Mostrando entradas con la etiqueta música. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta música. Mostrar todas las entradas

sábado, 2 de mayo de 2015

CRUCE DE CAMINOS CON EL DIABLO (Cuento)

“Early in the morning, when you knocked upon my door, Early in the morning, when you knocked upon  my door, I said Hello Satan, I believe it’s time to go.”
Me and the devil blues. Robert Johnson

Robert, sentado en la vieja banqueta de madera que él mismo había llevado, sintió que el frío de la madrugada le partía los huesos. Llevaba esperando cerca de seis horas en el mismo lugar, fumando, aterido pero con la clara sensación del sudor frío humedeciendo su desgastada camisa.  Alguien le había dicho que en el cruce de los caminos de Clarksdake en Misisipi, aparecía el diablo a media noche. Llevó una banca y una guitarra Gibson nueva que había comprado con todos sus ahorros y hasta con los que no tenía, prestándose de aquí y de allá sin saber todavía si podría pagar.

Recordó los últimos años, a los dieciocho se había casado con Virginia, fue feliz. A pesar de lo poco que ganaba tocando en clubes de mala muerte por la noche y trabajando en los campos de algodón cuando se podía, había logrado formar un hogar. Su corazón se partió de tristeza cuando ella y el bebé murieron la noche del parto. Se ahogó en la tristeza y el alcohol, tocaba ebrio y cada vez peor. Recordó los tiempos de la escuela, cuando empezó a tocar la armónica con sus amigos y luego su madre, entusiasmada, consiguió un arpa usada para él. Nunca tuvo afecto por los estudios, su madre le imploraba que se esfuerce y aprenda las asignaturas, pero sus diez hermanos mayores lo habían hecho y daba igual porque terminaban trabajando en las plantaciones o arreando ganado. Se dio cuenta que estudiar no haría la diferencia con ningún negro de Hazlehurst ni de todo Misisipi, se abandonaba a la música. Un día el reverendo McKenna lo probó para instrumentalizar el coro de la iglesia. Le dijo: “Muchacho, tocas bien, pero no lo suficiente, si quieres puedes quedarte para enseñarte a cantar, pero para tocar te falta mucho.” Robert no volvió, tocaba en casa y se esforzaba en hacerlo mejor, pero notaba que no lo conseguía. Terminó siendo un músico mediocre y peor aún luego de la muerte de Virginia. El whisky barato le daba fuerzas para cantar y cantaba con verdadero dolor, pero tocaba de mala manera, siempre a la diabla y sin precisión, esperando ansioso la pausa entre canción y canción para la siguiente ronda de alcohol.

Fue en uno de esos clubes que lo contrataban solo porque no había otro más barato qué él donde Robert conoció a Billy. Billy se sentaba en una esquina, bebía siete whiskys y a veces se quedaba hasta el final. Nadie sabía de dónde había venido, su rostro negro insondable con incontables arrugas profundas y su cabello blanco apretado hacían imposible adivinar su verdadera edad. Vivía en un establo, se le veía ordeñar las vacas en las mañanas pero no hablaba con nadie. Todo su dinero lo gastaba en whisky, no se le conocía mujer ni hijos. Un día cuando Robert bajaba del tabladillo miserable que servía como escenario, Billy lo llamó para conversar. Robert se disculpó en un principio, pero no resistió la tentación del whisky gratis que Billy le ofrecía. Se sentó, casi no habló, Billy tampoco lo hacía pero trazaba figuras con los dedos sobre la mesa y de rato en rato golpeaba con ritmo el tablero, luego de un rato le preguntó si las canciones que cantaba eran suyas.
 – Sí – respondió.
– Tal vez si se las das a alguien que las toque mejor, podrías ganar algo de dinero – replicó Billy.
– ¡No!, son mías – contestó firme Robert, recordando a Virginia. Había escrito esas canciones pensando en ella.
Billy se rió con estrépito. Lo miró fijo a los ojos y le contó la historia de un hombre que vendió su alma al diablo a cambio de talento para tocar la guitarra.
– Esas son mentiras – exclamó Robert y tomó el último whisky de un solo golpe, cuando se marchaba escuchó a Billy decir:
– No pierdes nada, solo tienes que ir a media noche a un cruce de caminos. Eso es todo.

Robert desde aquella noche no dejó de pensar en el asunto. Ya no tenía familia, vivía en un sucio cuarto donde había guardado bien escondidos algunos dólares por si en algún momento caía enfermo o dejaban de contratarlo como había pasado en muchas ocasiones.

Esa noche había caminado sin ganas hasta el cruce, llegó cerca de las diez cargando la guitarra nueva con cuidado y el viejo banquillo para tener dónde sentarse. Esperó entre asustado y escéptico hasta la media noche. Deseaba de corazón que no apareciera nadie, que todo fuese un cuento viejo con el que los abuelos asustan a los niños para que no salgan de noche. Cuando calculó que sería la hora indicada no pasó nada, solo el silencio y la negritud profunda. De pronto oyó pasos, se le escarapeló el cuerpo. Encorvó la espalda, aguzó la vista y pensó en usar la guitarra como arma en caso de emergencia. Frente a sí, una silueta emergió de la noche, a medida que se acercaba pudo reconocer el andar, la pelambre blanca, las arrugas infinitas, era Billy. Se alivió y sintió enojó al mismo tiempo por la broma de mal gusto. Se puso de pie, Billy lo saludó sin afecto y extendió la mano. Robert no entendió, “dame la guitarra” dijo y Robert se negó,  Billy rió con sus carcajadas estentóreas, sus  ojos llamearon y sus dientes brillaron en una noche sin luna como si estuviesen hechos de alguna sustancia luminosa. Robert sintió subir desde su vientre un calor trémulo, una sensación vaga en la espina dorsal de que ese hombre viejo era eterno y que expedía un olor intenso a animal sacrificado. Comprendió todo.
– ¿Aún estás dispuesto a vender tu alma, muchacho? – Dijo Billy.
 – Sí  – contestó firme Robert al mismo tiempo que entregaba la guitarra.

Billy tomó el instrumento y se fue como había venido, Robert esperó y esperó. Pensaba por minutos, y seriamente, que había sido engañado con el cuento más viejo del mundo y que Billy estaría riéndose de él, que vendería la guitarra al primer desprevenido y se largaría del pueblo. Sin embargo la desazón que le había dejado esa mirada maligna lo había convencido en última instancia a entregar la guitarra. Raspó el tacón de sus viejos zapatos en el piso terroso, enrolló y encendió su último cigarrillo y cuando estaba por terminarlo apareció Billy de nuevo, le entregó la guitarra, humeante pero fría como hielo. Respiró y preguntó:
– ¿Y ahora?
– Espera a mañana en la noche y solo toca, pero la primera vez deberá ser en el lugar que te vio nacer. No olvides que tu alma me pertenece.
– Ya lo sé. ¿Algún consejo? – preguntó Robert.
– Sí – dijo Billy.

* * *

A partir de ese momento la vida de Robert cambió, regresó a Hazlehurst y tocó, la primera noche a nadie le llamó la atención el músico, era el fracasado Robert LeRoy Johnson que había vuelto como se fue, pasó desapercibido. Sin embargo él descubrió que la guitarra literalmente tocaba sola cuando pasaba sus dedos por el mástil. Eran sonidos nuevos, firmes, profundos, melancólicos y al mismo tiempo intensos. Poco después se dio cuenta que solo tenía que cerrar los ojos e imaginar la música y esta fluía de sus dedos hacia la guitarra. Un día, a solas, probó con una guitarra diferente, fue como si estuviese arrancando gemidos lastimeros de una tabla atada con tripas de animal. A partir de entonces nunca se despegaba de la guitarra, dormía con ella, no volvió a tocar con otra, por esos días conoció a Esther, una joven viuda adinerada y se casó con ella, tuvo un hijo. Poco tiempo después se corrió la voz de su talento, venía gente a verlo de todo el estado e incluso desde otros estados. Le propusieron viajes que aceptó, grabó en dos años veintinueve canciones pero siempre exigió tocar sin iluminación, con el pretexto de que la luz le dañaba los ojos, así podía ejecutar en la penumbra. La verdad era que tenía miedo de que la gente viera que no eran sus dedos los que producían los sonidos de la guitarra endemoniada. En los estudios, donde no podía esconderse en la oscuridad, tocaba mirando a la pared y de espaldas a la consola con la excusa de que la acústica era mejor de esa manera para su música. Las disqueras no lo contradijeron jamás, sus canciones eran todo un éxito. Sin embargo, con el tiempo la ansiedad lo fue consumiendo, tenía miedo de que su tiempo se acabe. Tenía miedo de que Billy viniese a cobrar su deuda, lo veía o creía verlo en todos los clubes y bares, en la mesa de la esquina, bebiendo siete whiskys e irse. En ocasiones cuando creía verlo cancelaba la presentación y escapaba con su propios recursos del pueblo, en cada lugar siempre encontraba una mujer que rápidamente accedía a sus pasiones y pasaba la noche con él, con el tiempo asumió que era parte del trato. Vivía en hoteles, dormía en un pueblo y a la noche siguiente en otro; nunca dejó que le tomen una foto, excepto aquella vez que la disquera lo amenazó con que sin foto no habría disco. Aceptó de mala gana.

Cuando tenía veintisiete años, el sábado trece de agosto de mil novecientos treinta y ocho estaba en Greenwood, en Carolina del Sur, la noche anterior se había acostado con la mujer del dueño del club donde habría de presentarse, una mulata apasionada y febril de nombre profético: Diamond. Ella cedió a sus requerimientos sin pudor y se metió disfrazada de mucama en su cuarto una vez que tuvo la certeza de que el marido se había dormido. Antes de la presentación alguien le mandó una botella de whisky, estaba abierta. Estaba a punto de beber y miró el timbre roto y girado. La rechazó. Diamond, que ayudaba a su marido en la barra del bar, abrió otra botella y se le envió. No desconfió y bebió. Minutos después, mientras tocaba levantó la vista desde la penumbra y distinguió a Billy en el fondo del club bebiendo su séptimo whisky, vio la mirada de fuego y los dientes fulgurantes, sintió un espasmo en el pecho y la garganta seca, el vientre se le incendiaba y los tendones de sus manos se agarrotaban dolorosamente por el efecto de la estricnina. En ese momento recordó el consejo de Billy, aquella noche en el  cruce de los caminos de Clarksdake:
  – Nunca bebas whisky de una botella que no haya sido abierta por tus propias manos.

sábado, 19 de febrero de 2011

UN ANGEL EN EL CAMINO (Cuento)

Cuando Brenda abrió el correo no pudo evitar que sus rodillas se pongan a temblar: “Te espero en El Cáctus a las nueve de la noche. Sé que vendrás. Ángel.” Cerró rápidamente la ventana como si alguien pudiera ver su monitor. Trató de calmarse y volvió a abrir el mensaje. Estaba allí: blasfemo, pecaminoso, indecente; sin embargo un suave calor recorrió su bajo vientre, se puso de pie sonrojada y avergonzada de ella misma, se santiguó. No podía ser, pensó: ¿quién se creía este tipo para enviarle un correo así, sabiendo perfectamente que era una mujer bien casada? Todo esto era un error, por supuesto que no iría. Se dirigió a la ventana de su oficina y a través del vidrio miró la ciudad.

Se había conocido con Ángel dos semanas antes en un festival de blues, desde el primer momento se sintió identificada con él, hablaron de diversos libros que ambos habían leído, de música que ambos apreciaban, de compositores que ambos conocían y admiraban. Le sorprendió que también supiera de cocina, pintura y teatro. Discutieron un buen rato acerca de los clásicos del blues de Louisiana y de Mississippi, luego sin saber cómo terminaron conversando divertidamente de Mendelssohn, Mahler y Wagner. Luego del encuentro fueron con algunos amigos comunes a un bar cercano y continuaron la charla, hasta que se dieron cuenta que los dos se habían apartado del grupo enfrascados en contarse sus vidas y gustos. Brenda consciente siempre del sentido de la decencia, sugirió integrarse a la conversación de los demás y luego de unos minutos todos se levantaron para retirarse, Brenda se despidió con un firme apretón de manos sin dar espacio a más contacto físico y agradeció la conversación y por educación sugirió algún día volver a conversar, sabiendo de antemano que eso no sería posible de ninguna manera.

Brenda había sido educada en una escuela católica escogida especialmente por sus padres, de filosofía escolástica, exigente con la enseñanza de valores y principios cristianos; fue una estudiante modelo y sus calificaciones la hicieron acreedora de los primeros puestos, sin embargo en la adolescencia se sintió tristemente rechazada cuando empezaron los primeros cumpleaños e invitaciones sociales, notó que en los bailes era la última en ser invitada a bailar o a veces terminaba sentada en una esquina durante toda la fiesta, los muchachos no se fijaban en ella o peor aún se burlaban cruelmente. Empezó a compararse con sus compañeras de aula y tomó consciencia por primera vez de su cuerpo largo, delgado y poco desarrollado. Su delgadez sumada a su carácter introvertido la hacían poco atractiva. Desconsolada se propuso cultivar su mente a despecho del cuerpo poco agraciado que Dios le había dado. Dedicó casi todas las horas de su adolescencia a la lectura y a la música, mientras que la escuela le inculcaba valores y su madre la preparaba para ser una perfecta ama de casa, enseñándole cocina, a ordenar el hogar y como ser una esposa complaciente, útil y sacrificada.

Cuando terminó la secundaria decidió inscribirse en un gimnasio, se sabía sumamente disciplinada y así como cultivó su mente se propuso trabajar su cuerpo. Ahora quince años después de terminar la escuela, con un título de maestría y un buen empleo, era además una mujer que sin ser bonita era sumamente atractiva, de finas formas bien trabajadas a fuerza de sesiones diarias de máquinas y spinning, con un exquisito gusto para vestirse y desde hacía cuatro años felizmente casada con un hombre trabajador, bueno y fiel. Por su parte, su esposo Daniel era perfecto para ella, ordenado igual que ella, tranquilo, un hombre de casa, comprensivo y cariñoso. Nunca se enojaba o exasperaba, siempre buscaba una solución para cada problema. Se casaron justo al año de conocerse, en una boda soñada. En la cama Daniel fue siempre un caballero romántico, respetuoso, suave y atento. Aún no tenían hijos pero seguramente pronto conversarían y se harían un espacio para tenerlos. Era muy feliz así y tenía la firme convicción de que jamás defraudaría la confianza de su esposo ni deshonraría la santidad del matrimonio.

Dos días después del festival, Brenda, que se había hecho la promesa cuando se casó de no ocultarle nunca nada a su esposo, le comentó que había conocido a Ángel, Daniel que confiaba totalmente en su mujer le preguntó por cumplir:
– ¿Y a qué se dedica?
– No sé – contestó Brenda tratando de mostrar desinterés – sé que es abogado pero no sé exactamente en qué trabaja.
– Y me dices que es soltero, le gustan los gatos, escucha música clásica y no le gusta el fútbol – afirmó Daniel.
– Sí amor.
– Debe ser homosexual Brenda – dijo Daniel sonriente y con sinceridad – no me parece mal si quieres ser su amiga, yo tengo nada en contra de ellos.

Brenda iba a replicar algo, pero se quedó callada, iba a decirle que le pareció muy varonil como para ser gay, pero prefirió guardarse eso. Su marido era buen sujeto pero a veces soltaba algunas frases que delataban su educación machista. Había escuchado a su suegro decir en alguna reunión – mitad en broma, mitad en serio – que un tipo que no escucha salsa y no juega fútbol, no era un verdadero hombre.

Ahora tenía claro que no debía ir a la cita, pero no sabía si contarle a su marido de la invitación, nunca había visto a Daniel enojado y no sabía cómo reaccionaría. Tal vez trataría de buscar a Ángel para golpearlo o encararlo. Tal vez sólo para encararlo, Daniel no era violento a pesar de haber practicado durante años artes marciales, no se lo imaginaba yendo a golpear a otro hombre por celos, aunque la idea no le desagradaba por completo; le gustaría conocer al Daniel cavernícola aunque sea una sola vez.

Pasó la mañana tratando de trabajar, pero no podía quitar de su mente la invitación de Ángel. Había algo en él que le llamaba la atención además de su aspecto o su conversación inteligente. Siempre había admirado a los hombres que leen, pero ahora además había algo que no era su impecable forma de vestir ni sus modales finos. No era guapo, pero había algo en su personalidad que la seducía y que, por lo que pudo percibir, seducía a los demás también. Notó cómo lo miraban las otras chicas el día del festival y cómo lo miraron sus compañeras el día que se le ocurrió aparecerse en su oficina. Se presentó como un cliente y preguntó directamente por ella. Brenda se sonrojó notoriamente, pero mantuvo la compostura dignamente durante el tiempo que Ángel estuvo en su oficina. No pudo evitar sentir algo de celos cuando su mejor amiga y compañera de trabajo entró a su oficina, luego de que se fuera, interrogando atropelladamente:
– ¡Amiga! ¿Quién era ese galán? ¡Me lo tienes que presentar! ¿Es soltero verdad? ¿De dónde lo conoces? ¿Es de aquí? ¿Cómo se llama? ¡Qué rico perfume!
– Es un cliente Sandra – contestó Brenda apenas le dejó un espacio para contestar y fingiendo apatía.
- Cuando vuelva… me lo tienes qué presentar – dijo Sandra guiñando un ojo al mismo tiempo que se iba.

Tres días después se lo encontró en el patio de comidas del centro comercial que estaba cerca de su trabajo. El apareció con su bandeja buscando asiento y le preguntó si podía acompañarla, Brenda estaba totalmente segura que no fue una casualidad, pero le pareció un lindo gesto que él haya planeado ese encuentro casual y le siguió la corriente. Conversaron largo rato y se les pasó el tiempo, Brenda llegó tarde a la oficina pero estaba radiante. Hacía mucho tiempo que no disfrutaba tanto conversar así con una persona del sexo opuesto.

Cerca de la hora de almuerzo, miró su mano izquierda y contempló su alianza, la acarició con los dedos de su otra mano, recordó que Ángel nunca le preguntó sobre su estado civil. Tal vez no le importaba o tal vez había decidido ignorarlo o peor aún pensaba que ella estaba acostumbrada a hacer estas cosas. ¿Pero qué cosas Brenda? – se dijo a sí misma. ¿En qué estaba pensando? Ella no había hecho nada malo. Tenía que dejar este asunto ya. Llamó por el anexo a Sandra y la invitó a almorzar.

Una vez en el patio de comidas, Brenda buscó el momento entre la cháchara permanente de Sandra y le soltó el comentario:
– Sandrita, ¿te acuerdas del cliente de la semana pasada?
- ¿El galán? – preguntó Sandra.
- Sí, ese mismo. Me ha invitado a salir hoy.
Sandra se quedó muda por unos segundos con la boca abierta. A pesar de su aparente frivolidad y su manía de hablar hasta por los codos, tenía la habilidad de encontrar el lado práctico y objetivo de las cosas.
– Ten cuidado con lo que haces hermanita – dijo Sandra con solemnidad cuando se repuso, al mismo tiempo que se ponía un pedazo de pan en la boca.
– ¿Me estás sugiriendo que vaya? – replicó sorprendida Brenda.
– Dependiendo a qué vas a ir. Yo si fuese tú no sé si iría, pero tú eres tú.
– ¡Ay amiga! No me dices nada…
– No voy a decidir por ti – sentenció Sandra – sólo puedo decirte lo que haría yo. Pero yo no estoy casada ni tengo un esposo maravilloso en casa esperándome.
Brenda entristeció, esperaba sinceramente que su amiga le grite, que le diga que estaba loca, que cómo podía hacer una estupidez semejante.
– Entonces iré – dijo Brenda – tratando de sacarle algo más a Sandra.
– ¿El tipo te atrae? – preguntó maliciosamente la amiga.
– Un poco
– ¿Cuéntame qué te atrae de él? ¡además de lo obvio claro!

Brenda le contó sus pocas conversaciones, los temas en común, su admiración por alguien que sabía tantas cosas. Hasta coincidían en haber empezado a ir al gimnasio más o menos a la misma edad y habían mantenido la costumbre hasta ahora. Sandra soltó una risa estrepitosa:
– No te gusta él amiga. Te gustas tú reflejada en él. ¿No me digas que no te das cuenta?
– No – contestó algo molesta.
– ¡Vamos Brenda! Si está claro, el tipo es todo lo que tú eres. Lo admiras porque en él admiras tus propios logros. Te sientes identificada por eso. No confundas las cosas y sobre todo no le hagas daño a Daniel. Mira, si yo tuviera una sola sospecha de que Daniel hubiese sacado los pies del plato aunque sea una vez, te diría que te aproveches para vengarte, pero ese hombre te ama, te es fiel y te respeta. De esos hay muy pocos mujer. Ten cuidado. ¿O es que no eres feliz con él?
– ¡Claro que soy feliz! – afirmó Brenda enfáticamente e inmediatamente se dio cuenta que estaba tratando de convencerse ella misma más que responder a su amiga.
– ¿Entonces qué buscas, una aventura?
– ¡No! No sé Sandrita, hay algo en él o en el hecho de conocerlo que se siente peligroso. Es una tontería mía lo sé. Pero a veces pienso que mi vida es tan segura, necesito algo de peligro, de emoción.
– Peligro y emoción vas a encontrar si arriesgas tu matrimonio y no creo que sea divertido – advirtió severamente Sandra – ¿Qué va a decir tu familia? ¿Qué va a decir toda la gente?
– ¡No tengo planeado hacer nada malo! – exclamó Brenda, luego agregó tristemente – tienes razón no puedo arriesgar lo que tengo.
– Así es, pero te advierto, si a pesar de todo vas, limítate a ponerle en claro las cosas y termina ese asunto hermanita.
– ¿Y si no voy? – cuestionó Brenda.
– Mejor, pero es tu decisión al final.

Volvieron a la oficina y Brenda seguía confundida, tal vez lo mejor era ir y poner las cosas en claro. Explicarle a Ángel que no era una cualquiera, que era una mujer felizmente casada y que dejara de una vez por todas las insinuaciones e invitaciones de mal gusto. Pensó que igual podía ponerle eso en un correo. No, se lo diría personalmente. Era mejor.

Durante la tarde estuvo tentada varias veces a contestar el correo e inventar una excusa para no ir. Desistió, lo peligroso de la situación era un imán para ella. A las seis de la tarde salió de la oficina y se fue a casa. Estaba a punto de tomar un baño cuando Daniel llegó. Se dieron un beso convencional en los labios y Brenda optó por una última alternativa para verse forzada a no ir: Si Daniel le pedía o le ordenaba (eso estaría mejor) no ir, olvidaría todo este asunto definitivamente:
– Daniel, amor. ¿Te acuerdas de Ángel? ¿El sujeto del festival de blues?
– Sí.
– Me ha invitado a cenar hoy – mintió – ¿Qué te parece?
– ¿Ah sí? Y por qué – preguntó con verdadero interés Daniel frunciendo el ceño.
– Negocios – mintió nuevamente Brenda – es cliente de la oficina también. Aproveché para incluirlo en la cartera de clientes.
– Ok. Pero trata de no regresar tarde – dijo Daniel acostumbrado a no meterse en el trabajo de su mujer.
Brenda fue a tomar un baño, abrió la llave de la ducha y se tomó la cabeza con las dos manos cerrando con fuerza los ojos mientras pensaba: ¡Dios, qué estoy haciendo!

* * *

Una vez en El Cáctus, que era un pub temático en el centro de la ciudad, vio a Ángel sentado en una mesa sólo, bebiendo una cerveza. Se acercó y lo saludó dispuesta a explicarle brevemente sus motivos e irse, tomó asiento e iba a empezar a hablar cuando Ángel le hizo una seña para detenerse y preguntó:
- ¿Tequila?
- No sé – dudó Brenda.
- Tequila entonces – resolvió Ángel – hoy tienen el “especial zapatista.”

Hizo una seña hacia la barra y una atractiva jovencita con sombrero de charro mexicano trajo una bandeja con diez shots de tequila, un pequeño plato con rodajas de limón y otro con sal.

Ángel, con absoluta seguridad, tomó el primer diminuto vaso en sus dedos índice y pulgar, en el hueco formado en la unión de ambos colocó un poco de sal y tomó una rodaja de limón. Con los ojos motivó a Brenda a hacer lo mismo, ella lo hizo, nerviosa.
– Ok. A la cuenta de tres – dijo Ángel
Hizo el conteo y bebió de un tirón, Brenda también. Lamieron la sal, exprimieron el limón en sus bocas y rieron. Brenda sacudió la cabeza tratando de liberarse del aturdimiento y cuando miró a Ángel este ya tenía otro vaso en la mano. Le siguió el ritmo y bebió de nuevo. Al tercer shot tenía la lengua adormecida, no estaba acostumbrada a beber y menos tequila. Cuando terminaron la ronda reía sin parar y de cualquier cosa, pero ya no sentía nervios. Trató de componerse un poco y dijo:

- Ángel, gracias por invitarme y por el tequila, pero tengo que irme. Mi esposo me espera en casa, prometí regresar temprano y sólo he venido para decirte que agradezco tu invitación y tus detalles, pero yo no puedo hacer esto.
- ¿Hacer qué? – preguntó astutamente Ángel
- ¡Esto! – exclamó Brenda.
- ¿Beber tequila?
- Tú sabes a qué me refiero.
- No, no lo sé – negó Ángel.
Brenda quiso explicar, pero no podía, en realidad no habían hecho nada. Trató de concentrarse, con el tequila encima era más difícil.
- Mira, esta salida, tu invitación, tu correo de hoy.
- Yo pensé que éramos amigos – replicó Ángel.
- Sí, lo somos, y quiero que se quede así. Como una amistad.
- Está bien Brenda – contestó el hombre con calma.

Desconcertada, Brenda se quedó en silencio. No pensó que sería tan fácil. ¿O sería que había malinterpretado todo? Tal vez Ángel sólo deseaba una limpia amistad y su imaginación había volado más allá. Sintió un terrible remordimiento. Avergonzada pidió perdón.
- No, no hay nada que perdonar – dijo amablemente Ángel.
- Sí, sí lo hay – contestó consternada Brenda – yo te malinterpreté.
- Ok, tranquila, no quiero verte triste, si te hace feliz te perdono, pero con una condición
- ¿Cuál?
- Un “especial zapatista” más.

* * *

Frente a la puerta del cuarto, se quedó mirando a Ángel mientras abría la puerta con la llave que le habían dado en recepción. Todavía no creía que eso estuviese pasando, nunca creyó que aceptaría la proposición de Ángel, pero le dijo tantas cosas bonitas, la hizo sentirse tan bien, la llenó de tanta confianza que no pudo decir no. La puerta se abrió y le temblaron las piernas. Dudó, Ángel entró, esperó unos segundos y lo siguió. Estaba oscuro, sintió la puerta cerrarse detrás de sí. Estiró la mano para hallar el interruptor de la luz a ciegas y de pronto sintió un fuerte empujón que la presionó contra la pared y el aliento de Ángel sobre su rostro, no pudo resistirse más y lo besó ávidamente, con la fuerza de toda la pasión contenida por años, sintió sus manos escurriéndose debajo de su blusa, quemando su piel... trató de detenerlo sin convicción, él la tomó de las muñecas y le levantó las manos por encima de la cabeza dejándola indefensa mientras con su rodilla separaba sus muslos, su lengua recorría abrasadora su cuello y su pelvis arremetía contra la suya dejándola sentir el volumen de su miembro en plenitud. Brenda dejó de oponer la poca resistencia que hacía y sus brazos cayeron, sintió una de las manos de Ángel presionar con una fuerza excesiva su baja espalda, causándole más excitación, la otra mano a la altura de su rodilla, subiendo por su muslo y levantando la falda, sentía su dedos recorrer su piel y toda ella se erizaba inconteniblemente, al fin la mano se detuvo en el elástico de su ropa interior y hábilmente logró bajarla hasta casi sus rodillas, luego la sintió poderosa frotando con fuerza su entrepierna y sintió una descarga húmeda descender por sus muslos desde su sexo dejándola sin fuerzas para mantenerse en pie, ahora sus piernas casi no le respondían, trataba de incorporarse débilmente y buscó el cuerpo de Ángel para sostenerse, de pronto éste la tomó de la cintura y la lanzó sobre la cama, cayó boca abajo sobre ella con los pies todavía sobre el piso, trató de incorporarse pero el peso de su agresor se lo impidió, sintió como desplazaba su falda hacia arriba y su sexo candente penetrándola, lo disfrutó intensamente, esa sensación nueva, violenta, gimió y trató de acomodarse, pero Ángel pensó que quería escapar y nuevamente la sujetó de las muñecas, eso la excitó mucho más, en medio de los jadeos sintió la voz agitada y seductoramente ronca de su amante preguntándole si le gustaba, ella gimió que sí, entonces él empezó a decirle al oído cosas que nunca había imaginado que la podrían excitar. Palabras que en otras circunstancias la hubiesen escandalizado, ahora la volvían loca; se sentía volátil, etérea, él la llamaba puta y se sentía así, tal cual; ramera, meretriz eran palabras suaves ahora, adoraba sentirse pérfida en ese momento, su excitación subía desmedidamente por el vaivén de ambos cuerpos, pero sobre todo por las palabras sucias en su oído, se sentía deliciosamente lasciva, lujuriosa, sus ojos ya se habían acostumbrado a la oscuridad y gracias a la tenue luz que entraba por la ventana descubrió en un enorme espejo pegado en la pared el reflejo de ambas siluetas moviéndose en la penumbra, todavía con ropa, sintió su tanga todavía atrapada a la altura de sus rodillas, la imagen mental la conmovió, fue demasiado, su cuerpo explotó en una onda telúrica que destrozó los últimos muros de su decencia.

Todavía con los últimos estertores de los espasmos del orgasmo en el cuerpo tomó fuerza y se zafó, Ángel la dejó hacer algo sorprendido, tomó al hombre por el cabello y prácticamente lo obligó a quedarse boca arriba sobre la cama, buscó la abertura de la camisa y la abrió con todas sus fuerzas haciendo saltar por el aire varios botones, él estaba visiblemente excitado, Brenda vio en la pared un interruptor y rápidamente lo encendió, la habitación se iluminó tenuemente, lo suficiente para verse en el espejo, que era lo que ella quería. De un solo movimiento se deshizo de su blusa y el brasier, movió sus piernas ágilmente y se despojó de la tanga. Se montó sobre su hombre y empezó a cabalgarlo lentamente, acariciándose ella misma mientras lo hacía, mirando en el espejo su cuerpo torneado, sus senos proporcionados, erguidos, su piernas fuertes, su trasero levantado, empezó a moverse cada vez más rápido, en círculo, de atrás hacia adelante, él trató de acariciarle los senos turgentes, ella lo rechazó. Al igual que él hizo en un principio, ella también lo sujetó de las muñecas, se acercó a su oído sin dejar de moverse y le pidió que la insulte, que le diga puta otra vez, él atónito se quedó sin palabras, ella lo miró con una mezcla de ira y excitación y lo bofeteó con fuerza, lo miró y lo golpeó de nuevo mientras le pedía a gritos que le diga quién era una puta. Él lo hizo tímidamente y recibió otra bofetada, a fuerza del dolor ya no se contuvo, la insultó, le dijo las cosas más terribles que se podían decir a una mujer, usó las palabras más soeces para referirse a su partes íntimas y ella disfrutaba mirando al techo, concentrada en el placer, en sus nuevas sensaciones, mirando ocasionalmente al espejo para regodearse de su perfecto cuerpo desnudo. Se detuvo. Arqueó su espalda y mientras gemía y gritaba a toda voz empezó un vaivén con las caderas a toda velocidad que llegó a causarle dolor a Ángel, volvió a detenerse y exhaló un gemido prolongado e intenso que llenó la habitación, luego se desplomó haciendo todavía pequeñísimos movimientos con su cadera. Recién se dio cuenta por la expresión de su pareja que ambos habían terminado al mismo tiempo. Se quedó unos minutos sobre el pecho de Ángel, sin hablar, luego se levantó silenciosamente, recogió su ropa del piso y fue al baño. Un rato después salió arreglada como pudo, y sin mirar nada, con la vista puesta en el piso dijo adiós y salió rápidamente del hotel. Ángel que estaba aún desnudo no pudo hacer nada por detenerla.

* * *

Al llegar a su casa, Brenda se detuvo en la puerta de entrada. Respiró, trató de serenarse. Introdujo la llave y abrió, se quitó los zapatos y con mucho cuidado fue hasta el dormitorio. La puerta estaba entreabierta, la empujó y allí estaba Daniel durmiendo con la lámpara prendida y un libro a medio leer al costado. Se le salieron las lágrimas. Se quedó largo rato apoyada en el marco de la puerta de la habitación llorando en silencio. Luego tomó una ducha caliente, cuidadosamente se revisó el cuerpo por si había marcas. Terminó el baño y se secó lentamente. Sabía que no podía meterse en la misma cama con su marido, por lo menos esa noche no. Tenía el sedimento del placer en la piel, pero al mismo tiempo la invadía una culpa insoportable. Se sentó en el sillón del dormitorio y vio a Daniel dormir. Miró su reloj, eran las dos de la mañana. Mientras recordaba lo sucedido y pensaba en cómo había podido hacerlo, se fue adormitando, en algún momento el cansancio la rindió, cuando despertó ya eran las cuatro y media. Se incorporó y tomó otro baño. Se puso su ropa deportiva y se preparó para ir al gimnasio. Daniel despertó y le preguntó si le había ido bien, ella contestó que sí. Le mandó un gran beso y se dirigió a la cocina, dejó preparado el desayuno y salió. Pensó ir a la casa de Sandra, pero la atormentaría con preguntas que no tenía ganas de contestar, fue al gimnasio pero no entrenó, se acomodó en las colchonetas fingiendo hacer abdominales y aprovechó para descansar un poco. Luego tomó otro baño y regresó a casa. Daniel no estaba, a diferencia de ella, él trabajaba los sábados.

En la soledad de la casa, Brenda analizó la situación. Sabía que lo sucedido podría destrozar su matrimonio. Había prometido decir la verdad, se lo había prometido a ella misma. Pero también necesitaba proteger a Daniel, protegerse ella. Se sentía triste, había traicionado todos sus valores. Sabía que no podría vivir así. Tendría que hablar con Daniel. Se lo contaría todo, era lo menos que podía hacer. Se puso de rodillas y rezó entre lágrimas para que Daniel la perdone.

Por la tarde, Brenda tomó valor y esperó a que Daniel como todos los sábados por la tarde se sentara a leer en la sala. Se sentó cerca y le dijo:
– Daniel ¿tendrás un minuto?
– Claro – contestó Daniel dejando su libro sobre el sofá.
– Tengo que decirte algo – balbuceó Brenda.
– Dime.
– Anoche… en la cena, pasó algo – se hizo una pausa incómoda, Daniel la miraba atentamente y con evidente curiosidad – este hombre, Ángel…
– Sí…
Brenda miró al piso, apretó los dedos de sus manos, ansiosa.
– Estoy avergonzada – agregó pausadamente y Daniel enderezó su postura en el sofá para prestarle más atención – es que tenías razón amor – continuó.
– ¿Acerca de qué? – preguntó Daniel.
– Es gay. ..
– ¡Ah! Eso. Ya ves, nunca falla.
– Sí, nunca falla – repitió Brenda, hizo una mueca parecida a una sonrisa y salió rumbo a su habitación.

* * *

El día lunes en el trabajo Sandra se acercó al escritorio de Brenda y la interrogó con la mirada:
– Te estuve llamando todo el fin de semana – le dijo.
– Sí, lo siento, tuvimos cosas que hacer con Daniel y ayer nos fuimos a la playa.
– ¿Y bueno, qué pasó con el galán?
– No fui. Tenias razón amiga, mejor no arriesgarse.
– Me alegro por ti, Danielito no se merece que le hagas algo así, ya te dije que ese hombre te adora.
– Lo sé amiga – sonrió amargamente Brenda

Hablaron de otras cosas y Sandra se fue. Brenda se quedó pensando en lo sucedido, sentada frente al escritorio recordó cada momento del viernes en la noche y sintió miedo de ella misma. Nunca había experimentado algo así y nunca se había imaginado que tenía ese atemorizante lado oscuro. Es más, siempre sintió alguna clase de rechazo por cualquier cosa parecida remotamente al sadomasoquismo, le parecía de gente enferma. Era cierto lo que decía Sandra, Daniel no se merecía sufrir por su culpa. Era tan bueno. Aprendería a vivir con este error en su conciencia.

La campanilla de la bandeja de entrada de su computador la sacó de sus reflexiones, leyó el nuevo correo: “Lamento que hayas tenido que irte así. Espero verte de nuevo la próxima semana, si lo deseas. Si no lo entenderé. Ángel.” Brenda mantuvo fija la mirada en el correo. Sonrió. No sería mala idea ir de tiendas más tarde. Aprovecharía para distraerse y relajarse de la tensión, tal vez ¿por qué no? comprar algo de cuero negro para la próxima ocasión…

martes, 15 de febrero de 2011

LA INTEROCEANICA, ESTRADA DO PACIFICO Y BOSSANOVA

Pienso que cada persona vive su propia película. Esa no es una idea mía, la leí en alguna otra parte. Pero además pienso que una vida requiere una pista sonora o soundtrack. Sin pista sonora la vida se vuelve sosa, ese es por lo menos mi cordial punto de vista. Cada evento o situación requiere de un tema musical, tal vez recurriendo al estereotipo o asignándole un nuevo significado a cada episodio. Así un café parisino o con apariencia de tal en mi mente suena a Edith Piaf; un café clandestino tiene que sonar a Ubiergo o Chabuca Granda; un gimnasio donde se entrena de verdad y no sólo se acude a hacer desfile de modas tiene que sonar a metal pesado, trash o death metal; un restaurant de comida criollas a Pepe Vásquez o Lucila de la Cruz; un mañana de domingo con adobo a los Dávalos; un día de trabajo pesado en la oficina suena a Wagner y la playa (aunque a muchos les suene a salsa o reggaetón) a mi me suena a Mendelssohn.

Sin embargo desde que empecé a manejar y viajar manejando, hay cierto paisaje en particular que siempre me sonó a bossanova: Clima soleado, carretera y verde vegetación. En la panamericana sur que he recorrido en toda su extensión, hay pocos tramos que pueden verse así. Uno de ellos es la llamada “ruta del pisco”, entre Moquegua y Tacna, más cerca de Moquegua que de Tacna. Otro es en la altura de Chincha y Cañete rumbo a Lima. Pero hay dos más cotidianos y cercanos a Arequipa. El camino de Mollendo a la Punta de Bombón, pasando por Mejía y el muy breve tramo de Camaná pueblo a la Punta. En todos ellos se siente un ambiente distinto, el verdor de las plantaciones, el riguroso sol de verano (tiene que ser en verano, con neblina no es lo mismo) y el negro del asfalto, y ese es el momento de abrir todas la ventanas del auto y colocar en el equipo de sonido un buen tema de bossanova o de ser el caso, chillout pero con un fuerte matiz de bossanova siempre.

Lo triste de estos tramos descritos, es que son tan cortos que uno se queda con nostalgia al ver aparecer otra vez el desierto arenoso de nuestra costa. Pero qué descubrimiento fue para mí la carretera interoceánica, sobre todo desde Puerto Maldonado hasta Iñapari. Tres horas y media (ahora con la carretera recientemente inaugurada) de verdor, pista y calor. Tres horas preciosas de bossanova. Lo único malo es que siendo nuestro querido país tan desordenado, nunca falta una vaca (o varias) en el camino, además de otros animales como la mayoría de los que manejan los colectivos de transporte interprovincial, por lo que hay que conducir con cuidado y cierto grado de estrés, además de los feos pueblitos de margen de carretera abandonados por el Estado, con locales de venta de cerveza adornados por foquitos de luces rojas y violetas que por la noche se convierten en night clubs de muy dudosa categoría.

Saliendo de Iñapari y rumbo a Rio Branco (capital del estado de Acre), cruzando el imponente complejo de la Policía Federal, Migraciones y Aduanas de Brasil, aparece una carretera con las mismas características, pero ordenada, los ganaderos que dejan que sus vacas o cebús pasen por la carretera sufren de costosas multas (que siempre se hacen efectivas) y decomiso del ganado. Se pueden ver grandes haciendas muy bien cuidadas con lindas casas de campo y todas, pero todas tienen fluido eléctrico. También hay plantas de procesamiento de leche, productores avícolas y productores de alimentos para aves y ganado. Es un paisaje espectacular, sin contar con los simpáticos puntos de carretera (lanchonetes), cada cincuenta kilómetros más o menos donde uno puede detenerse a tomar un refresco de fruta local, una gaseosa, un café, algún bocadillo (hay uno típico que es muy parecido a una empanada que recibe el nombre de pastel) y sobre todo hacer uso libremente de los servicios higiénicos.

Este último fin de semana viajé por esta carretera, feliz como sólo se puede ser feliz cuando se viaja en día soleado, caluroso, asfalto negro, con verde vegetación a los costados, escuchando bossanova y de pronto pensé: ¡Escuchando bossanova en Brasil! Y continué mi viaje con una sonrisa de oreja a oreja que hasta ahora no se me borra.