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miércoles, 20 de febrero de 2013

EL CHE


Para muchos el Che Guevara es el tipo de las camisetas. Para los de mi generación y muchas generaciones anteriores y posteriores es un ícono. No necesariamente un ícono positivo por cierto para todos. La figura del Che genera simpatías y rencores, detractores y simpatizantes. Es polémico y por tanto histórico.

Esta es una de las notas que más trabajo me ha costado hacer, y si no la hago ahora, no la haré nunca. Llevo ya en la idea casi un año, desde mi fugaz paso por La Habana. Instintivamente luego de mi regreso de Cuba quise escribir acerca del Che, habiendo visto los lugares donde estuvo y las calles que lo vieron pasar. Sin embargo, rápidamente me di cuenta que no iba a ser una tarea sencilla, así que quise hacer un trabajo con toda la rigurosidad histórica posible y entre marzo y noviembre del dos mil doce leí, escuché y vi todo lo que pude acerca del Che Guevara.  Ciertamente se ha hablado mucho de él, hay tantas biografías que me pareció finalmente ocioso redundar respecto a esos temas. Abandoné la idea de la rigurosidad histórica, mi análisis será entonces personal y más visceral que racional.

Se ha dicho que el Che fue un sanguinario sin corazón, un tipo racista que detestaba el aseo y que en la revolución aprovechó para hacer aflorar sus más abyectos instintos. Del otro lado de la línea se ha dicho que era un líder natural, un visionario, desprendido de su propio proyecto de vida en favor de los menos favorecidos y la libertad de las naciones. Se han creado una serie de mitos en favor y en contra. Desde la muerte de Camilo Cienfuegos por orden de Fidel Castro a pedido del Che hasta su misión suicida en Bolivia.

Nadie puede meterse en la mente de las personas, cualquier especulación es sencillamente eso, un truco de prestidigitación que pretende adivinar el pensamiento de los sujetos a través de sus hechos. ¿Era Guevara realmente un líder desprendido, creyente ferviente de la revolución y la libertad de los pueblos? ¿O era sencillamente un tipo que sufría de una febril paranoia, mesiánico y oportunista? Nunca lo sabremos a ciencia cierta.

“Por sus hechos los conoceréis”, reza la frase y gran parte de los hechos del Che fueron registrados, por la prensa, los fotógrafos, los biógrafos y por él mismo a través de sus diarios y libros. Invocando a grandes rasgos episodios de su vida, esta tuvo que estar marcada por importantes hitos del siglo XX, Guevara nace el año 28, debido a su asma queda recluido en casa adquiriendo el hábito de la lectura. Este dato es de vital importancia. Curiosamente, de acuerdo a sus biógrafos y él mismo, leyó a esa edad los mismos autores que yo leía en la adolescencia: Emilio Salgari y Julio Verne. Guevara por cierto no era pobre, más bien de clase media alta. Cuando Guevara tenía entre quince y veinte años, que es la edad de los cuestionamientos y contradicciones, corrían los años cuarenta y tres a cuarenta y ocho, en plena guerra mundial y el peronismo en Argentina. Sospecho que tuvo que haber oído luego acerca de los abusos nazis y el juicio de Núremberg (1945-1946), esos hechos más lo dramático del movimiento político argentino debieron influir necesariamente en él.

Más adelante y luego de culminar sus estudios de medicina, emprende un largo viaje por Sudamérica que le cambia la vida. Viaja junto a su mejor amigo Alberto Granado, que por cierto,  me atrevo a afirmar que no es para nada el personaje que presenta la película “Diarios de motocicleta”, Granado fue preso político en la secundaria, así que al parecer estuvo desde temprano involucrado en la política, cosa que no le sucedió a Guevara  que toma interés mucho más tarde por ella, precisamente en este periplo por los países latinoamericanos.

No daré muchas vueltas a su biografía, baste decir que en este viaje pudo ver las condiciones de la clase obrera latinoamericana y sus penurias, así como las aún vigentes dificultades de la clase campesina. Los que hemos viajado por el interior del país cuando menos, sabemos que hay una distancia enorme entre el reportaje periodístico o televisivo y la realidad que le toca vivir a miles de compatriotas, me parece que esta experiencia de vida fue determinante también para el futuro del Che.

Otro elemento que me parece crucial de este viaje de Guevara fue su acceso a los Siete Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana de José Carlos Mariátegui. Este tuvo que haber sido el detonante, Guevara había visto el problema y probablemente le había causado el dolor que siente todo latinoamericano al ver a sus hermanos en esas condiciones, pero no tenía la posible solución, Mariátegui se la aportó, cuando menos en embrión.

Los Siete Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana es un libro que todo peruano (y latinoamericano), sin importar su filiación política, debería leer. Lamentablemente la gente hoy en día lee menos. No se puede comprender el problema social del Perú y de Latinoamérica si no se lee este texto, es triste que nuestros jóvenes no estén siquiera cerca de saber quién fue Mariátegui, al margen de las ideas, partidos y posturas.

Luego de este viaje la percepción de la realidad latinoamericana de Guevara tuvo que haber cambiado. No voy a hacer una reseña de la revolución cubana, porque existe amplia información respecto a ella en la red. Quiero enfocarme en la crítica a Guevara: Se afirma que era un tirano despiadado e inmisericorde. Existen reportes en los que Guevara habiendo ordenado fusilar a desertores y contrarios, estos finalmente se habían salvado gracias a los buenos oficios de Camilo Cienfuegos.

Trato de ponerme en las botas de Guevara, al mando de un ejército de rebeldes, en medio del monte, con pocas municiones, armas imprecisas. Se desarrollaba la revolución bajo el principio de guerra de guerrillas. ¿Era prudente en estos casos dejar a los enemigos y traidores a salvo? ¿Encerrarlos? ¿Dónde? No tenía un ejército regular ni cuarteles. Si seguimos la filosofía de Sun Tsu, el guerrero no debe dejar enemigos en pie, pues estos se levantarán y volverán con mayor fiereza. ¿Hacía lo correcto Guevara al no dejar enemigos a sus espaldas? Es discutible, pero lo que sí tengo claro es que no se puede afirmar a rajatabla que estas decisiones lo hicieron, per se,  un líder sanguinario.

De otro lado, Guevara comprendía que la revolución exigía un grado de compromiso sumamente alto. “Un cubano que no defendía la revolución era un cubano contra la revolución”, se solía decir. Si bien es cierto se permitía que los que no querían luchar se alejaran de las zonas de guerrillas, la traición no estaba permitida. ¿Esta regla de no permitir la traición, con el costo de la vida del traidor, era una práctica vedada? No me parece. Habría que analizar al asunto a la percepción del momento. Con la percepción de hoy y a la luz de las resoluciones de Corte Interamericana de Derechos Humanos, no sería aceptable; pero precisamente de eso se trata, de no incurrir en la falacia de juzgar los hechos de 1959 con los ojos del 2013.

Guevara creía firmemente en la necesidad de participar él personalmente en las grandes gestas revolucionarias, al parecer sí poseía una personalidad mesiánica. Se puede leer entre líneas, en sus cartas cuando se va a África (El Congo) y luego a Bolivia, que se siente llamado a luchar por la libertad de esos pueblos.

La gente que lo conoció lo recuerda como un tipo ordenado, organizado, puntual, claro y preciso. El gobierno de Estados Unidos se ha encargado durante años de financiar y promover campañas con el ánimo de desprestigiar al Che, hoy en día eso ya no tiene sentido. Los jóvenes confunden a Guevara con Don Ramón o Cantinflas. Es una tristeza.

La muerte del Che en 1967 trajo lo que se quiso evitar, su ejecución se hizo con la clara intención de no darle espacio en la prensa y no convertirlo en un héroe. Se produjo todo lo contrario, se creó un mito. Sucede siempre (guardando las distancias): Jesús, Mozart, Lennon y Mercury por citar algunos ejemplos. Personajes que quedan en el imaginario popular como jóvenes eternos, héroes populares y románticos. La magia que los envuelve, la pregunta de ¿Qué habría pasado si hubiesen vivido más? los hace más intensos e interesantes. Eso mismo pasó con el Che.

A mí lo que me causa fascinación es la revolución cubana, que ciertamente es La Revolución, al margen de la perniciosa dictadura de los Castro, me pregunto siempre: ¿Qué habría pasado si no se le hubiese impuesto el embargo económico a Cuba? ¿Sin el bloqueo? ¿En que se hubiese convertido Cuba con el desarrollo sostenido que parecía tener en los primeros años? ¿No sería una potencia hoy? ¿Se habría irradiado el socialismo a toda América? De hecho eso asustó a los americanos, ¿pero habría sucedido?

La Revolución Cubana me parece uno de los hitos históricos más importantes de Latinoamérica, y el Che Guevara fue una pieza importantísima si es que no determinante. Ernesto Che Guevara, el gran Camilo Cienfuegos, Fidel Castro, y otros que pasarán bien o mal a la historia nos regalaron una de las gestas más heroicas. Mi juicio personal es que Guevara cumplió su rol, ordenó las prioridades de la revolución y las ejecutó disciplinadamente. Sospecho que era del tipo de persona que habría ejecutado a su propio hermano si hubiese incurrido en traición. Me parecen coherentes sus acciones, me parece también que se le ha idealizado demasiado, olvidando que fue también un ser humano con sus imperfecciones. No lo justifico, lo comprendo.

Finalmente, los resultados de la Revolución Cubana a la luz actual son cuestionables, pero ¿Quién que haya escuchado a Silvio Rodríguez y leído algo sobre el Che Guevara en su temprana juventud no soñó por lo menos por un instante, salir al monte, a la guerra, con un fusil en bandolera a luchar por la libertad? ¿O, cuando menos, entre humo y metralla contento y desnudo, ir matando canallas con un cañón del futuro?

viernes, 31 de agosto de 2012

PERDIDO EN LA HABANA (Cuento)

Cuando salimos del aeropuerto de La Habana hacía un sol radiante, luego del trámite en migraciones y el cambio de euros por moneda cubana, estábamos listos para una gloriosa semana de vacaciones. Una vez en el taxi rumbo al hotel, aprovechamos para preguntarle al chofer algunas dudas básicas acerca de la ciudad, este nos recomendó amablemente recorridos clásicos y nos hizo advertencias útiles para cualquier turista. Nos confirmó que nuestros celulares no funcionarían durante toda la estadía, pues en Cuba la red es local y no existe roaming, el internet era un privilegio y a lo mucho podríamos encontrarlo con limitaciones en algún computador del lobby del hotel.  Durante el trayecto, ante nuestros ojos apareció ciudad de La Habana y pudimos ver a lo lejos la Plaza de la Revolución y las enormes siluetas del Che Guevara y Camilo Cienfuegos.

Más tarde ya nos habíamos instalado en el hotel,  luego bajamos a la recepción y le preguntamos al botones dónde ir a almorzar, el tipo nos miró de arriba a abajo pero con buena intención y nos dijo:
– ¿Mexicanos?
– No, peruanos. – respondimos al unísono.
Sonrió y nos explicó rápidamente cómo esquivar a los jineteros que siempre pretenden aprovecharse de los turistas, nos recomendó dos lugares apropiados para almorzar, uno de ellos de comida local típica y otro de cocina internacional, nos dio algunas pistas para no perdernos y al final mirando por encima de nuestros hombros y a los costados, nos dijo que estaba prohibido traer mujeres al hotel. Nosotros sonreímos como quien no había pensado en esa posibilidad y le agradecimos al tiempo que salíamos felices a caminar las calles de La Habana.

Luego de almorzar fuimos a pasear por La Habana Vieja, fue una tarde inolvidable, las construcciones coloniales congeladas en el tiempo adquirían un brillo dorado provocado por el sol escondiéndose en ese atardecer tropical.  Al anochecer estábamos de vuelta en el hotel, decidimos descansar  un rato. A las dos horas Patricio me llamó por el teléfono  y me preguntó si ya estaba listo; le pedí que me diera diez minutos y salté de la cama rumbo a la ducha luego de colgar.

Aprovechamos para tomar un par de mojitos en un lugar recomendado por el hotel, a pocas cuadras, luego caminamos un poco y como nos habían advertido nos encontramos con cubanos vestidos de elegantes truhanes, los jineteros, que querían ofrecernos mil servicios, desde los más truculentos hasta los más formales, y siempre un bar donde habían, increíblemente, bebido juntos y fumado habanos, Fidel, el Che y Hemingway; sin embargo lo afirmaban con tanta vehemencia que estuve a punto de dejar de creer en mis profesores de historia y en los libros que había leído y lanzarme a creer a ojos cerrados en estos simpáticos isleños.

Cansados por el día, regresamos al hotel, eran casi las once de la noche, rumbo al ascensor nos encontramos con un letrero en la marquesina, “Noche de salsa” decía en letras doradas, nos miramos con Patricio y decidimos subir al piso treinta del hotel donde estaba el salón de baile y pub; pagamos los diez euros de la entrada y nos sentamos en una mesa. El lugar es espectacular, está lleno de turistas de distintos países, la mayoría hombres. Disfrutamos de la orquesta y nos tomamos un par de vasos de ron y fumamos habanos que hemos comprando más temprano. De pronto una muchacha muy guapa se acerca a la mesa y nos pide fuego, Patricio caballeroso le enciende el cigarro, ella le da una pitada y nos pregunta si se puede sentar con nosotros, sorprendidos le decimos que sí. Se sienta y nos sonríe, nos dice que se llama Lucero y rápidamente nos damos cuenta que es una profesional. Nos pregunta nuestros nombres y también nos confunde con mexicanos, luego llama a una amiga suya que está en la otra mesa, se sienta y ambas ríen con nosotros.  Algunos minutos después, Lucero, se me acerca y me dice sin mayor preámbulo que por cien euros puedo irme con ella a mi habitación, además hay que pagar veinte euros más para el portero del pub para que no la delate y me repite algo que ya sabía, está prohibido llevar chicas cubanas a las habitaciones.

Lucero es preciosa y yo no resisto la tentación, le explico rápidamente a Patricio y él levanta el pulgar y me desea suerte, me levanto de la mesa y la escultural morena me sigue y no puedo dejar de pensar en esas largas piernas que fluyen infinitas de la microscópica falda blanca, el portero que seguramente ya conoce del trato con antelación estira la mano y le doy los veinte euros, nos pone un sello en las muñecas y salimos rumbo a mi habitación.

Una vez en el cuarto ella toma la iniciativa, se conduce como una experta y yo me dejo llevar, se desnuda y no puedo dejar de ver esa figura fina y perfecta, me mira con sus enormes ojos negros rodeados de pestañas postizas, me habla largo rato, me pregunta mil cosas, hablamos y le cuento historias, le hablo de mi país, de las historias que se, de las que he leído, ella curiosa me pregunta más y más, sonríe con cada cosa que le digo, le digo que es linda, que me gusta su voz, su cabello, sus ojos, ella coquetea y se estira sobre la cama como una gata, luego me quita la ropa y me trata con una ternura propia de quien se vende por placer. Me pregunta si alguna vez hice el amor con una cubana, le digo que no, me besa y se entrega con pasión y noto su esfuerzo en hacer quedar bien a todas las mujeres cubanas, yo disfruto cada instante y me someto a sus caprichos y deseos. Nos amamos intensamente sin amor, a la luz de la luna que entra por la ventana, caemos rendidos y sudando sobre la cama, nos acariciamos con los ojos cerrados. Decido que nunca olvidaré esa noche.

* * *

Abro los ojos y sigue oscuro, no tengo idea de la hora, busco en la mesa de noche mi celular y no lo puedo ubicar, me siento en la cama y enciendo la luz de la lámpara, Lucero no está, me quedo paralizado, voy al baño, no hay nadie, en el balcón tampoco, aprieto los dientes y busco mis cosas, ¡mierda! No está mi billetera ni mi celular, me lanzo al closet y busco mi maleta, está abierta, tampoco está la cartera con el dinero de reserva ni mi pasaporte.  Me siento en el borde de la cama y me siento el tipo más estúpido del mundo.

* * *

Dos horas después sigo sentado en el borde de la cama, fumando y Patricio camina de un lado al otro de la habitación. Hemos evaluado las posibilidades, ir a la policía era imposible, en Cuba la prostitución es un delito, tanto por parte de quien la ejerce como quien la requiere. La única alternativa es ir a la Embajada de Perú en Cuba a primera hora y explicar lo sucedido.  Hemos tratado de llamar a los bancos para cancelar las tarjetas de crédito, Patricio me explica que es un esfuerzo inútil, en Cuba casi no se aceptan tarjetas y menos de bancos privados, todos los bancos son estatales, yo igual no me confío y sigo intentando con el teléfono del hotel.

No puedo dormir, estoy lleno de preocupaciones, trato de informarme en recepción apenas llegan los primeros empleados y me confirman que sin pasaporte no podré salir de Cuba, probablemente pierda el vuelo de regreso. Me da tristeza por Patricio, le estoy malogrando las vacaciones por mi estupidez, él trata de mostrarse de buen ánimo y me recuerda que el viaje ya está pagado, estaremos hoy en La Habana, trataremos de resolver el asunto del pasaporte en la embajada y luego iremos a Varadero como estaba previsto. Le agradezco con cariño y le pido que se vaya a descansar hasta que abra la embajada.

Camino a las mesas que están frente a la barra de recepción y pido un café. Mientras estoy sentado en la mesa, veo a una muchacha de traje corto azul eléctrico satinado que entra con tacos altos al hotel y se acerca a la ventanilla de cambio de moneda, me llama la atención su atuendo de fiesta a esas horas de la mañana, son las ocho y diez. Cuando voltea para dirigirse a la puerta de salida la reconozco, es la amiga de Lucero que se quedó con Patricio en la mesa anoche. Me levanto como impulsado por un resorte y le pregunto a la empleada acerca de ella, me dice que vino a cambiar euros, salgo del hotel y la veo perderse por una calle, no lo pienso y la sigo rápidamente. Ella camina cimbreando las caderas pero sin pausa, yo camino rápido detrás de ella, indocumentado y sin un peso en el bolsillo.

Mi primera idea era seguirla hasta su casa, pero se me ocurre que no necesariamente ese es su destino, que en cualquier momento podría entrar a cualquier sitio o subir a un taxi y yo así como estaba no podría seguirla. A ese punto no sé dónde estoy, me adelanto y la tomo de un brazo, ella se asusta, trato de calmarla, le digo que me llamo Ángel y que estuve anoche con su amiga Lucero. La muchacha niega conocerla, le pido que me ayude por favor, luego me dice que no sabe dónde ubicarla, insisto otra vez, le prometo que no tomaré ninguna acción contra ella, que solo quiero saber dónde  puedo encontrar a Lucero, solo quiero mi pasaporte, puede quedarse con el resto, se lo regalo. La mujer me sonríe y me dice que la siga, camino con ella varias cuadras, las calles se van haciendo cada vez más estrechas y las casas más pobres. Nos detenemos en un viejo portón de madera, ella lo golpea con la palma de la mano y se escuchan voces y pasos. Un tipo flaco y de cabello cortado al rape abre, la muchacha le dice rápidamente que estoy buscando a Lucero, el sujeto me invita a pasar. Se me ocurre que si me asaltan lo único que tengo es la ropa que llevo puesta, no tengo nada que perder y entro.

En el interior el lugar parece un fumadero de opio, solo que en lugar de opio el hedor de la marihuana se hace presente, sé que la droga está prohibida en Cuba, y la cocaína es demasiado cara para los cubanos, así que recurren a la marihuana normalmente, veo prostitutas jóvenes y viejas en los zaguanes de la vieja casa colonial, me imagino que sus maridos o chulos son los pocos hombres que se pueden ver, no parecen parroquianos, descarto la idea de que sea un burdel. Algunos juegan dominó, cartas y casi todos fuman cigarros, algunos pocos habanos. Camino entre ellos y algunos me miran de manera extraña, al fondo veo a Lucero, está sentada casi sobre las piernas de un moreno alto que tiene un jaguar tatuado en el brazo derecho. Me acerco con cortesía pero mi ocasional compañera de viaje se me adelanta:
– ¡Oye chica, acá el peruano te anda buscando!
Yo la saludo con un gesto nervioso y se me ocurre que escapará, sin embargo se queda sentada y me sonríe descaradamente, yo trato de no ponerme nervioso ni dejar que la cólera me gane. Me invitan a sentarme y el moreno me sirve un poco de ron en un vaso. Lucero sin dejar de sonreír me interroga:
– ¿En qué le puedo servir al señol?
– Lucero – le explico con calma – ayer te llevaste mi pasaporte, lo único que quiero es que me lo devuelvas, te puedes quedar con todo lo demás.
– ¿Anoche? Se ha equivocado de Lucero, yo anoche estaba con Fidel –  me dice a carcajadas y me mira desafiante.
– Por favor – le ruego, sintiéndome un idiota, pensando en qué más podía ofrecerle para que me devuelva el pasaporte.
– Espéreme aquí mi Ángel – me dice y me sorprende que recuerde mi nombre. Se pone de pie y otra vez mi corazón late a cien al ver esa figura tallada en ébano.

Yo me quedo sentado y termino el trago que tengo frente a mí, el cubano del tatuaje me sirve otro. Luego me pregunta a qué me dedico, le digo que soy escritor. El tipo me mira a los ojos y me suelta un poema de Martí, luego se recuesta sobre la pared y me pregunta si tengo cigarros. Le digo que no. Se levanta y se acerca a otro tipo, luego vuelve y me ofrece un cigarro, yo acepto, él enciende un trozo de habano, y sin que le pregunte me cuenta que las chicas recogen los trozos de habanos que los turistas dejan en las discotecas, eso es lo que él está fumando ahora.

Una hora más tarde y luego de varios vasos de ron Lucero no vuelve, empiezo a preocuparme, el cubano que bebe conmigo y que dice llamarse Fidel –ahora entiendo la broma que me hizo Lucero más temprano – me ha hablado con admiración de Reinaldo Arenas, de Lezama Lima, y empiezo a sospechar que Fidel no es precisamente un macho latino, pero también se ha emocionado hablándome de Martí, de Emilio Ballagas y del Che. Me dice que ha oído mucho de Vargas Llosa pero que no lo ha leído, los libros de él están prohibidos en Cuba. Empiezo a sentirme mareado, el tabaco fuerte y el ron empiezan a hacer estragos en mi conciencia. En ese momento y con el sol de las diez de la mañana escucho un griterío y el traqueteo de mesas que se caen, una mujer vieja pasa corriendo y grita “la policía”, Fidel me hace una seña urgente para que lo siga y yo no me hago esperar.

Corremos a los saltos por los patios del fondo de la casona, Fidel se monta sobre un muro de adobe y lo salta, yo hago lo mismo con mucho mayor esfuerzo, al aterrizar estoy en medio de una calle antigua y estrecha, cruzando la acera una mujer se abanica en una mecedora en su balcón del segundo piso, me grita y me dice que la policía viene por la derecha, yo corro a la izquierda y he perdido de vista a Fidel, corro a mas no poder hasta alcanzar una esquina, el corazón está a punto de salirse de mi pecho. Quisiera encontrar una tienda donde refugiarme y solo veo casas, dejo de correr y camino con prisa, en la esquina dos policías dirigen el tránsito, trato de calmarme y disminuyo el paso. Al llegar a su lado, ni siquiera me miran, atravieso la calle y recién me doy cuenta que se ha roto irremediablemente el contacto con Lucero, agotado me siento en la vereda, con sueño, mal oliente a tabaco y alcohol, sin un centavo y perdido en La Habana.

Tomo un poco de aire, me incorporo sin ganas y camino unas cuadras a la deriva tratando de ordenar mis ideas, me doy cuenta de que he perdido tiempo valioso para adelantar el trámite del pasaporte en la embajada, Patricio debe estar preocupado sin saber dónde estoy, me acerco a un peatón y le pregunto por el hotel, me da una serie de datos imprecisos; camino instintivamente por la ruta que me señaló tratando de no pensar en nada.

Después de media hora de caminar bajo el ardiente sol, al fin puedo divisar los pisos superiores del hotel, camino un poco más animado. Cuando llego a la entrada, veo a Fidel cruzando el Lobby, me quedo consternado, ¿será todo parte de una trampa? ¿Acaso de una mafia? Decido no perderle el rastro otra vez, lo sigo sigilosamente, él camina sin preocupación alguna por las calles de La Habana, camiseta sin mangas, lentes oscuros grandes y jugueteando con un palillo entre los dientes, pienso que estoy loco mientras lo sigo, es probable que me vuelva a meter en problemas, a la vuelta de la esquina veo a Lucero con unos jeans apretados y una camiseta negra, lo está esperando, me escondo para observar, él se acerca, hablan algo y ella le da un beso en la mejilla, se me ocurre que se irán juntos, pero para mi sorpresa ella le hace una señal de despedida y se aleja, espero unos segundos y me olvido de Fidel, estoy otra vez sobre la pista de Lucero, ella camina rápido y en el horizonte veo aparecer el mar. Ella camina rumbo a la playa, yo me acerco cada vez más, la veo detenerse y encender un cigarrillo, se queda mirando el océano, el viento mueve sus cabellos y yo no sé si enfrentarla o abrazarla. Me acerco lentamente y digo su nombre, ella voltea y me mira como si no me reconociera, yo no sé qué decirle. La abrazo. Ella me deja hacerlo, no sé por qué lo hace pero siento que llora sobre mi hombro. Quiero preguntarle sobre mi pasaporte pero no me atrevo aún, trato de consolarla primero. Siento su aliento húmedo, su espalda fina y el calor de su cuerpo, más caliente aún en este clima tropical. La miro y veo esos ojos negros ya sin pestañas postizas, ella me besa con ternura, y yo le correspondo. Luego se detiene y me dice que el pasaporte está en el hotel, sin dejarme responder o preguntar me toma la mano y mira el horizonte, me dice que sueña con salir de Cuba, me pide perdón por haberme robado. No sabía que el pasaporte estaba en la cartera, solo vio el dinero y huyó, me dice que el dinero que me quitó es lo que necesitaba para completar lo que le hace falta para irse de la Isla. Yo me siento conmovido, ya no sé qué pensar, pero algo me dice que es un cuento que ella misma se cuenta y que realmente cree a pesar de no ser verdad, solo para justificar su proceder. Sin embargo sé que si de mí dependiera me la llevaría conmigo. Voltea otra vez y me da un beso en los labios, otro en la frente y me dice “Adios mi Ángel”, y se va caminando por el largo malecón. Yo me quedo mudo observando su silueta con el fondo del mar caribe.

Camino con paso cansado rumbo al hotel otra vez, ya debe ser la una de la tarde, al llegar veo a dos policías cubanos sentados en una mesa de la cafetería con Patricio. Me detengo y no me decido a avanzar, no sé lo que ha pasado. ¿Patricio los llamó? ¿Me están buscando por la redada en la casa de las putas? Con paso lento me acerco a la mesa, Patricio se pone de pie y me abraza, me dice que había llamado a la policía porque no aparecía, me pregunta donde estuve y le digo que le explicaré luego, inteligentemente me guiña un ojo y despide amablemente a los policías. Ellos preguntan si pueden quedarse a terminar su café, los acompañamos un rato sin hablar y luego se van. Le cuento a Patricio mi aventura, se ríe y me recomienda ir a la recepción, efectivamente una persona ha dejado un sobre para mí. Lo abro y dentro de él está mi pasaporte con una pequeña nota y una dirección, sonrío y la mujer me dice que un caballero lo entregó al medio día. Me imagino que fue Fidel por encargo de Lucero, le agradezco a la recepcionista y le pido que lo guarde hasta mi retorno, necesito ir a comer algo y decidimos ir a almorzar con Patricio.

* * *

Tres meses después, en el aeropuerto de Lima, espero ansioso en la zona de desembarque de vuelos internacionales, veo venir a Lucero con su enorme maleta y sus ojos negros brillantes de alegría.  La abrazo y la beso, ella me sonríe y me entrega un libro de poesía cubana, lo abro y en la contra tapa leo escrito a mano:  “Cuídela mucho, lo primero que ella me dijo el día que lo conocí a usted fue: `le robé al hombre del que me enamoré.´ Suerte a los dos. Fidel.”

miércoles, 29 de febrero de 2012

PUROS CLANDESTINOS

José Manuel nos lleva a la fábrica de ron más antigua de Cuba, curiosos preguntamos el precio de los habanos que vemos en un mostrador, el tendero nos dice que cada uno cuesta aproximadamente cinco dólares. José Manuel nos susurra que más tarde nos llevará a un lugar donde podemos comprar habanos de buena calidad a buen precio.

Más tarde en el taxi José Manuel, mientras conduce, nos cuenta que un negocio habitual en La Habana y al parecer en toda Cuba es tratar de venderle puros en la calle a los turistas despistados, negocio que usualmente termina en estafa cuando el turista abre el paquete y descubre que la mercadería son puros de mala calidad, si tuvo suerte, o si no, una caja llena de basura en el peor de los casos (José Manuel al igual que otros cubanos que nos advierten del asunto, nunca usan la palabra “estafa”, prefieren decir cualquier otra cosa, como “problemas” o “cosas que no son”).

Minutos después entramos a una callejuela estrecha, a la izquierda una mujer conversa con un hombre mayor en la puerta de la casa. José Manuel se estaciona frente a ellos y los saluda con naturalidad, ellos corresponden y rápidamente desaparecen de la escena, por arte de magia aparece un sujeto cuyo nombre no importa, es de baja estatura, viste una camiseta verde que tiene el logotipo de la marca “Polo” y que lleva estampada una corbata azul con líneas amarillas y rojas en el pecho; en la cabeza lleva un gorro caqui militar que a todas luces es de marca, tiene – no podía ser de otra forma – un habano encendido en la boca e irradia una simpatía a prueba de balas.

Viene acompañado de otro sujeto, que discretamente casi no interviene, nos invitan a pasar a la casa, un zaguán y una pequeña sala a la izquierda, pasamos a la sala. No sentamos, el tipo nos pregunta en qué nos puede servir – como desentendiéndose del asunto – y nosotros algo sorprendidos pero seguros, preguntamos por los habanos, sonríe, da una chupada a su puro llenando de humo el ambiente y sube las escaleras, regresa luego de unos minutos con cajas con todas la variedades posibles de puros cubanos, en todas la presentaciones. Hablamos de precios y notamos que efectivamente está muy por debajo de los precios de las tiendas destinadas para turistas. Compramos unas cajas y nos quedamos con las ganas de llevarnos todo. Claudio le pregunta si acepta sacarse una foto con nosotros y contra lo que esperábamos acepta gustoso.

Más tarde José Manuel nos explica que nuestro clandestino proveedor trabaja en la tabacalera nacional, motivo por el cual tiene acceso a esa mercadería. En ese momento me surgen cien preguntas pero prefiero no saber, precisamente ahora que escribo esta nota, también cambio de decisión , pensaba acompañar la nota con una de las fotos que nos tomamos con este personaje, pero desisto, no quiero meter en problemas a este simpático cubano. Sin duda alguna es una de las estampas que me traje de Cuba, un tipo carismático y alegre, y unos habanos de muy buena calidad que todavía no me termino de fumar.

PASEO POR LA HABANA

No era la Cuba que soñé ni la que imaginé, ni mucho menos la que describe la CNN o los detractores de Fidel ni los documentales de Maradona. Por mera casualidad visto una camisa caqui de corte militar cuando ingreso a migraciones en el aeropuerto internacional José Martí, me formo en la fila y una funcionaria se me acerca con una amabilidad a todas luces forzada y me pregunta de arranque de dónde vengo, a qué me dedico y para qué vengo. Le contesto sin muchas ganas pero con una diplomática sonrisa, nos deja en paz luego de unos minutos. Luego en la ventanilla me hacen muchas más preguntas, Cuba se toma muy en serio el tema de las migraciones a pesar de que, como descubro después, en la actualidad su principal fuente de ingresos son, precisamente, los visitantes.

Una vez en el taxi me quedo pensando en el enredo que tuvimos en la agencia de cambios en el aeropuerto. Los cubanos tienen dos monedas: el peso cubano común y corriente y el peso cubano de cambio (llamado CUC), este último equivale a un dólar (más impuestos) y a su vez un CUC equivale a 25 pesos cubanos de los normales. Le pregunto al taxista y me contesta con la musical impronta característica del cubano: “Señol, yo aquí como me ve, tengo estudios universitalios, ¡y yo no sé polqué coño en Cuba tenemos dos monedas!”

Claudio y yo reímos de buena gana durante el viaje tratando de averiguar para qué podrían servir los doscientos cincuenta pesos en billetes de cinco que cambiamos en el aeropuerto. Al final del viaje descubrimos que a pesar de que cada billete de cinco equivale aproximadamente veinte centavos de dólar, no sirven para nada que no sea pagar el boleto del bus. Así que decidimos conservar los billetes para regalarlos a los amigos en el Perú como souvenir.

Nos registramos en el Hotel, aprendemos de golpe que el edificio tiene más de sesenta años pero se ve sumamente moderno y cuidado, aprendemos también que originalmente era el Habana Hilton, la revolución lo rebautizó como Habana Libre. Nos tomamos unas fotos y salimos para almorzar, en la recepción un encargado de seguridad nos mide rápido, nos da unos consejos veloces de qué cosas hacer y no hacer por las calles de La Habana y nos recomienda un restaurant (según él económico) que es “particular”, entendemos que es uno de los pocos restaurants que empiezan a emerger en Cuba que no son del estado. Nos pide que digamos su nombre como santo y seña al llegar al lugar, nos dirigimos entonces al Aries y encontramos una acogedora casa con relojes y platos antiguos colgados en la pared, es realmente una casa que funge de restaurant, damos el nombre de nuestro consejero improvisado y recién caemos en cuenta que recibe una comisión por cliente remitido, no importa, probamos un plato hecho de cordero llamado “ropa vieja”, delicioso. Los platos “económicos” no bajan de los siete CUC (más de siete dólares), ya se imaginarán cuánto cuesta un plato en los otros restaurants.

Por la tarde contratamos a José Manuel, un taxista cubano que no cree en la revolución ni en Fidel. Nos cuenta que nació en Matanzas, de niño vino a la Habana, su padre luchó junto a Fidel, pero cuando se dio cuenta que lo que se iba a imponer era un régimen comunista y no un socialista, renegó de la revolución. El taxi que conduce era de su padre. José Manuel con la sabiduría de quien conoce el oficio nos lleva por La Habana Vieja y nos cuenta historias, nos advierte de los jineteros, así se llama en Cuba a los que se aprovechan de los turistas. Conocemos la fábrica de ron, la de tabaco, el Capitolio, la Plaza de la Revolución, José nos cuenta que nunca fue a la plaza a escuchar a Fidel, nos cuenta también que se ha casado nuevamente, aprendemos algo nuevo: en Cuba los matrimonios y los divorcios… son gratis.

Entre charla y charla José nos explica que los cubanos transmiten propiedad casándose, como las ventas están prohibidas, la forma de vender una casa o un auto es casándose con él o la comprador o compradora, luego se hace un documento de separación de bienes, él o ella se queda con el auto o la casa y luego viene el divorcio.

Le compramos habanos o puros a un verdadero personaje de la Cuba moderna que José nos presenta, que por sus características, se merece una nota aparte. Compramos algunos souvenirs, nos tomamos fotos, visitamos lugares clásicos e imperdibles como el Buena Vista Social Club, la Bodeguita del Medio y el Bar Havana Club. En el taxi nos preguntamos seriamente con Claudio, ¿cuánto queda ya de la Cuba de nuestra infancia, cuántos se dan cuenta de la importancia de estos lugares? ¿De lo que encierra Cuba para Latinoamérica más allá de lo político, sino también en lo social y cultural?

Cuba ha cambiado. La Unesco ha declarado a La Habana vieja como patrimonio cultural de la humanidad, se han restaurado edificios y calles, el gobierno (tímidamente eso sí) ha comprendido que el turismo puede sacarlos del hueco en el que se encuentran atorados por culpa de la mezquindad yanqui y del otro extremo por la testarudez de la cúpula revolucionaria. Se están restaurando más edificios, emerge un notable y espectacular circuito turístico y con Claudio entristecemos cuando pensamos que tal vez en diez años ya no quede nada de la Cuba de nuestros sueños, pero volvemos a sonreír cuando replanteamos la idea y confiamos en que el pueblo Cubano pueda salir adelante con esa gracia con la que cantan y bailan la salsa, con la que nos venden todo al doble del precio, con las que nos quieren convencer que en todos los bares se sentó Hemingway a tomarse un mojito y con esa sonrisas grandotas que nos trajimos bien grabadas en nuestras mentes y nuestros corazones.