Harry Manzur me había pedido que lo acompañe a la selva unos meses antes, yo a mis veinticinco aún andaba buscando vocación y no me costó trabajo aceptar la oferta. Eran los noventas e íbamos a apoyar a un viejo amigo suyo que había creado algunas empresas allá y necesitaba personas de confianza para iniciar o continuar actividades. Ya nos habíamos acostumbrado al calor y a la comida de la zona. Iquitos ya era entonces una ciudad grande y se podían ver los rastros del oscuro progreso que habían dejado el caucho y el tráfico de drogas. En esos años la ciudad tenía no solo dos universidades, una pública y otra privada, si no también un Centro Cultural Peruano Norteamericano y una sede de la Alianza Francesa, así como importantes museos y casas culturales.
Sin embargo lo fuerte de la ciudad era el entretenimiento, enormes discotecas, salones de baile de música local con fuerte influencia de melodías colombianas y brasileñas. Los fines de semana eran un eterno y bullanguero verano tropical a la rivera del Amazonas o uno de su afluentes, el Nanay principalmente, donde íbamos en deslizadores cortesía de Carlos - el amigo de Harry y ahora jefe de ambos - y que abordábamos en las instalaciones del Club de Caza y Pesca.
Era sábado y durante la mañana habíamos conocido a dos muchachas en uno de esos paseos a la playa ribereña. Lo habíamos pasado bien y habíamos quedado en volver a salir en la noche, esta vez a bailar. Habiamos descansado un poco en la casa que Carlos había puesto a nuestra disposición y donde vivíamos a punta de comida traída por delivery y que gracias a la amabilidad de una señora que venía a limpiar los domingos y se llevaba la ropa para lavarla, se mantenía en cierto orden. No recuerdo haber usado la cocina nunca, salvo para hervir agua y preparar café. Lo que no olvido de aquella época es el balcón de la casa, pues desde allí se podía ver en toda su plenitud el río Amazonas cuyo malecón quedaba a tan solo una cuadra de distancia. Eran atardeceres de acuarelas de diferentes tonalidades de rojos, rosas, naranjas y amarillos con ese marco verde propio de la selva, con reverberaciones doradas producto del sol languideciente, que solían dejarme embriagado de nostalgia. Esa vez, luego de ducharme, salí al balcón; estaba despejado y vi el ocaso una vez más. Me quedé pensando por algunos minutos en lo incierto de mi destino, llevaba varios meses en una ciudad acogedora pero extraña y aun no decidía qué hacer con mi vida, luego me despabilé y toqué la puerta de la habitación de Harry para irnos a comer, me contestó que no tenía hambre y aún estaba de sueño, así que decidí adelantarme a pie por mi cuenta.
Fue esa noche que ocurrió la epifanía. Resulta que Harry conducía un Jeep Wrangler descapotado y casi siempre me llevaba a donde quisiera ir pues tenía mucho tiempo libre y le gustaba manejar. Yo conocía la ciudad desde esa perspectiva vehicular y la ruta de peatón era un poco diferente, pues en Iquitos la mayor parte de vías del centro de la ciudad eran de un solo sentido. Así que en esta oportunidad me desplacé caminando despreocupado por calles desconocidas adornadas por árboles de copa frondosa e iluminadas por tenues luces neón mientras reflexionaba en el futuro, mi futuro.
Mientras andaba desprevenido, se me apareció ante los ojos un casa antigua con una ventana muy alta aunque no tan ancha que daba a la calle. En el exterior tenía algunos barrotes de metal y sus hojas estaban abiertas de par en par. Del ella salía una luz amarilla apacible y cuando me acerqué pude ver en el interior de la habitación, en el centro, un escritorio de madera, sobre él una lámpara - de la que emanaba la luz - y un hombre sentado que tecleaba una maquina de escribir. Tenia puesta una camisa blanca de lino abierta del cuello y con las mangas por los codos, usaba lentes y fumaba. Alrededor de él estantes repletos de libros y otros apilados también sobre el escritorio. Me quedé estupefacto por algunos segundos. Eso era exactamente lo que yo quería ser. Quería ser escritor, pero no en una cómoda oficina de ciudad; quería ser un escritor como este señor al que estaba viendo desde la calle como si se tratara de una aparición.
Después en el restaurante frente a la plaza de armas medité sobre el asunto. Debía pensar si volvería a la sierra para seguir con el trabajo de oficina que había dejado allá. Ya había escrito algunas cosas pero básicamente como distracción. Tenía que decidir si mi vocación recién descubierta era más viable en la selva recóndita o en una ciudad metropolitana. Me llamaba la atención la selva, sus olores, su gente, el paisaje y sus colores exuberantes. Desde el primer día que pisé su suelo pensé que era un lugar mágico y solo desde que la conocí pude comprender a plenitud las novelas de García Márquez que había leído años atrás.
Estaba ensimismado pero feliz pensando en ello cuando llegó Harry, yo ya había cenado y tomamos una cerveza ligera para conversar, le conté de lo que me había pasado y se alegró. Él también le tenía cariño a la selva y de hecho había estudiado la primaria allí, así que podía comprender mi fascinación. Luego subimos al Jeep y empezamos a pasear por la ciudad en tanto hacíamos hora para recoger a las chicas.
Mientras paseábamos, Harry, sin dejar de conducir, sacó de la guantera una cinta de casette y la puso en el auto radio. Ceremonioso me preguntó si conocía a la banda Toto, "¡claro!" le contesté. Era música con la que había pasado mi adolescencia. Entonces, cual pacto secreto, me dijo seriamente: "Esta canción tiene mucha energía, por eso, no importa donde te encuentres ni cuánto haya pasado, cuando escuches esta canción, siempre, siempre te vas a acordar de Iquitos." Luego presionó el botón de play y empezaron a sonar las notas de África, una de las canciones mas conocida de la agrupación. Miré el horizonte a través del parabrisas y pensé que efectivamente aquella era la banda sonora de ese momento de mi vida. Como en una película, al ritmo de la canción, recorría la ciudad por las calles de barro, a bordo de un Jeep amarillo sin techo, con el viento moviendo mis cabellos, expuesto a la noche tropical, en medio de la selva, decidido a escribir historias, todas las historias, en un escritorio de madera con una vieja lámpara amarilla, en el pegajoso calor de una habitación abarrotada de libros, rescatando todos mis demonios, jugando con ellos, anotando sus susurros para convertirlos en personajes, en amores y traiciones, mientras que en mis oídos retumban pletóricos los tambores de África desde el Serengueti y espero que el amor de mi vida cruce el océano, el mar o una cordillera y llegue en el vuelo de la media noche mientras yo aguardo bajo una lluvia bendita para decirle que las historias de amor que escribí, que escribo y que escribiré, con otros nombres, con otros rostros, con otra piel, son, fueron y serán siempre y para la eternidad, para ella.
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lunes, 20 de abril de 2020
martes, 19 de febrero de 2013
HOSTAL (Cuento)
Esteban se
sentó en la fría cama del pequeño hostal, el lugar era sencillo pero no
desagradable. Una cama de dos plazas, con algunas tristes marcas de quemadura
de cigarro de distraídos amantes en el edredón, una austera mesa, dos sillas,
una cómoda de cuatro cajones, una mesa de noche y un pequeño televisor. Se
desató los pasadores, buscó el control del televisor y lo encendió. Pasó
rápidamente por los canales y nada le llamó la atención, lo apagó nuevamente.
Se incorporó y caminó hacia la silla donde había dejado su mochila, extrajo su
computador portátil, lo colocó sobre la mesa y lo encendió, luego extrajo una
botella de agua de dos litros, la abrió y tomó un largo trago directamente de
la botella.
Una vez que
se sentó frente al ordenador, colocó los
dedos sobre el teclado e inició la escritura. Escribió el título que ya había
pensado con anterioridad y en el primer párrafo se describió él mismo sentado
en la fría cama de un pequeño hostal, describió la habitación y la manera cómo
se puso a buscar canales de televisión, sin que ninguno llame su atención.
Luego describió con detalle el momento en que se acercó a su mochila y extrajo
su ordenador, su botella de agua de la que bebió un largo trago y de cómo
empezó a escribir su novela soñada.
La trama de
la novela era sencilla, se trataba de un tipo que cuenta como otro llega a un
hostal, sencillo por cierto pero no desagradable. Se sienta en la fría cama, se
distrae con la televisión, luego la apaga, se incorpora y busca su mochila
donde llevaba su ordenador, y empieza a escribir una novela, con la que sueña
todo escritor, todo ello luego de describir la habitación donde inicia su
aventura y tomar un largo trago de agua de una botella de dos litros que había
llevado consigo.
Decidió que
el personaje de su novela, el escritor, se llamaría Esteban también. Este Esteban
había decidido escribir la novela de su vida, la novela soñada y para ello se
recluiría en un hostal, uno pequeño pero no desagradable, a ese hostal llevaría
su computador portátil y se dedicaría escribir acompañado de una botella de
agua para no deshidratarse. Empezaría la novela describiéndose a sí mismo, la habitación
y cómo se ponía a escribir.
Una vez que
Esteban terminó de darle forma al primer párrafo, tuvo la clara sensación de
que alguien lo observaba, miró hacia atrás y no había nadie, se le ocurrió que
pasaba como en la casa de los espejos, sentirse observado por él mismo a través
de infinitos espejos que multiplicaban al infinito su imagen sin poder
distinguir cual era la verdadera.
Regresó las
manos al computador, las colocó cerca del teclado y no pudo escribir, sus dedos
quedaron tiesos, dolorosamente inmóviles, sintió de pronto una sed sofocante
que lo abrasó, estiró la mano para tomar la botella de agua y no la alcanzó, la
sed se hacía intensa y la botella misteriosamente había desaparecido, trató de
gritar y su garganta no emitía sonido alguno, el aire ya no ingresaba a su
pulmones, se ahogaba en su propia desesperación, exhaló un gemido lastimero,
tenue… De pronto adquirió consciencia, apretó los dientes y exhaló. Estaba
allí, sobre la cama, agitado, saliendo de una pesadilla, su frente empapada de
sudor. La botella de agua estaba sobre la mesa, se acercó. Tomó un trago largo
y presionó una tecla del ordenador. En la pantalla apareció el primer párrafo de
la novela que estaba escribiendo y a pesar de sus esfuerzos no recordó en qué momento
durmió, se sabía despierto y leyó el párrafo del tal Esteban que estaba por
escribir la novela de sus sueños, luego de haber visto un rato la televisión en
un hotel sencillo pero no desagradable, luego de un largo trago de agua. Cuando
terminó se miró y no recordaba haber llegado con esa ropa y observó que los
pasadores de sus zapatillas seguían atados, estiró la mano hacia su mochila y
no pudo alcanzarla, nuevamente la garganta se le cerró, era un nuevo sueño,
estaba soñando dentro de un sueño pero que no era un sueño, era parte de la
novela, el segundo párrafo, en el que Esteban es atrapado en un sueño, pero ya
no sabía qué sueño ni qué Esteban, se había perdido entre uno de los infinitos
espejos que eran sus sueños y sus personajes, trató de despertar con la
incertidumbre de que no sabía si despertaría en otro sueño, si sería otro
Esteban, uno de los que lo espiaba desde atrás cuando escribía la novela, la novela
de sus sueños, de los sueños donde se había quedado atrapado para siempre, sin
saber nunca más cómo volver a la realidad.
sábado, 21 de mayo de 2011
SOLO QUE NO ME DI CUENTA
Recientemente revisando algunos artículos míos publicados en una revista especializada, me di cuenta que el editor había borrado todas las tildes que yo con mucho esfuerzo había puesto en las palabras “sólo”. La palabra solo (o sólo) es una de mis palabras “problema” cuando escribo. Casi nunca puedo determinar mientras escribo si son adverbio o adjetivo, así que usualmente hago la corrección de los “solos” en una lectura final y allí agregaba las tildes que a mi parecer iba olvidando.Yo no soy un lingüista o un experto en el tema, así que la operación era simple, recordaba a mi profesor de lengua y literatura de la secundaria que me dijo alguna vez: “la palabra ‘solo’ lleva tilde cuando equivale a solamente” y con esa regla cual espada medieval me batía en duelo contra las reglas de la ortografía.
Resulta que anoche, al averiguar concienzudamente el porqué mi editor había eliminado las tildes antes referidas, me di cuenta que la regla que aprendí en la secundaria ya no tiene validez. En resumen: La nueva regla es que la palabra “solo” no lleva tilde nunca. Hasta allí la noticia es buena porque significaría que (a pesar de mis errores gramaticales, que además todavía podrán apreciar en los posts pasados en este blog) ya no tendría que preocuparme nunca más de pensar cuándo es que “solo” quiere decir “solamente”. Pero como la academia de la lengua, que por alguna misteriosa razón, es especialista en dictar reglas siempre con excepciones… resulta que a pesar de todo, a veces “solo” sí lleva tilde.
¿Y cómo es esa excepción? Veamos primero la regla: Al ser “solo” una palabra grave o llana que termina en vocal, la regla general dice que no lleva tilde, al igual que sapo, mono, taco y tela.
Pero “solo” tiene dos posibles comportamientos como indiqué al principio de la nota, estos son como adverbio y como adjetivo, otro menudo problema porque hay que saber cuándo es adverbio y cuándo es adjetivo. En fin. En mis propias palabras y tal como yo lo entiendo (que me perdonen Marco Aurelio y la señora Martha) el adjetivo tendría que agregarle una calificación al verbo. Así si Juan está caminando (verbo caminar), no se sabe si Juan camina rápido, despacio, con compañía o no, en ese caso si “Juan camina solo” entonces la palabra agrega un atributo al verbo y se comporta como adjetivo y no lleva tilde (ni ahora ni antes).
Ahora si “Juan come carne pero no pescado” resulta que se podría decir que “Juan solo come pescado”, (aquí es adverbio) y según las reglas que aprendí en la secundaria – y que ya no son válidas desde el año 1999 – ese “solo” tendría que llevar tilde porque se puede reemplazar con “solamente”, así “Juan sólo come pescado”. Pero con las reglas actuales ya no es necesario porque aparentemente a nadie se le ocurría pensar que “solo” se refiere a soledad, entonces al no haber ambigüedad no se necesita la tilde. Es decir la excepción es que la tilde se usa solamente para eliminar una posible ambigüedad en el uso de la palabra “solo” en una oración a fin de que el lector no la interprete como adverbio cuando en realidad se quiso poner como adjetivo.
Hagamos una frase más bonita: “Juan solo comía pescado en ese viejo restaurant.” Entonces con las viejas reglas ese “solo” llevaría tilde, con las modernas no. Cualquier lector (según la academia) se daría cuenta de que “solo” está operando como adverbio.
Ahora: “Juan solo, comía pescado en ese viejo restaurant.” ¡Magia! Acabamos de convertir ese “solo” en adjetivo con una simple coma, ¿Y el verbo? Es “comía”, o sea Juan comía solo, solito, en soledad. En este caso no lleva tilde ni ahora ni antes del 99. Es redacción nada más.
El otro tema es si todos los lectores están en la capacidad de reconocer un adverbio de un adjetivo, yo creo que en el Perú no, pero cuando un ingeniero diseña un auto pone su mejor esfuerzo en él aunque los que lo conduzcan luego no sepan distinguir entre una bujía y un inyector.
¿Cuándo se produce la ambigüedad? A ver: “Juan caminó solo por la avenida” ¿”Solo” es adverbio o adjetivo? Si la frase se suelta sola, la tilde tendría que ayudar, al no tener tilde tendría que interpretarse como adjetivo. Si Juan caminó solamente por la avenida, cuando pudo haber caminado por otros lugares, la palabra “solo” llevaría tilde, pero si Juan caminó sin compañía por la avenida, no lleva tilde. Me parece que las ambigüedades aparecen más con frases sueltas. Además resulta algo complicado percibir bien cuando de verdad se está produciendo una ambigüedad. Veamos ahora:
“Juan, esta vez dejó a su perro Nerón en casa y caminó solo por la avenida.” ¿Se resuelve el problema? Parece que no, pues al margen de la presencia de Nerón, todavía puede referirse a que caminó por la avenida cuando pudo haber caminado por el parque, en cuyo caso “solo” llevaría tilde. Sin embargo y regresando a que no todos los lectores podrían identificar el sentido de la oración, lo más aconsejable parece que será en lo posible eliminar la ambigüedad por la redacción y no por el uso de la tilde, por ejemplo: “Juan caminó por la larga avenida, sintiéndose solo ya que esta vez dejó a su perro Nerón en casa.”
Como podrán ver he sido egoísta en esta nota, la escribí en gran medida para poner en blanco y negro un concepto que no tenía claro cuando empecé a escribirla. A mí ya me quedó cristalino. Evitaré usar “solo” y procuraré evitar también ambigüedades, así tal vez mi editor no se moleste cuando encuentre la palabra “solo” con tilde, cuando mi intención fue solo tratar de cumplir una regla que me enseñaron en la secundaria. Espero también que la nota les sirva no solo a los que por su trabajo tienen la obligación de redactar, si no a los que solo disfrutan escribir, como yo, tan solo por placer, aquí solo frente a mi computador.
sábado, 14 de mayo de 2011
UN CLAVEL ROJO EN EL OJAL (Cuento)
Débora llegó de prisa a su trabajo, se dio cuenta que era tarde porque los focos de la entrada ya estaban encendidos y Juan, el vigilante ya estaba sentado en la puerta en su banco de madera. Lo saludó y él le hizo un gesto en la cabeza para que entre. Una vez en el interior percibió de reojo que buen número de clientes ya ocupaban las mesas. Caminó mirando al piso hacia el cuarto que fungía de camerino, las otras chicas estaban cambiándose. Rubí, que estaba ayudando a una novata a acomodarse el traje, volteó y la miró de arriba a abajo:– ¿Otra vez tarde? – le dijo sin quitarse el cigarrillo que estaba fumando de la boca.
– Tuve un examen en la universidad – contestó Débora.
– Bien por ti mamita – replicó Rubí – pero aquí, bisnes son bisnes le dijo frotándose los dedos índice y pulgar.
Débora no contestó, acomodó su mochila cargada de libros y cuadernos a un lado y empezó a quitarse la ropa. Ya había perdido la vergüenza de desvestirse frente a Rubí y las otras, al principio le había costado trabajo hacerlo, pero ahora ya no. Totalmente desnuda se levantó y se dirigió al casillero con su nombre, abrió y escogió el bikini blanco. Se lo colocó rápidamente y se acercó al ¿Cómo se llamaba?
Mis dedos se quedan suspendidos sobre el teclado, levanto la mirada al techo de mi pequeño cuarto de trabajo buscando la palabra que me falta, la tengo en la punta de la lengua, procuro concentrarme y de pronto escucho un silbido fino que proviene del suelo, “psst, psst”, volteo y no veo nada, nuevamente escucho “psst, psst” con mis pies empujo la silla giratoria hacia atrás, miro bajo el escritorio y veo un escarabajo negro, mediano, que me hace señas apuntando con una de sus patas a su espalda, me acerco y noto que en su espalda lleva escrito “guardarropa”, quedo perplejo, es la palabra que venía buscando. Sin embargo me da terror pensar que este escarabajo sabe lo que estoy escribiendo y peor aún, pensando. Mientras lo veo alejarse lentamente hacia la sala de la casa me rasco la nuca preocupado y Dubi, mi fiel perro viringo, levanta la cabeza y gruñe, “yo no confiaría tanto en un rastrero” me dice, sacude una oreja, se acomoda un poco sobre su cama, cierra los ojos y continúa con su sueño ligero. Me quedo con la duda si un escarabajo es un rastrero. Pero, ¿Qué sabe Dubi de escarabajos?
Frente al guardarropa, Débora escoge el disfraz de enfermera, nunca falla. Lo coloca en un clavo en la pared mientras se pasa aceite por el cuerpo. Una vez que ha logrado que su piel esté brillante se aplica escarcha plateada en zonas estratégicas, se perfuma. Es parte de crear la ilusión y la magia para el show. La piel aceitada y escarchada brilla con las luces del escenario, el perfume es necesario para cuando se acerca al público. Necesita este trabajo para pagar la universidad, su ropa y sus libros; no puede darse el lujo de perderlo por descuidar los detalles.
Ya casi lista se coloca las botas blancas de tacón, la faldita y la bata, blancas ambas, la toca con la pequeña cruz roja en el centro y el estetoscopio de utilería. Escucha al anunciador: “Y ahora con ustedes… ¡la encantadora Débora! ¡Recíbanla con fuertes aplausos!” Sale en medio de las palmas medianamente efusivas y se para segura en el estrado que está casi a oscuras, una tenue luz azul cae por sobre su cabeza, empieza la música, “eclipse total del corazón”, conoce la rutina de memoria, con los primeros acordes estira el brazo derecho y encuentra el frío tubo de acero, da una vuelta alrededor de él inclinando su cuerpo a un lado y dejando libres sus largos cabellos negros. Se detiene dándole la espalda al público, toma el tubo con sus dos manos, con otro movimiento clásico se pone de cuclillas frente a él, quiebra la espalda y empuja sus caderas hacia atrás, las que se levantan lentamente dejando sus nalgas al disfrute de todos los espectadores, una vez que se incorpora, calcula que ya es hora de quitarse la ropa empezando por la toca, repasa mentalmente el proceso y se acuerda que debe dejar el estetoscopio hasta el final, incluso después de haber quedado desnuda. Un poco de fetichismo nunca va mal. Levanta los brazos grácil y el estruendo mezclado con varios gritos la deja paralizada, voltea sin saber de dónde viene el ruido y llega a escuchar tres tiros más, para cuando se produce el último ya ha logrado taparse los oídos pero no atina a moverse del sitio, la música continúa y Juan ha conseguido activar las luces de emergencia, el salón se inunda de luz, sobre el piso un hombre se desangra y otro en el medio, vestido de impecable traje blanco, sostiene una pistola, el sujeto levanta el arma y apunta al techo, hace un disparo más y grita que todos se queden quietos.
Débora no sabe qué hacer, Juan, el vigilante se acerca al individuo prudentemente y le pide que se calme. Le dice que hay que llamar una ambulancia, le garantiza que nadie va a llamar a la policía. Reza para no haya un policía entre los clientes que quiera hacerse el héroe ahora, reza para que Juan pueda manejar la situación. El desconocido vuelve a disparar al techo y apunta hacia las mesas, grita que todos se sienten en un solo lado. Los más asustados son los primeros, corren al punto donde el hombre está señalando. Juan le vuelve a decir que el sujeto en el piso necesita un médico. Al pistolero eso no le importa, Débora se acaba de dar cuenta que en ese momento el tipo no la está viendo, retrocede hasta salir de su ángulo visual, se apoya en la pared y busca la puerta que comunica el escenario con el camerino. Se pregunta si Rubí y las chicas saben lo que está pasando. Encuentra la manija y la gira, nada, está trabada. ¿Por qué? ¿Qué sucede?
Siento que me miran, giro a la izquierda y allí está Dubi sentado, observándome con la cabeza ladeada al costado derecho y sacando un poco de su lengua rosada. “¿Qué?” le digo, él me contesta “¿Qué de qué?” “Me desconcentras” replico yo, y él con voz cansada me dice “Si tanto te jode déjame salir a dar un paseo” se voltea y sale de la habitación displicente, yo salgo detrás y abro la pequeña puertita de treinta por treinta centímetros que da a la calle y que hice especialmente para él en la parte baja del portón de la cochera, se va feliz agitando la cola y yo me quedo mirando la puertita: “Una puerta en una puerta” pienso y regreso volando a la computadora.
Recuerda que en la puerta hay una pequeña puertita oculta desde donde las chicas del camerino curiosean el show de la bailarina de turno, se le ocurre que las chicas han visto todo y se han encerrado. En su desesperación toca despacio y susurra “ábranme por favor” aprovechando que “eclipse total del corazón” todavía sigue sonando. Nadie le contesta, insiste una vez más con la manija. No sabe si esconderse en una de las bambalinas o ir a la mesa donde todos se están agrupando asustados. Se queda parada, temblando.
Me distrae nuevamente un ruido escandaloso en el patio y salgo, Dubi pasa ladrando delante de mí a toda velocidad, está siguiendo a un enorme gallo que corre raudo sacudiendo su cresta colorada y lleva un clavel rojo en ojal del gracioso chaleco negro que trae puesto. “!Dubi, para!” grito y él frena, el gallo asustado se detiene, toma aire y recuperando la dignidad se coloca sus impertinentes dorados sobre el pico curvo para mirarme y me agradece con una venia. “¡Za!” le digo a Dubi señalando la casa, se va mascullando entre dientes algo, logro entender las palabras “caldo” y “gallina”, giro y le pido disculpas al gallo, él se acomoda un poco las plumas y me dice que cosas así suelen suceder, sin embargo ya está harto de los perros y de los gatos. La semana pasada un perro se comió al hijo de una de sus tantas gallinas. Nadie respeta su estirpe, me comenta que es descendiente del Caballero Carmelo, pero en estos tiempos a nadie parece importarle. Lo acompaño a la salida, nuevamente me hace una venia, se acomoda el clavel y me dice: “use la piedra preciosa”, luego de lo cual se aleja sacando el pecho y colocando una pata delante de la otra con mucha clase.
Cuando todos se han acomodado cerca del hombre armado, este voltea y grita, ¡dónde está el de la música! ¡la bailarina! ¡el barman! Apunta a Juan a la cabeza y le dice que haga que todos vengan. Juan camina despacio al centro del salón, la llama y le hace un gesto dándole entender que no se preocupe. El barman se incorpora, se había escondido detrás de la barra, el sonidista había hecho lo mismo tras los equipos. Los tres, junto a Juan, se acercan despacio el grupo, asustados, mientras el tipo los apunta con el arma; les pregunta si hay alguien más, Juan niega con la cabeza, el sujeto les grita que se queden quietos y camina rumbo al escenario. “Debe ser cliente asiduo” piensa Débora, “debe saber que hay más chicas en el camerino”, hace memoria para recordar su cara pero no puede. El retumbar de otro disparo la saca de sus pensamientos, sin darse cuenta ha gritado pero inmediatamente se tapa la boca, el hombre retrocede, se apoya en el tubo de acero, se mira el torso y voltea, pareciera tener un clavel rojo en la solapa del traje, es sangre, una mancha pequeña que se extiende rápidamente por todo su pecho. Cae al piso, primero de rodillas, luego se desploma por completo. Del fondo del escenario sale Rubí, fumando, con una vieja treinta y ocho de cañón corto en la mano, con minifalda negra y portaligas; parece una escena sacada de un filme de los sesenta o la representación de un tango argentino. Siente la mano de Juan jalándola del brazo, le pide ayuda, ambos van corriendo a ver al otro infeliz que todavía yace en el piso. Agoniza, Juan le pide a Débora que lo sostenga mientras llama a una ambulancia, el moribundo abre los ojos, la mira y le pide que no lo deje morir, recién cae en cuenta que sigue vestida con la bata blanca, la toca y con el estetoscopio al cuello. El pobre tipo debe estar pensando que es verdaderamente una enfermera y que sobrevivirá. “La realidad supera la fantasía”, piensa Débora. Le toma la mano y la siente languidecer, a sus espaldas escucha la voz áspera de Rubí:
– Ya está muerto.
– ¿Los conocías? – pregunta Débora mientras a lo lejos se escucha el ulular de las sirenas.
– Sí, pero ya no importa – contesta Rubí – Bisnes son bisnes.
viernes, 18 de febrero de 2011
GRACIAS POR AVISAR (Cuento)
Mauricio se sentó frente al escritorio y colocó la taza de café caliente sobre un trozo de papel doblado en dos para no estropear la superficie de madera. Encendió el computador y abrió el procesador de textos. Al igual que toda la semana anterior se quedó mirando la pantalla mientras bebía lentamente el café. Hacían ya siete días que entre sueños le vino a la mente la historia que necesitaba para su nueva novela, pero al despertarse no podía recordarla. Había estado tratando de concentrarse durante toda la semana y hasta ahora no había logrado recordar absolutamente nada. Se apoyó en el respaldo de la silla y miró por la ventana; en el horizonte, sobre el mar, una gaviota volaba apacible. Pensó en escribir la historia de una gaviota… no, eso ya lo había escrito alguien, sobre los delfines también. ¿Es que acaso había algo sobre lo que no se hubiese escrito? Se levantó del asiento y siempre con la taza de café en mano caminó hasta la terraza, bebió otro sorbo y pensó que podría escribir acerca de un escritor que no encuentra sobre qué escribir, sonrió.
De nuevo en el escritorio empezó a jugar con el puntero del ratón, se sintió abrumado por el tedio, con ambas manos se tomó el mentón, luego las sienes y finalmente su cráneo y alisó su cabello hacia atrás, se sentó derecho sobre la silla, colocó sus dedos sobre el teclado y se dispuso a escribir. Tal vez si empezaba con un título las ideas podrían surgir, trató de idear algo, pero no lo consiguió, la página en blanco seguía allí. Abrió el navegador de internet, pero lo cerró de inmediato, no quería distraerse. Se puso de pie y caminó hasta su biblioteca, tal vez si leía algo podrían surgir ideas nuevas. Pasó su vista por los lomos de los libros y no se animó a tomar ninguno. ¡Diablos! Dijo para sí mismo, se lanzó pesadamente sobre el sofá y tomó el control remoto de la televisión y la encendió. Luego de cuarenta minutos se aburrió, cada programa era peor que el anterior, podría haber sido fotógrafo de National Geographic, si no fuera alérgico a las picaduras de los mosquitos ese hubiese sido su trabajo perfecto, horas y horas sentado, leyendo un libro esperando que aparezca un león en la sabana africana o atento al fantástico topo ciego de nariz con dedos. Se le ocurrió que podría escribir la historia de unos animales que pensaran como humanos. Desistió, había leído como diez novelas con ese mismo tema. Lo importante no son los sujetos, pensó, lo importante es la historia, la trama. ¿Qué trama podría ser efectiva? No importa si los protagonistas son patos, campesinos, príncipes o extraterrestres, lo que necesitaba era una buena trama. Apagó el televisor. Salió y se sentó en la hamaca de la terraza y pensó con toda la capacidad de concentración que le era posible. Quería, tenía que escribir algo bueno, no historias obvias con fines previsibles. Sustancia, romance, nudo, intriga, suspenso. Sonó el celular, se levantó rápido y corrió hacia el escritorio. Atendió:
- ¿Aló?
- ¿Mauricio? – dijo una voz sollozante al otro lado de la línea.
- Sí.
- Es tu tía Sara, te llamo para decirte que tu papá falleció en la madrugada. Lo siento hijo.
- Gracias por avisar – dijo Mauricio tristemente y colgó.
Mauricio encendió un cigarrillo y lo fumó lentamente mirando al horizonte, recordó con cariño a su padre a pesar de que su relación no fue nunca cercana y tampoco afectuosa. Aprendió algunas cosas de él y deseó haber aprendido más, pero su padre siempre tenía proyectos, planes e ideas que no lo incluían. Se dio cuenta que el viejo casi nunca habló con él de sí mismo, lo conocía por referencia, por personas que al identificarlo como su hijo le recordaban lo honesto, disciplinado, fuerte, inteligente y emprendedor que era su padre. Apagó el cigarrillo y volvió al escritorio, se sentó frente al computador y empezó a escribir: “El día que murió su padre, Mauricio se sentó frente al escritorio y colocó la taza de café caliente sobre un trozo de papel doblado en dos para no estropear la superficie de madera…”
De nuevo en el escritorio empezó a jugar con el puntero del ratón, se sintió abrumado por el tedio, con ambas manos se tomó el mentón, luego las sienes y finalmente su cráneo y alisó su cabello hacia atrás, se sentó derecho sobre la silla, colocó sus dedos sobre el teclado y se dispuso a escribir. Tal vez si empezaba con un título las ideas podrían surgir, trató de idear algo, pero no lo consiguió, la página en blanco seguía allí. Abrió el navegador de internet, pero lo cerró de inmediato, no quería distraerse. Se puso de pie y caminó hasta su biblioteca, tal vez si leía algo podrían surgir ideas nuevas. Pasó su vista por los lomos de los libros y no se animó a tomar ninguno. ¡Diablos! Dijo para sí mismo, se lanzó pesadamente sobre el sofá y tomó el control remoto de la televisión y la encendió. Luego de cuarenta minutos se aburrió, cada programa era peor que el anterior, podría haber sido fotógrafo de National Geographic, si no fuera alérgico a las picaduras de los mosquitos ese hubiese sido su trabajo perfecto, horas y horas sentado, leyendo un libro esperando que aparezca un león en la sabana africana o atento al fantástico topo ciego de nariz con dedos. Se le ocurrió que podría escribir la historia de unos animales que pensaran como humanos. Desistió, había leído como diez novelas con ese mismo tema. Lo importante no son los sujetos, pensó, lo importante es la historia, la trama. ¿Qué trama podría ser efectiva? No importa si los protagonistas son patos, campesinos, príncipes o extraterrestres, lo que necesitaba era una buena trama. Apagó el televisor. Salió y se sentó en la hamaca de la terraza y pensó con toda la capacidad de concentración que le era posible. Quería, tenía que escribir algo bueno, no historias obvias con fines previsibles. Sustancia, romance, nudo, intriga, suspenso. Sonó el celular, se levantó rápido y corrió hacia el escritorio. Atendió:
- ¿Aló?
- ¿Mauricio? – dijo una voz sollozante al otro lado de la línea.
- Sí.
- Es tu tía Sara, te llamo para decirte que tu papá falleció en la madrugada. Lo siento hijo.
- Gracias por avisar – dijo Mauricio tristemente y colgó.
Mauricio encendió un cigarrillo y lo fumó lentamente mirando al horizonte, recordó con cariño a su padre a pesar de que su relación no fue nunca cercana y tampoco afectuosa. Aprendió algunas cosas de él y deseó haber aprendido más, pero su padre siempre tenía proyectos, planes e ideas que no lo incluían. Se dio cuenta que el viejo casi nunca habló con él de sí mismo, lo conocía por referencia, por personas que al identificarlo como su hijo le recordaban lo honesto, disciplinado, fuerte, inteligente y emprendedor que era su padre. Apagó el cigarrillo y volvió al escritorio, se sentó frente al computador y empezó a escribir: “El día que murió su padre, Mauricio se sentó frente al escritorio y colocó la taza de café caliente sobre un trozo de papel doblado en dos para no estropear la superficie de madera…”
viernes, 4 de febrero de 2011
LOS AMIGOS DE MI INFANCIA Y QUE NO PERDI
Probablemente una de las pocas cosas notables y útiles que hizo mi padre en mi favor –indirectamente – fue comprar unas láminas del método Coquito para leer. Mi madre las guardaba cuidadosamente en casa y hasta donde sé, mis seis hermanos y yo – además de algunos primos – aprendimos a leer con ellas. Tenía cinco años y recuerdo como si fuese ayer la tarde que mi madre desempolvó la cubierta de plástico de las láminas y me envió a la casa de mi abuelo paterno, que quedaba a la vuelta de la esquina, para que mi tía Ruth me enseñe a leer.
Mi tía Ruth – que nos dejó hace ya varios años – era todo un personaje. Para empezar nadie le decía Ruth, todos le decíamos Gringa, mis tíos le decían Gringa a secas y nosotros más respetuosamente le decíamos tía Gringa. El apelativo venía del su blanquísimo color de piel y sus cabellos castaños, que en realidad no eran herencia de nadie de la familia, sino que se debían a que el sol jamás tocaba su piel y su metabolismo no procesaba bien sus alimentos, así que el color de cabello no era otra cosa que el resultado de la desnutrición. Mi tía Gringa había sufrido el terrible polio de niña y la secuela la había dejada incapacitada físicamente, pasaba la vida entre una silla de ruedas y su cama. Sólo podía mover muy limitadamente su mano y muy poco su cuello. Dependía de los demás para casi todo. En las mañanas mi abuelo la levantaba de su cama y la colocaba en la silla de ruedas, sus articulaciones estaban totalmente soldadas así que la posición de su cuerpo era la misma ya sea recostada o en la silla. Luego en la silla tomaba desayuno con la ayuda de mi abuelo o alguno de mis tíos y pasaba toda la mañana leyendo cosas. Ella fue quien nos enseñó a leer, pero además sabía casi todo lo que había que saber, nunca fue a la escuela, pero nos enseñaba matemáticas y otras cosas, cuando habían dudas acerca de cualquier tema ella sabía las respuestas de casi todo e incluso cuando mi abuelo puso una tienda de abarrotes con su jubilación, ella era la que llevaba las cuentas e inventarios, la mayor parte mentalmente.
Así fue que mi tía – que fue el primer adulto a quien profesé verdadera admiración – se convirtió en mi maestra de las primeras letras. Con sus dedos anquilosados y su escaso movimiento de muñeca fue quien escribió en mi primer cuaderno las palabras a repetir, el eme-a, “ma”, eme-e, “me”, “mi mamá me mima” y todas las preciosas frases que, quienes como yo aprendieron a leer con Coquito, recordarán con cálida nostalgia.
Otra cosa que aprendí de mi tía Gringa es que cuando se lee no hay límites para la imaginación, ella era mi Obi Wan Kenobi y yo su Anakin Skywalker, tal vez para hoy ya me haya convertido en Darth Vader, porque ella era muy creyente, pero ese es otro cuento. Lo cierto es que según sus propias palabras fui su alumno más aplicado y el que más rápido aprendió. Eso derivó en continuas competencias de lectura organizadas por mis tíos, donde se comparaba entre los primos coetáneos a quien leía mejor y más fluido. Yo percibía claramente que mis primos tenían serias trabas con la lectura, leían silabeando, cosa que yo había superado en las primeras clases.
Luego de la tediosa época de competencias, mis primeras lecturas fueron los letreros de la ciudad. Caminaba por el centro acompañando a mi madre a las iglesias y no me fijaba en otra cosa que no fuesen los letreros: Carsa, Abugatás y hermanos, La Uruguaya, Monterrey (no el supermercado, sino la tienda de telas), leía los carteles de ofertas, las direcciones, incluso en las iglesias los letreros de acrílico que acompañaban a las imágenes y los más antiguos y delicadamente tallados en piedra o mármol. Mi ánimo no era practicar, sencillamente era una innata curiosidad. Ahora que sabía leer me moría de curiosidad de saber qué cosa decía cada letrero en el mundo.
En casa, otra cosa que sucedió a mi favor, es que mi padre dejó una minúscula biblioteca, calculo que serían unos cuarenta libros, veinte de los cuales eran una muy bien cuidada edición del Tesoro de la Juventud. Recuerdo claramente sus hojas de papel satinado, los lomos de cuero verde con letras doradas. Era un verdadero placer leer en esa enciclopedia. Yo no sabía en ese entonces la diferencia entre una enciclopedia y un libro, así que asumí que eran libros y como eran los más bonitos los empecé a leer. El tomo veinte tenía el índice. En realidad era un índice complejo pero yo nunca lo usé.
El Tesoro de la Juventud como ya dije era una enciclopedia pero didáctica o temática, tenía resúmenes de novelas en una sección maravillosa que si mal no recuerdo se llamaba el Libro de las Narraciones Interesantes o algo así. Allí fueron mis primeros encuentros con los clásicos, en esa sección leí los resúmenes de “La divina comedia”, “El vellocino de oro”, “El tesoro de los nibelungos”, “La iliada”, “La odisea”, “Fuenteovejuna”, “Corazón”, “Hamlet”, “El moro de Venecia”, “Otelo”, “Los Miserables” y tantos otros más que más adelante y con mayor madurez y recursos económicos, me sentí en la obligación placentera de leer en sus versiones completas.
Una vez que se acabaron los resúmenes, aún quedaba mucho por leer, y para el lector ávido no hay nada mejor que letras por descubrir, leí enteras las secciones de historia, ciencias naturales, geografía y misceláneas. Me encontré con las maravillosas fábulas de Esopo, pero también con un muy didáctico y comprensible resumen de la teoría de la relatividad. A mis cortos siete años aprendí cómo se reproducen las células, las plantas, los animales y los humanos. Tenía una idea clara de las ciudades de Europa, Asia, África, Oceanía y América, así como de su historia y evolución. Aprendí de mitología griega, de volcanes, de experimentos caseros, de cómo funciona la electricidad, los planetas, la – en ese momento incipiente – teoría del Big Bang, de la velocidad de la luz y el sonido. En realidad ahora que lo pienso, creo que el ochenta por ciento de las cosas que sé las aprendí en esos años. El Tesoro de la Juventud, abandonado en ese pedacito de la sala de la casa de mi madre fue una de las mejores cosas que me sucedieron en la vida, si no la mejor.
Al costado del librero hecho de ángulos ranurados Dexion que albergaba estas joyas había un sillón antiguo que fue mío durante los años de mi niñez y temprana adolescencia. Allí leí todo lo que pude leer en casa, y allí escuché durante varios años la frase ¡Miguel a comer! Lanzada por mi madre desde el comedor. Ni durante la universidad cené fría la comida tantas veces.
Cuando se acabó el Tesoro de la Juventud, hice algo muy simple, lo volví a leer, pero esta vez selectivamente, releía más lo que más me gustaba, pero recuerdo que habían días que regresaba de la escuela y tomaba un tomo al azar y leía lo que apareciese también al azar y de allí hacia adelante. Llegó un punto en el que ya no había nada que no conociera de esos veinte tomos y decidí leer el índice. Apenas le di un vistazo y lo dejé. Me di cuenta que yo sabía exactamente en qué tomo estaba cada una de las cosas que había leído y en algunos casos sabía en qué página. Un poco asustado de dejar a mi primer amigo, apunté mi vista a la segunda fila de libros del estante, eran pequeños, visualmente insignificantes ante la majestuosa edición del Tesoro de la Juventud, pero era momento de investigar, la curiosidad siempre puede más.
Empecé por los que tenían mejor apariencia, allí fue que leí “El Padrino” de Mario Puzzo, quedé impresionado sobre todo ante la escena del caballo decapitado, muchos años después cuando vi la película no me pareció tan buena la recreación, pero cumplía su cometido. La novela tenía varios pasajes de alto contenido sexual y erótico – que nunca aparecieron en las películas – y que yo curiosamente leía con naturalidad. Luego leí “La Divina Comedia” en su versión completa, “Drácula” de Bram Stocker, “El exorcista”, “Papillón”, que merece comentario aparte, precisando que eran libros de mi padre, probablemente “best sellers” de la época, a pesar de ello “Papillón” en esa época me impresionó por su crudeza, más adelante, en mi juventud, me di cuenta que estaba pésimamente escrita, pero en ese entonces disfruté mucho de la historia, hasta la parte de los caníbales y las hormigas asesinas. Me enfermé, mi tío Lucho que era médico no pudo acertar que tenía y finalmente me trataron por infección estomacal, pero yo sabía que era por la novela. Allí me di cuenta que tenía una capacidad aterradora de vivir lo que leía tal como si estuviese literalmente en los lugares y escenas descritos por los autores.
Luego me encontré con algunos clásicos, nuevamente Homero, en sus versiones completas, había una novela de García Márquez, “La mala hora”, me pareció muy buena sin llegar a ser genial, para ese entonces García Márquez aún no había ganado nada y para mí era un amigo más, lo cierto es que disfruté mucho la historia de los pasquines. Muchos años después García Márquez confesó que no se sentía orgulloso de esa novela, la había escrito a solicitud de algunos amigos a fin de no que no se declarara desierto un concurso literario donde las obras presentadas no daban la talla requerida.
En ese entonces, mi padre envió a casa otro de sus aciertos, compró de algún lado la colección completa de El Escolar, que era un suplemento semanal del diario Extra, los hizo empastar en seis tomos y se agregaron a la pequeña biblioteca familiar. Como es obvio los leí de principio a fin, pero no sólo eso, estos suplementos traían unos pequeños y simples crucigramas que me apasionaron por completo y los hice todos, me di cuenta que los resolvía sin recurrir a nada más. Sólo los resolvía. Algunas cosas las sabía, pero una muy buena parte las deducía. También traía cosas para armar y construir, dibujaba los moldes en papel de cuaderno, y los armaba, de esa época son mis Quijote y Sancho Panza de triplay que debe andar aún en algún lugar de la casa de mi mamá. Con esos suplementos aprendí a hacer origami y también aprendí mucho del Perú. No se debe olvidar que era la época del gobierno militar, para ese entonces Morales Bermúdez continuaba la política del gobierno revolucionario de Velasco Alvarado y los medios de prensa estaban obligados a respaldar estas políticas. En estos suplementos aprendí historia del Perú, acerca de los Incas, del Virreinato; por primera vez leí acerca de la alineación y el anti imperialismo y me divertí mucho con las historietas de la página central que tenían como protagonistas a Coco, Vicuñín y Tacachito, que eran tres niños que representaban a cada región del país y su perro Sulky. Tampoco olvidemos que en esa época en el Perú estaban prohibidos Supermán, Batman y todos sus super amigos.
Cuando terminé de leer los seis tomos de los cinco años de suplementos de El Escolar, continué con los otros libros del estante, descubrí al fantástico Vallejo, “Los Heraldos Negros”, curiosamente era el libro con la apariencia más triste y descuidada del estante, pero era tan intenso, me marcó profundamente y me llevó a escribir poesía y publicar un poemario en mis años universitarios, luego “Los ríos profundos”, “Agua”, “La serpiente de oro”, “Los perros hambrientos” con su belleza andina y la tierna historia de sus perros, mi primer encuentro con Vargas Llosa con “Los cachorros y los jefes”, en esa época mis hermanos traían libros de la casa de mi papá para sus trabajos del colegio y yo me encargaba de que ya no vuelvan a salir de la mia, así que también y sin querer logré que la pequeña biblioteca se incremente. También conocí las fantástica novelas de aventura “El Corsario Negro” y “Los náufragos del Liguria” de Emilio Salgari.
Entre lo que leía se colaron también Lenin con su texto sobre la moral comunista, Haya de la Torre con “El anti imperialismo y el Apra” y Mariátegui con sus “Siete ensayos de la interpretación de la realidad peruana”, para ese entonces yo seguramente tenía entre diez y once años. Los leí como quien lee una novela más. Eran algo pesado para mi gusto pero se entendía su punto de vista. Fue en aquel entonces que sin querer fui ocupando el lugar de mi tía Gringa. A veces venían mis primos y hermanos y empezaban a buscar en el Tesoro de la Juventud o en El Escolar los temas de los trabajos del colegio, entonces como me interrumpían la lectura les preguntaba qué estaban buscando, luego yo con la más absoluta y simple intención de ayudarlos y para que se fueran pronto, les decía en qué tomo y en que página estaba lo que estaban buscando y se iban. Más adelante recién tome conciencia de esa capacidad cuando empezó a ser el tema de conversación en las reuniones familiares, mis hermanas y mi madre se enorgullecían de ello y yo era feliz, haciéndolas felices.
A esa edad hice dos grandes descubrimientos, uno de ellos fue Antoine de Saint-Exupery, “El principito”, una prima que fue mi madrina de primera comunión me lo regaló. Fue mi primer libro, es decir el primero que era mío de verdad, durante esos años fue una fuente de constante sabiduría. El otro descubrimiento fue la Biblia, la leí como un libro de la página uno y hasta el final y me dejó desconcertado. Todo lo que contaba no tenía nada que ver con Darwin, la “Teoría de la evolución de las especies” (libro que también estaba afortunadamente en el estante de la casa) y tampoco coincidía con nada de lo descrito en el Tesoro de la Juventud, las fechas no cuadraban, las épocas y eras de la tierra tampoco y el mito de Adán y Eva así como el diluvio no tenían ningún asidero válido, me pregunté por qué la gente reverenciaba a un libro que tenía tantas inconsistencias históricas y prácticas. En mi mente de once años, el Tesoro de la Juventud y El Escolar eran documentos mucho más válidos que la Biblia. Hoy en día, sigo pensando lo mismo, con el único ingrediente adicional que entiendo y comprendo la lectura religiosa y dogmática del texto bíblico y la respeto, pero mantengo mi posición desde el punto de vista científico. Incluso en esa época un pequeño libro de historia para niños de Disney cuyos protagonistas eran el ratón Mickey y el pato Donald, que un tío me regaló, rebatía profundamente al pobre Noé cuando aclaraba en una nota a pie que sólo los cientos de miles de especies de insectos conocidos no hubiesen entrado en el arca, eso sin contar con el trabajo de recogerlos.
Cuando se acabaron los libros de casa, empecé a buscar nuevas cosas, me prestaba libros – que siempre devolví – asistí como lector a la vieja Biblioteca Municipal de Arequipa, donde habían muy pocos buenos libros y esos pocos estaban mutilados, por eso dejé de ir, incluso concursaba en cada evento en que se ofreciera un libro como premio, así fue que a los trece años aproximadamente conocí a Cortázar, el libro se titulaba “Una flor amarilla” y lo gané en un concurso de radio, yo no sabía que se pudiera escribir así y Cortázar se convirtió en mi nuevo ídolo y paradigma. A la siguiente semana volví a concursar en el programa radial y gané un ejemplar titulado “Cuentistas peruanos”, allí encontré a Vallejo en otra faceta con “Paco Yunque”, y por primera vez leí a Oswaldo Reynoso y a Ribeiro. Fueron descubrimientos increíbles, por esa misma época tomé uno de los pocos libros que no había tenido el ánimo de leer de la biblioteca de casa. Era un libro de tapas de cartón color verde petróleo y páginas con letras menudas y apretadas. El título en la tapa estaba casi borrado, se llamaba “La Casa Verde”, de Vargas Llosa, lo leí sin ganas y me pareció más pesado que Mao Tse-Tung. Luego lo volví a leer cuando tenía unos treinta años, pero nunca me dejó esa sensación que deja una buena lectura.
Leí muchos buenos libros en la secundaria, pero nunca con la frecuencia que leía en primaria. De esa época son las lecturas profundas de Shakespeare, Góngora, Cervantes y Quevedo. También Víctor Hugo, Sartre “Las palabras” y el impresionante Kafka. Fue en la secundaria que empecé con mi biblioteca personal, con el dinero que juntaba de las pocas propinas y lo que ganaba ayudando al papá de un amigo que tenía un restaurant me compraba libros, obviamente piratas en la plaza San Francisco. También en esa época leía a Asimov y sus novelas de ciencia ficción que siguen siendo una guía de tecnología aplicada, y me preocupé con “Yo visité Ganimedes” de un oscuro autor cuyo nombre ya no recuerdo. En esos tiempos también leí con mucho respeto los dos tomos de “El capital” de Marx y Engels, que estaban en lo más alto del estante e intimidaban con su tamaño y sus solemnes tapas azules.
En la universidad pasé por Platón y Descartes, pero sobre todo conocí a Nietszche, un genio valiente y mordaz. El filósofo que me dijo “no estás solo en tu forma de ver las cosas”, al fin alguien que ponía las cosas sobre la mesa como ninguno antes.
En esta época de universidad, en primer año para ser preciso, una de las cosas más útiles que hice fue la recolección de revistas pornográficas. Como yo era muy independiente mi madre nunca revisaba mis cosas, así que me dedique a ofrecerme como receptor de revistas Playboy, Penthouse, Hustler y otras de más grueso calibre que mis amigos ya no podían esconder en sus casas y que les habían causado diversos problemas y querían deshacerse de ellas. Entonces cuando ya tenía como quince revistas en muy buen estado y de notable calidad, me armé de valor y fui a la plaza de San Francisco y se las ofrecí a un revendedor de libros usados y piratas. El las vio y me preguntó cuánto quería, yo le contesté que quería libros a cambio. El me miró como si estuviese loco y me dejó escoger, yo empecé a colocar libros sobre su banca preguntándole cada vez si ya era suficiente. Ese día me fui a casa con ocho novelas, entre ellas una edición preciosa de “La Madre” de Máximo Gorki, “Rayuela” de Cortázar, “Crimen y castigo” de Dostoievski y el maravilloso trabajo – para mí el mejor – de Mario Vargas Llosa: “La Guerra del fin del mundo”.
Los vendedores de libros no saben lo que tienen la mayoría de las veces, sobre todo los que venden libros usados, los que venden pirata son otro rubro. Pero ambos se guían de los libros más pedidos por su propio público, entonces un ejemplar antiguo y poco buscado es valioso sólo por su apariencia, si uno sabe negociar como yo aprendí en esos años, se pueden obtener buenos resultados.
Un evento que cambió mi vida sucedió el verano de mil novecientos ochenta y siete: Acababa de terminar el colegio y el papá de un amigo generosamente me pagó la academia preuniversitaria, ya que mi familia no tenía recursos para ello. Una mañana un compañero cuyo nombre no recuerdo ahora pero que respondía al apodo de Marciano, llevó un libro de buena factura, lomo cosido y de tapa dura color café, estuvo con él toda la mañana y en algún momento él y otros se escaparon a alcoholizarse, cuando salía me dejó el libro y me pidió que se lo cuide.
Ese día el Marciano no regresó y me llevé el libro a casa, lo empecé a leer en el almuerzo, nunca en mi vida olvidaré “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el Coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.” Lo tengo grabado en la memoria como el padre nuestro, sólo el inicio me conmovió, no pude parar, leí como no había leído nunca, leía mientras comía, en clases, en el bus, en banca de sillar de la placita de las galerías La Colonial. Terminé de leerlo y no podía creer que alguien escribiera así, era mucho mejor que Cortázar y Kafka; entre los años ochenta y siete y noventa leí ese libro unas cuarenta veces, pero para la segunda lectura tuve que hacer un árbol genealógico para saber perfectamente quién era quién; esa hojita me acompañó las primeras cinco lecturas, luego ya no fue necesaria. Tiempo después, ya en la universidad, a la salida de clases, encontré a un tipo que vendía libros a un sol en la vereda de la avenida Independencia. Allí estaban “Los funerales de la mamá grande”, “La hojarasca”, “Historia de un náufrago” y “Crónica de una muerte anunciada”, los compré y me quedé sin pasajes para la semana, pero no importaba. Años después cuando tuve un trabajo bien remunerado, gasté mucho de mis ingresos en comprar todo lo que García Márquez había escrito y creo que lo logré, incluso tengo cuatro voluminosos tomos de casi todos los artículos periodísticos escritos por él y una biografía muy detallada: “El viaje a la semilla” de Dasso Saldivar. Aún tengo en un lugar especial ese ejemplar de “Cien años de soledad” que me dejó el Marciano, a pesar de sus hojas ajadas y que algunas secciones se descosieron de tanto leerlo, creo que he cumplido bien el encargo de cuidarlo.
Luego de García Marquez ya no fue difícil saltar a Borges y Sábato, pasando incluso por un irreverente Jaime Bayly que hace un notable trabajo en “Los últimos días de La Prensa” y “La mujer de mi hermano”, luego Bryce y de él pasar a Hemingway es inevitable y de allí a Faulkner y Emily Bronte resulta natural, me preocupé por leer todo lo que aun no había leído de Vargas Llosa y me maravillé con “Los cuadernos de Don Rigoberto”, “El Elogio de la Madrastra” y “La Fiesta del chivo” entre otras, pero debo confesar que nunca, pero nunca reí ni disfruté tanto una lectura como con “Pantaleón y las visitadoras” al extremo que alguna vez mis ocasionales compañeros de algún vuelo en el aeropuerto de Lima me miraban como si hubiese perdido la razón cuando yo en la sala de embarque no cesaba de reír a carcajadas leyendo en solitario esa novela. Descubrí también a un finísimo Umberto Eco primero con “Como se hace una tesis” y luego con “El nombre de la rosa”; leí también algunos japoneses y cuando pensaba que ya había leído todo lo bueno que se podía leer, un día una persona muy querida y conocedora de mi afición, me regaló un ejemplar de “El perfume” del alemán Patrick Süskind, mucho antes de que hicieran la película que la verdad no le hace ningún favor a la novela, como casi siempre. Hace poco en un vuelo retrasado de Arequipa a Lima, en la librería de la sala de embarque encontré de casualidad, buscando algo para matar el tiempo, una interesante novela titulada “Wicked, memorias de una bruja mala” de Maguire que recomiendo a los que alguna vez leyeron el mago de Oz – o vieron la película en el peor de los casos – y Dorothy les cayó tan mal como a mí. Debo comentar, que durante todo el tiempo que trabajé para el sistema financiero gasté casi la mitad de mi sueldo cada mes en todos los libros que leí alguna vez en resúmenes y ahora quería leer completos, sin embargo nunca abandoné mis viejos libros piratas. Allí están fieles compañeros testigos de los viejos tiempos. Seguramente no he mencionado a muchos de todos los amigos que me han acompañado en estos cuarenta años en esta nota que inicialmente iba a ser una carilla y ya va por la séptima página, pero sé que ellos sabrán comprenderme.
En compensación de lo leído, nunca aprendí a remoler un trompo, se cómo hacer un cometa pero nunca logré hacer volar una, fui pésimo con las canicas y caretas y el fútbol siempre fue una cosa ajena para mí, más propia de panaderos, carretilleros y estibadores, con el perdón de los panaderos, carretilleros y estibadores. A pesar de los esfuerzos de mi hermano mayor para enseñarme lo básico del deporte, nunca le hallé sentido a darle de patadas a una pelota con el riesgo (que en mi caso se concretó en muchas ocasiones) de recibir un pelotazo en la cara. Lo cierto es que no me arrepiento, cuando me encuentro en días como hoy con este agobio de soledad, me basta recordar a mis amigos y dejo de sentirme solo. Creo que fui y sigo siendo privilegiado al haberme encontrado con tantos amigos en la niñez, adolescencia y juventud, amigos incondicionales que nunca decepcionan.
Mi tía Ruth – que nos dejó hace ya varios años – era todo un personaje. Para empezar nadie le decía Ruth, todos le decíamos Gringa, mis tíos le decían Gringa a secas y nosotros más respetuosamente le decíamos tía Gringa. El apelativo venía del su blanquísimo color de piel y sus cabellos castaños, que en realidad no eran herencia de nadie de la familia, sino que se debían a que el sol jamás tocaba su piel y su metabolismo no procesaba bien sus alimentos, así que el color de cabello no era otra cosa que el resultado de la desnutrición. Mi tía Gringa había sufrido el terrible polio de niña y la secuela la había dejada incapacitada físicamente, pasaba la vida entre una silla de ruedas y su cama. Sólo podía mover muy limitadamente su mano y muy poco su cuello. Dependía de los demás para casi todo. En las mañanas mi abuelo la levantaba de su cama y la colocaba en la silla de ruedas, sus articulaciones estaban totalmente soldadas así que la posición de su cuerpo era la misma ya sea recostada o en la silla. Luego en la silla tomaba desayuno con la ayuda de mi abuelo o alguno de mis tíos y pasaba toda la mañana leyendo cosas. Ella fue quien nos enseñó a leer, pero además sabía casi todo lo que había que saber, nunca fue a la escuela, pero nos enseñaba matemáticas y otras cosas, cuando habían dudas acerca de cualquier tema ella sabía las respuestas de casi todo e incluso cuando mi abuelo puso una tienda de abarrotes con su jubilación, ella era la que llevaba las cuentas e inventarios, la mayor parte mentalmente.
Así fue que mi tía – que fue el primer adulto a quien profesé verdadera admiración – se convirtió en mi maestra de las primeras letras. Con sus dedos anquilosados y su escaso movimiento de muñeca fue quien escribió en mi primer cuaderno las palabras a repetir, el eme-a, “ma”, eme-e, “me”, “mi mamá me mima” y todas las preciosas frases que, quienes como yo aprendieron a leer con Coquito, recordarán con cálida nostalgia.
Otra cosa que aprendí de mi tía Gringa es que cuando se lee no hay límites para la imaginación, ella era mi Obi Wan Kenobi y yo su Anakin Skywalker, tal vez para hoy ya me haya convertido en Darth Vader, porque ella era muy creyente, pero ese es otro cuento. Lo cierto es que según sus propias palabras fui su alumno más aplicado y el que más rápido aprendió. Eso derivó en continuas competencias de lectura organizadas por mis tíos, donde se comparaba entre los primos coetáneos a quien leía mejor y más fluido. Yo percibía claramente que mis primos tenían serias trabas con la lectura, leían silabeando, cosa que yo había superado en las primeras clases.
Luego de la tediosa época de competencias, mis primeras lecturas fueron los letreros de la ciudad. Caminaba por el centro acompañando a mi madre a las iglesias y no me fijaba en otra cosa que no fuesen los letreros: Carsa, Abugatás y hermanos, La Uruguaya, Monterrey (no el supermercado, sino la tienda de telas), leía los carteles de ofertas, las direcciones, incluso en las iglesias los letreros de acrílico que acompañaban a las imágenes y los más antiguos y delicadamente tallados en piedra o mármol. Mi ánimo no era practicar, sencillamente era una innata curiosidad. Ahora que sabía leer me moría de curiosidad de saber qué cosa decía cada letrero en el mundo.
En casa, otra cosa que sucedió a mi favor, es que mi padre dejó una minúscula biblioteca, calculo que serían unos cuarenta libros, veinte de los cuales eran una muy bien cuidada edición del Tesoro de la Juventud. Recuerdo claramente sus hojas de papel satinado, los lomos de cuero verde con letras doradas. Era un verdadero placer leer en esa enciclopedia. Yo no sabía en ese entonces la diferencia entre una enciclopedia y un libro, así que asumí que eran libros y como eran los más bonitos los empecé a leer. El tomo veinte tenía el índice. En realidad era un índice complejo pero yo nunca lo usé.
El Tesoro de la Juventud como ya dije era una enciclopedia pero didáctica o temática, tenía resúmenes de novelas en una sección maravillosa que si mal no recuerdo se llamaba el Libro de las Narraciones Interesantes o algo así. Allí fueron mis primeros encuentros con los clásicos, en esa sección leí los resúmenes de “La divina comedia”, “El vellocino de oro”, “El tesoro de los nibelungos”, “La iliada”, “La odisea”, “Fuenteovejuna”, “Corazón”, “Hamlet”, “El moro de Venecia”, “Otelo”, “Los Miserables” y tantos otros más que más adelante y con mayor madurez y recursos económicos, me sentí en la obligación placentera de leer en sus versiones completas.
Una vez que se acabaron los resúmenes, aún quedaba mucho por leer, y para el lector ávido no hay nada mejor que letras por descubrir, leí enteras las secciones de historia, ciencias naturales, geografía y misceláneas. Me encontré con las maravillosas fábulas de Esopo, pero también con un muy didáctico y comprensible resumen de la teoría de la relatividad. A mis cortos siete años aprendí cómo se reproducen las células, las plantas, los animales y los humanos. Tenía una idea clara de las ciudades de Europa, Asia, África, Oceanía y América, así como de su historia y evolución. Aprendí de mitología griega, de volcanes, de experimentos caseros, de cómo funciona la electricidad, los planetas, la – en ese momento incipiente – teoría del Big Bang, de la velocidad de la luz y el sonido. En realidad ahora que lo pienso, creo que el ochenta por ciento de las cosas que sé las aprendí en esos años. El Tesoro de la Juventud, abandonado en ese pedacito de la sala de la casa de mi madre fue una de las mejores cosas que me sucedieron en la vida, si no la mejor.
Al costado del librero hecho de ángulos ranurados Dexion que albergaba estas joyas había un sillón antiguo que fue mío durante los años de mi niñez y temprana adolescencia. Allí leí todo lo que pude leer en casa, y allí escuché durante varios años la frase ¡Miguel a comer! Lanzada por mi madre desde el comedor. Ni durante la universidad cené fría la comida tantas veces.
Cuando se acabó el Tesoro de la Juventud, hice algo muy simple, lo volví a leer, pero esta vez selectivamente, releía más lo que más me gustaba, pero recuerdo que habían días que regresaba de la escuela y tomaba un tomo al azar y leía lo que apareciese también al azar y de allí hacia adelante. Llegó un punto en el que ya no había nada que no conociera de esos veinte tomos y decidí leer el índice. Apenas le di un vistazo y lo dejé. Me di cuenta que yo sabía exactamente en qué tomo estaba cada una de las cosas que había leído y en algunos casos sabía en qué página. Un poco asustado de dejar a mi primer amigo, apunté mi vista a la segunda fila de libros del estante, eran pequeños, visualmente insignificantes ante la majestuosa edición del Tesoro de la Juventud, pero era momento de investigar, la curiosidad siempre puede más.
Empecé por los que tenían mejor apariencia, allí fue que leí “El Padrino” de Mario Puzzo, quedé impresionado sobre todo ante la escena del caballo decapitado, muchos años después cuando vi la película no me pareció tan buena la recreación, pero cumplía su cometido. La novela tenía varios pasajes de alto contenido sexual y erótico – que nunca aparecieron en las películas – y que yo curiosamente leía con naturalidad. Luego leí “La Divina Comedia” en su versión completa, “Drácula” de Bram Stocker, “El exorcista”, “Papillón”, que merece comentario aparte, precisando que eran libros de mi padre, probablemente “best sellers” de la época, a pesar de ello “Papillón” en esa época me impresionó por su crudeza, más adelante, en mi juventud, me di cuenta que estaba pésimamente escrita, pero en ese entonces disfruté mucho de la historia, hasta la parte de los caníbales y las hormigas asesinas. Me enfermé, mi tío Lucho que era médico no pudo acertar que tenía y finalmente me trataron por infección estomacal, pero yo sabía que era por la novela. Allí me di cuenta que tenía una capacidad aterradora de vivir lo que leía tal como si estuviese literalmente en los lugares y escenas descritos por los autores.
Luego me encontré con algunos clásicos, nuevamente Homero, en sus versiones completas, había una novela de García Márquez, “La mala hora”, me pareció muy buena sin llegar a ser genial, para ese entonces García Márquez aún no había ganado nada y para mí era un amigo más, lo cierto es que disfruté mucho la historia de los pasquines. Muchos años después García Márquez confesó que no se sentía orgulloso de esa novela, la había escrito a solicitud de algunos amigos a fin de no que no se declarara desierto un concurso literario donde las obras presentadas no daban la talla requerida.
En ese entonces, mi padre envió a casa otro de sus aciertos, compró de algún lado la colección completa de El Escolar, que era un suplemento semanal del diario Extra, los hizo empastar en seis tomos y se agregaron a la pequeña biblioteca familiar. Como es obvio los leí de principio a fin, pero no sólo eso, estos suplementos traían unos pequeños y simples crucigramas que me apasionaron por completo y los hice todos, me di cuenta que los resolvía sin recurrir a nada más. Sólo los resolvía. Algunas cosas las sabía, pero una muy buena parte las deducía. También traía cosas para armar y construir, dibujaba los moldes en papel de cuaderno, y los armaba, de esa época son mis Quijote y Sancho Panza de triplay que debe andar aún en algún lugar de la casa de mi mamá. Con esos suplementos aprendí a hacer origami y también aprendí mucho del Perú. No se debe olvidar que era la época del gobierno militar, para ese entonces Morales Bermúdez continuaba la política del gobierno revolucionario de Velasco Alvarado y los medios de prensa estaban obligados a respaldar estas políticas. En estos suplementos aprendí historia del Perú, acerca de los Incas, del Virreinato; por primera vez leí acerca de la alineación y el anti imperialismo y me divertí mucho con las historietas de la página central que tenían como protagonistas a Coco, Vicuñín y Tacachito, que eran tres niños que representaban a cada región del país y su perro Sulky. Tampoco olvidemos que en esa época en el Perú estaban prohibidos Supermán, Batman y todos sus super amigos.
Cuando terminé de leer los seis tomos de los cinco años de suplementos de El Escolar, continué con los otros libros del estante, descubrí al fantástico Vallejo, “Los Heraldos Negros”, curiosamente era el libro con la apariencia más triste y descuidada del estante, pero era tan intenso, me marcó profundamente y me llevó a escribir poesía y publicar un poemario en mis años universitarios, luego “Los ríos profundos”, “Agua”, “La serpiente de oro”, “Los perros hambrientos” con su belleza andina y la tierna historia de sus perros, mi primer encuentro con Vargas Llosa con “Los cachorros y los jefes”, en esa época mis hermanos traían libros de la casa de mi papá para sus trabajos del colegio y yo me encargaba de que ya no vuelvan a salir de la mia, así que también y sin querer logré que la pequeña biblioteca se incremente. También conocí las fantástica novelas de aventura “El Corsario Negro” y “Los náufragos del Liguria” de Emilio Salgari.
Entre lo que leía se colaron también Lenin con su texto sobre la moral comunista, Haya de la Torre con “El anti imperialismo y el Apra” y Mariátegui con sus “Siete ensayos de la interpretación de la realidad peruana”, para ese entonces yo seguramente tenía entre diez y once años. Los leí como quien lee una novela más. Eran algo pesado para mi gusto pero se entendía su punto de vista. Fue en aquel entonces que sin querer fui ocupando el lugar de mi tía Gringa. A veces venían mis primos y hermanos y empezaban a buscar en el Tesoro de la Juventud o en El Escolar los temas de los trabajos del colegio, entonces como me interrumpían la lectura les preguntaba qué estaban buscando, luego yo con la más absoluta y simple intención de ayudarlos y para que se fueran pronto, les decía en qué tomo y en que página estaba lo que estaban buscando y se iban. Más adelante recién tome conciencia de esa capacidad cuando empezó a ser el tema de conversación en las reuniones familiares, mis hermanas y mi madre se enorgullecían de ello y yo era feliz, haciéndolas felices.
A esa edad hice dos grandes descubrimientos, uno de ellos fue Antoine de Saint-Exupery, “El principito”, una prima que fue mi madrina de primera comunión me lo regaló. Fue mi primer libro, es decir el primero que era mío de verdad, durante esos años fue una fuente de constante sabiduría. El otro descubrimiento fue la Biblia, la leí como un libro de la página uno y hasta el final y me dejó desconcertado. Todo lo que contaba no tenía nada que ver con Darwin, la “Teoría de la evolución de las especies” (libro que también estaba afortunadamente en el estante de la casa) y tampoco coincidía con nada de lo descrito en el Tesoro de la Juventud, las fechas no cuadraban, las épocas y eras de la tierra tampoco y el mito de Adán y Eva así como el diluvio no tenían ningún asidero válido, me pregunté por qué la gente reverenciaba a un libro que tenía tantas inconsistencias históricas y prácticas. En mi mente de once años, el Tesoro de la Juventud y El Escolar eran documentos mucho más válidos que la Biblia. Hoy en día, sigo pensando lo mismo, con el único ingrediente adicional que entiendo y comprendo la lectura religiosa y dogmática del texto bíblico y la respeto, pero mantengo mi posición desde el punto de vista científico. Incluso en esa época un pequeño libro de historia para niños de Disney cuyos protagonistas eran el ratón Mickey y el pato Donald, que un tío me regaló, rebatía profundamente al pobre Noé cuando aclaraba en una nota a pie que sólo los cientos de miles de especies de insectos conocidos no hubiesen entrado en el arca, eso sin contar con el trabajo de recogerlos.
Cuando se acabaron los libros de casa, empecé a buscar nuevas cosas, me prestaba libros – que siempre devolví – asistí como lector a la vieja Biblioteca Municipal de Arequipa, donde habían muy pocos buenos libros y esos pocos estaban mutilados, por eso dejé de ir, incluso concursaba en cada evento en que se ofreciera un libro como premio, así fue que a los trece años aproximadamente conocí a Cortázar, el libro se titulaba “Una flor amarilla” y lo gané en un concurso de radio, yo no sabía que se pudiera escribir así y Cortázar se convirtió en mi nuevo ídolo y paradigma. A la siguiente semana volví a concursar en el programa radial y gané un ejemplar titulado “Cuentistas peruanos”, allí encontré a Vallejo en otra faceta con “Paco Yunque”, y por primera vez leí a Oswaldo Reynoso y a Ribeiro. Fueron descubrimientos increíbles, por esa misma época tomé uno de los pocos libros que no había tenido el ánimo de leer de la biblioteca de casa. Era un libro de tapas de cartón color verde petróleo y páginas con letras menudas y apretadas. El título en la tapa estaba casi borrado, se llamaba “La Casa Verde”, de Vargas Llosa, lo leí sin ganas y me pareció más pesado que Mao Tse-Tung. Luego lo volví a leer cuando tenía unos treinta años, pero nunca me dejó esa sensación que deja una buena lectura.
Leí muchos buenos libros en la secundaria, pero nunca con la frecuencia que leía en primaria. De esa época son las lecturas profundas de Shakespeare, Góngora, Cervantes y Quevedo. También Víctor Hugo, Sartre “Las palabras” y el impresionante Kafka. Fue en la secundaria que empecé con mi biblioteca personal, con el dinero que juntaba de las pocas propinas y lo que ganaba ayudando al papá de un amigo que tenía un restaurant me compraba libros, obviamente piratas en la plaza San Francisco. También en esa época leía a Asimov y sus novelas de ciencia ficción que siguen siendo una guía de tecnología aplicada, y me preocupé con “Yo visité Ganimedes” de un oscuro autor cuyo nombre ya no recuerdo. En esos tiempos también leí con mucho respeto los dos tomos de “El capital” de Marx y Engels, que estaban en lo más alto del estante e intimidaban con su tamaño y sus solemnes tapas azules.
En la universidad pasé por Platón y Descartes, pero sobre todo conocí a Nietszche, un genio valiente y mordaz. El filósofo que me dijo “no estás solo en tu forma de ver las cosas”, al fin alguien que ponía las cosas sobre la mesa como ninguno antes.
En esta época de universidad, en primer año para ser preciso, una de las cosas más útiles que hice fue la recolección de revistas pornográficas. Como yo era muy independiente mi madre nunca revisaba mis cosas, así que me dedique a ofrecerme como receptor de revistas Playboy, Penthouse, Hustler y otras de más grueso calibre que mis amigos ya no podían esconder en sus casas y que les habían causado diversos problemas y querían deshacerse de ellas. Entonces cuando ya tenía como quince revistas en muy buen estado y de notable calidad, me armé de valor y fui a la plaza de San Francisco y se las ofrecí a un revendedor de libros usados y piratas. El las vio y me preguntó cuánto quería, yo le contesté que quería libros a cambio. El me miró como si estuviese loco y me dejó escoger, yo empecé a colocar libros sobre su banca preguntándole cada vez si ya era suficiente. Ese día me fui a casa con ocho novelas, entre ellas una edición preciosa de “La Madre” de Máximo Gorki, “Rayuela” de Cortázar, “Crimen y castigo” de Dostoievski y el maravilloso trabajo – para mí el mejor – de Mario Vargas Llosa: “La Guerra del fin del mundo”.
Los vendedores de libros no saben lo que tienen la mayoría de las veces, sobre todo los que venden libros usados, los que venden pirata son otro rubro. Pero ambos se guían de los libros más pedidos por su propio público, entonces un ejemplar antiguo y poco buscado es valioso sólo por su apariencia, si uno sabe negociar como yo aprendí en esos años, se pueden obtener buenos resultados.
Un evento que cambió mi vida sucedió el verano de mil novecientos ochenta y siete: Acababa de terminar el colegio y el papá de un amigo generosamente me pagó la academia preuniversitaria, ya que mi familia no tenía recursos para ello. Una mañana un compañero cuyo nombre no recuerdo ahora pero que respondía al apodo de Marciano, llevó un libro de buena factura, lomo cosido y de tapa dura color café, estuvo con él toda la mañana y en algún momento él y otros se escaparon a alcoholizarse, cuando salía me dejó el libro y me pidió que se lo cuide.
Ese día el Marciano no regresó y me llevé el libro a casa, lo empecé a leer en el almuerzo, nunca en mi vida olvidaré “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el Coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.” Lo tengo grabado en la memoria como el padre nuestro, sólo el inicio me conmovió, no pude parar, leí como no había leído nunca, leía mientras comía, en clases, en el bus, en banca de sillar de la placita de las galerías La Colonial. Terminé de leerlo y no podía creer que alguien escribiera así, era mucho mejor que Cortázar y Kafka; entre los años ochenta y siete y noventa leí ese libro unas cuarenta veces, pero para la segunda lectura tuve que hacer un árbol genealógico para saber perfectamente quién era quién; esa hojita me acompañó las primeras cinco lecturas, luego ya no fue necesaria. Tiempo después, ya en la universidad, a la salida de clases, encontré a un tipo que vendía libros a un sol en la vereda de la avenida Independencia. Allí estaban “Los funerales de la mamá grande”, “La hojarasca”, “Historia de un náufrago” y “Crónica de una muerte anunciada”, los compré y me quedé sin pasajes para la semana, pero no importaba. Años después cuando tuve un trabajo bien remunerado, gasté mucho de mis ingresos en comprar todo lo que García Márquez había escrito y creo que lo logré, incluso tengo cuatro voluminosos tomos de casi todos los artículos periodísticos escritos por él y una biografía muy detallada: “El viaje a la semilla” de Dasso Saldivar. Aún tengo en un lugar especial ese ejemplar de “Cien años de soledad” que me dejó el Marciano, a pesar de sus hojas ajadas y que algunas secciones se descosieron de tanto leerlo, creo que he cumplido bien el encargo de cuidarlo.
Luego de García Marquez ya no fue difícil saltar a Borges y Sábato, pasando incluso por un irreverente Jaime Bayly que hace un notable trabajo en “Los últimos días de La Prensa” y “La mujer de mi hermano”, luego Bryce y de él pasar a Hemingway es inevitable y de allí a Faulkner y Emily Bronte resulta natural, me preocupé por leer todo lo que aun no había leído de Vargas Llosa y me maravillé con “Los cuadernos de Don Rigoberto”, “El Elogio de la Madrastra” y “La Fiesta del chivo” entre otras, pero debo confesar que nunca, pero nunca reí ni disfruté tanto una lectura como con “Pantaleón y las visitadoras” al extremo que alguna vez mis ocasionales compañeros de algún vuelo en el aeropuerto de Lima me miraban como si hubiese perdido la razón cuando yo en la sala de embarque no cesaba de reír a carcajadas leyendo en solitario esa novela. Descubrí también a un finísimo Umberto Eco primero con “Como se hace una tesis” y luego con “El nombre de la rosa”; leí también algunos japoneses y cuando pensaba que ya había leído todo lo bueno que se podía leer, un día una persona muy querida y conocedora de mi afición, me regaló un ejemplar de “El perfume” del alemán Patrick Süskind, mucho antes de que hicieran la película que la verdad no le hace ningún favor a la novela, como casi siempre. Hace poco en un vuelo retrasado de Arequipa a Lima, en la librería de la sala de embarque encontré de casualidad, buscando algo para matar el tiempo, una interesante novela titulada “Wicked, memorias de una bruja mala” de Maguire que recomiendo a los que alguna vez leyeron el mago de Oz – o vieron la película en el peor de los casos – y Dorothy les cayó tan mal como a mí. Debo comentar, que durante todo el tiempo que trabajé para el sistema financiero gasté casi la mitad de mi sueldo cada mes en todos los libros que leí alguna vez en resúmenes y ahora quería leer completos, sin embargo nunca abandoné mis viejos libros piratas. Allí están fieles compañeros testigos de los viejos tiempos. Seguramente no he mencionado a muchos de todos los amigos que me han acompañado en estos cuarenta años en esta nota que inicialmente iba a ser una carilla y ya va por la séptima página, pero sé que ellos sabrán comprenderme.
En compensación de lo leído, nunca aprendí a remoler un trompo, se cómo hacer un cometa pero nunca logré hacer volar una, fui pésimo con las canicas y caretas y el fútbol siempre fue una cosa ajena para mí, más propia de panaderos, carretilleros y estibadores, con el perdón de los panaderos, carretilleros y estibadores. A pesar de los esfuerzos de mi hermano mayor para enseñarme lo básico del deporte, nunca le hallé sentido a darle de patadas a una pelota con el riesgo (que en mi caso se concretó en muchas ocasiones) de recibir un pelotazo en la cara. Lo cierto es que no me arrepiento, cuando me encuentro en días como hoy con este agobio de soledad, me basta recordar a mis amigos y dejo de sentirme solo. Creo que fui y sigo siendo privilegiado al haberme encontrado con tantos amigos en la niñez, adolescencia y juventud, amigos incondicionales que nunca decepcionan.
jueves, 25 de noviembre de 2010
ESCRIBIR NO ES DIFICIL
Es cierto, escribir no es difícil. Como dice Denegri, lo difícil es escribir bien. Hay que tomarse un tiempo para estructurar las ideas, repasar las formas gramaticales y pulir los textos. Tal vez por ello que hace tiempo no escribo por el simple placer de escribir.
Creo que es el momento de retomar esta afición y convertirla en adicción. Como toda adicción primero se parte de la creación del hábito. Los malos hábitos requieren de un buen grado de abandono y hedonismo. Los buenos hábitos (como la lectura y la escritura por ejemplo) requieren de disciplina en primer lugar y de una buena dosis de ánimo para practicarlos.
Una de los principales obstáculos para escribir, además de una posible falta de disciplina, suele ser la ausencia de un grupo de apoyo. Nadie quiere escribir para sí mismo, como apuntó García Márquez, uno escribe para los demás, para que lo quieran. Es por ello que se necesita saber que seremos leídos, tal vez criticados, señalados, abofeteados y lapidados, pero finalmente leídos.
Hoy leí un cuento breve de un querido amigo. Él también fue víctima del virus de la lectura y el ansia de escribir: somos víctimas del mismo padecimiento. Hoy al leer su creación la admiré y admiré también su valentía. Quiero ser el soporte que él necesita para seguir adelante, pero mis motivos son egoístas: Quiero también que él sea el soporte para seguir adelante yo mismo.
Supongo en este punto que ya no deberé retroceder, espero someter disciplinadamente a la crítica de mis futuros lectores lo que pueda poner a su disposición en este blog. Y si ningún lector ajeno visita la página sé que Claudio lo hará. Yo prometo hacer lo mismo con su blog y leer religiosamente cualquier cosa que escriba. Claudio: tienes un lector firmemente comprometido con tu trabajo.
Tampoco tengo un tópico en mente, este blog lo hice en un inicio para contar mis dichas y desventuras en la selva donde vivo en la actualidad. Imagino que escribiré de todo un poco, procuraré mantener la idea inicial de las crónicas de la selva, pero también presentaré ensayos breves y cuentos. Si algún día me animo por la novela, prometo avisar.
Volviendo al título, escribir no es difícil, pero requiere paciencia, disciplina y el soporte de los amigos, sobre todo de los amigos que comparten la misma pasión. Espero ser leído, sí, pero antes que muchos lectores, prefiero buenos lectores y de antemano ya sé que cuento con por lo menos uno.
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