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martes, 19 de febrero de 2013

LA RENUNCIA DEL PAPA


Como todos saben no soy religioso. Creo en una divinidad, un ser superior, pero no confío en las instituciones religiosas. Tengo fe en que un día el Perú sea un estado laico y que el credo de cada uno sea un tema del ámbito de la intimidad personal. Es decir realmente libre, tan libre que nadie sea discriminado por tener un culto distinto y tan libre que nadie se vea en la posición de tener que ser catequizado o convertido contra su voluntad.

Pese a que la Iglesia Católica ya no es el credo mayoritario que muchos creen, para mejor información, esta afirma que de los siete mil millones de habitantes que tiene el mundo, mil millones son católicos, sumados a ellos los evangélicos, protestantes y otros, los cristianos llegarían a los dos mil millones (según los reportes de estos credos).

El Islam en todas sus variantes afirma llegar a los mil setecientos millones. Las personas sin religión llegarían al impresionante número de mil cien millones y el hinduismo a los mil millones. No son despreciables tampoco novecientos millones que tendrían las religiones tradicionales chinas.

En otras palabras, cerca del veintiocho por ciento de la población mundial sería cristiana y solo el catorce por ciento católica. Los musulmanes tendrían un importante veinticuatro por ciento, las personas sin credo un quince por ciento, los hindúes otro catorce por ciento y trece por ciento las religiones tradicionales chinas.

El agudo lector a este punto ya debe haberse dado cuenta que los porcentajes ya superan el noventa y cuatro por ciento de la población mundial. Faltan todavía contabilizar las etnias africanas, asiáticas y americanas, el budismo, el resto de credos minoritarios y se apreciará que se supera fácilmente el cien por ciento que deberían sumar todos los credos.  Es decir que hay más creyentes que pobladores del planeta. 

Bueno, esto tiene una explicación lógica: Como los números son aportados por cada credo, estos tienden a inflar sus números. Adicionalmente una segunda variable es el hecho de que una misma persona puede reportar varios credos a la vez, en primer lugar porque en realidad es politeísta y en un segundo, pero no menos importante término, porque muchas personas se reportan como creyentes o no dependiendo de requerimientos que hacen las instituciones públicas o privadas en función a los beneficios que puedan recibir de estas o los requisitos que imponen para proveer de determinados servicios. Ejemplo de ello, muchos colegios que exigen que los padres sean católicos por citar uno.

El saber estos datos estadísticos ayuda mucho para entender las falacias de los fundamentalistas. No existe una religión universal. Nadie se va a condenar por no conocer una determinada religión. Sin importar el credo, lo importante es sencillamente vivir con rectitud.

Regresando al tema de fondo, el Papa resulta ser el líder de un importante catorce por ciento de la población e influye de manera indirecta en otro catorce por ciento. Es por ello que el actual Papa tomando en cuenta este liderazgo, decide, inteligentemente creo yo, renunciar.

Me explico: La regla establece que el cargo es vitalicio. Esta es la regla general. Esto es importante desde el punto de vista de unidad. No es apropiado para un credo tener pugnas por el poder y si las hay, estas deben estar ocultas y estar distanciadas cuanto más se pueda en el tiempo. Por ello también existe la regla del cónclave cerrado. Los espectadores de afuera percibimos una elección en ambiente de santidad. No siempre ha sido así y nada nos garantiza que ahora sea distinto.

El Papa es consciente de que la realidad no es la misma que en la Edad Media, en esa época en el mejor de los casos el Papa agonizante era recluido y cuidado en sus aposentos hasta su deceso. Era fácil pasar desapercibido. En la actualidad el puesto de Papa está mediatizado, la experiencia de los últimos meses de Juan Pablo II mostraron lo difícil que es permanecer en el cargo cuando el cuerpo no da para más. Por cierto Juan Pablo II tenía un prestigio y un aura que le permitió obtener el respeto del mundo pese a su lamentable estado. Ratzinger no es Juan Pablo II y él lo sabe.

Siendo así, el cálculo es brillante. Un Papa debilitado no le hace ningún bien a la Iglesia Católica y ahora menos que nunca. Ratzinger sabe esto y sabe también que los problemas que afronta su rebaño requieren con urgencia de un prelado con la disposición de ánimo y fortaleza física suficientes como para reconducir sus principales políticas.

Dicho esto, mi posición personal es que es demasiado tarde como para que la Iglesia Católica pueda retomar el rol protagónico que tuvo en su momento. La globalización no lo permitirá pese a sus bien intencionados intentos, como por ejemplo la cuestionable cuenta de Twitter. Me parece que se requieren serias reformas, nuevos principios, lamentablemente la iglesia no tiene los mecanismos necesarios para modificar el dogma sin perder más credibilidad. Pese a ello mi pensamiento está con los católicos creyentes de corazón, quienes depositan buena parte de su fe en el Papa como vocero de Dios en la tierra, conforme sus preceptos. 

sábado, 8 de octubre de 2011

EN BUSCA DE DIOS

Todo empezó con la prematura conversión al credo mormón por parte de mi hermano mayor, Jorge Luis, al que llamamos Tony. No tengo muy claro por qué él en particular se convirtió. Yo tengo una serie de posibles hipótesis, pero ninguna comprobable, así que no abundaré más en el tema.

En aquél entonces yo debo haber tenido unos siete años tal vez. El tiempo es un poco borroso pero si puedo recordar claramente los hechos. Como recordarán los que leyeron mi nota llamada “¡Por Dios, yo no soy ateo!” publicada el mes de enero del dos mil once en este mismo blog, durante mi temprana infancia recorrí prácticamente todas las iglesias del centro de la ciudad de Arequipa acompañando a mi acongojada madre en sus oraciones. Entiendo que por una cuestión generacional mi madre suponía que lo más natural era que todos sus hijos resultásemos católicos como ella, pero en los años setenta el mundo cambiaba.

Una cosa que yo agradezco mucho fue el que gracias a Tony nos hubiésemos topado con la religión mormona, sus altos valores morales (a pesar de que muchos de sus detractores digan lo contrario) ayudaron mucho que nuestra familia se mantuviese fuera de la delincuencia o las drogas que eran muy comunes en el barrio que nos tocó vivir por esos años.

Como toda religión, la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días (¡vaya nombre!) se preocupaba mucho de que sus fieles hicieran tarea de evangelización en sus propias familias primero. Así fue que por iniciativa y a veces intensa insistencia de Tony fuimos recibiendo a los primeros misioneros o élderes mormones. El elder Taylor es el que más recuerdo. Un gringo amable que le tomó mucho cariño a la familia y asumió el reto de bautizarnos a todos. Era interesante para nosotros que a duras penas contábamos un televisor en blanco y negro a tubos, ver los modernos dispositivos electrónicos que traían los misioneros a nuestras casas y permitían proyectar filminas en una de las paredes de la sala (que hasta ahora recuerdo llenas de huecos de las marcas de incontables clavos) convirtiendo la casa en una especie de mini cine. Yo me imagino que eso debe haber sido hasta un símbolo de estatus, que los vecinos tan pobres como nosotros vean entrando a nuestra casa a estos apuestos gringos de camisa blanca, corbata y plaquita negra de acrílico con su nombre en el bolsillo izquierdo para darnos las “charlas” de evangelización y los lunes por la noche enseñándonos como se hacía una “noche de hogar.”

Lo cierto es que nos bautizamos todos, excepto mi mamá que es cien por ciento católica y mi hermana menor Charo que en aquél entonces era muy pequeña. Tampoco recuerdo mucho si mi hermana mayor lo hizo, pero tengo absoluta certeza que todos los demás sí, los cinco hermanos.

Como consecuencia de la herencia genética de nuestros padres, la disciplina militar de papá y la bondad infinita de mamá, nos tomamos bastante a pecho el asunto y nos hicimos buenos mormones por un tiempo.

A esa corta edad, que calculo debe haber sido entre mis ocho y doce años, obtuve como premio mil dudas en lugar de respuestas. Si bien habían cosas divertidas como las “noches de talentos” y las “reuniones dominicales” que eran los equivalentes a las misas católicas y que eran mucho más activas y participativas que estas últimas, lo cierto es que también habían cosas que me mostraron la cara verdadera del mundo real. Para en aquél entonces yo ya llevaba bastantes libros leídos y era bastante difícil que me cuenten cuentos, sobre todo porque una de las primeras cosas que leí en la vida fueron los veinte tomos de la enciclopedia “El Tesoro de la Juventud” como ya también les conté en otra nota.

Lo primero que me causó una mala impresión fue el ahínco con el que se empeñaban los jerarcas distritales de la iglesia mormona en desacreditar a la iglesia católica. Si algún mormón o de cualquier otro credo lee esto, un consejo: no funciona, sobre todo para quienes tenemos la capacidad de cuestionar el entorno aunque tengamos tan solo once años. ¿No se supone que uno debe hablar más de sus méritos que de las falencias de la competencia? Me sentía como en un grupo de adoctrinamiento. Si bien los principios de castidad, honorabilidad y moral de la iglesia mormona eran muy sólidos, las personas que tenían la tarea de educar a los miembros en el credo hacían muy mal trabajo. Entonces vino el problema. Una de las principales razones por las que acepté bautizarme, era porque el elder Taylor (que para entonces ya se había ido) me contestaba todas las preguntas y me aseguró que una vez siendo miembro encontraría más respuestas. Eso me daba una enorme luz en el camino, ya que los sacerdotes católicos que había conocido hasta ese entonces, incluido el capellán del ejército que oficiaba en mi colegio, resolvía todos mis cuestionamientos con respuestas similares a estas: “Eso es un sagrado misterio” o “Dios dijo no me tientes con preguntas…”

En la iglesia mormona sucedió lo mismo, la historia de José Smith – que fue el fundador estadounidense de la religión – que descubrió gracias a la aparición del ángel Moroni una planchas de bronce y oro con escritura parecida a la cuneiforme con la palabra de Dios, la venida de Jesús a América, el viaje de Lehí y su familia cruzando el atlántico usando una antigua brújula entregada por Dios llamada Liahona, la historia de los lamanitas, los nefitas, la muerte de estos últimos en manos de los primeros y el castigo divino de Dios de oscurecer la piel de los lamanitas y que constituyó el origen de los pueblos Mayas, Incas, Aztecas, Cherookes y etc. Todo ello era muy consistente desde el punto de vista histórico, hasta el punto de que el asunto empezaba a cojear para mí de la misma pata donde cojean casi todas las religiones. Una prueba de carbono 14 a las planchas de bronce y listo, resuelto el problema de la religión verdadera. Pero no, el ángel Moroni por encargo de Dios, le había pedido a José Smith que le entregue las planchas luego de que las tradujo para llevarlas al cielo. Nuevamente nada comprobable, un nuevo libro: el libro de mormón, con origen incierto y nada más.

A pesar de esos problemas bien pude haberme quedado feliz con ese credo. A pesar de la insistencia con la que cobraban el diezmo (que era la décima parte de lo que uno no tenía, por lo menos en mi caso en esa época) y la necesidad de ser misionero y evangelizador todo el tiempo y en particular al cumplir los dieciocho años como una especie de servicio militar obligatorio.

Lo malo es que a pesar de las claras reglas, como la castidad, el cuidado del cuerpo (los mormones no consumen alcohol, tabaco, té, café, bebidas gaseosas negras, etc.) la observancia de la moral, la humildad, el amor al prójimo y la decencia, vi que casi nadie observaba esas reglas, en particular los más recalcitrantes defensores del credo y terminaban comportándose como las viejas cucufatas católicas que yo tanto había detestado.

Así que para hacerla corta, un día me salí. Me fui a recorrer a mis tempranos trece el mundo de las drogas y el rock and roll, con la esperanza de que el sexo llegue pronto también. Sin embargo en mi mente siempre me quedaba la duda de quién tenía finalmente la razón. Los mormones habían tratado de manipularme vilmente, había una frase que se usaba mucho en la iglesia que decía más o menos así: “Dios ve con mejores ojos el día del juicio final a quienes nunca tuvieron la oportunidad de conocer la verdad, que a aquellos que conociendo la verdad, le dieron las espaldas.” En clara alusión que la iglesia mormona era la única verdad. Es decir el código de la mafia. Sabes demasiado como para irte y el castigo es que Dios te va a mandar al infierno en la entrevista de rigor en el juicio final. A pesar de mi edad me di cuenta de lo bajo del truco. Con esa idea en mente, en mis tiempos libres leía todo lo que caía en mis manos respecto a las religiones, las revistas de los Testigos de Jehová, veía el Club 700 en la tv y no me perdía un episodio del Hermano Pablo, tratando de descubrir finalmente quién tenía la razón.

Por aquél entonces fue también que empecé a leer la Biblia, una que tengo guardada hasta ahora en una de mis cajas de libros, tapas azules y hojas de papel casi transparente pintadas de rojo en su borde externo. Empecé como se debe, desde el capítulo I del Génesis y hasta el Apocalipsis. No cabe duda que hay párrafos intensos y casi literarios, también los hay oscuros y casi indescifrables. El Génesis, el Éxodo y los cuatro evangelios son sin duda alguna los más fáciles de leer. Los más complejos el Apocalipsis y los Salmos. Luego de haberla leído, he tenido que volver a leer grandes fragmentos años después porque siempre aparece alguien que me sorprende con nuevas interpretaciones de libros que me parecían claros.

Cuando tenía dieciséis era un perfecto católico moderno, es decir iba a misa los domingos y me olvidaba del asunto el resto de la semana, fumaba y tomaba con mis amigos, ya tenía algunos cachuelos entonces, contaba por tanto con algunos magros ingresos. Incluso a veces me confesaba y comulgaba para complacer a alguna enamorada y hasta iba a las procesiones. En algún oscuro punto de mi memoria puedo verme a mí mismo cargando un anda o sosteniendo la soga que separa a los cargadores de los fieles. También recuerdo que fui de peregrinación a Chapi, algunas veces con mucha fe y otras, soy franco, sin tener mayor convicción, como la mayoría de mis coetáneos.

Con mi llegada a la universidad conocí un grupo de seres humanos diferentes, ellos no se hacían problemas con nada. Leían a Nietzsche, a Platón, Sócrates, Hegel, a Marx y Engels, escuchaban a cantantes raros como Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Victor Jara y Mercedes Sosa. Se les conocía con el subversivo nombre de “Los Ateos”

Yo ya había escuchado antes a Silvio y Milanés en las fogatas del Círculo Militar, el Club Internacional y en las playas de Mejía, donde lograba colarme gracias a mis amigos pudientes, se hablaba de ellos, del Ché Guevara y de Cuba como un sueño romántico y se mezclaban las canciones con las de Sui Generis y el gran Charly. Pero esos eran revolucionarios de pose, socialistas de salón. Los que conocí en la Universidad Nacional de San Agustín eran de verdad. Daba miedo tocarlos. Se sabían el manifiesto marxista de memoria y podían refutar la existencia de Dios en cinco plumazos.

Yo estaba sinceramente impresionado, “¡O sea que la verdad era que Dios no existe! ¡Con razón ninguna religión tiene la verdad!” pensaba yo. Tenía que averiguar más acerca de Marx, Engels, Lenin y Mao Tsé Tung. Así fue que leí el Capital, no me sirvió de mucho para el tema de la búsqueda de Dios para ser franco, pero si me fue útil para no quedarme callado en los debates universitarios de balcón a balcón como en aquellos buenos tiempos. Hago un paréntesis. En aquél entonces yo tenía diecinueve años, muchos ideólogos y oradores de mi facultad tenían diecisiete, algunos ya habían sido dirigentes en sus partidos. Haya de la Torre y Mariátegui en su momento ya eran unas luminarias a esas edades. ¿Cómo es posible que hoy en día los universitarios de diecisiete y hasta veintiún años sean incapaces de elaborar un par de frases completas y su manejo del castellano sea menos que deficiente? Bueno. Los tiempos cambian.

Continuando con la historia. Lo del ateísmo no terminaba de convencerme. Me parecía una teoría de comunistas afiebrados. Además el recrudecimiento del terrorismo en esa época (ya terminaban los ochentas) desprestigiaba más el socialismo y el comunismo, y con ello el ateísmo. El social cristianismo aparecía como una ideología más vanguardista. Así que en mis años universitarios me hice social cristiano, pero no mentiré… bien pegado a la derecha. Aproveché también y con más recursos para conocer a fondo a Descartes y Nietzche entre otros.

También pasé por otros lugares que lamentablemente no les puedo contar con detalle, pero baste saber que me permitieron abrir los ojos y mirar a lugares donde no había estado mirando. Aprendí que la abundancia no tiene nada que ver con millones de dólares y que la pobreza material no tiene nada que ver con ser un buen ser humano. Una de las cosas más importantes que aprendí es que no tiene que haber EL DIOS con nombre y apellido. Estos nobles hermanos me enseñaron que basta saber que hay una fuerza superior, póngale usted el nombre que le quiera poner. Y otra cosa más importante: usted es parte de esa fuerza superior, el universo funciona en armonía, y si hubiese un Dios, digamos que es… algo así como un Gran Arquitecto.

Cada año que pasaba mi ideología política se iba posicionando cada vez más a la derecha. Claro cuando uno empieza a trabajar y tener sus propias cosas, la idea de la propiedad común ya no es tan divertida como cuando uno no tiene un quinto. Una cosa es ser el que va a recibir el patrimonio arrebatado supuestamente a los ricos, y otra cosa es distribuir el poco patrimonio que uno tiene entre los que no tienen nada, sabiendo que los ricos a la larga nunca van a ser afectados como siempre en la historia.

Sin embargo seguía con mis cuestionamientos a la Iglesia, llegué a la conclusión clara y meridiana que las iglesias sin importar cuales, todas estaban equivocadas. Casi todas ellas son grandes corporaciones que lucran con la fe de las personas. Cuando acabé mi carrera, hice una maestría en Derecho Civil, mis principales esfuerzos fueron dedicados al Derecho Romano, y así me puse a averiguar de historia, y la historia confirmó cada una mis teorías. Los comunistas decían en la universidad que la religión es el opio del pueblo, creo que es algo así, pero está muy vinculado a la falta de educación. Investigué todo lo que pude y no paré hasta los egipcios, caldeos y sumerios. Las primeras civilizaciones y sus credos. La aparición del ser humano en el planeta y lo antiguo que es nuestro sistema solar y lo bien que le fue antes que apareciese el hombre para destruir todo.

Algunos años después apareció Dan Brown y toda la polémica del Código DaVinci y aportó datos a la humanidad que para ese entonces yo ya tenía claros. En aquél entonces me declaré agnóstico con la angustia de no poder demostrar que Dios no existía pero tampoco que sí. Mi afán nunca fue demostrar la existencia o no de Dios, solo estar claro en cualquiera de las dos posibilidades. Siempre he tratado de ser consecuente con mis ideas. Admiro mucho a los ateos por su seguridad, pero siempre había algo que no me cuadraba en tanta certeza.

Lo cierto es que la fe es útil para mucha gente, y no hablo de la fe en determinado Dios o determinado credo. Me refiero a la fe. Hablar de la fe en UN Dios o en la iglesia católica es una postura obcecada. Hay gente que tiene fe en las vacas, en las ratas, en la reencarnación, en las aves carroñeras, en los rayos y truenos, en el sol, en los tigres, en los arco iris, en las piedras de colores, en las aguas de los ríos. Mientras las personas tengan fe en lo que quieran creer, y en virtud a esa fe hagan cosas para ser mejores, creo que la fe es útil si no indispensable. Si alguien cree con sinceridad en el poder de una piedra ¿Quién soy yo para imponerle otra fe en una imagen de yeso? ¿O peor aún, en un algo que no se puede tocar ni oler ni sentir y que esta persona nunca entenderá? Si usted es cristiano y viene una persona y le dice que está equivocado, que la salvación a su alma tiene que ver con renunciar a Jesús y adorar una vaca, ¿usted lo haría? ¿Entonces por qué la gente insiste en hacer exactamente lo opuesto como si solo lo opuesto fuese lo correcto?

Yo no creo en las religiones y eso es muy diferente a cuestionar la fe de las personas. Nunca he cuestionado la fe de ninguna persona pero si me pone muy mal que traten de catequizarme o evangelizarme. Reclamo tolerancia una vez más.

Bueno para terminar, un día encontré a Dios. Y no puedo decir que haya sido luego de un momento traumático o una epifanía o el resultado de una experiencia religiosa, me parece que fue resultado de esta larga búsqueda que no termina, de las lecturas de Stephen Hawking que me guió como nadie en ese camino y la información que recibí de ateos, comunistas, metafísicos, sacerdotes, mormones, pastores y hasta hechiceros y chamanes. Pero sobre todo de una búsqueda interior. Dios está dentro de uno mismo. Me sigo autodenominando agnóstico cuando me lo preguntan por contraposición, pero contraposición a las religiones, no en contraposición a la fe. Dios finalmente está donde siempre estuvo. Yo tengo la fortuna de haberlo encontrado y vivo en paz con ello. Esta nota no es una receta para encontrarlo o un mapa. Solo les cuento el camino que yo seguí. Sé también que el camino es diferente para cada uno. Lo importante es nunca perder la fe.

jueves, 30 de junio de 2011

EL DIOS DE SPINOZA

Como siempre digo, lo importante no es qué fe se tenga, si no tener fe. Hace algún tiempo una persona muy querida por mí me envió este texto, que me gustaría ahora compartir con todos mis lectores, es la percepción de Dios o de la Naturaleza (como ser divino) de Spinoza:

Dios hubiera dicho: ¡Deja ya de estar rezando y dándote golpes en el pecho! Lo que quiero que hagas es que salgas al mundo a disfrutar de tu vida.

Quiero que goces, que cantes, que te diviertas y que disfrutes de todo lo que he hecho para ti.

Deja ya de ir a esos templos lúgubres, obscuros y fríos que tú mismo construiste y que dices que son mi casa.

Mi casa está en las montañas, en los bosques, los ríos, los lagos, las playas. Ahí es en donde vivo y ahí expreso mi amor por ti.

Deja ya de culparme de tu vida miserable; yo nunca te dije que había nada mal en ti o que eras un pecador, o que tu sexualidad fuera algo malo.

El sexo es un regalo que te he dado y con el que puedes expresar tu amor, tu éxtasis, tu alegría. Así que no me culpes a mí por todo lo que te han hecho creer.

Deja ya de estar leyendo supuestas escrituras sagradas que nada tienen que ver conmigo. Si no puedes leerme en un amanecer, en un paisaje, en la mirada de tus amigos, en los ojos de tu hijito... ¡No me encontrarás en ningún libro!

Confía en mí y deja de pedirme. ¿Me vas a decir a mí como hacer mi trabajo?

Deja de tenerme tanto miedo. Yo no te juzgo, ni te critico, ni me enojo, ni me molesto, ni castigo. Yo soy puro amor.

Deja de pedirme perdón, no hay nada que perdonar. Si yo te hice... yo te llené de pasiones, de limitaciones, de placeres, de sentimientos, de necesidades, de incoherencias... de libre albedrío ¿Cómo puedo culparte si respondes a algo que yo puse en ti? ¿Cómo puedo castigarte por ser como eres, si yo soy el que te hice? ¿Crees que podría yo crear un lugar para quemar a todos mis hijos que se porten mal, por el resto de la eternidad?

¿Qué clase de dios loco puede hacer eso?

Olvídate de cualquier tipo de mandamientos, de cualquier tipo de leyes; esas son artimañas para manipularte, para controlarte, que sólo crean culpa en ti. Respeta a tus semejantes y no hagas lo que no quieras para ti. Lo único que te pido es que pongas atención en tu vida, que tu estado de alerta sea tu guía.

Amado mío, esta vida no es una prueba, ni un escalón, ni un paso en el camino, ni un ensayo, ni un preludio hacia el paraíso. Esta vida es lo único que hay aquí y ahora y lo único que necesitas.

Te he hecho absolutamente libre, no hay premios ni castigos, no hay pecados ni virtudes, nadie lleva un marcador, nadie lleva un registro.

Eres absolutamente libre para crear en tu vida un cielo o un infierno.

No te podría decir si hay algo después de esta vida, pero te puedo dar un consejo. Vive como si no lo hubiera. Como si esta fuera tu única oportunidad de disfrutar, de amar, de existir.

Así, si no hay nada, pues habrás disfrutado de la oportunidad que te di.

Y si lo hay, ten por seguro que no te voy a preguntar si te portaste bien o mal, te voy a preguntar ¿Te gustó?... ¿Te divertiste?... ¿Qué fue lo que más disfrutaste? ¿Qué aprendiste…?

Deja de creer en mí; creer es suponer, adivinar, imaginar. Yo no quiero que creas en mí, quiero que me sientas en ti. Quiero que me sientas en ti cuando besas a tu amada, cuando arropas a tu hijita, cuando acaricias a tu perro, cuando te bañas en el mar.

Deja de alabarme, ¿Qué clase de Dios ególatra crees que soy? Me aburre que me alaben, me harta que me agradezcan. ¿Te sientes agradecido? Demuéstralo cuidando de ti, de tu salud, de tus relaciones, del mundo. ¿Te sientes mirado, sobrecogido…? ¡Expresa tu alegría! Esa es la forma de alabarme.

Deja de complicarte las cosas y de repetir como perico lo que te han enseñado acerca de mí. Lo único seguro es que estás aquí, que estás vivo, que este mundo está lleno de maravillas. ¿Para qué necesitas más milagros? ¿Para qué tantas explicaciones?

No me busques afuera, no me encontrarás. Búscame dentro... ahí estoy, latiendo en ti.

Spinoza

sábado, 30 de abril de 2011

LA DIVINIDAD DE JESUS Y LOS CONCILIOS ECUMENICOS

El nacimiento de Jesús dio a inicio a nuestra era, de acuerdo al sistema calendario que actualmente usamos en el mundo occidental. Si se revisa cualquier texto serio de historia, se podrá verificar que el indicado año de nacimiento equivalente al año 753 del calendario romano. Jesús murió el año treinta y tres, a la edad, precisamente de treinta y tres años. Pero este Jesús es el Jesús Divino, aquel en el que todo el respetabilísimo mundo cristiano cree, gracias a la libertad de credos y cultos imperante en los pueblos civilizados.

Sin embargo existe también el Jesús histórico, que aunque negado permanentemente por la Iglesia Católica, se abre paso poco a poco sorteando las trampas del tiempo, gracias a la labor de reconocidos historiadores de todo el globo. Este Jesús histórico no nació el año 753 romano como se ha dicho. La Iglesia Católica afortunadamente (pero de manera muy discreta) recientemente ha reconocido un error de cálculo matemático de sus historiadores. Documentos oficiales del Imperio Romano detallan que Herodes, Rey de Judea en la época en que nació Jesús, y que como se sabe, de acuerdo a las fuentes bíblicas, ordenó la muerte de los neonatos de la zona con la intención de asesinar a Jesús recién nacido, murió el año 749. Por tanto es materialmente imposible que el nacimiento se haya producido el año 753, puesto que Herodes habría muerto cuatro años antes. Y en segundo lugar, de acuerdo a los mismos documentos oficiales, aparece que fue el año 746 que el pretor Quirino ordenó un censo, que tenía la particularidad de que el empadronamiento debía ser en el lugar de nacimiento y no en el de residencia; situación que llevó a María y a José a Belén, donde nació Jesús durante la travesía. Por tanto resulta inequívoco que el año de nacimiento fue el mismo del censo: 746, esto es siete años antes de la fecha que se determinó en la Edad Media. Lo que nos indica de manera irrefutable que Jesús murió crucificado en realidad a la edad de cuarenta años en el Gólgota.

Este error en el cálculo en la edad del Jesús histórico es el primer eslabón de una larga cadena de errores e imprecisiones históricas, sin embargo lo que mucha gente no conoce es el tránsito histórico de las convenciones acerca de la divinidad de Jesús y cuya principal evidencia son precisamente los Concilios Ecuménicos celebrados por la Iglesia Católica a lo largo de estos últimos dos mil años.

La Iglesia Católica como sociedad, cuenta, al igual que los estados modernos, con tres poderes dentro de su ámbito religioso: legislativo, judicial y ejecutivo.

Debido a ello y a fin de establecer sus normas internas referidas a la doctrina, a la moral o a la disciplina de la institución, las que deberían ser seguidas por sus fieles, la Iglesia reúne a sus principales miembros a fin de resolver problemas internos o definir posturas frente a otros credos e incluso otros estados. Las indicadas reuniones o asambleas reciben por nombre el de Concilios, estos pueden ser locales o regionales, pero si la asamblea o concilio convoca a toda la Iglesia a nivel mundial recibe el nombre de “ecuménico.” En ese caso lo usual es que el Papa concurra personalmente a fin de presidir la asamblea o en caso de salud o imposibilidad temporal es representado por Legados.

Normalmente los concilios han sido invocados con el fin de que el Papa proclame un dogma, establezca reformas en la estructura burocrática de la Iglesia o para condenar alguna herejía o como en los últimos concilios para crear nuevos pecados o raramente eliminar algunos.

Al inicio de los debates, que pueden durar varias sesiones e incluso años, los intervinientes juran que permanecerán fieles a la Iglesia y al Papa, el juramento como se le conoce hoy fue creado y escrito por el papa Gregorio VII en el año 1709.

El Papa, como líder supremo de la Iglesia, decide cuáles serán los temas que serán discutidos en el Concilio. De la misma manera a su simple arbitrio puede interrumpir las sesiones, postergarlas o diferirlas. Dada la complejidad de algunos temas, al igual que los modernos congresos, el trabajo se divide en comisiones, las que alcanzan conclusiones preliminares que luego son sometidas al voto del pleno. Dichos votos son nominales y por mayoría simple. Sin embargo esto en la práctica resulta siendo un simple simbolismo o formalidad, ya que históricamente siempre ha prevalecido el punto de vista del Papa de turno en cada concilio.

Una vez que el acuerdo es aprobado por el Papa, las conclusiones del Concilio son promulgadas por medio de una Bula.

El primer concilio fue el de Nicea, llamado I de Nicea. Se llevó a cabo el año 325. Recuérdese el contexto: recién el emperador Constantino I se había convertido al cristianismo, las persecuciones a los cristianos habían terminado gracias al Edicto de Milán. Sin embargo el primer problema al que se enfrentó el cristianismo incipiente fue la herejía Arria, propugnada por Arrio, sacerdote alejandrino que negaba abiertamente la divinidad de Jesús y obviamente la concepción de la trinidad. La propuesta de Arrio había captado una gran cantidad de seguidores, lo que significaba un grave problema político para la recién instaurada religión oficial.

Constantino I, entonces, convoca el Concilio. En este y aunque resulte difícil de creer, se sometió a votación la divinidad de Jesús (posición defendida por Atanasio, diácono de Alejandría), obteniendo esta propuesta la mayoría (siendo irrelevante si fue ajustada o abrumadora) y por tanto se procedió a declarar como verdad absoluta la divinidad de Jesús, constituyéndose así en Verbo, verdadero hijo de Dios, de la misma substancia del Padre y por tanto verdadero Dios. De la misma manera en este concilio se fijó recién la fecha de la pascua y se determinó la fecha en que se celebraría el nacimiento de Jesús: El 25 de diciembre.

Así quedó Jesús elevado a la categoría de Divinidad casi 300 años después de su muerte y, tal como señalara alguna vez Nietzsche, probablemente en contra de sus deseos.

En el año 381 se celebró el Concilio I de Constantinopla, ello debido a que un líder de la Iglesia en Constantinopla, de nombre Macedonio, propuso que si efectivamente Jesús, como verbo, era Divino, no lo era el Espíritu Santo; quien en todo caso tendría una posición intermedia, similar a la de los ángeles, cuya misión sería la de suministrar las gracias a los creyentes.

A los seguidores de esta teoría se les llamó macedonianos, se les condenó de herejes y se reafirmó la divinidad del Espíritu Santo, por votación también, como ya se explicó.

El año 431 se celebró el concilio de Éfeso, en este se condenaron las ideas de Nestorio, líder de la Iglesia en Constantinopla también, quien afirmaba que Jesús era puro hombre en cuyo interior habitaba el Hijo de Dios. De la misma manera afirmaba en esa secuencia lógica que si Jesús no era divino, tampoco podría serlo María. El mismo destino siguieron las doctrinas de Pelagio y Celestino, quienes negaban que hayamos heredado el pecado original de Adán y señalaban que el ser humano es básicamente bondadoso en esencia, y es capaz de hacer el bien sin necesidad de la intervención divina.

En el año 451 se llevó a cabo el concilio de Calcedonia. Ante la aparición de los monofisitas se procedió a convocar este Concilio, los monofisitas proponían que las naturalezas divina y humana de Jesús estaban unidas o fusionadas, y en el proceso había sido una especie de absorción de la naturaleza humana por la divina. Esta teoría fue defendida por Dióscoro, patriarca de Alejandría y por el abad Eutiques (su teoría se llamó eutiquianismo).

Por supuesto estas ideas también fueron condenadas de herejes y se afirmó (y aprobó) la doble naturaleza del Cristo, humana y divina, ambas perfectas.

A pesar del concilio de Calcedonia, los monofisitas formaron facciones en el Medio Oriente y norte de África, motivo por el cual en el año 553 se convocó el concilio II de Constantinopla. Curiosamente este concilio no fue liderado por el papa Virgilio, sino más bien por el memorable emperador Justiniano, a quien se recuerda por las Institutas de Justiniano, recopilación de normas del derecho clásico romano que aún se estudian en las facultades de derecho. En este Concilio se condenan los llamados errores derivados del Nestorianismo. Se condenaron a la herejía los escritos de Teodoro de Mopsuestia y de Teodoro de Ciro contra San Cirilo y el Concilio de Efeso. Es en esta época que se puede afirmar que se inició una férrea y feroz persecución y condena a cualquier idea que fuese contraria a los intereses de la Iglesia Católica

Se confirma la condenación de las herejías que ya se habían previsto en los concilios anteriores respecto a la trinidad y la cristología.

Concilio III de Constantinopla. (680-681). En este se condena el monotelismo, idea atribuida a Sergio, patriarca de Constantinopla, la que consistía en afirmar que Cristo tenía dos naturalezas, pero una sola voluntad. Este artificio lógico estaba basado en una buena intención, Sergio quería reincorporar a los monofisitas sin tener que ir en contra del dogma de la Iglesia. Lamentablemente el Concilio no lo vio así y Sergio fue declarado hereje. Se aprobó que en Cristo, a pesar de ser una sola persona, hay dos voluntades, así como hay dos naturalezas.

El concilio II de Nicea en el año 787 se convoca debido al surgimiento de los iconoclastas, quienes negaban la adoración a las imágenes. Cómo se sabe ícono es sinónimo de imagen. El cristianismo primitivo mezclado con otras creencias de esa época contemplaba la adoración o culto a imágenes que representaban a santos, mártires e incluso al mismo Jesús o su madre María, lo que se aprecia claramente de los hallazgos de las catacumbas romanas donde se ocultaban los cristianos perseguidos. Los iconoclastas (que destruyen íconos), debido a una interpretación exegética de la biblia, llegaron a la conclusión de que Dios no permitía el culto de imágenes o íconos, llegando a destruir públicamente muchos de ellos, por ello el apelativo. En algún momento los mismos emperadores de la Roma Oriental promovieron persecuciones a quienes adoraban imágenes, por su parte San Juan Damasceno y San Germán de Constantinopla se inmolaron como mártires de la Iglesia al defender esta forma de culto.

Con este nuevo problema que afectaba la estructura política y unidad de la Iglesia se convoca el concilio. Se resuelve el conflicto estableciendo que la Iglesia Católica acepta el culto a las imágenes, haciendo una curiosa y fina distinción entre lo que es el culto de veneración que es el que se puede rendir a las imágenes y el culto de adoración, que es exclusivamente para Dios.

El Concilio IV de Constantinopla (869-970) se convoca debido al ya evidente conflicto entre el Imperio Romano de Occidente y Oriente, que a su vez provoca también el cisma en la Iglesia. Focio, patriarca de Constantinopla promovió toda serie de acciones a fin de exacerbar la división. Se condena a Focio, se confirma el culto a las imágenes y se concluye en algo sumamente importante desde el punto de vista político: Se afirma el primado o supremacía del papa romano sobre cualquier otro jerarca de la Iglesia.

Ya no se volvería a celebrar una concilio en Oriente, en el siglo XI se produce la separación definitiva de la Iglesia Romana y la de Oriente o de Constantinopla.

Concilio I de Letrán, año 1123. Se resuelve el problema de las investiduras (Concordato de Worms). Se autoriza el inicio de las cruzadas. El problema de las investiduras radicaba en que en muchas provincias y reinos era el poder civil quien nombraba a los cargos eclesiásticos, incluso Obispos, muchos de estos nombramientos se realizaban sólo por parentesco sin evaluar las calidades de la persona o su vocación. El concordato de Worms recién establece que sólo la Iglesia puede investir sacerdotes y sobre todo Obispos. De igual manera se condena la simonía y el concubinato de los eclesiásticos como herejías.

Concilio II de Letrán. Año 1139. Se convoca a fin de establecer reglas acerca de la disciplina y buenas costumbres del clero.

Concilio III de Letrán. Año 1179. Aparecen los cátaros (puros) quienes hacían una interpretación fundamentalista de la Biblia y proponían retornar a las raíces del cristianismo y los votos de pobreza. Negaban la resurrección de las almas y admitían la reencarnación.

Como es obvio todos ellos fueron condenados como herejes y sistemáticamente exterminados.

También en este concilio se estableció como regla de elección de los nuevos papas que el candidato tendría que obtener los dos tercios de los votos de los cardenales del Cónclave. Se establecen nuevas normas contra la simonía.

Concilio IV de Letrán. Año 1215. Aparecen los albigenses y valdenses quienes se conformaron como sectas cristianas rebeldes, también proponían los votos de pobreza y se les acusó de hechiceros. Fueron los primeros en proponer la libre interpretación de la Biblia. Se les condenó de herejía.

Se establecieron normas sobre los impedimentos matrimoniales y se impuso la obligación de la confesión anual y de la comunión pascual. Se sometieron al voto cruciales definiciones sobre la trinidad, la creación, Cristo y los sacramentos.

Concilio I de Lyon. Año 1245. La iglesia de Oriente intenta reanudar relaciones con la Iglesia Romana, se establecen ciertos acuerdos y reglas, sin embargo al retornar los lideres a Oriente son rechazados y tratados de traidores y vendidos. Fracasa la unión, sin embargo surge una facción de la iglesia en Oriente llamada “Uniatas” que todavía hoy en día permanecen fieles a la Iglesia Católica.

Concilio II de Lyon. Año 1274. Se reafirma la doctrina acerca del Espíritu Santo, que procede el Padre y del Hijo como un solo principio. Se somete a voto la doctrina sobre el destino de las almas luego de la muerte.

Concilio de Vienne. Año 1311. Luego de que la orden de los Templarios fuese creada, y se hiciera una fuerte y poderosa organización en Europa, se volvió ciertamente incómoda para la Iglesia. Reyes y señores feudales cultivaron celos y envida contra esta orden y se encargaron de sembrarlos también en el papado. Fueron condenados y el papa Clemente V decidió la supresión de la Orden, siendo luego totalmente extinguida mediante el asesinato de casi todos sus miembros en Europa.

Igualmente fueron condenados por herejes los Begardos y Beguinas, que eran asociaciones de ambos sexos que se dedicaban a la oración y la caridad. Proponían la perfección espiritual y afirmaban que el alma es verdadera y esencialmente forma parte del cuerpo.

Concilio de Constanza. (1414-1418). Se condenaron las ideas de Juan Wickleff (inglés) y Juan Huss (bohemio), así como Jerónimo de Praga, quienes se rebelaron contra el dogma romano, criticándolo y declarando inaceptable la injerencia de Roma sobre el clero de sus respectivos pueblos. Son los primeros movimientos para la creación de Estados Nación en Europa ya que entendían que la independencia política debía estar ligada a la independencia religiosa.

Concilio de Ferrara - Florencia. (1438-1442). Se procura la reconciliación de griegos y latinos. También se trató acerca de la reforma de la Iglesia.

En el concilio V de Letrán. (1512-1517) Se trató básicamente acerca de reglas de disciplina para el clero quienes venían incurriendo en prácticas escandalosas. Igualmente se plantearon definiciones acerca del alma humana, admitiendo (lo que habían negado antes) que forma parte del cuerpo, pero que es inmortal, así como es propia para cada hombre.

Uno de los concilios más importantes es el de Trento. (1545-1563). En este, en el que participaron tres papas: Paulo III, Julio III y Pío IV, se procuró combatir y condenar el protestantismo que recientemente había surgido, provocando una de las mayores crisis de la Iglesia, ya que se terminó con casi milenio y medio de monopolio de la fe.

A raíz de la revolución protestante de Martín Lutero, la iglesia tuvo que replantear su estructura y su doctrina. Se aclararon conceptos de los dogmas, se les dio un mayor rigor filosófico y teológico a fin de impedir que en el futuro nuevas ideas pudieran poner las creencias en tela de juicio. Obviamente se condenó a Lutero como hereje.

El concilio Vaticano I. (1869-1870). Se celebró a fin de condenar el racionalismo y el galicanismo. El galicanismo consistía en reconocer que el papa tenía la facultad de decidir las cuestiones en materia de fe, pero estas se hacían infalibles sólo si las aceptaba la Iglesia mediante el Concilio. En este concilio se decidió que las opiniones del papa son infalibles (nunca se equivoca) cuando este se dirige al pueblo cristiano haciendo uso de su suprema autoridad apostólica "Ex Cathedra" y lo sostenido por él, constituye dogma de fe. A esto se le llama “Infalibilidad Pontificia.”

Los presupuestos copulativos para que se produzca la “Infalibilidad Pontificia” son:
a) Cuando enseña una cosa referente al dogma o moral cristianos;
b) Cuando se dirige a la Iglesia Universal;
c) Cuando habla en su calidad de Maestro supremo de la cristiandad;
Si falta una de estas condiciones, el papa no es infalible.

También se precisó que textualmente que "La Iglesia es, pues, monarquía de derecho divino, y el Papa recibe plena potestad directamente de Dios."

Se define también el dogma de la Inmaculada Concepción.

Concilio Vaticano II. (1962-1965). Iniciado por el Papa Juan XXIII y clausurado por el Papa Pablo VI. Uno de los eventos más grandes de la Iglesia, puesto que fue la ocasión donde concurrieron la mayor cantidad de representantes de todo el mundo. El objetivo fue el "agiornamento" de la Iglesia, una renovación y puesta al día de sus dogmas.

Se procuró la unión de todos los cristianos, católicos o no. Una de las ideas principales fue procurar actualizar la institución sin necesidad de redefinir dogmas. Por primera vez se trató acerca de la libertad religiosa.

Este concilio finalmente produjo dieciséis documentos (que todo católico debería conocer) y que son: Cuatro constituciones, nueve decretos y tres declaraciones.

Las Cuatro Constituciones cuyo valor es teológico y doctrinal son:
1.- La Iglesia, "Luz de las naciones" - "Lumen Gentium". La iglesia es el pueblo de Dios. María es la madre de la Iglesia.
2.- La Sagrada Liturgia. En la liturgia, Jesucristo mismo obra como sacerdote, unido a todos los bautizados.
3.- La Iglesia en el mundo actual. "Schema XIII" - "Gaudium et spes". La Iglesia es solidaria con el género humano en su totalidad. Problemas urgentes: La familia, la cultura, la vida económico – social, la vida política y la vida internacional.
4.- La Revelación Divina. "Dei Verbum" La iglesia propone una interpretación de las escrituras desde un ángulo contextual y no puramente textual.

Los Nueve Decretos que contienen decisiones de alcance práctico normativo o disciplinario.
1.- La actividad misionera de la Iglesia que debe respetar sus condiciones sociales y culturales de las personas.
2.- Vida y ministerio de los sacerdotes, quienes son servidores de Cristo y de sus hermanos los seres humanos.
3.- Renovación de la vida religiosa. Promueve la participación en la vida de la Iglesia por parte de las órdenes religiosas.
4.- La educación cristiana. Todo hombre tiene derecho a la educación. La familia es la primera responsable.
5.- La misión de los obispos. Participan en el cuidado de todas las Iglesias.
6.- Formación de los sacerdotes.
7.- Apostolado de los seglares. "Apostolicam actuositatem" Se les reconoce a los laicos el deber y derecho de ser apóstoles de Cristo.
8.- Las Iglesias Orientales Católicas. La variedad en la Iglesia no daña su unidad, sino que manifiesta su riqueza espiritual.
9.- El ecumenismo. "Unitatis Redintegratio" Promover la restauración de la unidad entre todos los cristianos.

Las Tres Declaraciones, que son la expresión de la etapa de investigación y aclaración.
1.- La libertad religiosa. La verdad no se impone más que por la fuerza de la verdad.
2.- Los medios de comunicación social. Prensa, cine, radio, TV, deben contribuir a la justicia y a la verdad.
3.- Las relaciones de la Iglesia con las religiones no - cristianas. La Iglesia mira con estima las demás religiones, porque contienen una parte de verdad. Rechaza toda discriminación racial o religiosa.

* * *

Como se puede ver, el tránsito azaroso de la Iglesia en la antigüedad y las últimas reformas a fin de adaptarse a la sociedad moderna han dado como resultado la institución que tenemos hoy en día. Si bien ha procurado modernizarse, lamentablemente muchos cambios han sido tardíos y muchas decisiones se han tornando en simplemente declarativas en la medida que los propios miembros de la iglesia no suelen practicar las reglas de tolerancia y justicia que la Iglesia propone. Se vive un cambio generacional que estoy seguro afectará gravemente a la Iglesia católica a nivel mundial. Dentro de treinta años, se tendrán que adoptar serias decisiones en base a profundas reflexiones por parte de los jerarcas de la Iglesia para una eventual reforma conforme a los actuales tiempos. De igual manera creo que el conocimiento del Jesús histórico no resta validez a la existencia del Jesús divino, objeto de fe de miles de personas y en cuya existencia muchos encuentran consuelo y paz. De todas formas espero que este breve resumen sirva para un mejor conocimiento de esta institución histórica por parte de los que no creen para que procuremos ser tolerantes con sus miembros y particularmente de los que sí creen para que procuren ser tolerantes con los que no practican su fe.

domingo, 9 de enero de 2011

EL SUCUBUS (Cuento)

Fray Esteban saltó de la barca y sus piernas se hundieron en el agua hasta las rodillas, caminó dificultosamente un mediano trecho hasta que el oleaje del océano ya no mojaba la arena. El viaje desde Panamá había sido accidentado. En el Callao no los dejaron desembarcar, se había corrido la voz en Lima que los barcos provenientes del norte estaba tocados por la peste negra, intentaron un poco más al sur de Lima, pero fue imposible, las autoridades ya había enviado el parte a caballo a todas las costas cercanas. El capitán, conocedor de las nuevas rutas usadas para el contrabando, tomó rumbo hasta la Villa Hermosa de Camaná, ciudad que no había sido alertada debido a que carecía de muelle, pero que por la misma razón obligó a los pasajeros a saltar a las barcas salvavidas y así poder aproximarse a las playas de arena cargando sus bolsas y equipajes.

Una vez en tierra el Fraile dio media vuelta y se quedó mirando lejana en el horizonte la embarcación, se llamaba La Española y le recordó su tierra natal, la observó fijamente pensando en los últimos quince años, desde el día que se ordenó en Sevilla, levantó la cabeza, miró al cielo y se santiguó; se incorporó al grupo que ya estaba marchando rumbo al pueblo y caminó.

Luego de tres horas de largo trayecto llegaron a la ciudad, era pequeña, tenía pocas casas y la mayor parte de la tierra estaba sembrada de arroz. Vio a unos pocos negros trabajando en el campo codo a codo con sus patrones, casi no vio indios. Le pareció extraño, siempre imaginó que el Perú estaría lleno de indios, pensó en preguntar pero los que caminaban con él eran en su mayoría españoles aventureros, algunos acompañados por sus familias, que buscaban fortuna en las tierras que Pizarro había conquistado a favor de La Corona. No quiso hablar con ellos, le pareció mejor dejar que las cosas sucedieran a su tiempo.

Una vez que llegó a la ciudad de Camaná buscó la iglesia y se las arregló para ubicar al párroco. El párroco también era dominico, un hombre sencillo sin mayores aspiraciones que envejecer junto con los terratenientes de la zona, los esclavos de estos y las dos mujeres que tenía de concubinas, una india y una negra africana vieja que casi no hablaba castellano. Se llamaba Alonso y no había cambiado de nombre, en el pueblo lo llamaban Padre Alonso y a él le gustaba eso, en realidad nunca había tenido vocación. Se hizo cura porque un hermano suyo había sido comendador y las relaciones sociales de este lo habían llevado al cargo: una ordenación rápida y un pesado viaje por dos océanos lo había colocado finalmente allí. Fray Esteban sentado en la mesa recibió con una venia el trozo de queso serrano y el pan que Padre Alonso le ofreció, se santiguó y bendijo los alimentos, mientras comía preguntó al Padre Alonso cuánto tiempo le tomaría llegar a Lima, el Padre le explicó que le esperaba un largo viaje por el desierto hasta el puerto de Pisco y de allí a Lima no sería tan difícil. Se quedó pensando y le aconsejó:
– ¿Por qué no va a Arequipa? Queda muy cerca, es una ciudad grande, sin llegar a ser tan enorme y abominable como Lima, tiene un clima agradable, benigno y seco, una gran población de blancos de Castilla y Valencia, pocos indios, no hay negros. Si quiere tener una estancia tranquila ése es un buen destino.
– No he venido a estar sosegado y tranquilo, Padre – contestó el Fraile, miró a su interlocutor fijamente a los ojos y añadió: He venido a hacer el trabajo de Dios, no quiero menospreciar el suyo, pero se me ha ordenado acudir a Lima, mis superiores han tomado conocimiento que allí el pecado florece.
– No lo tomo a mal – repuso el padre – pero Lima es una ciudad que va por el camino de la perdición, es el mismísimo apocalipsis anunciado por el santo profeta Juan. ¿Sabe usted que aquí llegan los mercaderes que han pasado por Lima y siempre traen noticias? Se sabe que muchos judíos expulsados de Europa han entrado a Lima escondidos en naves de carga, se disfrazan con apellidos castizos, con títulos falsificados o comprados a nobles caídos en miseria, prosperan, ponen negocios, ¡incluso algunos moros han encontrado en esa ciudad un lugar donde practicar sus herejías en nuestras narices! Imagínese que han cercado una parte de la ciudad y la han infestado los indios, negros y mestizos que adoran aún a sus ídolos paganos, cayendo en enfermedades malignas, consecuencia de sus reuniones demoniacas – Reflexionó – No es un buen lugar para ir Fraile, no sé sus razones, pero esa ciudad es Sodoma y Gomorra, incluso buenos caballeros españoles han abdicado a su fe ante los placeres de la carne y las tentaciones de Satanás.
– La carne es débil Padre – replicó Esteban – Incluso para un soldado de Dios como usted, no me diga que las mujeres que están afuera sólo le preparan la comida…

El Padre Alonso no dejó que el fraile dijera más, levantó la mano derecha con la palma abierta en señal para que este se detenga y movió la cabeza en clara negación mientras miraba fijamente el piso de tierra, habló sin levantar la vista:
– Sé que no es apropiado, pero es difícil estar solo, son solamente compañía para este pobre viejo, no hay mala fe y tampoco tengo la vocación que seguramente tiene usted. No soy como usted Fraile – reiteró con voz triste – yo me ordené pasados los cuarenta, casi por obligación, cumplo con las tareas encomendadas por mis superiores, les doy a estas mujeres donde vivir y qué comer, de otra forma se habrían hecho a la mala vida, yo sólo obtengo algo de compañía… ¿acaso no es una forma de amar al prójimo? Finalmente la negra ni siquiera tiene alma, es como un animal doméstico.

Fray Esteban se quedó en silencio, sentado en la banca de madera; hacía calor – es febrero – pensó, tomó un poco de vino que la mujer india había colocado en la mesa mientras conversaban, era un vino distinto pero agradable, miró al padre Alonso y lo vio compungido, con la vista puesta en el piso, entre distraído y triste. En verdad se le veía un hombre sin convicción, prematuramente envejecido, parecía tener más de sesenta años, el hábito raído y desteñido, en ese momento se percató que el padre no usaba sandalias, tenía los pies descalzos y sucios, los dedos casi no tenían uñas, habían sido devoradas por los hongos. Sintió asco y pena. Esteban se incorporó y tosió suavemente para llamar la atención del padre que se había quedado absorto.
– Me gustaría que me brinde un lugar donde pasar la noche, sólo hasta mañana – dijo.
El padre Alonso se levantó también y lo invitó a acompañarlo. En la terraza de la casa había una hamaca colgada de los horcones y en el piso tres o cuatro pieles de cordero enrolladas.
– Hace calor – mencionó distraídamente el padre – es verano, no le recomiendo dormir adentro, escoja entre la hamaca y las pieles, yo estaré adentro si necesita algo. Tenga buenas noches Fraile.
– Buenas noches. Dios lo bendiga – contestó Esteban, mientras decidía por quedarse en la hamaca, sólo quería descansar, sabía que esta noche no podría dormir.

* * *

Después de doce largos días de un viaje penoso, Esteban estaba al fin en Lima, no era como otras ciudades que había conocido, Lima era desordenada, una ciudad llena de gente de todos los colores: blancos de todas las clases sociales, la mayoría con poca o ninguna educación, marineros ingleses, irlandeses, portugueses y otros de nacionalidad indescifrable, negros provenientes de todas las partes de África, ya los había visto antes en los mercados de Liverpool, los altos y fuertes de piel azul que se importaban desde la Isla de Zanzíbar, los pequeños y más claros que venían de Guinea, cerca del fin del mundo. Sin embargo había en sus miradas algo distinto, los negros de Portugal, España, Francia e Inglaterra se veían siempre tristes, incluso los que trabajaban de capataces tenían esa mirada de ausencia, de añoranza; en cambio estos no; casi todos hablaban buen castellano y sonreían con sus perfectos dientes blancos. También había una gran cantidad de indios, distintos a los indios que había visto en Panamá y México, incluso distintos a los que había visto en la Villa de Camaná, no vestían con ropas de indios, estaban vestidos a la usanza española aunque se les notaba incómodos con esa ropa, incluso a los más jóvenes, que seguramente habían usado este tipo de vestimenta desde su niñez. También vio mulatos claros y oscuros, lo que le confirmó las teorías del padre Alonso: en Lima efectivamente los españoles no habían tenido ningún asco por engendrar hijos en sus esclavas, por lo menos en Europa era algo que se trataba de evitar, aquí se veía que no había ninguna clase de control. Lo mismo sucedía con las indias, la existencia de muchos niños mestizos por las calles así lo confirmaba. Era un verdadero desastre, los españoles habían perdido todo sentido de decencia en esta ciudad, no solo había mulatos y mestizos, también habían permitido que los negros se junten con las indias entre sí, aprendió luego que los llamados zambos eran el producto de esa infame unión. En su vientre bullía la rabia, si a simple vista y en el primer día podía ver todos estos escarnios a la voluntad divina, sabe Dios santísimo qué otras cosas habrían estado ocurriendo y podrían ocurrir en esta ciudad.

* * *

Cinco días después de haber llegado a Lima había conseguido entrevistarse con sus superiores, les informó brevemente de su misión y entregó la orden firmada y sellada por el Rey. Luego de los saludos de rigor, el obispo Baltazar de Castro, lo invitó a su despacho, a solas. Caminaron por un corto zaguán y pasaron a un amplio salón. De Castro lo invitó a sentarse en una solitaria silla en medio del lugar, Fray Esteban se sentó en el borde mientras esperaba que De Castro se acomodara en su imponente trono eclesiástico, hubo un momento de incómodo silencio, de pronto De Castro empezó a hablar con voz diáfana y totalmente segura:

– Fray Esteban, entiendo el porqué de su presencia en Lima, pero déjeme decirle que su tarea es complicada, la gente de aquí está acostumbrada a que las cosas estén como están. Tenemos los problemas propios de cualquier colonia, pero lo que debe importarnos sobre todas las cosas es la protección de los españoles que son terratenientes y los que tienen encomiendas. Y no hablo sólo de su fe, también de su propiedad y seguridad. Hemos discutido este asunto con el Virrey y estamos de acuerdo en ese aspecto, desde luego que también es nuestra tarea la de erradicar las herejías de los indios y los negros… pero ese es un trabajo que requiere tiempo, recibimos órdenes permanentemente del Rey acerca de la necesidad de evangelizar a esta gente y darles la nueva buena de Dios y su sagrada palabra; pero no es una tarea grata. Los indios acuden a la iglesia, aprenden las oraciones, rezan el Credo y el Santísimo Rosario porque si no lo hacen, los alguaciles los golpean, pero sabemos que siguen enterrando porquerías en la tierra cada vez que cambia de estación e invocan a sus falsos dioses cuando siembran los campos. Los negros se burlan de nosotros, tocan sus instrumentos endemoniados al menor descuido de sus patrones, hemos prohibido los tambores y a pesar de ello se proveen de cualquier cosa que pueda producir sonidos, troncos, cajas de madera, incluso hay informes de que algunos usan los huesos de animales muertos para practicar sus repugnantes danzas y rituales. Por si esto fuera poco ahora se suma a ello el problema de los judíos. Sé de buena fuente que cada semana llegan dos o tres en los barcos de carga, pagan a los capitanes para que los traigan escondidos, algunos se quedan en Panamá, otros se van a las colonias inglesas al norte, pero muchos llegan aquí, se declaran católicos e incluso van cada domingo a la misa, ¡pero siguen siendo judíos Fray Esteban! Sin embargo, a pesar de todo lo que acabo de explicarle, la ciudad se mantiene ordenada, se protegen los intereses de los españoles establecidos aquí y de sus hijos, ellos pagan sus impuestos y colaboran con las arcas de nuestra Santa Orden, este equilibrio es beneficioso para todos. Incluso los judíos que han llegado a prosperar y se han hecho católicos, aportan con el producto de sus ventas y trabajo, no quiero perder este orden Fraile, espero que me entienda.

– Le solicito me perdone por contradecirlo su Excelencia – señaló Esteban – pero entiendo que esta situación a la que usted llama orden es contraria a los preceptos de nuestra Santa Iglesia y lo dispuesto por el Su Santidad el Papa desde Roma. No es mi voluntad contrariar el orden terrenal, cosa que en verdad no debería preocuparnos, puesto que el alma de los hombres es nuestro propósito. Siendo así, entiendo que nuestra principal tarea es combatir las estrategias del demonio y las herejías de sus seguidores.
– ¡Pero sin desórdenes por favor! – exclamó ligeramente nervioso el Obispo.
– La búsqueda de la verdad tiene un precio mi señor – repuso Esteban calmadamente – no debería preocuparle la falta de fondos en las arcas, después de todo Dios proveerá.
– No se trata del dinero – replicó el obispo – es el crecimiento de la Iglesia, a esta gente hay que conquistarla mediante la comprensión, ganar su alma hacia la fe, que noten los beneficios de creer en nuestra Iglesia, no quiero que vean una amenaza a sus vidas en el catecismo y menos aún que se desprestigie la Orden. ¡No crea que no sé lo que está pasando en España fraile! han pasado más de setenta años desde que el Inquisidor General Torquemada nos dejó y nadie ha podido reemplazarlo con éxito, no se resuelve el problema de los excesos en los juzgamientos a herejes y judíos, nos están agobiando con acusaciones de enriquecimiento e intolerancia. Incluso los nobles que antes nos respaldaban en España nos rehúyen y han retirado su apoyo. No quiero que eso suceda aquí.
– Mi encargo viene por recomendación de los Reyes de España y del mismo Santo Oficio quienes me han propuesto para esta tarea su excelencia – señaló sin titubear Esteban – y lamento mucho saber que no comparte sus métodos; sin embargo haré lo posible para no perjudicar sus intereses, en la medida que estos no se opongan a los de la Santísima Inquisición y su Tribunal Eclesiástico. Ahora, con su permiso, es menester retirarme.

El obispo asintió amargamente con la cabeza y Esteban se levantó con una venia. Al salir no pudo evitar oír a De Castro murmurar una blasfemia entre dientes.

* * *

Esteban, instalado en su despacho, un pequeño espacio al costado de los claustros en construcción del convento dominico que estaba próximo a terminarse, ordenaba sus libros y sus apuntes. Abrió una vieja bolsa de cuero de camello y extrajo de su interior, envuelto en una fina tela de pana roja, el magnífico ejemplar del Malleus Maleficarum. Recorrió con sumo cuidado su lomo de cuero y las tapas finamente grabadas y lo colocó en el centro del escritorio. Recordó sus estudios en Roma, a los exigentes maestros que estuvieron a cargo de su preparación en Bolonia y en París, pero sobre todo recordó a su abuelo. Su abuelo, que era un herrero aragonés, había conocido personalmente a Fray Tomás de Torquemada, el gran y místico Inquisidor General del Reino de España cuando por encargo especial de este había fabricado piezas e instrumentos de tortura diseñados por él mismo. Había quedado impresionado con su personalidad, fuerza y disciplina. Luego al nacer él, su primer nieto, le había inculcado desde pequeño ese amor a la disciplina, al orden y el temor a Dios que tanto había admirado en el gran inquisidor. Respiró profundamente y se santiguó antes de empezar la lectura, mañana sería un día difícil, sería su primera intervención en el Tribunal.

Al día siguiente, se levantó sumamente temprano, lavó su cuerpo con cuidado con paño húmedo, sintió un leve ardor cuando limpió las marcas dejadas en su piel por los finos alambres del cilicio. Hoy no lo usaría, necesitaba estar lúcido y concentrado. De entre sus pocas pertenencias, la mayoría libros e instrumentos de purificación, sacó una pequeña cruz de acero. Había sido un regalo de Torquemada a su abuelo, al fallecer éste se la había entregado para que lo acompañe en los momentos difíciles. Se la colocó sobre el pecho, colgando de una delgada soguilla. Se vistió el hábito con cuidado y solemnidad, ajustó cada uno de los botones mientras repasaba mentalmente las reglas del Malleus Maleficarum, se arrodilló sobre el áspero piso de piedra y rezó.

No desayunó, tenía que estar libre de cualquier distracción externa o interna – el ayuno purifica – pensó. Levantó su bolsa de cuero y se dirigió a la puerta, volvió a santiguarse y encomendarse a Dios. Salió y caminó con paso rápido hasta la Sala del Santo Tribunal. Entró y vio que en su interior ya estaba el Obispo esperando al costado del Inquisidor y le hizo una venia. Estaba también el abogado defensor y el Escribano General. Rápidamente solicitó al alguacil la presencia del procesado y se sentó en la silla reservada para su cargo en la Sala, el de Procurador Fiscal del Santo Oficio. Vigiló que en la mesa central estuviese visible la Biblia y cerca de ella la enorme cruz de pedestal. Cruzó las manos y esperó.

Entró a la sala, atado de las manos, un hombre adulto, no era joven ni tampoco viejo. De larga barba oscura y cabello cuidado. A pesar del evidente castigo físico sus ojos no habían perdido brillo. Esteban se puso de pie y con la venia del inquisidor le preguntó:

– ¿Nombre?
– Felipe Ruiz de Castilla y Ponce de León, mi señor – contestó con humildad.
– ¿Edad?
– Cuarenta y cinco años.
– ¿Ocupación?
– Médico cirujano su señoría – y sus ojos brillaron más aún.
– Se le acusa de herejía y prácticas de brujería – dijo ásperamente Fray Esteban – He recibido el encargo del Santo Oficio de interrogarlo. Reconozca sus pecados, solicite clemencia y será escuchado.
– Soy sólo un médico su eminencia – respondió Felipe – no he cometido ningún pecado, he respetado el juramento hipocrático y he procurado salvar las vidas que Dios ha puesto en mis manos.
– ¡Miente! Sus propios colegas son los que lo han denunciado, ¡Declárese culpable y que Dios acoja su alma! – exclamó Esteban.
– No sé de qué se me acusa – dijo lastimeramente Felipe mientras mostraba las palmas de sus manos al Fiscal en gesto de sometimiento.

Esteban conocía bien los artilugios del demonio para simular inocencia. Estaba preparado y no dejaría que el maligno lo enredase, miró al Inquisidor y señaló con firmeza:
– El acusado trata de confundir a este Santo Tribunal y pretende desconocer las acusaciones que se le hacen cuando en su impuro corazón tiene completo conocimiento de sus pecados y herejías. Solicito se autorice que la defensa del acusado intervenga antes de continuar con el interrogatorio.

El defensor, que era un miembro del propio Tribunal, se dirigió solemnemente a Felipe y le advirtió:
– Acusado, se le invoca para que diga la verdad de las acusaciones que se le han formulado, así obtendrá usted clemencia y podrá reconciliarse con nuestra fe. Conteste las preguntas del Procurador Fiscal, reconozca su culpa y muestre arrepentimiento.

Felipe se quedó callado.
– Solicito al tribunal se autorice el uso del potro – dijo pesadamente fray Esteban y volteó a mirar al acusado a fin de ver su reacción.

Felipe Ruiz de Castilla y Ponce de León estaba visiblemente asustado, conocía el potro, él personalmente, como consecuencia de su profesión, había visto las lesiones que este cruel artefacto podía causar. Cayó de rodillas y suplicó clemencia. No fue escuchado. Mientras proclamaba una y otra vez su inocencia fue conducido al ala lateral de Tribunal, atado cuidadosamente de pies y manos sobre una especie de sólida mesa de madera, en cuyos extremos ruedas dentadas permitían tensar las sogas que sujetaban sus extremidades. Esteban tomó en una mano la Biblia de la mesa y en la otra el crucifijo, se acercó al potro y acercando la cruz al rostro de Felipe exclamó:
– Permite, ¡oh Dios Todopoderoso! que este hombre expulse los demonios que someten su razón a sus impuros deseos y deja que nosotros tus humildes siervos conozcamos la verdad de sus propios labios – hizo una seña al alguacil y este empezó a girar las ruedas con una sólida manivela de metal.

Felipe resistió al principio, sin embargo empezó a sentir la fuerte tensión en sus pectorales primero, luego en los dorsales, sabía de anatomía y pensó que los músculos grandes serian los primeros en sentir la presión, pero que a la larga serían los que resistirían más. Cuando el alguacil aplicase más presión empezarían a descoyuntarse las articulaciones de los hombros, codos, tobillos y rodillas hasta llegar a la dislocación total. Empezó a sentir presión en el pecho, la posición no le permitía expandir sus pulmones, quiso gritar pero no pudo, no tenía aire suficiente para hacerlo, se desvaneció.

Esteban ordenó al alguacil relajar las ligaduras. No era apropiado que el acusado falleciera en medio de una audiencia del Tribunal, su misión era la obtención de la verdad, no la muerte del acusado. En caso de ser sentenciado a muerte, su ejecución sería trabajo del brazo secular de la iglesia, la autoridad civil. Ordenó que el alguacil despierte a Felipe lanzándole agua fría en el rostro. Felipe despertó aturdido. Se le conminó a declarar, pero mantuvo su versión de inocencia. Esteban sabía que era una táctica del demonio. Dar pena, despertar lástima en el Tribunal era la estrategia más usada por el ángel caído. Tenía que ser duro y severo. Tomó de la mesa de trabajo una toca de tela blanca. Ordenó que se introduzca la pieza de tela en la boca de Felipe. Luego fueron dejando caer agua sobre la toca. Felipe sentía la tela en su cavidad bucal humedecerse, empezaba a gotear hacia su garganta y el trapo no le permitía mover la lengua para impedir el paso del agua, sentía que se ahogaba. Empezó a tener arcadas, en ese instante el alguacil inició la tarea de tensar nuevamente el potro. Hicieron lo mismo una y otra vez. Cada vez que estaba a punto de perder el conocimiento el Procurador Fiscal se le acercaba y lo instaba a decir la verdad, a declarar su culpa. Felipe lo negaba en cada oportunidad.

Luego de seis largas horas de continua tortura, Estaban desistió de seguir usando el potro. Solicitó al Tribunal cambiar de método. El Inquisidor autorizó el pedido y Felipe fue desatado, retiraron el trapo de su boca, sus rodillas, hombros y codos estaban prácticamente dislocados. Sus muñecas y tobillos se veían tumefactos. Fue trasladado unos metros atrás del potro y observó una soga que descendían de una polea sujetada al techo en cuyo extremo había dos correas de cuero. El alguacil y su ayudante sujetaron sus muñecas con las correas y amarraron bolsas con trozos de plomo en cada uno de sus tobillos, lentamente tiraron de la soga hasta separarlo aproximadamente unos dos metros del suelo. El Procurador Fiscal se acercó nuevamente e invocó su reflexión. Felipe negó con toda su alma y el alguacil soltó de golpe la soga una fracción de segundo y la volvió a sujetar. La corta caída en seco hizo que sintiera sus articulaciones crujir, el dolor era insoportable, se sintió desfallecer y cuando iba a abrir la boca para gritar, repitieron la tortura, sintió un vacío en el estómago y no pudo más, se oyó un grito desgarrador:
– ¡En el nombre de Dios, misericordia!
– ¡Reconozca su pecado! – exhortó estentóreamente el Procurador Fiscal.
– ¡Lo reconozco! – gritó entre lágrimas Felipe
– ¡Bájenlo! – ordenó el Inquisidor.

Una vez que lo descendieron, Esteban se encaminó al centro de la Sala y señaló enfáticamente:
– Debe describir su herejía y todo lo relacionado con ella para que este Tribunal resuelva con misericordia.

Felipe, exhausto, cayó de rodillas, miró a todos con desesperación, su mirada traslucía miedo y desorientación. Sus ojos habían perdido el brillo, su boca entreabierta dejaba escapar un hilo de saliva que discurría por su barba, extendía las manos temblorosas hacia el Inquisidor, hacia el Obispo, a su defensor, todos guardaban silencio. Ofuscado miró el piso, dejó caer sus manos aún atadas sobre sus muslos y dijo entre dientes, con la voz rendida y en medio de un llanto sordo:
– No sé de qué se me acusa.

Fray Esteban hizo un gesto dramático de pérdida de paciencia y con un movimiento de mano dispuso que el alguacil levante del piso al acusado. Felipe se incorporaba lentamente y de pronto su mirada volvió a brillar.
– ¡Ahora lo recuerdo! – exclamó.
– Que hable el acusado – ordenó el inquisidor desde su asiento.

Felipe hurgó en su memoria, estaba dispuesto a decir cualquier cosa para evitar que prosiga la tortura. Trató de recordar algún acto en su vida que pueda interpretarse como herejía, en la desesperación no podía ordenar sus ideas. El silencio en la sala lo abrumaba más. Abrió la boca pero las palabras no salían.
– ¡Hable! – reiteró Fray Esteban
Felipe empezó a balbucear, empezó a inventar.
– He pecado – dijo – yo he hecho pactos con el Diablo, he curado pacientes con pócimas hechas de entrañas de gallinas negras y huevos podridos. He recurrido a hierbas que crecen en los cementerios. He recurrido a brujas para ungüentos. He…
– Hable del sucubus – dijo por fin el Procurador Fiscal.

Felipe trató de recordar, había estudiado algo de eso en el curso de teología en la facultad de medicina en París, antes de venir al Perú, pero tenía la mente nublada, el sucubus era un demonio, de forma femenina, se metía al cuarto de los varones para fornicar y absorber su energía.
– He conocido a un sucubus – afirmó tímidamente.
– ¿Cuántas veces? – preguntó ávidamente el Inquisidor, dejando a Esteban prácticamente de lado del interrogatorio.
– No sé, en pocas ocasiones – contestó Felipe
– ¡Declare usted los detalles! – exigió con morbo el Inquisidor mientras hacía señas al Escribano General para que tome debida nota.

Felipe, en medio de la vergüenza y la humillación inventó ocasiones, formas, dio detalles de cómo fue seducido por el demonio de lujuriosas formas femeninas. El Inquisidor no ocultaba su asquerosa excitación cuando lo obligaron a describir con la mayor precisión posible el cuerpo voluptuoso del sucubus. A exigencia de sus cuestores inventó posiciones, sensaciones y conversaciones. A veces caía en contradicciones, el Procurador Fiscal lo percibía y exigía explicaciones, debía explicar, inventar nuevas mentiras y procurar no equivocarse. Estaba agotado. Empezaba a preferir el potro, la tortura física. Empezó a contestar con monosílabos, lo que causó el notable aburrimiento del Inquisidor. Esteban, incómodo con la exhaustiva pero necesaria descripción de los hechos, decidió solicitar el término de la audiencia:
– Ha quedado probada la imputación de los cargos por la propia confesión del acusado – dijo – si su excelencia lo considera conveniente – se dirigió al Inquisidor – la Procuraduría Fiscal del Santo Oficio solicita se dicte sentencia.
– Se dispone que el acusado sea retirado para proceder a la deliberación – dijo con evidente desinterés el Inquisidor y dio por concluida la audiencia.

El alguacil retiró al acusado. Más tarde el Inquisidor dictó la sentencia y se dispuso la confiscación de los bienes del médico cirujano Felipe Ruiz de Castilla y Ponce de León, a favor de la Corona en un cincuenta por ciento y el resto a favor del Santo Oficio. Felipe fue condenado a los calabozos de la Inquisición donde murió al poco tiempo de tristeza al saber que su esposa y su hija, víctimas de la desgracia y sometidas a la vergüenza y la deshonra pública se habían suicidado. Los otros dos médicos de Lima, sus colegas denunciantes, se repartieron sus numerosos pacientes.

Esa noche Esteban de rodillas frente a la dura tarima que le servía de lecho, agradeció al creador el haberle concedido la fortaleza y temple necesarios que le permitieron no haberse dejado vencer por las fuerzas del mal. La sentencia conseguida el día de hoy era el augurio de una larga y promisoria carrera como severo e incorruptible Procurador Fiscal del Tribunal del Santo Oficio en la cada vez más promiscua ciudad de Lima, desde donde se aseguraría de perseguir a herejes, moros y judíos, aquí en estas lejanas tierras de ultramar, siempre en el nombre de Dios Todopoderoso y por encargo de los devotos Reyes de España.

martes, 4 de enero de 2011

¡POR DIOS, YO NO SOY ATEO!

Recuerdo alguna ocasión cuando dictaba clases de derecho romano en la universidad, que dediqué una sesión a explicar el paso de la etapa romana politeísta al cristianismo y cómo este último contribuyó con la caída del Imperio Romano de Occidente, parte de la explicación tocó tangencialmente el Concilio de Nicea y la discusión que se llevó a cabo en este acerca de la divinidad de Jesús. Cuando terminó la clase y yo salía por el pasillo, se me acercó una alumna y en absoluta actitud cucufata me dijo:
-Doctor, no se preocupe Dios lo va a perdonar por ser ateo.
Me dejó sin habla y difícilmente pude explicarle que yo no soy ateo. Llegué a la conclusión de que no me iba a entender jamás y luego de un breve intento di por terminada la discusión y me fui.

Situaciones como la que acabo de contar me han sucedido incontables veces luego de explicar mis puntos de vista acerca de la religión y en particular sobre la Iglesia Católica. No sé por qué me cuesta tanto hacer entender que cuando hablo de la Iglesia Católica me refiero a la institución histórica. Aprendí con estos años que los creyentes son hipersensibles, siempre están a la defensiva y cuando uno habla de las instituciones históricas, normalmente responden con argumentos de fe. Lo siento mucho, lamento comunicarles que no son compatibles. En defensa de los creyentes diré que no se puede discutir la fe con argumentos históricos y adicionalmente en mi defensa, no se puede discutir la historia con afirmaciones de fe.

Yo no le tengo mucho afecto a la Iglesia Católica desde el punto de vista histórico. Desde la repartición y venta de bulas papales, pasando por los escandalosos Borgia, los excesos de la Inquisición y hasta el timorato papel que desempeñó en la Segunda Guerra Mundial, cuando debió haber condenado valientemente el holocausto y no lo hizo, la Iglesia Católica ha demostrado no representar a quienes debería, es decir a los más pobres, afligidos y humildes. No es casualidad que sea una de las instituciones con mayor patrimonio en el mundo.

Adicionalmente la Iglesia Católica, como cualquier organización religiosa, tiene una estructura vertical y autoritaria que no es compatible con la idea de democracia. Los dogmas religiosos no pueden discutirse, es una premisa básica de cualquier religión, en tanto estos son dictados por la divinidad y trasladados a los creyentes por medio de sus jerarcas o profetas. El miembro de una iglesia no puede someter un dogma al voto. Ese es otro elemento que me hace alejarme de cualquier forma de culto, secta o religión. No puedo aceptar la imposición de ideas per se por parte de otras personas aunque esta idea tenga origen presuntamente divino.

En mis afectos personales, sí le tengo un profundo cariño a la Iglesia, pero no a esa Iglesia Católica histórica, si no a la real y cotidiana, la de Francisco de Asís o Teresa de Calcuta. Cuando yo tenía cuatro o cinco años, mi madre sufría enormemente por su separación con mi padre, que se produjo poco antes de mi nacimiento. Ella me arreglaba y peinaba como niño bueno y me llevaba caminando hasta las iglesias del centro de Arequipa. Ella me enseñó a persignarme con agua bendita al entrar y a ser respetuoso con los santos. Siempre íbamos a los altares con las imágenes de los santos mejor calificados para resolver situaciones imposibles. Mi madre a veces de pie y a veces de rodillas, rezaba con una intensidad que me conmovía y siempre terminaba llorando. Yo sentía que realmente conversaba con Dios o con el santo de turno que nos observaba impasible desde su urna de vidrio. No recuerdo haber visto en mi vida a alguien más tener conversaciones tan personales con Dios o los santos.

Mientras mi madre rezaba y lloraba, yo miraba cada detalle de las imágenes, las aterradoras y violentas imágenes de los cristos azotados y sangrientos, las apacibles de los santos sepulcros y las de latente tensión de los crucificados. Los santos imponentes con sus trajes en perfecta compostura y las vírgenes Marías de mirada lánguida y expresión de sufrimiento. En mi mente impresionable de aquella época calaron fuertemente tres imágenes: El simpatiquísimo San Francisco de Asís de la plaza del mismo nombre en la calle Zela, las colosales imágenes de mármol de los doce apóstoles en la Catedral y el Diablo de madera de la base del púlpito del mismo templo.

Siempre sentí que mi madre hallaba consuelo en esos andares por las iglesias de Arequipa, sus sufrimientos eran tan graves que ella siempre me llevaba a dos o tres en una misma mañana. Sentía como si fuésemos a pedir audiencia con las principales autoridades de la ciudad, así se conducía mi madre con los santos de su devoción. Yo siempre terminaba enojado con ellos porque presentía que a pesar de la fe con la que mi madre pedía, nunca le concedían lo solicitado.

Con los años aprendí que la fe es importante para personas como mi madre, personas que necesitan del consuelo y comprensión que la mayoría de personas no tienen la capacidad de dar. Es por eso que pienso que más que los templos o las religiones, la fe es un pilar fundamental para miles de cientos de personas. Soy consciente de ello y por eso soy respetuoso de la fe individual que profesa cada persona. Sin embargo, me causa una profunda decepción que muchos de los creyentes que conozco sean tan fundamentalistas que pretendan catequizar a cuanta persona esté a su lado y peor aún, satanizar y lapidar socialmente a quienes no compartimos su credo. Es contradictorio que quienes predican el amor y la tolerancia, no sean tolerantes con quienes no comparten su fe. Cuando converso con personas con esa actitud, de inmediato viene a mi mente cuánto deben haber sufrido las pobres víctimas de la Inquisición, más que por las heridas, por la incapacidad de refutar las arbitrariedades de sus inquisidores.

Otro asunto que me llama poderosamente la atención es que la mayoría de gente confunda al ateo con el agnóstico. El ateo implica negación directa de Dios, el ateo afirma que Dios no existe, mientras que el agnóstico es aquél que no cree lo que no puede ser demostrado por los sentidos. El Diccionario de la Real Academia define el agnosticismo como la “Doctrina filosófica que niega al entendimiento humano la capacidad de llegar a comprender lo absoluto y sobrenatural: el agnosticismo, a diferencia del ateísmo, no niega la existencia de Dios. No confundir con gnosticismo”. Cabe citar al biólogo Thomas Henry Huxley, creador del término agnóstico cuando decía: “Yo no afirmo ni niego la inmortalidad del hombre. No veo razón para creer en ella pero tampoco tengo ningún medio para desaprobarla.”

Así el agnóstico poco instruido pensará que la existencia de Dios es poco probable, porque sus cinco escasos sentidos no pueden contribuir a demostrarla. A diferencia un agnóstico medianamente preparado y leído, sin llegar a demostrar la existencia de Dios, podría llegar a pensar que la física cuántica, las investigaciones en neurología y los avances en astronomía, brindan por lo menos indicios razonables de la existencia de una entidad que engloba todo cuanto existe y que dicha entidad tiene vida y consciencia. Me adscribo a este último grupo sin ningún ápice de falsa modestia.

Algunos llaman a esta entidad Dios, en otras culturas recibe otros nombres. Yo le llamo universo. No niego que hay aspectos de diversas religiones, sectas o cultos que me atraen. Pero sólo aspectos, no he encontrado una religión, secta, culto o creencia que me atraiga en su integridad. Son interesantes los tratamientos del placer de las diversas vertientes del hinduismo, me gusta la idea de la existencia de un paraíso de placeres sensuales después de la muerte de los musulmanes y me resulta divertida la apertura en cuanto a lo sexual de muchas sectas evangélicas y cristianas del Brasil. Sin ánimos de ofender a nadie, creo adicionalmente que no hay nada como ser Rastafari para tener la excusa perfecta para fumarse un tronchito y no bañarse; los rituales mágicos del Vudú para hacerse el zombi o la búsqueda del yo interno con el Ayahuasca para meterse un viaje en primera clase al mundo de la imaginación más afiebrada.

Como verán, espero que tengan claro que sí creo en una forma de Dios o divinidad y me apena no poder demostrar su existencia. En los santos no creo, entre otras razones porque no se dieron el trabajo de escuchar a mi mamá. Soy agnóstico y espero ser tolerado y comprendido. Antes de pronunciarse acerca de las creencias de otros, hay que pensarlo un poquito, no como una secretaria que tenía a la que le estuve explicando que soy agnóstico y me contestó:
- ¡Ah! Ateo.
- No, agnóstico – le precisé.
- ¡Ah! Como los gnósticos… ¿esos que creen en los gnomos, ángeles y esas cosas no? ¡Qué lindo!