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jueves, 28 de febrero de 2013

LO QUE DEJARON LAS VACACIONES


Ya se me acaban las vacaciones y fue un mes especial.

Al margen de los viajes y experiencias (estuve en cinco distintos países, incluyendo Arequipa donde regularicé mi calidad migratoria obteniendo mi correspondiente pasaporte), este fue un mes de crecimiento.

Como siempre y cada vez que me encuentro con mi gran amigo Claudio, reevalué metas, proyectos e ideas. Es sumamente nutritivo para el alma conversar a nivel de introspección y darnos cuenta de lo que estamos haciendo bien y de los errores que todavía mantenemos por causa de los paradigmas equivocados y que no hay forma de dejar sin la ayuda de alguien que los señale desde afuera.

Me he acercado más a mi hija y eso me satisface mucho, somos cada vez más unidos, ella confía mucho en mí y eso me hace muy feliz, sin olvidar que es también una gran responsabilidad.

Me siento más unido a mi familia y eso es indudablemente bueno.

Me hice chequeos médicos, comprobé que estoy bien, hay algunos desperfectos por reparar, pero son lesiones que se producen por hacer. Es mejor tener lesiones por hacer, que por no hacer. En mi caso me vida deportiva me ha causado esta lesión, es de fácil reparación y repito: Son preferibles las lesiones que tienen como causa el hacer cosas que aquellas que se producen como consecuencia del sedentarismo y el abandono.

Me olvidé por completo del trabajo, salvo dos o tres llamadas impertinentes que se resolvieron rápidamente.

Regreso al trabajo con nuevos bríos y nuevas metas. Este año será un año de éxitos y conquistas.

Tuve que deshacerme de muchos contactos en la red social y cada vez estoy más convencido de que fue una buena decisión. Somos lo que comemos, somos lo que consumimos. No quiero abrir el Facebook para ver las noticias de mis amigos queridos y encontrarme con imágenes desagradables, comentarios de personas que se han hundido en su propia miseria o peor, que están boicoteando ellas mismas su felicidad y logros con decretos de tristeza y decepción.

Este año debe ser de éxitos, de alegría, sin olvidar a las personas que la pasan mal, pero siendo proactivo respecto a las formas como ayudarlos. No se ayuda a nadie con compartir enlaces o haciendo click en “me gusta”, se ayuda siendo un buenos ciudadanos, limpios, ordenados, tratando de ser un buenos ejemplos para nuestros hijos y claro, apoyando discretamente a quien no tiene posibilidades.

Este es un año de proyectos personales, y me gustaría también que sea un año de proyectos colectivos. Quien quiera dar ideas para hacer cosas que nos hagan crecer como grupo con intereses comunes. ¡Bienvenidos!

¡Éxitos a todos!

domingo, 20 de enero de 2013

EL VIAJE (Cuento)


Rafael estaba sentado frente a su computador tratando de terminar el trabajo del día cuando el sonido del celular timbrando lo desconcentró. Contestó y la noticia lo dejó perplejo, sabía que inevitablemente sucedería pero no tan pronto. Fiel a su estilo terminó la llamada y prosiguió con el párrafo que estaba pendiente hasta terminarlo, grabó el documento y se recostó sobre el espaldar el sillón gerencial. Miró por la ventana el cielo todavía celeste, el reloj de la pantalla del computador marcaba las cuatro de la tarde con diez minutos. Ordenó su mente para que las emociones no afecten su capacidad de razonar, puso sus dedos sobre el teclado y escribió veloz con los diez dedos en cinco ventanas distintas una tras otra, mentalmente visualizó los vuelos, itinerarios y posibilidades. Ninguno encajaba, el tiempo transcurría. Levantó el teléfono y llamó a su secretaria. Luego de siete minutos ella le informó que el último bus salía a las seis de la tarde con treinta. Rafael apagó el ordenador tratando de no albergar ni reflejar sentimiento alguno, muchos años frente a complejas situaciones profesionales que le había tocado resolver le habían enseñado que dejarse arrastrar por los sentimientos solo genera retrasos y malas decisiones. Tenía que estar en su ciudad natal al medio día de mañana y mil kilómetros lo separaban de su destino; la mitad de ellos de selva amazónica y la otra mitad de montañosa y altiplánica sierra inhóspita.

Salió de la oficina y en el pasillo su secretaria le dio alcance para recomendarle una solución final: Contratar un auto particular o un taxi que lo lleve solo a él hasta su destino. Rafael lo pensó por algunos minutos. Odiaba viajar en auto cuando no era él quien manejaba. Le parecía peligroso en esas carreteras con camioneros imprudentes y más aún en esta ciudad olvidada de Dios donde no había choferes profesionales. Prefería correr el riesgo con el bus, tal vez llegaría tarde, pero llegaría vivo.

Una vez en casa rápidamente puso un traje en el portaternos,  en un maletín pequeño un par de mudas de ropa. Se puso una tenida cómoda, tenis y una chaqueta ligera a pesar del calor, sabía que en la madrugada pasarían de los cálidos treinta grados a quinientos metros sobre el nivel del mar a temperaturas debajo de cero grados a tres mil metros de altura.

Cuando llegó al terminal de la ciudad solo había un bus esperando pasajeros, se aseguró de preguntar en todas las agencias y tuvo que aceptar bastante decepcionado que era el último. Su estado era bastante lamentable, de desteñido color azul eléctrico debió haber tenido mejores tiempos veinte años antes. Pagó el pasaje y el bajo precio confirmó sus dudas. Subió y acomodó el portaternos en la parte superior y se abrazó al maletín. Había unos veinte pasajeros, a pesar del insoportable olor de cebolla rancia mantuvo la esperanza de que el viaje podía ser tal vez más anecdótico que incómodo. Minutos después se ponían en movimiento.

Mientras el bus traqueteaba por las maltratadas pistas a la salida de la ciudad, se preguntaba acerca de la fragilidad de la vida. Pensaba si este mundo es en realidad un lugar para vivir, para soñar, para amar. Cuestionó su propia vida, se preguntó si las cosas que hacía eran las correctas y si lo eran ¿eran correctas para él? Se había esforzado por hacer siempre lo más acertado, cuando menos en lo profesional, en ese aspecto nadie se había quejado de él ni podía quejarse él mismo. En lo personal con aciertos o no, no había dejado que nada lo afecte en los últimos años, personas de su entorno tenían opiniones totalmente distintas. Algunos pensaban que era una persona sensible y amable pero que no revelaba nada de su vida personal. Otros pensaban que tenía un corazón de hielo. Realmente eso no le importaba mucho o cuando menos nunca antes le importó. Pero ahora, esta noticia y este viaje le hacían cuestionar estas cosas, cuestionar cómo lo percibían los demás o cómo se percibía él mismo. Trató de dejar de pensar e intentó dormir, sin embargo no lo consiguió. La idea de que la vida no es una tarea fácil de afrontar le daba vueltas en la cabeza y cada vez con mayor claridad se le ocurría que la vida de cualquier persona no era cuestionable ¿Quién podría cuestionar la vida de otro? ¿Con qué derecho? ¿Era su vida mejor que la de la señora de dos asientos más adelante que comía maíz y chuño con los dedos? ¿O del muchacho de su derecha que había subido al bus con solo una mochila, que usaba unas gastadas zapatillas sin marca reconocible, pero que viajaba absorto en la música de su iphone de última generación? ¿Quién era él para juzgar la vida de los demás? ¿Sólo por tener un ingreso ligeramente superior al del promedio? ¿Por haber tenido la suerte de tener acceso a una educación un poco mejor que la del resto? ¿Eso era todo? ¿Y la felicidad? ¿Dónde quedaba la felicidad? ¿Eran estos diecinueve compañeros de viaje más felices que él?  ¿Podía afirmar con certeza que él era más feliz que cuando menos alguno de ellos? ¿Qué era la felicidad? Cuántas veces había tratado de definirla. Era curioso que algún tiempo antes la mayoría de sus amantes ocasionales o amigas especiales le hubiese hecho esa misma pregunta: “¿Eres feliz Rafael?” Y él nunca dijo que sí. Con calma miraba a su interlocutora a los ojos y siempre daba la misma explicación: “La vida es normalmente triste, dolorosa, nacer es doloroso, vivir, trabajar, morir, todo eso es dolor. Los momentos de felicidad son solo chispazos, solo eso, como fuegos artificiales, nuestra misión es hacer que esos chispazos  duren el mayor tiempo posible, pero siempre regresamos a lo cotidiano, al dolor al sufrimiento. Nadie puede ser feliz todo el tiempo.”  Inevitablemente sus eventuales compañeras en casi todos los casos – y ya parecía ser una regla – le preguntaban: “¿Eres feliz ahora?”  y él complaciente, condescendiente y con una bien fabricada sonrisa que llegaba a parecer verdadera decía “Si, ahora soy feliz, en este momento y contigo.” Pero sabía bien que no era así.

Cerca de las diez de la noche el bus paró. Los pasajeros bajaron y en ese momento se percató que el vehículo no tenía baño, descendió y le resultó imposible hacer lo que hacían todos: Orinar en la calle. Fue a una tienda, compró un paquete de galletas y pidió amablemente el servicio, le señalaron una puerta y se dio cuenta de por qué era más higiénico hacerlo en la calle. Salió a la pista, se acomodó detrás del bus en el lugar que consideró más apropiado y descargó su vejiga. “Donde fueres, haz lo que vieres.” le había dicho de pequeño su madre. Nunca habría aplicado mejor el consejo. Subió al bus y se sentó, minutos después subieron pasajeros con caras nuevas. Se llenó hasta el último asiento. Una mezcla de olores lo sacudió. Una señora joven por cierto se acercó y pidió permiso para pasar al asiento al lado del suyo. Tenía a su hija en brazos, iba a reclamar pero se quedó callado. La señora se sentó y acomodó a la niña en sus piernas, Rafael se replegó hacia el pasillo lo mejor que pudo para darle espacio a sus dos nuevas compañeras de viaje, en diagonal hacia atrás un hombre abría una bolsa y extraía un depósito de poliestireno  conteniendo un pollo a la brasa de dudosa procedencia y penetrante olor. Más adelante ingresaban dos jovencitas vendiendo botellas de emoliente para el camino. Sonrió, hacía tres horas se quejaba de la vida, y ahora tenía delante suyo un espectáculo que los extranjeros pagaban por ver. Tenía dos opciones, maltratar su hígado haciendo cólera o imaginar que estaba haciendo un tour por Filipinas, optó por lo segundo y cerró los ojos al mismo tiempo que cruzaba los brazos sobre su pecho tratando de dormir.

Como a las dos de la mañana una sensación de humedad sobre el lado derecho del cuello lo despertó. Al principio somnoliento y confundido no pudo descubrir lo que pasaba, luego encendió la pantalla de su celular y en medio del ronquido de la gente inspeccionó el techo, allí estaba, precisamente sobre él: una gotera en el techo del bus. Miró por la ventana, afuera llovía. Caminó a la cabina del chofer y reclamó, una muchacha le dijo que ya irían a ayudarlo, que regrese a su sitio. Volvió y esperó diez, quince minutos. Nada. En la oscuridad recorrió el bus, todos los asientos estaban vacios excepto uno en la última fila. Entre dos sujetos sumamente robustos había una solitaria mochila, probablemente de alguno de ellos. El sujeto de la izquierda roncaba, despertó al otro, efectivamente era su mochila. Pidió permiso para sentarse al tiempo que explicaba brevemente su problema. Se acomodó y abrigado entre sus nuevos dos compañeros continuó el viaje.

A las seis de la mañana el bus se detuvo, no habían llegado a su destino pero por las ventanas de podían ver enormes extensiones de ichu amarillo, pequeños charcos congelados y grupos de llamas pastando.  Salieron casi todos y Rafael los siguió, el bus se había detenido para remolcar a otro que se había quedado varado. Eso le pareció muy peligroso sobre todo porque ambos buses estaban llenos de pasajeros, pero ¿quién era él para contradecir el espíritu solidario de un señor chofer de bus serrano-amazónico? Aprovechó como los demás pasajeros (incluidas pollerudas señoras) para escoger un mechón de ichu y orinar antes de seguir viaje.  

Ya sin lluvia ni goteras, retornó a su lugar, más por miedo a que el bus remolcado fuera de control los impacte por atrás que por cualquier otra consideración. Media hora después llegaban al terminal y fin de este tramo en una pequeña pero laboriosa ciudad altiplánica, el cobrador avisó que los que continuaban viaje podían ir a otra empresa que quedaba cruzando la avenida. Bajó de inmediato y cruzó, el nuevo bus salía en media hora y era bastante mejor que el que lo había traído hasta aquí. Se suponía que tenía que haber llegado a este punto a las cuatro de la mañana y ya eran casi las siete.

La señorita que le vendió el pasaje le dijo que el bus llegaría a destino a las diez de la mañana, algo de sentido común y matemáticas le dijeron que eso no sería posible, pero igual se subió. En el nuevo trayecto vino a su mente de nuevo la razón que lo había llevado a este viaje inédito. Bastante cansado pero con la luz del sol que entraba impetuosamente por las ventanas del bus volvió a pensar en los eventos recientes. Este viaje había terminado siendo un viaje introspectivo. Después de muchos años no había tenido tanto tiempo para él, lejos de los ordenadores, de los documentos, de los celulares, de las tablets y la televisión. El celular no había sonado en horas, en la ciudad anterior habían llegado diez u once mensajes de casilla de voz que revisó rápidamente. Era un nuevo día para él, para los sesenta pasajeros a su alrededor, también sería el primer día para alguien más y el último para otro también. Nuevamente pensó en la fragilidad de la vida. En el amor y en la falta de él. ¿Qué era el amor? Siempre había tenido una respuesta clara para la felicidad, pero nunca para el amor. En los últimos años le producía mucho placer someter al debate la existencia del amor. Cuando alguien hablaba de amor, afirmaba contundentemente que el amor no existe, esbozaba cuatro o cinco argumentos formalmente sólidos y sonreía para sus adentros mientras sus amigos se esforzaban inútilmente en explicarle las razones por las que, a pesar de todo, el amor sí existía.

“El amor sí tenía que existir en algún lugar”, pensó. En algún momento de su temprana juventud estuvo seguro de haberlo encontrado, ese que tiene la categoría de verdadero, sin embargo de esa época databan también sus recuerdos más dolorosos y sus sufrimientos más profundos. El amor no estaba vinculado a la felicidad, había llegado a la conclusión de que en el recuento final, los números nunca favorecían al amor; por ello decidió alejarse de todo lo que pudiera parecerse al amor de verdad. Pensó en otras clases de amor, el de los amigos, y sobre todo el de los padres por los hijos. Siempre había pensado que este último era un amor casual, circunstancial, no sujeto a elección, producto de la necesidad de proteger y ser protegido, una sublimación del instinto de supervivencia. Sin embargo ahora esta opresión en el pecho le indicaba todo lo contrario. ¿O es que era inevitable? Tal vez era cierto que la sangre llamaba a la sangre como le había dicho muchas veces su madre. Tal vez el amor estaba en el código genético, tal vez el amor finalmente, a pesar de todo, cuando menos a esos niveles, si existía.

Cerca del medio día llegó, cuando iban ingresando a la ciudad la recorrió mentalmente a través de sus recuerdos, tratando de ubicar el hotel más cercano a su destino. Al bajar del bus caminó rápido, consiguió un taxi y fue directo al hotel, en el camino miró el reloj del celular e hizo un par de llamadas a su hermana. Luego de hablar hizo cuentas y le daba tiempo para darse una ducha y quitarse el polvo del camino. Estaba realmente cansado, pero satisfecho de haber llegado. En el hotel se registró rápidamente y se duchó brevemente, se cambió y salió.

Minutos después en el pasillo del hospital llegaba raudo y tomaba con afecto la mano a su mujer, ella en la camilla a pesar del cabello empapado de sudor y el rostro desencajado por las contracciones, sonreía radiante. Rafael había llegado justo a tiempo para acompañarla. “Si el amor y la felicidad existían, era en este momento.” pensó mientras entraba a la sala de partos. 

miércoles, 29 de febrero de 2012

ENFOQUE

Una nota acerca de febrero podría ser escrita desde un cómodo asiento en victimilandia, quejándome de todo y contando minuto a minuto el desastre sucedido en mi ciudad entre el quince y el dieciocho y con las secuelas que todavía duran.

Pero no, como dice Anthony Robbins, no hay respuestas malas si no preguntas mal hechas. El año pasado si se fijaron no hice nota acerca de la inundación de abril, porque no se debe perder el enfoque en cosas negativas.

Si se tuviera que hacer un recuento de febrero, se podría hacer así, del 2 al 15 un viaje maravilloso con mi familia por Lima, Arequipa y Mollendo, con buenos amigos por todos lados y visitando a mis padres, hermanos y sobrinos, todos ellos pródigos en cariño y atenciones. Del 15 al 21, días de trabajo duro y emociones intensas, una sacudida de esas que hay que agradecerle al universo, porque te sacan de la zona de comodidad y miden tu capacidad de respuesta y la potencia que tiene uno para recomponerse frente a la adversidad. Del 22 al 26 un viaje programado con anterioridad al que pude haberme resignado a perder si me hubiese quedado en mi balcón de victimilandia, pero que afortunadamente con el apoyo y cariño de mi familia y amigos pude realizar y cumplir otro sueño; luego al retorno y ni bien bajado del avión a trabajar de nuevo para poner la casa habitable y entre ayer y hoy los últimos toques para regresar a la vida normal.

Las conclusiones que se pueden sacar de febrero son: fortalecí los vínculos con mi familia, los eventos difíciles me hicieron ver en mi compañera una faceta que no había percibido antes, es una mujer fuerte y valiente y la admiro hoy más que antes. Fortalecí todavía más la relación con mi hija, he visto satisfecho como ha abierto sus horizontes con el viaje. Pude manejarme bien fuera de mi zona de comodidad y asumí con fortaleza los retos impuestos por la naturaleza. Vi personas valiosas que no habían perdido nada trabajar todo el día para ayudar a sus semejantes, también vi a otros que se sentaron solo a comentar. Hice todo lo posible para dar esperanzas a cuanta persona me encontré en el camino en esos días difíciles. Fuera del país, conocí otras personas, costumbres diferentes con la compañía de mi querido amigo y sabio guía y maestro Claudio Morgan. Contrariamente a lo que muchos pudieran creer, crecí mucho en febrero, la sacudida me hizo regresar al concepto básico de que las cosas son solo eso, cosas, y que lo que importa son la familia y los amigos.

Siempre he sido una persona de decisiones rápidas y soluciones realistas. Hay personas que se sientan al borde del rio a ver como el agua pasa. Vivo una lucha constante para no ser así. Tal vez me había quedado en el borde del rio viendo pasar el agua, el universo vino a despertarme. En mi caso sigo aprendiendo y practicando, enfoque, problema y respuesta.

De todas formas gracias a todos los que se preocuparon por mí, a los que pude contestar, a los que no pude porque iba contra reloj, a los que me apoyaron y ayudaron, a los que me dieron un espacio en sus casas, a los que me comprendieron, a los que todavía se quedan con la boca abierta cuando les cuento todas las cosas que hice y me pasaron en febrero y no les queda claro como se puede pasar tan rápido del problema a la diversión, a los que sin cuestionarme me quieren. Gracias a todos sin excepción.

sábado, 8 de octubre de 2011

EN BUSCA DE DIOS

Todo empezó con la prematura conversión al credo mormón por parte de mi hermano mayor, Jorge Luis, al que llamamos Tony. No tengo muy claro por qué él en particular se convirtió. Yo tengo una serie de posibles hipótesis, pero ninguna comprobable, así que no abundaré más en el tema.

En aquél entonces yo debo haber tenido unos siete años tal vez. El tiempo es un poco borroso pero si puedo recordar claramente los hechos. Como recordarán los que leyeron mi nota llamada “¡Por Dios, yo no soy ateo!” publicada el mes de enero del dos mil once en este mismo blog, durante mi temprana infancia recorrí prácticamente todas las iglesias del centro de la ciudad de Arequipa acompañando a mi acongojada madre en sus oraciones. Entiendo que por una cuestión generacional mi madre suponía que lo más natural era que todos sus hijos resultásemos católicos como ella, pero en los años setenta el mundo cambiaba.

Una cosa que yo agradezco mucho fue el que gracias a Tony nos hubiésemos topado con la religión mormona, sus altos valores morales (a pesar de que muchos de sus detractores digan lo contrario) ayudaron mucho que nuestra familia se mantuviese fuera de la delincuencia o las drogas que eran muy comunes en el barrio que nos tocó vivir por esos años.

Como toda religión, la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días (¡vaya nombre!) se preocupaba mucho de que sus fieles hicieran tarea de evangelización en sus propias familias primero. Así fue que por iniciativa y a veces intensa insistencia de Tony fuimos recibiendo a los primeros misioneros o élderes mormones. El elder Taylor es el que más recuerdo. Un gringo amable que le tomó mucho cariño a la familia y asumió el reto de bautizarnos a todos. Era interesante para nosotros que a duras penas contábamos un televisor en blanco y negro a tubos, ver los modernos dispositivos electrónicos que traían los misioneros a nuestras casas y permitían proyectar filminas en una de las paredes de la sala (que hasta ahora recuerdo llenas de huecos de las marcas de incontables clavos) convirtiendo la casa en una especie de mini cine. Yo me imagino que eso debe haber sido hasta un símbolo de estatus, que los vecinos tan pobres como nosotros vean entrando a nuestra casa a estos apuestos gringos de camisa blanca, corbata y plaquita negra de acrílico con su nombre en el bolsillo izquierdo para darnos las “charlas” de evangelización y los lunes por la noche enseñándonos como se hacía una “noche de hogar.”

Lo cierto es que nos bautizamos todos, excepto mi mamá que es cien por ciento católica y mi hermana menor Charo que en aquél entonces era muy pequeña. Tampoco recuerdo mucho si mi hermana mayor lo hizo, pero tengo absoluta certeza que todos los demás sí, los cinco hermanos.

Como consecuencia de la herencia genética de nuestros padres, la disciplina militar de papá y la bondad infinita de mamá, nos tomamos bastante a pecho el asunto y nos hicimos buenos mormones por un tiempo.

A esa corta edad, que calculo debe haber sido entre mis ocho y doce años, obtuve como premio mil dudas en lugar de respuestas. Si bien habían cosas divertidas como las “noches de talentos” y las “reuniones dominicales” que eran los equivalentes a las misas católicas y que eran mucho más activas y participativas que estas últimas, lo cierto es que también habían cosas que me mostraron la cara verdadera del mundo real. Para en aquél entonces yo ya llevaba bastantes libros leídos y era bastante difícil que me cuenten cuentos, sobre todo porque una de las primeras cosas que leí en la vida fueron los veinte tomos de la enciclopedia “El Tesoro de la Juventud” como ya también les conté en otra nota.

Lo primero que me causó una mala impresión fue el ahínco con el que se empeñaban los jerarcas distritales de la iglesia mormona en desacreditar a la iglesia católica. Si algún mormón o de cualquier otro credo lee esto, un consejo: no funciona, sobre todo para quienes tenemos la capacidad de cuestionar el entorno aunque tengamos tan solo once años. ¿No se supone que uno debe hablar más de sus méritos que de las falencias de la competencia? Me sentía como en un grupo de adoctrinamiento. Si bien los principios de castidad, honorabilidad y moral de la iglesia mormona eran muy sólidos, las personas que tenían la tarea de educar a los miembros en el credo hacían muy mal trabajo. Entonces vino el problema. Una de las principales razones por las que acepté bautizarme, era porque el elder Taylor (que para entonces ya se había ido) me contestaba todas las preguntas y me aseguró que una vez siendo miembro encontraría más respuestas. Eso me daba una enorme luz en el camino, ya que los sacerdotes católicos que había conocido hasta ese entonces, incluido el capellán del ejército que oficiaba en mi colegio, resolvía todos mis cuestionamientos con respuestas similares a estas: “Eso es un sagrado misterio” o “Dios dijo no me tientes con preguntas…”

En la iglesia mormona sucedió lo mismo, la historia de José Smith – que fue el fundador estadounidense de la religión – que descubrió gracias a la aparición del ángel Moroni una planchas de bronce y oro con escritura parecida a la cuneiforme con la palabra de Dios, la venida de Jesús a América, el viaje de Lehí y su familia cruzando el atlántico usando una antigua brújula entregada por Dios llamada Liahona, la historia de los lamanitas, los nefitas, la muerte de estos últimos en manos de los primeros y el castigo divino de Dios de oscurecer la piel de los lamanitas y que constituyó el origen de los pueblos Mayas, Incas, Aztecas, Cherookes y etc. Todo ello era muy consistente desde el punto de vista histórico, hasta el punto de que el asunto empezaba a cojear para mí de la misma pata donde cojean casi todas las religiones. Una prueba de carbono 14 a las planchas de bronce y listo, resuelto el problema de la religión verdadera. Pero no, el ángel Moroni por encargo de Dios, le había pedido a José Smith que le entregue las planchas luego de que las tradujo para llevarlas al cielo. Nuevamente nada comprobable, un nuevo libro: el libro de mormón, con origen incierto y nada más.

A pesar de esos problemas bien pude haberme quedado feliz con ese credo. A pesar de la insistencia con la que cobraban el diezmo (que era la décima parte de lo que uno no tenía, por lo menos en mi caso en esa época) y la necesidad de ser misionero y evangelizador todo el tiempo y en particular al cumplir los dieciocho años como una especie de servicio militar obligatorio.

Lo malo es que a pesar de las claras reglas, como la castidad, el cuidado del cuerpo (los mormones no consumen alcohol, tabaco, té, café, bebidas gaseosas negras, etc.) la observancia de la moral, la humildad, el amor al prójimo y la decencia, vi que casi nadie observaba esas reglas, en particular los más recalcitrantes defensores del credo y terminaban comportándose como las viejas cucufatas católicas que yo tanto había detestado.

Así que para hacerla corta, un día me salí. Me fui a recorrer a mis tempranos trece el mundo de las drogas y el rock and roll, con la esperanza de que el sexo llegue pronto también. Sin embargo en mi mente siempre me quedaba la duda de quién tenía finalmente la razón. Los mormones habían tratado de manipularme vilmente, había una frase que se usaba mucho en la iglesia que decía más o menos así: “Dios ve con mejores ojos el día del juicio final a quienes nunca tuvieron la oportunidad de conocer la verdad, que a aquellos que conociendo la verdad, le dieron las espaldas.” En clara alusión que la iglesia mormona era la única verdad. Es decir el código de la mafia. Sabes demasiado como para irte y el castigo es que Dios te va a mandar al infierno en la entrevista de rigor en el juicio final. A pesar de mi edad me di cuenta de lo bajo del truco. Con esa idea en mente, en mis tiempos libres leía todo lo que caía en mis manos respecto a las religiones, las revistas de los Testigos de Jehová, veía el Club 700 en la tv y no me perdía un episodio del Hermano Pablo, tratando de descubrir finalmente quién tenía la razón.

Por aquél entonces fue también que empecé a leer la Biblia, una que tengo guardada hasta ahora en una de mis cajas de libros, tapas azules y hojas de papel casi transparente pintadas de rojo en su borde externo. Empecé como se debe, desde el capítulo I del Génesis y hasta el Apocalipsis. No cabe duda que hay párrafos intensos y casi literarios, también los hay oscuros y casi indescifrables. El Génesis, el Éxodo y los cuatro evangelios son sin duda alguna los más fáciles de leer. Los más complejos el Apocalipsis y los Salmos. Luego de haberla leído, he tenido que volver a leer grandes fragmentos años después porque siempre aparece alguien que me sorprende con nuevas interpretaciones de libros que me parecían claros.

Cuando tenía dieciséis era un perfecto católico moderno, es decir iba a misa los domingos y me olvidaba del asunto el resto de la semana, fumaba y tomaba con mis amigos, ya tenía algunos cachuelos entonces, contaba por tanto con algunos magros ingresos. Incluso a veces me confesaba y comulgaba para complacer a alguna enamorada y hasta iba a las procesiones. En algún oscuro punto de mi memoria puedo verme a mí mismo cargando un anda o sosteniendo la soga que separa a los cargadores de los fieles. También recuerdo que fui de peregrinación a Chapi, algunas veces con mucha fe y otras, soy franco, sin tener mayor convicción, como la mayoría de mis coetáneos.

Con mi llegada a la universidad conocí un grupo de seres humanos diferentes, ellos no se hacían problemas con nada. Leían a Nietzsche, a Platón, Sócrates, Hegel, a Marx y Engels, escuchaban a cantantes raros como Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Victor Jara y Mercedes Sosa. Se les conocía con el subversivo nombre de “Los Ateos”

Yo ya había escuchado antes a Silvio y Milanés en las fogatas del Círculo Militar, el Club Internacional y en las playas de Mejía, donde lograba colarme gracias a mis amigos pudientes, se hablaba de ellos, del Ché Guevara y de Cuba como un sueño romántico y se mezclaban las canciones con las de Sui Generis y el gran Charly. Pero esos eran revolucionarios de pose, socialistas de salón. Los que conocí en la Universidad Nacional de San Agustín eran de verdad. Daba miedo tocarlos. Se sabían el manifiesto marxista de memoria y podían refutar la existencia de Dios en cinco plumazos.

Yo estaba sinceramente impresionado, “¡O sea que la verdad era que Dios no existe! ¡Con razón ninguna religión tiene la verdad!” pensaba yo. Tenía que averiguar más acerca de Marx, Engels, Lenin y Mao Tsé Tung. Así fue que leí el Capital, no me sirvió de mucho para el tema de la búsqueda de Dios para ser franco, pero si me fue útil para no quedarme callado en los debates universitarios de balcón a balcón como en aquellos buenos tiempos. Hago un paréntesis. En aquél entonces yo tenía diecinueve años, muchos ideólogos y oradores de mi facultad tenían diecisiete, algunos ya habían sido dirigentes en sus partidos. Haya de la Torre y Mariátegui en su momento ya eran unas luminarias a esas edades. ¿Cómo es posible que hoy en día los universitarios de diecisiete y hasta veintiún años sean incapaces de elaborar un par de frases completas y su manejo del castellano sea menos que deficiente? Bueno. Los tiempos cambian.

Continuando con la historia. Lo del ateísmo no terminaba de convencerme. Me parecía una teoría de comunistas afiebrados. Además el recrudecimiento del terrorismo en esa época (ya terminaban los ochentas) desprestigiaba más el socialismo y el comunismo, y con ello el ateísmo. El social cristianismo aparecía como una ideología más vanguardista. Así que en mis años universitarios me hice social cristiano, pero no mentiré… bien pegado a la derecha. Aproveché también y con más recursos para conocer a fondo a Descartes y Nietzche entre otros.

También pasé por otros lugares que lamentablemente no les puedo contar con detalle, pero baste saber que me permitieron abrir los ojos y mirar a lugares donde no había estado mirando. Aprendí que la abundancia no tiene nada que ver con millones de dólares y que la pobreza material no tiene nada que ver con ser un buen ser humano. Una de las cosas más importantes que aprendí es que no tiene que haber EL DIOS con nombre y apellido. Estos nobles hermanos me enseñaron que basta saber que hay una fuerza superior, póngale usted el nombre que le quiera poner. Y otra cosa más importante: usted es parte de esa fuerza superior, el universo funciona en armonía, y si hubiese un Dios, digamos que es… algo así como un Gran Arquitecto.

Cada año que pasaba mi ideología política se iba posicionando cada vez más a la derecha. Claro cuando uno empieza a trabajar y tener sus propias cosas, la idea de la propiedad común ya no es tan divertida como cuando uno no tiene un quinto. Una cosa es ser el que va a recibir el patrimonio arrebatado supuestamente a los ricos, y otra cosa es distribuir el poco patrimonio que uno tiene entre los que no tienen nada, sabiendo que los ricos a la larga nunca van a ser afectados como siempre en la historia.

Sin embargo seguía con mis cuestionamientos a la Iglesia, llegué a la conclusión clara y meridiana que las iglesias sin importar cuales, todas estaban equivocadas. Casi todas ellas son grandes corporaciones que lucran con la fe de las personas. Cuando acabé mi carrera, hice una maestría en Derecho Civil, mis principales esfuerzos fueron dedicados al Derecho Romano, y así me puse a averiguar de historia, y la historia confirmó cada una mis teorías. Los comunistas decían en la universidad que la religión es el opio del pueblo, creo que es algo así, pero está muy vinculado a la falta de educación. Investigué todo lo que pude y no paré hasta los egipcios, caldeos y sumerios. Las primeras civilizaciones y sus credos. La aparición del ser humano en el planeta y lo antiguo que es nuestro sistema solar y lo bien que le fue antes que apareciese el hombre para destruir todo.

Algunos años después apareció Dan Brown y toda la polémica del Código DaVinci y aportó datos a la humanidad que para ese entonces yo ya tenía claros. En aquél entonces me declaré agnóstico con la angustia de no poder demostrar que Dios no existía pero tampoco que sí. Mi afán nunca fue demostrar la existencia o no de Dios, solo estar claro en cualquiera de las dos posibilidades. Siempre he tratado de ser consecuente con mis ideas. Admiro mucho a los ateos por su seguridad, pero siempre había algo que no me cuadraba en tanta certeza.

Lo cierto es que la fe es útil para mucha gente, y no hablo de la fe en determinado Dios o determinado credo. Me refiero a la fe. Hablar de la fe en UN Dios o en la iglesia católica es una postura obcecada. Hay gente que tiene fe en las vacas, en las ratas, en la reencarnación, en las aves carroñeras, en los rayos y truenos, en el sol, en los tigres, en los arco iris, en las piedras de colores, en las aguas de los ríos. Mientras las personas tengan fe en lo que quieran creer, y en virtud a esa fe hagan cosas para ser mejores, creo que la fe es útil si no indispensable. Si alguien cree con sinceridad en el poder de una piedra ¿Quién soy yo para imponerle otra fe en una imagen de yeso? ¿O peor aún, en un algo que no se puede tocar ni oler ni sentir y que esta persona nunca entenderá? Si usted es cristiano y viene una persona y le dice que está equivocado, que la salvación a su alma tiene que ver con renunciar a Jesús y adorar una vaca, ¿usted lo haría? ¿Entonces por qué la gente insiste en hacer exactamente lo opuesto como si solo lo opuesto fuese lo correcto?

Yo no creo en las religiones y eso es muy diferente a cuestionar la fe de las personas. Nunca he cuestionado la fe de ninguna persona pero si me pone muy mal que traten de catequizarme o evangelizarme. Reclamo tolerancia una vez más.

Bueno para terminar, un día encontré a Dios. Y no puedo decir que haya sido luego de un momento traumático o una epifanía o el resultado de una experiencia religiosa, me parece que fue resultado de esta larga búsqueda que no termina, de las lecturas de Stephen Hawking que me guió como nadie en ese camino y la información que recibí de ateos, comunistas, metafísicos, sacerdotes, mormones, pastores y hasta hechiceros y chamanes. Pero sobre todo de una búsqueda interior. Dios está dentro de uno mismo. Me sigo autodenominando agnóstico cuando me lo preguntan por contraposición, pero contraposición a las religiones, no en contraposición a la fe. Dios finalmente está donde siempre estuvo. Yo tengo la fortuna de haberlo encontrado y vivo en paz con ello. Esta nota no es una receta para encontrarlo o un mapa. Solo les cuento el camino que yo seguí. Sé también que el camino es diferente para cada uno. Lo importante es nunca perder la fe.

sábado, 17 de septiembre de 2011

¿QUIEN TIENE LA CULPA?

He pasado más de dos semanas pensando en cómo abordar este tema. Hoy minutos antes de sentarme escribir, decidí tomar un café. Me levanté, quise poner a hervir agua, ninguno de los dos hervidores estaba limpio, el café se había terminado, solo encontré un sobrecito de Nescafé a la mitad con el contenido solidificado y el azúcar se había terminado. Si esto me hubiese pasado cinco años atrás hubiese terminado recriminando a la primera persona que se me apareciese delante por no darse cuenta que el azúcar estaba por terminarse y por no comprar café o dejar que el sobrecito se eche a perder, hubiese terminado enojado, además de frustrado y no estaría escribiendo esta nota. Sin embargo me pasó hoy, puse el café sólido en una taza, busqué una antigua cafetera de metal y le saqué la parte superior e hice hervir agua en ella, del refrigerador rescaté una caja de leche condensada con algún resto aún y lo mezcle todo, el agua caliente disolvió el café y la leche condensada y estoy tomando un delicioso café con leche. No he culpado a nadie y estoy aquí contándoles esta historia con una sonrisa en los labios.

Después de muchos años de pensar en estas cosas y sufrir inútilmente, creo que he empezado a descubrir ciertas claves. Buena parte de nuestra vida se basa en un sistema de culpas y paradigmas errados. Veamos algunos ejemplos: Si usted fuma y desea dejar de hacerlo, pero a pesar de sus esfuerzos no lo consigue, lo más probable es que esté culpando a los amigos que lo iniciaron en el hábito, a la sociedad, a sus padres o su infancia. Tal vez esté culpando al cigarrillo. Reflexione, ¿se da cuenta de lo espantosamente cómico del asunto? Está culpando al cigarrillo, a una cosa, como la causa de su problema. Solemos hacer esto mucho más a menudo de lo que parece.

Si usted es padre o madre, y tuvo a su hijo a una edad muy temprana, y como consecuencia de ello no pudo acabar su carrera, o no tiene el empleo que quiso, solo el que pudo, quizás culpe nuevamente a sus amigos de la adolescencia, a sus padres, a la escuela, al enamorado o enamorada con la que concibió al bebé o peor aún, a su propio hijo.

Si usted hoy no tiene el trabajo que soñó, tal vez esté pensando que es culpa de la economía, de la baja calidad del sistema educativo peruano, a la falta de recursos, otra vez a sus padres, a sus amigos de la adolescencia, a la falta de oportunidades o al destino.

Si usted se encuentra en cualquiera de los ejemplos previos o alguno parecido, puede hacer un diagnóstico: En algún momento usted tuvo la oportunidad de decidir en cualquiera de los casos. En algún momento pudo decir no al cigarro, a la relación sexual sin protección o a la elección de su carrera o trabajo, así como la exigencia académica que pudo y debió haber desplegado y que no desarrolló.

Si tiene la tentación de contestarse (porque no me está contestando a mí, si no a usted mismo) que yo no sé nada de su vida ni de sus “verdaderas” motivaciones y “problemas”, serénese. Lo que sucede es que su cerebro está procesando la información para justificar sus errores. Es un mecanismo de supervivencia tan antiguo como la raza humana. Usted inconscientemente justifica sus malas decisiones del pasado como mecanismo de defensa. La justificación que diseña y argumenta su cerebro, es para usted mismo, no para mí.

Este mecanismo tiene una razón de ser, si no fuésemos capaces de dejar atrás los errores, la vida sería intolerable, tanto desde un punto de vista sicológico y moral, como desde un punto de vista práctico, el cazador que fue atacado por el venado, y sobrevivió, no podría volver a cazar nunca más si no supera el evento traumático, y moriría de inanición.

La culpa debe superarse, no cabe duda. Nadie puede transitar la vida sin tomar malas decisiones o cometer errores, pero el reto es definitivamente superar la culpa. Al parecer la fórmula correcta es la del cazador, es decir, asumir rápidamente la responsabilidad del error, recapitular los hechos, tomar conciencia de la conducta errónea para corregirla en el futuro ante circunstancias semejantes, y luego seguir adelante.

La forma incorrecta, o por lo menos una de las formas incorrectas, es la de desplazar la culpa a otro. Eso sucede como consecuencia de un paradigma: Queremos ser socialmente aceptados, y los que comenten errores no son socialmente aceptados. Entonces no queremos reconocer nuestros errores como propios y los desplazamos hacia alguien más. ¿De dónde surge el paradigma? Haga memoria: Usted camina por la calle, una mujer va con su hijo de dos o tres años. El niño se tropieza, cae y se ensucia la ropa. La madre, incluso la más educada, lo riñe como mínimo, y muchos hemos visto a madres (sobre todo las menos educadas) golpeando al infante. Paradigma grabado en el cerebro de ese niño: Si yerras, incluso involuntariamente, te castigan.

Puedo mencionar cien ejemplos como el anterior y todos tienen la misma estructura, no hay correspondencia ni proporcionalidad entre la conducta y el castigo. ¿Por qué tendría que ser el niño responsable de ensuciar su ropa como consecuencia de una caída involuntaria si lleva recién dos años realizando una actividad tan compleja como caminar? ¿Qué hacemos si un adulto se cae en la calle? ¿Lo lapidamos? Después de todo el lleva más de veinte años o treinta años caminando y aun no logra hacerlo a la perfección.

Más adelante, el niño debe cuidar sus juguetes, si rompe alguno, es castigado, si rompe su ropa jugando, es castigado, en el colmo de la irracionalidad he visto madres castigar a sus hijos ¡por enfermarse! Como se puede apreciar fácilmente, se forja un paradigma consistente durante nuestra niñez y adolescencia: El error es una conducta que no es socialmente aceptada.

Al no ser una conducta socialmente aceptada, resulta más beneficioso desplazar la culpa como señalé líneas arriba. Como el cerebro es un órgano complejo, a medida que avanzamos en nuestra vida, este construye justificaciones mucho más elaboradas. A los cinco años nuestra única respuesta puede ser “yo no fui” pero en la adultez buscamos el antecedente: “hay algo en nuestro pasado que nos ha llevado a este punto.”

Probablemente uno de los eventos más perniciosos para la sociedad en los últimos decenios haya sido la mala interpretación que se ha hecho del psicoanálisis. La gran mayoría de las personas recurren al psicoanálisis para hallar al “responsable” de sus problemas actuales. Entonces ahora no solo se tiene un argumento racional, sino que además este está respaldado por la firma de un médico. Resulta entonces que nuestros problemas son siempre culpa de alguien más, desde nuestros padres, vecinos y maestros hasta la bacinica y la presión de nuestro ano sobre las heces.

Este reforzamiento ahora científico de la abyecta costumbre de culpar a alguien más, ha convertido a la sociedad actual en una sociedad de quejosos, en la que nadie asume su responsabilidad.

Incluso en los casos en que nuestra condición actual podría ser consecuencia de un evento que estuvo realmente fuera de nuestro alcance, como un accidente automovilístico, el abuso sufrido en manos de un adulto durante la temprana niñez, una enfermedad congénita, etc. Siempre existe la posibilidad de tomar la decisión de asumir el reto de salir del marasmo de la autocompasión, que es otra forma de culpa y más perversa todavía, porque es una culpa inventada.

Hoy veía en la red social, el post de una muchacha, que por la edad seguramente está en la universidad, este decía algo así más o menos: “Google + Wikipedia + Word + Copiar + Pegar = tarea perfecta” Es decir la apología a la mediocridad. Es muy probable que esta misma persona de aquí a unos pocos años, diez digamos, cuando se encuentre en una situación laboral no deseada consecuencia de sus pobres conocimientos y la alta competitividad, y quiera proyectar su frustración ¿A quién echara la culpa? ¿A sus padres? ¿A sus amigos? ¿Al sistema educativo?

Si usted está pasando un buen momento se dará cuenta que lo disfruta como consecuencia de las buenas decisiones que tomó. Pero no solo las decisiones por sí mismas, si no debido a las acciones realizadas concordantes con lo decidido. ¿Si esto es claro para quien tomó buenas decisiones y actuó en ese sentido? ¿Por qué cuesta tanto trabajo convencer a quienes lo pasan mal que ese estado es también consecuencias de malas decisiones, o de acciones no concordantes con las decisiones tomadas?

Si usted tiene el valor suficiente de mirar a su pasado, podrá verificar que cualquier situación desagradable que esté pasando ahora es consecuencia de sus propias decisiones. Y peor aún: Usted siempre tuvo el control acerca de esas decisiones. Cualquier cosa que pueda argumentar en contra de esta afirmación es solo una justificación.

¿Cómo se resuelve el problema?

El problema se resuelve mediante la toma de conciencia, como ya se señaló líneas arriba. La teoría del cazador. Se comete el error, se reflexiona sobre él, se corrige la conducta y se intenta de nuevo dejando el sentimiento de culpa atrás. Esto es fácil. El problema es romper los paradigmas que acompañan a la culpa.

Digamos que usted hoy programa levantarse temprano el día de mañana, el reloj despertador suena a las cinco y treinta, usted lo apaga, se cobija en su frazada y dice “cinco minutos más” cierra los ojos y despierta a las ocho. Se levanta apurado y de mal ánimo, ha dejado de hacer una serie de cosas que tenía planeadas, además culpa a su esposa por no despertarlo temprano (cuando usted mismo la semana pasada le gritó “¡déjame dormir!” cuando intentó despertarlo) o culpa a su estresante trabajo, al cansancio, a la película que vio anoche o al hecho de que… amaneció nublado. Finalmente usted empieza el día enojado y frustrado. Que diferente al día de aquél que incluso habiéndose acostado tarde, se incorpora de un golpe de la cama apenas suena el despertador y va a la cocina a prepararse un café. Él tal vez pase el día más cansado que usted, pero es innegable que será mucho más feliz.

Solemos pensar además que solo nosotros sufrimos y los demás no. Una persona el otro día se quejaba conmigo de que alguien se había burlado de ella y exclamaba “¡Claro, como nadie se ha burlado nunca de ti!” lo primero que pensé es que esta persona no tenía la información suficiente como para poder hacer esa afirmación. ¿Cómo podía estar tan segura que nunca nadie alguien se había burlado de mi? En segundo lugar pensé que inevitablemente todos hemos recibido en algún momento burlas en mayor o menor grado, salvo que hayamos sido santos o hayamos crecido aislados. Y tercero me dio muchas pistas de la historia de esta persona, probablemente en su niñez había recibido muchas burlas, más allá delo normal, y su cerebro había procesado el evento traumático aislándolo como una ocurrencia personalísima, que solo le había sucedido a ella.

Este proceso también es natural y responde a la misión del cerebro de priorizar la supervivencia del sujeto. Todo proceso de supervivencia es egoísta, por eso nos causan admiración los héroes, aquellos que se sacrifican por sus semejantes, porque realizan actos extraordinarios. Lo ordinario es que pensemos en nosotros mismos en primer lugar y eso lo hace el cerebro asignándole un mayor valor a la desgracia propia que a la desgracia ajena, aunque cualitativa y cuantitativamente ambas sean idénticas para un tercero.

En el proceso de la culpa tomamos decisiones equivocadas, que generan una espiral de culpa que es luego mucho más difícil de manejar. En mi experiencia personal, me he dado cuenta que es más fácil manejar todo al principio, al primer error. Si mis paradigmas me llevan a gritar a alguien o enojarme, de inmediato me disculpo. Suele dar buenos resultados, sobre todo si la disculpa es sincera. Lamentablemente solo puedo hacerme responsable de mis errores.

Hay un tipo especial de personalidad a la que yo llamo la personalidad del “pero”. En este grupo hay dos variedades, los justificadores de hechos ocurridos y los que justifican hechos futuros, en ambos casos siempre hay un pero para cualquier cosa, pero en el segundo caso ese pero es un canal directo a la justificación para algo peor que la culpa pasada: La culpa futura.

Si ya es suficientemente malo no asimilar las culpas del pasado, imagínese usted sufrir y dejar proyectos por la culpa que vendrá.

En el primer caso es frecuente en trabajadores, alumnos, familiares o amigos que a cualquier respuesta le agregan un pero. ¿Por qué no hizo la tarea? La iba a hacer pero… ¿Por qué no terminó usted su proyecto? Lo iba a terminar pero… ¿Por qué no me llamaste para ir a la fiesta? Te iba a llamar pero….

Si usted está meneando la cabeza mientras lee y piensa que cómo es posible que existan personas así, reflexione. ¿Usted nunca ha hecho eso? Se sorprenderá.

En el segundo caso están aquellos que se oponen a cualquier mandato o instrucción. ¿Qué te parece si vamos a tal sitio? Sí, ¿pero crees que …? ¿Qué te parece si hacemos este negocio? Mmm puede ser pero…. ¿Qué tal si eres feliz? Sí, pero no es tan fácil, yo he sufrido tanto en la vida...

Como dice un viejo adagio, cuando alguien quiere hacer algo, siempre encuentra la manera, cuando no, siempre se encuentra la excusa.

¿Por qué esa persistencia en negar las posibilidades del futuro? Respecto al pasado existe una lógica, son hechos del pasado y no se pueden cambiar, el cerebro los disfraza y justifica. ¿Qué nos lleva a justificar la negativa para hechos del futuro? Es el miedo al error y por tanto generador de una posible culpa. Este es un miedo poderoso, pero hay otro miedo peor todavía, el miedo a lograrlo, tener éxito y no saber qué hacer con ello, pero ese es otro tema.

Entonces no basta con comprender que la culpa es un lastre, la mayor lucha es modificar nuestros paradigmas a veces ancestrales. Si su hijo juega, que se caiga. Si se ensucia, no le pegue, enséñele a limpiarse y que siga jugando. Si su hijo se tropieza y se golpea, ¡por favor! ¡No lo golpee además usted! Ayúdelo a levantarse sin aspavientos y aliéntelo a seguir jugando. Si su hijo comete un error, ¡no le pegue!, explíquele en qué consiste el error. Tal vez en el camino de explicar, se dé cuenta que el error que usted pensaba que era, no lo era tanto. Haga la tarea con sus hijos, enséñeles a ser responsables de sus actos.

¡Usted mismo! ¡Equivóquese más a menudo! Ríase con sus subalternos, con su familia, con sus amigos. Sea disciplinado pero no sufra con los errores. Por alguna misteriosa razón yo tuve una rara costumbre desde muy chico. Nunca me gustaba contar mis problemas hasta que los tenía resueltos. Eso marcó mi vida. No me quejo. Critico, cuestiono, racionalizo, pero como ejercicio para encontrar una solución a los problemas que la vida laboral o familiar me plantean. Siento mucha satisfacción cuando resuelvo un problema. Antes sufría mucho con mi innato perfeccionismo, porque esperaba de los demás lo que espero de mí mismo. Felizmente he aprendido a ser mucho más elástico y sufro mucho menos. Todavía sigo siendo sumamente severo conmigo mismo, pero es un lujo que creo que puedo permitirme.

Yo no sé si esta nota en realidad pueda servir, se requiere una conciencia muy amplia para romper nuestros propios paradigmas, sospecho que la mayoría de los lectores pensarán que esta nota no es para ellos, es decir pensarán “La nota está bonita e interesante, pero es para otros, ese no es mi caso” ¿se dieron cuenta del “pero”?

Felicidades a todos.

domingo, 4 de septiembre de 2011

EXCUSAS PARA NO SER FELIZ

Mirando al pasado, es sorprendente la cantidad de veces que he inventado excusas para no ser feliz, lo que equivale a jugar ajedrez con uno mismo y darle las mejores jugadas a las negras o tratar de conducir el auto con el freno de mano puesto.

Cuántas veces me he negado un placer diciéndome “tengo que ahorrar.”

Cuántas veces he dejado de dar una vuelta por el parque con el pretexto de que “soy un hombre muy ocupado.”

Mi pecho y mis piernas estaban descoloridos, faltos de sol, decía: “Si yo voy a pasear ¿Quién mantiene esta casa?”

Siempre había algo que hacer, césped qué cortar, quitar las enredaderas del cerco, limpiar la parrilla, poner un clavo en algún sitio, matar las hormigas: “Si no lo hago yo ¿quién lo hace?”

Pero me di cuenta que no vale la pena. En Arequipa me encantaba el verano, ir en la mañana a la playa, descansar, meterme al agua, tostar mi piel al sol. Al regresar por la tarde ir a comer un buen cebiche con un buen chicharrón de calamar. Lo único malo es que allá el verano es solo tres meses. ¡Aquí es prácticamente todo el año y no lo estaba aprovechando!

Ahora le pago a alguien para que corte el césped, lo hacen mejor que yo.

Sigo ahorrando, pero ya no con pesar, si no con alegría y satisfacción. ¿Para qué privarse de cosas? Lo que nadie te quita es lo vivido.

Ahora prefiero dedicar un sábado a encender leña en el horno, experimentar con las carnes, las especias. Me estoy volviendo un sibarita y me gusta.

Termino de trabajar a las cuatro. Hago ejercicio, leo, veo televisión. Escribo.

Si las hormigas deciden ser mis inquilinas, bienvenidas sean.

Mis mayores esfuerzos últimamente apuntan a apartar de mí personas negativas. Es lo más saludable que hecho.

En los últimos meses tomo menos pastillas para cualquier cosa. Es más, prácticamente ya no tomo ninguna pastilla.

El paraíso está a la vuelta de la esquina y muchas veces no lo vemos.

Estas últimas semanas tomo una buena parte del tiempo para mí, para estirar las piernas al sol. Para leer un libro frente a la piscina. Para pedirle al mozo lo que se me antoje sin mirar el precio en el menú.

Últimamente me siento feliz. Cada vez encuentro menos excusas para no serlo. Estoy viviendo en el paraíso, están todos cordialmente invitados.

sábado, 30 de julio de 2011

RITA (Cuento)

Rita grácil e impalpable danza con el viento dibujando infinitas cabriolas en el pináculo de la aurea y verdosa colina que se eleva en el medio de su chacra en las afueras del pueblo. Su tosca saya de térreos matices, flamea cual bandera alrededor de las torneadas astas de marfil que son sus firmes pantorrillas. Cuando gira sobre sí, con los ojos cerrados y los brazos extendidos, sus largos cabellos negros vuelan, flotan y se enredan sobre su rostro dorado por el sol, dibujando un precioso marco de arabescos a su alba sonrisa.

Rita sueña con campos de maíz y de cebolla en flor, con árboles de molle y cedrón, con botones de jazmín. Escucha a lo lejos los cencerros, el céfiro le trae en oleadas alternadas los olores intensos del ejido, el cálido del pasto fresco, el acre de la bosta y el dulce de las parras de la huerta donde los pámpanos se agitan y cual centenares de enormes manos le dicen adiós; ella se levanta, se pone de puntitas de pie y les hace adiós también con su mano y ríe… y su risa riega los prados, moja las copas de los árboles, alimenta a las vacas, nutre a los cuyes, engorda a las gallinas, cura a los cerdos, alborota a los perros y alegra a los corderos.

Rita se baña en el rio, tararea un yaraví antiguo y el agua canta con ella. Siente las piedras redondas acariciando sus piernas junto a la corriente, alza sus brazos y deja caer las palmas de sus manos sobre la superficie del río, cierra los ojos y siente las gotas frías salpicando su pecho, su cara y sus hombros. Recuerda su niñez y se ve en el mismo lugar, sentada sobre las piedras, golpeando el agua con sus manitas, eleva su rostro al sol, levanta sus brazos y hace una vez más lo mismo... ríe…. y su risa se empapa de agua cristalina y de gotitas de rocío, se esparce sobre la corriente y flota, se va con los peces al mismo tiempo que las ranitas en la orilla la ven pasar y croan sin cesar.

Rita se recuesta con la ropa mojada sobre la alfombra de pasto verde, siente el sol tostando sus mejillas, secando las prendas sobre su cuerpo inmaculado, todavía limpio de pasión y de dolor. Abre los ojos y el azul del cielo la hechiza, ve pasar una nube arrastrada por el viento, luego otra, algunas más, son cúmulos, cirros, para ella corderos, conejos de formas raras, cierra los ojos y respira profundo, se nutre del olor de la savia, estira los brazos, sueña y ríe... y su risa hace crecer bajo la tierra a la zanahoria y la papa, le regala aroma al cilandro y al perejil, endulza las manzanas y la naranjas.

Rita ríe y me hace vivir.

martes, 28 de junio de 2011

EL CAMINO DEL PERDON

Hoy estuve leyendo un libro de Louise L. Hay titulado “Sana tu cuerpo”, donde encontré un texto con palabras muy simples y verdades enormes.

No voy a hacer una referencia al libro, porque me gustaría que lo lean. Espero de corazón que lo hagan y además que lo compartan. Sé que para muchos no son conocimientos nuevos o novedosos, pero para muchas personas que vienen sufriendo sí, y sé que será de mucha ayuda. (Si desean se pueden comunicar conmigo y gustoso les enviaré el libro en formato .pdf)

En mi caso, aprendí estos últimos años que no hay nada mejor que la paz. A veces los paradigmas de la niñez y la adolescencia nos hacen creer que se debe vivir siempre en preocupación, preocupados de mañana, preocupados de la escasez (de la actual y de la futura), de la culpa y de la tristeza.

Para alguien que ha vivido en un hogar donde la tristeza era una constante, es difícil asimilar la alegría como una realidad. A veces se ve la alegría como un hecho lejano, propio de los hogares de otros y nunca del propio. Como además en los hogares felices se percibe abundancia (no solo material) se empieza a asumir equivocadamente que la felicidad es una consecuencia de la abundancia.

A mí me tomó casi cuarenta años darme cuenta que es exactamente al revés, que la abundancia es una consecuencia de la felicidad y que a su vez la felicidad es un resultado de la paz y el amor.

Sigo en proceso de aprendizaje, soy consciente de que me falta adquirir una relación más solida con el amor y la paz. Pero creo haber comprendido al fin como funciona lo que me rodea, me hubiese gustado aprenderlo mucho antes, pero pienso también que fueron necesarios los golpes, malas experiencias, errores y sufrimientos pasados para poder llegar a este punto.

En este largo tránsito aprendí algo acerca del perdón y el arrepentimiento. No sirven los “no lo vuelvo hacer” o “lo siento” o “discúlpame” si de por medio no hay una firme voluntad de efectivamente no volver a cometer el error o causar el daño o sufrimiento.

De otro lado no sirve perdonar si luego de ello no se percibe una clara sensación de paz respecto a lo sucedido. Perdonar y ser perdonado. Es el primer paso del camino hacia el amor. Hacia el amor a los semejantes y sobre todo el amor a uno mismo.

Es complicado cambiar. Los paradigmas se aferran a nuestra mente como el hollín a las paredes de un horno sucio y viejo. Pero todo es posible. Todo está en la voluntad. Cambiar una idea por vez, una idea cada día o cada semana, a nuestro propio ritmo.

Es necesario ser perdonado, pero sobre todo perdonar. Hay que dejar espacio para los pensamientos de amor, de abundancia y de felicidad.

A este punto no me quedan más palabras y quiero citar a Louise L. Hay:

“En lo profundo del centro de mi ser hay una fuente infinita de amor. Ahora permito que este amor aflore a la superficie. Este amor llena mi corazón, mi mente, mi conciencia, mi ser, e irradia en todas direcciones, y retorna a mí multiplicado. Cuanto más amor utilizo y doy, más tengo para dar, la provisión es infinita. El empleo del amor me hace sentir bien, es una expresión de mi alegría interior. Me amo, por lo tanto, cuido mi cuerpo amorosamente. Con amor lo sustento con alimentos y bebidas que me nutren; con amor lo arreglo y lo visto, y mi cuerpo me responde con amor, con salud y energía vibrantes. Me amo, por lo tanto me procuro un hogar acogedor, un hogar placentero y que llena todas mis necesidades. Lleno las habitaciones con las vibraciones del amor, para que todo el que entre, yo incluida, se inunde de amor y se nutra con él.

Me amo, por lo tanto realizo un trabajo que disfruto haciendo, un trabajo que utiliza todos mis dones y capacidades; trabajo con y para personas a quienes amo y que me aman, y tengo buenos ingresos. Me amo, por lo tanto pienso con amor y me comporto con amor con todas las personas, porque sé que lo que doy vuelve a mí multiplicado. Sólo atraigo a personas amables a mi mundo, porque ellas son un reflejo de lo que soy. Me amo, por lo tanto perdono y libero el pasado y todas las experiencias pasadas, y soy libre. Me amo, por lo tanto vivo totalmente en el presente, experimento cada momento como algo bueno, y sé que mi futuro es brillante, dichoso y seguro, porque soy una criatura amada del Universo, y el Universo cuida de mí con amor, ahora y siempre. Y así es.

Te amo.”