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sábado, 8 de octubre de 2011

UNA NOCHE EN EL INFIERNO (Cuento)

El Picuro corría a toda velocidad entre los árboles, a pocos metros Xico le seguía los pasos jadeando, con el rostro moreno cubierto de sudor y con los ojos desorbitados. A la distancia se escucharon unos disparos. El Picuro se detuvo, Xico le gritó sin detenerse:
¡Porra, não pare cara, corra!
El Picuro con el aire quemándole los pulmones siguió a través de la espesa selva, las ramas y lianas le azotaban la cara, los pies se le hundían el barro mojado, adivinaba los árboles a medida que la noche se hacía más oscura. En algún punto ya no escuchó tiros y se detuvo. Agazapado al costado de un tronco esperó en silencio. Un dolor intenso, quemante y eléctrico le subió por el brazo izquierdo desde la mano “¡Puta mare!” exclamó entre dientes, había puesto la manos sobre un nido de hormigas de fuego, eran diminutas y rojas pero su mordedura podía paralizar a un niño. Aguantando el dolor susurró:
– Xico… – aguantó la respiración y trató de escuchar algo, nada, solo las cigarras y sus chirridos ensordecedores, los sapos croando, los sonidos de las aves nocturnas, los animales del monte – Xico… – susurró de nuevo, y esperó rezando mientras sostenía con su mano derecha el rosario de plástico fosforescente que su madre le había regalado y siempre que colgaba al cuello cada vez que salía a hacer un trabajo – Santa María madre de Dios, ruega por nosotros pecadores … – repetía el Picuro una y otra vez esperando que la noche pase, de pronto empezó a llover, primero el lejano arrulllo, luego el sonido breve de las gotas sobre el follaje alto y los hilos de agua que se iban formando entre las hojas, finalmente las corrientes profusas bajos los pies arrastrando hojas y barro – Dios te salve María, llena eres de gracia… – y un estruendo sordo de un trueno lo hizo temblar, abrió los ojos y a lo lejos entre las ramas podía ver fragmentos de relámpagos cruzando las nubes – Bendita eres entre todas las mujeres… y de pronto sintió en la espalda la presión de un objeto puntiagudo, y de reojo un relámpago le devolvió el reflejo de una hoja de metal.
– Tranquilo Picuro – dijo Xico bajando el machete – vamos embora.
El Picuro se puso de pie y empezó a andar detrás del brasileño.
– ¿Dónde vamos? – preguntó.
Não sei.
– ¿Dónde estamos?
– ¡Não sei cara! – contestó molesto Xico.
– Ya, no te molestes tampoco ¿no? ¿Ya no nos siguen verdad?
– Ya no – contestó tajante el brasileño.
– Qué bueno – dijo para sí mismo el Picuro y le dio un beso a su rosario antes de guardárselo debajo del polo.

Caminaron cerca de dos horas en medio del monte buscando un sendero, Xico iba abriendo camino con el machete, lo que no evitaba que cada cierto tiempo resbalen como consecuencia del barro o las ramas invisibles a la altura de los tobillos. La lluvia no cesaba de caer. Cuando ya desfallecían se abrió un claro. Era una trocha que cortaba la selva.
– Nos salvamos – dijo el Picuro.
– ¿Você conhece aquí? – preguntó Xico mezclando el portugués con el castellano.
– Creo que sí – replicó el Picuro mientras miraba alrededor y trataba de ubicarse – este lugar se llama Infierno, no sé cómo se fala en portugués.
Inferno mesmo – dijo Xico mirando alrededor – Inferno, ¡que coisa!
– Sí – afirmó riendo por fin el Picuro – así le pusieron los antiguos caucheros a este sitio, por el calor, lo difícil del sitio y las fieras. Parecía un infierno. Y ahora hay un pueblito de indios que se llama así también. Ya estamos cerca, caminando dos horas más llegamos, al lado del pueblo está el rio Tambopata, allí podemos conseguir un bote y llegar mañana a Puerto Maldonado.
Não, não – negó enfáticamente Xico - não temos que ir por la estrada, nos vamos por el mato.
– ¡Ah, entiendo! – exclamó el Picuro moviendo la cabeza de arriba a abajo – sí, Xico, vamos por el monte, la policía podría estar patrullando la carretera.

Se pusieron a andar tratando de no perder de vista la trocha, procurando avanzar en paralelo y cuidando de no ser vistos. El cielo estaba escampando, algunas estrellas tímidas aparecían en lo alto pero no había luna. Relámpagos lejanos alumbraban de tanto en tanto el sendero. El Picuro siempre detrás de Xico, pensando en qué habría sido de la carga. Habían tenido que abandonar la lancha apenas se dieron cuenta que la policía estaba detrás de ellos. Casi se orina cuando sintió los balazos zumbando bajo el agua cuando trataba de llegar a nado a la orilla. Ese Xico, era un demonio. Había nadado más rápido que él y todavía había tenido tiempo de agarrar un machete antes de lanzarse al agua. Ya le habían dicho que era buen compañero, aunque algo hosco y de mal humor para ser brasileño.

Ya habían caminado más de una hora y estaban cansados, el Picuro había notado que Xico caminaba un poco lento, miró a la izquierda y vio las luces del pueblo. “ya estamos cerca…” pensó, y al volver la vista lo aterró la imagen de una sombra oscura cayendo sobre Xico y el sonido característico de los felinos salvajes. Picuro quedó estático mientras Xico gritaba “¡terçado, porra, terçado!” el Picuro estaba petrificado, retrocedió unos pasos y le tomó algunos segundos identificar la palabra. El machete, el machete se le había caído al brasileño. Era inútil, empezó a correr hacia la ciudad, sin mirar atrás, escuchando los gritos mortales del brasileño y los rugidos atroces del animal, corrió con todas sus fuerzas y en el esfuerzo se resbaló en el barro cayendo de bruces, se levantó como pudo y un rayo sobre el cielo iluminó todo como la luz del día y en ese instante lo vio, a sus pies y en medio del barro su rosario. Se agachó de nuevo tratando de buscar, metió las manos en el barro mientras se palpaba el pecho por encima del polo para confirmar, sí se había caído, allí estaba, lo sintió, lo tomó con su mano derecha en el preciso instante que el poderoso zarpazo abría su costado y los enormes dientes se enterraban en su garganta.

* * *

Al día siguiente la policía reportaba el extraño caso de dos prófugos narcotraficantes que habían sido atacados por un felino de gran tamaño en las inmediaciones de la comunidad de Infierno, a orillas del caudaloso rio Tambopata.

sábado, 30 de julio de 2011

FIESTAS PATRIAS EN LA FRONTERA

Este es el primer año que paso fiestas patrias en Iñapari como debe ser. El año 2008 que fue mi primer año aquí, pasé fiestas patrias en Cusco, para ser preciso en Machu Picchu, el 2009 estuve haciendo una pasantía en La Libertad y aproveché para ir a Chan Chán y Huanchaco, y el año pasado estuve mudándome de casa, así que tampoco participé de las celebraciones.

Este año sí, participé de la sesión solemne, vi llegar a la meta a los maratonistas, fui a ver a Alma Bella y sus formas… sin adjetivos para que nadie se enoje, y fui a ver el motocross bajo el Puente Binacional.

Aproveché también para escribir y escribir entre festejo y festejo y ahora que me doy cuenta llevo más de treinta y seis horas sin dormir. Anoche me puse a escribir y me sorprendió la mañana frente al computador. Lo cierto es que mañana es treinta y uno y me faltan todavía dos notas o cuentos fuera de esta para cubrir mi meta mensual, también estoy escribiendo un artículo especializado de mi profesión, pero no me siento muy cansado todavía. Es el poder de la mezcla de lomo saltado e Inca Kola, fórmula mágica.

Algo que noté estos días es que Iñapari tiene un potencial enorme para hacer eventos de mucha más calidad y envergadura. El espectáculo de Alma Bella fue una muestra, a pesar de ser un grupo de chicas que hacen lo suyo, no están a la altura de grupo 5 o similares en lo que a producción se refiere. A pesar de ello y la poca publicidad con poca anticipación también, la asistencia fue masiva. En el motocross pasó lo mismo. Con un poco más de anticipación y la asesoría de un especialista en el tema se pueden hacer maravillas.

Otra cosa que noté fue el servicio de restaurants, sencillamente colapsan. Nuevamente falta de asesoría, tendrían que invertir en un par de empleados (¡y entrenarlos!) solo por la temporada, que no son más de cuatro días, situación perfectamente regulada en la legislación laboral. Lo mismo sucede con los hoteles, aunque lo más notorio son las deficiencias en la atención para los visitantes en los lugares que expenden alimentos.

Espero que cada año las cosas vayan mejorando precisamente con la experiencia que vaya ganando la Municipalidad Provincial y los negocios locales. Me dio gusto este año (a férrea iniciativa mía) ver a todas las autoridades con terno completo en el estrado correspondiente durante la sesión solemne a pesar del calor. Siempre me ha parecido injustificable la excusa de concurrir a las ceremonias formales en mangas de camisa (¡camisa de manga corta a veces!) so pretexto del calor tropical. Un toldo decente y una buena organización resuelven ese asunto.

Disfruté mucho estas fiestas patrias, canté el himno a todo pulmón, sobre todo para corregir a los seguían cantando el “Largo tiempo…” paseé bastante y aproveché para ponerme al día en mis tareas autoimpuestas. Como saben los que me conocen no creo en patriotismos chauvinistas. Recojo mi papel o envoltura, guardo en mi bolsillo mis semillas de naranja, llevo mis envases de gaseosa a casa y cuando cruzo la frontera me comporto con mayor responsabilidad todavía para demostrar que los peruanos somos gente decente y educada. Creo que es la mejor manera de ser patriota. De todas formas espero que todos hayan pasado unas bonitas fiestas patrias y que les haya gustado esta breve nota.

LAS CALLES

La semana pasada llegó el progreso a mi barrio. Topógrafos volvieron a trazar las calles. Maquinaria pesada rellenó lo que eran mini pantanos en tiempo de lluvia. Luego trajeron limpio barro rojo, lo distribuyeron, aplanaron y afirmaron. Ya tenemos calles, no asfaltadas, afirmadas nomás, pero por ahora es suficiente para cambiarle la cara al lugar.

El más agradecido es mi carro. Yo, yo no sé. Todavía tengo la verde vista desde las ventanas de mi casa. Pero se ha perdido ese ambiente montaraz, ya no siento que mi casita está en medio de la selva agreste, ahora vivo en un barrio. El número de mi casa y el nombre de mi calle que antes eran datos abstractos, surrealistas, ahora se han convertido en una pétrea realidad.

Hace tres semanas nos pusieron medidores de luz. El progreso llega rápidamente. Al mismo tiempo que se trazaban, rellenaban y afirmaban las calles, muchos dueños de lotes empezaron a cercar sus predios, algunos ya han descargado ladrillos y arena, otros tablas y calaminas. Seguramente pronto tendré más vecinos, no sé si seguiré escuchando los pajaritos por las mañanas y las cigarras por las noches, ya no sé si vendrán las gallinas con sus pollitos a cruzar mi jardín impunemente, o si las lagartijas de cola verde seguirán tomando el sol al medio día cerca de la cochera.

Dejaré de usar doble par de zapatos como hasta ahora, uno para sacar el carro y subir en él y que al llegar a la oficina me cambiaba por otro bien lustrado que dejo allá. Gastaré menos en amortiguadores para el carro y no tendré que pagarle al chico de la moto guadaña para que corte el pasto frente a casa cada quince días.

Dubi tendrá que acostumbrarse a gente y motos que pasan por la casa, cosa que antes nunca o casi nunca sucedía. Ya no me podré bañar desnudo al aire libre y a la luz del sol (algunas veces a la luz de la luna) como hacía antes los fines de semana luego de trabajar en el jardín.

Así es el progreso, se ganan cosas, se pierden cosas. Tendré que pensar en comprarme una casita un poco más lejos.

viernes, 6 de mayo de 2011

IÑAPARI Y LAS ELECCIONES ¿REALMENTE MI VOTO CUENTA?

En Iñapari la bolsa de cemento cuesta treinta y tres soles; la Coca Cola o Inka Kola de medio litro cuesta dos soles cincuenta; la botella de agua de medio litro también cuesta dos soles; una Inka Kola de dos punto veinticinco litros cuesta ocho soles con cincuenta; el millar de ladrillos artesanales cuesta seiscientos soles; la arena fina cuesta ochenta soles el metro cúbico; el metro cúbico de agregado, o cascajo como le llaman algunos, cuesta trescientos soles; el kilogramo de carne de res cuesta quince soles; la carne de pollo cuesta doce soles el kilo, un kilo de queso cuesta quince soles también; una calamina de zinc cuesta treinta y cinco soles; la hora de internet en la única cabina cuesta dos soles; una fotocopia veinte céntimos; una cerveza cuesta ocho soles; una pastilla para la migraña cuesta un sol cincuenta (la dosis es de dos pastillas); un kilo de pescado cuesta diez soles y un kilo de papas dos soles cincuenta.

Seguramente usted que lee esta nota ya ha comparado los precios que acabo de mencionar – que son totalmente reales aunque usted no lo crea – con los de ciudades como Arequipa o Lima y habrá notado que aquí se paga el doble cuando no el triple de lo que se paga por los mismos productos en dichas ciudades.

No sólo varía el precio, también las calidades, en Iñapari no hay camal privado ni municipal, los ganaderos benefician las reses en sus propios predios, no hay garantía de su buen estado; lo mismo sucede con la carne de pollo. La arena es de la ribera del rio y es salitrosa. Los ladrillos son artesanales, hechos y cocidos a mano, por cada millar se pierden un promedio de doscientos que están poco cocidos o quemados. La internet es lenta, no se puede hacer uso de una web cam por que si no toda la cabina colapsa.

No hay servicio de internet para las casas ni telefonía fija. Los teléfonos son satelitales, los celulares aparecieron recién hace cuatro años por la demanda de los brasileños, Movistar y Claro colocaron antenas y vendieron equipos, ganaron dinero, el año pasado Vivo llegó a Assis Brasil y los brasileños dejaron de usar celulares peruanos. Iñapari ya no es un lugar rentable para las empresas de telefonía celular. Yo tengo internet USB, el servicio es tan malo que me resulta imposible ver un video en Youtube. Postear una nota en el facebook me toma cinco minutos y cuando quiera subir esta nota al blog, entre la carga del documento y la foto que lo acompaña me tomará veinte minutos si tengo suerte y no se corta la conexión en medio proceso.

En Iñapari no hay red de alcantarillado ni desagüe; la mayoría de las casas usan pozos sépticos, casi todos ellos artesanales y que contaminan los suelos. Hay una red rudimentaria de agua, a pesar de que la Municipalidad dice que es potable, es fácil cerciorarse sin necesidad de un microscopio de que contiene desechos: no es apta para el consumo humano. Esta agua se distribuye sólo una hora al día los meses lluviosos, en la temporada seca sencillamente no hay agua. Muchas casas tienen pozos de agua subterránea, sin embargo esta agua está contaminada por las filtraciones de los pozos sépticos. Hasta el año dos mil diez Iñapari tenía luz solo dieciocho horas al día. Desde este año tenemos luz las veinticuatro horas, pero cada día hay cortes de luz arbitrariamente en un número de dos o tres por día que malogran permanentemente los equipos y electrodomésticos, la potencia del fluido no llega al voltaje que se cobra. En Iñapari no hay comisaría, sólo un puesto de vigilancia fronterizo con un mínimo de efectivos que siempre se disculpan con el argumento, ya saben, de que hay pocos efectivos. En Iñapari, salvo la interoceánica y las cuatro calles que rodean la modesta plaza de armas, las calles son de barro y se hacen intransitables en tiempo de lluvia.

En Iñapari la mayoría de terrenos no tienen ficha en los Registros Públicos, la propiedad es informal. Las escuelas son pobres, hay una primaria y otra secundaria, los profesores hacen lo que pueden para transmitir sus rudimentarios y escasos conocimientos a nuestros hijos. Hasta el año dos mil ocho no había ninguna entidad financiera en Iñapari, el Banco de la Nación se inauguró en diciembre del dos mil ocho, por la gestión y a presión de los pobladores de Iñapari; sigue siendo la única entidad financiera hasta ahora. En Iñapari no hay ESSALUD, sólo una triste posta del MINSA, me descuentan mensualmente de mi boleta de pago aportes para el seguro y no sé para qué. En Iñapari no hay buses de transporte interprovincial, los viajeros quedan expuestos a los abusos de los colectiveros informales, que raramente tienen cinturones de seguridad y salen a la hora que mejor les conviene.

Sin embargo, Iñapari es uno de los pocos distritos del Perú que de acuerdo al último censo del INEI no registra pobreza extrema ni pobreza. ¿Cómo se explica esto?

No tengo la respuesta pero sí varias teorías: La primera es que descubrí que las familias más antiguas de Iñapari son de arequipeños inmigrantes, me imagino y quiero creer que ese espíritu indomable ante la adversidad de nosotros los arequipeños, ha hecho que este pueblo trabajador no se haya dejado vencer por las circunstancias.

Otra teoría es que estando Iñapari tan alejada de Lima y durante décadas apartada incluso de Puerto Maldonado, decidió tomar el toro por las astas y resolver sus problemas por sí misma, al extremo de prácticamente no depender de Lima. Aquí no hay asistencia social, el que no trabaja no come, así que todos trabajan y buscan como progresar. Los techos de las casas están adornados por las antenas satelitales grises de Directv o rojas de Clarotv, no hay casa por modesta que sea que no festeje un cumpleaños con una parrillada o churrasco como le llaman aquí. Lima es un fantasma lejano. El desarrollo del Perú y la bonanza económica es un montón de palabras vacías a las que la gente presta poca atención cuando se anuncian por el canal de televisión del Estado, el único que llega por aquí en señal abierta.

En Iñapari se vendió una fantasía: Se les dijo que la carretera interoceánica traería progreso y haría que los precios de los productos bajen.

La bolsa de cemento se vende a treinta y tres soles. En el Brasil la bolsa de cemento cuesta treinta reales, que son más de cuarenta y cinco soles al cambio.

En Iñapari el cemento se vende como pan caliente, pero la mayoría de las casas son de madera.

En Assis Brasil, la ciudad vecina, cada vez hay más casas de material noble.
Los brasileños compran el cemento para construir sus casas en Perú, vienen con sus camionetas y compran mucho más barato. Los comerciantes de cemento están felices. Ganan más del doble por bolsa de cemento.

Hoy con la interoceánica, el flete para traer cemento desde Cusco o Arequipa es sumamente barato. ¿Por qué no han bajado los precios? Porque el principal mercado siguen siendo los brasileños, no hay ningún incentivo para que los comerciantes peruanos bajen los precios a pesar de que hoy sus costos se han reducido notablemente gracias a la carretera, se están haciendo ricos.

La carretera interoceánica contribuye una vez más para que los ricos sean más ricos y los pobres más pobres.

Lo mismo pasa con los ladrillos, la arena, la cerveza, las gaseosas, las frutas y las medicinas.

El sueldo mínimo en el Brasil es de quinientos cincuenta reales, equivale más o menos a ochocientos ochenta soles. Ese sueldo es el que ganan las empleadas del hogar en Brasil, los barrenderos, jardineros y otros trabajadores no reciben menos de setecientos reales, es decir el equivalente a mil cien soles aproximadamente.

El Iñaparino no depende de Lima, nuestra economía (ahora soy un Iñaparino más) depende del Brasil, llevamos en nuestros bolsillos soles y reales. Si hay paro minero o de cualquier cosa en Madre de Dios, compramos nuestros alimentos con esfuerzo en Brasil, pero no morimos de hambre. Llevamos con honor la bandera del Perú y la izamos en nuestras instituciones y nuestras casas. Defendemos al país cuando nuestros vecinos que tienen todas las comodidades imaginables nos miran de arriba abajo. Nos damos el lujo de darles trabajo a muchos brasileños en las pequeñas empresas y negocios. Cuando nos dicen que vivimos en el fin del mundo, respondemos que vivimos en el paraíso.

Luego de todo esto, ¿Se le puede reclamar a este pueblo valeroso un voto por la continuidad del modelo económico? ¿Se le puede seguir ofreciendo mentiras cuando a pesar de ser permanente vigía de la frontera ningún gobierno ha hecho nada por mejorar la calidad de vida de sus ciudadanos?

Madre de Dios es el distrito electoral más pequeño del país. No es de interés de los políticos. Iñapari a pesar de su importancia geopolítica y ubicación estratégica, tiene aproximadamente quinientos votos, para los políticos eso no cuenta ni siquiera para lanzar promesas falsas.

Iñapari no cuenta con promesas electorales.

Sé que en teoría mi voto cuenta, pero hoy más que nunca me doy cuenta que vote por quien vote, eso no va a cambiar en nada la realidad de Iñapari. ¿Realmente mi voto cuenta?

jueves, 21 de abril de 2011

COR DE ROSA (Cuento)

Desde la ventana del avión, Mariana miró con curiosidad el modesto y pequeño aeropuerto de Puerto Maldonado. Era un día cálido de julio y el sol radiante iluminaba el horizonte dándole un singular tono a las verdes copas de los árboles que se alzaban ante un impresionante cielo azul decorado de brillantes mechones de nubes blancas.

Ansiosa se levantó de su asiento apenas se apagó la señal de cinturones de seguridad, tomó su mochila y se dispuso a bajar. Mientras caminaba por el pasillo del avión iba sintiendo aumentar notablemente la temperatura, pero lo que no se esperaba fue el bochorno intenso que prácticamente la sofocó cuando se paró en el primer peldaño de la escalinata de descenso al salir del avión. Casi de inmediato sintió un calor húmedo y pegajoso apoderándose de ella. La ropa sobre su piel era insoportable y le costaba esfuerzo avanzar, lo que sumado al casi derretido asfalto y el brillo de las veredas de cemento pulido, hizo de su trayecto a la sombra una verdadera agonía.

Una vez en la zona de equipajes se fue directamente al baño, se quitó la blusa y se dejó la camiseta ligera que llevaba debajo. Se refrescó un poco frente al espejo y buscó sus lentes oscuros en la mochila. Acomodó sus cabellos castaños y salió a esperar sus maletas.

En el estacionamiento la esperaba su tío Ismael, la saludó con un fuerte abrazo, y la ayudó a subir a la camioneta. Ismael era el hermano menor de su padre y se veían a menudo en Lima. Ahora había ido a recogerla al aeropuerto y la llevaría directamente a Iñapari, en la frontera con el Brasil donde había nacido hacía poco más de veinte años. Mariana luego de intercambiar los saludos de rigor con el tío Ismael, se concentró en el paisaje. La carretera estaba terminada. Ya no recordaba bien la última vez que vino a la selva, revolvió sus memorias y se vio a los seis o siete años, viajando sobre una gran carreta de madera tirada por enormes bueyes que se desplazaban con lentitud en una trocha de barro rojo mojado. ¡Cómo había cambiado el paisaje! La negra cinta de asfalto penetraba interminable por el verde agreste. ¡Quién diría! Más de trece años sin venir y el progreso había llegado al fin a la tierra que la vio nacer. Rió de la tontería que acababa de pensar. Una frase tan trillada solo podía ser producto de su cansancio y la nociva influencia de la carrera de derecho que había decidido estudiar. Sonrió y decidió descansar un poco antes de llegar a la casa de su madre.

Como a las cuatro de la tarde, en un atardecer glorioso de tonos amarillos y rosa, llegó a Iñapari. Se bajó de la camioneta y su madre, doña Rosineide da Souza, la estaba esperando en la puerta de la amplia casa de madera. Se dieron un fuerte abrazo y ambas se llenaron de besos. No veía a su madre desde la última vez que vino a Iñapari. Entraron de la mano, conversando y riendo mientras que el tío Ismael bajaba las maletas. Una vez en la casa cuando se disponía a sentarse escuchó una voz aguda y musical gritando:
– ¡Eh menina! Tira esos zapatos cuando entra a casa.
Volteó y allí estaba sentada con su vestido floreado ligero, el cabello blanquísimo y una enorme sonrisa en una perfecta dentadura oscurecida por el tabaco la abuela Adailta.
– ¡Abuelita! – gritó Mariana mientras se quitaba las sandalias.
– ¡Meu Deus! – exclamó la abuela extendiendo los brazos - ¡Cuánto es que creció esa menina!
– ¡Abuelita linda! – repetía Mariana mientras se lanzaba sobre la abuela y la llenaba de besos y caricias.
– Me cuenta – ordenó la abuela – cómo la está tratando esa cidade tan grande. Ya su mãe me contó que está estudiando, sacando notas todas buenas. Orgullo de sua mãe.

Mariana se acomodó y contó de Lima y lo moderna que estaba, de la casa de papá, de la escuela que había terminado hacía tres años, de su viaje de promoción al Cusco, de su ingreso a la Facultad de Derecho, de sus buenas notas y de lo feliz que estaba de visitarlas ahora. Inteligentemente obvió mencionar a la actual mujer de su padre. Pasaron horas conversando, doña Rosineide preparó café negro, espeso y dulce como se acostumbraba en la casa y doña Adailta fumó un cigarro rubio en su mecedora de madera mientras ambas escuchaban con regocijo las mil historias de la nieta. En una pausa doña Rosineide aprovechó para preguntarle seriamente a Mariana cómo estaba su padre, Mariana contestó con sinceridad que estaba bien. Le iba bien con el negocio de maquinaria pesada desde que había dejado la explotación de madera. Doña Rosineide se quedó en silencio por algunos segundos y la abuela Adailta rompió el hielo:
– Ese hombre era bueno, mas nunca gustó del monte. Nunca llegué a saber con certeza porqué vino a parar en este lugar olvidado de Deus.
– ¡Ay mamá! – contestó con tristeza Rosineide – no diga esas cosas.
Eu falo la verdad filha – contestó la abuela – no gusto de cosa enrolada, no, lo único enrolado que soporto es este meu cabello.
Mariana y su madre echaron a reír y cambiaron rápidamente de tema, doña Rosineide y doña Adailta eran brasileñas. Moisés, el padre de Mariana había conocido a Rosineide cuando esta tenía tan solo dieciséis años y se la había llevado a vivir con él. Cuando renunció a seguir trabajando en la selva a pesar de irle bien con la madera, harto de los mosquitos, las inundaciones, el calor sofocante y los animales extraños, Rosineide no quiso acompañarlo a vivir en Lima. Moisés le rogó quedarse con él. Rosineide lo intentó y fue a Lima pero sólo resistió seis meses, no pudo más y volvió. El estruendo de los autos, el tráfico, el desorden, los edificios enormes, el bullicio, la gente tan bien vestida y educada que era la familia de su marido la hacían sentirse más campesina que nunca. Además la torturaba el triste cielo nublado de la capital y el frio húmedo que calaba sus huesos. Extrañaba el calor de la selva. Lo único que le gustó en esos seis meses eran las discotecas, sus enormes pistas de baile y las impresionantes luces de colores. Ese era el único recuerdo grato que tenía de Lima. Ese y los piropos algunas veces descarados que le lanzaban los limeños poco acostumbrados a unas caderas cimbreantes y musicales como las suyas y a esa gracia tan propia de la mujer brasileña.

Ahora vivía junto a su madre en una espaciosa casa al costado de la que fue alguna vez la casa de su marido. En ella vivía Ismael, que había heredado el negocio maderero y dos sobrinos pequeños también peruano brasileños como Mariana, hijos de Ismael y una guapa mulata compatriota suya de nombre indescifrable: Astrogilda Bonfim.

Al día siguiente, temprano en la mañana entró Astrogilda a la casa como un torbellino tropical, con su tersa piel de ébano y blanquísima dentadura, sonrisa inacabable y una sensualidad etérea que se impregnaba en cada una de las tablas de las paredes, pisos y techo de la casa. Apareció con un apretado short de tela brillante y escarchada que empezaba varios centímetros debajo de ombligo y terminaba a unos escasos milímetros por debajo de su ingle. En el torso sólo un brasier negro adornado con cuentas de vidrio cubriendo esforzadamente su senos abundantes.
– ¡Onde está esa filha de Moisés mulheres! – gritó apenas entró.
– Hola – contestó suavemente Mariana, intimidada por la fuerza volcánica de la personalidad de la mujer. Era la primera vez que veía a la tía Astrogilda. Por alguna razón Ismael siempre se había negado a llevarla a Lima.
– ¡Beleza de mulher! ¡Qué grandona, bonitinha! ¿Me entiende verdad? – dijo hablando a toda velocidad. Sin dejar que Mariana conteste la abrazó y le hizo dar una vuelta sobre sí misma para verla completa.
- ¡Qué chick! ¡Beleza brasileira y modales de princesa!
Mariana se sonrojó y agachó la cabeza
– ¡No agacha cabeza, no, mulher! Nunca debe tener vergonha de sua beleza – agregó la tía.
– Ya déjala en paz Astrogilda – dijo doña Rosineide que estaba preparando el café.
– ¡Ah! – espetó la mujer con desdén, luego se dirigió a Mariana – ¡Eh! eu vou para el festival en el rio. ¿Me acompaña?
– ¿Festival? – preguntó Mariana.
– El festival de playa – comentó la madre – Y no Astrogilda, Mariana se va a quedar con nosotras. Además el festival dura tres días. Mañana podemos ir todos.
– ¡Mamá! – dijo con tono lastimero Mariana.
– ¡Mamá! – imitó Astrogilda intentando hablar sin su acento brasileño y estallando en una carcajada burlona.
Deija a menina salir – dijo impaciente, desde su mecedora, doña Adailta – ¿O acaso você olvidó cuando tenía esa edade?
Doña Rosineide asintió con la cabeza y le regaló una sonrisa cómplice a su hija. Astrogilda pidió licencia para ir a cambiarse mientras la muchacha hacía lo mismo. Mariana aprovechó para ponerse esas tangas que casi nunca se ponía en Lima y que estaba segura que ahora lucirían conservadoras al lado de los hilos dentales que las brasileñas usaban en las fotos que su papá le había mostrado tantas veces. Se colocó encima un holgado short de algodón crema y una blusa de lino blanco. Colocó en su cartera el bloqueador solar, unas cremas, lápiz labial, repelente y, ¿por qué no?, un preservativo.

Se despidió de su madre y la abuela y salió fuera de la casa. Ya la estaba esperando la tía Astrogilda quien no había hecho otra cosa que colocarse un top casi del mismo tamaño del brasier, encima de este y varios litros de perfume.
– ¿No llevas ropa de baño? – preguntó Mariana.
Sim, esta es – dijo Astrogilda al mismo tiempo que desplazaba el short unos centímetros hacia abajo y mostraba una diminuta tira de tela negra, a la vez que sonreía coquetísima con todos sus hermosos dientes blancos.

Una vez en el rio, pasearon por horas, bebieron cervezas heladas y compraron unos curiosos suvenires consistentes en una especie de jarros de aluminio, con el logotipo del festival y con un forro interior de espuma plástica donde se depositaban las latas de cerveza y se mantenían frías ante el implacable calor de la selva. Bailaron con la música que brotaba de los enormes parlantes en el estrado ubicado muy cerca al rio, que por la época tenía muy poco caudal. Astrogilda le presentó varios muchachos peruanos y brasileños, sin embargo Mariana no le prestó especial atención a ninguno, se sentía bien en medio de tanto calor, de tanta gente diferente y simpática, muchachos negros o mulatos con chicas rubias y viceversa. En la universidad donde estudiaba eso no sería posible. Pensaba en cuánto le faltaba al Perú y a Lima para superar las barreras del color de piel. Ella misma se había sentido superior muchas veces frente a otros, olvidando el color canela de su propia madre y la sangre mulata oscura de la abuela Adailta. Había tenido suerte al heredar la piel blanca y los cabellos castaños claros de su padre. Ahora se mezclaba entre estos muchachos atractivos de piernas fuertes, morenas, de cabellos ondulados y ojos negros rodeados de cautivadoras cejas pobladas. También llamaban su atención los muchachitos rubios, de ojos azules o verdes cristalinos y piel blanca perfectamente bronceada, que a diferencia de la capital, se codeaban con naturalidad con peruanos y bolivianos de todos los colores. Estaba feliz. Bailó forró durante horas y bebió cerveza hasta que atardeció y en el estrado se instaló el grupo musical de moda de la región. Astrogilda era una bailarina incansable y ella no quería quedarse atrás. Disfrutaba la fiesta y la atención de todos los muchachos que la invitaban a bailar e intentaban enamorarla. Hasta que de pronto, frente a ella apareció una silueta que la dejó sin aliento: Un muchacho guapo, claro, alto, de espalda y hombros fuertes, brazos gruesos y piernas firmes la miraba directamente a los ojos. Estaba impecablemente vestido de blanco. En su cabeza, a pesar de ser de noche, tenía un formidable sombrero de cuero y colgando del cinto una especie de funda de cuero también, como si portara una espada. Mariana bajó la vista nerviosa y le dijo a Astrogilda que volvería pronto, pues precisaba ir al baño.

Luego de hace la larga cola para el uso del baño portátil, y de regreso a la zona de baile, escuchó una voz susurrante y estremecedora que la llamó por su nombre. Volteó y se encontró cara a cara con el muchacho de blanco que había visto antes y que ahora la saludaba con una sonrisa, él tomó su mano delicadamente y la besó mientras le decía en portugués algo ininteligible. Mariana en su nerviosismo solo atinó a decir que no entendía.
– ¿No habla portugués la señorita? – dijo el joven en un español cantado pero comprensible.
– No – contestó Mariana – entiendo un poco pero si habla despacio.
– Yo hablo español señorita – contestó él y continuó – estoy encantado de poder saludarla y presentarme, yo me llamo Marcio.
Mariana soltó una carcajada cuando Marcio luego de su presentación hizo una teatral venia colocando un pie detrás del otro al mismo tiempo que inclinaba la cabeza y ponía una mano a la altura del estómago.
– ¿Y cómo sabe mi nombre señor Marcio? – preguntó más calmada Mariana.
– Su tía me dijo – contestó señalando el lugar donde eufórica bailaba Astrogilda.
– Entiendo.
– ¿Danzaría usted con este servidor? – preguntó Marcio.
– Claro – dijo Mariana – pero tienes que actualizar tu español. Es muy antiguo.
Ambos rieron mientras iban a bailar.

* * *

Ya cerca de la media noche, Mariana luego de bailar todos los ritmos posibles con Marcio y compartir con él un número no preciso de cervezas, le dijo que ya debía retirarse. Marcio sonrió y le pidió que lo acompañe un rato más para conversar unos minutos antes de irse. Mariana asintió y dejaron atrás el baile y caminaron tomados de la mano por la arena de la orilla del rio Acre. La noche estaba estrellada, preciosa. La superficie apacible del rio reflejaba una romántica luna menguante. Marcio se dejó caer sentado sobre la arena e invitó a Mariana a sentarse. Ella aceptó, él empezó a hablar en su español arcaico de las estrellas, de los nombres con la que los indígenas las conocían, le contó historias del rio y del bosque. Le habló de épocas inmemoriales cuando el hombre occidental no había llegado a estas tierras, de animales de formas difusas y nombres impronunciables. Mariana escuchaba estática, hipnotizada, encantada con ese mozo tan interesante, amable y educado pero a la vez sencillo y humilde. Mientras hablaba no dejaba de mirar sus labios carnosos, su nariz afilada, su piel húmeda y cálida. De pronto Marcio volteó y la besó. Ella le correspondió. Sintió sus manos atrevidas buscando bajo su ropa e intentó detenerlo, pero él le susurró al oído las cosas más bellas del mundo. Se perdió en su aliento, en sus palabras que ya no eran en español y que le decía en portugués lo bonita que era, que describían en poesía lo suave de su piel, lo brillante de su cabello, lo profundo de sus ojos, lo sereno de su sonrisa. Lo abrazó con fuerza y sintió bajo su vientre un sólido hierro candente que acabó con sus últimas evasivas y sólo atinó a estirar la mano en busca de su cartera, tratando de encontrar el preservativo, pero ya era tarde, un torbellino de placer y deseo la envolvió dejándola rápidamente sin control ni conciencia.

Cerca de las cuatro de la mañana y luego de haber hecho el amor bajo las estrellas por horas, Mariana abrazó a Marcio y se mordió los labios viendo su propio cuerpo desnudo al lado de este incansable hombre rebosante de fuego y pasión. Recorrió con los ojos sus muslos, su sexo en reposo, su vientre plano, su pecho formidable, su rostro hermoso y dejó escapar una risita al ver que Marcio seguía con el sombrero puesto.
– Quítate eso – le dijo.
– Marcio sonrió y sin hacerle caso se levantó. Caminó desnudo hacia el agua que le llegaba a las rodillas, se sumergió lentamente y se incorporó dejando ver su cuerpo brillante. Mariana no pudo evitar sentir una nueva oleada de deseo al ver las gotas de agua corriendo por el cuerpo de ese magnífico espécimen.
– Debo irme ya señorita, va a amanecer – dijo Marcio al volver a su lado, mientras recogía su ropa.
– Deja ya de llamarme de usted – reclamó Mariana mientras Marcio sonreía como siempre – ¿Me das tu número? – preguntó impulsivamente, arrepintiéndose de inmediato y trató de aclarar:
– Para llamarte y, si se puede, salir estos días, me quedo una semana en Iñapari.
– Yo la buscaré señorita – contestó Marcio. Se acercó y le dio un beso apasionado. Mariana le correspondió y luego se quedó mirando como el hombre se alejaba caminando lentamente por el medio del rio, con sus ropas en las manos, desnudo, con un sombrero de cuero por toda prenda y se perdía en la oscuridad de la noche rio arriba.

* * *

Mariana se vistió rápidamente. Caminó por la arena sonriendo y mordiéndose los labios por causa de la travesura que acababa de hacer. “Razón tenía papá” se decía recordando todas las veces que su padre le había dicho que tarde o temprano le saldría lo brasileña.

Llegó cerca al estrado y la fiesta estaba en sus últimos estertores, buscó a su tía y no la encontró por ningún lado. Alrededor hombres y mujeres caminaban y bailaban cayéndose de la borrachera, algunos yacían dormidos en la arena. Miró alrededor, y cuando estaba a punto de irse sola, se le ocurrió ir a mirar detrás del escenario. Allí descubrió a Astrogilda desnuda de la cintura hacia abajo y con el brasier por el cuello montada y ensartada sobre un moreno bajo y musculoso que, de pie apoyado en la estructura del estrado, la sostenía de las nalgas con sus poderosos brazos, ambos perdidos en sordos e intensos jadeos y gemidos.
– ¡Tía! – gritó Mariana
Astrogilda volteó y le hizo una seña de molestia para que se retire, sin dejar de menear las caderas sobre el moreno. Mariana aturdida regreso a la zona de baile y esperó. Minutos después vino su tía acomodándose la ropa y le sonrió con una naturalidad que la dejó indignada. Mariana molesta empezó a caminar rápida rumbo a casa y Astrogilda la siguió. Cuando la alcanzó la tomó por el hombro y le dijo:
– ¡Hey menina! Você vai ficar bien callada ¿verdad?
– ¡Tía!
– ¡Me ayuda! Por favor sobrinha linda. No es maldad con seu tío, no. Es sólo transar, sólo sexo como vocês falan.
– ¡Pero tía! ¿Te das cuenta lo que me pides?
– ¡Por favor! – volvió a decir y juntó sus manos con una expresión de mística santa medieval que arrancó una carcajada en medio de la cólera de Mariana.
– ¡Eres una puta tía! Por eso el tío Ismael no te lleva a Lima – replicó con tono cómplice.
– Soy una puta gostosa. Y así es como gusta tu tío – contestó con su enorme sonrisa la tía Astrogilda.

* * *

Al día siguiente Mariana volvió al festival con Astrogilda, doña Rosineide y doña Adailta. Caminaron por los puestos de comida, bebieron un poco y bailaron también, pero ya no como el día anterior. Doña Rosineide se había puesto un bonito bikini y orgullosa notaba que todavía atraía miradas, pues con sus treinta y ocho años conservaba bien las formas. Quien no las conociera pensaría que madre e hija eran tan sólo amigas. Mariana, sin embargo, durante todo el día buscó a su joven amante entre la gente y no lo encontró. Entrada la noche se acercó a su tía y le preguntó acerca de Marcio.
– ¿Marcio? No sé de quien me fala sobrinha.
– El muchacho con el que estuve bailando anoche tía.
– No vi, no.
– ¿No conoces ningún Marcio?
– Sí, mas como ese que você fala… no. Pero ahora você va a contar tudo para mí…

Luego de contarle lo sucedido a su tía, Mariana quedó triste y desilusionada. Astrogilda haciendo gala de discreción no hizo comentario alguno. El domingo tampoco lo vio. Nunca más volvió a saber de Marcio y no le quedó ánimo para salir con ninguno de los otros muchachos que la invitaban. Pasó el resto de la semana casi todo el tiempo en casa; con la esperanza de encontrarlo, paseó algunas veces con la abuela por la pequeña ciudad y sus calles de barro sin éxito y finalmente, terminadas las breves vacaciones, se despidió de todos y regresó a Lima.

* * *

En una calurosa y sofocante tarde de setiembre, mientras doña Adailta se abanicaba sentada en la mecedora, el rugido de una camioneta estremeció la casa. La abuela y doña Rosineide salieron de prisa de la cocina y ambas quedaron pasmadas viendo una camioneta cubierta de barro que frenaba prácticamente sobre la entrada y de ella descendió raudo Moisés Cáceres con una expresión furiosa en el rostro, azotando la puerta del vehículo al tiempo que de la otra puerta y con la cabeza baja aparecía Mariana, demacrada y pálida.

Moisés entró hasta la cocina sin saludar y sin quitarse las botas. Detrás de él Mariana, doña Rosineide y doña Adailta. Moisés señaló una silla con un gesto firme y Mariana sin decir palabra se sentó allí. Luego con las manos en la cintura encaró a doña Rosineide y le soltó la noticia en la cara:
– ¿Para eso te la mando? ¡Está embarazada carajo! Dos meses. Quiero que me lleves de inmediato a la casa de ese tal Marcio. ¡En este momento!
– ¿Qué Marcio Moisés? Yo no sé nada de ningún Marcio.
– ¿Cómo no vas a saber? ¿Así cuidas a tu hija?
– ¡Nuestra hija Moisés!
En ese momento entró a la cocina Ismael arrastrando del brazo a Astrogilda que se resistía a caminar.
– ¡Habla mujer! – exigió Ismael - ¡Di todo lo que sabes!
Aterrada Astrogilda se quedó callada mirando al suelo. Luego empezó muy despacio a decir:
Foi o boto cor de rosa.
– ¿Qué? – reaccionó sorprendido Moisés – ¿de qué mierda está hablando tu mujer? – preguntó dirigiéndose a Ismael
– Es un mito regional – contestó Ismael – el boto es un animal parecido al bufeo colorado de nuestra amazonía, una especie de delfín de rio.
– No es mito – aclaró con voz firme doña Adailta
– ¡No me vengan con huevadas! – gritó exasperado Moisés – por última vez, ¿Dónde encuentro al tal Marcio?
Se hizo un silencio denso en la habitación. Moisés escupió al piso y salió del lugar con prisa rumbo a la camioneta y las mujeres se miraron entre sí con preocupación. Pocos segundos después volvió a entrar a la cocina con una escopeta entre las manos. Se dirigió a Astrogilda y le espetó:
– ¡Habla carajo o aquí va a suceder una desgracia!
Não sei señor – contestó aterrada la mujer.
– Me escucha Moisés – dijo doña Adailta – el boto existe. Me deja falar con su filha.
Doña Adailta se dirigió a su nieta:
Fala para mí menina. Este hombre que te engravidó ¿era alto, claro, bonito, vestido de branco?
– Sí abuela.
– ¿Y usaba sombrero de cuero?
– Sí.
– ¿Se quitó el sombrero?
– No abuela.
– Fue el boto cor de rosa señor Moisés – dijo con pesadumbre la abuela dirigiéndose al enfurecido padre.
– ¿De qué está usted hablando? – interrogó Moisés desconcertado
– Usa el sombrero para tapar el hueco en su cabeza, el orificio por el que respiran – dijo con calma doña Rosineide mientras caminaba a atender a su madre que había palidecido y le costaba trabajo sentarse en la mecedora.
– ¡Qué demonios! ¡Ustedes se están burlando de mí! – dijo aprensivo y nervioso Moisés – ¡no me vengan con cuentos de indios ignorantes! ¡Ustedes quieren proteger al tipo que embarazó a esta!
– No son cuentos, não – dijo doña Adailta con dificultad y con lágrimas en los ojos.

Moisés no quiso escuchar más. Tomó del brazo a Mariana y la subió a la camioneta a empellones. Encendió el vehículo y partió. Se pasó cuatro días completos buscando casa por casa a Marcio. Nadie daba cuenta de él. Ninguna persona parecía conocer a alguien de esas características, ni en Iñapari, ni en el lado brasileño y menos en el triste pueblito de la frontera boliviana. Habló con la Policía Federal del Brasil, prometieron ayudar pero no garantizaban nada. Mariana era una adulta y no podían intervenir directamente en el caso. Al quinto día, Moisés se encerró en la cocina de la casa con Mariana, luego de varias horas el sordo estruendo de la escopeta Winchester de dos cañones de Moisés Caceres remeció los horcones de la casa. Doña Rosineide fue la primera en llegar corriendo y trató de entrar sin conseguirlo, Ismael apareció segundos después y derribó la puerta. En el suelo estaba el cuerpo inerte de Moisés ensangrentado y Mariana de rodillas lo abrazaba y llorando le pedía perdón.

viernes, 8 de abril de 2011

TRAFICO (Cuento)

Alicia nerviosa tocó la puerta de la habitación treinta y siete del hostal. A los pocos segundos abrió un hombre joven, delgado, mestizo, moreno, de cabello negro grasiento y sin afeitar.
– ¿Señora Alicia? – preguntó el hombre.
– Sí – contestó ella abriéndose paso primero tímidamente a través de la entrada, luego prácticamente empujando al sujeto que se hizo a un lado para dejarla pasar. Miró alrededor, una cama pequeña, un ventilador en la pared y una puerta de madera con claras señales de podredumbre que seguramente daba al baño. Fijó la vista particularmente en la maleta azul que estaba apoyada en la pared, enorme, nueva, reluciente y exactamente igual a la suya, con la única diferencia de que la propia era verde.
– Estoy esperando desde temprano – señaló el tipo con voz cansada – mi nombre es Abraham, Oscar me dijo…
– Ya sé lo que dijo – interrumpió la mujer – Oscar es mi marido, ¿sabes no?
– No, no sabía.
– Pues ahora lo sabes Abraham. Mira esto es trabajo y quiero que termine rápido. Cierra bien la puerta y vamos a comprar los pasajes.

Salieron del sucio hostal, Alicia le dio indicaciones para que la siga de lejos, sin conversar ni nada parecido, se acercaría sólo si se lo indicaba. Caminaron bajo el implacable sol de la selva, atravesando el mercado de frutas. El bullicio y la música estridente de los puestos parecían incrementar el calor. Llegaron a las oficinas de la empresa del transporte, Alicia hizo una seña para que su acompañante espere en la puerta del establecimiento, se acercó y compró dos pasajes para Rio Branco, uno para ella y otro para Abraham, escogió los asientos siete y veintidós. Al salir se los mostró discretamente a Abraham y le susurró:
– Ve al hotel, tienes que estar aquí a las doce en punto, con tus cosas y la maleta, toma cincuenta soles para que pagues el hotel y comas algo.

Alicia, hizo un gesto de despedirse y fingió irse del lugar, pero se detuvo un poco más allá y regresó para observar a Abraham, lo siguió de lejos mientras éste entraba al mercado, vio como se compró un sándwich y un jugo de frutas. Luego lo siguió mientras se paseaba por los puestos preguntando precios de cosas distraídamente y luego hasta que se aseguró de que entrara al hostal. Sacó su celular y marcó el número, timbraba pero no contestaba nadie. Se puso nerviosa. Insistió, esta vez tampoco obtuvo respuesta. Colgó. Pensó que tal vez Oscar estaba ya en la carretera. Guardó el celular en su cartera y se dirigió al hostal donde se había hospedado, cerca al de Abraham, para darse un baño y recoger su maleta también.

Alicia en la habitación se desnudó, a sus veintisiete años se sentía infinitamente vieja, se miró en el espejo, su vientre flácido, recorrió con sus dedos las cicatrices y marcas de sus tres partos, miró con vergüenza las estrías en su piel y la celulitis en sus muslos; su senos habían perdido el vigor de la juventud, ahora parecían trozos de carne colgados a su pecho y todo su cuerpo había ganado peso. Su memoria retrocedió sólo cinco años atrás, y se vio joven y esbelta, cuando era la estudiante más deseada del instituto de contabilidad allá en La Merced, usaba minifaldas, mostraba pícaramente sus torneadas piernas y no tenía ningún recato en ponerse esas diminutas blusitas escotadas. En esos tiempos fue que conoció a Oscar. Pensó en sus tres hijos pequeños, sobre todo en el menor de tan sólo diez meses. A los tres los había dejado al cuidado de su hermana mientras se embarcaba en esta temeraria aventura. Tomó aire, se cubrió con la toalla e insistió una vez más con el celular. Nuevamente no obtuvo respuesta. “Debe estar en la carretera” pensó y se fue a duchar.

Cuando terminó de secarse el cabello Alicia se sentó en la cama, miró fijamente la enorme maleta verde. Le parecía escandalosamente nueva. En el viaje anterior habían pasado con mochilas usadas, ¿por qué a Oscar se le había ocurrido usar estas maletas esta vez? La levantó con un poco de esfuerzo y la colocó encima de la cama. Sintió en su nariz el acre olor de la sustancia y la abrió. En su interior Oscar había acomodado un par de charangos, algunas quenas, varias artesanías de cuero y madera, aretes de semillas y plumas. Palpó la parte interna de la tapa y la sintió húmeda y melosa al tacto. Era una mala señal. Ya en Lima había notado que la tapa tenía una abertura en una unión de la costura, en aquel momento ya Oscar había salido rumbo a Cusco y tuvo que salir sola a toda prisa a comprar pegamento en un mercado cercano; para su sorpresa era un mercado mayorista, nadie quiso venderle lo que necesitaba por unidad, en su desesperación compró un paquete de seis tubos pequeños de pegamento instantáneo y seis ambientadores en aerosol. En aquel entonces roció la maleta abundantemente, por dentro y por fuera, y trató de pegar la abertura de la mejor manera posible. Ahora hizo lo mismo, abrió un tubo de pegamento instantáneo y trató de sellar con cuidado la tela que se había vuelto a despegar en el viaje hasta Puerto Maldonado. Miró el reloj y se dio cuenta que faltaba poco para las doce, metió los aerosoles y pegamentos en la maleta a toda prisa. Se visitó y salió de la habitación llevando su cartera, una pequeña bolsa de mano con algunas prendas y ropa interior y arrastrando la enorme valija.

Al llegar al terminal no vio a Abraham, se preocupó un poco pero sospechó que ya había subido al bus, sin embargo se percató que no podía ser, ya que ella tenía ambos boletos. Se sentó en una banca de madera y esperó. Había sido una tonta, ahora toda la gente la vería entregándole el boleto y además ambos tenían maletas idénticas. Luego de unos minutos lo vio llegar. Arriesgándose se levantó dejando la maleta en el piso. Caminó hacia él y le entregó rápido el boleto y le ordenó que suba de inmediato. Al intentar subir el controlador obligó a Abraham a dejar la maleta en la bodega, el bus estaba provisto de compartimientos superiores demasiado pequeños como para una maleta de esas dimensiones. Lo mismo sucedió con Alicia minutos después a pesar de sus reclamos. “Definitivamente la cosa no andaba bien” pensó.

Ya en el bus escuchó el pitido de su celular. Lo revisó y tenía un mensaje de texto de Oscar: “Pasamos la frontera y el control con éxito, estamos en Brasil rumbo a Rio Branco. Suerte.” Respiró aliviada. Reclinó el espaldar de su asiento y se acomodó. Cerró los ojos. Mientras el bus se ponía en movimiento recordó la primera vez que pasaron la mercadería al Brasil, hacía ya poco más de dos meses. En esa oportunidad fueron los dos solos. Llevaron un par de mochilas medianas también rellenas de artesanías. No pasó nada, Oscar supo cuidarla y no dejar que se ponga nerviosa, la tranquilizaba siempre y le cambiaba de tema y la hacía reír. Llegaron a Rio Branco y un traficante de allá recogió ambas mochilas y les entregó mil quinientos dólares y pasajes para volver a Puerto Maldonado. Ese dinero había servido para pagar muchas deudas de la casa. Ahora iban a recibir más del doble, pero el riesgo era mayor y además tenían que compartirlo con Abraham, al que Oscar había reclutado en Lima y María, una Tingalesa que Oscar también había conocido hace poco en La Merced y a la que había convencido para hacer el trabajo. Se habían repartido las labores. Oscar pasaría primero vigilando a María y ella vigilaría a Abraham hasta Rio Branco.

Oscar le había entregado antes de salir un chip de telefonía celular brasileño para comunicarse con él cuando cruzara la frontera. Lo sacó de su envoltorio y a modo de distracción lo colocó cuidadosamente en su celular, mientras lo hacía pensaba en esas dos maletas tan llamativas en la bodega del bus. Pensó que si Oscar y María habían pasado sin problemas con unas maletas similares, ellos tampoco tendrían dificultades. Además la última vez se percató que los policías del punto de control fronterizo peruano, agobiados por el calor tropical, solían escoger una maleta al azar, la palpaban de mala gana y autorizaban al bus a seguir su camino. Su mayor temor era la Policía Federal de Brasil, había escuchado que eran más acuciosos, aunque cuando ella pasó con Oscar el trámite fue muy rápido y no recordaba mayor demora o revisión.

Forzando su postura, Alicia volteó medio cuerpo, vio a Abraham en su asiento, pensativo, mirando el paisaje a través de la ventana del bus. ¿Estaría consciente de lo que llevaba en la maleta? No parecía preocupado. Pensó en María, era muy joven, tal vez veintidós años, parecida a ella misma cuando tenía esa edad. Como todas las chicas de Tingo María tenía una belleza felina perturbadora, era blanca, pecosa, el cabello castaño largo y los ojos verdes intensos. Oscar le había comentado que ella no tenía intención de regresar al Perú. Luego de la entrega había planeado quedarse en Brasil y buscar hacer una vida nueva allí. El dinero del trabajo le serviría para empezar. Nuevamente recordó a sus hijos y los extrañó profundamente; recordó sus risas, sus travesuras y sus malcriadeces, sonrió mientras se adormitaba con el sordo ruido del motor del bus y el sueño finalmente la venció.

Cuando llegaron al puesto de control, la despertó el empujón producido por la frenada del enorme bus. Se limpió el rostro con un paño de mano y se alistó para bajar, había pocos pasajeros peruanos y varios brasileños. Esperó pacientemente que caminaran los que ya estaban en el pasillo y luego se acomodó entre la fila, avanzó lentamente y bajó. De reojo trataba de no perder de vista a Abraham. Un policía amable les indicó la oficina de migraciones para que registren su salida del Perú. Se apresuraron a formar una fila mientras algunos cruzaban la pista para comprar refrescos o alguna vitualla en los pequeños kioscos de madera. Otros aprovechaban para cambiar soles por reales. Alicia en la fila pensó en Oscar. A estas horas ya debería estar en Rio Branco. Pasando el control de Assis Brasil lo llamaría.

Al terminar el trámite en migraciones, caminó hacia el vehículo. Su corazón empezó a latir rápidamente cuando vio al controlador del bus con cuatro policías parados frente a éste y a su costado un hombre de corbata, chaleco azul y con una cinta alrededor del cuello. Era un fiscal. El controlador le preguntó si la maleta verde era suya. Ella movió la cabeza afirmativamente, sin decir palabra. El que parecía tener mayor rango de los policías le preguntó educadamente si podían revisar la maleta y que por favor se acercara mientras el controlador la retiraba de la bodega. Alicia sentía sus piernas temblar. El policía palpó la superficie y acercó el rostro, su expresión cambió, miró al fiscal y a Alicia e hizo un gesto afirmativo. El fiscal se acercó a Alicia y le pidió también de forma educada que la acompañe a las oficinas del puesto de control de la policía. En el interior le pidieron que ella misma abriera la maleta. Al hacerlo aparecieron ante ella los ambientadores y el pegamento, recordó que en uno de los bolsillos internos también estaban las boletas de venta a su nombre y que había olvidado destruir en el hotel. El policía que asistía al fiscal se colocó unos guantes de goma y con un hisopo recogió muestras de la superficie interna de la tapa de la maleta. Lo introdujo en una pequeñísima botella de vidrio y esta inmediatamente se coloreó de azul. El fiscal volteó y le pidió que guarde la calma, la invitó a sentarse en una silla de madera y le explicó con detalle que el procedimiento químico que acababa de ver significaba que la maleta estaba impregnada de clorhidrato de cocaína. Luego le indicó que iba a proceder a leerle sus derechos y que llamarían al defensor de oficio. Alicia no pudo escuchar la última parte, se desvaneció en el preciso momento que Abraham también entraba a la oficina cargando su maleta y escoltado por dos policías.

Horas más tarde, luego de haber firmado innumerables actas y formatos, de haber negado saber que las maletas contenían droga, le informaron que sería trasladada junto con Abraham a la sede de la Policía Especializada Antidrogas, luego de que le colocaran las esposas la abogada defensora del Estado se acercó y le preguntó discretamente:
– ¿Tiene usted algún enemigo en esta zona señora?
– ¡No! – contestó inmediatamente.
– Qué raro – replicó la abogada – el Capitán me acaba de decir que esta intervención es producto de un “soplo.”

Alicia no pudo contestar, un policía la tomó del brazo y la condujo hasta la camioneta de la fiscalía. “Un soplo”, pensó. ¿Pero quién? El único que sabía era Oscar. Una vez que se sentó en la camioneta le vino a la mente que en Lima, cuando recibieron las cuatro maletas, notó que las que llevó Oscar no tenían olor. En ese momento no le dio importancia pero ahora… recordó otros detalles, la discusión que tuvieron por la excesiva confianza entre Oscar y María durante el poco tiempo que estuvieron reunidos los tres y que le molestó terriblemente, él no le dio importancia y hasta se burló de ella. Las constantes quejas de Oscar por los hijos, por la situación, por las deudas. Fue atando cabos. Ya oscurecía y las siluetas de los árboles de la selva se confundían con el horizonte, los ojos se le humedecieron, se imaginó a Oscar y María desnudos en una cama de hotel en Rio Branco, riéndose de ella, a sus hijos abandonados a su suerte y sin querer le dijo al policía que estaba a su lado:
– Me han tendido una trampa.
El policía se limitó a encogerse de hombros mientras la camioneta se ponía en movimiento.

domingo, 6 de marzo de 2011

BIODIVERSIDAD: ¿DE DONDE SALEN LAS CRIATURAS DE CIENCIA FICCION?

No es necesario mirar al espacio exterior para tener fuentes de inspiración para imaginar espeluznantes criaturas, basta venir a Madre de Dios, en particular Iñapari y observar lo que la lluvia, el rio, el viento o el calor traen a casa, sin necesidad de internarse en lo profundo de la selva. Aquí les presento una breve colección de seres que tuve la fortuna de fotografiar con regular éxito. No sé el nombre de la mayoría de ellos y en algunos casos no obtuve la calidad deseada. Espero sepan disculpar.

Esta es una mariposa con el ala rota, una vez que se posa en la pared coloca sus alas de forma perpendicular a la superficie, intuyo que como mecanismo de defensa.

Esta es una variedad de saltamontes enorme, logré colocar un billete de veinte soles para que se pueda apreciar su tamaño.

Este es un saltamontes totalmente verde, pequeñito, tendría unos dos centímetros de largo.

Este es de otra variedad, color distinto y más pequeño todavía.

Saltamontes gris.

Este sí es fantástico, observen los colores de las patas. Tal vez sea una mutación creada por los alemanes (digo por los colores…)

Esta es una variedad de tarántula, aquí la conocen con el nombre de caranguijera, ésta en particular se metió a mi casa. El horcón que se puede ver es uno de las principales de la casa que alquilaba en aquél entonces, y que por lo general tienen quince centímetros de ancho, así que pueden calcular el tamaño de la araña. Estas arañas son más peligrosas por los pelos que las recubren que por su picadura. Los pelos son venenosos.

Este bicho presumo es una variedad de escarabajo, nunca más volví a ver uno parecido. Me imagino que aparecen por épocas, esta foto la tomé en agosto del año pasado.

Murciélago confundido un lunes en la mañana en la oficina.

¿¡Ah!? Que tal el camuflaje de este bicho volador, sobre una planta ni lo notas. ¡El camuflaje de hoja a medio marchitar es perfecto!

Este extraño insecto me parece de película de terror. El cuello parece un hueso de pescado o incluso de mamífero. Las arrugas de las alas, las nervaduras. ¡Su cabeza también es fuera de serie!

Otro insecto indescifrable, peludo, con esas antenas que simulan cuernos. Es pequeño, mide un centímetro de largo o tal vez sólo un poco más. ¡Muy interesante!

Este bicho lamentablemente falleció. Pero es alucinante, yo pensé cuando lo encontré que era algún juguete plástico. La foto no le hace mérito a pesar de mis intentos, pero es color verde metálico, como los carritos de juguete y sus alas azules con verde. Obsérvese el detalle de los ojos.

Mariposa de terciopelo, es enorme. Debe tener unos quince a dieciocho centímetros de ancho.

Mariposa amarilla. Debe ser pariente de la Mariposa Monarca, que es anaranjada.

Esta mariposa no tiene camuflaje, más bien aprovecha la forma de ojo en sus alas para ahuyentar a sus depredadores. En esta ocasión más bien se equivocó y confundió el árbol de navidad con uno real.

Bicho multicolor.

Este me parece que es un cardenal. ¿O será arzobispo?

Este monito lo descubrí un día en el árbol frente a mi casa. Se puede ver tratando de comer bayas. Luego de la foto escapó hacia el rio. En esos mismo árboles vi una pareja de tucanes preciosos el año pasado, pero no logré desenfundar la cámara a tiempo.

No sé qué ave es esta, parece un faisán de lejos, pero estoy casi seguro que no lo es. Los colores son llamativos y casi no vuela, pero tiene la virtud de caminar sobre las ramas altas de la maleza.

Este es el Onu, es bastante común por aquí, color negro, andan en grupos de seis o siete y avanzan en formación sobre la vegetación buscando insectos, los de la retaguardia avanzan al frente luego que los anteriores aseguraron la zona y así sucesivamente.

Tortuga perdida. La devolvimos al rio.

Otra mariposa con formas de ojos en las alas.

Una araña pequeña, pero rara. Aun nadie me dice que cosa tiene en su espalda. Presumo que es un camuflaje, aunque también podrían ser sus huevos. Sé de algunas que los llevan a cuestas.

Bueno, espero que les hayan gustado estas imágenes. Espero sus comentarios y si pueden colaborar con los nombres exactos de los especímenes estaré muy agradecido.

martes, 1 de marzo de 2011

VIAJANDO A LIMA: CRONICA DE UNA PITCHULA VITAMINADA

El día jueves veinticuatro tenía que ir a Lima, pero dos días antes, el martes veintidós me sorprendieron con una mala noticia: Se había decretado un paro minero indefinido en Puerto Maldonado a raíz de la destrucción de las dragas informales que extraen oro del lecho del rio en la localidad de Huepetuhe, en el extremo sur de Madre de Dios. Pensé que si el paro iba a ser como otros anteriores, la cosa iba a estar difícil, recuérdese que el año dos mil ocho el pseudo frente cívico incendió la sede del Gobierno Regional de Madre de Dios casi con los trabajadores adentro.

Este asunto me desanimó terriblemente, así que desde la internet y comunicándome con amigos que trabajan en Puerto Maldonado procuré hacerle un seguimiento al paro para definir si se concretaba mi viaje. Ya había reservado los pasajes en StarPerú, mediante el pago vía internet de quince dólares por cada tramo, con penalidad no show de tal manera que si no me presentaba a lo mucho perdería treinta dólares, por lo que eso era lo que menos me preocupaba. Sí me preocupaba perderme la oportunidad de visitar Lima, de aprovechar para comprar una serie de cosas que necesitaba y sobre todo visitar a mi querido amigo Claudio, quien es, como diría Paris Hilton – una de las mentes más brillantes del milenio – my BFF.

El día miércoles veintitrés, primer día de paro, se me informó que la cosa hasta el medio día había estado tranquila y diseñé mi estrategia: Viajar pasado el medio día para llegar entrada la tarde, hora en la que los huelguistas bajan un poco la guardia, dormir en Puerto Maldonado, e irme al día siguiente temprano al aeropuerto antes de que los revoltosos tomen la vía a dicho terminal.

Tal como le había prometido a Claudio, medio en broma, medio en serio, me fui al supermercado en Brasil para comprar una bebida gaseosa que viene en unas botellitas pequeñas (como nuestra Kola Real) y que tiene el gracioso nombre de Pitchula, y que últimamente viene además enriquecida con vitaminas B, C, Magnesio y Zinc, por lo que además resulta ser una Pitchula Vitaminada. Compré tres botellas, dos de naranja y una limón y como la hora me ganaba, ya no pude conseguir los chocolates que había prometido y me regresé a casa a arreglar mis cosas.

Días antes había comprado algunos discos de música sertaneija y forró para obsequiarle a Claudio. Los acomodé con mi ropa en la mochila y también las tres botellitas de gaseosa que aseguré en una bolsa plástica negra. Luego me entró la duda de que podían destaparse en el viaje y manchar la ropa, así que les puse una segunda bolsa, pero con la duda ya encima, opté por colocarlas en un compartimiento en la parte delantera de la mochila para evitar cualquier desastre. Así entonces me fui al paradero de buses, ya que el único bus decente que va a Puerto Maldonado pasa todos los días (excepto los lunes) entre las dos treinta y tres de la tarde.

El viaje a Puerto Maldonado fue tranquilo, la ciudad estaba calma y pude confirmar en los noticieros nocturnos que el primer día de paro había sido tibio, por calificarlo de alguna manera. Al día siguiente, el veinticuatro, me levanté temprano, me di una ducha y me fui en el correspondiente motocar al aeropuerto. Llegué a las ocho de la mañana aproximadamente, noté una fuerte presencia policial y militar y me felicité por haber tomado la decisión de no correr riesgos. Los counters estaban cerrados y el único establecimiento abierto era la cafetería, en ella cuatro funcionarios del aeropuerto sentados en una mesa tomaban té o mates por lo que pude observar.

Me senté a una mesa y el mozo, un hombre mayor y de cara de pocos amigos que ya había visto en otras ocasiones, me trajo la carta. No se me ocurre que el mozo sea un empleado real, nadie en su sano juicio contrataría a alguien así para atención al público, así que supongo que debe tratarse de una empresa familiar y el mozo es el papá o tío del dueño o algo así. La carta estaba en dos idiomas, en una columna en Español y la otra en English, en la columna en español decía pulcramente Sánguches y en la otra Sandwish. Pero más abajo en español decía hot dog y en inglés hot dog también, me pregunté si no sería más adecuado perro caliente en español, si en inglés hot dog era un sandwish. Habiendo hamburguesas, sánguches de queso y jamón, sánguche de huevo y otros correctamente traducidos al inglés, caprichosamente, pedí un hot dog en español y un café americano.

Entonces el mozo otoñal me dijo:
– No tenemos desayuno todavía.
Pensé: ¡Coño, entonces para qué abren! Miré el reloj de mi celular y vi que eran las siete y treinta de la mañana, levanté la vista y miré elocuentemente a las cuatro personas que bebían té frente a mí. Miré a la caja y vi a una persona que más que cajero parecía el dueño del lugar y me pregunté mentalmente si era tan difícil que alguien me prepare un sánguche o un sandwish y un café.
– Espero – dije, pensando en que igual mi vuelo salía a las once y treinta y el mozo asintió.

Mientras esperaba, noté en la mesa, debajo del vidrio un papel impreso que decía algo más o menos así:

“Las mesas son exclusivamente para el consumo de los productos que expende el restaurant. Está prohibido el uso de computadoras. Agradecemos su comprensión.”

Me quedé pensando en lo anacrónico del asunto, mientras en otros aeropuertos se ofrece el servicio de Wi-fi, en este se prohíbe el uso de computadoras. Podía entender el hecho de que habiendo pocas mesas, la idea sea que los clientes no se queden sentados en las mesas sin consumir en perjuicio de otros clientes era razonable, pero de allí a prohibir el uso de computadores…

Pasados veinte minutos aproximadamente se me acercó el dueño - cajero y me comunicó que ya había llegado la persona a cargo de la cocina, me ofreció disculpas y yo confirmé mi pedido. Instantes después llegó mi castellanizado hot-dog y una taza de agua caliente acompañada de un sobrecito de Nescafé: De alguna manera para ese restaurant eso era un café americano, con Nescafé fabricado por Nestlé del Perú.

Cuando terminé y pesar de que todavía había cuatro mesas libres, el mozo me retiró los platos apenas me vio limpiarme los labios con una servilleta. Prácticamente me obligó a ir a pagar y para colmo ni siquiera me anotó su teléfono o email en la servilleta como la señorita moza de cierto cuento.

Terminé con calma mi desayuno y luego me fui a sentar en una de las tiesas sillas de fibra de vidrio frente a los counters hasta que se inició la atención en StarPerú, tranquilo me acerqué a pagar mi pasaje ya reservado. Una vez en la barra (porque los counters no son ventanillas porque no tienen ventanas ni mostradores porque no muestran nada, entonces deben ser barras, supongo yo) le mostré mi reservación a la señorita de atención al público y me contestó, como es lógico en el Perú, que no podía atenderme ahora y que vuelva en diez minutos. Nunca contradigo esos sólidos argumentos, después de haber tomado vuelos en un promedio de cincuenta por año durante casi seis años y pasearme por casi todos los aeropuertos del país, he aprendido que en los counters operan fuerzas misteriosas más allá del entendimiento humano. Regresé a mi asiento.

Esperé once minutos para no fallar y regresé al counter o barra de atención como ya dije, y le mostré mi reservación a la ilustre señorita y le alcancé mi tarjeta de crédito American Express (Visa y Mastercard son zapatillas a su lado) junto con mi DNI para proceder al pago. La referida dama (a este punto no me consta que sea señorita) me contestó con su sonrisa de catálogo que sólo aceptaba pagos en efectivo. ¡En efectivo! Miré alrededor y no pude ver donde había dejado estacionada mi máquina del tiempo. Luego miré nuevamente alrededor pero levantando la vista para ver si descubría las cámaras escondidas, pero nada. ¡Era verdad! Aunque no lo crean, en pleno siglo XXI, con Wi-fi, televisión en alta definición, telefonía satelital, en un país que dice estar casi a punto de ser un país desarrollado y abandonar el triste tercer mundo… ¡StarPerú no tiene P.O.S. en su counter en el aeropuerto! Ante mi mirada incrédula la mujer de rojo (la señora del counter) resolvió todo el problema diciéndome:
– Pero allí tiene un cajero – y señaló el cajero de Interbank a unos metros.
Le solté el discurso de ¿Y qué pasa si fuese un viaje de emergencia y no tuviera efectivo? Me miró con su expresión vacía y no pudo evitar encoger los hombros, pero siempre muy amablemente. Entonces recordé las fuerzas misteriosas, el triángulo de las Bermudas, la magia negra, el vudú y los counters y me fui derechito a sacar plata del cajero. Una vez de vuelta, pagué. Como era de esperarse no tenía cambio y tuve que rebuscar mis monedas para pagarle la cantidad exacta, me entregó mi tarjeta de embarque y me remitió a la ventanilla (esta vez sí una ventanilla) para pagar la tasa correspondiente. Pagué y me fui a sentar, revisé mi tarjeta de embarque y me percaté de dos cosas que me han pasado esta vez por primera vez en la vida, la primera era que mi tarjeta de embarque estaba a nombre de Vásquez Caimachi, Pánfilo Eleuterio (o algo así) y que no me había dado ningún comprobante por el pago realizado.

Regresé al counter y le expliqué a la empleada mi problema. (Como sospecharán mi ánimo ya no era tan bueno) y nuevamente con sonrisa amable me expidió una nueva tarjeta de embarque, se demoró como diez minutos despegando con cuidado el stiker de la tasa de embarque, y yo pensé que para poderlo pegar en la nueva tarjeta de embarque, casi me caigo cuando al terminar de despegarla, la engrapó a la tarjeta correcta ¿no hubiese sido mejor recortarlo si lo iba a engrapar? En fin, recibí mi tarjeta y me la quedé mirando, me preguntó:
– ¿Lo puedo servir en algo más señor?
– Claro – le dije - ¿Mi comprobante por el pago que hice?
– ¡Ah! ¿Quiere que se lo imprima?
– ¡No! Mándamelo por telepatía so cojuda
Esto último no lo dije, pero les juro que lo pensé.
– Sería bueno – le contesté con una hipócrita sonrisa en los labios. Imitando la de ella.
Me entregó mi comprobante de pago y me fui más tranquilo, ya me imaginaba yo en el Jorge Chávez jurándole a la counter que había pagado en efectivo en Puerto Maldonado y ella sonriéndome con sonrisa de counter y explicándome amablemente que el pago no figuraba en pantalla. Problema resuelto felizmente.

El vuelo estaba programado para las once y treinta, por supuestos problemas de clima, este se retrasó y terminó saliendo rumbo a Lima pasadas las dos de la tarde. A las doce mi ánimo ya estaba sobre cargado, aburrido fui a buscar un libro en un dudoso y poco creíble Zeta Book Store, ¿Por qué no me sorprendió cuando confirmé que probablemente los kioskos de las esquinas de la plaza de armas de Arequipa tienen mejores y más variados libros y revistas? Desilusionado me puse a mirar a la gente.

Finalmente llamaron para embarcar, todo un problema porque mi tasa de embarque no estaba pegada si no engrapada a mi tarjeta de embarque, ¿Es que hay alguna diferencia? El funcionario luego de mi explicación me miró con cara de “No te quieras pasar de vivo manito” perforó la tasa y seguí, mochila en mano.

En la máquina de rayos equis deposité la mochila, mis monedas, celular, llavero y otros. Pasé el umbral mágico sin generar la aterradora bocina y de pronto me sentí mirado por todos. La encargada de los rayos equis me había señalado con su dedo acusador y un gorila de un metro ochenta se abalanzaba sobre mí. Exagero creo, pero esa fue la sensación que tuve, y ahora pienso que ya sé cómo se siente un miembro de Al Qaeda. Bueno, lo cierto es que me quedé helado y al voltear veo en la pantalla del monitor las tres gaseosas brasileñas juntas una al lado de otra, pero que en el monitor parecían granadas o cuando menos bombas Molotov.
– ¿Qué es eso? – me preguntó gorilón mientras me hacía señas con sus torpes manos pre homo sapiens para que abra mi mochila.
– Pitchulas – le contesté inconscientemente, y hasta ahora no entiendo cómo no me dio con su vara en la cabeza. Se me quedó mirando a punto de golpearme y yo estallé en una carcajada
– Gaseosa quiero decir – expliqué.
Luego de sacar cuidadosamente las tres botellitas y mostrarlas, sonrieron conmigo y me dejaron pasar. Ya no les cuento acerca del avión porque si no van a pensar que estoy inventando todo esto. Baste saber que arribé sano y salvo a Lima y que las pitchulas vitaminadas llegaron a su destino.

martes, 15 de febrero de 2011

LA INTEROCEANICA, ESTRADA DO PACIFICO Y BOSSANOVA

Pienso que cada persona vive su propia película. Esa no es una idea mía, la leí en alguna otra parte. Pero además pienso que una vida requiere una pista sonora o soundtrack. Sin pista sonora la vida se vuelve sosa, ese es por lo menos mi cordial punto de vista. Cada evento o situación requiere de un tema musical, tal vez recurriendo al estereotipo o asignándole un nuevo significado a cada episodio. Así un café parisino o con apariencia de tal en mi mente suena a Edith Piaf; un café clandestino tiene que sonar a Ubiergo o Chabuca Granda; un gimnasio donde se entrena de verdad y no sólo se acude a hacer desfile de modas tiene que sonar a metal pesado, trash o death metal; un restaurant de comida criollas a Pepe Vásquez o Lucila de la Cruz; un mañana de domingo con adobo a los Dávalos; un día de trabajo pesado en la oficina suena a Wagner y la playa (aunque a muchos les suene a salsa o reggaetón) a mi me suena a Mendelssohn.

Sin embargo desde que empecé a manejar y viajar manejando, hay cierto paisaje en particular que siempre me sonó a bossanova: Clima soleado, carretera y verde vegetación. En la panamericana sur que he recorrido en toda su extensión, hay pocos tramos que pueden verse así. Uno de ellos es la llamada “ruta del pisco”, entre Moquegua y Tacna, más cerca de Moquegua que de Tacna. Otro es en la altura de Chincha y Cañete rumbo a Lima. Pero hay dos más cotidianos y cercanos a Arequipa. El camino de Mollendo a la Punta de Bombón, pasando por Mejía y el muy breve tramo de Camaná pueblo a la Punta. En todos ellos se siente un ambiente distinto, el verdor de las plantaciones, el riguroso sol de verano (tiene que ser en verano, con neblina no es lo mismo) y el negro del asfalto, y ese es el momento de abrir todas la ventanas del auto y colocar en el equipo de sonido un buen tema de bossanova o de ser el caso, chillout pero con un fuerte matiz de bossanova siempre.

Lo triste de estos tramos descritos, es que son tan cortos que uno se queda con nostalgia al ver aparecer otra vez el desierto arenoso de nuestra costa. Pero qué descubrimiento fue para mí la carretera interoceánica, sobre todo desde Puerto Maldonado hasta Iñapari. Tres horas y media (ahora con la carretera recientemente inaugurada) de verdor, pista y calor. Tres horas preciosas de bossanova. Lo único malo es que siendo nuestro querido país tan desordenado, nunca falta una vaca (o varias) en el camino, además de otros animales como la mayoría de los que manejan los colectivos de transporte interprovincial, por lo que hay que conducir con cuidado y cierto grado de estrés, además de los feos pueblitos de margen de carretera abandonados por el Estado, con locales de venta de cerveza adornados por foquitos de luces rojas y violetas que por la noche se convierten en night clubs de muy dudosa categoría.

Saliendo de Iñapari y rumbo a Rio Branco (capital del estado de Acre), cruzando el imponente complejo de la Policía Federal, Migraciones y Aduanas de Brasil, aparece una carretera con las mismas características, pero ordenada, los ganaderos que dejan que sus vacas o cebús pasen por la carretera sufren de costosas multas (que siempre se hacen efectivas) y decomiso del ganado. Se pueden ver grandes haciendas muy bien cuidadas con lindas casas de campo y todas, pero todas tienen fluido eléctrico. También hay plantas de procesamiento de leche, productores avícolas y productores de alimentos para aves y ganado. Es un paisaje espectacular, sin contar con los simpáticos puntos de carretera (lanchonetes), cada cincuenta kilómetros más o menos donde uno puede detenerse a tomar un refresco de fruta local, una gaseosa, un café, algún bocadillo (hay uno típico que es muy parecido a una empanada que recibe el nombre de pastel) y sobre todo hacer uso libremente de los servicios higiénicos.

Este último fin de semana viajé por esta carretera, feliz como sólo se puede ser feliz cuando se viaja en día soleado, caluroso, asfalto negro, con verde vegetación a los costados, escuchando bossanova y de pronto pensé: ¡Escuchando bossanova en Brasil! Y continué mi viaje con una sonrisa de oreja a oreja que hasta ahora no se me borra.