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lunes, 25 de julio de 2011

COLA DE LEON (Cuento)

El ingeniero Zuloaga empezó su discurso, estábamos en uno de los edificios más antiguos de la universidad. Por esos pasillos y arcos de sólido sillar donde alguna vez tuvieron lugar debates filosóficos, teologales, discusiones acerca de la gramática y la filología, hoy nos acomodábamos en una de sus aulas cerca de medio centenar de estudiantes universitarios de diferentes especialidades, algunos egresados, a escuchar al nuevo director del instituto de investigación al que pertenecíamos.

La espera previa había sido incómoda, la tensión se sentía en el ambiente, ahora escuchaba el discurso atentamente, todos esperábamos poder resolver nuestros problemas de una vez por todas en esta reunión. Zuloaga empezó con un tono firme, sin embargo sus palabras a pesar de parecer conciliadoras en un inicio tenían un tono desafiante. Dijo que le gustaba resolver las cosas, conversar, sin embargo… ¡Ah! Esos “sin embargo”, sentí que algo nada positivo estaba a punto de desencadenarse; con los demás nos miramos de reojo, algo andaba mal. “Sin embargo”, dijo, no le gustaban los grupos beligerantes. ¿De qué diablos hablaba? Luego empezó a hablar mal de los abogados, me sentí aludido directamente, ya que era yo uno de los pocos, si no el único, proveniente de la facultad de derecho, los demás casi sin excepción eran de ingenierías o a lo mucho de ciencias económicas y contables.

En medio de esa perorata extrajo de un folder barato de plástico, una copia de “El Pasquín.” El Pasquín era una especie de panfleto divertido, lo habíamos publicado hacia poco un grupo de miembros del instituto de investigación mitad para divertirnos y mitad para servir de vehículo de integración. El nombre surgió de la nada, en realidad de una de las tradiciones de Ricardo Palma y no tenía nada que ver con su contenido. Si bien era cierto que en uno de sus números había artículos un poco subidos de tono, no eran tampoco insultantes y mucho menos peyorativos. Solo decían la verdad y lo triste, para nuestro caso, es que la verdad es lo peor que se puede poner por escrito cuando se tiene por director a un dictadorzuelo aprendiz de sátrapa aventurero.

Cuando empezamos con El Pasquín, el compromiso era escribir lo que deseáramos y yo me encargaría de las publicaciones, los compañeros podían ponerse pseudónimos o usar su propio nombre, a elección del dueño de la colaboración. Hubieron algunos, dos o tres que en un acto de profunda y admirable valentía, escribieron las cosas como eran y firmaron con su nombre completo. Pocas veces he visto gente tan joven y tan valiente. ¿O éramos terriblemente estúpidos? No lo sé, pero sin lugar a dudas éramos honestos.

Zuloaga soltó una mortal diatriba en contra de El Pasquín, dijo que era un documento que lindaba con lo inmoral, que éramos prácticamente delincuentes por haber tenido la facinerosa idea de haber escrito lo que pensábamos. No contento con ello hizo algo que casi me lleva a un ataque de risa. Leyó la definición del diccionario de la palabra “pasquín” como si eso pudiera probar que era víctima del despiadado ataque de un grupo de alumnos universitarios subversivos y “beligerantes”, como él mismo decía una y otra vez, presa de la rabia detrás de los gruesos vidrios de sus lentes empañados por su grasiento sudor.

Me miré con el Chino Sosa y con Henry, ambos habían escrito en El Pasquín y estaban devastados. Me dio profunda pena, me imaginé cómo se sentirían los presos políticos en Cuba, cómo se habría sentido Littin en Chile o las madres de la Plaza de Mayo en Argentina. Ahora pienso que tal vez exageré, pero en ese momento me sentí así y no tanto por mí si no por el Chino y por Henry.

Pensé en interrumpir y defender la posición de todos, pero Zuloaga sacó de su folder mugriento nuestro memorial. La reunión se había convocado a partir de un memorial dirigido a Zuloaga, el que casi todos los miembros del instituto de investigaciones habíamos firmado y en el que hacíamos un reclamo por nuestros derechos recortados, las limitaciones a las que últimamente veníamos siendo sometidos y sobre todo a los malos tratos que veníamos recibiendo de Zuloaga y su adjunto, un esbirro desastrado de apellido Montenegro que hablaba mucho y no resolvía absolutamente nada.

Muchos años antes de la llegada de Zuloaga y su séquito de matarifes al instituto, este había pasado tiempos difíciles con poca infraestructura y relativo apoyo, mentes brillantes habían transitado por él y dejado un mística de trabajo que había permitido convertirlo en uno de los primeros de la región en su especialidad. La administradora en estos últimos años, había hecho un razonable buen trabajo, los directores anteriores habían compartido esa mística con nosotros y nosotros con ellos. Ahora Susana, como se llamaba la administradora había quedado claramente relegada; Zuloaga había colocado a Montenegro como administrador general y Susana había aceptado de cabeza gacha una especie de sub administración, aunque no perdía la oportunidad de azuzarnos de vez en cuando para hacer algo al respecto. Ella sabía que si nosotros ganábamos, ella también se vería beneficiada.

Nos parecía injusto que Zuloaga hubiese recibido el instituto tal como estaba, con el prestigio ganado, con modernos locales y equipos de última generación y nos hiciera a un lado precisamente a quienes construimos eso. Ni siquiera queríamos mejores sueldos, solo queríamos la elasticidad de horarios de la que siempre habíamos gozado para poder estudiar nuestras respectivas carreras al mismo tiempo que investigábamos y por supuesto un trato personal y laboral digno, cosa que ya se había perdido definitivamente semanas antes. Por ello una noche nos reunimos todos en uno de los ambientes del instituto. Allí recuerdo claramente que les preguntábamos a todos si estaban de acuerdo con el memorial, y que si en ese momento se decidía no ir más adelante, dejaríamos todo en ese estado y no tocar más el tema. Todos asintieron, a aquellos que tenían familias (que eran muy pocos) y que no podían poner en riesgo su trabajo, no los dejamos firmar, negaríamos su participación. Allí les contamos a todos acerca de El Pasquín y también estuvieron de acuerdo.

Cuando Zuloaga convocó la reunión pensamos que sería una oportunidad perfecta para dialogar y limar asperezas. En eso pensaba precisamente cuando Zuloaga levantó la voz agitando el memorial en el aire, casi arrugándolo de la cólera. A su lado estaban sentados unos advenedizos que recientemente habían ingresado al instituto y que no aportaban nada, unos profesores de primaria al borde de la jubilación que estaban allí más por una necesidad formal que por ninguna otra cosa y sin ningún otro mérito que su edad (a pesar de lo cual no habían logrado mérito alguno en la vida) y que se sentían superiores a nosotros por el solo hecho de pintar canas.
Zuloaga cambió de pronto de tono, dijo en un intento de parecer conciliador que estaba dispuesto a olvidar todo y perdonar a aquellos que en ese momento se retractaran de haber firmado el memorial. Por supuesto los que habían participado de El Pasquín no serian perdonados.

Era un vil truco, una estrategia inteligente propia de un déspota opresor, miré a todos y deseé de corazón que nadie se retracte, si todos nos manteníamos firmes todavía podíamos tener capacidad de negociación. Sin duda Zuloaga era astuto, se había dado cuenta que El Pasquín tenía que haber sido hecho por gente con capacidad de liderazgo, sacándonos de la jugada dejaba sin pastor al rebaño y luego sometía a los compañeros a la humillación pública de desdecirse de sus pretensiones; quebrando las almas y el amor propio de sus detractores, ya no tendría problemas en el futuro.

Empezó a llamar a cada uno, fue un espectáculo lastimero, casi todos pasaron al frente y se retractaron, Zuloaga no se conformaba con preguntar, exigía que cada uno repita una fórmula precisa. Los que tenían la oportunidad me miraban con un gesto de “discúlpame, no me quedaba otra posibilidad” los otros no tuvieron valor siquiera de mirarme a los ojos.

Cuando terminó el festín de Zuloaga solo cinco no nos retractamos, de los cinco, dos no habían intervenido en El Pasquín y fueron enormes en integridad al decir "no" cuando pudieron seguir la corriente y retractarse como todos los demás.

Al salir de la reunión, casi todos huyeron, Susana estaba en el patio, nos miró y nos dijo con lágrimas en los ojos que no había podido hacer nada para ayudarnos. Yo estaba herido, sin embargo en ese momento se me vino a la mente “El Padrino” de Puzzo y comprendí a Michael Corleone, en ese instante me di cuenta que Susana nos había vendido, tal vez por menos que treinta monedas. Salí a la calle y me di cuenta también que ahora estaba desempleado, en realidad eso no me importaba mucho, lo más triste era que dejaría de investigar con ese grupo fantástico de compañeros y era una de las cosas que más me gustaba. Entendí las razones de muchos, tenían familias y obligaciones y no podían darse el lujo de perder el magro ingreso que tenían en el instituto, otros acaban de ingresar y no tenía sentido que se fueran sin haber aprendido nada. También creo que a muchos les faltó confianza en ellos mismos, sobre todo los más antiguos, muchos eran brillantes y tal vez si hubieran salido ese día del instituto sus vidas habrían cambiado.

Cuando salía se me acercó uno de los que se habían retractado, fue de los pocos que se atrevió a mirarme a los ojos. Se disculpó, le dije que no pasaba nada, que todo estaba bien. Se volvió a disculpar diciendo que no debí haberme ido, que tal vez si hablaba con Zuloaga me perdonaría, dijo que yo era valioso y que los demás querían que lo intente. Tal vez si suplicaba…
– No – le dije – no voy a suplicar a nadie, ni menos a Zuloaga.
– ¿Pero por qué? – me preguntó.
– Porque no me gusta suplicar.
– No seas orgulloso – replicó – tú solo no vas a resolver las cosas, aquí podemos hacer algo todos juntos.
– No es orgullo – le conteste – pero prefiero ser cabeza de ratón y no cola de león.
El se quedó callado con las manos en los bolsillos, y yo me fui por la avenida con la frente en alto, como siempre.

jueves, 30 de junio de 2011

ROXANA (Cuento)

Nos veíamos casi todos los días, ella iba a la cancha de frontón con la excusa de practicar más y yo sabía que era para verme, me sentía feliz por ello pues si bien me sentía atraído por ella, ahora sabía que ella también se sentía atraída por mí. Un día sin más ni más le dije que me esperara al final del juego, salí, conversamos un poco, la miré a los ojos y le dije que me gustaba, que la necesitaba y la besé. Ella me aceptó. Salimos abrazados y yo era el hombre más feliz del mundo. Fuimos así de felices durante un año, yo la quería tanto que no pensaba en nadie más. Cuando estuve enfermo ella me llamaba y conversábamos horas por teléfono. Yo le escribía de todo, versos, cartas de amor y mensajes desesperados si no la veía durante unos días. Pasaba todas las tardes en su casa, conversábamos de todo un poco, yo le conté casi toda mi vida con la sinceridad más grande del mundo. Ella… ella no sé.

Cuando sus padres no estaban hacíamos el amor, al principio éramos torpes, pueriles, después aprendimos a comprendernos, a amarnos con pasión. Éramos así tan felices entonces. En ese año pasaron cosas buenas para los dos, Roxana ingresó a la universidad y yo también. Hacíamos planes para el futuro, para nuestras carreras.

Fue entonces cuando empezamos a pensar juntos en el futuro, en una casa, en un matrimonio, en hijos. Pero como nada es perfecto llegaron los problemas y con ellos el verano. Sus padres habían decidido pasar la temporada al norte de Chile, durante un mes. Yo me quedaría en Arequipa a pesar de que era época de vacaciones en la universidad. Para ese entonces ya no jugaba frontón, solo me dedicaba a mi carrera y a Roxana. Se fue, me juró que me extrañaría y que volvería lo más pronto posible. En ese momento me pareció que eso ya lo había soñado, pero no estuve seguro, así que no le dije nada. La besé y dejé que se fuera. Los días siguientes fueron terribles para mí, sentía una presión terrible en el pecho y la sensación de encontrarme absolutamente solo.

A los quince días de haberse ido, me llamó por teléfono, su voz me pareció lejana, vacía. Entonces le dije “te quiero” ella se quedó callada y después de una pausa me respondió con un frio “yo también”. Me dijo que me enviaba unas cartas y que fuera a recogerlas a casa de una amiga. Cuando recogí esas cartas dos días después tuve una extraña sensación helada en mi base de la espalda y en toda la cintura. Ella solo decía que la pasaba bien, que salía a pasear y que había estado en una fogata. Todo esto me afectó. Aunque no decía nada más yo tenía la clara idea de que la estaba perdiendo. Di vueltas por mi casa sin saber que pensar. Fui al parque y me quedé sentado a pesar de que empezaba a llover. Y allí sentado empecé a sentir como mis lágrimas se mezclaban con la lluvia, estaba llorando de dolor, de impotencia y de cólera. Pero sobre todo de desesperación porque sabía que algo malo estaba pasando, que algo se estaba rompiendo y que nunca podría repararse.

Un poco más de una semana pasó y ella me llamó, ya había vuelto. Nos encontramos y hablamos, me costó sacarle la verdad, ella con la excusa de no querer herirme, no quería decírmelo, al final la convencí. Había conocido a alguien más, se había enamorado, habló de irse, yo me quebré. Lo que se había roto ya no podría repararse. Lo supe en ese momento.

En los siguientes tres años volvimos juntos y nos alejamos varias veces. Al final me cansé de sus promesas, sus traiciones y sus inseguridades, la dejé ir. La última vez ella no quería decirme nada pero yo sabía que alguien había aparecido en su vida otra vez. Antes me había prometido no volverme a herir, la liberé de su promesa, le dije “esta vez te dejo yo” y fue la última vez que la vi. Sé que la amé, pero algo se rompió en mí. Hoy en día, cuando alguien habla del verdadero amor, yo pienso en Roxana.

viernes, 8 de abril de 2011

TRAFICO (Cuento)

Alicia nerviosa tocó la puerta de la habitación treinta y siete del hostal. A los pocos segundos abrió un hombre joven, delgado, mestizo, moreno, de cabello negro grasiento y sin afeitar.
– ¿Señora Alicia? – preguntó el hombre.
– Sí – contestó ella abriéndose paso primero tímidamente a través de la entrada, luego prácticamente empujando al sujeto que se hizo a un lado para dejarla pasar. Miró alrededor, una cama pequeña, un ventilador en la pared y una puerta de madera con claras señales de podredumbre que seguramente daba al baño. Fijó la vista particularmente en la maleta azul que estaba apoyada en la pared, enorme, nueva, reluciente y exactamente igual a la suya, con la única diferencia de que la propia era verde.
– Estoy esperando desde temprano – señaló el tipo con voz cansada – mi nombre es Abraham, Oscar me dijo…
– Ya sé lo que dijo – interrumpió la mujer – Oscar es mi marido, ¿sabes no?
– No, no sabía.
– Pues ahora lo sabes Abraham. Mira esto es trabajo y quiero que termine rápido. Cierra bien la puerta y vamos a comprar los pasajes.

Salieron del sucio hostal, Alicia le dio indicaciones para que la siga de lejos, sin conversar ni nada parecido, se acercaría sólo si se lo indicaba. Caminaron bajo el implacable sol de la selva, atravesando el mercado de frutas. El bullicio y la música estridente de los puestos parecían incrementar el calor. Llegaron a las oficinas de la empresa del transporte, Alicia hizo una seña para que su acompañante espere en la puerta del establecimiento, se acercó y compró dos pasajes para Rio Branco, uno para ella y otro para Abraham, escogió los asientos siete y veintidós. Al salir se los mostró discretamente a Abraham y le susurró:
– Ve al hotel, tienes que estar aquí a las doce en punto, con tus cosas y la maleta, toma cincuenta soles para que pagues el hotel y comas algo.

Alicia, hizo un gesto de despedirse y fingió irse del lugar, pero se detuvo un poco más allá y regresó para observar a Abraham, lo siguió de lejos mientras éste entraba al mercado, vio como se compró un sándwich y un jugo de frutas. Luego lo siguió mientras se paseaba por los puestos preguntando precios de cosas distraídamente y luego hasta que se aseguró de que entrara al hostal. Sacó su celular y marcó el número, timbraba pero no contestaba nadie. Se puso nerviosa. Insistió, esta vez tampoco obtuvo respuesta. Colgó. Pensó que tal vez Oscar estaba ya en la carretera. Guardó el celular en su cartera y se dirigió al hostal donde se había hospedado, cerca al de Abraham, para darse un baño y recoger su maleta también.

Alicia en la habitación se desnudó, a sus veintisiete años se sentía infinitamente vieja, se miró en el espejo, su vientre flácido, recorrió con sus dedos las cicatrices y marcas de sus tres partos, miró con vergüenza las estrías en su piel y la celulitis en sus muslos; su senos habían perdido el vigor de la juventud, ahora parecían trozos de carne colgados a su pecho y todo su cuerpo había ganado peso. Su memoria retrocedió sólo cinco años atrás, y se vio joven y esbelta, cuando era la estudiante más deseada del instituto de contabilidad allá en La Merced, usaba minifaldas, mostraba pícaramente sus torneadas piernas y no tenía ningún recato en ponerse esas diminutas blusitas escotadas. En esos tiempos fue que conoció a Oscar. Pensó en sus tres hijos pequeños, sobre todo en el menor de tan sólo diez meses. A los tres los había dejado al cuidado de su hermana mientras se embarcaba en esta temeraria aventura. Tomó aire, se cubrió con la toalla e insistió una vez más con el celular. Nuevamente no obtuvo respuesta. “Debe estar en la carretera” pensó y se fue a duchar.

Cuando terminó de secarse el cabello Alicia se sentó en la cama, miró fijamente la enorme maleta verde. Le parecía escandalosamente nueva. En el viaje anterior habían pasado con mochilas usadas, ¿por qué a Oscar se le había ocurrido usar estas maletas esta vez? La levantó con un poco de esfuerzo y la colocó encima de la cama. Sintió en su nariz el acre olor de la sustancia y la abrió. En su interior Oscar había acomodado un par de charangos, algunas quenas, varias artesanías de cuero y madera, aretes de semillas y plumas. Palpó la parte interna de la tapa y la sintió húmeda y melosa al tacto. Era una mala señal. Ya en Lima había notado que la tapa tenía una abertura en una unión de la costura, en aquel momento ya Oscar había salido rumbo a Cusco y tuvo que salir sola a toda prisa a comprar pegamento en un mercado cercano; para su sorpresa era un mercado mayorista, nadie quiso venderle lo que necesitaba por unidad, en su desesperación compró un paquete de seis tubos pequeños de pegamento instantáneo y seis ambientadores en aerosol. En aquel entonces roció la maleta abundantemente, por dentro y por fuera, y trató de pegar la abertura de la mejor manera posible. Ahora hizo lo mismo, abrió un tubo de pegamento instantáneo y trató de sellar con cuidado la tela que se había vuelto a despegar en el viaje hasta Puerto Maldonado. Miró el reloj y se dio cuenta que faltaba poco para las doce, metió los aerosoles y pegamentos en la maleta a toda prisa. Se visitó y salió de la habitación llevando su cartera, una pequeña bolsa de mano con algunas prendas y ropa interior y arrastrando la enorme valija.

Al llegar al terminal no vio a Abraham, se preocupó un poco pero sospechó que ya había subido al bus, sin embargo se percató que no podía ser, ya que ella tenía ambos boletos. Se sentó en una banca de madera y esperó. Había sido una tonta, ahora toda la gente la vería entregándole el boleto y además ambos tenían maletas idénticas. Luego de unos minutos lo vio llegar. Arriesgándose se levantó dejando la maleta en el piso. Caminó hacia él y le entregó rápido el boleto y le ordenó que suba de inmediato. Al intentar subir el controlador obligó a Abraham a dejar la maleta en la bodega, el bus estaba provisto de compartimientos superiores demasiado pequeños como para una maleta de esas dimensiones. Lo mismo sucedió con Alicia minutos después a pesar de sus reclamos. “Definitivamente la cosa no andaba bien” pensó.

Ya en el bus escuchó el pitido de su celular. Lo revisó y tenía un mensaje de texto de Oscar: “Pasamos la frontera y el control con éxito, estamos en Brasil rumbo a Rio Branco. Suerte.” Respiró aliviada. Reclinó el espaldar de su asiento y se acomodó. Cerró los ojos. Mientras el bus se ponía en movimiento recordó la primera vez que pasaron la mercadería al Brasil, hacía ya poco más de dos meses. En esa oportunidad fueron los dos solos. Llevaron un par de mochilas medianas también rellenas de artesanías. No pasó nada, Oscar supo cuidarla y no dejar que se ponga nerviosa, la tranquilizaba siempre y le cambiaba de tema y la hacía reír. Llegaron a Rio Branco y un traficante de allá recogió ambas mochilas y les entregó mil quinientos dólares y pasajes para volver a Puerto Maldonado. Ese dinero había servido para pagar muchas deudas de la casa. Ahora iban a recibir más del doble, pero el riesgo era mayor y además tenían que compartirlo con Abraham, al que Oscar había reclutado en Lima y María, una Tingalesa que Oscar también había conocido hace poco en La Merced y a la que había convencido para hacer el trabajo. Se habían repartido las labores. Oscar pasaría primero vigilando a María y ella vigilaría a Abraham hasta Rio Branco.

Oscar le había entregado antes de salir un chip de telefonía celular brasileño para comunicarse con él cuando cruzara la frontera. Lo sacó de su envoltorio y a modo de distracción lo colocó cuidadosamente en su celular, mientras lo hacía pensaba en esas dos maletas tan llamativas en la bodega del bus. Pensó que si Oscar y María habían pasado sin problemas con unas maletas similares, ellos tampoco tendrían dificultades. Además la última vez se percató que los policías del punto de control fronterizo peruano, agobiados por el calor tropical, solían escoger una maleta al azar, la palpaban de mala gana y autorizaban al bus a seguir su camino. Su mayor temor era la Policía Federal de Brasil, había escuchado que eran más acuciosos, aunque cuando ella pasó con Oscar el trámite fue muy rápido y no recordaba mayor demora o revisión.

Forzando su postura, Alicia volteó medio cuerpo, vio a Abraham en su asiento, pensativo, mirando el paisaje a través de la ventana del bus. ¿Estaría consciente de lo que llevaba en la maleta? No parecía preocupado. Pensó en María, era muy joven, tal vez veintidós años, parecida a ella misma cuando tenía esa edad. Como todas las chicas de Tingo María tenía una belleza felina perturbadora, era blanca, pecosa, el cabello castaño largo y los ojos verdes intensos. Oscar le había comentado que ella no tenía intención de regresar al Perú. Luego de la entrega había planeado quedarse en Brasil y buscar hacer una vida nueva allí. El dinero del trabajo le serviría para empezar. Nuevamente recordó a sus hijos y los extrañó profundamente; recordó sus risas, sus travesuras y sus malcriadeces, sonrió mientras se adormitaba con el sordo ruido del motor del bus y el sueño finalmente la venció.

Cuando llegaron al puesto de control, la despertó el empujón producido por la frenada del enorme bus. Se limpió el rostro con un paño de mano y se alistó para bajar, había pocos pasajeros peruanos y varios brasileños. Esperó pacientemente que caminaran los que ya estaban en el pasillo y luego se acomodó entre la fila, avanzó lentamente y bajó. De reojo trataba de no perder de vista a Abraham. Un policía amable les indicó la oficina de migraciones para que registren su salida del Perú. Se apresuraron a formar una fila mientras algunos cruzaban la pista para comprar refrescos o alguna vitualla en los pequeños kioscos de madera. Otros aprovechaban para cambiar soles por reales. Alicia en la fila pensó en Oscar. A estas horas ya debería estar en Rio Branco. Pasando el control de Assis Brasil lo llamaría.

Al terminar el trámite en migraciones, caminó hacia el vehículo. Su corazón empezó a latir rápidamente cuando vio al controlador del bus con cuatro policías parados frente a éste y a su costado un hombre de corbata, chaleco azul y con una cinta alrededor del cuello. Era un fiscal. El controlador le preguntó si la maleta verde era suya. Ella movió la cabeza afirmativamente, sin decir palabra. El que parecía tener mayor rango de los policías le preguntó educadamente si podían revisar la maleta y que por favor se acercara mientras el controlador la retiraba de la bodega. Alicia sentía sus piernas temblar. El policía palpó la superficie y acercó el rostro, su expresión cambió, miró al fiscal y a Alicia e hizo un gesto afirmativo. El fiscal se acercó a Alicia y le pidió también de forma educada que la acompañe a las oficinas del puesto de control de la policía. En el interior le pidieron que ella misma abriera la maleta. Al hacerlo aparecieron ante ella los ambientadores y el pegamento, recordó que en uno de los bolsillos internos también estaban las boletas de venta a su nombre y que había olvidado destruir en el hotel. El policía que asistía al fiscal se colocó unos guantes de goma y con un hisopo recogió muestras de la superficie interna de la tapa de la maleta. Lo introdujo en una pequeñísima botella de vidrio y esta inmediatamente se coloreó de azul. El fiscal volteó y le pidió que guarde la calma, la invitó a sentarse en una silla de madera y le explicó con detalle que el procedimiento químico que acababa de ver significaba que la maleta estaba impregnada de clorhidrato de cocaína. Luego le indicó que iba a proceder a leerle sus derechos y que llamarían al defensor de oficio. Alicia no pudo escuchar la última parte, se desvaneció en el preciso momento que Abraham también entraba a la oficina cargando su maleta y escoltado por dos policías.

Horas más tarde, luego de haber firmado innumerables actas y formatos, de haber negado saber que las maletas contenían droga, le informaron que sería trasladada junto con Abraham a la sede de la Policía Especializada Antidrogas, luego de que le colocaran las esposas la abogada defensora del Estado se acercó y le preguntó discretamente:
– ¿Tiene usted algún enemigo en esta zona señora?
– ¡No! – contestó inmediatamente.
– Qué raro – replicó la abogada – el Capitán me acaba de decir que esta intervención es producto de un “soplo.”

Alicia no pudo contestar, un policía la tomó del brazo y la condujo hasta la camioneta de la fiscalía. “Un soplo”, pensó. ¿Pero quién? El único que sabía era Oscar. Una vez que se sentó en la camioneta le vino a la mente que en Lima, cuando recibieron las cuatro maletas, notó que las que llevó Oscar no tenían olor. En ese momento no le dio importancia pero ahora… recordó otros detalles, la discusión que tuvieron por la excesiva confianza entre Oscar y María durante el poco tiempo que estuvieron reunidos los tres y que le molestó terriblemente, él no le dio importancia y hasta se burló de ella. Las constantes quejas de Oscar por los hijos, por la situación, por las deudas. Fue atando cabos. Ya oscurecía y las siluetas de los árboles de la selva se confundían con el horizonte, los ojos se le humedecieron, se imaginó a Oscar y María desnudos en una cama de hotel en Rio Branco, riéndose de ella, a sus hijos abandonados a su suerte y sin querer le dijo al policía que estaba a su lado:
– Me han tendido una trampa.
El policía se limitó a encogerse de hombros mientras la camioneta se ponía en movimiento.

viernes, 11 de marzo de 2011

LA TRAICION (Cuento)

Marcelo caminó despacio entre las columnas del lugar, un espacio enorme, un patio que parecía abandonado, con enormes bolsas viejas por doquier y material de construcción disperso. No podía ver a su compañero, giró sobre sí mismo y trató de buscarlo con la vista. Le pareció ver algo moviéndose debajo de una de las bolsas apoyadas en una columna cercana, se fijó y le pareció ver algo como una serpiente, una cobra oscura. “¿Una cobra?” se dijo, y se le erizaron los pelos de la nuca, en ese preciso momento sintió una ligera presión en la pierna y con horror vio como una serpiente se había enroscado en su tobillo, inmovilizado le tomó unos segundos reaccionar y gritar, pero nadie lo escuchó. Respiró y a pesar del miedo y el sudor que empezaba a brotarle por los poros trató de mantener la calma. Levantó las dos manos lentamente evitando cualquier movimiento brusco, no quería asustar a la serpiente, recordó que semanas antes, había oído en un programa de la televisión que su hija estaba viendo mientras él preparaba un informe, mencionar que las serpientes venenosas usualmente tenían la cabeza triangular, trató de mirar con cuidado, estaba tan nervioso que no podía fijarse bien en la cabeza. El desagradable ser se desplazaba lentamente por su pierna, ejerciendo presión… se preguntó qué pasaría si sacudía la pierna para que el animal se cayera, miró con cuidado y se dio cuenta que era imposible, el cuerpo del reptil ya le daba por lo menos dos vueltas a su pantorrilla, aprovechó y pudo ver sus ojos pequeños, brillantes, no tenía el color escandaloso de las especies letales y eso lo alivió un poco, era de un gris verdoso. Pero la cabeza, la cabeza era entre ovalada y triangular, se arrepintió no haber visto ese programa en la televisión junto a su hija, como ella se lo había pedido. Volvió a levantar la vista para ver si alguien se acercaba, “¿las serpientes oyen? se preguntó, estaba dispuesto a gritar de nuevo pidiendo ayuda, cuando percibió el rápido desplazamiento de la culebra hasta su muslo, entonces bajó lentamente la mano derecha, sabía que si lo mordía y era venenosa, no llegaría a tiempo a la salida del lugar para pedir ayuda, pero corrió el riesgo, acercó lentamente la mano por detrás de la cabeza de la serpiente, pero dudó, no se atrevió a cogerla, esta volteó y rápidamente enroscó parte de su largo cuerpo en su antebrazo, Marcelo sintió aflojar su esfínter, el miedo lo invadía, tenía la mano izquierda levantada, las piernas semi dobladas y el brazo derecho pegado a su muslo, lo ridículo de su posición lo hizo sonreír mientras aprovechaba un descuido de su enemiga y la tomaba precisamente del cuello, la apretó sin mirarla ya, fuertemente y con desesperación para evitar que pudiera atacarlo, esperando recibir una dentellada en los dedos o en la mano. Pasaron unos segundos y no sintió nada, se atrevió a mirar y vio la pequeña cabeza dislocada y con las mandíbulas abiertas, con algo de asco se la desenredó de la pierna y la lanzó al piso, “era larga la condenada” pensó. Caminó un poco, buscó los baños, caminó y los halló, pero desde afuera parecían nauseabundos, pensó que fácilmente podía haber más serpientes allí. Desistió, pero al voltear para irse, vio en el suelo mojado algunos billetes, dólares, uno sobre otro, mojados también, los recogió rápidamente, aunque le pareció percatarse que algunos eran más parecidos a los del monopolio que a los billetes reales, luego cogió la serpiente y corrió hacia los ambientes donde se llevaba a cabo la construcción, llegó en mucho menos tiempo del que esperaba y se aproximó a su compañero que estaba sobre una escalera reparando algo:
- Mira esto, ¿es venenosa? – le preguntó mientras le mostraba la serpiente muerta.
- No - le contestó tranquilamente – parece una boa joven.
Marcelo recordó la presión que ejercía la serpiente en su pierna y concordó, era un constrictor, ahora no se sentía bien, se había metido el susto de su vida y además había matado a una especie protegida. De pronto apareció su perro y se llevó a la serpiente, a la que le pareció ver sacudirse un poco, pero eso era normal, había visto serpientes moverse luego de muertas, son reacciones musculares post mortem, espasmos. El perro salió por una puerta extrañamente luminosa llevándose a la boa en su boca.

* * *

Marcelo despertó y vio la luz de la ventana, “mierda, me quedé dormido” pensó, miró su celular y efectivamente estaba apagado, se fue directo a la ducha a darse un baño rápido, mientras se jabonaba le vino a la mente su sueño: “Una serpiente, dinero mojado y mi perro, huevadas.” Terminó de ducharse, se cambió y se fue volando al trabajo sin despedirse de su esposa que seguía durmiendo. Una vez en la oficina se puso a trabajar pero el sueño le daba vueltas, alguna vez una enamorada suya le había dicho “Maldito, no te atrevas a engañarme”, él le preguntó porqué le venía con tan disparatado comentario y la muchacha le había respondido: “Es que anoche me soñé con una serpiente.”

A las nueve de la mañana, se tomó unos minutos, estiró su espalda y se recostó un poco sobre la silla, miró el teléfono sobre la mesa y sonrió. “Qué mierda” pensó y tecleó el número:
- ¿Aló? ¿Aló?
- ¡Aló mamita! Soy yo, Marcelo
- Hola hijito, ¿Cómo estás? ¿Te estás abrigando? Está haciendo frio.
- Si mamá – contestó Marcelo condescendiente – ¿Cómo estás tú más bien?
- Bien hijito, bien.
- Mami, un favor – dijo Marcelo entre amable y cariñoso - ¿Qué significa soñarse con serpientes?
- ¡Ay! ¿Te has soñado tú? ¡Malo malo! ¿Venenosa? ¿Te ha mordido?
- No, mamá, en el sueño se me enrosca pero la mato al final.
- ¡Ah! – Exclamó aliviada la mujer, ¡bueno bueno! Eso es bueno. Si la matas es que tus enemigos te van a querer hacer daño, pero al final los vences. Tienes que tener cuidado.
- Gracias ma, y… ¿Con dinero mojado?
- ¿También eso? ¡Ay hijo! Dinero, dinero. Con dinero problemas vas a tener. Ten cuidado mijito ¿ya?
- Claro mamita, no te preocupes, ahora tengo que trabajar, gracias. Cuídate tú también.
- Dios te bendiga.
- Gracias, chao ma.
- Chao chao...
Marcelo colgó. “Traición, enemigos, ¡huevadas!”

Continuó trabajando, la idea le seguía rondando la cabeza, normalmente se levantaba de la cama sin recordar lo que había soñado o con un vago recuerdo de lo soñado, impreciso, pero esta vez el sueño era tan vívido. Trató de recordar qué cosas había visto en la televisión la semana pasada, si había hablado de serpientes o algo similar con alguien. Estaba convencido que los sueños estaban compuestos de pedazos de experiencias pasadas. Nunca había creído en sueños premonitorios como lo hacía su madre. “Bueno, mamá cree en la Cruz de Caravaca, en San Benito de Palermo, en el poder de los huairuros, en San Cipriano y en la Pacha Mama, y claro también en el significado de los sueños” pensó divertido. Trató de olvidar el tema y se concentró en sus labores.

A la hora del almuerzo salió como siempre rumbo al restaurant de la tía Bertha, inicialmente un huequito hecho en la cochera de una casa colonial donde iban a almorzar él y sus compañeros de trabajo, ahora el restaurant ocupaba toda la casa, la señora tenía una sazón de primera. Prácticamente todos los trabajadores de las empresas y oficinas a tres cuadras a la redonda almorzaban allí. Levantó la vista y unos tres metros adelante estaba Arturo, caminando despreocupado también rumbo al restaurant, iba a acelerar el paso cuando sintió un brazo alrededor de su cuello y una voz aguardentosa ordenándole que se ponga tranquilo, al mismo tiempo otra persona rebuscaba sus bolsillos, gritó débilmente y forcejeó inútilmente, lo estaban cogoteando. De pronto sintió la presión en su cuello aflojarse y la figura de Arturo sobre él, logró colaborar lanzando un par de codazos mientras caía al piso y se incorporó rápidamente, uno de los pillos aun estaba en el piso con el celular de Marcelo en la mano, Arturo le propinó un puntapié en la espalda y Marcelo le arrebató el celular antes de que pudiera escapar a gatas, el otro ya corría raudamente por la calle y volteaba por una esquina. Arturo ayudó a Marcelo a limpiarse el terno y a acomodarse la corbata.
- ¿Estás bien? – le preguntó.
- Sí, sí. - dijo Marcelo todavía acomodándose, agitado.
- ¿Te ha robado algo?
- Creo que no.
Revisó sus bolsillos y su billetera estaba todavía ahí, un bolsillo del pantalón estaba roto, pero las llaves del auto, de la casa, todo estaba completo, y finalmente había recuperado también su celular.
- Está todo – dijo todavía saliendo del shock – Oye, gracias Arturo, la verdad me salvaste hermano.
- Me debes un almuerzo – sonrió Arturo.
Fueron a almorzar, Marcelo estaba callado al principio, luego fue recuperando confianza, relajándose, “¡Qué susto, mierda!” Luego cuando esperaban el postre le dijo a Arturo:
- Esta huevada me la soñé anoche aunque no me creas.
- ¿Un deja vu?
- No, no tanto así – precisó Marcelo – soñé con una serpiente que se me enroscaba y a la que luego lograba matar, también con dinero mojado, llamé a mi viejita y me dijo que la serpiente es un enemigo, los choros, ¿ves? Como yo maté a la serpiente, es triunfo sobre los enemigos, eso explica porque no dejamos que me roben y problemas con el dinero, porque querían llevarse la plata pero al final el triunfo no se los permitió. ¿Todo encaja no?
- Será…
- ¡Claro! Eso era pues Arturín, ese sueño me estaba dando vueltas en la cabeza todo el día. Asunto resuelto.

Marcelo se sintió realmente aliviado, pagó los dos almuerzos y se fueron conversando alegremente al trabajo. Más tarde llamó a su madre para contarle lo del robo, suavizando los hechos para que no se asuste y confirmarle que su interpretación de los sueños estaba resuelta. Su madre le contestó con un “¡Ay, menos mal hijito!” y quedaron para almorzar el fin de semana. Preparó los informes pendientes y al fin del día pensó que todo lo pasado merecía una gratificación. Tomó su celular y llamó:
- ¿Cholita?
- ¡Hola! Ya días sin saber del señor – contestó una voz femenina.
- No te enojes chola linda, mucho trabajo ya sabes.
- ¿No será tu esposa que no te deja salir? – preguntó sarcástica la mujer.
- ¡Ja ja! A ella la tengo controlada, más bien tú me tienes loquito. ¿Te veo más tarde? ¿Qué te parece una reunión de trabajo en el lugar de siempre?
- ¿A qué hora?
- ¿A las ocho está bien? Me doy una ducha en casa y salgo para allá.
- ¿Tu mujer de dará permiso? ¡Ja ja ja!
- ¡Ja ja ja! ¿Te bañas ya? Y te perfumas allá abajo cholita…
- ¡Cerdo! Te veo a las ocho.
- A las ocho
Colgó. Cerró su oficina y se dirigió a la cochera.

Al llegar a casa notó las luces apagadas, entró y Titán no salió a recibirlo batiendo la cola como siempre, “¿Habrían salido a pasear a Titán?” miró el reloj. Eran las seis y quince. Se dirigió despacio al dormitorio, y miró, se quedó pasmado: “¡Mierda, habían asaltado la casa!” los closets estaban abiertos de par en par y visiblemente vacios, encendió la luz para ver mejor, el joyero de su mujer no estaba, las maletas sobre el closet tampoco, “¡Carajo!” se dijo, sacó el celular para llamar a la policía y vio entonces una nota pegada en el espejo del tocador: “Lo siento Marcelo, me voy de la casa, no aguanto más tus infidelidades, me cansé, no hagas escándalos, me llevo a mi hija y a Titán, estaré en la casa de mamá un tiempo. Me estoy llevando todas mis cosas. La próxima semana te haré llegar los papeles del divorcio.” Marcelo iba a empezar a marcar el número de su esposa en el celular cuando pudo ver unos centímetros debajo de la nota y apoyadas en el espejo unas fotos en blanco y negro, de él y la chola en situaciones claramente comprometedoras. Apagó el celular y se dejó caer sentado a los pies de la cama. “¡Mierda!”