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viernes, 10 de junio de 2011

LO QUE NO TIENE NOMBRE (Cuento)

El celular sobre la mesa de noche timbró varias veces antes de que el agente Vásquez pudiese despertar por completo, encender la lámpara y leer en la pequeña pantalla del aparato: “Morgan”, presionó el botón de contestar.
– Aló, ¿Qué tenemos a esta hora de la madrugada querido primo? – dijo Vásquez bostezando.
– Tenemos un par de cuerpos en el parque Libertad, vente volando – contestó calmado el agente Morgan.
– ¡’ta mare!
– No hagas cólera primo, ponte un chullo y ven que aquí hace un frio que mata – replicó Morgan.
– ¿No se habrán muerto de frio?
– No seas pendejo. Ven antes de que vengan los buitres – dijo Morgan y colgó.

* * *

En el parque Libertad yacían entre los arbustos los cuerpos de dos mujeres, el agente Vásquez se colocó los guantes de goma y revisó cuidadosamente los cuerpos ayudándose con una pequeña linterna. A su lado Morgan fumaba un cigarrillo. Vásquez se incorporó y dijo:
– ¿No que habías dejado de fumar?
– Es para el frio – contestó Morgan.
– ¿Y la gastritis?
– Bien, te envía saludos.
– ¡Ja ja! Ok. Bueno, ya las viste ¿qué piensas?
– Ajuste de cuentas, no es pasional. Les dispararon aquí mismo. No se llevaron el poco dinero que tenían, dejaron sus identificaciones y celulares. Son colombianas.
– ¡Estás aprendiendo! Es cierto, los pasionales siempre implican heridas en los genitales, aquí los disparos fueron al pecho y cabeza, a matar. ¿Quién reportó los cuerpos?
– Una vecina, en esa ventana – Morgan señaló una ventana con persianas de un segundo piso.
– ¡Aja! ¿Esa en la que se puede ver la silueta de la vecina espiándonos?
– Sí, esa. Dijo que escuchó el ruido de los disparos y salió a ver. Pudo divisar un auto alejándose a velocidad.
– ¿Marca? ¿Modelo?
– La mujer tiene setenta y nueve. Dudo que pueda distinguir entre un escarabajo Volkswagen y un Ferrari.
– Quien sabe… ¿Tienes las identificaciones de las damas? – preguntó Vásquez.
– Sí, a ver… – sacó una bolsa transparente de su bolsillo y leyó a través de ella – María Ángeles de veintidós y Danira de veinticinco años. Una de ellas profesora de escuela, nacidas en diferentes ciudades.
– Dos mulatas, colombianas, jóvenes, cinco tiros a quemarropa. Interesante. Vamos a la oficina, previa parada en algún Starbucks.
– ¿Tú o yo?
– Yo. ¿Oye, te das cuenta que gastamos mucho en gasolina? Voy a vender mi carro y me voy a mudar a tu departamento.
– ¡Conchudo! – dijo Morgan riendo, Vásquez le palmeó la espalda riendo también y se fueron cada uno en su auto.

* * *

A las diez de la mañana Morgan contestó su celular. No dijo ni una palabra, colgó y le dijo a Vásquez: “Álvarez”

Cinco minutos después estaban ambos sentados en la oficina de Álvarez, este estaba hablando por teléfono. Morgan se dedicó a repasar por milésima vez la decoración de la oficina, ni un solo cuadro, las paredes llenas de títulos y diplomas de cursos de especialización, muchos en el extranjero, medallas, condecoraciones. Sobre el escritorio un prisma de ónix y sobre él en letras doradas las palabras “Comandante” y “Álvarez” resaltaban escandalosamente. Siempre pensó que esa especie de altar a su propio ego era una forma de decir: “Aquí el comandante soy yo, y miren mis títulos, me lo he ganado.” Se fijó en una pieza nueva en el escritorio, discretamente codeó a Vásquez y le hizo una seña con las cejas, Vásquez le guiñó un ojo. Era un tallado en madera, un fino trabajo que representaba un imponente Inca sosteniendo un varayoc. Recordó que hasta antes de las elecciones ese mismo lugar era ocupado por una escultura de una paloma sobre una estrella de cinco puntas y cinco años atrás había sido una chacana de piedra.
– Bien señores – dijo Álvarez al mismo tiempo que colgaba el teléfono- ¿Cómo va el asunto de las colombianas?
– Tenemos el reporte de migraciones – indicó Vásquez – entraron el mismo día por el Ecuador, hace diecisiete días.
– Y de acuerdo al listado, ese mismo día entraron cinco colombianas, hay otras tres – agregó Morgan.
– ¿Tienen algo más? – preguntó Álvarez.
– No mucho – contestó.
– Hablen con el Resortes – me informan.
Ambos agentes asintieron y se retiraron de la oficina. En el pasillo Morgan comentó acerca de la figura del Inca tallado en madera. “Política” dijo Vásquez.

* * *

Tres horas más tarde en una oscura cevichería en medio del barrio más peligroso de la ciudad, Morgan y Vásquez esperaban pacientemente frente a una sucia mesa de madera recubierta con un pedazo de mantel plástico que desprendía un desagradable olor a rancio. La mujer se acercó y colocó una botella de cerveza y tres vasos mugrosos. Vásquez colocó uno frente a Morgan, otro para él y el tercero y más viejo en el centro. Sirvió dos vasos y le gritó a la mujer que se alejaba: “Hey, canchita pe.” La mujer regresó con un poco de maíz tostado en un sucio tazón de arcilla y lo puso sobre la mesa.
– ¿Vendrá? – preguntó Morgan.
– Siempre viene, este es el “sitio” y no te olvides, cuando llegue no digas ni una sola palabra. Confía en mí.

Pasados unos minutos, entró un tipo de mediana estatura, blanco, con lentes de aumento, de cabello negro larguísimo, voluminoso y ensortijado como resortes precisamente. Llevaba una sucia mochila y adornaba su cuello y muñecas con innumerables artesanías de cuero y semillas.
- Pst, Elier – dijo Vásquez discretamente.
El tipo se volteó y se acercó a la mesa, se sentó rápidamente y se acercó a Vásquez susurrándole:
- ¡Puta, huevón! No me digas ese nombre, aquí soy Resortes.
- ¡Ya, ya! Oye resortes un help pues – dijo Vásquez mientras le hacía señas a la mesera para que traiga otro vaso.
- ¿Qué quieres? ¿Moño rojo o la blanca?
- Moño rojo, un “Paquito”.
- Ok – dijo resortes y buscó con mediana discreción en su canguro mientras la mujer dejaba el vaso en la mesa y Vásquez lo llenaba de cerveza.
- ¿Qué sabes de unas colombianas muertas en la plaza Libertad? – preguntó Vásquez con voz muy baja.
- ¡Uy, ese asunto está caliente cavernícola! – contestó Resortes – es una cosa de unos tipos nuevos en el barrio, traen burras de Colombia, les ofrecen trabajo de niñeras y terminan trabajando en los puticlubs del centro. Anda a El Diamante, sigue mi consejo y ahora me borro, voy a almorzar. Toma tu “paco”, son quince mangos.
Resortes dejó una cajita de fósforos al costado del vaso de Vásquez, este le entregó por debajo de la mesa un billete de veinte soles doblado. Resortes se levantó y bebió de un solo golpe la cerveza. Lanzó el poco de espuma que quedó en el en el vaso que Vásquez había dejado en el centro de la mesa y dijo:
– No tengo vuelto ´on.
– No te preocupes – contestó Vásquez – es para que te compres jabón, hueles a demonios.
Resortes soltó un par de carcajadas y se sentó en una mesa del lado opuesto del local al mismo tiempo que pedía un ceviche a la mesera.
– Vámonos – dijo Vásquez tomando su cerveza y recogiendo la cajita de fósforos, al mismo tiempo que dejaba una moneda de cinco soles sobre la mesa.
– ¿Por qué le has comprado marihuana a ese pastrulo? – preguntó Morgan cuando salieron.
– ¿Pastrulo? – replicó Vásquez – ese “man” es agente encubierto desde hace años por estos lares, y la dueña de la chingana es mujer de un sicario. Si vas a simular, tiene que estar bien hecho. Para ese taxi y pregúntale cuánto nos cobra hasta El Diamante en el centro.

* * *

Llegaron a El Diamante pero estaba cerrado. Decidieron volver en la noche. Regresaron a la oficina a recoger sus autos, Vásquez se despidió y se fue a su departamento. Morgan se subió al suyo pero no lo encendió. En el estacionamiento se quedó pensando. Todavía no había podido despejar de su mente la experiencia de haber participado en una sesión de sadomasoquismo. A pesar de que el club Ícaro era un lugar de moda y que ofrecía básicamente una visión demasiado soft del asunto, las imágenes de las anfitrionas vestidas de cuero o látex negro, portando látigos lo había perturbado profundamente. Necesitaba hablar con alguien, alguien de confianza y con la amplitud de criterio necesaria para comprenderlo. Encendió el auto y salió rápidamente del estacionamiento.

* * *

Vásquez en su departamento esperaba con ansias, sentado en el pequeño sofá con un libro de García Lorca entre manos pero sin leerlo, se levantaba, miraba por la ventana, regresaba al sofá, abría el libro, leía algunas líneas y luego miraba fijamente a la puerta. Decidió preparar un café, se levantó y precisamente cuando entraba a la cocina escuchó que golpeaban la puerta, dio media vuelta y corrió tan rápido que estuvo a punto de caerse, al abrir, allí estaba Morgan con una sonrisa forzada.
– ¿Qué haces aquí? – preguntó Vásquez.
– Vine para que me invites un café y conversar.
– Pasa, pasa… es que aproveché que no íbamos a hacer nada en la tarde para…
– ¿Alguna hembrita? – cuestionó artero Morgan.
– No…
Tocaron la puerta. Vásquez le hizo una seña a Morgan para que espere y corrió a la puerta, un sujeto preguntó si era la casa del señor Vásquez, este asintió emocionado como un niño y firmó una serie de formularios que el sujeto traía. Luego abrió totalmente la puerta y dos cargadores ingresaron un enorme bulto que depositaron en la mitad de la sala. Se despidieron amablemente y Vásquez cerró la puerta.
– ¿Qué es eso? – preguntó totalmente sorprendido Morgan.
– Ni te imaginas – contestó Vásquez – trae esa navaja y dame una mano.
Morgan tomó una navaja de la mesa con empuñadura de cuero y se acercó. Mientras iban retirando con cuidado las capas de plástico y cartón Morgan preguntó:
– ¿Qué opinas del fetichismo primo?
– Fetichismo. No sé. Me llaman la atención los portaligas, negros o blancos, jamás rojos. Los corsés, los vestidos victorianos con escote generoso, me parece interesante, pero no al extremo de no excitarme si están ausentes.
– ¿Cómo es eso?
– Algunos definen el fetichismo en el sentido de que es la única manera de lograr excitación. Si no se tiene el fetiche sencillamente esta no se produce. Yo creo que ese es el extremo de la línea. Me parece que todos tenemos algo, poco o mucho de fetichistas.
– ¿Y el sadomasoquismo?
– ¿Te ha golpeado el asunto del Ícaro no?
– Algo – contestó Morgan con un atisbo de vergüenza.
– Si te incomoda no lo nombres.
– ¿Cómo?
– Recuerda a los griegos – dijo Vásquez.
– ¿Los griegos eran sadomasoquistas?
– Tal vez, pero no era eso lo que quería decirte. Los griegos y otras culturas antiguas afirmaban que aquello que no tiene nombre no existe. ¿Te das cuenta? Ellos tenían solo siete colores, ello no significaba que no comprendiesen que en la naturaleza existían muchos más, pero los griegos solo nombraron siete y por tanto, para ellos los otros no existían formalmente.
– Entiendo, pero…
– Déjame terminar – interrumpió Vásquez – en contraposición, aquello que mencionas empieza a existir. Los metafísicos manejan ese concepto. Mira, tú eres un galán, normalmente no haces mucho esfuerzo para conquistar a una mujer, te he visto y usualmente son ellas las que te seducen. En cambio yo debo hacer un esfuerzo adicional, eso me da la ventaja del conocimiento empírico.
– ¿Eso qué tiene que ver?
– Tiene… y mucho. Imagínate lo siguiente: Yo trato de seducir a una mujer que acabo de conocer, ella me mira y no despierto su interés. No soy tú. Pero si ella me da la oportunidad de hablarle entonces mis posibilidades se multiplican. Mi don está aquí – dijo Vásquez señalando su sien – lo primero que hago es sugerir una hipótesis, le pido que me diga qué le gustaría hacer si yo fuese su novio o si saliera conmigo.
– ¿Y?
– Normalmente la primera vez se niegan, es normal, la negación es siempre la primera respuesta del ser humano ante una situación nueva. Yo le digo que es solo una inocente hipótesis y por supuesto improbable, de tal manera que insisto otra vez. Una vez que la dama dice algo como “Si usted fuese mi pareja me gustaría…” se produce un cambio en su cerebro, lo que era un imposible se empieza a convertir en una posibilidad; ella, al decirlo, al nombrarlo, lo convierte en un algo casi tangible y de allí a hacerlo realidad…, hay pocos pasos mi querido primo.
– Interesante…
– Entonces, si no quieres que algo te atrape mejor no lo menciones. Si lo empiezas a pensar despéjalo, todavía estás a tiempo, pero si lo empiezas a nombrar no vas a poder dejarlo.
– Igual quisiera saber tu opinión – dijo tímidamente Morgan.
– Mira, cada uno hace con su vida lo mejor que puede. Disfruta y no hagas daño. Las cartas sobre la mesa y todos contentos. En mi caso, si me llamara la atención “eso” que no queremos nombrar, yo probaría. ¡Ahora mira esta lindura!

Vásquez retiró el último cartón y apareció ante ellos un precioso sillón de espaldar alto, tapiz crema, altas patas de madera finamente torneadas al igual que los brazos y el borde del espaldar, todo ello barnizado con maestría.
– ¿Un sillón? – Preguntó Morgan.
– No es “un sillón”, este es un sillón Voltaire, he ahorrado cuatro años para poder comprarlo.
– Un sillón Voltaire… lo recuerdo, lo querías desde que leíste “La vida exagerada de Martín Romaña” hace diez años.
– Lo nombré y ahora aquí está – dijo Vásquez cruzando los brazos y mirando su adquisición con una sonrisa de satisfacción que iluminaba toda la habitación.

* * *

A las diez de la noche los agentes Morgan y Vásquez ingresaron a El Diamante. Apenas se sentaron en una de las mesas se acercaron dos muchachas mal vestidas con trapos que intentaban ser lencería.
– ¿Nos invitan un trago? – preguntó una de ellas.
– Claro – dijo Vásquez, pero antes, de dónde son ustedes.
– Somos de la selva – contestó la muchacha – somos de sangre caliente, ¿di?
– Me han dicho que hay una colocha – dijo Vásquez.
– Sí – dijo algo decepcionada la mujer – pero nosotras te podemos atender igual y hasta mejor.
– No – replicó Vásquez – envíame a todas las colochas que tengas, para mí y para mi amigo, si no voy a tener que irme a otro sitio.
– Ok, ustedes se lo pierden – dijo mientras se levantaba de la silla y le tendía la mano a su compañera para llevársela.
– Te desenvuelves bien en estos sitios primo – dijo Morgan con picardía.
– Mi viejo era militar, por lo tanto casi todos mis amigos eran hijos de militares cuando tenía dieciocho años. Durante un tiempo casi todos los fines de semana hacíamos tours por lugares como estos a iniciativa de los padres de mis amigos.
– Yo en cambio he venido a lugares como este muy poco.
– Todos funcionan igual, el dueño gana dinero por la venta de los tragos, más que por la cerveza, a las chicas se les llama ficheras, si les invitas un trago que no sea cerveza acumulan fichas. Mientras más botellas te obliguen a tomar, más fichas acumulan, luego al final de la noche canjean las fichas por efectivo, son sus comisiones.
– Entonces al dueño del local no les conviene que salgan con un cliente.
– Para nada – contestó Vásquez – pero es la zanahoria en el palo, siempre te dicen que si compras una botella más saldrán contigo. La mayoría de hombres saben cómo funciona el asunto, pero prefieren ignorarlo. Quieren creer que la chica saldrá con ellos, al final rara vez lo hacen y si sucede debes para una fuerte comisión en la barra.
– Interesante.
En eso llegó una muchacha morena, de cabello rizado y corto, se sentó sonriente y se presentó.
– Buenas noches, ¿usted es al que le gustan las colombianas?
– ¿Tú eres colombiana? No parece – dijo Vásquez.
– Pues sí lo soy.
– No tienes acento, ¿de qué ciudad eres?
– Bucaramanga a mucha honra.
– No te había visto antes por aquí.
– Es que estoy recién llegadita, recién vine a trabajar aquí hace dos semanas – contestó la morena.
– Aquí mi amigo se ha quedado enamorado de una compatriota tuya, Danira; quiere llevársela a vivir con él a la selva – confesó Vásquez con un aire de complicidad.
– ¿A la selva?
– Sí – dijo Morgan – somos madereros.
– ¡Ay qué pena! - dijo la colombiana – Danira ya no trabaja aquí. Justo hace dos días se fue de viaje.
– ¿Y sabes a donde?
– A la selva, ¡qué casualidad! – dijo emocionada – yo también voy a irme en tres días, ya tengo mi pasaje, esta es mi última noche aquí.
– Qué bien, festejaremos tu despedida entonces – dijo Morgan – espérame un segundo, tengo que llamar a mi mujer, sacó su celular y marcó, “no voy a llegar esta noche cariño” dijo, colgó y quince minutos después entraron diez agentes armados al mando del comandante Álvarez al local para hacer una redada.

* * *

Al día siguiente, a media cuadra del estacionamiento de la estación de policía, Álvarez se sentó en una de las bancas de la juguería y pidió un zumo de naranja y una papa rellena. Minutos después llegaron Morgan y Vásquez.
– ¿La interrogaron? – preguntó sin preludio alguno.
– Sí – contestó Morgan. Al principio no quería hablar, pero ya soltó todo.
– ¿Cómo es la historia?
– Son cinco muchachas, las captaron en diferentes ciudades de Colombia, el trabajo lo hace una mujer colombiana también, les ofrecen venir a trabajar al Perú como niñeras en casas de familias acomodadas, les aseguran que ganarán entre mil a mil quinientos soles mensuales. Para ello les cobran una comisión de mil dólares, algo de tres mil soles.
– ¿Además les cobran? – se sorprendió Álvarez.
– Sí – dijo Vásquez – les dicen que es para gastos de viaje y comisión, les aseguran que recuperarán ese dinero en dos meses. Las traen por tierra cruzando por Ecuador. Una vez en la ciudad les quitan sus pasaportes y las llevan a lugares como El Diamante donde prácticamente las obligan a prostituirse o trabajar como ficheras, las amenazan con denunciarlas y destruir sus pasaportes. En el caso de Zulma, la muchacha que interrogamos, la amenazaron con hacerle daño a su hija de dos años que se quedó en Bucaramanga, como saben sus domicilios, la amenaza es verosímil.
– Esa gente es una mierda – dijo Álvarez – pero me imagino que eso no es todo, no creo que se den todo ese trabajo sólo para traerlas a un night club de mala muerte, les sale más barato traer chicas de la selva o de la sierra como siempre han hecho; a ver canten ¿qué más tenemos?
– Tiene razón comandante – agregó Morgan – lo del puticlub es solo la primera parte, el ablandamiento sicológico, la pasan tal mal que están emocionalmente quebradas, luego “aparece” misteriosamente un tipo, simulando ser parroquiano del lugar, a Zulma la contactó hace una semana, precisamente un día que ella estaba llorando en un rincón, le ofreció ayudarla y hace un par de días le dijo que la ayudaría a salir de ese lugar, le ha ofrecido pagarle dos mil dólares por llevar una mochila por carretera hasta Brasil, con ese dinero ella podrá rescatar su pasaporte y luego de Brasil regresar a Colombia. Ya sabemos qué lleva la mochila.
– Esta modalidad es nueva comandante – agregó Vásquez – sospechamos que las dos chicas que encontramos muertas se negaron a última hora a llevar el paquete.
– Buen trabajo caballeros. Hablen con la muchacha, ¿cómo se llamaba?
– Zulma – contestó Morgan
– Ofrézcanle regresarla a Colombia si colabora con nosotros.
– Ya lo hicimos – dijo Vásquez – no quiere. Cree que la buscarán en Colombia y que la matarán o que matarán a su hija si se enteran que ella los delató.
– ¿Y el programa de protección de testigos? – preguntó Morgan.
– Sólo funciona si como resultado de la operación atrapamos a toda una organización – dijo Álvarez – por un homicida no nos van a dar nada, no tienen presupuesto.
– ¿Entonces? – requirió Vásquez.
– Denme una organización o un cartel y yo me encargo de darle documentación nueva a Zulma y a su hija, si me dan menos no puedo hacer nada – señaló Álvarez mientras se ponía de pie y pagaba su cuenta.
– Entendido – dijo Morgan y se quedaron sentados mirándose el uno al otro mientras Álvarez se alejaba lentamente.

* * *

Morgan caminaba de un lado a otro en su casa con el celular en la mano. La mesera que conoció en el Ícaro le acababa de dar por teléfono un nuevo número y una recomendación “Ella es de las mejores en este asunto” le había dicho. Morgan se detuvo, respiró profundo y marcó el número. Al otro lado una voz femenina, fría y autoritaria le enumeró rápidamente una serie de reglas, una tarifa y una dirección. Morgan tomó nota. Preguntó tímidamente si a las ocho estaba bien, al otro lado de la línea un “sí, sea puntual” fue lo último que escuchó.

* * *

A las ocho de la noche el detective Morgan estaba parado y temblando de frio en una amplia avenida de una bonita urbanización de clase media alta. Frente a él se levantaba un enorme edificio de departamentos, calculó el cuarto piso, trató de adivinar cuál sería la habitación. Tomó un poco de valor, cruzo la calzada y presionó el botón del intercomunicador.
– ¿Sí? – contestó una voz robotizada.
– Hice una cita, para las ocho – dijo Morgan.
– Suba – dijo la voz segundos antes de percibir el sonido de la cerradura automática destrabándose.
Morgan empujó la puerta y camino hasta el ascensor. Subió. Departamento 4 B. “Un picnic” pensó. Cuando llegó a la puerta del departamento notó que estaba entreabierta. Entró, sus ojos se fueron acostumbrando poco a poco a la oscuridad de la habitación en penumbra, escucho una voz limpia diciéndole claramente que tome asiento. Miró a su alrededor y descubrió un confortable sillón de cuero negro. Se sentó. Alrededor había toda clase de aparatos e instrumentos acomodados en las paredes, por un segundo le vino a la mente la imagen del museo de la Santa Inquisición, en ese instante apareció ante él una silueta felina, tacones altos, envuelta en látex negro desde la punta de los pies hasta la cabeza, con excepción del rostro, los senos, las nalgas y el pubis que estaban totalmente expuestos, tenía el cabello castaño acomodado en una enorme cola de caballo y el sexo totalmente depilado. Tenía una extraña belleza europea.
– Dime un nombre para llamarte – dijo la mujer – uno imaginario.
– Sergio – mintió el detective.
– Yo soy Gretzel.
– ¿Es nombre es real o imaginario? – bromeó Morgan y se arrepintió de inmediato cuando sintió la quemadura lacerante de un látigo sobre su muslo izquierdo.
– ¡Silencio! – ordenó la mujer – aquí mando yo. ¿Recuerdas las reglas?
– Sí – contestó sumiso Morgan.
– No olvides, en el momento en que quieras parar solo tienes que decir la palabra y me detendré. ¿Está claro?
– Sí.
– ¿Tienes algo para mí?
– Sí – dijo Morgan llevándose la mano al bolsillo y sacando unos billetes de su cartera.
– Colócalo en la bandeja a tu derecha – señaló la mujer, una vez que el detective lo hizo continuó – Ahora desnúdate.

El detective empezó a quitarse la ropa, un extraño calor y un cosquilleo lo invadió. No podía creer que estuviese haciendo esto. Se quitó la última prenda y la acomodó junto a las demás en el sillón de cuero. Se quedó de pie. Gretzel presionó un interruptor y se encendió una enorme lámpara de luz negra en el centro de la habitación, todos los objetos adquirieron de inmediato un brillo terrorífico, intimidante, Morgan sintió el impacto del látigo en su pierna desnuda y a la orden de “¡de rodillas!” cayó de bruces sobre el piso alfombrado. Lo siguiente que vio fueron las brillantes botas de charol de Gretzel frente a sus ojos envolviendo lo que imaginó serían los pies más finos y delicados del mundo y no dudó en obedecer la orden de lamerlas mientras todo su cuerpo era inundado por incontenibles torrentes de cálida sangre y palpitante placer.

* * *

Mientras se vestía, Morgan notó que Gretzel lo miraba fijamente. Pensó en lo que había sentido esa noche, los caminos que esta maravillosa mujer le había hecho transitar, sintió su piel erizarse, si solo pudiera tener un poco de los conocimientos de esta maestra del placer. Volteó y la vio allí, imponente, pálida, extremadamente blanca, los labios pintados de carmesí, el delineador negro profundo alrededor de los ojos. Intentó decir algo.
- Mi nombre es…
- No me lo digas – interrumpió Gretzel – no quiero ni debo saber tu nombre ni a qué te dedicas.
- Si no tiene nombre no existe – dijo sin querer Morgan.
- Tienes razón – dijo la mujer – sin embargo, espero que vuelvas – agregó.
El agente Morgan no contestó, caminó hacia la puerta y salió sin mirar atrás.

* * *

Al día siguiente Vásquez llegó a la central temprano, coordinó los detalles de la operación con los agentes de antinarcóticos, cuando llegó Morgan todo estaba encaminado.
– Vamos primo – dijo Vásquez – ya está listo el baile.
– ¿Dónde es?
– Terminal terrestre, allí se va a encontrar con el “amigo”
– Correcto – dijo Morgan mientras se acomodaba el chaleco antibalas.

* * *

Mientras esperaban en el auto de lunas polarizadas, Morgan le preguntó a Vásquez:
– ¿Te acuerdas de lo que no podíamos nombrar?
– Claro.
– Probé.
– ¿Y?
– Diferente.
– ¿Diferente bien o diferente mal?
– Diferente, diferente.
– Entonces diferente bien, si fuese diferente mal, no dudarías en decirlo.
– Raro sería la palabra – dijo Morgan mientras miraba por los binoculares y se los pasaba a su compañero.
– Todo depende entonces.
– ¿De qué?
– De si regresas. Vamos, los tenemos – dijo Vásquez mientras bajaba del auto y quitaba el seguro de su arma.

* * *

Dos semanas después Vásquez estaba leyendo El Aleph sentado en su sillón Voltaire cuando alguien tocó a la puerta, se levantó a abrir, era el agente Morgan.
– Lo siento primo – dijo – los van a procesar por tráfico ilícito de drogas, el fiscal no ha podido establecer la vinculación con los homicidios.
– ¿Zulma?
– No alcanza para darle otra identidad, la unidad de protección de testigos dijo que la cantidad de detenidos y procesados no era suficiente, además la van a deportar.
– ¡Diablos! – dijo bastante mortificado Vásquez – aunque lo de los pillos no me preocupa; entre tráfico agravado y homicidio yo hubiese preferido que me procesen por homicidio, la pena por tráfico de drogas con agravantes es de quince a veinticinco, por asesinato es de quince a veinte, además en tráfico ilícito de drogas no hay beneficios penitenciarios. Van a pasar más tiempo en prisión por las drogas que lo que hubiesen pasado por homicidio calificado. Considéralo un éxito.
– Tienes razón primo, pero igual me da pena esa chica.
– Esperemos que las amenazas hayan sido solo eso, amenazas.
– Esperemos.
– ¿Un café turco?
– No gracias primo, con todo esto me está regresando el malestar de la gastritis.
– ¿Mate?
– No, no te molestes. He dejado el carro mal estacionado. Vengo mañana que es sábado, me van a enviar unos discos de chill out, ¿te parece si los traigo para escucharlos?
– ¿Ya ves? ¡Nos dejas solos a mí y al sillón Voltaire!
– Lo que tienes que hacer es conseguirte una Octavia de Cádiz – sugirió Morgan alegre.
– ¡No, no, no! Me quedo con el sillón Voltaire – festejó Vásquez.
– Mañana entonces.
– Genial. Mi casa es tu casa. Tus discos son mis discos.
Rieron.

* * *

Dos horas después el agente Morgan presionaba el botón del intercomunicador del departamento 4 B mientras susurraba para sí mismo “Gretzel”.

domingo, 5 de junio de 2011

PERVERSIONES (Cuento)

El inspector Morgan bajó del auto y caminó al borde de la carretera, los uniformados ya habían rodeado el lugar con la cinta amarilla de polietileno. Se agachó con esfuerzo y dolor para pasar la cinta, una vez erguido metió la mano en el bolsillo lateral del sobretodo y sacó del pequeño frasco de plástico un antiácido masticable que se llevó lentamente a la boca mientras aparecía ante él el cuerpo inerte, desnudo y lleno de tierra de una bella mujer.

En el lugar ya estaba Vásquez que había llegado temprano como siempre y ya había dado las primeras órdenes para los técnicos de criminalística y se había comunicado también con el fiscal.
– ¿Qué tenemos hoy primo? – preguntó Morgan mientras terminaba de tragar la pastilla.
– Mujer joven, caucásica, rica, todavía no sé con certeza si hubo agresión sexual pero es probable, la ropa aún no aparece, hay huellas de pisadas y marcas de llanta de auto.
– ¿Identificada?
– No.
– ¿Y cómo sabes qué es rica cabrón? – rió Morgan.
– Uñas de manos y pies cuidadas, esmalte color claro elegante, piel en buen estado, sin marcas ni cicatrices, no tiene tatuajes, pero lo más importante es que como puedes ver – y apuntó el pubis de la mujer – es morena, pero su cabello está perfectamente pintado de rubio platinado. Esos tintes no se hacen en salones baratos.
– Siempre me sorprendes primo ¿Y la supuesta violación?
– No hay lesiones a simple vista, pero tú sabes mejor que yo que cuerpo desnudo femenino casi siempre implica violación – contestó Vásquez.
– ¿Deceso?
– Muerte natural
– ¡Jajajaja! ¡Ese es chiste viejo! – rió estrepitosamente Morgan, conocedor del negro humor de su colega, se acercó al cadáver, se colocó de cuclillas y observó las notorias marcas de una correa en el cuello.
– ¿Ya ves? – dijo Vásquez – si te aprietan de esa manera el pescuezo con una correa… es natural que te mueras.
Morgan se incorporó ahora sin reir, le dio una palmada a Vásquez en el hombro y rodeó el cadáver como un torero alrededor del ruedo, miró el entorno, levantó la vista, su mirada se perdió en el horizonte, respiró largamente, volvió a ver el cadáver, el sol ya había completado su salida a través de las montañas y todo apuntaba a que sería un día claro y radiante, excepto para esa mujer tendida en el piso.
– Vámonos primo antes de que vengan los buitres de la prensa- le dijo a Vásquez y caminó hacia su auto.

* * *

Morgan y Vásquez no eran primos carnales, pero se trataban así desde muchos años atrás, todo había empezado como una broma cuando ya eran buenos amigos. Muchas personas que no los conocían bien pensaban que efectivamente eran primos a pesar de ser física y emocionalmente muy distintos. Morgan era casi diez años más joven, simpático y de trato agradable; siempre caía bien a todos, especialmente a las mujeres. Era sumamente talentoso y carismático, ascendía rápidamente, en los últimos años había estado en los más importantes casos del país, siempre satisfactoriamente resueltos todos ellos. Vásquez era un lector voraz, prefería quedarse en su pequeño departamento atestado de libros los días que no había servicio antes que salir con los colegas a tomar un trago. Había dejado de fumar y todos los días iba al gimnasio. No había ascendido mucho por su indomable espíritu libre, su impenitente costumbre de decir la verdad a cualquier precio, su honestidad inquebrantable y su especial sentido del humor, siempre sarcástico, que le había causado más de un problema en la institución. El único amigo que tenía Vásquez era Morgan, era al único al que no le decía no cuando de tomar un café se trataba y conversar. Morgan por su carácter extrovertido era amigo de todo el mundo, pero también le tenía un especial afecto a su primo postizo.

En la estación de policía Morgan ya estaba esperando en el estacionamiento, Vásquez bajó del auto y caminó lento, hasta llegar a su lado.
– ¿Qué piensas? – preguntó
– Es el mismo – afirmó con certeza Morgan.
– ¿El mismo de la semana pasada? ¿El loco de la bolsa? Lo pensé pero hay cosas que no cuadran. Este la estranguló con una correa, el otro le amarró una bolsa en la cabeza. Los seriales siempre repiten el modus operandi, los únicos que cambian son los copiadores. ¿Piensas que este es un copiador?
– No lo sé primo. No lo sé. Es una corazonada. Algo anda mal. En este país las mujeres blancas y ricas no aparecen muertas en las madrugadas al borde de las carreteras. Tienes razón, algo no cuadra. ¿Viste la marca de la correa?
– Clarísima.
– ¿Y te diste cuenta que tenía un diseño extraño?
– Sí, pero no le di demasiada importancia. Déjame averiguar un poco más, hablo con el médico legista y vienes en la tarde a mi departamento a tomar un café. ¿Te parece?
– ¡Me parece!
Se despidieron como siempre dándose la mano y un medio abrazo, Morgan subió a su auto. Lo bueno de tener un caso complicado era que no había que reportarse en la oficina. Sintió otra vez el tirón y el ardor en el estómago. El médico le había prohibido comer prácticamente todo, tomar cerveza, fumar, ingerir grasas “¡Ah Dios!” exclamó. “No te preocupes, mejor ocúpate.” pensó y pisó el acelerador.

En la tarde Morgan tocó con suavidad la puerta de madera del departamento. Vásquez abrió y lo saludó afectuosamente como siempre, pasaron. Vásquez tenía una servilleta de tela sobre el hombro y las manos húmedas.
– ¡Lomo saltado! – exclamó efusivo Vásquez – dame cinco minutos que está en la sartén.
Morgan se sentó en uno de los pequeños sillones, la sala ordenada, el piso encerado. Siempre había sentido una especial admiración por este peculiar primo. Donde volvía la vista hallaba libros. La mayoría de ellos en un enorme estante muy bien ordenados por tamaños y colecciones, pero también había libros en las mesas, en las sillas, al lado de la computadora. Novelas, poemarios, diccionarios, enciclopedias, tratados de pintura medieval, filosofía y brujería. Se puso de pie. Recordó las veces que Vásquez se había parado en esa misma ubicación para recorrer con la mirada los lomos de los libros con veneración y luego escoger uno, buscar en sus páginas y encontrar la solución a los problemas del trabajo y muchas veces para los problemas del corazón. “Cuántos libros, cómo me gustaría tenerlos y sobre todo haberlos leído todos” pensó. Sintió el aroma cálido y picoso del lomo saltado en su punto. Caminó a la cocina.

Luego de comer y con un buen café turco sobre la mesa, Morgan preguntó:
– ¿No te aburres solo primo?
– No – contestó lacónicamente Vásquez.
– ¿No piensas volver a casarte?
– No.
– ¿Una enamorada, una amante, una empleada que te lave la ropa y te haga masajes con final feliz? ¿Nada?
– ¡Final feliz! – exclamó Vásquez – ya me he casado y divorciado dos veces primito, ya tengo mi final feliz. A estas alturas de la vida empieza a ser más divertido leer un buen libro que estar conquistando una mujer. Eso cuesta plata, esfuerzo y tiempo.
– ¿Te vas a volver célibe?
– Bueno, tampoco. Siempre están las chicas de los clasificados.
– Pero no es lo mismo, pagar por sexo…
– Lo sé, pero como dijo ese cantante: “A las prostitutas no se les paga por sexo, se les paga para que se vayan después del sexo.”
– Si lo recuerdo – dijo Morgan mirando al techo cual estudiante que trata de recordar la respuesta a una pregunta.
– Bueno, cambiando de tema – dijo Vásquez – ven que te tengo algo.
Vásquez caminó con su taza de café hacia la sala comedor del departamento que ahora era una sala biblioteca, se sentó frente al computador y le mostró la fotografía digital del cuello de la víctima. Amplió la imagen y pudo observar claramente las marcas de la correa en el cuello, tenía un diseño peculiar, era evidente que no se trataba de un cinturón común y corriente.
– ¿Y sabes de qué cinturón se trata? – preguntó Morgan.
– No, aún no, estoy trabajando en ello, pero algo que te puedo decir es que la mujer no murió de asfixia.
– ¿Entonces?
– La asfixia produce una reacción química en el cuerpo que se llama acidosis, el análisis post mortem de los tejidos arroja que la sangre en ellos está desoxigenada, el rostro normalmente presenta una palidez extrema, por la ausencia de sangre precisamente. Nosotros nos confundimos porque esta mujer es sumamente blanca, por ello interpreté que podía ser asfixia. Los resultados del legista arrojan paro cardiaco por sobredosis de estupefacientes sintéticos, particularmente en este caso, mi querido primo: éxtasis.
– ¡Coño! Entonces nos quedamos sin caso.
– No necesariamente, como sabes cuando el tejido humano sufre de alguna presión, se genera una marca, luego al retirar la presión, la elasticidad de la piel y su oxigenación por medio del sistema sanguíneo restituye el tejido a su lugar y la marca desaparece a la larga dependiendo de la presión que se haya ejercido. Si en nuestro caso la marca todavía estaba allí…
– Es porque el tejido ya no pudo regresar a su lugar, es decir que sufrió el paro mientras era ahorcada y nuestro cazador tal vez cree que él la mató.
– Por eso la arrojó a la carretera
– ¿Violación?
– Tuvo relaciones, pero podrían ser consensuadas, no hay marcas de violencia, el médico legista encontró inflamación en la vulva pero no semen. Tal vez usó preservativo. No hay señales de lucha.
– Entonces no tenemos violación, tampoco homicidio, podría ser por lo menos tentativa…
– Y si como tú crees, es el mismo tipo de la semana pasada, debe estar convencido de que esta es su tercera víctima.
– ¿Tercera?
– Sí. Por eso comimos primero ¿ves?, no debes recibir tantas impresiones con el estómago vacío, le hace mal a tu gastritis – bromeó Vásquez – hace dos semanas encontraron a otra mujer blanca de buena presencia a trescientos kilómetros de aquí, fuera de nuestra jurisdicción, pero con las mismas características, misma edad, etnia, clase social y muerte por asfixia.
– ¿Confirmaste la identidad de la chica de hoy?
– Si, veintidós años, sobrina de un ministro de estado. Aquí tienes el expediente que formé, tienes su ficha Reniec, familiares cercanos y mejores amigos.
– ¿Mejores amigos?
– Facebook – dijo Vásquez guiñando un ojo.
Morgan caminó hacia el pequeño sofá de la salita, se sentó, sacó un antiácido del frasquito del bolsillo y lo masticó con calma mientras leía el expediente.
– Entonces siempre es un serial, ¿ya hablaste con el sicólogo de la fiscalía para el perfil?
– Primito, ambos sabemos que ese sicólogo está allí de adorno. Yo ya tengo un perfil.
– ¿Ah sí? Lánzalo.
– Hombre blanco, treinta a cuarenta, clase alta, buena posición, probablemente buen empleo, debe ser casado o divorciado, definitivamente no es soltero.
– ¿Y qué libro consultaste esta vez? – dijo Morgan – poniéndose de pie.
– Ninguno – contestó Vásquez mientras se levantaba también, adivinando que saldrían en ese preciso momento a investigar.
– ¿Wikipedia?
– No, “La ley y el orden”, no en vano he visto las últimas diez temporadas completas.
Salieron riendo.

* * *

En el auto el agente Vásquez cavilaba como siempre sobre las posibles hipótesis mientras Morgan conducía tratando de ocultar el malestar por el ardor en su estómago. “No debí aceptar ese lomo saltado” pensó, pero recordó lo bien preparado que había estado y no se arrepintió. Decidió aclarar las ideas para no pensar en el dolor.
– ¿Cómo sabemos que es blanco primo? – preguntó.
– Todas las víctimas son de clase acomodada, vivimos en el Perú, ¿has visto alguna a una chica blanca y acomodada como nuestras víctimas entrar a una discoteca cara o un hotel de primera con un mestizo?
– Pues no.
– Además hay un ex agente del FBI que tiene un blog, también afirma que lo normal es que los seriales cacen víctimas de su misma etnia.
– Entiendo ¿Y los otros datos?
– ¿Has oído hablar de la asfixiofilia?
– No, ¿qué es?
– Mira – explicó el agente Vásquez – es una práctica sexual, ligada usualmente al sadomasoquismo, el dominante coloca una bolsa en la cabeza de la víctima, una correa o cualquier elemento que permita la asfixia parcial del dominado. Ello mientras tienen relaciones sexuales, la idea es que al generar la sensación de asfixia se consigue una de dos cosas: desencadenar el orgasmo o si la asfixia y el orgasmo coinciden, este último se hace más intenso y prolongado.
– Creo que alguna vez vi algo así en una película. Increíble.
– Bueno hay quienes experimentan cosas. Lo cierto es que si es esto lo que tenemos entre manos, tiene que ser una especie de club muy selecto ya que por lo que pude averiguar en nuestro querido país todavía no se ofrecen estos servicios de manera pública y dudo mucho que de manera privada tampoco, luego el tipo tiene que ser del mismo círculo social. Ahora dime ¿a dónde estamos yendo?
– A la casa de la mejor amiga de nuestra más reciente víctima.

* * *

En entrada de la enorme casa en la mejor zona de la ciudad los agentes Morgan y Vásquez se anunciaron, los atendió Alejandra Pércovich, pasaron al espacioso recibidor y Alejandra los invitó a sentarse y ello hizo lo mismo.
– No es usual que entrevistemos a las personas de esta manera señorita Percovich – dijo Vásquez – pero en este caso no quisiéramos que su familia se vea afectada con una citación para rendir su manifestación en la policía. Como comprenderá toda la prensa se enteraría en el acto.
– Les agradezco mucho – contestó la muchacha, mirando fijamente a Morgan que ya se había adueñado del espacio. Este miraba alternadamente a Alejandra y las paredes de la habitación decoradas con caros cuadros adornados por caros marcos.
– Muy amable – dijo Vásquez – ¿puede decirnos si su amiga la señorita…? – fingió no recordar el nombre y buscó en su libreta – María Cecilia Del Solar, ¿practicaba la prostitución?
– ¡¿Qué le pasa?! – contestó la muchacha con un tono fresa que hizo sonreír a Morgan – ¿Quién se ha creído usted para venir a faltar el respeto a la memoria de una chica decente, una chica de su casa?
– Disculpe usted al agente Vásquez – interrumpió Morgan – seguramente no ha querido decir eso.
– ¡Ah, ustedes no saben quién soy yo! – exclamó todavía indignada la muchacha - ¡No saben con quién se están metiendo! ¡No saben quién es mi padre!
– Vásquez déjanos solos un momento – ordenó Morgan.
Vásquez salió de la habitación visiblemente molesto y se paró al lado de un farol en el enorme jardín delantero.
– Señorita Percovich – dijo Morgan variando su voz a un tono entre sensual y paternal y acercándose un poco en actitud confidente – lamento mucho los modales de mi compañero. Le ofrezco mis más sinceras disculpas.
– Está bien – dijo Alejandra más calmada – se nota que usted es gente. Perdone el exabrupto, si no fuese por usted le juro que mañana mismo denunciaba a su compañero.
– Está usted en su derecho – contestó Morgan, pero no quiero molestarla ni quitarle mucho tiempo. Debe ser terrible lo que está usted pasando. ¿Hoy es el velorio verdad?
– Sí – dijo soltando un breve sollozo ahogado.
– Entiendo. ¿Notó algo raro en su amiga la última semana?
– No, nada.
– Recuerde por favor.
– Nada, solo que conoció a un tipo. Estaba emocionada.
– ¿Sabe cómo se llama?
– No, solo me dijo que era un importante productor de un canal de televisión. También me dijo que pronto inauguraría un club, el Ícaro, que él la había invitado a conocerlo.
– ¿Ícaro, algo más? ¿dónde quedará?
– No lo sé, lo siento.
– Gracias, disculpe las molestias – Morgan se despidió con un gesto amable y la muchacha se quedó en la puerta del estar mirándolo.
Morgan y Vásquez salieron de la casa sin mirarse, molestos y en silencio. Cuando llegaron al auto, Morgan encendió el motor, cambió la cara, sonrió y dijo:
– ¿Prostitución cabrón, no se te pudo ocurrir otra cosa peor?
– ¿Pero funcionó o no?
– Funcionó…
– Nunca falla “galán”.

* * *

Cerca de las nueve de la noche en la oficina del agente Morgan en la división de investigaciones de la policía, ambos agentes buscaban en internet información acerca del club Ícaro.
– ¿Tienes algo? – dijo Morgan desde su escritorio.
– Nada aun, contestó Vásquez, pero ya estoy conectado a dos foros locales de sadomasoquismo. Aun nada.
– Yo igual, estoy en tres salones de chat y un foro. Espera acaba de entrar a uno de los salones un tipo preguntando por el club Ícaro.
– ¡Soy yo primo!
– ¡Jajaja! Somos los únicos dos en ese salón de chat… ¿”Perseo”?
– Si “Adonis” – ambos rieron, de pronto Morgan se calló abruptamente. Vásquez que conocía bien sus reacciones calló también y se acercó.
– Mira – dijo Morgan – Icaro tiene una página web. No lo van a inaugurar, ya existe.
– ¿Tiene dirección?
– No.
– Mira hay un correo y una página de contactos.
– Vamos por lo seguro, hay que registrarse – dijo Morgan, y Vásquez le dictó los datos de uno de los veinte perfiles que por norma habían creado para infiltrarse en la red sin develar sus verdaderos nombres.
– ¿Crees que dé resultados hoy? – preguntó Vásquez.
– Eso espero, es sábado y todavía es temprano.
Luego de un paciente trabajo de registro y navegación, Morgan anotó feliz una dirección en un papel.
– ¡Lo tengo!, cincuenta dólares la entrada, previa reservación, puedes escoger club swinger o sadomasoquismo.
– Yo no sabía que había un sitio de esos en la ciudad – reflexionó Vásquez.
– Funciona en casas alquiladas y se trasladan cada cierto tiempo. Por lo menos eso dice en la página. Los socios registrados son informados permanentemente de los cambios.
– ¿Entonces swinger o sado darling?
– Sado.
– Menos mal, si no me iba a poner celoso.
Abandonaron la oficina entre risas.

* * *

Frente a la elegante casa Vásquez con corbata y saco oscuro fungía de chofer frente al volante del auto, Morgan estaba sentado atrás.
– ¿Por qué tengo que ir yo? – preguntó Morgan.
– Porque tú eres el galán caucásico. Tiburón entre tiburones.
– Puedes decir que eres el rey del olluco – replicó el agente Morgan
– Sí, pero me darían un disco de Abencia Meza, una cerveza caliente y una patada en trasero – rieron.
Vásquez se bajó, le abrió la puerta al agente Morgan y este descendió del auto y se dirigió seguro a la casa que por fuera no mostraba ninguna señal de fiesta o reunión. Tocó el timbre, le solicitaron el código de registro, Morgan lo mostró, pagó los cincuenta dólares e ingresó.

Vásquez esperó en el auto. Escuchó música mientras esperaba, “un productor importante de televisión” pensó, ¿Quién? No eran muchos en la ciudad. Podría investigar a todos en una semana y saber quién de ellos frecuentaba el Ícaro. Siempre que el sujeto le haya dicho la verdad a la víctima y que la víctima le haya dicho la verdad a su amiga. No tenían una semana. Si efectivamente era un homicida serial, el próximo viernes volvería a matar. Pensó que algo estaba mal, recordó que los seriales siempre dejan marcas, huellas, mensajes, desean ser reconocidos, no resisten el anonimato. Este en cambio no había dejado mayores rastros que las huellas de un zapato que podría ser uno en un millón, las marcas de las ruedas de auto halladas no eran concluyentes y además eran patrones comunes de la marca Michelin, nada que permita identificar al agresor. ¿Por qué este agresor en particular no dejaba pistas? No habían huellas, nada en las uñas de las víctimas, no había semen, al parecer usaba preservativo.

A las dos de la mañana Morgan salió de la casa y se metió al auto.
– ¿Algo?
– Nada primo, ningún productor.
– ¿Solo eso?
– El resto no es como imaginábamos, son ricos jugando a ser distintos. No entré al club swinger porque solo puedes escoger uno, el de sado es básicamente un festival de disfraces, accesorios de cuero, látigos, máscaras. Todo bastante soft. Conocí un par de muchachas, como tú dices blancas y pudientes. Ninguna sabe nada de ningún productor de televisión. Estamos perdidos primo.
– ¡Diablos! – dijo Vásquez y encendió el auto para luego salir del lugar lentamente.

* * *

Domingo, diez de la mañana, Vásquez entra a la división de investigaciones, camina rápidamente hacia la oficina del comandante Álvarez, entra y ya está allí Morgan sentado en una silla. Saluda. Álvarez le contesta con un gesto y le señala una silla. Se sienta.
– Me dice Morgan que no tienen nada Vásquez ¿cuándo vamos a tener información? – preguntó Álvarez.
– Estamos trabajando comandante – replicó Vásquez.
– ¡Trabajando! Han venido a la oficina una sola vez desde que se produjo el último homicidio. ¿Cómo que están trabajando?
– Este es trabajo de campo, estos casos se resuelven en la calle, no en las cuatro paredes de una oficina.
– ¡Carajo, Vásquez! ¡No me contradiga! Yo sé que ustedes hacen un buen trabajo pero me meten en problemas, los otros agentes creen que yo tengo favoritismos. Vengan por lo menos a sentarse un rato en sus escritorios.
– Vásquez tiene razón – dijo Morgan – esto hay que resolverlo pronto y no podemos quedarnos en los escritorios sin hacer nada.
– Entiendo – dijo Álvarez rascándose la nuca – el otro problema es que tengo un ministro llamándome cada minuto a mi casa preguntándome qué estamos haciendo con el caso. Ayer en el entierro ha hecho declaraciones a la prensa nada favorables a la institución. Hoy me ha llamado el Ministro del Interior, también el secretario de la Presidencia de la República… ¿se dan cuenta o no? Mi cuello está en juego y por tanto el de ustedes también.
– No, no entendemos comandante – dijo molesto Vásquez – hacemos lo que podemos sin laboratorios, no tenemos presupuesto para materiales, los técnicos de criminalística no saben distinguir entre una bala y una moneda. Carecemos de una biblioteca…
– ¡Vásquez! – interrumpió Álvarez – ¡lo sé hombre! Lo sé. Pero así hemos aceptado este trabajo. Ahora denme algo para los buitres.
– Parece ser un asesino en serie – dijo Morgan mientras Vásquez apretaba el puño y gruñía su frustración.
– ¡No sean pendejos! – exclamó Álvarez – ¿quieren que salga a decirles a los periodistas que tenemos un asesino en serie?
– Entonces no les diga nada – afirmó rotundo Vásquez.
– Salgan de aquí. Quiero resultados hoy. ¿Entienden? Hoy.
Ambos salieron en silencio.

* * *

– ¿Y ahora cabrón? – preguntó sonriente Vásquez, mientras se sentaba una silla de madera frente al escritorio de Morgan.
– Nada. A trabajar. ¿Qué hacemos?
– No tenemos nada.
– Bueno yo si tengo – dijo Morgan mientras sacaba un pequeño papel de su bolsillo.
– ¿Qué es eso? Preguntó Vásquez con notoria curiosidad.
– El teléfono de una mesera del Ícaro, me lo dio al momento de pagar la cuenta.
– ¡Buena galán! A llamar…

* * *

Vásquez estaba concentrado en la lectura de una versión ilustrada de “Justine” de Donatien Alphonse François de Sade, el Marqués de Sade, cuando llegó Morgan a su departamento. Entró algo apesadumbrado, se sentó en el sofá y soltó:
– Malas noticias primo.
– ¿Por qué? ¿Qué te dijo la mesera?
– Efectivamente va al club un importante productor. Un pez gordo: Juan Pedro Vinces. Asiste a menudo al Ícaro. También vio a la muchacha con él la semana pasada.
– ¿A las otras?
– Le mostré las fotos, no las reconoció aunque noté que la cara le cambió cuando vio a la primera.
– ¿Raro no?
– Sí.
– Entonces lo tenemos.
– No lo sé. Me adelanté y llamé al comandante para avisarle, viene hacia aquí.

Quince minutos después llegó Álvarez. Se sentó pesadamente en el sofá que Morgan dejó libre para él. Luego intentó encender un cigarrillo. Vásquez no lo dejó, no le gustaba el olor de cigarro en su propia casa. Álvarez algo incómodo apagó el encendedor y dijo:
– Me dice Morgan que sospechan de Vinces.
– Sí señor – dijo Vásquez.
– ¿Y qué evidencia tienen?
– La mesera de un club los vio juntos.
– ¿No tienen nada más?
– No señor – intervino Morgan.
– Bueno, les vengo a comunicar que archiven el expediente.
– ¿Cómo? – preguntó sorprendido Vásquez.
– He recibido una llamada del Ministro del Interior, han coordinado con el ministro y la familia. Ya no están interesados en que esto se resuelva, han decidido aceptar que la muchacha murió de una sobredosis. Caso cerrado.
– ¡Pero comandante! – exclamó Morgan – ¿y las otras dos chicas? ¿Y el hecho de que la abandonaron en la carretera? Aquí hay algo más, no puede ordenarnos que cerremos el caso.
– ¡Ya les dije que hacer! – ordenó Álvarez - pueden seguir investigando el de la semana pasada, cuanto tengan algo tangible me avisan, el otro no es nuestra jurisdicción, olvídense de ese asunto, no es nuestro problema. Si tienen algo que vincule a Vinces con el caso de la semana pasada me avisan a mi primero. No quiero que nada se filtre a la prensa ni que hagan nada respecto a ese tipo sin avisarme. ¿Han entendido?

Ambos agentes quedaron en silencio pero asintieron brevemente con la cabeza, Álvarez se levantó y salió del departamento por su propia cuenta y sin despedirse.
– ¿Y ahora? – preguntó Vásquez.
– Nada, a investigar lo que nos queda.
– ¿Y Vinces? ¿Crees que podamos ligarlo con el segundo caso?
– Difícil. La familia está tan avergonzada por el suceso que ni siquiera ha salido a pedir justicia. Las familias acomodadas suelen reaccionar así primo.
– Tienes razón, la dignidad y el apellido antes que la justicia.
– Creo que sabían que la muchacha tenía una vida disipada. No les extrañó que haya terminado así.
– ¿Crees que Vinces vuelva a hacerlo?
– No creo. Presiento que ha negociado con los Percovich – afirmó Morgan – se abstendrá un buen tiempo o tal vez lo deje. Debe haber notado que fue muy lejos. Es difícil predecirlo.
– Tienes razón. Me indigna este asunto. Al final terminamos metiendo a la cárcel a pastrulos de poca monta.
– Ni tanto primo, recuerda que hemos resuelto casos grandes.
– Sí, grandes pero por el apellido de la víctima, no por el apellido de los victimarios.
– Es verdad – contestó triste Morgan – ¿Entonces?
– ¿Café?
– Estoy con el estómago mal…
– Mate entonces.
– ¡Mate!

Vásquez caminó a la cocina, Morgan se acercó al libro que había quedado abierto “Sadomasoquismo” pensó, “que extraña cosa” recordó lo que había visto en el Ícaro la noche anterior, se le estremeció el cuerpo. Nunca se imaginó que algo que siempre había pensado como enfermo o extraño le causaría tanta conmoción y curiosidad. Hasta ahora su única perversión había sido la enorme excitación que sentía al ver y acariciar los pies finos de algunas mujeres que conoció ¿Y si era un sadomasoquista y no lo sabía? Esto era mucho mayor que una simple fascinación por los pies de una mujer. Pasó algunas páginas del libro. Se excitó. Tendría que volver al Ícaro. Necesitaba experimentar, saber. Quien sabe y se olvidaba de este feo ardor del estómago. Se puso en la boca un antiácido, cerró el libro y caminó tranquilo hacia la cocina.

sábado, 19 de febrero de 2011

UN ANGEL EN EL CAMINO (Cuento)

Cuando Brenda abrió el correo no pudo evitar que sus rodillas se pongan a temblar: “Te espero en El Cáctus a las nueve de la noche. Sé que vendrás. Ángel.” Cerró rápidamente la ventana como si alguien pudiera ver su monitor. Trató de calmarse y volvió a abrir el mensaje. Estaba allí: blasfemo, pecaminoso, indecente; sin embargo un suave calor recorrió su bajo vientre, se puso de pie sonrojada y avergonzada de ella misma, se santiguó. No podía ser, pensó: ¿quién se creía este tipo para enviarle un correo así, sabiendo perfectamente que era una mujer bien casada? Todo esto era un error, por supuesto que no iría. Se dirigió a la ventana de su oficina y a través del vidrio miró la ciudad.

Se había conocido con Ángel dos semanas antes en un festival de blues, desde el primer momento se sintió identificada con él, hablaron de diversos libros que ambos habían leído, de música que ambos apreciaban, de compositores que ambos conocían y admiraban. Le sorprendió que también supiera de cocina, pintura y teatro. Discutieron un buen rato acerca de los clásicos del blues de Louisiana y de Mississippi, luego sin saber cómo terminaron conversando divertidamente de Mendelssohn, Mahler y Wagner. Luego del encuentro fueron con algunos amigos comunes a un bar cercano y continuaron la charla, hasta que se dieron cuenta que los dos se habían apartado del grupo enfrascados en contarse sus vidas y gustos. Brenda consciente siempre del sentido de la decencia, sugirió integrarse a la conversación de los demás y luego de unos minutos todos se levantaron para retirarse, Brenda se despidió con un firme apretón de manos sin dar espacio a más contacto físico y agradeció la conversación y por educación sugirió algún día volver a conversar, sabiendo de antemano que eso no sería posible de ninguna manera.

Brenda había sido educada en una escuela católica escogida especialmente por sus padres, de filosofía escolástica, exigente con la enseñanza de valores y principios cristianos; fue una estudiante modelo y sus calificaciones la hicieron acreedora de los primeros puestos, sin embargo en la adolescencia se sintió tristemente rechazada cuando empezaron los primeros cumpleaños e invitaciones sociales, notó que en los bailes era la última en ser invitada a bailar o a veces terminaba sentada en una esquina durante toda la fiesta, los muchachos no se fijaban en ella o peor aún se burlaban cruelmente. Empezó a compararse con sus compañeras de aula y tomó consciencia por primera vez de su cuerpo largo, delgado y poco desarrollado. Su delgadez sumada a su carácter introvertido la hacían poco atractiva. Desconsolada se propuso cultivar su mente a despecho del cuerpo poco agraciado que Dios le había dado. Dedicó casi todas las horas de su adolescencia a la lectura y a la música, mientras que la escuela le inculcaba valores y su madre la preparaba para ser una perfecta ama de casa, enseñándole cocina, a ordenar el hogar y como ser una esposa complaciente, útil y sacrificada.

Cuando terminó la secundaria decidió inscribirse en un gimnasio, se sabía sumamente disciplinada y así como cultivó su mente se propuso trabajar su cuerpo. Ahora quince años después de terminar la escuela, con un título de maestría y un buen empleo, era además una mujer que sin ser bonita era sumamente atractiva, de finas formas bien trabajadas a fuerza de sesiones diarias de máquinas y spinning, con un exquisito gusto para vestirse y desde hacía cuatro años felizmente casada con un hombre trabajador, bueno y fiel. Por su parte, su esposo Daniel era perfecto para ella, ordenado igual que ella, tranquilo, un hombre de casa, comprensivo y cariñoso. Nunca se enojaba o exasperaba, siempre buscaba una solución para cada problema. Se casaron justo al año de conocerse, en una boda soñada. En la cama Daniel fue siempre un caballero romántico, respetuoso, suave y atento. Aún no tenían hijos pero seguramente pronto conversarían y se harían un espacio para tenerlos. Era muy feliz así y tenía la firme convicción de que jamás defraudaría la confianza de su esposo ni deshonraría la santidad del matrimonio.

Dos días después del festival, Brenda, que se había hecho la promesa cuando se casó de no ocultarle nunca nada a su esposo, le comentó que había conocido a Ángel, Daniel que confiaba totalmente en su mujer le preguntó por cumplir:
– ¿Y a qué se dedica?
– No sé – contestó Brenda tratando de mostrar desinterés – sé que es abogado pero no sé exactamente en qué trabaja.
– Y me dices que es soltero, le gustan los gatos, escucha música clásica y no le gusta el fútbol – afirmó Daniel.
– Sí amor.
– Debe ser homosexual Brenda – dijo Daniel sonriente y con sinceridad – no me parece mal si quieres ser su amiga, yo tengo nada en contra de ellos.

Brenda iba a replicar algo, pero se quedó callada, iba a decirle que le pareció muy varonil como para ser gay, pero prefirió guardarse eso. Su marido era buen sujeto pero a veces soltaba algunas frases que delataban su educación machista. Había escuchado a su suegro decir en alguna reunión – mitad en broma, mitad en serio – que un tipo que no escucha salsa y no juega fútbol, no era un verdadero hombre.

Ahora tenía claro que no debía ir a la cita, pero no sabía si contarle a su marido de la invitación, nunca había visto a Daniel enojado y no sabía cómo reaccionaría. Tal vez trataría de buscar a Ángel para golpearlo o encararlo. Tal vez sólo para encararlo, Daniel no era violento a pesar de haber practicado durante años artes marciales, no se lo imaginaba yendo a golpear a otro hombre por celos, aunque la idea no le desagradaba por completo; le gustaría conocer al Daniel cavernícola aunque sea una sola vez.

Pasó la mañana tratando de trabajar, pero no podía quitar de su mente la invitación de Ángel. Había algo en él que le llamaba la atención además de su aspecto o su conversación inteligente. Siempre había admirado a los hombres que leen, pero ahora además había algo que no era su impecable forma de vestir ni sus modales finos. No era guapo, pero había algo en su personalidad que la seducía y que, por lo que pudo percibir, seducía a los demás también. Notó cómo lo miraban las otras chicas el día del festival y cómo lo miraron sus compañeras el día que se le ocurrió aparecerse en su oficina. Se presentó como un cliente y preguntó directamente por ella. Brenda se sonrojó notoriamente, pero mantuvo la compostura dignamente durante el tiempo que Ángel estuvo en su oficina. No pudo evitar sentir algo de celos cuando su mejor amiga y compañera de trabajo entró a su oficina, luego de que se fuera, interrogando atropelladamente:
– ¡Amiga! ¿Quién era ese galán? ¡Me lo tienes que presentar! ¿Es soltero verdad? ¿De dónde lo conoces? ¿Es de aquí? ¿Cómo se llama? ¡Qué rico perfume!
– Es un cliente Sandra – contestó Brenda apenas le dejó un espacio para contestar y fingiendo apatía.
- Cuando vuelva… me lo tienes qué presentar – dijo Sandra guiñando un ojo al mismo tiempo que se iba.

Tres días después se lo encontró en el patio de comidas del centro comercial que estaba cerca de su trabajo. El apareció con su bandeja buscando asiento y le preguntó si podía acompañarla, Brenda estaba totalmente segura que no fue una casualidad, pero le pareció un lindo gesto que él haya planeado ese encuentro casual y le siguió la corriente. Conversaron largo rato y se les pasó el tiempo, Brenda llegó tarde a la oficina pero estaba radiante. Hacía mucho tiempo que no disfrutaba tanto conversar así con una persona del sexo opuesto.

Cerca de la hora de almuerzo, miró su mano izquierda y contempló su alianza, la acarició con los dedos de su otra mano, recordó que Ángel nunca le preguntó sobre su estado civil. Tal vez no le importaba o tal vez había decidido ignorarlo o peor aún pensaba que ella estaba acostumbrada a hacer estas cosas. ¿Pero qué cosas Brenda? – se dijo a sí misma. ¿En qué estaba pensando? Ella no había hecho nada malo. Tenía que dejar este asunto ya. Llamó por el anexo a Sandra y la invitó a almorzar.

Una vez en el patio de comidas, Brenda buscó el momento entre la cháchara permanente de Sandra y le soltó el comentario:
– Sandrita, ¿te acuerdas del cliente de la semana pasada?
- ¿El galán? – preguntó Sandra.
- Sí, ese mismo. Me ha invitado a salir hoy.
Sandra se quedó muda por unos segundos con la boca abierta. A pesar de su aparente frivolidad y su manía de hablar hasta por los codos, tenía la habilidad de encontrar el lado práctico y objetivo de las cosas.
– Ten cuidado con lo que haces hermanita – dijo Sandra con solemnidad cuando se repuso, al mismo tiempo que se ponía un pedazo de pan en la boca.
– ¿Me estás sugiriendo que vaya? – replicó sorprendida Brenda.
– Dependiendo a qué vas a ir. Yo si fuese tú no sé si iría, pero tú eres tú.
– ¡Ay amiga! No me dices nada…
– No voy a decidir por ti – sentenció Sandra – sólo puedo decirte lo que haría yo. Pero yo no estoy casada ni tengo un esposo maravilloso en casa esperándome.
Brenda entristeció, esperaba sinceramente que su amiga le grite, que le diga que estaba loca, que cómo podía hacer una estupidez semejante.
– Entonces iré – dijo Brenda – tratando de sacarle algo más a Sandra.
– ¿El tipo te atrae? – preguntó maliciosamente la amiga.
– Un poco
– ¿Cuéntame qué te atrae de él? ¡además de lo obvio claro!

Brenda le contó sus pocas conversaciones, los temas en común, su admiración por alguien que sabía tantas cosas. Hasta coincidían en haber empezado a ir al gimnasio más o menos a la misma edad y habían mantenido la costumbre hasta ahora. Sandra soltó una risa estrepitosa:
– No te gusta él amiga. Te gustas tú reflejada en él. ¿No me digas que no te das cuenta?
– No – contestó algo molesta.
– ¡Vamos Brenda! Si está claro, el tipo es todo lo que tú eres. Lo admiras porque en él admiras tus propios logros. Te sientes identificada por eso. No confundas las cosas y sobre todo no le hagas daño a Daniel. Mira, si yo tuviera una sola sospecha de que Daniel hubiese sacado los pies del plato aunque sea una vez, te diría que te aproveches para vengarte, pero ese hombre te ama, te es fiel y te respeta. De esos hay muy pocos mujer. Ten cuidado. ¿O es que no eres feliz con él?
– ¡Claro que soy feliz! – afirmó Brenda enfáticamente e inmediatamente se dio cuenta que estaba tratando de convencerse ella misma más que responder a su amiga.
– ¿Entonces qué buscas, una aventura?
– ¡No! No sé Sandrita, hay algo en él o en el hecho de conocerlo que se siente peligroso. Es una tontería mía lo sé. Pero a veces pienso que mi vida es tan segura, necesito algo de peligro, de emoción.
– Peligro y emoción vas a encontrar si arriesgas tu matrimonio y no creo que sea divertido – advirtió severamente Sandra – ¿Qué va a decir tu familia? ¿Qué va a decir toda la gente?
– ¡No tengo planeado hacer nada malo! – exclamó Brenda, luego agregó tristemente – tienes razón no puedo arriesgar lo que tengo.
– Así es, pero te advierto, si a pesar de todo vas, limítate a ponerle en claro las cosas y termina ese asunto hermanita.
– ¿Y si no voy? – cuestionó Brenda.
– Mejor, pero es tu decisión al final.

Volvieron a la oficina y Brenda seguía confundida, tal vez lo mejor era ir y poner las cosas en claro. Explicarle a Ángel que no era una cualquiera, que era una mujer felizmente casada y que dejara de una vez por todas las insinuaciones e invitaciones de mal gusto. Pensó que igual podía ponerle eso en un correo. No, se lo diría personalmente. Era mejor.

Durante la tarde estuvo tentada varias veces a contestar el correo e inventar una excusa para no ir. Desistió, lo peligroso de la situación era un imán para ella. A las seis de la tarde salió de la oficina y se fue a casa. Estaba a punto de tomar un baño cuando Daniel llegó. Se dieron un beso convencional en los labios y Brenda optó por una última alternativa para verse forzada a no ir: Si Daniel le pedía o le ordenaba (eso estaría mejor) no ir, olvidaría todo este asunto definitivamente:
– Daniel, amor. ¿Te acuerdas de Ángel? ¿El sujeto del festival de blues?
– Sí.
– Me ha invitado a cenar hoy – mintió – ¿Qué te parece?
– ¿Ah sí? Y por qué – preguntó con verdadero interés Daniel frunciendo el ceño.
– Negocios – mintió nuevamente Brenda – es cliente de la oficina también. Aproveché para incluirlo en la cartera de clientes.
– Ok. Pero trata de no regresar tarde – dijo Daniel acostumbrado a no meterse en el trabajo de su mujer.
Brenda fue a tomar un baño, abrió la llave de la ducha y se tomó la cabeza con las dos manos cerrando con fuerza los ojos mientras pensaba: ¡Dios, qué estoy haciendo!

* * *

Una vez en El Cáctus, que era un pub temático en el centro de la ciudad, vio a Ángel sentado en una mesa sólo, bebiendo una cerveza. Se acercó y lo saludó dispuesta a explicarle brevemente sus motivos e irse, tomó asiento e iba a empezar a hablar cuando Ángel le hizo una seña para detenerse y preguntó:
- ¿Tequila?
- No sé – dudó Brenda.
- Tequila entonces – resolvió Ángel – hoy tienen el “especial zapatista.”

Hizo una seña hacia la barra y una atractiva jovencita con sombrero de charro mexicano trajo una bandeja con diez shots de tequila, un pequeño plato con rodajas de limón y otro con sal.

Ángel, con absoluta seguridad, tomó el primer diminuto vaso en sus dedos índice y pulgar, en el hueco formado en la unión de ambos colocó un poco de sal y tomó una rodaja de limón. Con los ojos motivó a Brenda a hacer lo mismo, ella lo hizo, nerviosa.
– Ok. A la cuenta de tres – dijo Ángel
Hizo el conteo y bebió de un tirón, Brenda también. Lamieron la sal, exprimieron el limón en sus bocas y rieron. Brenda sacudió la cabeza tratando de liberarse del aturdimiento y cuando miró a Ángel este ya tenía otro vaso en la mano. Le siguió el ritmo y bebió de nuevo. Al tercer shot tenía la lengua adormecida, no estaba acostumbrada a beber y menos tequila. Cuando terminaron la ronda reía sin parar y de cualquier cosa, pero ya no sentía nervios. Trató de componerse un poco y dijo:

- Ángel, gracias por invitarme y por el tequila, pero tengo que irme. Mi esposo me espera en casa, prometí regresar temprano y sólo he venido para decirte que agradezco tu invitación y tus detalles, pero yo no puedo hacer esto.
- ¿Hacer qué? – preguntó astutamente Ángel
- ¡Esto! – exclamó Brenda.
- ¿Beber tequila?
- Tú sabes a qué me refiero.
- No, no lo sé – negó Ángel.
Brenda quiso explicar, pero no podía, en realidad no habían hecho nada. Trató de concentrarse, con el tequila encima era más difícil.
- Mira, esta salida, tu invitación, tu correo de hoy.
- Yo pensé que éramos amigos – replicó Ángel.
- Sí, lo somos, y quiero que se quede así. Como una amistad.
- Está bien Brenda – contestó el hombre con calma.

Desconcertada, Brenda se quedó en silencio. No pensó que sería tan fácil. ¿O sería que había malinterpretado todo? Tal vez Ángel sólo deseaba una limpia amistad y su imaginación había volado más allá. Sintió un terrible remordimiento. Avergonzada pidió perdón.
- No, no hay nada que perdonar – dijo amablemente Ángel.
- Sí, sí lo hay – contestó consternada Brenda – yo te malinterpreté.
- Ok, tranquila, no quiero verte triste, si te hace feliz te perdono, pero con una condición
- ¿Cuál?
- Un “especial zapatista” más.

* * *

Frente a la puerta del cuarto, se quedó mirando a Ángel mientras abría la puerta con la llave que le habían dado en recepción. Todavía no creía que eso estuviese pasando, nunca creyó que aceptaría la proposición de Ángel, pero le dijo tantas cosas bonitas, la hizo sentirse tan bien, la llenó de tanta confianza que no pudo decir no. La puerta se abrió y le temblaron las piernas. Dudó, Ángel entró, esperó unos segundos y lo siguió. Estaba oscuro, sintió la puerta cerrarse detrás de sí. Estiró la mano para hallar el interruptor de la luz a ciegas y de pronto sintió un fuerte empujón que la presionó contra la pared y el aliento de Ángel sobre su rostro, no pudo resistirse más y lo besó ávidamente, con la fuerza de toda la pasión contenida por años, sintió sus manos escurriéndose debajo de su blusa, quemando su piel... trató de detenerlo sin convicción, él la tomó de las muñecas y le levantó las manos por encima de la cabeza dejándola indefensa mientras con su rodilla separaba sus muslos, su lengua recorría abrasadora su cuello y su pelvis arremetía contra la suya dejándola sentir el volumen de su miembro en plenitud. Brenda dejó de oponer la poca resistencia que hacía y sus brazos cayeron, sintió una de las manos de Ángel presionar con una fuerza excesiva su baja espalda, causándole más excitación, la otra mano a la altura de su rodilla, subiendo por su muslo y levantando la falda, sentía su dedos recorrer su piel y toda ella se erizaba inconteniblemente, al fin la mano se detuvo en el elástico de su ropa interior y hábilmente logró bajarla hasta casi sus rodillas, luego la sintió poderosa frotando con fuerza su entrepierna y sintió una descarga húmeda descender por sus muslos desde su sexo dejándola sin fuerzas para mantenerse en pie, ahora sus piernas casi no le respondían, trataba de incorporarse débilmente y buscó el cuerpo de Ángel para sostenerse, de pronto éste la tomó de la cintura y la lanzó sobre la cama, cayó boca abajo sobre ella con los pies todavía sobre el piso, trató de incorporarse pero el peso de su agresor se lo impidió, sintió como desplazaba su falda hacia arriba y su sexo candente penetrándola, lo disfrutó intensamente, esa sensación nueva, violenta, gimió y trató de acomodarse, pero Ángel pensó que quería escapar y nuevamente la sujetó de las muñecas, eso la excitó mucho más, en medio de los jadeos sintió la voz agitada y seductoramente ronca de su amante preguntándole si le gustaba, ella gimió que sí, entonces él empezó a decirle al oído cosas que nunca había imaginado que la podrían excitar. Palabras que en otras circunstancias la hubiesen escandalizado, ahora la volvían loca; se sentía volátil, etérea, él la llamaba puta y se sentía así, tal cual; ramera, meretriz eran palabras suaves ahora, adoraba sentirse pérfida en ese momento, su excitación subía desmedidamente por el vaivén de ambos cuerpos, pero sobre todo por las palabras sucias en su oído, se sentía deliciosamente lasciva, lujuriosa, sus ojos ya se habían acostumbrado a la oscuridad y gracias a la tenue luz que entraba por la ventana descubrió en un enorme espejo pegado en la pared el reflejo de ambas siluetas moviéndose en la penumbra, todavía con ropa, sintió su tanga todavía atrapada a la altura de sus rodillas, la imagen mental la conmovió, fue demasiado, su cuerpo explotó en una onda telúrica que destrozó los últimos muros de su decencia.

Todavía con los últimos estertores de los espasmos del orgasmo en el cuerpo tomó fuerza y se zafó, Ángel la dejó hacer algo sorprendido, tomó al hombre por el cabello y prácticamente lo obligó a quedarse boca arriba sobre la cama, buscó la abertura de la camisa y la abrió con todas sus fuerzas haciendo saltar por el aire varios botones, él estaba visiblemente excitado, Brenda vio en la pared un interruptor y rápidamente lo encendió, la habitación se iluminó tenuemente, lo suficiente para verse en el espejo, que era lo que ella quería. De un solo movimiento se deshizo de su blusa y el brasier, movió sus piernas ágilmente y se despojó de la tanga. Se montó sobre su hombre y empezó a cabalgarlo lentamente, acariciándose ella misma mientras lo hacía, mirando en el espejo su cuerpo torneado, sus senos proporcionados, erguidos, su piernas fuertes, su trasero levantado, empezó a moverse cada vez más rápido, en círculo, de atrás hacia adelante, él trató de acariciarle los senos turgentes, ella lo rechazó. Al igual que él hizo en un principio, ella también lo sujetó de las muñecas, se acercó a su oído sin dejar de moverse y le pidió que la insulte, que le diga puta otra vez, él atónito se quedó sin palabras, ella lo miró con una mezcla de ira y excitación y lo bofeteó con fuerza, lo miró y lo golpeó de nuevo mientras le pedía a gritos que le diga quién era una puta. Él lo hizo tímidamente y recibió otra bofetada, a fuerza del dolor ya no se contuvo, la insultó, le dijo las cosas más terribles que se podían decir a una mujer, usó las palabras más soeces para referirse a su partes íntimas y ella disfrutaba mirando al techo, concentrada en el placer, en sus nuevas sensaciones, mirando ocasionalmente al espejo para regodearse de su perfecto cuerpo desnudo. Se detuvo. Arqueó su espalda y mientras gemía y gritaba a toda voz empezó un vaivén con las caderas a toda velocidad que llegó a causarle dolor a Ángel, volvió a detenerse y exhaló un gemido prolongado e intenso que llenó la habitación, luego se desplomó haciendo todavía pequeñísimos movimientos con su cadera. Recién se dio cuenta por la expresión de su pareja que ambos habían terminado al mismo tiempo. Se quedó unos minutos sobre el pecho de Ángel, sin hablar, luego se levantó silenciosamente, recogió su ropa del piso y fue al baño. Un rato después salió arreglada como pudo, y sin mirar nada, con la vista puesta en el piso dijo adiós y salió rápidamente del hotel. Ángel que estaba aún desnudo no pudo hacer nada por detenerla.

* * *

Al llegar a su casa, Brenda se detuvo en la puerta de entrada. Respiró, trató de serenarse. Introdujo la llave y abrió, se quitó los zapatos y con mucho cuidado fue hasta el dormitorio. La puerta estaba entreabierta, la empujó y allí estaba Daniel durmiendo con la lámpara prendida y un libro a medio leer al costado. Se le salieron las lágrimas. Se quedó largo rato apoyada en el marco de la puerta de la habitación llorando en silencio. Luego tomó una ducha caliente, cuidadosamente se revisó el cuerpo por si había marcas. Terminó el baño y se secó lentamente. Sabía que no podía meterse en la misma cama con su marido, por lo menos esa noche no. Tenía el sedimento del placer en la piel, pero al mismo tiempo la invadía una culpa insoportable. Se sentó en el sillón del dormitorio y vio a Daniel dormir. Miró su reloj, eran las dos de la mañana. Mientras recordaba lo sucedido y pensaba en cómo había podido hacerlo, se fue adormitando, en algún momento el cansancio la rindió, cuando despertó ya eran las cuatro y media. Se incorporó y tomó otro baño. Se puso su ropa deportiva y se preparó para ir al gimnasio. Daniel despertó y le preguntó si le había ido bien, ella contestó que sí. Le mandó un gran beso y se dirigió a la cocina, dejó preparado el desayuno y salió. Pensó ir a la casa de Sandra, pero la atormentaría con preguntas que no tenía ganas de contestar, fue al gimnasio pero no entrenó, se acomodó en las colchonetas fingiendo hacer abdominales y aprovechó para descansar un poco. Luego tomó otro baño y regresó a casa. Daniel no estaba, a diferencia de ella, él trabajaba los sábados.

En la soledad de la casa, Brenda analizó la situación. Sabía que lo sucedido podría destrozar su matrimonio. Había prometido decir la verdad, se lo había prometido a ella misma. Pero también necesitaba proteger a Daniel, protegerse ella. Se sentía triste, había traicionado todos sus valores. Sabía que no podría vivir así. Tendría que hablar con Daniel. Se lo contaría todo, era lo menos que podía hacer. Se puso de rodillas y rezó entre lágrimas para que Daniel la perdone.

Por la tarde, Brenda tomó valor y esperó a que Daniel como todos los sábados por la tarde se sentara a leer en la sala. Se sentó cerca y le dijo:
– Daniel ¿tendrás un minuto?
– Claro – contestó Daniel dejando su libro sobre el sofá.
– Tengo que decirte algo – balbuceó Brenda.
– Dime.
– Anoche… en la cena, pasó algo – se hizo una pausa incómoda, Daniel la miraba atentamente y con evidente curiosidad – este hombre, Ángel…
– Sí…
Brenda miró al piso, apretó los dedos de sus manos, ansiosa.
– Estoy avergonzada – agregó pausadamente y Daniel enderezó su postura en el sofá para prestarle más atención – es que tenías razón amor – continuó.
– ¿Acerca de qué? – preguntó Daniel.
– Es gay. ..
– ¡Ah! Eso. Ya ves, nunca falla.
– Sí, nunca falla – repitió Brenda, hizo una mueca parecida a una sonrisa y salió rumbo a su habitación.

* * *

El día lunes en el trabajo Sandra se acercó al escritorio de Brenda y la interrogó con la mirada:
– Te estuve llamando todo el fin de semana – le dijo.
– Sí, lo siento, tuvimos cosas que hacer con Daniel y ayer nos fuimos a la playa.
– ¿Y bueno, qué pasó con el galán?
– No fui. Tenias razón amiga, mejor no arriesgarse.
– Me alegro por ti, Danielito no se merece que le hagas algo así, ya te dije que ese hombre te adora.
– Lo sé amiga – sonrió amargamente Brenda

Hablaron de otras cosas y Sandra se fue. Brenda se quedó pensando en lo sucedido, sentada frente al escritorio recordó cada momento del viernes en la noche y sintió miedo de ella misma. Nunca había experimentado algo así y nunca se había imaginado que tenía ese atemorizante lado oscuro. Es más, siempre sintió alguna clase de rechazo por cualquier cosa parecida remotamente al sadomasoquismo, le parecía de gente enferma. Era cierto lo que decía Sandra, Daniel no se merecía sufrir por su culpa. Era tan bueno. Aprendería a vivir con este error en su conciencia.

La campanilla de la bandeja de entrada de su computador la sacó de sus reflexiones, leyó el nuevo correo: “Lamento que hayas tenido que irte así. Espero verte de nuevo la próxima semana, si lo deseas. Si no lo entenderé. Ángel.” Brenda mantuvo fija la mirada en el correo. Sonrió. No sería mala idea ir de tiendas más tarde. Aprovecharía para distraerse y relajarse de la tensión, tal vez ¿por qué no? comprar algo de cuero negro para la próxima ocasión…