Fue un jueves. Rafael vio la foto de Daniela en instagram, la seguía tiempo atrás. Se habían cruzado en la ciudad, pero nunca habían entablado conversación. Ella era una celebridad local en la pequeña ciudad de noventa mil habitantes. Buscó su nombre en facebook, le mandó un mensaje a las 8.25 de la mañana y se presentó cortésmente. Para su sorpresa ella contestó a las 8.30. Conversaron de cosas simples pero no superficiales y de la forma más natural del mundo, sin embargo, contra todo pronóstico, cuarenta líneas después se estaban contando sus vidas. Ella le contó que ya no vivía en la ciudad, se había mudado hace poco de la región y aunque no era el otro extremo del país, no era precisamente cerca. Pese a ello y la tristeza que inevitablemente sintió Rafael, se escribieron de corrido y como viejos amigos hasta las once con nueve minutos, luego se despidieron para poder continuar con sus trabajos.
Al día siguiente, a las 8.32 ella le escribió, Rafael sintió su corazón palpitar con intensidad. Se contaron cosas del trabajo, del día a día. Rafael se dejaba llevar, hasta que apareció un mensaje de audio. Rafael siempre se había sentido incómodo con los audios. Nunca usaba audífonos y tenía la costumbre de poner todo en altavoz, incluso las llamadas para poder seguir escribiendo sus informes en el ordenador al mismo tiempo que hablaba. Pero los audios eran peligrosos por dos razones, uno nunca podía prever su contenido y por que obligaban a contestar con un audio también. A Rafael no le gustaba su propia voz. Como le gustaba escribir, siempre se había sentido más cómodo plasmando sus ideas en una hoja de papel, en una máquina de escribir, en un ordenador o ahora en un mensaje de texto. Escuchó el audio con verdadero pánico. Estaba vacío, podía ser un error. Respiró aliviado, pero cuando puso el celular en el escritorio apareció otro. Lo abrió y escuchó la voz más linda del mundo y una risa fresca, ligera, libre, campaneante, una esquila de cuya superficie brotaban pequeños corazones rojos que se desvanecían a pocos centímetros de altura y dejaban aroma de fresa de estación.
Al día siguiente habían intercambiado teléfonos. Conversaban en el día, en la noche hasta tarde, se contaban todo, desde sus tareas laborales, hasta las cuestiones familiares y sus dolores de cabeza.
Se escribieron tanto que si se pudieran imprimir las conversaciones, tendrían que haberse empleado cientos o millares de hojas de papel. Cuando cayeron en cuenta ya había pasado una semana de encontrarse en el ciber espacio día y noche, enviarse música y fotos añejas para recordar cosas y contarse historias. La noche anterior a cumplir la primera semana de escribirse, él tecleó "Te quiero" y ella se emocionó. Para la segunda semana, ya se querían con un afecto calmo, tierno, clásico y prudente.
Se preocuparon uno del otro, de sus sueños y comidas. De sus planes, sufrieron también con celos, los de ella por el pasado de él y lo de él por lo mismo. A veces la distancia no ayuda y menos para dos personas que se quieren a la velocidad de la luz pero a cientos de kilómetros uno del otro.
Para la tercera semana se sentían realmente enamorados, sin explicación alguna algo había nacido entre ellos dos, pese a haberse visto las caras en contadas ocasiones. En la realidad de sus corazones se hacían compañía todos los días, se acurrucaban el uno con el otro cada noche hasta quedarse dormidos. Sin embargo rondaba la cabeza de ambos la incertidumbre del después. Rafael tenía claro que no podía dejar su trabajo y buscar algo donde vivía Daniela, había logrado cosas importantes y no podía abandonarlas así. Daniela no quería regresar a la ciudad donde nació, había tenido malas experiencias y en esta nueva etapa tenía un buen empleo, le iba bien, había ganado tranquilidad e incluso podía tramitar su traslado de la universidad para terminar su carrera. Cuando tuvieron oportunidad de conversar del tema, Daniela siempre había planteado la posibilidad de tal vez volver un día, eso si las cosas se daban. Rafael, acostumbrado a la certeza de las leyes y los contratos, sentía un enorme sinsabor cuando pensaba en que diablos significaba "si las cosas se daban..."
El sábado siguiente al día que cumplieron tres semanas, Rafael le avisó que viajaría, así él con el corazón a mil vio a Daniela en la explanada del aeropuerto, esperándolo. Sus emociones desbordaban, pero ambos se controlaron con elegancia y algo de nervios. Ella estaba bella y ella percibió el aplomo de él. Se tomaron de las manos en el taxi y se apoyaron el uno en el otro irradiando las emociones acumuladas por tres semanas de quererse a golpe de telepatía, audios y mensajes de texto.
Llegaron al departamento de Daniela y dejaron la maleta, se dieron un beso dulce y tierno y se fueron a almorzar. Caminaron tomados de la mano hablando de todo un poco. Y así pasó el día, veinticuatro horas donde fueron inmensamente felices. Abrazados, recostados uno al lado del otro, haciéndose cariños. En la noche salieron a tomar algo, Daniela lo llevó a un esplendido lugar de moda donde vendían todo tipo de bebidas pero hechas todas ellas a base de pisco peruano; conversaron, disfrutaron cada minuto, se sacaron fotos, compartieron sus miradas y luego su piel como si la vida se fuese a terminar mañana. Rafael pensó para sí que todos los enamorados tendrían que quererse como se quisieron ellos en esa oportunidad, entregándolo todo sin la certeza de un mañana.
Al día siguiente, desayunaron en el aeropuerto, Rafael se despidió de Daniela con ilusión. Si era necesaria viajaría cada quince días, cada semana. Todos los fines de semana. Incluso ella había deslizado la idea de devolver la visita cada vez que pudiera.
En los días siguientes sucedió algo que avivó las esperanzas de Rafael, se complicaron algunas cosas respecto a los gastos de Daniela. Rafael podía ayudarla pero prefirió no intervenir, por dos razones, la primera era por que ella era muy independiente y no lo habría aceptado y la segunda porque pudo leer entre líneas que la madre de Daniela le estaba exigiendo que retornara, con lo que indirectamente se cumpliría su sueño de estar juntos. Sin embargo luego de analizar todas las posibilidades, Daniela asumió los regaños y los retos y decidió quedarse y enfrentar la situación. Así llegaron a las cuatro semanas.
Sin embargo algo paso. El día que estuvieron juntos, Rafael notó a Daniela feliz, pero no solo por su compañía. Ella era feliz en esa pétrea ciudad, con sus calles ancestrales, con sus torres coloniales, con su movimiento de metrópoli babilónica, en la soledad de su departamento del que solo usaba el dormitorio, con su independencia, con su perro, con sus cosas simples pero suyas. Rafael era un complemento de esa felicidad, pero muy a pesar suyo, sabía muy en el fondo que no era la única razón de esa dicha.
Rafael no resistió más. Un día le pidió a Daniela que vuelva, él le ayudaría a terminar la carrera, harían realidad sus proyectos, se apoyarían mutuamente. Juntos saldrían adelante. Cuando faltaba poco tiempo para que sea jueves y se cumplan las cuatro semanas de haberle escrito, discutieron fuerte por primera vez. Daniela le aclaró que tenía pendientes, que tenía proyectos que no pensaba abandonar, pero sobre todo dijo algo devastador para Rafael: Solo volvería si todos sus proyectos fracasaban.
Rafael sintió que algo se había quebrado dentro de él. Inevitable fue la regresión a su obsesión por la lógica y la razón. Quería con toda su alma a Daniela y quería que le vaya bien. Si le iba bien como él quería, ella nunca volvería. Si a ella le iba mal, volvería, pero volvería como consecuencia de un fracaso y estaba seguro que ella ni él olvidarían que estaban finalmente juntos debido a la frustración de sus proyectos. Le dolió que la lógica del dilema fuese irrefutable. Le explicó sus temores y razones a Daniela, ella comprendió en parte, pero también se cerró en que había esperanza, que esperaba más bien el apoyo de Rafael, que cualquier cosa podía pasar en el futuro. Que necesitaba un año, solo un año para ver si funcionaba y si no regresaba. Rafael entendía claramente las razones, pero era extender el sufrimiento un año. Un año a esperar que ella tenga éxito y decida no volver, o un año para que ella fracase y retorne envuelta en un manto de tristeza y decepción.
Para el día que se cumplía la quinta semana de la primera vez que conversaron, decidieron tomar caminos separados. Mas adelante y en días no tan lejanos hubieron eventuales acercamientos, pero ya nada se pudo reparar. Se dejaron ir. Rafael se dio cuenta entonces que nunca había estado tan enamorado. Había hecho cosas que no había siquiera intentado antes. Dormir tarde, descansar poco, recibir y sobre todo enviar mensajes de audio. Pensar en ella todo el tiempo y en absoluta exclusividad. Se dio cuenta que en estas cinco semanas había dejado de comunicarse con todo el mundo excepto con el círculo más cercano e indispensable de familia y amigos. Pero lo más importante, es que era una de las pocas ocasiones en su vida que había dejado de lado su egoísmo. Era fácil dejar que las cosas avancen hasta fin de año y despedirse sin rencores, con la excusa perfecta de haber esperado pacientemente y que "las cosas no se dieron".
Fueron cinco semanas inolvidables. Cinco semanas donde encontró el amor, lo conoció, se dejó llenar y embriagar por él y también lo dejó ir. Lo pensó mejor, no había dejado ir al amor, el amor se había quedado con él, por causa de ese amor, por él y para él la había dejado ir, como en las antiguas historias de amor, como en los boleros viejos, como en la mitología griega, dejando que ella viva y él convirtiéndose en constelación para solo vigilarla desde arriba, o arrastrado por toda la eternidad al Hades para que a cambio ella pudiera regresar de la mano de Caronte al mundo de los vivos, pasar la tortura de ver su silueta perderse en la bruma y finalmente con ese dolor mortal pagar el precio de ver a Daniela feliz, radiante, iluminada, completa y absolutamente feliz, aunque sin él.
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domingo, 25 de agosto de 2019
domingo, 10 de marzo de 2019
LA LOCA (Cuento)
Rafael se sorprendió cuando vio su publicación en redes sociales. Por alguna extraña casualidad del destino habían coincidido a miles de kilómetros de distancia de sus respectivas ciudades en una bonita y cálida localidad tropical en el norte del país; él para un congreso de su especialidad y ella para un encuentro institucional.
Rafael no dudó en escribirle, ella no dudó en contestarle. Él se había divorciado unos meses atrás y ella seguía casada en un feliz matrimonio de apariencias. Se habían conocido hace más de quince años atrás y en algún momento se habían amado intensamente. Cuando ella se casó, dejaron de verse, luego la magia de las redes sociales permitió que se encontraran nuevamente en el mundo virtual. Nunca mas se encontraron físicamente, pero en el ciber espacio conversaban, recordaban, añoraban, a veces discutían e incluso ella llegó a celarlo. El reía, a veces la aguijoneaba por el mero placer de hacerla rabiar y ella caía. Era divertido y nostálgico, pues a pesar de todo él la quería bien, sin embargo al mismo tiempo que disfrutaba de sus maldades y de las cóleras de ella, pensaba “está loca”, y sonreía.
Ella le confirmó que se alistaría y tomaría un taxi, se encontrarían en el hotel donde estaba hospedado Rafael. Él tomó una ducha, se acicaló con calma mientras pensaba en el coronel Aureliano Buendía. Siempre que se veía con alguien después de años pensaba en el episodio aquél cuando el coronel vuelve de la guerra envuelto en una manta y se da cuenta de cuánto habían envejecido, entre idas y venidas, su madre Úrsula y él. Pensó que quince años no son poca cosa. ¿Cuanto habría envejecido él a los ojos de ella? ¿Cuánto habría envejecido ella?
Habían cosas que él no entendía de ella. El matrimonio apresurado, sus ganas de vivir intensamente y al mismo tiempo sus formas cuidadosas y su personalidad reservada sin dejar de ser elegante. Un día supo que había tenido finalmente un hijo, Rafaél se emocionó pero con los años notó que en sus redes no habían fotos familiares, alguna vez una foto fugaz con el marido, algunas pocas con el hijo, pero tan formales que no lograba distinguir el amor que irradian normalmente ese tipo de escenas.
Cuando ella llegó no le preguntó nada. No quiso saber. Hablaron de la cosas genéricas de las que hablan los amantes siempre, de si el viaje fue pesado, del clima, de hace cuánto llegaron, qué cuándo se van, se miraron, rompieron el protocolo, se besaron e hicieron el amor.
Fue un encuentro formal, si se puede decir así, Rafael sabía que habían deseos contenidos, una pausa de largos quince años. Y se resignó a aceptar algo que había descubierto en los últimos tiempos: La gente sí cambia, pero no siempre en lo esencial. Esos cambios peculiares, particulares, en los detalles, podían ser determinantes. Ya no eran los mismos. Tenían los mismos recuerdos, pero ya no eran las mismas personas, tenían cicatrices en el alma y esas son las que más duelen y a veces incapacitan.
Hablaron tendidos en la cama, nuevamente de todo y nada, se hizo tarde, llamaron un taxi para ella. Se fue. De esa pareja que se moría de risa en un jacuzzi sin burbujas porque se derramó el frasco de jabón líquido hace quince años atrás no quedaba nada. Él la admiraba, con su locura y todo. Siempre pensó que en su momento su historia pudo haber tenido futuro, pero las circunstancias no se dieron para ellos.
Dos días después, en el avión de regreso, Rafael vio una solicitud de amistad en el celular. Le pareció conocido el nombre, hizo memoria y sorprendido se aseguró viendo el perfil. Era el marido de ella. ¿Qué habría pasado? No era buena señal. Recordó sus besos, pero los besos de la añoranza, los que habían calado en su memoria, sus caricias tiernas, su temperamento delicado y fino. La deseó con una nostalgia soporífera. En su mente se despidió de ella, este era el momento. Él sabia que no estaba loca, nunca lo estuvo, era un alma libre, irreverente, impulsiva, sexual, cataclísmica, que tenía que convivir con una personalidad metódica, racional, cuidadosa del qué dirán, de las formas, de los códigos y las convenciones sociales. Se vio reflejado en ella, tal vez él también estaba loco. Con todo y ello, sabiendo que no volvería a saber de ella, sabía que ambos se habían marcado con esa locura, que aunque no volvieran a verse o hablarse, nunca podrían olvidar esa intersección de los túneles de Sábato, donde breve, pero muy brevemente, fueron inmensamente felices, con esa felicidad que solo sienten los que padecen de locura o, quien sabe, la disfrutan.
Rafael no dudó en escribirle, ella no dudó en contestarle. Él se había divorciado unos meses atrás y ella seguía casada en un feliz matrimonio de apariencias. Se habían conocido hace más de quince años atrás y en algún momento se habían amado intensamente. Cuando ella se casó, dejaron de verse, luego la magia de las redes sociales permitió que se encontraran nuevamente en el mundo virtual. Nunca mas se encontraron físicamente, pero en el ciber espacio conversaban, recordaban, añoraban, a veces discutían e incluso ella llegó a celarlo. El reía, a veces la aguijoneaba por el mero placer de hacerla rabiar y ella caía. Era divertido y nostálgico, pues a pesar de todo él la quería bien, sin embargo al mismo tiempo que disfrutaba de sus maldades y de las cóleras de ella, pensaba “está loca”, y sonreía.
Ella le confirmó que se alistaría y tomaría un taxi, se encontrarían en el hotel donde estaba hospedado Rafael. Él tomó una ducha, se acicaló con calma mientras pensaba en el coronel Aureliano Buendía. Siempre que se veía con alguien después de años pensaba en el episodio aquél cuando el coronel vuelve de la guerra envuelto en una manta y se da cuenta de cuánto habían envejecido, entre idas y venidas, su madre Úrsula y él. Pensó que quince años no son poca cosa. ¿Cuanto habría envejecido él a los ojos de ella? ¿Cuánto habría envejecido ella?
Habían cosas que él no entendía de ella. El matrimonio apresurado, sus ganas de vivir intensamente y al mismo tiempo sus formas cuidadosas y su personalidad reservada sin dejar de ser elegante. Un día supo que había tenido finalmente un hijo, Rafaél se emocionó pero con los años notó que en sus redes no habían fotos familiares, alguna vez una foto fugaz con el marido, algunas pocas con el hijo, pero tan formales que no lograba distinguir el amor que irradian normalmente ese tipo de escenas.
Cuando ella llegó no le preguntó nada. No quiso saber. Hablaron de la cosas genéricas de las que hablan los amantes siempre, de si el viaje fue pesado, del clima, de hace cuánto llegaron, qué cuándo se van, se miraron, rompieron el protocolo, se besaron e hicieron el amor.
Fue un encuentro formal, si se puede decir así, Rafael sabía que habían deseos contenidos, una pausa de largos quince años. Y se resignó a aceptar algo que había descubierto en los últimos tiempos: La gente sí cambia, pero no siempre en lo esencial. Esos cambios peculiares, particulares, en los detalles, podían ser determinantes. Ya no eran los mismos. Tenían los mismos recuerdos, pero ya no eran las mismas personas, tenían cicatrices en el alma y esas son las que más duelen y a veces incapacitan.
Hablaron tendidos en la cama, nuevamente de todo y nada, se hizo tarde, llamaron un taxi para ella. Se fue. De esa pareja que se moría de risa en un jacuzzi sin burbujas porque se derramó el frasco de jabón líquido hace quince años atrás no quedaba nada. Él la admiraba, con su locura y todo. Siempre pensó que en su momento su historia pudo haber tenido futuro, pero las circunstancias no se dieron para ellos.
Dos días después, en el avión de regreso, Rafael vio una solicitud de amistad en el celular. Le pareció conocido el nombre, hizo memoria y sorprendido se aseguró viendo el perfil. Era el marido de ella. ¿Qué habría pasado? No era buena señal. Recordó sus besos, pero los besos de la añoranza, los que habían calado en su memoria, sus caricias tiernas, su temperamento delicado y fino. La deseó con una nostalgia soporífera. En su mente se despidió de ella, este era el momento. Él sabia que no estaba loca, nunca lo estuvo, era un alma libre, irreverente, impulsiva, sexual, cataclísmica, que tenía que convivir con una personalidad metódica, racional, cuidadosa del qué dirán, de las formas, de los códigos y las convenciones sociales. Se vio reflejado en ella, tal vez él también estaba loco. Con todo y ello, sabiendo que no volvería a saber de ella, sabía que ambos se habían marcado con esa locura, que aunque no volvieran a verse o hablarse, nunca podrían olvidar esa intersección de los túneles de Sábato, donde breve, pero muy brevemente, fueron inmensamente felices, con esa felicidad que solo sienten los que padecen de locura o, quien sabe, la disfrutan.
domingo, 20 de enero de 2013
EL VIAJE (Cuento)
Rafael estaba
sentado frente a su computador tratando de terminar el trabajo del día cuando el
sonido del celular timbrando lo desconcentró. Contestó y la noticia lo dejó
perplejo, sabía que inevitablemente sucedería pero no tan pronto. Fiel a su
estilo terminó la llamada y prosiguió con el párrafo que estaba pendiente hasta
terminarlo, grabó el documento y se recostó sobre el espaldar el sillón
gerencial. Miró por la ventana el cielo todavía celeste, el reloj de la
pantalla del computador marcaba las cuatro de la tarde con diez minutos. Ordenó
su mente para que las emociones no afecten su capacidad de razonar, puso sus
dedos sobre el teclado y escribió veloz con los diez dedos en cinco ventanas
distintas una tras otra, mentalmente visualizó los vuelos, itinerarios y
posibilidades. Ninguno encajaba, el tiempo transcurría. Levantó el teléfono y
llamó a su secretaria. Luego de siete minutos ella le informó que el último bus
salía a las seis de la tarde con treinta. Rafael apagó el ordenador tratando de
no albergar ni reflejar sentimiento alguno, muchos años frente a complejas situaciones
profesionales que le había tocado resolver le habían enseñado que dejarse
arrastrar por los sentimientos solo genera retrasos y malas decisiones. Tenía
que estar en su ciudad natal al medio día de mañana y mil kilómetros lo
separaban de su destino; la mitad de ellos de selva amazónica y la otra mitad
de montañosa y altiplánica sierra inhóspita.
Salió de la
oficina y en el pasillo su secretaria le dio alcance para recomendarle una
solución final: Contratar un auto particular o un taxi que lo lleve solo a él
hasta su destino. Rafael lo pensó por algunos minutos. Odiaba viajar en auto
cuando no era él quien manejaba. Le parecía peligroso en esas carreteras con
camioneros imprudentes y más aún en esta ciudad olvidada de Dios donde no había
choferes profesionales. Prefería correr el riesgo con el bus, tal vez llegaría
tarde, pero llegaría vivo.
Una vez en
casa rápidamente puso un traje en el portaternos, en un maletín pequeño un par de mudas de ropa.
Se puso una tenida cómoda, tenis y una chaqueta ligera a pesar del calor, sabía
que en la madrugada pasarían de los cálidos treinta grados a quinientos metros
sobre el nivel del mar a temperaturas debajo de cero grados a tres mil metros
de altura.
Cuando
llegó al terminal de la ciudad solo había un bus esperando pasajeros, se
aseguró de preguntar en todas las agencias y tuvo que aceptar bastante
decepcionado que era el último. Su estado era bastante lamentable, de desteñido
color azul eléctrico debió haber tenido mejores tiempos veinte años antes. Pagó
el pasaje y el bajo precio confirmó sus dudas. Subió y acomodó el portaternos en
la parte superior y se abrazó al maletín. Había unos veinte pasajeros, a pesar
del insoportable olor de cebolla rancia mantuvo la esperanza de que el viaje podía
ser tal vez más anecdótico que incómodo. Minutos después se ponían en
movimiento.
Mientras el
bus traqueteaba por las maltratadas pistas a la salida de la ciudad, se
preguntaba acerca de la fragilidad de la vida. Pensaba si este mundo es en
realidad un lugar para vivir, para soñar, para amar. Cuestionó su propia vida,
se preguntó si las cosas que hacía eran las correctas y si lo eran ¿eran
correctas para él? Se había esforzado por hacer siempre lo más acertado, cuando
menos en lo profesional, en ese aspecto nadie se había quejado de él ni podía
quejarse él mismo. En lo personal con aciertos o no, no había dejado que nada
lo afecte en los últimos años, personas de su entorno tenían opiniones
totalmente distintas. Algunos pensaban que era una persona sensible y amable
pero que no revelaba nada de su vida personal. Otros pensaban que tenía un
corazón de hielo. Realmente eso no le importaba mucho o cuando menos nunca
antes le importó. Pero ahora, esta noticia y este viaje le hacían cuestionar
estas cosas, cuestionar cómo lo percibían los demás o cómo se percibía él
mismo. Trató de dejar de pensar e intentó dormir, sin embargo no lo consiguió.
La idea de que la vida no es una tarea fácil de afrontar le daba vueltas en la
cabeza y cada vez con mayor claridad se le ocurría que la vida de cualquier
persona no era cuestionable ¿Quién podría cuestionar la vida de otro? ¿Con qué
derecho? ¿Era su vida mejor que la de la señora de dos asientos más adelante
que comía maíz y chuño con los dedos? ¿O del muchacho de su derecha que había
subido al bus con solo una mochila, que usaba unas gastadas zapatillas sin
marca reconocible, pero que viajaba absorto en la música de su iphone de última
generación? ¿Quién era él para juzgar la vida de los demás? ¿Sólo por tener un
ingreso ligeramente superior al del promedio? ¿Por haber tenido la suerte de
tener acceso a una educación un poco mejor que la del resto? ¿Eso era todo? ¿Y
la felicidad? ¿Dónde quedaba la felicidad? ¿Eran estos diecinueve compañeros de
viaje más felices que él? ¿Podía afirmar
con certeza que él era más feliz que cuando menos alguno de ellos? ¿Qué era la
felicidad? Cuántas veces había tratado de definirla. Era curioso que algún tiempo
antes la mayoría de sus amantes ocasionales o amigas especiales le hubiese
hecho esa misma pregunta: “¿Eres feliz Rafael?” Y él nunca dijo que sí. Con
calma miraba a su interlocutora a los ojos y siempre daba la misma explicación:
“La vida es normalmente triste, dolorosa, nacer es doloroso, vivir, trabajar,
morir, todo eso es dolor. Los momentos de felicidad son solo chispazos, solo
eso, como fuegos artificiales, nuestra misión es hacer que esos chispazos duren el mayor tiempo posible, pero siempre
regresamos a lo cotidiano, al dolor al sufrimiento. Nadie puede ser feliz todo
el tiempo.” Inevitablemente sus
eventuales compañeras en casi todos los casos – y ya parecía ser una regla – le
preguntaban: “¿Eres feliz ahora?” y él
complaciente, condescendiente y con una bien fabricada sonrisa que llegaba a
parecer verdadera decía “Si, ahora soy feliz, en este momento y contigo.” Pero
sabía bien que no era así.
Cerca de
las diez de la noche el bus paró. Los pasajeros bajaron y en ese momento se
percató que el vehículo no tenía baño, descendió y le resultó imposible hacer
lo que hacían todos: Orinar en la calle. Fue a una tienda, compró un paquete de
galletas y pidió amablemente el servicio, le señalaron una puerta y se dio cuenta
de por qué era más higiénico hacerlo en la calle. Salió a la pista, se acomodó
detrás del bus en el lugar que consideró más apropiado y descargó su vejiga. “Donde
fueres, haz lo que vieres.” le había dicho de pequeño su madre. Nunca habría aplicado
mejor el consejo. Subió al bus y se sentó, minutos después subieron pasajeros
con caras nuevas. Se llenó hasta el último asiento. Una mezcla de olores lo
sacudió. Una señora joven por cierto se acercó y pidió permiso para pasar al
asiento al lado del suyo. Tenía a su hija en brazos, iba a reclamar pero se
quedó callado. La señora se sentó y acomodó a la niña en sus piernas, Rafael se
replegó hacia el pasillo lo mejor que pudo para darle espacio a sus dos nuevas
compañeras de viaje, en diagonal hacia atrás un hombre abría una bolsa y
extraía un depósito de poliestireno
conteniendo un pollo a la brasa de dudosa procedencia y penetrante olor.
Más adelante ingresaban dos jovencitas vendiendo botellas de emoliente para el
camino. Sonrió, hacía tres horas se quejaba de la vida, y ahora tenía delante
suyo un espectáculo que los extranjeros pagaban por ver. Tenía dos opciones,
maltratar su hígado haciendo cólera o imaginar que estaba haciendo un tour por
Filipinas, optó por lo segundo y cerró los ojos al mismo tiempo que cruzaba los
brazos sobre su pecho tratando de dormir.
Como a las
dos de la mañana una sensación de humedad sobre el lado derecho del cuello lo
despertó. Al principio somnoliento y confundido no pudo descubrir lo que pasaba,
luego encendió la pantalla de su celular y en medio del ronquido de la gente
inspeccionó el techo, allí estaba, precisamente sobre él: una gotera en el
techo del bus. Miró por la ventana, afuera llovía. Caminó a la cabina del
chofer y reclamó, una muchacha le dijo que ya irían a ayudarlo, que regrese a
su sitio. Volvió y esperó diez, quince minutos. Nada. En la oscuridad recorrió
el bus, todos los asientos estaban vacios excepto uno en la última fila. Entre
dos sujetos sumamente robustos había una solitaria mochila, probablemente de
alguno de ellos. El sujeto de la izquierda roncaba, despertó al otro,
efectivamente era su mochila. Pidió permiso para sentarse al tiempo que
explicaba brevemente su problema. Se acomodó y abrigado entre sus nuevos dos
compañeros continuó el viaje.
A las seis
de la mañana el bus se detuvo, no habían llegado a su destino pero por las
ventanas de podían ver enormes extensiones de ichu amarillo, pequeños charcos
congelados y grupos de llamas pastando. Salieron
casi todos y Rafael los siguió, el bus se había detenido para remolcar a otro
que se había quedado varado. Eso le pareció muy peligroso sobre todo porque
ambos buses estaban llenos de pasajeros, pero ¿quién era él para contradecir el
espíritu solidario de un señor chofer de bus serrano-amazónico? Aprovechó como
los demás pasajeros (incluidas pollerudas señoras) para escoger un mechón de
ichu y orinar antes de seguir viaje.
Ya sin
lluvia ni goteras, retornó a su lugar, más por miedo a que el bus remolcado
fuera de control los impacte por atrás que por cualquier otra consideración.
Media hora después llegaban al terminal y fin de este tramo en una pequeña pero
laboriosa ciudad altiplánica, el cobrador avisó que los que continuaban viaje podían
ir a otra empresa que quedaba cruzando la avenida. Bajó de inmediato y cruzó,
el nuevo bus salía en media hora y era bastante mejor que el que lo había
traído hasta aquí. Se suponía que tenía que haber llegado a este punto a las
cuatro de la mañana y ya eran casi las siete.
La señorita
que le vendió el pasaje le dijo que el bus llegaría a destino a las diez de la
mañana, algo de sentido común y matemáticas le dijeron que eso no sería
posible, pero igual se subió. En el nuevo trayecto vino a su mente de nuevo la
razón que lo había llevado a este viaje inédito. Bastante cansado pero con la
luz del sol que entraba impetuosamente por las ventanas del bus volvió a pensar
en los eventos recientes. Este viaje había terminado siendo un viaje
introspectivo. Después de muchos años no había tenido tanto tiempo para él,
lejos de los ordenadores, de los documentos, de los celulares, de las tablets y
la televisión. El celular no había sonado en horas, en la ciudad anterior habían
llegado diez u once mensajes de casilla de voz que revisó rápidamente. Era un
nuevo día para él, para los sesenta pasajeros a su alrededor, también sería el
primer día para alguien más y el último para otro también. Nuevamente pensó en
la fragilidad de la vida. En el amor y en la falta de él. ¿Qué era el amor?
Siempre había tenido una respuesta clara para la felicidad, pero nunca para el
amor. En los últimos años le producía mucho placer someter al debate la
existencia del amor. Cuando alguien hablaba de amor, afirmaba contundentemente
que el amor no existe, esbozaba cuatro o cinco argumentos formalmente sólidos y
sonreía para sus adentros mientras sus amigos se esforzaban inútilmente en explicarle
las razones por las que, a pesar de todo, el amor sí existía.
“El amor sí
tenía que existir en algún lugar”, pensó. En algún momento de su temprana
juventud estuvo seguro de haberlo encontrado, ese que tiene la categoría de
verdadero, sin embargo de esa época databan también sus recuerdos más dolorosos
y sus sufrimientos más profundos. El amor no estaba vinculado a la felicidad,
había llegado a la conclusión de que en el recuento final, los números nunca favorecían
al amor; por ello decidió alejarse de todo lo que pudiera parecerse al amor de
verdad. Pensó en otras clases de amor, el de los amigos, y sobre todo el de los
padres por los hijos. Siempre había pensado que este último era un amor casual,
circunstancial, no sujeto a elección, producto de la necesidad de proteger y
ser protegido, una sublimación del instinto de supervivencia. Sin embargo ahora
esta opresión en el pecho le indicaba todo lo contrario. ¿O es que era
inevitable? Tal vez era cierto que la sangre llamaba a la sangre como le había
dicho muchas veces su madre. Tal vez el amor estaba en el código genético, tal
vez el amor finalmente, a pesar de todo, cuando menos a esos niveles, si
existía.
Cerca del
medio día llegó, cuando iban ingresando a la ciudad la recorrió mentalmente a través
de sus recuerdos, tratando de ubicar el hotel más cercano a su destino. Al
bajar del bus caminó rápido, consiguió un taxi y fue directo al hotel, en el
camino miró el reloj del celular e hizo un par de llamadas a su hermana. Luego
de hablar hizo cuentas y le daba tiempo para darse una ducha y quitarse el
polvo del camino. Estaba realmente cansado, pero satisfecho de haber llegado. En
el hotel se registró rápidamente y se duchó brevemente, se cambió y salió.
Minutos después
en el pasillo del hospital llegaba raudo y tomaba con afecto la mano a su
mujer, ella en la camilla a pesar del cabello empapado de sudor y el rostro desencajado
por las contracciones, sonreía radiante. Rafael había llegado justo a tiempo para
acompañarla. “Si el amor y la felicidad existían, era en este momento.” pensó
mientras entraba a la sala de partos.
miércoles, 29 de febrero de 2012
PUROS CLANDESTINOS
Más tarde en el taxi José Manuel, mientras conduce, nos cuenta que un negocio habitual en La Habana y al parecer en toda Cuba es tratar de venderle puros en la calle a los turistas despistados, negocio que usualmente termina en estafa cuando el turista abre el paquete y descubre que la mercadería son puros de mala calidad, si tuvo suerte, o si no, una caja llena de basura en el peor de los casos (José Manuel al igual que otros cubanos que nos advierten del asunto, nunca usan la palabra “estafa”, prefieren decir cualquier otra cosa, como “problemas” o “cosas que no son”).
Minutos después entramos a una callejuela estrecha, a la izquierda una mujer conversa con un hombre mayor en la puerta de la casa. José Manuel se estaciona frente a ellos y los saluda con naturalidad, ellos corresponden y rápidamente desaparecen de la escena, por arte de magia aparece un sujeto cuyo nombre no importa, es de baja estatura, viste una camiseta verde que tiene el logotipo de la marca “Polo” y que lleva estampada una corbata azul con líneas amarillas y rojas en el pecho; en la cabeza lleva un gorro caqui militar que a todas luces es de marca, tiene – no podía ser de otra forma – un habano encendido en la boca e irradia una simpatía a prueba de balas.
Viene acompañado de otro sujeto, que discretamente casi no interviene, nos invitan a pasar a la casa, un zaguán y una pequeña sala a la izquierda, pasamos a la sala. No sentamos, el tipo nos pregunta en qué nos puede servir – como desentendiéndose del asunto – y nosotros algo sorprendidos pero seguros, preguntamos por los habanos, sonríe, da una chupada a su puro llenando de humo el ambiente y sube las escaleras, regresa luego de unos minutos con cajas con todas la variedades posibles de puros cubanos, en todas la presentaciones. Hablamos de precios y notamos que efectivamente está muy por debajo de los precios de las tiendas destinadas para turistas. Compramos unas cajas y nos quedamos con las ganas de llevarnos todo. Claudio le pregunta si acepta sacarse una foto con nosotros y contra lo que esperábamos acepta gustoso.
Más tarde José Manuel nos explica que nuestro clandestino proveedor trabaja en la tabacalera nacional, motivo por el cual tiene acceso a esa mercadería. En ese momento me surgen cien preguntas pero prefiero no saber, precisamente ahora que escribo esta nota, también cambio de decisión , pensaba acompañar la nota con una de las fotos que nos tomamos con este personaje, pero desisto, no quiero meter en problemas a este simpático cubano. Sin duda alguna es una de las estampas que me traje de Cuba, un tipo carismático y alegre, y unos habanos de muy buena calidad que todavía no me termino de fumar.
EL MISTERIO DE LAS SANDALIAS PERDIDAS
Minutos después, en la prisa, saqué todo de la mochila (que no era mucho) y organicé las cosas para que no se arruguen los polos. Cerré y me fui rumbo a Puerto Maldonado.
En Puerto Maldonado me fui directo al aeropuerto, una vez allí entregué la mochila para bodega y esperamos como dos horas porque el vuelo estaba retrasado. Esa noche en Lima fui a comprar más ropa y reorganicé nuevamente la mochila en casa de mi primo Claudio.
Luego de ello nos fuimos al aeropuerto otra vez. Esta vez sí, pedí un precinto para la mochila y viajamos hasta Cuba. En La Habana, no usé las sandalias pero si saqué casi todo de la mochila para que no se arrugue.
Al día siguiente en Varadero… ¡¡no estaban mis queridas sandalias!! ¿Las olvidé en el hotel de La Habana? ¿En la casa de Claudio en Lima? ¿En la casa de mi suegra en Brasil? No había forma de comunicarme con los dos últimos lugares y respecto al hotel de La Habana, si las olvidé ya eran cosa perdida. Me resigné. Felizmente había comprado en Lima unas sandalias de baño y usé esas en la playa.
Regresando a Lima le encargué a Claudio que por favor buscara en su casa, era un posibilidad a considerar que al momento de ordenar el equipaje, las sandalias se hubiesen quedado bajo la mesa o bajo el sofá. Claudio me confirmó que no había nada.
Estando en Iñapari, me fui al día siguiente a Assis Brasil, y busqué en la casa de mi suegra. Tampoco había nada, pero esa era una opción poco probable porque habían pocas cosas en la mochila, entonces solo quedaba el Hotel Habana Libre.
Otra alternativa era que “alguien” se las hubiese llevado del hotel en La Habana. La cuestión era ¿había olvidado las sandalias o había sido víctima de robo? El olvido era poco probable, porque durante la noche se me cayeron algunas cosas al piso de la mesa de noche y me levanté a buscarlas, la cama no tenía patas, era de las que van directamente sobre el piso mediante una estructura similar al propio colchón, así que solo quedaba la alternativa del robo.
Era un mal recuerdo de todo lo maravilloso de lo que había sido el viaje a Cuba, hasta que hace pocos días revisando las fotos del viaje, me quedé observando una que le había tomado al cuarto del hotel precisamente después de haber sacado mis cosas de la mochila, y no estaba la bolsa con las sandalias en ningún lugar, lo que significaba que estas nunca llegaron a Cuba. Repasé mentalmente el viaje completo y solo pudieron haber sido robadas en un lugar: Mientras esperábamos en vuelo retrasado en Puerto Maldonado. Recordé que las sandalias estaban arriba, cerca del cierre de la mochila, fácil de sacar, finalmente resuelto el misterio y limpio el grato recuerdo del viaje a Cuba.
ENFOQUE
Pero no, como dice Anthony Robbins, no hay respuestas malas si no preguntas mal hechas. El año pasado si se fijaron no hice nota acerca de la inundación de abril, porque no se debe perder el enfoque en cosas negativas.
Si se tuviera que hacer un recuento de febrero, se podría hacer así, del 2 al 15 un viaje maravilloso con mi familia por Lima, Arequipa y Mollendo, con buenos amigos por todos lados y visitando a mis padres, hermanos y sobrinos, todos ellos pródigos en cariño y atenciones. Del 15 al 21, días de trabajo duro y emociones intensas, una sacudida de esas que hay que agradecerle al universo, porque te sacan de la zona de comodidad y miden tu capacidad de respuesta y la potencia que tiene uno para recomponerse frente a la adversidad. Del 22 al 26 un viaje programado con anterioridad al que pude haberme resignado a perder si me hubiese quedado en mi balcón de victimilandia, pero que afortunadamente con el apoyo y cariño de mi familia y amigos pude realizar y cumplir otro sueño; luego al retorno y ni bien bajado del avión a trabajar de nuevo para poner la casa habitable y entre ayer y hoy los últimos toques para regresar a la vida normal.
Las conclusiones que se pueden sacar de febrero son: fortalecí los vínculos con mi familia, los eventos difíciles me hicieron ver en mi compañera una faceta que no había percibido antes, es una mujer fuerte y valiente y la admiro hoy más que antes. Fortalecí todavía más la relación con mi hija, he visto satisfecho como ha abierto sus horizontes con el viaje. Pude manejarme bien fuera de mi zona de comodidad y asumí con fortaleza los retos impuestos por la naturaleza. Vi personas valiosas que no habían perdido nada trabajar todo el día para ayudar a sus semejantes, también vi a otros que se sentaron solo a comentar. Hice todo lo posible para dar esperanzas a cuanta persona me encontré en el camino en esos días difíciles. Fuera del país, conocí otras personas, costumbres diferentes con la compañía de mi querido amigo y sabio guía y maestro Claudio Morgan. Contrariamente a lo que muchos pudieran creer, crecí mucho en febrero, la sacudida me hizo regresar al concepto básico de que las cosas son solo eso, cosas, y que lo que importa son la familia y los amigos.
Siempre he sido una persona de decisiones rápidas y soluciones realistas. Hay personas que se sientan al borde del rio a ver como el agua pasa. Vivo una lucha constante para no ser así. Tal vez me había quedado en el borde del rio viendo pasar el agua, el universo vino a despertarme. En mi caso sigo aprendiendo y practicando, enfoque, problema y respuesta.
De todas formas gracias a todos los que se preocuparon por mí, a los que pude contestar, a los que no pude porque iba contra reloj, a los que me apoyaron y ayudaron, a los que me dieron un espacio en sus casas, a los que me comprendieron, a los que todavía se quedan con la boca abierta cuando les cuento todas las cosas que hice y me pasaron en febrero y no les queda claro como se puede pasar tan rápido del problema a la diversión, a los que sin cuestionarme me quieren. Gracias a todos sin excepción.
PASEO POR LA HABANA
Una vez en el taxi me quedo pensando en el enredo que tuvimos en la agencia de cambios en el aeropuerto. Los cubanos tienen dos monedas: el peso cubano común y corriente y el peso cubano de cambio (llamado CUC), este último equivale a un dólar (más impuestos) y a su vez un CUC equivale a 25 pesos cubanos de los normales. Le pregunto al taxista y me contesta con la musical impronta característica del cubano: “Señol, yo aquí como me ve, tengo estudios universitalios, ¡y yo no sé polqué coño en Cuba tenemos dos monedas!”
Claudio y yo reímos de buena gana durante el viaje tratando de averiguar para qué podrían servir los doscientos cincuenta pesos en billetes de cinco que cambiamos en el aeropuerto. Al final del viaje descubrimos que a pesar de que cada billete de cinco equivale aproximadamente veinte centavos de dólar, no sirven para nada que no sea pagar el boleto del bus. Así que decidimos conservar los billetes para regalarlos a los amigos en el Perú como souvenir.
Por la tarde contratamos a José Manuel, un taxista cubano que no cree en la revolución ni en Fidel. Nos cuenta que nació en Matanzas, de niño vino a la Habana, su padre luchó junto a Fidel, pero cuando se dio cuenta que lo que se iba a imponer era un régimen comunista y no un socialista, renegó de la revolución. El taxi que conduce era de su padre. José Manuel con la sabiduría de quien conoce el oficio nos lleva por La Habana Vieja y nos cuenta historias, nos advierte de los jineteros, así se llama en Cuba a los que se aprovechan de los turistas. Conocemos la fábrica de ron, la de tabaco, el Capitolio, la Plaza de la Revolución, José nos cuenta que nunca fue a la plaza a escuchar a Fidel, nos cuenta también que se ha casado nuevamente, aprendemos algo nuevo: en Cuba los matrimonios y los divorcios… son gratis.
Entre charla y charla José nos explica que los cubanos transmiten propiedad casándose, como las ventas están prohibidas, la forma de vender una casa o un auto es casándose con él o la comprador o compradora, luego se hace un documento de separación de bienes, él o ella se queda con el auto o la casa y luego viene el divorcio.
Le compramos habanos o puros a un verdadero personaje de la Cuba moderna que José nos presenta, que por sus características, se merece una nota aparte. Compramos algunos souvenirs, nos tomamos fotos, visitamos lugares clásicos e imperdibles como el Buena Vista Social Club, la Bodeguita del Medio y el Bar Havana Club. En el taxi nos preguntamos seriamente con Claudio, ¿cuánto queda ya de la Cuba de nuestra infancia, cuántos se dan cuenta de la importancia de estos lugares? ¿De lo que encierra Cuba para Latinoamérica más allá de lo político, sino también en lo social y cultural?
jueves, 21 de abril de 2011
COR DE ROSA (Cuento)
Desde la ventana del avión, Mariana miró con curiosidad el modesto y pequeño aeropuerto de Puerto Maldonado. Era un día cálido de julio y el sol radiante iluminaba el horizonte dándole un singular tono a las verdes copas de los árboles que se alzaban ante un impresionante cielo azul decorado de brillantes mechones de nubes blancas.Ansiosa se levantó de su asiento apenas se apagó la señal de cinturones de seguridad, tomó su mochila y se dispuso a bajar. Mientras caminaba por el pasillo del avión iba sintiendo aumentar notablemente la temperatura, pero lo que no se esperaba fue el bochorno intenso que prácticamente la sofocó cuando se paró en el primer peldaño de la escalinata de descenso al salir del avión. Casi de inmediato sintió un calor húmedo y pegajoso apoderándose de ella. La ropa sobre su piel era insoportable y le costaba esfuerzo avanzar, lo que sumado al casi derretido asfalto y el brillo de las veredas de cemento pulido, hizo de su trayecto a la sombra una verdadera agonía.
Una vez en la zona de equipajes se fue directamente al baño, se quitó la blusa y se dejó la camiseta ligera que llevaba debajo. Se refrescó un poco frente al espejo y buscó sus lentes oscuros en la mochila. Acomodó sus cabellos castaños y salió a esperar sus maletas.
En el estacionamiento la esperaba su tío Ismael, la saludó con un fuerte abrazo, y la ayudó a subir a la camioneta. Ismael era el hermano menor de su padre y se veían a menudo en Lima. Ahora había ido a recogerla al aeropuerto y la llevaría directamente a Iñapari, en la frontera con el Brasil donde había nacido hacía poco más de veinte años. Mariana luego de intercambiar los saludos de rigor con el tío Ismael, se concentró en el paisaje. La carretera estaba terminada. Ya no recordaba bien la última vez que vino a la selva, revolvió sus memorias y se vio a los seis o siete años, viajando sobre una gran carreta de madera tirada por enormes bueyes que se desplazaban con lentitud en una trocha de barro rojo mojado. ¡Cómo había cambiado el paisaje! La negra cinta de asfalto penetraba interminable por el verde agreste. ¡Quién diría! Más de trece años sin venir y el progreso había llegado al fin a la tierra que la vio nacer. Rió de la tontería que acababa de pensar. Una frase tan trillada solo podía ser producto de su cansancio y la nociva influencia de la carrera de derecho que había decidido estudiar. Sonrió y decidió descansar un poco antes de llegar a la casa de su madre.
Como a las cuatro de la tarde, en un atardecer glorioso de tonos amarillos y rosa, llegó a Iñapari. Se bajó de la camioneta y su madre, doña Rosineide da Souza, la estaba esperando en la puerta de la amplia casa de madera. Se dieron un fuerte abrazo y ambas se llenaron de besos. No veía a su madre desde la última vez que vino a Iñapari. Entraron de la mano, conversando y riendo mientras que el tío Ismael bajaba las maletas. Una vez en la casa cuando se disponía a sentarse escuchó una voz aguda y musical gritando:
– ¡Eh menina! Tira esos zapatos cuando entra a casa.
Volteó y allí estaba sentada con su vestido floreado ligero, el cabello blanquísimo y una enorme sonrisa en una perfecta dentadura oscurecida por el tabaco la abuela Adailta.
– ¡Abuelita! – gritó Mariana mientras se quitaba las sandalias.
– ¡Meu Deus! – exclamó la abuela extendiendo los brazos - ¡Cuánto es que creció esa menina!
– ¡Abuelita linda! – repetía Mariana mientras se lanzaba sobre la abuela y la llenaba de besos y caricias.
– Me cuenta – ordenó la abuela – cómo la está tratando esa cidade tan grande. Ya su mãe me contó que está estudiando, sacando notas todas buenas. Orgullo de sua mãe.
Mariana se acomodó y contó de Lima y lo moderna que estaba, de la casa de papá, de la escuela que había terminado hacía tres años, de su viaje de promoción al Cusco, de su ingreso a la Facultad de Derecho, de sus buenas notas y de lo feliz que estaba de visitarlas ahora. Inteligentemente obvió mencionar a la actual mujer de su padre. Pasaron horas conversando, doña Rosineide preparó café negro, espeso y dulce como se acostumbraba en la casa y doña Adailta fumó un cigarro rubio en su mecedora de madera mientras ambas escuchaban con regocijo las mil historias de la nieta. En una pausa doña Rosineide aprovechó para preguntarle seriamente a Mariana cómo estaba su padre, Mariana contestó con sinceridad que estaba bien. Le iba bien con el negocio de maquinaria pesada desde que había dejado la explotación de madera. Doña Rosineide se quedó en silencio por algunos segundos y la abuela Adailta rompió el hielo:
– Ese hombre era bueno, mas nunca gustó del monte. Nunca llegué a saber con certeza porqué vino a parar en este lugar olvidado de Deus.
– ¡Ay mamá! – contestó con tristeza Rosineide – no diga esas cosas.
– Eu falo la verdad filha – contestó la abuela – no gusto de cosa enrolada, no, lo único enrolado que soporto es este meu cabello.
Mariana y su madre echaron a reír y cambiaron rápidamente de tema, doña Rosineide y doña Adailta eran brasileñas. Moisés, el padre de Mariana había conocido a Rosineide cuando esta tenía tan solo dieciséis años y se la había llevado a vivir con él. Cuando renunció a seguir trabajando en la selva a pesar de irle bien con la madera, harto de los mosquitos, las inundaciones, el calor sofocante y los animales extraños, Rosineide no quiso acompañarlo a vivir en Lima. Moisés le rogó quedarse con él. Rosineide lo intentó y fue a Lima pero sólo resistió seis meses, no pudo más y volvió. El estruendo de los autos, el tráfico, el desorden, los edificios enormes, el bullicio, la gente tan bien vestida y educada que era la familia de su marido la hacían sentirse más campesina que nunca. Además la torturaba el triste cielo nublado de la capital y el frio húmedo que calaba sus huesos. Extrañaba el calor de la selva. Lo único que le gustó en esos seis meses eran las discotecas, sus enormes pistas de baile y las impresionantes luces de colores. Ese era el único recuerdo grato que tenía de Lima. Ese y los piropos algunas veces descarados que le lanzaban los limeños poco acostumbrados a unas caderas cimbreantes y musicales como las suyas y a esa gracia tan propia de la mujer brasileña.
Ahora vivía junto a su madre en una espaciosa casa al costado de la que fue alguna vez la casa de su marido. En ella vivía Ismael, que había heredado el negocio maderero y dos sobrinos pequeños también peruano brasileños como Mariana, hijos de Ismael y una guapa mulata compatriota suya de nombre indescifrable: Astrogilda Bonfim.
Al día siguiente, temprano en la mañana entró Astrogilda a la casa como un torbellino tropical, con su tersa piel de ébano y blanquísima dentadura, sonrisa inacabable y una sensualidad etérea que se impregnaba en cada una de las tablas de las paredes, pisos y techo de la casa. Apareció con un apretado short de tela brillante y escarchada que empezaba varios centímetros debajo de ombligo y terminaba a unos escasos milímetros por debajo de su ingle. En el torso sólo un brasier negro adornado con cuentas de vidrio cubriendo esforzadamente su senos abundantes.
– ¡Onde está esa filha de Moisés mulheres! – gritó apenas entró.
– Hola – contestó suavemente Mariana, intimidada por la fuerza volcánica de la personalidad de la mujer. Era la primera vez que veía a la tía Astrogilda. Por alguna razón Ismael siempre se había negado a llevarla a Lima.
– ¡Beleza de mulher! ¡Qué grandona, bonitinha! ¿Me entiende verdad? – dijo hablando a toda velocidad. Sin dejar que Mariana conteste la abrazó y le hizo dar una vuelta sobre sí misma para verla completa.
- ¡Qué chick! ¡Beleza brasileira y modales de princesa!
Mariana se sonrojó y agachó la cabeza
– ¡No agacha cabeza, no, mulher! Nunca debe tener vergonha de sua beleza – agregó la tía.
– Ya déjala en paz Astrogilda – dijo doña Rosineide que estaba preparando el café.
– ¡Ah! – espetó la mujer con desdén, luego se dirigió a Mariana – ¡Eh! eu vou para el festival en el rio. ¿Me acompaña?
– ¿Festival? – preguntó Mariana.
– El festival de playa – comentó la madre – Y no Astrogilda, Mariana se va a quedar con nosotras. Además el festival dura tres días. Mañana podemos ir todos.
– ¡Mamá! – dijo con tono lastimero Mariana.
– ¡Mamá! – imitó Astrogilda intentando hablar sin su acento brasileño y estallando en una carcajada burlona.
– Deija a menina salir – dijo impaciente, desde su mecedora, doña Adailta – ¿O acaso você olvidó cuando tenía esa edade?
Doña Rosineide asintió con la cabeza y le regaló una sonrisa cómplice a su hija. Astrogilda pidió licencia para ir a cambiarse mientras la muchacha hacía lo mismo. Mariana aprovechó para ponerse esas tangas que casi nunca se ponía en Lima y que estaba segura que ahora lucirían conservadoras al lado de los hilos dentales que las brasileñas usaban en las fotos que su papá le había mostrado tantas veces. Se colocó encima un holgado short de algodón crema y una blusa de lino blanco. Colocó en su cartera el bloqueador solar, unas cremas, lápiz labial, repelente y, ¿por qué no?, un preservativo.
Se despidió de su madre y la abuela y salió fuera de la casa. Ya la estaba esperando la tía Astrogilda quien no había hecho otra cosa que colocarse un top casi del mismo tamaño del brasier, encima de este y varios litros de perfume.
– ¿No llevas ropa de baño? – preguntó Mariana.
– Sim, esta es – dijo Astrogilda al mismo tiempo que desplazaba el short unos centímetros hacia abajo y mostraba una diminuta tira de tela negra, a la vez que sonreía coquetísima con todos sus hermosos dientes blancos.
Una vez en el rio, pasearon por horas, bebieron cervezas heladas y compraron unos curiosos suvenires consistentes en una especie de jarros de aluminio, con el logotipo del festival y con un forro interior de espuma plástica donde se depositaban las latas de cerveza y se mantenían frías ante el implacable calor de la selva. Bailaron con la música que brotaba de los enormes parlantes en el estrado ubicado muy cerca al rio, que por la época tenía muy poco caudal. Astrogilda le presentó varios muchachos peruanos y brasileños, sin embargo Mariana no le prestó especial atención a ninguno, se sentía bien en medio de tanto calor, de tanta gente diferente y simpática, muchachos negros o mulatos con chicas rubias y viceversa. En la universidad donde estudiaba eso no sería posible. Pensaba en cuánto le faltaba al Perú y a Lima para superar las barreras del color de piel. Ella misma se había sentido superior muchas veces frente a otros, olvidando el color canela de su propia madre y la sangre mulata oscura de la abuela Adailta. Había tenido suerte al heredar la piel blanca y los cabellos castaños claros de su padre. Ahora se mezclaba entre estos muchachos atractivos de piernas fuertes, morenas, de cabellos ondulados y ojos negros rodeados de cautivadoras cejas pobladas. También llamaban su atención los muchachitos rubios, de ojos azules o verdes cristalinos y piel blanca perfectamente bronceada, que a diferencia de la capital, se codeaban con naturalidad con peruanos y bolivianos de todos los colores. Estaba feliz. Bailó forró durante horas y bebió cerveza hasta que atardeció y en el estrado se instaló el grupo musical de moda de la región. Astrogilda era una bailarina incansable y ella no quería quedarse atrás. Disfrutaba la fiesta y la atención de todos los muchachos que la invitaban a bailar e intentaban enamorarla. Hasta que de pronto, frente a ella apareció una silueta que la dejó sin aliento: Un muchacho guapo, claro, alto, de espalda y hombros fuertes, brazos gruesos y piernas firmes la miraba directamente a los ojos. Estaba impecablemente vestido de blanco. En su cabeza, a pesar de ser de noche, tenía un formidable sombrero de cuero y colgando del cinto una especie de funda de cuero también, como si portara una espada. Mariana bajó la vista nerviosa y le dijo a Astrogilda que volvería pronto, pues precisaba ir al baño.
Luego de hace la larga cola para el uso del baño portátil, y de regreso a la zona de baile, escuchó una voz susurrante y estremecedora que la llamó por su nombre. Volteó y se encontró cara a cara con el muchacho de blanco que había visto antes y que ahora la saludaba con una sonrisa, él tomó su mano delicadamente y la besó mientras le decía en portugués algo ininteligible. Mariana en su nerviosismo solo atinó a decir que no entendía.
– ¿No habla portugués la señorita? – dijo el joven en un español cantado pero comprensible.
– No – contestó Mariana – entiendo un poco pero si habla despacio.
– Yo hablo español señorita – contestó él y continuó – estoy encantado de poder saludarla y presentarme, yo me llamo Marcio.
Mariana soltó una carcajada cuando Marcio luego de su presentación hizo una teatral venia colocando un pie detrás del otro al mismo tiempo que inclinaba la cabeza y ponía una mano a la altura del estómago.
– ¿Y cómo sabe mi nombre señor Marcio? – preguntó más calmada Mariana.
– Su tía me dijo – contestó señalando el lugar donde eufórica bailaba Astrogilda.
– Entiendo.
– ¿Danzaría usted con este servidor? – preguntó Marcio.
– Claro – dijo Mariana – pero tienes que actualizar tu español. Es muy antiguo.
Ambos rieron mientras iban a bailar.
* * *
Ya cerca de la media noche, Mariana luego de bailar todos los ritmos posibles con Marcio y compartir con él un número no preciso de cervezas, le dijo que ya debía retirarse. Marcio sonrió y le pidió que lo acompañe un rato más para conversar unos minutos antes de irse. Mariana asintió y dejaron atrás el baile y caminaron tomados de la mano por la arena de la orilla del rio Acre. La noche estaba estrellada, preciosa. La superficie apacible del rio reflejaba una romántica luna menguante. Marcio se dejó caer sentado sobre la arena e invitó a Mariana a sentarse. Ella aceptó, él empezó a hablar en su español arcaico de las estrellas, de los nombres con la que los indígenas las conocían, le contó historias del rio y del bosque. Le habló de épocas inmemoriales cuando el hombre occidental no había llegado a estas tierras, de animales de formas difusas y nombres impronunciables. Mariana escuchaba estática, hipnotizada, encantada con ese mozo tan interesante, amable y educado pero a la vez sencillo y humilde. Mientras hablaba no dejaba de mirar sus labios carnosos, su nariz afilada, su piel húmeda y cálida. De pronto Marcio volteó y la besó. Ella le correspondió. Sintió sus manos atrevidas buscando bajo su ropa e intentó detenerlo, pero él le susurró al oído las cosas más bellas del mundo. Se perdió en su aliento, en sus palabras que ya no eran en español y que le decía en portugués lo bonita que era, que describían en poesía lo suave de su piel, lo brillante de su cabello, lo profundo de sus ojos, lo sereno de su sonrisa. Lo abrazó con fuerza y sintió bajo su vientre un sólido hierro candente que acabó con sus últimas evasivas y sólo atinó a estirar la mano en busca de su cartera, tratando de encontrar el preservativo, pero ya era tarde, un torbellino de placer y deseo la envolvió dejándola rápidamente sin control ni conciencia.
Cerca de las cuatro de la mañana y luego de haber hecho el amor bajo las estrellas por horas, Mariana abrazó a Marcio y se mordió los labios viendo su propio cuerpo desnudo al lado de este incansable hombre rebosante de fuego y pasión. Recorrió con los ojos sus muslos, su sexo en reposo, su vientre plano, su pecho formidable, su rostro hermoso y dejó escapar una risita al ver que Marcio seguía con el sombrero puesto.
– Quítate eso – le dijo.
– Marcio sonrió y sin hacerle caso se levantó. Caminó desnudo hacia el agua que le llegaba a las rodillas, se sumergió lentamente y se incorporó dejando ver su cuerpo brillante. Mariana no pudo evitar sentir una nueva oleada de deseo al ver las gotas de agua corriendo por el cuerpo de ese magnífico espécimen.
– Debo irme ya señorita, va a amanecer – dijo Marcio al volver a su lado, mientras recogía su ropa.
– Deja ya de llamarme de usted – reclamó Mariana mientras Marcio sonreía como siempre – ¿Me das tu número? – preguntó impulsivamente, arrepintiéndose de inmediato y trató de aclarar:
– Para llamarte y, si se puede, salir estos días, me quedo una semana en Iñapari.
– Yo la buscaré señorita – contestó Marcio. Se acercó y le dio un beso apasionado. Mariana le correspondió y luego se quedó mirando como el hombre se alejaba caminando lentamente por el medio del rio, con sus ropas en las manos, desnudo, con un sombrero de cuero por toda prenda y se perdía en la oscuridad de la noche rio arriba.
* * *
Mariana se vistió rápidamente. Caminó por la arena sonriendo y mordiéndose los labios por causa de la travesura que acababa de hacer. “Razón tenía papá” se decía recordando todas las veces que su padre le había dicho que tarde o temprano le saldría lo brasileña.
Llegó cerca al estrado y la fiesta estaba en sus últimos estertores, buscó a su tía y no la encontró por ningún lado. Alrededor hombres y mujeres caminaban y bailaban cayéndose de la borrachera, algunos yacían dormidos en la arena. Miró alrededor, y cuando estaba a punto de irse sola, se le ocurrió ir a mirar detrás del escenario. Allí descubrió a Astrogilda desnuda de la cintura hacia abajo y con el brasier por el cuello montada y ensartada sobre un moreno bajo y musculoso que, de pie apoyado en la estructura del estrado, la sostenía de las nalgas con sus poderosos brazos, ambos perdidos en sordos e intensos jadeos y gemidos.
– ¡Tía! – gritó Mariana
Astrogilda volteó y le hizo una seña de molestia para que se retire, sin dejar de menear las caderas sobre el moreno. Mariana aturdida regreso a la zona de baile y esperó. Minutos después vino su tía acomodándose la ropa y le sonrió con una naturalidad que la dejó indignada. Mariana molesta empezó a caminar rápida rumbo a casa y Astrogilda la siguió. Cuando la alcanzó la tomó por el hombro y le dijo:
– ¡Hey menina! Você vai ficar bien callada ¿verdad?
– ¡Tía!
– ¡Me ayuda! Por favor sobrinha linda. No es maldad con seu tío, no. Es sólo transar, sólo sexo como vocês falan.
– ¡Pero tía! ¿Te das cuenta lo que me pides?
– ¡Por favor! – volvió a decir y juntó sus manos con una expresión de mística santa medieval que arrancó una carcajada en medio de la cólera de Mariana.
– ¡Eres una puta tía! Por eso el tío Ismael no te lleva a Lima – replicó con tono cómplice.
– Soy una puta gostosa. Y así es como gusta tu tío – contestó con su enorme sonrisa la tía Astrogilda.
* * *
Al día siguiente Mariana volvió al festival con Astrogilda, doña Rosineide y doña Adailta. Caminaron por los puestos de comida, bebieron un poco y bailaron también, pero ya no como el día anterior. Doña Rosineide se había puesto un bonito bikini y orgullosa notaba que todavía atraía miradas, pues con sus treinta y ocho años conservaba bien las formas. Quien no las conociera pensaría que madre e hija eran tan sólo amigas. Mariana, sin embargo, durante todo el día buscó a su joven amante entre la gente y no lo encontró. Entrada la noche se acercó a su tía y le preguntó acerca de Marcio.
– ¿Marcio? No sé de quien me fala sobrinha.
– El muchacho con el que estuve bailando anoche tía.
– No vi, no.
– ¿No conoces ningún Marcio?
– Sí, mas como ese que você fala… no. Pero ahora você va a contar tudo para mí…
Luego de contarle lo sucedido a su tía, Mariana quedó triste y desilusionada. Astrogilda haciendo gala de discreción no hizo comentario alguno. El domingo tampoco lo vio. Nunca más volvió a saber de Marcio y no le quedó ánimo para salir con ninguno de los otros muchachos que la invitaban. Pasó el resto de la semana casi todo el tiempo en casa; con la esperanza de encontrarlo, paseó algunas veces con la abuela por la pequeña ciudad y sus calles de barro sin éxito y finalmente, terminadas las breves vacaciones, se despidió de todos y regresó a Lima.
* * *
En una calurosa y sofocante tarde de setiembre, mientras doña Adailta se abanicaba sentada en la mecedora, el rugido de una camioneta estremeció la casa. La abuela y doña Rosineide salieron de prisa de la cocina y ambas quedaron pasmadas viendo una camioneta cubierta de barro que frenaba prácticamente sobre la entrada y de ella descendió raudo Moisés Cáceres con una expresión furiosa en el rostro, azotando la puerta del vehículo al tiempo que de la otra puerta y con la cabeza baja aparecía Mariana, demacrada y pálida.
Moisés entró hasta la cocina sin saludar y sin quitarse las botas. Detrás de él Mariana, doña Rosineide y doña Adailta. Moisés señaló una silla con un gesto firme y Mariana sin decir palabra se sentó allí. Luego con las manos en la cintura encaró a doña Rosineide y le soltó la noticia en la cara:
– ¿Para eso te la mando? ¡Está embarazada carajo! Dos meses. Quiero que me lleves de inmediato a la casa de ese tal Marcio. ¡En este momento!
– ¿Qué Marcio Moisés? Yo no sé nada de ningún Marcio.
– ¿Cómo no vas a saber? ¿Así cuidas a tu hija?
– ¡Nuestra hija Moisés!
En ese momento entró a la cocina Ismael arrastrando del brazo a Astrogilda que se resistía a caminar.
– ¡Habla mujer! – exigió Ismael - ¡Di todo lo que sabes!
Aterrada Astrogilda se quedó callada mirando al suelo. Luego empezó muy despacio a decir:
– Foi o boto cor de rosa.
– ¿Qué? – reaccionó sorprendido Moisés – ¿de qué mierda está hablando tu mujer? – preguntó dirigiéndose a Ismael
– Es un mito regional – contestó Ismael – el boto es un animal parecido al bufeo colorado de nuestra amazonía, una especie de delfín de rio.
– No es mito – aclaró con voz firme doña Adailta
– ¡No me vengan con huevadas! – gritó exasperado Moisés – por última vez, ¿Dónde encuentro al tal Marcio?
Se hizo un silencio denso en la habitación. Moisés escupió al piso y salió del lugar con prisa rumbo a la camioneta y las mujeres se miraron entre sí con preocupación. Pocos segundos después volvió a entrar a la cocina con una escopeta entre las manos. Se dirigió a Astrogilda y le espetó:
– ¡Habla carajo o aquí va a suceder una desgracia!
– Não sei señor – contestó aterrada la mujer.
– Me escucha Moisés – dijo doña Adailta – el boto existe. Me deja falar con su filha.
Doña Adailta se dirigió a su nieta:
– Fala para mí menina. Este hombre que te engravidó ¿era alto, claro, bonito, vestido de branco?
– Sí abuela.
– ¿Y usaba sombrero de cuero?
– Sí.
– ¿Se quitó el sombrero?
– No abuela.
– Fue el boto cor de rosa señor Moisés – dijo con pesadumbre la abuela dirigiéndose al enfurecido padre.
– ¿De qué está usted hablando? – interrogó Moisés desconcertado
– Usa el sombrero para tapar el hueco en su cabeza, el orificio por el que respiran – dijo con calma doña Rosineide mientras caminaba a atender a su madre que había palidecido y le costaba trabajo sentarse en la mecedora.
– ¡Qué demonios! ¡Ustedes se están burlando de mí! – dijo aprensivo y nervioso Moisés – ¡no me vengan con cuentos de indios ignorantes! ¡Ustedes quieren proteger al tipo que embarazó a esta!
– No son cuentos, não – dijo doña Adailta con dificultad y con lágrimas en los ojos.
Moisés no quiso escuchar más. Tomó del brazo a Mariana y la subió a la camioneta a empellones. Encendió el vehículo y partió. Se pasó cuatro días completos buscando casa por casa a Marcio. Nadie daba cuenta de él. Ninguna persona parecía conocer a alguien de esas características, ni en Iñapari, ni en el lado brasileño y menos en el triste pueblito de la frontera boliviana. Habló con la Policía Federal del Brasil, prometieron ayudar pero no garantizaban nada. Mariana era una adulta y no podían intervenir directamente en el caso. Al quinto día, Moisés se encerró en la cocina de la casa con Mariana, luego de varias horas el sordo estruendo de la escopeta Winchester de dos cañones de Moisés Caceres remeció los horcones de la casa. Doña Rosineide fue la primera en llegar corriendo y trató de entrar sin conseguirlo, Ismael apareció segundos después y derribó la puerta. En el suelo estaba el cuerpo inerte de Moisés ensangrentado y Mariana de rodillas lo abrazaba y llorando le pedía perdón.
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sábado, 5 de marzo de 2011
¿QUE TIENEN EN COMUN JUDAS ISCARIOTE, ANTHONY HOPKINS, UMBERTO ECO, NATALIE PORTMAN, EL MEJOR AMIGO DEL HOMBRE ARAÑA Y EL REFRIGERADOR FANTASMA?
Una vez en casa fui recibido cálidamente por la guapa tía Cecilia e inmediatamente después por mi muy querida tía putativa María Eugenia, a quien vi bastante recuperada luego de un feo incidente de salud. La abracé muy fuerte lleno de alegría y presumí que el viaje por la costanera y las visibles mejoras en María Eugenia no eran otra cosa que el preludio de un inolvidable fin de semana.
Luego hablé con Claudio por teléfono y quedamos para encontrarnos en Miraflores a la salida de su trabajo. En el Haití. ¡No! No sean malpensados, Claudio no trabaja en el Haití, trabaja a la vuelta en una importante empresa dedicada a... ahora que lo pienso no tengo claro a qué se dedican principalmente, pero sé que entre otras cosas se dedican a pagarle bien y tratar mejor a Claudio y eso es lo que me importa. ¡Adoro a esa empresa!
Terminando de hablar por teléfono, María Eugenia me dio las instrucciones acerca de la suite de huéspedes y me advirtió que el refrigerador de Piero que también vive en la casa (No es que Piero sea un refrigerador, aunque últimamente parece uno gracias a los kilos ganados, si no el refrigerador de propiedad de Piero que es primo de Claudio y por tanto una especie de primo mío, porque los primos de mi primo... ¡son mis primos!), venía haciendo unos ruidos extraños por la noche. Advertido tomé un baño, me afeité y me alisté para salir.
Una vez en Miraflores, a la altura del Haití, me encontré con Claudio y luego de los abrazos de rigor, nos fuimos caminando a Larcomar, nos pusimos al día y nos dirigimos al teatro de la USIL, allí pudimos disfrutar de “Los últimos días de Judas Iscariote”, Claudio había comprado las entradas unos días antes para garantizar una buena ubicación, obviamente no voy a hacer una ficha técnica porque no es el objetivo de este blog y porque me da flojera y también porque no me da la gana particularmente hoy. Sin embargo pueden abrir una ventanita en el navegador y colocar “google.com” y más abajo buscan “Los últimos días de Judas Iscariote” y les aseguro que obtendrán todos los datos necesarios para regodearse frente a sus amigos de saber que existe una puesta en escena de una obra que se llama “Los últimos días de Judas Iscariote” y si viven en Lima creo que todavía alcanzan a irla a ver. Lo cierto es que me gustó la puesta, un Lucifer (Lou) magistralmente interpretado por Iza. Me gustó mucho Julio César, Pilatos, el Juez… ¡Oh! ¡El Juez!, el fiscal muy bien puesto, judío como tenía que ser y la abogada tibia tibia... Un Judas más o menos convincente y un Jesús que si se hubiese quedado calladito hubiese quedado bien bonito, como los pingüinos de Madagascar. Santa Mónica y la Madre Teresa de Calcuta, interpretadas ambas por la misma actriz, bien caracterizadas. Personajes muy válidos para los fines de la obra. En resumen, bien pagados los treinta y cinco soles de la entrada, que dicho sea de paso, nunca le devolví a Claudio. ¡Bien pagados los setenta soles Claudio! ¡Gracias Totales!
Luego nos fuimos al Café sofá (¿O Sofá café? Nunca puedo acordarme) también en Larcomar y nos metimos una conversa de las cosas de la vida como siempre que nos encontramos. Unas cervezas y a casa, antes de salir de Larcomar nos detuvimos en uno de esos lugares llenos de juegos y cosas raras, así que Claudio (él y sus ideas raras) me invitó a jugar un especie de fulbito de mesa con una pieza circular plana que funge de bola y luego hicimos carreras en una suerte de simulador. ¡Qué difícil es manejar a doscientos cuarenta kilómetros por hora! Felizmente era sólo un simulador, si no estaría escribiendo esta nota desde una camilla de hospital.
Una vez en casa acomodé mi suite, así llamamos a un enorme sofá (muy cómodo por cierto) donde siempre me quedo cuando voy a Lima. Incluso a veces me quedo allí cuando voy por trabajo. Si se están preguntando si no puedo pagar un hotel, pues si puedo, pero hay dos razones principalmente para preferir el sofá: Primero, el calor de hogar: odio levantarme en las mañanas en un sitio tan impersonal como un hotel, así tenga todas las comodidades del mundo y segundo, porque son tan pocas las veces que veo a Claudio, Sergio y Maria Eugenia últimamente, que no quiero perderme ni un minuto de los que podría pasar con ellos.
Apagué la luz (serían las dos de la madrugada) y traté de dormir y fue entonces que advertí el misterioso sonido que venía de la cocina. Efectivamente parecía un fantasma, pero muy similar al sonido o arrullo que hacen las palomas en los tejados y ventanas de las casas: Uhuhuuuu... Uhuhuuuuu... Cerraba los ojos y trataba de dormir y allí estaba el Uhuhuuuu... Uhuhuuuuu... Me levanté y cerré la puerta de la cocina, el sonido disminuyó y pude dormir por fin, creo que en mayor grado por la hora y el efecto de las cervezas que por el hecho de cerrar la puerta de la cocina.
Entre compra y compra se nos fue el día, almorzamos en el patio de comidas de Saga me parece y compramos unas cosas más, luego de regreso a casa. Descansamos un poco y volvimos a Larcomar para ir al cine esta vez. Vimos “El Rito” con Anthony Hopkins, el adelanto de la televisión prometía más. Sin ser una súper película, estuvo bien nomás. Es obvio que una actuación de carácter como la de Anthony Hopkins salva en buena cuenta la película. Hopkins es un actor galés por si acaso, para los que piensen erróneamente que es gringo. Más allá todavía es caballero de la Corte. Sir Philip Anthony Hopkins es de los brillantes actores británicos que con mucho talento son capaces de sacar adelante cualquier personaje, como Sean Connery o Hugh Laurie también.
Luego del cine un café en el Sofá café (¿o Café sofá?) y una larga conversa acerca de metafísica. ¡Qué conversa! Cuántas cosas aprendí esa noche, a través de información directa y a través de feedback, reanalizando mis puntos de vista y replanteándolos. Que nutritivo (intelectualmente hablando) es conversar con alguien como el primo Claudio, que a pesar de ser más o menos diez años menor que yo, tiene un punto de vista de las cosas que no he podido identificar en otras personas que se jactan de sabias y con muchos más años de experiencia.
De regreso a la casa, un poco de navegar la red y a dormir. De pronto de nuevo Uhuhuuuu... Uhuhuuuuu... desde el refrigerador fantasma, nuevamente a cerrar la puerta de la cocina y tratar de dormir. La verdad es que si Maria Eugenia no me hubiese advertido con la debida anticipación, menudo susto que me hubiese llevado la primera noche hasta descubrir que se trataba del bendito aparato.
El sábado nuevamente despertamos tarde, me di una ducha y me puse mi último calzoncillo limpio. Esperé por Claudio y nos fuimos a Polvos Rosados, precisamente para comprar ropa interior, calcetines, música pirata y algunas otras chucherías. Aprovechamos también para ir a Plaza Vea y compramos el tradicional “twelve pack” de Brahma, además de pasta dental, cepillos, máquinas de afeitar, embutidos, queso, aceitunas y etcétera. Al retorno pusimos a helar las correspondientes cervezas y almorzamos un delicioso calentado del día anterior. Por la tarde, luego de descansar un poco, nos fuimos a Crisol, frente al Ovalo Gutiérrez en Miraflores y felizmente ya estaba allí, esperándome como supuse, la más reciente novela de Umberto Eco: “El Cementerio de Praga”, nos pusimos a hojear algunos libros, tristemente no pudimos hojear el de fotografías de Metallica, porque todos los ejemplares estaban embolsados. En eso nos avisan que van a cerrar debido al simulacro nacional de sismo, así que tuve que escoger casi sin pensar algunos títulos más para llevar a casa: El sueño del Celta, Travesuras de la niña mala y El símbolo perdido. Pagamos y nos fuimos a participar del simulacro.
Afortunadamente nadie salió simuladamente herido en el Ovalo Gutiérrez, luego de las sirenas y los “!ohh¡” “¡ahh!” de la gente, entramos al cine para ver esta vez y casi al azar una película ligera, “Amigos con derechos” o sea “trampita nomás” con Ashton Kutcher y Natalie Portman. Película divertida y de formato predecible. Agradable para pasar el rato y para tratar de adivinar las desnudeces de Natalie Portman, que algún maldito editor malditamente cuidadoso tuvo el maldito cuidado de editar cuidadosamente.
Luego del cine nos fuimos al Starbucks Café, frente al cine y a unos pasos. De acuerdo a lo que me cuenta Claudio es el más antiguo de Lima. Allí seguimos conversando un buen rato, de todo un poco y en particular de tecnología. Rato después regresamos a casa, donde aún está despierto el primo Sergio (hermano de Claudio) y nos ponemos a conversar hasta tarde acompañando el verbo con cerveza, aceitunas y cabanossi.
El domingo definitivamente era un día playero, mientras desayunábamos, me quejé con María Eugenia que el refrigerador sonaba más que como un fantasma como una paloma y me dejó confundido la risa de mi tía. La miré y entre carcajadas me dijo:
- Es que Paloma se llama la enamorada de Piero.
Ese Piero, dos palomas por las qué preocuparse. Bueno, lo cierto es que nos alistamos, extendiendo la invitación a Sergio y los tres nos fuimos a la playa El Silencio. Conseguimos un taxista amable que nos llevó por módicos cuarenta soles y no sólo eso, además accedió a quedarse por ahí hasta la tarde para recogernos y llevarnos de vuelta a Surco. En la playa nos asoleamos un poco (no era un día particularmente caluroso) tomamos un par de cervezas y comimos cebiche como debe ser. No nos metimos al mar, porque (recién me enteré) la playa de El Silencio no tiene fondo de mar con declive leve, sino más bien como una especie de pequeño acantilado submarino, motivo por el cual cualquiera que quiera meterse al mar, debe cuando menos saber flotar bien.
Regresando a Lima descansamos un poco y volvimos a Larcomar otra vez, ahora para ver 127 días con James Franco, quien hizo del mejor amigo de Peter Parker en el hombre araña. Yo no tenía muchas expectativas con esta película, pero la verdad es que me atrapó y al final resultó gustándome bastante. Muy buena dirección y se crea convenientemente la ilusión de que el espectador está efectivamente allí sufriendo lo mismo que sufre el protagonista. Noté también que en esta película James Franco se parece mucho a Sam Rockwell cuando interpreta a William "Billy the kid " en Milagros Inesperados o la Milla Verde con Tom Hanks.
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martes, 1 de marzo de 2011
VIAJANDO A LIMA: CRONICA DE UNA PITCHULA VITAMINADA
Este asunto me desanimó terriblemente, así que desde la internet y comunicándome con amigos que trabajan en Puerto Maldonado procuré hacerle un seguimiento al paro para definir si se concretaba mi viaje. Ya había reservado los pasajes en StarPerú, mediante el pago vía internet de quince dólares por cada tramo, con penalidad no show de tal manera que si no me presentaba a lo mucho perdería treinta dólares, por lo que eso era lo que menos me preocupaba. Sí me preocupaba perderme la oportunidad de visitar Lima, de aprovechar para comprar una serie de cosas que necesitaba y sobre todo visitar a mi querido amigo Claudio, quien es, como diría Paris Hilton – una de las mentes más brillantes del milenio – my BFF.
El día miércoles veintitrés, primer día de paro, se me informó que la cosa hasta el medio día había estado tranquila y diseñé mi estrategia: Viajar pasado el medio día para llegar entrada la tarde, hora en la que los huelguistas bajan un poco la guardia, dormir en Puerto Maldonado, e irme al día siguiente temprano al aeropuerto antes de que los revoltosos tomen la vía a dicho terminal.
Tal como le había prometido a Claudio, medio en broma, medio en serio, me fui al supermercado en Brasil para comprar una bebida gaseosa que viene en unas botellitas pequeñas (como nuestra Kola Real) y que tiene el gracioso nombre de Pitchula, y que últimamente viene además enriquecida con vitaminas B, C, Magnesio y Zinc, por lo que además resulta ser una Pitchula Vitaminada. Compré tres botellas, dos de naranja y una limón y como la hora me ganaba, ya no pude conseguir los chocolates que había prometido y me regresé a casa a arreglar mis cosas.
Días antes había comprado algunos discos de música sertaneija y forró para obsequiarle a Claudio. Los acomodé con mi ropa en la mochila y también las tres botellitas de gaseosa que aseguré en una bolsa plástica negra. Luego me entró la duda de que podían destaparse en el viaje y manchar la ropa, así que les puse una segunda bolsa, pero con la duda ya encima, opté por colocarlas en un compartimiento en la parte delantera de la mochila para evitar cualquier desastre. Así entonces me fui al paradero de buses, ya que el único bus decente que va a Puerto Maldonado pasa todos los días (excepto los lunes) entre las dos treinta y tres de la tarde.
El viaje a Puerto Maldonado fue tranquilo, la ciudad estaba calma y pude confirmar en los noticieros nocturnos que el primer día de paro había sido tibio, por calificarlo de alguna manera. Al día siguiente, el veinticuatro, me levanté temprano, me di una ducha y me fui en el correspondiente motocar al aeropuerto. Llegué a las ocho de la mañana aproximadamente, noté una fuerte presencia policial y militar y me felicité por haber tomado la decisión de no correr riesgos. Los counters estaban cerrados y el único establecimiento abierto era la cafetería, en ella cuatro funcionarios del aeropuerto sentados en una mesa tomaban té o mates por lo que pude observar.
Me senté a una mesa y el mozo, un hombre mayor y de cara de pocos amigos que ya había visto en otras ocasiones, me trajo la carta. No se me ocurre que el mozo sea un empleado real, nadie en su sano juicio contrataría a alguien así para atención al público, así que supongo que debe tratarse de una empresa familiar y el mozo es el papá o tío del dueño o algo así. La carta estaba en dos idiomas, en una columna en Español y la otra en English, en la columna en español decía pulcramente Sánguches y en la otra Sandwish. Pero más abajo en español decía hot dog y en inglés hot dog también, me pregunté si no sería más adecuado perro caliente en español, si en inglés hot dog era un sandwish. Habiendo hamburguesas, sánguches de queso y jamón, sánguche de huevo y otros correctamente traducidos al inglés, caprichosamente, pedí un hot dog en español y un café americano.
Entonces el mozo otoñal me dijo:
– No tenemos desayuno todavía.
Pensé: ¡Coño, entonces para qué abren! Miré el reloj de mi celular y vi que eran las siete y treinta de la mañana, levanté la vista y miré elocuentemente a las cuatro personas que bebían té frente a mí. Miré a la caja y vi a una persona que más que cajero parecía el dueño del lugar y me pregunté mentalmente si era tan difícil que alguien me prepare un sánguche o un sandwish y un café.
– Espero – dije, pensando en que igual mi vuelo salía a las once y treinta y el mozo asintió.
Mientras esperaba, noté en la mesa, debajo del vidrio un papel impreso que decía algo más o menos así:
“Las mesas son exclusivamente para el consumo de los productos que expende el restaurant. Está prohibido el uso de computadoras. Agradecemos su comprensión.”
Me quedé pensando en lo anacrónico del asunto, mientras en otros aeropuertos se ofrece el servicio de Wi-fi, en este se prohíbe el uso de computadoras. Podía entender el hecho de que habiendo pocas mesas, la idea sea que los clientes no se queden sentados en las mesas sin consumir en perjuicio de otros clientes era razonable, pero de allí a prohibir el uso de computadores…
Pasados veinte minutos aproximadamente se me acercó el dueño - cajero y me comunicó que ya había llegado la persona a cargo de la cocina, me ofreció disculpas y yo confirmé mi pedido. Instantes después llegó mi castellanizado hot-dog y una taza de agua caliente acompañada de un sobrecito de Nescafé: De alguna manera para ese restaurant eso era un café americano, con Nescafé fabricado por Nestlé del Perú.
Cuando terminé y pesar de que todavía había cuatro mesas libres, el mozo me retiró los platos apenas me vio limpiarme los labios con una servilleta. Prácticamente me obligó a ir a pagar y para colmo ni siquiera me anotó su teléfono o email en la servilleta como la señorita moza de cierto cuento.
Terminé con calma mi desayuno y luego me fui a sentar en una de las tiesas sillas de fibra de vidrio frente a los counters hasta que se inició la atención en StarPerú, tranquilo me acerqué a pagar mi pasaje ya reservado. Una vez en la barra (porque los counters no son ventanillas porque no tienen ventanas ni mostradores porque no muestran nada, entonces deben ser barras, supongo yo) le mostré mi reservación a la señorita de atención al público y me contestó, como es lógico en el Perú, que no podía atenderme ahora y que vuelva en diez minutos. Nunca contradigo esos sólidos argumentos, después de haber tomado vuelos en un promedio de cincuenta por año durante casi seis años y pasearme por casi todos los aeropuertos del país, he aprendido que en los counters operan fuerzas misteriosas más allá del entendimiento humano. Regresé a mi asiento.
Esperé once minutos para no fallar y regresé al counter o barra de atención como ya dije, y le mostré mi reservación a la ilustre señorita y le alcancé mi tarjeta de crédito American Express (Visa y Mastercard son zapatillas a su lado) junto con mi DNI para proceder al pago. La referida dama (a este punto no me consta que sea señorita) me contestó con su sonrisa de catálogo que sólo aceptaba pagos en efectivo. ¡En efectivo! Miré alrededor y no pude ver donde había dejado estacionada mi máquina del tiempo. Luego miré nuevamente alrededor pero levantando la vista para ver si descubría las cámaras escondidas, pero nada. ¡Era verdad! Aunque no lo crean, en pleno siglo XXI, con Wi-fi, televisión en alta definición, telefonía satelital, en un país que dice estar casi a punto de ser un país desarrollado y abandonar el triste tercer mundo… ¡StarPerú no tiene P.O.S. en su counter en el aeropuerto! Ante mi mirada incrédula la mujer de rojo (la señora del counter) resolvió todo el problema diciéndome:
– Pero allí tiene un cajero – y señaló el cajero de Interbank a unos metros.
Le solté el discurso de ¿Y qué pasa si fuese un viaje de emergencia y no tuviera efectivo? Me miró con su expresión vacía y no pudo evitar encoger los hombros, pero siempre muy amablemente. Entonces recordé las fuerzas misteriosas, el triángulo de las Bermudas, la magia negra, el vudú y los counters y me fui derechito a sacar plata del cajero. Una vez de vuelta, pagué. Como era de esperarse no tenía cambio y tuve que rebuscar mis monedas para pagarle la cantidad exacta, me entregó mi tarjeta de embarque y me remitió a la ventanilla (esta vez sí una ventanilla) para pagar la tasa correspondiente. Pagué y me fui a sentar, revisé mi tarjeta de embarque y me percaté de dos cosas que me han pasado esta vez por primera vez en la vida, la primera era que mi tarjeta de embarque estaba a nombre de Vásquez Caimachi, Pánfilo Eleuterio (o algo así) y que no me había dado ningún comprobante por el pago realizado.
Regresé al counter y le expliqué a la empleada mi problema. (Como sospecharán mi ánimo ya no era tan bueno) y nuevamente con sonrisa amable me expidió una nueva tarjeta de embarque, se demoró como diez minutos despegando con cuidado el stiker de la tasa de embarque, y yo pensé que para poderlo pegar en la nueva tarjeta de embarque, casi me caigo cuando al terminar de despegarla, la engrapó a la tarjeta correcta ¿no hubiese sido mejor recortarlo si lo iba a engrapar? En fin, recibí mi tarjeta y me la quedé mirando, me preguntó:
– ¿Lo puedo servir en algo más señor?
– Claro – le dije - ¿Mi comprobante por el pago que hice?
– ¡Ah! ¿Quiere que se lo imprima?
– ¡No! Mándamelo por telepatía so cojuda
Esto último no lo dije, pero les juro que lo pensé.
– Sería bueno – le contesté con una hipócrita sonrisa en los labios. Imitando la de ella.
Me entregó mi comprobante de pago y me fui más tranquilo, ya me imaginaba yo en el Jorge Chávez jurándole a la counter que había pagado en efectivo en Puerto Maldonado y ella sonriéndome con sonrisa de counter y explicándome amablemente que el pago no figuraba en pantalla. Problema resuelto felizmente.
El vuelo estaba programado para las once y treinta, por supuestos problemas de clima, este se retrasó y terminó saliendo rumbo a Lima pasadas las dos de la tarde. A las doce mi ánimo ya estaba sobre cargado, aburrido fui a buscar un libro en un dudoso y poco creíble Zeta Book Store, ¿Por qué no me sorprendió cuando confirmé que probablemente los kioskos de las esquinas de la plaza de armas de Arequipa tienen mejores y más variados libros y revistas? Desilusionado me puse a mirar a la gente.
Finalmente llamaron para embarcar, todo un problema porque mi tasa de embarque no estaba pegada si no engrapada a mi tarjeta de embarque, ¿Es que hay alguna diferencia? El funcionario luego de mi explicación me miró con cara de “No te quieras pasar de vivo manito” perforó la tasa y seguí, mochila en mano.
En la máquina de rayos equis deposité la mochila, mis monedas, celular, llavero y otros. Pasé el umbral mágico sin generar la aterradora bocina y de pronto me sentí mirado por todos. La encargada de los rayos equis me había señalado con su dedo acusador y un gorila de un metro ochenta se abalanzaba sobre mí. Exagero creo, pero esa fue la sensación que tuve, y ahora pienso que ya sé cómo se siente un miembro de Al Qaeda. Bueno, lo cierto es que me quedé helado y al voltear veo en la pantalla del monitor las tres gaseosas brasileñas juntas una al lado de otra, pero que en el monitor parecían granadas o cuando menos bombas Molotov.
– ¿Qué es eso? – me preguntó gorilón mientras me hacía señas con sus torpes manos pre homo sapiens para que abra mi mochila.
– Pitchulas – le contesté inconscientemente, y hasta ahora no entiendo cómo no me dio con su vara en la cabeza. Se me quedó mirando a punto de golpearme y yo estallé en una carcajada
– Gaseosa quiero decir – expliqué.
Luego de sacar cuidadosamente las tres botellitas y mostrarlas, sonrieron conmigo y me dejaron pasar. Ya no les cuento acerca del avión porque si no van a pensar que estoy inventando todo esto. Baste saber que arribé sano y salvo a Lima y que las pitchulas vitaminadas llegaron a su destino.
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