Rafael se sorprendió cuando vio su publicación en redes sociales. Por alguna extraña casualidad del destino habían coincidido a miles de kilómetros de distancia de sus respectivas ciudades en una bonita y cálida localidad tropical en el norte del país; él para un congreso de su especialidad y ella para un encuentro institucional.
Rafael no dudó en escribirle, ella no dudó en contestarle. Él se había divorciado unos meses atrás y ella seguía casada en un feliz matrimonio de apariencias. Se habían conocido hace más de quince años atrás y en algún momento se habían amado intensamente. Cuando ella se casó, dejaron de verse, luego la magia de las redes sociales permitió que se encontraran nuevamente en el mundo virtual. Nunca mas se encontraron físicamente, pero en el ciber espacio conversaban, recordaban, añoraban, a veces discutían e incluso ella llegó a celarlo. El reía, a veces la aguijoneaba por el mero placer de hacerla rabiar y ella caía. Era divertido y nostálgico, pues a pesar de todo él la quería bien, sin embargo al mismo tiempo que disfrutaba de sus maldades y de las cóleras de ella, pensaba “está loca”, y sonreía.
Ella le confirmó que se alistaría y tomaría un taxi, se encontrarían en el hotel donde estaba hospedado Rafael. Él tomó una ducha, se acicaló con calma mientras pensaba en el coronel Aureliano Buendía. Siempre que se veía con alguien después de años pensaba en el episodio aquél cuando el coronel vuelve de la guerra envuelto en una manta y se da cuenta de cuánto habían envejecido, entre idas y venidas, su madre Úrsula y él. Pensó que quince años no son poca cosa. ¿Cuanto habría envejecido él a los ojos de ella? ¿Cuánto habría envejecido ella?
Habían cosas que él no entendía de ella. El matrimonio apresurado, sus ganas de vivir intensamente y al mismo tiempo sus formas cuidadosas y su personalidad reservada sin dejar de ser elegante. Un día supo que había tenido finalmente un hijo, Rafaél se emocionó pero con los años notó que en sus redes no habían fotos familiares, alguna vez una foto fugaz con el marido, algunas pocas con el hijo, pero tan formales que no lograba distinguir el amor que irradian normalmente ese tipo de escenas.
Cuando ella llegó no le preguntó nada. No quiso saber. Hablaron de la cosas genéricas de las que hablan los amantes siempre, de si el viaje fue pesado, del clima, de hace cuánto llegaron, qué cuándo se van, se miraron, rompieron el protocolo, se besaron e hicieron el amor.
Fue un encuentro formal, si se puede decir así, Rafael sabía que habían deseos contenidos, una pausa de largos quince años. Y se resignó a aceptar algo que había descubierto en los últimos tiempos: La gente sí cambia, pero no siempre en lo esencial. Esos cambios peculiares, particulares, en los detalles, podían ser determinantes. Ya no eran los mismos. Tenían los mismos recuerdos, pero ya no eran las mismas personas, tenían cicatrices en el alma y esas son las que más duelen y a veces incapacitan.
Hablaron tendidos en la cama, nuevamente de todo y nada, se hizo tarde, llamaron un taxi para ella. Se fue. De esa pareja que se moría de risa en un jacuzzi sin burbujas porque se derramó el frasco de jabón líquido hace quince años atrás no quedaba nada. Él la admiraba, con su locura y todo. Siempre pensó que en su momento su historia pudo haber tenido futuro, pero las circunstancias no se dieron para ellos.
Dos días después, en el avión de regreso, Rafael vio una solicitud de amistad en el celular. Le pareció conocido el nombre, hizo memoria y sorprendido se aseguró viendo el perfil. Era el marido de ella. ¿Qué habría pasado? No era buena señal. Recordó sus besos, pero los besos de la añoranza, los que habían calado en su memoria, sus caricias tiernas, su temperamento delicado y fino. La deseó con una nostalgia soporífera. En su mente se despidió de ella, este era el momento. Él sabia que no estaba loca, nunca lo estuvo, era un alma libre, irreverente, impulsiva, sexual, cataclísmica, que tenía que convivir con una personalidad metódica, racional, cuidadosa del qué dirán, de las formas, de los códigos y las convenciones sociales. Se vio reflejado en ella, tal vez él también estaba loco. Con todo y ello, sabiendo que no volvería a saber de ella, sabía que ambos se habían marcado con esa locura, que aunque no volvieran a verse o hablarse, nunca podrían olvidar esa intersección de los túneles de Sábato, donde breve, pero muy brevemente, fueron inmensamente felices, con esa felicidad que solo sienten los que padecen de locura o, quien sabe, la disfrutan.
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domingo, 10 de marzo de 2019
domingo, 22 de noviembre de 2015
DIRECTO A LA LUZ (Cuento)
Minutos después Andelko miraba a la joven mujer recostada en la cama de la alcoba, el talle fino, caderas sinuosas, rostro blanco, los labios carnosos, el cabello negro largo cayéndole a un lado del rostro permitía adivinar un origen acomodado, el vestido caro e impecable adelantaba que podría tratarse de una dama de sociedad, le llamaba atención su belleza y al mismo tiempo le inspiraba curiosidad y tristeza. No habían hablado mucho, se habían conocido en un bistró semanas antes, habían cruzado miradas, sonrisas, finalmente hoy y sin mayores aspavientos ella misma se había invitado a la mansión de Andelko. Él en un inicio se había negado pero ella mostró tal determinación que pese a su costumbre de evitar estos contactos en el lugar donde vivía, finalmente aceptó. Pensó que sería una víctima más, una cacería rutinaria en la sórdida París e hizo una excepción. Ahora la miraba respirar delicadamente, tratando de descifrar porqué se había arrojado a los brazos de la muerte. Ella tal vez sabía quién era él y quería morir, pero antes quería saber por qué.
Luego de unos minutos despertó desorientada, Andelko la llamó por su nombre, Virginie, ella lo miró y se retrajo sobre la cama encogiéndose, abrazando sus rodillas, ocultando su rostro tras su largo cabello negro, se puso el pulgar sobre los labios, casi como succionándolo. Andelko pensó que tal vez de niña se chupaba el dedo y le había quedado la manía como parte de una costumbre añeja, ella mientras tanto lo miraba tímida, callada, casi ausente, sin levantar el rostro.
– ¿Por qué quiere morir mademoiselle? – preguntó Andelko, sereno, recostado sobre el mullido sillón Luis XV de la habitación – y más importante… ¿Por qué yo? – continuó.
– Lo siento – dijo ella.
– No se disculpe, usted me buscó por alguna razón. ¿Acaso sabe quién soy?
– Sé que me agrada, desde el primer día que lo vi, de espaldas incluso me di cuenta, había algo en usted que me llamó la atención monsieur, luego cuando usted habló conmigo sentí más fuerte su atracción.
– Entonces no sabe quien soy… – insistió Andelko.
– Sé que se llama Andelko Volkodlak, que es extranjero, que la gente de la ciudad lo respeta pero que muchos le temen.
– ¿Entonces por qué se acercó a mí?
– Porque también sentí que es un hombre peligroso – musitó Virginie.
– Esa era razón para alejarse, y a pesar de ello me buscó.
– Como el mosquito a la luz.
– Buscando quemarse.
– No. Sabiendo que podría quemarme, pero aún así lo deseé.
Virginie se sonrojó y escondió la mirada, Andelko buscó en su propio corazón alguna respuesta, él también había sentido desde el primer momento una fuerte conexión con Virginie, una tensión que podría confundirse con lo sexual, con el deseo, pero era distinto, había algo más, más profundo e intenso, por instantes sentía que ella era como él, con esa soledad taciturna, mustia y profunda en el alma y en la piel, en las pocas ocasiones que conversaron se sintió como frente a un espejo, y ahora después de sus confesiones, la percepción de ello era mayor.
– Usted dijo que quiere morir.
– No dije eso – replicó Virginie con un aplomo que no tenía minutos atrás – dije que quería que me mate, que es distinto.
– Lo sé. ¿Realmente lo desea?
– ¿Sabe? Yo le hago mal a todos. Siempre que me relaciono con alguien termino causándole daño y haciéndomelo a mí misma. No quiero seguir viviendo así.
– ¿Y por qué me escogió a mí? ¿Cree acaso que soy un vulgar asesino? – exclamó Andelko
– Lo siento, me ha entendido mal, la última vez que hablamos – continuó ella – note algo oscuro en usted, ya le dije, algo peligroso, y eso me atrae tanto. Sé que si me quedo con usted le haré mal, preferiría morir en sus brazos, cuando le pedí que me mate se me nubló la mente, no sé porqué lo dije.
– ¿Entonces era en sentido figurado?
– No lo sé, solo sentí que debía decirlo, lo deseaba. No quiero morir, nadie lo quiere realmente, salvo los suicidas, soy joven, pero…
– Se contradice mademoiselle.
– Solo lo dejé salir, sin pensarlo, perdóneme monsieur, tal vez sea mejor que me vaya.
Virginie se levantó de la cama, Andelko se levantó al mismo tiempo, era claro que ella no sabía realmente quien era, sin embargo una vez cerca de su cuerpo, recordó los besos que ambos se dieron justo antes de que ella le pidiera que la mate, sintió un estremecimiento interior, la tomó del brazo y la besó nuevamente, ella se dejó llevar, juntaron sus cuerpos, el de ella cálido, entre caricias se despojaron mutuamente de las ropas, la lengua de ella conquistando la suya, sus manos tomando una posesión ancestral como si siempre hubiese sido su propiedad, Andelko la sintió aplicando sutilmente un dominio sobre él como nunca le había sucedido antes con mujer alguna, no se trataba de una imposición material, superaba lo comprensible, en cada caricia, en cada beso y cada gemido ella ganaba terreno, imponía su poderío telúrico de amazona volcánica, se dejó atrapar, hechizado en el vudú de su sexo terso y a la vez peligrosamente constrictor, se unieron con desesperación fatal, con angustiante fatiga y sórdida pasión, acercándose de manera comprometedora al amor, en breve la sintió desfallecer de placer, él no pudo contenerse, se entregó por completo a su piel, a sus labios y su vientre, y en el último estertor ella le ofreció las azules venas de su seno, él cerró los ojos y con dolor animal clavó los colmillos en su blanca piel.
Cuando Andelko se terminó de vestir, Virginie yacía agonizante en la cama, de su pecho manaba un hilo de sangre que manchaba la sábana. Ella abrió lánguidamente los ojos, trató de incorporarse y sintió un mareo que se lo impidió, Andelko la miró con ternura, pensando que pese a su delicadeza ella era en realidad la brasa de la vela y él, el mosquito:
– Lamento decepcionarla mademoiselle, pero esta vez no morirá – le dijo mientras apagaba la lámpara y salía de la habitación rumbo a la madrugada de París.
jueves, 30 de mayo de 2013
ANUBIS (Cuento)
El gato miró lánguidamente por la ventana a la espera de que el sol llegue y empiece su diaria labor de entibiarlo, mientras tanto yo buscaba, entre las sábanas revueltas y el cobertor, el control remoto de la televisión para ver las noticias. Encendí el aparato y escondí mis pies helados debajo de una manta. Yo también, al igual que Anubis, esperaba la llegada del sol para que nos caliente a ambos.
Anubis tenía la manía de dormir sobre mi cuello, parecía una chalina atigrada, en las noches se acostaba sobre mi vientre, ambos veíamos la televisión – o por lo menos eso me gustaba pensar para justificar mis conversaciones con él – de rato en rato se levantaba y clavaba sus uñas en mi pijama y a veces en mi piel para hacerse de un lugar mullido para descansar y dormía dando la espalda a las noticias de las diez. Inevitablemente en alguna hora de la madrugada pasaba a mi cuello y se quedaba allí hasta el amanecer. Apenas aclaraba se estiraba sin mayores remordimientos, se lamía las patitas, se lavaba la cara y la pelambre del vientre y escapaba a la ventana como hoy. Casi nunca usaba la cama de gatos que compré para él y yacía casi abandonada en una esquina del departamento.
Como a las diez me duché, era sábado y Eliana vendría a visitarme. Arreglé la cama y limpié un poco el departamento. Como siempre Anubis no estorbaba. A las once cuando el sol había abandonado la ventana se subía a uno de los reposteros de la cocina y se quedaba allí silencioso sin molestar hasta la hora del almuerzo. Eli era una muchacha que había conocido recientemente en la oficina, habíamos salido un par de veces y nos llevábamos bien, había decidido invitarla a mi departamento y ver si podíamos dar el siguiente paso en la relación. Preparé unos bocadillos ante la supervisión silenciosa de mi felino amigo y puse un par de cervezas en la heladera. Casi a las doce timbró mi celular, era Eli para avisar que ya estaba cerca.
Luego de algunos minutos conversábamos entre sonrisas en el sofá de la sala, comimos algo y tomamos las cervezas, hablamos de todo y la empatía se podía sentir en el ambiente, Eli sonreía con sus enormes ojos verdes y yo me acercaba cada vez más hacia ella, de pronto nos estábamos besando. Ya no eran los besos tiernos y delicados de nuestra última salida, eran besos apasionados y empezamos a buscar nuestra piel por debajo de nuestras ropas. Entonces ella me detuvo, me miró directo a los ojos y me dijo:
– Aquí no Daniel – y yo me quedé perplejo, iba a contestar algo para justificarme o pedir disculpas, pero ella se adelantó y concluyó la frase – ¿podemos ir a tu cama?
– Claro que sí – le contesté con una mezcla de alivio y ternura y con la respiración aun fatigada, la tomé de la mano y la conduje con cariño hacia la habitación.
Una vez en el lecho, retomamos las cosas donde nos habíamos quedado, nos despojamos de las ropas, nos besábamos al punto de perder el aliento, hicimos el amor por momentos despacio, por momentos con la intensidad propia de la primera vez, cambiando de posiciones, experimentando, el edredón y nuestras ropas estaban ya en el suelo, nosotros continuábamos incansables cuando de pronto ella al cambiar de posición se detuvo, se puso de rodillas sobre la cama y le vi los ojos llorosos. Lo primero que pensé es que me había tocado una loca con complejo de culpa y que este había aflorado en la mitad del acto sexual, mi primera estrategia fue la de tratar de ser condescendiente.
– ¿Estás bien? – le pregunté con suavidad. Ella se frotó los ojos, se tomó la garganta y la expresión le cambió.
– ¿Tienes gato?
– Eh… sí.
– ¡Por dios! – dijo ella mientras se levantaba confundida.
– ¿Qué pasó?
– ¡Soy alérgica a los gatos!
Yo nunca había visto a una persona entrar en crisis de alergia en mi vida hasta ese momento, pero el espectáculo fue terrible, mientras nos poníamos las ropas a toda velocidad, a ella se le hinchaban los ojos tanto que parecía que iban a salir de sus cuencas, su rostro se infló y le faltaba la respiración. No sabía qué hacer. Ella no hablaba nada y solo buscaba sus zapatos y su cartera, trató de decirme algo pero al parecer su garganta se estaba inflamando tanto que no lo logró, la saqué del departamento rápidamente, bajamos las gradas y tomamos el primer taxi que pasó rumbo a emergencias en el hospital más cercano.
***
Luego de una larga hora en la espera de emergencias, el médico me dijo que Eli estaba fuera de peligro, habían encontrado un fino pelo de gato en uno de sus ojos, eso aceleró el shock, pero de todas maneras se habría producido luego por los restos de pelos y saliva que Anubis había dejado en mi cama. Me dio consejos y recomendaciones, entre ellas la de impedir que el gato se suba a mi cama o se acerque a mi comida. Le agradecí mucho y más tarde llevé a Eli a su casa, ya mucho mejor y me despedí de ella con la promesa de llamarla pronto para saber de su salud.
De regreso a casa Anubis se subió sobre mis piernas apenas me senté en el sofá, miré la hora y me levanté a ponerle su comida y agua. Mientras lo observaba comer, lo miré fijamente y le hablé:
– Compadre, ya no puedes entrar al cuarto.
Anubis ronroneó y comió un par de galletas más. Me miró con una expresión de “¿realmente crees que haré eso?” y yo sabía que tenía razón. Yo no era su dueño, Anubis era el amo de esta casa, miré alrededor y me di cuenta de que la organización de la casa, los muebles, los míos y los suyos con tubos forrados de cáñamo para que afile las uñas, los horarios, incluso muchos de mis hábitos giraban alrededor de él. Me sentí desconsolado cuando me di cuenta de que en realidad Anubis me consideraba “su humano” y probablemente era la verdad.
Esa noche, antes de dormir cerré la puerta del dormitorio, esperé atento con la televisión encendida pero sin verla, hasta que sentí el arañón en la puerta. Me levanté y estaba allí con su expresión casi indiferente, reprochándome con condescendencia el haber olvidado, seguro involuntariamente, la puerta cerrada. Se subió a la cama, esperó que yo me recueste y se acomodó sobre mi vientre. No resistí la tentación y le pregunté:
– ¿Qué hacemos con Eli?
– Que se busque otro tipo que no tenga gato – me dijo y cerrando los ojos se puso a ronronear ligeramente.
– Tienes razón – dije sin remordimientos y puse el noticiero de las diez.
Anubis tenía la manía de dormir sobre mi cuello, parecía una chalina atigrada, en las noches se acostaba sobre mi vientre, ambos veíamos la televisión – o por lo menos eso me gustaba pensar para justificar mis conversaciones con él – de rato en rato se levantaba y clavaba sus uñas en mi pijama y a veces en mi piel para hacerse de un lugar mullido para descansar y dormía dando la espalda a las noticias de las diez. Inevitablemente en alguna hora de la madrugada pasaba a mi cuello y se quedaba allí hasta el amanecer. Apenas aclaraba se estiraba sin mayores remordimientos, se lamía las patitas, se lavaba la cara y la pelambre del vientre y escapaba a la ventana como hoy. Casi nunca usaba la cama de gatos que compré para él y yacía casi abandonada en una esquina del departamento.
Como a las diez me duché, era sábado y Eliana vendría a visitarme. Arreglé la cama y limpié un poco el departamento. Como siempre Anubis no estorbaba. A las once cuando el sol había abandonado la ventana se subía a uno de los reposteros de la cocina y se quedaba allí silencioso sin molestar hasta la hora del almuerzo. Eli era una muchacha que había conocido recientemente en la oficina, habíamos salido un par de veces y nos llevábamos bien, había decidido invitarla a mi departamento y ver si podíamos dar el siguiente paso en la relación. Preparé unos bocadillos ante la supervisión silenciosa de mi felino amigo y puse un par de cervezas en la heladera. Casi a las doce timbró mi celular, era Eli para avisar que ya estaba cerca.
Luego de algunos minutos conversábamos entre sonrisas en el sofá de la sala, comimos algo y tomamos las cervezas, hablamos de todo y la empatía se podía sentir en el ambiente, Eli sonreía con sus enormes ojos verdes y yo me acercaba cada vez más hacia ella, de pronto nos estábamos besando. Ya no eran los besos tiernos y delicados de nuestra última salida, eran besos apasionados y empezamos a buscar nuestra piel por debajo de nuestras ropas. Entonces ella me detuvo, me miró directo a los ojos y me dijo:
– Aquí no Daniel – y yo me quedé perplejo, iba a contestar algo para justificarme o pedir disculpas, pero ella se adelantó y concluyó la frase – ¿podemos ir a tu cama?
– Claro que sí – le contesté con una mezcla de alivio y ternura y con la respiración aun fatigada, la tomé de la mano y la conduje con cariño hacia la habitación.
Una vez en el lecho, retomamos las cosas donde nos habíamos quedado, nos despojamos de las ropas, nos besábamos al punto de perder el aliento, hicimos el amor por momentos despacio, por momentos con la intensidad propia de la primera vez, cambiando de posiciones, experimentando, el edredón y nuestras ropas estaban ya en el suelo, nosotros continuábamos incansables cuando de pronto ella al cambiar de posición se detuvo, se puso de rodillas sobre la cama y le vi los ojos llorosos. Lo primero que pensé es que me había tocado una loca con complejo de culpa y que este había aflorado en la mitad del acto sexual, mi primera estrategia fue la de tratar de ser condescendiente.
– ¿Estás bien? – le pregunté con suavidad. Ella se frotó los ojos, se tomó la garganta y la expresión le cambió.
– ¿Tienes gato?
– Eh… sí.
– ¡Por dios! – dijo ella mientras se levantaba confundida.
– ¿Qué pasó?
– ¡Soy alérgica a los gatos!
Yo nunca había visto a una persona entrar en crisis de alergia en mi vida hasta ese momento, pero el espectáculo fue terrible, mientras nos poníamos las ropas a toda velocidad, a ella se le hinchaban los ojos tanto que parecía que iban a salir de sus cuencas, su rostro se infló y le faltaba la respiración. No sabía qué hacer. Ella no hablaba nada y solo buscaba sus zapatos y su cartera, trató de decirme algo pero al parecer su garganta se estaba inflamando tanto que no lo logró, la saqué del departamento rápidamente, bajamos las gradas y tomamos el primer taxi que pasó rumbo a emergencias en el hospital más cercano.
***
Luego de una larga hora en la espera de emergencias, el médico me dijo que Eli estaba fuera de peligro, habían encontrado un fino pelo de gato en uno de sus ojos, eso aceleró el shock, pero de todas maneras se habría producido luego por los restos de pelos y saliva que Anubis había dejado en mi cama. Me dio consejos y recomendaciones, entre ellas la de impedir que el gato se suba a mi cama o se acerque a mi comida. Le agradecí mucho y más tarde llevé a Eli a su casa, ya mucho mejor y me despedí de ella con la promesa de llamarla pronto para saber de su salud.
De regreso a casa Anubis se subió sobre mis piernas apenas me senté en el sofá, miré la hora y me levanté a ponerle su comida y agua. Mientras lo observaba comer, lo miré fijamente y le hablé:
– Compadre, ya no puedes entrar al cuarto.
Anubis ronroneó y comió un par de galletas más. Me miró con una expresión de “¿realmente crees que haré eso?” y yo sabía que tenía razón. Yo no era su dueño, Anubis era el amo de esta casa, miré alrededor y me di cuenta de que la organización de la casa, los muebles, los míos y los suyos con tubos forrados de cáñamo para que afile las uñas, los horarios, incluso muchos de mis hábitos giraban alrededor de él. Me sentí desconsolado cuando me di cuenta de que en realidad Anubis me consideraba “su humano” y probablemente era la verdad.
Esa noche, antes de dormir cerré la puerta del dormitorio, esperé atento con la televisión encendida pero sin verla, hasta que sentí el arañón en la puerta. Me levanté y estaba allí con su expresión casi indiferente, reprochándome con condescendencia el haber olvidado, seguro involuntariamente, la puerta cerrada. Se subió a la cama, esperó que yo me recueste y se acomodó sobre mi vientre. No resistí la tentación y le pregunté:
– ¿Qué hacemos con Eli?
– Que se busque otro tipo que no tenga gato – me dijo y cerrando los ojos se puso a ronronear ligeramente.
– Tienes razón – dije sin remordimientos y puse el noticiero de las diez.
viernes, 31 de agosto de 2012
PERDIDO EN LA HABANA (Cuento)
Cuando salimos del aeropuerto de La Habana hacía un sol radiante, luego del trámite en migraciones y el cambio de euros por moneda cubana, estábamos listos para una gloriosa semana de vacaciones. Una vez en el taxi rumbo al hotel, aprovechamos para preguntarle al chofer algunas dudas básicas acerca de la ciudad, este nos recomendó amablemente recorridos clásicos y nos hizo advertencias útiles para cualquier turista. Nos confirmó que nuestros celulares no funcionarían durante toda la estadía, pues en Cuba la red es local y no existe roaming, el internet era un privilegio y a lo mucho podríamos encontrarlo con limitaciones en algún computador del lobby del hotel. Durante el trayecto, ante nuestros ojos apareció ciudad de La Habana y pudimos ver a lo lejos la Plaza de la Revolución y las enormes siluetas del Che Guevara y Camilo Cienfuegos.
Más tarde ya nos habíamos instalado en el hotel, luego bajamos a la recepción y le preguntamos al botones dónde ir a almorzar, el tipo nos miró de arriba a abajo pero con buena intención y nos dijo:
– ¿Mexicanos?
– No, peruanos. – respondimos al unísono.
Sonrió y nos explicó rápidamente cómo esquivar a los jineteros que siempre pretenden aprovecharse de los turistas, nos recomendó dos lugares apropiados para almorzar, uno de ellos de comida local típica y otro de cocina internacional, nos dio algunas pistas para no perdernos y al final mirando por encima de nuestros hombros y a los costados, nos dijo que estaba prohibido traer mujeres al hotel. Nosotros sonreímos como quien no había pensado en esa posibilidad y le agradecimos al tiempo que salíamos felices a caminar las calles de La Habana.
Luego de almorzar fuimos a pasear por La Habana Vieja, fue una tarde inolvidable, las construcciones coloniales congeladas en el tiempo adquirían un brillo dorado provocado por el sol escondiéndose en ese atardecer tropical. Al anochecer estábamos de vuelta en el hotel, decidimos descansar un rato. A las dos horas Patricio me llamó por el teléfono y me preguntó si ya estaba listo; le pedí que me diera diez minutos y salté de la cama rumbo a la ducha luego de colgar.
Aprovechamos para tomar un par de mojitos en un lugar recomendado por el hotel, a pocas cuadras, luego caminamos un poco y como nos habían advertido nos encontramos con cubanos vestidos de elegantes truhanes, los jineteros, que querían ofrecernos mil servicios, desde los más truculentos hasta los más formales, y siempre un bar donde habían, increíblemente, bebido juntos y fumado habanos, Fidel, el Che y Hemingway; sin embargo lo afirmaban con tanta vehemencia que estuve a punto de dejar de creer en mis profesores de historia y en los libros que había leído y lanzarme a creer a ojos cerrados en estos simpáticos isleños.
Cansados por el día, regresamos al hotel, eran casi las once de la noche, rumbo al ascensor nos encontramos con un letrero en la marquesina, “Noche de salsa” decía en letras doradas, nos miramos con Patricio y decidimos subir al piso treinta del hotel donde estaba el salón de baile y pub; pagamos los diez euros de la entrada y nos sentamos en una mesa. El lugar es espectacular, está lleno de turistas de distintos países, la mayoría hombres. Disfrutamos de la orquesta y nos tomamos un par de vasos de ron y fumamos habanos que hemos comprando más temprano. De pronto una muchacha muy guapa se acerca a la mesa y nos pide fuego, Patricio caballeroso le enciende el cigarro, ella le da una pitada y nos pregunta si se puede sentar con nosotros, sorprendidos le decimos que sí. Se sienta y nos sonríe, nos dice que se llama Lucero y rápidamente nos damos cuenta que es una profesional. Nos pregunta nuestros nombres y también nos confunde con mexicanos, luego llama a una amiga suya que está en la otra mesa, se sienta y ambas ríen con nosotros. Algunos minutos después, Lucero, se me acerca y me dice sin mayor preámbulo que por cien euros puedo irme con ella a mi habitación, además hay que pagar veinte euros más para el portero del pub para que no la delate y me repite algo que ya sabía, está prohibido llevar chicas cubanas a las habitaciones.
Lucero es preciosa y yo no resisto la tentación, le explico rápidamente a Patricio y él levanta el pulgar y me desea suerte, me levanto de la mesa y la escultural morena me sigue y no puedo dejar de pensar en esas largas piernas que fluyen infinitas de la microscópica falda blanca, el portero que seguramente ya conoce del trato con antelación estira la mano y le doy los veinte euros, nos pone un sello en las muñecas y salimos rumbo a mi habitación.
Una vez en el cuarto ella toma la iniciativa, se conduce como una experta y yo me dejo llevar, se desnuda y no puedo dejar de ver esa figura fina y perfecta, me mira con sus enormes ojos negros rodeados de pestañas postizas, me habla largo rato, me pregunta mil cosas, hablamos y le cuento historias, le hablo de mi país, de las historias que se, de las que he leído, ella curiosa me pregunta más y más, sonríe con cada cosa que le digo, le digo que es linda, que me gusta su voz, su cabello, sus ojos, ella coquetea y se estira sobre la cama como una gata, luego me quita la ropa y me trata con una ternura propia de quien se vende por placer. Me pregunta si alguna vez hice el amor con una cubana, le digo que no, me besa y se entrega con pasión y noto su esfuerzo en hacer quedar bien a todas las mujeres cubanas, yo disfruto cada instante y me someto a sus caprichos y deseos. Nos amamos intensamente sin amor, a la luz de la luna que entra por la ventana, caemos rendidos y sudando sobre la cama, nos acariciamos con los ojos cerrados. Decido que nunca olvidaré esa noche.
* * *
Abro los ojos y sigue oscuro, no tengo idea de la hora, busco en la mesa de noche mi celular y no lo puedo ubicar, me siento en la cama y enciendo la luz de la lámpara, Lucero no está, me quedo paralizado, voy al baño, no hay nadie, en el balcón tampoco, aprieto los dientes y busco mis cosas, ¡mierda! No está mi billetera ni mi celular, me lanzo al closet y busco mi maleta, está abierta, tampoco está la cartera con el dinero de reserva ni mi pasaporte. Me siento en el borde de la cama y me siento el tipo más estúpido del mundo.
* * *
Dos horas después sigo sentado en el borde de la cama, fumando y Patricio camina de un lado al otro de la habitación. Hemos evaluado las posibilidades, ir a la policía era imposible, en Cuba la prostitución es un delito, tanto por parte de quien la ejerce como quien la requiere. La única alternativa es ir a la Embajada de Perú en Cuba a primera hora y explicar lo sucedido. Hemos tratado de llamar a los bancos para cancelar las tarjetas de crédito, Patricio me explica que es un esfuerzo inútil, en Cuba casi no se aceptan tarjetas y menos de bancos privados, todos los bancos son estatales, yo igual no me confío y sigo intentando con el teléfono del hotel.
No puedo dormir, estoy lleno de preocupaciones, trato de informarme en recepción apenas llegan los primeros empleados y me confirman que sin pasaporte no podré salir de Cuba, probablemente pierda el vuelo de regreso. Me da tristeza por Patricio, le estoy malogrando las vacaciones por mi estupidez, él trata de mostrarse de buen ánimo y me recuerda que el viaje ya está pagado, estaremos hoy en La Habana, trataremos de resolver el asunto del pasaporte en la embajada y luego iremos a Varadero como estaba previsto. Le agradezco con cariño y le pido que se vaya a descansar hasta que abra la embajada.
Camino a las mesas que están frente a la barra de recepción y pido un café. Mientras estoy sentado en la mesa, veo a una muchacha de traje corto azul eléctrico satinado que entra con tacos altos al hotel y se acerca a la ventanilla de cambio de moneda, me llama la atención su atuendo de fiesta a esas horas de la mañana, son las ocho y diez. Cuando voltea para dirigirse a la puerta de salida la reconozco, es la amiga de Lucero que se quedó con Patricio en la mesa anoche. Me levanto como impulsado por un resorte y le pregunto a la empleada acerca de ella, me dice que vino a cambiar euros, salgo del hotel y la veo perderse por una calle, no lo pienso y la sigo rápidamente. Ella camina cimbreando las caderas pero sin pausa, yo camino rápido detrás de ella, indocumentado y sin un peso en el bolsillo.
Mi primera idea era seguirla hasta su casa, pero se me ocurre que no necesariamente ese es su destino, que en cualquier momento podría entrar a cualquier sitio o subir a un taxi y yo así como estaba no podría seguirla. A ese punto no sé dónde estoy, me adelanto y la tomo de un brazo, ella se asusta, trato de calmarla, le digo que me llamo Ángel y que estuve anoche con su amiga Lucero. La muchacha niega conocerla, le pido que me ayude por favor, luego me dice que no sabe dónde ubicarla, insisto otra vez, le prometo que no tomaré ninguna acción contra ella, que solo quiero saber dónde puedo encontrar a Lucero, solo quiero mi pasaporte, puede quedarse con el resto, se lo regalo. La mujer me sonríe y me dice que la siga, camino con ella varias cuadras, las calles se van haciendo cada vez más estrechas y las casas más pobres. Nos detenemos en un viejo portón de madera, ella lo golpea con la palma de la mano y se escuchan voces y pasos. Un tipo flaco y de cabello cortado al rape abre, la muchacha le dice rápidamente que estoy buscando a Lucero, el sujeto me invita a pasar. Se me ocurre que si me asaltan lo único que tengo es la ropa que llevo puesta, no tengo nada que perder y entro.
En el interior el lugar parece un fumadero de opio, solo que en lugar de opio el hedor de la marihuana se hace presente, sé que la droga está prohibida en Cuba, y la cocaína es demasiado cara para los cubanos, así que recurren a la marihuana normalmente, veo prostitutas jóvenes y viejas en los zaguanes de la vieja casa colonial, me imagino que sus maridos o chulos son los pocos hombres que se pueden ver, no parecen parroquianos, descarto la idea de que sea un burdel. Algunos juegan dominó, cartas y casi todos fuman cigarros, algunos pocos habanos. Camino entre ellos y algunos me miran de manera extraña, al fondo veo a Lucero, está sentada casi sobre las piernas de un moreno alto que tiene un jaguar tatuado en el brazo derecho. Me acerco con cortesía pero mi ocasional compañera de viaje se me adelanta:
– ¡Oye chica, acá el peruano te anda buscando!
Yo la saludo con un gesto nervioso y se me ocurre que escapará, sin embargo se queda sentada y me sonríe descaradamente, yo trato de no ponerme nervioso ni dejar que la cólera me gane. Me invitan a sentarme y el moreno me sirve un poco de ron en un vaso. Lucero sin dejar de sonreír me interroga:
– ¿En qué le puedo servir al señol?
– Lucero – le explico con calma – ayer te llevaste mi pasaporte, lo único que quiero es que me lo devuelvas, te puedes quedar con todo lo demás.
– ¿Anoche? Se ha equivocado de Lucero, yo anoche estaba con Fidel – me dice a carcajadas y me mira desafiante.
– Por favor – le ruego, sintiéndome un idiota, pensando en qué más podía ofrecerle para que me devuelva el pasaporte.
– Espéreme aquí mi Ángel – me dice y me sorprende que recuerde mi nombre. Se pone de pie y otra vez mi corazón late a cien al ver esa figura tallada en ébano.
Yo me quedo sentado y termino el trago que tengo frente a mí, el cubano del tatuaje me sirve otro. Luego me pregunta a qué me dedico, le digo que soy escritor. El tipo me mira a los ojos y me suelta un poema de Martí, luego se recuesta sobre la pared y me pregunta si tengo cigarros. Le digo que no. Se levanta y se acerca a otro tipo, luego vuelve y me ofrece un cigarro, yo acepto, él enciende un trozo de habano, y sin que le pregunte me cuenta que las chicas recogen los trozos de habanos que los turistas dejan en las discotecas, eso es lo que él está fumando ahora.
Una hora más tarde y luego de varios vasos de ron Lucero no vuelve, empiezo a preocuparme, el cubano que bebe conmigo y que dice llamarse Fidel –ahora entiendo la broma que me hizo Lucero más temprano – me ha hablado con admiración de Reinaldo Arenas, de Lezama Lima, y empiezo a sospechar que Fidel no es precisamente un macho latino, pero también se ha emocionado hablándome de Martí, de Emilio Ballagas y del Che. Me dice que ha oído mucho de Vargas Llosa pero que no lo ha leído, los libros de él están prohibidos en Cuba. Empiezo a sentirme mareado, el tabaco fuerte y el ron empiezan a hacer estragos en mi conciencia. En ese momento y con el sol de las diez de la mañana escucho un griterío y el traqueteo de mesas que se caen, una mujer vieja pasa corriendo y grita “la policía”, Fidel me hace una seña urgente para que lo siga y yo no me hago esperar.
Corremos a los saltos por los patios del fondo de la casona, Fidel se monta sobre un muro de adobe y lo salta, yo hago lo mismo con mucho mayor esfuerzo, al aterrizar estoy en medio de una calle antigua y estrecha, cruzando la acera una mujer se abanica en una mecedora en su balcón del segundo piso, me grita y me dice que la policía viene por la derecha, yo corro a la izquierda y he perdido de vista a Fidel, corro a mas no poder hasta alcanzar una esquina, el corazón está a punto de salirse de mi pecho. Quisiera encontrar una tienda donde refugiarme y solo veo casas, dejo de correr y camino con prisa, en la esquina dos policías dirigen el tránsito, trato de calmarme y disminuyo el paso. Al llegar a su lado, ni siquiera me miran, atravieso la calle y recién me doy cuenta que se ha roto irremediablemente el contacto con Lucero, agotado me siento en la vereda, con sueño, mal oliente a tabaco y alcohol, sin un centavo y perdido en La Habana.
Tomo un poco de aire, me incorporo sin ganas y camino unas cuadras a la deriva tratando de ordenar mis ideas, me doy cuenta de que he perdido tiempo valioso para adelantar el trámite del pasaporte en la embajada, Patricio debe estar preocupado sin saber dónde estoy, me acerco a un peatón y le pregunto por el hotel, me da una serie de datos imprecisos; camino instintivamente por la ruta que me señaló tratando de no pensar en nada.
Después de media hora de caminar bajo el ardiente sol, al fin puedo divisar los pisos superiores del hotel, camino un poco más animado. Cuando llego a la entrada, veo a Fidel cruzando el Lobby, me quedo consternado, ¿será todo parte de una trampa? ¿Acaso de una mafia? Decido no perderle el rastro otra vez, lo sigo sigilosamente, él camina sin preocupación alguna por las calles de La Habana, camiseta sin mangas, lentes oscuros grandes y jugueteando con un palillo entre los dientes, pienso que estoy loco mientras lo sigo, es probable que me vuelva a meter en problemas, a la vuelta de la esquina veo a Lucero con unos jeans apretados y una camiseta negra, lo está esperando, me escondo para observar, él se acerca, hablan algo y ella le da un beso en la mejilla, se me ocurre que se irán juntos, pero para mi sorpresa ella le hace una señal de despedida y se aleja, espero unos segundos y me olvido de Fidel, estoy otra vez sobre la pista de Lucero, ella camina rápido y en el horizonte veo aparecer el mar. Ella camina rumbo a la playa, yo me acerco cada vez más, la veo detenerse y encender un cigarrillo, se queda mirando el océano, el viento mueve sus cabellos y yo no sé si enfrentarla o abrazarla. Me acerco lentamente y digo su nombre, ella voltea y me mira como si no me reconociera, yo no sé qué decirle. La abrazo. Ella me deja hacerlo, no sé por qué lo hace pero siento que llora sobre mi hombro. Quiero preguntarle sobre mi pasaporte pero no me atrevo aún, trato de consolarla primero. Siento su aliento húmedo, su espalda fina y el calor de su cuerpo, más caliente aún en este clima tropical. La miro y veo esos ojos negros ya sin pestañas postizas, ella me besa con ternura, y yo le correspondo. Luego se detiene y me dice que el pasaporte está en el hotel, sin dejarme responder o preguntar me toma la mano y mira el horizonte, me dice que sueña con salir de Cuba, me pide perdón por haberme robado. No sabía que el pasaporte estaba en la cartera, solo vio el dinero y huyó, me dice que el dinero que me quitó es lo que necesitaba para completar lo que le hace falta para irse de la Isla. Yo me siento conmovido, ya no sé qué pensar, pero algo me dice que es un cuento que ella misma se cuenta y que realmente cree a pesar de no ser verdad, solo para justificar su proceder. Sin embargo sé que si de mí dependiera me la llevaría conmigo. Voltea otra vez y me da un beso en los labios, otro en la frente y me dice “Adios mi Ángel”, y se va caminando por el largo malecón. Yo me quedo mudo observando su silueta con el fondo del mar caribe.
Camino con paso cansado rumbo al hotel otra vez, ya debe ser la una de la tarde, al llegar veo a dos policías cubanos sentados en una mesa de la cafetería con Patricio. Me detengo y no me decido a avanzar, no sé lo que ha pasado. ¿Patricio los llamó? ¿Me están buscando por la redada en la casa de las putas? Con paso lento me acerco a la mesa, Patricio se pone de pie y me abraza, me dice que había llamado a la policía porque no aparecía, me pregunta donde estuve y le digo que le explicaré luego, inteligentemente me guiña un ojo y despide amablemente a los policías. Ellos preguntan si pueden quedarse a terminar su café, los acompañamos un rato sin hablar y luego se van. Le cuento a Patricio mi aventura, se ríe y me recomienda ir a la recepción, efectivamente una persona ha dejado un sobre para mí. Lo abro y dentro de él está mi pasaporte con una pequeña nota y una dirección, sonrío y la mujer me dice que un caballero lo entregó al medio día. Me imagino que fue Fidel por encargo de Lucero, le agradezco a la recepcionista y le pido que lo guarde hasta mi retorno, necesito ir a comer algo y decidimos ir a almorzar con Patricio.
* * *
Tres meses después, en el aeropuerto de Lima, espero ansioso en la zona de desembarque de vuelos internacionales, veo venir a Lucero con su enorme maleta y sus ojos negros brillantes de alegría. La abrazo y la beso, ella me sonríe y me entrega un libro de poesía cubana, lo abro y en la contra tapa leo escrito a mano: “Cuídela mucho, lo primero que ella me dijo el día que lo conocí a usted fue: `le robé al hombre del que me enamoré.´ Suerte a los dos. Fidel.”
Más tarde ya nos habíamos instalado en el hotel, luego bajamos a la recepción y le preguntamos al botones dónde ir a almorzar, el tipo nos miró de arriba a abajo pero con buena intención y nos dijo:
– ¿Mexicanos?
– No, peruanos. – respondimos al unísono.
Sonrió y nos explicó rápidamente cómo esquivar a los jineteros que siempre pretenden aprovecharse de los turistas, nos recomendó dos lugares apropiados para almorzar, uno de ellos de comida local típica y otro de cocina internacional, nos dio algunas pistas para no perdernos y al final mirando por encima de nuestros hombros y a los costados, nos dijo que estaba prohibido traer mujeres al hotel. Nosotros sonreímos como quien no había pensado en esa posibilidad y le agradecimos al tiempo que salíamos felices a caminar las calles de La Habana.
Luego de almorzar fuimos a pasear por La Habana Vieja, fue una tarde inolvidable, las construcciones coloniales congeladas en el tiempo adquirían un brillo dorado provocado por el sol escondiéndose en ese atardecer tropical. Al anochecer estábamos de vuelta en el hotel, decidimos descansar un rato. A las dos horas Patricio me llamó por el teléfono y me preguntó si ya estaba listo; le pedí que me diera diez minutos y salté de la cama rumbo a la ducha luego de colgar.
Aprovechamos para tomar un par de mojitos en un lugar recomendado por el hotel, a pocas cuadras, luego caminamos un poco y como nos habían advertido nos encontramos con cubanos vestidos de elegantes truhanes, los jineteros, que querían ofrecernos mil servicios, desde los más truculentos hasta los más formales, y siempre un bar donde habían, increíblemente, bebido juntos y fumado habanos, Fidel, el Che y Hemingway; sin embargo lo afirmaban con tanta vehemencia que estuve a punto de dejar de creer en mis profesores de historia y en los libros que había leído y lanzarme a creer a ojos cerrados en estos simpáticos isleños.
Cansados por el día, regresamos al hotel, eran casi las once de la noche, rumbo al ascensor nos encontramos con un letrero en la marquesina, “Noche de salsa” decía en letras doradas, nos miramos con Patricio y decidimos subir al piso treinta del hotel donde estaba el salón de baile y pub; pagamos los diez euros de la entrada y nos sentamos en una mesa. El lugar es espectacular, está lleno de turistas de distintos países, la mayoría hombres. Disfrutamos de la orquesta y nos tomamos un par de vasos de ron y fumamos habanos que hemos comprando más temprano. De pronto una muchacha muy guapa se acerca a la mesa y nos pide fuego, Patricio caballeroso le enciende el cigarro, ella le da una pitada y nos pregunta si se puede sentar con nosotros, sorprendidos le decimos que sí. Se sienta y nos sonríe, nos dice que se llama Lucero y rápidamente nos damos cuenta que es una profesional. Nos pregunta nuestros nombres y también nos confunde con mexicanos, luego llama a una amiga suya que está en la otra mesa, se sienta y ambas ríen con nosotros. Algunos minutos después, Lucero, se me acerca y me dice sin mayor preámbulo que por cien euros puedo irme con ella a mi habitación, además hay que pagar veinte euros más para el portero del pub para que no la delate y me repite algo que ya sabía, está prohibido llevar chicas cubanas a las habitaciones.
Lucero es preciosa y yo no resisto la tentación, le explico rápidamente a Patricio y él levanta el pulgar y me desea suerte, me levanto de la mesa y la escultural morena me sigue y no puedo dejar de pensar en esas largas piernas que fluyen infinitas de la microscópica falda blanca, el portero que seguramente ya conoce del trato con antelación estira la mano y le doy los veinte euros, nos pone un sello en las muñecas y salimos rumbo a mi habitación.
Una vez en el cuarto ella toma la iniciativa, se conduce como una experta y yo me dejo llevar, se desnuda y no puedo dejar de ver esa figura fina y perfecta, me mira con sus enormes ojos negros rodeados de pestañas postizas, me habla largo rato, me pregunta mil cosas, hablamos y le cuento historias, le hablo de mi país, de las historias que se, de las que he leído, ella curiosa me pregunta más y más, sonríe con cada cosa que le digo, le digo que es linda, que me gusta su voz, su cabello, sus ojos, ella coquetea y se estira sobre la cama como una gata, luego me quita la ropa y me trata con una ternura propia de quien se vende por placer. Me pregunta si alguna vez hice el amor con una cubana, le digo que no, me besa y se entrega con pasión y noto su esfuerzo en hacer quedar bien a todas las mujeres cubanas, yo disfruto cada instante y me someto a sus caprichos y deseos. Nos amamos intensamente sin amor, a la luz de la luna que entra por la ventana, caemos rendidos y sudando sobre la cama, nos acariciamos con los ojos cerrados. Decido que nunca olvidaré esa noche.
* * *
Abro los ojos y sigue oscuro, no tengo idea de la hora, busco en la mesa de noche mi celular y no lo puedo ubicar, me siento en la cama y enciendo la luz de la lámpara, Lucero no está, me quedo paralizado, voy al baño, no hay nadie, en el balcón tampoco, aprieto los dientes y busco mis cosas, ¡mierda! No está mi billetera ni mi celular, me lanzo al closet y busco mi maleta, está abierta, tampoco está la cartera con el dinero de reserva ni mi pasaporte. Me siento en el borde de la cama y me siento el tipo más estúpido del mundo.
* * *
Dos horas después sigo sentado en el borde de la cama, fumando y Patricio camina de un lado al otro de la habitación. Hemos evaluado las posibilidades, ir a la policía era imposible, en Cuba la prostitución es un delito, tanto por parte de quien la ejerce como quien la requiere. La única alternativa es ir a la Embajada de Perú en Cuba a primera hora y explicar lo sucedido. Hemos tratado de llamar a los bancos para cancelar las tarjetas de crédito, Patricio me explica que es un esfuerzo inútil, en Cuba casi no se aceptan tarjetas y menos de bancos privados, todos los bancos son estatales, yo igual no me confío y sigo intentando con el teléfono del hotel.
No puedo dormir, estoy lleno de preocupaciones, trato de informarme en recepción apenas llegan los primeros empleados y me confirman que sin pasaporte no podré salir de Cuba, probablemente pierda el vuelo de regreso. Me da tristeza por Patricio, le estoy malogrando las vacaciones por mi estupidez, él trata de mostrarse de buen ánimo y me recuerda que el viaje ya está pagado, estaremos hoy en La Habana, trataremos de resolver el asunto del pasaporte en la embajada y luego iremos a Varadero como estaba previsto. Le agradezco con cariño y le pido que se vaya a descansar hasta que abra la embajada.
Camino a las mesas que están frente a la barra de recepción y pido un café. Mientras estoy sentado en la mesa, veo a una muchacha de traje corto azul eléctrico satinado que entra con tacos altos al hotel y se acerca a la ventanilla de cambio de moneda, me llama la atención su atuendo de fiesta a esas horas de la mañana, son las ocho y diez. Cuando voltea para dirigirse a la puerta de salida la reconozco, es la amiga de Lucero que se quedó con Patricio en la mesa anoche. Me levanto como impulsado por un resorte y le pregunto a la empleada acerca de ella, me dice que vino a cambiar euros, salgo del hotel y la veo perderse por una calle, no lo pienso y la sigo rápidamente. Ella camina cimbreando las caderas pero sin pausa, yo camino rápido detrás de ella, indocumentado y sin un peso en el bolsillo.
Mi primera idea era seguirla hasta su casa, pero se me ocurre que no necesariamente ese es su destino, que en cualquier momento podría entrar a cualquier sitio o subir a un taxi y yo así como estaba no podría seguirla. A ese punto no sé dónde estoy, me adelanto y la tomo de un brazo, ella se asusta, trato de calmarla, le digo que me llamo Ángel y que estuve anoche con su amiga Lucero. La muchacha niega conocerla, le pido que me ayude por favor, luego me dice que no sabe dónde ubicarla, insisto otra vez, le prometo que no tomaré ninguna acción contra ella, que solo quiero saber dónde puedo encontrar a Lucero, solo quiero mi pasaporte, puede quedarse con el resto, se lo regalo. La mujer me sonríe y me dice que la siga, camino con ella varias cuadras, las calles se van haciendo cada vez más estrechas y las casas más pobres. Nos detenemos en un viejo portón de madera, ella lo golpea con la palma de la mano y se escuchan voces y pasos. Un tipo flaco y de cabello cortado al rape abre, la muchacha le dice rápidamente que estoy buscando a Lucero, el sujeto me invita a pasar. Se me ocurre que si me asaltan lo único que tengo es la ropa que llevo puesta, no tengo nada que perder y entro.
En el interior el lugar parece un fumadero de opio, solo que en lugar de opio el hedor de la marihuana se hace presente, sé que la droga está prohibida en Cuba, y la cocaína es demasiado cara para los cubanos, así que recurren a la marihuana normalmente, veo prostitutas jóvenes y viejas en los zaguanes de la vieja casa colonial, me imagino que sus maridos o chulos son los pocos hombres que se pueden ver, no parecen parroquianos, descarto la idea de que sea un burdel. Algunos juegan dominó, cartas y casi todos fuman cigarros, algunos pocos habanos. Camino entre ellos y algunos me miran de manera extraña, al fondo veo a Lucero, está sentada casi sobre las piernas de un moreno alto que tiene un jaguar tatuado en el brazo derecho. Me acerco con cortesía pero mi ocasional compañera de viaje se me adelanta:
– ¡Oye chica, acá el peruano te anda buscando!
Yo la saludo con un gesto nervioso y se me ocurre que escapará, sin embargo se queda sentada y me sonríe descaradamente, yo trato de no ponerme nervioso ni dejar que la cólera me gane. Me invitan a sentarme y el moreno me sirve un poco de ron en un vaso. Lucero sin dejar de sonreír me interroga:
– ¿En qué le puedo servir al señol?
– Lucero – le explico con calma – ayer te llevaste mi pasaporte, lo único que quiero es que me lo devuelvas, te puedes quedar con todo lo demás.
– ¿Anoche? Se ha equivocado de Lucero, yo anoche estaba con Fidel – me dice a carcajadas y me mira desafiante.
– Por favor – le ruego, sintiéndome un idiota, pensando en qué más podía ofrecerle para que me devuelva el pasaporte.
– Espéreme aquí mi Ángel – me dice y me sorprende que recuerde mi nombre. Se pone de pie y otra vez mi corazón late a cien al ver esa figura tallada en ébano.
Yo me quedo sentado y termino el trago que tengo frente a mí, el cubano del tatuaje me sirve otro. Luego me pregunta a qué me dedico, le digo que soy escritor. El tipo me mira a los ojos y me suelta un poema de Martí, luego se recuesta sobre la pared y me pregunta si tengo cigarros. Le digo que no. Se levanta y se acerca a otro tipo, luego vuelve y me ofrece un cigarro, yo acepto, él enciende un trozo de habano, y sin que le pregunte me cuenta que las chicas recogen los trozos de habanos que los turistas dejan en las discotecas, eso es lo que él está fumando ahora.
Una hora más tarde y luego de varios vasos de ron Lucero no vuelve, empiezo a preocuparme, el cubano que bebe conmigo y que dice llamarse Fidel –ahora entiendo la broma que me hizo Lucero más temprano – me ha hablado con admiración de Reinaldo Arenas, de Lezama Lima, y empiezo a sospechar que Fidel no es precisamente un macho latino, pero también se ha emocionado hablándome de Martí, de Emilio Ballagas y del Che. Me dice que ha oído mucho de Vargas Llosa pero que no lo ha leído, los libros de él están prohibidos en Cuba. Empiezo a sentirme mareado, el tabaco fuerte y el ron empiezan a hacer estragos en mi conciencia. En ese momento y con el sol de las diez de la mañana escucho un griterío y el traqueteo de mesas que se caen, una mujer vieja pasa corriendo y grita “la policía”, Fidel me hace una seña urgente para que lo siga y yo no me hago esperar.
Corremos a los saltos por los patios del fondo de la casona, Fidel se monta sobre un muro de adobe y lo salta, yo hago lo mismo con mucho mayor esfuerzo, al aterrizar estoy en medio de una calle antigua y estrecha, cruzando la acera una mujer se abanica en una mecedora en su balcón del segundo piso, me grita y me dice que la policía viene por la derecha, yo corro a la izquierda y he perdido de vista a Fidel, corro a mas no poder hasta alcanzar una esquina, el corazón está a punto de salirse de mi pecho. Quisiera encontrar una tienda donde refugiarme y solo veo casas, dejo de correr y camino con prisa, en la esquina dos policías dirigen el tránsito, trato de calmarme y disminuyo el paso. Al llegar a su lado, ni siquiera me miran, atravieso la calle y recién me doy cuenta que se ha roto irremediablemente el contacto con Lucero, agotado me siento en la vereda, con sueño, mal oliente a tabaco y alcohol, sin un centavo y perdido en La Habana.
Tomo un poco de aire, me incorporo sin ganas y camino unas cuadras a la deriva tratando de ordenar mis ideas, me doy cuenta de que he perdido tiempo valioso para adelantar el trámite del pasaporte en la embajada, Patricio debe estar preocupado sin saber dónde estoy, me acerco a un peatón y le pregunto por el hotel, me da una serie de datos imprecisos; camino instintivamente por la ruta que me señaló tratando de no pensar en nada.
Después de media hora de caminar bajo el ardiente sol, al fin puedo divisar los pisos superiores del hotel, camino un poco más animado. Cuando llego a la entrada, veo a Fidel cruzando el Lobby, me quedo consternado, ¿será todo parte de una trampa? ¿Acaso de una mafia? Decido no perderle el rastro otra vez, lo sigo sigilosamente, él camina sin preocupación alguna por las calles de La Habana, camiseta sin mangas, lentes oscuros grandes y jugueteando con un palillo entre los dientes, pienso que estoy loco mientras lo sigo, es probable que me vuelva a meter en problemas, a la vuelta de la esquina veo a Lucero con unos jeans apretados y una camiseta negra, lo está esperando, me escondo para observar, él se acerca, hablan algo y ella le da un beso en la mejilla, se me ocurre que se irán juntos, pero para mi sorpresa ella le hace una señal de despedida y se aleja, espero unos segundos y me olvido de Fidel, estoy otra vez sobre la pista de Lucero, ella camina rápido y en el horizonte veo aparecer el mar. Ella camina rumbo a la playa, yo me acerco cada vez más, la veo detenerse y encender un cigarrillo, se queda mirando el océano, el viento mueve sus cabellos y yo no sé si enfrentarla o abrazarla. Me acerco lentamente y digo su nombre, ella voltea y me mira como si no me reconociera, yo no sé qué decirle. La abrazo. Ella me deja hacerlo, no sé por qué lo hace pero siento que llora sobre mi hombro. Quiero preguntarle sobre mi pasaporte pero no me atrevo aún, trato de consolarla primero. Siento su aliento húmedo, su espalda fina y el calor de su cuerpo, más caliente aún en este clima tropical. La miro y veo esos ojos negros ya sin pestañas postizas, ella me besa con ternura, y yo le correspondo. Luego se detiene y me dice que el pasaporte está en el hotel, sin dejarme responder o preguntar me toma la mano y mira el horizonte, me dice que sueña con salir de Cuba, me pide perdón por haberme robado. No sabía que el pasaporte estaba en la cartera, solo vio el dinero y huyó, me dice que el dinero que me quitó es lo que necesitaba para completar lo que le hace falta para irse de la Isla. Yo me siento conmovido, ya no sé qué pensar, pero algo me dice que es un cuento que ella misma se cuenta y que realmente cree a pesar de no ser verdad, solo para justificar su proceder. Sin embargo sé que si de mí dependiera me la llevaría conmigo. Voltea otra vez y me da un beso en los labios, otro en la frente y me dice “Adios mi Ángel”, y se va caminando por el largo malecón. Yo me quedo mudo observando su silueta con el fondo del mar caribe.
Camino con paso cansado rumbo al hotel otra vez, ya debe ser la una de la tarde, al llegar veo a dos policías cubanos sentados en una mesa de la cafetería con Patricio. Me detengo y no me decido a avanzar, no sé lo que ha pasado. ¿Patricio los llamó? ¿Me están buscando por la redada en la casa de las putas? Con paso lento me acerco a la mesa, Patricio se pone de pie y me abraza, me dice que había llamado a la policía porque no aparecía, me pregunta donde estuve y le digo que le explicaré luego, inteligentemente me guiña un ojo y despide amablemente a los policías. Ellos preguntan si pueden quedarse a terminar su café, los acompañamos un rato sin hablar y luego se van. Le cuento a Patricio mi aventura, se ríe y me recomienda ir a la recepción, efectivamente una persona ha dejado un sobre para mí. Lo abro y dentro de él está mi pasaporte con una pequeña nota y una dirección, sonrío y la mujer me dice que un caballero lo entregó al medio día. Me imagino que fue Fidel por encargo de Lucero, le agradezco a la recepcionista y le pido que lo guarde hasta mi retorno, necesito ir a comer algo y decidimos ir a almorzar con Patricio.
* * *
Tres meses después, en el aeropuerto de Lima, espero ansioso en la zona de desembarque de vuelos internacionales, veo venir a Lucero con su enorme maleta y sus ojos negros brillantes de alegría. La abrazo y la beso, ella me sonríe y me entrega un libro de poesía cubana, lo abro y en la contra tapa leo escrito a mano: “Cuídela mucho, lo primero que ella me dijo el día que lo conocí a usted fue: `le robé al hombre del que me enamoré.´ Suerte a los dos. Fidel.”
sábado, 30 de junio de 2012
LO QUE TENIA QUE PASAR (Cuento)

“Nada de lo que pasa, pasa porque sí, decía Tasurinchi, el seripigari del Kompiroshiato. Todo tiene su explicación, todo es causa o consecuencia de algo. Tal vez. Hay más diosecillos y diablillos que gotas de agua en la cocha y el río más grandes, decía. Andan mezclados con las cosas. Los hijos de Kientibakori para desordenar el mundo y los de Tasurinchi para conservarle su orden.”
El Hablador. Capítulo VII. (Mario Vargas Llosa)
Como lo habían hecho durante siglos sus ancestros yaminawas y machiguengas, lanzó al río el pedazo de carne, esta vez una ubre de vaca sujeta de un gancho de metal atado a una cuerda. Minutos después varios peces mordían la carne grasosa, Pablo se sentó bien en la canoa y sacó la carnada, separó los peces grandes de los chicos, los chicos los devolvió al agua, los grandes abrían y cerraban sus bocas en la canasta, desesperados en busca del aire, primero rápido, luego más lento, hasta que su alma dejaba el cuerpo vacío para irse al Inkite.
Pablo repitió la operación un par de veces más, siempre salían más peces chicos que grandes, los chicos había que soltarlos al río, que sigan viviendo, si no Kashiri, la luna y Tasurinchi el soplador se habrían de enojar. Pablo pescaba para comer, para vender y nada más. Su abuelo le había enseñado así, en cambio el blanco viracocha mata por matar, caza para colgar los pellejos en sus paredes, para reír después, para nada. Por eso el blanco no es feliz, tiene rabia en su corazón, por eso los blancos siempre andan con las miradas tristes, pensó.
Horas más tarde, poco después del amanecer, volvía a su hogar, en una comunidad con no más de cincuenta casas, separadas entre sí por largos campos de yuca y arroz, delimitados por fecundos bananos, altos árboles de castaña y frondosos copazús. En el cuarto estaba todavía durmiendo Marina, desnuda sobre la cama. Pablo la llamó, ella se desperezó sobre el colchón pero no abrió los ojos. Pablo no se molestó, no dejaba que la rabia inunde su corazón, Marina no tenía sangre machiguenga ni yaminawa, ella era descendiente de viracochas, sus abuelos habían sido caucheros, caídos después en desgracia, no les quedó otra alternativa que hacerse agricultores. Ella pensaba diferente, comía distinto, no le gustaban las costumbres de su gente.
Cuando Marina se despertó Pablo ya había cocinado el pescado, algo de yuca y plátano maduro. Se sentó en la mesa de madera y empezó a comer, ella se acercó y se sirvió. No hablaron durante varios minutos. Él se sentía incómodo, tres o cuatro días antes había empezado a sentir algo raro en su mujer. La notaba lejana, distraída y con rabia. Él sabía que la rabia es mala consejera. Esperaba que le dijera que estaba pasando.
– ¿Esta noche también vas a ir a pescar? – le preguntó ella.
– Sí – contestó él con algo de comida todavía en la boca – anoche no he pescado mucho, solo para comer. Estos días hay solo peces chicos en el rio.
Ella no contestó. Se quitó la ropa, se envolvió con una toalla a altura del pecho y salió a darse un baño.
Pablo se quedó pensando, no hablaba mucho. Se había acostumbrado a eso. El no era de los que hablan, a él le gustaba escuchar, pensar. Le gustaba creer que entendía a los loros, a los monitos enanos del monte, a los simios grandes de nalgas coloradas, a las cigarras y las ranitas verdes de dedos largos que terminaban en graciosos redonditos. Se quedó pensando en Marina. Ya habían tenido problemas antes, con el compadre José. Doña Camila, su vecina, una mujer mayor a la que le gustaba trabajar la chacra de sol a sol, le había contado que había visto una noche al compadre entrando a su casa, a la anciana le dio curiosidad porque sabía que Pablo había salido a pescar, así que despacito se acercó, y vio por una rendija de las tablas del cuarto que el compadre se montaba a la mujer. Al día siguiente, apenas tuvo oportunidad le contó. Él se controló, siempre supo que la rabia traía desgracias. Se puso las sandalias y caminó a la casa del compadre, lo encontró tendido en la hamaca. No levantó la voz, no hizo escándalo. Con la voz baja y con calma le dijo a José:
– Compadre, la próxima vez que usted se meta en mi casa cuando yo no esté, voy a venir a buscarlo, pero con el machete en la mano.
José quiso explicar, pero Pablo no lo dejó, se dio media vuelta y se fue con la misma calma con la que había venido. A la noche siguiente José tomó sus pocas pertenencias y se fue a vivir a la ciudad.
Nunca le reclamó a Marina, no habría sabido como reclamarle, su madre decía que hay mujeres que no se pueden controlar. El cumplía como debe ser, mejor cuando había tomado un poco de masato. Marina lo buscaba en las noches y a veces en las mañanas o por las tardes y él nunca la había dejado rogar. En ocasiones ella le pedía más, Pablo discretamente se hacía el desentendido. No quería discutir.
Se quedó pensando si el compadre no habría vuelto a las andadas. Mientras Marina se bañaba se levantó y fue al cuarto, revisó la cama, el colchón, la almohada, había un olor raro, ajeno. En los pies de la cama halló sobre la sábana unos pelos cortos negros y duros. Sabía que no eran suyos ni tampoco de su mujer. Tenía que ser el compadre otra vez. No le pareció bueno lo que estaba pasando. Alguna desgracia tendría que suceder después. Pensó y reflexionó qué hacer, no se atrevía a preguntarle a Marina, ella lo negaría.
Estuvo todo el día intranquilo pero callado, ella más bien parecía estar enojada otra vez, todo le molestaba. Él limpió la tierra alrededor de las yucas, cortó la maleza alrededor de los bananos para que no vengan a esconderse las serpientes. En el atardecer preparó sus aparejos de pesca. Los peces carnívoros pican fácil con la ubre de vaca, pero no son tan cotizados como los otros, los que comen gusanos e insectos. Estos últimos se venden mejor, pero su pesca daba más trabajo también. Acomodó la red, un poco de yuca seca y plátano, también su machete y esperó que la noche estuviese por caer para partir.
Calculó la hora y partió. Caminó como siempre por el sendero que lleva al meandro del río, cerca del cual se forma una pequeña laguna, una cocha como le dicen en la zona. Cuando se apartó lo suficiente del pueblo, se sentó a la sombra de un árbol. Sacó un pedazo de plátano y esperó. Miró la luz del sol perderse en el horizonte, el cielo se fue tornando celeste, amarillo, rosado, luego azul brillante y finalmente se manchó de negro, las estrellas aparecieron una tras otra y el monte quedó bañado con la luz plateada de Kashiri. El barullo de los bichos de la selva se hizo omnipresente. Trataba de no pensar. No servía de nada llenarse de rabia, lo que tendría que pasar pasaría. Se puso de pie, recogió su bolso y se dio cuenta recién que, distraído como estaba, se había sentado al pie de un árbol de mango, era una mala señal, alguna desgracia habría de pasar.
Caminó hacia su casa de nuevo, a varios metros antes de llegar se escondió a la sombra de los árboles. Marina estaba afuera, recostada en la hamaca, tomando el fresco de las primeras horas de la noche, luego la vio ir a la cocina, preparar algo de comer, nuevamente salió , sentada en un tronco que hacía de banca bebió algo, tal vez mate o café, comía de un plato, tal vez el pescado que quedó de la mañana. La vio entrar a la casa para volver a salir otra vez envuelta en una toalla, seguramente a tomar un baño en la parte de atrás, regresó. De allí nada, pasaron minutos interminables, él estaba acostumbrado a estar horas así, de cuclillas, paciente, solo mordiendo una ramita o una hoja, a veces de limón, a veces de jergónsacha, acompañado de sus pensamientos. No supo cuanto tiempo pasó, tampoco vio como llegó, pero había una sombra en la puerta de la casa. Por la estatura y el perfil estaba casi seguro de que era el compadre José, sin embargo se confundió un poco cuando lo vio cojear, no recordaba que el compadre cojeara. ¿Y si era otra persona? Esperó para asegurarse. Lo vio entrar a la casa y algunos minutos después la lámpara se apagó, Kashiri en el cielo daba su luz, era suficiente. Caminó despacio sin hacer ruido, se acercó a la casa y husmeó por las tablas, abriendo bien los ojos, allí sobre la cama, iluminados tenuemente por las migajas de luz lunar que entraban por las rendijas estaban los dos, ella rodeando con las piernas el cuerpo del compadre, ambos cubiertos tan solo por una ligera sábana, Pablo agachó la cabeza y meditó, no debía actuar con rabia, solo desgracias podían pasar, ahora había confirmado lo que quería saber, era mejor ir al río a pescar, dejar enfriar la cabeza, volvió a mirar en el interior y apareciendo por debajo de la sábana vio algo que lo dejó estupefacto. Miró otra vez y los amantes habían cambiado de posición, ya no pudo confirmar lo que creyó haber visto, se pasó un nudillo por los ojos, respiró y se levantó despacio. Tenía que ser un error.
* * *
Minutos antes, en el interior de la casa de Pablo, en su propia cama, Marina esperaba la llegada del compadre José, como lo había hecho durante toda la semana y todas las noches en que su marido se había ido a pescar; había dejado la puerta sin tranca, y cada noche lo esperaba desnuda cubierta tan solo por una sábana.
Sintió el crujido de las bisagras y la luz de la luna entrar al cuarto por la abertura de la puerta, el compadre rápidamente se quitó la ropa y se deslizó bajo la sábana, Marina sintió su cuerpo desnudo, la textura de su piel endurecida por el sol y el trabajo en el campo, su olor acre, el pecho firme, las piernas velludas, lo rodeó con las piernas y se dejó poseer. Mientras lo sentía en su interior le hablaba al oído, le reclamaba por haberse dejado extrañar tanto, de porqué se había ido la otra vez sin decir nada, ni avisar, la falta que le había hecho su fuego, su calor, su pasión. Él no contestaba, la poseía con una fuerza animal y emitía algún que otro gruñido, para ella eso era suficiente, era feliz siendo suya, reclamándole su ausencia pero amándolo, mordiéndole los hombros cada vez que la hacía llegar el éxtasis de esa manera sobrenatural. Se montó sobre él, lo disfrutó con lujuria, sabía que al terminar solo se pondría de pie y se iría, como siempre, sin dar mayores explicaciones ni muestras de cariño. Era mejor, quedarse así, sin discusiones, sin palabras, pasar el día completo con solo con las ganas de volverlo a ver...
* * *
Pablo se había alejado unos metros, recogió su machete y la bolsa con las redes, la yuca y el plátano. No tenía ánimos para ir a pescar. Había hecho una promesa y tenía que cumplirla. Le había dicho a su compadre que lo iría a buscar machete en mano si volvía a meterse a su casa. Decidió aprovechar la noche. La ciudad quedaba a solo treinta kilómetros. Llegaría en la madrugada, lo esperaría al bandido en su propia casa. Empezó a caminar, sin prisa, respirando a cada paso, manteniendo el control, sentía el sudor brotando por la parte baja de su nuca, donde nace el cabello, formaba gotas que se deslizaban por su cuello y se detenían donde su piel se unía con la ropa, empapando la camisa. Cada cierto tiempo tomaba un pedazo de yuca o de plátano, se lo metía en la boca, masticaba lento, al ritmo de la respiración, de sus pasos. No quería dejar que la rabia entre en su cuerpo. Lo que tenía que pasar, pasaría.
Por algunos segundos su mente reconstruyó borrosamente la visión que había tenido cuando miró en el cuarto de su casa, no podía ser, sacudió la cabeza y se puso a pensar en otra cosa. Tenía que estar atento, en la noche la trocha es cruzada por lagartos, capibaras, sachavacas, otorongos y muy a menudo por tarántulas y víboras. Caminaba firme.
Cuando todavía faltaba una hora para clarear, llegó a la ciudad. No sabía dónde vivía su compadre, pero no era una ciudad grande, trescientas familias a lo mucho, la municipalidad, un puesto de vigilancia, un juzgado de paz, un mercadito pequeño; se dirigió allí, las vendedoras de fruta y verdura ya estaban armando sus puestos, hizo algunas preguntas discretas respecto a la casa de su compadre, no fue difícil que lo ubicaran, recibió algunas indicaciones y se puso en marcha. Veinte minutos después llegó a una casa de madera modesta, sin pintar, de techo de planchas de zinc, empuñó su machete con fuerza y respiró lentamente, sin embargo se dio cuenta que era inútil, él no habría podido llegar antes que él, con seguridad tocó la puerta y salió una mujer joven preguntado quién era.
Pablo quedó devastado con la noticia, en su cabeza las cosas se revolvieron, aparecieron imágenes confusas, como si hubiese tomado ayahuasca y la mareada hubiese resultado mala, sintió nauseas, sin despedirse de la muchacha, salió caminando rápido hacia las afueras de la ciudad, caminó rápido, muy rápido, respirando, sentía en sus sientes la sangre palpitando dentro de las venas, apretó los dientes, una camioneta pasó por su lado, hizo señas con los brazos y se detuvo, conocía al conductor, varias veces le había vendido pescado, le pidió por favor que lo lleve, el tipo le hizo una seña para que se suba atrás. En la tolva, sacudido por los baches de la trocha, Pablo trataba de pensar. Sabía que alguna desgracia habría de pasar. Cuando las cosas pasan, pasan por algo. Debió darse cuenta anoche, ¿pero de qué habría servido? Tal vez todavía estaba a tiempo para evitar la desgracia.
Una vez en la comunidad se bajó de la camioneta y dio las gracias. Caminó rápido, asentando con fuerza los pies en el barro endurecido por el sol, apretando los dedos de la mano alrededor del mango del machete. Sentía que la rabia se apoderaba de él, pero ¿qué más daba ahora? Se dejó ir, lanzó su bolsa al camino polvoriento y corrió machete en mano por los sembríos de yuca, entre los bananos, jadeando, sudando, sin parar. Llegó hasta su casa, se detuvo, el corazón retumbaba en su pecho, su cuello, manos y antebrazos dibujaban venas en relieve, respiró hondo y entró.
Sobre la cama una enorme mancha de sangre fue todo lo que halló. Revisó con cuidado, encontró otra vez los pelos negros duros y cortos. Sobre los tablones del piso, dibujadas con sangre las marcas de pisadas que no eran de humano, eran de cabra: el Chullachaqui. Pablo, al tiempo que caía de rodillas y hundía la cabeza entre sus hombros recordó con pesar y ya sin rabia las palabras de la muchacha: “lo siento mucho, el señor José, su compadre, murió hace dos semanas.”
* * *
La tradición machiguenga cuenta que la forma de reconocer a un diablillo es porque cojea, se dice también que en la selva amazónica uno de ellos, el Chullachaqui, puede tomar la forma del ser que se añora, a fin de engañar a la víctima y luego llevársela a sus dominios. Lo único que no puede transformar a voluntad son sus patas de cabra. Una vez que tiene a su víctima, nadie sabe que hace luego con ella.
domingo, 29 de enero de 2012
CAFÉ (Cuento)

“Cuando tu boca me toca
Me pone y me provoca
Me muerde y me destroza
Toda siempre es poca
Y muévete bien, que nadie como tú me sabe hacer café.”
Miguel Bosé
Arduildo se sentó de un golpe sobre la cama, los treinta y dos grados de temperatura a la sombra y el sol ardiente que entraba al cuarto deslizándose por las rendijas de los tablones de la pared lo hicieron despertar. Estiró los brazos y se levantó, caminó desnudo, acariciando con los pies descalzos la madera cruda del piso de la casa, las calaminas de zinc en el techo empezaban ya a concentrar el calor. En la cocina Cidmara terminaba de preparar el café, Arduildo se le acercó despacio por detrás, sin hacer ruido, seducido por esa silueta voluptuosa, imponente, de caderas sinuosas y senos turgentes, apenas cubierta con una blusa ligera, sin ropa interior. Cuando estuvo a un paso del cuerpo soberbio de su mulata clara, la tomó de la cintura con ambos brazos con un rápido movimiento cual veloz felino y la mujer pegó un grito que retumbó dentro de la pequeña vivienda. Arduildo se echó a reír.
– ¡Me has asustado! – dijo ella sonriendo con todos sus blancos dientes, pero sin despegarse del cuerpo de su marido.
Arduildo seguía riendo, le besó el cuello, los hombros y buscó con su pelvis las caderas de la mujer, ella lo detuvo.
– Tómate tu café primero – le dijo, mientras colocaba una pequeña taza sobre la mesa y a su lado un plato de plástico con galletas y queso.
El hombre asintió y se sentó, comió despacio y acercó a sus labios la taza, aspiró con profundidad el intenso aroma del café recién pasado; siempre le gustó el aroma del café y en especial el que preparaba Cidmara, en los tres años que vivían juntos no había probado otro igual, ciertamente no recordaba haber probado uno igual en toda su vida. Mientras bebía, miró por la ventana abierta, a través de ella se podían ver las copas verdes y frondosas de los árboles de la selva, el olor del bosque tropical inundaba la casa y se metía en sus pulmones, era un día soleado que prometía ser radiante.
Luego de hacer el amor como todos los días con su mujer, Arduildo se dio un baño y se fue feliz montando bicicleta a su trabajo en el centro de Xapurí.
Una vez en el supermercado, dio los buenos días a sus compañeros y entró al vestidor a ponerse el uniforme, luego preparó el carrito con los productos que reabastecerían los anaqueles y se dirigió a hacer su trabajo antes de que se abran las puertas al público.
Cuando etiquetaba barras de jabón en el pasillo cuatro, se acercó un compañero de trabajo, Joao, y discretamente le susurró:
– ¿Te has dado cuenta de cómo te mira Luana?
– No, ¿cómo? – contestó displicente Arduildo.
– Pues con cara de querer estar contigo
– Yo ya tengo mi mujer.
– Pero una mujer nunca es suficiente – replicó Joao.
– Para mí sí – contestó el hombre mientras empujaba su carrito rumbo a otro pasillo, a sus espaldas escuchó la voz de Joao con tono burlón:
– Luana tiene razón entonces …
Más tarde, a la hora del almuerzo, en el patio de atrás del supermercado, Arduildo por simple curiosidad le preguntó a Joao que era aquello en lo que Luana tenía razón.
– Pues ella diciendo por ahí que no le das confianza ni le prestas atención porque tu mujer te tiene embrujado.
– No juegues hombre, ella habla así porque no le hago caso.
– Puede ser que tengas razón, a las mujeres de aquí no les gusta ser rechazadas y menos si son tan guapas como Luana – reflexionó Joao – pero de que te han hecho macumba, yo creo que sí hermano – agregó.
– ¿Y qué macumba crees que me han hecho?
– Yo no sé, pero Luana dice que tu mujer te da café pasado en la calcinha.
– ¡Esas son supersticiones Joao! – exclamó sonriente Arduildo.
– Ni supersticiones ni nada, mi abuela decía que en estos pueblos, la mujer que quiere retener al hombre y tenerlo a su disposición cuela el café recién preparado en su calzón usado, bien oloroso… y con eso lo tiene siempre fiel sin que fije en otras mujeres.
– ¡No seas asqueroso Joao! – solo a ti se te ocurre una barbaridad así.
– Yo no sé hermano, pero con lo que contaba mi abuela, yo me hago mi propio café en casa.
Ambos rieron de buena gana y terminaron sus refrigerios, pero la idea quedó rondando en la mente de Arduildo por varios días.
Aproximadamente una semana después, Arduildo aturdido por las dudas, casi no durmió. Se mantuvo atento al momento en el que Cidmara, con el primer rayo de luz, se levantara de la cama. Se hizo el dormido y la vigiló con un ojo a medio abrir. La observó salir del cuarto, ir al baño y luego la escuchó llenando agua en el calentador y encendiendo la cocina. Se levantó silencioso como una pantera, la vio abrir la bolsa de café molido y verter un par de cucharadas en la olla, luego una cáscara de naranja, la observó esperando el agua hervir, luego ella apagó la hornilla y él se quedó petrificado cuando la descubrió sacándose la truza que tenía puesta y luego de deslizarla por sus largas piernas canela, usarla para colar el café. Regresó a la cama y trató de pensar, de concentrarse, pero no lo logró; fingió despertarse recién y caminó como siempre desnudo a la cocina, se sentó a la mesa y se quedó absorto y confundido mirando el círculo negro humeante en la taza frente a él. Levantó la vista, observó a Cidmara, fuerte, sensual, la recordó ardiente en la cama, desenfrenada, sintió un cosquilleo en su bajo vientre y su sexo inundarse de sangre a tropel, la deseó con todas sus fuerzas, tomó la taza de café caliente y se la bebió de un golpe, sin importarle quemarse la boca, como quien bebe un néctar divino. Dejó la taza vacía en la mesa y se levantó mostrando orgulloso su virilidad en plenitud, Cidmara sonrió coqueta y se abrió la blusa dejándola caer a sus pies, él la abrazó y besó sus labios carnosos, su cuello fino, sus hombros suaves, sus pezones inhiestos; hicieron en el amor por horas sobre la mesa de madera de la cocina, contra la pared, sobre las sillas, en el piso, sudorosos, extasiados, dionisiacos, sin reservas, sin tiempos, hechizados para siempre y por la eternidad por el embrujo de un amor perpetuo escondido en el aroma afrodisiaco de una taza de café.
domingo, 2 de octubre de 2011
EL MANANTIAL (Cuento)
Luego de tomar un baño se sentó en la modesta mesita para revisar los planos mientras esperaba. Unos minutos después tocaron a su puerta. Abrió y ante él estaba un hombre de mediana estatura, sosteniendo un sombrero sobre el pecho y saludando con una amplia sonrisa decorada por un frondoso bigote blanco.
– Ingeniero, buenos días. Vengo a llevarlo a los baños – le dijo.
– Gracias, usted es….
– Soy Manuel Dávila – contestó rápidamente el hombre con el acento de la zona y haciendo una venia a cada término de frase – para servirlo Ingeniero, soy concejal de Huancarqui, el alcalde me ha pedido que lo lleve a los baños. Que lo guie ingeniero.
– Gracias de nuevo – replicó Vargas, mientras tomaba su mochila con la lap top – ¡Vamos!
En la recepción del hostal había una guapa mujer, de traje, esperándolos. Era la asesora legal de la municipalidad. Como era la única que tenía auto, le habían pedido que los ayude en el traslado del ingeniero a pesar de que el manantial solo estaba a tres kilómetros de distancia. Se presentó rápidamente, Dana Sánchez era su nombre. Subieron al vehículo y se dirigieron al sur.
– ¿Es usted de Lima? – preguntó la abogada a Vargas.
– No – contestó el mirando el paisaje por la ventana del automóvil – soy arequipeño.
– No parece – dijo la mujer con algo de coquetería – no tiene el aspecto ni el acento.
– Las apariencias engañan doctora, estudié mi carrera en Arequipa, pero estuve viviendo unos años en Estados Unidos haciendo una especialidad y trabajando un poco.
– ¡Ah! ¡Qué bien! Yo también estudié derecho en Arequipa – contestó Sánchez.
– ¿Y por qué se regresó Ingeniero? – preguntó curioso Dávila.
– Las cosas allá no son lo que parecen, últimamente con la crisis económica la situación se puesto difícil para los inmigrantes. Actualmente es más fácil conseguir trabajo de pintor de brocha gorda que de ingeniero. Además el Perú se ha puesto de moda. Por eso volví.
Se quedaron en silencio, Vargas recordando el intenso amor no correspondido, cuyas heridas todavía no cicatrizaban, que lo empujó a regresar al Perú, Sánchez soñando con esas avenidas de Miami que había visto en la televisión donde le gustaría ir a comprar ropa cara algún día y Dávila en el asiento de atrás pensando en que si él pudiera ir a Estados Unidos trabajaría de pintor de brocha gorda, de albañil, de barrendero aunque sea, pero no regresaría nunca aunque lo boten.
Cuando llegaron al lugar bajaron del auto y Vargas empezó a tomar fotos, mientras iba preguntando detalles. Sánchez y Dávila le explicaban. El lugar se llamaba Chancharay, famoso por sus ojos de agua de los cuales brotaba una cristalina y fresca corriente que terminaba formando un manantial. Le explicaron a Vargas que el agua tenía propiedades milagrosas, curaba el reumatismo y ayudaba a la cicatrización de heridas, además de hacer desaparecer la esterilidad en las mujeres. Si se bebía, curaba cualquier dolencia estomacal. Mucha gente venía de diferentes lugares del Perú y bebían el agua, se la llevaban en botellas o se bañaban en la piscina que había antes de que la crecida del rio la destruyera. La municipalidad estaba interesada en reconstruir la piscina y convertir el lugar en un atractivo turístico de primer orden.
– ¡Qué interesante! – dijo Vargas sin dejar de tomar fotos.
– Claro – agregó Dana Sánchez - además de los petroglifos de laja, nuestra comida a base de camarones, nuestro arroz, la fruta, también los maicillos, los biscochos…
– Huancarqui había sido una joya – interrumpió Vargas – ¿y cómo sabe usted tanto doctora? – preguntó.
– Yo me eduqué en Arequipa, pero soy de aquí, al igual que mis padres.
– Interesante…
Vargas caminó hacia el auto y anotó algunas cosas en su computador.
– Bueno creo que ya tengo los datos suficientes para el diseño del proyecto, solo me faltan dos cosas. Tengo que tomar fotos del lugar en la tarde antes del ocaso y mañana temprano al amanecer para determinar el ángulo del sol. ¿Creen que podríamos regresar más tarde y mañana?
– Por mí no hay problema – dijo Dávila, luego hizo el gesto de sostener un timón entre sus manos – pero no sé si la doctorita…
– Yo tampoco tengo problema Ingeniero – dijo Dana.
* * *
Al atardecer la abogada pasó por el hostal donde se hospedaba el ingeniero Vargas para llevarlo de nuevo a Chancharay. Excusó a Dávila que no había podido venir por causa de sus obligaciones en la municipalidad. En el camino el ingeniero le comentó a Dana Sánchez acerca de lo agradable que le había resultado el almuerzo.
– Así es – dijo Dana – aquí se come muy bien. Y ya no me diga doctora, puede decirme Dana.
– Muy bien Dana, yo soy Alonso.
– Mucho gusto Alonso – replicó ella sonriendo.
Luego de tomar las fotos que requería, Alonso se sentó unos minutos a ver el atardecer. Siempre le habían gustado las puestas de sol. Volteó para comentar con Dana las tonalidades que había adquirido el cielo y la notó visiblemente incómoda.
– ¿Nos vamos? – preguntó ella.
– Disculpa Dana, fui egoísta, seguramente tienes cosas que hacer.
– No, no es eso. Tal vez pienses que es una tontería, pero los Huancarquinos nunca nos quedamos de noche por aquí.
– ¿Y eso a que se debe?
– Bueno, no te rías por favor Alonso. La gente del pueblo dice que al anochecer, en este manantial aparecen sirenas que seducen a los hombres para apropiarse de su alma…
Alonso no pudo evitar lanzar una carcajada.
– ¿Ya ves?
– Pero Dana, usted es un una profesional, ¿cómo va a creer en esas cosas?
– Me sigues llamando de usted. Y bueno, creo y no creo. Mi razón me dice que es un mito, pero uno crece escuchando esas cosas todo el tiempo, es difícil sacarse la idea, además soy algo miedosa.
– No tenga… perdón, no tengas miedo Dana – dijo Alonso – mira, yo regreso caminando. No quiero perderme este atardecer. Después de todo son solo tres kilómetros hasta el hostal.
– ¿Estás seguro?
– Lo estoy.
– Está bien – dijo Dana dirigiéndose al auto, volteó y agregó - ¿Y mañana?
– Apenas amanezca, quiero ver por donde sale el sol – señaló Alonso.
– Paso por ti entonces.
– De acuerdo Dana. Gracias.
– De nada.
Alonso se quedó sentado sobre una piedra, mirando el horizonte, fotografiando de rato en rato los tonos de naranja y rojo que se desplegaban en el cielo. Los pocos turistas que había cerca se retiraban lentamente. Pensó en lo bonito que quedaría el proyecto que tenía pensado, la construcción tendría una cúpula de vidrio templado para ver el atardecer, un restaurant de primera contiguo a la piscina, un sauna, juegos para los niños, podría agregar una discoteca o pub, lo podrían llamar “la Sirena” para aprovechar el mito popular. Ya se imaginaba la entrada: una especie de túnel marino con acuarios en las paredes, con la escultura de una sirena sensual de senos descubiertos recibiendo a los turistas nacionales y extranjeros. Oscureció. Metió la cámara en su mochila junto con su laptop y se levantó para irse, ya de pie se detuvo un momento a ver las estrellas apareciendo. La luna en cuarto creciente ayudaba a la visibilidad, era un espectáculo precioso. La cúpula de vidrio que había planeado serviría también para ver las estrellas, podía imaginar todo el conjunto, comensales de todas las nacionalidades cenando a la luz de las velas con el cielo estrellado sobre ellos. Tenía que pensar la manera de reducir la luz exterior para evitar que disminuya el contraste. Miró alrededor y le pareció escuchar unos gemidos. Sonrió, probablemente alguna pareja de turistas traviesos se había quedado escondida para hacer el amor bajo las estrellas. Caminó unos pasos rumbo a la pista y escuchó que lo llamaban con susurros seseantes. Volteó, pero no había nadie. “Qué extraño” pensó “deben ser las sirenas” se dijo y sonrió; caminó un trecho pequeño y tuvo la sensación de estar olvidando algo. Nuevamente volteó pero ya no se distinguía con claridad la piedra en la que estuvo sentado. Sacó su celular y presionó una tecla para que la pantalla le sirva como linterna, volvió sobre sus pasos y revisó, no había nada. Cuando se incorporó estuvo a punto de gritar del susto.
– ¡Dana! – exclamó – casi me matas de la impresión.
– Disculpa, pasé por el hostal para invitarte a cenar y me dijeron que no habías vuelto, me preocupé y vine a buscarte.
– Gracias. En verdad este lugar da miedo en la noche. Pero con la correcta iluminación quedará bien cuando terminemos el proyecto.
– ¡Eso espero! – dijo Dana sonriendo.
Abordaron el auto y Dana manejó hasta la ciudad, una vez allí Alonso subió a su cuarto, se cambió rápidamente de ropa, se aseó un poco y salió nuevamente. Fueron a cenar a un pequeño restaurant frente a la plaza principal. Hablaron mucho y rieron más. Tomaron algunas copas y se contaron fragmentos de sus vidas. Al terminar salieron del lugar, una vez en la calle Dana se ofreció a llevar a Alonso a hostal.
– Pero Dana – protestó Alonso – el hostal está a doscientos metros. No se preocupe.
– Mira el cielo Alonso – dijo Dana ignorando la protesta – ¿no te parece lindo?
– Sí – asintió él levantando la vista – es espectacular, precisamente eso estaba disfrutando en Chancharay antes de que llegaras.
– ¿Quieres ir a ver las estrellas desde Chancharay? – preguntó emocionada Dana.
– ¿No te da miedo?
– Contigo no – dijo ella sonriente.
Subieron al auto. En unos minutos estaban de nuevo en el manantial. Descendieron y se quedaron hipnotizados por el espectáculo de la vía láctea cruzando el espacio. Alonso iba contando las estrellas, recordando sus nombres, identificando constelaciones, la cruz del sur, el escorpión… cuando de pronto sintió el aliento suave de Dana en su cuello y sus brazos rodeando su cintura, el calor de su cuerpo pegado al suyo, las manos de ella acariciaban ya su pecho y él se dejó llevar. Volteó y estaba allí frente a él esa mujer preciosa a la luz tenue de la luna y las estrellas. Ella se quitó la casaca de piel, sin prisa, luego la blusa y el brasier. Su piel parecía brillar, como si estuviese mojada. Se besaron apasionadamente y terminaron de desnudarse. Apoyados en el auto se acariciaron a pesar del frio, las manos de Alonso resbalaban por el cuerpo excitado de Dana como si estuviese cubierta de una fina capa de aceite exótico, su olor marino lo volvía loco. La besó con desesperación, su mente trató de ligar los recuerdos y no lo consiguió, sabía que antes había amado a alguien en un lugar lejano pero no podía recordar a quien ni dónde. Se sintió caer el suelo y trató de abrir los ojos pero un extraño sopor lo consumía. Sentía las caricias de ella, los besos, luego su vulva caliente y húmeda apoderándose de su virilidad. Tenía la sensación de estar en medio de un sueño brumoso, el ambiente se tornó húmedo, pegajoso. El sexo ya no era placentero, más bien doloroso sin embargo no podía dejar de sentir una rara excitación que mantenía en vigor la cópula. Logró distinguir la figura de la mujer montada sobre él, gozando una y otra vez, pero él solo sentía una angustia tormentosa y cada vez menos fuerza en su cuerpo. Quería dejar de sentir, pensar en otra cosa pero no podía; quiso escapar pero sus músculos no le respondían, de pronto y contra su voluntad sintió los estertores del orgasmo, recordó esa sensación de la adolescencia de la eyaculación no deseada. La mujer gimió con intensidad moviéndose más rápido y él acabó. Ahora solo quería ir a casa, ella sin embargo se mecía lentamente sobre él disfrutando seguramente su propio orgasmo, su cadera dibujaba sinuosas líneas, su pelvis trazaba imaginarios círculos concéntricos, para su sorpresa su erección no se había perdido, si no que más bien se mantenía, ella ignorándolo por completo empezó de nuevo el ritual, Alonso no podía articular palabra, solo quería escapar mientras la mujer seguía disfrutando. Quiso gritar pero lo atrapó esa horrible sensación de las pesadillas de querer gritar y que las cuerdas vocales no emitan sonido alguno. ¿Sería una pesadilla? Solo entonces notó que sus ojos estaban húmedos, estaba llorando en silencio.
* * *
Con los primeros rayos del sol, Manuel Dávila lo despertó. Alonso trató de incorporarse pero estaba sumamente débil. Dávila que parecía conmocionado, le pidió que no se mueva, estaban trayendo la camilla de la posta. Al parecer lo habían asaltado porque lo habían hallado desnudo sobre la tierra luego de que salieran a buscarlo cuando les informaron en el hostal que no había ido a dormir. Alonso miró alrededor y se dio cuenta que estaba en Chancharay, lo último que recordaba era estar tomando fotos del atardecer. Lo cubrieron con una manta y lo subieron con cuidado a la camilla. Escuchó a un policía avisándole a Dávila que habían encontrado su mochila y su ropa. Alonso respiró aliviado, estaba preocupado por los planos del proyecto. Mientras lo subían a una camioneta a guisa de ambulancia, el policía que había encontrado las cosas se acercó a Dávila.
– ¿Si es un asalto porqué no se han llevado la computadora ni la cámara?
– No parece asalto teniente – dijo Dávila – el ingeniero ayer pesaba por lo menos diez kilos más. ¿Ha visto cómo tiene los ojos hundidos?
– ¿No me diga que usted también cree en esos cuentos de sirenas? – se burló el teniente.
– Todo es posible – contestó Dávila suspirando – todo es posible.
En la camioneta Alonso se alegraba de que no le hayan robado la computadora, solo se sentía débil, algo pegajoso y unas raras placas pequeñas y transparentes, parecidas a escamas cubrían partes de su piel.
martes, 30 de agosto de 2011
VARADO EN EL DESEO (Cuento)
Apenas llegó a la ciudad Rafael sintió que se había trasladado a otra dimensión. Mientras el chofer del auto que había alquilado para traerlo bajaba las maletas, él se quedó mirando el horizonte infinito sin edificios, el cielo azul limpio y aspiró profundamente el aire perfectamente respirable. Pensó en que una de las maravillas del Perú, era que todavía hubiesen pueblitos como este donde uno se sentía diferente, por decirlo de alguna manera. Le pagó al taxista y entró al modesto hotel, que según su secretaria era el mejor de la ciudad de entre los únicos tres que había. Se registró y rápidamente se dio un baño. Tenía que encontrarse con los ejecutivos chilenos que estaban interesados en construir un casino en esta localidad. Luego de la larga y poco productiva reunión – ya que los inversionistas se dieron con la ingrata sorpresa que prácticamente no había forma de sanear los terrenos ofrecidos por la municipalidad a corto plazo y que las redes de agua, desagüe y fluido eléctrico eran menos que precarias – regresó al hotel. Allí se dio cuenta que la pequeña ciudad no sólo tenía los problemas advertidos por los ejecutivos de la transnacional, si no que prácticamente no había internet y la señal de telefonía era de pésima calidad. Pasó cerca de media hora tratando de comunicarse con su secretaria para confirmar el retorno a Lima, cuando lo logró su humor cambió al enterarse que su vuelo se había cerrado por mal tiempo y que el siguiente sólo saldría el domingo al medio día. Colgó ofuscado, pero fiel a su modo de ser, tomó el control de la situación y decidió quedarse en el pueblo hasta el domingo temprano para descansar y explorar las oportunidades de negocio para el futuro.
Era viernes por la tarde y la pequeña ciudad empezaba a cobrar una ligera agitación propia del fin de semana. Se acomodó bajo la sombra de uno de los frondosos árboles de castañuela de la modesta plaza principal y vio jugar a unos niños y cómo algunas tienditas de los alrededores se iban convirtiendo en improvisados bares con el transcurso de las horas.
Al oscurecer los mosquitos perturbaron su descanso, se puso de pie y caminó hacia la vía principal, cenó un bocado rápido, allí lo atendió correctamente una guapa mujer madura de ojos claros que hablaba un fluido español pero con un marcado acento portugués.
Al terminar pagó la cuenta y se fue a descansar. La mujer se despidió cortésmente, pero no pudo dejar de sentir un cosquilleo cuando ella le clavó los ojos al decirle “buenas noches doctor”. Por supuesto no le llamó la atención que la mujer se dirigiera usando esa expresión, sabía perfectamente que en el Brasil se llama “doctor” por cortesía a cualquier funcionario de alto rango. Seguramente la mujer habría pensado que él era un funcionario del estado o algo similar. Una vez en su cuarto encendió el ventilador y durmió rápidamente.
Al día siguiente el fuerte calor lo expulsó de la cama. Tomó un baño y salió. Sus pies lo dirigieron automáticamente al mismo lugar donde había cenado la noche anterior. Escogió una mesa en la terraza del restaurant, desde donde podía ver la calle y el movimiento de la gente. Desayunó y lo atendió la misma mujer. Le preguntó su nombre, se llamaba María Aparecida do Todos os Santos, pero prefería que la llamen Aline. A Rafael nunca le había quedado claro por qué en el Brasil los sobrenombres son tan distintos a los nombres propios. En el Perú Tito puede venir de Ernestito, Nano, de Juan, Juano. Lita de Amalia, Amalita. Jana de Alejandra. Pero en Brasil a Joao se le decía Sisinho, a Edinés la llamaban Duce, cosa similar con los vistosos sobrenombres de jugadores de fútbol, caso emblemático: Edson Arantes do Nascimento - Pelé.
Rafael terminó el desayuno, quería ir a caminar, pero de pronto el cielo se cerró en menos de cinco minutos y una copiosa lluvia inundó las calles. Se volvió a sentar y pidió un café, el ambiente se prestaba para un cigarrillo. Preguntó si vendían cigarros pero Aline le ofreció uno de su propia cajetilla y con toda la confianza del mundo se sentó en la mesa.
Hablaron de todo un poco. Aline le contó que era carioca, nacida en Rio de Janeiro, administradora de profesión, andaba en este pueblo perdido de Dios en busca del padre de su hija, un peruano que había escapado llevándose todos sus ahorros. A ella se le había acabado el dinero y ahora trabajaba en este restaurant, haciendo de moza y gerente al mismo tiempo por un poco de comida, techo y algo de dinero.
Rafael no contó mucho, solo algunas cosas generales y se dedicó a ver como llovía, la gente en las calles, el sol, las nubes otra vez, lluvia, sol. Almorzó en el mismo sitio, por la tarde con el aire fresco, desistió de moverse. Cada vez que disminuía la cantidad de comensales, Aline se sentaba con él y hablaba sin parar. Se fue haciendo de noche. Fue al hotel a darse un baño, antes se despidió afectuosamente de Aline y le agradeció su compañía. En el hotel trató de ver la televisión pero se aburrió rápidamente, salió nuevamente y de pronto estaba otra vez en el restaurant de Aline, estaba cerrando. La ayudó, una vez que terminaron, Aline suspiró y caminó a la congeladora, trajo dos cervezas heladas y se sentó. Hablaron un poco más, Rafael terminó su cerveza y se puso de pie para despedirse, Aline también se levantó, pero al despedirse le dio un beso en los labios que fue correspondido. Se besaron largamente, acariciándose, juntando los cuerpos, hicieron el amor de pie, a medio vestirse, acariciándose por encima de la ropa, hurgando por debajo de ella, sudorosos, sin importarles la incomodidad, se encontraron en esa soledad, lo hicieron luego en silencio, sintiéndose con cuidado, al ritmo del vaivén de una ola moribunda, Aline lo empujó suavemente al suelo, se montó sobre él, se deslizó sobre su cuerpo hasta que ambos estallaron al mismo tiempo. Rafael se quedó tendido en el piso de madera, en la penumbra, Aline se sentó con la espalda apoyada en la pared, a medio vestir y encendió un cigarro, fumándolo en silencio.
Rafael se acomodó la ropa y se sentó al lado de Aline, no tenía nada que decir, tal vez fuera mejor callar. No sabía si abrazarla o acariciarla. Parecía tan frágil pero ajena al mismo tiempo. Minutos después se puso de pie y se fue.
Durante el vuelo a la capital, recordaba a esa extraña mujer de ojos verdes. Ciertamente fue un encuentro intenso, lo repasó con todos sus detalles, alguna conexión se produjo con esa mujer y él, la ausencia de palabras, las miradas, se comunicaron a través de la yema de los dedos, de los labios, sintió que la comprendía totalmente cuando la vio a contraluz, sentada en el piso, fumando, apoyada en la pared, con el cabello desordenado.
Años después, Rafael seguía recordando ese encuentro como uno de los más intensos de su vida, con todos sus detalles, y a esa mujer como la una de las muy pocas que logró romper sus barreras, e ingresar a su corazón, aunque sea por una noche.
sábado, 27 de agosto de 2011
SEXO, EROTISMO Y AMOR
Usted necesita contratar un gerente para su empresa. Luego de evaluar cuidadosamente las hojas de vida de los candidatos, realiza la verificación de los datos consignados en ellas, toma los exámenes, practica largas entrevistas y tediosas evaluaciones, finalmente medita profundamente acerca de la información recogida, ajusta los datos al perfil deseado y escoge al más adecuado para el puesto.
Ahora usted necesita contratar para su empresa obreros. Acepta usted a diez de ellos sin más requisito que la copia de su documento de identidad y los pone en periodo de prueba. En el camino los menos calificados o problemáticos serán despedidos y finalmente se quedará con los que mejor se hayan adaptado a las necesidades de la empresa.
Seguramente y al margen de que sea usted un empresario real o esté participando hipotéticamente de este ensayo, usted concordará conmigo en lo siguiente:
– Un obrero no calificado difícilmente llegará a ser gerente.
– Usted no puede correr el riesgo de poner gerentes a prueba “para ver cómo les va”.
– Usted no puede paralizar las actividades de la empresa para hacer un largo proceso de selección de obreros.
– El daño que causa una mala decisión de un gerente no se compara al daño que causa una mala decisión de un obrero.
– Los buenos gerentes son mucho más difíciles de conseguir que los buenos obreros.
– Un obrero por bueno que sea, es prescindible, y
– Cualquier gerente podría realizar el trabajo de un obrero no calificado, satisfactoriamente. Ningún obrero puede realizar el trabajo de un gerente de manera satisfactoria.
Ahora, cuando una persona busca el amor de su vida, debería buscarlo como si se tratara de un gerente. Entonces: ¿Por qué insistimos en buscar gerentes usando procedimientos para obreros y viceversa?
El sexo puro es una necesidad biológica cuyo único fin es la perpetuación de la especie. A diferencia de él, el erotismo y el amor son creaciones del intelecto humano y por tanto propios solo de nuestra especie.
La mezcla aparentemente inseparable de sexo, al que llamaremos apropiadamente erotismo o sexo erótico, y el amor proviene de la tradición cristiana, donde el discurso inculcado es que el sexo (erotismo) es un pecado y que solo se justifica cuando está legitimado con el manto del amor.
Esta concepción es estrictamente cristiana. Los griegos y romanos habían separado apropiadamente el sexo erótico, del amor, al punto que incluso tenían deidades distintas para su culto. Los romanos en particular establecieron el matrimonio como una institución de derecho civil, donde el amor poco o nada tenía que ver, y que servía básicamente para asegurar el patrimonio de las familias. Así el Pater Familias podía tener concubinas e hijos extramatrimoniales sin que esto afectara los derechos de la cónyuge y los hijos nacidos dentro del matrimonio. Los griegos por su parte tenían amantes jóvenes del mismo sexo, en el entendido que el amor solo podía darse entre personas igualmente educadas y sensibles, la contraparte eran varones jóvenes llamados efebos. Cuando el griego decidía casarse y formar una familia, en una ceremonia culminaba la relación con su efebo y le entregaba algún valioso regalo de despedida. En el oriente, para los samurái, el amor verdadero solo era posible entre dos samuráis (entiéndase entre dos hombres) y la relación con la mujer era básicamente reproductiva.
Entonces, en la cultura occidental y luego de la instauración del cristianismo, ante el miedo al pecado, que está profundamente arraigado gracias a dos mil años de un adoctrinamiento religioso y notablemente machista, a la mujer le costó durante mucho tiempo aceptar la idea de tener solo sexo o del encuentro erótico puro.
A esto se debe agregar la variable que durante casi la totalidad de estos últimos dos mil años, la virginidad y el sexo han sido las únicas herramientas de poder de las mujeres. Cosa que afortunadamente viene cambiando en décadas recientes, gracias al empoderamiento de ellas y su capacidad de acceder a profesiones, posiciones de negocio y cargos importantes. Ello ha determinado que la herramienta del sexo como aseguramiento de un marido y eventualmente un patrimonio vaya siendo dejada de lado.
Sin embargo, el paradigma del sexo ligado al amor todavía se sigue transmitiendo a las nuevas generaciones en muchas familias. Las madres enseñan a sus hijas a soñar con príncipes azules, gerentes diremos en nuestro ejemplo. Pero en el manual de instrucciones que les entregan a estas, está el procedimiento de búsqueda de obrero. Luego de allí vienen las decepciones y las inevitables frustraciones.
Analicemos:
Una muchacha joven sabe que no debe entregar “su prenda” fácilmente, porque es una chica de su casa. Eso le garantiza además una buena reputación. Sale con algún muchacho, este como cualquier muchacho adolescente sabe que debe derribar estas barreras. Esto provoca una situación no esperada por las madres: El muchacho se ve obligado a mentir. Claro, si dijera directamente que solo desea sexo erótico, sería inmediatamente expulsado. Entonces juega con la idea del amor, con expresa conciencia de que está mintiendo. Lo hace por un objetivo claro, no olvidemos que a esas alturas de su vida la urgencia hormonal es mayor que cualquier valor inculcado. Finalmente a costa de la mentira consigue su objetivo. Dos consecuencias: La primera es que luego inventará una excusa para terminar la relación. La muchacha comprenderá que ha sido utilizada y culpará al género, luego, los hombres tienen la culpa de su desgracia. La segunda es que el muchacho habrá comprendido que la mentira es un vehículo útil para conseguir sus objetivos, y que la verdad en estos casos solo asegura el fracaso. Optará por la mentira y hará de esta una práctica cotidiana, reforzando el concepto de que la responsabilidad de la desgracia femenina es del género: los hombres.
Súmese a esto el drama si la muchacha era virgen y le reclama este hecho al enamorado. Como a casi todos seguramente les consta ya sea por experiencia personal o de alguien cercano, tendremos una relación que durará meses y tal vez años, con una serie de altibajos tormentosos, hasta terminar finalmente. Su único sustento durante el tiempo que duró fue la culpa.
Las muchachas que tienen más claro el panorama podrán discriminar entre si lo que desean es una relación a largo plazo (un gerente) o algo más sencillo y ligero (un obrero). Tal vez se me puede tildar de demasiado liberal al exponer estos conceptos, pero obsérvese el impacto colateral. Es mínimo. El muchacho al saber que puede exponer libremente lo que desea, probablemente no se verá obligado a mentir. Ella no se decepcionará.
El único problema que tiene esta variable es la llamada reputación de la muchacha. Pero nótese que el tema de la reputación viene con el paquete del paradigma cristiano machista. Es decir que ese paradigma también deberá cambiar con el tiempo. Pero mientras cambia, una forma inteligente es la selectividad. Una muchacha debe ser lo suficientemente inteligente como para no buscar una relación esporádica con el “lengua larga” del barrio. Tal vez alguna muchacha que lea esto esté pensando en este momento “pero uno no elige de quien enamorarse”. Ojo, no estoy hablando del gerente, estoy hablando del obrero.
Cuando se vincula el sexo con el amor, aceptando que el segundo es mucho más complejo que el primero, sin entrar en definiciones, resulta que se mezclan los requerimientos de gerente y obrero. Recordemos: cualquier gerente podría realizar el trabajo de un obrero no calificado satisfactoriamente. Ningún obrero puede realizar el trabajo de un gerente de manera satisfactoria.
El sexo erótico tiene fines muy específicos, el amor es una cuestión que aborda una serie de sentimientos y situaciones colaterales, una de ellas, el sexo, pero no se agota en él.
Si usted es una muchacha joven, no tan joven o madura, pero está buscando el amor de su vida. Hágalo, todos tienen el derecho a hacer esa búsqueda. Busque un gerente, tómese su tiempo. Tome un café, converse, averigüe que lee él, que come, si cocina, si lava su ropa, si su mamá lo engríe, si le pega a sus hermanas, si lastima a los animales o los cura, si lanza botellas de plástico en bosque, si se expresa con groserías o no, si tiene buena cabeza cuando bebe. El aspecto físico es importante, pero secundario, usted está buscando un gerente. No lo olvide. Si por el contrario, usted piensa salir esta noche a pasar un buen rato, escoja un buen espécimen y cuénteme mañana que tan bien calificado estaba ese obrero.
domingo, 31 de julio de 2011
GUAPOS Y GUAPAS DEL PERU
En primer lugar hay que definir qué es ser guapo. Para este caso, vamos a establecer o delimitar el objeto en estudio. Para toda referencia a la palabra guapo o guapa en esta nota y solo para efecto de esta nota, reitero, entenderemos solo la belleza física, pura, sin considerar simpatía, carisma, inteligencia, don de gente, belleza espiritual, etc.
La belleza física es contextual, es decir que tiene que ver con cómo se ve cada cosa al lado de las demás. La distancia de los ojos a la nariz, y luego de esta a los labios, el ancho de estos últimos y como se insertan en el rostro.
Al respecto hay tres teorías, las que no son excluyentes si no que se unen entre sí:
La teoría de las proporciones:
Es la más reciente. Establece que los objetos (incluyendo rostros y cuerpos) que percibimos como bellos tienen proporciones matemáticas y geométricas basadas en el número de Fibonacci. El número de Fibonacci es una progresión en la que el número siguiente es la suma de los dos anteriores. Arranca en 1, el anterior es cero o nulo, entonces 0 más 1, 1, luego 1 + 1 = 2, después 2 + 1 =3, así:
1 - 1 - 2 - 3 - 5 - 8 - 13 - 21 - 34 - etc.
La mayoría de plantas crecen formando hojas en esa proporción al igual muchos caracoles respecto a las curvas de su concha. En el cuerpo humano esas proporciones se cumplen en la distancia del hombro al codo, del codo a la muñeca y la mano, en los cuerpos que consideramos proporcionados, como en los cuadros de Da Vinci o las esculturas de Miguel Ángel. Lo mismo sucede con la distancia entre los ojos o la proporción frente, nariz y boca.
La teoría de la salud – la supervivencia de la especie:
Entre las funciones o necesidades más básicas del ser humano están la alimentación y la reproducción. Ambas cumplen la finalidad de garantizar la supervivencia del individuo y la especie. Cuando un individuo busca reproducirse, es decir tener sexo, se siente atraído por otro individuo con características físicas que representen un estado saludable de manera que se puedan garantizar buenos genes para la próxima generación. Así en un inicio de la especie el macho buscaba en la hembra senos voluminosos y caderas anchas, estos garantizaban una buena alimentación al futuro vástago, el embarazo seguro y el parto poco traumático. La hembra buscaba en el macho hombros anchos y músculos fuertes, a fin de que este pueda garantizar el sustento mediante la caza y la recolección. Esta búsqueda se ha mantenido hasta la actualidad a pesar del desarrollo, dado que está íntimamente ligada a nuestro código genético.
Otros indicadores son el aspecto de la piel, brillo del cabello, el volumen muscular, la agilidad, rapidez, etc. Que no son otra cosa que variable que le dan al cerebro información acerca de la salud del otro individuo. La teoría de la proporción se mezcla con esta por cuanto en la naturaleza la proporción o simetría son signos de salud.
La teoría de los promedios:
Esta teoría indica que nuestro cerebro genera un ideal conforme a un algoritmo que produce un promedio de todos los rostros que vemos. Así para nuestro cerebro el rostro más bello es aquel que encaja mejor con el promedio generado.
Esta teoría explica muchas cosas, como por ejemplo porqué a una muchacha de un pueblo andino no le resultan atractivos los miembros de su propia comunidad. La respuesta está en el acceso a televisión y revistas, sin contar todavía a internet. Los medios de comunicación masivos nos entregan diariamente miles de imágenes que en la mayoría de casos no se corresponden con nuestra realidad cotidiana. Entonces lo que se produce es una distorsión de la realidad porque la llamada belleza visual que buscamos (en función al promedio que ha generado nuestro cerebro) no se corresponde con los sujetos que existen en nuestro medio real.
Ese es el gran daño (entre otros) que causa la televisión. Muchachas de rasgos indígenas o mestizos consideran como ideal de belleza a jóvenes castaños de ojos azules y lo mismo ocurre con chicos que desprecian a sus compañeras y piensan que la modelo rubia de ojos verdes y cuarenta y cinco kilos es la pareja perfecta. El problema no es que la persona no pueda a la larga encontrar a una pareja con esos requisitos físicos, el problema es la falta de identidad con su grupo étnico y por tanto una falta de identificación consigo mismo. No es raro el caso de muchachos y muchachas que niegan su etnia y sus orígenes y en consecuencia sufren por ese hecho generando, a la larga, traumas internos que al no superarse deterioran su autoestima.
El cerebro si bien está diseñado para captar toda la información que se le brinde, y al hacerlo nos aleja de la integración con el grupo social, variando el propósito original del promedio que era la identificación con el grupo para fines de supervivencia.
* * *
En consecuencia como se podrá dar cuenta el lector, las tres teorías se integran. El modelo de guapo de un adolescente peruano actual es el promedio de los actores de moda en Hollywood más los actores de la series televisivas limeñas, que por cierto se esmeran en mantener el perfil europeizado, si bien existen galanes con rasgos andinos, la proporción es menor y en esta caso no estamos hablando de cuota o participación cultural si no de promedios.
El problema respecto a la última teoría no tiene solución, sobre todo si hay falta de educación. ¿Cómo convencer a las personas que los pilotos de fórmula uno, los surfistas australianos y los futbolistas daneses no son más guapos que cualquier buen muchacho de los andes puneños? ¿Cómo convencer a las personas que las rubias californianas, las modelos italianas y las actrices zuecas no son más guapas que las lindas chicas de Huancayo? La teoría del promedio es poderosa, y más poderoso aún es el condicionamiento social que ejercen el resto de víctimas de la teoría de los promedios basada en el modelo televisivo.
Alguien me comentó: ¿Porqué no hay hombres realmente guapos en el Perú? La respuesta es que si hay, solo que depende del promedio mental de quien mira. Si se está buscando frente al promedio de la televisión, (para mi generación los Brad Pitt, Tom Cruise, Jhonny Deep, etc.) entonces no hay, salvo que sean descendientes más o menos directos de europeos como el piloto Hart, Diego Bertie, Cristian Mayer o Jaime Bayly en el Perú. Es decir peruanos guapos, conforme al modelo europeo: sí hay, pero precisamente porque son descendientes más o menos directos de europeos. ¿Cuándo valorizaremos a los Yupanqui, a los Condori y Mamani? ¿Son guapos y guapas? Yo creo que sí, pero tenemos que replantear nuestros estándares.
Los que tenemos la oportunidad tenemos que mirar mejor al interior del país y el grupo social, así como redescubrimos la cocina, el arte y la cultura, mirémonos a nosotros mismos como lo que somos. Admirar nuestras pieles morenas (que resisten mejor los rayos del sol), nuestros rostros cobrizos con vivaces ojos negros y pardos, nuestras imponentes narices aguileñas y aprendamos a sentirnos como lo que somos y sentirnos orgullosos de ello, mestizos saludables, peruanos guapos.
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