Mostrando entradas con la etiqueta inquisición. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta inquisición. Mostrar todas las entradas

viernes, 10 de junio de 2011

LO QUE NO TIENE NOMBRE (Cuento)

El celular sobre la mesa de noche timbró varias veces antes de que el agente Vásquez pudiese despertar por completo, encender la lámpara y leer en la pequeña pantalla del aparato: “Morgan”, presionó el botón de contestar.
– Aló, ¿Qué tenemos a esta hora de la madrugada querido primo? – dijo Vásquez bostezando.
– Tenemos un par de cuerpos en el parque Libertad, vente volando – contestó calmado el agente Morgan.
– ¡’ta mare!
– No hagas cólera primo, ponte un chullo y ven que aquí hace un frio que mata – replicó Morgan.
– ¿No se habrán muerto de frio?
– No seas pendejo. Ven antes de que vengan los buitres – dijo Morgan y colgó.

* * *

En el parque Libertad yacían entre los arbustos los cuerpos de dos mujeres, el agente Vásquez se colocó los guantes de goma y revisó cuidadosamente los cuerpos ayudándose con una pequeña linterna. A su lado Morgan fumaba un cigarrillo. Vásquez se incorporó y dijo:
– ¿No que habías dejado de fumar?
– Es para el frio – contestó Morgan.
– ¿Y la gastritis?
– Bien, te envía saludos.
– ¡Ja ja! Ok. Bueno, ya las viste ¿qué piensas?
– Ajuste de cuentas, no es pasional. Les dispararon aquí mismo. No se llevaron el poco dinero que tenían, dejaron sus identificaciones y celulares. Son colombianas.
– ¡Estás aprendiendo! Es cierto, los pasionales siempre implican heridas en los genitales, aquí los disparos fueron al pecho y cabeza, a matar. ¿Quién reportó los cuerpos?
– Una vecina, en esa ventana – Morgan señaló una ventana con persianas de un segundo piso.
– ¡Aja! ¿Esa en la que se puede ver la silueta de la vecina espiándonos?
– Sí, esa. Dijo que escuchó el ruido de los disparos y salió a ver. Pudo divisar un auto alejándose a velocidad.
– ¿Marca? ¿Modelo?
– La mujer tiene setenta y nueve. Dudo que pueda distinguir entre un escarabajo Volkswagen y un Ferrari.
– Quien sabe… ¿Tienes las identificaciones de las damas? – preguntó Vásquez.
– Sí, a ver… – sacó una bolsa transparente de su bolsillo y leyó a través de ella – María Ángeles de veintidós y Danira de veinticinco años. Una de ellas profesora de escuela, nacidas en diferentes ciudades.
– Dos mulatas, colombianas, jóvenes, cinco tiros a quemarropa. Interesante. Vamos a la oficina, previa parada en algún Starbucks.
– ¿Tú o yo?
– Yo. ¿Oye, te das cuenta que gastamos mucho en gasolina? Voy a vender mi carro y me voy a mudar a tu departamento.
– ¡Conchudo! – dijo Morgan riendo, Vásquez le palmeó la espalda riendo también y se fueron cada uno en su auto.

* * *

A las diez de la mañana Morgan contestó su celular. No dijo ni una palabra, colgó y le dijo a Vásquez: “Álvarez”

Cinco minutos después estaban ambos sentados en la oficina de Álvarez, este estaba hablando por teléfono. Morgan se dedicó a repasar por milésima vez la decoración de la oficina, ni un solo cuadro, las paredes llenas de títulos y diplomas de cursos de especialización, muchos en el extranjero, medallas, condecoraciones. Sobre el escritorio un prisma de ónix y sobre él en letras doradas las palabras “Comandante” y “Álvarez” resaltaban escandalosamente. Siempre pensó que esa especie de altar a su propio ego era una forma de decir: “Aquí el comandante soy yo, y miren mis títulos, me lo he ganado.” Se fijó en una pieza nueva en el escritorio, discretamente codeó a Vásquez y le hizo una seña con las cejas, Vásquez le guiñó un ojo. Era un tallado en madera, un fino trabajo que representaba un imponente Inca sosteniendo un varayoc. Recordó que hasta antes de las elecciones ese mismo lugar era ocupado por una escultura de una paloma sobre una estrella de cinco puntas y cinco años atrás había sido una chacana de piedra.
– Bien señores – dijo Álvarez al mismo tiempo que colgaba el teléfono- ¿Cómo va el asunto de las colombianas?
– Tenemos el reporte de migraciones – indicó Vásquez – entraron el mismo día por el Ecuador, hace diecisiete días.
– Y de acuerdo al listado, ese mismo día entraron cinco colombianas, hay otras tres – agregó Morgan.
– ¿Tienen algo más? – preguntó Álvarez.
– No mucho – contestó.
– Hablen con el Resortes – me informan.
Ambos agentes asintieron y se retiraron de la oficina. En el pasillo Morgan comentó acerca de la figura del Inca tallado en madera. “Política” dijo Vásquez.

* * *

Tres horas más tarde en una oscura cevichería en medio del barrio más peligroso de la ciudad, Morgan y Vásquez esperaban pacientemente frente a una sucia mesa de madera recubierta con un pedazo de mantel plástico que desprendía un desagradable olor a rancio. La mujer se acercó y colocó una botella de cerveza y tres vasos mugrosos. Vásquez colocó uno frente a Morgan, otro para él y el tercero y más viejo en el centro. Sirvió dos vasos y le gritó a la mujer que se alejaba: “Hey, canchita pe.” La mujer regresó con un poco de maíz tostado en un sucio tazón de arcilla y lo puso sobre la mesa.
– ¿Vendrá? – preguntó Morgan.
– Siempre viene, este es el “sitio” y no te olvides, cuando llegue no digas ni una sola palabra. Confía en mí.

Pasados unos minutos, entró un tipo de mediana estatura, blanco, con lentes de aumento, de cabello negro larguísimo, voluminoso y ensortijado como resortes precisamente. Llevaba una sucia mochila y adornaba su cuello y muñecas con innumerables artesanías de cuero y semillas.
- Pst, Elier – dijo Vásquez discretamente.
El tipo se volteó y se acercó a la mesa, se sentó rápidamente y se acercó a Vásquez susurrándole:
- ¡Puta, huevón! No me digas ese nombre, aquí soy Resortes.
- ¡Ya, ya! Oye resortes un help pues – dijo Vásquez mientras le hacía señas a la mesera para que traiga otro vaso.
- ¿Qué quieres? ¿Moño rojo o la blanca?
- Moño rojo, un “Paquito”.
- Ok – dijo resortes y buscó con mediana discreción en su canguro mientras la mujer dejaba el vaso en la mesa y Vásquez lo llenaba de cerveza.
- ¿Qué sabes de unas colombianas muertas en la plaza Libertad? – preguntó Vásquez con voz muy baja.
- ¡Uy, ese asunto está caliente cavernícola! – contestó Resortes – es una cosa de unos tipos nuevos en el barrio, traen burras de Colombia, les ofrecen trabajo de niñeras y terminan trabajando en los puticlubs del centro. Anda a El Diamante, sigue mi consejo y ahora me borro, voy a almorzar. Toma tu “paco”, son quince mangos.
Resortes dejó una cajita de fósforos al costado del vaso de Vásquez, este le entregó por debajo de la mesa un billete de veinte soles doblado. Resortes se levantó y bebió de un solo golpe la cerveza. Lanzó el poco de espuma que quedó en el en el vaso que Vásquez había dejado en el centro de la mesa y dijo:
– No tengo vuelto ´on.
– No te preocupes – contestó Vásquez – es para que te compres jabón, hueles a demonios.
Resortes soltó un par de carcajadas y se sentó en una mesa del lado opuesto del local al mismo tiempo que pedía un ceviche a la mesera.
– Vámonos – dijo Vásquez tomando su cerveza y recogiendo la cajita de fósforos, al mismo tiempo que dejaba una moneda de cinco soles sobre la mesa.
– ¿Por qué le has comprado marihuana a ese pastrulo? – preguntó Morgan cuando salieron.
– ¿Pastrulo? – replicó Vásquez – ese “man” es agente encubierto desde hace años por estos lares, y la dueña de la chingana es mujer de un sicario. Si vas a simular, tiene que estar bien hecho. Para ese taxi y pregúntale cuánto nos cobra hasta El Diamante en el centro.

* * *

Llegaron a El Diamante pero estaba cerrado. Decidieron volver en la noche. Regresaron a la oficina a recoger sus autos, Vásquez se despidió y se fue a su departamento. Morgan se subió al suyo pero no lo encendió. En el estacionamiento se quedó pensando. Todavía no había podido despejar de su mente la experiencia de haber participado en una sesión de sadomasoquismo. A pesar de que el club Ícaro era un lugar de moda y que ofrecía básicamente una visión demasiado soft del asunto, las imágenes de las anfitrionas vestidas de cuero o látex negro, portando látigos lo había perturbado profundamente. Necesitaba hablar con alguien, alguien de confianza y con la amplitud de criterio necesaria para comprenderlo. Encendió el auto y salió rápidamente del estacionamiento.

* * *

Vásquez en su departamento esperaba con ansias, sentado en el pequeño sofá con un libro de García Lorca entre manos pero sin leerlo, se levantaba, miraba por la ventana, regresaba al sofá, abría el libro, leía algunas líneas y luego miraba fijamente a la puerta. Decidió preparar un café, se levantó y precisamente cuando entraba a la cocina escuchó que golpeaban la puerta, dio media vuelta y corrió tan rápido que estuvo a punto de caerse, al abrir, allí estaba Morgan con una sonrisa forzada.
– ¿Qué haces aquí? – preguntó Vásquez.
– Vine para que me invites un café y conversar.
– Pasa, pasa… es que aproveché que no íbamos a hacer nada en la tarde para…
– ¿Alguna hembrita? – cuestionó artero Morgan.
– No…
Tocaron la puerta. Vásquez le hizo una seña a Morgan para que espere y corrió a la puerta, un sujeto preguntó si era la casa del señor Vásquez, este asintió emocionado como un niño y firmó una serie de formularios que el sujeto traía. Luego abrió totalmente la puerta y dos cargadores ingresaron un enorme bulto que depositaron en la mitad de la sala. Se despidieron amablemente y Vásquez cerró la puerta.
– ¿Qué es eso? – preguntó totalmente sorprendido Morgan.
– Ni te imaginas – contestó Vásquez – trae esa navaja y dame una mano.
Morgan tomó una navaja de la mesa con empuñadura de cuero y se acercó. Mientras iban retirando con cuidado las capas de plástico y cartón Morgan preguntó:
– ¿Qué opinas del fetichismo primo?
– Fetichismo. No sé. Me llaman la atención los portaligas, negros o blancos, jamás rojos. Los corsés, los vestidos victorianos con escote generoso, me parece interesante, pero no al extremo de no excitarme si están ausentes.
– ¿Cómo es eso?
– Algunos definen el fetichismo en el sentido de que es la única manera de lograr excitación. Si no se tiene el fetiche sencillamente esta no se produce. Yo creo que ese es el extremo de la línea. Me parece que todos tenemos algo, poco o mucho de fetichistas.
– ¿Y el sadomasoquismo?
– ¿Te ha golpeado el asunto del Ícaro no?
– Algo – contestó Morgan con un atisbo de vergüenza.
– Si te incomoda no lo nombres.
– ¿Cómo?
– Recuerda a los griegos – dijo Vásquez.
– ¿Los griegos eran sadomasoquistas?
– Tal vez, pero no era eso lo que quería decirte. Los griegos y otras culturas antiguas afirmaban que aquello que no tiene nombre no existe. ¿Te das cuenta? Ellos tenían solo siete colores, ello no significaba que no comprendiesen que en la naturaleza existían muchos más, pero los griegos solo nombraron siete y por tanto, para ellos los otros no existían formalmente.
– Entiendo, pero…
– Déjame terminar – interrumpió Vásquez – en contraposición, aquello que mencionas empieza a existir. Los metafísicos manejan ese concepto. Mira, tú eres un galán, normalmente no haces mucho esfuerzo para conquistar a una mujer, te he visto y usualmente son ellas las que te seducen. En cambio yo debo hacer un esfuerzo adicional, eso me da la ventaja del conocimiento empírico.
– ¿Eso qué tiene que ver?
– Tiene… y mucho. Imagínate lo siguiente: Yo trato de seducir a una mujer que acabo de conocer, ella me mira y no despierto su interés. No soy tú. Pero si ella me da la oportunidad de hablarle entonces mis posibilidades se multiplican. Mi don está aquí – dijo Vásquez señalando su sien – lo primero que hago es sugerir una hipótesis, le pido que me diga qué le gustaría hacer si yo fuese su novio o si saliera conmigo.
– ¿Y?
– Normalmente la primera vez se niegan, es normal, la negación es siempre la primera respuesta del ser humano ante una situación nueva. Yo le digo que es solo una inocente hipótesis y por supuesto improbable, de tal manera que insisto otra vez. Una vez que la dama dice algo como “Si usted fuese mi pareja me gustaría…” se produce un cambio en su cerebro, lo que era un imposible se empieza a convertir en una posibilidad; ella, al decirlo, al nombrarlo, lo convierte en un algo casi tangible y de allí a hacerlo realidad…, hay pocos pasos mi querido primo.
– Interesante…
– Entonces, si no quieres que algo te atrape mejor no lo menciones. Si lo empiezas a pensar despéjalo, todavía estás a tiempo, pero si lo empiezas a nombrar no vas a poder dejarlo.
– Igual quisiera saber tu opinión – dijo tímidamente Morgan.
– Mira, cada uno hace con su vida lo mejor que puede. Disfruta y no hagas daño. Las cartas sobre la mesa y todos contentos. En mi caso, si me llamara la atención “eso” que no queremos nombrar, yo probaría. ¡Ahora mira esta lindura!

Vásquez retiró el último cartón y apareció ante ellos un precioso sillón de espaldar alto, tapiz crema, altas patas de madera finamente torneadas al igual que los brazos y el borde del espaldar, todo ello barnizado con maestría.
– ¿Un sillón? – Preguntó Morgan.
– No es “un sillón”, este es un sillón Voltaire, he ahorrado cuatro años para poder comprarlo.
– Un sillón Voltaire… lo recuerdo, lo querías desde que leíste “La vida exagerada de Martín Romaña” hace diez años.
– Lo nombré y ahora aquí está – dijo Vásquez cruzando los brazos y mirando su adquisición con una sonrisa de satisfacción que iluminaba toda la habitación.

* * *

A las diez de la noche los agentes Morgan y Vásquez ingresaron a El Diamante. Apenas se sentaron en una de las mesas se acercaron dos muchachas mal vestidas con trapos que intentaban ser lencería.
– ¿Nos invitan un trago? – preguntó una de ellas.
– Claro – dijo Vásquez, pero antes, de dónde son ustedes.
– Somos de la selva – contestó la muchacha – somos de sangre caliente, ¿di?
– Me han dicho que hay una colocha – dijo Vásquez.
– Sí – dijo algo decepcionada la mujer – pero nosotras te podemos atender igual y hasta mejor.
– No – replicó Vásquez – envíame a todas las colochas que tengas, para mí y para mi amigo, si no voy a tener que irme a otro sitio.
– Ok, ustedes se lo pierden – dijo mientras se levantaba de la silla y le tendía la mano a su compañera para llevársela.
– Te desenvuelves bien en estos sitios primo – dijo Morgan con picardía.
– Mi viejo era militar, por lo tanto casi todos mis amigos eran hijos de militares cuando tenía dieciocho años. Durante un tiempo casi todos los fines de semana hacíamos tours por lugares como estos a iniciativa de los padres de mis amigos.
– Yo en cambio he venido a lugares como este muy poco.
– Todos funcionan igual, el dueño gana dinero por la venta de los tragos, más que por la cerveza, a las chicas se les llama ficheras, si les invitas un trago que no sea cerveza acumulan fichas. Mientras más botellas te obliguen a tomar, más fichas acumulan, luego al final de la noche canjean las fichas por efectivo, son sus comisiones.
– Entonces al dueño del local no les conviene que salgan con un cliente.
– Para nada – contestó Vásquez – pero es la zanahoria en el palo, siempre te dicen que si compras una botella más saldrán contigo. La mayoría de hombres saben cómo funciona el asunto, pero prefieren ignorarlo. Quieren creer que la chica saldrá con ellos, al final rara vez lo hacen y si sucede debes para una fuerte comisión en la barra.
– Interesante.
En eso llegó una muchacha morena, de cabello rizado y corto, se sentó sonriente y se presentó.
– Buenas noches, ¿usted es al que le gustan las colombianas?
– ¿Tú eres colombiana? No parece – dijo Vásquez.
– Pues sí lo soy.
– No tienes acento, ¿de qué ciudad eres?
– Bucaramanga a mucha honra.
– No te había visto antes por aquí.
– Es que estoy recién llegadita, recién vine a trabajar aquí hace dos semanas – contestó la morena.
– Aquí mi amigo se ha quedado enamorado de una compatriota tuya, Danira; quiere llevársela a vivir con él a la selva – confesó Vásquez con un aire de complicidad.
– ¿A la selva?
– Sí – dijo Morgan – somos madereros.
– ¡Ay qué pena! - dijo la colombiana – Danira ya no trabaja aquí. Justo hace dos días se fue de viaje.
– ¿Y sabes a donde?
– A la selva, ¡qué casualidad! – dijo emocionada – yo también voy a irme en tres días, ya tengo mi pasaje, esta es mi última noche aquí.
– Qué bien, festejaremos tu despedida entonces – dijo Morgan – espérame un segundo, tengo que llamar a mi mujer, sacó su celular y marcó, “no voy a llegar esta noche cariño” dijo, colgó y quince minutos después entraron diez agentes armados al mando del comandante Álvarez al local para hacer una redada.

* * *

Al día siguiente, a media cuadra del estacionamiento de la estación de policía, Álvarez se sentó en una de las bancas de la juguería y pidió un zumo de naranja y una papa rellena. Minutos después llegaron Morgan y Vásquez.
– ¿La interrogaron? – preguntó sin preludio alguno.
– Sí – contestó Morgan. Al principio no quería hablar, pero ya soltó todo.
– ¿Cómo es la historia?
– Son cinco muchachas, las captaron en diferentes ciudades de Colombia, el trabajo lo hace una mujer colombiana también, les ofrecen venir a trabajar al Perú como niñeras en casas de familias acomodadas, les aseguran que ganarán entre mil a mil quinientos soles mensuales. Para ello les cobran una comisión de mil dólares, algo de tres mil soles.
– ¿Además les cobran? – se sorprendió Álvarez.
– Sí – dijo Vásquez – les dicen que es para gastos de viaje y comisión, les aseguran que recuperarán ese dinero en dos meses. Las traen por tierra cruzando por Ecuador. Una vez en la ciudad les quitan sus pasaportes y las llevan a lugares como El Diamante donde prácticamente las obligan a prostituirse o trabajar como ficheras, las amenazan con denunciarlas y destruir sus pasaportes. En el caso de Zulma, la muchacha que interrogamos, la amenazaron con hacerle daño a su hija de dos años que se quedó en Bucaramanga, como saben sus domicilios, la amenaza es verosímil.
– Esa gente es una mierda – dijo Álvarez – pero me imagino que eso no es todo, no creo que se den todo ese trabajo sólo para traerlas a un night club de mala muerte, les sale más barato traer chicas de la selva o de la sierra como siempre han hecho; a ver canten ¿qué más tenemos?
– Tiene razón comandante – agregó Morgan – lo del puticlub es solo la primera parte, el ablandamiento sicológico, la pasan tal mal que están emocionalmente quebradas, luego “aparece” misteriosamente un tipo, simulando ser parroquiano del lugar, a Zulma la contactó hace una semana, precisamente un día que ella estaba llorando en un rincón, le ofreció ayudarla y hace un par de días le dijo que la ayudaría a salir de ese lugar, le ha ofrecido pagarle dos mil dólares por llevar una mochila por carretera hasta Brasil, con ese dinero ella podrá rescatar su pasaporte y luego de Brasil regresar a Colombia. Ya sabemos qué lleva la mochila.
– Esta modalidad es nueva comandante – agregó Vásquez – sospechamos que las dos chicas que encontramos muertas se negaron a última hora a llevar el paquete.
– Buen trabajo caballeros. Hablen con la muchacha, ¿cómo se llamaba?
– Zulma – contestó Morgan
– Ofrézcanle regresarla a Colombia si colabora con nosotros.
– Ya lo hicimos – dijo Vásquez – no quiere. Cree que la buscarán en Colombia y que la matarán o que matarán a su hija si se enteran que ella los delató.
– ¿Y el programa de protección de testigos? – preguntó Morgan.
– Sólo funciona si como resultado de la operación atrapamos a toda una organización – dijo Álvarez – por un homicida no nos van a dar nada, no tienen presupuesto.
– ¿Entonces? – requirió Vásquez.
– Denme una organización o un cartel y yo me encargo de darle documentación nueva a Zulma y a su hija, si me dan menos no puedo hacer nada – señaló Álvarez mientras se ponía de pie y pagaba su cuenta.
– Entendido – dijo Morgan y se quedaron sentados mirándose el uno al otro mientras Álvarez se alejaba lentamente.

* * *

Morgan caminaba de un lado a otro en su casa con el celular en la mano. La mesera que conoció en el Ícaro le acababa de dar por teléfono un nuevo número y una recomendación “Ella es de las mejores en este asunto” le había dicho. Morgan se detuvo, respiró profundo y marcó el número. Al otro lado una voz femenina, fría y autoritaria le enumeró rápidamente una serie de reglas, una tarifa y una dirección. Morgan tomó nota. Preguntó tímidamente si a las ocho estaba bien, al otro lado de la línea un “sí, sea puntual” fue lo último que escuchó.

* * *

A las ocho de la noche el detective Morgan estaba parado y temblando de frio en una amplia avenida de una bonita urbanización de clase media alta. Frente a él se levantaba un enorme edificio de departamentos, calculó el cuarto piso, trató de adivinar cuál sería la habitación. Tomó un poco de valor, cruzo la calzada y presionó el botón del intercomunicador.
– ¿Sí? – contestó una voz robotizada.
– Hice una cita, para las ocho – dijo Morgan.
– Suba – dijo la voz segundos antes de percibir el sonido de la cerradura automática destrabándose.
Morgan empujó la puerta y camino hasta el ascensor. Subió. Departamento 4 B. “Un picnic” pensó. Cuando llegó a la puerta del departamento notó que estaba entreabierta. Entró, sus ojos se fueron acostumbrando poco a poco a la oscuridad de la habitación en penumbra, escucho una voz limpia diciéndole claramente que tome asiento. Miró a su alrededor y descubrió un confortable sillón de cuero negro. Se sentó. Alrededor había toda clase de aparatos e instrumentos acomodados en las paredes, por un segundo le vino a la mente la imagen del museo de la Santa Inquisición, en ese instante apareció ante él una silueta felina, tacones altos, envuelta en látex negro desde la punta de los pies hasta la cabeza, con excepción del rostro, los senos, las nalgas y el pubis que estaban totalmente expuestos, tenía el cabello castaño acomodado en una enorme cola de caballo y el sexo totalmente depilado. Tenía una extraña belleza europea.
– Dime un nombre para llamarte – dijo la mujer – uno imaginario.
– Sergio – mintió el detective.
– Yo soy Gretzel.
– ¿Es nombre es real o imaginario? – bromeó Morgan y se arrepintió de inmediato cuando sintió la quemadura lacerante de un látigo sobre su muslo izquierdo.
– ¡Silencio! – ordenó la mujer – aquí mando yo. ¿Recuerdas las reglas?
– Sí – contestó sumiso Morgan.
– No olvides, en el momento en que quieras parar solo tienes que decir la palabra y me detendré. ¿Está claro?
– Sí.
– ¿Tienes algo para mí?
– Sí – dijo Morgan llevándose la mano al bolsillo y sacando unos billetes de su cartera.
– Colócalo en la bandeja a tu derecha – señaló la mujer, una vez que el detective lo hizo continuó – Ahora desnúdate.

El detective empezó a quitarse la ropa, un extraño calor y un cosquilleo lo invadió. No podía creer que estuviese haciendo esto. Se quitó la última prenda y la acomodó junto a las demás en el sillón de cuero. Se quedó de pie. Gretzel presionó un interruptor y se encendió una enorme lámpara de luz negra en el centro de la habitación, todos los objetos adquirieron de inmediato un brillo terrorífico, intimidante, Morgan sintió el impacto del látigo en su pierna desnuda y a la orden de “¡de rodillas!” cayó de bruces sobre el piso alfombrado. Lo siguiente que vio fueron las brillantes botas de charol de Gretzel frente a sus ojos envolviendo lo que imaginó serían los pies más finos y delicados del mundo y no dudó en obedecer la orden de lamerlas mientras todo su cuerpo era inundado por incontenibles torrentes de cálida sangre y palpitante placer.

* * *

Mientras se vestía, Morgan notó que Gretzel lo miraba fijamente. Pensó en lo que había sentido esa noche, los caminos que esta maravillosa mujer le había hecho transitar, sintió su piel erizarse, si solo pudiera tener un poco de los conocimientos de esta maestra del placer. Volteó y la vio allí, imponente, pálida, extremadamente blanca, los labios pintados de carmesí, el delineador negro profundo alrededor de los ojos. Intentó decir algo.
- Mi nombre es…
- No me lo digas – interrumpió Gretzel – no quiero ni debo saber tu nombre ni a qué te dedicas.
- Si no tiene nombre no existe – dijo sin querer Morgan.
- Tienes razón – dijo la mujer – sin embargo, espero que vuelvas – agregó.
El agente Morgan no contestó, caminó hacia la puerta y salió sin mirar atrás.

* * *

Al día siguiente Vásquez llegó a la central temprano, coordinó los detalles de la operación con los agentes de antinarcóticos, cuando llegó Morgan todo estaba encaminado.
– Vamos primo – dijo Vásquez – ya está listo el baile.
– ¿Dónde es?
– Terminal terrestre, allí se va a encontrar con el “amigo”
– Correcto – dijo Morgan mientras se acomodaba el chaleco antibalas.

* * *

Mientras esperaban en el auto de lunas polarizadas, Morgan le preguntó a Vásquez:
– ¿Te acuerdas de lo que no podíamos nombrar?
– Claro.
– Probé.
– ¿Y?
– Diferente.
– ¿Diferente bien o diferente mal?
– Diferente, diferente.
– Entonces diferente bien, si fuese diferente mal, no dudarías en decirlo.
– Raro sería la palabra – dijo Morgan mientras miraba por los binoculares y se los pasaba a su compañero.
– Todo depende entonces.
– ¿De qué?
– De si regresas. Vamos, los tenemos – dijo Vásquez mientras bajaba del auto y quitaba el seguro de su arma.

* * *

Dos semanas después Vásquez estaba leyendo El Aleph sentado en su sillón Voltaire cuando alguien tocó a la puerta, se levantó a abrir, era el agente Morgan.
– Lo siento primo – dijo – los van a procesar por tráfico ilícito de drogas, el fiscal no ha podido establecer la vinculación con los homicidios.
– ¿Zulma?
– No alcanza para darle otra identidad, la unidad de protección de testigos dijo que la cantidad de detenidos y procesados no era suficiente, además la van a deportar.
– ¡Diablos! – dijo bastante mortificado Vásquez – aunque lo de los pillos no me preocupa; entre tráfico agravado y homicidio yo hubiese preferido que me procesen por homicidio, la pena por tráfico de drogas con agravantes es de quince a veinticinco, por asesinato es de quince a veinte, además en tráfico ilícito de drogas no hay beneficios penitenciarios. Van a pasar más tiempo en prisión por las drogas que lo que hubiesen pasado por homicidio calificado. Considéralo un éxito.
– Tienes razón primo, pero igual me da pena esa chica.
– Esperemos que las amenazas hayan sido solo eso, amenazas.
– Esperemos.
– ¿Un café turco?
– No gracias primo, con todo esto me está regresando el malestar de la gastritis.
– ¿Mate?
– No, no te molestes. He dejado el carro mal estacionado. Vengo mañana que es sábado, me van a enviar unos discos de chill out, ¿te parece si los traigo para escucharlos?
– ¿Ya ves? ¡Nos dejas solos a mí y al sillón Voltaire!
– Lo que tienes que hacer es conseguirte una Octavia de Cádiz – sugirió Morgan alegre.
– ¡No, no, no! Me quedo con el sillón Voltaire – festejó Vásquez.
– Mañana entonces.
– Genial. Mi casa es tu casa. Tus discos son mis discos.
Rieron.

* * *

Dos horas después el agente Morgan presionaba el botón del intercomunicador del departamento 4 B mientras susurraba para sí mismo “Gretzel”.

domingo, 9 de enero de 2011

EL SUCUBUS (Cuento)

Fray Esteban saltó de la barca y sus piernas se hundieron en el agua hasta las rodillas, caminó dificultosamente un mediano trecho hasta que el oleaje del océano ya no mojaba la arena. El viaje desde Panamá había sido accidentado. En el Callao no los dejaron desembarcar, se había corrido la voz en Lima que los barcos provenientes del norte estaba tocados por la peste negra, intentaron un poco más al sur de Lima, pero fue imposible, las autoridades ya había enviado el parte a caballo a todas las costas cercanas. El capitán, conocedor de las nuevas rutas usadas para el contrabando, tomó rumbo hasta la Villa Hermosa de Camaná, ciudad que no había sido alertada debido a que carecía de muelle, pero que por la misma razón obligó a los pasajeros a saltar a las barcas salvavidas y así poder aproximarse a las playas de arena cargando sus bolsas y equipajes.

Una vez en tierra el Fraile dio media vuelta y se quedó mirando lejana en el horizonte la embarcación, se llamaba La Española y le recordó su tierra natal, la observó fijamente pensando en los últimos quince años, desde el día que se ordenó en Sevilla, levantó la cabeza, miró al cielo y se santiguó; se incorporó al grupo que ya estaba marchando rumbo al pueblo y caminó.

Luego de tres horas de largo trayecto llegaron a la ciudad, era pequeña, tenía pocas casas y la mayor parte de la tierra estaba sembrada de arroz. Vio a unos pocos negros trabajando en el campo codo a codo con sus patrones, casi no vio indios. Le pareció extraño, siempre imaginó que el Perú estaría lleno de indios, pensó en preguntar pero los que caminaban con él eran en su mayoría españoles aventureros, algunos acompañados por sus familias, que buscaban fortuna en las tierras que Pizarro había conquistado a favor de La Corona. No quiso hablar con ellos, le pareció mejor dejar que las cosas sucedieran a su tiempo.

Una vez que llegó a la ciudad de Camaná buscó la iglesia y se las arregló para ubicar al párroco. El párroco también era dominico, un hombre sencillo sin mayores aspiraciones que envejecer junto con los terratenientes de la zona, los esclavos de estos y las dos mujeres que tenía de concubinas, una india y una negra africana vieja que casi no hablaba castellano. Se llamaba Alonso y no había cambiado de nombre, en el pueblo lo llamaban Padre Alonso y a él le gustaba eso, en realidad nunca había tenido vocación. Se hizo cura porque un hermano suyo había sido comendador y las relaciones sociales de este lo habían llevado al cargo: una ordenación rápida y un pesado viaje por dos océanos lo había colocado finalmente allí. Fray Esteban sentado en la mesa recibió con una venia el trozo de queso serrano y el pan que Padre Alonso le ofreció, se santiguó y bendijo los alimentos, mientras comía preguntó al Padre Alonso cuánto tiempo le tomaría llegar a Lima, el Padre le explicó que le esperaba un largo viaje por el desierto hasta el puerto de Pisco y de allí a Lima no sería tan difícil. Se quedó pensando y le aconsejó:
– ¿Por qué no va a Arequipa? Queda muy cerca, es una ciudad grande, sin llegar a ser tan enorme y abominable como Lima, tiene un clima agradable, benigno y seco, una gran población de blancos de Castilla y Valencia, pocos indios, no hay negros. Si quiere tener una estancia tranquila ése es un buen destino.
– No he venido a estar sosegado y tranquilo, Padre – contestó el Fraile, miró a su interlocutor fijamente a los ojos y añadió: He venido a hacer el trabajo de Dios, no quiero menospreciar el suyo, pero se me ha ordenado acudir a Lima, mis superiores han tomado conocimiento que allí el pecado florece.
– No lo tomo a mal – repuso el padre – pero Lima es una ciudad que va por el camino de la perdición, es el mismísimo apocalipsis anunciado por el santo profeta Juan. ¿Sabe usted que aquí llegan los mercaderes que han pasado por Lima y siempre traen noticias? Se sabe que muchos judíos expulsados de Europa han entrado a Lima escondidos en naves de carga, se disfrazan con apellidos castizos, con títulos falsificados o comprados a nobles caídos en miseria, prosperan, ponen negocios, ¡incluso algunos moros han encontrado en esa ciudad un lugar donde practicar sus herejías en nuestras narices! Imagínese que han cercado una parte de la ciudad y la han infestado los indios, negros y mestizos que adoran aún a sus ídolos paganos, cayendo en enfermedades malignas, consecuencia de sus reuniones demoniacas – Reflexionó – No es un buen lugar para ir Fraile, no sé sus razones, pero esa ciudad es Sodoma y Gomorra, incluso buenos caballeros españoles han abdicado a su fe ante los placeres de la carne y las tentaciones de Satanás.
– La carne es débil Padre – replicó Esteban – Incluso para un soldado de Dios como usted, no me diga que las mujeres que están afuera sólo le preparan la comida…

El Padre Alonso no dejó que el fraile dijera más, levantó la mano derecha con la palma abierta en señal para que este se detenga y movió la cabeza en clara negación mientras miraba fijamente el piso de tierra, habló sin levantar la vista:
– Sé que no es apropiado, pero es difícil estar solo, son solamente compañía para este pobre viejo, no hay mala fe y tampoco tengo la vocación que seguramente tiene usted. No soy como usted Fraile – reiteró con voz triste – yo me ordené pasados los cuarenta, casi por obligación, cumplo con las tareas encomendadas por mis superiores, les doy a estas mujeres donde vivir y qué comer, de otra forma se habrían hecho a la mala vida, yo sólo obtengo algo de compañía… ¿acaso no es una forma de amar al prójimo? Finalmente la negra ni siquiera tiene alma, es como un animal doméstico.

Fray Esteban se quedó en silencio, sentado en la banca de madera; hacía calor – es febrero – pensó, tomó un poco de vino que la mujer india había colocado en la mesa mientras conversaban, era un vino distinto pero agradable, miró al padre Alonso y lo vio compungido, con la vista puesta en el piso, entre distraído y triste. En verdad se le veía un hombre sin convicción, prematuramente envejecido, parecía tener más de sesenta años, el hábito raído y desteñido, en ese momento se percató que el padre no usaba sandalias, tenía los pies descalzos y sucios, los dedos casi no tenían uñas, habían sido devoradas por los hongos. Sintió asco y pena. Esteban se incorporó y tosió suavemente para llamar la atención del padre que se había quedado absorto.
– Me gustaría que me brinde un lugar donde pasar la noche, sólo hasta mañana – dijo.
El padre Alonso se levantó también y lo invitó a acompañarlo. En la terraza de la casa había una hamaca colgada de los horcones y en el piso tres o cuatro pieles de cordero enrolladas.
– Hace calor – mencionó distraídamente el padre – es verano, no le recomiendo dormir adentro, escoja entre la hamaca y las pieles, yo estaré adentro si necesita algo. Tenga buenas noches Fraile.
– Buenas noches. Dios lo bendiga – contestó Esteban, mientras decidía por quedarse en la hamaca, sólo quería descansar, sabía que esta noche no podría dormir.

* * *

Después de doce largos días de un viaje penoso, Esteban estaba al fin en Lima, no era como otras ciudades que había conocido, Lima era desordenada, una ciudad llena de gente de todos los colores: blancos de todas las clases sociales, la mayoría con poca o ninguna educación, marineros ingleses, irlandeses, portugueses y otros de nacionalidad indescifrable, negros provenientes de todas las partes de África, ya los había visto antes en los mercados de Liverpool, los altos y fuertes de piel azul que se importaban desde la Isla de Zanzíbar, los pequeños y más claros que venían de Guinea, cerca del fin del mundo. Sin embargo había en sus miradas algo distinto, los negros de Portugal, España, Francia e Inglaterra se veían siempre tristes, incluso los que trabajaban de capataces tenían esa mirada de ausencia, de añoranza; en cambio estos no; casi todos hablaban buen castellano y sonreían con sus perfectos dientes blancos. También había una gran cantidad de indios, distintos a los indios que había visto en Panamá y México, incluso distintos a los que había visto en la Villa de Camaná, no vestían con ropas de indios, estaban vestidos a la usanza española aunque se les notaba incómodos con esa ropa, incluso a los más jóvenes, que seguramente habían usado este tipo de vestimenta desde su niñez. También vio mulatos claros y oscuros, lo que le confirmó las teorías del padre Alonso: en Lima efectivamente los españoles no habían tenido ningún asco por engendrar hijos en sus esclavas, por lo menos en Europa era algo que se trataba de evitar, aquí se veía que no había ninguna clase de control. Lo mismo sucedía con las indias, la existencia de muchos niños mestizos por las calles así lo confirmaba. Era un verdadero desastre, los españoles habían perdido todo sentido de decencia en esta ciudad, no solo había mulatos y mestizos, también habían permitido que los negros se junten con las indias entre sí, aprendió luego que los llamados zambos eran el producto de esa infame unión. En su vientre bullía la rabia, si a simple vista y en el primer día podía ver todos estos escarnios a la voluntad divina, sabe Dios santísimo qué otras cosas habrían estado ocurriendo y podrían ocurrir en esta ciudad.

* * *

Cinco días después de haber llegado a Lima había conseguido entrevistarse con sus superiores, les informó brevemente de su misión y entregó la orden firmada y sellada por el Rey. Luego de los saludos de rigor, el obispo Baltazar de Castro, lo invitó a su despacho, a solas. Caminaron por un corto zaguán y pasaron a un amplio salón. De Castro lo invitó a sentarse en una solitaria silla en medio del lugar, Fray Esteban se sentó en el borde mientras esperaba que De Castro se acomodara en su imponente trono eclesiástico, hubo un momento de incómodo silencio, de pronto De Castro empezó a hablar con voz diáfana y totalmente segura:

– Fray Esteban, entiendo el porqué de su presencia en Lima, pero déjeme decirle que su tarea es complicada, la gente de aquí está acostumbrada a que las cosas estén como están. Tenemos los problemas propios de cualquier colonia, pero lo que debe importarnos sobre todas las cosas es la protección de los españoles que son terratenientes y los que tienen encomiendas. Y no hablo sólo de su fe, también de su propiedad y seguridad. Hemos discutido este asunto con el Virrey y estamos de acuerdo en ese aspecto, desde luego que también es nuestra tarea la de erradicar las herejías de los indios y los negros… pero ese es un trabajo que requiere tiempo, recibimos órdenes permanentemente del Rey acerca de la necesidad de evangelizar a esta gente y darles la nueva buena de Dios y su sagrada palabra; pero no es una tarea grata. Los indios acuden a la iglesia, aprenden las oraciones, rezan el Credo y el Santísimo Rosario porque si no lo hacen, los alguaciles los golpean, pero sabemos que siguen enterrando porquerías en la tierra cada vez que cambia de estación e invocan a sus falsos dioses cuando siembran los campos. Los negros se burlan de nosotros, tocan sus instrumentos endemoniados al menor descuido de sus patrones, hemos prohibido los tambores y a pesar de ello se proveen de cualquier cosa que pueda producir sonidos, troncos, cajas de madera, incluso hay informes de que algunos usan los huesos de animales muertos para practicar sus repugnantes danzas y rituales. Por si esto fuera poco ahora se suma a ello el problema de los judíos. Sé de buena fuente que cada semana llegan dos o tres en los barcos de carga, pagan a los capitanes para que los traigan escondidos, algunos se quedan en Panamá, otros se van a las colonias inglesas al norte, pero muchos llegan aquí, se declaran católicos e incluso van cada domingo a la misa, ¡pero siguen siendo judíos Fray Esteban! Sin embargo, a pesar de todo lo que acabo de explicarle, la ciudad se mantiene ordenada, se protegen los intereses de los españoles establecidos aquí y de sus hijos, ellos pagan sus impuestos y colaboran con las arcas de nuestra Santa Orden, este equilibrio es beneficioso para todos. Incluso los judíos que han llegado a prosperar y se han hecho católicos, aportan con el producto de sus ventas y trabajo, no quiero perder este orden Fraile, espero que me entienda.

– Le solicito me perdone por contradecirlo su Excelencia – señaló Esteban – pero entiendo que esta situación a la que usted llama orden es contraria a los preceptos de nuestra Santa Iglesia y lo dispuesto por el Su Santidad el Papa desde Roma. No es mi voluntad contrariar el orden terrenal, cosa que en verdad no debería preocuparnos, puesto que el alma de los hombres es nuestro propósito. Siendo así, entiendo que nuestra principal tarea es combatir las estrategias del demonio y las herejías de sus seguidores.
– ¡Pero sin desórdenes por favor! – exclamó ligeramente nervioso el Obispo.
– La búsqueda de la verdad tiene un precio mi señor – repuso Esteban calmadamente – no debería preocuparle la falta de fondos en las arcas, después de todo Dios proveerá.
– No se trata del dinero – replicó el obispo – es el crecimiento de la Iglesia, a esta gente hay que conquistarla mediante la comprensión, ganar su alma hacia la fe, que noten los beneficios de creer en nuestra Iglesia, no quiero que vean una amenaza a sus vidas en el catecismo y menos aún que se desprestigie la Orden. ¡No crea que no sé lo que está pasando en España fraile! han pasado más de setenta años desde que el Inquisidor General Torquemada nos dejó y nadie ha podido reemplazarlo con éxito, no se resuelve el problema de los excesos en los juzgamientos a herejes y judíos, nos están agobiando con acusaciones de enriquecimiento e intolerancia. Incluso los nobles que antes nos respaldaban en España nos rehúyen y han retirado su apoyo. No quiero que eso suceda aquí.
– Mi encargo viene por recomendación de los Reyes de España y del mismo Santo Oficio quienes me han propuesto para esta tarea su excelencia – señaló sin titubear Esteban – y lamento mucho saber que no comparte sus métodos; sin embargo haré lo posible para no perjudicar sus intereses, en la medida que estos no se opongan a los de la Santísima Inquisición y su Tribunal Eclesiástico. Ahora, con su permiso, es menester retirarme.

El obispo asintió amargamente con la cabeza y Esteban se levantó con una venia. Al salir no pudo evitar oír a De Castro murmurar una blasfemia entre dientes.

* * *

Esteban, instalado en su despacho, un pequeño espacio al costado de los claustros en construcción del convento dominico que estaba próximo a terminarse, ordenaba sus libros y sus apuntes. Abrió una vieja bolsa de cuero de camello y extrajo de su interior, envuelto en una fina tela de pana roja, el magnífico ejemplar del Malleus Maleficarum. Recorrió con sumo cuidado su lomo de cuero y las tapas finamente grabadas y lo colocó en el centro del escritorio. Recordó sus estudios en Roma, a los exigentes maestros que estuvieron a cargo de su preparación en Bolonia y en París, pero sobre todo recordó a su abuelo. Su abuelo, que era un herrero aragonés, había conocido personalmente a Fray Tomás de Torquemada, el gran y místico Inquisidor General del Reino de España cuando por encargo especial de este había fabricado piezas e instrumentos de tortura diseñados por él mismo. Había quedado impresionado con su personalidad, fuerza y disciplina. Luego al nacer él, su primer nieto, le había inculcado desde pequeño ese amor a la disciplina, al orden y el temor a Dios que tanto había admirado en el gran inquisidor. Respiró profundamente y se santiguó antes de empezar la lectura, mañana sería un día difícil, sería su primera intervención en el Tribunal.

Al día siguiente, se levantó sumamente temprano, lavó su cuerpo con cuidado con paño húmedo, sintió un leve ardor cuando limpió las marcas dejadas en su piel por los finos alambres del cilicio. Hoy no lo usaría, necesitaba estar lúcido y concentrado. De entre sus pocas pertenencias, la mayoría libros e instrumentos de purificación, sacó una pequeña cruz de acero. Había sido un regalo de Torquemada a su abuelo, al fallecer éste se la había entregado para que lo acompañe en los momentos difíciles. Se la colocó sobre el pecho, colgando de una delgada soguilla. Se vistió el hábito con cuidado y solemnidad, ajustó cada uno de los botones mientras repasaba mentalmente las reglas del Malleus Maleficarum, se arrodilló sobre el áspero piso de piedra y rezó.

No desayunó, tenía que estar libre de cualquier distracción externa o interna – el ayuno purifica – pensó. Levantó su bolsa de cuero y se dirigió a la puerta, volvió a santiguarse y encomendarse a Dios. Salió y caminó con paso rápido hasta la Sala del Santo Tribunal. Entró y vio que en su interior ya estaba el Obispo esperando al costado del Inquisidor y le hizo una venia. Estaba también el abogado defensor y el Escribano General. Rápidamente solicitó al alguacil la presencia del procesado y se sentó en la silla reservada para su cargo en la Sala, el de Procurador Fiscal del Santo Oficio. Vigiló que en la mesa central estuviese visible la Biblia y cerca de ella la enorme cruz de pedestal. Cruzó las manos y esperó.

Entró a la sala, atado de las manos, un hombre adulto, no era joven ni tampoco viejo. De larga barba oscura y cabello cuidado. A pesar del evidente castigo físico sus ojos no habían perdido brillo. Esteban se puso de pie y con la venia del inquisidor le preguntó:

– ¿Nombre?
– Felipe Ruiz de Castilla y Ponce de León, mi señor – contestó con humildad.
– ¿Edad?
– Cuarenta y cinco años.
– ¿Ocupación?
– Médico cirujano su señoría – y sus ojos brillaron más aún.
– Se le acusa de herejía y prácticas de brujería – dijo ásperamente Fray Esteban – He recibido el encargo del Santo Oficio de interrogarlo. Reconozca sus pecados, solicite clemencia y será escuchado.
– Soy sólo un médico su eminencia – respondió Felipe – no he cometido ningún pecado, he respetado el juramento hipocrático y he procurado salvar las vidas que Dios ha puesto en mis manos.
– ¡Miente! Sus propios colegas son los que lo han denunciado, ¡Declárese culpable y que Dios acoja su alma! – exclamó Esteban.
– No sé de qué se me acusa – dijo lastimeramente Felipe mientras mostraba las palmas de sus manos al Fiscal en gesto de sometimiento.

Esteban conocía bien los artilugios del demonio para simular inocencia. Estaba preparado y no dejaría que el maligno lo enredase, miró al Inquisidor y señaló con firmeza:
– El acusado trata de confundir a este Santo Tribunal y pretende desconocer las acusaciones que se le hacen cuando en su impuro corazón tiene completo conocimiento de sus pecados y herejías. Solicito se autorice que la defensa del acusado intervenga antes de continuar con el interrogatorio.

El defensor, que era un miembro del propio Tribunal, se dirigió solemnemente a Felipe y le advirtió:
– Acusado, se le invoca para que diga la verdad de las acusaciones que se le han formulado, así obtendrá usted clemencia y podrá reconciliarse con nuestra fe. Conteste las preguntas del Procurador Fiscal, reconozca su culpa y muestre arrepentimiento.

Felipe se quedó callado.
– Solicito al tribunal se autorice el uso del potro – dijo pesadamente fray Esteban y volteó a mirar al acusado a fin de ver su reacción.

Felipe Ruiz de Castilla y Ponce de León estaba visiblemente asustado, conocía el potro, él personalmente, como consecuencia de su profesión, había visto las lesiones que este cruel artefacto podía causar. Cayó de rodillas y suplicó clemencia. No fue escuchado. Mientras proclamaba una y otra vez su inocencia fue conducido al ala lateral de Tribunal, atado cuidadosamente de pies y manos sobre una especie de sólida mesa de madera, en cuyos extremos ruedas dentadas permitían tensar las sogas que sujetaban sus extremidades. Esteban tomó en una mano la Biblia de la mesa y en la otra el crucifijo, se acercó al potro y acercando la cruz al rostro de Felipe exclamó:
– Permite, ¡oh Dios Todopoderoso! que este hombre expulse los demonios que someten su razón a sus impuros deseos y deja que nosotros tus humildes siervos conozcamos la verdad de sus propios labios – hizo una seña al alguacil y este empezó a girar las ruedas con una sólida manivela de metal.

Felipe resistió al principio, sin embargo empezó a sentir la fuerte tensión en sus pectorales primero, luego en los dorsales, sabía de anatomía y pensó que los músculos grandes serian los primeros en sentir la presión, pero que a la larga serían los que resistirían más. Cuando el alguacil aplicase más presión empezarían a descoyuntarse las articulaciones de los hombros, codos, tobillos y rodillas hasta llegar a la dislocación total. Empezó a sentir presión en el pecho, la posición no le permitía expandir sus pulmones, quiso gritar pero no pudo, no tenía aire suficiente para hacerlo, se desvaneció.

Esteban ordenó al alguacil relajar las ligaduras. No era apropiado que el acusado falleciera en medio de una audiencia del Tribunal, su misión era la obtención de la verdad, no la muerte del acusado. En caso de ser sentenciado a muerte, su ejecución sería trabajo del brazo secular de la iglesia, la autoridad civil. Ordenó que el alguacil despierte a Felipe lanzándole agua fría en el rostro. Felipe despertó aturdido. Se le conminó a declarar, pero mantuvo su versión de inocencia. Esteban sabía que era una táctica del demonio. Dar pena, despertar lástima en el Tribunal era la estrategia más usada por el ángel caído. Tenía que ser duro y severo. Tomó de la mesa de trabajo una toca de tela blanca. Ordenó que se introduzca la pieza de tela en la boca de Felipe. Luego fueron dejando caer agua sobre la toca. Felipe sentía la tela en su cavidad bucal humedecerse, empezaba a gotear hacia su garganta y el trapo no le permitía mover la lengua para impedir el paso del agua, sentía que se ahogaba. Empezó a tener arcadas, en ese instante el alguacil inició la tarea de tensar nuevamente el potro. Hicieron lo mismo una y otra vez. Cada vez que estaba a punto de perder el conocimiento el Procurador Fiscal se le acercaba y lo instaba a decir la verdad, a declarar su culpa. Felipe lo negaba en cada oportunidad.

Luego de seis largas horas de continua tortura, Estaban desistió de seguir usando el potro. Solicitó al Tribunal cambiar de método. El Inquisidor autorizó el pedido y Felipe fue desatado, retiraron el trapo de su boca, sus rodillas, hombros y codos estaban prácticamente dislocados. Sus muñecas y tobillos se veían tumefactos. Fue trasladado unos metros atrás del potro y observó una soga que descendían de una polea sujetada al techo en cuyo extremo había dos correas de cuero. El alguacil y su ayudante sujetaron sus muñecas con las correas y amarraron bolsas con trozos de plomo en cada uno de sus tobillos, lentamente tiraron de la soga hasta separarlo aproximadamente unos dos metros del suelo. El Procurador Fiscal se acercó nuevamente e invocó su reflexión. Felipe negó con toda su alma y el alguacil soltó de golpe la soga una fracción de segundo y la volvió a sujetar. La corta caída en seco hizo que sintiera sus articulaciones crujir, el dolor era insoportable, se sintió desfallecer y cuando iba a abrir la boca para gritar, repitieron la tortura, sintió un vacío en el estómago y no pudo más, se oyó un grito desgarrador:
– ¡En el nombre de Dios, misericordia!
– ¡Reconozca su pecado! – exhortó estentóreamente el Procurador Fiscal.
– ¡Lo reconozco! – gritó entre lágrimas Felipe
– ¡Bájenlo! – ordenó el Inquisidor.

Una vez que lo descendieron, Esteban se encaminó al centro de la Sala y señaló enfáticamente:
– Debe describir su herejía y todo lo relacionado con ella para que este Tribunal resuelva con misericordia.

Felipe, exhausto, cayó de rodillas, miró a todos con desesperación, su mirada traslucía miedo y desorientación. Sus ojos habían perdido el brillo, su boca entreabierta dejaba escapar un hilo de saliva que discurría por su barba, extendía las manos temblorosas hacia el Inquisidor, hacia el Obispo, a su defensor, todos guardaban silencio. Ofuscado miró el piso, dejó caer sus manos aún atadas sobre sus muslos y dijo entre dientes, con la voz rendida y en medio de un llanto sordo:
– No sé de qué se me acusa.

Fray Esteban hizo un gesto dramático de pérdida de paciencia y con un movimiento de mano dispuso que el alguacil levante del piso al acusado. Felipe se incorporaba lentamente y de pronto su mirada volvió a brillar.
– ¡Ahora lo recuerdo! – exclamó.
– Que hable el acusado – ordenó el inquisidor desde su asiento.

Felipe hurgó en su memoria, estaba dispuesto a decir cualquier cosa para evitar que prosiga la tortura. Trató de recordar algún acto en su vida que pueda interpretarse como herejía, en la desesperación no podía ordenar sus ideas. El silencio en la sala lo abrumaba más. Abrió la boca pero las palabras no salían.
– ¡Hable! – reiteró Fray Esteban
Felipe empezó a balbucear, empezó a inventar.
– He pecado – dijo – yo he hecho pactos con el Diablo, he curado pacientes con pócimas hechas de entrañas de gallinas negras y huevos podridos. He recurrido a hierbas que crecen en los cementerios. He recurrido a brujas para ungüentos. He…
– Hable del sucubus – dijo por fin el Procurador Fiscal.

Felipe trató de recordar, había estudiado algo de eso en el curso de teología en la facultad de medicina en París, antes de venir al Perú, pero tenía la mente nublada, el sucubus era un demonio, de forma femenina, se metía al cuarto de los varones para fornicar y absorber su energía.
– He conocido a un sucubus – afirmó tímidamente.
– ¿Cuántas veces? – preguntó ávidamente el Inquisidor, dejando a Esteban prácticamente de lado del interrogatorio.
– No sé, en pocas ocasiones – contestó Felipe
– ¡Declare usted los detalles! – exigió con morbo el Inquisidor mientras hacía señas al Escribano General para que tome debida nota.

Felipe, en medio de la vergüenza y la humillación inventó ocasiones, formas, dio detalles de cómo fue seducido por el demonio de lujuriosas formas femeninas. El Inquisidor no ocultaba su asquerosa excitación cuando lo obligaron a describir con la mayor precisión posible el cuerpo voluptuoso del sucubus. A exigencia de sus cuestores inventó posiciones, sensaciones y conversaciones. A veces caía en contradicciones, el Procurador Fiscal lo percibía y exigía explicaciones, debía explicar, inventar nuevas mentiras y procurar no equivocarse. Estaba agotado. Empezaba a preferir el potro, la tortura física. Empezó a contestar con monosílabos, lo que causó el notable aburrimiento del Inquisidor. Esteban, incómodo con la exhaustiva pero necesaria descripción de los hechos, decidió solicitar el término de la audiencia:
– Ha quedado probada la imputación de los cargos por la propia confesión del acusado – dijo – si su excelencia lo considera conveniente – se dirigió al Inquisidor – la Procuraduría Fiscal del Santo Oficio solicita se dicte sentencia.
– Se dispone que el acusado sea retirado para proceder a la deliberación – dijo con evidente desinterés el Inquisidor y dio por concluida la audiencia.

El alguacil retiró al acusado. Más tarde el Inquisidor dictó la sentencia y se dispuso la confiscación de los bienes del médico cirujano Felipe Ruiz de Castilla y Ponce de León, a favor de la Corona en un cincuenta por ciento y el resto a favor del Santo Oficio. Felipe fue condenado a los calabozos de la Inquisición donde murió al poco tiempo de tristeza al saber que su esposa y su hija, víctimas de la desgracia y sometidas a la vergüenza y la deshonra pública se habían suicidado. Los otros dos médicos de Lima, sus colegas denunciantes, se repartieron sus numerosos pacientes.

Esa noche Esteban de rodillas frente a la dura tarima que le servía de lecho, agradeció al creador el haberle concedido la fortaleza y temple necesarios que le permitieron no haberse dejado vencer por las fuerzas del mal. La sentencia conseguida el día de hoy era el augurio de una larga y promisoria carrera como severo e incorruptible Procurador Fiscal del Tribunal del Santo Oficio en la cada vez más promiscua ciudad de Lima, desde donde se aseguraría de perseguir a herejes, moros y judíos, aquí en estas lejanas tierras de ultramar, siempre en el nombre de Dios Todopoderoso y por encargo de los devotos Reyes de España.