Harry Manzur me había pedido que lo acompañe a la selva unos meses antes, yo a mis veinticinco aún andaba buscando vocación y no me costó trabajo aceptar la oferta. Eran los noventas e íbamos a apoyar a un viejo amigo suyo que había creado algunas empresas allá y necesitaba personas de confianza para iniciar o continuar actividades. Ya nos habíamos acostumbrado al calor y a la comida de la zona. Iquitos ya era entonces una ciudad grande y se podían ver los rastros del oscuro progreso que habían dejado el caucho y el tráfico de drogas. En esos años la ciudad tenía no solo dos universidades, una pública y otra privada, si no también un Centro Cultural Peruano Norteamericano y una sede de la Alianza Francesa, así como importantes museos y casas culturales.
Sin embargo lo fuerte de la ciudad era el entretenimiento, enormes discotecas, salones de baile de música local con fuerte influencia de melodías colombianas y brasileñas. Los fines de semana eran un eterno y bullanguero verano tropical a la rivera del Amazonas o uno de su afluentes, el Nanay principalmente, donde íbamos en deslizadores cortesía de Carlos - el amigo de Harry y ahora jefe de ambos - y que abordábamos en las instalaciones del Club de Caza y Pesca.
Era sábado y durante la mañana habíamos conocido a dos muchachas en uno de esos paseos a la playa ribereña. Lo habíamos pasado bien y habíamos quedado en volver a salir en la noche, esta vez a bailar. Habiamos descansado un poco en la casa que Carlos había puesto a nuestra disposición y donde vivíamos a punta de comida traída por delivery y que gracias a la amabilidad de una señora que venía a limpiar los domingos y se llevaba la ropa para lavarla, se mantenía en cierto orden. No recuerdo haber usado la cocina nunca, salvo para hervir agua y preparar café. Lo que no olvido de aquella época es el balcón de la casa, pues desde allí se podía ver en toda su plenitud el río Amazonas cuyo malecón quedaba a tan solo una cuadra de distancia. Eran atardeceres de acuarelas de diferentes tonalidades de rojos, rosas, naranjas y amarillos con ese marco verde propio de la selva, con reverberaciones doradas producto del sol languideciente, que solían dejarme embriagado de nostalgia. Esa vez, luego de ducharme, salí al balcón; estaba despejado y vi el ocaso una vez más. Me quedé pensando por algunos minutos en lo incierto de mi destino, llevaba varios meses en una ciudad acogedora pero extraña y aun no decidía qué hacer con mi vida, luego me despabilé y toqué la puerta de la habitación de Harry para irnos a comer, me contestó que no tenía hambre y aún estaba de sueño, así que decidí adelantarme a pie por mi cuenta.
Fue esa noche que ocurrió la epifanía. Resulta que Harry conducía un Jeep Wrangler descapotado y casi siempre me llevaba a donde quisiera ir pues tenía mucho tiempo libre y le gustaba manejar. Yo conocía la ciudad desde esa perspectiva vehicular y la ruta de peatón era un poco diferente, pues en Iquitos la mayor parte de vías del centro de la ciudad eran de un solo sentido. Así que en esta oportunidad me desplacé caminando despreocupado por calles desconocidas adornadas por árboles de copa frondosa e iluminadas por tenues luces neón mientras reflexionaba en el futuro, mi futuro.
Mientras andaba desprevenido, se me apareció ante los ojos un casa antigua con una ventana muy alta aunque no tan ancha que daba a la calle. En el exterior tenía algunos barrotes de metal y sus hojas estaban abiertas de par en par. Del ella salía una luz amarilla apacible y cuando me acerqué pude ver en el interior de la habitación, en el centro, un escritorio de madera, sobre él una lámpara - de la que emanaba la luz - y un hombre sentado que tecleaba una maquina de escribir. Tenia puesta una camisa blanca de lino abierta del cuello y con las mangas por los codos, usaba lentes y fumaba. Alrededor de él estantes repletos de libros y otros apilados también sobre el escritorio. Me quedé estupefacto por algunos segundos. Eso era exactamente lo que yo quería ser. Quería ser escritor, pero no en una cómoda oficina de ciudad; quería ser un escritor como este señor al que estaba viendo desde la calle como si se tratara de una aparición.
Después en el restaurante frente a la plaza de armas medité sobre el asunto. Debía pensar si volvería a la sierra para seguir con el trabajo de oficina que había dejado allá. Ya había escrito algunas cosas pero básicamente como distracción. Tenía que decidir si mi vocación recién descubierta era más viable en la selva recóndita o en una ciudad metropolitana. Me llamaba la atención la selva, sus olores, su gente, el paisaje y sus colores exuberantes. Desde el primer día que pisé su suelo pensé que era un lugar mágico y solo desde que la conocí pude comprender a plenitud las novelas de García Márquez que había leído años atrás.
Estaba ensimismado pero feliz pensando en ello cuando llegó Harry, yo ya había cenado y tomamos una cerveza ligera para conversar, le conté de lo que me había pasado y se alegró. Él también le tenía cariño a la selva y de hecho había estudiado la primaria allí, así que podía comprender mi fascinación. Luego subimos al Jeep y empezamos a pasear por la ciudad en tanto hacíamos hora para recoger a las chicas.
Mientras paseábamos, Harry, sin dejar de conducir, sacó de la guantera una cinta de casette y la puso en el auto radio. Ceremonioso me preguntó si conocía a la banda Toto, "¡claro!" le contesté. Era música con la que había pasado mi adolescencia. Entonces, cual pacto secreto, me dijo seriamente: "Esta canción tiene mucha energía, por eso, no importa donde te encuentres ni cuánto haya pasado, cuando escuches esta canción, siempre, siempre te vas a acordar de Iquitos." Luego presionó el botón de play y empezaron a sonar las notas de África, una de las canciones mas conocida de la agrupación. Miré el horizonte a través del parabrisas y pensé que efectivamente aquella era la banda sonora de ese momento de mi vida. Como en una película, al ritmo de la canción, recorría la ciudad por las calles de barro, a bordo de un Jeep amarillo sin techo, con el viento moviendo mis cabellos, expuesto a la noche tropical, en medio de la selva, decidido a escribir historias, todas las historias, en un escritorio de madera con una vieja lámpara amarilla, en el pegajoso calor de una habitación abarrotada de libros, rescatando todos mis demonios, jugando con ellos, anotando sus susurros para convertirlos en personajes, en amores y traiciones, mientras que en mis oídos retumban pletóricos los tambores de África desde el Serengueti y espero que el amor de mi vida cruce el océano, el mar o una cordillera y llegue en el vuelo de la media noche mientras yo aguardo bajo una lluvia bendita para decirle que las historias de amor que escribí, que escribo y que escribiré, con otros nombres, con otros rostros, con otra piel, son, fueron y serán siempre y para la eternidad, para ella.
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lunes, 20 de abril de 2020
domingo, 25 de agosto de 2019
CINCO SEMANAS (Cuento)
Fue un jueves. Rafael vio la foto de Daniela en instagram, la seguía tiempo atrás. Se habían cruzado en la ciudad, pero nunca habían entablado conversación. Ella era una celebridad local en la pequeña ciudad de noventa mil habitantes. Buscó su nombre en facebook, le mandó un mensaje a las 8.25 de la mañana y se presentó cortésmente. Para su sorpresa ella contestó a las 8.30. Conversaron de cosas simples pero no superficiales y de la forma más natural del mundo, sin embargo, contra todo pronóstico, cuarenta líneas después se estaban contando sus vidas. Ella le contó que ya no vivía en la ciudad, se había mudado hace poco de la región y aunque no era el otro extremo del país, no era precisamente cerca. Pese a ello y la tristeza que inevitablemente sintió Rafael, se escribieron de corrido y como viejos amigos hasta las once con nueve minutos, luego se despidieron para poder continuar con sus trabajos.
Al día siguiente, a las 8.32 ella le escribió, Rafael sintió su corazón palpitar con intensidad. Se contaron cosas del trabajo, del día a día. Rafael se dejaba llevar, hasta que apareció un mensaje de audio. Rafael siempre se había sentido incómodo con los audios. Nunca usaba audífonos y tenía la costumbre de poner todo en altavoz, incluso las llamadas para poder seguir escribiendo sus informes en el ordenador al mismo tiempo que hablaba. Pero los audios eran peligrosos por dos razones, uno nunca podía prever su contenido y por que obligaban a contestar con un audio también. A Rafael no le gustaba su propia voz. Como le gustaba escribir, siempre se había sentido más cómodo plasmando sus ideas en una hoja de papel, en una máquina de escribir, en un ordenador o ahora en un mensaje de texto. Escuchó el audio con verdadero pánico. Estaba vacío, podía ser un error. Respiró aliviado, pero cuando puso el celular en el escritorio apareció otro. Lo abrió y escuchó la voz más linda del mundo y una risa fresca, ligera, libre, campaneante, una esquila de cuya superficie brotaban pequeños corazones rojos que se desvanecían a pocos centímetros de altura y dejaban aroma de fresa de estación.
Al día siguiente habían intercambiado teléfonos. Conversaban en el día, en la noche hasta tarde, se contaban todo, desde sus tareas laborales, hasta las cuestiones familiares y sus dolores de cabeza.
Se escribieron tanto que si se pudieran imprimir las conversaciones, tendrían que haberse empleado cientos o millares de hojas de papel. Cuando cayeron en cuenta ya había pasado una semana de encontrarse en el ciber espacio día y noche, enviarse música y fotos añejas para recordar cosas y contarse historias. La noche anterior a cumplir la primera semana de escribirse, él tecleó "Te quiero" y ella se emocionó. Para la segunda semana, ya se querían con un afecto calmo, tierno, clásico y prudente.
Se preocuparon uno del otro, de sus sueños y comidas. De sus planes, sufrieron también con celos, los de ella por el pasado de él y lo de él por lo mismo. A veces la distancia no ayuda y menos para dos personas que se quieren a la velocidad de la luz pero a cientos de kilómetros uno del otro.
Para la tercera semana se sentían realmente enamorados, sin explicación alguna algo había nacido entre ellos dos, pese a haberse visto las caras en contadas ocasiones. En la realidad de sus corazones se hacían compañía todos los días, se acurrucaban el uno con el otro cada noche hasta quedarse dormidos. Sin embargo rondaba la cabeza de ambos la incertidumbre del después. Rafael tenía claro que no podía dejar su trabajo y buscar algo donde vivía Daniela, había logrado cosas importantes y no podía abandonarlas así. Daniela no quería regresar a la ciudad donde nació, había tenido malas experiencias y en esta nueva etapa tenía un buen empleo, le iba bien, había ganado tranquilidad e incluso podía tramitar su traslado de la universidad para terminar su carrera. Cuando tuvieron oportunidad de conversar del tema, Daniela siempre había planteado la posibilidad de tal vez volver un día, eso si las cosas se daban. Rafael, acostumbrado a la certeza de las leyes y los contratos, sentía un enorme sinsabor cuando pensaba en que diablos significaba "si las cosas se daban..."
El sábado siguiente al día que cumplieron tres semanas, Rafael le avisó que viajaría, así él con el corazón a mil vio a Daniela en la explanada del aeropuerto, esperándolo. Sus emociones desbordaban, pero ambos se controlaron con elegancia y algo de nervios. Ella estaba bella y ella percibió el aplomo de él. Se tomaron de las manos en el taxi y se apoyaron el uno en el otro irradiando las emociones acumuladas por tres semanas de quererse a golpe de telepatía, audios y mensajes de texto.
Llegaron al departamento de Daniela y dejaron la maleta, se dieron un beso dulce y tierno y se fueron a almorzar. Caminaron tomados de la mano hablando de todo un poco. Y así pasó el día, veinticuatro horas donde fueron inmensamente felices. Abrazados, recostados uno al lado del otro, haciéndose cariños. En la noche salieron a tomar algo, Daniela lo llevó a un esplendido lugar de moda donde vendían todo tipo de bebidas pero hechas todas ellas a base de pisco peruano; conversaron, disfrutaron cada minuto, se sacaron fotos, compartieron sus miradas y luego su piel como si la vida se fuese a terminar mañana. Rafael pensó para sí que todos los enamorados tendrían que quererse como se quisieron ellos en esa oportunidad, entregándolo todo sin la certeza de un mañana.
Al día siguiente, desayunaron en el aeropuerto, Rafael se despidió de Daniela con ilusión. Si era necesaria viajaría cada quince días, cada semana. Todos los fines de semana. Incluso ella había deslizado la idea de devolver la visita cada vez que pudiera.
En los días siguientes sucedió algo que avivó las esperanzas de Rafael, se complicaron algunas cosas respecto a los gastos de Daniela. Rafael podía ayudarla pero prefirió no intervenir, por dos razones, la primera era por que ella era muy independiente y no lo habría aceptado y la segunda porque pudo leer entre líneas que la madre de Daniela le estaba exigiendo que retornara, con lo que indirectamente se cumpliría su sueño de estar juntos. Sin embargo luego de analizar todas las posibilidades, Daniela asumió los regaños y los retos y decidió quedarse y enfrentar la situación. Así llegaron a las cuatro semanas.
Sin embargo algo paso. El día que estuvieron juntos, Rafael notó a Daniela feliz, pero no solo por su compañía. Ella era feliz en esa pétrea ciudad, con sus calles ancestrales, con sus torres coloniales, con su movimiento de metrópoli babilónica, en la soledad de su departamento del que solo usaba el dormitorio, con su independencia, con su perro, con sus cosas simples pero suyas. Rafael era un complemento de esa felicidad, pero muy a pesar suyo, sabía muy en el fondo que no era la única razón de esa dicha.
Rafael no resistió más. Un día le pidió a Daniela que vuelva, él le ayudaría a terminar la carrera, harían realidad sus proyectos, se apoyarían mutuamente. Juntos saldrían adelante. Cuando faltaba poco tiempo para que sea jueves y se cumplan las cuatro semanas de haberle escrito, discutieron fuerte por primera vez. Daniela le aclaró que tenía pendientes, que tenía proyectos que no pensaba abandonar, pero sobre todo dijo algo devastador para Rafael: Solo volvería si todos sus proyectos fracasaban.
Rafael sintió que algo se había quebrado dentro de él. Inevitable fue la regresión a su obsesión por la lógica y la razón. Quería con toda su alma a Daniela y quería que le vaya bien. Si le iba bien como él quería, ella nunca volvería. Si a ella le iba mal, volvería, pero volvería como consecuencia de un fracaso y estaba seguro que ella ni él olvidarían que estaban finalmente juntos debido a la frustración de sus proyectos. Le dolió que la lógica del dilema fuese irrefutable. Le explicó sus temores y razones a Daniela, ella comprendió en parte, pero también se cerró en que había esperanza, que esperaba más bien el apoyo de Rafael, que cualquier cosa podía pasar en el futuro. Que necesitaba un año, solo un año para ver si funcionaba y si no regresaba. Rafael entendía claramente las razones, pero era extender el sufrimiento un año. Un año a esperar que ella tenga éxito y decida no volver, o un año para que ella fracase y retorne envuelta en un manto de tristeza y decepción.
Para el día que se cumplía la quinta semana de la primera vez que conversaron, decidieron tomar caminos separados. Mas adelante y en días no tan lejanos hubieron eventuales acercamientos, pero ya nada se pudo reparar. Se dejaron ir. Rafael se dio cuenta entonces que nunca había estado tan enamorado. Había hecho cosas que no había siquiera intentado antes. Dormir tarde, descansar poco, recibir y sobre todo enviar mensajes de audio. Pensar en ella todo el tiempo y en absoluta exclusividad. Se dio cuenta que en estas cinco semanas había dejado de comunicarse con todo el mundo excepto con el círculo más cercano e indispensable de familia y amigos. Pero lo más importante, es que era una de las pocas ocasiones en su vida que había dejado de lado su egoísmo. Era fácil dejar que las cosas avancen hasta fin de año y despedirse sin rencores, con la excusa perfecta de haber esperado pacientemente y que "las cosas no se dieron".
Fueron cinco semanas inolvidables. Cinco semanas donde encontró el amor, lo conoció, se dejó llenar y embriagar por él y también lo dejó ir. Lo pensó mejor, no había dejado ir al amor, el amor se había quedado con él, por causa de ese amor, por él y para él la había dejado ir, como en las antiguas historias de amor, como en los boleros viejos, como en la mitología griega, dejando que ella viva y él convirtiéndose en constelación para solo vigilarla desde arriba, o arrastrado por toda la eternidad al Hades para que a cambio ella pudiera regresar de la mano de Caronte al mundo de los vivos, pasar la tortura de ver su silueta perderse en la bruma y finalmente con ese dolor mortal pagar el precio de ver a Daniela feliz, radiante, iluminada, completa y absolutamente feliz, aunque sin él.
Al día siguiente, a las 8.32 ella le escribió, Rafael sintió su corazón palpitar con intensidad. Se contaron cosas del trabajo, del día a día. Rafael se dejaba llevar, hasta que apareció un mensaje de audio. Rafael siempre se había sentido incómodo con los audios. Nunca usaba audífonos y tenía la costumbre de poner todo en altavoz, incluso las llamadas para poder seguir escribiendo sus informes en el ordenador al mismo tiempo que hablaba. Pero los audios eran peligrosos por dos razones, uno nunca podía prever su contenido y por que obligaban a contestar con un audio también. A Rafael no le gustaba su propia voz. Como le gustaba escribir, siempre se había sentido más cómodo plasmando sus ideas en una hoja de papel, en una máquina de escribir, en un ordenador o ahora en un mensaje de texto. Escuchó el audio con verdadero pánico. Estaba vacío, podía ser un error. Respiró aliviado, pero cuando puso el celular en el escritorio apareció otro. Lo abrió y escuchó la voz más linda del mundo y una risa fresca, ligera, libre, campaneante, una esquila de cuya superficie brotaban pequeños corazones rojos que se desvanecían a pocos centímetros de altura y dejaban aroma de fresa de estación.
Al día siguiente habían intercambiado teléfonos. Conversaban en el día, en la noche hasta tarde, se contaban todo, desde sus tareas laborales, hasta las cuestiones familiares y sus dolores de cabeza.
Se escribieron tanto que si se pudieran imprimir las conversaciones, tendrían que haberse empleado cientos o millares de hojas de papel. Cuando cayeron en cuenta ya había pasado una semana de encontrarse en el ciber espacio día y noche, enviarse música y fotos añejas para recordar cosas y contarse historias. La noche anterior a cumplir la primera semana de escribirse, él tecleó "Te quiero" y ella se emocionó. Para la segunda semana, ya se querían con un afecto calmo, tierno, clásico y prudente.
Se preocuparon uno del otro, de sus sueños y comidas. De sus planes, sufrieron también con celos, los de ella por el pasado de él y lo de él por lo mismo. A veces la distancia no ayuda y menos para dos personas que se quieren a la velocidad de la luz pero a cientos de kilómetros uno del otro.
Para la tercera semana se sentían realmente enamorados, sin explicación alguna algo había nacido entre ellos dos, pese a haberse visto las caras en contadas ocasiones. En la realidad de sus corazones se hacían compañía todos los días, se acurrucaban el uno con el otro cada noche hasta quedarse dormidos. Sin embargo rondaba la cabeza de ambos la incertidumbre del después. Rafael tenía claro que no podía dejar su trabajo y buscar algo donde vivía Daniela, había logrado cosas importantes y no podía abandonarlas así. Daniela no quería regresar a la ciudad donde nació, había tenido malas experiencias y en esta nueva etapa tenía un buen empleo, le iba bien, había ganado tranquilidad e incluso podía tramitar su traslado de la universidad para terminar su carrera. Cuando tuvieron oportunidad de conversar del tema, Daniela siempre había planteado la posibilidad de tal vez volver un día, eso si las cosas se daban. Rafael, acostumbrado a la certeza de las leyes y los contratos, sentía un enorme sinsabor cuando pensaba en que diablos significaba "si las cosas se daban..."
El sábado siguiente al día que cumplieron tres semanas, Rafael le avisó que viajaría, así él con el corazón a mil vio a Daniela en la explanada del aeropuerto, esperándolo. Sus emociones desbordaban, pero ambos se controlaron con elegancia y algo de nervios. Ella estaba bella y ella percibió el aplomo de él. Se tomaron de las manos en el taxi y se apoyaron el uno en el otro irradiando las emociones acumuladas por tres semanas de quererse a golpe de telepatía, audios y mensajes de texto.
Llegaron al departamento de Daniela y dejaron la maleta, se dieron un beso dulce y tierno y se fueron a almorzar. Caminaron tomados de la mano hablando de todo un poco. Y así pasó el día, veinticuatro horas donde fueron inmensamente felices. Abrazados, recostados uno al lado del otro, haciéndose cariños. En la noche salieron a tomar algo, Daniela lo llevó a un esplendido lugar de moda donde vendían todo tipo de bebidas pero hechas todas ellas a base de pisco peruano; conversaron, disfrutaron cada minuto, se sacaron fotos, compartieron sus miradas y luego su piel como si la vida se fuese a terminar mañana. Rafael pensó para sí que todos los enamorados tendrían que quererse como se quisieron ellos en esa oportunidad, entregándolo todo sin la certeza de un mañana.
Al día siguiente, desayunaron en el aeropuerto, Rafael se despidió de Daniela con ilusión. Si era necesaria viajaría cada quince días, cada semana. Todos los fines de semana. Incluso ella había deslizado la idea de devolver la visita cada vez que pudiera.
En los días siguientes sucedió algo que avivó las esperanzas de Rafael, se complicaron algunas cosas respecto a los gastos de Daniela. Rafael podía ayudarla pero prefirió no intervenir, por dos razones, la primera era por que ella era muy independiente y no lo habría aceptado y la segunda porque pudo leer entre líneas que la madre de Daniela le estaba exigiendo que retornara, con lo que indirectamente se cumpliría su sueño de estar juntos. Sin embargo luego de analizar todas las posibilidades, Daniela asumió los regaños y los retos y decidió quedarse y enfrentar la situación. Así llegaron a las cuatro semanas.
Sin embargo algo paso. El día que estuvieron juntos, Rafael notó a Daniela feliz, pero no solo por su compañía. Ella era feliz en esa pétrea ciudad, con sus calles ancestrales, con sus torres coloniales, con su movimiento de metrópoli babilónica, en la soledad de su departamento del que solo usaba el dormitorio, con su independencia, con su perro, con sus cosas simples pero suyas. Rafael era un complemento de esa felicidad, pero muy a pesar suyo, sabía muy en el fondo que no era la única razón de esa dicha.
Rafael no resistió más. Un día le pidió a Daniela que vuelva, él le ayudaría a terminar la carrera, harían realidad sus proyectos, se apoyarían mutuamente. Juntos saldrían adelante. Cuando faltaba poco tiempo para que sea jueves y se cumplan las cuatro semanas de haberle escrito, discutieron fuerte por primera vez. Daniela le aclaró que tenía pendientes, que tenía proyectos que no pensaba abandonar, pero sobre todo dijo algo devastador para Rafael: Solo volvería si todos sus proyectos fracasaban.
Rafael sintió que algo se había quebrado dentro de él. Inevitable fue la regresión a su obsesión por la lógica y la razón. Quería con toda su alma a Daniela y quería que le vaya bien. Si le iba bien como él quería, ella nunca volvería. Si a ella le iba mal, volvería, pero volvería como consecuencia de un fracaso y estaba seguro que ella ni él olvidarían que estaban finalmente juntos debido a la frustración de sus proyectos. Le dolió que la lógica del dilema fuese irrefutable. Le explicó sus temores y razones a Daniela, ella comprendió en parte, pero también se cerró en que había esperanza, que esperaba más bien el apoyo de Rafael, que cualquier cosa podía pasar en el futuro. Que necesitaba un año, solo un año para ver si funcionaba y si no regresaba. Rafael entendía claramente las razones, pero era extender el sufrimiento un año. Un año a esperar que ella tenga éxito y decida no volver, o un año para que ella fracase y retorne envuelta en un manto de tristeza y decepción.
Para el día que se cumplía la quinta semana de la primera vez que conversaron, decidieron tomar caminos separados. Mas adelante y en días no tan lejanos hubieron eventuales acercamientos, pero ya nada se pudo reparar. Se dejaron ir. Rafael se dio cuenta entonces que nunca había estado tan enamorado. Había hecho cosas que no había siquiera intentado antes. Dormir tarde, descansar poco, recibir y sobre todo enviar mensajes de audio. Pensar en ella todo el tiempo y en absoluta exclusividad. Se dio cuenta que en estas cinco semanas había dejado de comunicarse con todo el mundo excepto con el círculo más cercano e indispensable de familia y amigos. Pero lo más importante, es que era una de las pocas ocasiones en su vida que había dejado de lado su egoísmo. Era fácil dejar que las cosas avancen hasta fin de año y despedirse sin rencores, con la excusa perfecta de haber esperado pacientemente y que "las cosas no se dieron".
Fueron cinco semanas inolvidables. Cinco semanas donde encontró el amor, lo conoció, se dejó llenar y embriagar por él y también lo dejó ir. Lo pensó mejor, no había dejado ir al amor, el amor se había quedado con él, por causa de ese amor, por él y para él la había dejado ir, como en las antiguas historias de amor, como en los boleros viejos, como en la mitología griega, dejando que ella viva y él convirtiéndose en constelación para solo vigilarla desde arriba, o arrastrado por toda la eternidad al Hades para que a cambio ella pudiera regresar de la mano de Caronte al mundo de los vivos, pasar la tortura de ver su silueta perderse en la bruma y finalmente con ese dolor mortal pagar el precio de ver a Daniela feliz, radiante, iluminada, completa y absolutamente feliz, aunque sin él.
domingo, 10 de marzo de 2019
LA LOCA (Cuento)
Rafael se sorprendió cuando vio su publicación en redes sociales. Por alguna extraña casualidad del destino habían coincidido a miles de kilómetros de distancia de sus respectivas ciudades en una bonita y cálida localidad tropical en el norte del país; él para un congreso de su especialidad y ella para un encuentro institucional.
Rafael no dudó en escribirle, ella no dudó en contestarle. Él se había divorciado unos meses atrás y ella seguía casada en un feliz matrimonio de apariencias. Se habían conocido hace más de quince años atrás y en algún momento se habían amado intensamente. Cuando ella se casó, dejaron de verse, luego la magia de las redes sociales permitió que se encontraran nuevamente en el mundo virtual. Nunca mas se encontraron físicamente, pero en el ciber espacio conversaban, recordaban, añoraban, a veces discutían e incluso ella llegó a celarlo. El reía, a veces la aguijoneaba por el mero placer de hacerla rabiar y ella caía. Era divertido y nostálgico, pues a pesar de todo él la quería bien, sin embargo al mismo tiempo que disfrutaba de sus maldades y de las cóleras de ella, pensaba “está loca”, y sonreía.
Ella le confirmó que se alistaría y tomaría un taxi, se encontrarían en el hotel donde estaba hospedado Rafael. Él tomó una ducha, se acicaló con calma mientras pensaba en el coronel Aureliano Buendía. Siempre que se veía con alguien después de años pensaba en el episodio aquél cuando el coronel vuelve de la guerra envuelto en una manta y se da cuenta de cuánto habían envejecido, entre idas y venidas, su madre Úrsula y él. Pensó que quince años no son poca cosa. ¿Cuanto habría envejecido él a los ojos de ella? ¿Cuánto habría envejecido ella?
Habían cosas que él no entendía de ella. El matrimonio apresurado, sus ganas de vivir intensamente y al mismo tiempo sus formas cuidadosas y su personalidad reservada sin dejar de ser elegante. Un día supo que había tenido finalmente un hijo, Rafaél se emocionó pero con los años notó que en sus redes no habían fotos familiares, alguna vez una foto fugaz con el marido, algunas pocas con el hijo, pero tan formales que no lograba distinguir el amor que irradian normalmente ese tipo de escenas.
Cuando ella llegó no le preguntó nada. No quiso saber. Hablaron de la cosas genéricas de las que hablan los amantes siempre, de si el viaje fue pesado, del clima, de hace cuánto llegaron, qué cuándo se van, se miraron, rompieron el protocolo, se besaron e hicieron el amor.
Fue un encuentro formal, si se puede decir así, Rafael sabía que habían deseos contenidos, una pausa de largos quince años. Y se resignó a aceptar algo que había descubierto en los últimos tiempos: La gente sí cambia, pero no siempre en lo esencial. Esos cambios peculiares, particulares, en los detalles, podían ser determinantes. Ya no eran los mismos. Tenían los mismos recuerdos, pero ya no eran las mismas personas, tenían cicatrices en el alma y esas son las que más duelen y a veces incapacitan.
Hablaron tendidos en la cama, nuevamente de todo y nada, se hizo tarde, llamaron un taxi para ella. Se fue. De esa pareja que se moría de risa en un jacuzzi sin burbujas porque se derramó el frasco de jabón líquido hace quince años atrás no quedaba nada. Él la admiraba, con su locura y todo. Siempre pensó que en su momento su historia pudo haber tenido futuro, pero las circunstancias no se dieron para ellos.
Dos días después, en el avión de regreso, Rafael vio una solicitud de amistad en el celular. Le pareció conocido el nombre, hizo memoria y sorprendido se aseguró viendo el perfil. Era el marido de ella. ¿Qué habría pasado? No era buena señal. Recordó sus besos, pero los besos de la añoranza, los que habían calado en su memoria, sus caricias tiernas, su temperamento delicado y fino. La deseó con una nostalgia soporífera. En su mente se despidió de ella, este era el momento. Él sabia que no estaba loca, nunca lo estuvo, era un alma libre, irreverente, impulsiva, sexual, cataclísmica, que tenía que convivir con una personalidad metódica, racional, cuidadosa del qué dirán, de las formas, de los códigos y las convenciones sociales. Se vio reflejado en ella, tal vez él también estaba loco. Con todo y ello, sabiendo que no volvería a saber de ella, sabía que ambos se habían marcado con esa locura, que aunque no volvieran a verse o hablarse, nunca podrían olvidar esa intersección de los túneles de Sábato, donde breve, pero muy brevemente, fueron inmensamente felices, con esa felicidad que solo sienten los que padecen de locura o, quien sabe, la disfrutan.
Rafael no dudó en escribirle, ella no dudó en contestarle. Él se había divorciado unos meses atrás y ella seguía casada en un feliz matrimonio de apariencias. Se habían conocido hace más de quince años atrás y en algún momento se habían amado intensamente. Cuando ella se casó, dejaron de verse, luego la magia de las redes sociales permitió que se encontraran nuevamente en el mundo virtual. Nunca mas se encontraron físicamente, pero en el ciber espacio conversaban, recordaban, añoraban, a veces discutían e incluso ella llegó a celarlo. El reía, a veces la aguijoneaba por el mero placer de hacerla rabiar y ella caía. Era divertido y nostálgico, pues a pesar de todo él la quería bien, sin embargo al mismo tiempo que disfrutaba de sus maldades y de las cóleras de ella, pensaba “está loca”, y sonreía.
Ella le confirmó que se alistaría y tomaría un taxi, se encontrarían en el hotel donde estaba hospedado Rafael. Él tomó una ducha, se acicaló con calma mientras pensaba en el coronel Aureliano Buendía. Siempre que se veía con alguien después de años pensaba en el episodio aquél cuando el coronel vuelve de la guerra envuelto en una manta y se da cuenta de cuánto habían envejecido, entre idas y venidas, su madre Úrsula y él. Pensó que quince años no son poca cosa. ¿Cuanto habría envejecido él a los ojos de ella? ¿Cuánto habría envejecido ella?
Habían cosas que él no entendía de ella. El matrimonio apresurado, sus ganas de vivir intensamente y al mismo tiempo sus formas cuidadosas y su personalidad reservada sin dejar de ser elegante. Un día supo que había tenido finalmente un hijo, Rafaél se emocionó pero con los años notó que en sus redes no habían fotos familiares, alguna vez una foto fugaz con el marido, algunas pocas con el hijo, pero tan formales que no lograba distinguir el amor que irradian normalmente ese tipo de escenas.
Cuando ella llegó no le preguntó nada. No quiso saber. Hablaron de la cosas genéricas de las que hablan los amantes siempre, de si el viaje fue pesado, del clima, de hace cuánto llegaron, qué cuándo se van, se miraron, rompieron el protocolo, se besaron e hicieron el amor.
Fue un encuentro formal, si se puede decir así, Rafael sabía que habían deseos contenidos, una pausa de largos quince años. Y se resignó a aceptar algo que había descubierto en los últimos tiempos: La gente sí cambia, pero no siempre en lo esencial. Esos cambios peculiares, particulares, en los detalles, podían ser determinantes. Ya no eran los mismos. Tenían los mismos recuerdos, pero ya no eran las mismas personas, tenían cicatrices en el alma y esas son las que más duelen y a veces incapacitan.
Hablaron tendidos en la cama, nuevamente de todo y nada, se hizo tarde, llamaron un taxi para ella. Se fue. De esa pareja que se moría de risa en un jacuzzi sin burbujas porque se derramó el frasco de jabón líquido hace quince años atrás no quedaba nada. Él la admiraba, con su locura y todo. Siempre pensó que en su momento su historia pudo haber tenido futuro, pero las circunstancias no se dieron para ellos.
Dos días después, en el avión de regreso, Rafael vio una solicitud de amistad en el celular. Le pareció conocido el nombre, hizo memoria y sorprendido se aseguró viendo el perfil. Era el marido de ella. ¿Qué habría pasado? No era buena señal. Recordó sus besos, pero los besos de la añoranza, los que habían calado en su memoria, sus caricias tiernas, su temperamento delicado y fino. La deseó con una nostalgia soporífera. En su mente se despidió de ella, este era el momento. Él sabia que no estaba loca, nunca lo estuvo, era un alma libre, irreverente, impulsiva, sexual, cataclísmica, que tenía que convivir con una personalidad metódica, racional, cuidadosa del qué dirán, de las formas, de los códigos y las convenciones sociales. Se vio reflejado en ella, tal vez él también estaba loco. Con todo y ello, sabiendo que no volvería a saber de ella, sabía que ambos se habían marcado con esa locura, que aunque no volvieran a verse o hablarse, nunca podrían olvidar esa intersección de los túneles de Sábato, donde breve, pero muy brevemente, fueron inmensamente felices, con esa felicidad que solo sienten los que padecen de locura o, quien sabe, la disfrutan.
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