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sábado, 14 de enero de 2012

PESTAÑAS INFINITAS (Novela - Capítulos VII, VIII y Epílogo)

VII

Al salir de la cabina del avión el bochorno intenso de los treinta y siete grados de temperatura me trasladó a la realidad. Bajé las escaleras disfrutando de ese olor diferente que tiene la amazonía, a diferencia de los aeropuertos de la sierra y de la costa, lo primero que llama la atención es el verdor que los circunda.

Esperé a que aparezcan mis maletas frente a la cinta giratoria y a pesar de estar en la sombra el sudor empapaba mis ropas, luego de un rato apareció mi equipaje y también el vari kennel en cuyo interior estaba Diávolo aún adormitado por el somnífero. Salí y me estaba esperando don Carlos, el dueño de la empresa donde había logrado que me contraten como asesor legal a tiempo completo. Don Carlos había conseguido levantar los más variados negocios en la ciudad de Iquitos, desde una envasadora de bebidas regionales hasta la importación y distribución de avena para el desayuno. Subimos a Diávolo y mis maletas en la tolva de la Bronco cuatro por cuatro y emprendimos la ruta hacia la ciudad.
– Y doctor – me dijo – ¿Cómo así por la selva?
– ¿Perdón? – le contesté, me pareció no haber comprendido bien la pregunta, después de todo él era mi empleador.
– Perdóneme, soy algo tosco a veces, pero también muy directo. Es raro que un profesional de sus pergaminos quiera trabajar por estos lares, lo normal es más bien que se vayan, no que vengan. ¿Qué lo trae por aquí? ¿Escapando de algo?
– No lo había pensado así – le dije – pero creo que tiene razón don Carlos, ando escapando de algo.
– Cuénteme doctor, me gusta escuchar historias.

Traté de explicarle lo difícil que se había hecho para mí vivir en una ciudad donde cada calle y cada plaza me recordaban algo, ya no tenía vínculos con nadie en Arequipa, si no era por el trabajo en la universidad o en mi estudio, no salía a comprar el pan siquiera. Había ido abandonando la costumbre de ir al bowling o almorzar con mis colegas hasta perderlas totalmente, le conté que un par de años atrás, en una luminosa mañana de sol y de cielo azul en la plaza de armas de Ica, me di cuenta lo tristes y solitarias que pueden llegar a ser la arenosas ciudades de la costa, a pesar incluso del bullicio falso del verano, eso sin contar los nueve meses siguientes de cielos grises deprimentes, en la sierra pasa lo mismo a pesar de sus majestuosos volcanes y enormes montañas. Tenía que encontrar un ambiente diferente y la selva siempre me había atraído desde muy joven.
– Lo entiendo doctor – me interrumpió don Carlos – a mi me pasó igual, yo soy limeño, vine aquí de vacaciones hace veinte años, luego ya no quise regresar a Lima, vendí el pequeño negocio que tenía allá y desde entonces he trabajado en esta tierra bendita que me ha dado todo lo que tengo. No me arrepiento.
– No sabía que era usted limeño.
– Así es, aquí dicen que si uno bebe el agua del rio, ya no regresa.
– Y usted bebió – afirmé bromeando.
– ¡Claro y la bebo todos los días! – Contestó alegre y continuó – y seguro que usted también la va a beber.
– ¿Del Amazonas? – pregunté curioso
– ¡No sea pendejo doctor! – me dijo riendo a carcajadas – ¡si es que usted no sabe ya se va a enterar!
Yo reí por cortesía a pesar de no entender, miré por la ventana de la camioneta el paisaje verde intenso que bordeaba la carretera, desde el avión había podido ver el espectáculo fabuloso de la sierra cobriza convirtiéndose poco a poco en una alfombra verde plena de vegetación, el brillo de los enormes ríos serpenteantes y luminosos, aspiré profundamente y sentí ese olor distinto que percibí antes en el aeropuerto y que no había sentido en ningún otro lugar del Perú. Este era sin lugar a dudas el lugar apropiado, si tenía que beber esa bendita agua, vería la manera de beberla pronto.

* * *

Me instalé en una de las casas que el consorcio había acondicionado para mí, era una construcción de material noble frente a la facultad de derecho de la universidad privada de la ciudad, ya antes por teléfono le había expresado mi deseo a don Carlos de intentar una plaza de docente y le pareció bien. Con Diávolo inspeccionamos el lugar, en la primera planta una sala amplia, comedor, patio y cocina, además de un baño y lavandería, tres dormitorios en el segundo piso, todos con aire acondicionado, un par de televisores, pero lo más interesante era que desde la ventana que daba a la calle se podía ver el malecón de la ciudad y el impresionante rio Amazonas. Traje una silla y disfrutamos de nuestro primer atardecer en la selva, los rosados tonos entre las nubes mezclados con fucsias y dorados perdiéndose sobre el horizonte. El verde de los árboles cambiando de tono, el rio tornándose plateado por momentos. No había sentido tanta paz en años. Cuando oscureció no quise moverme del lugar, algunos rayos lejanos cruzaban el cielo e iluminaban las nubes que habían aparecido junto con el ocaso, cerré los ojos y por más que intenté no pude lograr visualizar esos enormes ojos negros y esas pestañas infinitas, me levanté del asiento algo apesadumbrado y le puse el collar a Diávolo, iríamos a conocer un poco el barrio antes de dormir.

* * *

Los primeros meses fueron de intenso aprendizaje, las costumbres, las comidas, los paisajes y la forma de ver las cosas de la gente de la selva abrieron mis horizontes. Aprendí a estar alegre como ellos, a no preocuparme tanto por el después. Los fines de semana íbamos con los gerentes y administradores al club, a jugar frontón y luego a la piscina, otras veces solamente a almorzar. Algunas ocasiones surcábamos el Nanay, afluente del Amazonas, en los deslizadores de don Carlos y nos deteníamos a tomar cervezas heladas y disfrutar del sol en alguna de esas playas de arena blanca que no tenían nada que envidiarle a las playas oceánicas del Caribe.

Casi siempre nos acompañaban Sebastián y Joana, una pareja de enamorados que aparecían donde nosotros fuéramos siempre que estuviese también don Carlos. Con el tiempo noté que Sebastián casi nunca pagaba sus cuentas, mejor dicho, que casi todas las cuentas de Sebastián las pagaba don Carlos. Era un tipo carismático, con un notable parecido con un actor americano, ella ostentaba una impresionante belleza amazónica mezclada con algunos claros rasgos europeos. Tenía la típica piel canela bronceada por el sol de las brasileñas, los ojos verdes intensos y el cabello castaño claro de los escoceses, lo que sumado a los labios gruesos y carnosos de algún ancestro africano, y los ojos achinados de las muchachas de la selva le daban una apariencia exótica que, como me ocurrió a mí, podía arrebatar la respiración durante varios segundos a quien la viera por primera vez. Ambos eran sumamente educados y de buenas maneras, por lo que me llamó la atención un raro episodio: Una noche que salía del restaurant luego de cenar, los vi caminando por la calle y me pidieron un aventón. Los llevé al barrio de Punchana, luego de ingresar a una estrecha callecita sin asfaltar, me pidieron que me detuviera en una especie de vieja casona con cuartos independizados, se despidieron de mí atentamente y entraron a una de las habitaciones.

Me fui manejando lentamente y preguntándome si realmente vivían allí.

Un día mi curiosidad no resistió más y los invité a almorzar en el club, en la sobremesa y luego de algunos tragos me atreví a preguntarle a Sebastián cómo fue que conoció a don Carlos. Me contó que su padre y don Carlos habían sido socios en algunos negocios, muchos años atrás. Por aquel entonces, cuando Sebastián terminaba la escuela, conoció a Joana, ella acaba de regresar de estar viviendo un tiempo en París, algo que ver con el modelaje por lo que entendí. En aquél entonces la familia de Sebastián tenía una mansión en Lima con todas las comodidades imaginables, además de varios departamentos, vehículos e inversiones, también varias casas en Iquitos. Viajaba junto a su padre a Miami y Nueva York casi todos los fines de semana, a veces a ver negocios, otras solo para salir de Lima y hacer compras. La familia de Joana era del Brasil, pero tenía parientes en Iquitos, ambos coincidieron en una fiesta un fin de semana, se conocieron y se enamoraron desde el primer día. Sebastián me contaba con sentida tristeza la vida de lujos y excesos que él y Joana llevaban en aquel entonces y el empeño que ponía su padre en apartarlos de ese camino. El padre de Sebastián era un hombre trabajador y aguerrido, un pionero, había invertido también en los negocios de don Carlos y como me dijo al inicio, se habían hecho muy buenos amigos.
– ¿Sabe usted algo del negocio de la madera, doctor? – me preguntó Sebastián.
– La verdad muy poco – le contesté.
– Mire – me explicó – en ese negocio sólo se puede extraer madera los meses secos, de abril a octubre, el resto del año, en la época de lluvias, las empresas paran, el barro y la maleza en el monte hacen que los camiones no puedan entrar a sacar el producto, incluso las trochas se hacen intransitables, si un vehículo llega a entrar, una vez que tiene el peso de la carga las ruedas se hunden, se malogran las piezas, en fin, es demasiado costoso sacar madera en esos meses.
– Entiendo.
Me explicó entonces que su padre había estaba pensando en la forma de lograr extraer madera también en los meses de lluvia, hizo contacto con empresas europeas y americanas y finalmente invirtió todo su dinero e incluso aquél que no tenía mediante hipotecas y pagarés para comprar dos cangrejos.
– ¿Qué es un “cangrejo”? – pregunté con curiosidad.
– Un cangrejo es una especie de montacargas, tractor, grúa y pala mecánica, todo al mismo tiempo mezclado en una sola gran máquina, además tiene un sistema de orugas y patas de acero que le permiten avanzar en cualquier terreno y en cualquier sentido, de allí el nombre.
– Interesante – comenté.
– Sí – dijo Sebastián mirando al vacío.
– Lo cierto – continuó el muchacho – es que cada cangrejo cuesta una verdadera fortuna, mi padre había calculado que recuperaría toda la inversión en tan solo cinco años, aquella vez contrató personal y levantaron un campamento en la vera del Amazonas, bien adentro en el monte. Llevaron los dos cangrejos, mi padre estaba emocionado, los días de lluvia las máquinas se desplazaban y cargaban la madera aserrada sin dificultad, no las detenía ni el barro ni la maleza, depositaba los troncos en las balsas en el rio y de allí era transportada hasta el puerto principal. Una noche empezó a llover a cántaros, así como usted ha visto que solo llueve en esta selva. Dos empleados cruzaron el monte para avisarle a mi papá que estaba en la ciudad. La lluvia era intensa y el Amazonas estaba subiendo el caudal a punto de amenazar inundar el campamento.
– ¿Y qué pasó?
– ¿Ha oído doctor esa frase que dice: “Lo que la selva te da, la selva te lo quita”?
– Si he escuchado esa frase aquí varias veces – le dije.
– Cuando mi padre pudo llegar al campamento, este ya no estaba, el rio lo había cubierto, prácticamente se lo había tragado. Mi padre en su desesperación lloraba golpeando los árboles con sus puños, quiso meterse al agua con unas sogas, los trabajadores tuvieron que agarrarlo. Llovió cinco días seguidos, él se quedó frente a lo que fue el campamento mirando caer la lluvia todo el tiempo, solo fumando y casi sin comer, con la esperanza de que escampara y poder recuperar las maquinarias. Ese fue el año de la gran inundación, el nivel del Amazonas llegó hasta el mismo Malecón aquí en Iquitos. Cuando paró de llover y pudieron hace operaciones de búsqueda no pudieron hallar los cangrejos y de haberlo hecho tampoco hubiesen podido sacarlos, el rio luego de la lluvia, había cambiado de curso y su nuevo lecho era el lugar donde mi padre instaló su campamento.
– ¿Y qué sucedió luego? – inquirí.
– Perdimos todo, los bancos nos quitaron las casas, las acciones, las camionetas, los autos, los departamentos y todavía quedamos debiendo.
– Su padre se suicidó – dijo Joana que hasta ese momento no había intervenido en la conversación.

Traté de consolar al muchacho, él cambió de tema y hablamos luego de otras cosas. Me admiró la lealtad de Joana que seguía con Sebastián a pesar de haber caído en desgracia. Era una muchacha bonita y joven que seguramente podría, si quisiera, buscar a alguien que la mantenga sin mayor dificultad.

* * *

Un día organizamos un paseo a un albergue turístico, cerca de Iquitos. Como siempre invitamos a Sebastián y Joana. Luego del paseo en el que fotografiamos tucanes, lagartos y monitos, hicimos una fogata cerca de los dormitorios con ayuda de los guías y conversamos alrededor bebiendo aguardiente. Como a la media noche Sebastián y Joana empezaron a discutir. Se apartaron un poco del grupo y llegaron al punto de levantar la voz sin importarles nuestra presencia, de pronto Sebastián dijo algo y Joana le dio una bofetada que sonó como un latigazo. Nos pusimos de pie para evitar que la cosa pase a mayores, la mujer de don Carlos junto con las otras muchachas se llevaron a Joana que estaba llorando y nosotros fuimos por Sebastián. Lo hicimos sentar frente al fuego y nos quedamos en silencio esperando que se calme. Luego de algunos minutos su respiración se tornó pausada, don Carlos le reprochó:
– No puedes dejar que te trate así Sebastián.
– ¿Qué puedo hacer? – preguntó con la voz ahogada el muchacho y estalló en llanto. Don Carlos se levantó y me hizo una seña para que lo acompañe.
– Dejemos que se calme – me instruyó mientras me ofrecía un cigarro, yo hice un gesto de negación con la mano y él guardó la cajetilla – me olvidaba que no fuma doctor.
– Qué extraña relación la de esos chicos – dije.
– Sí, él no se merece una chica así.
Yo no me esperaba esa respuesta, es más me esperaba la respuesta exactamente inversa y no pude evitar decir:
– Yo pensaba que era lo contrario.
– No doctor, ni se imagina.
– Explíqueme don Carlos.
– Mire, la muchacha anda contando por ahí que es brasileña. No es cierto, nació en Belén que es el pueblito de estibadores en las afueras de Iquitos, un lugar pobre, lleno de enfermedades y pestes, las mujeres que pueden se embarazan de los turistas o los agentes de la DEA con la esperanza de que las saquen de allí, lo que casi nunca sucede. Por eso no es raro ver niños rubios o blancos jugando en sus lodazales. A Joana, su madre la vendió por unos cuantos soles cuando tenía trece años a un narcotraficante colombiano, el tipo inmediatamente se la llevó a Leticia, en la frontera con Perú y Brasil y la hizo su mujer. Cuando cumplió dieciocho se fueron a Europa, probablemente la chica fue usada como burrier, eso no lo sé. Lo que sí se sabe en la ciudad es que ella lo engañó allá en Francia, el tipo la trajo de los cabellos y la dejó en la casa de su madre con la ropa que tenía puesta, luego la pobre muchacha se prostituyó en las discotecas de la ciudad hasta que conoció a Sebastián, él la sacó de esa vida y ella a cambio lo hizo cocainómano. Con la muerte de su padre Sebastián se hundió hasta el cuello en la droga. La pelea que ha visto usted hoy no es por otra cosa que por esa porquería, el poco dinero que consiguen lo usan para comprar coca.
– ¿Y por qué no interna a Sebastián en un centro de rehabilitación? – pregunté.
– Porque no soy su padre, lamentablemente. Además requiere que él lo consienta y no quiere, la muchacha lo trae loco.
– Habiendo tantas muchachas bonitas por aquí – reflexioné.
– Pero esta le ha dado agua del rio.
– Sí – afirmé, mientras sonreía pensando en que ya sabía a qué se refería don Carlos cuando hablaba de la bendita agua del rio.

VIII

Ese sábado me levanté temprano, como siempre, revisé si Diávolo tenía agua y comida y me dirigí a la sala, encendí la portátil que siempre dejaba en la mesa de centro y me acomodé en el sofá. Diávolo se acercó lentamente, se subió al mueble, se acostó a mi lado y apoyó su carita canosa en mi muslo. Lo acaricié como siempre.
– Estamos viejos compañero – le dije.
El me miró entornando los ojos, uno de ellos estaba casi vencido por las cataratas, hacía dos años que ya no salíamos a correr, me ejercitaba ahora un poco en casa, mientras él se limitaba a acompañarme recostado sobre su manta. Entre los casos y asesorías al consorcio y las lecturas de los fines de semana había dejado de ir al club y a la playa. Prefería quedarme en el departamento acompañando a Diávolo y navegando en internet. Con los años me había acostumbrado al calor y la vida de la selva, ya no pasaba por mi mente siquiera la idea de volver a Arequipa.

Revisé mi correo y vi una invitación para una red social, en realidad recibía pocos correos de ese tipo, siempre me pareció aburrido el asunto de conversar con distantes desconocidos, iba a borrar el mensaje pero algo me detuvo, me pareció conocer a la persona que aparecía en la foto milimétrica que acompañaba al mensaje, lo abrí y apareció la foto del rostro de una muchacha de enormes ojos negros y un mensaje: “Hola Gabriel, soy Samira, hija de Claudia, de Ica. No sabes cuánto me costó encontrarte en internet. Espero que aceptes mi invitación.”

De inmediato y con la presencia cómplice de Diávolo, creé una cuenta en la misma red, escribí algunos datos generales, subí una foto antigua que tenía guardada en el computador e ingresé. Cuando finalmente pude aceptar la invitación, apareció el perfil de Samira y la foto ampliada. Mis ojos se llenaron de lágrimas y acaricié el cuello de Diávolo para tratar de controlarme, la muchacha era idéntica a Claudia cuando la conocí. Estaba en línea. “Hola” digité. Me contestó, yo no sabía que decirle, le escribí que era igualita a su mamá cuando tenía esa edad, esos ojos grandotes, negros, las pestañas largas, infinitas. Ella rió y me dijo que sabía bien quién era yo, que su mamá le había contado todo sobre mí, que era el amor de su vida, que siempre hablaba de mí, que nunca me había olvidado. Me contó que Claudia me había perdido la pista años atrás, mi nombre ya no figuraba en la guía telefónica. Ella le había querido dar una sorpresa y obtuvo mi nombre completo del sobre de una vieja carta que encontró, luego cada vez que tenía tiempo buscaba en internet y enviaba mensajes a personas que tenían mi nombre, hasta ahora sin embargo siempre le habían contestado mis homónimos. Me pareció divertido, le conté que estaba viviendo en Iquitos, luego tomé un poco de valor y le pregunté cómo estaba su mamá, Me dijo que estaba bien, se había separado y seguía trabajando como profesora, de pronto me preguntó “¿quieres hablar con ella?” alejé mis manos del teclado instintivamente, luego escribí un tímido “sí”.

* * *

Claudia me escribió largo rato por internet, primero en plan amical, luego se fue soltando y me habló de amor, de oportunidades perdidas que lamentaba haberme dejado ir. Yo la imaginaba llorando con esos ojos enormes, sentí tristeza. Recordó cada detalle de nuestros encuentros, muchas cosas que yo había olvidado pero que regresaron vívidas a mi mente apenas las mencionó. Me dijo que yo era el amor de su vida, que Samira lo sabía porque ella había querido que su hija tuviese en claro lo importante que había sido yo en su existencia. Luego escribió:
– Gabriel, ¿me darías una última oportunidad?
– No Claudia, lo siento. – respondí – Hay dos razones poderosas, primero que estamos demasiado lejos físicamente y segundo que ya estamos grandes para fingir cosas que no pueden ser. De verdad lo siento.
– Yo iría por ti a donde estuvieses.
– Lo sé y te agradezco – tecleé.
– La última vez que estuvimos juntos, no fuiste sincero conmigo – me increpó suavemente.
– ¿Y qué te hace pensar que ahora lo soy? – escribí algo molesto al darme cuenta que había sido descubierto.
– Pienso que todavía eres el chico romántico y tierno de la playa, el que hablaba con mi abuelita y me besaba todo el tiempo.
– Ya no lo soy Claudia. Soy otra persona, todos cambiamos. Me alegra saber de ti. Que estás bien…
– Gabriel – escribió interrumpiendo – ¿no me darías una oportunidad?
– No insistas – le reclamé.
– ¿Aunque fuese mi último deseo?
– No digas tonterías Claudia.
– Es una broma. ¿Sabes? Siempre te tengo presente.
– Yo también – escribí – a pesar de todo siempre te he tenido presente.
– Te quiero.
– Yo también, pero ahora debo desconectarme.
– Gabriel… – escribió.
– Sí
– Me conformo con saber de ti de vez en cuando. No quiero causarte problemas, debes tener a alguien... ¿Sabré de ti?
– Sí – contesté – por esta vía. Trataré de estar conectado.
– Gracias Gabriel. Me haces feliz
– Gracias a ti.
Me desconecté.

Me recliné en el sofá con las manos sobre la cabeza entrelazando los dedos. Claudia, después de tantos años, pensé. Y su hija, tan parecida a ella, como si hubiese retrocedido en el tiempo, ¿por qué habló de un último deseo? Sonreí, los años me habían enseñado que las bromas son solo verdades a medias, en mi juventud había aprendido gracias a mi madre y mi hermana a percibir los hilos del fino arte de la manipulación: causar pena para conseguir atención. Era difícil que alguien pudiera engañarme en ese terreno. Dejé de pensar en ello, me concentré en la casualidad, nuestros caminos otra vez unidos aunque sea por instante. ¿Cuántos años podría tener Samira? Traté de calcular. ¿Catorce? ¿Quince? ¡Cielos, cómo ha pasado el tiempo!, mis pensamientos se desviaron y recordé a mi mamá cuando vivía en Arequipa, no sabía mucho de ella ahora, la llamaba por teléfono en navidad, su cumpleaños y el día de la madre, algún día tendría que ir a Costa Rica, ¿qué sería de Mariela? ¿Se habría casado? ¿Habría tenido hijos? De pronto me sentí distinto, muchos años más viejo. Tomé conciencia de que ya había pasado los cuarenta y sí, era diferente. Diferente al muchacho que conoció Claudia. Sentí que esta vez no le había mentido cuando le dije que había cambiado. Traté de recordar al muchacho romántico y tímido de la playa y no me reconocí en él. ¿Cuánto puede cambiar uno en tan pocos años? ¿Era yo la persona que quería ser cuando recién pasaba los veinte años? No podía quejarme de mi vida, pero ¿realmente tenía lo que había soñado para mí? De pronto un ruido en la cocina me trajo de vuelta y oí la voz dulce y musical de Joana llamándome:
– Gabriel, amor, ya está listo el desayuno, ven antes de que la bebé se despierte.

* * * * *

EPILOGO

Algunos meses después, al llegar a la oficina luego de una audiencia en la corte, abrí el último cajón de mi escritorio que siempre estaba bajo llave. Saqué una caja de madera y levanté la tapa, allí estaban la fotografía amarillenta de Claudia con la banda de Miss Simpatía, las fotos que nos tomamos juntos en la Huacachina, las que me envió de regalo y sus innumerables cartas perfumadas, las acaricié con cuidado y cerré los ojos, logré ver otra vez esos ojos negros enormes rodeados de unas lindas y largas pestañas infinitas, recordé su sonrisa, sus lágrimas, su voz suave, tomé todo con delicadeza y lo acomodé de nuevo dentro de la caja antes de poner encima la hoja doblada que contenía la impresión del correo que me envió Samira esa mañana comunicándome que Claudia había muerto.

PESTAÑAS INFINITAS (Novela - Capítulos V y VI)

V

Dos meses después de la salida de Tower de la compañía, renuncié. La soledad del campamento minero, el ambiente tóxico producto de los relaves y las finas redes de poder y traición que se iban tejiendo en el directorio me ayudaron a tomar la decisión.

Regresé a la ciudad para dedicarme a enseñar en una de las universidades locales y abrí un pequeño estudio. Con los ahorros y los nuevos clientes que iban apareciendo, me daba para vivir tranquilo. Fue en aquel entonces que conocí a Mariela, una muchacha delgadita e inteligente, usaba lentes de aumento y ropa holgada. A veces iba a la oficina y hablábamos largo rato, cuando había tiempo íbamos a tomar un café o al cine.

Un día me preguntó si me había enamorado alguna vez de verdad, me sorprendió, nadie me había hecho esa pregunta antes. Al principio no supe qué contestarle, me quedé en silencio durante algunos minutos, luego miré sus ojos pardos a través de los vidrios de sus lentes y le dije que no, pero que alguna vez tuve la suerte de conocer a alguien que sí se había enamorado de verdad. Ella me sonrió con ternura y me abrazó en silencio mientras besaba mi cabello y mi mejilla.

Mariela de alguna manera suave y sutil se introdujo en mi vida, aparecía en la oficina con un café caliente o una barra de chocolate, me los dejaba sobre el escritorio a toda prisa, sonreía y se iba tan rápido como había llegado. Su padre que era médico otorrinolaringólogo me trataba siempre con mucho afecto cuando iba a visitarla a su casa lo que me hacía sentir sumamente cómodo, hablábamos muy poco pero se veía en sus ojos que era un hombre sencillo, correcto y bueno. Mariela le había heredado la sencillez y las buenas maneras, pero lo que más me gustaba de ella era ese extraño timbre de voz similar al tintineo de campanitas alegres y su inefable olor a jazmín. Sin darme cuenta pasaba buena parte de mi tiempo libre con ella y lo disfrutaba. Ella no se metía con mi trabajo ni yo con el suyo. Me di cuenta que la cosa iba en serio cuando casi todos nuestros conocidos empezaron a coincidir en que juntos se nos veía como una bonita pareja.

Tiempo después nos casamos. A pesar de que yo quería una ceremonia simple, su papá insistió en hacer una fiesta con orquesta y cena en el club. Para ese entonces mi padre ya había fallecido y mi madre había decidido radicar en casa de una hermana suya en Costa Rica, así que solo fue mi hermana Daniela que vivía en Tacna y quien viajó exclusivamente para la boda. Fue una bonita ceremonia, sonreí para cada una de las fotos que tomaron y compartí con todos los invitados aunque sea un minuto. Mariela estaba feliz y se le veía linda con su traje de novia. Nunca antes la había visto con vestido de noche y cuando se cambió el vestido blanco y volvió con ese traje azul de seda, quedé impresionado. Jamás la había visto tan bella. Bailamos hasta tarde y al final de la noche nos despedimos de todos y fuimos a la suite de un bonito hotel campestre, apartado de la bulla de la ciudad que reservé para nosotros dos. Llegamos exhaustos y nos desmoronamos en la cama después de tanto baile, bebida y ajetreo. Yo me quité la ropa lentamente y ella el vestido. Se fue al ambiente contiguo a terminar de cambiarse y regresó con un precioso conjunto blanco de lencería, se quitó los lentes y se recostó a mi lado. Yo la abrazaba con ternura y acariciaba sus cabellos en silencio, de pronto me preguntó:
– ¿Me amas?
– Claro que sí – le dije.
– ¿Estás seguro Gabriel?
– Claro, si no, no me hubiese casado contigo.
– No todos se casan por amor, quiero saber si realmente me amas.
– Te amo – le contesté mirando al techo por encima de su hombro.
– Dímelo mirándome a los ojos – reclamó ella.
– Pero estás sin tus lentes – le dije tratando de ser gracioso – no te vas a dar cuenta si te estoy mintiendo.

Se incorporó de la cama bruscamente y buscó en la mesa de noche, cuando se acercó a mí, su rostro había cambiado, se había puesto los lentes y sus mejillas estaban rojas de la rabia. Se montó de un salto sobre mi cuerpo y me tomó de las muñecas, puso mis manos a ambos lados de mi cabeza, se acercó cuanto pudo a mi rostro y me habló con un tono severo y pausado:
– Gabriel, quiero que me digas si me amas.
– ¿Qué pasa si te digo que no? – le dije entre nervioso y bromista.
– Te mato – me dijo con una contundencia que me asustó.
No pude contestar, apenas terminó de soltar su amenaza me besó. Hicimos el amor esa noche sin pudor, con irrefrenable pasión, embriagados de deseo, sin embargo no pude evitar distraerme de rato en rato pensando si esta mujer menudita sería realmente capaz de matarme si dejaba de amarla, o peor, si se daba cuenta de que nunca podría amarla como ella esperaba que lo hiciera.

* * *

Durante el primer año de matrimonio yo quería tener hijos, pero ella no. Decía que era mejor esperar un poco, terminar de comprar las cosas para la casa, completar los muebles, afianzarnos en nuestros trabajos, hallar mejores oportunidades. A la mitad del segundo año ella quería tener hijos y yo ya no estaba tan seguro. Me había acostumbrado a mis propios espacios, trabajaba casi todo el día en el estudio y enseñaba a medio tiempo en la universidad, me iba cada vez mejor y eso me facilitaba el placer de darme ciertos gustos. Salía en las madrugadas a trotar, me compré un cachorro de Braco de Weimar para que me acompañe, le puse de nombre Diávolo, era juguetón, no se cansaba nunca y se encargaba de despertarme todos los días a las cinco de la mañana rascando la puerta del dormitorio. Cuando podía, aprovechaba para leer en la tranquilidad de la casa durante las horas en las que Mariela salía a sus clases de aeróbicos, o cuando trabajaba en sus duendes de cerámica. Los fines de semana me iba al club a jugar bowling con los practicantes de mi oficina y ocasionalmente con algunos viejos amigos. Mariela inventaba cualquier excusa para no acompañarnos, me convencí de que detestaba ese deporte o fingía muy bien detestarlo. Cuando tocábamos el tema de tener hijos, mentalmente me costaba asimilar la idea de levantarme a media noche a cambiar pañales, dormir pocas horas, correr al hospital en las madrugadas, estar atento a que no se derrumben las cosas de las repisas de la casa o que me garabateen los libros. Empecé a usar las mismas excusas que Mariela me daba el primer año y ella se resignaba. Algunas veces notaba que entristecía pero no decía nada, yo creo que se arrepentía de no haber querido tener hijos cuando yo realmente lo deseaba, o tal vez yo me imaginaba eso para no sentirme tan culpable.

Poco después de cumplir los cuatro años de casados decidí ya no ir a las reuniones familiares a las que nos invitaban. Las preguntas recurrentes eran siempre las mismas: ¿Cuándo van a tener hijos? ¿Cuándo me vas a dar un nieto? ¿O un sobrino? ¿Ya han ido al médico? O peor aún las bromas de mal gusto de los tíos o amigos respecto a mi virilidad. El día que tomé la decisión estábamos en un almuerzo campestre en la hacienda de una tía de Mariela, una mujer de mediana edad que no se había casado nunca, en medio de la reunión se me acercó, me apartó del resto de invitados y me preguntó cuándo pensaba tener un hijo.
– No sé – le contesté, seguramente más adelante.
– Pero tienes que pensar en tu edad, no vas a querer que tu hijo te diga abuelito – me dijo inyectando todo el veneno posible en la frase.
– No creo señora – le contesté poniendo énfasis en “señora.”
– Mira Gabriel – me explicó en tono compasivo – puede ser que tú te sientas joven aún y no quieras tener niños, pero hazlo por Mariela, se van pasando los años y para nosotras es diferente ¿entiendes?, además una mujer se realiza cuando tiene hijos.
– Sinceramente señora, no creo que las personas deban realizarse a través de la existencia de un inocente que no ha pedido venir al mundo.
– Sí hijito, eso está bien para las pobres cholitas de la sierra – me replicó – pero ustedes tienen los recursos para tener un par de hijos y mantenerlos bien.
– No hay que guiarse de las apariencias – contesté mordaz – yo puedo tener los hijos que quiera, siempre que usted se comprometa a pasarles una pensión para su educación.
– ¡Ay Gabriel, eres insoportable, razón tiene Mariela de quejarse tanto de ti! – exclamó la mujer y se fue.

No me sorprendió mucho que pensara que soy insoportable, ciertamente tengo un carácter difícil, lo que me sorprendió fue enterarme de mala manera que Mariela se quejaba de mí con su familia.

* * *

Esa noche discutimos por causa de mi decisión de no ir más a las reuniones familiares y como siempre, porque se había hecho casi una regla en los últimos tiempos, no tomó mucho llegar al asunto de los hijos. Esta vez no quise hablar más del tema. Salí a la terraza y encendí un cigarro. Mariela salió también y sin mirarme me preguntó:
– ¿Cómo se llama ella?
– No empieces Mariela – le dije.
– No Gabriel, no pienso que me estés engañando. Quiero saber quién es esa mujer que te amó de verdad. Quiero saber porqué todavía guardas cartas y fotos de ella. Te he visto leyéndolas y escondiéndolas cuando entro de improviso a tu oficina. La otra vez olvidaste guardar una foto, la vi entre tus papeles, estabas tú, muchos años más joven con esa negrita bonita. ¿Dime Gabriel es ella?
– Mariela por favor, son cosas del pasado. También tengo fotos de mi primera comunión y no por eso soy cura.
– No juegues conmigo Gabriel – me dijo amenazadora – no estoy para bromas, solo quiero saber si es ella.
– Sí es ella – suspiré entre aliviado y resignado – pero no la amé. Creí que la amaba en algún momento, ella me amó y no le correspondí. Si yo la hubiese amado siquiera la mitad de lo que ella me amaba no estaría aquí contigo, habría tenido el valor de buscarla y no dejarla ir. ¿entiendes? Pero son cosas del pasado, solo recuerdos sin importancia.
– ¿Entonces por qué no quieres tener hijos conmigo? ¿Acaso ya no me amas? ¡Ya ni siquiera hacemos el amor como al principio! – se echó a llorar.

No tuve más palabras para tratar de explicar, me sentía cansado de todo, de la relación, del matrimonio, de Mariela, caminé a la sala a fumar otro cigarro y me dejé caer sobre un sofá, Diávolo se acercó para que le acaricie la cabeza. Recordé a Claudia, sus cartas, la tarjeta musical que le envió a mi mamá por el día de la madre, el perfume que me regaló en Guadalupe; me alegré al darme cuenta que, a pesar de los años, mi memoria olfativa todavía lo identificaba cuando por casualidad lo percibía en la calle o en algún centro comercial; visualicé con claridad la foto de Claudia con la banda de Miss Simpatía que me regaló al despedirnos, las fotos que nos tomamos en la Huacachina, una de ellas precisamente la que olvidé guardar en el cajón y que Mariela vio. Mientras acariciaba a Diávolo los recuerdos me iban adormeciendo, sentí que me desvanecía, en medio del sopor tuve la certeza de que Mariela se acercaba detrás mío con un cuchillo en la mano, no quise voltear, con los ojos cerrados imaginaba los ojos negros enormes de Claudia y sus pestañas infinitas, mientras esperaba sonriente que caiga sobre mí la guadaña de la muerte.

VI

Pocos meses después Mariela y yo nos separamos, no fue una experiencia traumática como yo esperaba, lo más difícil era afrontar los encuentros con los amigos que no sabían nada del asunto y que mandaban saludos a Mariela, o aquellos que preocupados me contaban que la habían visto en una discoteca o caminando por la calle con algún hombre. Me cansé de explicar las cosas y de las expresiones de consuelo y lástima cuando me veía obligado a confesar que me había separado, así que empecé á procurar no salir a la calle más de lo necesario.

Cuando llegó el verano evalué la posibilidad de ir a Ica, se me ocurrió llamar a la casa de Claudia para comunicarle mis planes, me contestó su hermana, noté su sorpresa cuando dije mi nombre, también note molestia en su voz cuando escuché a lo lejos “Te llama un tal Gabriel, ¿no será quien yo me imagino verdad?”, pero me olvidé de todo cuando escuché a Claudia contestándome emocionadísima pero a los susurros. Le dije que llegaría el fin de semana y le indiqué dónde me hospedaría, ella me dijo que la acababa de hacer la mujer más feliz de la tierra.

Antes de viajar volví a revisar las fotos una vez más y a leer las cartas, ya habían pasado cerca de quince años. Busqué en el portarretratos de los eventos de la oficina una foto mía y la comparé con las que tenía con Claudia, me reí de los cambios, sin embargo y afortunadamente Diávolo seguía llevándome a trotar y gracias a él no había engordado ni desarrollado la barriga cervecera de la que se enorgullecían mis coetáneos. ¿Cómo estaría Claudia? ¿Habría cambiado mucho? Al día siguiente lo sabría.

* * *

Al llegar a Ica me hospedé en un hotel en el centro de la ciudad, tenía una piscina enorme y habitaciones decoradas con elementos rústicos, las cabeceras de las camas, los colgadores de la ropa y hasta los soportes de la televisión eran trozos de troncos barnizados.

Acomodé mis cosas y me di un baño, como no sabía si Claudia seguía con su esposo, por previsión la registré con otros apellidos y la esperé en la habitación. Llegó a la hora pactada, abrí la puerta y estaba allí con sus enormes ojos negros, la abracé y la bese sin cesar; esta vez no esperamos, como si fuese el último día de nuestras vidas nos desnudamos e hicimos el amor con todo el cariño acumulado en los últimos años, con toda la pasión y la ternura del mundo y creo que por lo menos por mi parte, con algo de amor, del verdadero.

Al terminar Claudia se tapó con la sábana, noté que estaba avergonzada, acaricié sus mejillas, su oreja, su cuello, besé su hombro y le dije al oído que no se preocupe.
– Estoy gorda Gabriel – me dijo tapándose hasta la nariz con la sábana.
– No lo estás – afirmé sin mucha convicción.
– No me mientas tan descaradamente, yo tengo espejo en casa – me reclamó.
– Bueno, un poquito, pero las curvas no se han perdido.
Se rió de buena gana, conversamos largo rato desnudos sobre la cama, ella siempre cubriéndose y yo molestándola. Le conté de mi matrimonio y cómo había terminado, ella me contó del suyo y como todavía seguía en los mismos problemas, con la única diferencia que los chicos ya no eran tan chicos. Hicimos el amor de nuevo, pasamos la noche juntos y al amanecer despertamos abrazados y sonriendo.

Desayunamos en el hotel, frente a la piscina, como una pareja con muchos años de casados. Me pasó por la mente preguntarle cómo había hecho para pasar la noche fuera de casa sin despertar sospechas, pero desistí. Si algo aprendí acerca de las mujeres es que sus formas de resolver las cosas son como un acto de magia o prestidigitación, se pierde la gracia si se conoce el mecanismo. Terminado el desayuno me dijo que tenía que ir a resolver algún asunto, sospeché que tenía que terminar de darle forma al truco, quedamos en vernos para almorzar.

Caminé por las calles de Ica, se había convertido en una ciudad desordenada y bulliciosa, leí un periódico y tomé un helado. Fui un turista alegre y relajado después de muchos años. Frente a la plaza principal me dirigí a una tienda que vendía chocolates de varios tipos, una muchacha joven me atendió. La miré y sentí nostalgia al pensar en que habían pasado años desde la última vez que me detuve a ver la belleza de alguna muchacha.
– ¿Señor? – me dijo, sacándome de mi abstracción, le sonreí y señalé una caja de bombones, me di cuenta que hacía ya mucho tiempo que los adolescentes me trataban de usted y las muchachas jóvenes me decían señor.
– ¿Cómo se llama usted? – le pregunté mientras pagaba.
– Liliana.
– Liliana, que tengas un bonito día. Gracias.
– De nada señor.

Salí de la tienda sin ponerme los lentes oscuros y el sol brillante del exterior me cegó, caminé a la plaza y busqué una banca, no una cualquiera, busqué aquella donde años atrás bebimos verdadero pisco de Ica con Pepe, el Colorado Alfredo, Andrés, el Mollendino y otros más hasta el amanecer, precisamente un día antes de conocer a Claudia. Me senté y miré a la gente pasar, disfruté del sol amarillo, del cielo azul, de la sombra de un árbol, de la sensación de no conocer a nadie, de que nadie me conozca, de no sentirme obligado a saludar. Era un espectador anónimo y lo disfruté hasta el hartazgo como no lo había hecho desde que estaba en la universidad.

* * *

Durante el almuerzo hablé seriamente con Claudia acerca de su sobrepeso, le expliqué de la mejor manera posible que esa condición podía desencadenar en problemas serios de salud, yo conocía varios colegas que sufrían de diabetes sin haber tenido antecedentes familiares y por el solo hecho de haber subido de peso por encima del límite aconsejable. Ella me escuchó triste, al parecer me malentendió, pensó que le quería decir que ya no me atraía. Le tomé la mano y le dije que lo haga por sus hijos, ellos eran pequeños y la necesitaban, le pedí que me lo prometa. Asintió con la cabeza y buscó en su bolso un pañuelo, en su nerviosismo dejó caer varias cosas, entre ellas una cajetilla de cigarros.
– ¿Fumas? – le pregunté.
– Sí, ¿te molesta? – replicó.
– A mí no, pero deberías dejarlo.
– Es que tengo tantos problemas Gabriel. Me siento tan sola, no sabes qué difícil es todo esto para mí.
– Hazlo por tus hijos Claudia, ellos te necesitan más que yo o que tu esposo. Prométemelo.
– Lo prometo – dijo sonriendo pero con lágrimas en los ojos – ¿Te veré en la noche? – me preguntó.
– Lo siento, ha surgido una emergencia, debo partir hoy – le mentí.
– Ah ya – me contestó brevemente y sin preguntarme ningún detalle.

Nos despedimos sin mucho entusiasmo, cuando se alejó sentí una profunda pena. No debí haberme portado así, pero no tenía sentido darle más esperanzas a algo que no podía funcionar. En ese momento no tenía una razón precisa o un argumento, solo lo sentía. Lo vi todo claro cuando estaba sentado en la banca de la plaza. Caminé al hotel y subí a mi habitación, en realidad no tenía planeado irme, tampoco quería salir. Me quedé allí toda la tarde, viendo televisión. Por la noche, más por aburrimiento que por otra cosa, salí a la calle y vi que frente al hotel había un bar. Entré y me senté en la barra, un grupo de músicos afinaba sus instrumentos. Tomé varios tragos escuchando canciones de los años ochenta, cerca de las dos de la mañana fui a dormir mientras fumaba mi último cigarro. Había decidido dejar de fumar, ¿quién era yo para cuestionar a otros si hacía lo mismo? Ahora solo quería que pase rápido la noche para ir a tomar el primer bus y alejarme rápidamente de todo aquello que me hacía sentir tan mal.

viernes, 13 de enero de 2012

PESTAÑAS INFINITAS (Novela - Capítulos III y IV)

III

Siete años después, un veintitrés de julio, mientras bajaba del avión, en lo único que podía pensar era en que dentro de dos días más volvería a ver a Claudia. Desde la navidad que pasamos juntos en Ica no nos habíamos vuelto a ver, las cartas se fueron haciendo menos frecuentes con el tiempo, cada vez nos llamábamos menos, hasta que algún día borroso, sin fecha ni hora la conexión se rompió por completo. Recién el año anterior, por casualidad, había encontrado un artículo especializado escrito por su hermana, convertida en una reconocida bióloga. Al leer sus apellidos todos los recuerdos volvieron, aparecía su correo electrónico, le escribí saludándola y preguntando por el teléfono de Claudia, me contestó a los dos días y para mi sorpresa, me lo dio, y curiosamente seguía siendo el mismo que siete años atrás. La llamé y me pareció que no había pasado el tiempo.

* * *

Al regresar al hotel del Jirón Camaná en Lima, luego del primer día del curso de especialización, me paré en la ventana de mi habitación y encendí un cigarrillo, mientras fumaba pude ver un grupo de gente saliendo de una antigua construcción en la vereda de enfrente, con banderolas y gritando proclamas, eran miembros del sindicato de profesores del Perú. Ya sabía por la prensa que se había organizado una marcha en contra de la dictadura, sin embargo, al igual que yo, muchos pensaron que sería tan solo un berrinche provinciano sin mayor respaldo popular. Me recosté en la cama y me aflojé la corbata; mientras lanzaba una bocanada de humo hacia el techo me imaginaba a Claudia y sus ojos negros. ¿Cómo estaría? ¿Habría cambiado mucho? Habíamos hablado poco, le había comentado del viaje que ya estaba programado y ella me propuso encontrarnos en Lima. Imaginé que iríamos a cenar o almorzar, tomar algo, contarnos nuestras vidas. Pensé en los últimos siete años, yo estaba a punto de cumplir treinta, había terminado mi carrera hacía buen tiempo y ahora trabajaba para una compañía minera, no me podía quejar. En lo personal había tenido romances, pero casi ninguno de ellos se había convertido en algo más que un vago recuerdo en el tiempo, borroso, impreciso, indefinido.

Al día siguiente me llamó al hotel, acababa de llegar a Lima y quedamos en encontrarnos a las cinco. Más tarde, cuando estaba a punto de salir de mi habitación sonó el teléfono, el recepcionista me transfirió una llamada desde el lobby. Claudia se había asustado debido a los manifestantes que estaban marchando por las calles, y en lugar de esperarme había corrido a refugiarse en el hotel. Le pedí que suba. Esperé nervioso sentado en la cama hasta que tocó la puerta, me levanté y abrí. Nos abrazamos largo rato y como nunca antes; ella lloraba en silencio sobre mi hombro, hacía frio en Lima, ella vestía un traje gris y un gorrito del mismo material, sus ojos eran preciosos como siempre pero con brillo que no había visto antes, había madurado sin duda. Nos sentamos a conversar, me contó que se había casado, tenía un bebe y una hija pequeña. Preguntó por mi salud, si tenía pareja, lo dije que estaba bien, que estaba solo. De pronto se quebró en llanto nuevamente, me pidió perdón y yo no entendí por qué. Me dijo que siempre me había amado, que no había dejado de hacerlo ni un solo instante, que cuando nos distanciamos decidió olvidarse de mí, pero no lo logró. En ese intento había conocido al padre de sus hijos, se quedó en silencio y respiraba con dificultad, su llanto era ahogado, intenso muy sentido. Me acerqué y la abracé otra vez. Nos besamos, buscamos nuestros cuerpos. De pronto ella me detuvo, me pareció lo correcto, así que me incorporé y la abracé con ternura, mientras le pedía perdón. Me dijo que tenía que irse, miramos por la ventana y los manifestantes se habían alejado. Le ofrecí acompañarla al lobby, no aceptó, se limpió las lágrimas y se fue.

Estaba confundido, busqué en mis recuerdos, no me había equivocado, probablemente nadie me amaría como ella. Pero estaba casada, tenía dos hijos. Alguna vez pensé que lo más difícil en la vida, tendría que ser encontrar a alguien que lo ame a uno incondicionalmente. Yo había encontrado a alguien así y la había perdido. Ahora ya no sabía qué pensar. No quise preocuparme más, después de todo, tal vez había sido un error encontrarnos de nuevo, encendí la televisión.

* * *

A la siguiente tarde, me llamó otra vez, estaba cerca al hotel, nos encontramos y fuimos a cenar. Fue una conversación de amigos, al principio hablamos de todo un poco, luego me miró a los ojos y me dijo:
– Te lo quiero contar todo Gabriel.
– ¿A qué te refieres con “todo”? – le pregunté
Me contó que su marido era celoso al límite de la enfermedad, no la dejaba salir a ningún lado ni acompañada y mucho menos sola, ahora había logrado venir a Lima con excusas y mentiras, inventando un trámite burocrático. Ambos trabajaban en ciudades distintas pero cercanas, él la controlaba permanentemente por teléfono, convivían los fines de semana y era solo para discutir. Ya había sucedido que él había golpeado a otros hombres por el solo hecho de que la habían mirado o le habían sonreído. La última vez fue en un restaurant, precisamente cuando festejaban el cumpleaños de ella, un tipo desde una mesa cercana levantó una copa mirándola y él interpretó el gesto como un coqueteo correspondido. Se levantó y rompió una silla en la espalda del sujeto sin advertencia alguna. Ella ya no lo toleraba más. Ya no quería estar con él, pero no sabía cómo terminar la relación y más aún con los niños pequeños. Me dijo que no era feliz, en definitiva quería separarse de él, pero sus celos y el miedo de lo que pudiera hacerle como consecuencia de ellos, la asustaban.
– ¿Ya no sientes nada por él? – le pregunté.
– No – me contestó con firmeza.
– ¿Por qué no quisiste hacer el amor conmigo ayer en el hotel?
– Me dio vergüenza – dijo con una risa nerviosa y bajando la vista.
– ¿Pero vergüenza de qué? – volví a preguntar.
– No te lo dije, pero di a luz hace poco, y todavía sale leche de mis senos – y se echó a reír. Yo también reí y nos encontramos en una mirada cómplice como si nunca nos hubiésemos separado en estos siete años.

* * *

Terminamos de cenar y la acompañe a tomar un taxi, nos prometimos seguir en contacto. Caminé al hotel, en la recepción aproveché para pedir mi factura y avisar para que me despierten temprano debido a que mi vuelo de retorno estaba programado para las ocho de la mañana, el recepcionista me advirtió en tono confidente que mientras estuve afuera habían llegado tres buses de provincias con profesores sindicalizados de todo el país. Subí a mi cuarto y pude ver desde la ventana en el patio interior del local del sindicato decenas de personas acomodadas precariamente en viejos colchones e improvisadas tiendas de campaña. Llamé a recepción y pedí que me despierten a las tres de la madrugada.

Al día siguiente mientras desayunaba en el aeropuerto y luego en el avión rumbo a Arequipa pasé todo el tiempo pensando en Claudia y en nuestro extraño encuentro, en la historia del marido celoso y sus hijos. Traté de imaginar qué habría pasado si él la hubiese seguido hasta el hotel. Algunas horas después y ya en mi departamento, me enteré que los manifestantes contra el régimen habían incendiado el banco estatal ubicado a pocas cuadras del hotel, algunos vigilantes habían perdido la vida en la catástrofe. Meses después se diría que fue la propia dictadura la que inició el fuego para responsabilizar a los revoltosos. Por mi parte, no volví nunca más a hospedarme en ese hotel.

IV

Unos diez meses después del triste episodio del incendio del banco en Lima y con un gobierno transitorio que ya había convocado a elecciones generales, recibí una llamada de Claudia mientras me hallaba sentado frente al escritorio de mi oficina, tratando de resolver un asunto complicado. La atendí, con todo el cariño que pude, pero con la desagradable imagen mental de su marido celándola. Hablamos de todo un poco, ya no usábamos mucho la palabra “te extraño”, parecíamos viejos amigos que se cuentan cosas. En algún momento nos quedamos callados, sentí un suspiro en la bocina del teléfono, luego me preguntó: “¿Cuándo vienes a Ica?”

Tomé algunos segundos en contestar, le dije que no sabía, pero que haría lo posible. Por las actividades propias de la empresa era poco probable programar un viaje para esa zona, pero no imposible. Recordé que existían un par de antiguos juicios laborales en Chincha. Cuando colgué repasé mentalmente la conversación y me di cuenta que no había mencionado para nada a su marido. Me habló de sus hijos, de su trabajo de profesora, de sus hermanas, de su hermano que volvió de Rusia, de su mamá, pero no de él. ¿Sería que se separaron?

Me encontraba flotando en medio de mis dudas cuando el teléfono volvió a sonar. Contesté, era el auditor general, se había convocado a una reunión de emergencia con el directorio. Me puse el saco y caminé rumbo al salón de reuniones mientras pensaba cómo podría hacer para hacerme un poco de tiempo e ir a Ica. Cuando llegué estaban los directores reunidos con el auditor, se notaba tensión en el ambiente. Ingresé y de inmediato me cuestionaron sobre la reciente elección de miembros del directorio. Resultaba que uno de los recién elegidos tenía acciones en otra minera, de acuerdo al estatuto para ser miembro del directorio tenía que haberse deshecho de esas acciones previamente.

Yo sabía de sobra que habían razones ocultas para ese extraño cuestionamiento, el nuevo director de apellido Ramírez, era contrario a la gestión actual y contaba con el apoyo de gran parte de los accionistas. Era casi un hecho que sería el próximo presidente del directorio. Noté que Ramírez no estaba presente. Opiné brevemente, y sin tomar asiento siquiera, que no veía el problema, el periodo de tachas ya había pasado y nadie se había opuesto a su candidatura. Si se demostraba que aún mantenía acciones en otra empresa se le podría sancionar con una suspensión y exigirle la transferencia de las acciones para permanecer en el cargo. Recomendé confirmar previamente la existencia de las supuestas acciones y luego recién proceder.

Luego de escucharme, el presidente del directorio todavía en funciones tomó un documento y me lo entregó para que lo lea. Era una resolución de nulidad de la elección de Ramírez, sonreí tratando de mantener control mientras dentro de mí empezaba a bullir la cólera. Con el documento en la mano les dije que era una farsa que me llamaran solo a validar una cuestión que ya habían acordado previamente, el documento no era un borrador, era una resolución que contaba con la firma de todos los directores excepto la de Ramírez, por obvias razones, y de don Gualberto Morales, un hombre leído y educado, quien se negó a firmar. Al parecer ya habían previsto mi reacción, puesto que me dispensaron, antes de salir reiteré claramente mi posición y me fui.

Cuando bajaba por las gradas, me encontré con el Gerente General y solo en ese momento me di cuenta que él tampoco había estado en la reunión.
– ¿Qué sabes de lo de Ramírez? – le dije.
– Parece que están cocinando algo – me contestó.
– Ya está servido – afirmé molesto
– Eso quiero ver.
– Ten cuidado. Esto huele mal.

Pasamos cerca de tres meses atrapados en un terrible lio de poderes, la cosa se complicó porque el Gerente General, a pesar de saber las mismas cosas que yo sabía, se mostró en un inicio extrañamente complaciente con la decisión del directorio, luego tuvimos una seria conversación y le expliqué los alcances legales de lo que estaba sucediendo y además le reclamé su falta de consistencia. Noté que se sintió incómodo entre mi posición y su necesidad de quedar bien con el directorio. Luego y con el transcurso de los días tomó claro partido por Ramírez, como debía ser, y con mayor razón cuando después descubrimos que este efectivamente había transferido las acciones de la otra empresa un año antes y por tanto no había mentido en su declaración jurada. Al parecer el reporte en el que aparecía como accionista no era otra cosa que uno de esos frecuentes casos en el país de bases de datos desactualizadas y el directorio, en su desesperación, se había apresurado en tomar decisiones sin confirmar previamente la información.

Por si esto fuera poco, al mes de haberse producido las elecciones del directorio, los poderes del actual presidente se vencieron, empezaron a rebotar los cheques, los proveedores presentaban reclamos respecto a sus pagos, se generaron retrasos en las planillas y peligraban los contratos con los compradores extranjeros. Al final y contra la terca resistencia del auditor general, que se constituyó en una especie de inquisidor decimonónico, Ramírez fue incorporado al directorio y, como se esperaba, elegido Presidente, este a su vez ratificó en la gerencia general a Samuel Tower a pesar de su inicial debilidad. Cuando salíamos de la primera sesión del nuevo directorio el auditor se acercó a Tower y le susurró de modo que todos alrededor pudieran escucharlo: “Esta me la vas a pagar.”

Me tomó casi dos largas semanas inscribir los poderes y facultades del directorio en los registros públicos y en los bancos, obtener las nuevas chequeras y gestionar lo necesario para dejar todo en orden desde el punto de vista legal, por su parte el auditor general y Tower se enfrascaron en una pelea permanente que se convirtió en un asunto personal. Las reuniones de directorio pasaron a ser eternos cuestionamientos al gasto y al manejo de la compañía, eran sesiones pesadas, sin acuerdos sustanciales y repletas de discusiones bizantinas. En esos días programé un viaje a Ica, quería darle una sorpresa a Claudia y aprovechar para relajarme un poco; por ello decidí ir directamente en bus, ya que Ica no tenía aeropuerto y no quería tener que pasar por Lima. En el fondo también quería rememorar aquella vez que fui a pasar la navidad con ella.

La semana siguiente antes de ir al terminal, compré chocolates y flores, las acomodé de la mejor manera posible en una caja para que pudieran resistir el viaje de doce horas. Salimos de Arequipa a las ocho de la noche. Luego de que la guapa anfitriona nos hiciera jugar al bingo y después de ver el inicio de una comedia romántica, me quedé completamente dormido. Me desperté dos horas más tarde debido al incesante sonido de los pitidos producidos por los mensajes de texto y de voz entrando en mi celular uno tras otro. Miré por la ventana, las luces y letreros luminosos fueron señal clara de que estábamos ingresando a Camaná. Iba a revisar los mensajes cuando timbó el celular. Era Ramírez.

– Gabriel, tienes que venir a la empresa, cancela tu viaje – me ordenó con voz nerviosa
– ¿Qué ha pasado? – pregunté.
– Es Tower – me dijo apesadumbrado – auditoría acaba de ingresar un documento, dicen que su título profesional es falso.
– ¡Diablos! – exclamé – ¡lo que faltaba!

Bajé del bus en el terminal de Camaná y tomé un taxi “cueste lo que cueste” por expresa orden de Ramírez, con suerte, y viajando toda la noche, estaría en el campamento al amanecer.

* * *

Cuando llegué a la mina lo primero que hice fue buscar los legajos de personal, curiosamente el de Tower no tenía la copia de su título profesional, lo que era raro porque era un requisito previo para la contratación. Yo mismo había redactado el contrato y recordaba claramente haber visto el título y confirmado con él directamente y por teléfono la fecha de graduación y el número de su colegiatura. Tower llevaba dos años con nosotros, y se había comportado siempre como un gerente sobrio y proactivo, a diferencia de los anteriores que se fueron casi siempre, con o sin razón, acusados de malos manejos. Busqué en su hoja de vida y anoté el lugar y años de estudios. Llamé a la universidad aprovechando que una tía mía, doña Cata, trabajaba en uno de los vice rectorados. Media hora después me confirmaba el dato de que el nombre de Samuel Tower no figuraba siquiera en los registros de alumnos con estudios inconclusos, le pregunté a mi tía Cata si me podía enviar una constancia de ello y me dijo algo sorprendida, como si fuese la cosa más evidente del mundo, que toda esa información estaba en la página de internet de la universidad. Le agradecí y colgué, efectivamente en la página de la universidad había una opción de búsqueda de alumnos con fecha de graduación y egreso, Tower no figuraba por ningún lado, algo tan simple y a nadie, incluyéndome, se le había ocurrido hacer esa operación, imprimí la imagen de la búsqueda negativa y subí a la oficina de la presidencia del directorio. Allí ya me esperaba Ramírez.
– ¡Pero Gabriel! – me dijo luego de escuchar mi explicación – ¿quien contrató a Tower?
– De acuerdo al legajo fue por medio de una empresa de evaluación de personal señor – le contesté.
– ¿Y no se supone que verifican la información?
– Sí, se supone que eso hacen, verifican estudios y empleos anteriores, eso se plasma en un informe.
– ¿Hay posibilidad de demandar a esa empresa?
– Yo creo que sí.
– De acuerdo, de todas maneras trata de que el asunto sea lo más limpio posible, no quiero escándalos ni juicios. Haz el esfuerzo Gabriel.
– Eso haré
– Y ten cuidado con el auditor – me advirtió.
– ¿Por qué?
– No está contento con haber hurgado en la vida de Tower y averiguar lo del título, también quiere denunciarlo por ejercicio ilegal de la profesión, falsificación de documentos y sabe Dios qué más.
– Entendido – contesté y salí de la oficina.

Durante tres largos días tuve que negociar con Tower su salida de la empresa para evitar cualquier contingencia laboral y además amortiguar el escándalo público; a pesar de lo evidente, él negaba los hechos. Decía en su defensa que no le había causado ningún daño a la compañía y era cierto de alguna forma; desde el punto de vista económico durante su gestión la empresa había crecido más que en otros años, no había evidencia alguna de malos manejos ni enriquecimiento indebido. A pesar de las prolongadas conversaciones que tuve con él, no pudo explicarme como hizo para llegar a un cargo tan alto sin que nadie se diera cuenta del título falsificado. Además nunca reconoció haber falsificado nada ni tener algún título, su argumento – inverosímil por cierto – era que por error había colocado sus datos en una plantilla de currículum de otra persona que seguramente tenía estudios de administración y a él se le había olvidado borrarlo, me contestaba además con la excusa ridícula de que se sentía un profesional en su trabajo y que eso le bastaba, y cuando yo insistía sobre el título me decía que él no tenía que probar nada a nadie. Al tercer día de largas negociaciones en paralelo también con auditoría para evitar un inútil juicio, Samuel Tower fue despedido discretamente, no se le pagó indemnización alguna, no se le denunció por ejercicio ilegal de la profesión ya que no se afectaron los intereses económicos de la empresa y no se le denunció por falsificación de documentos, aunque esto último pudo haberlo llevado a la cárcel, sin embargo lo cierto es que nunca apareció el título falso que pudiera probar el delito. Con la empresa de contratación de personal que lo entrevistó y evaluó, llegamos a un acuerdo económico para indemnizar a la compañía, a esos niveles nadie quiere aparecer en la página de judiciales de los periódicos. A pesar de mis investigaciones, no hubo manera de determinar quién sacó la copia certificada del título profesional del expediente de Tower. Algunos días después le hice la pregunta cautelosamente a Ramírez. No se inmutó, sin levantar la vista del documento que estaba firmando me dijo:
– Debe haber sido el diablo.

Pocas semanas más tarde se las arregló para despedir al auditor general.

miércoles, 11 de enero de 2012

PESTAÑAS INFINITAS (Novela - Capítulos I y II)

I

Todavía no habían terminado de apostar cuando el Mollendino se lanzó al agua, empezó a bracear con fuerza y lo vimos perderse entre el oleaje todavía ligero; en el horizonte aún se podía ver, como un buque fantasma sobre la reverberación del sol en las aguas del océano, la silueta a contraluz de la bolichera a medio hundir a donde se habían desafiado llegar con Andrés. Mientras los observábamos, un pescador de voz aguardentosa y rostro forjado a sol y arena murmuró:
– Mala hora para nadar, el sol se está poniendo, el mar se pica.
Nos miramos y volteamos hacia ellos gritando para que vuelvan, levantando y agitando los brazos, pasaron largos minutos, de pronto una cabeza emergió, era Andrés que se acercaba a la playa con un nado cansado. Contuvimos la respiración y esperábamos que apareciera también el Mollendino al mismo tiempo que rezábamos para que haya desistido. Cuando Andrés se puso en pie todavía con el agua hasta las rodillas, entendimos por su expresión que estaba agotado.
– No se puede – nos dijo con la voz quebrada.
– ¿Y el Mollendino? – le preguntamos al unísono.
– No sé – contestó mientras empezaba a tiritar

No supe qué hacer, me di cuenta que todavía estaba con un vaso lleno de cerveza en la mano y me lo bebí de un trago por los nervios, Pepe salió corriendo hacia al muelle para hablar con algunos pescadores, lo seguimos. Una vez allí les pedimos ayuda, pero ninguno de ellos quiso volver a la mar, negaban con la cabeza y explicaban con frases cortas señalando el horizonte mientras amarraban sus botes, decían que era muy tarde y que el mar estaba movido, nadie salía a esa hora. Se me ocurrió que si los pescadores más experimentados se resistían a adentrarse al océano a pesar de ofrecerles dinero por el servicio, tenía que ser porque era realmente peligroso. En ese momento, para nuestra suerte, atracó un moderno deslizador con motor fuera de borda repleto de turistas del último turno que volvían de fotografiar a los lobos de mar, le rogamos al conductor que nos ayude a rescatar a nuestro amigo, él sujeto vio nuestra desesperación y accedió. Nos subimos de inmediato y partimos, rápidamente llegamos muy cerca de la vieja bolichera, allí estaba el Mollendino con los ojos rojos y exhausto, apoyado en un trozo de madera que emergía por uno de los costados de la armazón podrida. Pepe, tal vez por el efecto de las cervezas que habíamos bebido más temprano, se lanzó al agua a su rescate y al emerger, salieron también a flote sus lentes oscuros de plástico, sus sandalias y su billetera de velcro. A pasar de lo dramático del momento nos echamos a reír. Pepe recogió sus cosas mientras flotaban y le pidió al Mollendino que suba al deslizador. Él negó con la cabeza.
– No, yo voy nadando, adelántense.
– ¡Estás loco! – le grité – todos dicen que es peligroso.
– ¡Yo regreso nadando! – insistió firmemente – si quieren me acompañan.
Empezó a bracear de regreso, ayudamos a Pepe a subir al deslizador y le pedimos a nuestro conductor que siga de cerca al Mollendino, luego de unos veinte minutos que parecieron durar una eternidad llegamos a la costa, no imaginábamos todo el alboroto que se había producido en la playa, los pescadores esperaban atentos y aplaudieron cuando el Mollendino pisó la arena, nosotros bajamos del deslizador y lo abrazamos, los que se quedaron en la playa se acercaban también y vitoreaban. Habían ciento de curiosos, turistas sacando fotos y el Mollendino bebía con todos y brindaba por Mollendo, decía a quien lo quisiera escuchar que todos los mollendinos eran así de machos y conocedores del mar.

Andrés con un gesto de caballero se acercó y lo abrazó cordialmente al tiempo que lo felicitaba, en ese momento en medio de la algarabía y el alboroto, volteé y la vi, su sonrisa nacarada y su mirada intensa destacaban claramente de entre el grupo de chicas jacarandosas y alegres que también se habían acercado a curiosear. Me quedé mirándola fijamente por unos segundos y creí notar que se sonrojó un poco. Tenía unos ojos enormes y unas pestañas largas y negras que los hacían parecer más grandes todavía. Pepe me susurró:
– Esa morena está que te mira
– ¿Sí? – fue lo único que atiné a decir.
– Sí – me contestó y agregó – anda háblale.
– Háblales tú – le supliqué.
Pepe se acercó y les preguntó algo, ellas rieron nerviosas, me llamó y me acerqué, nos presentamos, les contamos que éramos de Arequipa y habíamos venido a un congreso de estudiantes de derecho en la universidad de Ica, conversamos, compramos algunas cervezas y reímos todos. Pepe llamó a los demás, al Mollendino y a Andrés e hicimos un grupo enorme y divertido; ella y yo no dejábamos de mirarnos. Lo pasamos muy bien hasta que de pronto las muchachas secretearon entre ellas y nos avisaron con pesar que ya era tarde y se tenían que ir. Pepe, leal como siempre, trató de hacer una cita para el día siguiente, resultó y quedamos en encontrarnos en un parque de la ciudad de Ica al medio día. Ellas se fueron y nosotros poco después subimos al bus de la universidad que nos estaba esperando y partimos también. Ya se había hecho de noche.

Más tarde al llegar al hotel acordamos salir a dar una vuelta por alguno de los lugares más sórdidos de la ciudad, era la última noche que podíamos hacer algo por nuestra cuenta ya que al día siguiente era la clausura del congreso de estudiantes; nos bañamos y acicalamos como se debía para la situación, subimos todavía con los efectos del alcohol a un par de taxis y nos fuimos rumbo al prostíbulo de las afueras de la ciudad. En realidad solo queríamos caminar por los pasillos del burdel iluminados con tenues luces rojas y violetas, mirar a esas mujeres de todas las edades y todos los colores, vestidas escasamente con lencería barata, paradas todas ellas en el marco de las puertas ofreciéndose y tratando vanamente de parecer sensuales. Difícilmente podíamos hacer más, a esas alturas del viaje, a la mayoría de nosotros ya no nos quedaba mucho dinero y a lo mucho teníamos para la entrada y el taxi de regreso. Luego de dar vueltas y preguntar las tarifas solo para tener excusa de ver de cerca a las respetables señoras, muchas de ellas todavía sumamente guapas, decidimos regresar al hotel para descansar; los únicos que habían llegado decididos a pasar un buen rato a toda costa eran el Colorado Alfredo y Pepe. Los buscamos, al poco rato el Colorado aparecía saliendo feliz de un cuarto y se despedía en francés de una morena de cabello batido y caderas imponentes que decía ser colombiana, ella le envió un beso volado y el Colorado con un salto lo atrapó en el aire y lo guardó en el bolsillo de su camisa, cerca del corazón, mientras guiñaba un ojo y la mujer se desternillaba de la risa haciendo adiós con una mano y apoyándose con la otra en el quicio de la puerta de su habitación; minutos después encontramos a Pepe refunfuñando:
– ¿Quién me presta treinta soles? – preguntó.
– ¿Qué? ¿Y tu plata? – inquirió el Colorado.
– Ninguna me quiere aceptar esto – contestó Pepe apesadumbrado mientras nos mostraba un billete de cincuenta soles todavía mojado por el agua del mar – ¡creen que es falso!

* * *

Al día siguiente, al medio día, en la pausa para salir a almorzar, buscamos a Claudia y a sus amigas en el parque donde habíamos quedado encontrarnos, al llegar miramos alrededor y no estaban. Debimos haber sabido que no vendrían. Pepe me dio una comprensiva palmada en la espalda y fuimos a buscar algo de comer. No tocamos más el tema durante el almuerzo. Cuando volvimos para la jornada de la tarde, el chofer del bus de la universidad nos llamó, nos contó que habían venido dos muchachas preguntando por Pepe y por mí y al no encontrarnos nos habían dejado unas notas escritas en hojas de papel cuadriculado.

La mía tenía corazones dibujados y un breve mensaje, cortés y educado pero cariñoso, me dejaba su número telefónico y su dirección. La alegría que sentí se apagó rápidamente cuando recordé que esa noche era la última que estaríamos en Ica, luego averigüé dónde quedaba su casa y era en un anexo rural, en las afueras, a varios kilómetros de la ciudad. Finalmente tomé la decisión de que la carta sería un lindo recuerdo del viaje y me la guardé. Al día siguiente y durante casi todo el trayecto, mientras miraba las dunas a través de la ventana del bus, pensaba en Claudia, en sus enormes ojos negros y su limpia sonrisa de marfil.

II

De pie, levanto el teléfono, marco el código, luego el número y espero. Primero el sonido sordo de la línea estableciendo contacto y luego me contesta una voz dulce; pregunto por Claudia, me identifico, “un momento” me dice, escucho al fondo un grito “¡Claudia!”, alboroto y pasos, un carraspeo, me contesta y dibujo curvas imaginarias en la pared con la punta de mi dedo mientras escucho su voz, cierro los ojos y le digo que la extraño a pesar de casi no conocerla. Ella se queda en silencio, se ríe suavemente y me dice que también me ha extrañado, nos quedamos sin palabras, pero no es un silencio incómodo, lo disfrutamos, me rio y ella también. No hay mucho que decir, nos entendemos, empezamos a querernos sin saberlo.

* * *

Al llegar a casa luego de las clases en la universidad, mi madre me dice que ha llegado otra carta de Ica, emocionado la recojo de la mesita del teléfono y la leo de pie; como siempre, viene perfumada y acompañada de una foto, Claudia me cuenta que recibió mi última carta y se la ha mostrado a su familia, a sus amigas, en fin, a todos; que está muy feliz y me explica con detalle las cosas que hizo durante toda la semana, siempre pensando en mí, al final me pregunta si ya tengo pensado cuándo iré a Ica.

Me quedo meditando respecto a ello, miro el calendario colgado en la pared, el año está cerca de terminar y decido que viajaré para la navidad, sé que es una decisión impulsiva, que nunca he pasado navidad fuera de casa, pero ya está decidido. Salgo a la calle y camino hacia la bodega a comprar papel para carta y un sobre.

* * *

Era veintitrés de diciembre por la noche cuando llegué al anexo de Guadalupe, mi madre no estaba feliz cuando me despedí de ella, pero no me reprochó nada. Ahora estaba bajando del bus, con mi viejo maletín de cuero marrón, que alguna vez fue de mi abuelo. En la terminal esperaba Claudia acompañada de su mamá, nos abrazamos con algo de reparo por la presencia de su madre a la que saludé inmediatamente después con exagerada cortesía y franco afecto.

Caminamos sin dejar de conversar hasta la casa de Claudia, una vez allí les pedí que me indicaran cómo llegar a un hotel, pero Claudia y su mamá me dijeron que no había problema, la casa era grande y tenía algunas habitaciones extra que yo podría usar. Agradecí el gesto, y me quedé pensando en la hospitalidad sincera y cálida de dos personas que no sabían casi nada de mí, a su mamá era la primera vez en mi vida que la veía y con Claudia, a pesar de las múltiples llamadas y conversaciones telefónicas, solo nos habíamos visto dos veces contando esta.

Esos días fueron cortos e inolvidables, pasé la navidad con Claudia, su madre, su abuela y sus hermanas. El padre de ella había fallecido en un accidente de tránsito y su único hermano estudiaba en Rusia gracias a una beca. Los siguientes días paseamos por la Huacachina y fuimos a la piscina del hotel Los Médanos en la carretera, caminamos por las calles de Guadalupe tomados de la mano a veces, abrazados otras, hablábamos, reíamos y recordábamos el día que nos conocimos, nos besábamos delicadamente al principio y luego cediendo a la pasión. Un día nos quedamos solos en casa, hicimos el amor, tiernamente y con honestidad, era su primera vez, al terminar ella lloró y nunca pude olvidarme de esos enormes ojos negros con sus pestañas infinitas llenos de lágrimas por la inocencia perdida.

* * *

Dos días después tuve que partir, nos despedimos y entristecimos en el terminal de buses. Ella me prometió amor eterno y yo volver lo más pronto posible. En el bus de regreso tuve el mal presentimiento de que no la volvería a ver. Me invadió la terrible duda acerca de si ella a pesar de sus diecisiete años sería el amor de mi vida. Me di cuenta que no la amaba como ella a mí. Me di cuenta también de que nunca encontraría a nadie que me ame tanto.

jueves, 30 de junio de 2011

ROXANA (Cuento)

Nos veíamos casi todos los días, ella iba a la cancha de frontón con la excusa de practicar más y yo sabía que era para verme, me sentía feliz por ello pues si bien me sentía atraído por ella, ahora sabía que ella también se sentía atraída por mí. Un día sin más ni más le dije que me esperara al final del juego, salí, conversamos un poco, la miré a los ojos y le dije que me gustaba, que la necesitaba y la besé. Ella me aceptó. Salimos abrazados y yo era el hombre más feliz del mundo. Fuimos así de felices durante un año, yo la quería tanto que no pensaba en nadie más. Cuando estuve enfermo ella me llamaba y conversábamos horas por teléfono. Yo le escribía de todo, versos, cartas de amor y mensajes desesperados si no la veía durante unos días. Pasaba todas las tardes en su casa, conversábamos de todo un poco, yo le conté casi toda mi vida con la sinceridad más grande del mundo. Ella… ella no sé.

Cuando sus padres no estaban hacíamos el amor, al principio éramos torpes, pueriles, después aprendimos a comprendernos, a amarnos con pasión. Éramos así tan felices entonces. En ese año pasaron cosas buenas para los dos, Roxana ingresó a la universidad y yo también. Hacíamos planes para el futuro, para nuestras carreras.

Fue entonces cuando empezamos a pensar juntos en el futuro, en una casa, en un matrimonio, en hijos. Pero como nada es perfecto llegaron los problemas y con ellos el verano. Sus padres habían decidido pasar la temporada al norte de Chile, durante un mes. Yo me quedaría en Arequipa a pesar de que era época de vacaciones en la universidad. Para ese entonces ya no jugaba frontón, solo me dedicaba a mi carrera y a Roxana. Se fue, me juró que me extrañaría y que volvería lo más pronto posible. En ese momento me pareció que eso ya lo había soñado, pero no estuve seguro, así que no le dije nada. La besé y dejé que se fuera. Los días siguientes fueron terribles para mí, sentía una presión terrible en el pecho y la sensación de encontrarme absolutamente solo.

A los quince días de haberse ido, me llamó por teléfono, su voz me pareció lejana, vacía. Entonces le dije “te quiero” ella se quedó callada y después de una pausa me respondió con un frio “yo también”. Me dijo que me enviaba unas cartas y que fuera a recogerlas a casa de una amiga. Cuando recogí esas cartas dos días después tuve una extraña sensación helada en mi base de la espalda y en toda la cintura. Ella solo decía que la pasaba bien, que salía a pasear y que había estado en una fogata. Todo esto me afectó. Aunque no decía nada más yo tenía la clara idea de que la estaba perdiendo. Di vueltas por mi casa sin saber que pensar. Fui al parque y me quedé sentado a pesar de que empezaba a llover. Y allí sentado empecé a sentir como mis lágrimas se mezclaban con la lluvia, estaba llorando de dolor, de impotencia y de cólera. Pero sobre todo de desesperación porque sabía que algo malo estaba pasando, que algo se estaba rompiendo y que nunca podría repararse.

Un poco más de una semana pasó y ella me llamó, ya había vuelto. Nos encontramos y hablamos, me costó sacarle la verdad, ella con la excusa de no querer herirme, no quería decírmelo, al final la convencí. Había conocido a alguien más, se había enamorado, habló de irse, yo me quebré. Lo que se había roto ya no podría repararse. Lo supe en ese momento.

En los siguientes tres años volvimos juntos y nos alejamos varias veces. Al final me cansé de sus promesas, sus traiciones y sus inseguridades, la dejé ir. La última vez ella no quería decirme nada pero yo sabía que alguien había aparecido en su vida otra vez. Antes me había prometido no volverme a herir, la liberé de su promesa, le dije “esta vez te dejo yo” y fue la última vez que la vi. Sé que la amé, pero algo se rompió en mí. Hoy en día, cuando alguien habla del verdadero amor, yo pienso en Roxana.

viernes, 11 de marzo de 2011

LA TRAICION (Cuento)

Marcelo caminó despacio entre las columnas del lugar, un espacio enorme, un patio que parecía abandonado, con enormes bolsas viejas por doquier y material de construcción disperso. No podía ver a su compañero, giró sobre sí mismo y trató de buscarlo con la vista. Le pareció ver algo moviéndose debajo de una de las bolsas apoyadas en una columna cercana, se fijó y le pareció ver algo como una serpiente, una cobra oscura. “¿Una cobra?” se dijo, y se le erizaron los pelos de la nuca, en ese preciso momento sintió una ligera presión en la pierna y con horror vio como una serpiente se había enroscado en su tobillo, inmovilizado le tomó unos segundos reaccionar y gritar, pero nadie lo escuchó. Respiró y a pesar del miedo y el sudor que empezaba a brotarle por los poros trató de mantener la calma. Levantó las dos manos lentamente evitando cualquier movimiento brusco, no quería asustar a la serpiente, recordó que semanas antes, había oído en un programa de la televisión que su hija estaba viendo mientras él preparaba un informe, mencionar que las serpientes venenosas usualmente tenían la cabeza triangular, trató de mirar con cuidado, estaba tan nervioso que no podía fijarse bien en la cabeza. El desagradable ser se desplazaba lentamente por su pierna, ejerciendo presión… se preguntó qué pasaría si sacudía la pierna para que el animal se cayera, miró con cuidado y se dio cuenta que era imposible, el cuerpo del reptil ya le daba por lo menos dos vueltas a su pantorrilla, aprovechó y pudo ver sus ojos pequeños, brillantes, no tenía el color escandaloso de las especies letales y eso lo alivió un poco, era de un gris verdoso. Pero la cabeza, la cabeza era entre ovalada y triangular, se arrepintió no haber visto ese programa en la televisión junto a su hija, como ella se lo había pedido. Volvió a levantar la vista para ver si alguien se acercaba, “¿las serpientes oyen? se preguntó, estaba dispuesto a gritar de nuevo pidiendo ayuda, cuando percibió el rápido desplazamiento de la culebra hasta su muslo, entonces bajó lentamente la mano derecha, sabía que si lo mordía y era venenosa, no llegaría a tiempo a la salida del lugar para pedir ayuda, pero corrió el riesgo, acercó lentamente la mano por detrás de la cabeza de la serpiente, pero dudó, no se atrevió a cogerla, esta volteó y rápidamente enroscó parte de su largo cuerpo en su antebrazo, Marcelo sintió aflojar su esfínter, el miedo lo invadía, tenía la mano izquierda levantada, las piernas semi dobladas y el brazo derecho pegado a su muslo, lo ridículo de su posición lo hizo sonreír mientras aprovechaba un descuido de su enemiga y la tomaba precisamente del cuello, la apretó sin mirarla ya, fuertemente y con desesperación para evitar que pudiera atacarlo, esperando recibir una dentellada en los dedos o en la mano. Pasaron unos segundos y no sintió nada, se atrevió a mirar y vio la pequeña cabeza dislocada y con las mandíbulas abiertas, con algo de asco se la desenredó de la pierna y la lanzó al piso, “era larga la condenada” pensó. Caminó un poco, buscó los baños, caminó y los halló, pero desde afuera parecían nauseabundos, pensó que fácilmente podía haber más serpientes allí. Desistió, pero al voltear para irse, vio en el suelo mojado algunos billetes, dólares, uno sobre otro, mojados también, los recogió rápidamente, aunque le pareció percatarse que algunos eran más parecidos a los del monopolio que a los billetes reales, luego cogió la serpiente y corrió hacia los ambientes donde se llevaba a cabo la construcción, llegó en mucho menos tiempo del que esperaba y se aproximó a su compañero que estaba sobre una escalera reparando algo:
- Mira esto, ¿es venenosa? – le preguntó mientras le mostraba la serpiente muerta.
- No - le contestó tranquilamente – parece una boa joven.
Marcelo recordó la presión que ejercía la serpiente en su pierna y concordó, era un constrictor, ahora no se sentía bien, se había metido el susto de su vida y además había matado a una especie protegida. De pronto apareció su perro y se llevó a la serpiente, a la que le pareció ver sacudirse un poco, pero eso era normal, había visto serpientes moverse luego de muertas, son reacciones musculares post mortem, espasmos. El perro salió por una puerta extrañamente luminosa llevándose a la boa en su boca.

* * *

Marcelo despertó y vio la luz de la ventana, “mierda, me quedé dormido” pensó, miró su celular y efectivamente estaba apagado, se fue directo a la ducha a darse un baño rápido, mientras se jabonaba le vino a la mente su sueño: “Una serpiente, dinero mojado y mi perro, huevadas.” Terminó de ducharse, se cambió y se fue volando al trabajo sin despedirse de su esposa que seguía durmiendo. Una vez en la oficina se puso a trabajar pero el sueño le daba vueltas, alguna vez una enamorada suya le había dicho “Maldito, no te atrevas a engañarme”, él le preguntó porqué le venía con tan disparatado comentario y la muchacha le había respondido: “Es que anoche me soñé con una serpiente.”

A las nueve de la mañana, se tomó unos minutos, estiró su espalda y se recostó un poco sobre la silla, miró el teléfono sobre la mesa y sonrió. “Qué mierda” pensó y tecleó el número:
- ¿Aló? ¿Aló?
- ¡Aló mamita! Soy yo, Marcelo
- Hola hijito, ¿Cómo estás? ¿Te estás abrigando? Está haciendo frio.
- Si mamá – contestó Marcelo condescendiente – ¿Cómo estás tú más bien?
- Bien hijito, bien.
- Mami, un favor – dijo Marcelo entre amable y cariñoso - ¿Qué significa soñarse con serpientes?
- ¡Ay! ¿Te has soñado tú? ¡Malo malo! ¿Venenosa? ¿Te ha mordido?
- No, mamá, en el sueño se me enrosca pero la mato al final.
- ¡Ah! – Exclamó aliviada la mujer, ¡bueno bueno! Eso es bueno. Si la matas es que tus enemigos te van a querer hacer daño, pero al final los vences. Tienes que tener cuidado.
- Gracias ma, y… ¿Con dinero mojado?
- ¿También eso? ¡Ay hijo! Dinero, dinero. Con dinero problemas vas a tener. Ten cuidado mijito ¿ya?
- Claro mamita, no te preocupes, ahora tengo que trabajar, gracias. Cuídate tú también.
- Dios te bendiga.
- Gracias, chao ma.
- Chao chao...
Marcelo colgó. “Traición, enemigos, ¡huevadas!”

Continuó trabajando, la idea le seguía rondando la cabeza, normalmente se levantaba de la cama sin recordar lo que había soñado o con un vago recuerdo de lo soñado, impreciso, pero esta vez el sueño era tan vívido. Trató de recordar qué cosas había visto en la televisión la semana pasada, si había hablado de serpientes o algo similar con alguien. Estaba convencido que los sueños estaban compuestos de pedazos de experiencias pasadas. Nunca había creído en sueños premonitorios como lo hacía su madre. “Bueno, mamá cree en la Cruz de Caravaca, en San Benito de Palermo, en el poder de los huairuros, en San Cipriano y en la Pacha Mama, y claro también en el significado de los sueños” pensó divertido. Trató de olvidar el tema y se concentró en sus labores.

A la hora del almuerzo salió como siempre rumbo al restaurant de la tía Bertha, inicialmente un huequito hecho en la cochera de una casa colonial donde iban a almorzar él y sus compañeros de trabajo, ahora el restaurant ocupaba toda la casa, la señora tenía una sazón de primera. Prácticamente todos los trabajadores de las empresas y oficinas a tres cuadras a la redonda almorzaban allí. Levantó la vista y unos tres metros adelante estaba Arturo, caminando despreocupado también rumbo al restaurant, iba a acelerar el paso cuando sintió un brazo alrededor de su cuello y una voz aguardentosa ordenándole que se ponga tranquilo, al mismo tiempo otra persona rebuscaba sus bolsillos, gritó débilmente y forcejeó inútilmente, lo estaban cogoteando. De pronto sintió la presión en su cuello aflojarse y la figura de Arturo sobre él, logró colaborar lanzando un par de codazos mientras caía al piso y se incorporó rápidamente, uno de los pillos aun estaba en el piso con el celular de Marcelo en la mano, Arturo le propinó un puntapié en la espalda y Marcelo le arrebató el celular antes de que pudiera escapar a gatas, el otro ya corría raudamente por la calle y volteaba por una esquina. Arturo ayudó a Marcelo a limpiarse el terno y a acomodarse la corbata.
- ¿Estás bien? – le preguntó.
- Sí, sí. - dijo Marcelo todavía acomodándose, agitado.
- ¿Te ha robado algo?
- Creo que no.
Revisó sus bolsillos y su billetera estaba todavía ahí, un bolsillo del pantalón estaba roto, pero las llaves del auto, de la casa, todo estaba completo, y finalmente había recuperado también su celular.
- Está todo – dijo todavía saliendo del shock – Oye, gracias Arturo, la verdad me salvaste hermano.
- Me debes un almuerzo – sonrió Arturo.
Fueron a almorzar, Marcelo estaba callado al principio, luego fue recuperando confianza, relajándose, “¡Qué susto, mierda!” Luego cuando esperaban el postre le dijo a Arturo:
- Esta huevada me la soñé anoche aunque no me creas.
- ¿Un deja vu?
- No, no tanto así – precisó Marcelo – soñé con una serpiente que se me enroscaba y a la que luego lograba matar, también con dinero mojado, llamé a mi viejita y me dijo que la serpiente es un enemigo, los choros, ¿ves? Como yo maté a la serpiente, es triunfo sobre los enemigos, eso explica porque no dejamos que me roben y problemas con el dinero, porque querían llevarse la plata pero al final el triunfo no se los permitió. ¿Todo encaja no?
- Será…
- ¡Claro! Eso era pues Arturín, ese sueño me estaba dando vueltas en la cabeza todo el día. Asunto resuelto.

Marcelo se sintió realmente aliviado, pagó los dos almuerzos y se fueron conversando alegremente al trabajo. Más tarde llamó a su madre para contarle lo del robo, suavizando los hechos para que no se asuste y confirmarle que su interpretación de los sueños estaba resuelta. Su madre le contestó con un “¡Ay, menos mal hijito!” y quedaron para almorzar el fin de semana. Preparó los informes pendientes y al fin del día pensó que todo lo pasado merecía una gratificación. Tomó su celular y llamó:
- ¿Cholita?
- ¡Hola! Ya días sin saber del señor – contestó una voz femenina.
- No te enojes chola linda, mucho trabajo ya sabes.
- ¿No será tu esposa que no te deja salir? – preguntó sarcástica la mujer.
- ¡Ja ja! A ella la tengo controlada, más bien tú me tienes loquito. ¿Te veo más tarde? ¿Qué te parece una reunión de trabajo en el lugar de siempre?
- ¿A qué hora?
- ¿A las ocho está bien? Me doy una ducha en casa y salgo para allá.
- ¿Tu mujer de dará permiso? ¡Ja ja ja!
- ¡Ja ja ja! ¿Te bañas ya? Y te perfumas allá abajo cholita…
- ¡Cerdo! Te veo a las ocho.
- A las ocho
Colgó. Cerró su oficina y se dirigió a la cochera.

Al llegar a casa notó las luces apagadas, entró y Titán no salió a recibirlo batiendo la cola como siempre, “¿Habrían salido a pasear a Titán?” miró el reloj. Eran las seis y quince. Se dirigió despacio al dormitorio, y miró, se quedó pasmado: “¡Mierda, habían asaltado la casa!” los closets estaban abiertos de par en par y visiblemente vacios, encendió la luz para ver mejor, el joyero de su mujer no estaba, las maletas sobre el closet tampoco, “¡Carajo!” se dijo, sacó el celular para llamar a la policía y vio entonces una nota pegada en el espejo del tocador: “Lo siento Marcelo, me voy de la casa, no aguanto más tus infidelidades, me cansé, no hagas escándalos, me llevo a mi hija y a Titán, estaré en la casa de mamá un tiempo. Me estoy llevando todas mis cosas. La próxima semana te haré llegar los papeles del divorcio.” Marcelo iba a empezar a marcar el número de su esposa en el celular cuando pudo ver unos centímetros debajo de la nota y apoyadas en el espejo unas fotos en blanco y negro, de él y la chola en situaciones claramente comprometedoras. Apagó el celular y se dejó caer sentado a los pies de la cama. “¡Mierda!”

sábado, 19 de febrero de 2011

UN ANGEL EN EL CAMINO (Cuento)

Cuando Brenda abrió el correo no pudo evitar que sus rodillas se pongan a temblar: “Te espero en El Cáctus a las nueve de la noche. Sé que vendrás. Ángel.” Cerró rápidamente la ventana como si alguien pudiera ver su monitor. Trató de calmarse y volvió a abrir el mensaje. Estaba allí: blasfemo, pecaminoso, indecente; sin embargo un suave calor recorrió su bajo vientre, se puso de pie sonrojada y avergonzada de ella misma, se santiguó. No podía ser, pensó: ¿quién se creía este tipo para enviarle un correo así, sabiendo perfectamente que era una mujer bien casada? Todo esto era un error, por supuesto que no iría. Se dirigió a la ventana de su oficina y a través del vidrio miró la ciudad.

Se había conocido con Ángel dos semanas antes en un festival de blues, desde el primer momento se sintió identificada con él, hablaron de diversos libros que ambos habían leído, de música que ambos apreciaban, de compositores que ambos conocían y admiraban. Le sorprendió que también supiera de cocina, pintura y teatro. Discutieron un buen rato acerca de los clásicos del blues de Louisiana y de Mississippi, luego sin saber cómo terminaron conversando divertidamente de Mendelssohn, Mahler y Wagner. Luego del encuentro fueron con algunos amigos comunes a un bar cercano y continuaron la charla, hasta que se dieron cuenta que los dos se habían apartado del grupo enfrascados en contarse sus vidas y gustos. Brenda consciente siempre del sentido de la decencia, sugirió integrarse a la conversación de los demás y luego de unos minutos todos se levantaron para retirarse, Brenda se despidió con un firme apretón de manos sin dar espacio a más contacto físico y agradeció la conversación y por educación sugirió algún día volver a conversar, sabiendo de antemano que eso no sería posible de ninguna manera.

Brenda había sido educada en una escuela católica escogida especialmente por sus padres, de filosofía escolástica, exigente con la enseñanza de valores y principios cristianos; fue una estudiante modelo y sus calificaciones la hicieron acreedora de los primeros puestos, sin embargo en la adolescencia se sintió tristemente rechazada cuando empezaron los primeros cumpleaños e invitaciones sociales, notó que en los bailes era la última en ser invitada a bailar o a veces terminaba sentada en una esquina durante toda la fiesta, los muchachos no se fijaban en ella o peor aún se burlaban cruelmente. Empezó a compararse con sus compañeras de aula y tomó consciencia por primera vez de su cuerpo largo, delgado y poco desarrollado. Su delgadez sumada a su carácter introvertido la hacían poco atractiva. Desconsolada se propuso cultivar su mente a despecho del cuerpo poco agraciado que Dios le había dado. Dedicó casi todas las horas de su adolescencia a la lectura y a la música, mientras que la escuela le inculcaba valores y su madre la preparaba para ser una perfecta ama de casa, enseñándole cocina, a ordenar el hogar y como ser una esposa complaciente, útil y sacrificada.

Cuando terminó la secundaria decidió inscribirse en un gimnasio, se sabía sumamente disciplinada y así como cultivó su mente se propuso trabajar su cuerpo. Ahora quince años después de terminar la escuela, con un título de maestría y un buen empleo, era además una mujer que sin ser bonita era sumamente atractiva, de finas formas bien trabajadas a fuerza de sesiones diarias de máquinas y spinning, con un exquisito gusto para vestirse y desde hacía cuatro años felizmente casada con un hombre trabajador, bueno y fiel. Por su parte, su esposo Daniel era perfecto para ella, ordenado igual que ella, tranquilo, un hombre de casa, comprensivo y cariñoso. Nunca se enojaba o exasperaba, siempre buscaba una solución para cada problema. Se casaron justo al año de conocerse, en una boda soñada. En la cama Daniel fue siempre un caballero romántico, respetuoso, suave y atento. Aún no tenían hijos pero seguramente pronto conversarían y se harían un espacio para tenerlos. Era muy feliz así y tenía la firme convicción de que jamás defraudaría la confianza de su esposo ni deshonraría la santidad del matrimonio.

Dos días después del festival, Brenda, que se había hecho la promesa cuando se casó de no ocultarle nunca nada a su esposo, le comentó que había conocido a Ángel, Daniel que confiaba totalmente en su mujer le preguntó por cumplir:
– ¿Y a qué se dedica?
– No sé – contestó Brenda tratando de mostrar desinterés – sé que es abogado pero no sé exactamente en qué trabaja.
– Y me dices que es soltero, le gustan los gatos, escucha música clásica y no le gusta el fútbol – afirmó Daniel.
– Sí amor.
– Debe ser homosexual Brenda – dijo Daniel sonriente y con sinceridad – no me parece mal si quieres ser su amiga, yo tengo nada en contra de ellos.

Brenda iba a replicar algo, pero se quedó callada, iba a decirle que le pareció muy varonil como para ser gay, pero prefirió guardarse eso. Su marido era buen sujeto pero a veces soltaba algunas frases que delataban su educación machista. Había escuchado a su suegro decir en alguna reunión – mitad en broma, mitad en serio – que un tipo que no escucha salsa y no juega fútbol, no era un verdadero hombre.

Ahora tenía claro que no debía ir a la cita, pero no sabía si contarle a su marido de la invitación, nunca había visto a Daniel enojado y no sabía cómo reaccionaría. Tal vez trataría de buscar a Ángel para golpearlo o encararlo. Tal vez sólo para encararlo, Daniel no era violento a pesar de haber practicado durante años artes marciales, no se lo imaginaba yendo a golpear a otro hombre por celos, aunque la idea no le desagradaba por completo; le gustaría conocer al Daniel cavernícola aunque sea una sola vez.

Pasó la mañana tratando de trabajar, pero no podía quitar de su mente la invitación de Ángel. Había algo en él que le llamaba la atención además de su aspecto o su conversación inteligente. Siempre había admirado a los hombres que leen, pero ahora además había algo que no era su impecable forma de vestir ni sus modales finos. No era guapo, pero había algo en su personalidad que la seducía y que, por lo que pudo percibir, seducía a los demás también. Notó cómo lo miraban las otras chicas el día del festival y cómo lo miraron sus compañeras el día que se le ocurrió aparecerse en su oficina. Se presentó como un cliente y preguntó directamente por ella. Brenda se sonrojó notoriamente, pero mantuvo la compostura dignamente durante el tiempo que Ángel estuvo en su oficina. No pudo evitar sentir algo de celos cuando su mejor amiga y compañera de trabajo entró a su oficina, luego de que se fuera, interrogando atropelladamente:
– ¡Amiga! ¿Quién era ese galán? ¡Me lo tienes que presentar! ¿Es soltero verdad? ¿De dónde lo conoces? ¿Es de aquí? ¿Cómo se llama? ¡Qué rico perfume!
– Es un cliente Sandra – contestó Brenda apenas le dejó un espacio para contestar y fingiendo apatía.
- Cuando vuelva… me lo tienes qué presentar – dijo Sandra guiñando un ojo al mismo tiempo que se iba.

Tres días después se lo encontró en el patio de comidas del centro comercial que estaba cerca de su trabajo. El apareció con su bandeja buscando asiento y le preguntó si podía acompañarla, Brenda estaba totalmente segura que no fue una casualidad, pero le pareció un lindo gesto que él haya planeado ese encuentro casual y le siguió la corriente. Conversaron largo rato y se les pasó el tiempo, Brenda llegó tarde a la oficina pero estaba radiante. Hacía mucho tiempo que no disfrutaba tanto conversar así con una persona del sexo opuesto.

Cerca de la hora de almuerzo, miró su mano izquierda y contempló su alianza, la acarició con los dedos de su otra mano, recordó que Ángel nunca le preguntó sobre su estado civil. Tal vez no le importaba o tal vez había decidido ignorarlo o peor aún pensaba que ella estaba acostumbrada a hacer estas cosas. ¿Pero qué cosas Brenda? – se dijo a sí misma. ¿En qué estaba pensando? Ella no había hecho nada malo. Tenía que dejar este asunto ya. Llamó por el anexo a Sandra y la invitó a almorzar.

Una vez en el patio de comidas, Brenda buscó el momento entre la cháchara permanente de Sandra y le soltó el comentario:
– Sandrita, ¿te acuerdas del cliente de la semana pasada?
- ¿El galán? – preguntó Sandra.
- Sí, ese mismo. Me ha invitado a salir hoy.
Sandra se quedó muda por unos segundos con la boca abierta. A pesar de su aparente frivolidad y su manía de hablar hasta por los codos, tenía la habilidad de encontrar el lado práctico y objetivo de las cosas.
– Ten cuidado con lo que haces hermanita – dijo Sandra con solemnidad cuando se repuso, al mismo tiempo que se ponía un pedazo de pan en la boca.
– ¿Me estás sugiriendo que vaya? – replicó sorprendida Brenda.
– Dependiendo a qué vas a ir. Yo si fuese tú no sé si iría, pero tú eres tú.
– ¡Ay amiga! No me dices nada…
– No voy a decidir por ti – sentenció Sandra – sólo puedo decirte lo que haría yo. Pero yo no estoy casada ni tengo un esposo maravilloso en casa esperándome.
Brenda entristeció, esperaba sinceramente que su amiga le grite, que le diga que estaba loca, que cómo podía hacer una estupidez semejante.
– Entonces iré – dijo Brenda – tratando de sacarle algo más a Sandra.
– ¿El tipo te atrae? – preguntó maliciosamente la amiga.
– Un poco
– ¿Cuéntame qué te atrae de él? ¡además de lo obvio claro!

Brenda le contó sus pocas conversaciones, los temas en común, su admiración por alguien que sabía tantas cosas. Hasta coincidían en haber empezado a ir al gimnasio más o menos a la misma edad y habían mantenido la costumbre hasta ahora. Sandra soltó una risa estrepitosa:
– No te gusta él amiga. Te gustas tú reflejada en él. ¿No me digas que no te das cuenta?
– No – contestó algo molesta.
– ¡Vamos Brenda! Si está claro, el tipo es todo lo que tú eres. Lo admiras porque en él admiras tus propios logros. Te sientes identificada por eso. No confundas las cosas y sobre todo no le hagas daño a Daniel. Mira, si yo tuviera una sola sospecha de que Daniel hubiese sacado los pies del plato aunque sea una vez, te diría que te aproveches para vengarte, pero ese hombre te ama, te es fiel y te respeta. De esos hay muy pocos mujer. Ten cuidado. ¿O es que no eres feliz con él?
– ¡Claro que soy feliz! – afirmó Brenda enfáticamente e inmediatamente se dio cuenta que estaba tratando de convencerse ella misma más que responder a su amiga.
– ¿Entonces qué buscas, una aventura?
– ¡No! No sé Sandrita, hay algo en él o en el hecho de conocerlo que se siente peligroso. Es una tontería mía lo sé. Pero a veces pienso que mi vida es tan segura, necesito algo de peligro, de emoción.
– Peligro y emoción vas a encontrar si arriesgas tu matrimonio y no creo que sea divertido – advirtió severamente Sandra – ¿Qué va a decir tu familia? ¿Qué va a decir toda la gente?
– ¡No tengo planeado hacer nada malo! – exclamó Brenda, luego agregó tristemente – tienes razón no puedo arriesgar lo que tengo.
– Así es, pero te advierto, si a pesar de todo vas, limítate a ponerle en claro las cosas y termina ese asunto hermanita.
– ¿Y si no voy? – cuestionó Brenda.
– Mejor, pero es tu decisión al final.

Volvieron a la oficina y Brenda seguía confundida, tal vez lo mejor era ir y poner las cosas en claro. Explicarle a Ángel que no era una cualquiera, que era una mujer felizmente casada y que dejara de una vez por todas las insinuaciones e invitaciones de mal gusto. Pensó que igual podía ponerle eso en un correo. No, se lo diría personalmente. Era mejor.

Durante la tarde estuvo tentada varias veces a contestar el correo e inventar una excusa para no ir. Desistió, lo peligroso de la situación era un imán para ella. A las seis de la tarde salió de la oficina y se fue a casa. Estaba a punto de tomar un baño cuando Daniel llegó. Se dieron un beso convencional en los labios y Brenda optó por una última alternativa para verse forzada a no ir: Si Daniel le pedía o le ordenaba (eso estaría mejor) no ir, olvidaría todo este asunto definitivamente:
– Daniel, amor. ¿Te acuerdas de Ángel? ¿El sujeto del festival de blues?
– Sí.
– Me ha invitado a cenar hoy – mintió – ¿Qué te parece?
– ¿Ah sí? Y por qué – preguntó con verdadero interés Daniel frunciendo el ceño.
– Negocios – mintió nuevamente Brenda – es cliente de la oficina también. Aproveché para incluirlo en la cartera de clientes.
– Ok. Pero trata de no regresar tarde – dijo Daniel acostumbrado a no meterse en el trabajo de su mujer.
Brenda fue a tomar un baño, abrió la llave de la ducha y se tomó la cabeza con las dos manos cerrando con fuerza los ojos mientras pensaba: ¡Dios, qué estoy haciendo!

* * *

Una vez en El Cáctus, que era un pub temático en el centro de la ciudad, vio a Ángel sentado en una mesa sólo, bebiendo una cerveza. Se acercó y lo saludó dispuesta a explicarle brevemente sus motivos e irse, tomó asiento e iba a empezar a hablar cuando Ángel le hizo una seña para detenerse y preguntó:
- ¿Tequila?
- No sé – dudó Brenda.
- Tequila entonces – resolvió Ángel – hoy tienen el “especial zapatista.”

Hizo una seña hacia la barra y una atractiva jovencita con sombrero de charro mexicano trajo una bandeja con diez shots de tequila, un pequeño plato con rodajas de limón y otro con sal.

Ángel, con absoluta seguridad, tomó el primer diminuto vaso en sus dedos índice y pulgar, en el hueco formado en la unión de ambos colocó un poco de sal y tomó una rodaja de limón. Con los ojos motivó a Brenda a hacer lo mismo, ella lo hizo, nerviosa.
– Ok. A la cuenta de tres – dijo Ángel
Hizo el conteo y bebió de un tirón, Brenda también. Lamieron la sal, exprimieron el limón en sus bocas y rieron. Brenda sacudió la cabeza tratando de liberarse del aturdimiento y cuando miró a Ángel este ya tenía otro vaso en la mano. Le siguió el ritmo y bebió de nuevo. Al tercer shot tenía la lengua adormecida, no estaba acostumbrada a beber y menos tequila. Cuando terminaron la ronda reía sin parar y de cualquier cosa, pero ya no sentía nervios. Trató de componerse un poco y dijo:

- Ángel, gracias por invitarme y por el tequila, pero tengo que irme. Mi esposo me espera en casa, prometí regresar temprano y sólo he venido para decirte que agradezco tu invitación y tus detalles, pero yo no puedo hacer esto.
- ¿Hacer qué? – preguntó astutamente Ángel
- ¡Esto! – exclamó Brenda.
- ¿Beber tequila?
- Tú sabes a qué me refiero.
- No, no lo sé – negó Ángel.
Brenda quiso explicar, pero no podía, en realidad no habían hecho nada. Trató de concentrarse, con el tequila encima era más difícil.
- Mira, esta salida, tu invitación, tu correo de hoy.
- Yo pensé que éramos amigos – replicó Ángel.
- Sí, lo somos, y quiero que se quede así. Como una amistad.
- Está bien Brenda – contestó el hombre con calma.

Desconcertada, Brenda se quedó en silencio. No pensó que sería tan fácil. ¿O sería que había malinterpretado todo? Tal vez Ángel sólo deseaba una limpia amistad y su imaginación había volado más allá. Sintió un terrible remordimiento. Avergonzada pidió perdón.
- No, no hay nada que perdonar – dijo amablemente Ángel.
- Sí, sí lo hay – contestó consternada Brenda – yo te malinterpreté.
- Ok, tranquila, no quiero verte triste, si te hace feliz te perdono, pero con una condición
- ¿Cuál?
- Un “especial zapatista” más.

* * *

Frente a la puerta del cuarto, se quedó mirando a Ángel mientras abría la puerta con la llave que le habían dado en recepción. Todavía no creía que eso estuviese pasando, nunca creyó que aceptaría la proposición de Ángel, pero le dijo tantas cosas bonitas, la hizo sentirse tan bien, la llenó de tanta confianza que no pudo decir no. La puerta se abrió y le temblaron las piernas. Dudó, Ángel entró, esperó unos segundos y lo siguió. Estaba oscuro, sintió la puerta cerrarse detrás de sí. Estiró la mano para hallar el interruptor de la luz a ciegas y de pronto sintió un fuerte empujón que la presionó contra la pared y el aliento de Ángel sobre su rostro, no pudo resistirse más y lo besó ávidamente, con la fuerza de toda la pasión contenida por años, sintió sus manos escurriéndose debajo de su blusa, quemando su piel... trató de detenerlo sin convicción, él la tomó de las muñecas y le levantó las manos por encima de la cabeza dejándola indefensa mientras con su rodilla separaba sus muslos, su lengua recorría abrasadora su cuello y su pelvis arremetía contra la suya dejándola sentir el volumen de su miembro en plenitud. Brenda dejó de oponer la poca resistencia que hacía y sus brazos cayeron, sintió una de las manos de Ángel presionar con una fuerza excesiva su baja espalda, causándole más excitación, la otra mano a la altura de su rodilla, subiendo por su muslo y levantando la falda, sentía su dedos recorrer su piel y toda ella se erizaba inconteniblemente, al fin la mano se detuvo en el elástico de su ropa interior y hábilmente logró bajarla hasta casi sus rodillas, luego la sintió poderosa frotando con fuerza su entrepierna y sintió una descarga húmeda descender por sus muslos desde su sexo dejándola sin fuerzas para mantenerse en pie, ahora sus piernas casi no le respondían, trataba de incorporarse débilmente y buscó el cuerpo de Ángel para sostenerse, de pronto éste la tomó de la cintura y la lanzó sobre la cama, cayó boca abajo sobre ella con los pies todavía sobre el piso, trató de incorporarse pero el peso de su agresor se lo impidió, sintió como desplazaba su falda hacia arriba y su sexo candente penetrándola, lo disfrutó intensamente, esa sensación nueva, violenta, gimió y trató de acomodarse, pero Ángel pensó que quería escapar y nuevamente la sujetó de las muñecas, eso la excitó mucho más, en medio de los jadeos sintió la voz agitada y seductoramente ronca de su amante preguntándole si le gustaba, ella gimió que sí, entonces él empezó a decirle al oído cosas que nunca había imaginado que la podrían excitar. Palabras que en otras circunstancias la hubiesen escandalizado, ahora la volvían loca; se sentía volátil, etérea, él la llamaba puta y se sentía así, tal cual; ramera, meretriz eran palabras suaves ahora, adoraba sentirse pérfida en ese momento, su excitación subía desmedidamente por el vaivén de ambos cuerpos, pero sobre todo por las palabras sucias en su oído, se sentía deliciosamente lasciva, lujuriosa, sus ojos ya se habían acostumbrado a la oscuridad y gracias a la tenue luz que entraba por la ventana descubrió en un enorme espejo pegado en la pared el reflejo de ambas siluetas moviéndose en la penumbra, todavía con ropa, sintió su tanga todavía atrapada a la altura de sus rodillas, la imagen mental la conmovió, fue demasiado, su cuerpo explotó en una onda telúrica que destrozó los últimos muros de su decencia.

Todavía con los últimos estertores de los espasmos del orgasmo en el cuerpo tomó fuerza y se zafó, Ángel la dejó hacer algo sorprendido, tomó al hombre por el cabello y prácticamente lo obligó a quedarse boca arriba sobre la cama, buscó la abertura de la camisa y la abrió con todas sus fuerzas haciendo saltar por el aire varios botones, él estaba visiblemente excitado, Brenda vio en la pared un interruptor y rápidamente lo encendió, la habitación se iluminó tenuemente, lo suficiente para verse en el espejo, que era lo que ella quería. De un solo movimiento se deshizo de su blusa y el brasier, movió sus piernas ágilmente y se despojó de la tanga. Se montó sobre su hombre y empezó a cabalgarlo lentamente, acariciándose ella misma mientras lo hacía, mirando en el espejo su cuerpo torneado, sus senos proporcionados, erguidos, su piernas fuertes, su trasero levantado, empezó a moverse cada vez más rápido, en círculo, de atrás hacia adelante, él trató de acariciarle los senos turgentes, ella lo rechazó. Al igual que él hizo en un principio, ella también lo sujetó de las muñecas, se acercó a su oído sin dejar de moverse y le pidió que la insulte, que le diga puta otra vez, él atónito se quedó sin palabras, ella lo miró con una mezcla de ira y excitación y lo bofeteó con fuerza, lo miró y lo golpeó de nuevo mientras le pedía a gritos que le diga quién era una puta. Él lo hizo tímidamente y recibió otra bofetada, a fuerza del dolor ya no se contuvo, la insultó, le dijo las cosas más terribles que se podían decir a una mujer, usó las palabras más soeces para referirse a su partes íntimas y ella disfrutaba mirando al techo, concentrada en el placer, en sus nuevas sensaciones, mirando ocasionalmente al espejo para regodearse de su perfecto cuerpo desnudo. Se detuvo. Arqueó su espalda y mientras gemía y gritaba a toda voz empezó un vaivén con las caderas a toda velocidad que llegó a causarle dolor a Ángel, volvió a detenerse y exhaló un gemido prolongado e intenso que llenó la habitación, luego se desplomó haciendo todavía pequeñísimos movimientos con su cadera. Recién se dio cuenta por la expresión de su pareja que ambos habían terminado al mismo tiempo. Se quedó unos minutos sobre el pecho de Ángel, sin hablar, luego se levantó silenciosamente, recogió su ropa del piso y fue al baño. Un rato después salió arreglada como pudo, y sin mirar nada, con la vista puesta en el piso dijo adiós y salió rápidamente del hotel. Ángel que estaba aún desnudo no pudo hacer nada por detenerla.

* * *

Al llegar a su casa, Brenda se detuvo en la puerta de entrada. Respiró, trató de serenarse. Introdujo la llave y abrió, se quitó los zapatos y con mucho cuidado fue hasta el dormitorio. La puerta estaba entreabierta, la empujó y allí estaba Daniel durmiendo con la lámpara prendida y un libro a medio leer al costado. Se le salieron las lágrimas. Se quedó largo rato apoyada en el marco de la puerta de la habitación llorando en silencio. Luego tomó una ducha caliente, cuidadosamente se revisó el cuerpo por si había marcas. Terminó el baño y se secó lentamente. Sabía que no podía meterse en la misma cama con su marido, por lo menos esa noche no. Tenía el sedimento del placer en la piel, pero al mismo tiempo la invadía una culpa insoportable. Se sentó en el sillón del dormitorio y vio a Daniel dormir. Miró su reloj, eran las dos de la mañana. Mientras recordaba lo sucedido y pensaba en cómo había podido hacerlo, se fue adormitando, en algún momento el cansancio la rindió, cuando despertó ya eran las cuatro y media. Se incorporó y tomó otro baño. Se puso su ropa deportiva y se preparó para ir al gimnasio. Daniel despertó y le preguntó si le había ido bien, ella contestó que sí. Le mandó un gran beso y se dirigió a la cocina, dejó preparado el desayuno y salió. Pensó ir a la casa de Sandra, pero la atormentaría con preguntas que no tenía ganas de contestar, fue al gimnasio pero no entrenó, se acomodó en las colchonetas fingiendo hacer abdominales y aprovechó para descansar un poco. Luego tomó otro baño y regresó a casa. Daniel no estaba, a diferencia de ella, él trabajaba los sábados.

En la soledad de la casa, Brenda analizó la situación. Sabía que lo sucedido podría destrozar su matrimonio. Había prometido decir la verdad, se lo había prometido a ella misma. Pero también necesitaba proteger a Daniel, protegerse ella. Se sentía triste, había traicionado todos sus valores. Sabía que no podría vivir así. Tendría que hablar con Daniel. Se lo contaría todo, era lo menos que podía hacer. Se puso de rodillas y rezó entre lágrimas para que Daniel la perdone.

Por la tarde, Brenda tomó valor y esperó a que Daniel como todos los sábados por la tarde se sentara a leer en la sala. Se sentó cerca y le dijo:
– Daniel ¿tendrás un minuto?
– Claro – contestó Daniel dejando su libro sobre el sofá.
– Tengo que decirte algo – balbuceó Brenda.
– Dime.
– Anoche… en la cena, pasó algo – se hizo una pausa incómoda, Daniel la miraba atentamente y con evidente curiosidad – este hombre, Ángel…
– Sí…
Brenda miró al piso, apretó los dedos de sus manos, ansiosa.
– Estoy avergonzada – agregó pausadamente y Daniel enderezó su postura en el sofá para prestarle más atención – es que tenías razón amor – continuó.
– ¿Acerca de qué? – preguntó Daniel.
– Es gay. ..
– ¡Ah! Eso. Ya ves, nunca falla.
– Sí, nunca falla – repitió Brenda, hizo una mueca parecida a una sonrisa y salió rumbo a su habitación.

* * *

El día lunes en el trabajo Sandra se acercó al escritorio de Brenda y la interrogó con la mirada:
– Te estuve llamando todo el fin de semana – le dijo.
– Sí, lo siento, tuvimos cosas que hacer con Daniel y ayer nos fuimos a la playa.
– ¿Y bueno, qué pasó con el galán?
– No fui. Tenias razón amiga, mejor no arriesgarse.
– Me alegro por ti, Danielito no se merece que le hagas algo así, ya te dije que ese hombre te adora.
– Lo sé amiga – sonrió amargamente Brenda

Hablaron de otras cosas y Sandra se fue. Brenda se quedó pensando en lo sucedido, sentada frente al escritorio recordó cada momento del viernes en la noche y sintió miedo de ella misma. Nunca había experimentado algo así y nunca se había imaginado que tenía ese atemorizante lado oscuro. Es más, siempre sintió alguna clase de rechazo por cualquier cosa parecida remotamente al sadomasoquismo, le parecía de gente enferma. Era cierto lo que decía Sandra, Daniel no se merecía sufrir por su culpa. Era tan bueno. Aprendería a vivir con este error en su conciencia.

La campanilla de la bandeja de entrada de su computador la sacó de sus reflexiones, leyó el nuevo correo: “Lamento que hayas tenido que irte así. Espero verte de nuevo la próxima semana, si lo deseas. Si no lo entenderé. Ángel.” Brenda mantuvo fija la mirada en el correo. Sonrió. No sería mala idea ir de tiendas más tarde. Aprovecharía para distraerse y relajarse de la tensión, tal vez ¿por qué no? comprar algo de cuero negro para la próxima ocasión…