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jueves, 21 de abril de 2011

COR DE ROSA (Cuento)

Desde la ventana del avión, Mariana miró con curiosidad el modesto y pequeño aeropuerto de Puerto Maldonado. Era un día cálido de julio y el sol radiante iluminaba el horizonte dándole un singular tono a las verdes copas de los árboles que se alzaban ante un impresionante cielo azul decorado de brillantes mechones de nubes blancas.

Ansiosa se levantó de su asiento apenas se apagó la señal de cinturones de seguridad, tomó su mochila y se dispuso a bajar. Mientras caminaba por el pasillo del avión iba sintiendo aumentar notablemente la temperatura, pero lo que no se esperaba fue el bochorno intenso que prácticamente la sofocó cuando se paró en el primer peldaño de la escalinata de descenso al salir del avión. Casi de inmediato sintió un calor húmedo y pegajoso apoderándose de ella. La ropa sobre su piel era insoportable y le costaba esfuerzo avanzar, lo que sumado al casi derretido asfalto y el brillo de las veredas de cemento pulido, hizo de su trayecto a la sombra una verdadera agonía.

Una vez en la zona de equipajes se fue directamente al baño, se quitó la blusa y se dejó la camiseta ligera que llevaba debajo. Se refrescó un poco frente al espejo y buscó sus lentes oscuros en la mochila. Acomodó sus cabellos castaños y salió a esperar sus maletas.

En el estacionamiento la esperaba su tío Ismael, la saludó con un fuerte abrazo, y la ayudó a subir a la camioneta. Ismael era el hermano menor de su padre y se veían a menudo en Lima. Ahora había ido a recogerla al aeropuerto y la llevaría directamente a Iñapari, en la frontera con el Brasil donde había nacido hacía poco más de veinte años. Mariana luego de intercambiar los saludos de rigor con el tío Ismael, se concentró en el paisaje. La carretera estaba terminada. Ya no recordaba bien la última vez que vino a la selva, revolvió sus memorias y se vio a los seis o siete años, viajando sobre una gran carreta de madera tirada por enormes bueyes que se desplazaban con lentitud en una trocha de barro rojo mojado. ¡Cómo había cambiado el paisaje! La negra cinta de asfalto penetraba interminable por el verde agreste. ¡Quién diría! Más de trece años sin venir y el progreso había llegado al fin a la tierra que la vio nacer. Rió de la tontería que acababa de pensar. Una frase tan trillada solo podía ser producto de su cansancio y la nociva influencia de la carrera de derecho que había decidido estudiar. Sonrió y decidió descansar un poco antes de llegar a la casa de su madre.

Como a las cuatro de la tarde, en un atardecer glorioso de tonos amarillos y rosa, llegó a Iñapari. Se bajó de la camioneta y su madre, doña Rosineide da Souza, la estaba esperando en la puerta de la amplia casa de madera. Se dieron un fuerte abrazo y ambas se llenaron de besos. No veía a su madre desde la última vez que vino a Iñapari. Entraron de la mano, conversando y riendo mientras que el tío Ismael bajaba las maletas. Una vez en la casa cuando se disponía a sentarse escuchó una voz aguda y musical gritando:
– ¡Eh menina! Tira esos zapatos cuando entra a casa.
Volteó y allí estaba sentada con su vestido floreado ligero, el cabello blanquísimo y una enorme sonrisa en una perfecta dentadura oscurecida por el tabaco la abuela Adailta.
– ¡Abuelita! – gritó Mariana mientras se quitaba las sandalias.
– ¡Meu Deus! – exclamó la abuela extendiendo los brazos - ¡Cuánto es que creció esa menina!
– ¡Abuelita linda! – repetía Mariana mientras se lanzaba sobre la abuela y la llenaba de besos y caricias.
– Me cuenta – ordenó la abuela – cómo la está tratando esa cidade tan grande. Ya su mãe me contó que está estudiando, sacando notas todas buenas. Orgullo de sua mãe.

Mariana se acomodó y contó de Lima y lo moderna que estaba, de la casa de papá, de la escuela que había terminado hacía tres años, de su viaje de promoción al Cusco, de su ingreso a la Facultad de Derecho, de sus buenas notas y de lo feliz que estaba de visitarlas ahora. Inteligentemente obvió mencionar a la actual mujer de su padre. Pasaron horas conversando, doña Rosineide preparó café negro, espeso y dulce como se acostumbraba en la casa y doña Adailta fumó un cigarro rubio en su mecedora de madera mientras ambas escuchaban con regocijo las mil historias de la nieta. En una pausa doña Rosineide aprovechó para preguntarle seriamente a Mariana cómo estaba su padre, Mariana contestó con sinceridad que estaba bien. Le iba bien con el negocio de maquinaria pesada desde que había dejado la explotación de madera. Doña Rosineide se quedó en silencio por algunos segundos y la abuela Adailta rompió el hielo:
– Ese hombre era bueno, mas nunca gustó del monte. Nunca llegué a saber con certeza porqué vino a parar en este lugar olvidado de Deus.
– ¡Ay mamá! – contestó con tristeza Rosineide – no diga esas cosas.
Eu falo la verdad filha – contestó la abuela – no gusto de cosa enrolada, no, lo único enrolado que soporto es este meu cabello.
Mariana y su madre echaron a reír y cambiaron rápidamente de tema, doña Rosineide y doña Adailta eran brasileñas. Moisés, el padre de Mariana había conocido a Rosineide cuando esta tenía tan solo dieciséis años y se la había llevado a vivir con él. Cuando renunció a seguir trabajando en la selva a pesar de irle bien con la madera, harto de los mosquitos, las inundaciones, el calor sofocante y los animales extraños, Rosineide no quiso acompañarlo a vivir en Lima. Moisés le rogó quedarse con él. Rosineide lo intentó y fue a Lima pero sólo resistió seis meses, no pudo más y volvió. El estruendo de los autos, el tráfico, el desorden, los edificios enormes, el bullicio, la gente tan bien vestida y educada que era la familia de su marido la hacían sentirse más campesina que nunca. Además la torturaba el triste cielo nublado de la capital y el frio húmedo que calaba sus huesos. Extrañaba el calor de la selva. Lo único que le gustó en esos seis meses eran las discotecas, sus enormes pistas de baile y las impresionantes luces de colores. Ese era el único recuerdo grato que tenía de Lima. Ese y los piropos algunas veces descarados que le lanzaban los limeños poco acostumbrados a unas caderas cimbreantes y musicales como las suyas y a esa gracia tan propia de la mujer brasileña.

Ahora vivía junto a su madre en una espaciosa casa al costado de la que fue alguna vez la casa de su marido. En ella vivía Ismael, que había heredado el negocio maderero y dos sobrinos pequeños también peruano brasileños como Mariana, hijos de Ismael y una guapa mulata compatriota suya de nombre indescifrable: Astrogilda Bonfim.

Al día siguiente, temprano en la mañana entró Astrogilda a la casa como un torbellino tropical, con su tersa piel de ébano y blanquísima dentadura, sonrisa inacabable y una sensualidad etérea que se impregnaba en cada una de las tablas de las paredes, pisos y techo de la casa. Apareció con un apretado short de tela brillante y escarchada que empezaba varios centímetros debajo de ombligo y terminaba a unos escasos milímetros por debajo de su ingle. En el torso sólo un brasier negro adornado con cuentas de vidrio cubriendo esforzadamente su senos abundantes.
– ¡Onde está esa filha de Moisés mulheres! – gritó apenas entró.
– Hola – contestó suavemente Mariana, intimidada por la fuerza volcánica de la personalidad de la mujer. Era la primera vez que veía a la tía Astrogilda. Por alguna razón Ismael siempre se había negado a llevarla a Lima.
– ¡Beleza de mulher! ¡Qué grandona, bonitinha! ¿Me entiende verdad? – dijo hablando a toda velocidad. Sin dejar que Mariana conteste la abrazó y le hizo dar una vuelta sobre sí misma para verla completa.
- ¡Qué chick! ¡Beleza brasileira y modales de princesa!
Mariana se sonrojó y agachó la cabeza
– ¡No agacha cabeza, no, mulher! Nunca debe tener vergonha de sua beleza – agregó la tía.
– Ya déjala en paz Astrogilda – dijo doña Rosineide que estaba preparando el café.
– ¡Ah! – espetó la mujer con desdén, luego se dirigió a Mariana – ¡Eh! eu vou para el festival en el rio. ¿Me acompaña?
– ¿Festival? – preguntó Mariana.
– El festival de playa – comentó la madre – Y no Astrogilda, Mariana se va a quedar con nosotras. Además el festival dura tres días. Mañana podemos ir todos.
– ¡Mamá! – dijo con tono lastimero Mariana.
– ¡Mamá! – imitó Astrogilda intentando hablar sin su acento brasileño y estallando en una carcajada burlona.
Deija a menina salir – dijo impaciente, desde su mecedora, doña Adailta – ¿O acaso você olvidó cuando tenía esa edade?
Doña Rosineide asintió con la cabeza y le regaló una sonrisa cómplice a su hija. Astrogilda pidió licencia para ir a cambiarse mientras la muchacha hacía lo mismo. Mariana aprovechó para ponerse esas tangas que casi nunca se ponía en Lima y que estaba segura que ahora lucirían conservadoras al lado de los hilos dentales que las brasileñas usaban en las fotos que su papá le había mostrado tantas veces. Se colocó encima un holgado short de algodón crema y una blusa de lino blanco. Colocó en su cartera el bloqueador solar, unas cremas, lápiz labial, repelente y, ¿por qué no?, un preservativo.

Se despidió de su madre y la abuela y salió fuera de la casa. Ya la estaba esperando la tía Astrogilda quien no había hecho otra cosa que colocarse un top casi del mismo tamaño del brasier, encima de este y varios litros de perfume.
– ¿No llevas ropa de baño? – preguntó Mariana.
Sim, esta es – dijo Astrogilda al mismo tiempo que desplazaba el short unos centímetros hacia abajo y mostraba una diminuta tira de tela negra, a la vez que sonreía coquetísima con todos sus hermosos dientes blancos.

Una vez en el rio, pasearon por horas, bebieron cervezas heladas y compraron unos curiosos suvenires consistentes en una especie de jarros de aluminio, con el logotipo del festival y con un forro interior de espuma plástica donde se depositaban las latas de cerveza y se mantenían frías ante el implacable calor de la selva. Bailaron con la música que brotaba de los enormes parlantes en el estrado ubicado muy cerca al rio, que por la época tenía muy poco caudal. Astrogilda le presentó varios muchachos peruanos y brasileños, sin embargo Mariana no le prestó especial atención a ninguno, se sentía bien en medio de tanto calor, de tanta gente diferente y simpática, muchachos negros o mulatos con chicas rubias y viceversa. En la universidad donde estudiaba eso no sería posible. Pensaba en cuánto le faltaba al Perú y a Lima para superar las barreras del color de piel. Ella misma se había sentido superior muchas veces frente a otros, olvidando el color canela de su propia madre y la sangre mulata oscura de la abuela Adailta. Había tenido suerte al heredar la piel blanca y los cabellos castaños claros de su padre. Ahora se mezclaba entre estos muchachos atractivos de piernas fuertes, morenas, de cabellos ondulados y ojos negros rodeados de cautivadoras cejas pobladas. También llamaban su atención los muchachitos rubios, de ojos azules o verdes cristalinos y piel blanca perfectamente bronceada, que a diferencia de la capital, se codeaban con naturalidad con peruanos y bolivianos de todos los colores. Estaba feliz. Bailó forró durante horas y bebió cerveza hasta que atardeció y en el estrado se instaló el grupo musical de moda de la región. Astrogilda era una bailarina incansable y ella no quería quedarse atrás. Disfrutaba la fiesta y la atención de todos los muchachos que la invitaban a bailar e intentaban enamorarla. Hasta que de pronto, frente a ella apareció una silueta que la dejó sin aliento: Un muchacho guapo, claro, alto, de espalda y hombros fuertes, brazos gruesos y piernas firmes la miraba directamente a los ojos. Estaba impecablemente vestido de blanco. En su cabeza, a pesar de ser de noche, tenía un formidable sombrero de cuero y colgando del cinto una especie de funda de cuero también, como si portara una espada. Mariana bajó la vista nerviosa y le dijo a Astrogilda que volvería pronto, pues precisaba ir al baño.

Luego de hace la larga cola para el uso del baño portátil, y de regreso a la zona de baile, escuchó una voz susurrante y estremecedora que la llamó por su nombre. Volteó y se encontró cara a cara con el muchacho de blanco que había visto antes y que ahora la saludaba con una sonrisa, él tomó su mano delicadamente y la besó mientras le decía en portugués algo ininteligible. Mariana en su nerviosismo solo atinó a decir que no entendía.
– ¿No habla portugués la señorita? – dijo el joven en un español cantado pero comprensible.
– No – contestó Mariana – entiendo un poco pero si habla despacio.
– Yo hablo español señorita – contestó él y continuó – estoy encantado de poder saludarla y presentarme, yo me llamo Marcio.
Mariana soltó una carcajada cuando Marcio luego de su presentación hizo una teatral venia colocando un pie detrás del otro al mismo tiempo que inclinaba la cabeza y ponía una mano a la altura del estómago.
– ¿Y cómo sabe mi nombre señor Marcio? – preguntó más calmada Mariana.
– Su tía me dijo – contestó señalando el lugar donde eufórica bailaba Astrogilda.
– Entiendo.
– ¿Danzaría usted con este servidor? – preguntó Marcio.
– Claro – dijo Mariana – pero tienes que actualizar tu español. Es muy antiguo.
Ambos rieron mientras iban a bailar.

* * *

Ya cerca de la media noche, Mariana luego de bailar todos los ritmos posibles con Marcio y compartir con él un número no preciso de cervezas, le dijo que ya debía retirarse. Marcio sonrió y le pidió que lo acompañe un rato más para conversar unos minutos antes de irse. Mariana asintió y dejaron atrás el baile y caminaron tomados de la mano por la arena de la orilla del rio Acre. La noche estaba estrellada, preciosa. La superficie apacible del rio reflejaba una romántica luna menguante. Marcio se dejó caer sentado sobre la arena e invitó a Mariana a sentarse. Ella aceptó, él empezó a hablar en su español arcaico de las estrellas, de los nombres con la que los indígenas las conocían, le contó historias del rio y del bosque. Le habló de épocas inmemoriales cuando el hombre occidental no había llegado a estas tierras, de animales de formas difusas y nombres impronunciables. Mariana escuchaba estática, hipnotizada, encantada con ese mozo tan interesante, amable y educado pero a la vez sencillo y humilde. Mientras hablaba no dejaba de mirar sus labios carnosos, su nariz afilada, su piel húmeda y cálida. De pronto Marcio volteó y la besó. Ella le correspondió. Sintió sus manos atrevidas buscando bajo su ropa e intentó detenerlo, pero él le susurró al oído las cosas más bellas del mundo. Se perdió en su aliento, en sus palabras que ya no eran en español y que le decía en portugués lo bonita que era, que describían en poesía lo suave de su piel, lo brillante de su cabello, lo profundo de sus ojos, lo sereno de su sonrisa. Lo abrazó con fuerza y sintió bajo su vientre un sólido hierro candente que acabó con sus últimas evasivas y sólo atinó a estirar la mano en busca de su cartera, tratando de encontrar el preservativo, pero ya era tarde, un torbellino de placer y deseo la envolvió dejándola rápidamente sin control ni conciencia.

Cerca de las cuatro de la mañana y luego de haber hecho el amor bajo las estrellas por horas, Mariana abrazó a Marcio y se mordió los labios viendo su propio cuerpo desnudo al lado de este incansable hombre rebosante de fuego y pasión. Recorrió con los ojos sus muslos, su sexo en reposo, su vientre plano, su pecho formidable, su rostro hermoso y dejó escapar una risita al ver que Marcio seguía con el sombrero puesto.
– Quítate eso – le dijo.
– Marcio sonrió y sin hacerle caso se levantó. Caminó desnudo hacia el agua que le llegaba a las rodillas, se sumergió lentamente y se incorporó dejando ver su cuerpo brillante. Mariana no pudo evitar sentir una nueva oleada de deseo al ver las gotas de agua corriendo por el cuerpo de ese magnífico espécimen.
– Debo irme ya señorita, va a amanecer – dijo Marcio al volver a su lado, mientras recogía su ropa.
– Deja ya de llamarme de usted – reclamó Mariana mientras Marcio sonreía como siempre – ¿Me das tu número? – preguntó impulsivamente, arrepintiéndose de inmediato y trató de aclarar:
– Para llamarte y, si se puede, salir estos días, me quedo una semana en Iñapari.
– Yo la buscaré señorita – contestó Marcio. Se acercó y le dio un beso apasionado. Mariana le correspondió y luego se quedó mirando como el hombre se alejaba caminando lentamente por el medio del rio, con sus ropas en las manos, desnudo, con un sombrero de cuero por toda prenda y se perdía en la oscuridad de la noche rio arriba.

* * *

Mariana se vistió rápidamente. Caminó por la arena sonriendo y mordiéndose los labios por causa de la travesura que acababa de hacer. “Razón tenía papá” se decía recordando todas las veces que su padre le había dicho que tarde o temprano le saldría lo brasileña.

Llegó cerca al estrado y la fiesta estaba en sus últimos estertores, buscó a su tía y no la encontró por ningún lado. Alrededor hombres y mujeres caminaban y bailaban cayéndose de la borrachera, algunos yacían dormidos en la arena. Miró alrededor, y cuando estaba a punto de irse sola, se le ocurrió ir a mirar detrás del escenario. Allí descubrió a Astrogilda desnuda de la cintura hacia abajo y con el brasier por el cuello montada y ensartada sobre un moreno bajo y musculoso que, de pie apoyado en la estructura del estrado, la sostenía de las nalgas con sus poderosos brazos, ambos perdidos en sordos e intensos jadeos y gemidos.
– ¡Tía! – gritó Mariana
Astrogilda volteó y le hizo una seña de molestia para que se retire, sin dejar de menear las caderas sobre el moreno. Mariana aturdida regreso a la zona de baile y esperó. Minutos después vino su tía acomodándose la ropa y le sonrió con una naturalidad que la dejó indignada. Mariana molesta empezó a caminar rápida rumbo a casa y Astrogilda la siguió. Cuando la alcanzó la tomó por el hombro y le dijo:
– ¡Hey menina! Você vai ficar bien callada ¿verdad?
– ¡Tía!
– ¡Me ayuda! Por favor sobrinha linda. No es maldad con seu tío, no. Es sólo transar, sólo sexo como vocês falan.
– ¡Pero tía! ¿Te das cuenta lo que me pides?
– ¡Por favor! – volvió a decir y juntó sus manos con una expresión de mística santa medieval que arrancó una carcajada en medio de la cólera de Mariana.
– ¡Eres una puta tía! Por eso el tío Ismael no te lleva a Lima – replicó con tono cómplice.
– Soy una puta gostosa. Y así es como gusta tu tío – contestó con su enorme sonrisa la tía Astrogilda.

* * *

Al día siguiente Mariana volvió al festival con Astrogilda, doña Rosineide y doña Adailta. Caminaron por los puestos de comida, bebieron un poco y bailaron también, pero ya no como el día anterior. Doña Rosineide se había puesto un bonito bikini y orgullosa notaba que todavía atraía miradas, pues con sus treinta y ocho años conservaba bien las formas. Quien no las conociera pensaría que madre e hija eran tan sólo amigas. Mariana, sin embargo, durante todo el día buscó a su joven amante entre la gente y no lo encontró. Entrada la noche se acercó a su tía y le preguntó acerca de Marcio.
– ¿Marcio? No sé de quien me fala sobrinha.
– El muchacho con el que estuve bailando anoche tía.
– No vi, no.
– ¿No conoces ningún Marcio?
– Sí, mas como ese que você fala… no. Pero ahora você va a contar tudo para mí…

Luego de contarle lo sucedido a su tía, Mariana quedó triste y desilusionada. Astrogilda haciendo gala de discreción no hizo comentario alguno. El domingo tampoco lo vio. Nunca más volvió a saber de Marcio y no le quedó ánimo para salir con ninguno de los otros muchachos que la invitaban. Pasó el resto de la semana casi todo el tiempo en casa; con la esperanza de encontrarlo, paseó algunas veces con la abuela por la pequeña ciudad y sus calles de barro sin éxito y finalmente, terminadas las breves vacaciones, se despidió de todos y regresó a Lima.

* * *

En una calurosa y sofocante tarde de setiembre, mientras doña Adailta se abanicaba sentada en la mecedora, el rugido de una camioneta estremeció la casa. La abuela y doña Rosineide salieron de prisa de la cocina y ambas quedaron pasmadas viendo una camioneta cubierta de barro que frenaba prácticamente sobre la entrada y de ella descendió raudo Moisés Cáceres con una expresión furiosa en el rostro, azotando la puerta del vehículo al tiempo que de la otra puerta y con la cabeza baja aparecía Mariana, demacrada y pálida.

Moisés entró hasta la cocina sin saludar y sin quitarse las botas. Detrás de él Mariana, doña Rosineide y doña Adailta. Moisés señaló una silla con un gesto firme y Mariana sin decir palabra se sentó allí. Luego con las manos en la cintura encaró a doña Rosineide y le soltó la noticia en la cara:
– ¿Para eso te la mando? ¡Está embarazada carajo! Dos meses. Quiero que me lleves de inmediato a la casa de ese tal Marcio. ¡En este momento!
– ¿Qué Marcio Moisés? Yo no sé nada de ningún Marcio.
– ¿Cómo no vas a saber? ¿Así cuidas a tu hija?
– ¡Nuestra hija Moisés!
En ese momento entró a la cocina Ismael arrastrando del brazo a Astrogilda que se resistía a caminar.
– ¡Habla mujer! – exigió Ismael - ¡Di todo lo que sabes!
Aterrada Astrogilda se quedó callada mirando al suelo. Luego empezó muy despacio a decir:
Foi o boto cor de rosa.
– ¿Qué? – reaccionó sorprendido Moisés – ¿de qué mierda está hablando tu mujer? – preguntó dirigiéndose a Ismael
– Es un mito regional – contestó Ismael – el boto es un animal parecido al bufeo colorado de nuestra amazonía, una especie de delfín de rio.
– No es mito – aclaró con voz firme doña Adailta
– ¡No me vengan con huevadas! – gritó exasperado Moisés – por última vez, ¿Dónde encuentro al tal Marcio?
Se hizo un silencio denso en la habitación. Moisés escupió al piso y salió del lugar con prisa rumbo a la camioneta y las mujeres se miraron entre sí con preocupación. Pocos segundos después volvió a entrar a la cocina con una escopeta entre las manos. Se dirigió a Astrogilda y le espetó:
– ¡Habla carajo o aquí va a suceder una desgracia!
Não sei señor – contestó aterrada la mujer.
– Me escucha Moisés – dijo doña Adailta – el boto existe. Me deja falar con su filha.
Doña Adailta se dirigió a su nieta:
Fala para mí menina. Este hombre que te engravidó ¿era alto, claro, bonito, vestido de branco?
– Sí abuela.
– ¿Y usaba sombrero de cuero?
– Sí.
– ¿Se quitó el sombrero?
– No abuela.
– Fue el boto cor de rosa señor Moisés – dijo con pesadumbre la abuela dirigiéndose al enfurecido padre.
– ¿De qué está usted hablando? – interrogó Moisés desconcertado
– Usa el sombrero para tapar el hueco en su cabeza, el orificio por el que respiran – dijo con calma doña Rosineide mientras caminaba a atender a su madre que había palidecido y le costaba trabajo sentarse en la mecedora.
– ¡Qué demonios! ¡Ustedes se están burlando de mí! – dijo aprensivo y nervioso Moisés – ¡no me vengan con cuentos de indios ignorantes! ¡Ustedes quieren proteger al tipo que embarazó a esta!
– No son cuentos, não – dijo doña Adailta con dificultad y con lágrimas en los ojos.

Moisés no quiso escuchar más. Tomó del brazo a Mariana y la subió a la camioneta a empellones. Encendió el vehículo y partió. Se pasó cuatro días completos buscando casa por casa a Marcio. Nadie daba cuenta de él. Ninguna persona parecía conocer a alguien de esas características, ni en Iñapari, ni en el lado brasileño y menos en el triste pueblito de la frontera boliviana. Habló con la Policía Federal del Brasil, prometieron ayudar pero no garantizaban nada. Mariana era una adulta y no podían intervenir directamente en el caso. Al quinto día, Moisés se encerró en la cocina de la casa con Mariana, luego de varias horas el sordo estruendo de la escopeta Winchester de dos cañones de Moisés Caceres remeció los horcones de la casa. Doña Rosineide fue la primera en llegar corriendo y trató de entrar sin conseguirlo, Ismael apareció segundos después y derribó la puerta. En el suelo estaba el cuerpo inerte de Moisés ensangrentado y Mariana de rodillas lo abrazaba y llorando le pedía perdón.

sábado, 5 de febrero de 2011

UN TIPO CUALQUIERA (Cuento)

A pesar de tener la extraña sensación de que no debía salir esa noche, se paró frente a su closet y seleccionó tres conjuntos, los colocó sobre la cama y se dedicó a la difícil tarea de escoger el más apropiado. No quería parecer muy atrevida pero tampoco dejar de ser sexy, así que finalmente se decidió por el top de seda plateada que dejaba la espalda descubierta pero sin escote delantero, unos finos pantalones negros alicrados de bota ancha que se acomodaban bien a su figura y se duchó. Minutos después y luego de secar su cuerpo, alisó con cuidado su cabello nigérrimo que recientemente había cortado la altura del mentón y lo peinó. Mientras se maquillaba, notó que a la fuerte luz del tocador, sus ojos negros parecían tener un brillo extraño, hizo un gesto en el aire de fastidio con su mano derecha y continuó. Cuando estaba por terminar el sonido del teléfono la sobresaltó, dejó a un lado el maquillaje y contestó, habló por algunos minutos con Paula, su buena amiga de siempre y confirmó que saldría a bailar, se encontrarían a las diez en la puerta del estacionamiento de la discoteca.

A las nueve de la noche ya maquillada se vistió, pasó lentamente loción por toda su piel y abrió la gaveta de la ropa interior, se puso una muy breve tanga de color negro y un sujetador del mismo color, luego vistió el conjunto que había escogido pero cuando se miró al espejo se dio cuenta que las tiras del sujetador cruzando por su espalda se veían mal, buscó en los cajones las tiras de silicona transparente que solía usar con ese top y no las encontró, miró el reloj de la mesa de noche y se iba haciendo tarde, tenía que decidir entre usar otra prenda o deshacerse del brasier, dudó unos segundos y optó por lo segundo. Se quitó el sujetador negro, apagó las luces del departamento y salió.

Caminó algunos metros hasta la cochera, allí además de su auto estaban el deportivo de papá y la camioneta de su madrastra, ambos estaban de viaje en España y como siempre la habían dejado a cargo de la enorme casa, ella por su parte y desde que su papá se volvió a casar decidió hacer suyo el departamento de huéspedes, era totalmente independiente de la casa y le permitía mantener una necesaria privacidad además de evitar el contacto con la mujer de su padre. Encendió el auto y antes de salir por el portón descendió y se aseguró de que la puerta de la casa principal estuviese bien cerrada y las luces exteriores encendidas.

Llegó atrasada, Paula ya la estaba esperando en el estacionamiento, rápidamente cuadró el auto y dejó la llave con el encargado del parqueo. Una vez que intercambiaron los saludos de siempre caminaron juntas hacia la discoteca, en la entrada un hombre sumamente atractivo se quedó mirándolas y Paula le sonrió, nerviosa por el coqueteo, no atinó a encontrar su tarjeta de crédito y él ofreció amablemente pagarles la entrada pero Cecilia se negó y pagó de prisa ambos tickets en efectivo. Una vez en el interior, Paula le increpó:
– ¿Por qué no dejaste que nos pague la entrada? ¡Estaba lindo el tipo!
– No empieces Paula – respondió Cecilia indignada – ya sabes que no me gusta que te pongas a coquetear con el primero que pasa y además me metas en tus cosas.
– ¡Cecilia! No era un tipo cualquiera, estaba buenísimo… ¡Ay, pareces una monja! ¿qué podría pasar? – replicó Paula.
– Nada, pero mejor no tentar al diablo…

Paula, acostumbrada a las excentricidades de su amiga, negó con la cabeza mientras reía alegremente y la tomó de la mano conduciéndola a la pista de baile donde empezaron a bailar mirando al espejo y mezclándose con la gente.

Luego de una hora de continuo baile, ambas fueron a la barra a refrescarse, Paula pidió una cerveza y Cecilia sólo agua. Se encontraron con algunos amigos de la universidad, conversaron animadamente y a los gritos con ellos durante un buen rato, luego Paula se disculpó y se dirigió al baño. Cuando Cecilia giró la cabeza para ver si se encontraba con alguien más, se topó cara a cara con el desconocido del ingreso. Sonrió nerviosa y agachó la cabeza, el hombre sonrió amablemente con una impecable y blanquísima dentadura que se hacía más evidente en el marco de su piel bronceada.

– Hola – le dijo, Cecilia no contestó, el hombre insistió – no te había visto antes por aquí.
– Qué raro, porque siempre vengo – contestó algo incómoda – más bien yo nunca te he visto a ti por aquí.
– Será que no he tenido la suerte de coincidir contigo – apuntó con seguridad el hombre.
– Lo siento – replicó Cecilia – he venido con una amiga y debe estar buscándome.

Se levantó de la barra, tomó su botella de agua y caminó rumbo al baño, en el trayecto se encontró con Paula y estalló en una risa nerviosa, Paula se quedó mirándola y Cecilia le explicó que se había encontrado con el hombre del ingreso, ambas rieron y lo miraron a escondidas desde su ubicación. El sujeto estaba todavía sentado en la barra, bebía Whisky con hielo y a pesar de su buen estado físico se notaba algo mayor, debía pasar los treinta y cinco.

– Es un tío – dijo Cecilia.
– Pero está regio – replicó pícaramente Paula.

Cecilia la miró con falso rencor, Paula contestó con un guiño y se fueron a la pista de baile. Bailaron nuevamente hasta que Cecilia se percató de que el hombre caminaba entre la gente y muy cerca de ellas, golpeó con el codo a Paula y lo señaló con un movimiento poco discreto de cabeza. Paula sonrió con maldad y se acercó al hombre, empezaron a bailar. Cecilia se molestó, estuvo a punto de irse, pero no podía dejar sola a su amiga a merced de ese desconocido. Luego de unos minutos Paula se acercó prácticamente arrastrando al hombre de la mano y emocionada le gritó en medio del bullicio de la música:

– ¡Ceci, te presento a Mario! ¡Mario, ella es Ceci!
– ¡Hola Ceci! – gritó Mario.

Cecilia hizo un movimiento con la cabeza, esbozó una sonrisa forzada y siguió bailando, pero Paula le hizo una seña para que los acompañe y los tres se dirigieron a la barra. Una vez allí Mario pidió una botella de whisky y hielo. Las dos muchachas se miraron y rieron, Paula atrevida tomó un vaso, colocó tres hielos y cuando iba a tomar la botella Mario se anticipó y le sirvió, rieron nuevamente. Conversaron y entraron rápidamente en confianza, dijo ser un alto ejecutivo dedicado a la minería, se encontraba de paso por la ciudad, Paula en medio de la conversación y saliéndose del tema le preguntó sin tapujos acerca de la marca en su dedo anular y él contestó sereno que se acababa de divorciar. Extrajo su cartera y mostró la foto de una niña de rulos castaños, les dijo que era su hija, luego hábilmente cambió de tema y ellas le contaron acerca de sus experiencias en la universidad, sus sueños y metas. Cecilia no estaba muy acostumbrada al whisky dado que en las reuniones familiares se solía beber el vino producido en las viñas de su padre, sin embargo no era ajena a su consumo. Luego de la mitad de la primera botella se percató que Paula estaba bebiendo más de lo debido, con la euforia producto del alcohol se encontraba enfrascada en una intensa conversación con su interlocutor mientras ella los escuchaba aparentando atención. Mientras fingía oírlos, evocó la imagen de la foto en la billetera de Mario, le pareció irreal, le recordó las fotos que vienen puestas en los porta retratos baratos. Definitivamente el tipo tenía algo raro, era demasiado perfecto y excesivamente educado y amable. Paula volteó y brindó con ella obligándola a un trago más, Cecilia bebió un sorbo largo y sintió un ligero vacío. Miró con dificultad su reloj y vio que ya eran las tres de la madrugada. Tocó el hombro de Paula y le dijo que era hora de irse. No se había dado cuenta cuán ebria estaba Paula hasta que esta le contestó con voz pastosa:

– Yo me voy con Mario.
– De ninguna manera – dijo rotundamente Cecilia – ¿Cómo se te ocurre? Lo acabas de conocer, no sabes nada de él.
– Es que me gusta – dijo Paula con dificultad, acercando su rostro al cuello de Cecilia con la clara intención de decirlo en secreto pero sin conseguirlo.
– ¡Carajo, te está escuchando! – le increpó Cecilia, mientras la jalaba del brazo y se despedía con una mano de Mario de la forma más amable posible.

Mario se puso de pie, pero la camarera de la barra le reclamó la cuenta, se detuvo a pagar y Cecilia aprovechó para llevarse a Paula que caminaba con dificultad y profería incoherencias. Al llegar a las escaleras Cecilia se dio cuenta que ella también se había sobrepasado, las bajaron a tropezones y riendo a carcajadas mientras se acomodaban la ropa que una a otra se jaloneaban en el intento de ayudarse mutuamente a mantenerse en pie. Una vez en la calle miraron hacia la cochera que estaba a unos cinco metros de la puerta de la discoteca y se encontraron con una veintena de motos de la policía que obstruían el paso, conos de seguridad y un enorme operativo de pruebas de alcoholemia. Cecilia miró a la puerta de la discoteca y rápidamente levantó la mano llamando un taxi, pero antes de que pudiese darse cuenta Mario ya estaba detrás de ella. Sintió miedo, Paula estaba totalmente alcoholizada y no respondía. Mario se ofreció cortésmente a llevarlas.

– No, gracias – dijo Cecilia amablemente – nos vamos en taxi, además tú también has bebido y la policía está haciendo un operativo.
– No es molestia – replicó Mario – mi auto está a la vuelta, yo las llevo.
– ¡No! – insistió Cecilia.
– ¡Vamos ahora! – sentenció Mario con una firmeza que asustó incluso a Paula que hace rato había perdido la noción del ridículo y se desarticulaba en medio de una borrachera de la cual su único punto de apoyo era el brazo de su amiga. Cecilia sintió la mano del hombre tomándola del brazo y sin saber porqué se dejó arrastrar por la calle, hasta que recordó a los policías y pensó en gritar, pero sin saber porqué, tal vez por miedo a la reacción de Mario o por vergüenza, no lo hizo.
– Por aquí – señaló Mario, cuando llegaron al portón de la cochera de un conocido y caro hotel de la ciudad. Entraron al ascensor del estacionamiento, Cecilia se sentía indefensa, Paula estaba prácticamente dormida en pie y la presión de la mano de Mario sobre su brazo aún persistía, intimidándola. Se arrepintió de no haber pedido auxilio a la policía.

Una vez que el ascensor se detuvo, Mario condujo a las muchachas hasta su auto, un moderno Audi plateado, Cecilia se preguntó si no sería robado. Una vez que estuvo frente a la puerta del copiloto abierta entró en pánico.
– Yo me voy en taxi – reiteró.
– Sube, es tarde – respondió Mario del otro lado, apoyando sus manos en el techo del auto.
– Voy a subir a tomar un taxi – insistió Cecilia, pero para cuando terminó de decirlo, Paula en medio de su borrachera ya se había subido al asiento trasero y apoyaba su cabeza sin control sobre el respaldo.
– Sube – dijo Mario con lentitud, su voz calma y casi amenazante.

Cecilia al ver a su amiga, subió en silencio. Mario encendió el auto y salieron, una vez en la calle notó que evitó pasar por la vía donde estaba la discoteca y también los policías. Miró a su costado y notó que las seguros se habían activado automáticamente, pero incluso no siendo así no podría escapar y dejar a Paula a merced de ese hombre.

– Te llevo a ti primero – informó Mario – dime donde vives y luego llevo a tu amiga.
– Llevemos a Paula primero – rebatió rápidamente Cecilia, calculó que ella todavía estaba algo ecuánime y tenía mayores posibilidades de defenderse que su amiga.

Efectivamente llevaron a Paula y la dejaron en su departamento, cerca a la playa. Cecilia abrió la ventana y empezaba a sentirse mejor con la brisa del mar golpeando su rostro. Sin pensarlo mucho le había indicado su dirección a Mario y ahora iban rumbo a su casa. Mario trataba de conversar, pero ella contestaba con monosílabos, distante.

Cuando llegaron a la casa de Cecilia, Mario bajó rápidamente y le abrió la puerta, Cecilia bajó y sonrió aliviada, él miró la enorme casa y exclamó:

– ¡Vaya mansión!
– No es lo que te imaginas, yo vivo en el departamento que está quinientos metros atrás de la casa – apenas terminó la frase se arrepintió de haberla dicho.
– Entonces no te puedo dejar aquí – señaló Mario – no puedes caminar hasta allá en el estado que estás. Te prometo que te dejo en tu departamento, regreso hasta aquí y cierro el portón antes de irme.
– Está bien – dijo Cecilia dudando – pero tiene que ser rápido, el portón tiene clave electrónica y solo se quedará cinco minutos abierto antes de cerrarse solo.

Subieron ambos al auto y una vez frente al portón, Cecilia se estiró sobre Mario para digitar la clave en el panel de seguridad, percibió el aroma masculino de su perfume caro y regresó a su sitio mientras el portón se abría. Una vez adentro, manejó lentamente rumbo al departamento y Cecilia perdió la calma:
– ¡Te dije que el portón cierra en cinco minutos!
– No te preocupes – contestó Mario secamente, tenemos tiempo.

Cecilia, apoyó su cabeza en el respaldo y se preparó para correr una vez que el auto se detuviera. Cuando Mario frenó Cecilia trató de abrir la puerta, pero el seguro estaba activado. Volteó y vio a Mario acercándose a ella con una mirada maligna, lujuriosa. Mario miró ligeramente su reloj y dijo:

– Creo que el portón ya se ha cerrado pequeña Ceci.

Cecilia trató de abrir la puerta nerviosamente, buscando el seguro pero no lo logró. Mario le pidió que se calme, no había nada que temer. Cecilia respiró y le suplicó:

– Déjame bajar por favor.

Mario presionó un botón del panel en el timón y el seguro se desactivó, Cecilia abrió la puerta pero no se bajó, se mantuvo en un extraño silencio por unos segundos, volteó y dijo con mucha calma:

– El portón está cerrado, ¿Quieres subir a tomar un café?

Mario sorprendido dijo que sí, pensando que finalmente su noche se había arreglado, sería una buena compensación, ya que había perdido la oportunidad con Paula, a pesar de haberla tenido casi en sus manos.

Subieron lentamente, Cecilia abrió la puerta y antes de prender la luz, volteó y pasó rápidamente sus manos por la cintura de Mario, al mismo tiempo que le estampaba un beso en la boca, Mario demoró algunos segundos en reaccionar y devolvió el beso. Se besaron largamente y Cecilia empujó su lengua dentro de la boca de Mario, restregando el cuerpo con fruición sobre el de él. De prisa y en medio de jadeos Cecilia le quitó la chaqueta sin dejar de besarlo, en medio de la penumbra y a tropezones llegaron a la sala, Cecilia se dejó caer sobre un pequeño sofá y levantando los brazos por detrás de su cuello soltó el nudo que sostenía el top, dejándolo caer y mostrando sus senos perfectos, Mario se desabotonaba apresurado la camisa y Cecilia sin inhibiciones le desabrochó la correa y la retiró lanzándola a un lado, él se abalanzó sobre su cuerpo semidesnudo y besó sus pezones oscuros mientras lamía sus senos turgentes y torpemente trataba de despojarla de su pantalón. Cecilia dueña de sí, lo empujó con ambas manos y se puso de pie mientras él quedaba ridículo con medio cuerpo sobre el sofá y el resto sobre la alfombra. Rápidamente se recompuso mientras Cecilia sensualmente se daba la vuelta y sin doblar las rodillas, se bajaba el pantalón y la minúscula tanga negra que tenia debajo, dejando expuesta toda su intimidad. Mario se volvía loco de deseo y cuando quiso incorporarse Cecilia se lo impidió y, abriendo las piernas, rápidamente se sentó sobre él, frente a frente. Pudo sentir su sexo duro y palpitante debajo del pantalón, con destreza abrió el cierre para liberarlo y lo sintió caliente y lubricado, lo recorrió con ambas manos antes de dirigirlo a su interior y se dejó caer sobre él. Mario extasiado del placer y por el efecto del alcohol jadeaba incesantemente, ella movía sus caderas en círculos cada vez más rápido. Mario no pudo resistir más y se dejó llevar en interminables espasmos que lo dejaron exhausto, abrazó a la muchacha y quiso besarla. Cecilia lo rechazó con un gesto poco amable y le preguntó si deseaba tomar un vaso de agua. El asintió y ella se levantó, sin limpiarse caminó desnuda hacia la cocina y encendió la luz. En el contraste Mario vio la silueta perfecta de Cecilia y se sintió ganador una noche más, a pesar de ser de madrugada todavía tenía fuerzas para un nuevo round, luego de refrescarse un poco le devolvería el favor a la muchacha. Cecilia regresó y le dio el vaso de agua mientras se sentaba de nuevo sobre él. Mario bebió un largo trago y luego tomándola del cuello le preguntó al oído:

– ¿Te gustó pequeña Ceci?
– Claro – contestó ella sin mirarlo.
– Qué bueno – dijo él.
– Me recuerdas a mi padre – susurró Cecilia mientras clavaba profundamente el cuchillo que había traído de la cocina en el vientre de Mario.

Mario abrió los ojos sin entender todavía lo que pasaba y Cecilia se levantó rápidamente cubriéndose el pecho con ambas manos, vio cómo el hombre trataba de incorporarse sin éxito y procuraba sacar el cuchillo en su vientre. Cecilia retrocedió unos pasos y Mario cayó al piso, estaba agonizando. Cecilia caminó a su cuarto, se puso una blusa y un jean, fue a la cocina y se lavó las manos, tomó un vaso limpio y lo llenó con agua, bebió lentamente pensando en lo estúpidos que son los hombres. Regresó a la sala y buscó en los bolsillos de la ropa de Mario, en uno de ellos, en el pantalón, encontró la alianza de oro, leyó el nombre de mujer grabado en su interior y le dio lástima, se incorporó y fue a su cuarto a guardarla junto con las otras que tenía en la pequeña caja de música que su madre le regaló el día que, a causa de las constantes infidelidades de su padre, se fue de la casa para siempre, para suicidarse en la soledad de un sucio cuarto de hotel.