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lunes, 31 de diciembre de 2012

LO QUE NOS DEJARON LOS QUE NOS DEJARON


Este año falleció mi padre, el diecisiete de diciembre. La causa fue por cáncer. A pesar de saber hace tiempo de su enfermedad, tomé la decisión personal – y quienes me conocen lo entienden – de no hacer apología al cáncer lamentado el hecho, pidiendo oraciones o compartiendo posts que se supone despiertan conciencia. Comprendo perfectamente a quienes han sido tocados por esta enfermedad directa o indirectamente y reaccionan de esa manera, pero en mi caso no quise hacerlo en ese momento y no pienso hacerlo ahora. Creo firmemente que el cáncer como muchas otras enfermedades de nuestros tiempos es consecuencia tan solo de nuestros – cada día peores – hábitos alimenticios y malas costumbres cotidianas, a lo que debe sumarse la contaminación, polución y un pequeño porcentaje de predisposición genética. 

Sin embargo este post no es sobre el cáncer, es sobre mi padre, quien por cierto llevó una vida más o menos saludable, fumó mucho pero lo dejó hace buena cantidad de años también. También bebió bastante como todo militar y también dejó de hacerlo hace mucho tiempo. Sobrepasó los setenta años y me parece que es un buen número. No sé si al final estuvo contento o satisfecho con su vida. No se puede juzgar eso, ese es un asunto que cada uno resuelve en el momento apropiado con su propia conciencia y que inevitablemente nos tocará a todos tarde o temprano.

Esta nota me ha sido difícil de escribir y por ello he dejado que pasen tantos días desde su partida. He buscado en mis recuerdos para encontrar lo que me queda de él. Una de las cosas más evidentes es el parecido físico. Cuando era niño todo el mundo lo decía, ahora es más claro, me veo al espejo y lo veo a él como yo lo veía cuando tenía ocho o diez años.

No recuerdo haber jugado de niño con mi papá. He hecho el esfuerzo y no viene a mi memoria imagen alguna. Ni armar una cometa, ni remoler un trompo, ni siquiera una partida de ajedrez. No recuerdo muchas conversaciones con él. Recuerdo algunos episodios en que me pedía que lo acompañe a su casa y me hablaba, no recuerdo que hayan sido conversaciones propiamente. Recuerdo haberlo escuchado y recuerdo mucho de lo que me decía, pero eso es normal en mí, a edad temprana tendía siempre a escuchar más que a hablar.

Si tengo que ponerme a encontrar huellas, puedo señalar algunas – casuales o no – que fueron gravitantes en mi vida. A mi padre le gustaba leer, yo lo vi leyendo pocas veces, pero sí dejó varios libros en la casa de mi mamá, que fueron mis primeros libros como les conté en otra nota. Eso fue determinante, hizo que germinara en mí la semilla de la lectura y solo por eso mi padre debe ser uno de los mejores padres del mundo. Alguien podría decir que eso fue circunstancial, yo mismo pensé eso mucho tiempo, pero ahora sé que cada cosa pasa por alguna razón.

Mi padre tenía una pequeña biblioteca en su casa. También influyó en mí aunque recién en estos días me haya dado cuenta.

Otra huella fue su integridad profesional. Uno de mis recuerdos persistentes en mi infancia es haberme encontrado con personas que conocían a mi papá, yo en compañía de alguno de mis hermanos mayores, tíos o mi mamá y me decían desde: “Tu padre es un hombre recto” hasta “tu viejo es bien verde” expresión que soltó uno de sus ex alumnos del Colegio Militar Francisco Bolognesi. Nunca recibí otra referencia de él de los terceros, incluso hasta bien avanzada mi adolescencia. Siempre tuve esa imagen de él y quiéralo o no, sea consciente o no de ello, todo hijo toma como paradigma a su padre (sea este paradigma errado o no) Y yo no fui la excepción y esa es la segunda razón por la que sin proponérselo conscientemente mi padre fue mi mejor ejemplo para la persona que creo ser hoy o cuando menos me propongo ser.

Como padre o cabeza de familia no puedo decir mucho, tuvo sus razones y cada uno se enfrenta a ellas como puede. Por mi parte lo que me afectó fue ver sufrir a mi madre en aquellos años y me propuse no  cometer en mi vida – cuando menos familiar – el mismo error que él, romper la línea, la tendencia, hacer el quiebre. He tratado tanto de hacerlo y con tanta intensidad que a veces me asusto. Por eso me afectó tanto mi divorcio en mi primer matrimonio a pesar de que no lo dejé notar. Sentí que había fracasado en ese propósito. Ahora no lo tengo tan claro. Insisto, a veces las cosas pasan porque hay una razón más allá que solo descubrimos después.

Recuerdo que mis hermanos le temían y se quejaban de que no cubriera los gastos escolares. Yo crecí con esa idea, pero hace algunos años ya, me di cuenta que por alguna razón a mí nunca me negó nada, a lo mucho se demoró un poco, pero no recuerdo que haya negado algo, incluso esa vez que rompí un vidrio en el colegio y aterrado le pedí el dinero para reponerlo, él se sonrió y sacó el dinero de su billetera. Claro, no siempre era tan fácil, a menudo salía con la famosa frase “¿Crees que soy un banco?” que inconscientemente he usado yo también muchas veces, pero igual siempre me apoyó en los estudios por lo menos hasta el cuarto de secundaria.

En el ochenta y seis nos alejamos mucho por tonterías – ahora lo sé – y a pesar de eso pagó cuando menos mi inscripción para postular a la universidad, y cuando más adelante abandoné arquitectura e ingresé a derecho, a regañadientes le entregó a mi hermano el dinero para la matrícula del primer año.

Pasaron muchos años sin que yo le pidiera nada, nunca sabré que hubiese pasado si me hubiese acercado a pedirle, nuevamente de manera inconsciente me ayudó a hacerme independiente y valerme por mi mismo, cosa que ahora me resulta de mucha utilidad. La siguiente vez que me ayudó económicamente fue para mi colegiatura en el colegio de abogados luego de que me gradué. Noté que lo hizo sin nada de molestia, pude notar que estaba orgulloso, como lo estaba este ocho de agosto cuando juramenté en Arequipa en mi nuevo cargo junto con mi hermano mayor.

También es cierto que a veces tuvo reacciones raras, como la que me marcó respecto a mi relación con las navidades y que conté en una de las primeras notas de este blog. Supongo, como lo señalé esa vez, que era porque quería endurecernos, su formación castrense así se lo trazaba. A pesar de esa formación, debo señalar y me conmueve al escribirlo, que mi padre jamás, pero jamás, me puso un dedo encima.

De todos los recuerdos, de los cuales he resumido la mayoría aquí, me llevo la vocación por la lectura y su ejemplo de rectitud. No fue un padre cariñoso, de decir te quiero o de abrazar, sobre todo en su juventud. En los últimos años lo vi y sentí menos recio. De hecho yo cambié mi trato con él, cuando era chico le decía papá, en la adolescencia le decía “pá” y recién desde el noventa y ocho empecé a decirle “papacho” o “papito”, en febrero de este año me dio una alegría enorme que pudiera conocer a mi hija al fin y que la haya tratado con tanto cariño. Me alegra mucho haberla llevado al fin a Mollendo y que haya podido conocer a su abuelito.

Las cosas pasan por algo, yo le digo todos los días a mi hija que la amo. Cada día la abrazo fuerte y juego con ella cada vez que puedo. A veces me pide jugar con ella, acompañarla y arroparla antes de dormir y muchas veces le he dicho “ahora no, estoy haciendo” o “ahora no, estoy viendo la tv”, y luego me arrepiento. Me levanto y me voy con ella. No sé si hago lo correcto, tal vez crezca muy blanda y sin la dureza necesaria para esta vida, sé que no estaré eternamente para protegerla, pero mientras esté lo haré. Creo que eso me enseñó mi padre, aunque sea indirectamente.

Siento que mi padre fue un buen hombre. Pienso en él ahora y sé que hizo su mejor esfuerzo, se equivocó en muchas cosas probablemente, pero nadie empieza a ser padre con un manual al lado. Le tocaron cosas difíciles, eran otros tiempos, existían otros paradigmas, otras formas de criar y educar. Creo que la mejor muestra de su invisible presencia es que ninguno de sus hijos haya hecho una vida orientada al desorden o al mal vivir. Esto sin restarle el enorme mérito a mi madre que se dio entera por nosotros durante cada día de su vida y hasta ahora; y que el día del sepelio, pese a estar separada de él por casi cuarenta años, lloró profundamente al único hombre de su vida.  

martes, 30 de agosto de 2011

REFLEXIONES ANTES DE QUE ACABE EL MES

Antes de que acabe el mes quiero decir que en estas últimas semanas aprendí que las sonrisas son gratis.

También aprendí que una foto con una sonrisa despierta más comentarios agradables que una con el rostro serio.

Me encontré en línea con personas de las que no sabía hace tiempo. Fui feliz al saber que están bien.

Compré por internet.

Encendí leña y asé carne.

Fui malvado con una amiga, adrede.

Mi amiga reaccionó como esperaba y ahora es más madura. Ella no sabe que fue adrede.

Recordé a mi papá. No estuve a su lado.

También recordé que la vida es demasiado corta como para andar dándole vueltas a las cosas que carecen de importancia.

Sin embargo todavía no sé cuáles son las cosas importantes y cuales las que carecen de importancia.

A mi hija se le cayó un diente. Ya le expliqué lo de Papa Noel y Dios. Esperaré que se le caigan todos los dientes para explicarle lo del ratón de los dientes.

Estuve enseñándole a nadar a mi hija. Yo no sé nadar.

Recordé que el mundo es un lugar mejor si me quedo callado, pero mucho mejor si reclamo las cosas en las que creo.

Afirmé una vez más cuánto creo en el poder revolucionario de las palabras.

¡Hice cosas imposibles!

¡Contribuí para que mis amigos más queridos hagan cosas imposibles!

Recordé lo valioso de una promesa y lo extraordinariamente valioso que es tener alguien al otro lado de la línea que te diga: “Vamos, tú puedes.”

A pesar de estar contra el tiempo, trabajé primero ayudando a mi amigo y dejé lo mío para después, y me sentí satisfecho.

Recordé lo importante que es confiar y creer en mí mismo.

Leí un libro.

Planté un árbol. Bueno dos.

Me quité los zapatos y metí los pies al agua mientras tomaba el sol.

Sonreí cuando tenía que haberme enojado.

Últimamente no le echo la culpa a nadie cuando pasa algo que me pone de mal humor.

Ya no me quedo mucho tiempo de mal humor.

Duermo mejor.

Quiero a mis amigos.

No tengo muchos amigos.

Los pocos amigos que tengo son buenos, pero si no lo fueran, ¡los querría igual!

Los quiero mucho, a mis amigos, a los amigos que leen el blog, a los que sin ser mis amigos igual lo leen y los que siendo mis amigos, no lo leen. Esto último como se darán cuenta es una falacia, si no lo leen, no se van a enterar por este medio que los quiero. Pero igual queda aquí, con la profunda esperanza de que algún día lo lean y se enteren.

¡Los quiero mucho!

viernes, 18 de febrero de 2011

GRACIAS POR AVISAR (Cuento)

Mauricio se sentó frente al escritorio y colocó la taza de café caliente sobre un trozo de papel doblado en dos para no estropear la superficie de madera. Encendió el computador y abrió el procesador de textos. Al igual que toda la semana anterior se quedó mirando la pantalla mientras bebía lentamente el café. Hacían ya siete días que entre sueños le vino a la mente la historia que necesitaba para su nueva novela, pero al despertarse no podía recordarla. Había estado tratando de concentrarse durante toda la semana y hasta ahora no había logrado recordar absolutamente nada. Se apoyó en el respaldo de la silla y miró por la ventana; en el horizonte, sobre el mar, una gaviota volaba apacible. Pensó en escribir la historia de una gaviota… no, eso ya lo había escrito alguien, sobre los delfines también. ¿Es que acaso había algo sobre lo que no se hubiese escrito? Se levantó del asiento y siempre con la taza de café en mano caminó hasta la terraza, bebió otro sorbo y pensó que podría escribir acerca de un escritor que no encuentra sobre qué escribir, sonrió.

De nuevo en el escritorio empezó a jugar con el puntero del ratón, se sintió abrumado por el tedio, con ambas manos se tomó el mentón, luego las sienes y finalmente su cráneo y alisó su cabello hacia atrás, se sentó derecho sobre la silla, colocó sus dedos sobre el teclado y se dispuso a escribir. Tal vez si empezaba con un título las ideas podrían surgir, trató de idear algo, pero no lo consiguió, la página en blanco seguía allí. Abrió el navegador de internet, pero lo cerró de inmediato, no quería distraerse. Se puso de pie y caminó hasta su biblioteca, tal vez si leía algo podrían surgir ideas nuevas. Pasó su vista por los lomos de los libros y no se animó a tomar ninguno. ¡Diablos! Dijo para sí mismo, se lanzó pesadamente sobre el sofá y tomó el control remoto de la televisión y la encendió. Luego de cuarenta minutos se aburrió, cada programa era peor que el anterior, podría haber sido fotógrafo de National Geographic, si no fuera alérgico a las picaduras de los mosquitos ese hubiese sido su trabajo perfecto, horas y horas sentado, leyendo un libro esperando que aparezca un león en la sabana africana o atento al fantástico topo ciego de nariz con dedos. Se le ocurrió que podría escribir la historia de unos animales que pensaran como humanos. Desistió, había leído como diez novelas con ese mismo tema. Lo importante no son los sujetos, pensó, lo importante es la historia, la trama. ¿Qué trama podría ser efectiva? No importa si los protagonistas son patos, campesinos, príncipes o extraterrestres, lo que necesitaba era una buena trama. Apagó el televisor. Salió y se sentó en la hamaca de la terraza y pensó con toda la capacidad de concentración que le era posible. Quería, tenía que escribir algo bueno, no historias obvias con fines previsibles. Sustancia, romance, nudo, intriga, suspenso. Sonó el celular, se levantó rápido y corrió hacia el escritorio. Atendió:

- ¿Aló?
- ¿Mauricio? – dijo una voz sollozante al otro lado de la línea.
- Sí.
- Es tu tía Sara, te llamo para decirte que tu papá falleció en la madrugada. Lo siento hijo.
- Gracias por avisar – dijo Mauricio tristemente y colgó.

Mauricio encendió un cigarrillo y lo fumó lentamente mirando al horizonte, recordó con cariño a su padre a pesar de que su relación no fue nunca cercana y tampoco afectuosa. Aprendió algunas cosas de él y deseó haber aprendido más, pero su padre siempre tenía proyectos, planes e ideas que no lo incluían. Se dio cuenta que el viejo casi nunca habló con él de sí mismo, lo conocía por referencia, por personas que al identificarlo como su hijo le recordaban lo honesto, disciplinado, fuerte, inteligente y emprendedor que era su padre. Apagó el cigarrillo y volvió al escritorio, se sentó frente al computador y empezó a escribir: “El día que murió su padre, Mauricio se sentó frente al escritorio y colocó la taza de café caliente sobre un trozo de papel doblado en dos para no estropear la superficie de madera…”

lunes, 20 de diciembre de 2010

MIS REGALOS DE NAVIDAD

De alguna manera siempre supe que Papa Noel era un invento. Hasta donde alcanzan mis recuerdos, tuve siempre la certeza de que los adultos compraban los regalos para los niños. Sospecho que los adultos parten (partimos) de la premisa que los niños son estúpidos. Lo cierto es que tal vez sean inocentes, pero estúpidos nunca. Normalmente se vuelven estúpidos después, cuando interactúan con nosotros, los adultos y les contagiamos nuestra estupidez.

En mi casa la navidad llegaba más bien temprano, a pesar de la estrechez económica, mi madre siempre se las arreglaba para adornarla con gracia y ella misma confeccionaba las guirnaldas con la ayuda de mis hermanas. Se ahorraba dinero para una cena decente el día veinticuatro, que es uno de los recuerdos más gratos de mi niñez. Hasta hoy Semana Santa y Navidad están catalogadas en mi memoria como fechas de comer bien, mucho y rico.

Mi madre tenía la costumbre de comprarnos obsequios modestos precisamente la noche del veinticuatro, recuerdo verla salir a las seis de la tarde luego de dejar las ensaladas y otros platillos listos, acompañada de mis hermanas mayores, a fin de hacer las compras navideñas. Retornaba casi siempre a las diez u once de la noche, con prisa, nos enviaba a los más chicos a ver la televisión mientras envolvía los presentes en papel de regalo y los colocaba bajo el árbol (los árboles de plástico eran un lujo, el nuestro era de alambre forrado con papel crepé) pocos minutos antes de dar las doce de la noche.

En un inicio pensé que mi madre lo hacía con la finalidad de mantener el suspenso y la magia de la navidad, más adelante descubrí que era porque mi padre (que no vivía en casa con nosotros) le daba el poco dinero de las compras el mismo día veinticuatro por la tarde.

Mi padre, militar del Ejército Peruano, vivía con otra mujer en otra casa y con otros hijos, como la mayoría de los padres de este país. Claro que la que ostentaba la partida de matrimonio era mi madre, lo que le permitía afirmar con dignidad que la mujer con la que vivía mi padre era la otra, cosa que por cierto, en la práctica no sirve para nada más que para el auto consuelo. Mi madre en su infinita bondad y dignidad nunca pensó siquiera en demandar a mi papá.

Resulta entonces que además de mis seis hermanos que vivían conmigo y mi mamá, tenía dos hermanos más en otra casa, menores que yo en seis y siete años, un hombre y una mujer. Nunca me costó trabajo entender el concepto. Siempre me pareció muy natural además. Es lo bueno de nacer en una familia disfuncional: Los traumas no te joden la niñez. La desventaja es que regresan en la etapa adulta a revolverte la vida.

Las primeras navidades de la infancia, como decía fueron gratas. Un hermano de mi padre se fue a Estados Unidos a estudiar medicina y se quedó por allá a vivir. Venía cada tres años por las fiestas y traía regalos. Además de mi tío era mi padrino de bautizo, así que al menos los primeros años me tenía cierta consideración. Recuerdo que un año que me trajo una radio AM amarilla con la figura de Mickey Mouse, el brazo del ratón señalaba el dial con mano envuelta en un guante blanco y además venía con un micrófono que permitía usar la radio como un altavoz. Fue uno de los mejores regalos que tuve. Casi nunca lo usé. Como buenos pobres, mi madre lo guardó para usarlo en ocasiones especiales. Pasó mucho tiempo guardado, recuerdo haberlo visto muchas veces. Lo miraba sobre la mesa, lo miraba y lo remiraba. Lo usé muy poco. Mi madre hizo un esfuerzo y cuando se acabó la batería con la que vino, compró otra. Cuando esa segunda batería se acabó no volvió a sonar. Solo lo miraba. Un día en mi inocencia y creatividad, conseguí un cable mellizo y un enchufe viejo. Desarmé la radio y con mucho cuidado corté los cables de la radio que conectaban la batería y los uní con los extremos del cable mellizo. Con pedazos de cinta adhesiva usada cubrí las juntas y listo. Recuerdo claramente el momento, en el dormitorio que compartía con mis hermanos, sobre el planchador, allí estaba la radio, enchufé y encendí… de inmediato un sonido fulminante y seco, un par de chispas y el fuerte olor a plástico quemado. Doscientos veinte contra nueve voltios, una lucha desigual. Ese fue el fin de la radio de Mickey Mouse.

Otro regalo invaluable fue el que me hizo mi padre cuando tenía cinco o seis años. Era el paquete de Mis Ladrillos que no estoy seguro, pero creo que era de Lego. Eran solo piezas de diversos colores y tamaños y de muy buena calidad. Venían puertas ventanas y techos a dos aguas de plástico verde. El resto lo hacia uno mismo. Esos ladrillos se convirtieron en mis mejores amigos durante toda mi niñez. Fueron casas primero, luego pirámides, animales, cajas, cofres de tesoros, desbaraté un par de carritos de plástico viejos y usé sus ruedas para hacer tanques de guerra, vehículos intergalácticos, naves espaciales, cohetes y todo lo que pude en los cinco o seis años que me acompañó, hasta que me hice adolecente.

Quienes me conocían bien en mi niñez (que eran muy pocos) sabían que un paquete de plastilina me hacía mucho más feliz que un dulce o una gaseosa. Todavía recuerdo el olor característico de la plastilina al abrirse el paquete para convertirse en rosas primero, árboles verdes con sus manzanas rojas, luego en animales actuales y prehistóricos, arañas con su telaraña, bolicheras, ballenas y finalmente en los pilotos y componentes de las naves que fabricaba con Mis Ladrillos.

A pesar de que aprendí a leer muy chico, y que siempre me encantó la lectura y todos lo sabían, solo una vez en toda mi vida me han regalado un libro en navidad y eso fue cuando ya estaba cerca de los treinta años. El libro fue “Del amor y otros demonios” de García Márquez. En mi niñez nunca.

Cuando tenía doce o trece años, no recuerdo bien, mi padre fue a casa a buscarme un día veinticuatro de diciembre. Para esa época los regalos navideños eran cada vez más modestos. Hoy en día podría afirmar que eran casi por cumplir. Sin embargo la ilusión de su llegada aún se mantenía. En esa oportunidad me pidió que lo acompañe al centro, fuimos por la calle Mercaderes y las aledañas, que en esa época y para navidad se convertían en un mercado persa. Mi padre me hablaba y yo no le prestaba atención. Solo miraba y miraba todas las maravillas en los puestos ambulantes, los camioncitos de bomberos a pilas, los autos que daban vueltas sobre sí mismos, los robots que caminaban torpemente, pensaba en ¿qué regalo especial escogería mi padre para mí? Era la primera vez que me buscaba en navidad, nunca antes me había pedido que lo acompañe a hacer compras un veinticuatro de diciembre.

Caminamos largo rato en esa tarde nublada pero calurosa por la gran cantidad de personas en el centro de la ciudad. Mi padre compró luces, guirnaldas, una muñeca, luego otra, pensé que una de ellas sería para mi hermana Charo, menor que yo en seis años y coetánea con los hijos de mi padre en su segundo compromiso. Seguíamos caminando y mi padre preguntando por juguetes y sus precios. Yo esperando detrás de él. De cuando en cuando señalaba algo y me preguntaba si me gustaba. Yo siempre contestaba que sí. El preguntaba el precio y continuaba. Yo estaba tan contento. Me imaginaba regresando a mi casa con el paquete y mostrando a mis hermanos el regalo que mi papá me había llevado a comprar.

Se iba haciendo tarde, mi padre compró silenciosamente un robot a pilas, un carrito a control remoto y los hizo envolver. Los guardó en la bolsa junto con las otras cosas y caminó conmigo siempre hablándome de cosas de la vida y los estudios. Empezamos a alejarnos del centro, llegamos a la calle Melgar, un hombre sobre el piso vendía unas cajas con piezas pequeñas para armar cosas, una versión más humilde y de mucha menor calidad que Mis Ladrillos. Me detuve y me quedé mirando, mi padre volvió sobre sus pasos, miró el juego y preguntó el precio. Compró uno. Me alegré, ese juego junto al carrito o el robot sería fantástico, pensaba cuál de ellos sería para mí, el otro tenía que ser para su hijo Alexeí, tampoco es que yo quisiera todo.

Seguimos caminado y llegamos al edificio del Seguro Social, allí mi padre se detuvo, me indicó que él iba a seguir por El Filtro, para ir a su casa en Selva Alegre. Me pidió que regrese a la mía con cuidado, me deseó feliz navidad y se fue. Me quedé totalmente frio, con lo poco que me restaba de fortaleza caminé con las manos vacías hacia la calle San Pedro. Caminé rápido tratando de asimilar: ¿Porqué mis manos estaban vacías? El sudor frio recorría mi nuca y mi espalda. Caminé más rápido, casi corriendo. Llegué en pocos minutos a la Plaza de San Antonio y de allí a mi casa eran dos cuadras más. Una última esperanza me dijo que espere a la noche. Tal vez mi padre envolvería mi regalo y lo enviaría con alguna persona. Esperé. Esa noche esperé pacientemente los regalos. No había nada. Solo los calcetines y la ropa interior que mi madre siempre hacía el esfuerzo de comprarnos con sus ahorros. Charo si recibió juguetes, todavía tenía siete años y era la única niña de la casa. Me di cuenta por primera vez que yo ya no era un niño.

A pesar de todo mantuve las esperanzas hasta el día siguiente, nada pasó. Aún hoy en día no puedo entender por qué mi padre hizo eso conmigo. Trato de entenderlo. Supongo que quiso darme a entender que yo ya era un adolecente y que la ilusión de la navidad había terminado para mí. No tenía porque hacerlo así, de esa manera tan cruel y malvada. Eso estaba bien para sus soldados, pero yo era su hijo. Solo tenía que decírmelo, yo lo hubiese entendido.

Lo cierto es que mi papá cumplió bien su cometido, mató la navidad en mí de un solo tiro. Los años luego me hicieron lo agnóstico y racionalista que soy. Compro regalos de navidad como parte de una convención social. No veo la navidad de otra manera. Precisamente hoy debo comprar el presente para el intercambio de regalos que tendremos en la oficina. Cada vez que eso sucede tengo la tentación de meter los treinta soles en un sobre y colocar encima Feliz Navidad, firmarlo y entregárselo a mi sorteado. Ese soy yo ahora, te lo debo a ti papá.