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martes, 30 de agosto de 2011

VARADO EN EL DESEO (Cuento)

Apenas llegó a la ciudad Rafael sintió que se había trasladado a otra dimensión. Mientras el chofer del auto que había alquilado para traerlo bajaba las maletas, él se quedó mirando el horizonte infinito sin edificios, el cielo azul limpio y aspiró profundamente el aire perfectamente respirable. Pensó en que una de las maravillas del Perú, era que todavía hubiesen pueblitos como este donde uno se sentía diferente, por decirlo de alguna manera. Le pagó al taxista y entró al modesto hotel, que según su secretaria era el mejor de la ciudad de entre los únicos tres que había. Se registró y rápidamente se dio un baño. Tenía que encontrarse con los ejecutivos chilenos que estaban interesados en construir un casino en esta localidad.

Luego de la larga y poco productiva reunión – ya que los inversionistas se dieron con la ingrata sorpresa que prácticamente no había forma de sanear los terrenos ofrecidos por la municipalidad a corto plazo y que las redes de agua, desagüe y fluido eléctrico eran menos que precarias – regresó al hotel. Allí se dio cuenta que la pequeña ciudad no sólo tenía los problemas advertidos por los ejecutivos de la transnacional, si no que prácticamente no había internet y la señal de telefonía era de pésima calidad. Pasó cerca de media hora tratando de comunicarse con su secretaria para confirmar el retorno a Lima, cuando lo logró su humor cambió al enterarse que su vuelo se había cerrado por mal tiempo y que el siguiente sólo saldría el domingo al medio día. Colgó ofuscado, pero fiel a su modo de ser, tomó el control de la situación y decidió quedarse en el pueblo hasta el domingo temprano para descansar y explorar las oportunidades de negocio para el futuro.

Era viernes por la tarde y la pequeña ciudad empezaba a cobrar una ligera agitación propia del fin de semana. Se acomodó bajo la sombra de uno de los frondosos árboles de castañuela de la modesta plaza principal y vio jugar a unos niños y cómo algunas tienditas de los alrededores se iban convirtiendo en improvisados bares con el transcurso de las horas.

Al oscurecer los mosquitos perturbaron su descanso, se puso de pie y caminó hacia la vía principal, cenó un bocado rápido, allí lo atendió correctamente una guapa mujer madura de ojos claros que hablaba un fluido español pero con un marcado acento portugués.

Al terminar pagó la cuenta y se fue a descansar. La mujer se despidió cortésmente, pero no pudo dejar de sentir un cosquilleo cuando ella le clavó los ojos al decirle “buenas noches doctor”. Por supuesto no le llamó la atención que la mujer se dirigiera usando esa expresión, sabía perfectamente que en el Brasil se llama “doctor” por cortesía a cualquier funcionario de alto rango. Seguramente la mujer habría pensado que él era un funcionario del estado o algo similar. Una vez en su cuarto encendió el ventilador y durmió rápidamente.

Al día siguiente el fuerte calor lo expulsó de la cama. Tomó un baño y salió. Sus pies lo dirigieron automáticamente al mismo lugar donde había cenado la noche anterior. Escogió una mesa en la terraza del restaurant, desde donde podía ver la calle y el movimiento de la gente. Desayunó y lo atendió la misma mujer. Le preguntó su nombre, se llamaba María Aparecida do Todos os Santos, pero prefería que la llamen Aline. A Rafael nunca le había quedado claro por qué en el Brasil los sobrenombres son tan distintos a los nombres propios. En el Perú Tito puede venir de Ernestito, Nano, de Juan, Juano. Lita de Amalia, Amalita. Jana de Alejandra. Pero en Brasil a Joao se le decía Sisinho, a Edinés la llamaban Duce, cosa similar con los vistosos sobrenombres de jugadores de fútbol, caso emblemático: Edson Arantes do Nascimento - Pelé.

Rafael terminó el desayuno, quería ir a caminar, pero de pronto el cielo se cerró en menos de cinco minutos y una copiosa lluvia inundó las calles. Se volvió a sentar y pidió un café, el ambiente se prestaba para un cigarrillo. Preguntó si vendían cigarros pero Aline le ofreció uno de su propia cajetilla y con toda la confianza del mundo se sentó en la mesa.

Hablaron de todo un poco. Aline le contó que era carioca, nacida en Rio de Janeiro, administradora de profesión, andaba en este pueblo perdido de Dios en busca del padre de su hija, un peruano que había escapado llevándose todos sus ahorros. A ella se le había acabado el dinero y ahora trabajaba en este restaurant, haciendo de moza y gerente al mismo tiempo por un poco de comida, techo y algo de dinero.

Rafael no contó mucho, solo algunas cosas generales y se dedicó a ver como llovía, la gente en las calles, el sol, las nubes otra vez, lluvia, sol. Almorzó en el mismo sitio, por la tarde con el aire fresco, desistió de moverse. Cada vez que disminuía la cantidad de comensales, Aline se sentaba con él y hablaba sin parar. Se fue haciendo de noche. Fue al hotel a darse un baño, antes se despidió afectuosamente de Aline y le agradeció su compañía. En el hotel trató de ver la televisión pero se aburrió rápidamente, salió nuevamente y de pronto estaba otra vez en el restaurant de Aline, estaba cerrando. La ayudó, una vez que terminaron, Aline suspiró y caminó a la congeladora, trajo dos cervezas heladas y se sentó. Hablaron un poco más, Rafael terminó su cerveza y se puso de pie para despedirse, Aline también se levantó, pero al despedirse le dio un beso en los labios que fue correspondido. Se besaron largamente, acariciándose, juntando los cuerpos, hicieron el amor de pie, a medio vestirse, acariciándose por encima de la ropa, hurgando por debajo de ella, sudorosos, sin importarles la incomodidad, se encontraron en esa soledad, lo hicieron luego en silencio, sintiéndose con cuidado, al ritmo del vaivén de una ola moribunda, Aline lo empujó suavemente al suelo, se montó sobre él, se deslizó sobre su cuerpo hasta que ambos estallaron al mismo tiempo. Rafael se quedó tendido en el piso de madera, en la penumbra, Aline se sentó con la espalda apoyada en la pared, a medio vestir y encendió un cigarro, fumándolo en silencio.

Rafael se acomodó la ropa y se sentó al lado de Aline, no tenía nada que decir, tal vez fuera mejor callar. No sabía si abrazarla o acariciarla. Parecía tan frágil pero ajena al mismo tiempo. Minutos después se puso de pie y se fue.

Durante el vuelo a la capital, recordaba a esa extraña mujer de ojos verdes. Ciertamente fue un encuentro intenso, lo repasó con todos sus detalles, alguna conexión se produjo con esa mujer y él, la ausencia de palabras, las miradas, se comunicaron a través de la yema de los dedos, de los labios, sintió que la comprendía totalmente cuando la vio a contraluz, sentada en el piso, fumando, apoyada en la pared, con el cabello desordenado.

Años después, Rafael seguía recordando ese encuentro como uno de los más intensos de su vida, con todos sus detalles, y a esa mujer como la una de las muy pocas que logró romper sus barreras, e ingresar a su corazón, aunque sea por una noche.

sábado, 30 de julio de 2011

FIESTAS PATRIAS EN LA FRONTERA

Este es el primer año que paso fiestas patrias en Iñapari como debe ser. El año 2008 que fue mi primer año aquí, pasé fiestas patrias en Cusco, para ser preciso en Machu Picchu, el 2009 estuve haciendo una pasantía en La Libertad y aproveché para ir a Chan Chán y Huanchaco, y el año pasado estuve mudándome de casa, así que tampoco participé de las celebraciones.

Este año sí, participé de la sesión solemne, vi llegar a la meta a los maratonistas, fui a ver a Alma Bella y sus formas… sin adjetivos para que nadie se enoje, y fui a ver el motocross bajo el Puente Binacional.

Aproveché también para escribir y escribir entre festejo y festejo y ahora que me doy cuenta llevo más de treinta y seis horas sin dormir. Anoche me puse a escribir y me sorprendió la mañana frente al computador. Lo cierto es que mañana es treinta y uno y me faltan todavía dos notas o cuentos fuera de esta para cubrir mi meta mensual, también estoy escribiendo un artículo especializado de mi profesión, pero no me siento muy cansado todavía. Es el poder de la mezcla de lomo saltado e Inca Kola, fórmula mágica.

Algo que noté estos días es que Iñapari tiene un potencial enorme para hacer eventos de mucha más calidad y envergadura. El espectáculo de Alma Bella fue una muestra, a pesar de ser un grupo de chicas que hacen lo suyo, no están a la altura de grupo 5 o similares en lo que a producción se refiere. A pesar de ello y la poca publicidad con poca anticipación también, la asistencia fue masiva. En el motocross pasó lo mismo. Con un poco más de anticipación y la asesoría de un especialista en el tema se pueden hacer maravillas.

Otra cosa que noté fue el servicio de restaurants, sencillamente colapsan. Nuevamente falta de asesoría, tendrían que invertir en un par de empleados (¡y entrenarlos!) solo por la temporada, que no son más de cuatro días, situación perfectamente regulada en la legislación laboral. Lo mismo sucede con los hoteles, aunque lo más notorio son las deficiencias en la atención para los visitantes en los lugares que expenden alimentos.

Espero que cada año las cosas vayan mejorando precisamente con la experiencia que vaya ganando la Municipalidad Provincial y los negocios locales. Me dio gusto este año (a férrea iniciativa mía) ver a todas las autoridades con terno completo en el estrado correspondiente durante la sesión solemne a pesar del calor. Siempre me ha parecido injustificable la excusa de concurrir a las ceremonias formales en mangas de camisa (¡camisa de manga corta a veces!) so pretexto del calor tropical. Un toldo decente y una buena organización resuelven ese asunto.

Disfruté mucho estas fiestas patrias, canté el himno a todo pulmón, sobre todo para corregir a los seguían cantando el “Largo tiempo…” paseé bastante y aproveché para ponerme al día en mis tareas autoimpuestas. Como saben los que me conocen no creo en patriotismos chauvinistas. Recojo mi papel o envoltura, guardo en mi bolsillo mis semillas de naranja, llevo mis envases de gaseosa a casa y cuando cruzo la frontera me comporto con mayor responsabilidad todavía para demostrar que los peruanos somos gente decente y educada. Creo que es la mejor manera de ser patriota. De todas formas espero que todos hayan pasado unas bonitas fiestas patrias y que les haya gustado esta breve nota.

sábado, 19 de febrero de 2011

UN ANGEL EN EL CAMINO (Cuento)

Cuando Brenda abrió el correo no pudo evitar que sus rodillas se pongan a temblar: “Te espero en El Cáctus a las nueve de la noche. Sé que vendrás. Ángel.” Cerró rápidamente la ventana como si alguien pudiera ver su monitor. Trató de calmarse y volvió a abrir el mensaje. Estaba allí: blasfemo, pecaminoso, indecente; sin embargo un suave calor recorrió su bajo vientre, se puso de pie sonrojada y avergonzada de ella misma, se santiguó. No podía ser, pensó: ¿quién se creía este tipo para enviarle un correo así, sabiendo perfectamente que era una mujer bien casada? Todo esto era un error, por supuesto que no iría. Se dirigió a la ventana de su oficina y a través del vidrio miró la ciudad.

Se había conocido con Ángel dos semanas antes en un festival de blues, desde el primer momento se sintió identificada con él, hablaron de diversos libros que ambos habían leído, de música que ambos apreciaban, de compositores que ambos conocían y admiraban. Le sorprendió que también supiera de cocina, pintura y teatro. Discutieron un buen rato acerca de los clásicos del blues de Louisiana y de Mississippi, luego sin saber cómo terminaron conversando divertidamente de Mendelssohn, Mahler y Wagner. Luego del encuentro fueron con algunos amigos comunes a un bar cercano y continuaron la charla, hasta que se dieron cuenta que los dos se habían apartado del grupo enfrascados en contarse sus vidas y gustos. Brenda consciente siempre del sentido de la decencia, sugirió integrarse a la conversación de los demás y luego de unos minutos todos se levantaron para retirarse, Brenda se despidió con un firme apretón de manos sin dar espacio a más contacto físico y agradeció la conversación y por educación sugirió algún día volver a conversar, sabiendo de antemano que eso no sería posible de ninguna manera.

Brenda había sido educada en una escuela católica escogida especialmente por sus padres, de filosofía escolástica, exigente con la enseñanza de valores y principios cristianos; fue una estudiante modelo y sus calificaciones la hicieron acreedora de los primeros puestos, sin embargo en la adolescencia se sintió tristemente rechazada cuando empezaron los primeros cumpleaños e invitaciones sociales, notó que en los bailes era la última en ser invitada a bailar o a veces terminaba sentada en una esquina durante toda la fiesta, los muchachos no se fijaban en ella o peor aún se burlaban cruelmente. Empezó a compararse con sus compañeras de aula y tomó consciencia por primera vez de su cuerpo largo, delgado y poco desarrollado. Su delgadez sumada a su carácter introvertido la hacían poco atractiva. Desconsolada se propuso cultivar su mente a despecho del cuerpo poco agraciado que Dios le había dado. Dedicó casi todas las horas de su adolescencia a la lectura y a la música, mientras que la escuela le inculcaba valores y su madre la preparaba para ser una perfecta ama de casa, enseñándole cocina, a ordenar el hogar y como ser una esposa complaciente, útil y sacrificada.

Cuando terminó la secundaria decidió inscribirse en un gimnasio, se sabía sumamente disciplinada y así como cultivó su mente se propuso trabajar su cuerpo. Ahora quince años después de terminar la escuela, con un título de maestría y un buen empleo, era además una mujer que sin ser bonita era sumamente atractiva, de finas formas bien trabajadas a fuerza de sesiones diarias de máquinas y spinning, con un exquisito gusto para vestirse y desde hacía cuatro años felizmente casada con un hombre trabajador, bueno y fiel. Por su parte, su esposo Daniel era perfecto para ella, ordenado igual que ella, tranquilo, un hombre de casa, comprensivo y cariñoso. Nunca se enojaba o exasperaba, siempre buscaba una solución para cada problema. Se casaron justo al año de conocerse, en una boda soñada. En la cama Daniel fue siempre un caballero romántico, respetuoso, suave y atento. Aún no tenían hijos pero seguramente pronto conversarían y se harían un espacio para tenerlos. Era muy feliz así y tenía la firme convicción de que jamás defraudaría la confianza de su esposo ni deshonraría la santidad del matrimonio.

Dos días después del festival, Brenda, que se había hecho la promesa cuando se casó de no ocultarle nunca nada a su esposo, le comentó que había conocido a Ángel, Daniel que confiaba totalmente en su mujer le preguntó por cumplir:
– ¿Y a qué se dedica?
– No sé – contestó Brenda tratando de mostrar desinterés – sé que es abogado pero no sé exactamente en qué trabaja.
– Y me dices que es soltero, le gustan los gatos, escucha música clásica y no le gusta el fútbol – afirmó Daniel.
– Sí amor.
– Debe ser homosexual Brenda – dijo Daniel sonriente y con sinceridad – no me parece mal si quieres ser su amiga, yo tengo nada en contra de ellos.

Brenda iba a replicar algo, pero se quedó callada, iba a decirle que le pareció muy varonil como para ser gay, pero prefirió guardarse eso. Su marido era buen sujeto pero a veces soltaba algunas frases que delataban su educación machista. Había escuchado a su suegro decir en alguna reunión – mitad en broma, mitad en serio – que un tipo que no escucha salsa y no juega fútbol, no era un verdadero hombre.

Ahora tenía claro que no debía ir a la cita, pero no sabía si contarle a su marido de la invitación, nunca había visto a Daniel enojado y no sabía cómo reaccionaría. Tal vez trataría de buscar a Ángel para golpearlo o encararlo. Tal vez sólo para encararlo, Daniel no era violento a pesar de haber practicado durante años artes marciales, no se lo imaginaba yendo a golpear a otro hombre por celos, aunque la idea no le desagradaba por completo; le gustaría conocer al Daniel cavernícola aunque sea una sola vez.

Pasó la mañana tratando de trabajar, pero no podía quitar de su mente la invitación de Ángel. Había algo en él que le llamaba la atención además de su aspecto o su conversación inteligente. Siempre había admirado a los hombres que leen, pero ahora además había algo que no era su impecable forma de vestir ni sus modales finos. No era guapo, pero había algo en su personalidad que la seducía y que, por lo que pudo percibir, seducía a los demás también. Notó cómo lo miraban las otras chicas el día del festival y cómo lo miraron sus compañeras el día que se le ocurrió aparecerse en su oficina. Se presentó como un cliente y preguntó directamente por ella. Brenda se sonrojó notoriamente, pero mantuvo la compostura dignamente durante el tiempo que Ángel estuvo en su oficina. No pudo evitar sentir algo de celos cuando su mejor amiga y compañera de trabajo entró a su oficina, luego de que se fuera, interrogando atropelladamente:
– ¡Amiga! ¿Quién era ese galán? ¡Me lo tienes que presentar! ¿Es soltero verdad? ¿De dónde lo conoces? ¿Es de aquí? ¿Cómo se llama? ¡Qué rico perfume!
– Es un cliente Sandra – contestó Brenda apenas le dejó un espacio para contestar y fingiendo apatía.
- Cuando vuelva… me lo tienes qué presentar – dijo Sandra guiñando un ojo al mismo tiempo que se iba.

Tres días después se lo encontró en el patio de comidas del centro comercial que estaba cerca de su trabajo. El apareció con su bandeja buscando asiento y le preguntó si podía acompañarla, Brenda estaba totalmente segura que no fue una casualidad, pero le pareció un lindo gesto que él haya planeado ese encuentro casual y le siguió la corriente. Conversaron largo rato y se les pasó el tiempo, Brenda llegó tarde a la oficina pero estaba radiante. Hacía mucho tiempo que no disfrutaba tanto conversar así con una persona del sexo opuesto.

Cerca de la hora de almuerzo, miró su mano izquierda y contempló su alianza, la acarició con los dedos de su otra mano, recordó que Ángel nunca le preguntó sobre su estado civil. Tal vez no le importaba o tal vez había decidido ignorarlo o peor aún pensaba que ella estaba acostumbrada a hacer estas cosas. ¿Pero qué cosas Brenda? – se dijo a sí misma. ¿En qué estaba pensando? Ella no había hecho nada malo. Tenía que dejar este asunto ya. Llamó por el anexo a Sandra y la invitó a almorzar.

Una vez en el patio de comidas, Brenda buscó el momento entre la cháchara permanente de Sandra y le soltó el comentario:
– Sandrita, ¿te acuerdas del cliente de la semana pasada?
- ¿El galán? – preguntó Sandra.
- Sí, ese mismo. Me ha invitado a salir hoy.
Sandra se quedó muda por unos segundos con la boca abierta. A pesar de su aparente frivolidad y su manía de hablar hasta por los codos, tenía la habilidad de encontrar el lado práctico y objetivo de las cosas.
– Ten cuidado con lo que haces hermanita – dijo Sandra con solemnidad cuando se repuso, al mismo tiempo que se ponía un pedazo de pan en la boca.
– ¿Me estás sugiriendo que vaya? – replicó sorprendida Brenda.
– Dependiendo a qué vas a ir. Yo si fuese tú no sé si iría, pero tú eres tú.
– ¡Ay amiga! No me dices nada…
– No voy a decidir por ti – sentenció Sandra – sólo puedo decirte lo que haría yo. Pero yo no estoy casada ni tengo un esposo maravilloso en casa esperándome.
Brenda entristeció, esperaba sinceramente que su amiga le grite, que le diga que estaba loca, que cómo podía hacer una estupidez semejante.
– Entonces iré – dijo Brenda – tratando de sacarle algo más a Sandra.
– ¿El tipo te atrae? – preguntó maliciosamente la amiga.
– Un poco
– ¿Cuéntame qué te atrae de él? ¡además de lo obvio claro!

Brenda le contó sus pocas conversaciones, los temas en común, su admiración por alguien que sabía tantas cosas. Hasta coincidían en haber empezado a ir al gimnasio más o menos a la misma edad y habían mantenido la costumbre hasta ahora. Sandra soltó una risa estrepitosa:
– No te gusta él amiga. Te gustas tú reflejada en él. ¿No me digas que no te das cuenta?
– No – contestó algo molesta.
– ¡Vamos Brenda! Si está claro, el tipo es todo lo que tú eres. Lo admiras porque en él admiras tus propios logros. Te sientes identificada por eso. No confundas las cosas y sobre todo no le hagas daño a Daniel. Mira, si yo tuviera una sola sospecha de que Daniel hubiese sacado los pies del plato aunque sea una vez, te diría que te aproveches para vengarte, pero ese hombre te ama, te es fiel y te respeta. De esos hay muy pocos mujer. Ten cuidado. ¿O es que no eres feliz con él?
– ¡Claro que soy feliz! – afirmó Brenda enfáticamente e inmediatamente se dio cuenta que estaba tratando de convencerse ella misma más que responder a su amiga.
– ¿Entonces qué buscas, una aventura?
– ¡No! No sé Sandrita, hay algo en él o en el hecho de conocerlo que se siente peligroso. Es una tontería mía lo sé. Pero a veces pienso que mi vida es tan segura, necesito algo de peligro, de emoción.
– Peligro y emoción vas a encontrar si arriesgas tu matrimonio y no creo que sea divertido – advirtió severamente Sandra – ¿Qué va a decir tu familia? ¿Qué va a decir toda la gente?
– ¡No tengo planeado hacer nada malo! – exclamó Brenda, luego agregó tristemente – tienes razón no puedo arriesgar lo que tengo.
– Así es, pero te advierto, si a pesar de todo vas, limítate a ponerle en claro las cosas y termina ese asunto hermanita.
– ¿Y si no voy? – cuestionó Brenda.
– Mejor, pero es tu decisión al final.

Volvieron a la oficina y Brenda seguía confundida, tal vez lo mejor era ir y poner las cosas en claro. Explicarle a Ángel que no era una cualquiera, que era una mujer felizmente casada y que dejara de una vez por todas las insinuaciones e invitaciones de mal gusto. Pensó que igual podía ponerle eso en un correo. No, se lo diría personalmente. Era mejor.

Durante la tarde estuvo tentada varias veces a contestar el correo e inventar una excusa para no ir. Desistió, lo peligroso de la situación era un imán para ella. A las seis de la tarde salió de la oficina y se fue a casa. Estaba a punto de tomar un baño cuando Daniel llegó. Se dieron un beso convencional en los labios y Brenda optó por una última alternativa para verse forzada a no ir: Si Daniel le pedía o le ordenaba (eso estaría mejor) no ir, olvidaría todo este asunto definitivamente:
– Daniel, amor. ¿Te acuerdas de Ángel? ¿El sujeto del festival de blues?
– Sí.
– Me ha invitado a cenar hoy – mintió – ¿Qué te parece?
– ¿Ah sí? Y por qué – preguntó con verdadero interés Daniel frunciendo el ceño.
– Negocios – mintió nuevamente Brenda – es cliente de la oficina también. Aproveché para incluirlo en la cartera de clientes.
– Ok. Pero trata de no regresar tarde – dijo Daniel acostumbrado a no meterse en el trabajo de su mujer.
Brenda fue a tomar un baño, abrió la llave de la ducha y se tomó la cabeza con las dos manos cerrando con fuerza los ojos mientras pensaba: ¡Dios, qué estoy haciendo!

* * *

Una vez en El Cáctus, que era un pub temático en el centro de la ciudad, vio a Ángel sentado en una mesa sólo, bebiendo una cerveza. Se acercó y lo saludó dispuesta a explicarle brevemente sus motivos e irse, tomó asiento e iba a empezar a hablar cuando Ángel le hizo una seña para detenerse y preguntó:
- ¿Tequila?
- No sé – dudó Brenda.
- Tequila entonces – resolvió Ángel – hoy tienen el “especial zapatista.”

Hizo una seña hacia la barra y una atractiva jovencita con sombrero de charro mexicano trajo una bandeja con diez shots de tequila, un pequeño plato con rodajas de limón y otro con sal.

Ángel, con absoluta seguridad, tomó el primer diminuto vaso en sus dedos índice y pulgar, en el hueco formado en la unión de ambos colocó un poco de sal y tomó una rodaja de limón. Con los ojos motivó a Brenda a hacer lo mismo, ella lo hizo, nerviosa.
– Ok. A la cuenta de tres – dijo Ángel
Hizo el conteo y bebió de un tirón, Brenda también. Lamieron la sal, exprimieron el limón en sus bocas y rieron. Brenda sacudió la cabeza tratando de liberarse del aturdimiento y cuando miró a Ángel este ya tenía otro vaso en la mano. Le siguió el ritmo y bebió de nuevo. Al tercer shot tenía la lengua adormecida, no estaba acostumbrada a beber y menos tequila. Cuando terminaron la ronda reía sin parar y de cualquier cosa, pero ya no sentía nervios. Trató de componerse un poco y dijo:

- Ángel, gracias por invitarme y por el tequila, pero tengo que irme. Mi esposo me espera en casa, prometí regresar temprano y sólo he venido para decirte que agradezco tu invitación y tus detalles, pero yo no puedo hacer esto.
- ¿Hacer qué? – preguntó astutamente Ángel
- ¡Esto! – exclamó Brenda.
- ¿Beber tequila?
- Tú sabes a qué me refiero.
- No, no lo sé – negó Ángel.
Brenda quiso explicar, pero no podía, en realidad no habían hecho nada. Trató de concentrarse, con el tequila encima era más difícil.
- Mira, esta salida, tu invitación, tu correo de hoy.
- Yo pensé que éramos amigos – replicó Ángel.
- Sí, lo somos, y quiero que se quede así. Como una amistad.
- Está bien Brenda – contestó el hombre con calma.

Desconcertada, Brenda se quedó en silencio. No pensó que sería tan fácil. ¿O sería que había malinterpretado todo? Tal vez Ángel sólo deseaba una limpia amistad y su imaginación había volado más allá. Sintió un terrible remordimiento. Avergonzada pidió perdón.
- No, no hay nada que perdonar – dijo amablemente Ángel.
- Sí, sí lo hay – contestó consternada Brenda – yo te malinterpreté.
- Ok, tranquila, no quiero verte triste, si te hace feliz te perdono, pero con una condición
- ¿Cuál?
- Un “especial zapatista” más.

* * *

Frente a la puerta del cuarto, se quedó mirando a Ángel mientras abría la puerta con la llave que le habían dado en recepción. Todavía no creía que eso estuviese pasando, nunca creyó que aceptaría la proposición de Ángel, pero le dijo tantas cosas bonitas, la hizo sentirse tan bien, la llenó de tanta confianza que no pudo decir no. La puerta se abrió y le temblaron las piernas. Dudó, Ángel entró, esperó unos segundos y lo siguió. Estaba oscuro, sintió la puerta cerrarse detrás de sí. Estiró la mano para hallar el interruptor de la luz a ciegas y de pronto sintió un fuerte empujón que la presionó contra la pared y el aliento de Ángel sobre su rostro, no pudo resistirse más y lo besó ávidamente, con la fuerza de toda la pasión contenida por años, sintió sus manos escurriéndose debajo de su blusa, quemando su piel... trató de detenerlo sin convicción, él la tomó de las muñecas y le levantó las manos por encima de la cabeza dejándola indefensa mientras con su rodilla separaba sus muslos, su lengua recorría abrasadora su cuello y su pelvis arremetía contra la suya dejándola sentir el volumen de su miembro en plenitud. Brenda dejó de oponer la poca resistencia que hacía y sus brazos cayeron, sintió una de las manos de Ángel presionar con una fuerza excesiva su baja espalda, causándole más excitación, la otra mano a la altura de su rodilla, subiendo por su muslo y levantando la falda, sentía su dedos recorrer su piel y toda ella se erizaba inconteniblemente, al fin la mano se detuvo en el elástico de su ropa interior y hábilmente logró bajarla hasta casi sus rodillas, luego la sintió poderosa frotando con fuerza su entrepierna y sintió una descarga húmeda descender por sus muslos desde su sexo dejándola sin fuerzas para mantenerse en pie, ahora sus piernas casi no le respondían, trataba de incorporarse débilmente y buscó el cuerpo de Ángel para sostenerse, de pronto éste la tomó de la cintura y la lanzó sobre la cama, cayó boca abajo sobre ella con los pies todavía sobre el piso, trató de incorporarse pero el peso de su agresor se lo impidió, sintió como desplazaba su falda hacia arriba y su sexo candente penetrándola, lo disfrutó intensamente, esa sensación nueva, violenta, gimió y trató de acomodarse, pero Ángel pensó que quería escapar y nuevamente la sujetó de las muñecas, eso la excitó mucho más, en medio de los jadeos sintió la voz agitada y seductoramente ronca de su amante preguntándole si le gustaba, ella gimió que sí, entonces él empezó a decirle al oído cosas que nunca había imaginado que la podrían excitar. Palabras que en otras circunstancias la hubiesen escandalizado, ahora la volvían loca; se sentía volátil, etérea, él la llamaba puta y se sentía así, tal cual; ramera, meretriz eran palabras suaves ahora, adoraba sentirse pérfida en ese momento, su excitación subía desmedidamente por el vaivén de ambos cuerpos, pero sobre todo por las palabras sucias en su oído, se sentía deliciosamente lasciva, lujuriosa, sus ojos ya se habían acostumbrado a la oscuridad y gracias a la tenue luz que entraba por la ventana descubrió en un enorme espejo pegado en la pared el reflejo de ambas siluetas moviéndose en la penumbra, todavía con ropa, sintió su tanga todavía atrapada a la altura de sus rodillas, la imagen mental la conmovió, fue demasiado, su cuerpo explotó en una onda telúrica que destrozó los últimos muros de su decencia.

Todavía con los últimos estertores de los espasmos del orgasmo en el cuerpo tomó fuerza y se zafó, Ángel la dejó hacer algo sorprendido, tomó al hombre por el cabello y prácticamente lo obligó a quedarse boca arriba sobre la cama, buscó la abertura de la camisa y la abrió con todas sus fuerzas haciendo saltar por el aire varios botones, él estaba visiblemente excitado, Brenda vio en la pared un interruptor y rápidamente lo encendió, la habitación se iluminó tenuemente, lo suficiente para verse en el espejo, que era lo que ella quería. De un solo movimiento se deshizo de su blusa y el brasier, movió sus piernas ágilmente y se despojó de la tanga. Se montó sobre su hombre y empezó a cabalgarlo lentamente, acariciándose ella misma mientras lo hacía, mirando en el espejo su cuerpo torneado, sus senos proporcionados, erguidos, su piernas fuertes, su trasero levantado, empezó a moverse cada vez más rápido, en círculo, de atrás hacia adelante, él trató de acariciarle los senos turgentes, ella lo rechazó. Al igual que él hizo en un principio, ella también lo sujetó de las muñecas, se acercó a su oído sin dejar de moverse y le pidió que la insulte, que le diga puta otra vez, él atónito se quedó sin palabras, ella lo miró con una mezcla de ira y excitación y lo bofeteó con fuerza, lo miró y lo golpeó de nuevo mientras le pedía a gritos que le diga quién era una puta. Él lo hizo tímidamente y recibió otra bofetada, a fuerza del dolor ya no se contuvo, la insultó, le dijo las cosas más terribles que se podían decir a una mujer, usó las palabras más soeces para referirse a su partes íntimas y ella disfrutaba mirando al techo, concentrada en el placer, en sus nuevas sensaciones, mirando ocasionalmente al espejo para regodearse de su perfecto cuerpo desnudo. Se detuvo. Arqueó su espalda y mientras gemía y gritaba a toda voz empezó un vaivén con las caderas a toda velocidad que llegó a causarle dolor a Ángel, volvió a detenerse y exhaló un gemido prolongado e intenso que llenó la habitación, luego se desplomó haciendo todavía pequeñísimos movimientos con su cadera. Recién se dio cuenta por la expresión de su pareja que ambos habían terminado al mismo tiempo. Se quedó unos minutos sobre el pecho de Ángel, sin hablar, luego se levantó silenciosamente, recogió su ropa del piso y fue al baño. Un rato después salió arreglada como pudo, y sin mirar nada, con la vista puesta en el piso dijo adiós y salió rápidamente del hotel. Ángel que estaba aún desnudo no pudo hacer nada por detenerla.

* * *

Al llegar a su casa, Brenda se detuvo en la puerta de entrada. Respiró, trató de serenarse. Introdujo la llave y abrió, se quitó los zapatos y con mucho cuidado fue hasta el dormitorio. La puerta estaba entreabierta, la empujó y allí estaba Daniel durmiendo con la lámpara prendida y un libro a medio leer al costado. Se le salieron las lágrimas. Se quedó largo rato apoyada en el marco de la puerta de la habitación llorando en silencio. Luego tomó una ducha caliente, cuidadosamente se revisó el cuerpo por si había marcas. Terminó el baño y se secó lentamente. Sabía que no podía meterse en la misma cama con su marido, por lo menos esa noche no. Tenía el sedimento del placer en la piel, pero al mismo tiempo la invadía una culpa insoportable. Se sentó en el sillón del dormitorio y vio a Daniel dormir. Miró su reloj, eran las dos de la mañana. Mientras recordaba lo sucedido y pensaba en cómo había podido hacerlo, se fue adormitando, en algún momento el cansancio la rindió, cuando despertó ya eran las cuatro y media. Se incorporó y tomó otro baño. Se puso su ropa deportiva y se preparó para ir al gimnasio. Daniel despertó y le preguntó si le había ido bien, ella contestó que sí. Le mandó un gran beso y se dirigió a la cocina, dejó preparado el desayuno y salió. Pensó ir a la casa de Sandra, pero la atormentaría con preguntas que no tenía ganas de contestar, fue al gimnasio pero no entrenó, se acomodó en las colchonetas fingiendo hacer abdominales y aprovechó para descansar un poco. Luego tomó otro baño y regresó a casa. Daniel no estaba, a diferencia de ella, él trabajaba los sábados.

En la soledad de la casa, Brenda analizó la situación. Sabía que lo sucedido podría destrozar su matrimonio. Había prometido decir la verdad, se lo había prometido a ella misma. Pero también necesitaba proteger a Daniel, protegerse ella. Se sentía triste, había traicionado todos sus valores. Sabía que no podría vivir así. Tendría que hablar con Daniel. Se lo contaría todo, era lo menos que podía hacer. Se puso de rodillas y rezó entre lágrimas para que Daniel la perdone.

Por la tarde, Brenda tomó valor y esperó a que Daniel como todos los sábados por la tarde se sentara a leer en la sala. Se sentó cerca y le dijo:
– Daniel ¿tendrás un minuto?
– Claro – contestó Daniel dejando su libro sobre el sofá.
– Tengo que decirte algo – balbuceó Brenda.
– Dime.
– Anoche… en la cena, pasó algo – se hizo una pausa incómoda, Daniel la miraba atentamente y con evidente curiosidad – este hombre, Ángel…
– Sí…
Brenda miró al piso, apretó los dedos de sus manos, ansiosa.
– Estoy avergonzada – agregó pausadamente y Daniel enderezó su postura en el sofá para prestarle más atención – es que tenías razón amor – continuó.
– ¿Acerca de qué? – preguntó Daniel.
– Es gay. ..
– ¡Ah! Eso. Ya ves, nunca falla.
– Sí, nunca falla – repitió Brenda, hizo una mueca parecida a una sonrisa y salió rumbo a su habitación.

* * *

El día lunes en el trabajo Sandra se acercó al escritorio de Brenda y la interrogó con la mirada:
– Te estuve llamando todo el fin de semana – le dijo.
– Sí, lo siento, tuvimos cosas que hacer con Daniel y ayer nos fuimos a la playa.
– ¿Y bueno, qué pasó con el galán?
– No fui. Tenias razón amiga, mejor no arriesgarse.
– Me alegro por ti, Danielito no se merece que le hagas algo así, ya te dije que ese hombre te adora.
– Lo sé amiga – sonrió amargamente Brenda

Hablaron de otras cosas y Sandra se fue. Brenda se quedó pensando en lo sucedido, sentada frente al escritorio recordó cada momento del viernes en la noche y sintió miedo de ella misma. Nunca había experimentado algo así y nunca se había imaginado que tenía ese atemorizante lado oscuro. Es más, siempre sintió alguna clase de rechazo por cualquier cosa parecida remotamente al sadomasoquismo, le parecía de gente enferma. Era cierto lo que decía Sandra, Daniel no se merecía sufrir por su culpa. Era tan bueno. Aprendería a vivir con este error en su conciencia.

La campanilla de la bandeja de entrada de su computador la sacó de sus reflexiones, leyó el nuevo correo: “Lamento que hayas tenido que irte así. Espero verte de nuevo la próxima semana, si lo deseas. Si no lo entenderé. Ángel.” Brenda mantuvo fija la mirada en el correo. Sonrió. No sería mala idea ir de tiendas más tarde. Aprovecharía para distraerse y relajarse de la tensión, tal vez ¿por qué no? comprar algo de cuero negro para la próxima ocasión…

miércoles, 16 de febrero de 2011

LA RANITA DE LA CASA DE GREENWICH

Cuando recién llegué a Iñapari, pasé mi primera noche en un hotel. Al día siguiente me mudé a un cuarto de madera con baño común para cinco cuartos más, sólo estuve allí quince días porque no era muy cómodo y a raíz del episodio de la rata que ya les contaré más adelante. Luego conseguí una bonita casa de madera de dos habitaciones, baño, cocina y sala comedor.

La casa era un poco vieja, pero bastante bien conservada para la zona y el clima. Sus únicos problemas eran el baño que siendo de material noble estaba en mal estado en comparación del resto de la casa y además la presión del agua no permitía tomar una ducha, así que allí volví a tomar baños de jarra como lo había hecho diez años antes en Iquitos. El dueño de la casa, que me trató muy bien, respondía al curioso apelativo de Grenchi. Así me lo presentaron y cuál sería mi sorpresa cuando al hacer el contrato de alquiler verifiqué en su documento de identidad que su apellido era Greenwich Panduro. La gente de la localidad no podía pronunciar Greenwich y se conformaban con decirle simplemente Grenchi y él no se molestaba.

Lo cierto es que me acomodé en mi nueva casa, felizmente venía con cama y el inquilino anterior me vendió su colchón. Compré un juego de sabanas y algunos elementos básicos para vivir. Al cabo del primer mes, un día me sorprendió luego de entrar un movimiento extraño en el baño. Entré y descubrí una rana de regular tamaño. Al verme ni se movió. Se quedó mirándome desde el lavabo del baño y yo fui por la cámara. Me pareció divertido y le tomé unas fotos, una de ellas es la que se puede ver al inicio de esta nota, la ranita no se inmutó. Me fui a cambiar de ropa y cuando regresé ya no estaba, supuse que se había metido debajo del enorme cilindro plástico donde almacenaba el agua o se había subido a una de las salientes de las ventanas altas del baño.

Durante la semana siguiente no pasó nada extraordinario hasta que un día mientras trataba de conciliar el sueño la vi caminando por la pared del dormitorio, al parecer buscando los mosquitos que suelen dar vueltas cerca de la luz. Me dio la fea impresión de que en cualquier momento podría aparecer en mi almohada y no me gustó la idea. A los dos días llegué del trabajo y nuevamente estaba en una de las paredes del baño, traté de buscar algo con qué espantarla y la muy bendita al verme amenazante no se le ocurrió mejor cosa que lanzarse al cilindro lleno de agua. ¡El agua con la que yo me bañaba! Traté de buscarla y no la veía, la muy astuta se había metido al fondo mismo del barril y yo recién me puse a pensar que probablemente mi cilindro había sido la piscina particular de mi inquilina no deseada y yo me había estado aseando con esa agua. Empecé a vaciar el cilindro con ira en busca de la ranita experta y mientras más agua yo sacaba, más al fondo se escondía la rana. Al final me deshice de casi toda el agua, cargué el cilindro con lo que faltaba y salí a la calle, allí lancé el recipiente boca abajo y me aseguré que la ranita ya no estuviese. Retorné con mi cilindro vacío a casa y está más decir que esa noche no pude darme un baño, al día siguiente lo lavé con lejía y volví a juntar agua, que dicho sea de paso, en Iñapari solo cae de seis treinta a ocho de la mañana.

Cuatro días después al entrar al baño encontré nuevamente a una rana, lo primero que pensé fue que era otra, pero recordé que le había sacado una foto. La busqué en la cámara y confirmé que era la misma. Cuando traté de acercarme, ella rápidamente subió por la pared y se escondió en una saliente de las altas paredes. Le hice guardia durante unos tres días por las tardes hasta que apareció de nuevo, yo ya me había provisto de una vieja canasta de bicicleta de niño y un cartón. Mi propósito no era matarla, sólo alejarla de mi cilindro de agua. Con la escoba la hice caer al piso, le coloqué con cuidado la canasta encima y luego deslicé el cartón por debajo a fin de que se monte sobre él. Una vez que lo hizo volteé mi siniestro artefacto y manteniendo la canastilla tapada salí de la casa, caminé unas cuatro cuadras, y ya cerca al centro de salud, sobre un jardín con bastante vegetación que me pareció apropiado la liberé y me regresé satisfecho a casa.

He oído historias de perros y gatos abandonados o extraviados que luego de caminar varias horas regresan a su hogar, pero nunca de ranas, así que imagínense mi impresión el día que volví a casa (unos diez días después de haber liberado a mi rana cerca del centro de salud) y encontré a la rana de la historia otra vez en el baño. Ya éramos viejos conocidos así que no tuve que confirmar esta vez con la foto que le tomé, noté que apenas me acerqué la ranita trepó raudamente hacia su escondite, es decir ella también me reconocía.

Opté por conseguir una tapa para mi cilindro de agua, pero le seguía haciendo guardia. Un día ya casi al cuarto mes la volví a capturar con el mismo procedimiento y esta vez la liberé en el rio Acre, a más o menos un kilómetro de la casa de Greenwich. No había manera de que pudiese volver y yo estaba contento porque finalmente la ranita estaba en su ambiente. Pasados unos cinco días, la volví a ver en el baño, esta vez no sentí ni sorpresa ni nada, era una especie de broma de mal gusto, solo faltaba la música de la dimensión desconocida de fondo, apenas me acerqué ella se alejó rápidamente. Estaba lejos, pero era ella. Me quedé largo rato pensando en porqué esta rana en particular había escogido mi baño. Lo cierto es que el baño de la casa, con el cilindro de agua en medio y al ser de material noble y recubierto por cerámicos era un espacio bastante fresco en comparación de toda la casa y mucho más que el ambiente en exterior en general, eso explicaba por qué a la rana le gustaba el sitio, pero lo que no me quedaba claro era cómo hacía para volver exactamente al mismo lugar. Recordé las especies que migran miles de kilómetros para regresar a su lugar de origen para desovar o reproducirse y al final me expliqué y convencí racionalmente que después de todo no era tan extraño.

El contrato de alquiler de la casa era por seis meses, a su vencimiento conseguí una casa en mucho mejor estado y con tanque alto de agua y otras comodidades, así que me mudé. El día de la mudanza pude ver a la ranita observándonos desde lo alto de la saliente del baño, incluso en el momento en que saqué toda el agua del cilindro para llevármelo a la otra casa. Tuve especial cuidado de no dejar notas ni nada que pudiera delatar nuestra nueva dirección, y al desempacar las cosas me percaté de que no estuviese escondida en ninguna caja. Por si las dudas no volví a pasar nunca más por la calle donde queda la casa de Greenwich, uno nunca sabe.