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jueves, 21 de abril de 2011

COR DE ROSA (Cuento)

Desde la ventana del avión, Mariana miró con curiosidad el modesto y pequeño aeropuerto de Puerto Maldonado. Era un día cálido de julio y el sol radiante iluminaba el horizonte dándole un singular tono a las verdes copas de los árboles que se alzaban ante un impresionante cielo azul decorado de brillantes mechones de nubes blancas.

Ansiosa se levantó de su asiento apenas se apagó la señal de cinturones de seguridad, tomó su mochila y se dispuso a bajar. Mientras caminaba por el pasillo del avión iba sintiendo aumentar notablemente la temperatura, pero lo que no se esperaba fue el bochorno intenso que prácticamente la sofocó cuando se paró en el primer peldaño de la escalinata de descenso al salir del avión. Casi de inmediato sintió un calor húmedo y pegajoso apoderándose de ella. La ropa sobre su piel era insoportable y le costaba esfuerzo avanzar, lo que sumado al casi derretido asfalto y el brillo de las veredas de cemento pulido, hizo de su trayecto a la sombra una verdadera agonía.

Una vez en la zona de equipajes se fue directamente al baño, se quitó la blusa y se dejó la camiseta ligera que llevaba debajo. Se refrescó un poco frente al espejo y buscó sus lentes oscuros en la mochila. Acomodó sus cabellos castaños y salió a esperar sus maletas.

En el estacionamiento la esperaba su tío Ismael, la saludó con un fuerte abrazo, y la ayudó a subir a la camioneta. Ismael era el hermano menor de su padre y se veían a menudo en Lima. Ahora había ido a recogerla al aeropuerto y la llevaría directamente a Iñapari, en la frontera con el Brasil donde había nacido hacía poco más de veinte años. Mariana luego de intercambiar los saludos de rigor con el tío Ismael, se concentró en el paisaje. La carretera estaba terminada. Ya no recordaba bien la última vez que vino a la selva, revolvió sus memorias y se vio a los seis o siete años, viajando sobre una gran carreta de madera tirada por enormes bueyes que se desplazaban con lentitud en una trocha de barro rojo mojado. ¡Cómo había cambiado el paisaje! La negra cinta de asfalto penetraba interminable por el verde agreste. ¡Quién diría! Más de trece años sin venir y el progreso había llegado al fin a la tierra que la vio nacer. Rió de la tontería que acababa de pensar. Una frase tan trillada solo podía ser producto de su cansancio y la nociva influencia de la carrera de derecho que había decidido estudiar. Sonrió y decidió descansar un poco antes de llegar a la casa de su madre.

Como a las cuatro de la tarde, en un atardecer glorioso de tonos amarillos y rosa, llegó a Iñapari. Se bajó de la camioneta y su madre, doña Rosineide da Souza, la estaba esperando en la puerta de la amplia casa de madera. Se dieron un fuerte abrazo y ambas se llenaron de besos. No veía a su madre desde la última vez que vino a Iñapari. Entraron de la mano, conversando y riendo mientras que el tío Ismael bajaba las maletas. Una vez en la casa cuando se disponía a sentarse escuchó una voz aguda y musical gritando:
– ¡Eh menina! Tira esos zapatos cuando entra a casa.
Volteó y allí estaba sentada con su vestido floreado ligero, el cabello blanquísimo y una enorme sonrisa en una perfecta dentadura oscurecida por el tabaco la abuela Adailta.
– ¡Abuelita! – gritó Mariana mientras se quitaba las sandalias.
– ¡Meu Deus! – exclamó la abuela extendiendo los brazos - ¡Cuánto es que creció esa menina!
– ¡Abuelita linda! – repetía Mariana mientras se lanzaba sobre la abuela y la llenaba de besos y caricias.
– Me cuenta – ordenó la abuela – cómo la está tratando esa cidade tan grande. Ya su mãe me contó que está estudiando, sacando notas todas buenas. Orgullo de sua mãe.

Mariana se acomodó y contó de Lima y lo moderna que estaba, de la casa de papá, de la escuela que había terminado hacía tres años, de su viaje de promoción al Cusco, de su ingreso a la Facultad de Derecho, de sus buenas notas y de lo feliz que estaba de visitarlas ahora. Inteligentemente obvió mencionar a la actual mujer de su padre. Pasaron horas conversando, doña Rosineide preparó café negro, espeso y dulce como se acostumbraba en la casa y doña Adailta fumó un cigarro rubio en su mecedora de madera mientras ambas escuchaban con regocijo las mil historias de la nieta. En una pausa doña Rosineide aprovechó para preguntarle seriamente a Mariana cómo estaba su padre, Mariana contestó con sinceridad que estaba bien. Le iba bien con el negocio de maquinaria pesada desde que había dejado la explotación de madera. Doña Rosineide se quedó en silencio por algunos segundos y la abuela Adailta rompió el hielo:
– Ese hombre era bueno, mas nunca gustó del monte. Nunca llegué a saber con certeza porqué vino a parar en este lugar olvidado de Deus.
– ¡Ay mamá! – contestó con tristeza Rosineide – no diga esas cosas.
Eu falo la verdad filha – contestó la abuela – no gusto de cosa enrolada, no, lo único enrolado que soporto es este meu cabello.
Mariana y su madre echaron a reír y cambiaron rápidamente de tema, doña Rosineide y doña Adailta eran brasileñas. Moisés, el padre de Mariana había conocido a Rosineide cuando esta tenía tan solo dieciséis años y se la había llevado a vivir con él. Cuando renunció a seguir trabajando en la selva a pesar de irle bien con la madera, harto de los mosquitos, las inundaciones, el calor sofocante y los animales extraños, Rosineide no quiso acompañarlo a vivir en Lima. Moisés le rogó quedarse con él. Rosineide lo intentó y fue a Lima pero sólo resistió seis meses, no pudo más y volvió. El estruendo de los autos, el tráfico, el desorden, los edificios enormes, el bullicio, la gente tan bien vestida y educada que era la familia de su marido la hacían sentirse más campesina que nunca. Además la torturaba el triste cielo nublado de la capital y el frio húmedo que calaba sus huesos. Extrañaba el calor de la selva. Lo único que le gustó en esos seis meses eran las discotecas, sus enormes pistas de baile y las impresionantes luces de colores. Ese era el único recuerdo grato que tenía de Lima. Ese y los piropos algunas veces descarados que le lanzaban los limeños poco acostumbrados a unas caderas cimbreantes y musicales como las suyas y a esa gracia tan propia de la mujer brasileña.

Ahora vivía junto a su madre en una espaciosa casa al costado de la que fue alguna vez la casa de su marido. En ella vivía Ismael, que había heredado el negocio maderero y dos sobrinos pequeños también peruano brasileños como Mariana, hijos de Ismael y una guapa mulata compatriota suya de nombre indescifrable: Astrogilda Bonfim.

Al día siguiente, temprano en la mañana entró Astrogilda a la casa como un torbellino tropical, con su tersa piel de ébano y blanquísima dentadura, sonrisa inacabable y una sensualidad etérea que se impregnaba en cada una de las tablas de las paredes, pisos y techo de la casa. Apareció con un apretado short de tela brillante y escarchada que empezaba varios centímetros debajo de ombligo y terminaba a unos escasos milímetros por debajo de su ingle. En el torso sólo un brasier negro adornado con cuentas de vidrio cubriendo esforzadamente su senos abundantes.
– ¡Onde está esa filha de Moisés mulheres! – gritó apenas entró.
– Hola – contestó suavemente Mariana, intimidada por la fuerza volcánica de la personalidad de la mujer. Era la primera vez que veía a la tía Astrogilda. Por alguna razón Ismael siempre se había negado a llevarla a Lima.
– ¡Beleza de mulher! ¡Qué grandona, bonitinha! ¿Me entiende verdad? – dijo hablando a toda velocidad. Sin dejar que Mariana conteste la abrazó y le hizo dar una vuelta sobre sí misma para verla completa.
- ¡Qué chick! ¡Beleza brasileira y modales de princesa!
Mariana se sonrojó y agachó la cabeza
– ¡No agacha cabeza, no, mulher! Nunca debe tener vergonha de sua beleza – agregó la tía.
– Ya déjala en paz Astrogilda – dijo doña Rosineide que estaba preparando el café.
– ¡Ah! – espetó la mujer con desdén, luego se dirigió a Mariana – ¡Eh! eu vou para el festival en el rio. ¿Me acompaña?
– ¿Festival? – preguntó Mariana.
– El festival de playa – comentó la madre – Y no Astrogilda, Mariana se va a quedar con nosotras. Además el festival dura tres días. Mañana podemos ir todos.
– ¡Mamá! – dijo con tono lastimero Mariana.
– ¡Mamá! – imitó Astrogilda intentando hablar sin su acento brasileño y estallando en una carcajada burlona.
Deija a menina salir – dijo impaciente, desde su mecedora, doña Adailta – ¿O acaso você olvidó cuando tenía esa edade?
Doña Rosineide asintió con la cabeza y le regaló una sonrisa cómplice a su hija. Astrogilda pidió licencia para ir a cambiarse mientras la muchacha hacía lo mismo. Mariana aprovechó para ponerse esas tangas que casi nunca se ponía en Lima y que estaba segura que ahora lucirían conservadoras al lado de los hilos dentales que las brasileñas usaban en las fotos que su papá le había mostrado tantas veces. Se colocó encima un holgado short de algodón crema y una blusa de lino blanco. Colocó en su cartera el bloqueador solar, unas cremas, lápiz labial, repelente y, ¿por qué no?, un preservativo.

Se despidió de su madre y la abuela y salió fuera de la casa. Ya la estaba esperando la tía Astrogilda quien no había hecho otra cosa que colocarse un top casi del mismo tamaño del brasier, encima de este y varios litros de perfume.
– ¿No llevas ropa de baño? – preguntó Mariana.
Sim, esta es – dijo Astrogilda al mismo tiempo que desplazaba el short unos centímetros hacia abajo y mostraba una diminuta tira de tela negra, a la vez que sonreía coquetísima con todos sus hermosos dientes blancos.

Una vez en el rio, pasearon por horas, bebieron cervezas heladas y compraron unos curiosos suvenires consistentes en una especie de jarros de aluminio, con el logotipo del festival y con un forro interior de espuma plástica donde se depositaban las latas de cerveza y se mantenían frías ante el implacable calor de la selva. Bailaron con la música que brotaba de los enormes parlantes en el estrado ubicado muy cerca al rio, que por la época tenía muy poco caudal. Astrogilda le presentó varios muchachos peruanos y brasileños, sin embargo Mariana no le prestó especial atención a ninguno, se sentía bien en medio de tanto calor, de tanta gente diferente y simpática, muchachos negros o mulatos con chicas rubias y viceversa. En la universidad donde estudiaba eso no sería posible. Pensaba en cuánto le faltaba al Perú y a Lima para superar las barreras del color de piel. Ella misma se había sentido superior muchas veces frente a otros, olvidando el color canela de su propia madre y la sangre mulata oscura de la abuela Adailta. Había tenido suerte al heredar la piel blanca y los cabellos castaños claros de su padre. Ahora se mezclaba entre estos muchachos atractivos de piernas fuertes, morenas, de cabellos ondulados y ojos negros rodeados de cautivadoras cejas pobladas. También llamaban su atención los muchachitos rubios, de ojos azules o verdes cristalinos y piel blanca perfectamente bronceada, que a diferencia de la capital, se codeaban con naturalidad con peruanos y bolivianos de todos los colores. Estaba feliz. Bailó forró durante horas y bebió cerveza hasta que atardeció y en el estrado se instaló el grupo musical de moda de la región. Astrogilda era una bailarina incansable y ella no quería quedarse atrás. Disfrutaba la fiesta y la atención de todos los muchachos que la invitaban a bailar e intentaban enamorarla. Hasta que de pronto, frente a ella apareció una silueta que la dejó sin aliento: Un muchacho guapo, claro, alto, de espalda y hombros fuertes, brazos gruesos y piernas firmes la miraba directamente a los ojos. Estaba impecablemente vestido de blanco. En su cabeza, a pesar de ser de noche, tenía un formidable sombrero de cuero y colgando del cinto una especie de funda de cuero también, como si portara una espada. Mariana bajó la vista nerviosa y le dijo a Astrogilda que volvería pronto, pues precisaba ir al baño.

Luego de hace la larga cola para el uso del baño portátil, y de regreso a la zona de baile, escuchó una voz susurrante y estremecedora que la llamó por su nombre. Volteó y se encontró cara a cara con el muchacho de blanco que había visto antes y que ahora la saludaba con una sonrisa, él tomó su mano delicadamente y la besó mientras le decía en portugués algo ininteligible. Mariana en su nerviosismo solo atinó a decir que no entendía.
– ¿No habla portugués la señorita? – dijo el joven en un español cantado pero comprensible.
– No – contestó Mariana – entiendo un poco pero si habla despacio.
– Yo hablo español señorita – contestó él y continuó – estoy encantado de poder saludarla y presentarme, yo me llamo Marcio.
Mariana soltó una carcajada cuando Marcio luego de su presentación hizo una teatral venia colocando un pie detrás del otro al mismo tiempo que inclinaba la cabeza y ponía una mano a la altura del estómago.
– ¿Y cómo sabe mi nombre señor Marcio? – preguntó más calmada Mariana.
– Su tía me dijo – contestó señalando el lugar donde eufórica bailaba Astrogilda.
– Entiendo.
– ¿Danzaría usted con este servidor? – preguntó Marcio.
– Claro – dijo Mariana – pero tienes que actualizar tu español. Es muy antiguo.
Ambos rieron mientras iban a bailar.

* * *

Ya cerca de la media noche, Mariana luego de bailar todos los ritmos posibles con Marcio y compartir con él un número no preciso de cervezas, le dijo que ya debía retirarse. Marcio sonrió y le pidió que lo acompañe un rato más para conversar unos minutos antes de irse. Mariana asintió y dejaron atrás el baile y caminaron tomados de la mano por la arena de la orilla del rio Acre. La noche estaba estrellada, preciosa. La superficie apacible del rio reflejaba una romántica luna menguante. Marcio se dejó caer sentado sobre la arena e invitó a Mariana a sentarse. Ella aceptó, él empezó a hablar en su español arcaico de las estrellas, de los nombres con la que los indígenas las conocían, le contó historias del rio y del bosque. Le habló de épocas inmemoriales cuando el hombre occidental no había llegado a estas tierras, de animales de formas difusas y nombres impronunciables. Mariana escuchaba estática, hipnotizada, encantada con ese mozo tan interesante, amable y educado pero a la vez sencillo y humilde. Mientras hablaba no dejaba de mirar sus labios carnosos, su nariz afilada, su piel húmeda y cálida. De pronto Marcio volteó y la besó. Ella le correspondió. Sintió sus manos atrevidas buscando bajo su ropa e intentó detenerlo, pero él le susurró al oído las cosas más bellas del mundo. Se perdió en su aliento, en sus palabras que ya no eran en español y que le decía en portugués lo bonita que era, que describían en poesía lo suave de su piel, lo brillante de su cabello, lo profundo de sus ojos, lo sereno de su sonrisa. Lo abrazó con fuerza y sintió bajo su vientre un sólido hierro candente que acabó con sus últimas evasivas y sólo atinó a estirar la mano en busca de su cartera, tratando de encontrar el preservativo, pero ya era tarde, un torbellino de placer y deseo la envolvió dejándola rápidamente sin control ni conciencia.

Cerca de las cuatro de la mañana y luego de haber hecho el amor bajo las estrellas por horas, Mariana abrazó a Marcio y se mordió los labios viendo su propio cuerpo desnudo al lado de este incansable hombre rebosante de fuego y pasión. Recorrió con los ojos sus muslos, su sexo en reposo, su vientre plano, su pecho formidable, su rostro hermoso y dejó escapar una risita al ver que Marcio seguía con el sombrero puesto.
– Quítate eso – le dijo.
– Marcio sonrió y sin hacerle caso se levantó. Caminó desnudo hacia el agua que le llegaba a las rodillas, se sumergió lentamente y se incorporó dejando ver su cuerpo brillante. Mariana no pudo evitar sentir una nueva oleada de deseo al ver las gotas de agua corriendo por el cuerpo de ese magnífico espécimen.
– Debo irme ya señorita, va a amanecer – dijo Marcio al volver a su lado, mientras recogía su ropa.
– Deja ya de llamarme de usted – reclamó Mariana mientras Marcio sonreía como siempre – ¿Me das tu número? – preguntó impulsivamente, arrepintiéndose de inmediato y trató de aclarar:
– Para llamarte y, si se puede, salir estos días, me quedo una semana en Iñapari.
– Yo la buscaré señorita – contestó Marcio. Se acercó y le dio un beso apasionado. Mariana le correspondió y luego se quedó mirando como el hombre se alejaba caminando lentamente por el medio del rio, con sus ropas en las manos, desnudo, con un sombrero de cuero por toda prenda y se perdía en la oscuridad de la noche rio arriba.

* * *

Mariana se vistió rápidamente. Caminó por la arena sonriendo y mordiéndose los labios por causa de la travesura que acababa de hacer. “Razón tenía papá” se decía recordando todas las veces que su padre le había dicho que tarde o temprano le saldría lo brasileña.

Llegó cerca al estrado y la fiesta estaba en sus últimos estertores, buscó a su tía y no la encontró por ningún lado. Alrededor hombres y mujeres caminaban y bailaban cayéndose de la borrachera, algunos yacían dormidos en la arena. Miró alrededor, y cuando estaba a punto de irse sola, se le ocurrió ir a mirar detrás del escenario. Allí descubrió a Astrogilda desnuda de la cintura hacia abajo y con el brasier por el cuello montada y ensartada sobre un moreno bajo y musculoso que, de pie apoyado en la estructura del estrado, la sostenía de las nalgas con sus poderosos brazos, ambos perdidos en sordos e intensos jadeos y gemidos.
– ¡Tía! – gritó Mariana
Astrogilda volteó y le hizo una seña de molestia para que se retire, sin dejar de menear las caderas sobre el moreno. Mariana aturdida regreso a la zona de baile y esperó. Minutos después vino su tía acomodándose la ropa y le sonrió con una naturalidad que la dejó indignada. Mariana molesta empezó a caminar rápida rumbo a casa y Astrogilda la siguió. Cuando la alcanzó la tomó por el hombro y le dijo:
– ¡Hey menina! Você vai ficar bien callada ¿verdad?
– ¡Tía!
– ¡Me ayuda! Por favor sobrinha linda. No es maldad con seu tío, no. Es sólo transar, sólo sexo como vocês falan.
– ¡Pero tía! ¿Te das cuenta lo que me pides?
– ¡Por favor! – volvió a decir y juntó sus manos con una expresión de mística santa medieval que arrancó una carcajada en medio de la cólera de Mariana.
– ¡Eres una puta tía! Por eso el tío Ismael no te lleva a Lima – replicó con tono cómplice.
– Soy una puta gostosa. Y así es como gusta tu tío – contestó con su enorme sonrisa la tía Astrogilda.

* * *

Al día siguiente Mariana volvió al festival con Astrogilda, doña Rosineide y doña Adailta. Caminaron por los puestos de comida, bebieron un poco y bailaron también, pero ya no como el día anterior. Doña Rosineide se había puesto un bonito bikini y orgullosa notaba que todavía atraía miradas, pues con sus treinta y ocho años conservaba bien las formas. Quien no las conociera pensaría que madre e hija eran tan sólo amigas. Mariana, sin embargo, durante todo el día buscó a su joven amante entre la gente y no lo encontró. Entrada la noche se acercó a su tía y le preguntó acerca de Marcio.
– ¿Marcio? No sé de quien me fala sobrinha.
– El muchacho con el que estuve bailando anoche tía.
– No vi, no.
– ¿No conoces ningún Marcio?
– Sí, mas como ese que você fala… no. Pero ahora você va a contar tudo para mí…

Luego de contarle lo sucedido a su tía, Mariana quedó triste y desilusionada. Astrogilda haciendo gala de discreción no hizo comentario alguno. El domingo tampoco lo vio. Nunca más volvió a saber de Marcio y no le quedó ánimo para salir con ninguno de los otros muchachos que la invitaban. Pasó el resto de la semana casi todo el tiempo en casa; con la esperanza de encontrarlo, paseó algunas veces con la abuela por la pequeña ciudad y sus calles de barro sin éxito y finalmente, terminadas las breves vacaciones, se despidió de todos y regresó a Lima.

* * *

En una calurosa y sofocante tarde de setiembre, mientras doña Adailta se abanicaba sentada en la mecedora, el rugido de una camioneta estremeció la casa. La abuela y doña Rosineide salieron de prisa de la cocina y ambas quedaron pasmadas viendo una camioneta cubierta de barro que frenaba prácticamente sobre la entrada y de ella descendió raudo Moisés Cáceres con una expresión furiosa en el rostro, azotando la puerta del vehículo al tiempo que de la otra puerta y con la cabeza baja aparecía Mariana, demacrada y pálida.

Moisés entró hasta la cocina sin saludar y sin quitarse las botas. Detrás de él Mariana, doña Rosineide y doña Adailta. Moisés señaló una silla con un gesto firme y Mariana sin decir palabra se sentó allí. Luego con las manos en la cintura encaró a doña Rosineide y le soltó la noticia en la cara:
– ¿Para eso te la mando? ¡Está embarazada carajo! Dos meses. Quiero que me lleves de inmediato a la casa de ese tal Marcio. ¡En este momento!
– ¿Qué Marcio Moisés? Yo no sé nada de ningún Marcio.
– ¿Cómo no vas a saber? ¿Así cuidas a tu hija?
– ¡Nuestra hija Moisés!
En ese momento entró a la cocina Ismael arrastrando del brazo a Astrogilda que se resistía a caminar.
– ¡Habla mujer! – exigió Ismael - ¡Di todo lo que sabes!
Aterrada Astrogilda se quedó callada mirando al suelo. Luego empezó muy despacio a decir:
Foi o boto cor de rosa.
– ¿Qué? – reaccionó sorprendido Moisés – ¿de qué mierda está hablando tu mujer? – preguntó dirigiéndose a Ismael
– Es un mito regional – contestó Ismael – el boto es un animal parecido al bufeo colorado de nuestra amazonía, una especie de delfín de rio.
– No es mito – aclaró con voz firme doña Adailta
– ¡No me vengan con huevadas! – gritó exasperado Moisés – por última vez, ¿Dónde encuentro al tal Marcio?
Se hizo un silencio denso en la habitación. Moisés escupió al piso y salió del lugar con prisa rumbo a la camioneta y las mujeres se miraron entre sí con preocupación. Pocos segundos después volvió a entrar a la cocina con una escopeta entre las manos. Se dirigió a Astrogilda y le espetó:
– ¡Habla carajo o aquí va a suceder una desgracia!
Não sei señor – contestó aterrada la mujer.
– Me escucha Moisés – dijo doña Adailta – el boto existe. Me deja falar con su filha.
Doña Adailta se dirigió a su nieta:
Fala para mí menina. Este hombre que te engravidó ¿era alto, claro, bonito, vestido de branco?
– Sí abuela.
– ¿Y usaba sombrero de cuero?
– Sí.
– ¿Se quitó el sombrero?
– No abuela.
– Fue el boto cor de rosa señor Moisés – dijo con pesadumbre la abuela dirigiéndose al enfurecido padre.
– ¿De qué está usted hablando? – interrogó Moisés desconcertado
– Usa el sombrero para tapar el hueco en su cabeza, el orificio por el que respiran – dijo con calma doña Rosineide mientras caminaba a atender a su madre que había palidecido y le costaba trabajo sentarse en la mecedora.
– ¡Qué demonios! ¡Ustedes se están burlando de mí! – dijo aprensivo y nervioso Moisés – ¡no me vengan con cuentos de indios ignorantes! ¡Ustedes quieren proteger al tipo que embarazó a esta!
– No son cuentos, não – dijo doña Adailta con dificultad y con lágrimas en los ojos.

Moisés no quiso escuchar más. Tomó del brazo a Mariana y la subió a la camioneta a empellones. Encendió el vehículo y partió. Se pasó cuatro días completos buscando casa por casa a Marcio. Nadie daba cuenta de él. Ninguna persona parecía conocer a alguien de esas características, ni en Iñapari, ni en el lado brasileño y menos en el triste pueblito de la frontera boliviana. Habló con la Policía Federal del Brasil, prometieron ayudar pero no garantizaban nada. Mariana era una adulta y no podían intervenir directamente en el caso. Al quinto día, Moisés se encerró en la cocina de la casa con Mariana, luego de varias horas el sordo estruendo de la escopeta Winchester de dos cañones de Moisés Caceres remeció los horcones de la casa. Doña Rosineide fue la primera en llegar corriendo y trató de entrar sin conseguirlo, Ismael apareció segundos después y derribó la puerta. En el suelo estaba el cuerpo inerte de Moisés ensangrentado y Mariana de rodillas lo abrazaba y llorando le pedía perdón.

viernes, 8 de abril de 2011

TRAFICO (Cuento)

Alicia nerviosa tocó la puerta de la habitación treinta y siete del hostal. A los pocos segundos abrió un hombre joven, delgado, mestizo, moreno, de cabello negro grasiento y sin afeitar.
– ¿Señora Alicia? – preguntó el hombre.
– Sí – contestó ella abriéndose paso primero tímidamente a través de la entrada, luego prácticamente empujando al sujeto que se hizo a un lado para dejarla pasar. Miró alrededor, una cama pequeña, un ventilador en la pared y una puerta de madera con claras señales de podredumbre que seguramente daba al baño. Fijó la vista particularmente en la maleta azul que estaba apoyada en la pared, enorme, nueva, reluciente y exactamente igual a la suya, con la única diferencia de que la propia era verde.
– Estoy esperando desde temprano – señaló el tipo con voz cansada – mi nombre es Abraham, Oscar me dijo…
– Ya sé lo que dijo – interrumpió la mujer – Oscar es mi marido, ¿sabes no?
– No, no sabía.
– Pues ahora lo sabes Abraham. Mira esto es trabajo y quiero que termine rápido. Cierra bien la puerta y vamos a comprar los pasajes.

Salieron del sucio hostal, Alicia le dio indicaciones para que la siga de lejos, sin conversar ni nada parecido, se acercaría sólo si se lo indicaba. Caminaron bajo el implacable sol de la selva, atravesando el mercado de frutas. El bullicio y la música estridente de los puestos parecían incrementar el calor. Llegaron a las oficinas de la empresa del transporte, Alicia hizo una seña para que su acompañante espere en la puerta del establecimiento, se acercó y compró dos pasajes para Rio Branco, uno para ella y otro para Abraham, escogió los asientos siete y veintidós. Al salir se los mostró discretamente a Abraham y le susurró:
– Ve al hotel, tienes que estar aquí a las doce en punto, con tus cosas y la maleta, toma cincuenta soles para que pagues el hotel y comas algo.

Alicia, hizo un gesto de despedirse y fingió irse del lugar, pero se detuvo un poco más allá y regresó para observar a Abraham, lo siguió de lejos mientras éste entraba al mercado, vio como se compró un sándwich y un jugo de frutas. Luego lo siguió mientras se paseaba por los puestos preguntando precios de cosas distraídamente y luego hasta que se aseguró de que entrara al hostal. Sacó su celular y marcó el número, timbraba pero no contestaba nadie. Se puso nerviosa. Insistió, esta vez tampoco obtuvo respuesta. Colgó. Pensó que tal vez Oscar estaba ya en la carretera. Guardó el celular en su cartera y se dirigió al hostal donde se había hospedado, cerca al de Abraham, para darse un baño y recoger su maleta también.

Alicia en la habitación se desnudó, a sus veintisiete años se sentía infinitamente vieja, se miró en el espejo, su vientre flácido, recorrió con sus dedos las cicatrices y marcas de sus tres partos, miró con vergüenza las estrías en su piel y la celulitis en sus muslos; su senos habían perdido el vigor de la juventud, ahora parecían trozos de carne colgados a su pecho y todo su cuerpo había ganado peso. Su memoria retrocedió sólo cinco años atrás, y se vio joven y esbelta, cuando era la estudiante más deseada del instituto de contabilidad allá en La Merced, usaba minifaldas, mostraba pícaramente sus torneadas piernas y no tenía ningún recato en ponerse esas diminutas blusitas escotadas. En esos tiempos fue que conoció a Oscar. Pensó en sus tres hijos pequeños, sobre todo en el menor de tan sólo diez meses. A los tres los había dejado al cuidado de su hermana mientras se embarcaba en esta temeraria aventura. Tomó aire, se cubrió con la toalla e insistió una vez más con el celular. Nuevamente no obtuvo respuesta. “Debe estar en la carretera” pensó y se fue a duchar.

Cuando terminó de secarse el cabello Alicia se sentó en la cama, miró fijamente la enorme maleta verde. Le parecía escandalosamente nueva. En el viaje anterior habían pasado con mochilas usadas, ¿por qué a Oscar se le había ocurrido usar estas maletas esta vez? La levantó con un poco de esfuerzo y la colocó encima de la cama. Sintió en su nariz el acre olor de la sustancia y la abrió. En su interior Oscar había acomodado un par de charangos, algunas quenas, varias artesanías de cuero y madera, aretes de semillas y plumas. Palpó la parte interna de la tapa y la sintió húmeda y melosa al tacto. Era una mala señal. Ya en Lima había notado que la tapa tenía una abertura en una unión de la costura, en aquel momento ya Oscar había salido rumbo a Cusco y tuvo que salir sola a toda prisa a comprar pegamento en un mercado cercano; para su sorpresa era un mercado mayorista, nadie quiso venderle lo que necesitaba por unidad, en su desesperación compró un paquete de seis tubos pequeños de pegamento instantáneo y seis ambientadores en aerosol. En aquel entonces roció la maleta abundantemente, por dentro y por fuera, y trató de pegar la abertura de la mejor manera posible. Ahora hizo lo mismo, abrió un tubo de pegamento instantáneo y trató de sellar con cuidado la tela que se había vuelto a despegar en el viaje hasta Puerto Maldonado. Miró el reloj y se dio cuenta que faltaba poco para las doce, metió los aerosoles y pegamentos en la maleta a toda prisa. Se visitó y salió de la habitación llevando su cartera, una pequeña bolsa de mano con algunas prendas y ropa interior y arrastrando la enorme valija.

Al llegar al terminal no vio a Abraham, se preocupó un poco pero sospechó que ya había subido al bus, sin embargo se percató que no podía ser, ya que ella tenía ambos boletos. Se sentó en una banca de madera y esperó. Había sido una tonta, ahora toda la gente la vería entregándole el boleto y además ambos tenían maletas idénticas. Luego de unos minutos lo vio llegar. Arriesgándose se levantó dejando la maleta en el piso. Caminó hacia él y le entregó rápido el boleto y le ordenó que suba de inmediato. Al intentar subir el controlador obligó a Abraham a dejar la maleta en la bodega, el bus estaba provisto de compartimientos superiores demasiado pequeños como para una maleta de esas dimensiones. Lo mismo sucedió con Alicia minutos después a pesar de sus reclamos. “Definitivamente la cosa no andaba bien” pensó.

Ya en el bus escuchó el pitido de su celular. Lo revisó y tenía un mensaje de texto de Oscar: “Pasamos la frontera y el control con éxito, estamos en Brasil rumbo a Rio Branco. Suerte.” Respiró aliviada. Reclinó el espaldar de su asiento y se acomodó. Cerró los ojos. Mientras el bus se ponía en movimiento recordó la primera vez que pasaron la mercadería al Brasil, hacía ya poco más de dos meses. En esa oportunidad fueron los dos solos. Llevaron un par de mochilas medianas también rellenas de artesanías. No pasó nada, Oscar supo cuidarla y no dejar que se ponga nerviosa, la tranquilizaba siempre y le cambiaba de tema y la hacía reír. Llegaron a Rio Branco y un traficante de allá recogió ambas mochilas y les entregó mil quinientos dólares y pasajes para volver a Puerto Maldonado. Ese dinero había servido para pagar muchas deudas de la casa. Ahora iban a recibir más del doble, pero el riesgo era mayor y además tenían que compartirlo con Abraham, al que Oscar había reclutado en Lima y María, una Tingalesa que Oscar también había conocido hace poco en La Merced y a la que había convencido para hacer el trabajo. Se habían repartido las labores. Oscar pasaría primero vigilando a María y ella vigilaría a Abraham hasta Rio Branco.

Oscar le había entregado antes de salir un chip de telefonía celular brasileño para comunicarse con él cuando cruzara la frontera. Lo sacó de su envoltorio y a modo de distracción lo colocó cuidadosamente en su celular, mientras lo hacía pensaba en esas dos maletas tan llamativas en la bodega del bus. Pensó que si Oscar y María habían pasado sin problemas con unas maletas similares, ellos tampoco tendrían dificultades. Además la última vez se percató que los policías del punto de control fronterizo peruano, agobiados por el calor tropical, solían escoger una maleta al azar, la palpaban de mala gana y autorizaban al bus a seguir su camino. Su mayor temor era la Policía Federal de Brasil, había escuchado que eran más acuciosos, aunque cuando ella pasó con Oscar el trámite fue muy rápido y no recordaba mayor demora o revisión.

Forzando su postura, Alicia volteó medio cuerpo, vio a Abraham en su asiento, pensativo, mirando el paisaje a través de la ventana del bus. ¿Estaría consciente de lo que llevaba en la maleta? No parecía preocupado. Pensó en María, era muy joven, tal vez veintidós años, parecida a ella misma cuando tenía esa edad. Como todas las chicas de Tingo María tenía una belleza felina perturbadora, era blanca, pecosa, el cabello castaño largo y los ojos verdes intensos. Oscar le había comentado que ella no tenía intención de regresar al Perú. Luego de la entrega había planeado quedarse en Brasil y buscar hacer una vida nueva allí. El dinero del trabajo le serviría para empezar. Nuevamente recordó a sus hijos y los extrañó profundamente; recordó sus risas, sus travesuras y sus malcriadeces, sonrió mientras se adormitaba con el sordo ruido del motor del bus y el sueño finalmente la venció.

Cuando llegaron al puesto de control, la despertó el empujón producido por la frenada del enorme bus. Se limpió el rostro con un paño de mano y se alistó para bajar, había pocos pasajeros peruanos y varios brasileños. Esperó pacientemente que caminaran los que ya estaban en el pasillo y luego se acomodó entre la fila, avanzó lentamente y bajó. De reojo trataba de no perder de vista a Abraham. Un policía amable les indicó la oficina de migraciones para que registren su salida del Perú. Se apresuraron a formar una fila mientras algunos cruzaban la pista para comprar refrescos o alguna vitualla en los pequeños kioscos de madera. Otros aprovechaban para cambiar soles por reales. Alicia en la fila pensó en Oscar. A estas horas ya debería estar en Rio Branco. Pasando el control de Assis Brasil lo llamaría.

Al terminar el trámite en migraciones, caminó hacia el vehículo. Su corazón empezó a latir rápidamente cuando vio al controlador del bus con cuatro policías parados frente a éste y a su costado un hombre de corbata, chaleco azul y con una cinta alrededor del cuello. Era un fiscal. El controlador le preguntó si la maleta verde era suya. Ella movió la cabeza afirmativamente, sin decir palabra. El que parecía tener mayor rango de los policías le preguntó educadamente si podían revisar la maleta y que por favor se acercara mientras el controlador la retiraba de la bodega. Alicia sentía sus piernas temblar. El policía palpó la superficie y acercó el rostro, su expresión cambió, miró al fiscal y a Alicia e hizo un gesto afirmativo. El fiscal se acercó a Alicia y le pidió también de forma educada que la acompañe a las oficinas del puesto de control de la policía. En el interior le pidieron que ella misma abriera la maleta. Al hacerlo aparecieron ante ella los ambientadores y el pegamento, recordó que en uno de los bolsillos internos también estaban las boletas de venta a su nombre y que había olvidado destruir en el hotel. El policía que asistía al fiscal se colocó unos guantes de goma y con un hisopo recogió muestras de la superficie interna de la tapa de la maleta. Lo introdujo en una pequeñísima botella de vidrio y esta inmediatamente se coloreó de azul. El fiscal volteó y le pidió que guarde la calma, la invitó a sentarse en una silla de madera y le explicó con detalle que el procedimiento químico que acababa de ver significaba que la maleta estaba impregnada de clorhidrato de cocaína. Luego le indicó que iba a proceder a leerle sus derechos y que llamarían al defensor de oficio. Alicia no pudo escuchar la última parte, se desvaneció en el preciso momento que Abraham también entraba a la oficina cargando su maleta y escoltado por dos policías.

Horas más tarde, luego de haber firmado innumerables actas y formatos, de haber negado saber que las maletas contenían droga, le informaron que sería trasladada junto con Abraham a la sede de la Policía Especializada Antidrogas, luego de que le colocaran las esposas la abogada defensora del Estado se acercó y le preguntó discretamente:
– ¿Tiene usted algún enemigo en esta zona señora?
– ¡No! – contestó inmediatamente.
– Qué raro – replicó la abogada – el Capitán me acaba de decir que esta intervención es producto de un “soplo.”

Alicia no pudo contestar, un policía la tomó del brazo y la condujo hasta la camioneta de la fiscalía. “Un soplo”, pensó. ¿Pero quién? El único que sabía era Oscar. Una vez que se sentó en la camioneta le vino a la mente que en Lima, cuando recibieron las cuatro maletas, notó que las que llevó Oscar no tenían olor. En ese momento no le dio importancia pero ahora… recordó otros detalles, la discusión que tuvieron por la excesiva confianza entre Oscar y María durante el poco tiempo que estuvieron reunidos los tres y que le molestó terriblemente, él no le dio importancia y hasta se burló de ella. Las constantes quejas de Oscar por los hijos, por la situación, por las deudas. Fue atando cabos. Ya oscurecía y las siluetas de los árboles de la selva se confundían con el horizonte, los ojos se le humedecieron, se imaginó a Oscar y María desnudos en una cama de hotel en Rio Branco, riéndose de ella, a sus hijos abandonados a su suerte y sin querer le dijo al policía que estaba a su lado:
– Me han tendido una trampa.
El policía se limitó a encogerse de hombros mientras la camioneta se ponía en movimiento.

martes, 15 de febrero de 2011

LA INTEROCEANICA, ESTRADA DO PACIFICO Y BOSSANOVA

Pienso que cada persona vive su propia película. Esa no es una idea mía, la leí en alguna otra parte. Pero además pienso que una vida requiere una pista sonora o soundtrack. Sin pista sonora la vida se vuelve sosa, ese es por lo menos mi cordial punto de vista. Cada evento o situación requiere de un tema musical, tal vez recurriendo al estereotipo o asignándole un nuevo significado a cada episodio. Así un café parisino o con apariencia de tal en mi mente suena a Edith Piaf; un café clandestino tiene que sonar a Ubiergo o Chabuca Granda; un gimnasio donde se entrena de verdad y no sólo se acude a hacer desfile de modas tiene que sonar a metal pesado, trash o death metal; un restaurant de comida criollas a Pepe Vásquez o Lucila de la Cruz; un mañana de domingo con adobo a los Dávalos; un día de trabajo pesado en la oficina suena a Wagner y la playa (aunque a muchos les suene a salsa o reggaetón) a mi me suena a Mendelssohn.

Sin embargo desde que empecé a manejar y viajar manejando, hay cierto paisaje en particular que siempre me sonó a bossanova: Clima soleado, carretera y verde vegetación. En la panamericana sur que he recorrido en toda su extensión, hay pocos tramos que pueden verse así. Uno de ellos es la llamada “ruta del pisco”, entre Moquegua y Tacna, más cerca de Moquegua que de Tacna. Otro es en la altura de Chincha y Cañete rumbo a Lima. Pero hay dos más cotidianos y cercanos a Arequipa. El camino de Mollendo a la Punta de Bombón, pasando por Mejía y el muy breve tramo de Camaná pueblo a la Punta. En todos ellos se siente un ambiente distinto, el verdor de las plantaciones, el riguroso sol de verano (tiene que ser en verano, con neblina no es lo mismo) y el negro del asfalto, y ese es el momento de abrir todas la ventanas del auto y colocar en el equipo de sonido un buen tema de bossanova o de ser el caso, chillout pero con un fuerte matiz de bossanova siempre.

Lo triste de estos tramos descritos, es que son tan cortos que uno se queda con nostalgia al ver aparecer otra vez el desierto arenoso de nuestra costa. Pero qué descubrimiento fue para mí la carretera interoceánica, sobre todo desde Puerto Maldonado hasta Iñapari. Tres horas y media (ahora con la carretera recientemente inaugurada) de verdor, pista y calor. Tres horas preciosas de bossanova. Lo único malo es que siendo nuestro querido país tan desordenado, nunca falta una vaca (o varias) en el camino, además de otros animales como la mayoría de los que manejan los colectivos de transporte interprovincial, por lo que hay que conducir con cuidado y cierto grado de estrés, además de los feos pueblitos de margen de carretera abandonados por el Estado, con locales de venta de cerveza adornados por foquitos de luces rojas y violetas que por la noche se convierten en night clubs de muy dudosa categoría.

Saliendo de Iñapari y rumbo a Rio Branco (capital del estado de Acre), cruzando el imponente complejo de la Policía Federal, Migraciones y Aduanas de Brasil, aparece una carretera con las mismas características, pero ordenada, los ganaderos que dejan que sus vacas o cebús pasen por la carretera sufren de costosas multas (que siempre se hacen efectivas) y decomiso del ganado. Se pueden ver grandes haciendas muy bien cuidadas con lindas casas de campo y todas, pero todas tienen fluido eléctrico. También hay plantas de procesamiento de leche, productores avícolas y productores de alimentos para aves y ganado. Es un paisaje espectacular, sin contar con los simpáticos puntos de carretera (lanchonetes), cada cincuenta kilómetros más o menos donde uno puede detenerse a tomar un refresco de fruta local, una gaseosa, un café, algún bocadillo (hay uno típico que es muy parecido a una empanada que recibe el nombre de pastel) y sobre todo hacer uso libremente de los servicios higiénicos.

Este último fin de semana viajé por esta carretera, feliz como sólo se puede ser feliz cuando se viaja en día soleado, caluroso, asfalto negro, con verde vegetación a los costados, escuchando bossanova y de pronto pensé: ¡Escuchando bossanova en Brasil! Y continué mi viaje con una sonrisa de oreja a oreja que hasta ahora no se me borra.

martes, 27 de julio de 2010

Y como llegué a Iñapari?

Buenas tardes.
Llevo viviendo en esta parte del mundo desde el dieciocho de marzo del año dos mil ocho. Las razones que me trajeron no son lo más importante. Lo interesante es que en estos dos años y poco más he aprendido cosas que no habría logrado entender en la ciudad.
La ciudad donde vivo se llama Iñapari (es el nombre del distrito que es la capital de la provincia de Tahuamanu, dentro del departamento de Madre de Dios en la selva peruana) queda a dos kilómetros y medio del municipio de Assis Brasil en la República Federal del Brasil. Ambas son ciudades fronterizas y se han puesto de moda en los últimos tiempos a causa de la carretera interoceánica.
Iñapari tiene poco menos de mil quinientos habitantes. La economía se encuentra muy vinculada a la del Brasil y la cultura también aunque en menor grado.
Espero pronto contarles más cosas, pero por ahora, bienvenidos a este Blog!!!