quiero pedirte un favor. He hablado con los chicos, queremos organizar una exposición tuya en la universidad, nosotros vamos a organizar todo, pero necesito que me hagas un favor.
– Claro – me contesta con algo de sorna, sin emoción.
– Tienes que ir a un centro de rehabilitación, solo dos meses, en tres haremos la exposición, te necesitamos sobrio.
Jano me mira y me hace una seña para que me acerque, me acerco un poco y él repite la seña para que me acerque más, yo me apoyo en el brazo del sillón donde descansa y me toma de la solapa del traje y me susurra al oído.
– ¿Es idea de esa mierdita no? Desde que murieron los viejos quiere quedarse con la casa Rolo, se quiere deshacer de mí, pero los viejos me dejaron la casa a mí, a mí. No te dejes engañar Rolo, tú eres buena gente, no te dejes engañar, pero escucha, escucha, le vamos a seguir la corriente – se separa de mí casi empujándome y dice con voz exageradamente alta: – ¡Vamos hermano! ¡Hagamos la exposición que tanto quieres, pero si quieres que esta pecosa de mierda me meta el dedo en el culo…!
– ¡Jano! – le grito impaciente.
Jano se ríe estrepitosamente y fuma, yo me siento desolado.
– Tengo que irme Jano – le digo.
– Vete Rolito, vete, mas tarde viene el flaco Camilo a tomarse un vino rosé conmigo. No te preocupes. Dile a los chicos que mi propia hermana no me deja pintar, me esconde los pinceles Rolan, paso todos los días buscando los pinceles, la vida es una mierda ¿sabes? Los chicos no quieren venir a la casa, creo que no saben donde vivo, diles Rolo, diles que vivo aquí, en la misma casa…

Me pongo de pie y le doy una palmada en el hombro mientras sigue hablando, no se da cuenta que me voy de la habitación. Nina me acompaña hasta la puerta.
– ¿Sigue consumiendo? – le pregunto.
– Se las ingenia de alguna manera – me dice Nina desesperada – cada día está peor Rolando, ya no sé qué hacer. Hace meses que no pinta.
– Déjame pensar en algo – le digo sabiendo que no hay remedio para Jano y me despido dándole un beso rápido en la mejilla.

Una vez en la calle, cierro la chaqueta hasta el cuello, hace frio, camino rápido, quiero alejarme, me doy cuenta que empiezo a sentirme gris también.

miércoles, 29 de febrero de 2012

PUROS CLANDESTINOS

José Manuel nos lleva a la fábrica de ron más antigua de Cuba, curiosos preguntamos el precio de los habanos que vemos en un mostrador, el tendero nos dice que cada uno cuesta aproximadamente cinco dólares. José Manuel nos susurra que más tarde nos llevará a un lugar donde podemos comprar habanos de buena calidad a buen precio.

Más tarde en el taxi José Manuel, mientras conduce, nos cuenta que un negocio habitual en La Habana y al parecer en toda Cuba es tratar de venderle puros en la calle a los turistas despistados, negocio que usualmente termina en estafa cuando el turista abre el paquete y descubre que la mercadería son puros de mala calidad, si tuvo suerte, o si no, una caja llena de basura en el peor de los casos (José Manuel al igual que otros cubanos que nos advierten del asunto, nunca usan la palabra “estafa”, prefieren decir cualquier otra cosa, como “problemas” o “cosas que no son”).

Minutos después entramos a una callejuela estrecha, a la izquierda una mujer conversa con un hombre mayor en la puerta de la casa. José Manuel se estaciona frente a ellos y los saluda con naturalidad, ellos corresponden y rápidamente desaparecen de la escena, por arte de magia aparece un sujeto cuyo nombre no importa, es de baja estatura, viste una camiseta verde que tiene el logotipo de la marca “Polo” y que lleva estampada una corbata azul con líneas amarillas y rojas en el pecho; en la cabeza lleva un gorro caqui militar que a todas luces es de marca, tiene – no podía ser de otra forma – un habano encendido en la boca e irradia una simpatía a prueba de balas.

Viene acompañado de otro sujeto, que discretamente casi no interviene, nos invitan a pasar a la casa, un zaguán y una pequeña sala a la izquierda, pasamos a la sala. No sentamos, el tipo nos pregunta en qué nos puede servir – como desentendiéndose del asunto – y nosotros algo sorprendidos pero seguros, preguntamos por los habanos, sonríe, da una chupada a su puro llenando de humo el ambiente y sube las escaleras, regresa luego de unos minutos con cajas con todas la variedades posibles de puros cubanos, en todas la presentaciones. Hablamos de precios y notamos que efectivamente está muy por debajo de los precios de las tiendas destinadas para turistas. Compramos unas cajas y nos quedamos con las ganas de llevarnos todo. Claudio le pregunta si acepta sacarse una foto con nosotros y contra lo que esperábamos acepta gustoso.

Más tarde José Manuel nos explica que nuestro clandestino proveedor trabaja en la tabacalera nacional, motivo por el cual tiene acceso a esa mercadería. En ese momento me surgen cien preguntas pero prefiero no saber, precisamente ahora que escribo esta nota, también cambio de decisión , pensaba acompañar la nota con una de las fotos que nos tomamos con este personaje, pero desisto, no quiero meter en problemas a este simpático cubano. Sin duda alguna es una de las estampas que me traje de Cuba, un tipo carismático y alegre, y unos habanos de muy buena calidad que todavía no me termino de fumar.

sábado, 31 de diciembre de 2011

BIENVENIDO 2012

El 2011 escribí – con esta – noventa y seis notas en el blog. Cumplí religiosamente con escribir ocho notas cada mes, dos por semana en promedio. En algunas ocasiones fue agotador, pero estoy contento de haberlo hecho. Este año tal vez replantee el número a la mitad.

Escribí algunos artículos en mi otro blog de derecho, a pesar de que tuve menos notas en él, fue todo un éxito con más de siete mil visitas. También publiqué ensayos y artículos en diarios y revistas de circulación nacional, fue un año sumamente productivo en lo académico.

En lo profesional fue un buen año, aprendí cosas, tuve problemas como consecuencias de algún momento de descuido y aprendí que debo estar atento al cien por ciento. No puede darme el lujo de ser menos exigente conmigo mismo de lo que he sido siempre.

Conocí buenas personas. Conocí mejor a otras que ya conocía antes y me alejé de algunas más. Respecto a las personas de quienes me alejé no significa que ellas sean malas o yo sea bueno. Es solo una cuestión química. Una Pepsi puede ser buena para acompañar pollo, un menthos puede ser bueno luego de comer cebiche. Pero no es buena idea meter un menthos en una botella de Pepsi. Es solo química.

Este año más que en otros hice cosas imposibles. No hay nada como la satisfacción de hacer cosas luego de que el noventa y nueve por ciento de las personas le dijeron a uno que no se podía.

Este año que viene esperan nuevos retos, muy importantes, como deben ser todos los retos por pequeños que parezcan.

Para este año que viene, ya no hay mucho que decir, pero sí mucho por hacer. Mi principal deseo para mí y para todos mis amigos y lectores es que además de nuestras metas y objetivos personales, llenemos nuestra vida de amor, de paz, de sentimientos de alegría, prosperidad y abundancia. Éxitos y un grandioso 2012.

sábado, 17 de diciembre de 2011

¿ES EL INTERIOR DE LAS PERSONAS LO QUE VALE?

Premisa 1: Todos somos iguales.
Premisa 2: Lo valioso es el interior de las personas.

Veamos:

Sobre la premisa número uno hay una enorme serie de consideraciones posibles, haré las que me parecen más relevantes. En primer lugar no es cierto que todos seamos exactamente iguales. Si nos fijamos atentamente, las normas y conceptos que regulan la llamada igualdad no dicen exactamente eso. Incluso los preceptos religiosos. Lo que dice nuestra Constitución, por ejemplo, en su artículo segundo es lo siguiente: “Toda persona tiene derecho a la igualdad ante la ley.” Es decir que desde un punto de vista institucional o legal, no es cierto afirmar que somos simplemente iguales, somos iguales ante la ley, en la medida que no podemos ser discriminados por motivo de nuestro origen, raza, sexo, idioma, religión, opinión, condición económica o de cualquier otra índole.

La mayoría de religiones reconocen la igualdad del ser humano en cuanto a humanidad precisamente, pero reconociendo la individualidad. En conclusión, la mayoría de las religiones asume que la llamada igualdad es una cuestión ideal, pero que en la realidad no existe.

Lo indicado tiene razón de ser, no se puede pretender igualdad absoluta del género y luego querer defender la individualidad del sujeto.

La igualdad legal protege al ser humano frente a la discriminación, no olvidemos que la cuestión inherente a los derechos fundamentales es la dignidad y sobre ello gira el principio de la no discriminación. La discriminación ha sido dividida en dos clases, la discriminación negativa y la positiva, la que está prohibida es solamente aquella negativa. La positiva está permitida. ¿Cuál es la discriminación positiva? Veamos ejemplos: Las cuotas de género en el congreso y listas para consejeros regionales y elecciones municipales. Las cuotas étnicas y de edad en los mismos casos, en el Perú se exige que cada lista tenga un determinado número de jóvenes, mujeres y nativos (de ser el caso) para ser admitida en un proceso eleccionario.

En diversos países existen universidades que plantean la cuota de etnia, minorías le llaman. Ahora vamos más allá: La vida es un proceso de permanente discriminación: ¿cuántos niños pueden ingresar al selecto jardín de infancia donde piensa poner a su hijo el próximo año? A esta fecha seguramente usted ya tiene asegurada su vacante desde setiembre, y si no, tendrá que buscar pronto otro colegio, si no para febrero quedarán solo los “peores.” El ingreso a la universidad es otro buen ejemplo. ¿No son acaso los exámenes de ingreso a la UNI, San Marcos, UNSA en Arequipa, claros casos de selectividad? Solo ingresan los más capaces de acuerdo a un cuestionable o no sistema de preguntas. Discriminación positiva. Los procesos de selección para empleos, los concursos públicos de ingreso y ascenso, etc. Como se puede ver claramente estamos rodeados de procesos y procedimientos que discriminan constantemente, incluso por cuestiones tan triviales como quién se levanta más temprano o se amanece más días para ver el concierto del cantante de moda, donde no podrá ingresar quien no esté dentro de los veinte mil elegidos que pudieron comprar entrada. Y el que no quiere amanecerse, paga el doble al revendedor y asunto resuelto. Selectividad por capacidad adquisitiva.

Como ya podrá notar a este punto el avispado lector, no somos tan iguales como parecía al principio.

Ahora veamos la segunda premisa: Lo valioso es el interior de las personas. ¡Vamos! – Dirá alguien por ahí – ¿quién va a negar que esa sí es una premisa válida? Concuerdo. Efectivamente a la larga, lo más valioso es el interior. El problema es el camino para llegar a ese interior. ¿Cómo llegamos a conocer el interior de las personas? ¿Se le ocurre? ¿Ya se dio cuenta de la paradoja? ¡Sí! Exacto. A través del exterior.

Sigamos con el asunto de los ejemplos. Usted entra al ascensor y a su costado está una muchacha bajita, ciertamente gordita, con lentes, cabello ensortijado, desordenado. Y digamos que usted es – o cree que es – un galán de novela. ¿Conversa con la muchacha que acabo de describir? ¿Y si ella le pregunta algo a usted? ¿Le responde con una frase amable, pero cortante o de verdad se interesa en tratar de conocer el posiblemente valioso interior de la muchacha? ¿Y qué sucede si la muchacha es una dama de silueta estilizada, alta, bien vestida, perfumada? ¿Reacciona igual? Pregúntese ahora: ¿Somos todos iguales? ¿Lo que interesa es el interior?

No estoy diciendo que el interior de la muchacha bajita sea mejor que el de la otra o viceversa. Eso es irrelevante a este punto. Lo que trato de decir es que el aspecto externo tiene mucho que ver en la vida real con la decisión que tomamos de querer conocer el interior de alguien.

Invierta el ejemplo, si usted es una guapa dama – o cree serlo – y va a la discoteca. Se acerca para invitarla a bailar un muchacho de lentes con monturas fuera de moda, con chompa de lana, con algo de pelusa en el rostro (no la sexy barba de cuatro días de Indiana Jones), algo torpe y despeinado. Tal vez acepte bailar con él y conteste sus reiteradas preguntas con evasivas y una sonrisa disforzada o, lo que es más común, lo rechace de plano. ¿Y si el interior de este muchacho es un interior que vale la pena conocer?, probablemente usted habrá perdido la oportunidad de conocer a una joven promesa de la ingeniería que en cinco años le pagará la casa y la camioneta de sus sueños, que la querrá como ninguno, que le será fiel hasta la muerte y que será un ejemplar padre de familia. Es posible. Pero sin lugar a dudas usted escogerá bailar con el tipo de piel bronceada, con aspecto de chico malo y peligroso que la hará sufrir mucho los próximos meses y tal vez durante la mayor parte de su atormentado matrimonio.

Sigo jugando con los estereotipos, pero es con el afán de que quede claro mi punto de vista. Mis hipótesis previas son en realidad bastante posibles.

¿Entonces con quién se casan la muchacha bajita y rellenita y el imberbe estudiante de ingeniería? Allí viene la variable del entorno. Es un dato estadístico irrefutable que la mayor parte de las relaciones – las legales y también las prohibidas – se generan entre los integrantes del mismo círculo social o laboral.

Usted ahora es el empleado de una empresa, trabaja mucho y no le queda tiempo para la actividad social. En su trabajo una de las pocas solteras, es… la muchacha del ejemplo. Un día se queda conversando con ella después del trabajo, otro día se encuentran en el comedor. Charlan por pasar la hora. Más adelante se vuelven a ver en un aburrido cumpleaños de algún compañero y charlan de nuevo. Es ahí cuando la interacción casi obligatoria, permite pasar la barrera de la carcasa externa. Es solo en esas oportunidades cuando uno termina conociendo mejor a la persona, ingresa a ese interior del que hablábamos y descubre que es valioso. Luego cuando ella se aleja caminando, usted la mira y piensa “mmm y había tenido buenas piernas…”

El problema de esta variable, es que uno queda pensando en las oportunidades que dejó “allá afuera”, finalmente se involucró con alguien de su entorno porque prácticamente no le quedaba otra opción. ¿Y si allá afuera hay alguien con las mismas virtudes internas, pero digamos con un exterior más a mi gusto? Si usted no está dispuesto a liberarse de ese pensamiento, le adelanto que tendrá muchos problemas en esa relación.

Regresando a nuestras premisas iniciales. No es cierto que seamos iguales, somos selectivos en la medida que precisamente no somos iguales. La igualdad es una conceptualización que sirve para resolver un problema legal, en la vida real y fuera del marco normativo, no somos iguales.

Si bien puede ser cierto que nuestro interior es mucho más valioso que nuestro exterior, no podemos perder de vista que es el exterior lo que abre el camino para que alguien se interese por ese interior valioso. Y lo triste es que en ese exterior es donde más similares somos y dónde más diferencias falsas podemos introducir. Como decía un viejo amigo: De noche todos los gatos son pardos.

jueves, 8 de diciembre de 2011

LA SOLEDAD DE LA INMORTALIDAD (Cuento)

Andelko Volkodlak salió del Louvre rumbo a la fría noche parisina, caminó por la Rue de Rivoli hacia el Boulevard de Sebastopol, al doblar la esquina percibió con absoluta certeza que alguien lo estaba siguiendo. Calculó el trayecto con frialdad y se dirigió hacia el rio Sena reduciendo la marcha, cruzó el puente hasta el Boulevard Saint Michel y luego volteó en dirección al Pantheon; en una esquina desolada de la Rue C. Bernard se detuvo en seco para enfrentar a su acechador, al girar no vio a nadie a pesar de percibir claramente una presencia, de pronto una voz seseante retumbó en sus oídos en un idioma que no escuchaba hacía mucho tiempo:
Lahko noč, Andelko. Koliko časa je ze, ko ne prideš v Ljubljano?
Lahko noč, Petar – contestó dando las buenas noches también y reconociendo a su interlocutor – hace años que no voy a Ljubljana, ¿y tú?
– Tampoco Andelko – dijo la voz materializándose de pronto en una sombra y luego en un cuerpo varonil, largo y estilizado, impecablemente vestido – creí que no me reconocerías.
– Al principio no. ¿Dónde has estado todo este tiempo?
– Andando por el mundo, como tú.
– ¿Como yo? No creas – replicó Andelko – hace décadas que no salgo de París.
– Desde que se fue Fátima.
– Sí – musitó el hombre con amargura.
– Vamos a conversar prijatelj, finjamos ser mortales por un rato, disfrutemos la noche de París, acompáñame a un bistró, conozco uno cerca, en la Place d’Italie.

Ambos caminaron sigilosamente sin perder el paso distinguido, sin embargo, invisibles, oscuros, imperceptibles. Cuando llegaron al bistró junto con ellos entró una brisa gélida que hizo estremecer a los concurrentes que todavía estaban en el lugar. Se sentaron. Una atractiva muchacha con acento de Lyon encendió la vela en medio de la mesa mientras les daba las buenas noches, luego anotó su pedido: Una botella de vino tinto.

* * *

Petar Blatnik, al igual que Andelko, había nacido en Ljubljana, ambos habían sido amigos en la soledad de los no muertos, se habían conocido en cacerías nocturnas, percibiéndose sin perturbarse el uno al otro. Petar fue quien dio el primer paso, notaba a Andelko desprolijo y pueril en sus procedimientos. Le despertaba ternura tanta falta de experiencia. Le enseñó a descubrir sus capacidades, a perfeccionar sus métodos, le explicó cosas básicas que Andelko intuía pero no comprendía. En algún momento fueron compañeros de correrías en las regiones de Croacia y Dalmacia, se establecieron un tiempo en lo que ahora era la ciudad de Trieste, el lugar era perfecto para sus fines en aquél entonces, una ciudad fronteriza del norte de Italia, en ocasiones tierra de nadie. Luego Petar quiso conocer Egipto, el Mediterráneo, en algún momento se separaban, se volvían a encontrar en algún punto de Europa, bastaba que uno ponga un pie en la ciudad donde estaba el otro para que pudiesen percibirse mutuamente, la última vez que se vieron fue precisamente en París, veinticinco años atrás, cuando la segunda gran guerra recién comenzaba.

* * *

Petar se apoyó en el espaldar de la silla de madera finamente tallada y miró a las personas sentadas en las mesas del bistró con displicencia, luego miró al vacío y preguntó:
– ¿Disfrutas la inmortalidad?
– Ya no lo sé Petar.
– Cometiste un error al enamorarte Andelko. El amor no es para nosotros. Somos seres sin alma y el amor requiere alma. Ahora que ella se fue se llevó todo lo que te quedaba. Lo único que te dejó es esa soledad que te viene destruyendo por dentro.
– Es que estamos malditos.
– ¡Ah Andelko! En quinientos años he visto de todo, y mira que yo he visto casi todo lo que se puede ver en este mundo, sin embargo hasta ahora no puedo afirmar con certeza si existe un Dios y menos aun si existe el Diablo. Solo sé que somos lo que somos y no hay ninguna maldición en ello.

Andelko asintió con la cabeza y llenó las copas con vino, luego miró a la mesera; desde que ingresó algo en ella le había recordado a Fátima. La piel sumamente blanca, los ojos azules claros, el cabello rubio cenizo. Se estremeció al recordarla. A Fátima la había conocido de casualidad, el fingía ser un empresario y ella era una bella artesana. En poco tiempo se la llevó a vivir con él. Ella fue descubriendo sus secretos, comprendiéndolo. Sabía que ella lo amaba, desde el principio, pero siempre se negó a ser como él. Quería vivir, crecer, amar y, a su tiempo, morir. No creía en la inmortalidad.
– ¿Te dije alguna vez que Fátima no creía en la inmortalidad?
– Sí Andelko, y tú nunca quisiste convertirla. Respetaste su voluntad y ahora estás solo.
– Ella decía que una vida es suficiente para aprender lo necesario. Que las cosas son solo eso, cosas. Que el problema de la inmortalidad es que se llega a un punto en que ya no sabes para qué sirve lo que aprendes, y ahora empiezo a pensar que tenía razón.
– Yo creo en cambio que somos seres privilegiados.
– Yo lo creía también – dijo Andelko – sobre todo cuando estaba con ella.

Ante sus ojos surgió la imagen de Fátima con el sombrero de paja de ala ancha sobre la cabeza, de cuclillas sobre la tierra, limpiándola, retirando las hojas muertas de las plantas que cultivaba con tanto cariño en el jardín, regándolas con agua que sacaba del pozo. En el taller, elaborando esos primorosos adornos que a él le encantaban y que solía comprarle antes de que los pusiera a la venta en las tiendas de París, solo para tener alrededor suyo cosas hechas por ella. Luego la recordó en la terraza de la casa, tomando café turco al atardecer con sus gatas adormitadas sobre los muslos. A sus ojos nunca envejeció, la cuidó hasta sus últimos días, respetando su voluntad de no ser como él. Ella sí había vivido como él nunca lo había hecho.
– ¿Cómo era que la llamabas? – preguntó Petar sacándolo de sus recuerdos.
Moja lepa mucka, mi linda gatita.
Mucka..., Andelko tenemos que ir a Ljubljana un día. Extraño nuestra tierra.
Andelko no contestó, miró otra vez a la mesera fijamente, luego alrededor y notó que se habían convertido en los últimos clientes, le hizo señas para que traiga la cuenta.
– Petar, necesito quedarme solo – susurró mirando fijamente el interior de la copa de vino, cuando levantó la vista su compañero ya había desaparecido.

Cuando la muchacha se acercó, Andelko pagó y le dio una generosa propina. Le preguntó a qué hora iba a casa, ella dijo que luego de ayudar a cerrar el bistró. Le preguntó si podía acompañarla y ella aceptó de buen grado.

Minutos después ambos caminaban por la Rue Jeanne d’Arc, la muchacha hablaba de su día de trabajo, de su vida, su barrio y sus amistades y lo bueno que era conocer personas interesantes en el bistró, hacia preguntas a Andelko que este contestaba con monosílabos e interjecciones breves. Él venía pensando en Fátima y en lo mucho que la había amado, en lo mucho que la seguía amando a pesar de haberse ido hace tanto tiempo. Pensaba que a pesar de sus esfuerzos nunca estuvo su altura, ella era un verdadero ser humano, como él había intentado ser, pero nunca había conseguido. Lo invadía la nostalgia, sabía que nunca podría encontrar a alguien como ella, ni en esta vida, por larga que fuera ni en veinte vidas juntas, aunque fuera inmortal, inútilmente inmortal. Se detuvo, la muchacha se detuvo también y le ofreció su rostro inocente, blanco con sus ojos azul pálido, se parecía a Fátima pero no era ella. No podría ser como ella, nunca habría nadie como ella. La besó y la joven mujer se entregó a sus brazos, Andelko la levantó y la empujó bajo el umbral oscuro de una puerta, se besaron largamente, ella ofreció su cuerpo tibio, abrazó al hombre con fuerza deseándolo sin pudor, sintiendo su lengua húmeda y venenosa deslizarse por su cuello fino y de pronto el hincón quemante y la succión de sus labios dejándola sin fuerzas, sintiendo las rodillas doblarse, sostenida en vilo por esos brazos formidables, la recorrió la angustia de ser totalmente vulnerable en medio de esa extraña e incontrolable excitación orgásmica, desfalleciendo de placer y a la vez con una lejana sensación de zozobra que le hacía perder el conocimiento y la vida mientras su cuerpo se deslizaba lentamente por el portón hacia el frio piso de piedra, al tiempo que era sacudido por los últimos estertores de la muerte.

Andelko sacó un pañuelo blanco de la manga de su traje y se limpió los labios con él. Lo sacudió con elegancia y lo dejó caer manchado de sangre sobre la muchacha mientras susurraba “lepa mucka” y se alejaba con paso firme rumbo a la fría noche parisina.

sábado, 3 de diciembre de 2011

LIMA, CAFÉ, VINO, EL COLOMBIANO QUE VINO Y DOS LIBROS INESPERADOS

El veintitrés del mes pasado partí rumbo a Lima en un accidentado viaje en su primera etapa, de esos en los que hay que hacer cinco cosas por día y si falla una se descalabran las demás. Fui ligero de equipaje porque sabía lo que me esperaba. No llevé lentes oscuros ni cámara fotográfica y respecto a la ropa, lo mínimo indispensable.

En Puerto Maldonado y luego de hacer todas las gestiones programadas durante la mañana, imprescindibles por cierto, me fui al aeropuerto en el consabido torito, la versión terrestre del peque peque. Una vez allá, esta vez no tuve quejas, noté con alegría que el restaurant ha cambiado de aspecto y diseño. Pero el dueño sigue siendo el mismo, lo que es muy saludable, porque ha tendido el valor de cambiar los paradigmas de su negocio. También noté con felicidad que el señor ese malhumorado que antes hacía de mozo, ya no está más.

El viaje fue pesado debido a que el avión se quedó más de una hora parado en Cusco, nos contaron el cuento chino del combustible y la parada técnica, pero con mis kilómetros de recorrido noté que era por un tema de visibilidad, el cielo estaba cerrado por las nubes.

Fiel a los buenos amigos, me fui al departamento de Claudio apenas llegué a Lima, el depa está ubicado en una zona que no podría ser mejor y está muy bonito y acogedor. El primer día nos fuimos de shopping y paseo. Compramos unos buenos libros, infaltables Bryce y Vargas Llosa y una recomendación especial, un libro de cómo explicar las ideas mediante dibujos simples, un éxito. Luego canjeamos puntos por fragancias metiendo la nariz en una caja llena de café de rato en rato y al final compramos un vino y nos fuimos a beberlo al departamento junto con el primo Sergio.

Pude notar en los días que estuve que la mamá de Claudio está muy bien, se agita un poco pero está conversadora y alegre como siempre y eso es un muy buen síntoma. También se queja del agua que corre, el viento que azota, los pajaritos que no cantan, la mesa que regaló y la que falta comprar, la familia, las amigas y las vecinas… pero ¿es o no un buen síntoma? Yo creo que sí. Si la hubiese encontrado calladita, me hubiese preocupado. Yo la quiero mucho tal cual.

El día más divertido fue el viernes. Había un evento de presentación de un nuevo producto en la empresa donde trabaja Claudio. Allí me presentó a un colega suyo – por gerente – y mío – por abogado – que había venido al Perú para el lanzamiento.

El colombiano, un tipo simpatiquísimo, nos fuimos a tomar unas cervezas con él, Claudio y Sergio a Larcomar y luego unos tragos de nombre indescifrable en algún antro de Miraflores, conversamos largo y me di cuenta que nuestro invitado tenía un talento muy peruano y seguramente más colombiano: ¡Qué manera de hacer uso de la antológica e imperecedera técnica, tan peruana ella, del floro! Veinte mil palabras para decir una sola cosa. ¡Lo máximo!

Pasamos un buen rato y luego en medio de una típica garúa limeña de madrugada nos fuimos a descansar. Yo dormí solo tres horas porque tenía que estar en el aeropuerto a las nueve de la mañana. En el trayecto el taxista casi choca dos veces. Yo creo que andaba nervioso, lo confirmé porqué le pregunté ¿Qué has hecho anoche compadre?, después del segundo incidente y me dio una larga explicación de porqué casi choca. Justificación no solicitada. Ya saben cómo funciona.

Lo cierto es que ese mismo día por la tarde estuve en mi casa. Allí descubrí una grata sorpresa, Claudio me dio un paquete conteniendo los libros que gané en el concurso nacional de ensayos organizado por el Centro de Investigaciones Judiciales del Poder Judicial de mi país, ello junto al diploma que le entregaron cuando asistió a la ceremonia de premiación en mi representación. No me alentaba mucho la idea porque sabía que los libros eran ejemplares de la revista oficial del Poder Judicial, así que no me entusiasmaba mucho porque yo ya tenía esos ejemplares en mi biblioteca, es decir ahora los iba a tener por partida doble. Pero lo bonito es que cuando abrí el paquete ya en Iñapari, descubrí con alegría que además de la revista había tres ejemplares más que yo no había considerado. Uno de ellos la impresión de los acuerdos plenarios en materia penal de la Corte Suprema de diciembre del año pasado, pero más importante: Dos libros, en tapa dura, de la historia de la Corte Suprema, un fino, exhaustivo y detallado trabajo de la historia jurídica del Perú republicano, ambos de la autoría mi querido amigo arequipeño, excelente académico y mejor historiador Carlos Ramos Núñez, quien es en este momento sin duda alguna el mayor experto en el Perú acerca de historia del Derecho.

Así que finalmente me traje de Lima bonitos recuerdos como siempre, varios buenos libros dos de ellos sorpresivos, buenas noticias, un nuevo amigo y sobre todo la alegría de haber pasado buenos ratos con Claudio y su familia, que siempre son mis mejores momentos cada vez que voy a Lima.

domingo, 20 de noviembre de 2011

LA PIKI: UNA CRONICA DE AMOR CORRESPONDIDO

Yo estaba de vacaciones, era agosto, hace poco más de ocho años. Vivía en el centro de Arequipa. Un día saliendo de casa yendo al gimnasio, vi una perrita de muy mal aspecto, pequeñita, de un tamaño un poco menor que el de un pequinés, de pelambre amarillenta, hocico afilado, ojos enormes y desorbitados, totalmente famélica y pegada a la pared. Muy asustada. Me impresionó. Por la tarde cuando volví todavía estaba allí. Le llevé un tazón con arroz. Al día siguiente pasó más o menos lo mismo. Siempre que veo algo así me da una tristeza terrible, así que tomé la decisión de por lo menos alimentarla hasta que alguien pudiera adoptarla.

Pero al tercer día pasó algo más. Salí de casa y ella no estaba en la zona de la quinta, cuando estaba abriendo la reja de la entrada principal la vi. Estaba en medio de la pista, totalmente desorientada, caminando lateralmente y cojeando. De inmediato intuí que había sido atropellada. Sin pensarlo dos veces me paré en medio de la calle (que era de un solo carril y estrecha como las calles del centro de Arequipa) y detuve el carro que venía. Luego la traté de empujar hacia una de las veredas. Cuando lo logré me acerqué. Traté de ayudarla y me mordió ferozmente el dedo índice de la mano derecha.

Asustado regresé corriendo a casa, siguiendo los consejos de la escuela, para lavarme con abundante agua y jabón. Luego volví a salir para buscarla pero no la hallé. Ahora tenía dos problemas: El tratar de rescatar a la perrita y la posibilidad de que tenga rabia.

Ese día tuve que hacer una serie de gestiones personales, pero además me documenté acerca de la rabia y llamé a mi compañía de seguros de salud (a la que le pagaba una buena cantidad mensual) y me dijeron que no podían hacer nada. El tema de la rabia se veía en un solo hospital de Arequipa, luego fui a este hospital y resultaba que tenían que ponerme como veinte inyecciones, cuando en otros países del mundo ahora son solo cinco y con menos efectos secundarios. Eso sin contar que tenían que sacrificar a la perrita.

Esa noche salí con una correa y collar de gato, una colcha (para atrapar a la perrita) y vari kennel de mis gatas. Caminé por las calles cercanas y la encontré escondida y asustada detrás de un enrejado. Le lancé la colcha y la atrapé. La llevé a casa, pero ya era tarde y se durmió allí. Al día siguiente la llevé al veterinario, pedí radiografías, análisis, vacunas y un baño. Regrese a la veterinaria por la tarde y le pregunté al veterinario sobre la posibilidad de la rabia. Me dejó en claro que en Arequipa no se habían registrado casos de rabia en más de diez años, así que podía considerarse que esta había sido erradicada de la zona. No habían fracturas, solo estaba asustada y hambrienta. Compré comida para ella y la llevé a casa.

En aquel entonces yo ya tenía un labrador color hueso. Por si acaso los separé porque el veterinario me dijo que la perrita estaba por entrar en celo. Lo cierto es que esa tarde regresé a casa contento, manejando la camioneta con la perrita en el vari kennel de los gatos en el asiento del copiloto. Cuando llegué, la traje conmigo hasta la sala, la solté y yo me senté exhausto en un sillón con mi dedo índice adolorido y vendado. En eso ella subió sobre mis piernas, yo la sostuve un poco con mis brazos y ella apoyó su cabecita en mi brazo derecho mirándome con una expresión de agradecimiento que nunca olvidaré. En ese momento nació el amor.

En este entonces estaba casado con mi primera esposa. Una mujer maravillosa. Ella fue la que le puso el nombre: Piki (puntito). Durante muchos días no dejó que se me acerque siquiera mi esposa. Me protegía a muerte. Luego comprendió que ambos la queríamos y la incluyó en su círculo de protección Cuando pasó el celo y ya estaba mejor alimentada y con buen peso, la llevé a esterilizar. Se recuperó rápidamente de la operación. Cuando la recogí tenía el pelo amarrillo y ceniza. En realidad era una perrita cruce de papillón, con los cuidados y peinado periódico, su pelaje regresó a ser lo que debía ser: blanco y negro. Su carita se redondeó y sus ojitos se hicieron alegres y vivaces. Siempre que trabajaba en el computador ella se sentaba en mis piernas, o cuando veía televisión y cuando manejaba el auto. Si me recostaba para ver televisión se acomodaba sobre mi pecho y se quedaba tranquilita. Se acostumbró a compartir el espacio con las gatas e incluso dormía con ellas en el día. En las noches dormía en nuestro cuarto en su propia camita a un costado de la nuestra.

Siempre estaba sobre mis piernas. Le gustaba mucho pasear y desde el primer día que llegó a casa, nunca orinó dentro de ella ni hizo caquita. Esperaba a que lleguemos y salía disparada a hacerlo afuera. Cuando salía sola volvía pronto. Pero siempre mantuvo ese círculo de protección alrededor de nosotros. Incluso cuando yo iba manejando, ella asustaba con su ladrido agudo a quien se acercara mucho al auto, arrancándonos carcajadas.

Luego cuando tuve que alejarme de Arequipa por cuestiones laborales y cosas del corazón, ella se quedó con la persona más responsable que conozco, y no podía ser de otra manera. Mi ex esposa la cuida y la quiere como lo haría yo y tal vez más. Algunas veces pensé en traerla, pero no era buena idea, el clima de aquí no es bueno para perritos viejitos y de pelo abundante. Además por aquí no hay veterinarios en los que pueda confiar.

Hoy me enteré que está malita. Tiene ataques de reumatismo, ya tiene cataratas. La última vez que la vi fue hace unos tres años. Según el veterinario ya debe tener unos doce años. Dice que en algún momento hay que tomar alguna decisión si los ataques se hacen más frecuentes porque son dolorosos. Mi ex esposa me dice que se acomoda en sus brazos como si fuese un gatito. Cuando la recogimos estaba tan maltratada que parecía mayorcita, en ese entonces le dije que lo mejor que podíamos hacer era que sus últimos años fuesen felices y de calidad. Finalmente, ella hizo que estos últimos ocho años fuesen felices para nosotros y se instaló en nuestros corazones. Escribo esta parte ya con lágrimas en los ojos. Creo que no he querido tanto a nadie a ese nivel como a la Piki. Definitivamente marcó mi vida y mi relación con los animales y la naturaleza. Me entristece mucho que ya esté viejita, pero también comprendo que todo tiene un ciclo. Yo solo les quería contar como la conocí y lo que significa para mí.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

LAS VISITAS

Me gusta la idea tener visitas, pero no me gusta mucho la realidad que se genera producto de esa idea. En otras palabras las visitas me gustan en teoría nada más.

Lo que pasa es que hay un punto en que uno quiere decirle a las vistas que ya es hora de irse y a veces es tan complicado

Hay ciertos protocolos sociales que son útiles. Por ejemplo, en una reunión social en la que se sirve y bebe alcohol, la forma de decir que ya es hora es sirviendo café. El problema de este protocolo es que requiere de varias premisas previas, las más importantes son que la gente con la que uno esté compartiendo sea lo suficientemente educada como para conocer del protocolo y que no haya bebido tanto como para ignorarlo.

En otros casos hay ciertas expresiones como “Bueno…” con su correspondiente movimiento de silla. Sirve a veces el silencio incómodo o recoger los vasos de refresco. Cuando se tienen hijos se presta mucho el “Pepito, ya guarda tus juguetes que es tarde…” pero no en todos los casos funciona.

Es cierto que hay personas con las que sucede todo lo contrario (poquísimas) y que son aquellas que uno quisiera que no se vayan nunca. O los amigos con quien se ha llegado a tal grado de confianza que no perturban. A ese punto de confianza uno puede salir de casa indicándoles cómo se enciente la hornilla de la cocina y el televisor, y asunto resuelto.

Uno de los problemas que tengo muchas veces, son los invitados colaboradores. El que quiere limpiar todo, lavar los platos, secar las cucharas y a veces hasta agarrar la escoba… no sé porqué pero no puedo con eso. En el otro extremo está el comodón, se sienta a que lo atiendan y punto sin ofrecerse siquiera de palabra a colaborar. Será que soy muy complicado, pero mi invitado perfecto tiene que tener el gesto de dar una mano, pero no perturbar. Es decir, cuando ve que estoy por llevar los platos debe ofrecerse a ayudar, yo le diré por supuesto que no se moleste y ¡debe quedarse en su sitio sin molestar!

Hay especímenes raros e insoportables, detallaré tres de los más emblemáticos:

1. El que te visita borracho. No hay manera de soportarlo, si ya me molestan los borrachos en general, imagínense uno en mi propia casa. Y ese no entiende de protocolos. Yo solo soporto a los borrachos que empezaron a emborracharse conmigo.

2. El que visita sin avisar, pero con el detalle adicional de que después de haber escuchado tus excusas como “Estoy resfriado”, “tengo un millón de cosas por hacer, ando algo ocupado” o “en un rato tengo que salir” igual se mete en tu casa y se queda con la frase: “No te preocupes.. TÚ sigue haciendo tus cosas…”

3. El visitante impropio. Es ese que no es tu amigo, es normalmente la más reciente pareja sentimental de tu amigo o del amigo de tu esposa o esposo. Ese al que te enchufan mientras el que es tu amigo o el que sí conoces se va al supermercado a comprar lo que falta y además se demora una eternidad. Terminas sentado en algún lugar de TU PROPIA CASA con un ilustre desconocido con el que normalmente no tienes nada en común y que además el noventa por ciento de los casos es monosilábico. Entonces uno termina tratando de conversar frente al horno parrillero:
– ¿Y cómo estás?
– Bien.
– ¿Y cuando tiempo conoces a Pepita?
– Poco.
– ¿Comes ají?
– No.
– ¿Te gusta la parrillada?
– No.
– ¿Te hace mal?
– No, soy vegetariano.

Otra visita complicada, por decirlo de alguna manera, es la familia intermedia, los que superan el cuarto grado de consanguineidad o de afinidad, los primos lejanos, (salvo las primas guapas que son siempre bienvenidas), los tíos abuelos, los hermanos de los concuñados (¿quién inventó esa palabra?) y sobre todo las tías chismosas. ¿Cómo hacer para que se vaya una tía chismosa? Es una tarea casi imposible y además normalmente requiere exorcizar la casa después.

Alguna vez escuché a alguien decir una frase que decía más o menos así: “Cuando uno está de visita, el mejor momento para irse es cuando todavía quieren que te quedes.” Y creo que es acertadísima. No hay nada tan feo como cerrar la puerta después de que una visita se va y decir: “¡Uf! ¡Por fin!”

martes, 27 de septiembre de 2011

AMISTAD

Desde mi más temprana juventud he tenido un especial respeto por la palabra amistad. Tengo la firme convicción de que la amistad es un sentimiento mucho más complejo y elaborado que el amor. Estoy seguro de que muchos podrán pensar diferente y considerar al amor como el sentimiento más sublime, pero en mi caso no es así.

Este no pretende ser un ensayo elaborado, precisamente por lo complejo del tema, pero si una lista de ideas sueltas.

Primero me parece detestable que cuando uno pasea en los mercadillos de cualquier ciudad de país, los vendedores y “jaladores” digan “Amigo, ven pregunta sin compromiso.” “Amigo, pruébate” “Amigo, ¿Qué estas buscando?” en un vano intento de tratar de entrar en confianza y peor aún cuando usan el diminutivo “Amiguito”.

No voy a abundar mucho sobre el tema, baste decir que el uso de la palabra denota dos cosas, falta de respeto y poco vocabulario. Falta de respeto por la palabra “amigo” y por la persona a quien se dirige con este término, todos tenemos un nombre y esperamos como mínimo que nos llamen por él. Lo segundo es una notoria falta de vocabulario, si una persona no sabe el nombre de otra, se puede usar “señor”, “señora”, “señorita”, “joven”, “niño”, “mozo”, “caballero”, etc. Otra cosa sumamente detestable es llamar en un restaurant “amigo” al mozo.

El tema se reproduce en las redes sociales. El “amigo” o “amiguito” se disparan indiscriminada y arteramente: “Gracias por tu comentario amiguito.” ¿Amiguito? ¿Acaso no aparece mi nombre en mis posts? ¡Llámame por mi nombre! ¿Crees que por que te agregué como contacto eres “mi amigo”? ¡Por favor!

Mis amigos, los de verdad, puedo contarlos con los dedos de una mano.

Siento que uno de los requisitos de la amistad es que aguante todo. Y cuando digo todo, es todo. Aquí no hay límites ni nada. Si no aguanta todo, alguno de los dos está sobre valorando esa relación llamándola amistad. Tal vez desea con todo el corazón ser amigo de la otra persona, pero la cuestión no funciona así. La admiración unívoca no genera amistad.

Ahora, otra cosa que se debe comprender, es que la amistad no es una relación de exclusividad, “mi mejor amigo” (para mí) no necesariamente me considera “su mejor amigo”, esto debido a que otro requisito de la amistad es que debe ser lo suficientemente elástica como para dejar espacios al otro y dejarlo tomar sus propias decisiones respecto a sus propias categorías. Como fácilmente se ve, eso no podría existir en el amor, por ejemplo, que si requiere exclusividad.

Una persona no podría ir a donde el que considera mejor amigo y decirle “yo tengo que ser tu mejor amigo, porque tú lo eres para mi” eso es una baja y vil manipulación. Así tampoco funciona.

Mi mejor amigo, por ejemplo, fue en algún momento mi alumno, y luego mi pupilo. Lo vi crecer y desarrollarse, ahora es una persona que admiro. Supongo que él ha cultivado también valiosas amistades en ese proceso. Hemos pasado de todo y la amistad aguanta. No veo la forma en que esa amistad pueda romperse. Es de esos asuntos en los que uno puede dejar de hablar años y de pronto retomar todo en un día como si el tiempo no hubiese transcurrido.

Entre otros admirables amigos uno está en Brasil, trabajando y viviendo la vida como debe ser, otro vive en Lima trabajando las 24 horas del día creo. Es muy reservado pero es un muy buen amigo, tan buen amigo que aguanta todas las barbaridades que le hemos hecho y hacemos con buen humor y creo que sin cuestionar nunca la amistad.

Yo tengo categorías o estándares muy altos para la amistad. Siento que un amigo es aquél al que le daría mi cama para que duerma si le falta, con el que dividiría mi último pan, ¡le prestaría un libro! a un amigo mío es aquel al que le digo sinceramente que lo quiero. Y yo no hago eso con cualquiera.

De otro lado soy exigente con aquellos a los que espero se conviertan en mis amigos. Tienen que ser personas con las que podamos hablar un lenguaje común, temas en común. Cierta velocidad de procesamiento que nos haga estar en cierta frecuencia.

Hasta ahora he contado tres y paro, tengo ilustres conocidos. Tal vez alguien que lea esto y se consideraba mi amigo y se percate que no está en la lista de tres, se sienta mal. Pero bueno, también está la lista de los amigos a secas, los íntimos, los cercanos, pero que no llegan al estándar de mejor amigo, desde mi punto de vista. Quien sabe yo soy mejor amigo de alguien, desde la perspectiva de ese alguien. Sería bonito enterarme.

Un error frecuente es que muchas personas conozcan a alguien y automáticamente se auto atribuyan la calidad de amigo. Siempre se me ocurre que es como una estructura jerárquica piramidal. Cuando recién se empieza, se está en la plataforma, no se debe pretender llegar a la cúspide en dos días. Más importante aún, no se puede competir con los que están en la cúspide. La soga se rompe siempre por el lado más débil. Yo priorizo. Si tengo que decidir entre uno de mis amigos antiguos y uno reciente, preferiré a los antiguos. Quizás alguien decida por los recientes, yo no.

He perdido muchos amigos en el transcurso de toda mi vida, algunos que creí en algún momento mis mejores amigos. Pasaron cosas, en algunos casos crecí y ellos no crecieron a mi ritmo. Tuve que decirles adiós, no tengo vocación de arriero. Seguramente muchos de ellos crecieron más que yo y me dijeron adiós, igual, no me gusta ser ancla de nadie. En otros casos sencillamente me equivoqué y habían intereses subalternos a la amistad o más simple aún, confundimos las cosas.

Un indicador interesante es la ruptura, cuando una amistad está a punto de romperse, sucede que alguien acude con el argumento de “espero que valores esta amistad y si realmente la aprecias y valió algo, recapacitarás” esto es otra vez manipulación. Nuevamente, la amistad no funciona así. Cuando veo que alguien usa ese argumento es que en realidad esa amistad nunca lo fue. Detesto la manipulación ajena, solo soporto la mía. Además, he crecido con mi madre y cuatro hermanas. Soy un experto en el arte de la manipulación, y como consecuencia, sé distinguir de inmediato cuando alguien pretende ejecutar alguna.

La amistad se resuelve en primera y cara a cara (aunque yo soy de la idea de que no debería llegar nunca a ese punto)

En una oportunidad uno de mis mejores amigos, hace años, me hablaba y hablaba acerca de un producto que era un éxito en el mercado. Yo tuve cierto temor. Nunca he sido un buen vendedor, pero parecía algo razonable, mi principal miedo era cambiar mis paradigmas personales y empezar a vender cosas. Ese miedo me impedía comprar el producto, por lo que me incomodaba un poco que cada vez que me encontraba con él, insistía con el tema. Pensé seriamente en el asunto. Llegué a dos conclusiones: La primera era que mi amigo me insistía con el asunto porque realmente creía que yo podría ser un éxito trabajando con él. Apreciaba mis calidades y mi amistad. Lo segundo es que me incomodaban sus permanentes referencias al producto y no quería poner en riesgo nuestra amistad por ese asunto. Así que aboné los más de mil dólares y compré el producto. Hoy a la luz de los años y por todo lo que he aprendido para mi vida personal desde que compre ese producto, a pesar de no haber recibido ingresos directos por él, puedo afirmar que valió cada dólar invertido.

Sin embargo, en aquel entonces, unas semanas después el asunto me daba vueltas en la cabeza y sintiéndome culpable, me confesé con mi amigo, le expliqué mis conclusiones y al final le dije:
- Te voy a ser sincero, estaba incomodo con el asunto y he pensado que nuestra amistad era más valiosa que los mil y pico dólares que valía el producto, y fue una de las razones que me llevó a comprarlo.
Y él con la sinceridad más grande del mundo y con esa velocidad mental que siempre le he admirado me dijo:
- ¡Pinche cabrón, yo debería estar ofendido, le has puesto precio a nuestra amistad!
Nos reímos los dos y no dijimos más. No lo necesitábamos, nuestra amistad no tiene precio.