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miércoles, 20 de febrero de 2013

ANALFABETOS FUNCIONALES


Un analfabeto es una persona que no sabe leer y por tanto tampoco escribir. No comprende el significado de los signos que componen el abecedario, no es capaz de reconocerlos e identificarlos con los sonidos que seguramente sí puede emitir al expresarse.

Si un analfabeto se sienta en una mesa y colocamos frente a él la palabra “oso” en un papel, no podrá conectar por ejemplo el símbolo de línea ondulada “s” con el sonido seseante que le corresponde, pero incluso si pudiera lograr esa identificación no podría ligar entre sí las tres letras para emitir el sonido “oso” y luego asignarle un significado, es decir la imagen mental de un oso pardo, negro, de anteojos o cualquier otro.

En cambio un analfabeto funcional sí sabe leer y escribir, puede asignarle sonidos a los símbolos del abecedario y componer palabras. Puede incluso asignarle un significado a cada palabra y ligar estas con una imagen mental.

El analfabetismo funcional puede tener diversos grados. De alguna manera todos pasamos por momentos de analfabetismo funcional, el problema es la gravedad e intensidad de este analfabetismo y hasta qué punto nos limita en la vida diaria y la interacción con la sociedad a niveles eficientes.

Un caso de analfabetismo funcional complejo es el siguiente: Todos sabemos construir un cubo a partir de un plano. Se dibujan seis cuadrados en un papel, más o menos en forma de cruz, se recortan y se construye el cubo. Eso en arquitectura se llama geometría descriptiva, el arquitecto se entrena durante años para poder ver dibujos planos y construir mentalmente el sólido que se produciría a partir de ese determinado dibujo. Es decir, el arquitecto es capaz de interpretar el plano y asignarle mentalmente la imagen de un sólido. Nosotros, los que no somos arquitectos somos analfabetos funcionales en geometría descriptiva, nuestra capacidad se agota en un cubo, un cono, una pirámide y allí se termina normalmente.

Un músico es capaz de leer los símbolos dibujados en un pentagrama e imaginar los sonidos que se producirían a partir de ellos. Los que no somos músicos estamos incapacitados para esta labor, no hemos entrenado para leer pentagramas y nuestro cerebro no se ajusta para imaginar sonidos complejos a partir de la lectura de claves, negras, blancas, corcheas, semicorcheas, fusas y semifusas, luego somos analfabetos funcionales en música.

Lo mismo pasa respecto al programador de ordenadores, al ingeniero, al contador, al dentista, el médico, etc.

Pero ese nivel de analfabetismo funcional está socialmente aceptado porque tiene que ver con la especialización, si he invocado estos ejemplos es sencillamente para que se entienda mi punto de vista, punto que paso a describir:

La gravedad del analfabetismo funcional genérico es que impide algo tan sencillo como la comprensión de lectura. El analfabeto funcional comprende las palabras y significados, por ejemplo si la frase es “El oso come miel” el analfabeto funcional puede imaginar un oso y la miel y eventualmente visualizar al oso comiéndola.

El problema va en procesos lingüísticos más complejos. En una composición con multiplicidad de ideas, con problemas lógicos más elaborados, el analfabeto funcional se rinde, por tanto se frustra y termina cerrándose, lo que genera como consecuencia un círculo vicioso, pues abandona la lectura. Este abandono no hace otra cosa que recrudecer su estado de analfabeto funcional.

El analfabeto funcional al frustrarse se justifica, al no poder leer bien, tampoco escribe bien ni siquiera oraciones sencillas. Su ortografía es pobre, y si uno osa corregirlos, muchas veces salen con frases tan estúpidas como “El que tiene plata escribe como quiere”; pues no, no es cierto. Estadísticamente los analfabetos funcionales están ligados a altos índices de pobreza y criminalidad.

Seguramente se preguntarán el porqué escribo acerca de los analfabetos funcionales. Pues bien, es porque estoy sumamente preocupado. Gran parte de las personas que conozco directa o indirectamente, no leen, y cuando lo intentan no son capaces de comprender conceptos complejos. Lo que revela que el promedio anda muy mal. Me pregunto si esto no tiene que ver con la automatización de  los medios. Obsérvese el facebook por ejemplo: Si se analiza, hace tan solo tres años, la mayoría de posts eran básicamente texto, las personas se veían obligadas a leer y usar su imaginación. Ahora son solo imágenes con algún texto pobre. Las personas no leen textos largos, si usted postea un texto de más de cinco líneas, reduce automáticamente el número de lectores. Me parece que pronto la gente empezará a comunicarse como Tarzán.

Geometría descriptiva, programación de computadoras, planes contables, física, etc., solo se aprenden mediante estudios especializados. Comprender lo que se lee solo se aprende leyendo, no hay otra forma. Resulta curioso que en el mercado existan manuales de comprensión de lectura para postulantes a universidades y otros. ¿Es posible “enseñar” a comprender lecturas con un manual? Evidentemente los compradores de estos textos han sido vilmente engañados, eso no es posible. Solo se aprende a leer leyendo.

Marco Aurelio Denegri afirma, y yo le creo, que cuando se entabla un diálogo entre dos personas, la conversación se mantiene en el nivel más bajo, nunca en el más alto. El interlocutor mejor preparado se verá obligado a descender al nivel del otro para poder mantener el diálogo.  Es por ello que las conversaciones en el facebook son usualmente tan pobres.

A eso se suma que así como somos lo que comemos, somos también lo que leemos, lo que vemos. Consumir tanto amarillismo, tantos comentarios muchas veces soeces y pobres, nos arrastra al embrutecimiento. Solución: Dejar de consumir esa información. Es por ello que en los últimos días decidí reducir sustancialmente mi número de contactos. No estoy dispuesto a convertirme en cómplice de mi propia estupidización.

Yo sinceramente no le veo la solución al problema, el Estado no está dispuesto a invertir en educación, solo nos queda educar a nuestro entorno, a nuestros hijos, a nuestros familiares, tratar de no reducir el nivel de las conversaciones y más bien aumentarlo. No olvide, mire a su alrededor, vea a sus cinco amigos más cercanos, con los que comparte más. Obsérvelos bien y sabrá quién es usted. Es innegable que somos el promedio de las cinco personas más cercanas a nosotros. Piénselo.

martes, 30 de agosto de 2011

JOAQUIM MACHADO DE ASSIS


“[…] por medio de carteles manuscritos y pegados en la puerta de la cámara municipal, o por medio de matraca.”
“Más en qué consistía este segundo uso. Se contrataba un hombre, por uno o más días, para andar por las calles del pueblo, con una matraca en la mano.”
De cuando en cuando, tocaba la matraca, se reunía la gente, y él anunciaba lo que correspondía – un remedio para la fiebre, unas tierras de labranza, un soneto, un donativo eclesiástico, las mejores tijeras del pueblo, o el más bello discurso del año, etc. El sistema tenía inconvenientes para la paz pública; más era conservado por la gran energía de divulgación que poseía. Por ejemplo, uno de los concejales – aquél que justamente más se opusiera a la creación de la Casa Verde –, disfrutaba una reputación de perfecto adiestrador de serpientes y monos, a pesar de que nunca domesticara uno solo de esos bichos; sin embargo tenía el cuidado de hacer trabajar la matraca todos los meses. Y dicen las crónicas que algunas personas afirmaban haber visto cascabeles bailando en el pecho del concejal; afirmación perfectamente falsa, mas debida a la absoluta confianza en el sistema. […]”


El Alienista e O Espelho. Rio de Janeiro. Editorial Ediouro 1996. Pág. 27
No cabe duda que uno de los mejores encuentros que he tenido en los últimos años ha sido el que he tuve con Joquim Machado de Assis. No había tenido la oportunidad de leerlo antes, debido probablemente a una cuestión que alguna vez un escritor argentino describió genialmente: Los latinoamericanos que hablamos español pensamos que podemos leer fácilmente portugués, y los brasileños piensan lo mismo respecto al español. Al final los libros no se traducen y dado que en realidad no es tan fácil leer en portugués para un hispanoparlante y viceversa, terminamos no conociendo a sus autores y ellos no conocen los nuestros.

Mi azaroso contacto reciente con el idioma portugués y la necesidad de sacarlo de algún cajón donde lo tenía guardado, me permitió rescatar a este valiosísimo autor. Primer llegó a mis manos (por casualidad también hace tres años) una novela breve llamada “A mão e a luva” (1874) de muy buena factura poética y claramente decimonónica en su estructura y planteamiento. Luego tuve la fortuna de leer “Dom Casmurro” (1899) que en el Brasil se considera un clásico de la literatura. No se debe olvidar que Machado de Assis es el fundador de la Academia Brasileña de la Letras y es considerado el padre de la literatura en Brasil. En “Dom Casmurro” hace un inteligente análisis de la sociedad brasileña de su época, lo que me hizo recordar el trabajo de Bryce en su momento con “Un mundo para Julius” o “No me esperen en abril”.

Recientemente leí “O Alienista e O Espelho” (1882), que contiene dos trabajos, una novela corta “O alienista” y un cuento breve “O espelho”. Respecto a “O alienista” percibo una claro antecedente de realismo latinoamericano de excelente concepción. Si no fuese por la falta del ingrediente mágico, bien podría haber sido confundido un texto de García Márquez traducido al portugués.

La historia se teje sobre la idea de un manicomio de la época, el primero probablemente, denominado “La Casa Verde” por el color de sus ventanas, el término “alienista” bien puede traducirse como “siquiatra”. Es la historia pues de un siquiatra en un pueblo del interior y cómo la existencia de la casa atestada de locos, afecta la vida de toda la población, incluso su vida política. No deja de percibirse la clara crítica social.

Cuando leí los primeros episodios y las descripciones diáfanas e inteligentes que hace Machado de Assis acerca de la locura, no pude evitar traer a la mente “Verónica decide morir” de Coelho, y no me quedó duda alguna que la distancia entre los dos escritores brasileños no solo es temporal, la distancia en calidad, si se pudiese usar el término, es infinita. Si alguien quiere leer acerca de la locura, dejen de un lado a Coelho y recurran sin duda alguna al maestro Machado de Assis en este genial texto.

Finalmente, una lectura recomendable e imperdible diría yo. Machado de Assis, brasileño inmortal, un maestro de todos los tiempos.

sábado, 21 de mayo de 2011

SOLO QUE NO ME DI CUENTA

Recientemente revisando algunos artículos míos publicados en una revista especializada, me di cuenta que el editor había borrado todas las tildes que yo con mucho esfuerzo había puesto en las palabras “sólo”. La palabra solo (o sólo) es una de mis palabras “problema” cuando escribo. Casi nunca puedo determinar mientras escribo si son adverbio o adjetivo, así que usualmente hago la corrección de los “solos” en una lectura final y allí agregaba las tildes que a mi parecer iba olvidando.

Yo no soy un lingüista o un experto en el tema, así que la operación era simple, recordaba a mi profesor de lengua y literatura de la secundaria que me dijo alguna vez: “la palabra ‘solo’ lleva tilde cuando equivale a solamente” y con esa regla cual espada medieval me batía en duelo contra las reglas de la ortografía.

Resulta que anoche, al averiguar concienzudamente el porqué mi editor había eliminado las tildes antes referidas, me di cuenta que la regla que aprendí en la secundaria ya no tiene validez. En resumen: La nueva regla es que la palabra “solo” no lleva tilde nunca. Hasta allí la noticia es buena porque significaría que (a pesar de mis errores gramaticales, que además todavía podrán apreciar en los posts pasados en este blog) ya no tendría que preocuparme nunca más de pensar cuándo es que “solo” quiere decir “solamente”. Pero como la academia de la lengua, que por alguna misteriosa razón, es especialista en dictar reglas siempre con excepciones… resulta que a pesar de todo, a veces “solo” sí lleva tilde.

¿Y cómo es esa excepción? Veamos primero la regla: Al ser “solo” una palabra grave o llana que termina en vocal, la regla general dice que no lleva tilde, al igual que sapo, mono, taco y tela.

Pero “solo” tiene dos posibles comportamientos como indiqué al principio de la nota, estos son como adverbio y como adjetivo, otro menudo problema porque hay que saber cuándo es adverbio y cuándo es adjetivo. En fin. En mis propias palabras y tal como yo lo entiendo (que me perdonen Marco Aurelio y la señora Martha) el adjetivo tendría que agregarle una calificación al verbo. Así si Juan está caminando (verbo caminar), no se sabe si Juan camina rápido, despacio, con compañía o no, en ese caso si “Juan camina solo” entonces la palabra agrega un atributo al verbo y se comporta como adjetivo y no lleva tilde (ni ahora ni antes).

Ahora si “Juan come carne pero no pescado” resulta que se podría decir que “Juan solo come pescado”, (aquí es adverbio) y según las reglas que aprendí en la secundaria – y que ya no son válidas desde el año 1999 – ese “solo” tendría que llevar tilde porque se puede reemplazar con “solamente”, así “Juan sólo come pescado”. Pero con las reglas actuales ya no es necesario porque aparentemente a nadie se le ocurría pensar que “solo” se refiere a soledad, entonces al no haber ambigüedad no se necesita la tilde. Es decir la excepción es que la tilde se usa solamente para eliminar una posible ambigüedad en el uso de la palabra “solo” en una oración a fin de que el lector no la interprete como adverbio cuando en realidad se quiso poner como adjetivo.

Hagamos una frase más bonita: “Juan solo comía pescado en ese viejo restaurant.” Entonces con las viejas reglas ese “solo” llevaría tilde, con las modernas no. Cualquier lector (según la academia) se daría cuenta de que “solo” está operando como adverbio.

Ahora: “Juan solo, comía pescado en ese viejo restaurant.” ¡Magia! Acabamos de convertir ese “solo” en adjetivo con una simple coma, ¿Y el verbo? Es “comía”, o sea Juan comía solo, solito, en soledad. En este caso no lleva tilde ni ahora ni antes del 99. Es redacción nada más.

El otro tema es si todos los lectores están en la capacidad de reconocer un adverbio de un adjetivo, yo creo que en el Perú no, pero cuando un ingeniero diseña un auto pone su mejor esfuerzo en él aunque los que lo conduzcan luego no sepan distinguir entre una bujía y un inyector.

¿Cuándo se produce la ambigüedad? A ver: “Juan caminó solo por la avenida” ¿”Solo” es adverbio o adjetivo? Si la frase se suelta sola, la tilde tendría que ayudar, al no tener tilde tendría que interpretarse como adjetivo. Si Juan caminó solamente por la avenida, cuando pudo haber caminado por otros lugares, la palabra “solo” llevaría tilde, pero si Juan caminó sin compañía por la avenida, no lleva tilde. Me parece que las ambigüedades aparecen más con frases sueltas. Además resulta algo complicado percibir bien cuando de verdad se está produciendo una ambigüedad. Veamos ahora:

“Juan, esta vez dejó a su perro Nerón en casa y caminó solo por la avenida.” ¿Se resuelve el problema? Parece que no, pues al margen de la presencia de Nerón, todavía puede referirse a que caminó por la avenida cuando pudo haber caminado por el parque, en cuyo caso “solo” llevaría tilde. Sin embargo y regresando a que no todos los lectores podrían identificar el sentido de la oración, lo más aconsejable parece que será en lo posible eliminar la ambigüedad por la redacción y no por el uso de la tilde, por ejemplo: “Juan caminó por la larga avenida, sintiéndose solo ya que esta vez dejó a su perro Nerón en casa.”

Como podrán ver he sido egoísta en esta nota, la escribí en gran medida para poner en blanco y negro un concepto que no tenía claro cuando empecé a escribirla. A mí ya me quedó cristalino. Evitaré usar “solo” y procuraré evitar también ambigüedades, así tal vez mi editor no se moleste cuando encuentre la palabra “solo” con tilde, cuando mi intención fue solo tratar de cumplir una regla que me enseñaron en la secundaria. Espero también que la nota les sirva no solo a los que por su trabajo tienen la obligación de redactar, si no a los que solo disfrutan escribir, como yo, tan solo por placer, aquí solo frente a mi computador.

sábado, 19 de febrero de 2011

UN ANGEL EN EL CAMINO (Cuento)

Cuando Brenda abrió el correo no pudo evitar que sus rodillas se pongan a temblar: “Te espero en El Cáctus a las nueve de la noche. Sé que vendrás. Ángel.” Cerró rápidamente la ventana como si alguien pudiera ver su monitor. Trató de calmarse y volvió a abrir el mensaje. Estaba allí: blasfemo, pecaminoso, indecente; sin embargo un suave calor recorrió su bajo vientre, se puso de pie sonrojada y avergonzada de ella misma, se santiguó. No podía ser, pensó: ¿quién se creía este tipo para enviarle un correo así, sabiendo perfectamente que era una mujer bien casada? Todo esto era un error, por supuesto que no iría. Se dirigió a la ventana de su oficina y a través del vidrio miró la ciudad.

Se había conocido con Ángel dos semanas antes en un festival de blues, desde el primer momento se sintió identificada con él, hablaron de diversos libros que ambos habían leído, de música que ambos apreciaban, de compositores que ambos conocían y admiraban. Le sorprendió que también supiera de cocina, pintura y teatro. Discutieron un buen rato acerca de los clásicos del blues de Louisiana y de Mississippi, luego sin saber cómo terminaron conversando divertidamente de Mendelssohn, Mahler y Wagner. Luego del encuentro fueron con algunos amigos comunes a un bar cercano y continuaron la charla, hasta que se dieron cuenta que los dos se habían apartado del grupo enfrascados en contarse sus vidas y gustos. Brenda consciente siempre del sentido de la decencia, sugirió integrarse a la conversación de los demás y luego de unos minutos todos se levantaron para retirarse, Brenda se despidió con un firme apretón de manos sin dar espacio a más contacto físico y agradeció la conversación y por educación sugirió algún día volver a conversar, sabiendo de antemano que eso no sería posible de ninguna manera.

Brenda había sido educada en una escuela católica escogida especialmente por sus padres, de filosofía escolástica, exigente con la enseñanza de valores y principios cristianos; fue una estudiante modelo y sus calificaciones la hicieron acreedora de los primeros puestos, sin embargo en la adolescencia se sintió tristemente rechazada cuando empezaron los primeros cumpleaños e invitaciones sociales, notó que en los bailes era la última en ser invitada a bailar o a veces terminaba sentada en una esquina durante toda la fiesta, los muchachos no se fijaban en ella o peor aún se burlaban cruelmente. Empezó a compararse con sus compañeras de aula y tomó consciencia por primera vez de su cuerpo largo, delgado y poco desarrollado. Su delgadez sumada a su carácter introvertido la hacían poco atractiva. Desconsolada se propuso cultivar su mente a despecho del cuerpo poco agraciado que Dios le había dado. Dedicó casi todas las horas de su adolescencia a la lectura y a la música, mientras que la escuela le inculcaba valores y su madre la preparaba para ser una perfecta ama de casa, enseñándole cocina, a ordenar el hogar y como ser una esposa complaciente, útil y sacrificada.

Cuando terminó la secundaria decidió inscribirse en un gimnasio, se sabía sumamente disciplinada y así como cultivó su mente se propuso trabajar su cuerpo. Ahora quince años después de terminar la escuela, con un título de maestría y un buen empleo, era además una mujer que sin ser bonita era sumamente atractiva, de finas formas bien trabajadas a fuerza de sesiones diarias de máquinas y spinning, con un exquisito gusto para vestirse y desde hacía cuatro años felizmente casada con un hombre trabajador, bueno y fiel. Por su parte, su esposo Daniel era perfecto para ella, ordenado igual que ella, tranquilo, un hombre de casa, comprensivo y cariñoso. Nunca se enojaba o exasperaba, siempre buscaba una solución para cada problema. Se casaron justo al año de conocerse, en una boda soñada. En la cama Daniel fue siempre un caballero romántico, respetuoso, suave y atento. Aún no tenían hijos pero seguramente pronto conversarían y se harían un espacio para tenerlos. Era muy feliz así y tenía la firme convicción de que jamás defraudaría la confianza de su esposo ni deshonraría la santidad del matrimonio.

Dos días después del festival, Brenda, que se había hecho la promesa cuando se casó de no ocultarle nunca nada a su esposo, le comentó que había conocido a Ángel, Daniel que confiaba totalmente en su mujer le preguntó por cumplir:
– ¿Y a qué se dedica?
– No sé – contestó Brenda tratando de mostrar desinterés – sé que es abogado pero no sé exactamente en qué trabaja.
– Y me dices que es soltero, le gustan los gatos, escucha música clásica y no le gusta el fútbol – afirmó Daniel.
– Sí amor.
– Debe ser homosexual Brenda – dijo Daniel sonriente y con sinceridad – no me parece mal si quieres ser su amiga, yo tengo nada en contra de ellos.

Brenda iba a replicar algo, pero se quedó callada, iba a decirle que le pareció muy varonil como para ser gay, pero prefirió guardarse eso. Su marido era buen sujeto pero a veces soltaba algunas frases que delataban su educación machista. Había escuchado a su suegro decir en alguna reunión – mitad en broma, mitad en serio – que un tipo que no escucha salsa y no juega fútbol, no era un verdadero hombre.

Ahora tenía claro que no debía ir a la cita, pero no sabía si contarle a su marido de la invitación, nunca había visto a Daniel enojado y no sabía cómo reaccionaría. Tal vez trataría de buscar a Ángel para golpearlo o encararlo. Tal vez sólo para encararlo, Daniel no era violento a pesar de haber practicado durante años artes marciales, no se lo imaginaba yendo a golpear a otro hombre por celos, aunque la idea no le desagradaba por completo; le gustaría conocer al Daniel cavernícola aunque sea una sola vez.

Pasó la mañana tratando de trabajar, pero no podía quitar de su mente la invitación de Ángel. Había algo en él que le llamaba la atención además de su aspecto o su conversación inteligente. Siempre había admirado a los hombres que leen, pero ahora además había algo que no era su impecable forma de vestir ni sus modales finos. No era guapo, pero había algo en su personalidad que la seducía y que, por lo que pudo percibir, seducía a los demás también. Notó cómo lo miraban las otras chicas el día del festival y cómo lo miraron sus compañeras el día que se le ocurrió aparecerse en su oficina. Se presentó como un cliente y preguntó directamente por ella. Brenda se sonrojó notoriamente, pero mantuvo la compostura dignamente durante el tiempo que Ángel estuvo en su oficina. No pudo evitar sentir algo de celos cuando su mejor amiga y compañera de trabajo entró a su oficina, luego de que se fuera, interrogando atropelladamente:
– ¡Amiga! ¿Quién era ese galán? ¡Me lo tienes que presentar! ¿Es soltero verdad? ¿De dónde lo conoces? ¿Es de aquí? ¿Cómo se llama? ¡Qué rico perfume!
– Es un cliente Sandra – contestó Brenda apenas le dejó un espacio para contestar y fingiendo apatía.
- Cuando vuelva… me lo tienes qué presentar – dijo Sandra guiñando un ojo al mismo tiempo que se iba.

Tres días después se lo encontró en el patio de comidas del centro comercial que estaba cerca de su trabajo. El apareció con su bandeja buscando asiento y le preguntó si podía acompañarla, Brenda estaba totalmente segura que no fue una casualidad, pero le pareció un lindo gesto que él haya planeado ese encuentro casual y le siguió la corriente. Conversaron largo rato y se les pasó el tiempo, Brenda llegó tarde a la oficina pero estaba radiante. Hacía mucho tiempo que no disfrutaba tanto conversar así con una persona del sexo opuesto.

Cerca de la hora de almuerzo, miró su mano izquierda y contempló su alianza, la acarició con los dedos de su otra mano, recordó que Ángel nunca le preguntó sobre su estado civil. Tal vez no le importaba o tal vez había decidido ignorarlo o peor aún pensaba que ella estaba acostumbrada a hacer estas cosas. ¿Pero qué cosas Brenda? – se dijo a sí misma. ¿En qué estaba pensando? Ella no había hecho nada malo. Tenía que dejar este asunto ya. Llamó por el anexo a Sandra y la invitó a almorzar.

Una vez en el patio de comidas, Brenda buscó el momento entre la cháchara permanente de Sandra y le soltó el comentario:
– Sandrita, ¿te acuerdas del cliente de la semana pasada?
- ¿El galán? – preguntó Sandra.
- Sí, ese mismo. Me ha invitado a salir hoy.
Sandra se quedó muda por unos segundos con la boca abierta. A pesar de su aparente frivolidad y su manía de hablar hasta por los codos, tenía la habilidad de encontrar el lado práctico y objetivo de las cosas.
– Ten cuidado con lo que haces hermanita – dijo Sandra con solemnidad cuando se repuso, al mismo tiempo que se ponía un pedazo de pan en la boca.
– ¿Me estás sugiriendo que vaya? – replicó sorprendida Brenda.
– Dependiendo a qué vas a ir. Yo si fuese tú no sé si iría, pero tú eres tú.
– ¡Ay amiga! No me dices nada…
– No voy a decidir por ti – sentenció Sandra – sólo puedo decirte lo que haría yo. Pero yo no estoy casada ni tengo un esposo maravilloso en casa esperándome.
Brenda entristeció, esperaba sinceramente que su amiga le grite, que le diga que estaba loca, que cómo podía hacer una estupidez semejante.
– Entonces iré – dijo Brenda – tratando de sacarle algo más a Sandra.
– ¿El tipo te atrae? – preguntó maliciosamente la amiga.
– Un poco
– ¿Cuéntame qué te atrae de él? ¡además de lo obvio claro!

Brenda le contó sus pocas conversaciones, los temas en común, su admiración por alguien que sabía tantas cosas. Hasta coincidían en haber empezado a ir al gimnasio más o menos a la misma edad y habían mantenido la costumbre hasta ahora. Sandra soltó una risa estrepitosa:
– No te gusta él amiga. Te gustas tú reflejada en él. ¿No me digas que no te das cuenta?
– No – contestó algo molesta.
– ¡Vamos Brenda! Si está claro, el tipo es todo lo que tú eres. Lo admiras porque en él admiras tus propios logros. Te sientes identificada por eso. No confundas las cosas y sobre todo no le hagas daño a Daniel. Mira, si yo tuviera una sola sospecha de que Daniel hubiese sacado los pies del plato aunque sea una vez, te diría que te aproveches para vengarte, pero ese hombre te ama, te es fiel y te respeta. De esos hay muy pocos mujer. Ten cuidado. ¿O es que no eres feliz con él?
– ¡Claro que soy feliz! – afirmó Brenda enfáticamente e inmediatamente se dio cuenta que estaba tratando de convencerse ella misma más que responder a su amiga.
– ¿Entonces qué buscas, una aventura?
– ¡No! No sé Sandrita, hay algo en él o en el hecho de conocerlo que se siente peligroso. Es una tontería mía lo sé. Pero a veces pienso que mi vida es tan segura, necesito algo de peligro, de emoción.
– Peligro y emoción vas a encontrar si arriesgas tu matrimonio y no creo que sea divertido – advirtió severamente Sandra – ¿Qué va a decir tu familia? ¿Qué va a decir toda la gente?
– ¡No tengo planeado hacer nada malo! – exclamó Brenda, luego agregó tristemente – tienes razón no puedo arriesgar lo que tengo.
– Así es, pero te advierto, si a pesar de todo vas, limítate a ponerle en claro las cosas y termina ese asunto hermanita.
– ¿Y si no voy? – cuestionó Brenda.
– Mejor, pero es tu decisión al final.

Volvieron a la oficina y Brenda seguía confundida, tal vez lo mejor era ir y poner las cosas en claro. Explicarle a Ángel que no era una cualquiera, que era una mujer felizmente casada y que dejara de una vez por todas las insinuaciones e invitaciones de mal gusto. Pensó que igual podía ponerle eso en un correo. No, se lo diría personalmente. Era mejor.

Durante la tarde estuvo tentada varias veces a contestar el correo e inventar una excusa para no ir. Desistió, lo peligroso de la situación era un imán para ella. A las seis de la tarde salió de la oficina y se fue a casa. Estaba a punto de tomar un baño cuando Daniel llegó. Se dieron un beso convencional en los labios y Brenda optó por una última alternativa para verse forzada a no ir: Si Daniel le pedía o le ordenaba (eso estaría mejor) no ir, olvidaría todo este asunto definitivamente:
– Daniel, amor. ¿Te acuerdas de Ángel? ¿El sujeto del festival de blues?
– Sí.
– Me ha invitado a cenar hoy – mintió – ¿Qué te parece?
– ¿Ah sí? Y por qué – preguntó con verdadero interés Daniel frunciendo el ceño.
– Negocios – mintió nuevamente Brenda – es cliente de la oficina también. Aproveché para incluirlo en la cartera de clientes.
– Ok. Pero trata de no regresar tarde – dijo Daniel acostumbrado a no meterse en el trabajo de su mujer.
Brenda fue a tomar un baño, abrió la llave de la ducha y se tomó la cabeza con las dos manos cerrando con fuerza los ojos mientras pensaba: ¡Dios, qué estoy haciendo!

* * *

Una vez en El Cáctus, que era un pub temático en el centro de la ciudad, vio a Ángel sentado en una mesa sólo, bebiendo una cerveza. Se acercó y lo saludó dispuesta a explicarle brevemente sus motivos e irse, tomó asiento e iba a empezar a hablar cuando Ángel le hizo una seña para detenerse y preguntó:
- ¿Tequila?
- No sé – dudó Brenda.
- Tequila entonces – resolvió Ángel – hoy tienen el “especial zapatista.”

Hizo una seña hacia la barra y una atractiva jovencita con sombrero de charro mexicano trajo una bandeja con diez shots de tequila, un pequeño plato con rodajas de limón y otro con sal.

Ángel, con absoluta seguridad, tomó el primer diminuto vaso en sus dedos índice y pulgar, en el hueco formado en la unión de ambos colocó un poco de sal y tomó una rodaja de limón. Con los ojos motivó a Brenda a hacer lo mismo, ella lo hizo, nerviosa.
– Ok. A la cuenta de tres – dijo Ángel
Hizo el conteo y bebió de un tirón, Brenda también. Lamieron la sal, exprimieron el limón en sus bocas y rieron. Brenda sacudió la cabeza tratando de liberarse del aturdimiento y cuando miró a Ángel este ya tenía otro vaso en la mano. Le siguió el ritmo y bebió de nuevo. Al tercer shot tenía la lengua adormecida, no estaba acostumbrada a beber y menos tequila. Cuando terminaron la ronda reía sin parar y de cualquier cosa, pero ya no sentía nervios. Trató de componerse un poco y dijo:

- Ángel, gracias por invitarme y por el tequila, pero tengo que irme. Mi esposo me espera en casa, prometí regresar temprano y sólo he venido para decirte que agradezco tu invitación y tus detalles, pero yo no puedo hacer esto.
- ¿Hacer qué? – preguntó astutamente Ángel
- ¡Esto! – exclamó Brenda.
- ¿Beber tequila?
- Tú sabes a qué me refiero.
- No, no lo sé – negó Ángel.
Brenda quiso explicar, pero no podía, en realidad no habían hecho nada. Trató de concentrarse, con el tequila encima era más difícil.
- Mira, esta salida, tu invitación, tu correo de hoy.
- Yo pensé que éramos amigos – replicó Ángel.
- Sí, lo somos, y quiero que se quede así. Como una amistad.
- Está bien Brenda – contestó el hombre con calma.

Desconcertada, Brenda se quedó en silencio. No pensó que sería tan fácil. ¿O sería que había malinterpretado todo? Tal vez Ángel sólo deseaba una limpia amistad y su imaginación había volado más allá. Sintió un terrible remordimiento. Avergonzada pidió perdón.
- No, no hay nada que perdonar – dijo amablemente Ángel.
- Sí, sí lo hay – contestó consternada Brenda – yo te malinterpreté.
- Ok, tranquila, no quiero verte triste, si te hace feliz te perdono, pero con una condición
- ¿Cuál?
- Un “especial zapatista” más.

* * *

Frente a la puerta del cuarto, se quedó mirando a Ángel mientras abría la puerta con la llave que le habían dado en recepción. Todavía no creía que eso estuviese pasando, nunca creyó que aceptaría la proposición de Ángel, pero le dijo tantas cosas bonitas, la hizo sentirse tan bien, la llenó de tanta confianza que no pudo decir no. La puerta se abrió y le temblaron las piernas. Dudó, Ángel entró, esperó unos segundos y lo siguió. Estaba oscuro, sintió la puerta cerrarse detrás de sí. Estiró la mano para hallar el interruptor de la luz a ciegas y de pronto sintió un fuerte empujón que la presionó contra la pared y el aliento de Ángel sobre su rostro, no pudo resistirse más y lo besó ávidamente, con la fuerza de toda la pasión contenida por años, sintió sus manos escurriéndose debajo de su blusa, quemando su piel... trató de detenerlo sin convicción, él la tomó de las muñecas y le levantó las manos por encima de la cabeza dejándola indefensa mientras con su rodilla separaba sus muslos, su lengua recorría abrasadora su cuello y su pelvis arremetía contra la suya dejándola sentir el volumen de su miembro en plenitud. Brenda dejó de oponer la poca resistencia que hacía y sus brazos cayeron, sintió una de las manos de Ángel presionar con una fuerza excesiva su baja espalda, causándole más excitación, la otra mano a la altura de su rodilla, subiendo por su muslo y levantando la falda, sentía su dedos recorrer su piel y toda ella se erizaba inconteniblemente, al fin la mano se detuvo en el elástico de su ropa interior y hábilmente logró bajarla hasta casi sus rodillas, luego la sintió poderosa frotando con fuerza su entrepierna y sintió una descarga húmeda descender por sus muslos desde su sexo dejándola sin fuerzas para mantenerse en pie, ahora sus piernas casi no le respondían, trataba de incorporarse débilmente y buscó el cuerpo de Ángel para sostenerse, de pronto éste la tomó de la cintura y la lanzó sobre la cama, cayó boca abajo sobre ella con los pies todavía sobre el piso, trató de incorporarse pero el peso de su agresor se lo impidió, sintió como desplazaba su falda hacia arriba y su sexo candente penetrándola, lo disfrutó intensamente, esa sensación nueva, violenta, gimió y trató de acomodarse, pero Ángel pensó que quería escapar y nuevamente la sujetó de las muñecas, eso la excitó mucho más, en medio de los jadeos sintió la voz agitada y seductoramente ronca de su amante preguntándole si le gustaba, ella gimió que sí, entonces él empezó a decirle al oído cosas que nunca había imaginado que la podrían excitar. Palabras que en otras circunstancias la hubiesen escandalizado, ahora la volvían loca; se sentía volátil, etérea, él la llamaba puta y se sentía así, tal cual; ramera, meretriz eran palabras suaves ahora, adoraba sentirse pérfida en ese momento, su excitación subía desmedidamente por el vaivén de ambos cuerpos, pero sobre todo por las palabras sucias en su oído, se sentía deliciosamente lasciva, lujuriosa, sus ojos ya se habían acostumbrado a la oscuridad y gracias a la tenue luz que entraba por la ventana descubrió en un enorme espejo pegado en la pared el reflejo de ambas siluetas moviéndose en la penumbra, todavía con ropa, sintió su tanga todavía atrapada a la altura de sus rodillas, la imagen mental la conmovió, fue demasiado, su cuerpo explotó en una onda telúrica que destrozó los últimos muros de su decencia.

Todavía con los últimos estertores de los espasmos del orgasmo en el cuerpo tomó fuerza y se zafó, Ángel la dejó hacer algo sorprendido, tomó al hombre por el cabello y prácticamente lo obligó a quedarse boca arriba sobre la cama, buscó la abertura de la camisa y la abrió con todas sus fuerzas haciendo saltar por el aire varios botones, él estaba visiblemente excitado, Brenda vio en la pared un interruptor y rápidamente lo encendió, la habitación se iluminó tenuemente, lo suficiente para verse en el espejo, que era lo que ella quería. De un solo movimiento se deshizo de su blusa y el brasier, movió sus piernas ágilmente y se despojó de la tanga. Se montó sobre su hombre y empezó a cabalgarlo lentamente, acariciándose ella misma mientras lo hacía, mirando en el espejo su cuerpo torneado, sus senos proporcionados, erguidos, su piernas fuertes, su trasero levantado, empezó a moverse cada vez más rápido, en círculo, de atrás hacia adelante, él trató de acariciarle los senos turgentes, ella lo rechazó. Al igual que él hizo en un principio, ella también lo sujetó de las muñecas, se acercó a su oído sin dejar de moverse y le pidió que la insulte, que le diga puta otra vez, él atónito se quedó sin palabras, ella lo miró con una mezcla de ira y excitación y lo bofeteó con fuerza, lo miró y lo golpeó de nuevo mientras le pedía a gritos que le diga quién era una puta. Él lo hizo tímidamente y recibió otra bofetada, a fuerza del dolor ya no se contuvo, la insultó, le dijo las cosas más terribles que se podían decir a una mujer, usó las palabras más soeces para referirse a su partes íntimas y ella disfrutaba mirando al techo, concentrada en el placer, en sus nuevas sensaciones, mirando ocasionalmente al espejo para regodearse de su perfecto cuerpo desnudo. Se detuvo. Arqueó su espalda y mientras gemía y gritaba a toda voz empezó un vaivén con las caderas a toda velocidad que llegó a causarle dolor a Ángel, volvió a detenerse y exhaló un gemido prolongado e intenso que llenó la habitación, luego se desplomó haciendo todavía pequeñísimos movimientos con su cadera. Recién se dio cuenta por la expresión de su pareja que ambos habían terminado al mismo tiempo. Se quedó unos minutos sobre el pecho de Ángel, sin hablar, luego se levantó silenciosamente, recogió su ropa del piso y fue al baño. Un rato después salió arreglada como pudo, y sin mirar nada, con la vista puesta en el piso dijo adiós y salió rápidamente del hotel. Ángel que estaba aún desnudo no pudo hacer nada por detenerla.

* * *

Al llegar a su casa, Brenda se detuvo en la puerta de entrada. Respiró, trató de serenarse. Introdujo la llave y abrió, se quitó los zapatos y con mucho cuidado fue hasta el dormitorio. La puerta estaba entreabierta, la empujó y allí estaba Daniel durmiendo con la lámpara prendida y un libro a medio leer al costado. Se le salieron las lágrimas. Se quedó largo rato apoyada en el marco de la puerta de la habitación llorando en silencio. Luego tomó una ducha caliente, cuidadosamente se revisó el cuerpo por si había marcas. Terminó el baño y se secó lentamente. Sabía que no podía meterse en la misma cama con su marido, por lo menos esa noche no. Tenía el sedimento del placer en la piel, pero al mismo tiempo la invadía una culpa insoportable. Se sentó en el sillón del dormitorio y vio a Daniel dormir. Miró su reloj, eran las dos de la mañana. Mientras recordaba lo sucedido y pensaba en cómo había podido hacerlo, se fue adormitando, en algún momento el cansancio la rindió, cuando despertó ya eran las cuatro y media. Se incorporó y tomó otro baño. Se puso su ropa deportiva y se preparó para ir al gimnasio. Daniel despertó y le preguntó si le había ido bien, ella contestó que sí. Le mandó un gran beso y se dirigió a la cocina, dejó preparado el desayuno y salió. Pensó ir a la casa de Sandra, pero la atormentaría con preguntas que no tenía ganas de contestar, fue al gimnasio pero no entrenó, se acomodó en las colchonetas fingiendo hacer abdominales y aprovechó para descansar un poco. Luego tomó otro baño y regresó a casa. Daniel no estaba, a diferencia de ella, él trabajaba los sábados.

En la soledad de la casa, Brenda analizó la situación. Sabía que lo sucedido podría destrozar su matrimonio. Había prometido decir la verdad, se lo había prometido a ella misma. Pero también necesitaba proteger a Daniel, protegerse ella. Se sentía triste, había traicionado todos sus valores. Sabía que no podría vivir así. Tendría que hablar con Daniel. Se lo contaría todo, era lo menos que podía hacer. Se puso de rodillas y rezó entre lágrimas para que Daniel la perdone.

Por la tarde, Brenda tomó valor y esperó a que Daniel como todos los sábados por la tarde se sentara a leer en la sala. Se sentó cerca y le dijo:
– Daniel ¿tendrás un minuto?
– Claro – contestó Daniel dejando su libro sobre el sofá.
– Tengo que decirte algo – balbuceó Brenda.
– Dime.
– Anoche… en la cena, pasó algo – se hizo una pausa incómoda, Daniel la miraba atentamente y con evidente curiosidad – este hombre, Ángel…
– Sí…
Brenda miró al piso, apretó los dedos de sus manos, ansiosa.
– Estoy avergonzada – agregó pausadamente y Daniel enderezó su postura en el sofá para prestarle más atención – es que tenías razón amor – continuó.
– ¿Acerca de qué? – preguntó Daniel.
– Es gay. ..
– ¡Ah! Eso. Ya ves, nunca falla.
– Sí, nunca falla – repitió Brenda, hizo una mueca parecida a una sonrisa y salió rumbo a su habitación.

* * *

El día lunes en el trabajo Sandra se acercó al escritorio de Brenda y la interrogó con la mirada:
– Te estuve llamando todo el fin de semana – le dijo.
– Sí, lo siento, tuvimos cosas que hacer con Daniel y ayer nos fuimos a la playa.
– ¿Y bueno, qué pasó con el galán?
– No fui. Tenias razón amiga, mejor no arriesgarse.
– Me alegro por ti, Danielito no se merece que le hagas algo así, ya te dije que ese hombre te adora.
– Lo sé amiga – sonrió amargamente Brenda

Hablaron de otras cosas y Sandra se fue. Brenda se quedó pensando en lo sucedido, sentada frente al escritorio recordó cada momento del viernes en la noche y sintió miedo de ella misma. Nunca había experimentado algo así y nunca se había imaginado que tenía ese atemorizante lado oscuro. Es más, siempre sintió alguna clase de rechazo por cualquier cosa parecida remotamente al sadomasoquismo, le parecía de gente enferma. Era cierto lo que decía Sandra, Daniel no se merecía sufrir por su culpa. Era tan bueno. Aprendería a vivir con este error en su conciencia.

La campanilla de la bandeja de entrada de su computador la sacó de sus reflexiones, leyó el nuevo correo: “Lamento que hayas tenido que irte así. Espero verte de nuevo la próxima semana, si lo deseas. Si no lo entenderé. Ángel.” Brenda mantuvo fija la mirada en el correo. Sonrió. No sería mala idea ir de tiendas más tarde. Aprovecharía para distraerse y relajarse de la tensión, tal vez ¿por qué no? comprar algo de cuero negro para la próxima ocasión…

viernes, 4 de febrero de 2011

LOS AMIGOS QUE FALTABAN

Hoy releía la nota que colgué en la madrugada y me di cuenta que había incurrido en imperdonables omisiones que voy a procurar subsanar.

No puedo dejar de mencionar de ninguna manera a “Dorian Grey” del inglés Oscar Wilde, quien a costa de su propia vida nos dio un notable ejemplo de cómo la intolerancia puede a veces ser más fuerte que la creatividad y el arte. De la misma manera Jonathan Swift talentosamente logró representar la decadente clase política de su época mediante “Los viajes de Gulliver”, una novela cuyo mayor logro es su aparente inocuidad. Nota aparte la breve pero brillante obra de Stevenson “El extraño caso del doctor Jekyll y mister Hyde” que caló profundamente en mí por la cruda representación de ese lado oscuro que todo ser humano tiene.

De Edgar Allan Poe no se puede mencionar una sola obra, pero “El gato negro” y “El barril de amontillado” sin duda se encuentran en un especial lugar en mi memoria. De la misma manera vienen a mi mente poetas como Gustavo Adolfo Bécquer y sus imperdibles “Rimas”, Neruda y sus “Veinte poemas de amor y una canción desesperada”, Manrique y sus dolidas “Coplas por la muerte de su padre”, los poemas dispersos de Santos Chocano, las décimas de Melgar, la muy poco conocida obra poética de un poeta arequipeño de delicados versos: Edgar Guillén. No puedo dejar de mencionar a otro ejemplo de genialidad destruida en manos de la intolerancia: Federico García Lorca, a quien tengo especial cariño primero por sus intensos poemas andaluces, llenos de simbolismo desangrado y por ser el autor una obra de teatro – entre muchas otras que escribió – que me tocó protagonizar sobre las tablas en mi juventud: “El público”.

Interesante Dan Brown que sin ser un escritor de jerarquía ha aportado mucho a quitar la venda de los ojos de las personas, y como dije, sin ser joyas de la narrativa, “El código Da Vinci”, “Ángeles y demonios” y “Fortaleza digital” entretienen y aportan con lo suyo. Sigo pensando que me olvido de muchos libros que me han acompañado en las buenas y las malas, pero a estas horas y a mil kilómetros de distancia de mi biblioteca personal es difícil recordarlos a todos.

Para terminar sólo quiero referirme a tres cosas: El libro de la biografía de García Márquez “El viaje a la semilla” fue un regalo, un regalo invaluable de la persona que más admiro, quiero y respeto en el mundo, a quien a pesar de su aprecio por mí, yo nunca supe corresponderle de la mejor manera. Sé que debo cargar con eso, pero es el precio de ser como soy. Otra cosa es recomendar una novela, que si bien no está en las grandes marquesinas de la literatura, es la única que me arrancó lágrimas en la última página y me dejó con esa sensación terrible de un ser querido que muere: “Del amor y otros demonios” de García Márquez. Y tres, no dejen de leer. Una persona que no lee es un ser anodino, inocuo, casi una ameba. No sean amebas por favor.

LOS AMIGOS DE MI INFANCIA Y QUE NO PERDI

Probablemente una de las pocas cosas notables y útiles que hizo mi padre en mi favor –indirectamente – fue comprar unas láminas del método Coquito para leer. Mi madre las guardaba cuidadosamente en casa y hasta donde sé, mis seis hermanos y yo – además de algunos primos – aprendimos a leer con ellas. Tenía cinco años y recuerdo como si fuese ayer la tarde que mi madre desempolvó la cubierta de plástico de las láminas y me envió a la casa de mi abuelo paterno, que quedaba a la vuelta de la esquina, para que mi tía Ruth me enseñe a leer.

Mi tía Ruth – que nos dejó hace ya varios años – era todo un personaje. Para empezar nadie le decía Ruth, todos le decíamos Gringa, mis tíos le decían Gringa a secas y nosotros más respetuosamente le decíamos tía Gringa. El apelativo venía del su blanquísimo color de piel y sus cabellos castaños, que en realidad no eran herencia de nadie de la familia, sino que se debían a que el sol jamás tocaba su piel y su metabolismo no procesaba bien sus alimentos, así que el color de cabello no era otra cosa que el resultado de la desnutrición. Mi tía Gringa había sufrido el terrible polio de niña y la secuela la había dejada incapacitada físicamente, pasaba la vida entre una silla de ruedas y su cama. Sólo podía mover muy limitadamente su mano y muy poco su cuello. Dependía de los demás para casi todo. En las mañanas mi abuelo la levantaba de su cama y la colocaba en la silla de ruedas, sus articulaciones estaban totalmente soldadas así que la posición de su cuerpo era la misma ya sea recostada o en la silla. Luego en la silla tomaba desayuno con la ayuda de mi abuelo o alguno de mis tíos y pasaba toda la mañana leyendo cosas. Ella fue quien nos enseñó a leer, pero además sabía casi todo lo que había que saber, nunca fue a la escuela, pero nos enseñaba matemáticas y otras cosas, cuando habían dudas acerca de cualquier tema ella sabía las respuestas de casi todo e incluso cuando mi abuelo puso una tienda de abarrotes con su jubilación, ella era la que llevaba las cuentas e inventarios, la mayor parte mentalmente.

Así fue que mi tía – que fue el primer adulto a quien profesé verdadera admiración – se convirtió en mi maestra de las primeras letras. Con sus dedos anquilosados y su escaso movimiento de muñeca fue quien escribió en mi primer cuaderno las palabras a repetir, el eme-a, “ma”, eme-e, “me”, “mi mamá me mima” y todas las preciosas frases que, quienes como yo aprendieron a leer con Coquito, recordarán con cálida nostalgia.

Otra cosa que aprendí de mi tía Gringa es que cuando se lee no hay límites para la imaginación, ella era mi Obi Wan Kenobi y yo su Anakin Skywalker, tal vez para hoy ya me haya convertido en Darth Vader, porque ella era muy creyente, pero ese es otro cuento. Lo cierto es que según sus propias palabras fui su alumno más aplicado y el que más rápido aprendió. Eso derivó en continuas competencias de lectura organizadas por mis tíos, donde se comparaba entre los primos coetáneos a quien leía mejor y más fluido. Yo percibía claramente que mis primos tenían serias trabas con la lectura, leían silabeando, cosa que yo había superado en las primeras clases.

Luego de la tediosa época de competencias, mis primeras lecturas fueron los letreros de la ciudad. Caminaba por el centro acompañando a mi madre a las iglesias y no me fijaba en otra cosa que no fuesen los letreros: Carsa, Abugatás y hermanos, La Uruguaya, Monterrey (no el supermercado, sino la tienda de telas), leía los carteles de ofertas, las direcciones, incluso en las iglesias los letreros de acrílico que acompañaban a las imágenes y los más antiguos y delicadamente tallados en piedra o mármol. Mi ánimo no era practicar, sencillamente era una innata curiosidad. Ahora que sabía leer me moría de curiosidad de saber qué cosa decía cada letrero en el mundo.

En casa, otra cosa que sucedió a mi favor, es que mi padre dejó una minúscula biblioteca, calculo que serían unos cuarenta libros, veinte de los cuales eran una muy bien cuidada edición del Tesoro de la Juventud. Recuerdo claramente sus hojas de papel satinado, los lomos de cuero verde con letras doradas. Era un verdadero placer leer en esa enciclopedia. Yo no sabía en ese entonces la diferencia entre una enciclopedia y un libro, así que asumí que eran libros y como eran los más bonitos los empecé a leer. El tomo veinte tenía el índice. En realidad era un índice complejo pero yo nunca lo usé.

El Tesoro de la Juventud como ya dije era una enciclopedia pero didáctica o temática, tenía resúmenes de novelas en una sección maravillosa que si mal no recuerdo se llamaba el Libro de las Narraciones Interesantes o algo así. Allí fueron mis primeros encuentros con los clásicos, en esa sección leí los resúmenes de “La divina comedia”, “El vellocino de oro”, “El tesoro de los nibelungos”, “La iliada”, “La odisea”, “Fuenteovejuna”, “Corazón”, “Hamlet”, “El moro de Venecia”, “Otelo”, “Los Miserables” y tantos otros más que más adelante y con mayor madurez y recursos económicos, me sentí en la obligación placentera de leer en sus versiones completas.

Una vez que se acabaron los resúmenes, aún quedaba mucho por leer, y para el lector ávido no hay nada mejor que letras por descubrir, leí enteras las secciones de historia, ciencias naturales, geografía y misceláneas. Me encontré con las maravillosas fábulas de Esopo, pero también con un muy didáctico y comprensible resumen de la teoría de la relatividad. A mis cortos siete años aprendí cómo se reproducen las células, las plantas, los animales y los humanos. Tenía una idea clara de las ciudades de Europa, Asia, África, Oceanía y América, así como de su historia y evolución. Aprendí de mitología griega, de volcanes, de experimentos caseros, de cómo funciona la electricidad, los planetas, la – en ese momento incipiente – teoría del Big Bang, de la velocidad de la luz y el sonido. En realidad ahora que lo pienso, creo que el ochenta por ciento de las cosas que sé las aprendí en esos años. El Tesoro de la Juventud, abandonado en ese pedacito de la sala de la casa de mi madre fue una de las mejores cosas que me sucedieron en la vida, si no la mejor.

Al costado del librero hecho de ángulos ranurados Dexion que albergaba estas joyas había un sillón antiguo que fue mío durante los años de mi niñez y temprana adolescencia. Allí leí todo lo que pude leer en casa, y allí escuché durante varios años la frase ¡Miguel a comer! Lanzada por mi madre desde el comedor. Ni durante la universidad cené fría la comida tantas veces.

Cuando se acabó el Tesoro de la Juventud, hice algo muy simple, lo volví a leer, pero esta vez selectivamente, releía más lo que más me gustaba, pero recuerdo que habían días que regresaba de la escuela y tomaba un tomo al azar y leía lo que apareciese también al azar y de allí hacia adelante. Llegó un punto en el que ya no había nada que no conociera de esos veinte tomos y decidí leer el índice. Apenas le di un vistazo y lo dejé. Me di cuenta que yo sabía exactamente en qué tomo estaba cada una de las cosas que había leído y en algunos casos sabía en qué página. Un poco asustado de dejar a mi primer amigo, apunté mi vista a la segunda fila de libros del estante, eran pequeños, visualmente insignificantes ante la majestuosa edición del Tesoro de la Juventud, pero era momento de investigar, la curiosidad siempre puede más.

Empecé por los que tenían mejor apariencia, allí fue que leí “El Padrino” de Mario Puzzo, quedé impresionado sobre todo ante la escena del caballo decapitado, muchos años después cuando vi la película no me pareció tan buena la recreación, pero cumplía su cometido. La novela tenía varios pasajes de alto contenido sexual y erótico – que nunca aparecieron en las películas – y que yo curiosamente leía con naturalidad. Luego leí “La Divina Comedia” en su versión completa, “Drácula” de Bram Stocker, “El exorcista”, “Papillón”, que merece comentario aparte, precisando que eran libros de mi padre, probablemente “best sellers” de la época, a pesar de ello “Papillón” en esa época me impresionó por su crudeza, más adelante, en mi juventud, me di cuenta que estaba pésimamente escrita, pero en ese entonces disfruté mucho de la historia, hasta la parte de los caníbales y las hormigas asesinas. Me enfermé, mi tío Lucho que era médico no pudo acertar que tenía y finalmente me trataron por infección estomacal, pero yo sabía que era por la novela. Allí me di cuenta que tenía una capacidad aterradora de vivir lo que leía tal como si estuviese literalmente en los lugares y escenas descritos por los autores.

Luego me encontré con algunos clásicos, nuevamente Homero, en sus versiones completas, había una novela de García Márquez, “La mala hora”, me pareció muy buena sin llegar a ser genial, para ese entonces García Márquez aún no había ganado nada y para mí era un amigo más, lo cierto es que disfruté mucho la historia de los pasquines. Muchos años después García Márquez confesó que no se sentía orgulloso de esa novela, la había escrito a solicitud de algunos amigos a fin de no que no se declarara desierto un concurso literario donde las obras presentadas no daban la talla requerida.

En ese entonces, mi padre envió a casa otro de sus aciertos, compró de algún lado la colección completa de El Escolar, que era un suplemento semanal del diario Extra, los hizo empastar en seis tomos y se agregaron a la pequeña biblioteca familiar. Como es obvio los leí de principio a fin, pero no sólo eso, estos suplementos traían unos pequeños y simples crucigramas que me apasionaron por completo y los hice todos, me di cuenta que los resolvía sin recurrir a nada más. Sólo los resolvía. Algunas cosas las sabía, pero una muy buena parte las deducía. También traía cosas para armar y construir, dibujaba los moldes en papel de cuaderno, y los armaba, de esa época son mis Quijote y Sancho Panza de triplay que debe andar aún en algún lugar de la casa de mi mamá. Con esos suplementos aprendí a hacer origami y también aprendí mucho del Perú. No se debe olvidar que era la época del gobierno militar, para ese entonces Morales Bermúdez continuaba la política del gobierno revolucionario de Velasco Alvarado y los medios de prensa estaban obligados a respaldar estas políticas. En estos suplementos aprendí historia del Perú, acerca de los Incas, del Virreinato; por primera vez leí acerca de la alineación y el anti imperialismo y me divertí mucho con las historietas de la página central que tenían como protagonistas a Coco, Vicuñín y Tacachito, que eran tres niños que representaban a cada región del país y su perro Sulky. Tampoco olvidemos que en esa época en el Perú estaban prohibidos Supermán, Batman y todos sus super amigos.

Cuando terminé de leer los seis tomos de los cinco años de suplementos de El Escolar, continué con los otros libros del estante, descubrí al fantástico Vallejo, “Los Heraldos Negros”, curiosamente era el libro con la apariencia más triste y descuidada del estante, pero era tan intenso, me marcó profundamente y me llevó a escribir poesía y publicar un poemario en mis años universitarios, luego “Los ríos profundos”, “Agua”, “La serpiente de oro”, “Los perros hambrientos” con su belleza andina y la tierna historia de sus perros, mi primer encuentro con Vargas Llosa con “Los cachorros y los jefes”, en esa época mis hermanos traían libros de la casa de mi papá para sus trabajos del colegio y yo me encargaba de que ya no vuelvan a salir de la mia, así que también y sin querer logré que la pequeña biblioteca se incremente. También conocí las fantástica novelas de aventura “El Corsario Negro” y “Los náufragos del Liguria” de Emilio Salgari.

Entre lo que leía se colaron también Lenin con su texto sobre la moral comunista, Haya de la Torre con “El anti imperialismo y el Apra” y Mariátegui con sus “Siete ensayos de la interpretación de la realidad peruana”, para ese entonces yo seguramente tenía entre diez y once años. Los leí como quien lee una novela más. Eran algo pesado para mi gusto pero se entendía su punto de vista. Fue en aquel entonces que sin querer fui ocupando el lugar de mi tía Gringa. A veces venían mis primos y hermanos y empezaban a buscar en el Tesoro de la Juventud o en El Escolar los temas de los trabajos del colegio, entonces como me interrumpían la lectura les preguntaba qué estaban buscando, luego yo con la más absoluta y simple intención de ayudarlos y para que se fueran pronto, les decía en qué tomo y en que página estaba lo que estaban buscando y se iban. Más adelante recién tome conciencia de esa capacidad cuando empezó a ser el tema de conversación en las reuniones familiares, mis hermanas y mi madre se enorgullecían de ello y yo era feliz, haciéndolas felices.

A esa edad hice dos grandes descubrimientos, uno de ellos fue Antoine de Saint-Exupery, “El principito”, una prima que fue mi madrina de primera comunión me lo regaló. Fue mi primer libro, es decir el primero que era mío de verdad, durante esos años fue una fuente de constante sabiduría. El otro descubrimiento fue la Biblia, la leí como un libro de la página uno y hasta el final y me dejó desconcertado. Todo lo que contaba no tenía nada que ver con Darwin, la “Teoría de la evolución de las especies” (libro que también estaba afortunadamente en el estante de la casa) y tampoco coincidía con nada de lo descrito en el Tesoro de la Juventud, las fechas no cuadraban, las épocas y eras de la tierra tampoco y el mito de Adán y Eva así como el diluvio no tenían ningún asidero válido, me pregunté por qué la gente reverenciaba a un libro que tenía tantas inconsistencias históricas y prácticas. En mi mente de once años, el Tesoro de la Juventud y El Escolar eran documentos mucho más válidos que la Biblia. Hoy en día, sigo pensando lo mismo, con el único ingrediente adicional que entiendo y comprendo la lectura religiosa y dogmática del texto bíblico y la respeto, pero mantengo mi posición desde el punto de vista científico. Incluso en esa época un pequeño libro de historia para niños de Disney cuyos protagonistas eran el ratón Mickey y el pato Donald, que un tío me regaló, rebatía profundamente al pobre Noé cuando aclaraba en una nota a pie que sólo los cientos de miles de especies de insectos conocidos no hubiesen entrado en el arca, eso sin contar con el trabajo de recogerlos.

Cuando se acabaron los libros de casa, empecé a buscar nuevas cosas, me prestaba libros – que siempre devolví – asistí como lector a la vieja Biblioteca Municipal de Arequipa, donde habían muy pocos buenos libros y esos pocos estaban mutilados, por eso dejé de ir, incluso concursaba en cada evento en que se ofreciera un libro como premio, así fue que a los trece años aproximadamente conocí a Cortázar, el libro se titulaba “Una flor amarilla” y lo gané en un concurso de radio, yo no sabía que se pudiera escribir así y Cortázar se convirtió en mi nuevo ídolo y paradigma. A la siguiente semana volví a concursar en el programa radial y gané un ejemplar titulado “Cuentistas peruanos”, allí encontré a Vallejo en otra faceta con “Paco Yunque”, y por primera vez leí a Oswaldo Reynoso y a Ribeiro. Fueron descubrimientos increíbles, por esa misma época tomé uno de los pocos libros que no había tenido el ánimo de leer de la biblioteca de casa. Era un libro de tapas de cartón color verde petróleo y páginas con letras menudas y apretadas. El título en la tapa estaba casi borrado, se llamaba “La Casa Verde”, de Vargas Llosa, lo leí sin ganas y me pareció más pesado que Mao Tse-Tung. Luego lo volví a leer cuando tenía unos treinta años, pero nunca me dejó esa sensación que deja una buena lectura.

Leí muchos buenos libros en la secundaria, pero nunca con la frecuencia que leía en primaria. De esa época son las lecturas profundas de Shakespeare, Góngora, Cervantes y Quevedo. También Víctor Hugo, Sartre “Las palabras” y el impresionante Kafka. Fue en la secundaria que empecé con mi biblioteca personal, con el dinero que juntaba de las pocas propinas y lo que ganaba ayudando al papá de un amigo que tenía un restaurant me compraba libros, obviamente piratas en la plaza San Francisco. También en esa época leía a Asimov y sus novelas de ciencia ficción que siguen siendo una guía de tecnología aplicada, y me preocupé con “Yo visité Ganimedes” de un oscuro autor cuyo nombre ya no recuerdo. En esos tiempos también leí con mucho respeto los dos tomos de “El capital” de Marx y Engels, que estaban en lo más alto del estante e intimidaban con su tamaño y sus solemnes tapas azules.

En la universidad pasé por Platón y Descartes, pero sobre todo conocí a Nietszche, un genio valiente y mordaz. El filósofo que me dijo “no estás solo en tu forma de ver las cosas”, al fin alguien que ponía las cosas sobre la mesa como ninguno antes.

En esta época de universidad, en primer año para ser preciso, una de las cosas más útiles que hice fue la recolección de revistas pornográficas. Como yo era muy independiente mi madre nunca revisaba mis cosas, así que me dedique a ofrecerme como receptor de revistas Playboy, Penthouse, Hustler y otras de más grueso calibre que mis amigos ya no podían esconder en sus casas y que les habían causado diversos problemas y querían deshacerse de ellas. Entonces cuando ya tenía como quince revistas en muy buen estado y de notable calidad, me armé de valor y fui a la plaza de San Francisco y se las ofrecí a un revendedor de libros usados y piratas. El las vio y me preguntó cuánto quería, yo le contesté que quería libros a cambio. El me miró como si estuviese loco y me dejó escoger, yo empecé a colocar libros sobre su banca preguntándole cada vez si ya era suficiente. Ese día me fui a casa con ocho novelas, entre ellas una edición preciosa de “La Madre” de Máximo Gorki, “Rayuela” de Cortázar, “Crimen y castigo” de Dostoievski y el maravilloso trabajo – para mí el mejor – de Mario Vargas Llosa: “La Guerra del fin del mundo”.

Los vendedores de libros no saben lo que tienen la mayoría de las veces, sobre todo los que venden libros usados, los que venden pirata son otro rubro. Pero ambos se guían de los libros más pedidos por su propio público, entonces un ejemplar antiguo y poco buscado es valioso sólo por su apariencia, si uno sabe negociar como yo aprendí en esos años, se pueden obtener buenos resultados.

Un evento que cambió mi vida sucedió el verano de mil novecientos ochenta y siete: Acababa de terminar el colegio y el papá de un amigo generosamente me pagó la academia preuniversitaria, ya que mi familia no tenía recursos para ello. Una mañana un compañero cuyo nombre no recuerdo ahora pero que respondía al apodo de Marciano, llevó un libro de buena factura, lomo cosido y de tapa dura color café, estuvo con él toda la mañana y en algún momento él y otros se escaparon a alcoholizarse, cuando salía me dejó el libro y me pidió que se lo cuide.

Ese día el Marciano no regresó y me llevé el libro a casa, lo empecé a leer en el almuerzo, nunca en mi vida olvidaré “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el Coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.” Lo tengo grabado en la memoria como el padre nuestro, sólo el inicio me conmovió, no pude parar, leí como no había leído nunca, leía mientras comía, en clases, en el bus, en banca de sillar de la placita de las galerías La Colonial. Terminé de leerlo y no podía creer que alguien escribiera así, era mucho mejor que Cortázar y Kafka; entre los años ochenta y siete y noventa leí ese libro unas cuarenta veces, pero para la segunda lectura tuve que hacer un árbol genealógico para saber perfectamente quién era quién; esa hojita me acompañó las primeras cinco lecturas, luego ya no fue necesaria. Tiempo después, ya en la universidad, a la salida de clases, encontré a un tipo que vendía libros a un sol en la vereda de la avenida Independencia. Allí estaban “Los funerales de la mamá grande”, “La hojarasca”, “Historia de un náufrago” y “Crónica de una muerte anunciada”, los compré y me quedé sin pasajes para la semana, pero no importaba. Años después cuando tuve un trabajo bien remunerado, gasté mucho de mis ingresos en comprar todo lo que García Márquez había escrito y creo que lo logré, incluso tengo cuatro voluminosos tomos de casi todos los artículos periodísticos escritos por él y una biografía muy detallada: “El viaje a la semilla” de Dasso Saldivar. Aún tengo en un lugar especial ese ejemplar de “Cien años de soledad” que me dejó el Marciano, a pesar de sus hojas ajadas y que algunas secciones se descosieron de tanto leerlo, creo que he cumplido bien el encargo de cuidarlo.

Luego de García Marquez ya no fue difícil saltar a Borges y Sábato, pasando incluso por un irreverente Jaime Bayly que hace un notable trabajo en “Los últimos días de La Prensa” y “La mujer de mi hermano”, luego Bryce y de él pasar a Hemingway es inevitable y de allí a Faulkner y Emily Bronte resulta natural, me preocupé por leer todo lo que aun no había leído de Vargas Llosa y me maravillé con “Los cuadernos de Don Rigoberto”, “El Elogio de la Madrastra” y “La Fiesta del chivo” entre otras, pero debo confesar que nunca, pero nunca reí ni disfruté tanto una lectura como con “Pantaleón y las visitadoras” al extremo que alguna vez mis ocasionales compañeros de algún vuelo en el aeropuerto de Lima me miraban como si hubiese perdido la razón cuando yo en la sala de embarque no cesaba de reír a carcajadas leyendo en solitario esa novela. Descubrí también a un finísimo Umberto Eco primero con “Como se hace una tesis” y luego con “El nombre de la rosa”; leí también algunos japoneses y cuando pensaba que ya había leído todo lo bueno que se podía leer, un día una persona muy querida y conocedora de mi afición, me regaló un ejemplar de “El perfume” del alemán Patrick Süskind, mucho antes de que hicieran la película que la verdad no le hace ningún favor a la novela, como casi siempre. Hace poco en un vuelo retrasado de Arequipa a Lima, en la librería de la sala de embarque encontré de casualidad, buscando algo para matar el tiempo, una interesante novela titulada “Wicked, memorias de una bruja mala” de Maguire que recomiendo a los que alguna vez leyeron el mago de Oz – o vieron la película en el peor de los casos – y Dorothy les cayó tan mal como a mí. Debo comentar, que durante todo el tiempo que trabajé para el sistema financiero gasté casi la mitad de mi sueldo cada mes en todos los libros que leí alguna vez en resúmenes y ahora quería leer completos, sin embargo nunca abandoné mis viejos libros piratas. Allí están fieles compañeros testigos de los viejos tiempos. Seguramente no he mencionado a muchos de todos los amigos que me han acompañado en estos cuarenta años en esta nota que inicialmente iba a ser una carilla y ya va por la séptima página, pero sé que ellos sabrán comprenderme.

En compensación de lo leído, nunca aprendí a remoler un trompo, se cómo hacer un cometa pero nunca logré hacer volar una, fui pésimo con las canicas y caretas y el fútbol siempre fue una cosa ajena para mí, más propia de panaderos, carretilleros y estibadores, con el perdón de los panaderos, carretilleros y estibadores. A pesar de los esfuerzos de mi hermano mayor para enseñarme lo básico del deporte, nunca le hallé sentido a darle de patadas a una pelota con el riesgo (que en mi caso se concretó en muchas ocasiones) de recibir un pelotazo en la cara. Lo cierto es que no me arrepiento, cuando me encuentro en días como hoy con este agobio de soledad, me basta recordar a mis amigos y dejo de sentirme solo. Creo que fui y sigo siendo privilegiado al haberme encontrado con tantos amigos en la niñez, adolescencia y juventud, amigos incondicionales que nunca decepcionan.