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miércoles, 17 de agosto de 2016

DIRECTO A LA LUZ - II PARTE (Cuento)

– No siento nada que me llene – dijo Virginie, tristemente, mientras reclinaba su hermosa cabeza en la mullida almohada del ataúd.

Andelko, sentado en una silla cercana, la miró fijamente antes de contestar, habían pasado casi dos años desde su primer encuentro. Durante ese tiempo, sobre todo los primeros meses le pareció haber encontrado el amor que había dado por perdido cuando Fátima desapareció, pero ahora no. Virginie se había convertido en una niña caprichosa, con delirantes arranques de madurez a veces, pero normalmente frágil, en ocasiones distante, en otras sobre protectora y maternal. Lo que era innegable era el dominio carnal que ella ejercía sobre él, dominio que él había confundido con amor y que lo había llevado a convertirla en una de su especie.

– Lo lamento – repuso, lacónicamente, Andelko.
– ¿Cómo me convertí en esta persona? – preguntó ella.
– No se convirtió – señaló él,  severamente – yo la convertí, y nuevamente lo lamento.

Se produjo un silencio incómodo. Andelko sabía que ella no se refería a su nueva condición y sabía a su vez que ella era consciente de que él no se refería tampoco a eso. Pero ambas cosas iban de la mano. Con el tiempo las cosas habían perdido brillo, Virginie además de sus caprichos, se había vuelto una vampiresa oscura, compleja. Él conocía la situación, había pasado por lo mismo. La creencia de que la inmortalidad libera de sentimientos es una pueril fantasía, toma tiempo liberarse del sentimiento de culpa y lo sabía bien. Ella no podía despojarse de sus culpas y eso la hundía más en la desesperación y la oscuridad. Se culpaba por ser como era, por ser diferente, por estar al lado de él. Andelko sospechaba que en el fondo ella deseaba una vida normal, a la luz del sol y no en la clandestinidad de la noche. Pero era tarde para volver atrás. Y sabía con certeza que ella, aunque nunca lo haya dicho, lo culpaba a él de esta realidad.

En los últimos meses, desde aquella discusión, ella había empezado a salir sola. A cazar sola. Se solazaba con nuevas víctimas, pero Andelko sabía que no lo hacía para satisfacer su apetito.  No era deseo voraz de sangre. Lo hacía para mostrar que ella también podía atacar por su cuenta, que ella también podía seducir a sus víctimas y jugar con ellas hasta el momento final. Que también tenía el dominio de sus vidas como él le había mostrado que se podía hacer. De pronto ella, como si estuviese leyendo su mente, dijo:

Monsieur, le prometí no tocar a ciertas personas, pero no lo pude evitar, sin embargo cuando usted me hizo prometer que no los tocaría, yo decía la verdad.

Andelko percibió cierto sarcasmo en la voz de Virginie, sin embargo contestó:

– No tengo nada que reprocharle Virginie. Después de todo yo he hecho cosas peores en todo este tiempo.

Andelko, efectivamente, había hecho cosas que también prometió no hacer, y las había hecho con esa mezcla extraña de rencor y placer, con ese ánimo autodestructivo que se conocía y que también había descubierto en Virginie. Eran tan parecidos. Se detuvo en sus pensamientos. Trató de recordar con detalle esa discusión que marcó el punto de quiebre y no pudo. Fue poco tiempo después de que él finamente la convirtiera. Recordó las sensaciones, lo sentimientos. El dolor de ella y su abatimiento, recordó que él reaccionó en función a ella, tratando de protegerla y, también de protegerse, pero sobre todo pensando en las cosas que ella he había dicho antes en sus interminables noches de aparente amor y que él pensó serían las correctas. Nunca imaginó que ella lo tomaría tan mal, como una forma de desprecio o de desamor. Pero ella era así, debió suponerlo, desde el día que le pidió que la mate y luego como despertando de un sopor se arrepintió con los ojos asustados, pero tarde ya. Porque ella que creía ser tan fuerte, era en realidad frágil como cristal. Porque con el tiempo transcurrido la pasión se había gastado y ya todo estaba tan muerto como sus propios corazones. Porque Andelko se había dejado llevar y había llegado a sentir amor. Con ese amor fue con el que mantuvo los últimos meses la esperanza de que todo volvería a ser como antes, que todo se resolvería y pasarían juntos la eternidad y que ahora se había evaporado. Con ese mismo amor y acompañado por los trinos de las aves que anunciaban la llegada del amanecer, acomodó el cuerpo adormitado de Virginie en el ataúd. Cruzó sus manos sobre su pecho y con ternura le acomodó los bellos cabellos largos sobre los hombros. Rozó con sus dedos sus blancas mejillas. Colocó la tapa como todas las madrugadas, pero esta vez muy lentamente, evitando el chirrido de los goznes. Con un dolor profundo, como si estuviesen clavando una estaca en su corazón, colocó los seguros, con firmeza, sin hacer ruido. Miró por la ventana, le quedaba poco tiempo. Pronto saldría un radiante y venenoso sol. Se detuvo en la puerta y miró por última vez el féretro. Recordó aquellas palabras de Virgine “¡Máteme, usted sabe cómo, solo máteme!” y solo en ese momento cobraron profundo significado, si hubiese podido llorar, lo hubiese hecho, mientras lanzaba una de las lámparas de parafina sobre las cortinas de seda antes de salir rumbo al carruaje que lo esperaba en la calle.

La noche siguiente, en un restaurante frente al rio Sena, mientras el mozo escanciaba vino frente a él, se inundó de sosiego y una dolorosa paz, cuando leyó en las noticias la ocurrencia de un pavoroso y misterioso incendio en un pequeño apartamento de la Rue de Trévise, frente al Théâtre Le Liu, en el barrio IX de París.

domingo, 22 de noviembre de 2015

DIRECTO A LA LUZ (Cuento)

– ¡Máteme, usted sabe cómo, solo máteme! – suplicó ella mientras miraba con los ojos húmedos al vampiro, este detuvo el avance hacia su cuello, presionó los dedos sobre la garganta frágil y la muchacha se desmayó.

Minutos después Andelko miraba a la joven mujer recostada en la cama de la alcoba, el talle fino, caderas sinuosas, rostro blanco, los labios carnosos, el cabello negro largo cayéndole a un lado del rostro permitía adivinar un origen acomodado, el vestido caro e impecable adelantaba que podría tratarse de una dama de sociedad, le llamaba atención su belleza y al mismo tiempo le inspiraba curiosidad y tristeza.  No habían hablado mucho, se habían conocido en un bistró semanas antes, habían cruzado miradas, sonrisas, finalmente hoy y sin mayores aspavientos ella misma se había invitado a la mansión de Andelko. Él en un inicio se había negado pero ella mostró tal determinación que pese a su costumbre de evitar estos contactos en el lugar donde vivía, finalmente aceptó. Pensó que sería una víctima más, una cacería rutinaria en la sórdida París e hizo una excepción. Ahora la miraba respirar delicadamente, tratando de descifrar porqué se había arrojado a los brazos de la muerte. Ella tal vez sabía quién era él y quería morir, pero antes quería saber por qué.

Luego de unos minutos despertó desorientada, Andelko la llamó por su nombre, Virginie, ella lo miró y se retrajo sobre la cama encogiéndose, abrazando sus rodillas, ocultando su rostro tras su largo cabello negro, se puso el pulgar sobre los labios, casi como succionándolo. Andelko pensó que tal vez de niña se chupaba el dedo y le había quedado la manía como parte de una costumbre añeja, ella mientras tanto lo miraba tímida, callada, casi ausente, sin levantar el rostro.

– ¿Por qué quiere morir mademoiselle? – preguntó Andelko, sereno, recostado sobre el mullido sillón Luis XV de la habitación – y más importante… ¿Por qué yo? – continuó.
– Lo siento – dijo ella.
– No se disculpe, usted me buscó por alguna razón. ¿Acaso sabe quién soy?
– Sé que me agrada, desde el primer día que lo vi, de espaldas incluso me di cuenta, había algo en usted que me llamó la atención monsieur, luego cuando usted habló conmigo sentí más fuerte su atracción.
– Entonces no sabe quien soy…  – insistió Andelko.
– Sé que se llama Andelko Volkodlak, que es extranjero, que la gente de la ciudad lo respeta pero que muchos le temen.
– ¿Entonces por qué se acercó a mí?
– Porque también sentí que es un hombre peligroso – musitó Virginie.
– Esa era razón para alejarse, y a pesar de ello me buscó.
– Como el mosquito a la luz.
– Buscando quemarse.
– No. Sabiendo que podría quemarme, pero aún así lo deseé.

Virginie se sonrojó y escondió la mirada, Andelko buscó en su propio corazón alguna respuesta, él también había sentido desde el primer momento una fuerte conexión con Virginie, una tensión que podría confundirse con lo sexual, con el deseo, pero era distinto, había algo más, más profundo e intenso, por instantes sentía que ella era como él, con esa soledad taciturna, mustia y profunda en el alma y en la piel, en las pocas ocasiones que conversaron se sintió como frente a un espejo, y ahora después de sus confesiones, la percepción de ello era mayor.

– Usted dijo que quiere morir.
– No dije eso – replicó Virginie con un aplomo que no tenía minutos atrás  – dije que quería que me mate, que es distinto.
– Lo sé. ¿Realmente lo desea?
– ¿Sabe? Yo le hago mal a todos. Siempre que me relaciono con alguien termino causándole daño y haciéndomelo a mí misma. No quiero seguir viviendo así.
– ¿Y por qué me escogió a mí? ¿Cree acaso que soy un vulgar asesino? – exclamó Andelko
– Lo siento, me ha entendido mal, la última vez que hablamos – continuó ella – note algo oscuro en usted, ya le dije, algo peligroso, y eso me atrae tanto. Sé que si me quedo con usted le haré mal, preferiría morir en sus brazos, cuando le pedí que me mate se me nubló la mente, no sé porqué lo dije.
– ¿Entonces era en sentido figurado?
– No lo sé, solo sentí que debía decirlo, lo deseaba. No quiero morir, nadie lo quiere realmente, salvo los suicidas, soy joven, pero…
– Se contradice mademoiselle.
– Solo lo dejé salir, sin pensarlo, perdóneme monsieur, tal vez sea mejor que me vaya.

Virginie se levantó de la cama, Andelko se levantó al mismo tiempo, era claro que ella no sabía realmente quien era, sin embargo una vez cerca de su cuerpo, recordó los besos que ambos se dieron justo antes de que ella le pidiera que la mate, sintió un estremecimiento interior, la tomó del brazo y la besó nuevamente, ella se dejó llevar, juntaron sus cuerpos, el de ella cálido, entre caricias se despojaron mutuamente de las ropas, la lengua de ella conquistando la suya, sus manos tomando una posesión ancestral como si siempre hubiese sido su propiedad, Andelko la sintió aplicando sutilmente un dominio sobre él como nunca le había sucedido antes con mujer alguna, no se trataba de una imposición material, superaba lo comprensible, en cada caricia, en cada beso y cada gemido ella ganaba terreno, imponía su poderío telúrico de amazona volcánica, se dejó atrapar, hechizado en el vudú de su sexo terso y a la vez peligrosamente constrictor, se unieron con desesperación fatal, con angustiante fatiga y sórdida pasión, acercándose de manera comprometedora al amor, en breve la sintió desfallecer de placer, él no pudo contenerse, se entregó por completo a su piel, a sus labios y su vientre, y en el último estertor ella le ofreció las azules venas de su seno, él cerró los ojos y con dolor animal clavó los colmillos en su blanca piel.

Cuando Andelko se terminó de vestir, Virginie yacía agonizante en la cama, de su pecho manaba un hilo de sangre que manchaba la sábana. Ella abrió lánguidamente los ojos, trató de incorporarse y sintió un mareo que se lo impidió, Andelko la miró con ternura, pensando que pese a su delicadeza ella era en realidad la brasa de la vela y él, el mosquito:

– Lamento decepcionarla mademoiselle, pero esta vez no morirá – le dijo mientras apagaba la lámpara y salía de la habitación rumbo a la madrugada de París.

jueves, 25 de diciembre de 2014

AFLICCION (Cuento)

Sentado en el frío asiento de metal de la Comisaría de Policía de la Rue Fabert, Andelko Volkodlak miraba el triste decorado del lugar. El escritorio estaba cubierto de papeles desordenados, en el extremo derecho notó una pila de informes de apariencia impecable notoriamente separados del resto de documentos, sin embargo el frasco de tinta estaba destapado y el secante estaba manchado, no habían retratos de ninguna clase sobre la mesa. Cuando el inspector a cargo se acercó observó su traje gastado de los puños, ajado, el sombrero era viejo sin duda y había soportado muchas lluvias, la corbata desprolija colgaba se ajustaba mal al cuello de la camisa sin almidonar, Andelko concluyó que el sujeto era soltero o divorciado, probablemente no tenía hijos y el relativo caos sobre la mesa le hacía llegar a la conclusión de que era muy desordenado con los papeles pero probablemente obsesivo con los resultados.

– Dupont – dijo el inspector presentándose cortésmente al mismo tiempo que tomaba asiento y lanzaba el sombrero que se acaba de quitar sobre el secante.
– Chavalier, Michel Chavalier – dijo Andelko, presentándose con el nombre falso que usaba ahora, recordando al mismo tiempo que el apellido Dupont se empezó a usar en la edad media para designar a los plebeyos descastados a quienes se les conocía por el lugar donde vivían, “cerca del puente”, pensó y supuso que el inspector provenía seguramente de una familia de clase media poco acomodada, y eso lo hacía más peligroso, tal vez quería mejorar su posición social siendo un policía inflexible.
– Lo sé – replicó Dupont rebuscando entre los papeles del escritorio.
Se generó un silencio incómodo mientras Dupont hacía que buscaba un documento, Andelko sabía que era una treta para poner nervioso al citado así que se relajó y esperó, no era la primera vez que lo citaban en la comisaría y probablemente no sería la última.

Luego de un rato el inspector acomodó algunas hojas frente a sí sobre el montículo de documentos desordenados y se tomó la mandíbula simulando meditar, luego preguntó:
– ¿Hace cuanto tiempo vive en París señor Chavalier?
– Debo haber perdido la cuenta monsieur – contestó hábilmente, siempre con evasivas, nunca con datos concretos  – disculpe mi falta de memoria, pero más de veinte años seguramente.
– ¿Y dónde trabaja?
– No trabajo inspector, quiero decir no trabajo como usted – vivo de las rentas que producen mis propiedades.
– Ya veo. ¿Recuerda cuáles o también perdió la cuenta?
– Sé cuántas son y un aproximado de lo que producen, pero no las conozco todas, pero si necesita esa información puedo pedirle a mi contador que le haga llegar el detalle…
– Usted es joven – apuntó Dupont mirando fijamente a Andelko – ¿cómo hizo para adquirir esos bienes?
– Herencia familiar. Yo me educaba en América y al fallecer un primo de mis padres yo heredé todo y vine a París.
– Comprendo. ¿Dónde estudiaba?
– No dije que estudiaba, me educaba, con mentores particulares – repuso.
– Entonces no hay registros para probar que estudiaba… se educaba en América.
– Supongo que no.
– Bien, ya veremos eso más adelante.
Andelko tenía deseos de irse, pero sabía perfectamente que la peor pregunta que podía hacer en estos casos era la requerir los cargos por los que había sido citado, hacerlo era colocarse en el papel de investigado. Se apoyó en el espaldar de la silla y cruzó la pierna, en ese preciso instante el inspector Dupont pareció haberle leído la mente y le ganó la jugada:
– ¿No me va a preguntar por qué lo hemos citado?
– Supongo que me lo dirá ahora.
– No lo noto nervioso.
– ¿Debería estarlo? – Preguntó Volkodlak.
– Es usted un hueso difícil de roer monsieur – dijo Dupont un tanto molesto. Acto seguido extrajo una fotografía de un cajón de su escritorio, era de una mujer blanca de rasgos finos, largo cuello, cabello claro recogido, tal vez rubio, la foto en blanco y negro no dejaba espacio para más detalles y la puso sobre la mesa. Andelko se mostró inmutable.
– No  inspector – dijo.
– Entonces no conoce a mademoiselle Leblanc.
– Me gustaría tener el placer, pero infortunadamente no.
– La encontramos la semana pasada en la Rue Bosquet, desangrada, con dos orificios en la yugular – narró Dupont sin usar inflexiones en la voz, como quien lee una lista de compras, pero observando cuidadosamente la reacción de Andelko.
– Dice usted que soy un hueso difícil de roer, monsieur – precisó Andelko – ¿debo suponer que me relacionan con este lamentable deceso?
– Esperamos que no  – contestó ducho el inspector, pero al parecer lo vieron a usted por la Rue Bosquet la misma noche que falleció la muchacha.

Andelko enmudeció, pero no por miedo o sorpresa, sabía que la pregunta vendría tarde o temprano. Le llamaba la atención que alguien realmente creyera haberlo  visto. Estaba midiendo la reacción del inspector a su silencio, si tenía que concluir este asunto tenía que ser ahora, Dupont no pararía hasta el final, era un perro de presa. Sin embargo en ese momento se sentía particularmente cansado, ¿qué pasaría si lo encerraban en la cárcel? ¿Cuánto tiempo tomaría que se den cuenta que no envejecía jamás? ¿Cuánto tiempo le tomaría sencillamente escapar? Lo único que lo entristecía era que al escapar tendría que abandonar sus libros y colecciones de arte, empezar de nuevo en otro lugar. Podrían también condenarlo a muerte. Tal vez fuese mejor morir al fin, después de tantos años la inmortalidad pesa sobre los hombros y sentía que Dupont podría liberarlo de ese peso.

Dupont lo miraba con curiosidad, le llamaba la atención su serenidad y capacidad de dar evasivas pese a su juventud, sin embargo tenía los ojos cansados, lo notó desde el primer momento que lo vio, parecían los ojos de una persona vieja. Ya había averiguado antes sobre él, todo lo que le había dicho encajaba, sabía también que no podría acusarlo con un testigo solitario que además era un mendigo alcohólico y anciano. Había reconocido a Andelko porque años antes había trabajado para él como jardinero y había sido despedido por su adicción a la bebida, precisamente por ello, era un testimonio deleznable. Pensó cuidadosamente como cortar el silencio, sabía que su interlocutor, no lo haría.
– ¿Comprendió lo que le dije monsieur Chavalier? – preguntó.
– Sí, a la perfección – contestó Andelko – lo que me tiene intrigado es cómo es que se atreve a sugerir siquiera que una persona de mi prestigio y rentas esté remotamente implicado con un asunto de esta naturaleza.
– Es nuestro deber preguntar – afirmó Dupont.
– Lo entiendo – dijo Andelko, sabiendo que tenía la partida ganada, Dupont había dicho “nuestro” en lugar de “mi”, acaba de torcer el brazo, se había escudado en el plural porque se había ubicado mentalmente en un plano inferior, sin más armas o pruebas  – debo retirarme ahora – continuó mientras se ponía de pie y buscaba el perchero donde había dejado su abrigo y sombrero.
– Le debo recordar que está en la obligación de acudir a las citaciones – dijo el inspector sin ganas.
– Estoy seguro de que me las harán llegar si es necesario – señaló Andelko.
– Una pregunta más – dijo Dupont poniéndose de pie – ¿cuál es la enfermedad que no le permitió venir durante el día?
– Es una enfermedad extraña inspector, los doctores le llaman foto sensibilidad, alergia a la luz del sol, espero sepa comprender mi condición.
– Claro, no hay cuidado. Lo tomaremos en cuenta.

Andelko se retiró, mientras salía de la dependencia recordó aquella noche, no sabía que la muchacha se apellidaba Leblanc, solo sabía que su nombre era Josette. La encontró en una florería cercana a ese monstruo de fierro al que llamaban Torre Eiffel, la invitó a caminar por el Campo de Marte, entraron en confianza, a ella como a las otras también le tocó la desgracia de parecerse a Fátima y no ser ella. Por un minuto tuvo el impulso de dejarla ir sin hacerle daño, pero había algo en su vientre que le exigía paladear su sangre, confirmar – pese a que ya lo sabía – que no era una réplica de ella, una nueva versión, tal vez mejorada, cuando menos similar. No lo era, lo sintió en su pulso lento, en el sabor acre de su sangre, en la poca resistencia que puso cuando clavó sus colmillos en su cuello delicado, en su pueril candidez e inocencia. La abandonó agonizante en la Rue Bosquet, se retiró afligido y confuso una vez más, tan confuso esta vez que, peligrosamente, se dejó ver.

jueves, 8 de diciembre de 2011

LA SOLEDAD DE LA INMORTALIDAD (Cuento)

Andelko Volkodlak salió del Louvre rumbo a la fría noche parisina, caminó por la Rue de Rivoli hacia el Boulevard de Sebastopol, al doblar la esquina percibió con absoluta certeza que alguien lo estaba siguiendo. Calculó el trayecto con frialdad y se dirigió hacia el rio Sena reduciendo la marcha, cruzó el puente hasta el Boulevard Saint Michel y luego volteó en dirección al Pantheon; en una esquina desolada de la Rue C. Bernard se detuvo en seco para enfrentar a su acechador, al girar no vio a nadie a pesar de percibir claramente una presencia, de pronto una voz seseante retumbó en sus oídos en un idioma que no escuchaba hacía mucho tiempo:
Lahko noč, Andelko. Koliko časa je ze, ko ne prideš v Ljubljano?
Lahko noč, Petar – contestó dando las buenas noches también y reconociendo a su interlocutor – hace años que no voy a Ljubljana, ¿y tú?
– Tampoco Andelko – dijo la voz materializándose de pronto en una sombra y luego en un cuerpo varonil, largo y estilizado, impecablemente vestido – creí que no me reconocerías.
– Al principio no. ¿Dónde has estado todo este tiempo?
– Andando por el mundo, como tú.
– ¿Como yo? No creas – replicó Andelko – hace décadas que no salgo de París.
– Desde que se fue Fátima.
– Sí – musitó el hombre con amargura.
– Vamos a conversar prijatelj, finjamos ser mortales por un rato, disfrutemos la noche de París, acompáñame a un bistró, conozco uno cerca, en la Place d’Italie.

Ambos caminaron sigilosamente sin perder el paso distinguido, sin embargo, invisibles, oscuros, imperceptibles. Cuando llegaron al bistró junto con ellos entró una brisa gélida que hizo estremecer a los concurrentes que todavía estaban en el lugar. Se sentaron. Una atractiva muchacha con acento de Lyon encendió la vela en medio de la mesa mientras les daba las buenas noches, luego anotó su pedido: Una botella de vino tinto.

* * *

Petar Blatnik, al igual que Andelko, había nacido en Ljubljana, ambos habían sido amigos en la soledad de los no muertos, se habían conocido en cacerías nocturnas, percibiéndose sin perturbarse el uno al otro. Petar fue quien dio el primer paso, notaba a Andelko desprolijo y pueril en sus procedimientos. Le despertaba ternura tanta falta de experiencia. Le enseñó a descubrir sus capacidades, a perfeccionar sus métodos, le explicó cosas básicas que Andelko intuía pero no comprendía. En algún momento fueron compañeros de correrías en las regiones de Croacia y Dalmacia, se establecieron un tiempo en lo que ahora era la ciudad de Trieste, el lugar era perfecto para sus fines en aquél entonces, una ciudad fronteriza del norte de Italia, en ocasiones tierra de nadie. Luego Petar quiso conocer Egipto, el Mediterráneo, en algún momento se separaban, se volvían a encontrar en algún punto de Europa, bastaba que uno ponga un pie en la ciudad donde estaba el otro para que pudiesen percibirse mutuamente, la última vez que se vieron fue precisamente en París, veinticinco años atrás, cuando la segunda gran guerra recién comenzaba.

* * *

Petar se apoyó en el espaldar de la silla de madera finamente tallada y miró a las personas sentadas en las mesas del bistró con displicencia, luego miró al vacío y preguntó:
– ¿Disfrutas la inmortalidad?
– Ya no lo sé Petar.
– Cometiste un error al enamorarte Andelko. El amor no es para nosotros. Somos seres sin alma y el amor requiere alma. Ahora que ella se fue se llevó todo lo que te quedaba. Lo único que te dejó es esa soledad que te viene destruyendo por dentro.
– Es que estamos malditos.
– ¡Ah Andelko! En quinientos años he visto de todo, y mira que yo he visto casi todo lo que se puede ver en este mundo, sin embargo hasta ahora no puedo afirmar con certeza si existe un Dios y menos aun si existe el Diablo. Solo sé que somos lo que somos y no hay ninguna maldición en ello.

Andelko asintió con la cabeza y llenó las copas con vino, luego miró a la mesera; desde que ingresó algo en ella le había recordado a Fátima. La piel sumamente blanca, los ojos azules claros, el cabello rubio cenizo. Se estremeció al recordarla. A Fátima la había conocido de casualidad, el fingía ser un empresario y ella era una bella artesana. En poco tiempo se la llevó a vivir con él. Ella fue descubriendo sus secretos, comprendiéndolo. Sabía que ella lo amaba, desde el principio, pero siempre se negó a ser como él. Quería vivir, crecer, amar y, a su tiempo, morir. No creía en la inmortalidad.
– ¿Te dije alguna vez que Fátima no creía en la inmortalidad?
– Sí Andelko, y tú nunca quisiste convertirla. Respetaste su voluntad y ahora estás solo.
– Ella decía que una vida es suficiente para aprender lo necesario. Que las cosas son solo eso, cosas. Que el problema de la inmortalidad es que se llega a un punto en que ya no sabes para qué sirve lo que aprendes, y ahora empiezo a pensar que tenía razón.
– Yo creo en cambio que somos seres privilegiados.
– Yo lo creía también – dijo Andelko – sobre todo cuando estaba con ella.

Ante sus ojos surgió la imagen de Fátima con el sombrero de paja de ala ancha sobre la cabeza, de cuclillas sobre la tierra, limpiándola, retirando las hojas muertas de las plantas que cultivaba con tanto cariño en el jardín, regándolas con agua que sacaba del pozo. En el taller, elaborando esos primorosos adornos que a él le encantaban y que solía comprarle antes de que los pusiera a la venta en las tiendas de París, solo para tener alrededor suyo cosas hechas por ella. Luego la recordó en la terraza de la casa, tomando café turco al atardecer con sus gatas adormitadas sobre los muslos. A sus ojos nunca envejeció, la cuidó hasta sus últimos días, respetando su voluntad de no ser como él. Ella sí había vivido como él nunca lo había hecho.
– ¿Cómo era que la llamabas? – preguntó Petar sacándolo de sus recuerdos.
Moja lepa mucka, mi linda gatita.
Mucka..., Andelko tenemos que ir a Ljubljana un día. Extraño nuestra tierra.
Andelko no contestó, miró otra vez a la mesera fijamente, luego alrededor y notó que se habían convertido en los últimos clientes, le hizo señas para que traiga la cuenta.
– Petar, necesito quedarme solo – susurró mirando fijamente el interior de la copa de vino, cuando levantó la vista su compañero ya había desaparecido.

Cuando la muchacha se acercó, Andelko pagó y le dio una generosa propina. Le preguntó a qué hora iba a casa, ella dijo que luego de ayudar a cerrar el bistró. Le preguntó si podía acompañarla y ella aceptó de buen grado.

Minutos después ambos caminaban por la Rue Jeanne d’Arc, la muchacha hablaba de su día de trabajo, de su vida, su barrio y sus amistades y lo bueno que era conocer personas interesantes en el bistró, hacia preguntas a Andelko que este contestaba con monosílabos e interjecciones breves. Él venía pensando en Fátima y en lo mucho que la había amado, en lo mucho que la seguía amando a pesar de haberse ido hace tanto tiempo. Pensaba que a pesar de sus esfuerzos nunca estuvo su altura, ella era un verdadero ser humano, como él había intentado ser, pero nunca había conseguido. Lo invadía la nostalgia, sabía que nunca podría encontrar a alguien como ella, ni en esta vida, por larga que fuera ni en veinte vidas juntas, aunque fuera inmortal, inútilmente inmortal. Se detuvo, la muchacha se detuvo también y le ofreció su rostro inocente, blanco con sus ojos azul pálido, se parecía a Fátima pero no era ella. No podría ser como ella, nunca habría nadie como ella. La besó y la joven mujer se entregó a sus brazos, Andelko la levantó y la empujó bajo el umbral oscuro de una puerta, se besaron largamente, ella ofreció su cuerpo tibio, abrazó al hombre con fuerza deseándolo sin pudor, sintiendo su lengua húmeda y venenosa deslizarse por su cuello fino y de pronto el hincón quemante y la succión de sus labios dejándola sin fuerzas, sintiendo las rodillas doblarse, sostenida en vilo por esos brazos formidables, la recorrió la angustia de ser totalmente vulnerable en medio de esa extraña e incontrolable excitación orgásmica, desfalleciendo de placer y a la vez con una lejana sensación de zozobra que le hacía perder el conocimiento y la vida mientras su cuerpo se deslizaba lentamente por el portón hacia el frio piso de piedra, al tiempo que era sacudido por los últimos estertores de la muerte.

Andelko sacó un pañuelo blanco de la manga de su traje y se limpió los labios con él. Lo sacudió con elegancia y lo dejó caer manchado de sangre sobre la muchacha mientras susurraba “lepa mucka” y se alejaba con paso firme rumbo a la fría noche parisina.

domingo, 16 de enero de 2011

LA NOCHE INOLVIDABLE DE NANET (Cuento)

Nanet salió del bistró riendo a carcajadas, se había divertido a raudales mientras bebía unas copas para calentar el cuerpo con el jefe de la policía del barrio quince de París, pero ya eran las nueve y era momento de salir a buscar clientes, caminó rápidamente por la Rue de la Croix Nivert, mientras encendía un cigarrillo. Al llegar a la esquina de siempre sintió la falta de su abrigo, lo había dejado en el bistró para que no le estorbara. Aún era temprano, se acomodó la corta falda y empezó a caminar para entrar en calor. A unos diez metros se acercó un hombre apuesto, de traje, negociaron la tarifa y se fueron juntos a uno de los hoteles de la Rue de Vaugirard a pocas cuadras de la Porte de Versailles. Una vez en el cuarto Nanet empezó a desvestirse rápidamente, pero el hombre le hizo una seña para que se detenga. Nanet sonrió y se detuvo, estaba acostumbrada a recibir y cumplir órdenes, siempre que le paguen el precio por ello. Se sentó en la cama y miró al extraño, le inquietó su mirada.
- Si vas a querer algo raro te va a costar más – dijo coquetamente Nanet.
- El dinero no es problema – contestó el hombre - ¿Cómo te llamas? – agregó.
- Nanet es mi nombre, ¿y el señor tiene uno? – replicó mientras se ponía de pie y caminaba lentamente hacia su cliente.
- Andelko – respondió el hombre distante pero esbozando luego una sonrisa lánguida mientras se quitaba el abrigo y sentaba en una silla.

Nanet aún de pie miró al sujeto abriendo los ojos exageradamente en señal de amable impaciencia. Andelko le hizo una seña para que apague la luz principal de la habitación y deje encendidas las lámparas de pared. Nanet obedeció inmediatamente pero sin prisa, sabía cómo tratar a un cliente que a todas luces era rico. Mientras se desplazaba por la habitación Andelko confirmó lo que ya había anticipado horas antes, cuando siguió a Nanet desde el bistró hasta la Rue Lecourbe donde la abordó, tenía el cuerpo firme, aún no estaba maltratado por el trabajo, la bebida o las malas noches, debía tener veinte o veintiún años. Sus cabellos negros lacios caían adorablemente sobre su espalda blanca adornada con diminutas pecas. Sus ojos verdes resaltaban en un rostro fino y de agraciados rasgos que el maquillaje barato no había conseguido afear. Las proporciones de sus caderas y senos eran generosas sin llegar a ser exageradas. Sonrió nuevamente. Sentado en la silla y sin dejar su postura elegante extrajo quinientos francos de su cartera y los puso sobre la mesa de noche, el rostro de Nanet se iluminó.
- Quítate la ropa lentamente – ordenó Andelko con voz paternal.
- Lo que desee el señor – contestó Nanet lanzando un atrevido beso al aire con sus carnosos labios rojos.

Andelko se acomodó sobre la silla, Nanet se puso de pie frente a él. A pesar de su juventud, conocía el oficio. Separó sus piernas y se agachó sujetando sus tobillos con ambas manos, se incorporó lentamente acariciando sus piernas en toda su extensión. Una vez erguida abrió su blusa con una mano mientras con la otra recorría la circunferencia de sus senos, dejó aparecer sus hombros perfectos y deslizó la blusa dejando a la vista un delicado corsé, hizo una media vuelta grácil y empezó a bajar el cierre de la falda, la que dejó descender por sus piernas moviendo las caderas de un lado a otro hasta que se detuvo en el suelo. Saltó como quien sale de un charco y se sentó en las piernas de Andelko, lo miró por sobre el hombro y con una mano señaló el cordón del corsé, Andelko entendió rápidamente y con firme suavidad desató y aflojó el cordón. Nanet se puso de pie y jugueteó con la lencería, se despojó del ceñidor dejando por fin a la vista sus hermosos senos turgentes coronados por dos pezones rosados aún adormitados. Andelko sonrió complacido y dibujó un par de círculos en el aire con su dedo índice como señal para que el espectáculo continúe, Nanet se entusiasmó sabiendo que su espectador estaba contento. Se había propuesto disfrutar esta noche, eran pocas las veces que tenía la oportunidad de tener un cliente tan elegante, atractivo y limpio. Desabrochó uno por uno los broches del portaligas y se sentó en la cama para sacarse las medias lentamente. Tenía las piernas bien formadas, perfectamente depiladas. Se quitó luego el portaligas y finalmente en un acto de lujuriosa provocación se tocó el sexo por encima de las bragas, se recostó en la cama y levantando las piernas a lo alto se despojó de ellas. Se recostó sobre el lecho y Andelko negó con la cabeza, Nanet se incorporó sin levantarse por completo y dio unas palmaditas sobre el colchón.
- ¿Quiere el señor que le quite la ropa? – dijo tratando de parecer sensual.
- No – dijo Andelko.
- ¿Desea el señor que…? – iba a continuar Nanet, pero Andelko la detuvo sin tocarla.
Nanet sintió que una fuerza sobrecogedora la inmovilizó, su piel se erizó de extremo a extremo y sintió unas incontenibles ganas de llorar. Andelko la miraba sin expresión.
- No te muevas – dijo Andelko calmado.
Nanet trató de gritar pero no pudo. Sintió como los ojos del hombre recorrían su cuerpo y tembló, sin embargo un delicioso calor inundó su vientre y se extendió por todo su cuerpo mientras Andelko se incorporaba de la silla, cerró los ojos y dejó caer su cabeza sobre la almohada en espera de lo que tuviera que pasar.

* * *

Andelko Volkodlak nació hace más de cuatrocientos años en el noreste de Europa, en la antigua Ljubljana. Ya no recordaba los colores ni las voces de esa época. Habían pasado tantas cosas desde el momento en que volvió a nacer que esas imágenes eran sólo manchas borrosas. Su capacidad de entender e interpretar las cosas a su alrededor sin embargo no había menguando con el tiempo, más bien se había hecho más aguda. Había aprendido que los cuentos que se contaban sobre él y su especie eran precisamente eso, cuentos y mitos con poco o nada de verdad. El supuesto poder de la cruz o del agua bendita para conjurarlos era un patético invento medieval sin ninguna justificación histórica, sobre todo cuando aprendió que su especie era mucho más antigua que el propio cristianismo. Las estacas de madera y los decapitamientos no eran otra cosa que parte del folklor rumano para adornar las historias de un dictador sanguinario. No se necesita ser un científico para darse cuenta que ningún ser puede sobrevivir sin cabeza o con la mutilación severa de un órgano vital como el corazón o los pulmones. El hecho de tener una fortaleza y resistencia física superior al promedio de los mortales y la incapacidad de envejecimiento de sus células no los hacía inmunes a las heridas graves, pérdida de extremidades o desangramiento. Era cierto que no enfermaban, pero se debía entre otras cosas a que no tenían los terribles hábitos de alimentación de los humanos. Los de su especie, contradiciendo al mito, comían socialmente, normalmente ensaladas exóticas, caviar o carnes muy finas especialmente preparadas. No era alimento, para ellos era otra forma más de placer. Algo que le pareció siempre carente de todo fundamento era el pretendido poder repelente del ajo. Él particularmente disfrutaba mucho del aroma del ajo, era uno de los pocos olores que lograba establecer un vínculo con su juventud en forma mortal y con las tierras fértiles donde sus padres lo criaron. Todo lo demás, balas de plata, oraciones y sacramentos, eran inventos de fanáticos religiosos que perdían más tiempo en inventar nuevos demonios que en purificar sus almas o por lo menos disfrutar de sus insípidas existencias.

Los devastadores efectos de los rayos solares en su organismo y la atribuida costumbre de dormir en ataúdes era probablemente la única mentira que tenía cierta explicación en la realidad. Él y los de su especie necesitaban del anonimato para subsistir, anonimato que se había hecho sumamente difícil mantener a lo largo de los siglos y más aún a la luz del día. Nunca faltaba alguien que recordaba haberlo visto en otra ciudad muchos años antes y que se percataba de la ausencia de señales de envejecimiento. Resultaba difícil dar explicaciones satisfactorias. De la misma manera tener una actividad económica o comercial implicaba verse obligado a desaparecer luego de un tiempo, inventando fallecimientos dramáticos que generaba a su vez todo un procedimiento legal para poder mantener el patrimonio adquirido y procurar retomarlo luego años después, cuando normalmente los testaferros y albaceas ya habían despilfarrado toda la fortuna. Con el tiempo los que eran como él se habían hecho expertos en hacer negocios que trascendían las generaciones, ellos fueron los inventores de los fideicomisos y las fundaciones. Congéneres suyos diseñaron los mecanismos de los actuales bancos cuyas raíces aparecieron recién en la edad media, allá entre Venecia y Parma. Hoy en día eran dueños de derechos y acciones de los bancos más grandes de Europa. La mayoría tenía participaciones en el incalculable patrimonio de la Iglesia. Las iglesias eran y seguían siendo los lugares más apropiados para vivir y mantenerse alejados de la comunidad ya sea disfrazados de monjes, jardineros o cuidadores. Otros habían optado por incorporarse a logias herméticas donde adquirían el poder suficiente para manejar los gobiernos de las nuevas ciudades y sus registros civiles y así poder crear identidades para quienes las precisaran. La eternidad es costosa y requiere de recursos para satisfacer las necesidades que de ella se derivan. Con los años y la experiencia ganada se adquieren gustos caros, predilección por los restaurantes finos, clubes sociales, conciertos de cámara, galerías de arte, joyería y ropa de buena factura además de otros innumerables detalles. Los bares decadentes y los barrios bajos eran sólo campos de cacería. No se le ocurría cómo un tipo que duerme todo el día en una caja y sólo sale en la noche para alimentarse podría mantener un estilo de vida como aquel al que él y sus semejantes se habían acostumbrado. Era por estas razones que entendía que muchos de sus congéneres prefirieran la noche para salir a recorrer la ciudad y cazar, él mismo se había hecho cada vez más nocturno. A altas horas de la noche las personas preguntan menos, se fijan menos. Las mujeres decentes se quedan en sus casas y los maridos decentes se quedan con ellas o en la casa de sus amantes claro, pero no en las calles. Las ciudades grandes eran ideales y París se había hecho perfecta para estos fines. Ahora veinte años después de la segunda gran guerra y estando totalmente reconstruida albergaba un mayor número de desconocidos, viajeros y turistas entre los cuales podía pasar desapercibido. Curiosamente el problema no era conseguir el alimento vital, aprendió que las sospechas sobre la permanente buena salud de los suyos y la evidente incapacidad de envejecer no provenían de la curiosidad o la observación de las personas, si no de la envidia.

* * *

Nanet permanecía recostada, con los ojos cerrados, esperando. Percibió cómo Andelko se despojó de sus ropas lentamente, mientras lo hacía pudo sentir su mirada recorriéndole el cuerpo, sufrió un espasmo involuntario cuando sintió su mano acariciándole la pantorrilla derecha. Rió nerviosa, pero no podía ocultar su excitación, en estos últimos dos años había aprendido a controlar la situación, fingir cuando era necesario, pero nunca dejarse llevar, sin embargo ahora no podía evitar hacerlo.

Abrió los ojos, la escasa luz no le impidió ver el cuerpo fuerte de Andelko, irradiaba una masculinidad madura mezclada con el vigor de la juventud. Sus manos eran fuertes pero con la suavidad propia del terciopelo, sintió su voz que le quemaba los oídos, en particular ese acento que la empezaba a volver loca y hacía estragos en su respiración, los dedos de Andelko acariciaron su rodilla, su muslo, sintió su lengua maravillosamente áspera lamiendo su tobillo, transitando por su empeine, deteniéndose cerca de sus dedos. Un choque de electricidad la estremeció cuando sintió que el hombre se introducía uno a uno los dedos de su pie derecho en la boca y los besaba y lamía lentamente, hizo lo mismo con el otro, lamiendo cada dedo mientras acariciaba el arco del pie y el talón. Sintió esa lengua venenosa subir nuevamente por su piel hasta la parte posterior de la rodilla, cuando llegó al muslo tomó conciencia de que estaba totalmente a merced de los deseos y caprichos de Andelko. Sus caderas empezaban a describir un vaivén lento en contra de su voluntad. La lengua del hombre se abrió paso entre sus muslos y ella cedió, los separó y apoyó sus pies en las espaldas de él, Andelko hundió el rostro bajo su vientre, ella le ofreció su monte de venus en plenitud y él se embriagó del olor agridulce y acre; cerró los ojos y respiró profundamente para llenar sus pulmones de ese aroma salvaje a sexo compartido, se sumergió por completo en los fluidos desbordantes de Nanet y buscó desesperadamente con la lengua cada hendidura, cada pliegue, cada nervadura y cada protuberancia. Nanet se desvanecía, su pecho agitado, sus gemidos enrevesados y el ritmo de su respiración anunciaban el inminente apogeo de su excitación; de pronto su respiración se detuvo, trató de morder sus labios pero los nervios de su rostro ya no le respondían, su vientre, glúteos y muslos entraron en un estado de tensión casi doloroso y desde lo profundo de su ser sintió venir desde lejos y a velocidad de galope una maravillosa erupción desbordante de placer que inundó todo su cuerpo hasta el último músculo y nervio como nunca antes lo había experimentado.

Andelko, acarició el vientre y las caderas de Nanet suavemente hasta que recuperó la respiración, la miró con los ojos llenos de fuego y Nanet entendió rápidamente que ese era sólo el principio y agradeció a Dios la suerte que le había tocado. Andelko tomó a su presa por las caderas y con una firme presión hizo girar su cuerpo de manera que quedara boca abajo, Nanet se asustó un poco pero lo dejó hacer. Andelko acarició su espalda, lentamente y con fruición, presionó sus dedos en ese cuello fino, lo sintió frágil, casi podía sentir su pulso a través de las venas, pasó sus manos hacia el pecho de ella y desde atrás acarició sus senos, redescubriendo su calor, su textura y su volumen. Nanet, desde esa posición, mientras disfrutaba las caricias de su amante, pudo sentir rozando en la parte interna de sus muslos la virilidad en apogeo buscando cobijo, se acomodó a la altura con un ágil desplazamiento de sus rodillas y Andelko con una suave embestida hizo el resto. Nanet estrujó como pudo las sabanas de la cama con ambas manos mientras el vaivén de sus caderas iba en inexorable aumento. El sexo de Andelko quemaba sus entrañas brindándole un placer hasta ahora desconocido, se sentía totalmente poseída, las manos de él en sus caderas marcando el ritmo eran solo un elemento, había una fuerza superior, un dominio absoluto que la sometía pero al que no quería renunciar. Su cuerpo nuevamente se preparaba para lo inevitable, Andelko se detuvo de golpe. Con una fuerza descomunal la tomó de la cintura y la cargó en sus poderosos brazos, ahora recostada en la cama recibió sobre sí el peso del hombre, de ese cuerpo fuerte y varonil que le venía dando tanto placer, por unos segundos se sintió protegida, se preguntó si este sujeto tan distinto y distinguido se fijaría en una mujer como ella, si no fuese así, este día lo recordaría por mucho tiempo, mejor aún, nunca lo olvidaría. Andelko dentro de ella se movía sabiamente, acariciaba cada rincón de ese cuerpo magnífico de seda, recorría cada curva, disfrutaba cada detalle para guardarlo en su memoria, para evitar que el día de mañana sea sólo un amargo sedimento en su piel. Nanet rodeó con sus piernas el cuerpo de su amado, lo abrazó fuertemente y sintió un deseo irrefrenable de clavarle las uñas en la espalda, empezó a besar sus hombros sólidos, su cuello, sus mejillas, sus labios, no podía contenerse más; volvió a sentir la electricidad subiendo lentamente desde sus pies hacia su sexo, la tensión en su centro de gravedad, el torrente que pronto se desbordaría nuevamente, su hombre se movía cada vez más rápido, casi podía sentir sus espasmos próximos a convertirse en clímax, se aferró con fuerzas a Andelko, arañaba su torso, él empezó a decir palabras indescifrables en su oído, la fuerza telúrica de un intenso orgasmo la fue inundando, sus caderas frenéticas se detuvieron, contuvo la respiración y deseó que el momento no acabe, la vida, los colores, los sonidos se hicieron diferentes por unos segundos, se hundió en un abandono soporífero y placentero que la arrastraba a un mundo oscuro donde ya nada podría alcanzarla mientras se daba cuenta que Andelko le había clavado los colmillos en la yugular y bebía insaciablemente su sangre sin que ella atinara siquiera a soltarlo, porque no lo soltaría ya nunca, porque eran uno solo ahora y para siempre unidos hasta el fin de los tiempos por el torrente de sangre caliente que se iba llevando su vida.