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domingo, 3 de marzo de 2013

LAS BENDITAS MALETAS CON RUEDAS PARA LA ESCUELA


¿Por qué los colegios piden ahora maletas? ¿Cómo es que hemos llegado al punto de hacer que nuestros hijos lleven una maleta a la escuela? ¿Es realmente necesario?

Cuando era pequeño iba al colegio con un maletín pequeñito de cuero – tipo ejecutivo –  y una lonchera de cuero también. Ambos hechos por mi papá y repujados por el mismo. En ese tiempo no me daba cuenta, pero hace algunos años me di cuenta que era un lujo que no todos los niños puede tener: Un maletín y lonchera de cuero repujado a mano y personalizado.

Me parece que en tercer grado empecé a usar un maletín de imitación de cuero de cocodrilo – usado por supuesto – con hebilla y una división en el medio tipo fuelle, pero más o menos del mismo tamaño que el anterior. Luego en quinto grado un cartapacio negro de material sintético imitación de cuero, de esos con seguro a presión con llavecita, sin división (por tanto de menor espesor) y no tenía asa, así que lo sostenía de la base y lo llevaba bajo el brazo.

Luego entre sexto de primaria y primero de secundaria con la moda de los maletines tipo James Bond, de alguna manera conseguí uno destartalado, con marco de madera revestido de marroquín y con seguros parecidos a los de las loncheras de plástico, andaba tan mal que cuando caminaba con él, al mismo tiempo que lo sostenía de la asa, usaba el índice para asegurar la tapa y no se me desparramen los cuadernos por el piso.

A partir de segundo de secundaria recuerdo haber empezado a usar un morral del ejército, mi hermano Tony en un viaje que hizo trajo uno del ejército coreano o vietnamita y me lo regaló. Ese morral lo usé hasta quinto de secundaria intercalándolo con el destartalado James Bond y el todavía existente cartapacio negro.

Nunca necesité mochilas ni maletas, es más, no recuerdo que en mi escuela alguien llevara mochila, casi todos usábamos maletines, yo era el más revolucionario con el morral, pero como la directora del Colegio tenía espíritu militar no veía del todo mal a mi indumentaria.

En ese entonces llevábamos pocos cuadernos y muchas ideas. Escribíamos mucho, conversábamos más, jugábamos fulbito con chapitas de gaseosa, los cuadernos eran del tamaño de una cuartilla, uno cuadriculado para matemáticas y otro rayado para lenguaje, en la secundaria aumentaban pero con el horario uno sabía qué llevar; al igual que los libros. Nunca nos torturaron obligándonos llevar kilos y kilos de materiales.

Un niño no debe ser un viajero permanente, debería poder correr, saltar, jugar. ¿Por qué tantos materiales? Veo a los chicos ir cargados de pesadas maletas a la escuela, arrastrándolas con esfuerzo con las dichosas rueditas, en realidad sufriéndolas, además con el calor y los incómodos uniformes. Me pregunto: ¿De verdad usan todos esos libros en un día? ¿De verdad usan todos esos cuadernos en una jornada? A mí me parece que es un engaña muchachos en el que todos los padres caen. A mí no me cuentan cuentos. Nadie puede usar tanto material en un día. Es un truco para que parezca que cada centavo pagado de pensión vale la pena. Nos hacen creer que nuestros chicos reciben una instrucción de primera y no es cierto, basta conversar con los profesores – no todos, pero lamentablemente sí la mayoría – para darse cuenta que no saben cosas básicas, que escriben con horrendas faltas de ortografía, que se saben de paporreta las modernas técnicas educativas pero no saben hilar cuatro ideas complejas en un oficio o en un comunicado.

Prueba de mi teoría es el nivel educativo de los chicos que andan hoy entre los quince a veinte años.  Su manera de escribir, de hablar, de conducirse, sus niveles de violencia verbal e intolerancia, su incapacidad para plantear respuestas inteligentes ante situaciones con algún grado (leve por cierto) de complejidad, es preocupante. Esa generación estudió con mochilas enormes y maletas con ruedas, con enormes listas de materiales escolares y con libros de editoriales prestigiosas. ¿Sirvió? A todas luces no.

Este año yo caí redondito. Se las ingenian bien para hacer parecer que ciertos materiales son necesarios. En realidad prefiero comprar el próximo año una buena mochila Porta o Samsonite en lugar de una maleta de ruedas con una Barbie de plástico en el frente, pero esta vez no me dio tiempo para explicarle a mi hija.  Entiendo que a veces es difícil luchar contra las ilusiones de los chicos y el imperativo social (todas la chicas usan mochilas o maletas de Barbie o de las princesas); ¿Pero acaso no es ese nuestro rol como padres? ¿Debemos dejar que nuestros hijos sigan al rebaño? ¿No debemos acaso cumplir con el deber de hacer que sean seres pensantes, que razones sus decisiones? Me doy cuenta que he cometido una falta de consecuencia enorme. Nos la pasamos despotricando en las redes sociales contra el consumismo y luego a la primera oportunidad caemos en el juego. Yo he caído en el juego. Mea culpa.

El próximo año compraré una mochila sólida, contundente y cómoda, mi hija no lo entienda muy bien tal vez, pero me lo agradecerá y valorará en el futuro, así como yo agradezco y valoro la lonchera y maletín de cuero que me hizo con sus propias manos mi papá.

lunes, 31 de diciembre de 2012

LO QUE NOS DEJARON LOS QUE NOS DEJARON


Este año falleció mi padre, el diecisiete de diciembre. La causa fue por cáncer. A pesar de saber hace tiempo de su enfermedad, tomé la decisión personal – y quienes me conocen lo entienden – de no hacer apología al cáncer lamentado el hecho, pidiendo oraciones o compartiendo posts que se supone despiertan conciencia. Comprendo perfectamente a quienes han sido tocados por esta enfermedad directa o indirectamente y reaccionan de esa manera, pero en mi caso no quise hacerlo en ese momento y no pienso hacerlo ahora. Creo firmemente que el cáncer como muchas otras enfermedades de nuestros tiempos es consecuencia tan solo de nuestros – cada día peores – hábitos alimenticios y malas costumbres cotidianas, a lo que debe sumarse la contaminación, polución y un pequeño porcentaje de predisposición genética. 

Sin embargo este post no es sobre el cáncer, es sobre mi padre, quien por cierto llevó una vida más o menos saludable, fumó mucho pero lo dejó hace buena cantidad de años también. También bebió bastante como todo militar y también dejó de hacerlo hace mucho tiempo. Sobrepasó los setenta años y me parece que es un buen número. No sé si al final estuvo contento o satisfecho con su vida. No se puede juzgar eso, ese es un asunto que cada uno resuelve en el momento apropiado con su propia conciencia y que inevitablemente nos tocará a todos tarde o temprano.

Esta nota me ha sido difícil de escribir y por ello he dejado que pasen tantos días desde su partida. He buscado en mis recuerdos para encontrar lo que me queda de él. Una de las cosas más evidentes es el parecido físico. Cuando era niño todo el mundo lo decía, ahora es más claro, me veo al espejo y lo veo a él como yo lo veía cuando tenía ocho o diez años.

No recuerdo haber jugado de niño con mi papá. He hecho el esfuerzo y no viene a mi memoria imagen alguna. Ni armar una cometa, ni remoler un trompo, ni siquiera una partida de ajedrez. No recuerdo muchas conversaciones con él. Recuerdo algunos episodios en que me pedía que lo acompañe a su casa y me hablaba, no recuerdo que hayan sido conversaciones propiamente. Recuerdo haberlo escuchado y recuerdo mucho de lo que me decía, pero eso es normal en mí, a edad temprana tendía siempre a escuchar más que a hablar.

Si tengo que ponerme a encontrar huellas, puedo señalar algunas – casuales o no – que fueron gravitantes en mi vida. A mi padre le gustaba leer, yo lo vi leyendo pocas veces, pero sí dejó varios libros en la casa de mi mamá, que fueron mis primeros libros como les conté en otra nota. Eso fue determinante, hizo que germinara en mí la semilla de la lectura y solo por eso mi padre debe ser uno de los mejores padres del mundo. Alguien podría decir que eso fue circunstancial, yo mismo pensé eso mucho tiempo, pero ahora sé que cada cosa pasa por alguna razón.

Mi padre tenía una pequeña biblioteca en su casa. También influyó en mí aunque recién en estos días me haya dado cuenta.

Otra huella fue su integridad profesional. Uno de mis recuerdos persistentes en mi infancia es haberme encontrado con personas que conocían a mi papá, yo en compañía de alguno de mis hermanos mayores, tíos o mi mamá y me decían desde: “Tu padre es un hombre recto” hasta “tu viejo es bien verde” expresión que soltó uno de sus ex alumnos del Colegio Militar Francisco Bolognesi. Nunca recibí otra referencia de él de los terceros, incluso hasta bien avanzada mi adolescencia. Siempre tuve esa imagen de él y quiéralo o no, sea consciente o no de ello, todo hijo toma como paradigma a su padre (sea este paradigma errado o no) Y yo no fui la excepción y esa es la segunda razón por la que sin proponérselo conscientemente mi padre fue mi mejor ejemplo para la persona que creo ser hoy o cuando menos me propongo ser.

Como padre o cabeza de familia no puedo decir mucho, tuvo sus razones y cada uno se enfrenta a ellas como puede. Por mi parte lo que me afectó fue ver sufrir a mi madre en aquellos años y me propuse no  cometer en mi vida – cuando menos familiar – el mismo error que él, romper la línea, la tendencia, hacer el quiebre. He tratado tanto de hacerlo y con tanta intensidad que a veces me asusto. Por eso me afectó tanto mi divorcio en mi primer matrimonio a pesar de que no lo dejé notar. Sentí que había fracasado en ese propósito. Ahora no lo tengo tan claro. Insisto, a veces las cosas pasan porque hay una razón más allá que solo descubrimos después.

Recuerdo que mis hermanos le temían y se quejaban de que no cubriera los gastos escolares. Yo crecí con esa idea, pero hace algunos años ya, me di cuenta que por alguna razón a mí nunca me negó nada, a lo mucho se demoró un poco, pero no recuerdo que haya negado algo, incluso esa vez que rompí un vidrio en el colegio y aterrado le pedí el dinero para reponerlo, él se sonrió y sacó el dinero de su billetera. Claro, no siempre era tan fácil, a menudo salía con la famosa frase “¿Crees que soy un banco?” que inconscientemente he usado yo también muchas veces, pero igual siempre me apoyó en los estudios por lo menos hasta el cuarto de secundaria.

En el ochenta y seis nos alejamos mucho por tonterías – ahora lo sé – y a pesar de eso pagó cuando menos mi inscripción para postular a la universidad, y cuando más adelante abandoné arquitectura e ingresé a derecho, a regañadientes le entregó a mi hermano el dinero para la matrícula del primer año.

Pasaron muchos años sin que yo le pidiera nada, nunca sabré que hubiese pasado si me hubiese acercado a pedirle, nuevamente de manera inconsciente me ayudó a hacerme independiente y valerme por mi mismo, cosa que ahora me resulta de mucha utilidad. La siguiente vez que me ayudó económicamente fue para mi colegiatura en el colegio de abogados luego de que me gradué. Noté que lo hizo sin nada de molestia, pude notar que estaba orgulloso, como lo estaba este ocho de agosto cuando juramenté en Arequipa en mi nuevo cargo junto con mi hermano mayor.

También es cierto que a veces tuvo reacciones raras, como la que me marcó respecto a mi relación con las navidades y que conté en una de las primeras notas de este blog. Supongo, como lo señalé esa vez, que era porque quería endurecernos, su formación castrense así se lo trazaba. A pesar de esa formación, debo señalar y me conmueve al escribirlo, que mi padre jamás, pero jamás, me puso un dedo encima.

De todos los recuerdos, de los cuales he resumido la mayoría aquí, me llevo la vocación por la lectura y su ejemplo de rectitud. No fue un padre cariñoso, de decir te quiero o de abrazar, sobre todo en su juventud. En los últimos años lo vi y sentí menos recio. De hecho yo cambié mi trato con él, cuando era chico le decía papá, en la adolescencia le decía “pá” y recién desde el noventa y ocho empecé a decirle “papacho” o “papito”, en febrero de este año me dio una alegría enorme que pudiera conocer a mi hija al fin y que la haya tratado con tanto cariño. Me alegra mucho haberla llevado al fin a Mollendo y que haya podido conocer a su abuelito.

Las cosas pasan por algo, yo le digo todos los días a mi hija que la amo. Cada día la abrazo fuerte y juego con ella cada vez que puedo. A veces me pide jugar con ella, acompañarla y arroparla antes de dormir y muchas veces le he dicho “ahora no, estoy haciendo” o “ahora no, estoy viendo la tv”, y luego me arrepiento. Me levanto y me voy con ella. No sé si hago lo correcto, tal vez crezca muy blanda y sin la dureza necesaria para esta vida, sé que no estaré eternamente para protegerla, pero mientras esté lo haré. Creo que eso me enseñó mi padre, aunque sea indirectamente.

Siento que mi padre fue un buen hombre. Pienso en él ahora y sé que hizo su mejor esfuerzo, se equivocó en muchas cosas probablemente, pero nadie empieza a ser padre con un manual al lado. Le tocaron cosas difíciles, eran otros tiempos, existían otros paradigmas, otras formas de criar y educar. Creo que la mejor muestra de su invisible presencia es que ninguno de sus hijos haya hecho una vida orientada al desorden o al mal vivir. Esto sin restarle el enorme mérito a mi madre que se dio entera por nosotros durante cada día de su vida y hasta ahora; y que el día del sepelio, pese a estar separada de él por casi cuarenta años, lloró profundamente al único hombre de su vida.  

sábado, 3 de diciembre de 2011

LIMA, CAFÉ, VINO, EL COLOMBIANO QUE VINO Y DOS LIBROS INESPERADOS

El veintitrés del mes pasado partí rumbo a Lima en un accidentado viaje en su primera etapa, de esos en los que hay que hacer cinco cosas por día y si falla una se descalabran las demás. Fui ligero de equipaje porque sabía lo que me esperaba. No llevé lentes oscuros ni cámara fotográfica y respecto a la ropa, lo mínimo indispensable.

En Puerto Maldonado y luego de hacer todas las gestiones programadas durante la mañana, imprescindibles por cierto, me fui al aeropuerto en el consabido torito, la versión terrestre del peque peque. Una vez allá, esta vez no tuve quejas, noté con alegría que el restaurant ha cambiado de aspecto y diseño. Pero el dueño sigue siendo el mismo, lo que es muy saludable, porque ha tendido el valor de cambiar los paradigmas de su negocio. También noté con felicidad que el señor ese malhumorado que antes hacía de mozo, ya no está más.

El viaje fue pesado debido a que el avión se quedó más de una hora parado en Cusco, nos contaron el cuento chino del combustible y la parada técnica, pero con mis kilómetros de recorrido noté que era por un tema de visibilidad, el cielo estaba cerrado por las nubes.

Fiel a los buenos amigos, me fui al departamento de Claudio apenas llegué a Lima, el depa está ubicado en una zona que no podría ser mejor y está muy bonito y acogedor. El primer día nos fuimos de shopping y paseo. Compramos unos buenos libros, infaltables Bryce y Vargas Llosa y una recomendación especial, un libro de cómo explicar las ideas mediante dibujos simples, un éxito. Luego canjeamos puntos por fragancias metiendo la nariz en una caja llena de café de rato en rato y al final compramos un vino y nos fuimos a beberlo al departamento junto con el primo Sergio.

Pude notar en los días que estuve que la mamá de Claudio está muy bien, se agita un poco pero está conversadora y alegre como siempre y eso es un muy buen síntoma. También se queja del agua que corre, el viento que azota, los pajaritos que no cantan, la mesa que regaló y la que falta comprar, la familia, las amigas y las vecinas… pero ¿es o no un buen síntoma? Yo creo que sí. Si la hubiese encontrado calladita, me hubiese preocupado. Yo la quiero mucho tal cual.

El día más divertido fue el viernes. Había un evento de presentación de un nuevo producto en la empresa donde trabaja Claudio. Allí me presentó a un colega suyo – por gerente – y mío – por abogado – que había venido al Perú para el lanzamiento.

El colombiano, un tipo simpatiquísimo, nos fuimos a tomar unas cervezas con él, Claudio y Sergio a Larcomar y luego unos tragos de nombre indescifrable en algún antro de Miraflores, conversamos largo y me di cuenta que nuestro invitado tenía un talento muy peruano y seguramente más colombiano: ¡Qué manera de hacer uso de la antológica e imperecedera técnica, tan peruana ella, del floro! Veinte mil palabras para decir una sola cosa. ¡Lo máximo!

Pasamos un buen rato y luego en medio de una típica garúa limeña de madrugada nos fuimos a descansar. Yo dormí solo tres horas porque tenía que estar en el aeropuerto a las nueve de la mañana. En el trayecto el taxista casi choca dos veces. Yo creo que andaba nervioso, lo confirmé porqué le pregunté ¿Qué has hecho anoche compadre?, después del segundo incidente y me dio una larga explicación de porqué casi choca. Justificación no solicitada. Ya saben cómo funciona.

Lo cierto es que ese mismo día por la tarde estuve en mi casa. Allí descubrí una grata sorpresa, Claudio me dio un paquete conteniendo los libros que gané en el concurso nacional de ensayos organizado por el Centro de Investigaciones Judiciales del Poder Judicial de mi país, ello junto al diploma que le entregaron cuando asistió a la ceremonia de premiación en mi representación. No me alentaba mucho la idea porque sabía que los libros eran ejemplares de la revista oficial del Poder Judicial, así que no me entusiasmaba mucho porque yo ya tenía esos ejemplares en mi biblioteca, es decir ahora los iba a tener por partida doble. Pero lo bonito es que cuando abrí el paquete ya en Iñapari, descubrí con alegría que además de la revista había tres ejemplares más que yo no había considerado. Uno de ellos la impresión de los acuerdos plenarios en materia penal de la Corte Suprema de diciembre del año pasado, pero más importante: Dos libros, en tapa dura, de la historia de la Corte Suprema, un fino, exhaustivo y detallado trabajo de la historia jurídica del Perú republicano, ambos de la autoría mi querido amigo arequipeño, excelente académico y mejor historiador Carlos Ramos Núñez, quien es en este momento sin duda alguna el mayor experto en el Perú acerca de historia del Derecho.

Así que finalmente me traje de Lima bonitos recuerdos como siempre, varios buenos libros dos de ellos sorpresivos, buenas noticias, un nuevo amigo y sobre todo la alegría de haber pasado buenos ratos con Claudio y su familia, que siempre son mis mejores momentos cada vez que voy a Lima.

domingo, 25 de septiembre de 2011

CONFUNDIENDO LA FICCION Y LA REALIDAD

Cuando Dan Brown publicó “El código Da Vinci” la iglesia católica se opuso rotundamente a su difusión e invirtió tiempo y dinero en desacreditar la novela y establecer a sus fieles primero prohibiciones y luego explicaciones de que los datos e historias plasmadas en la novela no eran reales.

Esta situación me pareció anecdótica, sin embargo siempre hay personas que tienden a pensar que los cuentos y novelas son testimonios personales o historias verdaderas. Desde esa perspectiva el sistema de justicia de Estados Unidos debió haber utilizado “El Padrino” de Mario Puzzo como evidencia en algún expediente criminal o “Collacocha” de Solari Swayne debería ser un documento obligatorio en las clases de historia del Perú en las escuelas.

Pero aunque resulte curioso, el comportamiento de la iglesia católica no es singular, lo mismo sucedió con las autoridades del Colegio Militar Leoncio Prado cuando se publicó la novela de Vargas Llosa “La ciudad y los perros”, llegando al extremo de hacer una hoguera con los libros del escritor como una muestra de rechazo.

De igual manera los amigos de Jaime Bayly entraban en pánico con cada una de las primeras novelas del escritor, sufriendo con la aparición de los personajes en lo que se sentían representados u otros más hábiles explotaban el parecido para exponerse a la prensa.

También tiene que ver la irresponsabilidad de algunos escritores. Muy pocos cometen el error de decir “si, tal o cual personaje es tal o cual persona en la vida real”, lo que además de ser irresponsable es falso, porque una vez que el personaje se introduce en una novela toma vida propia, se independiza de la persona que sirvió parcial o totalmente de inspiración.

Una anécdota que siempre recuerdo es aquella de Mario Vargas Llosa, al que le preguntan en alguna ocasión acerca de quién mató a “el Esclavo” en “La ciudad y los perros”, Vargas contestó con toda la sinceridad del mundo: “No sé.” Es cierto, cuando uno escribe (y quienes lo hacemos o intentamos hacer lo sabemos bien) los personajes adquieren una personalidad propia en el mismo desarrollo de la historia y a veces toman sus propias decisiones al margen de la voluntad del escritor. Muchas veces mis cuentos han terminado con finales totalmente distintos a los que yo había planeado.

Haciendo un paréntesis, la desproporcionada reacción de la iglesia católica frente a la novela de Brown, a la luz del tiempo transcurrido, nos deja dos conclusiones, una de causa y otra de consecuencia. La causal está referida a que los jerarcas de la iglesia católica comprendieron algo que es un hecho de dominio público en muchos sectores, pero no totalmente aceptado: La educación de las personas tiene un nivel tan bajo, que muchos no entienden o distinguen todavía el concepto de novela y ficción, por lo que la iglesia se aterró ante la idea de que muchos de sus fieles, analfabetos funcionales, cuestionaran su fe a partir de la información obtenida. Tal vez sea un poco exagerado, pero si bien muchos comprenden que “Yo visité Ganímides” es un libro de ciencia ficción, para muchos podría ser la bitácora de un viaje verdadero. Ese fue el temor de la iglesia respecto a la novela de Brown, que la mayoría de sus fieles no pudiese distinguir realidad de ficción y cuestionaran su fe en función a los argumentos de la novela. Respecto a la conclusión de consecuencia: La prohibición que hizo la iglesia católica a sus files no hizo otra cosa que disparar las ventas del libro de Brown. La gente está ávida de escándalo, de chisme, de “a ver si es cierto”. Los aspavientos de la iglesia sugirieron que “algo de verdad debe tener ese libro” y terminaron favoreciendo a quien menos querían favorecer: al autor.

En nuestro medio, cada vez que un personajillo farandulero publica un libro, es como lanzar un “reality show”, la población hace gala de su mórbido interés de la vida ajena y compra y comenta el libro. Si el autor tiene la decencia de afirmar con la debida contundencia que la novela es ficción, la gente pierde interés.

Cosa diferente son las biografías, donde al autor pone a conocimiento público su vida, en una especie de documental escrito. De igual manera los ensayos, crónicas y estudios pueden ser sometidos al escrutinio público para ser criticados, desvirtuados, comentados, sopesados, rebatidos o complementados. La novela y el cuento no. Al ser creaciones artísticas compuestas de ficción no resisten mayor debate que el formal. La estética y la técnica pueden ser discutibles, si la historia es verosímil o no, el desarrollo adecuado de las características de los personajes o, también, la precisión histórica, como por ejemplo errar poniendo en boca de un cónsul romano precristiano las palabras “Papado” o “América”.

Los personajes de una historia a veces son totalmente ficticios, como el vampiro Lestat de Anne Rice, pero no cabe duda que este Lestat debe tener en su personalidad algunos rasgos de algún conocido de Rice o de ella misma. Pero a nadie se le ocurriría afirmar que Lestat es Rice en la vida real. Los que escribimos o lo intentamos, construimos nuestros personajes con pedacitos de varias personas reales, dosis más, dosis menos; los espacios y las anécdotas siempre toman un poco de aquí y otro de allá y en función a la capacidad imaginativa y necesidad del trabajo, se crean totalmente. Nunca he estado en un campo de concentración nazi pero alguna vez tuve que describir uno, y me imaginé con claridad la habitación de un hotel barato de la Rue de Vaugirard en París en los años cincuenta del siglo pasado a pesar de nunca haber estado allí y de haber estado no luciría hoy como hace sesenta años.

Como señalé líneas arriba, puede ser incluso que algún personaje se parezca mucho a uno de la vida real, pero desde que se plasma en el cuento o la novela, deja de ser la persona o personas en que se inspiró, adquiere vida propia; el lector le asigna un rostro, un cuerpo, un tono de voz o de piel, un acento, las expresiones, el lector rellena todos los espacios en blanco que deja el autor a veces adrede y a veces sin querer. El personaje que el lector concibe nunca más es el que el autor diseñó y con mayor razón nunca es aquél en el que el autor se inspiró.

Cuando Vargas Llosa escribió “La tía Julia y el Escribidor” la tía Julia de la vida real escribió una novela de “respuesta” llamada “Lo que Varguitas no dijo” o algo así, nunca perdí mi tiempo leyéndola. Nadie escribe una historia para que los que se sienten aludidos hagan una “respuesta.” Pienso que la literatura no debe ser usada como vehículo personal. No estoy de acuerdo en usar los cuentos o novelas para “enviar mensajes” a otras personas. Para eso están los ensayos y crónicas desde mi modesto punto de vista, acepto que otras personas pueden tener una perspectiva distinta respecto a este tema en particular, pero no es mi caso. Yo soy un cazador de historias, siempre estoy atento a la información alrededor mío o lo que me pasa y a partir de allí escribo y agrego lo que mi imaginación me dicta.

A veces los académicos quieren interpretar cosas más allá de las que realmente son. Vargas Llosa ha dicho que escribe para vivir en sus personajes lo que no podría vivir siendo él mismo. Bryce y García Márquez han dicho que escriben para que los quieran. Yo escribo por una mezcla de las dos cosas. Estoy seguro que todos ellos lo hacen siempre por placer. Yo también.

Contaba García Márquez que el profesor de uno de sus hijos en la escuela les dejó una tarea acerca de “El Coronel no tiene quien le escriba”, sin saber que el muchacho era hijo del escritor. El niño le contó a su padre que el profesor afirmaba que la novela era una obra maestra porque García Márquez había logrado personificar en el gallo El Pueblo y en el Coronel al Estado y en los amigos de Agustín, el hijo fallecido a los burgueses, García Márquez se echó a reír y se alegró no haber puesto el final que había pensado originalmente: El Coronel harto del asunto, le torcía el pescuezo al gallo y hacía un caldo.

martes, 30 de agosto de 2011

JOAQUIM MACHADO DE ASSIS


“[…] por medio de carteles manuscritos y pegados en la puerta de la cámara municipal, o por medio de matraca.”
“Más en qué consistía este segundo uso. Se contrataba un hombre, por uno o más días, para andar por las calles del pueblo, con una matraca en la mano.”
De cuando en cuando, tocaba la matraca, se reunía la gente, y él anunciaba lo que correspondía – un remedio para la fiebre, unas tierras de labranza, un soneto, un donativo eclesiástico, las mejores tijeras del pueblo, o el más bello discurso del año, etc. El sistema tenía inconvenientes para la paz pública; más era conservado por la gran energía de divulgación que poseía. Por ejemplo, uno de los concejales – aquél que justamente más se opusiera a la creación de la Casa Verde –, disfrutaba una reputación de perfecto adiestrador de serpientes y monos, a pesar de que nunca domesticara uno solo de esos bichos; sin embargo tenía el cuidado de hacer trabajar la matraca todos los meses. Y dicen las crónicas que algunas personas afirmaban haber visto cascabeles bailando en el pecho del concejal; afirmación perfectamente falsa, mas debida a la absoluta confianza en el sistema. […]”


El Alienista e O Espelho. Rio de Janeiro. Editorial Ediouro 1996. Pág. 27
No cabe duda que uno de los mejores encuentros que he tenido en los últimos años ha sido el que he tuve con Joquim Machado de Assis. No había tenido la oportunidad de leerlo antes, debido probablemente a una cuestión que alguna vez un escritor argentino describió genialmente: Los latinoamericanos que hablamos español pensamos que podemos leer fácilmente portugués, y los brasileños piensan lo mismo respecto al español. Al final los libros no se traducen y dado que en realidad no es tan fácil leer en portugués para un hispanoparlante y viceversa, terminamos no conociendo a sus autores y ellos no conocen los nuestros.

Mi azaroso contacto reciente con el idioma portugués y la necesidad de sacarlo de algún cajón donde lo tenía guardado, me permitió rescatar a este valiosísimo autor. Primer llegó a mis manos (por casualidad también hace tres años) una novela breve llamada “A mão e a luva” (1874) de muy buena factura poética y claramente decimonónica en su estructura y planteamiento. Luego tuve la fortuna de leer “Dom Casmurro” (1899) que en el Brasil se considera un clásico de la literatura. No se debe olvidar que Machado de Assis es el fundador de la Academia Brasileña de la Letras y es considerado el padre de la literatura en Brasil. En “Dom Casmurro” hace un inteligente análisis de la sociedad brasileña de su época, lo que me hizo recordar el trabajo de Bryce en su momento con “Un mundo para Julius” o “No me esperen en abril”.

Recientemente leí “O Alienista e O Espelho” (1882), que contiene dos trabajos, una novela corta “O alienista” y un cuento breve “O espelho”. Respecto a “O alienista” percibo una claro antecedente de realismo latinoamericano de excelente concepción. Si no fuese por la falta del ingrediente mágico, bien podría haber sido confundido un texto de García Márquez traducido al portugués.

La historia se teje sobre la idea de un manicomio de la época, el primero probablemente, denominado “La Casa Verde” por el color de sus ventanas, el término “alienista” bien puede traducirse como “siquiatra”. Es la historia pues de un siquiatra en un pueblo del interior y cómo la existencia de la casa atestada de locos, afecta la vida de toda la población, incluso su vida política. No deja de percibirse la clara crítica social.

Cuando leí los primeros episodios y las descripciones diáfanas e inteligentes que hace Machado de Assis acerca de la locura, no pude evitar traer a la mente “Verónica decide morir” de Coelho, y no me quedó duda alguna que la distancia entre los dos escritores brasileños no solo es temporal, la distancia en calidad, si se pudiese usar el término, es infinita. Si alguien quiere leer acerca de la locura, dejen de un lado a Coelho y recurran sin duda alguna al maestro Machado de Assis en este genial texto.

Finalmente, una lectura recomendable e imperdible diría yo. Machado de Assis, brasileño inmortal, un maestro de todos los tiempos.

sábado, 5 de marzo de 2011

¿QUE TIENEN EN COMUN JUDAS ISCARIOTE, ANTHONY HOPKINS, UMBERTO ECO, NATALIE PORTMAN, EL MEJOR AMIGO DEL HOMBRE ARAÑA Y EL REFRIGERADOR FANTASMA?

Llegando a Lima, después de un increíble viaje como les conté en una nota previa, llegué a la casa de Claudio, mi mejor amigo y primo de cariño. El trayecto del aeropuerto no tuvo mayor relevancia a excepción de que tuve la suerte de que el taxista tomara la ruta de la costanera para llegar a Surco y ver el océano al atardecer es siempre una experiencia que me reconforta gratamente.

Una vez en casa fui recibido cálidamente por la guapa tía Cecilia e inmediatamente después por mi muy querida tía putativa María Eugenia, a quien vi bastante recuperada luego de un feo incidente de salud. La abracé muy fuerte lleno de alegría y presumí que el viaje por la costanera y las visibles mejoras en María Eugenia no eran otra cosa que el preludio de un inolvidable fin de semana.

Luego hablé con Claudio por teléfono y quedamos para encontrarnos en Miraflores a la salida de su trabajo. En el Haití. ¡No! No sean malpensados, Claudio no trabaja en el Haití, trabaja a la vuelta en una importante empresa dedicada a... ahora que lo pienso no tengo claro a qué se dedican principalmente, pero sé que entre otras cosas se dedican a pagarle bien y tratar mejor a Claudio y eso es lo que me importa. ¡Adoro a esa empresa!

Terminando de hablar por teléfono, María Eugenia me dio las instrucciones acerca de la suite de huéspedes y me advirtió que el refrigerador de Piero que también vive en la casa (No es que Piero sea un refrigerador, aunque últimamente parece uno gracias a los kilos ganados, si no el refrigerador de propiedad de Piero que es primo de Claudio y por tanto una especie de primo mío, porque los primos de mi primo... ¡son mis primos!), venía haciendo unos ruidos extraños por la noche. Advertido tomé un baño, me afeité y me alisté para salir.

Una vez en Miraflores, a la altura del Haití, me encontré con Claudio y luego de los abrazos de rigor, nos fuimos caminando a Larcomar, nos pusimos al día y nos dirigimos al teatro de la USIL, allí pudimos disfrutar de “Los últimos días de Judas Iscariote”, Claudio había comprado las entradas unos días antes para garantizar una buena ubicación, obviamente no voy a hacer una ficha técnica porque no es el objetivo de este blog y porque me da flojera y también porque no me da la gana particularmente hoy. Sin embargo pueden abrir una ventanita en el navegador y colocar “google.com” y más abajo buscan “Los últimos días de Judas Iscariote” y les aseguro que obtendrán todos los datos necesarios para regodearse frente a sus amigos de saber que existe una puesta en escena de una obra que se llama “Los últimos días de Judas Iscariote” y si viven en Lima creo que todavía alcanzan a irla a ver. Lo cierto es que me gustó la puesta, un Lucifer (Lou) magistralmente interpretado por Iza. Me gustó mucho Julio César, Pilatos, el Juez… ¡Oh! ¡El Juez!, el fiscal muy bien puesto, judío como tenía que ser y la abogada tibia tibia... Un Judas más o menos convincente y un Jesús que si se hubiese quedado calladito hubiese quedado bien bonito, como los pingüinos de Madagascar. Santa Mónica y la Madre Teresa de Calcuta, interpretadas ambas por la misma actriz, bien caracterizadas. Personajes muy válidos para los fines de la obra. En resumen, bien pagados los treinta y cinco soles de la entrada, que dicho sea de paso, nunca le devolví a Claudio. ¡Bien pagados los setenta soles Claudio! ¡Gracias Totales!

Luego nos fuimos al Café sofá (¿O Sofá café? Nunca puedo acordarme) también en Larcomar y nos metimos una conversa de las cosas de la vida como siempre que nos encontramos. Unas cervezas y a casa, antes de salir de Larcomar nos detuvimos en uno de esos lugares llenos de juegos y cosas raras, así que Claudio (él y sus ideas raras) me invitó a jugar un especie de fulbito de mesa con una pieza circular plana que funge de bola y luego hicimos carreras en una suerte de simulador. ¡Qué difícil es manejar a doscientos cuarenta kilómetros por hora! Felizmente era sólo un simulador, si no estaría escribiendo esta nota desde una camilla de hospital.

Una vez en casa acomodé mi suite, así llamamos a un enorme sofá (muy cómodo por cierto) donde siempre me quedo cuando voy a Lima. Incluso a veces me quedo allí cuando voy por trabajo. Si se están preguntando si no puedo pagar un hotel, pues si puedo, pero hay dos razones principalmente para preferir el sofá: Primero, el calor de hogar: odio levantarme en las mañanas en un sitio tan impersonal como un hotel, así tenga todas las comodidades del mundo y segundo, porque son tan pocas las veces que veo a Claudio, Sergio y Maria Eugenia últimamente, que no quiero perderme ni un minuto de los que podría pasar con ellos.

Apagué la luz (serían las dos de la madrugada) y traté de dormir y fue entonces que advertí el misterioso sonido que venía de la cocina. Efectivamente parecía un fantasma, pero muy similar al sonido o arrullo que hacen las palomas en los tejados y ventanas de las casas: Uhuhuuuu... Uhuhuuuuu... Cerraba los ojos y trataba de dormir y allí estaba el Uhuhuuuu... Uhuhuuuuu... Me levanté y cerré la puerta de la cocina, el sonido disminuyó y pude dormir por fin, creo que en mayor grado por la hora y el efecto de las cervezas que por el hecho de cerrar la puerta de la cocina.

Al día siguiente nos levantamos tarde, como era de esperarse, Claudio se fue a trabajar y yo... yo no pues, ya que estaba de vacaciones y además en Lima. Me levanté con calma y desayuné con María Eugenia, quien fiel a su costumbre hizo cólera con los eventos del día. Como ya les comenté ella tuvo un problema de salud, así lo que menos debe hacer es cólera. Trate de imbuirle de mi espíritu “¡relájate! que no te importe” pero creo que no logré mi objetivo... Conversamos un buen rato, desayunamos y se fue a caminar. Yo me di un baño y luego me fui nuevamente a Miraflores, esta vez sí subí hasta el noveno piso a conocer la oficina del primo Claudio y me gustó. Bonita vista (no podía ser menos a un noveno piso) y ambiente agradable, Claudio sentado por allí en una ubicación preferente y sus secuaces no muy lejos de él. Un ambiente moderno y agradable. Estuvimos allí un rato y luego nos fuimos de compras a San Isidro. No les contaré qué compré en detalle ni cómo. Esto por ninguna razón de privacidad ni nada parecido. Sólo me da flojera, nuevamente. En fin sólo les puedo decir que compré una cámara digital que ya venía necesitando y ropa, uno disfruta más comprando en Lima que en cualquier lugar del país y si es en San Isidro, mejor.

Entre compra y compra se nos fue el día, almorzamos en el patio de comidas de Saga me parece y compramos unas cosas más, luego de regreso a casa. Descansamos un poco y volvimos a Larcomar para ir al cine esta vez. Vimos “El Rito” con Anthony Hopkins, el adelanto de la televisión prometía más. Sin ser una súper película, estuvo bien nomás. Es obvio que una actuación de carácter como la de Anthony Hopkins salva en buena cuenta la película. Hopkins es un actor galés por si acaso, para los que piensen erróneamente que es gringo. Más allá todavía es caballero de la Corte. Sir Philip Anthony Hopkins es de los brillantes actores británicos que con mucho talento son capaces de sacar adelante cualquier personaje, como Sean Connery o Hugh Laurie también.

Luego del cine un café en el Sofá café (¿o Café sofá?) y una larga conversa acerca de metafísica. ¡Qué conversa! Cuántas cosas aprendí esa noche, a través de información directa y a través de feedback, reanalizando mis puntos de vista y replanteándolos. Que nutritivo (intelectualmente hablando) es conversar con alguien como el primo Claudio, que a pesar de ser más o menos diez años menor que yo, tiene un punto de vista de las cosas que no he podido identificar en otras personas que se jactan de sabias y con muchos más años de experiencia.

De regreso a la casa, un poco de navegar la red y a dormir. De pronto de nuevo Uhuhuuuu... Uhuhuuuuu... desde el refrigerador fantasma, nuevamente a cerrar la puerta de la cocina y tratar de dormir. La verdad es que si Maria Eugenia no me hubiese advertido con la debida anticipación, menudo susto que me hubiese llevado la primera noche hasta descubrir que se trataba del bendito aparato.

El sábado nuevamente despertamos tarde, me di una ducha y me puse mi último calzoncillo limpio. Esperé por Claudio y nos fuimos a Polvos Rosados, precisamente para comprar ropa interior, calcetines, música pirata y algunas otras chucherías. Aprovechamos también para ir a Plaza Vea y compramos el tradicional “twelve pack” de Brahma, además de pasta dental, cepillos, máquinas de afeitar, embutidos, queso, aceitunas y etcétera. Al retorno pusimos a helar las correspondientes cervezas y almorzamos un delicioso calentado del día anterior. Por la tarde, luego de descansar un poco, nos fuimos a Crisol, frente al Ovalo Gutiérrez en Miraflores y felizmente ya estaba allí, esperándome como supuse, la más reciente novela de Umberto Eco: “El Cementerio de Praga”, nos pusimos a hojear algunos libros, tristemente no pudimos hojear el de fotografías de Metallica, porque todos los ejemplares estaban embolsados. En eso nos avisan que van a cerrar debido al simulacro nacional de sismo, así que tuve que escoger casi sin pensar algunos títulos más para llevar a casa: El sueño del Celta, Travesuras de la niña mala y El símbolo perdido. Pagamos y nos fuimos a participar del simulacro.

Afortunadamente nadie salió simuladamente herido en el Ovalo Gutiérrez, luego de las sirenas y los “!ohh¡” “¡ahh!” de la gente, entramos al cine para ver esta vez y casi al azar una película ligera, “Amigos con derechos” o sea “trampita nomás” con Ashton Kutcher y Natalie Portman. Película divertida y de formato predecible. Agradable para pasar el rato y para tratar de adivinar las desnudeces de Natalie Portman, que algún maldito editor malditamente cuidadoso tuvo el maldito cuidado de editar cuidadosamente.

Luego del cine nos fuimos al Starbucks Café, frente al cine y a unos pasos. De acuerdo a lo que me cuenta Claudio es el más antiguo de Lima. Allí seguimos conversando un buen rato, de todo un poco y en particular de tecnología. Rato después regresamos a casa, donde aún está despierto el primo Sergio (hermano de Claudio) y nos ponemos a conversar hasta tarde acompañando el verbo con cerveza, aceitunas y cabanossi.

El domingo definitivamente era un día playero, mientras desayunábamos, me quejé con María Eugenia que el refrigerador sonaba más que como un fantasma como una paloma y me dejó confundido la risa de mi tía. La miré y entre carcajadas me dijo:

- Es que Paloma se llama la enamorada de Piero.

Ese Piero, dos palomas por las qué preocuparse. Bueno, lo cierto es que nos alistamos, extendiendo la invitación a Sergio y los tres nos fuimos a la playa El Silencio. Conseguimos un taxista amable que nos llevó por módicos cuarenta soles y no sólo eso, además accedió a quedarse por ahí hasta la tarde para recogernos y llevarnos de vuelta a Surco. En la playa nos asoleamos un poco (no era un día particularmente caluroso) tomamos un par de cervezas y comimos cebiche como debe ser. No nos metimos al mar, porque (recién me enteré) la playa de El Silencio no tiene fondo de mar con declive leve, sino más bien como una especie de pequeño acantilado submarino, motivo por el cual cualquiera que quiera meterse al mar, debe cuando menos saber flotar bien.

Regresando a Lima descansamos un poco y volvimos a Larcomar otra vez, ahora para ver 127 días con James Franco, quien hizo del mejor amigo de Peter Parker en el hombre araña. Yo no tenía muchas expectativas con esta película, pero la verdad es que me atrapó y al final resultó gustándome bastante. Muy buena dirección y se crea convenientemente la ilusión de que el espectador está efectivamente allí sufriendo lo mismo que sufre el protagonista. Noté también que en esta película James Franco se parece mucho a Sam Rockwell cuando interpreta a William "Billy the kid " en Milagros Inesperados o la Milla Verde con Tom Hanks.

Luego fuimos un rato a pasear tiendas en Miraflores, siempre conversando y finalmente a casa. En casa conversamos todavía un poco más. Vimos algo de los Oscars y luego alisté mis cosas para partir. El día lunes temprano Claudio me acompañó a tomar el taxi para el aeropuerto y nos hicimos la promesa de volvernos a ver lo más pronto. No es necesario agregar que fue uno de los mejores fines de semana que he pasado en mucho tiempo. Y ahora ya saben que tienen en común (por lo menos para mí y para Claudio) Judas Iscariote, Anthony Hopkins, Umberto Eco, Natalie Portman, el mejor amigo del Hombre Araña y el refrigerador fantasma con complejo de paloma.

viernes, 18 de febrero de 2011

GRACIAS POR AVISAR (Cuento)

Mauricio se sentó frente al escritorio y colocó la taza de café caliente sobre un trozo de papel doblado en dos para no estropear la superficie de madera. Encendió el computador y abrió el procesador de textos. Al igual que toda la semana anterior se quedó mirando la pantalla mientras bebía lentamente el café. Hacían ya siete días que entre sueños le vino a la mente la historia que necesitaba para su nueva novela, pero al despertarse no podía recordarla. Había estado tratando de concentrarse durante toda la semana y hasta ahora no había logrado recordar absolutamente nada. Se apoyó en el respaldo de la silla y miró por la ventana; en el horizonte, sobre el mar, una gaviota volaba apacible. Pensó en escribir la historia de una gaviota… no, eso ya lo había escrito alguien, sobre los delfines también. ¿Es que acaso había algo sobre lo que no se hubiese escrito? Se levantó del asiento y siempre con la taza de café en mano caminó hasta la terraza, bebió otro sorbo y pensó que podría escribir acerca de un escritor que no encuentra sobre qué escribir, sonrió.

De nuevo en el escritorio empezó a jugar con el puntero del ratón, se sintió abrumado por el tedio, con ambas manos se tomó el mentón, luego las sienes y finalmente su cráneo y alisó su cabello hacia atrás, se sentó derecho sobre la silla, colocó sus dedos sobre el teclado y se dispuso a escribir. Tal vez si empezaba con un título las ideas podrían surgir, trató de idear algo, pero no lo consiguió, la página en blanco seguía allí. Abrió el navegador de internet, pero lo cerró de inmediato, no quería distraerse. Se puso de pie y caminó hasta su biblioteca, tal vez si leía algo podrían surgir ideas nuevas. Pasó su vista por los lomos de los libros y no se animó a tomar ninguno. ¡Diablos! Dijo para sí mismo, se lanzó pesadamente sobre el sofá y tomó el control remoto de la televisión y la encendió. Luego de cuarenta minutos se aburrió, cada programa era peor que el anterior, podría haber sido fotógrafo de National Geographic, si no fuera alérgico a las picaduras de los mosquitos ese hubiese sido su trabajo perfecto, horas y horas sentado, leyendo un libro esperando que aparezca un león en la sabana africana o atento al fantástico topo ciego de nariz con dedos. Se le ocurrió que podría escribir la historia de unos animales que pensaran como humanos. Desistió, había leído como diez novelas con ese mismo tema. Lo importante no son los sujetos, pensó, lo importante es la historia, la trama. ¿Qué trama podría ser efectiva? No importa si los protagonistas son patos, campesinos, príncipes o extraterrestres, lo que necesitaba era una buena trama. Apagó el televisor. Salió y se sentó en la hamaca de la terraza y pensó con toda la capacidad de concentración que le era posible. Quería, tenía que escribir algo bueno, no historias obvias con fines previsibles. Sustancia, romance, nudo, intriga, suspenso. Sonó el celular, se levantó rápido y corrió hacia el escritorio. Atendió:

- ¿Aló?
- ¿Mauricio? – dijo una voz sollozante al otro lado de la línea.
- Sí.
- Es tu tía Sara, te llamo para decirte que tu papá falleció en la madrugada. Lo siento hijo.
- Gracias por avisar – dijo Mauricio tristemente y colgó.

Mauricio encendió un cigarrillo y lo fumó lentamente mirando al horizonte, recordó con cariño a su padre a pesar de que su relación no fue nunca cercana y tampoco afectuosa. Aprendió algunas cosas de él y deseó haber aprendido más, pero su padre siempre tenía proyectos, planes e ideas que no lo incluían. Se dio cuenta que el viejo casi nunca habló con él de sí mismo, lo conocía por referencia, por personas que al identificarlo como su hijo le recordaban lo honesto, disciplinado, fuerte, inteligente y emprendedor que era su padre. Apagó el cigarrillo y volvió al escritorio, se sentó frente al computador y empezó a escribir: “El día que murió su padre, Mauricio se sentó frente al escritorio y colocó la taza de café caliente sobre un trozo de papel doblado en dos para no estropear la superficie de madera…”

viernes, 4 de febrero de 2011

LOS AMIGOS QUE FALTABAN

Hoy releía la nota que colgué en la madrugada y me di cuenta que había incurrido en imperdonables omisiones que voy a procurar subsanar.

No puedo dejar de mencionar de ninguna manera a “Dorian Grey” del inglés Oscar Wilde, quien a costa de su propia vida nos dio un notable ejemplo de cómo la intolerancia puede a veces ser más fuerte que la creatividad y el arte. De la misma manera Jonathan Swift talentosamente logró representar la decadente clase política de su época mediante “Los viajes de Gulliver”, una novela cuyo mayor logro es su aparente inocuidad. Nota aparte la breve pero brillante obra de Stevenson “El extraño caso del doctor Jekyll y mister Hyde” que caló profundamente en mí por la cruda representación de ese lado oscuro que todo ser humano tiene.

De Edgar Allan Poe no se puede mencionar una sola obra, pero “El gato negro” y “El barril de amontillado” sin duda se encuentran en un especial lugar en mi memoria. De la misma manera vienen a mi mente poetas como Gustavo Adolfo Bécquer y sus imperdibles “Rimas”, Neruda y sus “Veinte poemas de amor y una canción desesperada”, Manrique y sus dolidas “Coplas por la muerte de su padre”, los poemas dispersos de Santos Chocano, las décimas de Melgar, la muy poco conocida obra poética de un poeta arequipeño de delicados versos: Edgar Guillén. No puedo dejar de mencionar a otro ejemplo de genialidad destruida en manos de la intolerancia: Federico García Lorca, a quien tengo especial cariño primero por sus intensos poemas andaluces, llenos de simbolismo desangrado y por ser el autor una obra de teatro – entre muchas otras que escribió – que me tocó protagonizar sobre las tablas en mi juventud: “El público”.

Interesante Dan Brown que sin ser un escritor de jerarquía ha aportado mucho a quitar la venda de los ojos de las personas, y como dije, sin ser joyas de la narrativa, “El código Da Vinci”, “Ángeles y demonios” y “Fortaleza digital” entretienen y aportan con lo suyo. Sigo pensando que me olvido de muchos libros que me han acompañado en las buenas y las malas, pero a estas horas y a mil kilómetros de distancia de mi biblioteca personal es difícil recordarlos a todos.

Para terminar sólo quiero referirme a tres cosas: El libro de la biografía de García Márquez “El viaje a la semilla” fue un regalo, un regalo invaluable de la persona que más admiro, quiero y respeto en el mundo, a quien a pesar de su aprecio por mí, yo nunca supe corresponderle de la mejor manera. Sé que debo cargar con eso, pero es el precio de ser como soy. Otra cosa es recomendar una novela, que si bien no está en las grandes marquesinas de la literatura, es la única que me arrancó lágrimas en la última página y me dejó con esa sensación terrible de un ser querido que muere: “Del amor y otros demonios” de García Márquez. Y tres, no dejen de leer. Una persona que no lee es un ser anodino, inocuo, casi una ameba. No sean amebas por favor.

LOS AMIGOS DE MI INFANCIA Y QUE NO PERDI

Probablemente una de las pocas cosas notables y útiles que hizo mi padre en mi favor –indirectamente – fue comprar unas láminas del método Coquito para leer. Mi madre las guardaba cuidadosamente en casa y hasta donde sé, mis seis hermanos y yo – además de algunos primos – aprendimos a leer con ellas. Tenía cinco años y recuerdo como si fuese ayer la tarde que mi madre desempolvó la cubierta de plástico de las láminas y me envió a la casa de mi abuelo paterno, que quedaba a la vuelta de la esquina, para que mi tía Ruth me enseñe a leer.

Mi tía Ruth – que nos dejó hace ya varios años – era todo un personaje. Para empezar nadie le decía Ruth, todos le decíamos Gringa, mis tíos le decían Gringa a secas y nosotros más respetuosamente le decíamos tía Gringa. El apelativo venía del su blanquísimo color de piel y sus cabellos castaños, que en realidad no eran herencia de nadie de la familia, sino que se debían a que el sol jamás tocaba su piel y su metabolismo no procesaba bien sus alimentos, así que el color de cabello no era otra cosa que el resultado de la desnutrición. Mi tía Gringa había sufrido el terrible polio de niña y la secuela la había dejada incapacitada físicamente, pasaba la vida entre una silla de ruedas y su cama. Sólo podía mover muy limitadamente su mano y muy poco su cuello. Dependía de los demás para casi todo. En las mañanas mi abuelo la levantaba de su cama y la colocaba en la silla de ruedas, sus articulaciones estaban totalmente soldadas así que la posición de su cuerpo era la misma ya sea recostada o en la silla. Luego en la silla tomaba desayuno con la ayuda de mi abuelo o alguno de mis tíos y pasaba toda la mañana leyendo cosas. Ella fue quien nos enseñó a leer, pero además sabía casi todo lo que había que saber, nunca fue a la escuela, pero nos enseñaba matemáticas y otras cosas, cuando habían dudas acerca de cualquier tema ella sabía las respuestas de casi todo e incluso cuando mi abuelo puso una tienda de abarrotes con su jubilación, ella era la que llevaba las cuentas e inventarios, la mayor parte mentalmente.

Así fue que mi tía – que fue el primer adulto a quien profesé verdadera admiración – se convirtió en mi maestra de las primeras letras. Con sus dedos anquilosados y su escaso movimiento de muñeca fue quien escribió en mi primer cuaderno las palabras a repetir, el eme-a, “ma”, eme-e, “me”, “mi mamá me mima” y todas las preciosas frases que, quienes como yo aprendieron a leer con Coquito, recordarán con cálida nostalgia.

Otra cosa que aprendí de mi tía Gringa es que cuando se lee no hay límites para la imaginación, ella era mi Obi Wan Kenobi y yo su Anakin Skywalker, tal vez para hoy ya me haya convertido en Darth Vader, porque ella era muy creyente, pero ese es otro cuento. Lo cierto es que según sus propias palabras fui su alumno más aplicado y el que más rápido aprendió. Eso derivó en continuas competencias de lectura organizadas por mis tíos, donde se comparaba entre los primos coetáneos a quien leía mejor y más fluido. Yo percibía claramente que mis primos tenían serias trabas con la lectura, leían silabeando, cosa que yo había superado en las primeras clases.

Luego de la tediosa época de competencias, mis primeras lecturas fueron los letreros de la ciudad. Caminaba por el centro acompañando a mi madre a las iglesias y no me fijaba en otra cosa que no fuesen los letreros: Carsa, Abugatás y hermanos, La Uruguaya, Monterrey (no el supermercado, sino la tienda de telas), leía los carteles de ofertas, las direcciones, incluso en las iglesias los letreros de acrílico que acompañaban a las imágenes y los más antiguos y delicadamente tallados en piedra o mármol. Mi ánimo no era practicar, sencillamente era una innata curiosidad. Ahora que sabía leer me moría de curiosidad de saber qué cosa decía cada letrero en el mundo.

En casa, otra cosa que sucedió a mi favor, es que mi padre dejó una minúscula biblioteca, calculo que serían unos cuarenta libros, veinte de los cuales eran una muy bien cuidada edición del Tesoro de la Juventud. Recuerdo claramente sus hojas de papel satinado, los lomos de cuero verde con letras doradas. Era un verdadero placer leer en esa enciclopedia. Yo no sabía en ese entonces la diferencia entre una enciclopedia y un libro, así que asumí que eran libros y como eran los más bonitos los empecé a leer. El tomo veinte tenía el índice. En realidad era un índice complejo pero yo nunca lo usé.

El Tesoro de la Juventud como ya dije era una enciclopedia pero didáctica o temática, tenía resúmenes de novelas en una sección maravillosa que si mal no recuerdo se llamaba el Libro de las Narraciones Interesantes o algo así. Allí fueron mis primeros encuentros con los clásicos, en esa sección leí los resúmenes de “La divina comedia”, “El vellocino de oro”, “El tesoro de los nibelungos”, “La iliada”, “La odisea”, “Fuenteovejuna”, “Corazón”, “Hamlet”, “El moro de Venecia”, “Otelo”, “Los Miserables” y tantos otros más que más adelante y con mayor madurez y recursos económicos, me sentí en la obligación placentera de leer en sus versiones completas.

Una vez que se acabaron los resúmenes, aún quedaba mucho por leer, y para el lector ávido no hay nada mejor que letras por descubrir, leí enteras las secciones de historia, ciencias naturales, geografía y misceláneas. Me encontré con las maravillosas fábulas de Esopo, pero también con un muy didáctico y comprensible resumen de la teoría de la relatividad. A mis cortos siete años aprendí cómo se reproducen las células, las plantas, los animales y los humanos. Tenía una idea clara de las ciudades de Europa, Asia, África, Oceanía y América, así como de su historia y evolución. Aprendí de mitología griega, de volcanes, de experimentos caseros, de cómo funciona la electricidad, los planetas, la – en ese momento incipiente – teoría del Big Bang, de la velocidad de la luz y el sonido. En realidad ahora que lo pienso, creo que el ochenta por ciento de las cosas que sé las aprendí en esos años. El Tesoro de la Juventud, abandonado en ese pedacito de la sala de la casa de mi madre fue una de las mejores cosas que me sucedieron en la vida, si no la mejor.

Al costado del librero hecho de ángulos ranurados Dexion que albergaba estas joyas había un sillón antiguo que fue mío durante los años de mi niñez y temprana adolescencia. Allí leí todo lo que pude leer en casa, y allí escuché durante varios años la frase ¡Miguel a comer! Lanzada por mi madre desde el comedor. Ni durante la universidad cené fría la comida tantas veces.

Cuando se acabó el Tesoro de la Juventud, hice algo muy simple, lo volví a leer, pero esta vez selectivamente, releía más lo que más me gustaba, pero recuerdo que habían días que regresaba de la escuela y tomaba un tomo al azar y leía lo que apareciese también al azar y de allí hacia adelante. Llegó un punto en el que ya no había nada que no conociera de esos veinte tomos y decidí leer el índice. Apenas le di un vistazo y lo dejé. Me di cuenta que yo sabía exactamente en qué tomo estaba cada una de las cosas que había leído y en algunos casos sabía en qué página. Un poco asustado de dejar a mi primer amigo, apunté mi vista a la segunda fila de libros del estante, eran pequeños, visualmente insignificantes ante la majestuosa edición del Tesoro de la Juventud, pero era momento de investigar, la curiosidad siempre puede más.

Empecé por los que tenían mejor apariencia, allí fue que leí “El Padrino” de Mario Puzzo, quedé impresionado sobre todo ante la escena del caballo decapitado, muchos años después cuando vi la película no me pareció tan buena la recreación, pero cumplía su cometido. La novela tenía varios pasajes de alto contenido sexual y erótico – que nunca aparecieron en las películas – y que yo curiosamente leía con naturalidad. Luego leí “La Divina Comedia” en su versión completa, “Drácula” de Bram Stocker, “El exorcista”, “Papillón”, que merece comentario aparte, precisando que eran libros de mi padre, probablemente “best sellers” de la época, a pesar de ello “Papillón” en esa época me impresionó por su crudeza, más adelante, en mi juventud, me di cuenta que estaba pésimamente escrita, pero en ese entonces disfruté mucho de la historia, hasta la parte de los caníbales y las hormigas asesinas. Me enfermé, mi tío Lucho que era médico no pudo acertar que tenía y finalmente me trataron por infección estomacal, pero yo sabía que era por la novela. Allí me di cuenta que tenía una capacidad aterradora de vivir lo que leía tal como si estuviese literalmente en los lugares y escenas descritos por los autores.

Luego me encontré con algunos clásicos, nuevamente Homero, en sus versiones completas, había una novela de García Márquez, “La mala hora”, me pareció muy buena sin llegar a ser genial, para ese entonces García Márquez aún no había ganado nada y para mí era un amigo más, lo cierto es que disfruté mucho la historia de los pasquines. Muchos años después García Márquez confesó que no se sentía orgulloso de esa novela, la había escrito a solicitud de algunos amigos a fin de no que no se declarara desierto un concurso literario donde las obras presentadas no daban la talla requerida.

En ese entonces, mi padre envió a casa otro de sus aciertos, compró de algún lado la colección completa de El Escolar, que era un suplemento semanal del diario Extra, los hizo empastar en seis tomos y se agregaron a la pequeña biblioteca familiar. Como es obvio los leí de principio a fin, pero no sólo eso, estos suplementos traían unos pequeños y simples crucigramas que me apasionaron por completo y los hice todos, me di cuenta que los resolvía sin recurrir a nada más. Sólo los resolvía. Algunas cosas las sabía, pero una muy buena parte las deducía. También traía cosas para armar y construir, dibujaba los moldes en papel de cuaderno, y los armaba, de esa época son mis Quijote y Sancho Panza de triplay que debe andar aún en algún lugar de la casa de mi mamá. Con esos suplementos aprendí a hacer origami y también aprendí mucho del Perú. No se debe olvidar que era la época del gobierno militar, para ese entonces Morales Bermúdez continuaba la política del gobierno revolucionario de Velasco Alvarado y los medios de prensa estaban obligados a respaldar estas políticas. En estos suplementos aprendí historia del Perú, acerca de los Incas, del Virreinato; por primera vez leí acerca de la alineación y el anti imperialismo y me divertí mucho con las historietas de la página central que tenían como protagonistas a Coco, Vicuñín y Tacachito, que eran tres niños que representaban a cada región del país y su perro Sulky. Tampoco olvidemos que en esa época en el Perú estaban prohibidos Supermán, Batman y todos sus super amigos.

Cuando terminé de leer los seis tomos de los cinco años de suplementos de El Escolar, continué con los otros libros del estante, descubrí al fantástico Vallejo, “Los Heraldos Negros”, curiosamente era el libro con la apariencia más triste y descuidada del estante, pero era tan intenso, me marcó profundamente y me llevó a escribir poesía y publicar un poemario en mis años universitarios, luego “Los ríos profundos”, “Agua”, “La serpiente de oro”, “Los perros hambrientos” con su belleza andina y la tierna historia de sus perros, mi primer encuentro con Vargas Llosa con “Los cachorros y los jefes”, en esa época mis hermanos traían libros de la casa de mi papá para sus trabajos del colegio y yo me encargaba de que ya no vuelvan a salir de la mia, así que también y sin querer logré que la pequeña biblioteca se incremente. También conocí las fantástica novelas de aventura “El Corsario Negro” y “Los náufragos del Liguria” de Emilio Salgari.

Entre lo que leía se colaron también Lenin con su texto sobre la moral comunista, Haya de la Torre con “El anti imperialismo y el Apra” y Mariátegui con sus “Siete ensayos de la interpretación de la realidad peruana”, para ese entonces yo seguramente tenía entre diez y once años. Los leí como quien lee una novela más. Eran algo pesado para mi gusto pero se entendía su punto de vista. Fue en aquel entonces que sin querer fui ocupando el lugar de mi tía Gringa. A veces venían mis primos y hermanos y empezaban a buscar en el Tesoro de la Juventud o en El Escolar los temas de los trabajos del colegio, entonces como me interrumpían la lectura les preguntaba qué estaban buscando, luego yo con la más absoluta y simple intención de ayudarlos y para que se fueran pronto, les decía en qué tomo y en que página estaba lo que estaban buscando y se iban. Más adelante recién tome conciencia de esa capacidad cuando empezó a ser el tema de conversación en las reuniones familiares, mis hermanas y mi madre se enorgullecían de ello y yo era feliz, haciéndolas felices.

A esa edad hice dos grandes descubrimientos, uno de ellos fue Antoine de Saint-Exupery, “El principito”, una prima que fue mi madrina de primera comunión me lo regaló. Fue mi primer libro, es decir el primero que era mío de verdad, durante esos años fue una fuente de constante sabiduría. El otro descubrimiento fue la Biblia, la leí como un libro de la página uno y hasta el final y me dejó desconcertado. Todo lo que contaba no tenía nada que ver con Darwin, la “Teoría de la evolución de las especies” (libro que también estaba afortunadamente en el estante de la casa) y tampoco coincidía con nada de lo descrito en el Tesoro de la Juventud, las fechas no cuadraban, las épocas y eras de la tierra tampoco y el mito de Adán y Eva así como el diluvio no tenían ningún asidero válido, me pregunté por qué la gente reverenciaba a un libro que tenía tantas inconsistencias históricas y prácticas. En mi mente de once años, el Tesoro de la Juventud y El Escolar eran documentos mucho más válidos que la Biblia. Hoy en día, sigo pensando lo mismo, con el único ingrediente adicional que entiendo y comprendo la lectura religiosa y dogmática del texto bíblico y la respeto, pero mantengo mi posición desde el punto de vista científico. Incluso en esa época un pequeño libro de historia para niños de Disney cuyos protagonistas eran el ratón Mickey y el pato Donald, que un tío me regaló, rebatía profundamente al pobre Noé cuando aclaraba en una nota a pie que sólo los cientos de miles de especies de insectos conocidos no hubiesen entrado en el arca, eso sin contar con el trabajo de recogerlos.

Cuando se acabaron los libros de casa, empecé a buscar nuevas cosas, me prestaba libros – que siempre devolví – asistí como lector a la vieja Biblioteca Municipal de Arequipa, donde habían muy pocos buenos libros y esos pocos estaban mutilados, por eso dejé de ir, incluso concursaba en cada evento en que se ofreciera un libro como premio, así fue que a los trece años aproximadamente conocí a Cortázar, el libro se titulaba “Una flor amarilla” y lo gané en un concurso de radio, yo no sabía que se pudiera escribir así y Cortázar se convirtió en mi nuevo ídolo y paradigma. A la siguiente semana volví a concursar en el programa radial y gané un ejemplar titulado “Cuentistas peruanos”, allí encontré a Vallejo en otra faceta con “Paco Yunque”, y por primera vez leí a Oswaldo Reynoso y a Ribeiro. Fueron descubrimientos increíbles, por esa misma época tomé uno de los pocos libros que no había tenido el ánimo de leer de la biblioteca de casa. Era un libro de tapas de cartón color verde petróleo y páginas con letras menudas y apretadas. El título en la tapa estaba casi borrado, se llamaba “La Casa Verde”, de Vargas Llosa, lo leí sin ganas y me pareció más pesado que Mao Tse-Tung. Luego lo volví a leer cuando tenía unos treinta años, pero nunca me dejó esa sensación que deja una buena lectura.

Leí muchos buenos libros en la secundaria, pero nunca con la frecuencia que leía en primaria. De esa época son las lecturas profundas de Shakespeare, Góngora, Cervantes y Quevedo. También Víctor Hugo, Sartre “Las palabras” y el impresionante Kafka. Fue en la secundaria que empecé con mi biblioteca personal, con el dinero que juntaba de las pocas propinas y lo que ganaba ayudando al papá de un amigo que tenía un restaurant me compraba libros, obviamente piratas en la plaza San Francisco. También en esa época leía a Asimov y sus novelas de ciencia ficción que siguen siendo una guía de tecnología aplicada, y me preocupé con “Yo visité Ganimedes” de un oscuro autor cuyo nombre ya no recuerdo. En esos tiempos también leí con mucho respeto los dos tomos de “El capital” de Marx y Engels, que estaban en lo más alto del estante e intimidaban con su tamaño y sus solemnes tapas azules.

En la universidad pasé por Platón y Descartes, pero sobre todo conocí a Nietszche, un genio valiente y mordaz. El filósofo que me dijo “no estás solo en tu forma de ver las cosas”, al fin alguien que ponía las cosas sobre la mesa como ninguno antes.

En esta época de universidad, en primer año para ser preciso, una de las cosas más útiles que hice fue la recolección de revistas pornográficas. Como yo era muy independiente mi madre nunca revisaba mis cosas, así que me dedique a ofrecerme como receptor de revistas Playboy, Penthouse, Hustler y otras de más grueso calibre que mis amigos ya no podían esconder en sus casas y que les habían causado diversos problemas y querían deshacerse de ellas. Entonces cuando ya tenía como quince revistas en muy buen estado y de notable calidad, me armé de valor y fui a la plaza de San Francisco y se las ofrecí a un revendedor de libros usados y piratas. El las vio y me preguntó cuánto quería, yo le contesté que quería libros a cambio. El me miró como si estuviese loco y me dejó escoger, yo empecé a colocar libros sobre su banca preguntándole cada vez si ya era suficiente. Ese día me fui a casa con ocho novelas, entre ellas una edición preciosa de “La Madre” de Máximo Gorki, “Rayuela” de Cortázar, “Crimen y castigo” de Dostoievski y el maravilloso trabajo – para mí el mejor – de Mario Vargas Llosa: “La Guerra del fin del mundo”.

Los vendedores de libros no saben lo que tienen la mayoría de las veces, sobre todo los que venden libros usados, los que venden pirata son otro rubro. Pero ambos se guían de los libros más pedidos por su propio público, entonces un ejemplar antiguo y poco buscado es valioso sólo por su apariencia, si uno sabe negociar como yo aprendí en esos años, se pueden obtener buenos resultados.

Un evento que cambió mi vida sucedió el verano de mil novecientos ochenta y siete: Acababa de terminar el colegio y el papá de un amigo generosamente me pagó la academia preuniversitaria, ya que mi familia no tenía recursos para ello. Una mañana un compañero cuyo nombre no recuerdo ahora pero que respondía al apodo de Marciano, llevó un libro de buena factura, lomo cosido y de tapa dura color café, estuvo con él toda la mañana y en algún momento él y otros se escaparon a alcoholizarse, cuando salía me dejó el libro y me pidió que se lo cuide.

Ese día el Marciano no regresó y me llevé el libro a casa, lo empecé a leer en el almuerzo, nunca en mi vida olvidaré “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el Coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.” Lo tengo grabado en la memoria como el padre nuestro, sólo el inicio me conmovió, no pude parar, leí como no había leído nunca, leía mientras comía, en clases, en el bus, en banca de sillar de la placita de las galerías La Colonial. Terminé de leerlo y no podía creer que alguien escribiera así, era mucho mejor que Cortázar y Kafka; entre los años ochenta y siete y noventa leí ese libro unas cuarenta veces, pero para la segunda lectura tuve que hacer un árbol genealógico para saber perfectamente quién era quién; esa hojita me acompañó las primeras cinco lecturas, luego ya no fue necesaria. Tiempo después, ya en la universidad, a la salida de clases, encontré a un tipo que vendía libros a un sol en la vereda de la avenida Independencia. Allí estaban “Los funerales de la mamá grande”, “La hojarasca”, “Historia de un náufrago” y “Crónica de una muerte anunciada”, los compré y me quedé sin pasajes para la semana, pero no importaba. Años después cuando tuve un trabajo bien remunerado, gasté mucho de mis ingresos en comprar todo lo que García Márquez había escrito y creo que lo logré, incluso tengo cuatro voluminosos tomos de casi todos los artículos periodísticos escritos por él y una biografía muy detallada: “El viaje a la semilla” de Dasso Saldivar. Aún tengo en un lugar especial ese ejemplar de “Cien años de soledad” que me dejó el Marciano, a pesar de sus hojas ajadas y que algunas secciones se descosieron de tanto leerlo, creo que he cumplido bien el encargo de cuidarlo.

Luego de García Marquez ya no fue difícil saltar a Borges y Sábato, pasando incluso por un irreverente Jaime Bayly que hace un notable trabajo en “Los últimos días de La Prensa” y “La mujer de mi hermano”, luego Bryce y de él pasar a Hemingway es inevitable y de allí a Faulkner y Emily Bronte resulta natural, me preocupé por leer todo lo que aun no había leído de Vargas Llosa y me maravillé con “Los cuadernos de Don Rigoberto”, “El Elogio de la Madrastra” y “La Fiesta del chivo” entre otras, pero debo confesar que nunca, pero nunca reí ni disfruté tanto una lectura como con “Pantaleón y las visitadoras” al extremo que alguna vez mis ocasionales compañeros de algún vuelo en el aeropuerto de Lima me miraban como si hubiese perdido la razón cuando yo en la sala de embarque no cesaba de reír a carcajadas leyendo en solitario esa novela. Descubrí también a un finísimo Umberto Eco primero con “Como se hace una tesis” y luego con “El nombre de la rosa”; leí también algunos japoneses y cuando pensaba que ya había leído todo lo bueno que se podía leer, un día una persona muy querida y conocedora de mi afición, me regaló un ejemplar de “El perfume” del alemán Patrick Süskind, mucho antes de que hicieran la película que la verdad no le hace ningún favor a la novela, como casi siempre. Hace poco en un vuelo retrasado de Arequipa a Lima, en la librería de la sala de embarque encontré de casualidad, buscando algo para matar el tiempo, una interesante novela titulada “Wicked, memorias de una bruja mala” de Maguire que recomiendo a los que alguna vez leyeron el mago de Oz – o vieron la película en el peor de los casos – y Dorothy les cayó tan mal como a mí. Debo comentar, que durante todo el tiempo que trabajé para el sistema financiero gasté casi la mitad de mi sueldo cada mes en todos los libros que leí alguna vez en resúmenes y ahora quería leer completos, sin embargo nunca abandoné mis viejos libros piratas. Allí están fieles compañeros testigos de los viejos tiempos. Seguramente no he mencionado a muchos de todos los amigos que me han acompañado en estos cuarenta años en esta nota que inicialmente iba a ser una carilla y ya va por la séptima página, pero sé que ellos sabrán comprenderme.

En compensación de lo leído, nunca aprendí a remoler un trompo, se cómo hacer un cometa pero nunca logré hacer volar una, fui pésimo con las canicas y caretas y el fútbol siempre fue una cosa ajena para mí, más propia de panaderos, carretilleros y estibadores, con el perdón de los panaderos, carretilleros y estibadores. A pesar de los esfuerzos de mi hermano mayor para enseñarme lo básico del deporte, nunca le hallé sentido a darle de patadas a una pelota con el riesgo (que en mi caso se concretó en muchas ocasiones) de recibir un pelotazo en la cara. Lo cierto es que no me arrepiento, cuando me encuentro en días como hoy con este agobio de soledad, me basta recordar a mis amigos y dejo de sentirme solo. Creo que fui y sigo siendo privilegiado al haberme encontrado con tantos amigos en la niñez, adolescencia y juventud, amigos incondicionales que nunca decepcionan.