Sentado en el frío asiento de metal de la Comisaría de Policía de la Rue Fabert, Andelko Volkodlak miraba el triste decorado del lugar. El escritorio estaba cubierto de papeles desordenados, en el extremo derecho notó una pila de informes de apariencia impecable notoriamente separados del resto de documentos, sin embargo el frasco de tinta estaba destapado y el secante estaba manchado, no habían retratos de ninguna clase sobre la mesa. Cuando el inspector a cargo se acercó observó su traje gastado de los puños, ajado, el sombrero era viejo sin duda y había soportado muchas lluvias, la corbata desprolija colgaba se ajustaba mal al cuello de la camisa sin almidonar, Andelko concluyó que el sujeto era soltero o divorciado, probablemente no tenía hijos y el relativo caos sobre la mesa le hacía llegar a la conclusión de que era muy desordenado con los papeles pero probablemente obsesivo con los resultados.
– Dupont – dijo el inspector presentándose cortésmente al mismo tiempo que tomaba asiento y lanzaba el sombrero que se acaba de quitar sobre el secante.
– Chavalier, Michel Chavalier – dijo Andelko, presentándose con el nombre falso que usaba ahora, recordando al mismo tiempo que el apellido Dupont se empezó a usar en la edad media para designar a los plebeyos descastados a quienes se les conocía por el lugar donde vivían, “cerca del puente”, pensó y supuso que el inspector provenía seguramente de una familia de clase media poco acomodada, y eso lo hacía más peligroso, tal vez quería mejorar su posición social siendo un policía inflexible.
– Lo sé – replicó Dupont rebuscando entre los papeles del escritorio.
Se generó un silencio incómodo mientras Dupont hacía que buscaba un documento, Andelko sabía que era una treta para poner nervioso al citado así que se relajó y esperó, no era la primera vez que lo citaban en la comisaría y probablemente no sería la última.
Luego de un rato el inspector acomodó algunas hojas frente a sí sobre el montículo de documentos desordenados y se tomó la mandíbula simulando meditar, luego preguntó:
– ¿Hace cuanto tiempo vive en París señor Chavalier?
– Debo haber perdido la cuenta monsieur – contestó hábilmente, siempre con evasivas, nunca con datos concretos – disculpe mi falta de memoria, pero más de veinte años seguramente.
– ¿Y dónde trabaja?
– No trabajo inspector, quiero decir no trabajo como usted – vivo de las rentas que producen mis propiedades.
– Ya veo. ¿Recuerda cuáles o también perdió la cuenta?
– Sé cuántas son y un aproximado de lo que producen, pero no las conozco todas, pero si necesita esa información puedo pedirle a mi contador que le haga llegar el detalle…
– Usted es joven – apuntó Dupont mirando fijamente a Andelko – ¿cómo hizo para adquirir esos bienes?
– Herencia familiar. Yo me educaba en América y al fallecer un primo de mis padres yo heredé todo y vine a París.
– Comprendo. ¿Dónde estudiaba?
– No dije que estudiaba, me educaba, con mentores particulares – repuso.
– Entonces no hay registros para probar que estudiaba… se educaba en América.
– Supongo que no.
– Bien, ya veremos eso más adelante.
Andelko tenía deseos de irse, pero sabía perfectamente que la peor pregunta que podía hacer en estos casos era la requerir los cargos por los que había sido citado, hacerlo era colocarse en el papel de investigado. Se apoyó en el espaldar de la silla y cruzó la pierna, en ese preciso instante el inspector Dupont pareció haberle leído la mente y le ganó la jugada:
– ¿No me va a preguntar por qué lo hemos citado?
– Supongo que me lo dirá ahora.
– No lo noto nervioso.
– ¿Debería estarlo? – Preguntó Volkodlak.
– Es usted un hueso difícil de roer monsieur – dijo Dupont un tanto molesto. Acto seguido extrajo una fotografía de un cajón de su escritorio, era de una mujer blanca de rasgos finos, largo cuello, cabello claro recogido, tal vez rubio, la foto en blanco y negro no dejaba espacio para más detalles y la puso sobre la mesa. Andelko se mostró inmutable.
– No inspector – dijo.
– Entonces no conoce a mademoiselle Leblanc.
– Me gustaría tener el placer, pero infortunadamente no.
– La encontramos la semana pasada en la Rue Bosquet, desangrada, con dos orificios en la yugular – narró Dupont sin usar inflexiones en la voz, como quien lee una lista de compras, pero observando cuidadosamente la reacción de Andelko.
– Dice usted que soy un hueso difícil de roer, monsieur – precisó Andelko – ¿debo suponer que me relacionan con este lamentable deceso?
– Esperamos que no – contestó ducho el inspector, pero al parecer lo vieron a usted por la Rue Bosquet la misma noche que falleció la muchacha.
Andelko enmudeció, pero no por miedo o sorpresa, sabía que la pregunta vendría tarde o temprano. Le llamaba la atención que alguien realmente creyera haberlo visto. Estaba midiendo la reacción del inspector a su silencio, si tenía que concluir este asunto tenía que ser ahora, Dupont no pararía hasta el final, era un perro de presa. Sin embargo en ese momento se sentía particularmente cansado, ¿qué pasaría si lo encerraban en la cárcel? ¿Cuánto tiempo tomaría que se den cuenta que no envejecía jamás? ¿Cuánto tiempo le tomaría sencillamente escapar? Lo único que lo entristecía era que al escapar tendría que abandonar sus libros y colecciones de arte, empezar de nuevo en otro lugar. Podrían también condenarlo a muerte. Tal vez fuese mejor morir al fin, después de tantos años la inmortalidad pesa sobre los hombros y sentía que Dupont podría liberarlo de ese peso.
Dupont lo miraba con curiosidad, le llamaba la atención su serenidad y capacidad de dar evasivas pese a su juventud, sin embargo tenía los ojos cansados, lo notó desde el primer momento que lo vio, parecían los ojos de una persona vieja. Ya había averiguado antes sobre él, todo lo que le había dicho encajaba, sabía también que no podría acusarlo con un testigo solitario que además era un mendigo alcohólico y anciano. Había reconocido a Andelko porque años antes había trabajado para él como jardinero y había sido despedido por su adicción a la bebida, precisamente por ello, era un testimonio deleznable. Pensó cuidadosamente como cortar el silencio, sabía que su interlocutor, no lo haría.
– ¿Comprendió lo que le dije monsieur Chavalier? – preguntó.
– Sí, a la perfección – contestó Andelko – lo que me tiene intrigado es cómo es que se atreve a sugerir siquiera que una persona de mi prestigio y rentas esté remotamente implicado con un asunto de esta naturaleza.
– Es nuestro deber preguntar – afirmó Dupont.
– Lo entiendo – dijo Andelko, sabiendo que tenía la partida ganada, Dupont había dicho “nuestro” en lugar de “mi”, acaba de torcer el brazo, se había escudado en el plural porque se había ubicado mentalmente en un plano inferior, sin más armas o pruebas – debo retirarme ahora – continuó mientras se ponía de pie y buscaba el perchero donde había dejado su abrigo y sombrero.
– Le debo recordar que está en la obligación de acudir a las citaciones – dijo el inspector sin ganas.
– Estoy seguro de que me las harán llegar si es necesario – señaló Andelko.
– Una pregunta más – dijo Dupont poniéndose de pie – ¿cuál es la enfermedad que no le permitió venir durante el día?
– Es una enfermedad extraña inspector, los doctores le llaman foto sensibilidad, alergia a la luz del sol, espero sepa comprender mi condición.
– Claro, no hay cuidado. Lo tomaremos en cuenta.
Andelko se retiró, mientras salía de la dependencia recordó aquella noche, no sabía que la muchacha se apellidaba Leblanc, solo sabía que su nombre era Josette. La encontró en una florería cercana a ese monstruo de fierro al que llamaban Torre Eiffel, la invitó a caminar por el Campo de Marte, entraron en confianza, a ella como a las otras también le tocó la desgracia de parecerse a Fátima y no ser ella. Por un minuto tuvo el impulso de dejarla ir sin hacerle daño, pero había algo en su vientre que le exigía paladear su sangre, confirmar – pese a que ya lo sabía – que no era una réplica de ella, una nueva versión, tal vez mejorada, cuando menos similar. No lo era, lo sintió en su pulso lento, en el sabor acre de su sangre, en la poca resistencia que puso cuando clavó sus colmillos en su cuello delicado, en su pueril candidez e inocencia. La abandonó agonizante en la Rue Bosquet, se retiró afligido y confuso una vez más, tan confuso esta vez que, peligrosamente, se dejó ver.
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jueves, 25 de diciembre de 2014
miércoles, 1 de mayo de 2013
KATANA (Cuento)
Kusunoki posó sus dedos con firme energía sobre el mango de la katana aún en su estuche de magnolia, horas antes había iniciado el ritual sagrado de cubrirse con su armadura hecha de infinitas piezas de cuero, estaba ahora preparado para el combate. En ese instante no pudo pensar en su propio nombre, pero tenía claro el de su enemigo: Yoshimoto.
Más tarde, en el campo de batalla, al frente de sus leales guerreros, desenvainó el sable, caminando veloz pero firme y lanzando golpes con él a diestra y siniestra se abrió paso. Allí estaba, con una formidable coraza adornada con brillantes escamas de tortuga, Yoshimoto. Este lo miró y reconoció, levantó su arma y se dispuso al ataque, realizando un saludo corto y seco conforme a las reglas samurái, luego adelantó el pie derecho y se puso en guardia con su katana en alto. Pelearon ambos con fiereza, diestros en el milenario arte del kenjutsu y el kendo, los dos se defendían de los embates recíprocos sin causarse daño letal.
Luego de varios minutos, sintiendo ya el cansancio, Kusunoki aprovechó la cercanía del rostro de Yoshimoto y, sorprendido, sintió de sus propios labios brotar las palabras en perfecto japonés:
– これは時間である (Kore wa jikandearu – Este es el momento) (¿o ha llegado tu momento?)
Yoshimoto negó con la cabeza, lanzó un gran grito ronco, veloz, mezcla del latigazo de la cola del dragón y del rugido del tigre de la montaña, tan intenso que distrajo por dos segundos a Kusunoki, tiempo suficiente para el desenlace, Yoshimoto giró rápidamente su sable al mismo tiempo que daba una formidable media vuelta y lo introdujo sin compasión en el vientre de su rival. Kusunoki sintió el acero frio en sus entrañas, sabía lo que vendría, era inevitable, el mismo lo había hecho cientos de veces, sus piernas perdieron fuerza rápidamente por la incontrolable pérdida de sangre que corría por las imperceptibles hendiduras de su armadura, cayó de rodillas, pensó en medio del dolor que la suya sería, después de todo, una muerte honorable, lo dejó sin aire el tirón mediante el cual Yoshimoto extraía el sable de su cuerpo, su mente se abrió, abrió los ojos y respiró profundo, recordó el poema que escribió antes de salir a la batalla, dedicado a la belleza de la espiga de arroz, en su mente aparecieron los campos fértiles, la imagen de su padre, la luz brillante del sol, el canto del pájaro y la claridad de la luna iluminándolo todo en el preciso instante en que la afilada hoja de acero de la katana de Yoshimoto cortaba como mantequilla los músculos de su cuello.
* * *
El agente Vásquez despertó sobresaltado, se había quedado dormido en el sillón Voltaire en mala posición, había tenido una pesadilla, frente a él en la mesa de lectura, descansaba el tratado sobre samuráis de Stephen Turnbull abierto en la página donde resaltaba el grabado de Kusunoki Masashige. Se rio a solas, en su sueño había sido Masashige, se tomó del cuello y aun le parecía sentir el dolor provocado por el golpe del sable de Yoshimoto.
Se levantó y cuando se disponía a ir por un café a la cocina, sonó el timbre. Abrió la puerta y allí estaba Morgan, tranquilo pero con la expresión cansada.
– ¿Y primo? ¿Tienes algo? – Preguntó mientras se sentaba en un taburete.
– Nada aún – dijo Vásquez – solo ideas, información genérica, datos básicos. ¿Sabías que los samuráis usaban en realidad dos sables? Uno más largo para la pelea en campo abierto, el que vemos en las películas, pero también usaban uno más corto para peleas en interiores.
– Interesante, no lo sabía.
– Pero en fin, no se trata de hacer historia. Descubrí un par de fabricantes en la ciudad, en buena cuenta son imitaciones regulares de aspecto correcto y podrían ser el arma que se usó en el crimen, pero no descarta nada.
– ¿Crees que un japonés haya venido hasta un remoto país latinoamericano con la espada de sus ancestros en la valija del avión para vengar su honor? A mí me parece que el asunto es más sencillo. Tal vez peleas de pandillas, ya sabes, el Dragón Rojo, y esas cosas.
– Bueno, primero que el Dragón Rojo son chinos, no japoneses – corrigió Vásquez.
– Cierto, no negarás que podría haber sido algo más cotidiano – replicó Morgan.
– Sí, pero no termino de creerme la idea de que alguien va a comprar un sable samurái para ejecutar una venganza personal, sin que exista algo relacionado a la tradición.
– ¿Por qué no? Tal vez no le alcanzó para comprar la pistola.
– Pero quien desea matar por el solo hecho de acabar con una vida, usa un cuchillo de cocina, un fierro o un ladrillo. Esto tiene algo más que no acabo de descifrar – reflexionó Vásquez.
– ¿Entonces? – preguntó Morgan mientras encendía un cigarrillo.
– Entonces vamos a visitar a los fabricantes de katanas, si alguien compró una en los últimos días, nos dirán. Y no fumes en mi casa – resondró Vásquez riendo mientras se ponía la casaca.
***
Luego de pasar por los dos fabricantes de cuchillos, espadas, navajas y katanas, establecieron algo que ya veían venir, primero que los fabricantes no tenían un registro detallado de sus clientes, entregaban boletas de venta pero no a todos. Supieron también que las katanas locales eran imitaciones pobres y no demasiado caras, unos ciento cincuenta dólares en promedio cada una. También pudieron notar que el mercado era reducido y la mayoría de compradores las utilizaban como adornos en sus salas, escaparates de tiendas o de restaurantes de corte oriental. Durante el resto del día rastrearon a casi todos los que habían comprado katanas en los dos últimos meses con boleta de venta y no hallaron nada extraño.
Al día siguiente en la oficina, poco después de llegar, les avisaron que Alvarez los llamaba. Se miraron de mala gana y fueron a la oficina en espera del reclamo correspondiente. Una vez en la oficina Alvarez los invitó a sentarse:
– Bueno señores, ¿qué tenemos respecto al empresario japonés?
– Nada concreto todavía – contestó Morgan,
– ¿Cómo que nada concreto? – vociferó Alvarez – ¡Tengo un anciano japonés decapitado hace dos días y ustedes no tienen nada!
– Bueno no es japonés en estricto… – se atrevió a corregir Vásquez.
– ¡Carajo! ¡Japonés, Nikei, hijo de japoneses, chino, jalado, lo que sea! ¡Denme algo para los tiburones!
– Bueno – señaló Morgan – tenemos una lista de sospechosos, amigos cercanos, socios.
– ¿Amante? ¿Socios descontentos? ¿enemigos? – requirió Alvarez impaciente.
– No – agregó Vásquez – por lo menos hasta donde sabemos no tenía amante y sus socios hablan muy bien de él, según los cercanos era un tipo correcto.
Alvarez iba a contestar algo pero sonó el teléfono, respondió con monosílabos e hizo un par de preguntas cortas condimentadas con obscenidades como siempre que había tomado demasiado café. Luego colgó y miró a los agentes con seriedad.
– O son muy suertudos o tienen a un bromista en la policía judicial diciendo que mató a Salas Ikeda. Bajen a ver, apenas tengan algo en claro me avisan. ¡¿Comprendido?!
Ambos agentes asintieron y minutos después estaban ingresando a sus oficinas, llamaron a la carceleta y pidieron que trasladen al supuesto homicida.
– ¿Qué hacemos primo? – preguntó Morgan.
– Tú dirás, ¿policía malo y policía bueno? ¿O lo arrinconamos?
– Es cansado hacer de policía malo, estoy con flojera .
– Vemos cómo va – apuntó Vásquez – si ha venido a confesar no creo que esté a la defensiva. Tratemos de conversar con él a ver que nos dice.
– Como dice Alvarez, ojalá no sea un bromista – suspiró Morgan.
Minutos después llegaba esposado un hombre de traje gris, cabello corto al rape, ralo, cabeza redonda, no era el típico oriental de rostro amable, más bien su faz estaba surcada de profundas arrugas que podían ser producto de la profunda reflexión o de una vida difícil. Cuando se sentó Vásquez pudo percibir un aroma extraño, se concentró y le pareció haber sentido el mismo olor en algún hospital. Tenía las manos cuidadas, las uñas impecables y cortas. El traje era caro, los zapatos negros de lazo bien lustrados. No había llegado por casualidad, se había preparado para entregarse.
– ¿Nombre? – preguntó Morgan mientras escribía en el formulario.
– Itsuro Ishikawa.
– ¿Entiende español, necesita un traductor?
– Entiendo bien.
– ¿Edad?
– Cincuenta y dos.
Mientras dictaba sus datos y Morgan apuntaba, Vásquez lo observa con atención. Recordaba lo leído en el tratado de Turnbull, trataba de imaginarse a Ishikawa como en los grabados del libro, con armadura de samurái y empuñando una letal katana. La verdad que no le costaba mucho visualizarlo, el sujeto tenía una presencia intimidante a pesar de su parquedad; contestaba con firmeza específicamente lo que Morgan le preguntaba sin agregar una palabra de más. Cuando terminaron y Morgan le explicó que tenía el derecho de tener un abogado no dijo nada, solo asintió con la cabeza. Morgan le tuvo que reiterar la pregunta y el contesto con un firme “no”.
– Bien – dijo Vásquez finalmente – usted ha venido por su propia voluntad señor Ishikawa. Déjeme preguntarle con claridad y espero que nos diga la verdad. ¿Usted mató a Hiroshi Salas Ikeda?
– Sí – contestó el hombre sin parpadear.
– De acuerdo – contestó Vásquez cauteloso. ¿Por qué lo mató?
– Salas Ikeda merecía morir – replicó Ishikawa.
– No nos estamos entendiendo señor – intervino Morgan – usted no solo debe contestar las preguntas, necesitamos que nos brinde toda la información posible.
– Entiendo señor. Yo vine a decir que maté a Hiroshi Salas. Yo maté al hombre. No más detalles para decir. Si ustedes necesitan información, preguntar, Itsuro contesta.
Morgan se levantó y pidió café para los tres. Les esperaba un día muy largo.
***
A las diez de la noche, luego de firmar y enviar los informes a la fiscalía y ver en el noticiero local a Alvarez presentando al homicida en rueda de presa y atribuirle todos los méritos a un cuidadoso trabajo de inteligencia de la unidad, Morgan encendió un cigarro y se desplomó en su asiento.
– Primo, te conozco, desde la tarde te veo con esa cara que no me gusta. ¿Hay algo que no te cuadra no?
– Es raro, muy raro. Primero el caso se resuelve de la nada. Segundo, el tipo viaja desde Japón para vengar una cuestión de honor, no compra un arma o contrata un sicario, no, más bien manda a traer muebles en un conteiner que cruza el océano y con el único propósito de traer en él, confundida entre sillas y aparadores, la espada que perteneció a sus ancestros.
– Y que encontramos en su departamento en la inspección. Estaba justamente donde nos había dicho.
– Y limpia, no había una gota de sangre.
– Ya la enviamos a Vizcarra para que la haga las pruebas de luminol – señaló Morgan.
– ¿Viste como vino en la mañana? – el tipo no se levantó de la cama y le entró una crisis de remordimiento. Había planeado entregarse, preparó todo un ritual. Lo imagino afeitándose, cortándose los pelos de la nariz, poniéndose los zapatos perfectamente lustrados, la camisa perfectamente blanca y planchada. La entrega era parte del ritual.
– ¿Qué quieres decir primo? – preguntó Morgan, al tiempo que apoyaba sus codos en el escritorio, ahora sí verdaderamente interesado.
– No estoy seguro, pero creo que el ritual empezó cuando salió del Japón y no ha terminado con su entrega del día de hoy. Hay algo más que no cuadra.
– Además matar a alguien de un tajo en el cuello – dijo Morgan haciendo mueca de asco mientras se pasaba la mano por la garganta – ¡me da escalofríos!
– Es cierto primito – replicó Vásquez – ese es otro detalle que no me deja en paz. ¿Porqué al estilo samurái? Es claro que fue premeditado. ¿Pero llegar a ese extremo?
Morgan se levantó y se puso el saco.
– Mira primo, te invito un trago para que te relajes a condición de que ya no hablemos del caso. Es asunto cerrado. Ya déjalo en manos de los fiscales.
– Tienes razón – dijo Vásquez – vamos.
Ambos salieron a paso lento de las oficinas. En el primer piso frente a la carceleta varias personas, al parecer familiares y trabajadores de la empresa de Salas Ikeda hacían una vigilia pidiendo justicia.
***
Al día siguiente la noticia cayó como una bomba. El informe de Vizcarra era contundente. La katana hallada en el departamento no era el arma homicida. Alvarez les había hecho una advertencia apocalíptica, si lo hacían quedar en ridículo terminarían dirigiendo el tránsito en algún pueblito altiplánico. Ambos corrieron al laboratorio a hablar con Vizcarra.
– Lo siento muchachos – dijo Vizcarra apenas los vio entrar. Repetí la prueba unas cinco veces. No hay nada.
– ¿Y si la limpió bien? ¿Si le metió lejía, o algún limpia vidrios? – preguntó Morgan.
– Es posible. Es raro, pero es posible. De hecho la espada estaba impecable, la habían limpiado con aceite de clavo de olor.
– ¡Clavo de olor! – exclamó Vásquez – ese era el olor de ayer en la mañana. ¿Pero qué relación tiene?
– A ver, explícame Vizcarra – preguntó Morgan – el luminol es un reactivo, reacciona con la hemoglobina que ha quedado en las superficies. ¿Uno pasa una esponja y se va o perdura por años?
– La hemoglobina se oxida y penetra la superficie. Este sable es de factura manual, es un muy buen trabajo, pero igual sigue siendo manual, tiene sutiles imperfecciones. Los átomos de la hemoglobina deberían haber quedado pese a la limpieza. La hemoglobina resiste incluso limpiavidrios como ustedes decían o alcohol. Debería haber alguna huella.
– Estamos en problemas – dijo Morgan.
– ¿Pero no confesó? – preguntó Vizcarra.
– Sí – replicó Vásquez – pero no puedes condenar a nadie con su sola confesión. Se necesita alguna evidencia más. Un buen abogado y Ishikawa se va a su casa.
– Pero hay algo más – agregó Vizcarra – la empuñadura sí tiene las huellas de Ishikawa, pero no solo las de él.
– ¿De quién? – preguntaron ambos agentes a la vez.
– De Salas – afirmó Vizcarra confuso.
Por la tarde Vásquez y Morgan fueron de nuevo al departamento de Ishikawa. Buscaron la ropa, zapatos, huellas de que se hubiese incinerado algo y no encontraron nada.
– Estoy convencido de que está encubriendo a alguien – afirmó Vásquez – no hay otra explicación.
– O destruyó la ropa que usó ese día – señaló Morgan
– Puede ser. Regresemos a la oficina, tenemos que hablar con Ishikawa.
Sentados otra vez con Ishikawa, le preguntaron insistentemente acerca de las razones por las cuales no había sangre en el sable.
– No queda sangre – señaló el hombre.
– ¿Cómo es eso posible?
– La hoja de katana es como bisturí, pasa por la carne antes de que brote sangre.
– ¡No tiene sentido! – exclamó Vásquez – usted nos quiere tomar el pelo.
Ishikawa no contestó. Fijó su mirada en un punto imaginario en el horizonte, apoyando ambas manos sobre sus muslos.
– Cuénteme Itsuro. Quiero entenderlo. ¿Por qué mató a Salas?
– Por honor – contestó.
– Yo sé, ya sabemos que fue por honor. Pero usted no ha querido decirnos en que consistió la afrenta. Dígame ¿qué pasó?
– No es necesario señor – dijo Ishikawa – yo vería mi honor destruido nuevamente si usted conoce mi historia y lo que hice no habría tenido sentido.
– ¿Está dispuesto a ir a la cárcel?
– Soy un hombre honorable. En este país matar a otro es delito. Yo cumpliré con lo que el tribunal decida.
– ¿Salas no era un hombre honorable? – preguntó Morgan.
– No. Yo le di la oportunidad de serlo.
– Usted…
– Sí – interrumpió por primera vez Ishikawa – le entregué la katana para que pudiera morir con honor. No pudo hacerlo. Me pidió que lo haga yo. No tuvo valor. Yo cumplí su voluntad.
***
Por la noche en el bar, las noticias confirmaban la detención de Ishikawa por el homicidio de Salas. Morgan encendió un cigarro y preguntó:
– ¿Raro el caso no? ¿Tú crees primo que un sujeto honorable como Ishikawa debería ser tratado como un vil delincuente?
– Bueno, es un delincuente honorable, pero delincuente al final. Nadie puede quitar la vida a otro ser humano. Si lo haces recibes un castigo y ese es nuestro trabajo primo, atrapar a los malos.
– ¿Realmente crees que él sea uno de los malos? Hoy recibí el reporte de Interpol. En su país no tiene ni una infracción de tránsito, es un ciudadano modelo.
– Siempre hay una primera vez – dijo Vásquez – Terminemos este último trago y vámonos a descansar.
***
Esa noche en la celda de la policía judicial, Itsuro Ishikawa recordó la terrible noche en la que siendo un niño, escondido en su casa en Japón, fue testigo de cómo Salas, de vacaciones en el país, abusó de su pequeña hermana menor. Ella le había hecho jurar que no tomaría venganza nunca, le hizo jurar por su propia vida. Él se lo juró. Ella había fallecido dos meses atrás, había quedado liberado del juramento.
domingo, 18 de diciembre de 2011
TALIÓN (Cuento)
Minutos antes de que aparezca el sol, el agente Morgan conducía el auto velozmente por la avenida siguiendo a un sedán blanco sin placas que raudo cruzaba las intersecciones sin sobreparar siquiera. Luego de siete minutos de persecución que parecieron una eternidad, el auto blanco se introdujo en una callejuela sin salida. Morgan se detuvo en la bocacalle a varios metros por precaución, calculando un ángulo que le permitiera retomar la avenida si fuese necesario. A su costado Vásquez abrió la puerta y quitó el seguro de su arma; se disponía a levantarse cuando vio en el vidrio delantero un pequeño orificio que no había visto un segundo antes, luego una sensación cálida e indolora en el pecho lo sobrecogió e inmediatamente percibió el ruido sordo de varios disparos alrededor, Morgan pisó el acelerador para salir del ángulo de tiro mientras decía entre dientes: “mierda, era un trampa…” y Vásquez sorprendido veía la sangre deslizarse entre los dedos de su mano derecha que instintivamente había colocado sobre la herida, vio también su arma caída en el piso del auto y la puerta de este todavía abierta, recién entonces tomó conciencia del dolor candente que aparecía en su torso, mientras la respiración se le hacía dificultosa y su visión se nublaba inevitablemente. Aturdido, apoyó la cabeza en respaldo y se abandonó al sopor, mientras que Morgan en vano lo sacudía y le gritaba que no se rinda, sin dejar de conducir a toda velocidad rumbo al hospital.* * *
Varias horas antes, el día anterior, Álvarez les había asignado el seguimiento a un caso de homicidio extraño, más temprano, en un apartado barrio de la ciudad había sido hallado el cuerpo de un hombre con un tiro en la cabeza. El sujeto vivía solo un departamento y era ex policía. Fueron a la oficina de Vizcarra, el técnico de criminalística, y este les mostró la evidencia recogida. No había señales de cerraduras forzadas, el agresor ingresó al departamento aparentemente con el consentimiento de la víctima. No había tampoco señales de pelea. El disparo entró limpio por la sien y lo mató en el acto. La puerta del departamento estaba cerrada y el tirador sin huellas, lo que significaba que el homicida había tenido la precaución de limpiarlo al salir.
– ¿Qué piensas primo? – preguntó Morgan mientras revisaba las fotos del departamento en la oficina de Vizcarra.
– Parece un trabajo profesional. Frio, calculado, premeditado. ¿Quién querría matar a un ex policía?
– Un ex convicto que haya sido detenido por él, es una buena opción.
– Es verdad – replicó Vásquez – tenemos que averiguar en qué investigaciones intervino.
– No es necesario – dijo Vizcarra – me adelanté con eso, él no ha trabajado en investigaciones. Era policía de bancos. Los que cuidan las puertas de ingreso, custodia de caudales. Ya saben.
– ¿Entonces nunca mandó a nadie a la cárcel? – preguntó Morgan.
– No, nunca – dijo Vizcarra – por lo menos eso aparece de su legajo.
– El asunto se complica – afirmó Vásquez – tenemos que empezar por otro lado. ¿Fue dado de baja? ¿Cómo se llama?
– Javier Salinas y no, no fue dado de baja, se jubiló por años de servicio – señaló el técnico.
– ¿Mujer? ¿Amante? ¿Hijos? – inquirió Morgan
– Viudo. Un hijo mayor que vive fuera del país. Recién hace un rato lo notificamos por teléfono. Se contrarió pero al parecer no podrá venir. El seguro policial se hará cargo del sepelio.
– Vaya, además un funeral solitario – lamentó Vásquez – empezaremos por ahí.
Más tarde, en la capilla ardiente de local policial, los únicos presentes eran Morgan y Vásquez, sentados en el fondo esperaban la aparición de alguien más. A las ocho llegó un representante del sindicato trayendo una corona, rato más tarde un edecán de la comandancia para dejar otra. Como a las diez de la noche llegaron algunos compañeros de la promoción del difunto, bastante mayores, con el paso cansado, cabizbajos y callados. Cinco de ellos se reunieron en una esquina y mandaron a traer pisco y café. Fumaban y bebía casi sin hablar. Cuando los agentes estaban a punto de irse, llegó un personaje extraño, tendría unos cuarenta años, estaba bien vestido; entró al ambiente sin mirar a nadie y se dirigió al ataúd todavía abierto. Se detuvo frente a él y miró al difunto. Luego se retiró rápidamente sin santiguarse. Morgan y Vásquez esperaron algunos segundos y salieron tras él. El sujeto se subió a un auto blanco, sin placas y con las lunas polarizadas y arrancó. Lo siguieron en el auto de Morgan tratando de mantener una discreta distancia.
– ¿A dónde crees que nos lleve esto? – preguntó Vásquez
– No lo sé, pero fue raro como se acercó al ataúd.
– Es cierto. ¿Crees que sea el asesino?
– Puede ser, pero si no lo es, nos llevará a él. Tengo el presentimiento – contestó Morgan.
Luego de seguirlo por varios minutos, el auto ingresó a la cochera de un centro comercial cerca del centro de la ciudad. Los agentes esperaron pacientemente hasta pasadas las tres de la mañana, eran prácticamente los últimos carros en el estacionamiento. El sujeto salió acompañado de dos hombres más. Subieron al auto y partieron. Luego de algunos minutos, al parecer se percataron de que los agentes los seguían, veinte minutos después el agente Vásquez caía herido.
* * *
Luego de una operación de varias horas, el médico informaba al agente Morgan que Vásquez estaba fuera de peligro. Debía descansar. Al día siguiente en compañía de Álvarez visitó a su compañero. Vásquez débil en la habitación del hospital los recibió.
– ¿Qué sabemos? – preguntó con voz pausada.
– Sabemos quiénes son, Morgan ya los identificó en el registro fotográfico – contestó Álvarez – sin embargo, tenemos una ventaja, por lo que hemos averiguado con nuestros contactos en la calle, ellos no saben que fueron ustedes.
– ¿Entonces? – preguntó Vásquez.
– El tipo que fue al velorio es un policía en actividad, al parecer cruzó la línea y opera con una banda de extorsionadores. Todavía no tenemos evidencia para vincularlo con la muerte de Salinas. Esperaremos que te recuperes. No queremos alertarlo por ahora, ustedes siguen en el caso – explicó el comandante.
– Entendido – replicó el agente.
– Me has hecho pasar el susto de mi vida – dijo Morgan.
– Fue mi culpa primo – reconoció Vásquez.
– No, primo, son cosas que pasan. ¿Necesitas algo?
– Sí, por favor. Tráeme algo para leer antes de que la televisión nacional haga lo que no pudo la bala – contestó, y ambos agentes rieron.
* * *
Dieciocho días después Vásquez, todavía débil pero bastante recuperado subió al auto de Morgan. Todavía se podía ver el orifico de la bala en el parabrisas.
– ¿Cuándo vas a cambiar el vidrio? – preguntó mortificado.
– Cuando me paguen.
– Yo te presto el dinero, me trae mala vibra ver eso ahí – replicó Vásquez.
– Hecho – sonrió Morgan.
Se habían citado con el Resortes, el agente encubierto, en un establecimiento de comida rápida del centro, al atardecer. Este llegó como siempre, barbado pero en esta ocasión con un look rastafari en el cabello, traía un tubo de cartulina forrada de tela negra, sobre él varias pulseras de artesanía hechas con cuero y alambre de joyero. En la otra mano una tabla de madera con algunos retratos callejeros a carboncillo. Se acercó y les ofreció las pulseras, mientras ambos simulaban ver la mercadería, Morgan le soltó la pregunta discretamente:
– ¿Resortes, sabes algo de un policía que se pasó al otro lado? Tiene que ver con una banda de extorsionadores.
– Se rumorea de un tigre. Dicen que se bajó al tío Salinas.
– ¿Y sabes por qué?
– El tío Salinas era legal. Trabajaba como asesor privado de seguridad para un empresario que tiene perfil bajo. Parece que el Mono quería una tajada de la torta.
– ¿Mono? – preguntó Vásquez mientras se probaba una muñequera de cuero.
– Sí, le dicen el Mono, se apellida Carpio. Hay una discoteca, El Averno. Allí se reúne con sus compinches – contestó, luego levantando la voz dijo – ¡Llévate esta pues tío, es de cuero con amatista!
– ¿Cuánto maestrito? – preguntó Vásquez.
– Quince nomás.
Vásquez pagó y se metió la pulsera al bolsillo. El Resortes desapareció lentamente entre la gente fumándose un cigarro. Los agentes se quedaron para terminar de comer.
– ¿Quién será ese empresario?
– Debe ser uno bastante discreto. No aparecía en ningún documento del departamento de Salinas y no presentó ninguna denuncia. Seguramente no quería empapelarse.
– Puede ser. Ahora vamos a buscar a ese mono.
En la noche esperaron pacientemente en El Averno, conversando de cualquier cosa. Luego de cerca de dos horas de humo de cigarro y música tan pegajosa como mala, entraron dos sujetos de aspecto común, uno de ellos era calvo y con una argolla plateada en la oreja derecha, el otro de bigotes y cojeaba levemente de la pierna izquierda. Se sentaron frente a una mesa ubicada en la zona más oscura, de inmediato se acercaron dos mujeres y se sentaron con ellos. Morgan simuló ir al baño para verificar el área. Vásquez siguió a los dos tipos con la mirada, momentos después apareció el Mono, se acercó a la mesa y uno de los tipos hizo una seña para que las mujeres se alejaran, ellas se retiraron molestas y los tres hombres hablaron algo. Al parecer discutían algo pero sin llegar a ser una pelea. Se pusieron de acuerdo, se dieron la mano y el Mono se retiró.
– ¿Lo seguimos? – preguntó Morgan.
– No, no es buena idea. Ya conoce tu carro. Esperemos a ver que hacen esto dos.
A las dos de la mañana los sujetos salieron con las damas de compañía y se dirigieron a un hotel cercano. No había razón para intervenirlos, la prostitución no es delito. Ambos agente se fueron a sus casas.
Días después y luego de un cuidadoso seguimiento con ayuda de la división de estafas, lograron intervenir a los dos sujetos en pleno proceso de extorción a un empresario del mercado central. Cuando los esposaban, uno de ellos le dijo a Morgan:
– Jefe, deje que me vaya. Tengo un sencillo en el carro.
– Te has equivocado tigre – contestó Morgan – nosotros no jugamos así.
– Yo sé quien ha matado al tío Salinas – replicó el sujeto. Ambos agentes se volvieron hacia él al mismo tiempo.
– Habla y te ayudamos con el fiscal – dijo Vásquez.
– El Mono, está ahorita esperándonos en la placita que está a espaldas del mercado.
Morgan entregó al detenido a otro efectivo y ambos agentes corrieron hacia el auto. A toda velocidad llegaron a la plaza, el Mono los vio por el espejo retrovisor y de inmediato inició la huida. Lo persiguieron varias cuadras. De pronto estaban ingresando a los peligrosos barracones, la zona roja de la ciudad; Morgan miró a Vásquez y este le hizo una seña para que siga conduciendo. Al llegar a una vieja quinta el Mono se bajó del carro e ingresó a ella a toda velocidad. Los agentes bajaron también y entraron a la desvencijada edificación. Vásquez le hizo una seña a Morgan para que entre por la parte de atrás, luego derribó una vieja puerta de madera e ingresó a uno de los ambientes. Apenas estuvo adentro fue recibido por un par de disparos proveniente de la segunda planta. Avanzó con cuidado. Subió por las escaleras y pudo ver al Mono tratando de saltar por el balcón. Corrió y lo apuntó con el arma:
– ¡Quieto Mono, estas jodido!
– Tranquilo – dijo el Mono levantando las manos, en la derecha todavía sostenía el arma. Vásquez notó que la pierna del pantalón del tipo se había enganchado en un oxidado fierro saliente del balcón.
– ¡Suelta el arma! – ordenó el agente.
– ¡No joda agente! – replicó el Mono. No le va a disparar a un compañero.
– ¡Suelta el arma! – repitió Vásquez algo nervioso.
– ¡No sea pendejo! Aquí hay plata para todos. No joda su vida ni la de su familia. A mí no me cuesta nada averiguar donde vive. Si me deja ir, le juro que no se va a arrepentir.
– Si no sueltas el arma Mono, voy a disparar – dijo el agente con firmeza, al tiempo que acariciaba el gatillo de su pistola.
– ¡Puta mare! ¡No sea terco! Yo no voy a ir a ningún lado. O me voy de aquí caminando agente o nos vamos a quemar los dos.
Vásquez fijó la vista en la mano del Mono empuñando el arma, vio con claridad como doblaba la muñeca y asentaba los dedos, el índice deslizándose sobre el gatillo, recordó el ardor en su pecho, la sensación de vacío, las imágenes que cruzaron su mente cuando se desvanecía en el asiento del auto de Morgan mientras la sangre discurría entre sus dedos, la tristeza de las cosas que no habría leído si moría, las cosas que no había cocinado, que no había comido, la mujer que aún no había hallado, el hijo que todavía no había tenido. El orificio oscuro del cañón apuntaba directamente hacia él, como un túnel infinito e insondable, el Mono lo miraba a los ojos y sonreía; siempre pensó que había que tener mucho valor o ser un verdadero hijo de puta para dispararle a alguien mirándole a los ojos, no había más ruido, los músculos de sus dedos en su mano se tensaron y escuchó el retumbar profundo del disparo y una sensación de paz, bajó el brazo y cayó al piso.
Morgan llegó y vio al agente sentado en el piso, exhausto. En el balcón el Mono colgaba muerto con un certero disparo entre ceja y ceja.
– ¿Qué pasó? – preguntó.
– No quiso bajar el arma.
– ¿Y tú estás bien?
– Sí, algo débil. Ya se pasará. Creo que ya estoy muy viejo para estos trotes.
– Vamos primo. Apóyate en mi hombro. Ya vienen las patrullas.
Mientras bajaban las gradas, Vásquez pensaba que lo único que realmente extrañaría de este empleo, sería trabajar con alguien tan cojonudamente decente como su primo, el agente Morgan.
lunes, 29 de agosto de 2011
EL MISTERIOSO CASO DEL BAR ZULÚ (Cuento)
En el oscuro bar de los suburbios, Vásquez, sentado en una esquina con un cuba libre a medio beber, observaba atentamente a los parroquianos. Ya llevaba media hora allí. Vestido con un traje anacrónico, cachucha y cadenas plateadas sobre la camisa floreada, desarrollaba su papel de roquero viejo. Morgan detrás de la barra, vestido de oscuro y una negra barba cubriendo su mentón, servía tragos a los clientes. Estuvieron sin hablarse más allá de lo indispensable durante casi tres horas, luego escucharon cada uno desde su lugar los estridentes ruidos del grupo de irreverentes veinteañeros que subieron al escenario para destruir inmisericordemente canciones de Deep Purple, U2, Metallica y Guns & Roses. Morgan conversó con cuatro o cinco atractivas muchachas y bebió un trago con alguna de ellas sin dejar de coquetear. Vásquez siguió sus movimientos atentamente, con la indumentaria que llevaba se aseguraba que ninguna muchacha se le acercara para distraerlo. Cerca de las cuatro de la mañana salieron cada uno por su cuenta para reunirse luego en la oficina.
– Ya estoy cansado de esta barba de náufrago y de las amanecidas – dijo Morgan apenas entró a la oficina. Vásquez le señaló el vaso descartable con café sobre la mesa.
– Paciencia – dijo su compañero – todavía no tenemos ni un sospechoso y tú quieres afeitarte. Así es el trabajo de agente encubierto, te lo advertí antes de que aceptes.
– Pero es casi un mes – replicó con pesar el agente mientras probaba el café – y además otra vez estoy mal con tanta amanecida, humo de cigarro, trago y café.
– ¿Hoy averiguaste algo?
– Nada, las chicas todavía andan asustadas, pero no tengo un sospechoso. Yo creo que tenemos que replantear el perfil.
– Detesto los casos raros – murmuró molesto Vásquez.
* * *
Al día siguiente mientras revisaban los documentos relacionados con el caso, Vásquez espetó una maldición sorda y lanzó un papel sobre la mesa.
– ¿Qué pasa primo? – preguntó Morgan.
– ¡Otra vez me ha venido la boleta con descuentos!
– Tranquilo, habla con la chica de contabilidad. Si ya te expliqué el procedimiento para que te cuenten las horas nocturnas.
– ¡Pero si sigo todos los pasos! Los últimos tres meses he tenido que bajar a contabilidad a subsanar observaciones y al final me pagan lo que es, pero tarde, eso me quita tiempo y también me complica la vida con las cuotas de mis créditos.
– Bueno, para que te compras sillones caros pues – contestó riendo Morgan.
– El sillón lo compré al contado. A crédito pago los libros que leo sentado en él – replicó más tranquilo Vásquez al mismo tiempo que se ponía de pie y salía de la oficina.
Minutos después ingresaba a la oficina de contabilidad situada en el tercer piso, dos pisos más abajo que la suya. Allí estaba Nelly con su traje sastre insípido, lentes de aumento, el cabello recogido en un moño y los zapatos anchos de taco bajo. Vásquez tomó aire y se sentó a explicar su problema por cuarta vez. Nelly, que estaba escribiendo en su computador, congeló sus dedos sobre el teclado y en esa posición escuchó todo lo que el agente tenía que decir sin inmutarse. Luego le señaló un formulario sobre la mesa y dijo un frio “Llénelo.”
– No voy a llenar nada – dijo Vásquez.
– ¿Perdón agente? – respondió la mujer.
– Es que es lo mismo todos los meses. ¿No es más fácil que usted corrija de una vez mi planilla?
– Bueno, depende de usted. Si no quiere que le paguen…
– Pero…
– Discúlpeme agente, estoy ocupada ahora.
Vásquez sintió la cólera haciendo ebullición en su vientre y las ganas irrefrenables de decir algo hiriente y malvado, pero pensó en sus preciados libros y sobre todo en aquellos que pensaba comprar los próximos días, apretó los dientes y tomó un formulario mientras la sangre latía en sus sienes.
– Eres mala – dijo la compañera de oficina de Nelly entre risitas luego de que el agente saliera furioso después de firmar y entregar el formulario.
– ¿Qué hago amiga? – contestó suspirando la contadora, si es la única manera que tengo de verlo aunque sea una vez al mes.
* * *
En el departamento de criminalística, el técnico Vizcarra les mostró los resultados de los exámenes hechos a la muchacha asesinada. Estaban también en el folder las ampliaciones de los informes del médico legista y del sicólogo forense. Vizcarra explicó con detalle el contenido de los informes y los mecanismos de tomas de muestras y aseguramiento de la escena del crimen. La víctima mujer blanca, veinticuatro años, clase alta, educada. El perfil del presunto homicida no había variado, había sido alguien cuidadoso, al parecer había conocido a la muchacha en el bar Zulú, donde los agentes venían trabajando encubiertos los últimos veintiséis días. Al salir había subido al auto de la víctima que se llamaba Daniela Salas, este había sido encontrado a varios kilómetros de distancia, en una transversal poco transitada. Salas estaba muerta por una sobre dosis. En un inicio se planteó el caso como una muerte accidental más. Sin embargo a los pocos días los análisis arrojaron indicios de que no pudo haber sido así. La jeringuilla encontrada tenía las huellas de Salas en una disposición tal que era imposible que se hubiesen generado de esa forma si se la hubiese aplicado ella misma y en un vaso descartable había residuos de café con un poderoso somnífero. Álvarez les había encargado especialmente el caso cuando esa información se filtró a la prensa y se desató un escándalo. Otra vez empresarios y políticos influyentes exigiendo resultados por que se había tocado a uno de los suyos.
– ¿Oye Vizcarra cuánto cobraste por soltarle el dato a la prensa? – bromeó Vásquez mientras hojeaba los informes.
– ¿Qué pasó? – reaccionó ofendido el amable técnico.
– Es una broma Vizcarra ¿pero sabes quien fue?
– Los de siempre, los asistentes de los fiscales o los ayudantes del forense. No hay otra.
– Lo que nos interesa saber es quien mató a la chica – dijo cortante Morgan.
– Pues, de acuerdo al sicólogo podría ser un hombre joven – respondió rápidamente Vizcarra nervioso – blanco, de buena posición…
– Ya, ya... – interrumpió Vásquez – eso ya lo sabemos mejor que el sicólogo. Datos concretos, secreciones, huellas digitales, pelos…
– Nada de eso, el tipo fue cuidadoso, no hubo ataque sexual, ni huellas, pudo haber usado guantes.
– Entonces era premeditado – sostuvo Vásquez.
– Pues así parece – afirmó Vizcarra.
– Bien, avísanos si sabes algo – dijo Morgan haciéndole una seña a su compañero y ambos agentes salieron.
Una vez en el auto empezaron a reformular las hipótesis, resolvieron volver a interrogar a los padres de Daniela y a sus amigos cercanos. Cualquiera podía haber visto algo o a alguien.
* * *
Tres días después Álvarez intranquilo hacía llamar a los dos agentes a su despacho.
– Están apestando a chingana – fue lo primero que dijo Álvarez cuando los dos policías ingresaron a su oficina.
– Con los días uno pierde la sensibilidad al olor jefe – dijo Morgan.
– Bueno, qué hay respecto a la chica Salas.
– Nada todavía – contestó Vásquez – los padres no tienen la menor idea de quien pueda ser y las amigas tampoco, no sabían de algún pretendiente o enamorado. Entrevistamos a los “ex” y de los tres últimos, uno está en Estados Unidos, otro trabajando en el interior y al tercero ya no le gustan las mujeres. Estudia arte dramático y hace más de cuatro años que no forma parte del círculo social de la chica.
– Demonios – dijo Álvarez – si no son los ex enamorados, son los amigos cercanos o los parientes. Los parientes por dinero, los amigos por celos o envidia. ¿Qué hay del patrimonio de la familia?
– No hay deudas – señaló Morgan – revisé las cuentas. Tienen algunos créditos, todos al día, la mayoría tarjetas de crédito. Los ingresos de la familia no son problema. Ella era hija única, así que tampoco habían conflictos sucesorios. Con su muerte no se beneficia particularmente nadie. No habían seguros tampoco.
– “Conflictos sucesorios” – remedó Álvarez divertido – ¿De dónde sacas esas frasecitas?
– Será de tanto juntarme con Vásquez, señor – contestó Morgan entre risas.
– ¡Ya! ¡Ya!, bueno, nos quedan los amigos entonces – apuntó Álvarez – ya saben cómo es la cosa.
– Ya sabemos – agregó sonriendo Vásquez – el mejor amigo tarde o temprano suelta la lengua.
– Así es señores. Vayan a darse un baño y entrevisten a ese mejor amigo.
– Amiga señor.
– Lo que sea. Ahora fuera de mi vista.
Morgan y Vásquez se pusieron de pie, cuando se disponían a salir, Álvarez señaló:
– ¡Ah! Vásquez, me olvidaba, lo están llamando en personal, planillas creo, no sé qué problema hay con su “file”.
– Gracias – contestó el agente sin una pizca de alegría ya.
Una vez en los pasillos, Morgan bromeó:
– Oye primo, ¿no será que esa Nelly te está fastidiando por algo?
– Ni idea.
– ¿No le habrás hecho algo, tal vez algún comentario subido de tono?
– ¿Yo? Jamás. Si la mujer es más seria que una colonoscopía.
– Si pues. ¿Qué raro no?
– Un día me voy a cansar y…
– Tranquilo compadre, corre y averigua qué quiere la Nelly.
Quince minutos más tarde regresaba Vásquez con dos cartones en la mano.
– ¿Qué es eso? – preguntó Morgan.
– Se pasan, me endilgaron dos tarjetas de parrillada para el sábado, “pro fondos”, estás cordialmente invitado.
– Yo paso.
– No pasas nada. La compañera de Nelly ha insistido particularmente para que vayas.
– No, no.
– No hay forma primito, tienes que ayudarme, si no, no me voy a poder sacar ese problema de encima. Además, ahora que Gretzel te abandonó, necesitas otro clavo.
– Otro clavo… – gruñó Morgan.
* * *
Por la tarde los agentes volvían a entrevistar a Brenda Stoll. Era una mujer de estatura promedio, delgada, lo que la hacía ver más alta. Tendría unos veinticinco años, aunque por momentos parecía menor. Largo cabello castaño claro y tez blanca, tenía la voz muy suave y serena, vocalizaba con cuidado y no tenía un acento definido. De apariencia muy bien cuidada y trato fino, se sentó de lado en una de las sillas de la sala de interrogatorios. Vásquez con el fin de probar su teoría se dispensó por unos minutos, luego regresó silenciosamente por detrás de ella con un pesado libro y lo dejó caer pesadamente a propósito. Brenda reaccionó saltando de la silla, al tiempo que emitía un gritito breve y se ponía una mano al pecho y luego acomodaba sus lentes de aumento que se habían salido de lugar.
– Disculpe – dijo Vásquez.
– No, está bien – contestó la mujer – discúlpeme a mí, es que esto es tan extraño.
– Entiendo. Bueno, manos a la obra – dijo el agente al tiempo que encendía una video grabadora de mano y la colocaba sobre la mesa – le informo que la entrevista será filmada, necesito su consentimiento señorita Brenda Stoll.
– No hay problema – contestó la muchacha en el preciso momento que ingresaba a la sala el agente Morgan.
– Ya nos ha dicho usted que Daniela era su amiga, que eran cercanas y que al momento de los hechos ella no tenía ninguna relación sentimental. ¿Sabe usted de alguien que quisiera hacerle daño?
– No señor. Ella era muy buena. No se me ocurre que alguien quisiera hacerle algo malo.
– ¿Tenía un carácter fuerte? ¿Conflictivo?
– Carácter fuerte, algunas veces, como cualquiera. Pero conflictiva no creo.
– Trate de hacer memoria – intervino Morgan – ¿alguna charla casual, algún comentario suelto que le pueda hacer pensar que había conocido a alguien recientemente?
– No, lo siento – contestó con tristeza la mujer y agacho la cabeza.
– La otra alternativa – dijo Vásquez tratando de presionar – es que Daniela haya conocido a su agresor esa misma noche y hayan acordado tener sexo, ella se arrepintió en el camino… él no aceptó… se le fue de las manos…
– No lo creería de Daniela, señor. Ella no hacia esas cosas.
– Además por la evidencia que tenemos parece que fue planificado – agregó Morgan – pensamos que tuvo que conocer a la persona antes. No se robaron nada, no dejaron huellas.
– Sí, eso supe – dijo Brenda.
– Usted estuvo esa noche con ella, ¿la vio conversar con alguien?
– No, entramos juntas al bar, conversamos un rato, no bailamos. Yo me fui como a las doce, el humo del cigarro y las luces me hacían lagrimear los ojos. Ella me dijo que se quedaría. Salí y tome un taxi. Al día siguiente me enteré lo que había pasado.
La muchacha se echó a llorar, le dieron un vaso con agua y continuaron con el interrogatorio por una hora más. Casi al final Brenda se quedó pensando unos minutos y le dijo al agente Morgan:
– Me acabo de acordar de algo, tal vez no tenga importancia, pero Daniela me dijo dos días antes de su triste muerte, que no sabía cómo alejarse de una persona.
– ¿Qué persona? – preguntó Morgan.
– No lo sé, no lo dijo.
– Trate de recordar. Literalmente si es posible. ¿Qué le dijo Daniela?
– Dijo: “Brenda, ¿qué harías tú si quisieras alejarte de una persona que te perturba?”
– ¿Y usted qué le respondió? – inquirió Vásquez.
– Lo tomé a la ligera, ahora me arrepiento ¡Jesús! Le dije tan solo que debería alejarse de personas negativas, que el mundo es un lugar feliz. ¡Ay mi Dios! Si le hubiese preguntado quién era esa persona…
– No se torture señorita – apuntó Morgan, usted no podía saber.
* * *
Esa misma tarde, en su departamento, Victoria quemaba en un tacho de basura metálico un par de guantes de látex, los sobrantes de un somnífero y las ampollas de droga que había conseguido algunas semanas atrás. Al final lanzó al fuego las únicas dos cartas que Daniela le había escrito.
* * *
– ¿Qué piensas? – preguntó Vásquez, consciente de que la pregunta era más para sí mismo que para su compañero.
– No se primo – contestó Morgan instintivamente – alguien tiene que haberla visto subiendo al auto con el homicida. Es nuestra única salida. Vizcarra ya revisó su facebook y está tratando de quebrar la clave de su correo electrónico. Y nada. Algunos pretendientes, pero nada serio. Contigo hemos revisado las coartadas y todos estaban en otros lugares esa noche.
– Y en el bar nadie suelta prenda.
– Repasemos, ¿Qué sucedió esa noche?
– Daniela sale de su casa a las siete. Va a la casa de Brenda. Se van juntas al bar Zulú como a las diez treinta. Brenda se retira a las doce. Daniela sale aproximadamente una hora después y la encuentran muerta a las cuatro. El forense dice que la hora del deceso pudo haber sido entre la una y las dos de la mañana.
– El portero dice que vio salir a Brenda sola como a las doce, llorando.
– No estaba llorando, era el lagrimeo por las luces y el humo.
– Supongamos eso, y luego… nada.
– Ok, vamos a ver si alguien vio salir a Brenda a la hora que dice.
– Vamos pues – contestó resignado Morgan.
* * *
El día sábado en la parrillada pro fondos del área de contabilidad, Morgan y Vásquez casi fueron víctimas de un infarto cuando vieron llegar a Nelly. Estaba irreconocible, era la primera vez que la veían con ropa de color. Tenía un juvenil traje naranja, el cabello lacio suelto, bien peinado sujeto con dos discretos ganchos que hacían juego con la ropa. La vieron sonriente y alegre, como nunca la habían visto en la oficina. De un momento a otro se vieron conversando los tres amenamente, luego llegó Aída, la compañera de Nelly que se había puesto un desopilante trajecito blanco de marinero. Se acercó al grupo y saludó a todos, pero especialmente a Morgan. En el preciso momento en que Aída se colgaba del cuello del agente, este le hacía una mueca a Vásquez similar a una amenaza de muerte. Nelly y Vásquez rieron hasta llorar. Aída no entendió nada y Morgan sonreía con un disfuerzo que causaba más risa aún a Vásquez.
– Bueno, creo que la pareja necesita que los dejemos solos – dijo Vásquez burlándose.
– Sí – siguió el juego Nelly – vamos a dar una vuelta. Necesitan conocerse un poco mejor.
Morgan los miró con el ceño fruncido y los labios apretados. Si las miradas mataran, el agente Vásquez y Nelly habrían caído fulminados en ese instante.
Esa misma noche, Victoria, de sensual traje negro pegado al cuerpo conquistaba a un parroquiano en un bar. Se fue en su auto, estacionaron, no hicieron el amor, ella tomó el control absoluto de la situación, fue sexo brutal, salvaje y breve. Al terminar él estaba agitado y jadeante todavía cuando ella se separó de ese cuerpo sudoroso con una expresión de asco en el rostro. Victoria se bajó del auto con la sensación del semen escurriendo por la parte interna de su muslo, tropezó, se dobló el taco de su zapato, el tipo bajó del auto acomodándose la ropa y la quiso ayudar, ella le gritó que se aleje, que la deje en paz. Paró un taxi y se subió. En el asiento trasero lloró de miedo. El taxista le preguntó si quería que la lleve a la comisaría, ella le dijo entre sollozos que no. Que la lleve a su casa. En su cuarto se quitó la ropa y se acostó desnuda en la cama sin parar de llorar, hasta que se quedó dormida.
* * *
Álvarez en su escritorio parecía que estaba a punto de echar humo por las narices. Su labio superior temblaba y su usual peinado engominado estaba desordenado.
– ¡Un mes carajo! ¡Un mes desperdiciado, mierda! ¡Y ustedes par de huevonazos no tienen una puta idea de quién mató a la chica!
– Tranquilo jefe – dijo Morgan, mientras que Vásquez lo miraba de reojo, sin nada que decir. Ellos también sentían que estaban fallando como nunca antes.
– ¡Dos días carajo! ¡Cuarenta y ocho horas! ¡Ni un minuto más y quiero saber algún dato nuevo, si no se van a dirigir el tránsito! ¡ahora salgan de mi oficina!
Vásquez y Morgan caminaron en silencio por el pasillo como si del camino al patíbulo se tratara. Era como si el homicida fuese un fantasma, un ser invisible, pensó Morgan. Un ser invisible. Claro.
– Un ser invisible primo.
– ¿Qué?
– El asesino, es invisible.
– Ya te volviste loco de tanto golpe que te daba esa chica, carajo – dijo Vásquez.
– No, no… ¿Qué es lo invisible? ¡Defínelo! – preguntó Morgan emocionado.
– Lo que no podemos ver.
– O lo que no queremos ver.
– También.
– Estamos buscando un hombre. ¿Y si fuese una mujer? Les hemos preguntado a todos acerca de si Daniela estaba con algún hombre esa noche, pero no si había alguna mujer.
– Es la misma vaina, todos dicen que salió sola del Zulú.
– Invisible. No quería que la vieran, nadie la vio.
– Puede ser… , ¡eres un genio primo! – dijo Vásquez mientras ambos agentes aceleraban el paso hacia su oficina.
* * *
El barman del Zulú lo confirmó. Esa noche luego de que la muchacha delicada que llegó con Daniela se fuese, esta se quedó escuchando el concierto de rock en vivo. El grupo tocó como una hora, tal vez un poco menos. Recordó que en ese momento se acercó a la barra una mujer madura, sexy, como una pantera, vestida de negro, cabello negro también, lacio, con esos cortes al hombro y flequillo recto, como los dibujos japoneses. Intercambió algunas palabras con Daniela, bebió algo en la barra y se fue. Eso era todo.
El portero recordaba claramente haber visto entrar a esta mujer, recordó su personalidad arrolladora, pero no recordaba haberla visto salir a la hora que dijo el barman, pero aceptó el hecho de que pudo haber usado la puerta de escape para salir.
Los agentes fueron al departamento de Brenda Stoll al día siguiente. Una vez instalados en el estar de la vivienda de la tímida muchacha, esta les preguntó si deseaban beber algo. Dijeron que no y Morgan pidió permiso para usar el baño, cuando se retiró, Vásquez levantó la vista y pudo observar una gran cantidad de libros, si bien no era una cantidad enorme, hablaban bien de la muchacha.
– ¿Lee usted? – preguntó el agente.
– Sí, es uno de mis pasatiempos favoritos.
– Qué interesante, bonito hábito.
– Sí, agente – dijo dócilmente Brenda – cuando era adolescente era sumamente tímida y muy flaquita, como nadie me prestaba atención me dediqué a leer y estudiar. Si bien no era de las que intervenían a menudo en clase, siempre sacaba buenas notas. Pero los libros eran mi mundo, vivía con sus personajes, recién estos últimos tres años, desde que empecé a trabajar he empezado a salir un poco, a sociabilizar.
– Me sorprende que me diga que es flaca, perdóneme que se lo diga, no es mi intención faltarle el respeto, pero tiene usted una muy bonita figura. Muchas mujeres de su edad y hasta menores, matarían por tener una silueta como la suya.
– Bueno, era flaquita – replicó Stoll con sus maneras bien compuestas al tiempo que su rostro se ruborizaba – creo que lo sigo siendo, pero los aeróbicos ayudan mucho. Hace tres años que entreno, en el gimnasio de aquí a la vuelta.
– Y volviendo a la lectura señorita ¿qué ha leído últimamente?
– Bronte, Hemingway, Coelho… – contestó en el preciso momento que regresaba Morgan.
– Pero lo que escribe Coelho no es literatura – dijo Vásquez sin poder resistirse y riendo un poco.
– Entonces qué “si es” según usted – dijo Brenda con una determinación y un tono de voz que asustaron a Vásquez y Morgan.
– Discúlpeme, no quise ofenderla – remedió rápidamente Vásquez – lo que sucede es que particularmente no me gusta Coelho.
– Discúlpeme usted también – agregó la muchacha recompuesta – no era mi intención exaltarme. Cada uno tiene sus gustos.
Conversaron brevemente del caso, Brenda señaló que no conocía a nadie con las características que habían descrito el mozo y el portero del bar. Sin embargo la notaron algo incómoda. Vásquez lo atribuyó a su impertinente comentario acerca de Coelho.
Una vez en el auto, Morgan preguntó:
– ¿Qué te parece?
– Raro, sigo pensando que si de verdad esa extraña mujer de negro tuviese algo que ver, igual tendría que haber un hombre para completar el triángulo.
– Sí, tienes razón. Por dinero esta gente no se pelea, lo normal es que se hubiesen enfrentado por un hombre – agregó Morgan.
– Aunque…
– ¿Sí?
– ¿Y si no hay triángulo? Estamos pensando convencionalmente en un caso no convencional. Ya eso nos ha costado un mes de tiempo perdido. ¿Y si la mujer no iba tras un hombre?
– ¿Qué quieres decir?
– Que estaba yendo detrás de Daniela. Su objetivo era la misma Daniela – afirmó contundente Vásquez.
– Incluyamos la hipótesis ¿qué perdemos?
– No perdemos nada.
– Primo… –dijo Morgan luego de una pausa mientras manejaba – ¿hasta cuándo vamos a seguir trasnochando en el Zulú? Yo ya no aguanto más.
– Hasta que le llevemos algo sólido a Álvarez.
– ¡Diablos! Sabía que ibas a decir eso. Oye y ¿qué piensas de esta Brenda?
– No sé primo, no confío en la gente que lee a Coelho.
Ambos rieron.
* * *
Victoria abrió el closet. Escogió uno de los varios vestidos negros que tenía, se perfumó y maquilló con calma. Mientras se ponía las medias recordó a Daniela. La amaba. Era tan inteligente y bonita. Volvió a saborear aquél primer beso que se dieron meses atrás en medio del tumulto de un concierto. Fue prácticamente una casualidad, después se besaban en los baños de mujeres, se tomaban discretamente de la mano, se lanzaban miradas de complicidad. Eran felices con tan pequeñas cosas. ¿Porqué todo tuvo que cambiar? La semana anterior a su muerte, Daniela le había pedido dejar todo eso atrás. Pero ¿por qué? Habían logrado mantenerlo en secreto. Si Daniela le hubiese pedido mantenerlo en secreto para toda su vida, lo hubiese hecho. Hubiese aceptado ser su amante, su confidente, pero ¿por qué terminar? No podía entenderlo. Por eso lo preparó todo. Esperó pacientemente que se vaya esa mosca muerta de Brenda. La muy estúpida sabelotodo, modosita y cucufata. ¡Cómo la odiaba! Cuántas veces había dejado de ver a Daniela porque Brenda ya la había invitado a tomar el té, o a hacer compras. ¡Estúpida! Esa noche entró al bar, Daniela estaba sola, la citó en su auto, esperó que Daniela saliera por la puerta principal, ella por la puerta de escape. ¡Ay Daniela, que inocente fuiste! Fue tan fácil. El café con somnífero, la inyección, apretó sus dedos inertes contra la jeringuilla. Su rostro cambió por unos segundos recordando la sonrisa de Daniela, luego se irguió, ella tenía la culpa. Se lo merecía. Terminó de vestirse. Tomó una cartera y salió rumbo a la noche.
* * *
Morgan se recortaba un poco la barba espesa frente al espejo de la estación de policía, al mismo tiempo que Vásquez daba los últimos a su indumentaria, una horrible camisa brillante de cuello ancho, sobre la que descansaban tres gruesas cadenas de plata con dijes de calaveras y cruces, unos lentes oscuros a lo Héctor Lavoe y una correa de cuero con hebilla de metal con el rostro del Ché Guevara.
– Oye, ¿eres un roquero viejo o un chulo? – se burló Morgan.
– Por lo menos yo si voy bien afeitadito – replicó Vásquez palmeándose el rostro.
–¿Y qué fue de la Nelly? – no me has contado.
– Nada, buenos amigos – contestó distraído Vásquez.
– O sea que ya no más descuentos.
– ¡Ya no más!
– En buena hora, vas a tener que “agradecerle”.
– Si se vuelve a arreglar como el día de la parrillada, le agradezco… le agradezco… – dijo Vásquez - ¿cómo una mujer puede cambiar tanto solo con ropa y maquillaje no?
– ¿Solo las mujeres? – dijo sarcástico señalando el reflejo de ambos en el espejo.
– Tienes razón, mujeres y hombres.
Ambos rieron de buena gana mientras apagaban la luz y salían rumbo al Zulú.
* * *
Una vez en sus respectivas ubicaciones y luego de la misma infructuosa espera, cerca de la media noche Morgan se acercó con un vaso de cuba libre a la esquina de la barra donde estaba sentado Vásquez.
– Aquí tiene señor.
– Gracias mozo – dijo su colega mientras le guiñaba el ojo. Cuando Morgan empezaba a retirarse, Vásquez lo llamó nuevamente.
– ¡Mozo! ¡Un cenicero por favor!
Morgan sabía que esa era la contraseña, volteó discretamente y pudo ver a sus espaldas avanzando hacia su ubicación a una mujer que por un instante le recordó a Gretzel, cuando la tuvo más cerca notó que tenía algo familiar, pero no pudo descubrir qué. Era de estatura mediana, delgada, los tacos aguja la hacían ver más alta, de formas proporcionadas, esbelta, ágil, los labios pintados de rojo intenso perfecto y el cabello negro azabache, perfectamente lacio y con el flequillo recto. Desde que se acercó a la barra pudo notar la intensidad de su perturbadora personalidad.
– Un Manhattan por favor – ordenó.
– Claro – contestó Morgan al tiempo que le ponía una servilleta al frente, de pronto la mujer lo miró a los ojos y le sostuvo la mirada por algunos segundos, luego volteó dándole la espalda.
Morgan le hizo un gesto a Vásquez y este le contestó con otro juntando los cuatro dedos de su mano con el pulgar varias veces, sugiriéndole que le hable. Morgan negaba discretamente con la cabeza. Sirvió el Manhattan, luego tomó un cenicero y una servilleta, anotó unos pedidos y se acercó al lugar de Vásquez. Este tomó el cenicero, en la servilleta pudo leer “No va a hablar conmigo, me dio la espalda, intenta tú.”
Vásquez se sintió ridículo con su look setentero ¿cómo podría llamar siquiera la atención de una mujer fatal como la sospechosa? Se hizo de valor, tomó un poco de su cuba libre que ya estaba caliente y se acercó.
– Buenas noches – dijo.
– Buenas noches – contestó educadamente la mujer.
– ¿Puedo acompañarla? – dijo Vásquez.
– Claro – contestó ella – permítame que voy al tocador.
– La espero –dijo cortés el agente.
La mujer se alejó cimbreando las caderas y Vásquez con la mano en el bolsillo y su trago en la otra tuvo la curiosa imagen de ser un extra de una película del tipo de cara cortada, esa muchacha, pensó, que guapa. De pronto se percató de su estupidez, la diabla había caminado rumbo a la puerta de escape, el baño quedaba al otro lado.
– ¡Morgan! – gritó al tiempo que desenfundaba su arma.
Morgan saltó la barra y corrió hacia la salida del frente, Vásquez fue hacia el escape. Una vez en la calle, vio a lo lejos unas luces rojas desaparecer, el frenazo del auto de Morgan lo hizo reaccionar, subió y empezó la persecución. Varias cuadras más adelante divisaron un sedán oscuro, Morgan pisó el acelerador y Vásquez se puso el cinturón. Cerca al malecón la pista se hizo más estrecha, la mujer no podría controlar bien el auto a causa de los baches, Morgan le pisaba los talones, de pronto la mujer hizo una maniobra tratando de girar en U y el auto salió despedido despedazando el muro de contención. Morgan frenó y ambos agentes corrieron hacia el auto volcado. Al acercarse divisaron a la muchacha ensangrentada. Se acercaron con cuidado, al iluminarla con la linterna le preguntaron si estaba bien. La mujer estaba presionada contra el volante pero consciente. Vásquez se acercó para verificar que no estuviese armada mientras Morgan llamaba una ambulancia.
– Tranquila señorita – dijo Vásquez tomándole la mano – no se mueva, ya viene una ambulancia.
– ¿Qué hago aquí? – preguntó desorientada la muchacha.
– Cálmese, está usted en estado de shock, acaba de sufrir un accidente – replicó el agente con voz paternal.
– ¿Agente Vásquez? – dijo la muchacha – ¿Qué hago aquí, que hace usted aquí, dónde estoy?
Vásquez soltó la mano de la muchacha instintivamente, luego se acercó de nuevo y le iluminó el rostro. A un lado yacía una peluca negra.
– ¿Brenda? ¿Brenda Stoll?
* * *
Dos semanas después, un sábado por la tarde, en las mesas del centro comercial, Vásquez y Morgan, este último bien afeitado, esperaban por sus respectivos helados.
– ¿Y qué fue de la loquita primo? – preguntó Morgan.
– Nada, a un centro de salud mental. Ni siquiera la procesaron. Trastorno de identidad disociativo. Doble personalidad en otras palabras.
– Que trágico – lamentó Morgan.
– Sí. Fui a las audiencias en las que se determinó su estado. En esos casos una personalidad considera a la otra como un sujeto distinto. Cuando el disparador se activa, la personalidad protectora sale a flote. Es como un interruptor, cada personalidad cree sufrir episodios de amnesia, una no sabe las cosas que la otra hace. Normalmente son personas que han sufrido graves traumas en la infancia o temprana adolescencia.
– Increíble. Lo bueno es que Álvarez está contento, tú estás contento yo puedo dormir y estoy afeitado.
– ¿No estás contento?
– No seas pendejo. Hoy no. Esta es la última vez que te apoyo
– Gracias primo, no sabes cuánto te lo agradezco - dijo Vásquez al momento que aparecían Nelly y Aída para la cita doble que habían planeado. Nelly perfectamente arreglada para la ocasión y Aída con unas mallas negras y una blusa que le llegaba a las rodillas.
– ¿Ochentas? – dijo Morgan con sorna.
– Sí, se quedó en los ochentas – rió Vásquez mientras caminaba al encuentro de Nelly y su compañero meneaba la cabeza.
viernes, 10 de junio de 2011
LO QUE NO TIENE NOMBRE (Cuento)
El celular sobre la mesa de noche timbró varias veces antes de que el agente Vásquez pudiese despertar por completo, encender la lámpara y leer en la pequeña pantalla del aparato: “Morgan”, presionó el botón de contestar.– Aló, ¿Qué tenemos a esta hora de la madrugada querido primo? – dijo Vásquez bostezando.
– Tenemos un par de cuerpos en el parque Libertad, vente volando – contestó calmado el agente Morgan.
– ¡’ta mare!
– No hagas cólera primo, ponte un chullo y ven que aquí hace un frio que mata – replicó Morgan.
– ¿No se habrán muerto de frio?
– No seas pendejo. Ven antes de que vengan los buitres – dijo Morgan y colgó.
* * *
En el parque Libertad yacían entre los arbustos los cuerpos de dos mujeres, el agente Vásquez se colocó los guantes de goma y revisó cuidadosamente los cuerpos ayudándose con una pequeña linterna. A su lado Morgan fumaba un cigarrillo. Vásquez se incorporó y dijo:
– ¿No que habías dejado de fumar?
– Es para el frio – contestó Morgan.
– ¿Y la gastritis?
– Bien, te envía saludos.
– ¡Ja ja! Ok. Bueno, ya las viste ¿qué piensas?
– Ajuste de cuentas, no es pasional. Les dispararon aquí mismo. No se llevaron el poco dinero que tenían, dejaron sus identificaciones y celulares. Son colombianas.
– ¡Estás aprendiendo! Es cierto, los pasionales siempre implican heridas en los genitales, aquí los disparos fueron al pecho y cabeza, a matar. ¿Quién reportó los cuerpos?
– Una vecina, en esa ventana – Morgan señaló una ventana con persianas de un segundo piso.
– ¡Aja! ¿Esa en la que se puede ver la silueta de la vecina espiándonos?
– Sí, esa. Dijo que escuchó el ruido de los disparos y salió a ver. Pudo divisar un auto alejándose a velocidad.
– ¿Marca? ¿Modelo?
– La mujer tiene setenta y nueve. Dudo que pueda distinguir entre un escarabajo Volkswagen y un Ferrari.
– Quien sabe… ¿Tienes las identificaciones de las damas? – preguntó Vásquez.
– Sí, a ver… – sacó una bolsa transparente de su bolsillo y leyó a través de ella – María Ángeles de veintidós y Danira de veinticinco años. Una de ellas profesora de escuela, nacidas en diferentes ciudades.
– Dos mulatas, colombianas, jóvenes, cinco tiros a quemarropa. Interesante. Vamos a la oficina, previa parada en algún Starbucks.
– ¿Tú o yo?
– Yo. ¿Oye, te das cuenta que gastamos mucho en gasolina? Voy a vender mi carro y me voy a mudar a tu departamento.
– ¡Conchudo! – dijo Morgan riendo, Vásquez le palmeó la espalda riendo también y se fueron cada uno en su auto.
* * *
A las diez de la mañana Morgan contestó su celular. No dijo ni una palabra, colgó y le dijo a Vásquez: “Álvarez”
Cinco minutos después estaban ambos sentados en la oficina de Álvarez, este estaba hablando por teléfono. Morgan se dedicó a repasar por milésima vez la decoración de la oficina, ni un solo cuadro, las paredes llenas de títulos y diplomas de cursos de especialización, muchos en el extranjero, medallas, condecoraciones. Sobre el escritorio un prisma de ónix y sobre él en letras doradas las palabras “Comandante” y “Álvarez” resaltaban escandalosamente. Siempre pensó que esa especie de altar a su propio ego era una forma de decir: “Aquí el comandante soy yo, y miren mis títulos, me lo he ganado.” Se fijó en una pieza nueva en el escritorio, discretamente codeó a Vásquez y le hizo una seña con las cejas, Vásquez le guiñó un ojo. Era un tallado en madera, un fino trabajo que representaba un imponente Inca sosteniendo un varayoc. Recordó que hasta antes de las elecciones ese mismo lugar era ocupado por una escultura de una paloma sobre una estrella de cinco puntas y cinco años atrás había sido una chacana de piedra.
– Bien señores – dijo Álvarez al mismo tiempo que colgaba el teléfono- ¿Cómo va el asunto de las colombianas?
– Tenemos el reporte de migraciones – indicó Vásquez – entraron el mismo día por el Ecuador, hace diecisiete días.
– Y de acuerdo al listado, ese mismo día entraron cinco colombianas, hay otras tres – agregó Morgan.
– ¿Tienen algo más? – preguntó Álvarez.
– No mucho – contestó.
– Hablen con el Resortes – me informan.
Ambos agentes asintieron y se retiraron de la oficina. En el pasillo Morgan comentó acerca de la figura del Inca tallado en madera. “Política” dijo Vásquez.
* * *
Tres horas más tarde en una oscura cevichería en medio del barrio más peligroso de la ciudad, Morgan y Vásquez esperaban pacientemente frente a una sucia mesa de madera recubierta con un pedazo de mantel plástico que desprendía un desagradable olor a rancio. La mujer se acercó y colocó una botella de cerveza y tres vasos mugrosos. Vásquez colocó uno frente a Morgan, otro para él y el tercero y más viejo en el centro. Sirvió dos vasos y le gritó a la mujer que se alejaba: “Hey, canchita pe.” La mujer regresó con un poco de maíz tostado en un sucio tazón de arcilla y lo puso sobre la mesa.
– ¿Vendrá? – preguntó Morgan.
– Siempre viene, este es el “sitio” y no te olvides, cuando llegue no digas ni una sola palabra. Confía en mí.
Pasados unos minutos, entró un tipo de mediana estatura, blanco, con lentes de aumento, de cabello negro larguísimo, voluminoso y ensortijado como resortes precisamente. Llevaba una sucia mochila y adornaba su cuello y muñecas con innumerables artesanías de cuero y semillas.
- Pst, Elier – dijo Vásquez discretamente.
El tipo se volteó y se acercó a la mesa, se sentó rápidamente y se acercó a Vásquez susurrándole:
- ¡Puta, huevón! No me digas ese nombre, aquí soy Resortes.
- ¡Ya, ya! Oye resortes un help pues – dijo Vásquez mientras le hacía señas a la mesera para que traiga otro vaso.
- ¿Qué quieres? ¿Moño rojo o la blanca?
- Moño rojo, un “Paquito”.
- Ok – dijo resortes y buscó con mediana discreción en su canguro mientras la mujer dejaba el vaso en la mesa y Vásquez lo llenaba de cerveza.
- ¿Qué sabes de unas colombianas muertas en la plaza Libertad? – preguntó Vásquez con voz muy baja.
- ¡Uy, ese asunto está caliente cavernícola! – contestó Resortes – es una cosa de unos tipos nuevos en el barrio, traen burras de Colombia, les ofrecen trabajo de niñeras y terminan trabajando en los puticlubs del centro. Anda a El Diamante, sigue mi consejo y ahora me borro, voy a almorzar. Toma tu “paco”, son quince mangos.
Resortes dejó una cajita de fósforos al costado del vaso de Vásquez, este le entregó por debajo de la mesa un billete de veinte soles doblado. Resortes se levantó y bebió de un solo golpe la cerveza. Lanzó el poco de espuma que quedó en el en el vaso que Vásquez había dejado en el centro de la mesa y dijo:
– No tengo vuelto ´on.
– No te preocupes – contestó Vásquez – es para que te compres jabón, hueles a demonios.
Resortes soltó un par de carcajadas y se sentó en una mesa del lado opuesto del local al mismo tiempo que pedía un ceviche a la mesera.
– Vámonos – dijo Vásquez tomando su cerveza y recogiendo la cajita de fósforos, al mismo tiempo que dejaba una moneda de cinco soles sobre la mesa.
– ¿Por qué le has comprado marihuana a ese pastrulo? – preguntó Morgan cuando salieron.
– ¿Pastrulo? – replicó Vásquez – ese “man” es agente encubierto desde hace años por estos lares, y la dueña de la chingana es mujer de un sicario. Si vas a simular, tiene que estar bien hecho. Para ese taxi y pregúntale cuánto nos cobra hasta El Diamante en el centro.
* * *
Llegaron a El Diamante pero estaba cerrado. Decidieron volver en la noche. Regresaron a la oficina a recoger sus autos, Vásquez se despidió y se fue a su departamento. Morgan se subió al suyo pero no lo encendió. En el estacionamiento se quedó pensando. Todavía no había podido despejar de su mente la experiencia de haber participado en una sesión de sadomasoquismo. A pesar de que el club Ícaro era un lugar de moda y que ofrecía básicamente una visión demasiado soft del asunto, las imágenes de las anfitrionas vestidas de cuero o látex negro, portando látigos lo había perturbado profundamente. Necesitaba hablar con alguien, alguien de confianza y con la amplitud de criterio necesaria para comprenderlo. Encendió el auto y salió rápidamente del estacionamiento.
* * *
Vásquez en su departamento esperaba con ansias, sentado en el pequeño sofá con un libro de García Lorca entre manos pero sin leerlo, se levantaba, miraba por la ventana, regresaba al sofá, abría el libro, leía algunas líneas y luego miraba fijamente a la puerta. Decidió preparar un café, se levantó y precisamente cuando entraba a la cocina escuchó que golpeaban la puerta, dio media vuelta y corrió tan rápido que estuvo a punto de caerse, al abrir, allí estaba Morgan con una sonrisa forzada.
– ¿Qué haces aquí? – preguntó Vásquez.
– Vine para que me invites un café y conversar.
– Pasa, pasa… es que aproveché que no íbamos a hacer nada en la tarde para…
– ¿Alguna hembrita? – cuestionó artero Morgan.
– No…
Tocaron la puerta. Vásquez le hizo una seña a Morgan para que espere y corrió a la puerta, un sujeto preguntó si era la casa del señor Vásquez, este asintió emocionado como un niño y firmó una serie de formularios que el sujeto traía. Luego abrió totalmente la puerta y dos cargadores ingresaron un enorme bulto que depositaron en la mitad de la sala. Se despidieron amablemente y Vásquez cerró la puerta.
– ¿Qué es eso? – preguntó totalmente sorprendido Morgan.
– Ni te imaginas – contestó Vásquez – trae esa navaja y dame una mano.
Morgan tomó una navaja de la mesa con empuñadura de cuero y se acercó. Mientras iban retirando con cuidado las capas de plástico y cartón Morgan preguntó:
– ¿Qué opinas del fetichismo primo?
– Fetichismo. No sé. Me llaman la atención los portaligas, negros o blancos, jamás rojos. Los corsés, los vestidos victorianos con escote generoso, me parece interesante, pero no al extremo de no excitarme si están ausentes.
– ¿Cómo es eso?
– Algunos definen el fetichismo en el sentido de que es la única manera de lograr excitación. Si no se tiene el fetiche sencillamente esta no se produce. Yo creo que ese es el extremo de la línea. Me parece que todos tenemos algo, poco o mucho de fetichistas.
– ¿Y el sadomasoquismo?
– ¿Te ha golpeado el asunto del Ícaro no?
– Algo – contestó Morgan con un atisbo de vergüenza.
– Si te incomoda no lo nombres.
– ¿Cómo?
– Recuerda a los griegos – dijo Vásquez.
– ¿Los griegos eran sadomasoquistas?
– Tal vez, pero no era eso lo que quería decirte. Los griegos y otras culturas antiguas afirmaban que aquello que no tiene nombre no existe. ¿Te das cuenta? Ellos tenían solo siete colores, ello no significaba que no comprendiesen que en la naturaleza existían muchos más, pero los griegos solo nombraron siete y por tanto, para ellos los otros no existían formalmente.
– Entiendo, pero…
– Déjame terminar – interrumpió Vásquez – en contraposición, aquello que mencionas empieza a existir. Los metafísicos manejan ese concepto. Mira, tú eres un galán, normalmente no haces mucho esfuerzo para conquistar a una mujer, te he visto y usualmente son ellas las que te seducen. En cambio yo debo hacer un esfuerzo adicional, eso me da la ventaja del conocimiento empírico.
– ¿Eso qué tiene que ver?
– Tiene… y mucho. Imagínate lo siguiente: Yo trato de seducir a una mujer que acabo de conocer, ella me mira y no despierto su interés. No soy tú. Pero si ella me da la oportunidad de hablarle entonces mis posibilidades se multiplican. Mi don está aquí – dijo Vásquez señalando su sien – lo primero que hago es sugerir una hipótesis, le pido que me diga qué le gustaría hacer si yo fuese su novio o si saliera conmigo.
– ¿Y?
– Normalmente la primera vez se niegan, es normal, la negación es siempre la primera respuesta del ser humano ante una situación nueva. Yo le digo que es solo una inocente hipótesis y por supuesto improbable, de tal manera que insisto otra vez. Una vez que la dama dice algo como “Si usted fuese mi pareja me gustaría…” se produce un cambio en su cerebro, lo que era un imposible se empieza a convertir en una posibilidad; ella, al decirlo, al nombrarlo, lo convierte en un algo casi tangible y de allí a hacerlo realidad…, hay pocos pasos mi querido primo.
– Interesante…
– Entonces, si no quieres que algo te atrape mejor no lo menciones. Si lo empiezas a pensar despéjalo, todavía estás a tiempo, pero si lo empiezas a nombrar no vas a poder dejarlo.
– Igual quisiera saber tu opinión – dijo tímidamente Morgan.
– Mira, cada uno hace con su vida lo mejor que puede. Disfruta y no hagas daño. Las cartas sobre la mesa y todos contentos. En mi caso, si me llamara la atención “eso” que no queremos nombrar, yo probaría. ¡Ahora mira esta lindura!
Vásquez retiró el último cartón y apareció ante ellos un precioso sillón de espaldar alto, tapiz crema, altas patas de madera finamente torneadas al igual que los brazos y el borde del espaldar, todo ello barnizado con maestría.
– ¿Un sillón? – Preguntó Morgan.
– No es “un sillón”, este es un sillón Voltaire, he ahorrado cuatro años para poder comprarlo.
– Un sillón Voltaire… lo recuerdo, lo querías desde que leíste “La vida exagerada de Martín Romaña” hace diez años.
– Lo nombré y ahora aquí está – dijo Vásquez cruzando los brazos y mirando su adquisición con una sonrisa de satisfacción que iluminaba toda la habitación.
* * *
A las diez de la noche los agentes Morgan y Vásquez ingresaron a El Diamante. Apenas se sentaron en una de las mesas se acercaron dos muchachas mal vestidas con trapos que intentaban ser lencería.
– ¿Nos invitan un trago? – preguntó una de ellas.
– Claro – dijo Vásquez, pero antes, de dónde son ustedes.
– Somos de la selva – contestó la muchacha – somos de sangre caliente, ¿di?
– Me han dicho que hay una colocha – dijo Vásquez.
– Sí – dijo algo decepcionada la mujer – pero nosotras te podemos atender igual y hasta mejor.
– No – replicó Vásquez – envíame a todas las colochas que tengas, para mí y para mi amigo, si no voy a tener que irme a otro sitio.
– Ok, ustedes se lo pierden – dijo mientras se levantaba de la silla y le tendía la mano a su compañera para llevársela.
– Te desenvuelves bien en estos sitios primo – dijo Morgan con picardía.
– Mi viejo era militar, por lo tanto casi todos mis amigos eran hijos de militares cuando tenía dieciocho años. Durante un tiempo casi todos los fines de semana hacíamos tours por lugares como estos a iniciativa de los padres de mis amigos.
– Yo en cambio he venido a lugares como este muy poco.
– Todos funcionan igual, el dueño gana dinero por la venta de los tragos, más que por la cerveza, a las chicas se les llama ficheras, si les invitas un trago que no sea cerveza acumulan fichas. Mientras más botellas te obliguen a tomar, más fichas acumulan, luego al final de la noche canjean las fichas por efectivo, son sus comisiones.
– Entonces al dueño del local no les conviene que salgan con un cliente.
– Para nada – contestó Vásquez – pero es la zanahoria en el palo, siempre te dicen que si compras una botella más saldrán contigo. La mayoría de hombres saben cómo funciona el asunto, pero prefieren ignorarlo. Quieren creer que la chica saldrá con ellos, al final rara vez lo hacen y si sucede debes para una fuerte comisión en la barra.
– Interesante.
En eso llegó una muchacha morena, de cabello rizado y corto, se sentó sonriente y se presentó.
– Buenas noches, ¿usted es al que le gustan las colombianas?
– ¿Tú eres colombiana? No parece – dijo Vásquez.
– Pues sí lo soy.
– No tienes acento, ¿de qué ciudad eres?
– Bucaramanga a mucha honra.
– No te había visto antes por aquí.
– Es que estoy recién llegadita, recién vine a trabajar aquí hace dos semanas – contestó la morena.
– Aquí mi amigo se ha quedado enamorado de una compatriota tuya, Danira; quiere llevársela a vivir con él a la selva – confesó Vásquez con un aire de complicidad.
– ¿A la selva?
– Sí – dijo Morgan – somos madereros.
– ¡Ay qué pena! - dijo la colombiana – Danira ya no trabaja aquí. Justo hace dos días se fue de viaje.
– ¿Y sabes a donde?
– A la selva, ¡qué casualidad! – dijo emocionada – yo también voy a irme en tres días, ya tengo mi pasaje, esta es mi última noche aquí.
– Qué bien, festejaremos tu despedida entonces – dijo Morgan – espérame un segundo, tengo que llamar a mi mujer, sacó su celular y marcó, “no voy a llegar esta noche cariño” dijo, colgó y quince minutos después entraron diez agentes armados al mando del comandante Álvarez al local para hacer una redada.
* * *
Al día siguiente, a media cuadra del estacionamiento de la estación de policía, Álvarez se sentó en una de las bancas de la juguería y pidió un zumo de naranja y una papa rellena. Minutos después llegaron Morgan y Vásquez.
– ¿La interrogaron? – preguntó sin preludio alguno.
– Sí – contestó Morgan. Al principio no quería hablar, pero ya soltó todo.
– ¿Cómo es la historia?
– Son cinco muchachas, las captaron en diferentes ciudades de Colombia, el trabajo lo hace una mujer colombiana también, les ofrecen venir a trabajar al Perú como niñeras en casas de familias acomodadas, les aseguran que ganarán entre mil a mil quinientos soles mensuales. Para ello les cobran una comisión de mil dólares, algo de tres mil soles.
– ¿Además les cobran? – se sorprendió Álvarez.
– Sí – dijo Vásquez – les dicen que es para gastos de viaje y comisión, les aseguran que recuperarán ese dinero en dos meses. Las traen por tierra cruzando por Ecuador. Una vez en la ciudad les quitan sus pasaportes y las llevan a lugares como El Diamante donde prácticamente las obligan a prostituirse o trabajar como ficheras, las amenazan con denunciarlas y destruir sus pasaportes. En el caso de Zulma, la muchacha que interrogamos, la amenazaron con hacerle daño a su hija de dos años que se quedó en Bucaramanga, como saben sus domicilios, la amenaza es verosímil.
– Esa gente es una mierda – dijo Álvarez – pero me imagino que eso no es todo, no creo que se den todo ese trabajo sólo para traerlas a un night club de mala muerte, les sale más barato traer chicas de la selva o de la sierra como siempre han hecho; a ver canten ¿qué más tenemos?
– Tiene razón comandante – agregó Morgan – lo del puticlub es solo la primera parte, el ablandamiento sicológico, la pasan tal mal que están emocionalmente quebradas, luego “aparece” misteriosamente un tipo, simulando ser parroquiano del lugar, a Zulma la contactó hace una semana, precisamente un día que ella estaba llorando en un rincón, le ofreció ayudarla y hace un par de días le dijo que la ayudaría a salir de ese lugar, le ha ofrecido pagarle dos mil dólares por llevar una mochila por carretera hasta Brasil, con ese dinero ella podrá rescatar su pasaporte y luego de Brasil regresar a Colombia. Ya sabemos qué lleva la mochila.
– Esta modalidad es nueva comandante – agregó Vásquez – sospechamos que las dos chicas que encontramos muertas se negaron a última hora a llevar el paquete.
– Buen trabajo caballeros. Hablen con la muchacha, ¿cómo se llamaba?
– Zulma – contestó Morgan
– Ofrézcanle regresarla a Colombia si colabora con nosotros.
– Ya lo hicimos – dijo Vásquez – no quiere. Cree que la buscarán en Colombia y que la matarán o que matarán a su hija si se enteran que ella los delató.
– ¿Y el programa de protección de testigos? – preguntó Morgan.
– Sólo funciona si como resultado de la operación atrapamos a toda una organización – dijo Álvarez – por un homicida no nos van a dar nada, no tienen presupuesto.
– ¿Entonces? – requirió Vásquez.
– Denme una organización o un cartel y yo me encargo de darle documentación nueva a Zulma y a su hija, si me dan menos no puedo hacer nada – señaló Álvarez mientras se ponía de pie y pagaba su cuenta.
– Entendido – dijo Morgan y se quedaron sentados mirándose el uno al otro mientras Álvarez se alejaba lentamente.
* * *
Morgan caminaba de un lado a otro en su casa con el celular en la mano. La mesera que conoció en el Ícaro le acababa de dar por teléfono un nuevo número y una recomendación “Ella es de las mejores en este asunto” le había dicho. Morgan se detuvo, respiró profundo y marcó el número. Al otro lado una voz femenina, fría y autoritaria le enumeró rápidamente una serie de reglas, una tarifa y una dirección. Morgan tomó nota. Preguntó tímidamente si a las ocho estaba bien, al otro lado de la línea un “sí, sea puntual” fue lo último que escuchó.
* * *
A las ocho de la noche el detective Morgan estaba parado y temblando de frio en una amplia avenida de una bonita urbanización de clase media alta. Frente a él se levantaba un enorme edificio de departamentos, calculó el cuarto piso, trató de adivinar cuál sería la habitación. Tomó un poco de valor, cruzo la calzada y presionó el botón del intercomunicador.
– ¿Sí? – contestó una voz robotizada.
– Hice una cita, para las ocho – dijo Morgan.
– Suba – dijo la voz segundos antes de percibir el sonido de la cerradura automática destrabándose.
Morgan empujó la puerta y camino hasta el ascensor. Subió. Departamento 4 B. “Un picnic” pensó. Cuando llegó a la puerta del departamento notó que estaba entreabierta. Entró, sus ojos se fueron acostumbrando poco a poco a la oscuridad de la habitación en penumbra, escucho una voz limpia diciéndole claramente que tome asiento. Miró a su alrededor y descubrió un confortable sillón de cuero negro. Se sentó. Alrededor había toda clase de aparatos e instrumentos acomodados en las paredes, por un segundo le vino a la mente la imagen del museo de la Santa Inquisición, en ese instante apareció ante él una silueta felina, tacones altos, envuelta en látex negro desde la punta de los pies hasta la cabeza, con excepción del rostro, los senos, las nalgas y el pubis que estaban totalmente expuestos, tenía el cabello castaño acomodado en una enorme cola de caballo y el sexo totalmente depilado. Tenía una extraña belleza europea.
– Dime un nombre para llamarte – dijo la mujer – uno imaginario.
– Sergio – mintió el detective.
– Yo soy Gretzel.
– ¿Es nombre es real o imaginario? – bromeó Morgan y se arrepintió de inmediato cuando sintió la quemadura lacerante de un látigo sobre su muslo izquierdo.
– ¡Silencio! – ordenó la mujer – aquí mando yo. ¿Recuerdas las reglas?
– Sí – contestó sumiso Morgan.
– No olvides, en el momento en que quieras parar solo tienes que decir la palabra y me detendré. ¿Está claro?
– Sí.
– ¿Tienes algo para mí?
– Sí – dijo Morgan llevándose la mano al bolsillo y sacando unos billetes de su cartera.
– Colócalo en la bandeja a tu derecha – señaló la mujer, una vez que el detective lo hizo continuó – Ahora desnúdate.
El detective empezó a quitarse la ropa, un extraño calor y un cosquilleo lo invadió. No podía creer que estuviese haciendo esto. Se quitó la última prenda y la acomodó junto a las demás en el sillón de cuero. Se quedó de pie. Gretzel presionó un interruptor y se encendió una enorme lámpara de luz negra en el centro de la habitación, todos los objetos adquirieron de inmediato un brillo terrorífico, intimidante, Morgan sintió el impacto del látigo en su pierna desnuda y a la orden de “¡de rodillas!” cayó de bruces sobre el piso alfombrado. Lo siguiente que vio fueron las brillantes botas de charol de Gretzel frente a sus ojos envolviendo lo que imaginó serían los pies más finos y delicados del mundo y no dudó en obedecer la orden de lamerlas mientras todo su cuerpo era inundado por incontenibles torrentes de cálida sangre y palpitante placer.
* * *
Mientras se vestía, Morgan notó que Gretzel lo miraba fijamente. Pensó en lo que había sentido esa noche, los caminos que esta maravillosa mujer le había hecho transitar, sintió su piel erizarse, si solo pudiera tener un poco de los conocimientos de esta maestra del placer. Volteó y la vio allí, imponente, pálida, extremadamente blanca, los labios pintados de carmesí, el delineador negro profundo alrededor de los ojos. Intentó decir algo.
- Mi nombre es…
- No me lo digas – interrumpió Gretzel – no quiero ni debo saber tu nombre ni a qué te dedicas.
- Si no tiene nombre no existe – dijo sin querer Morgan.
- Tienes razón – dijo la mujer – sin embargo, espero que vuelvas – agregó.
El agente Morgan no contestó, caminó hacia la puerta y salió sin mirar atrás.
* * *
Al día siguiente Vásquez llegó a la central temprano, coordinó los detalles de la operación con los agentes de antinarcóticos, cuando llegó Morgan todo estaba encaminado.
– Vamos primo – dijo Vásquez – ya está listo el baile.
– ¿Dónde es?
– Terminal terrestre, allí se va a encontrar con el “amigo”
– Correcto – dijo Morgan mientras se acomodaba el chaleco antibalas.
* * *
Mientras esperaban en el auto de lunas polarizadas, Morgan le preguntó a Vásquez:
– ¿Te acuerdas de lo que no podíamos nombrar?
– Claro.
– Probé.
– ¿Y?
– Diferente.
– ¿Diferente bien o diferente mal?
– Diferente, diferente.
– Entonces diferente bien, si fuese diferente mal, no dudarías en decirlo.
– Raro sería la palabra – dijo Morgan mientras miraba por los binoculares y se los pasaba a su compañero.
– Todo depende entonces.
– ¿De qué?
– De si regresas. Vamos, los tenemos – dijo Vásquez mientras bajaba del auto y quitaba el seguro de su arma.
* * *
Dos semanas después Vásquez estaba leyendo El Aleph sentado en su sillón Voltaire cuando alguien tocó a la puerta, se levantó a abrir, era el agente Morgan.
– Lo siento primo – dijo – los van a procesar por tráfico ilícito de drogas, el fiscal no ha podido establecer la vinculación con los homicidios.
– ¿Zulma?
– No alcanza para darle otra identidad, la unidad de protección de testigos dijo que la cantidad de detenidos y procesados no era suficiente, además la van a deportar.
– ¡Diablos! – dijo bastante mortificado Vásquez – aunque lo de los pillos no me preocupa; entre tráfico agravado y homicidio yo hubiese preferido que me procesen por homicidio, la pena por tráfico de drogas con agravantes es de quince a veinticinco, por asesinato es de quince a veinte, además en tráfico ilícito de drogas no hay beneficios penitenciarios. Van a pasar más tiempo en prisión por las drogas que lo que hubiesen pasado por homicidio calificado. Considéralo un éxito.
– Tienes razón primo, pero igual me da pena esa chica.
– Esperemos que las amenazas hayan sido solo eso, amenazas.
– Esperemos.
– ¿Un café turco?
– No gracias primo, con todo esto me está regresando el malestar de la gastritis.
– ¿Mate?
– No, no te molestes. He dejado el carro mal estacionado. Vengo mañana que es sábado, me van a enviar unos discos de chill out, ¿te parece si los traigo para escucharlos?
– ¿Ya ves? ¡Nos dejas solos a mí y al sillón Voltaire!
– Lo que tienes que hacer es conseguirte una Octavia de Cádiz – sugirió Morgan alegre.
– ¡No, no, no! Me quedo con el sillón Voltaire – festejó Vásquez.
– Mañana entonces.
– Genial. Mi casa es tu casa. Tus discos son mis discos.
Rieron.
* * *
Dos horas después el agente Morgan presionaba el botón del intercomunicador del departamento 4 B mientras susurraba para sí mismo “Gretzel”.
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