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jueves, 19 de abril de 2012

GRIS (Cuento)

Son las cuatro de la tarde, camino por el viejo barrio de casas coloniales donde habíamos jugado de niños, los geranios colgando de los maceteros sujetos a la pared mediante soportes de hierro forjado despiertan en mí una nostalgia lánguida y antigua. Reconozco la casa de Jano, la puerta de madera se ve astillada y los goznes lucen oxidados. Me detengo y respiro profundamente, toco el viejo timbre de botón y espero. Pasan cerca de tres minutos y nadie atiende, intento de nuevo y espero otra vez, nada, luego tomo una moneda y golpeo la puerta con fuerza, contengo la respiración y escucho pasos, se abre la puerta y aparece Nina. Me invita a pasar, camino por el zaguán sucio lleno de botellas y basura que conduce a un breve patio central que comunica a la sala de la vieja casa.

Nina abre la puerta de la sala y mientras tanto yo la espero a la sombra de una palmera que de milagro sobrevive sin agua en el centro del patio. El sol amarillo de la tarde serrana me hace entrecerrar los ojos y Nina me hace una seña para que pase. Entro con cuidado, está oscuro, mis ojos no se acostumbran a la falta de luz, Nina me señala un sillón que a duras penas logro distinguir gracias a la tenue luminiscencia que todavía pasa por la puerta. Me siento. El silencio se torna incómodo. Sin saber todavía de donde viene escucho una voz áspera y cansada.
– Nina me dijo que venias.
– Jano – contesté tratando de adivinar su silueta - ¿Cómo estás?
– Gris, Rolando, gris. ¿Tú sabes qué es estar gris? Ayer estaba azul, pero hoy amanecí gris. El gris no me gusta, el gris no es un color Rolando…, Roland…, Rolo…, es una mezcla de colores, cuando te equivocas en la paleta y todo sale mal, la mezcla es gris. ¿Te das cuenta? Nadie prepara gris con intención en la paleta, el gris es el resultado de la equivocación, es un error. Soy un error Rolo, todos somos un error de Dios.

Se detiene y para ese momento ya he logrado ver su figura, está arropado con una vieja frazada que le cubre las piernas y parte del torso de donde emerge una vieja sudadera con capucha. Tiene la capucha puesta, se ha puesto un cigarrillo en la boca y mira a Nina, ella se acerca y enciende un fósforo. La chispa me permite ver su inconfundible nariz alargada y huesuda. Aspira el humo con placer y me mira:
– Nunca fumes Rolo, es una mierda, el cigarro no sabe a nada. ¿Te dije que me siento gris? No importa Rolo, ayer le contaba a Nina que una vez me sentí verde, pero luego se hizo una baba, ¿has cortado una sábila Rolando? Se ve el corte limpio, brillante, luego se escurre una baba que te embarra las manos. Eso me pasó Rolito. Me hice una baba verde, pegajosa, luego todo se volvió rojo, luego azul… y ahora gris. Y Nina no me deja pintar Rolo, pintar es lo único que sé hacer, y ella no me deja. ¿Dónde están mis pinceles Nina? Dile a Rolando que no me dejas pintar. Eres una mierda Nina. Mira Rolando, no te dejes embaucar por esta pecosa, desde chiquita era un pedacito de mierda, me seguía a todas partes Rolo, nunca me dejaba en paz. ¿Pero para qué te cuento? Si tú estabas allí. ¿Te acuerdas Rolo como nos seguía a todas partes y no nos dejaba en paz? Ahora no me deja pintar Rolito, no me deja y yo me siento aquí gris, pero azulado Rolo, has venido y me has traído un pedacito de azul, ¿ves? ¿Has traído algo para tomar?
– No – le contesto confundido y le miento – no tuve tiempo, pero en un rato salgo a comprar algo.
– Qué bueno Rolo. Tengo ganas de tomar un rosé, el whisky es una mierda, tampoco sabe a nada. No traigas whisky Rolando, es trago de blancos de mierda como esta – me dice mirando a Nina. Nina me mira algo avergonzada.
– No digas eso Jano, Nina es tu hermana, y tú eres tan blanco como ella.
– ¡Ja ja! – ríe sin energía – tú sabes a qué me refiero. Yo vengo de una familia de blancos, pero no soy blanco. Yo tengo el alma negra Rolo, ¿Por qué has venido Rolan? ¿Has traído el vino?

Jano aspira el humo del cigarro y mira al cielo. Casi todo el tiempo se dirige a mi pero sin mirarme. Me preocupa que esté quedándose ciego. Miro alrededor, la sala está llena de sus pinturas, algunas están rasgadas, hay pinceles dispersos en el piso, paletas con pintura seca, los libros amontonados en los libreros y las mesas. Noto que hay ceniceros con colillas prácticamente en cada rincón. Nina no vive aquí, solo viene a traerle comida y cigarros.

– Rolo, escúchame hermano – me dice aun mirando al techo abovedado – ¿dónde están los chicos del barrio? Ya nadie me viene a visitar. Hace unos días vino el flaco Camilo, estuvo conversando horas conmigo y se sentó en el mismo sillón en el que estás ahora Rolo. Dice el flaco que no te ve hace tiempo, hablamos de los grises ¿sabes? El también estaba gris ese día, yo no. Me dijo que no venía antes porque no sabía donde vivo ¿te das cuenta Rolo? ¡Qué pendejo! ¡Si he vivido en esta casa toda la vida! Desde que éramos chicos Rolando, tú vivías a dos casas. Tu viniste al velorio de los viejos, ¿te acuerdas? Ese día no estuve gris. No me jodió que los viejos se mueran, me jodió que se murieran de una manera tan estúpida. La vida es una cojudez Rolito, los viejos me dejaron esta casa. Yo la quería vender, pero esta mierdita de acá no me deja, cree que me voy a tirar la plata. No Rolito, no, es por los recuerdos hermano, los recuerdos me comen en esta casa. Yo creo que hay fantasmas Rolo, a veces veo a los viejos caminando por el patio, por eso ya no salgo de esta sala hermanito. Invítame un cigarro Nina.
Nina le entrega otro cigarro y lo enciende, yo hasta ahora no he dicho nada. En realidad no sé qué decir.
– Los chicos me dijeron que te envían saludos – dije tratando de cambiar de tema – a ver cuándo nos reunimos.
– Los chicos Rolando, los chicos… ¿ya no somos chicos no? ¿Cuántos años han pasado desde que terminamos la escuela?
– Veinticinco – contesto.
– Veinticinco años Rolo. Tú te ves como si tuvieras dicisiete.
– No me mientas – le digo – ya tengo cuarenta y dos.
– No parece Rolo, te ves bien, te veo naranja, con destellos amarillos. Yo me siento gris, no sé si te dije. Todo está gris estos días. ¿Te dije que vino el flaco Camilo? El flaco está igualito, pero no estaba gris, yo creo que si tuviera que decirte un color te diría que el flaco es morado, el flaco iba a la procesión del señor de los milagros en octubre, ¿sabías? Estuvimos hablando de eso el día que vino.
– El flaco murió hace dos años – le dije mirando al suelo al mismo tiempo que se me partía el corazón. Jano se quedó mudo sosteniendo el cigarro en el aire, como si se hubiese paralizado, luego continuó.
– Esos son detalles Rolo, la semana pasada vino el flaco ¡y no jodas! – aspiró el humo del cigarro y me miró a los ojos por primera vez, susurrando – ¿sabías que veo a los viejos caminando por el patio Rolo? Estoy pensando que me estoy volviendo loco hermano.

Miro sus ojos verdes profundos, cristalinos, húmedos, me entristece su mirada perdida. A pesar de que el sol está a punto de ocultarse puedo verlo con claridad. Noto sus manos temblorosas sosteniendo el cigarrillo, los dientes amarillentos y la barba manchada de nicotina.
– No estás loco, a todos nos pasa eso alguna vez. Tus viejos te querían, los tienes presentes, por eso imaginas cosas.
– No Rolo, los veo – me contesta mirando a los lados con una notoria paranoia.
– Jano, escúchame. Quiero pedirte un favor. He hablado con los chicos, queremos organizar una exposición tuya en la universidad, nosotros vamos a organizar todo, pero necesito que me hagas un favor.
– Claro – me contesta con algo de sorna, sin emoción.
– Tienes que ir a un centro de rehabilitación, solo dos meses, en tres haremos la exposición, te necesitamos sobrio.
Jano me mira y me hace una seña para que me acerque, me acerco un poco y él repite la seña para que me acerque más, yo me apoyo en el brazo del sillón donde descansa y me toma de la solapa del traje y me susurra al oído.
– ¿Es idea de esa mierdita no? Desde que murieron los viejos quiere quedarse con la casa Rolo, se quiere deshacer de mí, pero los viejos me dejaron la casa a mí, a mí. No te dejes engañar Rolo, tú eres buena gente, no te dejes engañar, pero escucha, escucha, le vamos a seguir la corriente – se separa de mí casi empujándome y dice con voz exageradamente alta: – ¡Vamos hermano! ¡Hagamos la exposición que tanto quieres, pero si quieres que esta pecosa de mierda me meta el dedo en el culo…!
– ¡Jano! – le grito impaciente.
Jano se ríe estrepitosamente y fuma, yo me siento desolado.
– Tengo que irme Jano – le digo.
– Vete Rolito, vete, mas tarde viene el flaco Camilo a tomarse un vino rosé conmigo. No te preocupes. Dile a los chicos que mi propia hermana no me deja pintar, me esconde los pinceles Rolan, paso todos los días buscando los pinceles, la vida es una mierda ¿sabes? Los chicos no quieren venir a la casa, creo que no saben donde vivo, diles Rolo, diles que vivo aquí, en la misma casa…

Me pongo de pie y le doy una palmada en el hombro mientras sigue hablando, no se da cuenta que me voy de la habitación. Nina me acompaña hasta la puerta.
– ¿Sigue consumiendo? – le pregunto.
– Se las ingenia de alguna manera – me dice Nina desesperada – cada día está peor Rolando, ya no sé qué hacer. Hace meses que no pinta.
– Déjame pensar en algo – le digo sabiendo que no hay remedio para Jano y me despido dándole un beso rápido en la mejilla.

Una vez en la calle, cierro la chaqueta hasta el cuello, hace frio, camino rápido, quiero alejarme, me doy cuenta que empiezo a sentirme gris también.

sábado, 8 de octubre de 2011

UNA NOCHE EN EL INFIERNO (Cuento)

El Picuro corría a toda velocidad entre los árboles, a pocos metros Xico le seguía los pasos jadeando, con el rostro moreno cubierto de sudor y con los ojos desorbitados. A la distancia se escucharon unos disparos. El Picuro se detuvo, Xico le gritó sin detenerse:
¡Porra, não pare cara, corra!
El Picuro con el aire quemándole los pulmones siguió a través de la espesa selva, las ramas y lianas le azotaban la cara, los pies se le hundían el barro mojado, adivinaba los árboles a medida que la noche se hacía más oscura. En algún punto ya no escuchó tiros y se detuvo. Agazapado al costado de un tronco esperó en silencio. Un dolor intenso, quemante y eléctrico le subió por el brazo izquierdo desde la mano “¡Puta mare!” exclamó entre dientes, había puesto la manos sobre un nido de hormigas de fuego, eran diminutas y rojas pero su mordedura podía paralizar a un niño. Aguantando el dolor susurró:
– Xico… – aguantó la respiración y trató de escuchar algo, nada, solo las cigarras y sus chirridos ensordecedores, los sapos croando, los sonidos de las aves nocturnas, los animales del monte – Xico… – susurró de nuevo, y esperó rezando mientras sostenía con su mano derecha el rosario de plástico fosforescente que su madre le había regalado y siempre que colgaba al cuello cada vez que salía a hacer un trabajo – Santa María madre de Dios, ruega por nosotros pecadores … – repetía el Picuro una y otra vez esperando que la noche pase, de pronto empezó a llover, primero el lejano arrulllo, luego el sonido breve de las gotas sobre el follaje alto y los hilos de agua que se iban formando entre las hojas, finalmente las corrientes profusas bajos los pies arrastrando hojas y barro – Dios te salve María, llena eres de gracia… – y un estruendo sordo de un trueno lo hizo temblar, abrió los ojos y a lo lejos entre las ramas podía ver fragmentos de relámpagos cruzando las nubes – Bendita eres entre todas las mujeres… y de pronto sintió en la espalda la presión de un objeto puntiagudo, y de reojo un relámpago le devolvió el reflejo de una hoja de metal.
– Tranquilo Picuro – dijo Xico bajando el machete – vamos embora.
El Picuro se puso de pie y empezó a andar detrás del brasileño.
– ¿Dónde vamos? – preguntó.
Não sei.
– ¿Dónde estamos?
– ¡Não sei cara! – contestó molesto Xico.
– Ya, no te molestes tampoco ¿no? ¿Ya no nos siguen verdad?
– Ya no – contestó tajante el brasileño.
– Qué bueno – dijo para sí mismo el Picuro y le dio un beso a su rosario antes de guardárselo debajo del polo.

Caminaron cerca de dos horas en medio del monte buscando un sendero, Xico iba abriendo camino con el machete, lo que no evitaba que cada cierto tiempo resbalen como consecuencia del barro o las ramas invisibles a la altura de los tobillos. La lluvia no cesaba de caer. Cuando ya desfallecían se abrió un claro. Era una trocha que cortaba la selva.
– Nos salvamos – dijo el Picuro.
– ¿Você conhece aquí? – preguntó Xico mezclando el portugués con el castellano.
– Creo que sí – replicó el Picuro mientras miraba alrededor y trataba de ubicarse – este lugar se llama Infierno, no sé cómo se fala en portugués.
Inferno mesmo – dijo Xico mirando alrededor – Inferno, ¡que coisa!
– Sí – afirmó riendo por fin el Picuro – así le pusieron los antiguos caucheros a este sitio, por el calor, lo difícil del sitio y las fieras. Parecía un infierno. Y ahora hay un pueblito de indios que se llama así también. Ya estamos cerca, caminando dos horas más llegamos, al lado del pueblo está el rio Tambopata, allí podemos conseguir un bote y llegar mañana a Puerto Maldonado.
Não, não – negó enfáticamente Xico - não temos que ir por la estrada, nos vamos por el mato.
– ¡Ah, entiendo! – exclamó el Picuro moviendo la cabeza de arriba a abajo – sí, Xico, vamos por el monte, la policía podría estar patrullando la carretera.

Se pusieron a andar tratando de no perder de vista la trocha, procurando avanzar en paralelo y cuidando de no ser vistos. El cielo estaba escampando, algunas estrellas tímidas aparecían en lo alto pero no había luna. Relámpagos lejanos alumbraban de tanto en tanto el sendero. El Picuro siempre detrás de Xico, pensando en qué habría sido de la carga. Habían tenido que abandonar la lancha apenas se dieron cuenta que la policía estaba detrás de ellos. Casi se orina cuando sintió los balazos zumbando bajo el agua cuando trataba de llegar a nado a la orilla. Ese Xico, era un demonio. Había nadado más rápido que él y todavía había tenido tiempo de agarrar un machete antes de lanzarse al agua. Ya le habían dicho que era buen compañero, aunque algo hosco y de mal humor para ser brasileño.

Ya habían caminado más de una hora y estaban cansados, el Picuro había notado que Xico caminaba un poco lento, miró a la izquierda y vio las luces del pueblo. “ya estamos cerca…” pensó, y al volver la vista lo aterró la imagen de una sombra oscura cayendo sobre Xico y el sonido característico de los felinos salvajes. Picuro quedó estático mientras Xico gritaba “¡terçado, porra, terçado!” el Picuro estaba petrificado, retrocedió unos pasos y le tomó algunos segundos identificar la palabra. El machete, el machete se le había caído al brasileño. Era inútil, empezó a correr hacia la ciudad, sin mirar atrás, escuchando los gritos mortales del brasileño y los rugidos atroces del animal, corrió con todas sus fuerzas y en el esfuerzo se resbaló en el barro cayendo de bruces, se levantó como pudo y un rayo sobre el cielo iluminó todo como la luz del día y en ese instante lo vio, a sus pies y en medio del barro su rosario. Se agachó de nuevo tratando de buscar, metió las manos en el barro mientras se palpaba el pecho por encima del polo para confirmar, sí se había caído, allí estaba, lo sintió, lo tomó con su mano derecha en el preciso instante que el poderoso zarpazo abría su costado y los enormes dientes se enterraban en su garganta.

* * *

Al día siguiente la policía reportaba el extraño caso de dos prófugos narcotraficantes que habían sido atacados por un felino de gran tamaño en las inmediaciones de la comunidad de Infierno, a orillas del caudaloso rio Tambopata.

lunes, 29 de agosto de 2011

EL MISTERIOSO CASO DEL BAR ZULÚ (Cuento)

En el oscuro bar de los suburbios, Vásquez, sentado en una esquina con un cuba libre a medio beber, observaba atentamente a los parroquianos. Ya llevaba media hora allí. Vestido con un traje anacrónico, cachucha y cadenas plateadas sobre la camisa floreada, desarrollaba su papel de roquero viejo. Morgan detrás de la barra, vestido de oscuro y una negra barba cubriendo su mentón, servía tragos a los clientes. Estuvieron sin hablarse más allá de lo indispensable durante casi tres horas, luego escucharon cada uno desde su lugar los estridentes ruidos del grupo de irreverentes veinteañeros que subieron al escenario para destruir inmisericordemente canciones de Deep Purple, U2, Metallica y Guns & Roses. Morgan conversó con cuatro o cinco atractivas muchachas y bebió un trago con alguna de ellas sin dejar de coquetear. Vásquez siguió sus movimientos atentamente, con la indumentaria que llevaba se aseguraba que ninguna muchacha se le acercara para distraerlo. Cerca de las cuatro de la mañana salieron cada uno por su cuenta para reunirse luego en la oficina.
– Ya estoy cansado de esta barba de náufrago y de las amanecidas – dijo Morgan apenas entró a la oficina. Vásquez le señaló el vaso descartable con café sobre la mesa.
– Paciencia – dijo su compañero – todavía no tenemos ni un sospechoso y tú quieres afeitarte. Así es el trabajo de agente encubierto, te lo advertí antes de que aceptes.
– Pero es casi un mes – replicó con pesar el agente mientras probaba el café – y además otra vez estoy mal con tanta amanecida, humo de cigarro, trago y café.
– ¿Hoy averiguaste algo?
– Nada, las chicas todavía andan asustadas, pero no tengo un sospechoso. Yo creo que tenemos que replantear el perfil.
– Detesto los casos raros – murmuró molesto Vásquez.

* * *

Al día siguiente mientras revisaban los documentos relacionados con el caso, Vásquez espetó una maldición sorda y lanzó un papel sobre la mesa.
– ¿Qué pasa primo? – preguntó Morgan.
– ¡Otra vez me ha venido la boleta con descuentos!
– Tranquilo, habla con la chica de contabilidad. Si ya te expliqué el procedimiento para que te cuenten las horas nocturnas.
– ¡Pero si sigo todos los pasos! Los últimos tres meses he tenido que bajar a contabilidad a subsanar observaciones y al final me pagan lo que es, pero tarde, eso me quita tiempo y también me complica la vida con las cuotas de mis créditos.
– Bueno, para que te compras sillones caros pues – contestó riendo Morgan.
– El sillón lo compré al contado. A crédito pago los libros que leo sentado en él – replicó más tranquilo Vásquez al mismo tiempo que se ponía de pie y salía de la oficina.

Minutos después ingresaba a la oficina de contabilidad situada en el tercer piso, dos pisos más abajo que la suya. Allí estaba Nelly con su traje sastre insípido, lentes de aumento, el cabello recogido en un moño y los zapatos anchos de taco bajo. Vásquez tomó aire y se sentó a explicar su problema por cuarta vez. Nelly, que estaba escribiendo en su computador, congeló sus dedos sobre el teclado y en esa posición escuchó todo lo que el agente tenía que decir sin inmutarse. Luego le señaló un formulario sobre la mesa y dijo un frio “Llénelo.”
– No voy a llenar nada – dijo Vásquez.
– ¿Perdón agente? – respondió la mujer.
– Es que es lo mismo todos los meses. ¿No es más fácil que usted corrija de una vez mi planilla?
– Bueno, depende de usted. Si no quiere que le paguen…
– Pero…
– Discúlpeme agente, estoy ocupada ahora.
Vásquez sintió la cólera haciendo ebullición en su vientre y las ganas irrefrenables de decir algo hiriente y malvado, pero pensó en sus preciados libros y sobre todo en aquellos que pensaba comprar los próximos días, apretó los dientes y tomó un formulario mientras la sangre latía en sus sienes.

– Eres mala – dijo la compañera de oficina de Nelly entre risitas luego de que el agente saliera furioso después de firmar y entregar el formulario.
– ¿Qué hago amiga? – contestó suspirando la contadora, si es la única manera que tengo de verlo aunque sea una vez al mes.

* * *

En el departamento de criminalística, el técnico Vizcarra les mostró los resultados de los exámenes hechos a la muchacha asesinada. Estaban también en el folder las ampliaciones de los informes del médico legista y del sicólogo forense. Vizcarra explicó con detalle el contenido de los informes y los mecanismos de tomas de muestras y aseguramiento de la escena del crimen. La víctima mujer blanca, veinticuatro años, clase alta, educada. El perfil del presunto homicida no había variado, había sido alguien cuidadoso, al parecer había conocido a la muchacha en el bar Zulú, donde los agentes venían trabajando encubiertos los últimos veintiséis días. Al salir había subido al auto de la víctima que se llamaba Daniela Salas, este había sido encontrado a varios kilómetros de distancia, en una transversal poco transitada. Salas estaba muerta por una sobre dosis. En un inicio se planteó el caso como una muerte accidental más. Sin embargo a los pocos días los análisis arrojaron indicios de que no pudo haber sido así. La jeringuilla encontrada tenía las huellas de Salas en una disposición tal que era imposible que se hubiesen generado de esa forma si se la hubiese aplicado ella misma y en un vaso descartable había residuos de café con un poderoso somnífero. Álvarez les había encargado especialmente el caso cuando esa información se filtró a la prensa y se desató un escándalo. Otra vez empresarios y políticos influyentes exigiendo resultados por que se había tocado a uno de los suyos.
– ¿Oye Vizcarra cuánto cobraste por soltarle el dato a la prensa? – bromeó Vásquez mientras hojeaba los informes.
– ¿Qué pasó? – reaccionó ofendido el amable técnico.
– Es una broma Vizcarra ¿pero sabes quien fue?
– Los de siempre, los asistentes de los fiscales o los ayudantes del forense. No hay otra.
– Lo que nos interesa saber es quien mató a la chica – dijo cortante Morgan.
– Pues, de acuerdo al sicólogo podría ser un hombre joven – respondió rápidamente Vizcarra nervioso – blanco, de buena posición…
– Ya, ya... – interrumpió Vásquez – eso ya lo sabemos mejor que el sicólogo. Datos concretos, secreciones, huellas digitales, pelos…
– Nada de eso, el tipo fue cuidadoso, no hubo ataque sexual, ni huellas, pudo haber usado guantes.
– Entonces era premeditado – sostuvo Vásquez.
– Pues así parece – afirmó Vizcarra.
– Bien, avísanos si sabes algo – dijo Morgan haciéndole una seña a su compañero y ambos agentes salieron.

Una vez en el auto empezaron a reformular las hipótesis, resolvieron volver a interrogar a los padres de Daniela y a sus amigos cercanos. Cualquiera podía haber visto algo o a alguien.

* * *

Tres días después Álvarez intranquilo hacía llamar a los dos agentes a su despacho.
– Están apestando a chingana – fue lo primero que dijo Álvarez cuando los dos policías ingresaron a su oficina.
– Con los días uno pierde la sensibilidad al olor jefe – dijo Morgan.
– Bueno, qué hay respecto a la chica Salas.
– Nada todavía – contestó Vásquez – los padres no tienen la menor idea de quien pueda ser y las amigas tampoco, no sabían de algún pretendiente o enamorado. Entrevistamos a los “ex” y de los tres últimos, uno está en Estados Unidos, otro trabajando en el interior y al tercero ya no le gustan las mujeres. Estudia arte dramático y hace más de cuatro años que no forma parte del círculo social de la chica.
– Demonios – dijo Álvarez – si no son los ex enamorados, son los amigos cercanos o los parientes. Los parientes por dinero, los amigos por celos o envidia. ¿Qué hay del patrimonio de la familia?
– No hay deudas – señaló Morgan – revisé las cuentas. Tienen algunos créditos, todos al día, la mayoría tarjetas de crédito. Los ingresos de la familia no son problema. Ella era hija única, así que tampoco habían conflictos sucesorios. Con su muerte no se beneficia particularmente nadie. No habían seguros tampoco.
– “Conflictos sucesorios” – remedó Álvarez divertido – ¿De dónde sacas esas frasecitas?
– Será de tanto juntarme con Vásquez, señor – contestó Morgan entre risas.
– ¡Ya! ¡Ya!, bueno, nos quedan los amigos entonces – apuntó Álvarez – ya saben cómo es la cosa.
– Ya sabemos – agregó sonriendo Vásquez – el mejor amigo tarde o temprano suelta la lengua.
– Así es señores. Vayan a darse un baño y entrevisten a ese mejor amigo.
– Amiga señor.
– Lo que sea. Ahora fuera de mi vista.
Morgan y Vásquez se pusieron de pie, cuando se disponían a salir, Álvarez señaló:
– ¡Ah! Vásquez, me olvidaba, lo están llamando en personal, planillas creo, no sé qué problema hay con su “file”.
– Gracias – contestó el agente sin una pizca de alegría ya.

Una vez en los pasillos, Morgan bromeó:
– Oye primo, ¿no será que esa Nelly te está fastidiando por algo?
– Ni idea.
– ¿No le habrás hecho algo, tal vez algún comentario subido de tono?
– ¿Yo? Jamás. Si la mujer es más seria que una colonoscopía.
– Si pues. ¿Qué raro no?
– Un día me voy a cansar y…
– Tranquilo compadre, corre y averigua qué quiere la Nelly.

Quince minutos más tarde regresaba Vásquez con dos cartones en la mano.
– ¿Qué es eso? – preguntó Morgan.
– Se pasan, me endilgaron dos tarjetas de parrillada para el sábado, “pro fondos”, estás cordialmente invitado.
– Yo paso.
– No pasas nada. La compañera de Nelly ha insistido particularmente para que vayas.
– No, no.
– No hay forma primito, tienes que ayudarme, si no, no me voy a poder sacar ese problema de encima. Además, ahora que Gretzel te abandonó, necesitas otro clavo.
– Otro clavo… – gruñó Morgan.

* * *

Por la tarde los agentes volvían a entrevistar a Brenda Stoll. Era una mujer de estatura promedio, delgada, lo que la hacía ver más alta. Tendría unos veinticinco años, aunque por momentos parecía menor. Largo cabello castaño claro y tez blanca, tenía la voz muy suave y serena, vocalizaba con cuidado y no tenía un acento definido. De apariencia muy bien cuidada y trato fino, se sentó de lado en una de las sillas de la sala de interrogatorios. Vásquez con el fin de probar su teoría se dispensó por unos minutos, luego regresó silenciosamente por detrás de ella con un pesado libro y lo dejó caer pesadamente a propósito. Brenda reaccionó saltando de la silla, al tiempo que emitía un gritito breve y se ponía una mano al pecho y luego acomodaba sus lentes de aumento que se habían salido de lugar.
– Disculpe – dijo Vásquez.
– No, está bien – contestó la mujer – discúlpeme a mí, es que esto es tan extraño.
– Entiendo. Bueno, manos a la obra – dijo el agente al tiempo que encendía una video grabadora de mano y la colocaba sobre la mesa – le informo que la entrevista será filmada, necesito su consentimiento señorita Brenda Stoll.
– No hay problema – contestó la muchacha en el preciso momento que ingresaba a la sala el agente Morgan.
– Ya nos ha dicho usted que Daniela era su amiga, que eran cercanas y que al momento de los hechos ella no tenía ninguna relación sentimental. ¿Sabe usted de alguien que quisiera hacerle daño?
– No señor. Ella era muy buena. No se me ocurre que alguien quisiera hacerle algo malo.
– ¿Tenía un carácter fuerte? ¿Conflictivo?
– Carácter fuerte, algunas veces, como cualquiera. Pero conflictiva no creo.
– Trate de hacer memoria – intervino Morgan – ¿alguna charla casual, algún comentario suelto que le pueda hacer pensar que había conocido a alguien recientemente?
– No, lo siento – contestó con tristeza la mujer y agacho la cabeza.
– La otra alternativa – dijo Vásquez tratando de presionar – es que Daniela haya conocido a su agresor esa misma noche y hayan acordado tener sexo, ella se arrepintió en el camino… él no aceptó… se le fue de las manos…
– No lo creería de Daniela, señor. Ella no hacia esas cosas.
– Además por la evidencia que tenemos parece que fue planificado – agregó Morgan – pensamos que tuvo que conocer a la persona antes. No se robaron nada, no dejaron huellas.
– Sí, eso supe – dijo Brenda.
– Usted estuvo esa noche con ella, ¿la vio conversar con alguien?
– No, entramos juntas al bar, conversamos un rato, no bailamos. Yo me fui como a las doce, el humo del cigarro y las luces me hacían lagrimear los ojos. Ella me dijo que se quedaría. Salí y tome un taxi. Al día siguiente me enteré lo que había pasado.
La muchacha se echó a llorar, le dieron un vaso con agua y continuaron con el interrogatorio por una hora más. Casi al final Brenda se quedó pensando unos minutos y le dijo al agente Morgan:
– Me acabo de acordar de algo, tal vez no tenga importancia, pero Daniela me dijo dos días antes de su triste muerte, que no sabía cómo alejarse de una persona.
– ¿Qué persona? – preguntó Morgan.
– No lo sé, no lo dijo.
– Trate de recordar. Literalmente si es posible. ¿Qué le dijo Daniela?
– Dijo: “Brenda, ¿qué harías tú si quisieras alejarte de una persona que te perturba?”
– ¿Y usted qué le respondió? – inquirió Vásquez.
– Lo tomé a la ligera, ahora me arrepiento ¡Jesús! Le dije tan solo que debería alejarse de personas negativas, que el mundo es un lugar feliz. ¡Ay mi Dios! Si le hubiese preguntado quién era esa persona…
– No se torture señorita – apuntó Morgan, usted no podía saber.

* * *

Esa misma tarde, en su departamento, Victoria quemaba en un tacho de basura metálico un par de guantes de látex, los sobrantes de un somnífero y las ampollas de droga que había conseguido algunas semanas atrás. Al final lanzó al fuego las únicas dos cartas que Daniela le había escrito.

* * *

– ¿Qué piensas? – preguntó Vásquez, consciente de que la pregunta era más para sí mismo que para su compañero.
– No se primo – contestó Morgan instintivamente – alguien tiene que haberla visto subiendo al auto con el homicida. Es nuestra única salida. Vizcarra ya revisó su facebook y está tratando de quebrar la clave de su correo electrónico. Y nada. Algunos pretendientes, pero nada serio. Contigo hemos revisado las coartadas y todos estaban en otros lugares esa noche.
– Y en el bar nadie suelta prenda.
– Repasemos, ¿Qué sucedió esa noche?
– Daniela sale de su casa a las siete. Va a la casa de Brenda. Se van juntas al bar Zulú como a las diez treinta. Brenda se retira a las doce. Daniela sale aproximadamente una hora después y la encuentran muerta a las cuatro. El forense dice que la hora del deceso pudo haber sido entre la una y las dos de la mañana.
– El portero dice que vio salir a Brenda sola como a las doce, llorando.
– No estaba llorando, era el lagrimeo por las luces y el humo.
– Supongamos eso, y luego… nada.
– Ok, vamos a ver si alguien vio salir a Brenda a la hora que dice.
– Vamos pues – contestó resignado Morgan.

* * *

El día sábado en la parrillada pro fondos del área de contabilidad, Morgan y Vásquez casi fueron víctimas de un infarto cuando vieron llegar a Nelly. Estaba irreconocible, era la primera vez que la veían con ropa de color. Tenía un juvenil traje naranja, el cabello lacio suelto, bien peinado sujeto con dos discretos ganchos que hacían juego con la ropa. La vieron sonriente y alegre, como nunca la habían visto en la oficina. De un momento a otro se vieron conversando los tres amenamente, luego llegó Aída, la compañera de Nelly que se había puesto un desopilante trajecito blanco de marinero. Se acercó al grupo y saludó a todos, pero especialmente a Morgan. En el preciso momento en que Aída se colgaba del cuello del agente, este le hacía una mueca a Vásquez similar a una amenaza de muerte. Nelly y Vásquez rieron hasta llorar. Aída no entendió nada y Morgan sonreía con un disfuerzo que causaba más risa aún a Vásquez.
– Bueno, creo que la pareja necesita que los dejemos solos – dijo Vásquez burlándose.
– Sí – siguió el juego Nelly – vamos a dar una vuelta. Necesitan conocerse un poco mejor.
Morgan los miró con el ceño fruncido y los labios apretados. Si las miradas mataran, el agente Vásquez y Nelly habrían caído fulminados en ese instante.

Esa misma noche, Victoria, de sensual traje negro pegado al cuerpo conquistaba a un parroquiano en un bar. Se fue en su auto, estacionaron, no hicieron el amor, ella tomó el control absoluto de la situación, fue sexo brutal, salvaje y breve. Al terminar él estaba agitado y jadeante todavía cuando ella se separó de ese cuerpo sudoroso con una expresión de asco en el rostro. Victoria se bajó del auto con la sensación del semen escurriendo por la parte interna de su muslo, tropezó, se dobló el taco de su zapato, el tipo bajó del auto acomodándose la ropa y la quiso ayudar, ella le gritó que se aleje, que la deje en paz. Paró un taxi y se subió. En el asiento trasero lloró de miedo. El taxista le preguntó si quería que la lleve a la comisaría, ella le dijo entre sollozos que no. Que la lleve a su casa. En su cuarto se quitó la ropa y se acostó desnuda en la cama sin parar de llorar, hasta que se quedó dormida.

* * *

Álvarez en su escritorio parecía que estaba a punto de echar humo por las narices. Su labio superior temblaba y su usual peinado engominado estaba desordenado.
– ¡Un mes carajo! ¡Un mes desperdiciado, mierda! ¡Y ustedes par de huevonazos no tienen una puta idea de quién mató a la chica!
– Tranquilo jefe – dijo Morgan, mientras que Vásquez lo miraba de reojo, sin nada que decir. Ellos también sentían que estaban fallando como nunca antes.
– ¡Dos días carajo! ¡Cuarenta y ocho horas! ¡Ni un minuto más y quiero saber algún dato nuevo, si no se van a dirigir el tránsito! ¡ahora salgan de mi oficina!

Vásquez y Morgan caminaron en silencio por el pasillo como si del camino al patíbulo se tratara. Era como si el homicida fuese un fantasma, un ser invisible, pensó Morgan. Un ser invisible. Claro.
– Un ser invisible primo.
– ¿Qué?
– El asesino, es invisible.
– Ya te volviste loco de tanto golpe que te daba esa chica, carajo – dijo Vásquez.
– No, no… ¿Qué es lo invisible? ¡Defínelo! – preguntó Morgan emocionado.
– Lo que no podemos ver.
– O lo que no queremos ver.
– También.
– Estamos buscando un hombre. ¿Y si fuese una mujer? Les hemos preguntado a todos acerca de si Daniela estaba con algún hombre esa noche, pero no si había alguna mujer.
– Es la misma vaina, todos dicen que salió sola del Zulú.
– Invisible. No quería que la vieran, nadie la vio.
– Puede ser… , ¡eres un genio primo! – dijo Vásquez mientras ambos agentes aceleraban el paso hacia su oficina.

* * *

El barman del Zulú lo confirmó. Esa noche luego de que la muchacha delicada que llegó con Daniela se fuese, esta se quedó escuchando el concierto de rock en vivo. El grupo tocó como una hora, tal vez un poco menos. Recordó que en ese momento se acercó a la barra una mujer madura, sexy, como una pantera, vestida de negro, cabello negro también, lacio, con esos cortes al hombro y flequillo recto, como los dibujos japoneses. Intercambió algunas palabras con Daniela, bebió algo en la barra y se fue. Eso era todo.

El portero recordaba claramente haber visto entrar a esta mujer, recordó su personalidad arrolladora, pero no recordaba haberla visto salir a la hora que dijo el barman, pero aceptó el hecho de que pudo haber usado la puerta de escape para salir.

Los agentes fueron al departamento de Brenda Stoll al día siguiente. Una vez instalados en el estar de la vivienda de la tímida muchacha, esta les preguntó si deseaban beber algo. Dijeron que no y Morgan pidió permiso para usar el baño, cuando se retiró, Vásquez levantó la vista y pudo observar una gran cantidad de libros, si bien no era una cantidad enorme, hablaban bien de la muchacha.
– ¿Lee usted? – preguntó el agente.
– Sí, es uno de mis pasatiempos favoritos.
– Qué interesante, bonito hábito.
– Sí, agente – dijo dócilmente Brenda – cuando era adolescente era sumamente tímida y muy flaquita, como nadie me prestaba atención me dediqué a leer y estudiar. Si bien no era de las que intervenían a menudo en clase, siempre sacaba buenas notas. Pero los libros eran mi mundo, vivía con sus personajes, recién estos últimos tres años, desde que empecé a trabajar he empezado a salir un poco, a sociabilizar.
– Me sorprende que me diga que es flaca, perdóneme que se lo diga, no es mi intención faltarle el respeto, pero tiene usted una muy bonita figura. Muchas mujeres de su edad y hasta menores, matarían por tener una silueta como la suya.
– Bueno, era flaquita – replicó Stoll con sus maneras bien compuestas al tiempo que su rostro se ruborizaba – creo que lo sigo siendo, pero los aeróbicos ayudan mucho. Hace tres años que entreno, en el gimnasio de aquí a la vuelta.
– Y volviendo a la lectura señorita ¿qué ha leído últimamente?
– Bronte, Hemingway, Coelho… – contestó en el preciso momento que regresaba Morgan.
– Pero lo que escribe Coelho no es literatura – dijo Vásquez sin poder resistirse y riendo un poco.
– Entonces qué “si es” según usted – dijo Brenda con una determinación y un tono de voz que asustaron a Vásquez y Morgan.
– Discúlpeme, no quise ofenderla – remedió rápidamente Vásquez – lo que sucede es que particularmente no me gusta Coelho.
– Discúlpeme usted también – agregó la muchacha recompuesta – no era mi intención exaltarme. Cada uno tiene sus gustos.
Conversaron brevemente del caso, Brenda señaló que no conocía a nadie con las características que habían descrito el mozo y el portero del bar. Sin embargo la notaron algo incómoda. Vásquez lo atribuyó a su impertinente comentario acerca de Coelho.

Una vez en el auto, Morgan preguntó:
– ¿Qué te parece?
– Raro, sigo pensando que si de verdad esa extraña mujer de negro tuviese algo que ver, igual tendría que haber un hombre para completar el triángulo.
– Sí, tienes razón. Por dinero esta gente no se pelea, lo normal es que se hubiesen enfrentado por un hombre – agregó Morgan.
– Aunque…
– ¿Sí?
– ¿Y si no hay triángulo? Estamos pensando convencionalmente en un caso no convencional. Ya eso nos ha costado un mes de tiempo perdido. ¿Y si la mujer no iba tras un hombre?
– ¿Qué quieres decir?
– Que estaba yendo detrás de Daniela. Su objetivo era la misma Daniela – afirmó contundente Vásquez.
– Incluyamos la hipótesis ¿qué perdemos?
– No perdemos nada.
– Primo… –dijo Morgan luego de una pausa mientras manejaba – ¿hasta cuándo vamos a seguir trasnochando en el Zulú? Yo ya no aguanto más.
– Hasta que le llevemos algo sólido a Álvarez.
– ¡Diablos! Sabía que ibas a decir eso. Oye y ¿qué piensas de esta Brenda?
– No sé primo, no confío en la gente que lee a Coelho.
Ambos rieron.

* * *

Victoria abrió el closet. Escogió uno de los varios vestidos negros que tenía, se perfumó y maquilló con calma. Mientras se ponía las medias recordó a Daniela. La amaba. Era tan inteligente y bonita. Volvió a saborear aquél primer beso que se dieron meses atrás en medio del tumulto de un concierto. Fue prácticamente una casualidad, después se besaban en los baños de mujeres, se tomaban discretamente de la mano, se lanzaban miradas de complicidad. Eran felices con tan pequeñas cosas. ¿Porqué todo tuvo que cambiar? La semana anterior a su muerte, Daniela le había pedido dejar todo eso atrás. Pero ¿por qué? Habían logrado mantenerlo en secreto. Si Daniela le hubiese pedido mantenerlo en secreto para toda su vida, lo hubiese hecho. Hubiese aceptado ser su amante, su confidente, pero ¿por qué terminar? No podía entenderlo. Por eso lo preparó todo. Esperó pacientemente que se vaya esa mosca muerta de Brenda. La muy estúpida sabelotodo, modosita y cucufata. ¡Cómo la odiaba! Cuántas veces había dejado de ver a Daniela porque Brenda ya la había invitado a tomar el té, o a hacer compras. ¡Estúpida! Esa noche entró al bar, Daniela estaba sola, la citó en su auto, esperó que Daniela saliera por la puerta principal, ella por la puerta de escape. ¡Ay Daniela, que inocente fuiste! Fue tan fácil. El café con somnífero, la inyección, apretó sus dedos inertes contra la jeringuilla. Su rostro cambió por unos segundos recordando la sonrisa de Daniela, luego se irguió, ella tenía la culpa. Se lo merecía. Terminó de vestirse. Tomó una cartera y salió rumbo a la noche.

* * *

Morgan se recortaba un poco la barba espesa frente al espejo de la estación de policía, al mismo tiempo que Vásquez daba los últimos a su indumentaria, una horrible camisa brillante de cuello ancho, sobre la que descansaban tres gruesas cadenas de plata con dijes de calaveras y cruces, unos lentes oscuros a lo Héctor Lavoe y una correa de cuero con hebilla de metal con el rostro del Ché Guevara.
– Oye, ¿eres un roquero viejo o un chulo? – se burló Morgan.
– Por lo menos yo si voy bien afeitadito – replicó Vásquez palmeándose el rostro.
–¿Y qué fue de la Nelly? – no me has contado.
– Nada, buenos amigos – contestó distraído Vásquez.
– O sea que ya no más descuentos.
– ¡Ya no más!
– En buena hora, vas a tener que “agradecerle”.
– Si se vuelve a arreglar como el día de la parrillada, le agradezco… le agradezco… – dijo Vásquez - ¿cómo una mujer puede cambiar tanto solo con ropa y maquillaje no?
– ¿Solo las mujeres? – dijo sarcástico señalando el reflejo de ambos en el espejo.
– Tienes razón, mujeres y hombres.
Ambos rieron de buena gana mientras apagaban la luz y salían rumbo al Zulú.

* * *

Una vez en sus respectivas ubicaciones y luego de la misma infructuosa espera, cerca de la media noche Morgan se acercó con un vaso de cuba libre a la esquina de la barra donde estaba sentado Vásquez.
– Aquí tiene señor.
– Gracias mozo – dijo su colega mientras le guiñaba el ojo. Cuando Morgan empezaba a retirarse, Vásquez lo llamó nuevamente.
– ¡Mozo! ¡Un cenicero por favor!
Morgan sabía que esa era la contraseña, volteó discretamente y pudo ver a sus espaldas avanzando hacia su ubicación a una mujer que por un instante le recordó a Gretzel, cuando la tuvo más cerca notó que tenía algo familiar, pero no pudo descubrir qué. Era de estatura mediana, delgada, los tacos aguja la hacían ver más alta, de formas proporcionadas, esbelta, ágil, los labios pintados de rojo intenso perfecto y el cabello negro azabache, perfectamente lacio y con el flequillo recto. Desde que se acercó a la barra pudo notar la intensidad de su perturbadora personalidad.
– Un Manhattan por favor – ordenó.
– Claro – contestó Morgan al tiempo que le ponía una servilleta al frente, de pronto la mujer lo miró a los ojos y le sostuvo la mirada por algunos segundos, luego volteó dándole la espalda.
Morgan le hizo un gesto a Vásquez y este le contestó con otro juntando los cuatro dedos de su mano con el pulgar varias veces, sugiriéndole que le hable. Morgan negaba discretamente con la cabeza. Sirvió el Manhattan, luego tomó un cenicero y una servilleta, anotó unos pedidos y se acercó al lugar de Vásquez. Este tomó el cenicero, en la servilleta pudo leer “No va a hablar conmigo, me dio la espalda, intenta tú.”

Vásquez se sintió ridículo con su look setentero ¿cómo podría llamar siquiera la atención de una mujer fatal como la sospechosa? Se hizo de valor, tomó un poco de su cuba libre que ya estaba caliente y se acercó.
– Buenas noches – dijo.
– Buenas noches – contestó educadamente la mujer.
– ¿Puedo acompañarla? – dijo Vásquez.
– Claro – contestó ella – permítame que voy al tocador.
– La espero –dijo cortés el agente.
La mujer se alejó cimbreando las caderas y Vásquez con la mano en el bolsillo y su trago en la otra tuvo la curiosa imagen de ser un extra de una película del tipo de cara cortada, esa muchacha, pensó, que guapa. De pronto se percató de su estupidez, la diabla había caminado rumbo a la puerta de escape, el baño quedaba al otro lado.
– ¡Morgan! – gritó al tiempo que desenfundaba su arma.
Morgan saltó la barra y corrió hacia la salida del frente, Vásquez fue hacia el escape. Una vez en la calle, vio a lo lejos unas luces rojas desaparecer, el frenazo del auto de Morgan lo hizo reaccionar, subió y empezó la persecución. Varias cuadras más adelante divisaron un sedán oscuro, Morgan pisó el acelerador y Vásquez se puso el cinturón. Cerca al malecón la pista se hizo más estrecha, la mujer no podría controlar bien el auto a causa de los baches, Morgan le pisaba los talones, de pronto la mujer hizo una maniobra tratando de girar en U y el auto salió despedido despedazando el muro de contención. Morgan frenó y ambos agentes corrieron hacia el auto volcado. Al acercarse divisaron a la muchacha ensangrentada. Se acercaron con cuidado, al iluminarla con la linterna le preguntaron si estaba bien. La mujer estaba presionada contra el volante pero consciente. Vásquez se acercó para verificar que no estuviese armada mientras Morgan llamaba una ambulancia.
– Tranquila señorita – dijo Vásquez tomándole la mano – no se mueva, ya viene una ambulancia.
– ¿Qué hago aquí? – preguntó desorientada la muchacha.
– Cálmese, está usted en estado de shock, acaba de sufrir un accidente – replicó el agente con voz paternal.
– ¿Agente Vásquez? – dijo la muchacha – ¿Qué hago aquí, que hace usted aquí, dónde estoy?
Vásquez soltó la mano de la muchacha instintivamente, luego se acercó de nuevo y le iluminó el rostro. A un lado yacía una peluca negra.
– ¿Brenda? ¿Brenda Stoll?

* * *

Dos semanas después, un sábado por la tarde, en las mesas del centro comercial, Vásquez y Morgan, este último bien afeitado, esperaban por sus respectivos helados.
– ¿Y qué fue de la loquita primo? – preguntó Morgan.
– Nada, a un centro de salud mental. Ni siquiera la procesaron. Trastorno de identidad disociativo. Doble personalidad en otras palabras.
– Que trágico – lamentó Morgan.
– Sí. Fui a las audiencias en las que se determinó su estado. En esos casos una personalidad considera a la otra como un sujeto distinto. Cuando el disparador se activa, la personalidad protectora sale a flote. Es como un interruptor, cada personalidad cree sufrir episodios de amnesia, una no sabe las cosas que la otra hace. Normalmente son personas que han sufrido graves traumas en la infancia o temprana adolescencia.
– Increíble. Lo bueno es que Álvarez está contento, tú estás contento yo puedo dormir y estoy afeitado.
– ¿No estás contento?
– No seas pendejo. Hoy no. Esta es la última vez que te apoyo
– Gracias primo, no sabes cuánto te lo agradezco - dijo Vásquez al momento que aparecían Nelly y Aída para la cita doble que habían planeado. Nelly perfectamente arreglada para la ocasión y Aída con unas mallas negras y una blusa que le llegaba a las rodillas.
– ¿Ochentas? – dijo Morgan con sorna.
– Sí, se quedó en los ochentas – rió Vásquez mientras caminaba al encuentro de Nelly y su compañero meneaba la cabeza.

viernes, 8 de abril de 2011

TRAFICO (Cuento)

Alicia nerviosa tocó la puerta de la habitación treinta y siete del hostal. A los pocos segundos abrió un hombre joven, delgado, mestizo, moreno, de cabello negro grasiento y sin afeitar.
– ¿Señora Alicia? – preguntó el hombre.
– Sí – contestó ella abriéndose paso primero tímidamente a través de la entrada, luego prácticamente empujando al sujeto que se hizo a un lado para dejarla pasar. Miró alrededor, una cama pequeña, un ventilador en la pared y una puerta de madera con claras señales de podredumbre que seguramente daba al baño. Fijó la vista particularmente en la maleta azul que estaba apoyada en la pared, enorme, nueva, reluciente y exactamente igual a la suya, con la única diferencia de que la propia era verde.
– Estoy esperando desde temprano – señaló el tipo con voz cansada – mi nombre es Abraham, Oscar me dijo…
– Ya sé lo que dijo – interrumpió la mujer – Oscar es mi marido, ¿sabes no?
– No, no sabía.
– Pues ahora lo sabes Abraham. Mira esto es trabajo y quiero que termine rápido. Cierra bien la puerta y vamos a comprar los pasajes.

Salieron del sucio hostal, Alicia le dio indicaciones para que la siga de lejos, sin conversar ni nada parecido, se acercaría sólo si se lo indicaba. Caminaron bajo el implacable sol de la selva, atravesando el mercado de frutas. El bullicio y la música estridente de los puestos parecían incrementar el calor. Llegaron a las oficinas de la empresa del transporte, Alicia hizo una seña para que su acompañante espere en la puerta del establecimiento, se acercó y compró dos pasajes para Rio Branco, uno para ella y otro para Abraham, escogió los asientos siete y veintidós. Al salir se los mostró discretamente a Abraham y le susurró:
– Ve al hotel, tienes que estar aquí a las doce en punto, con tus cosas y la maleta, toma cincuenta soles para que pagues el hotel y comas algo.

Alicia, hizo un gesto de despedirse y fingió irse del lugar, pero se detuvo un poco más allá y regresó para observar a Abraham, lo siguió de lejos mientras éste entraba al mercado, vio como se compró un sándwich y un jugo de frutas. Luego lo siguió mientras se paseaba por los puestos preguntando precios de cosas distraídamente y luego hasta que se aseguró de que entrara al hostal. Sacó su celular y marcó el número, timbraba pero no contestaba nadie. Se puso nerviosa. Insistió, esta vez tampoco obtuvo respuesta. Colgó. Pensó que tal vez Oscar estaba ya en la carretera. Guardó el celular en su cartera y se dirigió al hostal donde se había hospedado, cerca al de Abraham, para darse un baño y recoger su maleta también.

Alicia en la habitación se desnudó, a sus veintisiete años se sentía infinitamente vieja, se miró en el espejo, su vientre flácido, recorrió con sus dedos las cicatrices y marcas de sus tres partos, miró con vergüenza las estrías en su piel y la celulitis en sus muslos; su senos habían perdido el vigor de la juventud, ahora parecían trozos de carne colgados a su pecho y todo su cuerpo había ganado peso. Su memoria retrocedió sólo cinco años atrás, y se vio joven y esbelta, cuando era la estudiante más deseada del instituto de contabilidad allá en La Merced, usaba minifaldas, mostraba pícaramente sus torneadas piernas y no tenía ningún recato en ponerse esas diminutas blusitas escotadas. En esos tiempos fue que conoció a Oscar. Pensó en sus tres hijos pequeños, sobre todo en el menor de tan sólo diez meses. A los tres los había dejado al cuidado de su hermana mientras se embarcaba en esta temeraria aventura. Tomó aire, se cubrió con la toalla e insistió una vez más con el celular. Nuevamente no obtuvo respuesta. “Debe estar en la carretera” pensó y se fue a duchar.

Cuando terminó de secarse el cabello Alicia se sentó en la cama, miró fijamente la enorme maleta verde. Le parecía escandalosamente nueva. En el viaje anterior habían pasado con mochilas usadas, ¿por qué a Oscar se le había ocurrido usar estas maletas esta vez? La levantó con un poco de esfuerzo y la colocó encima de la cama. Sintió en su nariz el acre olor de la sustancia y la abrió. En su interior Oscar había acomodado un par de charangos, algunas quenas, varias artesanías de cuero y madera, aretes de semillas y plumas. Palpó la parte interna de la tapa y la sintió húmeda y melosa al tacto. Era una mala señal. Ya en Lima había notado que la tapa tenía una abertura en una unión de la costura, en aquel momento ya Oscar había salido rumbo a Cusco y tuvo que salir sola a toda prisa a comprar pegamento en un mercado cercano; para su sorpresa era un mercado mayorista, nadie quiso venderle lo que necesitaba por unidad, en su desesperación compró un paquete de seis tubos pequeños de pegamento instantáneo y seis ambientadores en aerosol. En aquel entonces roció la maleta abundantemente, por dentro y por fuera, y trató de pegar la abertura de la mejor manera posible. Ahora hizo lo mismo, abrió un tubo de pegamento instantáneo y trató de sellar con cuidado la tela que se había vuelto a despegar en el viaje hasta Puerto Maldonado. Miró el reloj y se dio cuenta que faltaba poco para las doce, metió los aerosoles y pegamentos en la maleta a toda prisa. Se visitó y salió de la habitación llevando su cartera, una pequeña bolsa de mano con algunas prendas y ropa interior y arrastrando la enorme valija.

Al llegar al terminal no vio a Abraham, se preocupó un poco pero sospechó que ya había subido al bus, sin embargo se percató que no podía ser, ya que ella tenía ambos boletos. Se sentó en una banca de madera y esperó. Había sido una tonta, ahora toda la gente la vería entregándole el boleto y además ambos tenían maletas idénticas. Luego de unos minutos lo vio llegar. Arriesgándose se levantó dejando la maleta en el piso. Caminó hacia él y le entregó rápido el boleto y le ordenó que suba de inmediato. Al intentar subir el controlador obligó a Abraham a dejar la maleta en la bodega, el bus estaba provisto de compartimientos superiores demasiado pequeños como para una maleta de esas dimensiones. Lo mismo sucedió con Alicia minutos después a pesar de sus reclamos. “Definitivamente la cosa no andaba bien” pensó.

Ya en el bus escuchó el pitido de su celular. Lo revisó y tenía un mensaje de texto de Oscar: “Pasamos la frontera y el control con éxito, estamos en Brasil rumbo a Rio Branco. Suerte.” Respiró aliviada. Reclinó el espaldar de su asiento y se acomodó. Cerró los ojos. Mientras el bus se ponía en movimiento recordó la primera vez que pasaron la mercadería al Brasil, hacía ya poco más de dos meses. En esa oportunidad fueron los dos solos. Llevaron un par de mochilas medianas también rellenas de artesanías. No pasó nada, Oscar supo cuidarla y no dejar que se ponga nerviosa, la tranquilizaba siempre y le cambiaba de tema y la hacía reír. Llegaron a Rio Branco y un traficante de allá recogió ambas mochilas y les entregó mil quinientos dólares y pasajes para volver a Puerto Maldonado. Ese dinero había servido para pagar muchas deudas de la casa. Ahora iban a recibir más del doble, pero el riesgo era mayor y además tenían que compartirlo con Abraham, al que Oscar había reclutado en Lima y María, una Tingalesa que Oscar también había conocido hace poco en La Merced y a la que había convencido para hacer el trabajo. Se habían repartido las labores. Oscar pasaría primero vigilando a María y ella vigilaría a Abraham hasta Rio Branco.

Oscar le había entregado antes de salir un chip de telefonía celular brasileño para comunicarse con él cuando cruzara la frontera. Lo sacó de su envoltorio y a modo de distracción lo colocó cuidadosamente en su celular, mientras lo hacía pensaba en esas dos maletas tan llamativas en la bodega del bus. Pensó que si Oscar y María habían pasado sin problemas con unas maletas similares, ellos tampoco tendrían dificultades. Además la última vez se percató que los policías del punto de control fronterizo peruano, agobiados por el calor tropical, solían escoger una maleta al azar, la palpaban de mala gana y autorizaban al bus a seguir su camino. Su mayor temor era la Policía Federal de Brasil, había escuchado que eran más acuciosos, aunque cuando ella pasó con Oscar el trámite fue muy rápido y no recordaba mayor demora o revisión.

Forzando su postura, Alicia volteó medio cuerpo, vio a Abraham en su asiento, pensativo, mirando el paisaje a través de la ventana del bus. ¿Estaría consciente de lo que llevaba en la maleta? No parecía preocupado. Pensó en María, era muy joven, tal vez veintidós años, parecida a ella misma cuando tenía esa edad. Como todas las chicas de Tingo María tenía una belleza felina perturbadora, era blanca, pecosa, el cabello castaño largo y los ojos verdes intensos. Oscar le había comentado que ella no tenía intención de regresar al Perú. Luego de la entrega había planeado quedarse en Brasil y buscar hacer una vida nueva allí. El dinero del trabajo le serviría para empezar. Nuevamente recordó a sus hijos y los extrañó profundamente; recordó sus risas, sus travesuras y sus malcriadeces, sonrió mientras se adormitaba con el sordo ruido del motor del bus y el sueño finalmente la venció.

Cuando llegaron al puesto de control, la despertó el empujón producido por la frenada del enorme bus. Se limpió el rostro con un paño de mano y se alistó para bajar, había pocos pasajeros peruanos y varios brasileños. Esperó pacientemente que caminaran los que ya estaban en el pasillo y luego se acomodó entre la fila, avanzó lentamente y bajó. De reojo trataba de no perder de vista a Abraham. Un policía amable les indicó la oficina de migraciones para que registren su salida del Perú. Se apresuraron a formar una fila mientras algunos cruzaban la pista para comprar refrescos o alguna vitualla en los pequeños kioscos de madera. Otros aprovechaban para cambiar soles por reales. Alicia en la fila pensó en Oscar. A estas horas ya debería estar en Rio Branco. Pasando el control de Assis Brasil lo llamaría.

Al terminar el trámite en migraciones, caminó hacia el vehículo. Su corazón empezó a latir rápidamente cuando vio al controlador del bus con cuatro policías parados frente a éste y a su costado un hombre de corbata, chaleco azul y con una cinta alrededor del cuello. Era un fiscal. El controlador le preguntó si la maleta verde era suya. Ella movió la cabeza afirmativamente, sin decir palabra. El que parecía tener mayor rango de los policías le preguntó educadamente si podían revisar la maleta y que por favor se acercara mientras el controlador la retiraba de la bodega. Alicia sentía sus piernas temblar. El policía palpó la superficie y acercó el rostro, su expresión cambió, miró al fiscal y a Alicia e hizo un gesto afirmativo. El fiscal se acercó a Alicia y le pidió también de forma educada que la acompañe a las oficinas del puesto de control de la policía. En el interior le pidieron que ella misma abriera la maleta. Al hacerlo aparecieron ante ella los ambientadores y el pegamento, recordó que en uno de los bolsillos internos también estaban las boletas de venta a su nombre y que había olvidado destruir en el hotel. El policía que asistía al fiscal se colocó unos guantes de goma y con un hisopo recogió muestras de la superficie interna de la tapa de la maleta. Lo introdujo en una pequeñísima botella de vidrio y esta inmediatamente se coloreó de azul. El fiscal volteó y le pidió que guarde la calma, la invitó a sentarse en una silla de madera y le explicó con detalle que el procedimiento químico que acababa de ver significaba que la maleta estaba impregnada de clorhidrato de cocaína. Luego le indicó que iba a proceder a leerle sus derechos y que llamarían al defensor de oficio. Alicia no pudo escuchar la última parte, se desvaneció en el preciso momento que Abraham también entraba a la oficina cargando su maleta y escoltado por dos policías.

Horas más tarde, luego de haber firmado innumerables actas y formatos, de haber negado saber que las maletas contenían droga, le informaron que sería trasladada junto con Abraham a la sede de la Policía Especializada Antidrogas, luego de que le colocaran las esposas la abogada defensora del Estado se acercó y le preguntó discretamente:
– ¿Tiene usted algún enemigo en esta zona señora?
– ¡No! – contestó inmediatamente.
– Qué raro – replicó la abogada – el Capitán me acaba de decir que esta intervención es producto de un “soplo.”

Alicia no pudo contestar, un policía la tomó del brazo y la condujo hasta la camioneta de la fiscalía. “Un soplo”, pensó. ¿Pero quién? El único que sabía era Oscar. Una vez que se sentó en la camioneta le vino a la mente que en Lima, cuando recibieron las cuatro maletas, notó que las que llevó Oscar no tenían olor. En ese momento no le dio importancia pero ahora… recordó otros detalles, la discusión que tuvieron por la excesiva confianza entre Oscar y María durante el poco tiempo que estuvieron reunidos los tres y que le molestó terriblemente, él no le dio importancia y hasta se burló de ella. Las constantes quejas de Oscar por los hijos, por la situación, por las deudas. Fue atando cabos. Ya oscurecía y las siluetas de los árboles de la selva se confundían con el horizonte, los ojos se le humedecieron, se imaginó a Oscar y María desnudos en una cama de hotel en Rio Branco, riéndose de ella, a sus hijos abandonados a su suerte y sin querer le dijo al policía que estaba a su lado:
– Me han tendido una trampa.
El policía se limitó a encogerse de hombros mientras la camioneta se ponía en movimiento.