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martes, 2 de enero de 2018

LA ESPERANZA EN UNA BOTELLA

Hace un tiempo, sin querer, fue apareciendo una pequeña colección de botellas de vidrio sobre los reposteros de la cocina. El único requisito es sencillamente que me gusten, que llamen mi atención y de ser posible que sean raras. Hace un par de días agregué una mas, que no es ni rara ni nada parecido. Es una simple botella de ketchup, la de la tapa blanca en la foto.
Aunque es una botella sencilla y de la que hay montones, me transporta a un espacio donde fui feliz. Infinitamente feliz y de donde, probablemente, surge todo mi imaginario y gran parte de mi personalidad.

Cuando era niño, en casa de mi madre pasaba las horas leyendo en la pequeña sala de su casa. Por razones de espacio, en la sala también estaba el refrigerador. El refrigerador de mi madre rara vez tenía manjares, normalmente tenía verduras, algunas frutas. No consumíamos gaseosas y las pocas veces que lo hacíamos era tan raro que la agotábamos en el acto. En resumen, lo que se podía encontrar en la refrigeradora normalmente para hincar el diente, entre lectura y lectura, eran tomates y zanahorias. De allí proviene ese viejo hábito que aún tengo de ir a la refrigeradora en las noches y sacar una zanahoria cruda y comerla mientras veo la televisión.

Otra cosa que siempre había en la refrigeradora era una botella dorada de licor en forma de huaco Mochica, que en su interior llevaba restos del espumante de la última navidad o del más reciente año nuevo. En casa nadie bebía así que esos restos se mantenían casi todo el año sin que nadie los toque. Al lado del huaco Mochica había un perro. Era un perro hecho con crochet. Era maravilloso, lo había tejido finamente mi madre con sus hábiles manos, el cuerpo, sus patas y cola y formaban una pieza que cubría como un guante la mayor parte de una botella de ketchup y la otra pieza era la cabeza, con su nariz y largas orejas tan bien hechas que parecían reales. Esta parte cubría desde arriba la tapa de la botella y se juntaba con el cuerpo sutilmente.

Yo siempre abría la botella, primero sacaba la pieza de la cabeza, destapaba con cuidado y como casi siempre estaba vacía. Alguna vez tenía vinagre o algún otro liquido propio de la labor de cocina. Pero no importaba, esa botella vestida de perro mantenía viva la ilusión, la esperanza. Siempre me provocaba abrirla con cuidado, como un ritual, con delicadeza, para que no se resbale, admirando la riqueza del tejido, de las formas, acariciando la textura cual pelaje y como si el perro estuviese vivo.
Con los años me fui de la casa, hice mi vida y no sé si ese perro aun existe. El huaco recuerdo haberlo visto, casi medio siglo después, pero el perro no sé. Sin embargo cada vez que veo una botella de ketchup lo recuerdo. Mientras lavaba ésta en particular para agregarla a la colección pensaba en el valor y significado de ese perro tejido a crochet y de la botella que le servía de cuerpo y tal vez de alma. ¿Qué tanto de mí está en deuda con ese perro? La ilusión de hacer pausas entre lectura y lectura solo para comprobar que aún seguía en la refrigeradora. Buscar si había algo nuevo y terminar mordiendo una zanahoria.  Mantener la esperanza. Haber mi madre, sin querer, mantenido la ilusión en mi y haber vivido mi niñez y parte de mi adolescencia con todas mis esperanzas metidas en esa botella disfrazada de perro. Haber sobrevivido la adolescencia. Haber llegado hasta aquí. Tener en mi cocina una botella común que me recuerda de donde vengo y todo lo que tengo que entregar a mi hija: La esperanza de querer ser. La fuerza para luchar por ello.

sábado, 26 de mayo de 2012

ALAS DE CELOFAN (Cuento)


Cuando Don Germán sostuvo al cerdo entre sus manos antes de que saliera de su alcance, todavía no podía creer que algo así pudiera pasar. Con cuidado lo colocó otra vez en el suelo terroso y el animal con naturalidad empezó a volar con sus dos pequeñas alitas de celofán. Don Germán lo tomó nuevamente y corrió hacia la casa, llevándolo con cuidado, presionándolo con ambas manos en los costados para que no se le escape. Al llegar al portón del desván donde guardaba las herramientas, buscó con la mirada, vio un viejo collar de perro con la hebilla oxidada, con el cuero deformado por el paso del tiempo, el sol y la humedad; lo tomó rápidamente y rodeó el pescuezo del marrano. Luego cogió una soga y ató un extremo al collar y otro a un horcón de la casa. El animalito intentó volar de nuevo hasta que la soga quedó tirante y no tuvo otra alternativa que descender suavemente y se recostó sobre el gastado piso de madera.

Don Germán seguía de pie, sorprendido, sin dejar de mirar al animal, estiró la mano hasta tocar el espaldar de una silla en la que solía tomar el sol por las tardes, la arrastró hasta tenerla cerca y se sentó. Se quitó el sombrero de paja, estaba sudando, se limpió las gotas del rostro con la manga de la camisa. Apoyó los codos sobre sus rodillas y se tomó con calma los cabellos de las sienes, luego de la nuca, se pasó con fruición las manos por la cara sin afeitar. Volvió a mirar al cerdo, este resoplaba con calma, con los ojos cerrados. “¿Qué hago ahora?” pensó Don Germán, “¡un cerdo que vuela carajo! ¡Voy a ser el hazme reír del pueblo!” Se levantó y trajo un cuchillo de destazar, lo sacrificaría en el acto y lo enterraría detrás del corral. ¿Cómo haría con las alas? Sería mejor cortar las alas y enterrarlas en otro lugar por si acaso, dejar que se sequen al sol o se las lleven las alimañas. ¿O sería mejor quemarlas? Pero, si las quemaba, nadie le iba a creer después que alguna vez tuvo un cerdo que volaba. Si se lo contaba a sus hijos lo iban a tomar por loco. ¿Qué hacer? ¿Y si lo escondía en el desván? Podría alimentarlo allí y mantenerlo amarrado hasta que ellos vengan y lo vean con sus propios ojos. Luego podría al fin matarlo. ¿Se podría comer la carne? Le daba miedo, se imaginó por un segundo comiendo la carne del animal y luego una sensación extraña en sus espaldas, como si le crecieran un par de protuberancias. Sacudió la cabeza y trató de despejarse un poco. Se volvió a sentar en la silla y dejó el cuchillo a un lado. Pensó. Después de todo no era tan malo, podía buscar a alguien que compre el cerdo. Pagarían bien por él, pero tendría que ver la forma de que nadie más se entere. Si el padre Santiago se enteraba de que en su chacra había nacido un cerdo con alas, le prohibiría el ingreso a la iglesia. ¿Cómo encontrar un comprador? ¿Para qué alguien querría comprar un cerdo con alas? Tal vez un circo. No era tiempo de circos, faltaban meses para julio. Se puso de pie y fue a buscar un cigarro dentro de la casa.

Una vez que encendió el cigarro caminó a la puerta de entrada, se apoyó en el quicio y fumó con los brazos cruzados. ¿Qué hacer? Fumaba y se mordía la uña del dedo meñique, escupió un pedazo milimétrico de uña. ¿Y si le cortaba las alas con cuidado? Tal vez las heridas cicatrizarían pronto y podría guardar las alas como recuerdo, o quemarlas como había pensado al principio. Después de todo el pobre animal no tenía la culpa de haber nacido así. Tendría que evitar que se aparee, si tenía crías existía la posibilidad de que nacieran con alas también. Bueno, ¿y si más bien se dedicaba a reproducirlo? ¡Podría dedicarse al negocio de reproducir cerditos con alas! Serían un regalo perfecto para la navidad. Los vendería con su correa y su soguilla, para que no se escapen. Los niños andarían por la calle llevando su cerdito volando a veces, caminando cuando se cansen de volar, pero siempre con sus alitas de celofán sobre la espalda. Se podría hacer rico, tal vez podría comprar un órgano para la iglesia para que el padre Santiago no le prohíba la entrada.

Se acercó con cuidado y miró las alas, efectivamente parecían nacer por debajo de la piel, cerca al espinazo. En sus sesenta y ocho años había visto corderos de dos cabezas, terneros de cinco patas o de dos colas, pero jamás un cerdo con alas, y menos aún que se viera tan saludable y pudiera volar con facilidad. Trató de hacer memoria, ayer ninguno de los cerditos había tenido alas, a este le habían salido durante la noche. Se estremeció. ¿Y si en los próximos días les empezaban a salir alas también a los otros cerdos de la camada? Perdería toda una camada, tendría que matarlos a todos. ¿Cómo explicar una camada de cerdos voladores? ¿Sería una maldición? Tal vez alguno de los vecinos la había hecho algún conjuro con la bruja del pueblo, algún daño. Encendió otro cigarro y se sentó en la silla. ¿Cómo saber? Mejor matar a toda la camada de una vez. ¿Y la idea de venderlos? Le costaba trabajo procesar la idea, ¿Dónde los vendería? ¿Cómo? ¿A cuánto? ¿Y si la gente en lugar de comprarlos se asustaba? ¿Qué haría con el Ministerio de Agricultura? Seguramente lo iban a multar los de sanidad. ¿Por qué había tenido tan mala suerte? ¡Un cerdo que vuela justo en su chacra!

Don Germán se rindió, entró a la casa y tomó unas monedas, se cambió los viejos zapatos por unos un poco más decentes y se fue a la carretera a llamar por teléfono. Mientras caminaba por la trocha polvorienta seguía pensando en qué hacer con el pobre animal. Seguramente sus hijos tendrían alguna mejor idea, por lo menos tendría algo nuevo que contarles.  Llegó al teléfono público, no estaba lejos, a unos setecientos metros de su casa. Insertó las monedas y llamó. No mencionó al cerdo, pero le pidió a Mario, su hijo mayor, que viniera con urgencia. Le dijo que no se preocupe, no era nada urgente ni grave, solo quería conversar algunos asuntos de la chacra. Como siempre Mario le recriminó con ternura el hecho de que insista en seguir viviendo solo tan lejos; Don Germán bromeó un poco y se despidió, no quería vender la chacra ni que nadie más la cuide. No quería pasar sus últimos años en la ciudad.

Cuando estaba a escasos veinte metros de la casa, vio al cerdito caminando cerca de una higuera al lado de los gallineros, “¡carajo, se ha soltado!” exclamó, y empezó a correr al mismo tiempo que se arrepentía de no haberlo encerrado en el desván como pensó en un principio, pudo ver que todavía tenía el collar de cuero al cuello, pero no veía la soga, el pequeño animal al verlo venir se asustó y emprendió el vuelo, Don Germán corría tropezándose con las piedras, enredándose con sus propios pies y con su desesperación. Cuando llegó a la higuera el puerco se había elevado a varios metros de altura alejándose al tiempo que agitaba sus alitas de celofán.

Don Germán corrió a la casa, al pie del horcón estaba atada la soga, al otro extremo la argolla de metal se había quebrado de tan oxidada que estaba. Se sentó en la silla, se tomó la cabeza con las manos y se preguntó ¿Qué pasaría con el pobre cerdito? ¿Quién lo encontraría? ¿Cómo podría probar que era suyo si algún conocido lo encontraba? Pidió a Dios que lo encuentre alguien que lo cuide y lo trate bien, alguien que le dé de comer y no deje que se enferme, mientras se amasaba los cabellos de las sienes con ambas manos y enormes lágrimas rodaban por sus arrugadas mejillas.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

LA ESPECIALIZACION Y OTRAS TRISTEZAS

"Un ser humano debería ser capaz de cambiar un pañal, planear una invasión, matar un cerdo, amarrar un barco, diseñar un edificio, escribir un soneto, hacer las cuentas de un balance, construir un muro, ajustar un hueso, consolar a los moribundos, tomar pedidos, dar órdenes, cooperar, actuar en solitario, resolver ecuaciones, analizar un nuevo problema, abonar la tierra con estiércol, programar una computadora, cocinar una comida sabrosa, luchar con eficacia, morir con gallardía. La especialización es para los insectos."
Time Enough For Love (1973). Robert Heinlein

A este punto de la vida me doy cuenta de que he aprendido un montón de cosas. Soy consciente de que me falta aprender mil veces más. Hace unas semanas me senté al borde de la cama luego de levantarme y me sentí mal. Me pregunté ¿Qué estoy haciendo con mi vida? ¿Cuántos libros por leer? ¿Cuántas cosas por escribir? ¿Cuántas flores por plantar? ¿Cuántas personas por conocer?

Ayer le explicaba a mi hija una serie de cosas y ella me decía ¿Papá cómo es que sabes tantas cosas? Yo le contesté que es porque leo. Pero eso no es totalmente cierto. También hay muchas cosas que se deducen. Luego me alegré porque en realidad y hasta este punto, como decía al principio, me he dado el gusto de aprender y hacer cosas de lo más disímiles. He hecho teatro, danza, pintura, dibujo artístico y técnico, se distinguir entre un H2 y un HB, estudié un año de arquitectura, también aprendí mecanografía, serigrafía y encuadernación con prensa. Aprendí a programar eficientemente un computador y asar con éxito un pedazo de carne en la parrilla. He preparado cemento, hecho un contra piso, pintado muros, escribí poemas, diseñé mi casa. Alguna vez ayudé a operar una gata y de muy muchacho le hice cesárea a una liebre. No puedo quejarme

Lo más interesante es que a medida que pasa el tiempo tengo la certeza de que cada cosa que hice y cada lugar donde estuve tuvieron un propósito. Como piezas de un rompecabezas. Aun no sé exactamente a dónde me lleva este camino, pero sé que el sendero esta allí y solo debo seguir adelante.

Cuando leí hace unos meses la cita de Robert Heinlein me sentí sumamente identificado. También creo que la especialización es para los insectos. Uno debe vivir todo, probar todo y no arrepentirse. Tengo la firme convicción de que la frase más inútil que puede decirle un padre a un hijo es “No lo hagas, te lo digo por experiencia, yo ya pasé por eso.”

Me alegro de haber hecho tantas cosas en la vida. Quiero hacer muchas más, diferentes todas ellas. ¿Es bueno no ser una abeja no?

sábado, 30 de julio de 2011

LAS CALLES

La semana pasada llegó el progreso a mi barrio. Topógrafos volvieron a trazar las calles. Maquinaria pesada rellenó lo que eran mini pantanos en tiempo de lluvia. Luego trajeron limpio barro rojo, lo distribuyeron, aplanaron y afirmaron. Ya tenemos calles, no asfaltadas, afirmadas nomás, pero por ahora es suficiente para cambiarle la cara al lugar.

El más agradecido es mi carro. Yo, yo no sé. Todavía tengo la verde vista desde las ventanas de mi casa. Pero se ha perdido ese ambiente montaraz, ya no siento que mi casita está en medio de la selva agreste, ahora vivo en un barrio. El número de mi casa y el nombre de mi calle que antes eran datos abstractos, surrealistas, ahora se han convertido en una pétrea realidad.

Hace tres semanas nos pusieron medidores de luz. El progreso llega rápidamente. Al mismo tiempo que se trazaban, rellenaban y afirmaban las calles, muchos dueños de lotes empezaron a cercar sus predios, algunos ya han descargado ladrillos y arena, otros tablas y calaminas. Seguramente pronto tendré más vecinos, no sé si seguiré escuchando los pajaritos por las mañanas y las cigarras por las noches, ya no sé si vendrán las gallinas con sus pollitos a cruzar mi jardín impunemente, o si las lagartijas de cola verde seguirán tomando el sol al medio día cerca de la cochera.

Dejaré de usar doble par de zapatos como hasta ahora, uno para sacar el carro y subir en él y que al llegar a la oficina me cambiaba por otro bien lustrado que dejo allá. Gastaré menos en amortiguadores para el carro y no tendré que pagarle al chico de la moto guadaña para que corte el pasto frente a casa cada quince días.

Dubi tendrá que acostumbrarse a gente y motos que pasan por la casa, cosa que antes nunca o casi nunca sucedía. Ya no me podré bañar desnudo al aire libre y a la luz del sol (algunas veces a la luz de la luna) como hacía antes los fines de semana luego de trabajar en el jardín.

Así es el progreso, se ganan cosas, se pierden cosas. Tendré que pensar en comprarme una casita un poco más lejos.

sábado, 5 de marzo de 2011

¿QUE TIENEN EN COMUN JUDAS ISCARIOTE, ANTHONY HOPKINS, UMBERTO ECO, NATALIE PORTMAN, EL MEJOR AMIGO DEL HOMBRE ARAÑA Y EL REFRIGERADOR FANTASMA?

Llegando a Lima, después de un increíble viaje como les conté en una nota previa, llegué a la casa de Claudio, mi mejor amigo y primo de cariño. El trayecto del aeropuerto no tuvo mayor relevancia a excepción de que tuve la suerte de que el taxista tomara la ruta de la costanera para llegar a Surco y ver el océano al atardecer es siempre una experiencia que me reconforta gratamente.

Una vez en casa fui recibido cálidamente por la guapa tía Cecilia e inmediatamente después por mi muy querida tía putativa María Eugenia, a quien vi bastante recuperada luego de un feo incidente de salud. La abracé muy fuerte lleno de alegría y presumí que el viaje por la costanera y las visibles mejoras en María Eugenia no eran otra cosa que el preludio de un inolvidable fin de semana.

Luego hablé con Claudio por teléfono y quedamos para encontrarnos en Miraflores a la salida de su trabajo. En el Haití. ¡No! No sean malpensados, Claudio no trabaja en el Haití, trabaja a la vuelta en una importante empresa dedicada a... ahora que lo pienso no tengo claro a qué se dedican principalmente, pero sé que entre otras cosas se dedican a pagarle bien y tratar mejor a Claudio y eso es lo que me importa. ¡Adoro a esa empresa!

Terminando de hablar por teléfono, María Eugenia me dio las instrucciones acerca de la suite de huéspedes y me advirtió que el refrigerador de Piero que también vive en la casa (No es que Piero sea un refrigerador, aunque últimamente parece uno gracias a los kilos ganados, si no el refrigerador de propiedad de Piero que es primo de Claudio y por tanto una especie de primo mío, porque los primos de mi primo... ¡son mis primos!), venía haciendo unos ruidos extraños por la noche. Advertido tomé un baño, me afeité y me alisté para salir.

Una vez en Miraflores, a la altura del Haití, me encontré con Claudio y luego de los abrazos de rigor, nos fuimos caminando a Larcomar, nos pusimos al día y nos dirigimos al teatro de la USIL, allí pudimos disfrutar de “Los últimos días de Judas Iscariote”, Claudio había comprado las entradas unos días antes para garantizar una buena ubicación, obviamente no voy a hacer una ficha técnica porque no es el objetivo de este blog y porque me da flojera y también porque no me da la gana particularmente hoy. Sin embargo pueden abrir una ventanita en el navegador y colocar “google.com” y más abajo buscan “Los últimos días de Judas Iscariote” y les aseguro que obtendrán todos los datos necesarios para regodearse frente a sus amigos de saber que existe una puesta en escena de una obra que se llama “Los últimos días de Judas Iscariote” y si viven en Lima creo que todavía alcanzan a irla a ver. Lo cierto es que me gustó la puesta, un Lucifer (Lou) magistralmente interpretado por Iza. Me gustó mucho Julio César, Pilatos, el Juez… ¡Oh! ¡El Juez!, el fiscal muy bien puesto, judío como tenía que ser y la abogada tibia tibia... Un Judas más o menos convincente y un Jesús que si se hubiese quedado calladito hubiese quedado bien bonito, como los pingüinos de Madagascar. Santa Mónica y la Madre Teresa de Calcuta, interpretadas ambas por la misma actriz, bien caracterizadas. Personajes muy válidos para los fines de la obra. En resumen, bien pagados los treinta y cinco soles de la entrada, que dicho sea de paso, nunca le devolví a Claudio. ¡Bien pagados los setenta soles Claudio! ¡Gracias Totales!

Luego nos fuimos al Café sofá (¿O Sofá café? Nunca puedo acordarme) también en Larcomar y nos metimos una conversa de las cosas de la vida como siempre que nos encontramos. Unas cervezas y a casa, antes de salir de Larcomar nos detuvimos en uno de esos lugares llenos de juegos y cosas raras, así que Claudio (él y sus ideas raras) me invitó a jugar un especie de fulbito de mesa con una pieza circular plana que funge de bola y luego hicimos carreras en una suerte de simulador. ¡Qué difícil es manejar a doscientos cuarenta kilómetros por hora! Felizmente era sólo un simulador, si no estaría escribiendo esta nota desde una camilla de hospital.

Una vez en casa acomodé mi suite, así llamamos a un enorme sofá (muy cómodo por cierto) donde siempre me quedo cuando voy a Lima. Incluso a veces me quedo allí cuando voy por trabajo. Si se están preguntando si no puedo pagar un hotel, pues si puedo, pero hay dos razones principalmente para preferir el sofá: Primero, el calor de hogar: odio levantarme en las mañanas en un sitio tan impersonal como un hotel, así tenga todas las comodidades del mundo y segundo, porque son tan pocas las veces que veo a Claudio, Sergio y Maria Eugenia últimamente, que no quiero perderme ni un minuto de los que podría pasar con ellos.

Apagué la luz (serían las dos de la madrugada) y traté de dormir y fue entonces que advertí el misterioso sonido que venía de la cocina. Efectivamente parecía un fantasma, pero muy similar al sonido o arrullo que hacen las palomas en los tejados y ventanas de las casas: Uhuhuuuu... Uhuhuuuuu... Cerraba los ojos y trataba de dormir y allí estaba el Uhuhuuuu... Uhuhuuuuu... Me levanté y cerré la puerta de la cocina, el sonido disminuyó y pude dormir por fin, creo que en mayor grado por la hora y el efecto de las cervezas que por el hecho de cerrar la puerta de la cocina.

Al día siguiente nos levantamos tarde, como era de esperarse, Claudio se fue a trabajar y yo... yo no pues, ya que estaba de vacaciones y además en Lima. Me levanté con calma y desayuné con María Eugenia, quien fiel a su costumbre hizo cólera con los eventos del día. Como ya les comenté ella tuvo un problema de salud, así lo que menos debe hacer es cólera. Trate de imbuirle de mi espíritu “¡relájate! que no te importe” pero creo que no logré mi objetivo... Conversamos un buen rato, desayunamos y se fue a caminar. Yo me di un baño y luego me fui nuevamente a Miraflores, esta vez sí subí hasta el noveno piso a conocer la oficina del primo Claudio y me gustó. Bonita vista (no podía ser menos a un noveno piso) y ambiente agradable, Claudio sentado por allí en una ubicación preferente y sus secuaces no muy lejos de él. Un ambiente moderno y agradable. Estuvimos allí un rato y luego nos fuimos de compras a San Isidro. No les contaré qué compré en detalle ni cómo. Esto por ninguna razón de privacidad ni nada parecido. Sólo me da flojera, nuevamente. En fin sólo les puedo decir que compré una cámara digital que ya venía necesitando y ropa, uno disfruta más comprando en Lima que en cualquier lugar del país y si es en San Isidro, mejor.

Entre compra y compra se nos fue el día, almorzamos en el patio de comidas de Saga me parece y compramos unas cosas más, luego de regreso a casa. Descansamos un poco y volvimos a Larcomar para ir al cine esta vez. Vimos “El Rito” con Anthony Hopkins, el adelanto de la televisión prometía más. Sin ser una súper película, estuvo bien nomás. Es obvio que una actuación de carácter como la de Anthony Hopkins salva en buena cuenta la película. Hopkins es un actor galés por si acaso, para los que piensen erróneamente que es gringo. Más allá todavía es caballero de la Corte. Sir Philip Anthony Hopkins es de los brillantes actores británicos que con mucho talento son capaces de sacar adelante cualquier personaje, como Sean Connery o Hugh Laurie también.

Luego del cine un café en el Sofá café (¿o Café sofá?) y una larga conversa acerca de metafísica. ¡Qué conversa! Cuántas cosas aprendí esa noche, a través de información directa y a través de feedback, reanalizando mis puntos de vista y replanteándolos. Que nutritivo (intelectualmente hablando) es conversar con alguien como el primo Claudio, que a pesar de ser más o menos diez años menor que yo, tiene un punto de vista de las cosas que no he podido identificar en otras personas que se jactan de sabias y con muchos más años de experiencia.

De regreso a la casa, un poco de navegar la red y a dormir. De pronto de nuevo Uhuhuuuu... Uhuhuuuuu... desde el refrigerador fantasma, nuevamente a cerrar la puerta de la cocina y tratar de dormir. La verdad es que si Maria Eugenia no me hubiese advertido con la debida anticipación, menudo susto que me hubiese llevado la primera noche hasta descubrir que se trataba del bendito aparato.

El sábado nuevamente despertamos tarde, me di una ducha y me puse mi último calzoncillo limpio. Esperé por Claudio y nos fuimos a Polvos Rosados, precisamente para comprar ropa interior, calcetines, música pirata y algunas otras chucherías. Aprovechamos también para ir a Plaza Vea y compramos el tradicional “twelve pack” de Brahma, además de pasta dental, cepillos, máquinas de afeitar, embutidos, queso, aceitunas y etcétera. Al retorno pusimos a helar las correspondientes cervezas y almorzamos un delicioso calentado del día anterior. Por la tarde, luego de descansar un poco, nos fuimos a Crisol, frente al Ovalo Gutiérrez en Miraflores y felizmente ya estaba allí, esperándome como supuse, la más reciente novela de Umberto Eco: “El Cementerio de Praga”, nos pusimos a hojear algunos libros, tristemente no pudimos hojear el de fotografías de Metallica, porque todos los ejemplares estaban embolsados. En eso nos avisan que van a cerrar debido al simulacro nacional de sismo, así que tuve que escoger casi sin pensar algunos títulos más para llevar a casa: El sueño del Celta, Travesuras de la niña mala y El símbolo perdido. Pagamos y nos fuimos a participar del simulacro.

Afortunadamente nadie salió simuladamente herido en el Ovalo Gutiérrez, luego de las sirenas y los “!ohh¡” “¡ahh!” de la gente, entramos al cine para ver esta vez y casi al azar una película ligera, “Amigos con derechos” o sea “trampita nomás” con Ashton Kutcher y Natalie Portman. Película divertida y de formato predecible. Agradable para pasar el rato y para tratar de adivinar las desnudeces de Natalie Portman, que algún maldito editor malditamente cuidadoso tuvo el maldito cuidado de editar cuidadosamente.

Luego del cine nos fuimos al Starbucks Café, frente al cine y a unos pasos. De acuerdo a lo que me cuenta Claudio es el más antiguo de Lima. Allí seguimos conversando un buen rato, de todo un poco y en particular de tecnología. Rato después regresamos a casa, donde aún está despierto el primo Sergio (hermano de Claudio) y nos ponemos a conversar hasta tarde acompañando el verbo con cerveza, aceitunas y cabanossi.

El domingo definitivamente era un día playero, mientras desayunábamos, me quejé con María Eugenia que el refrigerador sonaba más que como un fantasma como una paloma y me dejó confundido la risa de mi tía. La miré y entre carcajadas me dijo:

- Es que Paloma se llama la enamorada de Piero.

Ese Piero, dos palomas por las qué preocuparse. Bueno, lo cierto es que nos alistamos, extendiendo la invitación a Sergio y los tres nos fuimos a la playa El Silencio. Conseguimos un taxista amable que nos llevó por módicos cuarenta soles y no sólo eso, además accedió a quedarse por ahí hasta la tarde para recogernos y llevarnos de vuelta a Surco. En la playa nos asoleamos un poco (no era un día particularmente caluroso) tomamos un par de cervezas y comimos cebiche como debe ser. No nos metimos al mar, porque (recién me enteré) la playa de El Silencio no tiene fondo de mar con declive leve, sino más bien como una especie de pequeño acantilado submarino, motivo por el cual cualquiera que quiera meterse al mar, debe cuando menos saber flotar bien.

Regresando a Lima descansamos un poco y volvimos a Larcomar otra vez, ahora para ver 127 días con James Franco, quien hizo del mejor amigo de Peter Parker en el hombre araña. Yo no tenía muchas expectativas con esta película, pero la verdad es que me atrapó y al final resultó gustándome bastante. Muy buena dirección y se crea convenientemente la ilusión de que el espectador está efectivamente allí sufriendo lo mismo que sufre el protagonista. Noté también que en esta película James Franco se parece mucho a Sam Rockwell cuando interpreta a William "Billy the kid " en Milagros Inesperados o la Milla Verde con Tom Hanks.

Luego fuimos un rato a pasear tiendas en Miraflores, siempre conversando y finalmente a casa. En casa conversamos todavía un poco más. Vimos algo de los Oscars y luego alisté mis cosas para partir. El día lunes temprano Claudio me acompañó a tomar el taxi para el aeropuerto y nos hicimos la promesa de volvernos a ver lo más pronto. No es necesario agregar que fue uno de los mejores fines de semana que he pasado en mucho tiempo. Y ahora ya saben que tienen en común (por lo menos para mí y para Claudio) Judas Iscariote, Anthony Hopkins, Umberto Eco, Natalie Portman, el mejor amigo del Hombre Araña y el refrigerador fantasma con complejo de paloma.

lunes, 21 de febrero de 2011

SECRETOS Y ATRACCIÓN

Hace algunos años, un muy querido y leal amigo me regaló un disco compacto titulado El Secreto, hoy en día es raro que alguien no lo haya visto y por tanto casi todos sabrán de qué se trata lo de la Ley de la Atracción.

Cuando vi el material lo asumí y asimilé. Eran una serie de ideas que yo ya había percibido pero que nunca antes había visto sistematizadas de una manera tan clara. Todo tuvo más sentido a partir de entonces.

Cuando estaba en la secundaria mentalizaba cosas, desde libros que quería tener y que de alguna manera siempre conseguía hasta notas en los exámenes o conocer a alguna chica. Pero ahora recuerdo algunos momentos que podrían inscribirse en entre los clásicos de la Ley de la Atracción de Miguel Vásquez.

Cuando estaba en la universidad soñaba permanentemente con trabajar en un banco, me imaginaba no en una ventanilla, si no en una oficina enorme, alfombrada, de terno impecable, resolviendo problemas complicados que nadie más podría resolver. Cuando yo imaginaba y visualizaba esto con todas mis fuerzas, cualquiera hubiese dicho (y de hecho algunos me lo dijeron) que era un triste sueño de un muchacho estudiante de universidad nacional, con un jean usado y dos camisas por todo patrimonio, con mi chompa ploma de lana con figuras de llamitas y morral del ejército cruzado en el pecho fungiendo de maletín. Barbado y cabelludo más parecía un seguidor del Che Guevara que un funcionario de banco. Adicionalmente, para trabajar en un Banco, salvo que sea de asesor legal, tendría que estudiar economía, administración o contabilidad.

Al paso de los años, el sueño se materializó, una cosa llevó a la otra y fui gerente regional de recuperaciones por seis años de un prestigioso banco nacional y el único en mi tiempo proveniente de una universidad nacional. No será necesario decir que efectivamente mi oficina era enorme, alfombrada y con todas las gollerías correspondientes al cargo.

Hasta allí podría tratarse de una casualidad. Bueno, como muchos de los que me conocen saben, siempre me han gustado las mascotas. Cuando me divorcié dejé con mucha pena mis perros grandes a algunos amigos y la más pequeña junto con mis gatas a mi ex esposa. Sin embargo, ya antes de ello había escrito en mi plan de sueños: “Quiero un perro peruano sin pelo.” Ese plan de sueños anda en mi billetera bien doblado desde al año dos mil cinco si mal no recuerdo. Dejé el banco, litigué un año, trabaje en una mina el dos mil siete, el dos mil ocho concursé para mi actual empleo y vine a la selva. En todo ese tiempo no se me ocurrió comprar un perro, porque en tantos viajes no podría hacerme responsable de su cuidado. Una vez que me establecí en Iñapari, se me ocurrió que ahora si podría, pero ¿de dónde sacar un perro peruano sin pelo en plena amazonia? Sin renunciar al sueño deje que las fuerzas del universo lo decidan.

Aproximadamente en setiembre del dos mil nueve, saliendo de mi oficina veo pasar por la plaza de Iñapari un perro peruano sin pelo de muy buena estampa. Me reí y me acordé de mi plan de sueños. Averigüé de quién era y me informaron que un cocinero pollero de Cusco, había venido a Iñapari a poner un restaurant pollería y que el perro era suyo (lo había traído desde Cusco). Para no hacer larga la historia, el perro tomó la costumbre (sin que nadie lo obligue ni sugiera) de descansar en el día cerca a la puerta de mi oficina, que en ese entonces daba a un pasillo exterior. Nos hicimos amigos y yo le limpiaba las lagañas que su dueño no se daba tiempo de asear, me daba pena verlo abandonado en la calle, todo sucio, mal oliente y con heridas de peleas con perros callejeros. En diciembre el pollero decidió irse y me contó que no sabía qué hacer con el perro. Le dije que me lo deje y así es como Dubi vive en mi casa hace más de un año, le curé sus heridas y las lagañas crónicas, corté las uñas y ahora me mira desde su cama acolchada ubicada justamente frente al escritorio desde donde escribo esta nota. Es un acompañante leal. Si decido escribir hasta las tres de la mañana, él se queda aquí conmigo sin protestar. Cuando termino, sale de la casa sin que le diga nada, se mete en su casita que encargué especialmente a un carpintero de la ciudad. Tiene allí otro colchón, mosquitero y cortina de red en la puerta de acceso para que no se metan los mosquitos, yo creo que es feliz.

Hace poco colgué en facebook la misma foto que acompaña esta nota. Cuando la colgué se me vino a la mente otra cosa: Cuando vivía en Iquitos el año noventa y siete o noventa y ocho, una noche paseando por la ciudad, me fijé en una ventana que daba a la calle, desde donde se podía ver a un tipo, con una camisa blanca, una lámpara sobre el escritorio y una máquina de escribir. Más tarde averiguando, supe que era un escritor que se había autoexiliado a la selva para escribir en paz en ese ambiente paradisiaco. Yo me dije: Algún día tengo que estar así, escribiendo en un lugar igualito en algún punto de la selva.

Cuando vi la foto, me reí de nuevo. No había tomado real conciencia de la ropa que vestía ni de cómo se veía la habitación hasta que vi la foto. Sueño cumplido trece años después.

También soñaba con conocer el Brasil y vivir un tiempo allí. Igual, y sin querer sueño cumplido. Así como esos tengo varios ejemplos similares, de cosas grandes, de cosas pequeñas. Creo firmemente que si uno se concentra y confía en la existencia de la Ley de la Atracción o el nombre que quieran ponerle, la cosa funciona. La casa que tengo ahora se parece también a una de las de mis sueños (todavía tengo varios proyectos más en el papelito doblado en mi billetera)

De todas maneras, como consejo, hay que saber cómo pedir o qué pedir. Cuando mi primer matrimonio empezó a ir mal, pedí de todo corazón poder hacer feliz a la que en ese momento era mi esposa para salvar la relación. Terminé separándome al poco tiempo y divorciándome un par de años después. Alguien podría pensar que falló la Ley de la Atracción. Yo creo que funcionó, a pesar de todo el enorme cariño que le tuve y que todavía le tengo y siendo la persona más maravillosa, inteligente y buena que he conocido en mi vida, yo no hubiese podido hacerla feliz. Ahora ambos estamos mucho mejor, separados, rehaciendo cada uno su vida y siendo todavía amigos. Sé que ella es feliz y por tanto es otro sueño cumplido.

El dos mil siete era fanático acérrimo del doctor Gregory House y quería ser como él, compré todas la temporadas de la serie en CD. Entre febrero y marzo del dos mil ocho sufrí una lesión en la pierna izquierda que me hizo usar bastón durante dos meses. Hay que ser más preciso con los pedidos al universo. Ahora sólo quiero el carácter e inteligencia del Dr. House. Nada más.

Otro sueño cumplido es mi actual trabajo, el lugar donde vivo, el paisaje que tengo frente a mí mientras escribo y un montón de cosas más que me hacen razonablemente feliz. Y sucede algo interesante, a medida que pasan los años, las cosas que visualizo se materializan cada vez más rápido. Pareciera como que uno aprende a canalizar la energía o aprende a tener paciencia. No lo sé. No niego que ahora tengo más recursos como para materializar más rápido esos sueños, pero lo uno es consecuencia de lo otro creo. Lo cierto es que no se deben abandonar los sueños, pero tampoco se puede ir uno a recostar a una cama a esperar que los sueños se cumplan solos. Los sueños que se cumplen son aquellos por los que se lucha. Pero hay que tener cuidado con lo que se sueña.

miércoles, 16 de febrero de 2011

LA RANITA DE LA CASA DE GREENWICH

Cuando recién llegué a Iñapari, pasé mi primera noche en un hotel. Al día siguiente me mudé a un cuarto de madera con baño común para cinco cuartos más, sólo estuve allí quince días porque no era muy cómodo y a raíz del episodio de la rata que ya les contaré más adelante. Luego conseguí una bonita casa de madera de dos habitaciones, baño, cocina y sala comedor.

La casa era un poco vieja, pero bastante bien conservada para la zona y el clima. Sus únicos problemas eran el baño que siendo de material noble estaba en mal estado en comparación del resto de la casa y además la presión del agua no permitía tomar una ducha, así que allí volví a tomar baños de jarra como lo había hecho diez años antes en Iquitos. El dueño de la casa, que me trató muy bien, respondía al curioso apelativo de Grenchi. Así me lo presentaron y cuál sería mi sorpresa cuando al hacer el contrato de alquiler verifiqué en su documento de identidad que su apellido era Greenwich Panduro. La gente de la localidad no podía pronunciar Greenwich y se conformaban con decirle simplemente Grenchi y él no se molestaba.

Lo cierto es que me acomodé en mi nueva casa, felizmente venía con cama y el inquilino anterior me vendió su colchón. Compré un juego de sabanas y algunos elementos básicos para vivir. Al cabo del primer mes, un día me sorprendió luego de entrar un movimiento extraño en el baño. Entré y descubrí una rana de regular tamaño. Al verme ni se movió. Se quedó mirándome desde el lavabo del baño y yo fui por la cámara. Me pareció divertido y le tomé unas fotos, una de ellas es la que se puede ver al inicio de esta nota, la ranita no se inmutó. Me fui a cambiar de ropa y cuando regresé ya no estaba, supuse que se había metido debajo del enorme cilindro plástico donde almacenaba el agua o se había subido a una de las salientes de las ventanas altas del baño.

Durante la semana siguiente no pasó nada extraordinario hasta que un día mientras trataba de conciliar el sueño la vi caminando por la pared del dormitorio, al parecer buscando los mosquitos que suelen dar vueltas cerca de la luz. Me dio la fea impresión de que en cualquier momento podría aparecer en mi almohada y no me gustó la idea. A los dos días llegué del trabajo y nuevamente estaba en una de las paredes del baño, traté de buscar algo con qué espantarla y la muy bendita al verme amenazante no se le ocurrió mejor cosa que lanzarse al cilindro lleno de agua. ¡El agua con la que yo me bañaba! Traté de buscarla y no la veía, la muy astuta se había metido al fondo mismo del barril y yo recién me puse a pensar que probablemente mi cilindro había sido la piscina particular de mi inquilina no deseada y yo me había estado aseando con esa agua. Empecé a vaciar el cilindro con ira en busca de la ranita experta y mientras más agua yo sacaba, más al fondo se escondía la rana. Al final me deshice de casi toda el agua, cargué el cilindro con lo que faltaba y salí a la calle, allí lancé el recipiente boca abajo y me aseguré que la ranita ya no estuviese. Retorné con mi cilindro vacío a casa y está más decir que esa noche no pude darme un baño, al día siguiente lo lavé con lejía y volví a juntar agua, que dicho sea de paso, en Iñapari solo cae de seis treinta a ocho de la mañana.

Cuatro días después al entrar al baño encontré nuevamente a una rana, lo primero que pensé fue que era otra, pero recordé que le había sacado una foto. La busqué en la cámara y confirmé que era la misma. Cuando traté de acercarme, ella rápidamente subió por la pared y se escondió en una saliente de las altas paredes. Le hice guardia durante unos tres días por las tardes hasta que apareció de nuevo, yo ya me había provisto de una vieja canasta de bicicleta de niño y un cartón. Mi propósito no era matarla, sólo alejarla de mi cilindro de agua. Con la escoba la hice caer al piso, le coloqué con cuidado la canasta encima y luego deslicé el cartón por debajo a fin de que se monte sobre él. Una vez que lo hizo volteé mi siniestro artefacto y manteniendo la canastilla tapada salí de la casa, caminé unas cuatro cuadras, y ya cerca al centro de salud, sobre un jardín con bastante vegetación que me pareció apropiado la liberé y me regresé satisfecho a casa.

He oído historias de perros y gatos abandonados o extraviados que luego de caminar varias horas regresan a su hogar, pero nunca de ranas, así que imagínense mi impresión el día que volví a casa (unos diez días después de haber liberado a mi rana cerca del centro de salud) y encontré a la rana de la historia otra vez en el baño. Ya éramos viejos conocidos así que no tuve que confirmar esta vez con la foto que le tomé, noté que apenas me acerqué la ranita trepó raudamente hacia su escondite, es decir ella también me reconocía.

Opté por conseguir una tapa para mi cilindro de agua, pero le seguía haciendo guardia. Un día ya casi al cuarto mes la volví a capturar con el mismo procedimiento y esta vez la liberé en el rio Acre, a más o menos un kilómetro de la casa de Greenwich. No había manera de que pudiese volver y yo estaba contento porque finalmente la ranita estaba en su ambiente. Pasados unos cinco días, la volví a ver en el baño, esta vez no sentí ni sorpresa ni nada, era una especie de broma de mal gusto, solo faltaba la música de la dimensión desconocida de fondo, apenas me acerqué ella se alejó rápidamente. Estaba lejos, pero era ella. Me quedé largo rato pensando en porqué esta rana en particular había escogido mi baño. Lo cierto es que el baño de la casa, con el cilindro de agua en medio y al ser de material noble y recubierto por cerámicos era un espacio bastante fresco en comparación de toda la casa y mucho más que el ambiente en exterior en general, eso explicaba por qué a la rana le gustaba el sitio, pero lo que no me quedaba claro era cómo hacía para volver exactamente al mismo lugar. Recordé las especies que migran miles de kilómetros para regresar a su lugar de origen para desovar o reproducirse y al final me expliqué y convencí racionalmente que después de todo no era tan extraño.

El contrato de alquiler de la casa era por seis meses, a su vencimiento conseguí una casa en mucho mejor estado y con tanque alto de agua y otras comodidades, así que me mudé. El día de la mudanza pude ver a la ranita observándonos desde lo alto de la saliente del baño, incluso en el momento en que saqué toda el agua del cilindro para llevármelo a la otra casa. Tuve especial cuidado de no dejar notas ni nada que pudiera delatar nuestra nueva dirección, y al desempacar las cosas me percaté de que no estuviese escondida en ninguna caja. Por si las dudas no volví a pasar nunca más por la calle donde queda la casa de Greenwich, uno nunca sabe.