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domingo, 25 de agosto de 2019

CINCO SEMANAS (Cuento)

Fue un jueves. Rafael vio la foto de Daniela en instagram, la seguía tiempo atrás. Se habían cruzado en la ciudad, pero nunca habían entablado conversación. Ella era una celebridad local en la pequeña ciudad de noventa mil habitantes. Buscó su nombre en facebook, le mandó un mensaje a las 8.25 de la mañana y se presentó cortésmente. Para su sorpresa ella contestó a las 8.30. Conversaron de cosas simples pero no superficiales y de la forma más natural del mundo, sin embargo, contra todo pronóstico, cuarenta líneas después se estaban contando sus vidas.  Ella le contó que ya no vivía en la ciudad, se había mudado hace poco de la región y aunque no era el otro extremo del país, no era precisamente cerca. Pese a ello y la tristeza que inevitablemente sintió Rafael, se escribieron de corrido y como viejos amigos hasta las once con nueve minutos, luego se despidieron para poder continuar con sus trabajos.

Al día siguiente, a las 8.32 ella le escribió, Rafael sintió su corazón palpitar con intensidad. Se contaron cosas del trabajo, del día a día. Rafael se dejaba llevar, hasta que apareció un mensaje de audio. Rafael siempre se había sentido incómodo con los audios. Nunca usaba audífonos y tenía la costumbre de poner todo en altavoz, incluso las llamadas para poder seguir escribiendo sus informes en el ordenador al mismo tiempo que hablaba. Pero los audios eran peligrosos por dos razones, uno nunca podía prever su contenido y por que obligaban a contestar con un audio también. A Rafael no le gustaba su propia voz. Como le gustaba escribir, siempre se había sentido más cómodo plasmando sus ideas en una hoja de papel, en una máquina de escribir, en un ordenador o ahora en un mensaje de texto. Escuchó el audio con verdadero pánico. Estaba vacío, podía ser un error. Respiró aliviado, pero cuando puso el celular en el escritorio apareció otro. Lo abrió y escuchó la voz más linda del mundo y una risa fresca, ligera, libre, campaneante, una esquila de cuya superficie brotaban pequeños corazones rojos que se desvanecían a pocos centímetros de altura y dejaban aroma de fresa de estación.

Al día siguiente habían intercambiado teléfonos. Conversaban en el día, en la noche hasta tarde, se contaban todo, desde sus tareas laborales, hasta las cuestiones familiares y sus dolores de cabeza.
Se escribieron tanto que si se pudieran imprimir las conversaciones, tendrían que haberse empleado cientos o millares de hojas de papel. Cuando cayeron en cuenta ya había pasado una semana de encontrarse en el ciber espacio día y noche, enviarse música y fotos añejas para recordar cosas y contarse historias. La noche anterior a cumplir la primera semana de escribirse, él tecleó "Te quiero" y ella se emocionó. Para la segunda semana, ya se querían con un afecto calmo, tierno, clásico y prudente.

Se preocuparon uno del otro, de sus sueños y comidas. De sus planes, sufrieron también con celos, los de ella por el pasado de él y lo de él por lo mismo. A veces la distancia no ayuda y menos para dos personas que se quieren a la velocidad de la luz pero a cientos de kilómetros uno del otro.

Para la tercera semana se sentían realmente enamorados, sin explicación alguna algo había nacido entre ellos dos, pese a haberse visto las caras en contadas ocasiones. En la realidad de sus corazones se hacían compañía todos los días, se acurrucaban el uno con el otro cada noche hasta quedarse dormidos. Sin embargo rondaba la cabeza de ambos la incertidumbre del después. Rafael tenía claro que no podía dejar su trabajo y buscar algo donde vivía Daniela, había logrado cosas importantes y no podía abandonarlas así. Daniela no quería regresar a la ciudad donde nació, había tenido malas experiencias y en esta nueva etapa tenía un buen empleo, le iba bien, había ganado tranquilidad e incluso podía tramitar su traslado de la universidad para terminar su carrera. Cuando tuvieron oportunidad de conversar del tema, Daniela siempre había planteado la posibilidad de tal vez volver un día, eso si las cosas se daban. Rafael, acostumbrado  a la certeza de las leyes y los contratos, sentía un enorme sinsabor cuando pensaba en que diablos significaba "si las cosas se daban..."

El sábado siguiente al día que cumplieron tres semanas, Rafael le avisó que viajaría, así él con el corazón a mil vio a Daniela en la explanada del aeropuerto, esperándolo. Sus emociones desbordaban, pero ambos se controlaron con elegancia y algo de nervios. Ella estaba bella y ella percibió el aplomo de él. Se tomaron de las manos en el taxi y se apoyaron el uno en el otro irradiando las emociones acumuladas por tres semanas de quererse a golpe de telepatía, audios y mensajes de texto.

Llegaron al departamento de Daniela y dejaron la maleta, se dieron un beso dulce y tierno y se fueron a almorzar. Caminaron tomados de la mano hablando de todo un poco. Y así pasó el día, veinticuatro horas donde fueron inmensamente felices. Abrazados, recostados uno al lado del otro, haciéndose cariños. En la noche salieron a tomar algo, Daniela lo llevó a un esplendido lugar de moda donde vendían todo tipo de bebidas pero hechas todas ellas a base de pisco peruano; conversaron, disfrutaron cada minuto, se sacaron fotos, compartieron sus miradas y luego su piel como si la vida se fuese a terminar mañana. Rafael pensó para sí que todos los enamorados tendrían que quererse como se quisieron ellos en esa oportunidad, entregándolo todo sin la certeza de un mañana.

Al día siguiente, desayunaron en el aeropuerto, Rafael se despidió de Daniela con ilusión. Si era necesaria viajaría cada quince días, cada semana. Todos los fines de semana. Incluso ella había deslizado la idea de devolver la visita cada vez que pudiera.

En los días siguientes sucedió algo que avivó las esperanzas de Rafael, se complicaron algunas cosas respecto a los gastos de Daniela. Rafael podía ayudarla pero prefirió no intervenir, por dos razones, la primera era por que ella era muy independiente y no lo habría aceptado y la segunda porque pudo leer entre líneas que la madre de Daniela le estaba exigiendo que retornara, con lo que indirectamente se cumpliría su sueño de estar juntos. Sin embargo luego de analizar todas las posibilidades, Daniela asumió los regaños y los retos y decidió quedarse y enfrentar la situación. Así llegaron a las cuatro semanas. 

Sin embargo algo paso. El día que estuvieron juntos, Rafael notó a Daniela feliz, pero no solo por su compañía. Ella era feliz en esa pétrea ciudad, con sus calles ancestrales, con sus torres coloniales, con su movimiento de metrópoli babilónica, en la soledad de su departamento del que solo usaba el dormitorio, con su independencia, con su perro, con sus cosas simples pero suyas. Rafael era un complemento de esa felicidad, pero muy a pesar suyo, sabía muy en el fondo que no era la única razón de esa dicha. 

Rafael no resistió más. Un día le pidió a Daniela que vuelva, él le ayudaría a terminar la carrera, harían realidad sus proyectos, se apoyarían mutuamente. Juntos saldrían adelante. Cuando faltaba poco tiempo para que sea jueves y se cumplan las cuatro semanas de haberle escrito, discutieron fuerte por primera vez. Daniela le aclaró que tenía pendientes, que tenía proyectos que no pensaba abandonar, pero sobre todo dijo algo devastador para Rafael:  Solo volvería si todos sus proyectos fracasaban.

Rafael sintió que algo se había quebrado dentro de él. Inevitable fue la regresión a su obsesión por la lógica y la razón. Quería con toda su alma a Daniela y quería que le vaya bien. Si le iba bien como él quería, ella nunca volvería. Si a ella le iba mal, volvería, pero volvería como consecuencia de un fracaso y estaba seguro que ella ni él olvidarían que estaban finalmente juntos debido a la frustración de sus proyectos. Le dolió que la lógica del dilema fuese irrefutable. Le explicó sus temores y razones a Daniela, ella comprendió en parte, pero también se cerró en que había esperanza, que esperaba más bien el apoyo de Rafael, que cualquier cosa podía pasar en el futuro. Que necesitaba un año, solo un año para ver si funcionaba y si no regresaba. Rafael entendía claramente las razones, pero era extender el sufrimiento un año. Un año a esperar que ella tenga éxito y decida no volver, o un año para que ella fracase y retorne envuelta en un manto de tristeza y decepción.

Para el día que se cumplía la quinta semana de la primera vez que conversaron, decidieron tomar caminos separados. Mas adelante y en días no tan lejanos hubieron eventuales acercamientos, pero ya nada se pudo reparar. Se dejaron ir. Rafael se dio cuenta entonces que nunca había estado tan enamorado. Había hecho cosas que no había siquiera intentado antes. Dormir tarde, descansar poco, recibir y sobre todo enviar mensajes de audio. Pensar en ella todo el tiempo y en absoluta exclusividad. Se dio cuenta que en estas cinco semanas había dejado de comunicarse con todo el mundo excepto con el círculo más cercano e indispensable de familia y amigos.  Pero lo más importante, es que era una de las pocas ocasiones en su vida que había dejado de lado su egoísmo. Era fácil dejar que las cosas avancen hasta fin de año y despedirse sin rencores, con la excusa perfecta de haber esperado pacientemente y que "las cosas no se dieron". 

Fueron cinco semanas inolvidables. Cinco semanas donde encontró el amor, lo conoció, se dejó llenar y embriagar por él y también lo dejó ir. Lo pensó mejor, no había dejado ir al amor, el amor se había quedado con él, por causa de ese amor, por él y para él la había dejado ir, como en las antiguas historias de amor, como en los boleros viejos, como en la mitología griega, dejando que ella viva y él convirtiéndose en constelación para solo vigilarla desde arriba, o arrastrado por toda la eternidad al Hades para que a cambio ella pudiera regresar de la mano de Caronte al mundo de los vivos, pasar la tortura de ver su silueta perderse en la bruma y finalmente con ese dolor mortal pagar el precio de ver a Daniela feliz, radiante, iluminada, completa y absolutamente feliz,  aunque sin él.

lunes, 2 de julio de 2018

LA MÁS MÁS DEL AÑO

La Más Más de radio Panamericana era un ranking anual de las mejores canciones del año. No sé si era por voto del público o decisión arbitraria de los productores. Se decía que era por votos, supongo que telefónico, como era entonces. En aquel entonces esa radio no transmitía salsa, era considerada una emisora de rock y pop y era de lo más sintonizada. Lo cierto es que con la llegada de la era de MTV, con los vídeo clips en los años ochenta, el ranking se convirtíó en un enorme espectáculo de coliseo cerrado, con pantalla gigante y grandes amplificadores de sonido. En Lima se hacía en el Amauta, en mi ciudad, se hacía en el coliseo Arequipa.

Era el año 1982 y yo recorría los primeros años de la secundaria. Nos enteramos del show y todos queríamos ir. Así eramos nosotros, así son los adolescentes de todos los tiempos. Solo eran vídeos proyectados en una pantalla, nada más.  El show no era ese, el espectáculo era conseguir permiso, el dinero para las entradas, algunos incluso ingresaban bebidas alcohólicas - que estaba prohibido - y otros bebían afuera antes de entrar. Pero lo más importante era esperar que se apagara la luz, doblegar a los efectivos policiales que custodiaban la zona preferencial - donde estaba la pista de baile - y que impedían el paso de los que poblábamos las tribunas, para al fin juntarnos con los ricos y finalmente coronar la noche conociendo y tal vez - si los astros eran propicios - besando a una muchacha. Esto último casi nunca pasaba, pero la expectativa siempre era la misma. La esperanza es lo último que muere.

El coliseo - sobre todo al principio - tenia lleno total, el éxito era tan grande que una emisora local empezó a hacer un espectáculo similar. Si mal no recuerdo era radio Super Estereo o Aerostereo, o tal vez las dos, por que ese tipo de espectáculos se hicieron muy populares, sin embargo con los años entraron en decadencia y no sobrevivieron a los noventas.

Yo casi nunca tuve dinero para las entradas, alguna vez me invitó un amigo que finalmente no quería ir solo. En otra ocasión este mismo amigo tampoco tenía dinero y estábamos pensando cómo hacer cuando alguien nos dijo medio en broma que vayamos a cargar los parlantes, nos miramos y pensamos "¡Qué buena idea!". El día anterior a la presentación fuimos a esperar toda la tarde en las afueras del coliseo, cuando estábamos a punto de desistir llegaron los camiones, esperamos al que tenía aspecto de ser el encargado y nos presentamos. Nos dijo que no tenía dinero y nosotros dijimos que solo queríamos entradas. Fuimos inocentes, pudimos haber sido estafados, pero nos contrató verbalmente y pasamos hasta las nueve de la noche acarreando fierros y cajas. El terminar fuimos por nuestras entradas y nos dijo que fuéramos al día siguiente y preguntemos por él al inicio del espectáculo.

Al día siguiente fuimos y lo buscamos, confiados, y esta vez la confianza dio frutos, nos hizo pasar gratis y no solo a nosotros, pasaron dos amigos más gracias a nuestro trabajo.

En alguna otra oportunidad vendimos ropa usada y en otra un primo de un amigo que era Guardia Republicano nos hizo pasar diciendo que éramos sus sobrinos, en una de las primeras otro amigo que era pariente de Iván Márquez, locutor estrella de la radio y que a la sazón era el presentador oficial de La Más Más, nos regaló algunos tickets de ingreso. Hacíamos de todo para ir, sin contar con todo el trabajo que costaba conseguir los permisos de nuestros padres.

Corria en sus últimos estertores el año 1984 y fuimos al coliseo Arequipa, no estoy seguro si fue era la Más Más de Panamericana o uno de los shows locales. La pasamos bien y repetimos el ritual de siempre, esperar que las luces casi desaparezcan para bajar a la cancha de basquet, ya sea para bailar o solo saltar, en la mayoría de casos solo ver a las chicas de otros colegios pasar mientras nosotros fumábamos cigarros. En ese entonces los policías ya no ponían mayor empeño y se dedicaban a ver también los vídeos; nosotros pasábamos de las tribunas de cemento a la zona preferencial y viceversa sin mayor dificultad.

En ese ínterin, de subir y bajar, perdí a mis amigos. Bajé y empecé a buscarlos cerca del lugar donde estaban los proyectores, no había nada, estábamos en las siete u ocho canciones más importantes, yo estaba totalmente despistado en medio del coliseo, caminé por el centro, rumbo a la pantalla buscando a mis amigos, y nada. Me quedé parado, anunciaron el siguiente tema y cerca a mi había un grupo, dos chicas se quedaron sin pareja y una de ellas me miró, yo le hice un gesto para bailar y ella aceptó. Bailamos. Mientras lo hacíamos me acerqué a su oído y le pregunté su nombre, "Inés" me dijo, yo le dije que me llamaba Miguel y seguimos bailando. Terminó esa canción y anunciaron en el siguiente puesto a Querida, de Juan Gabriel; yo miré a Inés y ella pasó sus brazos sobre mis hombros y detrás de mi cuello, yo la tomé por la cintura y empezamos a bailar y de pronto ella me besó.

Ese fue mi primer beso de verdad, un beso de adultos, yo era un adolescente e Inés era por pocos años mayor que yo - lo supe después -, me besó con pasión y esa noche marcó mi vida. No sabia que se podían sentir tantas cosas con un beso, por los breves minutos que duró la canción sentí que éramos los únicos en el coliseo, en la ciudad, en el planeta, en el universo. Inés sabia perfectamente lo que hacía y gracias a ella la gente alrededor se vaporizó mágicamente y solo volvió cuando las ultimas melodías de Querida se perdieron en el infinito. Yo no dije nada, solo la tomé de la mano y escuchamos algunas canciones más, luego incluso la abrazaba desde atrás mientras veíamos los vídeos de Stevie Wonder y Billy Idol, y al final bailamos la ganadora Footloose. Encendieron las luces y ella empezó a irse con sus amigos. Le pregunté recién donde vivía y cuantos años tenia. Ella sonrió, me dijo dieciocho y me dio una dirección. Yo la vi irse mientras mis amigos me encontraban y a los empujones me llevaban con ellos.

Hoy, cada vez que escucho Querida vuelve a mi ese momento de absoluta certeza visceral y fascinación. Momento inefable, muy parecido al amor. En una sola canción, Inés, me enseño a besar. Esa noche aprendí también que horas de palabras y retórica pueden ahorrarse con un buen beso. Un beso lo dice todo, lo que hay, lo que no hay, lo que falta, lo que podría completarse, lo que nunca podrá haber. En el primer beso uno puede saber si existe posibilidad de que esa persona se quede para siempre o si solo será una relación ocasional. Los labios, la respiración, el calor del cuerpo, las fibras nerviosas, las papilas gustativas... no mienten.

* * *

Días después, una tarde, bien bañado, correctamente peinado y con la ropa perfectamente planchada, estaba parado en la entrada de un taller de mecánica en la zona industrial de Apima. Yo me resistía a creerlo pero esa era la dirección que me dio Inés y que yo memoricé. Pude escuchar con claridad cuando le dijeron "te busca un mocoso, Miguel, dice que se llama" y luego risas, voces, seguramente un "dile que no estoy"; luego me informaron que no vivía allí ninguna Inés. Me fui dolido pero aún sonriente. Desde aquí Inés, donde estés, en mi nombre y en el de todas las chicas que alguna vez me han dicho que les gustaron mis besos, ¡gracias!

domingo, 25 de junio de 2017

LA FRAGILIDAD DEL AMOR

En dos entrevistas distintas, oí a Miguel Bosé hablar del amor, con una visión y sabiduría que me dejó pasmado en ambas ocasiones y, siempre que pienso en el amor, inevitablemente recuerdo sus palabras.

En una de ellas decía Bosé (no lo recuerdo literalmente), mas o menos lo siguiente: El amor es dolor, cuando él aparece se extraña, se siente la ausencia, se cela, se teme a la pérdida. La felicidad del amor aparece en momentos fugaces. Años después descubrí con poca sorpresa que Borges, en su momento, opinaba lo mismo.

En la otra, el cantante decia que es falso que el amor sea fuerte. Por el contrario el amor es frágil, hay que cuidarlo, protegerlo, cubrirlo. La gente al creer que es fuerte lo deja expuesto y termina rompiéndose.

El amor es frágil y es doloroso. ¿Por qué alguien quisiera sentir amor? Al parecer sucede por dos cuestiones: Por que está sobrevalorado y porque los instantes de felicidad son lo más parecido a la iluminación.

En cuanto a la sobrevaloración, lo que sucede es que hay presiones sociales. La sociedad y los medios contribuyen nocivamente. El círculo social nos desea encontrar el amor o incluso nos exige encontrar el amor. Cuando la sociedad cree que hemos encontrado el amor nos exige conservarlo y nos cuestiona duramente si lo perdemos. Pero eso no es lo peor. Lo más dramático es la percepción del amor que se nos ha venido vendiendo: Princesas y príncipes azules; hermosos y millonarios maltratadores y bellas e inocentes sumisas; finales felices, amores tórridos, imperfectos, amantes pusilánimes, parejas perfectas; bellas y bestias, hombres ricos que se enamoran de prostitutas pobres; romeos y julietas; desdémonas y otelos. Todos ellos irreales, existentes solo en los libros y el cine, creados para informar, para ejemplificar, para entretener, para distraer. Son resúmenes ideales, estampas de un momento. No son la vida real.

Cuando las personas crecen y viven con estas expectativas, se dan de narices contra el muro de la realidad. La vida real no es así, pero incluso si lo fuera, para aspirar a un príncipe azul, habría que ser una princesa. Todos quieren recibir lo mejor, nadie está dispuesto a pagar el precio: Olvidan que el otro probablemente quiera algo a esa misma altura.

Lo único que justifica el amor, son los momentos de felicidad, y no me refiero a la felicidad orgásmica; ello pertenece al mundo del erotismo, no al del amor. Pueden estar ligados pero no son la misma cosa.   La felicidad del amor romántico, si es que existe, debería hacernos trascender: La renuncia total, la felicidad propia es la felicidad del otro. Se aman las virtudes y se asimilan con dulzura los defectos. Esta felicidad es fugaz, son instantes, momentos. Alrededor de esos momentos está el trabajo, la escuela, el estrés del día a día, el calor, el frío, el tráfico, las cuentas, las deudas y la crisis económica. Del otro lado de los momentos fugaces de felicidad está la inevitable inseguridad, pues es lógico que si uno está convencido de amar a la persona perfecta, tendría que pensar inevitablemente que otros tal vez pretendan acceder a esa misma felicidad. Un mal equilibrio entre el amor y la inseguridad desata los celos patológicos, y allí la explicación de la fragilidad del amor: Requiere un equilibrio tan complejo que cualquier desbalance hace que el amor muera. Muere desde adentro y por sí mismo.

"¿Por que lo amas (o la amas)?", suele ser una pregunta de rigor, sobre todo en los más jóvenes: Las respuestas son variadas: Porque me trata bien; porque se desvive por mí; me tiene en un altar, porque me entiende; porque es lindo o linda; porque quiere a mis hijos; porque es un excelente padre o madre de familia; por que lo o la admiro; porque es un o una excelente profesional; o las respuestas más oscuras y que normalmente nunca se dicen: Porque me mantiene; porque me da estabilidad; porque prefiero estar con él o ella que estar solo o sola...

Todas las respuestas equivocadas. El amor de verdad no tendría que tener explicación, el amor verdadero por definición debe ser irracional, visceral, inefable.

En esta falta de explicación radica su fuerza. Explíquese de cualquier manera, ley de atracción, metafísica, reencarnación, hilo rojo, etc. Tenemos gustos y disgustos, tal vez nuestros gustos más intensos sean precisamente lo que no tienen explicación. Alguien que prueba chocolate y a partir de allí siempre lo comerá, solo siente que le gusta, tal vez porque desata feniletilamina, dopamina o norepinefrina, pero no es consciente del proceso químico. Lo cierto es que conscientemente uno no sabe por qué le gusta tanto el chocolate, le gusta, no puede vivir sin él, eso es todo.

Ello nos lleva a otro punto. Por esas mismas razones el amor es atemporal, no conoce de años de vida, de diferencia de edades, o de pausas. Se le puede encontrar luego de largos meses de búsqueda, o inmediatamente después de terminar una relación. Tristemente, también puede aparecer en medio de una relación, en cuyo caso revela que el amor que se creía tener, en realidad no era tal.

¿Se puede renunciar al amor con el argumento de "no es el momento"? Pareciera ser que no. Si creemos que al amor es tan arrebatador como siempre hemos pensado, no debería existir razón para decirle que no. Usualmente se cree que si se espera prudencialmente, se le da su tiempo, el amor resistirá; si es que se trata del amor verdadero, claro. Nada más falso. El amor que se ve como un enorme árbol, en su momento fue un semilla o una pequeña ramita. Si dejamos a la ramita expuesta al sol, en soledad y sin agua durante unos pocos días, nunca llegará a ser árbol. El amor no tiene por qué sobrevivir solo por que es amor. El amor es frágil, hay que alimentarlo cada día, cuidarlo, protegerlo, amamantarlo. Solo así tal vez algún día llegue a ser un árbol bajo cuya sombra nos podamos cobijar.


domingo, 22 de noviembre de 2015

DIRECTO A LA LUZ (Cuento)

– ¡Máteme, usted sabe cómo, solo máteme! – suplicó ella mientras miraba con los ojos húmedos al vampiro, este detuvo el avance hacia su cuello, presionó los dedos sobre la garganta frágil y la muchacha se desmayó.

Minutos después Andelko miraba a la joven mujer recostada en la cama de la alcoba, el talle fino, caderas sinuosas, rostro blanco, los labios carnosos, el cabello negro largo cayéndole a un lado del rostro permitía adivinar un origen acomodado, el vestido caro e impecable adelantaba que podría tratarse de una dama de sociedad, le llamaba atención su belleza y al mismo tiempo le inspiraba curiosidad y tristeza.  No habían hablado mucho, se habían conocido en un bistró semanas antes, habían cruzado miradas, sonrisas, finalmente hoy y sin mayores aspavientos ella misma se había invitado a la mansión de Andelko. Él en un inicio se había negado pero ella mostró tal determinación que pese a su costumbre de evitar estos contactos en el lugar donde vivía, finalmente aceptó. Pensó que sería una víctima más, una cacería rutinaria en la sórdida París e hizo una excepción. Ahora la miraba respirar delicadamente, tratando de descifrar porqué se había arrojado a los brazos de la muerte. Ella tal vez sabía quién era él y quería morir, pero antes quería saber por qué.

Luego de unos minutos despertó desorientada, Andelko la llamó por su nombre, Virginie, ella lo miró y se retrajo sobre la cama encogiéndose, abrazando sus rodillas, ocultando su rostro tras su largo cabello negro, se puso el pulgar sobre los labios, casi como succionándolo. Andelko pensó que tal vez de niña se chupaba el dedo y le había quedado la manía como parte de una costumbre añeja, ella mientras tanto lo miraba tímida, callada, casi ausente, sin levantar el rostro.

– ¿Por qué quiere morir mademoiselle? – preguntó Andelko, sereno, recostado sobre el mullido sillón Luis XV de la habitación – y más importante… ¿Por qué yo? – continuó.
– Lo siento – dijo ella.
– No se disculpe, usted me buscó por alguna razón. ¿Acaso sabe quién soy?
– Sé que me agrada, desde el primer día que lo vi, de espaldas incluso me di cuenta, había algo en usted que me llamó la atención monsieur, luego cuando usted habló conmigo sentí más fuerte su atracción.
– Entonces no sabe quien soy…  – insistió Andelko.
– Sé que se llama Andelko Volkodlak, que es extranjero, que la gente de la ciudad lo respeta pero que muchos le temen.
– ¿Entonces por qué se acercó a mí?
– Porque también sentí que es un hombre peligroso – musitó Virginie.
– Esa era razón para alejarse, y a pesar de ello me buscó.
– Como el mosquito a la luz.
– Buscando quemarse.
– No. Sabiendo que podría quemarme, pero aún así lo deseé.

Virginie se sonrojó y escondió la mirada, Andelko buscó en su propio corazón alguna respuesta, él también había sentido desde el primer momento una fuerte conexión con Virginie, una tensión que podría confundirse con lo sexual, con el deseo, pero era distinto, había algo más, más profundo e intenso, por instantes sentía que ella era como él, con esa soledad taciturna, mustia y profunda en el alma y en la piel, en las pocas ocasiones que conversaron se sintió como frente a un espejo, y ahora después de sus confesiones, la percepción de ello era mayor.

– Usted dijo que quiere morir.
– No dije eso – replicó Virginie con un aplomo que no tenía minutos atrás  – dije que quería que me mate, que es distinto.
– Lo sé. ¿Realmente lo desea?
– ¿Sabe? Yo le hago mal a todos. Siempre que me relaciono con alguien termino causándole daño y haciéndomelo a mí misma. No quiero seguir viviendo así.
– ¿Y por qué me escogió a mí? ¿Cree acaso que soy un vulgar asesino? – exclamó Andelko
– Lo siento, me ha entendido mal, la última vez que hablamos – continuó ella – note algo oscuro en usted, ya le dije, algo peligroso, y eso me atrae tanto. Sé que si me quedo con usted le haré mal, preferiría morir en sus brazos, cuando le pedí que me mate se me nubló la mente, no sé porqué lo dije.
– ¿Entonces era en sentido figurado?
– No lo sé, solo sentí que debía decirlo, lo deseaba. No quiero morir, nadie lo quiere realmente, salvo los suicidas, soy joven, pero…
– Se contradice mademoiselle.
– Solo lo dejé salir, sin pensarlo, perdóneme monsieur, tal vez sea mejor que me vaya.

Virginie se levantó de la cama, Andelko se levantó al mismo tiempo, era claro que ella no sabía realmente quien era, sin embargo una vez cerca de su cuerpo, recordó los besos que ambos se dieron justo antes de que ella le pidiera que la mate, sintió un estremecimiento interior, la tomó del brazo y la besó nuevamente, ella se dejó llevar, juntaron sus cuerpos, el de ella cálido, entre caricias se despojaron mutuamente de las ropas, la lengua de ella conquistando la suya, sus manos tomando una posesión ancestral como si siempre hubiese sido su propiedad, Andelko la sintió aplicando sutilmente un dominio sobre él como nunca le había sucedido antes con mujer alguna, no se trataba de una imposición material, superaba lo comprensible, en cada caricia, en cada beso y cada gemido ella ganaba terreno, imponía su poderío telúrico de amazona volcánica, se dejó atrapar, hechizado en el vudú de su sexo terso y a la vez peligrosamente constrictor, se unieron con desesperación fatal, con angustiante fatiga y sórdida pasión, acercándose de manera comprometedora al amor, en breve la sintió desfallecer de placer, él no pudo contenerse, se entregó por completo a su piel, a sus labios y su vientre, y en el último estertor ella le ofreció las azules venas de su seno, él cerró los ojos y con dolor animal clavó los colmillos en su blanca piel.

Cuando Andelko se terminó de vestir, Virginie yacía agonizante en la cama, de su pecho manaba un hilo de sangre que manchaba la sábana. Ella abrió lánguidamente los ojos, trató de incorporarse y sintió un mareo que se lo impidió, Andelko la miró con ternura, pensando que pese a su delicadeza ella era en realidad la brasa de la vela y él, el mosquito:

– Lamento decepcionarla mademoiselle, pero esta vez no morirá – le dijo mientras apagaba la lámpara y salía de la habitación rumbo a la madrugada de París.

martes, 30 de abril de 2013

TACITURNO (Cuento)


Germán apagó el televisor y miró a su lado, boca abajo y con el cabello desordenado yacía Marcela, con un ojo abierto a medias y una mueca de sonrisa cansada.
– Despierta floja – dijo él.
– Mmmmm… ¿vas a pintar? – respondió sin despegar la boca de la sábana.
– Sí un poco, es temprano aún.
– Mmmmm… ¿me amas? – preguntó Marcela.
– Mmmmm… sí – contestó Germán riendo y abalanzándose sobre ella, hurgando con dedos finos de pintor entre sus costillas, sobre sus caderas, en sus axilas. Marcela reía y lanzaba grititos de desesperación, jugaron largo rato hasta quedar casi sin aliento.
– Te amo mi héroe – dijo Marcela y se levantó rumbo al baño para tomar una ducha. Ella le decía así desde el día que se conocieron, aquella fría tarde en el mirador sobre el acantilado frente al mar.

Era invierno, la bruma subía por las rocas, trepando lentamente en busca de las calles de la ciudad. Germán llevaba largo rato mirando el mar, el horizonte,  esperando triste y taciturno a que, como siempre a esa hora, el malecón quedara desierto por causa del frio y la humedad. A su derecha a veinte metros, estaba ella, llorando en silencio. Germán la observó primero con interés de artista, el perfil, la cabellera desordenada, la piel ni blanca ni trigueña, canela tal vez, la figura esbelta pese a la enorme chompa de lana. Si hubiese traído su cámara la habría fotografiado, se lamentó. Esta vez no había traído nada. Hubiese sido bueno pintar ese perfil. La miró directamente y sin pudor mientras imaginaba su pincel recorriendo el lienzo trazando las curvas de su rostro; ella debió haber sentido la mirada, sus ojos se encontraron y ella se incorporó asustada, tal vez pensó que era un asaltante. Germán instintivamente sonrió y le hizo un ademán de saludo con la mano, ella se tranquilizó y volvió a su posición para concentrarse en el dolor.

Germán miró también el horizonte y ya no le atrajo como antes, se volvió hacia la muchacha y le silbó. Ella volteó y se señaló a sí misma con incredulidad, él asintió con la cabeza sonriendo, ella sonrió también mirando al piso, él volvió a saludar con la mano, ella esta vez rió con los ojos todavía húmedos. Germán se acercó con confianza, saludó.
– Hola, ¿Cómo te llamas?
– Marcela, ¿y tú?
– Germán y no te voy a asaltar.
– ¿Cómo crees…? – contestó ella indignada.
– No, no digas nada. Si un tipo con mi aspecto me mirara fijamente en este lugar yo también me asustaría.
– ¡Jajajaja! Bueno…
– ¿Por qué lloras?
– No lloro. Pienso.
– Piensas con lágrimas en los ojos.
– Es una pajita.
– ¿Tiene nombre esa pajita?
– No. Ya no.
– ¿Te gusta el mar?
– No… sí… en verdad no, en invierno no, en verano me encanta, pero en invierno no me gusta, es triste.
– ¿Y por qué viniste a verlo? ¿Es porque estás triste?
– ¿Por qué eres tan preguntón? – se desesperó Marcela y se echó a reír.
Luego de un rato conversaron cosas sin sentido, tonterías del día a día. Hablaron largo, Marcela le contó sus cosas, sus tristezas que eran muchas y sus alegrías que le parecían muy pocas. Germán no contó mucho pero escuchó de buena gana y con atención. Al cabo de una hora ya estaba oscureciendo. Marcela miró al cielo y dijo:
– Ya es tarde. Creo que debo irme.
– ¿A dónde te vas?
– A casa…
– Yo me quedo un rato más – contestó Germán.
– ¿Para tomar tu coca cola solo?
– ¿Perdón? – preguntó él.
– Sí, estás loco, desde que hemos empezado a conversar le das vueltas a esa coca cola que tienes en la mano y no la has abierto. ¡Ah! ¡Eres un tacaño, estas esperando que me vaya para tomártela solo! – bromeó Marcela.
– ¡No! Es que… – tartamudeó Germán.
– Ya dame – dijo con firmeza Marcela – vamos a brindar juntos por el encuentro.
Marcela tomó la botella, la destapó , dijo “salud” y se tomó un largo trago, luego se la ofreció a Germán. El dijo “salud” también y bebió. Se quedaron en silencio, viendo el sol desaparecer en el horizonte, ella sacó un cuaderno de su bolso y escribió su número, su correo y su dirección, arrancó la hoja y se la entregó, luego coqueta le arrebató la botella y se fue por la veredita del malecón a sorbos lentos, desapareciendo entre la bruma.

Germán quedó desconsolado, respiró, recordó a Marcela alejándose con su grácil andar y se relajó, sacó de su bolsillo el sobre de veneno para ratas y lo lanzó al acantilado riendo.

* * *

Cuando Marcela salió de la ducha, Germán sonrió pensando que nunca le contó el asunto del veneno, más por vergüenza del ridículo de haberse quedado sin líquido para su plan, que por cualquier otra razón. Ella lo miró y le preguntó:
– ¿De qué te ríes? Ya sabes… el que a solas se ríe…
– De nada – contestó él.
– Mmmmm…  misterioso mi héroe.
– No me digas así – se quejó él.
– Te digo y te digo, “mi héroe”, lo eres y siempre serás.
– ¿Sí?
– ¡Sí! – dijo ella sentándose sobre sus piernas con la toalla envolviendo su cabellera mojada – Tú me salvaste de esa enorme tristeza ese día en el malecón.
– No mi amor – contestó Germán guiñando un ojo – tú me salvaste a mí.

domingo, 31 de marzo de 2013

EL NOMBRE (Cuento)

Una sensación cálida en la superficie de sus muslos lo despertó, entreabrió los ojos, la reverberación del sol en el cerco pintado con cal lo cegó momentáneamente. No se movió del asiento, tomó sus lentes de sol de la mesa que siempre alguien acomodaba a su lado y se los puso lentamente, con no poca dificultad pero con cuidado. Su mente se introdujo como en los últimos días en los meandros de tiempos pasados, y allí, entre imágenes difusas y sombras indescifrables, la vio. Siempre la recordaba, pero ahora la notaba particularmente bella, más ligera, grácil, sonriente y contenta.

De golpe y sin invocarlos, se le aparecieron mil recuerdos y emociones, le pareció oler su perfume, el aroma de sus cabellos recién lavados. Nuevamente vio su sonrisa y sabía que le sonreía a él, los ojos le brillaban como solo sucedía cuando estaba realmente feliz. Ella era feliz con cosas tan pequeñas, con un chocolate, con una flor. Podía ser inmensamente feliz con un libro nuevo o una nueva planta para el jardín. No recordaba el traje que traía, no se lo había visto puesto nunca, era como de gasa, blanco, impecable, tal vez era nuevo. Pero sus sandalias de cuero eran las de siempre y el de siempre también era ese sombrero de paja con el que se protegía del sol. El pañuelo de seda alrededor de su cuello fino lo hizo sonreír a él también. Por alguna extraña razón siempre le había gustado ese pañuelo en particular, pese a que ella se reía siempre de que le gustara más, precisamente el pañuelo más viejo que tenía.

Se preguntó si realmente la había amado. Se preguntó si el amor había existido cuando menos para él, si acaso no lo había negado con persistencia solo para evadirse conscientemente del inevitable dolor que todo amor acarrea, sobre todo el de pareja. Se preguntó si había redención, si el tiempo realmente cura todo y si la vida da segundas oportunidades siempre.

Cerró los ojos y no la pudo ver más, fue entonces cuando sintió su presencia con nitidez, abrió los párpados con algo de temor y ya no estaba allí. No estaba allí físicamente pero podía sentirla, sintió su presencia infinita, permanente. Se dio cuenta que nunca se había ido, que estaba allí omnipresente desde siempre y tuvo ante sí una dolorosa revelación que había estado transitando a paso de oruga por los recovecos de su mente durante años, descubrió en ese instante luminoso que a pesar de todo ella lo había amado. Ella sí lo había amado. ¿Dónde estaría ahora? ¿Qué habría sido de su vida? ¿Lo recordaría? Miró el horizonte y abrió lentamente los labios para llamarla, levantó ligeramente la base de la lengua y apoyó su extremo en la parte posterior de los dientes de su maxilar inferior, llenó de aire sus pulmones para exhalar su nombre y… no pudo recordarlo. Frunció las cejas como quien está a punto de llorar de impotencia, sin cerrar la boca temblorosa, abrió y cerró los ojos varias veces para espantar las lágrimas, intentó de nuevo buscar en su memoria rota y no encontró ningún nombre, ninguna palabra, las letras eran retorcidas patitas de arañas que tejían cada día telas en sus recuerdos, instintivamente y por costumbre estiró la mano derecha para acariciar la cabeza de su perro, como siempre que quería hallar consuelo y palpó solo el vacío, trató de silbar y solo emitió un sordo quejido. La amaba, ahora sabía que la amaba y que siempre la amó. Solo quería decírselo o sencillamente decirlo a quien quisiera escuchar, quería deshacerse de esa amargura y solo necesitaba un nombre. Apretó los puños y los dientes tratando de recordar, no podía, no podía. Nunca más podría… ni ahora ni nunca… pero la amó… la amaba…, sintió frio en las piernas y trató de cubrirlas con la manta, se acomodó con dificultad, acomodó sus lentes porque el sol de la mañana le hacía daño en los ojos. Respiró con calma, se sabía frustrado, con tranquilidad trató de recordar lo que estaba pensando hace un rato y que lo frustraba tanto y no pudo, se sorprendió de ver su mano apretada en doloroso puño, la abrió despacio mientras observaba su propia piel manchada, las venas enormes surcando el dorso arrugado, los dedos cansados temblorosos, en el reflejo de la mampara se vio a sí mismo sentado en la silla de ruedas, el cabello y barba encanecidos, se miró fijamente y no pudo recordar su propio nombre… y recordó, eso sí, que aquello ya le había pasado otros días. Y como otros días, dejó de hacerse problemas con el asunto. Miró el horizonte una vez más y se entregó como todos los días al placer de sentir como el sol calentaba la superficie de sus muslos ateridos.

sábado, 2 de febrero de 2013

EL ENCUENTRO (Cuento)

– ¿Aló Mary?
– Sí, ¿Quién habla?
– ¡Rafael! – Cuando Mary escuchó ese nombre y lo conectó con la voz al teléfono todos los recuerdos en tropel se arremolinaron en su mente, se le erizó la piel y le faltó la respiración. Luego de unos segundos de silencio donde quería decir todas las palabras y ninguna salió de sus labios, se compuso, carraspeó y trató de aparentar una calmada sorpresa:
– ¡Hola Rafael! Qué bueno saber de ti luego de tantos años.
– Hola linda, estoy en la ciudad. Vine por unos asuntos de trabajo. ¿Te parece si nos tomamos un café?
– Claro… – dijo Mary nerviosa, se arrepintió, debió haber dicho otra cosa, que tenía que ver si tenía tiempo, que ese día no, que tal vez mañana, algo para no demostrar su ansiedad, quiso decir que tal vez no podría, pero sus labios le jugaron una mala pasada – ¿a las nueve te parece bien?
– Me parece bien – contestó Rafael y fijaron el punto de encuentro en uno de los nuevos cafés que la vorágine de la modernidad había traído a la ciudad. Se despidieron, Mary lo hizo por cierto con mal disimulado afecto formal, y colgaron.

Con el celular en la mano Mary se llevó los dedos a la boca, iba a morder una uña y recordó que hacía años ya había abandonado esa costumbre. Dejó el aparato sobre el escritorio y se frotó las manos con fruición, se tomó de las sienes, el rostro, se levantó de su asiento, caminó hasta la puerta de su oficina, negó con la cabeza y regresó a su lugar, cuando estuvo a punto de sentarse volvió a dirigirse a la puerta con la mano en la frente, luego regresó y se quedó de pie frente al computador, miró la pantalla del celular como si en ese cuadrado de colores pudiera ver la imagen todavía de Rafael hablándole. Habían pasado diez años y todavía le temblaba el cuerpo al oír su voz. Siempre había pensado que luego de terminada la universidad, madre soltera por azares de la vida y profesional por su propio esfuerzo y dedicación, con una jefatura a sus espaldas ya nada podía sorprenderla, sin embargo ahora sus tobillos no podían soportar el peso de su ligero cuerpo, se derrumbó sobre el sillón y se abandonó a los recuerdos.

* * *

Mary tenía diecisiete, era el tercer día de su segundo semestre de derecho. Estaba emocionada porque recién ahora estaban haciendo los cursos de la carrera, esa mañana se había levantado temprano como siempre, tal vez no era la más estudiosa de su promoción pero sí era responsable y ordenada. Estaba sentada en la fría carpeta de fórmica y fierro cuando entró Rafael, ese primer momento no produjo ninguna sensación en ella, él no era un sujeto de aquellos que llaman la atención con su aspecto, fuera de su corrección en el vestir no había nada en particular que pudiera considerarse espectacular o cuando menos fuera de lo común.

Lo que pasó con Mary sucedió ese primer día. El hombre aquel, de edad indescifrable, que parecía joven, imprecisamente cerca sus treinta, pero que hablaba de situaciones, lugares y hechos como su hubiese vivido cien años, con un extraño brillo en los ojos, con una envidiable certeza en sus afirmaciones, terminó por llamar su atención.

Con el tiempo su admiración crecía más y más, esperaba con ansias el día en que llegaran sus clases, él se mostraba seguro en sus conceptos e ideas, incluso cuando se equivocaba, reconocía su error de una manera tan elegante y oportuna que terminaba pareciendo que nunca se había equivocado.

A veces Mary iba con sus compañeras, nunca sola, a preguntarle cualquier cosa antes de que suba a su carro solo por el placer de verlo de cerca, de percibir el rastro de su perfume. Un día de esos, su compañera Janet haciendo gala de su frescura le pidió su correo, él lo anotó en un papel y mientras escribía Mary lo memorizó, pero nunca se atrevió a escribirle. Semanas después recibió un mensaje de Janet acerca de un trabajo y en la lista estaba el correo de Rafael, con los dedos temblorosos le escribió un correo pidiendo cualquier precisión, ese fue el inicio, poco tiempo después se comunicaban a menudo por correo electrónico pero sin mayor profundidad, para saber cómo iban las clases de ella, el trabajo de él o el clima.

Un día de la nada, casi al fin del semestre, correos iban y venían y él le contó que la había visto en otro lugar, mucho tiempo antes de verla en la universidad. Ella se quedó helada cuando lo leyó, preguntó ¿cuándo la había visto antes? ¿Dónde…? Él le contestó que cerca de una céntrica cafetería, dos años antes, que le había llamado la atención y que nunca olvidó su rostro, ella rió, efectivamente su madre tenía un negocio cerca de ese lugar. Le preguntó, escribiendo muy nerviosa en el teclado, que qué le había parecido y él contestó el mensaje con una sola palabra: “linda”. Ella casi se muere, no contestó el correo y no encendió la computadora todo el fin de semana. Cada vez que recordaba esa palabra le latía el corazón a toda prisa y se sentía desfallecer. Se sentía una idiota, una adolescente idiota enamorada de su profesor, se reía nerviosa y sacudía la cabeza.

En los últimos días de clase, terminados los exámenes, Rafael le envió un mensaje, la invitaba a dar un paseo. Ella aceptó. A las siete de la noche él pasó cerca de la universidad en su camioneta, ella estaba esperando en la esquina, se subió, dieron muchas vueltas mientras conversaban de todo un poco, por primera vez. Ella nerviosísima como siempre y él seguro, como siempre también.  Cerca de las nueve de la noche ella le pidió para que la lleve cerca de su casa, él sonrió y accedió recordándole que lo había pasado muy bien en su compañía. Cuando estuvieron cerca de la casa, él estiró la mano hacia el asiento de atrás y tomó una caja larga de cartón blanco, Mary se asustó, no comprendió lo que pasaba hasta que tuvo entre sus manos y sobre su regazo la caja de florería adornada con una cinta y conteniendo en su interior un hermoso tulipán. Miró a Rafael a los ojos, dijo gracias con la voz quebrada y temblorosa y se bajó corriendo de la camioneta sin mirar atrás ni despedirse mientras las lágrimas de emoción corrían por sus mejillas y sentía que desfallecían sus piernas.

No volvió a ver a Rafael nunca más a pesar de sus correos.

* * *

Esa noche Mary se probó casi toda su ropa antes de poder decidirse, quería verse bien, reflejar que estaba bien, quería  demostrar que ya no era una chiquilla asustada sino una mujer profesional, madura, segura de sí misma.

A las nueve en punto Mary entró al café, Rafael estaba en una mesa redonda, con impecable terno y corbata negros, tomando un café expreso, Mary no pudo evitar recordar el rumor que en broma corría en la universidad: “El profesor Rafael ha hecho un pacto con el diablo”, en efecto le pareció que se veía más joven todavía que diez años atrás. Según sus cálculos debería tener poco más de cuarenta y difícilmente los aparentaba, se le veía saludable, sonriente, la madurez le asentaba como al buen vino, nuevamente sus piernas temblaron.

Se acercó y él se puso de pie caballeroso, se saludaron con un beso y un abrazo breve, ella se dio cuenta de inmediato que el perfume ya no era el mismo, era una fragancia distinta, intensa, un sutil aroma dulzón de naranja, era demasiado, su mente estaba a punto de nublarse, Rafael le preguntó si quería tomar un café o ir a otro lugar, ella sin pensar repitió la última parte de la frase y recién cayó en cuenta que había pedido ir a otro lugar. Rafael pagó y salieron, caminaron por la calle iluminada todavía con gente. Ella se sentía feliz, cuántas veces había soñado caminar con él por las calles, justo así, ella de vestido, él de traje, miraba de reojo y sabía que hacían una bonita pareja. Llegaron a un bar, subieron las escaleras, se sentaron un punto donde podían ver las luces de la ciudad. Pidieron un trago y hablaron de lo que habían hecho últimamente, sobre todo;  Rafael le preguntó acerca de su trabajo y ella orgullosa le contó cada detalle, él sonreía complacido, le dijo que siempre estuvo seguro de que llegaría lejos. Luego él le contó algunas cosas, siempre con esa manía de guardarse detalles, de no contar todo, de dejar secretos, de lanzar cabos sueltos al aire dejando algunas historias inconclusas, Mary no sabía si lo hacía adrede o era su forma de ser, esa forma tan misteriosa e interesante, mientras lo veía hablar en algún punto perdió el hilo de la conversación, ahora solo podía ver sus ojos brillantes y sus labios en movimiento, ya no entendía lo que decía, le importó un pepino la gente en el bar, el mundo, como embriagada por alguna exótica sustancia, pudo ver su propia mano deslizándose debajo de la corbata de Rafael, buscando el botón de su camisa, queriendo sentir  el calor de su pecho, buscó sus labios y lo calló con un beso, sintió su aroma, no el del perfume, sino ese que tantas noches se imaginó en la soledad de su cama, los labios carnosos, su respiración agitada, sabía que era una locura pero se dejaba llevar, se subió sobre él buscando su cuerpo, arrancando los botones de la camisa, amasando su cabello, halándolo para no dejarlo escapar nunca más…
– ¿Me estás prestando atención? – dijo Rafael, sacándola del delirio.
– Perdóname – replicó Mary con rubor en las mejillas – me quedé pensando en algunas cosas.
– ¿Qué cosas?
– Tonterías
– Dime – insistió Rafael
– Vas a pensar que son tonterías, cosas de una chica cursi.
– Anda dime, prometo no pensar nada de lo que dices.
– ¿Te acuerdas del tulipán que me regalaste? – preguntó.
– Claro – dijo Rafael – luego de esa vez no te volví a ver, ¿qué paso con él?
– Hasta ahora lo tengo – confesó Mary – lo dejé secar y tengo cada hoja, cada ramita, por tu culpa casi dejo la universidad, me enamoré Rafael, me enamoré como una tonta. No quería que me vieras la cara, me moría de vergüenza, he estado enamorada de ti todos estos años, sigo enamorada de ti...

Rafael le tomó la mano mientras Mary lloraba en silencio, tomó un sorbo de licor y se recompuso… pidió perdón por el exabrupto, cambiaron de tema. Luego de un rato Rafael carraspeó y le dijo:
– Si solo me hubieses esperado…
– ¿A qué te refieres?
–  Hace unos cinco años, cuando me divorcié te envié un correo, para contártelo, ¿recuerdas? Tú me contestaste que habías vuelto con el papá de tu hija. Se me rompió el corazón, ese era nuestro momento Mary.
– No lo era Rafael – y empezó a llorar de nuevo – y nunca volví con el papá de mi hija. ¡Te mentí!
– ¿Pero por qué? ¡Acabas de decirme que estabas enamorada de mí! ¡No entiendo!
– No era nuestro momento Rafael, cuando me contaste de tu divorcio no quise ser la mujer con la que mataras tu soledad. Tú no te divorciaste por mí, te divorciaste por ti, eso lo tengo claro. No quiero ser alguien en tu vida. Siempre quise ser lo más importante en tu vida y si no tengo eso prefiero ser un bonito recuerdo, porque… ¿Soy un bonito recuerdo verdad?
– Lo eres Mary – respondió Rafael con tristeza.

Continuaron con la conversación, rieron, recordaron a gente que conocieron ambos en la universidad, se pusieron al día. Al terminar, bajaron las escaleras abrazados, como si fuesen enamorados de toda la vida, es más, como una pareja de felices casados. En la fría noche de media semana de una ciudad colonial, sobre la calle empedrada de granito, Mary esperaba de corazón que Rafael se la lleve con él a pasar la noche, estaba lista para amanecer en sus brazos. Pararon un taxi, subieron, abrazados y en silencio, en el asiento de atrás vieron pasar las avenidas, las luces de la ciudad, Mary fue reconociendo las calles, su barrio, su casa. Se bajó del taxi, abrió la puerta y bajo el umbral se quedó mirando cómo el taxi en el que viajaba Rafael se alejaba hasta convertirse en un par de luces rojas, perdiéndose lejos en la oscuridad, tal vez para siempre.

viernes, 31 de agosto de 2012

PERDIDO EN LA HABANA (Cuento)

Cuando salimos del aeropuerto de La Habana hacía un sol radiante, luego del trámite en migraciones y el cambio de euros por moneda cubana, estábamos listos para una gloriosa semana de vacaciones. Una vez en el taxi rumbo al hotel, aprovechamos para preguntarle al chofer algunas dudas básicas acerca de la ciudad, este nos recomendó amablemente recorridos clásicos y nos hizo advertencias útiles para cualquier turista. Nos confirmó que nuestros celulares no funcionarían durante toda la estadía, pues en Cuba la red es local y no existe roaming, el internet era un privilegio y a lo mucho podríamos encontrarlo con limitaciones en algún computador del lobby del hotel.  Durante el trayecto, ante nuestros ojos apareció ciudad de La Habana y pudimos ver a lo lejos la Plaza de la Revolución y las enormes siluetas del Che Guevara y Camilo Cienfuegos.

Más tarde ya nos habíamos instalado en el hotel,  luego bajamos a la recepción y le preguntamos al botones dónde ir a almorzar, el tipo nos miró de arriba a abajo pero con buena intención y nos dijo:
– ¿Mexicanos?
– No, peruanos. – respondimos al unísono.
Sonrió y nos explicó rápidamente cómo esquivar a los jineteros que siempre pretenden aprovecharse de los turistas, nos recomendó dos lugares apropiados para almorzar, uno de ellos de comida local típica y otro de cocina internacional, nos dio algunas pistas para no perdernos y al final mirando por encima de nuestros hombros y a los costados, nos dijo que estaba prohibido traer mujeres al hotel. Nosotros sonreímos como quien no había pensado en esa posibilidad y le agradecimos al tiempo que salíamos felices a caminar las calles de La Habana.

Luego de almorzar fuimos a pasear por La Habana Vieja, fue una tarde inolvidable, las construcciones coloniales congeladas en el tiempo adquirían un brillo dorado provocado por el sol escondiéndose en ese atardecer tropical.  Al anochecer estábamos de vuelta en el hotel, decidimos descansar  un rato. A las dos horas Patricio me llamó por el teléfono  y me preguntó si ya estaba listo; le pedí que me diera diez minutos y salté de la cama rumbo a la ducha luego de colgar.

Aprovechamos para tomar un par de mojitos en un lugar recomendado por el hotel, a pocas cuadras, luego caminamos un poco y como nos habían advertido nos encontramos con cubanos vestidos de elegantes truhanes, los jineteros, que querían ofrecernos mil servicios, desde los más truculentos hasta los más formales, y siempre un bar donde habían, increíblemente, bebido juntos y fumado habanos, Fidel, el Che y Hemingway; sin embargo lo afirmaban con tanta vehemencia que estuve a punto de dejar de creer en mis profesores de historia y en los libros que había leído y lanzarme a creer a ojos cerrados en estos simpáticos isleños.

Cansados por el día, regresamos al hotel, eran casi las once de la noche, rumbo al ascensor nos encontramos con un letrero en la marquesina, “Noche de salsa” decía en letras doradas, nos miramos con Patricio y decidimos subir al piso treinta del hotel donde estaba el salón de baile y pub; pagamos los diez euros de la entrada y nos sentamos en una mesa. El lugar es espectacular, está lleno de turistas de distintos países, la mayoría hombres. Disfrutamos de la orquesta y nos tomamos un par de vasos de ron y fumamos habanos que hemos comprando más temprano. De pronto una muchacha muy guapa se acerca a la mesa y nos pide fuego, Patricio caballeroso le enciende el cigarro, ella le da una pitada y nos pregunta si se puede sentar con nosotros, sorprendidos le decimos que sí. Se sienta y nos sonríe, nos dice que se llama Lucero y rápidamente nos damos cuenta que es una profesional. Nos pregunta nuestros nombres y también nos confunde con mexicanos, luego llama a una amiga suya que está en la otra mesa, se sienta y ambas ríen con nosotros.  Algunos minutos después, Lucero, se me acerca y me dice sin mayor preámbulo que por cien euros puedo irme con ella a mi habitación, además hay que pagar veinte euros más para el portero del pub para que no la delate y me repite algo que ya sabía, está prohibido llevar chicas cubanas a las habitaciones.

Lucero es preciosa y yo no resisto la tentación, le explico rápidamente a Patricio y él levanta el pulgar y me desea suerte, me levanto de la mesa y la escultural morena me sigue y no puedo dejar de pensar en esas largas piernas que fluyen infinitas de la microscópica falda blanca, el portero que seguramente ya conoce del trato con antelación estira la mano y le doy los veinte euros, nos pone un sello en las muñecas y salimos rumbo a mi habitación.

Una vez en el cuarto ella toma la iniciativa, se conduce como una experta y yo me dejo llevar, se desnuda y no puedo dejar de ver esa figura fina y perfecta, me mira con sus enormes ojos negros rodeados de pestañas postizas, me habla largo rato, me pregunta mil cosas, hablamos y le cuento historias, le hablo de mi país, de las historias que se, de las que he leído, ella curiosa me pregunta más y más, sonríe con cada cosa que le digo, le digo que es linda, que me gusta su voz, su cabello, sus ojos, ella coquetea y se estira sobre la cama como una gata, luego me quita la ropa y me trata con una ternura propia de quien se vende por placer. Me pregunta si alguna vez hice el amor con una cubana, le digo que no, me besa y se entrega con pasión y noto su esfuerzo en hacer quedar bien a todas las mujeres cubanas, yo disfruto cada instante y me someto a sus caprichos y deseos. Nos amamos intensamente sin amor, a la luz de la luna que entra por la ventana, caemos rendidos y sudando sobre la cama, nos acariciamos con los ojos cerrados. Decido que nunca olvidaré esa noche.

* * *

Abro los ojos y sigue oscuro, no tengo idea de la hora, busco en la mesa de noche mi celular y no lo puedo ubicar, me siento en la cama y enciendo la luz de la lámpara, Lucero no está, me quedo paralizado, voy al baño, no hay nadie, en el balcón tampoco, aprieto los dientes y busco mis cosas, ¡mierda! No está mi billetera ni mi celular, me lanzo al closet y busco mi maleta, está abierta, tampoco está la cartera con el dinero de reserva ni mi pasaporte.  Me siento en el borde de la cama y me siento el tipo más estúpido del mundo.

* * *

Dos horas después sigo sentado en el borde de la cama, fumando y Patricio camina de un lado al otro de la habitación. Hemos evaluado las posibilidades, ir a la policía era imposible, en Cuba la prostitución es un delito, tanto por parte de quien la ejerce como quien la requiere. La única alternativa es ir a la Embajada de Perú en Cuba a primera hora y explicar lo sucedido.  Hemos tratado de llamar a los bancos para cancelar las tarjetas de crédito, Patricio me explica que es un esfuerzo inútil, en Cuba casi no se aceptan tarjetas y menos de bancos privados, todos los bancos son estatales, yo igual no me confío y sigo intentando con el teléfono del hotel.

No puedo dormir, estoy lleno de preocupaciones, trato de informarme en recepción apenas llegan los primeros empleados y me confirman que sin pasaporte no podré salir de Cuba, probablemente pierda el vuelo de regreso. Me da tristeza por Patricio, le estoy malogrando las vacaciones por mi estupidez, él trata de mostrarse de buen ánimo y me recuerda que el viaje ya está pagado, estaremos hoy en La Habana, trataremos de resolver el asunto del pasaporte en la embajada y luego iremos a Varadero como estaba previsto. Le agradezco con cariño y le pido que se vaya a descansar hasta que abra la embajada.

Camino a las mesas que están frente a la barra de recepción y pido un café. Mientras estoy sentado en la mesa, veo a una muchacha de traje corto azul eléctrico satinado que entra con tacos altos al hotel y se acerca a la ventanilla de cambio de moneda, me llama la atención su atuendo de fiesta a esas horas de la mañana, son las ocho y diez. Cuando voltea para dirigirse a la puerta de salida la reconozco, es la amiga de Lucero que se quedó con Patricio en la mesa anoche. Me levanto como impulsado por un resorte y le pregunto a la empleada acerca de ella, me dice que vino a cambiar euros, salgo del hotel y la veo perderse por una calle, no lo pienso y la sigo rápidamente. Ella camina cimbreando las caderas pero sin pausa, yo camino rápido detrás de ella, indocumentado y sin un peso en el bolsillo.

Mi primera idea era seguirla hasta su casa, pero se me ocurre que no necesariamente ese es su destino, que en cualquier momento podría entrar a cualquier sitio o subir a un taxi y yo así como estaba no podría seguirla. A ese punto no sé dónde estoy, me adelanto y la tomo de un brazo, ella se asusta, trato de calmarla, le digo que me llamo Ángel y que estuve anoche con su amiga Lucero. La muchacha niega conocerla, le pido que me ayude por favor, luego me dice que no sabe dónde ubicarla, insisto otra vez, le prometo que no tomaré ninguna acción contra ella, que solo quiero saber dónde  puedo encontrar a Lucero, solo quiero mi pasaporte, puede quedarse con el resto, se lo regalo. La mujer me sonríe y me dice que la siga, camino con ella varias cuadras, las calles se van haciendo cada vez más estrechas y las casas más pobres. Nos detenemos en un viejo portón de madera, ella lo golpea con la palma de la mano y se escuchan voces y pasos. Un tipo flaco y de cabello cortado al rape abre, la muchacha le dice rápidamente que estoy buscando a Lucero, el sujeto me invita a pasar. Se me ocurre que si me asaltan lo único que tengo es la ropa que llevo puesta, no tengo nada que perder y entro.

En el interior el lugar parece un fumadero de opio, solo que en lugar de opio el hedor de la marihuana se hace presente, sé que la droga está prohibida en Cuba, y la cocaína es demasiado cara para los cubanos, así que recurren a la marihuana normalmente, veo prostitutas jóvenes y viejas en los zaguanes de la vieja casa colonial, me imagino que sus maridos o chulos son los pocos hombres que se pueden ver, no parecen parroquianos, descarto la idea de que sea un burdel. Algunos juegan dominó, cartas y casi todos fuman cigarros, algunos pocos habanos. Camino entre ellos y algunos me miran de manera extraña, al fondo veo a Lucero, está sentada casi sobre las piernas de un moreno alto que tiene un jaguar tatuado en el brazo derecho. Me acerco con cortesía pero mi ocasional compañera de viaje se me adelanta:
– ¡Oye chica, acá el peruano te anda buscando!
Yo la saludo con un gesto nervioso y se me ocurre que escapará, sin embargo se queda sentada y me sonríe descaradamente, yo trato de no ponerme nervioso ni dejar que la cólera me gane. Me invitan a sentarme y el moreno me sirve un poco de ron en un vaso. Lucero sin dejar de sonreír me interroga:
– ¿En qué le puedo servir al señol?
– Lucero – le explico con calma – ayer te llevaste mi pasaporte, lo único que quiero es que me lo devuelvas, te puedes quedar con todo lo demás.
– ¿Anoche? Se ha equivocado de Lucero, yo anoche estaba con Fidel –  me dice a carcajadas y me mira desafiante.
– Por favor – le ruego, sintiéndome un idiota, pensando en qué más podía ofrecerle para que me devuelva el pasaporte.
– Espéreme aquí mi Ángel – me dice y me sorprende que recuerde mi nombre. Se pone de pie y otra vez mi corazón late a cien al ver esa figura tallada en ébano.

Yo me quedo sentado y termino el trago que tengo frente a mí, el cubano del tatuaje me sirve otro. Luego me pregunta a qué me dedico, le digo que soy escritor. El tipo me mira a los ojos y me suelta un poema de Martí, luego se recuesta sobre la pared y me pregunta si tengo cigarros. Le digo que no. Se levanta y se acerca a otro tipo, luego vuelve y me ofrece un cigarro, yo acepto, él enciende un trozo de habano, y sin que le pregunte me cuenta que las chicas recogen los trozos de habanos que los turistas dejan en las discotecas, eso es lo que él está fumando ahora.

Una hora más tarde y luego de varios vasos de ron Lucero no vuelve, empiezo a preocuparme, el cubano que bebe conmigo y que dice llamarse Fidel –ahora entiendo la broma que me hizo Lucero más temprano – me ha hablado con admiración de Reinaldo Arenas, de Lezama Lima, y empiezo a sospechar que Fidel no es precisamente un macho latino, pero también se ha emocionado hablándome de Martí, de Emilio Ballagas y del Che. Me dice que ha oído mucho de Vargas Llosa pero que no lo ha leído, los libros de él están prohibidos en Cuba. Empiezo a sentirme mareado, el tabaco fuerte y el ron empiezan a hacer estragos en mi conciencia. En ese momento y con el sol de las diez de la mañana escucho un griterío y el traqueteo de mesas que se caen, una mujer vieja pasa corriendo y grita “la policía”, Fidel me hace una seña urgente para que lo siga y yo no me hago esperar.

Corremos a los saltos por los patios del fondo de la casona, Fidel se monta sobre un muro de adobe y lo salta, yo hago lo mismo con mucho mayor esfuerzo, al aterrizar estoy en medio de una calle antigua y estrecha, cruzando la acera una mujer se abanica en una mecedora en su balcón del segundo piso, me grita y me dice que la policía viene por la derecha, yo corro a la izquierda y he perdido de vista a Fidel, corro a mas no poder hasta alcanzar una esquina, el corazón está a punto de salirse de mi pecho. Quisiera encontrar una tienda donde refugiarme y solo veo casas, dejo de correr y camino con prisa, en la esquina dos policías dirigen el tránsito, trato de calmarme y disminuyo el paso. Al llegar a su lado, ni siquiera me miran, atravieso la calle y recién me doy cuenta que se ha roto irremediablemente el contacto con Lucero, agotado me siento en la vereda, con sueño, mal oliente a tabaco y alcohol, sin un centavo y perdido en La Habana.

Tomo un poco de aire, me incorporo sin ganas y camino unas cuadras a la deriva tratando de ordenar mis ideas, me doy cuenta de que he perdido tiempo valioso para adelantar el trámite del pasaporte en la embajada, Patricio debe estar preocupado sin saber dónde estoy, me acerco a un peatón y le pregunto por el hotel, me da una serie de datos imprecisos; camino instintivamente por la ruta que me señaló tratando de no pensar en nada.

Después de media hora de caminar bajo el ardiente sol, al fin puedo divisar los pisos superiores del hotel, camino un poco más animado. Cuando llego a la entrada, veo a Fidel cruzando el Lobby, me quedo consternado, ¿será todo parte de una trampa? ¿Acaso de una mafia? Decido no perderle el rastro otra vez, lo sigo sigilosamente, él camina sin preocupación alguna por las calles de La Habana, camiseta sin mangas, lentes oscuros grandes y jugueteando con un palillo entre los dientes, pienso que estoy loco mientras lo sigo, es probable que me vuelva a meter en problemas, a la vuelta de la esquina veo a Lucero con unos jeans apretados y una camiseta negra, lo está esperando, me escondo para observar, él se acerca, hablan algo y ella le da un beso en la mejilla, se me ocurre que se irán juntos, pero para mi sorpresa ella le hace una señal de despedida y se aleja, espero unos segundos y me olvido de Fidel, estoy otra vez sobre la pista de Lucero, ella camina rápido y en el horizonte veo aparecer el mar. Ella camina rumbo a la playa, yo me acerco cada vez más, la veo detenerse y encender un cigarrillo, se queda mirando el océano, el viento mueve sus cabellos y yo no sé si enfrentarla o abrazarla. Me acerco lentamente y digo su nombre, ella voltea y me mira como si no me reconociera, yo no sé qué decirle. La abrazo. Ella me deja hacerlo, no sé por qué lo hace pero siento que llora sobre mi hombro. Quiero preguntarle sobre mi pasaporte pero no me atrevo aún, trato de consolarla primero. Siento su aliento húmedo, su espalda fina y el calor de su cuerpo, más caliente aún en este clima tropical. La miro y veo esos ojos negros ya sin pestañas postizas, ella me besa con ternura, y yo le correspondo. Luego se detiene y me dice que el pasaporte está en el hotel, sin dejarme responder o preguntar me toma la mano y mira el horizonte, me dice que sueña con salir de Cuba, me pide perdón por haberme robado. No sabía que el pasaporte estaba en la cartera, solo vio el dinero y huyó, me dice que el dinero que me quitó es lo que necesitaba para completar lo que le hace falta para irse de la Isla. Yo me siento conmovido, ya no sé qué pensar, pero algo me dice que es un cuento que ella misma se cuenta y que realmente cree a pesar de no ser verdad, solo para justificar su proceder. Sin embargo sé que si de mí dependiera me la llevaría conmigo. Voltea otra vez y me da un beso en los labios, otro en la frente y me dice “Adios mi Ángel”, y se va caminando por el largo malecón. Yo me quedo mudo observando su silueta con el fondo del mar caribe.

Camino con paso cansado rumbo al hotel otra vez, ya debe ser la una de la tarde, al llegar veo a dos policías cubanos sentados en una mesa de la cafetería con Patricio. Me detengo y no me decido a avanzar, no sé lo que ha pasado. ¿Patricio los llamó? ¿Me están buscando por la redada en la casa de las putas? Con paso lento me acerco a la mesa, Patricio se pone de pie y me abraza, me dice que había llamado a la policía porque no aparecía, me pregunta donde estuve y le digo que le explicaré luego, inteligentemente me guiña un ojo y despide amablemente a los policías. Ellos preguntan si pueden quedarse a terminar su café, los acompañamos un rato sin hablar y luego se van. Le cuento a Patricio mi aventura, se ríe y me recomienda ir a la recepción, efectivamente una persona ha dejado un sobre para mí. Lo abro y dentro de él está mi pasaporte con una pequeña nota y una dirección, sonrío y la mujer me dice que un caballero lo entregó al medio día. Me imagino que fue Fidel por encargo de Lucero, le agradezco a la recepcionista y le pido que lo guarde hasta mi retorno, necesito ir a comer algo y decidimos ir a almorzar con Patricio.

* * *

Tres meses después, en el aeropuerto de Lima, espero ansioso en la zona de desembarque de vuelos internacionales, veo venir a Lucero con su enorme maleta y sus ojos negros brillantes de alegría.  La abrazo y la beso, ella me sonríe y me entrega un libro de poesía cubana, lo abro y en la contra tapa leo escrito a mano:  “Cuídela mucho, lo primero que ella me dijo el día que lo conocí a usted fue: `le robé al hombre del que me enamoré.´ Suerte a los dos. Fidel.”

sábado, 5 de mayo de 2012

OCHO SEGUNDOS (Cuento)


“Ocho segundos” piensa Zé, mientras, sentado sobre el madero que separa la caja uno del área de vaqueros, se coloca el pesado chaleco de protección.  Ajusta las correas y mira hacia el público, en unos minutos más serán solo siluetas en movimiento, colores difusos. Revisa y asegura las hebillas de las correas de las chaparreras, se pone los guantes de cuero. En ese momento el toro, un cebú de novecientos kilos ingresa a la caja, los ayudantes pasan las cuerdas por el pecho del animal, por la grupa, hacen los nudos, los ajustan, “solo ocho segundos” se repite Zé, cierra los ojos y visualiza el toro sobre la arena, meneándose con furia y él sosteniéndose con una sola mano aferrada a la soga sobre el lomo de la bestia, el otro brazo sobre la cabeza hasta el final, hasta contar ocho segundos.

Varios minutos antes han ingresado todos los vaqueros a la pista, se han quitado el sombrero y se han encomendado a la Virgen de la Aparecida, han saludado al público pateando la tierra con la bota derecha, como es la costumbre. Zé ha recibido con cariño y respeto los aplausos, pero ahora está a punto de montar, ya está casi listo, el Juez hace una señal y el anunciador grita su nombre al micrófono: “Y ahora José María Reis, de la hacienda San Sebastián, montando a Destructor de los establos  de don Sebastián Da Silva”. El fino animal, un guzerá imponente, efectivamente es de propiedad del patrón don Sebastián, dueño también de la hacienda donde ha trabajado desde niño, sin embargo eso no importa ahora, se calza bien el sombrero y se monta sobre el toro, a pelo, como dicen las reglas.  Los ayudantes estaquean al cebú para permitir que Zé se acomode y se prepare, el animal inmovilizado en la caja apenas un poco más grande que él se incomoda y bufa, Zé sabe que mientras más se demore en ubicarse más bravo se pondrá  el toro y se apura, levanta la mano izquierda sobre la cabeza y asiente con firmeza, el Juez da la orden y el mozo que está en el ruedo abre la puerta del  cajón. Destructor sale a toda velocidad de su encierro y Zé aprieta los dientes “ocho segundos.”

Uno, se siente volar por lo aires, se ve de siete años montando los bueyes junto a don José, su papá, que era también peón de don Sebastián, el olor de bosta, el aroma de la cálida leche recién ordeñada.

Dos, su espina dorsal parece partirse en dos por la sacudida, tiene diez años, va a la escuela del pueblo, demasiado grande para su edad, sus compañeros juegan con muñecos y carritos en las tardes mientras el laza becerros y alimenta a las vacas.

Tres, el tirón en su brazo parece desgarrarle el músculo, abandona la escuela a los quince, no hay nada útil en ella, ya sabe sumar, restar, leer y escribir, para él eso es suficiente, ya es un hombre y la muerte de su padre lo obliga a tener que trabajar para mantener a mamá.

Cuatro, hunde las espuelas en las carnes del animal, más para sostenerse que para castigarlo, recuerda el día que la hija del patrón regresó de la ciudad para el rodeo, cuatro años atrás, él tenía dieciocho,  ella dieciséis, fue la primera vez que montó un toro y solo le importaba si ella lo había visto hacerlo.

Cinco, suspendido en el aire por un micro segundo, cae pesadamente sobre la espina dorsal de la bestia, la adrenalina no le permite sentir el dolor ahora, pero sabe que mañana caminará con dificultad, visualiza un nombre grabado en la corteza de un árbol: Leticia.

Seis, el sombrero sale despedido, recuerda el primer beso, tierno, limpio, pueril, allá… detrás de los abrevaderos.

Siete, aprieta con fuerza la soga y la presión le quema la piel de la palma de la mano, recuerda a don Sebastián advirtiéndole que no se acerque a su hija y el dolor que sintió de ser tan solo un peón.

Ocho,  el toro lanza las patas hacia atrás y él sale despedido, cae sobre la arena, de pie, firme, los mozos ahuyentan al animal, mira alrededor buscando al Juez y lo halla, con el cronómetro en una mano y la otra levantada, en puño, con el dedo pulgar hacia arriba. Zé salta de alegría y sus compañeros a tropel ingresan al ruedo, lo alzan en peso, lo vitorean y llevan en hombros, ha ganado los quinientos soles de premio, mira a la tribuna, don Sebastián lo mira complacido, a su lado radiante, sonríe bellísima Leticia.

* * *

Al día siguiente, a las cuatro de la madrugada, mientras todos duermen la resaca, Zé sobre un galopante caballo cruza los linderos de la hacienda de San Sebastián, en las alforjas lleva comida, agua y los quinientos soles ganados; en la grupa a la bella Leticia, vestida de amazona, enamorada, quien lo abraza desde atrás con todas sus fuerzas y apoya la cabeza sobre sus macizas espaldas, cierra los ojos y comprende que este viaje con él, rumbo a lo desconocido, ya no tiene vuelta atrás. 

sábado, 14 de enero de 2012

PESTAÑAS INFINITAS (Novela - Capítulos VII, VIII y Epílogo)

VII

Al salir de la cabina del avión el bochorno intenso de los treinta y siete grados de temperatura me trasladó a la realidad. Bajé las escaleras disfrutando de ese olor diferente que tiene la amazonía, a diferencia de los aeropuertos de la sierra y de la costa, lo primero que llama la atención es el verdor que los circunda.

Esperé a que aparezcan mis maletas frente a la cinta giratoria y a pesar de estar en la sombra el sudor empapaba mis ropas, luego de un rato apareció mi equipaje y también el vari kennel en cuyo interior estaba Diávolo aún adormitado por el somnífero. Salí y me estaba esperando don Carlos, el dueño de la empresa donde había logrado que me contraten como asesor legal a tiempo completo. Don Carlos había conseguido levantar los más variados negocios en la ciudad de Iquitos, desde una envasadora de bebidas regionales hasta la importación y distribución de avena para el desayuno. Subimos a Diávolo y mis maletas en la tolva de la Bronco cuatro por cuatro y emprendimos la ruta hacia la ciudad.
– Y doctor – me dijo – ¿Cómo así por la selva?
– ¿Perdón? – le contesté, me pareció no haber comprendido bien la pregunta, después de todo él era mi empleador.
– Perdóneme, soy algo tosco a veces, pero también muy directo. Es raro que un profesional de sus pergaminos quiera trabajar por estos lares, lo normal es más bien que se vayan, no que vengan. ¿Qué lo trae por aquí? ¿Escapando de algo?
– No lo había pensado así – le dije – pero creo que tiene razón don Carlos, ando escapando de algo.
– Cuénteme doctor, me gusta escuchar historias.

Traté de explicarle lo difícil que se había hecho para mí vivir en una ciudad donde cada calle y cada plaza me recordaban algo, ya no tenía vínculos con nadie en Arequipa, si no era por el trabajo en la universidad o en mi estudio, no salía a comprar el pan siquiera. Había ido abandonando la costumbre de ir al bowling o almorzar con mis colegas hasta perderlas totalmente, le conté que un par de años atrás, en una luminosa mañana de sol y de cielo azul en la plaza de armas de Ica, me di cuenta lo tristes y solitarias que pueden llegar a ser la arenosas ciudades de la costa, a pesar incluso del bullicio falso del verano, eso sin contar los nueve meses siguientes de cielos grises deprimentes, en la sierra pasa lo mismo a pesar de sus majestuosos volcanes y enormes montañas. Tenía que encontrar un ambiente diferente y la selva siempre me había atraído desde muy joven.
– Lo entiendo doctor – me interrumpió don Carlos – a mi me pasó igual, yo soy limeño, vine aquí de vacaciones hace veinte años, luego ya no quise regresar a Lima, vendí el pequeño negocio que tenía allá y desde entonces he trabajado en esta tierra bendita que me ha dado todo lo que tengo. No me arrepiento.
– No sabía que era usted limeño.
– Así es, aquí dicen que si uno bebe el agua del rio, ya no regresa.
– Y usted bebió – afirmé bromeando.
– ¡Claro y la bebo todos los días! – Contestó alegre y continuó – y seguro que usted también la va a beber.
– ¿Del Amazonas? – pregunté curioso
– ¡No sea pendejo doctor! – me dijo riendo a carcajadas – ¡si es que usted no sabe ya se va a enterar!
Yo reí por cortesía a pesar de no entender, miré por la ventana de la camioneta el paisaje verde intenso que bordeaba la carretera, desde el avión había podido ver el espectáculo fabuloso de la sierra cobriza convirtiéndose poco a poco en una alfombra verde plena de vegetación, el brillo de los enormes ríos serpenteantes y luminosos, aspiré profundamente y sentí ese olor distinto que percibí antes en el aeropuerto y que no había sentido en ningún otro lugar del Perú. Este era sin lugar a dudas el lugar apropiado, si tenía que beber esa bendita agua, vería la manera de beberla pronto.

* * *

Me instalé en una de las casas que el consorcio había acondicionado para mí, era una construcción de material noble frente a la facultad de derecho de la universidad privada de la ciudad, ya antes por teléfono le había expresado mi deseo a don Carlos de intentar una plaza de docente y le pareció bien. Con Diávolo inspeccionamos el lugar, en la primera planta una sala amplia, comedor, patio y cocina, además de un baño y lavandería, tres dormitorios en el segundo piso, todos con aire acondicionado, un par de televisores, pero lo más interesante era que desde la ventana que daba a la calle se podía ver el malecón de la ciudad y el impresionante rio Amazonas. Traje una silla y disfrutamos de nuestro primer atardecer en la selva, los rosados tonos entre las nubes mezclados con fucsias y dorados perdiéndose sobre el horizonte. El verde de los árboles cambiando de tono, el rio tornándose plateado por momentos. No había sentido tanta paz en años. Cuando oscureció no quise moverme del lugar, algunos rayos lejanos cruzaban el cielo e iluminaban las nubes que habían aparecido junto con el ocaso, cerré los ojos y por más que intenté no pude lograr visualizar esos enormes ojos negros y esas pestañas infinitas, me levanté del asiento algo apesadumbrado y le puse el collar a Diávolo, iríamos a conocer un poco el barrio antes de dormir.

* * *

Los primeros meses fueron de intenso aprendizaje, las costumbres, las comidas, los paisajes y la forma de ver las cosas de la gente de la selva abrieron mis horizontes. Aprendí a estar alegre como ellos, a no preocuparme tanto por el después. Los fines de semana íbamos con los gerentes y administradores al club, a jugar frontón y luego a la piscina, otras veces solamente a almorzar. Algunas ocasiones surcábamos el Nanay, afluente del Amazonas, en los deslizadores de don Carlos y nos deteníamos a tomar cervezas heladas y disfrutar del sol en alguna de esas playas de arena blanca que no tenían nada que envidiarle a las playas oceánicas del Caribe.

Casi siempre nos acompañaban Sebastián y Joana, una pareja de enamorados que aparecían donde nosotros fuéramos siempre que estuviese también don Carlos. Con el tiempo noté que Sebastián casi nunca pagaba sus cuentas, mejor dicho, que casi todas las cuentas de Sebastián las pagaba don Carlos. Era un tipo carismático, con un notable parecido con un actor americano, ella ostentaba una impresionante belleza amazónica mezclada con algunos claros rasgos europeos. Tenía la típica piel canela bronceada por el sol de las brasileñas, los ojos verdes intensos y el cabello castaño claro de los escoceses, lo que sumado a los labios gruesos y carnosos de algún ancestro africano, y los ojos achinados de las muchachas de la selva le daban una apariencia exótica que, como me ocurrió a mí, podía arrebatar la respiración durante varios segundos a quien la viera por primera vez. Ambos eran sumamente educados y de buenas maneras, por lo que me llamó la atención un raro episodio: Una noche que salía del restaurant luego de cenar, los vi caminando por la calle y me pidieron un aventón. Los llevé al barrio de Punchana, luego de ingresar a una estrecha callecita sin asfaltar, me pidieron que me detuviera en una especie de vieja casona con cuartos independizados, se despidieron de mí atentamente y entraron a una de las habitaciones.

Me fui manejando lentamente y preguntándome si realmente vivían allí.

Un día mi curiosidad no resistió más y los invité a almorzar en el club, en la sobremesa y luego de algunos tragos me atreví a preguntarle a Sebastián cómo fue que conoció a don Carlos. Me contó que su padre y don Carlos habían sido socios en algunos negocios, muchos años atrás. Por aquel entonces, cuando Sebastián terminaba la escuela, conoció a Joana, ella acaba de regresar de estar viviendo un tiempo en París, algo que ver con el modelaje por lo que entendí. En aquél entonces la familia de Sebastián tenía una mansión en Lima con todas las comodidades imaginables, además de varios departamentos, vehículos e inversiones, también varias casas en Iquitos. Viajaba junto a su padre a Miami y Nueva York casi todos los fines de semana, a veces a ver negocios, otras solo para salir de Lima y hacer compras. La familia de Joana era del Brasil, pero tenía parientes en Iquitos, ambos coincidieron en una fiesta un fin de semana, se conocieron y se enamoraron desde el primer día. Sebastián me contaba con sentida tristeza la vida de lujos y excesos que él y Joana llevaban en aquel entonces y el empeño que ponía su padre en apartarlos de ese camino. El padre de Sebastián era un hombre trabajador y aguerrido, un pionero, había invertido también en los negocios de don Carlos y como me dijo al inicio, se habían hecho muy buenos amigos.
– ¿Sabe usted algo del negocio de la madera, doctor? – me preguntó Sebastián.
– La verdad muy poco – le contesté.
– Mire – me explicó – en ese negocio sólo se puede extraer madera los meses secos, de abril a octubre, el resto del año, en la época de lluvias, las empresas paran, el barro y la maleza en el monte hacen que los camiones no puedan entrar a sacar el producto, incluso las trochas se hacen intransitables, si un vehículo llega a entrar, una vez que tiene el peso de la carga las ruedas se hunden, se malogran las piezas, en fin, es demasiado costoso sacar madera en esos meses.
– Entiendo.
Me explicó entonces que su padre había estaba pensando en la forma de lograr extraer madera también en los meses de lluvia, hizo contacto con empresas europeas y americanas y finalmente invirtió todo su dinero e incluso aquél que no tenía mediante hipotecas y pagarés para comprar dos cangrejos.
– ¿Qué es un “cangrejo”? – pregunté con curiosidad.
– Un cangrejo es una especie de montacargas, tractor, grúa y pala mecánica, todo al mismo tiempo mezclado en una sola gran máquina, además tiene un sistema de orugas y patas de acero que le permiten avanzar en cualquier terreno y en cualquier sentido, de allí el nombre.
– Interesante – comenté.
– Sí – dijo Sebastián mirando al vacío.
– Lo cierto – continuó el muchacho – es que cada cangrejo cuesta una verdadera fortuna, mi padre había calculado que recuperaría toda la inversión en tan solo cinco años, aquella vez contrató personal y levantaron un campamento en la vera del Amazonas, bien adentro en el monte. Llevaron los dos cangrejos, mi padre estaba emocionado, los días de lluvia las máquinas se desplazaban y cargaban la madera aserrada sin dificultad, no las detenía ni el barro ni la maleza, depositaba los troncos en las balsas en el rio y de allí era transportada hasta el puerto principal. Una noche empezó a llover a cántaros, así como usted ha visto que solo llueve en esta selva. Dos empleados cruzaron el monte para avisarle a mi papá que estaba en la ciudad. La lluvia era intensa y el Amazonas estaba subiendo el caudal a punto de amenazar inundar el campamento.
– ¿Y qué pasó?
– ¿Ha oído doctor esa frase que dice: “Lo que la selva te da, la selva te lo quita”?
– Si he escuchado esa frase aquí varias veces – le dije.
– Cuando mi padre pudo llegar al campamento, este ya no estaba, el rio lo había cubierto, prácticamente se lo había tragado. Mi padre en su desesperación lloraba golpeando los árboles con sus puños, quiso meterse al agua con unas sogas, los trabajadores tuvieron que agarrarlo. Llovió cinco días seguidos, él se quedó frente a lo que fue el campamento mirando caer la lluvia todo el tiempo, solo fumando y casi sin comer, con la esperanza de que escampara y poder recuperar las maquinarias. Ese fue el año de la gran inundación, el nivel del Amazonas llegó hasta el mismo Malecón aquí en Iquitos. Cuando paró de llover y pudieron hace operaciones de búsqueda no pudieron hallar los cangrejos y de haberlo hecho tampoco hubiesen podido sacarlos, el rio luego de la lluvia, había cambiado de curso y su nuevo lecho era el lugar donde mi padre instaló su campamento.
– ¿Y qué sucedió luego? – inquirí.
– Perdimos todo, los bancos nos quitaron las casas, las acciones, las camionetas, los autos, los departamentos y todavía quedamos debiendo.
– Su padre se suicidó – dijo Joana que hasta ese momento no había intervenido en la conversación.

Traté de consolar al muchacho, él cambió de tema y hablamos luego de otras cosas. Me admiró la lealtad de Joana que seguía con Sebastián a pesar de haber caído en desgracia. Era una muchacha bonita y joven que seguramente podría, si quisiera, buscar a alguien que la mantenga sin mayor dificultad.

* * *

Un día organizamos un paseo a un albergue turístico, cerca de Iquitos. Como siempre invitamos a Sebastián y Joana. Luego del paseo en el que fotografiamos tucanes, lagartos y monitos, hicimos una fogata cerca de los dormitorios con ayuda de los guías y conversamos alrededor bebiendo aguardiente. Como a la media noche Sebastián y Joana empezaron a discutir. Se apartaron un poco del grupo y llegaron al punto de levantar la voz sin importarles nuestra presencia, de pronto Sebastián dijo algo y Joana le dio una bofetada que sonó como un latigazo. Nos pusimos de pie para evitar que la cosa pase a mayores, la mujer de don Carlos junto con las otras muchachas se llevaron a Joana que estaba llorando y nosotros fuimos por Sebastián. Lo hicimos sentar frente al fuego y nos quedamos en silencio esperando que se calme. Luego de algunos minutos su respiración se tornó pausada, don Carlos le reprochó:
– No puedes dejar que te trate así Sebastián.
– ¿Qué puedo hacer? – preguntó con la voz ahogada el muchacho y estalló en llanto. Don Carlos se levantó y me hizo una seña para que lo acompañe.
– Dejemos que se calme – me instruyó mientras me ofrecía un cigarro, yo hice un gesto de negación con la mano y él guardó la cajetilla – me olvidaba que no fuma doctor.
– Qué extraña relación la de esos chicos – dije.
– Sí, él no se merece una chica así.
Yo no me esperaba esa respuesta, es más me esperaba la respuesta exactamente inversa y no pude evitar decir:
– Yo pensaba que era lo contrario.
– No doctor, ni se imagina.
– Explíqueme don Carlos.
– Mire, la muchacha anda contando por ahí que es brasileña. No es cierto, nació en Belén que es el pueblito de estibadores en las afueras de Iquitos, un lugar pobre, lleno de enfermedades y pestes, las mujeres que pueden se embarazan de los turistas o los agentes de la DEA con la esperanza de que las saquen de allí, lo que casi nunca sucede. Por eso no es raro ver niños rubios o blancos jugando en sus lodazales. A Joana, su madre la vendió por unos cuantos soles cuando tenía trece años a un narcotraficante colombiano, el tipo inmediatamente se la llevó a Leticia, en la frontera con Perú y Brasil y la hizo su mujer. Cuando cumplió dieciocho se fueron a Europa, probablemente la chica fue usada como burrier, eso no lo sé. Lo que sí se sabe en la ciudad es que ella lo engañó allá en Francia, el tipo la trajo de los cabellos y la dejó en la casa de su madre con la ropa que tenía puesta, luego la pobre muchacha se prostituyó en las discotecas de la ciudad hasta que conoció a Sebastián, él la sacó de esa vida y ella a cambio lo hizo cocainómano. Con la muerte de su padre Sebastián se hundió hasta el cuello en la droga. La pelea que ha visto usted hoy no es por otra cosa que por esa porquería, el poco dinero que consiguen lo usan para comprar coca.
– ¿Y por qué no interna a Sebastián en un centro de rehabilitación? – pregunté.
– Porque no soy su padre, lamentablemente. Además requiere que él lo consienta y no quiere, la muchacha lo trae loco.
– Habiendo tantas muchachas bonitas por aquí – reflexioné.
– Pero esta le ha dado agua del rio.
– Sí – afirmé, mientras sonreía pensando en que ya sabía a qué se refería don Carlos cuando hablaba de la bendita agua del rio.

VIII

Ese sábado me levanté temprano, como siempre, revisé si Diávolo tenía agua y comida y me dirigí a la sala, encendí la portátil que siempre dejaba en la mesa de centro y me acomodé en el sofá. Diávolo se acercó lentamente, se subió al mueble, se acostó a mi lado y apoyó su carita canosa en mi muslo. Lo acaricié como siempre.
– Estamos viejos compañero – le dije.
El me miró entornando los ojos, uno de ellos estaba casi vencido por las cataratas, hacía dos años que ya no salíamos a correr, me ejercitaba ahora un poco en casa, mientras él se limitaba a acompañarme recostado sobre su manta. Entre los casos y asesorías al consorcio y las lecturas de los fines de semana había dejado de ir al club y a la playa. Prefería quedarme en el departamento acompañando a Diávolo y navegando en internet. Con los años me había acostumbrado al calor y la vida de la selva, ya no pasaba por mi mente siquiera la idea de volver a Arequipa.

Revisé mi correo y vi una invitación para una red social, en realidad recibía pocos correos de ese tipo, siempre me pareció aburrido el asunto de conversar con distantes desconocidos, iba a borrar el mensaje pero algo me detuvo, me pareció conocer a la persona que aparecía en la foto milimétrica que acompañaba al mensaje, lo abrí y apareció la foto del rostro de una muchacha de enormes ojos negros y un mensaje: “Hola Gabriel, soy Samira, hija de Claudia, de Ica. No sabes cuánto me costó encontrarte en internet. Espero que aceptes mi invitación.”

De inmediato y con la presencia cómplice de Diávolo, creé una cuenta en la misma red, escribí algunos datos generales, subí una foto antigua que tenía guardada en el computador e ingresé. Cuando finalmente pude aceptar la invitación, apareció el perfil de Samira y la foto ampliada. Mis ojos se llenaron de lágrimas y acaricié el cuello de Diávolo para tratar de controlarme, la muchacha era idéntica a Claudia cuando la conocí. Estaba en línea. “Hola” digité. Me contestó, yo no sabía que decirle, le escribí que era igualita a su mamá cuando tenía esa edad, esos ojos grandotes, negros, las pestañas largas, infinitas. Ella rió y me dijo que sabía bien quién era yo, que su mamá le había contado todo sobre mí, que era el amor de su vida, que siempre hablaba de mí, que nunca me había olvidado. Me contó que Claudia me había perdido la pista años atrás, mi nombre ya no figuraba en la guía telefónica. Ella le había querido dar una sorpresa y obtuvo mi nombre completo del sobre de una vieja carta que encontró, luego cada vez que tenía tiempo buscaba en internet y enviaba mensajes a personas que tenían mi nombre, hasta ahora sin embargo siempre le habían contestado mis homónimos. Me pareció divertido, le conté que estaba viviendo en Iquitos, luego tomé un poco de valor y le pregunté cómo estaba su mamá, Me dijo que estaba bien, se había separado y seguía trabajando como profesora, de pronto me preguntó “¿quieres hablar con ella?” alejé mis manos del teclado instintivamente, luego escribí un tímido “sí”.

* * *

Claudia me escribió largo rato por internet, primero en plan amical, luego se fue soltando y me habló de amor, de oportunidades perdidas que lamentaba haberme dejado ir. Yo la imaginaba llorando con esos ojos enormes, sentí tristeza. Recordó cada detalle de nuestros encuentros, muchas cosas que yo había olvidado pero que regresaron vívidas a mi mente apenas las mencionó. Me dijo que yo era el amor de su vida, que Samira lo sabía porque ella había querido que su hija tuviese en claro lo importante que había sido yo en su existencia. Luego escribió:
– Gabriel, ¿me darías una última oportunidad?
– No Claudia, lo siento. – respondí – Hay dos razones poderosas, primero que estamos demasiado lejos físicamente y segundo que ya estamos grandes para fingir cosas que no pueden ser. De verdad lo siento.
– Yo iría por ti a donde estuvieses.
– Lo sé y te agradezco – tecleé.
– La última vez que estuvimos juntos, no fuiste sincero conmigo – me increpó suavemente.
– ¿Y qué te hace pensar que ahora lo soy? – escribí algo molesto al darme cuenta que había sido descubierto.
– Pienso que todavía eres el chico romántico y tierno de la playa, el que hablaba con mi abuelita y me besaba todo el tiempo.
– Ya no lo soy Claudia. Soy otra persona, todos cambiamos. Me alegra saber de ti. Que estás bien…
– Gabriel – escribió interrumpiendo – ¿no me darías una oportunidad?
– No insistas – le reclamé.
– ¿Aunque fuese mi último deseo?
– No digas tonterías Claudia.
– Es una broma. ¿Sabes? Siempre te tengo presente.
– Yo también – escribí – a pesar de todo siempre te he tenido presente.
– Te quiero.
– Yo también, pero ahora debo desconectarme.
– Gabriel… – escribió.
– Sí
– Me conformo con saber de ti de vez en cuando. No quiero causarte problemas, debes tener a alguien... ¿Sabré de ti?
– Sí – contesté – por esta vía. Trataré de estar conectado.
– Gracias Gabriel. Me haces feliz
– Gracias a ti.
Me desconecté.

Me recliné en el sofá con las manos sobre la cabeza entrelazando los dedos. Claudia, después de tantos años, pensé. Y su hija, tan parecida a ella, como si hubiese retrocedido en el tiempo, ¿por qué habló de un último deseo? Sonreí, los años me habían enseñado que las bromas son solo verdades a medias, en mi juventud había aprendido gracias a mi madre y mi hermana a percibir los hilos del fino arte de la manipulación: causar pena para conseguir atención. Era difícil que alguien pudiera engañarme en ese terreno. Dejé de pensar en ello, me concentré en la casualidad, nuestros caminos otra vez unidos aunque sea por instante. ¿Cuántos años podría tener Samira? Traté de calcular. ¿Catorce? ¿Quince? ¡Cielos, cómo ha pasado el tiempo!, mis pensamientos se desviaron y recordé a mi mamá cuando vivía en Arequipa, no sabía mucho de ella ahora, la llamaba por teléfono en navidad, su cumpleaños y el día de la madre, algún día tendría que ir a Costa Rica, ¿qué sería de Mariela? ¿Se habría casado? ¿Habría tenido hijos? De pronto me sentí distinto, muchos años más viejo. Tomé conciencia de que ya había pasado los cuarenta y sí, era diferente. Diferente al muchacho que conoció Claudia. Sentí que esta vez no le había mentido cuando le dije que había cambiado. Traté de recordar al muchacho romántico y tímido de la playa y no me reconocí en él. ¿Cuánto puede cambiar uno en tan pocos años? ¿Era yo la persona que quería ser cuando recién pasaba los veinte años? No podía quejarme de mi vida, pero ¿realmente tenía lo que había soñado para mí? De pronto un ruido en la cocina me trajo de vuelta y oí la voz dulce y musical de Joana llamándome:
– Gabriel, amor, ya está listo el desayuno, ven antes de que la bebé se despierte.

* * * * *

EPILOGO

Algunos meses después, al llegar a la oficina luego de una audiencia en la corte, abrí el último cajón de mi escritorio que siempre estaba bajo llave. Saqué una caja de madera y levanté la tapa, allí estaban la fotografía amarillenta de Claudia con la banda de Miss Simpatía, las fotos que nos tomamos juntos en la Huacachina, las que me envió de regalo y sus innumerables cartas perfumadas, las acaricié con cuidado y cerré los ojos, logré ver otra vez esos ojos negros enormes rodeados de unas lindas y largas pestañas infinitas, recordé su sonrisa, sus lágrimas, su voz suave, tomé todo con delicadeza y lo acomodé de nuevo dentro de la caja antes de poner encima la hoja doblada que contenía la impresión del correo que me envió Samira esa mañana comunicándome que Claudia había muerto.