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sábado, 3 de diciembre de 2011

LIMA, CAFÉ, VINO, EL COLOMBIANO QUE VINO Y DOS LIBROS INESPERADOS

El veintitrés del mes pasado partí rumbo a Lima en un accidentado viaje en su primera etapa, de esos en los que hay que hacer cinco cosas por día y si falla una se descalabran las demás. Fui ligero de equipaje porque sabía lo que me esperaba. No llevé lentes oscuros ni cámara fotográfica y respecto a la ropa, lo mínimo indispensable.

En Puerto Maldonado y luego de hacer todas las gestiones programadas durante la mañana, imprescindibles por cierto, me fui al aeropuerto en el consabido torito, la versión terrestre del peque peque. Una vez allá, esta vez no tuve quejas, noté con alegría que el restaurant ha cambiado de aspecto y diseño. Pero el dueño sigue siendo el mismo, lo que es muy saludable, porque ha tendido el valor de cambiar los paradigmas de su negocio. También noté con felicidad que el señor ese malhumorado que antes hacía de mozo, ya no está más.

El viaje fue pesado debido a que el avión se quedó más de una hora parado en Cusco, nos contaron el cuento chino del combustible y la parada técnica, pero con mis kilómetros de recorrido noté que era por un tema de visibilidad, el cielo estaba cerrado por las nubes.

Fiel a los buenos amigos, me fui al departamento de Claudio apenas llegué a Lima, el depa está ubicado en una zona que no podría ser mejor y está muy bonito y acogedor. El primer día nos fuimos de shopping y paseo. Compramos unos buenos libros, infaltables Bryce y Vargas Llosa y una recomendación especial, un libro de cómo explicar las ideas mediante dibujos simples, un éxito. Luego canjeamos puntos por fragancias metiendo la nariz en una caja llena de café de rato en rato y al final compramos un vino y nos fuimos a beberlo al departamento junto con el primo Sergio.

Pude notar en los días que estuve que la mamá de Claudio está muy bien, se agita un poco pero está conversadora y alegre como siempre y eso es un muy buen síntoma. También se queja del agua que corre, el viento que azota, los pajaritos que no cantan, la mesa que regaló y la que falta comprar, la familia, las amigas y las vecinas… pero ¿es o no un buen síntoma? Yo creo que sí. Si la hubiese encontrado calladita, me hubiese preocupado. Yo la quiero mucho tal cual.

El día más divertido fue el viernes. Había un evento de presentación de un nuevo producto en la empresa donde trabaja Claudio. Allí me presentó a un colega suyo – por gerente – y mío – por abogado – que había venido al Perú para el lanzamiento.

El colombiano, un tipo simpatiquísimo, nos fuimos a tomar unas cervezas con él, Claudio y Sergio a Larcomar y luego unos tragos de nombre indescifrable en algún antro de Miraflores, conversamos largo y me di cuenta que nuestro invitado tenía un talento muy peruano y seguramente más colombiano: ¡Qué manera de hacer uso de la antológica e imperecedera técnica, tan peruana ella, del floro! Veinte mil palabras para decir una sola cosa. ¡Lo máximo!

Pasamos un buen rato y luego en medio de una típica garúa limeña de madrugada nos fuimos a descansar. Yo dormí solo tres horas porque tenía que estar en el aeropuerto a las nueve de la mañana. En el trayecto el taxista casi choca dos veces. Yo creo que andaba nervioso, lo confirmé porqué le pregunté ¿Qué has hecho anoche compadre?, después del segundo incidente y me dio una larga explicación de porqué casi choca. Justificación no solicitada. Ya saben cómo funciona.

Lo cierto es que ese mismo día por la tarde estuve en mi casa. Allí descubrí una grata sorpresa, Claudio me dio un paquete conteniendo los libros que gané en el concurso nacional de ensayos organizado por el Centro de Investigaciones Judiciales del Poder Judicial de mi país, ello junto al diploma que le entregaron cuando asistió a la ceremonia de premiación en mi representación. No me alentaba mucho la idea porque sabía que los libros eran ejemplares de la revista oficial del Poder Judicial, así que no me entusiasmaba mucho porque yo ya tenía esos ejemplares en mi biblioteca, es decir ahora los iba a tener por partida doble. Pero lo bonito es que cuando abrí el paquete ya en Iñapari, descubrí con alegría que además de la revista había tres ejemplares más que yo no había considerado. Uno de ellos la impresión de los acuerdos plenarios en materia penal de la Corte Suprema de diciembre del año pasado, pero más importante: Dos libros, en tapa dura, de la historia de la Corte Suprema, un fino, exhaustivo y detallado trabajo de la historia jurídica del Perú republicano, ambos de la autoría mi querido amigo arequipeño, excelente académico y mejor historiador Carlos Ramos Núñez, quien es en este momento sin duda alguna el mayor experto en el Perú acerca de historia del Derecho.

Así que finalmente me traje de Lima bonitos recuerdos como siempre, varios buenos libros dos de ellos sorpresivos, buenas noticias, un nuevo amigo y sobre todo la alegría de haber pasado buenos ratos con Claudio y su familia, que siempre son mis mejores momentos cada vez que voy a Lima.

sábado, 5 de marzo de 2011

¿QUE TIENEN EN COMUN JUDAS ISCARIOTE, ANTHONY HOPKINS, UMBERTO ECO, NATALIE PORTMAN, EL MEJOR AMIGO DEL HOMBRE ARAÑA Y EL REFRIGERADOR FANTASMA?

Llegando a Lima, después de un increíble viaje como les conté en una nota previa, llegué a la casa de Claudio, mi mejor amigo y primo de cariño. El trayecto del aeropuerto no tuvo mayor relevancia a excepción de que tuve la suerte de que el taxista tomara la ruta de la costanera para llegar a Surco y ver el océano al atardecer es siempre una experiencia que me reconforta gratamente.

Una vez en casa fui recibido cálidamente por la guapa tía Cecilia e inmediatamente después por mi muy querida tía putativa María Eugenia, a quien vi bastante recuperada luego de un feo incidente de salud. La abracé muy fuerte lleno de alegría y presumí que el viaje por la costanera y las visibles mejoras en María Eugenia no eran otra cosa que el preludio de un inolvidable fin de semana.

Luego hablé con Claudio por teléfono y quedamos para encontrarnos en Miraflores a la salida de su trabajo. En el Haití. ¡No! No sean malpensados, Claudio no trabaja en el Haití, trabaja a la vuelta en una importante empresa dedicada a... ahora que lo pienso no tengo claro a qué se dedican principalmente, pero sé que entre otras cosas se dedican a pagarle bien y tratar mejor a Claudio y eso es lo que me importa. ¡Adoro a esa empresa!

Terminando de hablar por teléfono, María Eugenia me dio las instrucciones acerca de la suite de huéspedes y me advirtió que el refrigerador de Piero que también vive en la casa (No es que Piero sea un refrigerador, aunque últimamente parece uno gracias a los kilos ganados, si no el refrigerador de propiedad de Piero que es primo de Claudio y por tanto una especie de primo mío, porque los primos de mi primo... ¡son mis primos!), venía haciendo unos ruidos extraños por la noche. Advertido tomé un baño, me afeité y me alisté para salir.

Una vez en Miraflores, a la altura del Haití, me encontré con Claudio y luego de los abrazos de rigor, nos fuimos caminando a Larcomar, nos pusimos al día y nos dirigimos al teatro de la USIL, allí pudimos disfrutar de “Los últimos días de Judas Iscariote”, Claudio había comprado las entradas unos días antes para garantizar una buena ubicación, obviamente no voy a hacer una ficha técnica porque no es el objetivo de este blog y porque me da flojera y también porque no me da la gana particularmente hoy. Sin embargo pueden abrir una ventanita en el navegador y colocar “google.com” y más abajo buscan “Los últimos días de Judas Iscariote” y les aseguro que obtendrán todos los datos necesarios para regodearse frente a sus amigos de saber que existe una puesta en escena de una obra que se llama “Los últimos días de Judas Iscariote” y si viven en Lima creo que todavía alcanzan a irla a ver. Lo cierto es que me gustó la puesta, un Lucifer (Lou) magistralmente interpretado por Iza. Me gustó mucho Julio César, Pilatos, el Juez… ¡Oh! ¡El Juez!, el fiscal muy bien puesto, judío como tenía que ser y la abogada tibia tibia... Un Judas más o menos convincente y un Jesús que si se hubiese quedado calladito hubiese quedado bien bonito, como los pingüinos de Madagascar. Santa Mónica y la Madre Teresa de Calcuta, interpretadas ambas por la misma actriz, bien caracterizadas. Personajes muy válidos para los fines de la obra. En resumen, bien pagados los treinta y cinco soles de la entrada, que dicho sea de paso, nunca le devolví a Claudio. ¡Bien pagados los setenta soles Claudio! ¡Gracias Totales!

Luego nos fuimos al Café sofá (¿O Sofá café? Nunca puedo acordarme) también en Larcomar y nos metimos una conversa de las cosas de la vida como siempre que nos encontramos. Unas cervezas y a casa, antes de salir de Larcomar nos detuvimos en uno de esos lugares llenos de juegos y cosas raras, así que Claudio (él y sus ideas raras) me invitó a jugar un especie de fulbito de mesa con una pieza circular plana que funge de bola y luego hicimos carreras en una suerte de simulador. ¡Qué difícil es manejar a doscientos cuarenta kilómetros por hora! Felizmente era sólo un simulador, si no estaría escribiendo esta nota desde una camilla de hospital.

Una vez en casa acomodé mi suite, así llamamos a un enorme sofá (muy cómodo por cierto) donde siempre me quedo cuando voy a Lima. Incluso a veces me quedo allí cuando voy por trabajo. Si se están preguntando si no puedo pagar un hotel, pues si puedo, pero hay dos razones principalmente para preferir el sofá: Primero, el calor de hogar: odio levantarme en las mañanas en un sitio tan impersonal como un hotel, así tenga todas las comodidades del mundo y segundo, porque son tan pocas las veces que veo a Claudio, Sergio y Maria Eugenia últimamente, que no quiero perderme ni un minuto de los que podría pasar con ellos.

Apagué la luz (serían las dos de la madrugada) y traté de dormir y fue entonces que advertí el misterioso sonido que venía de la cocina. Efectivamente parecía un fantasma, pero muy similar al sonido o arrullo que hacen las palomas en los tejados y ventanas de las casas: Uhuhuuuu... Uhuhuuuuu... Cerraba los ojos y trataba de dormir y allí estaba el Uhuhuuuu... Uhuhuuuuu... Me levanté y cerré la puerta de la cocina, el sonido disminuyó y pude dormir por fin, creo que en mayor grado por la hora y el efecto de las cervezas que por el hecho de cerrar la puerta de la cocina.

Al día siguiente nos levantamos tarde, como era de esperarse, Claudio se fue a trabajar y yo... yo no pues, ya que estaba de vacaciones y además en Lima. Me levanté con calma y desayuné con María Eugenia, quien fiel a su costumbre hizo cólera con los eventos del día. Como ya les comenté ella tuvo un problema de salud, así lo que menos debe hacer es cólera. Trate de imbuirle de mi espíritu “¡relájate! que no te importe” pero creo que no logré mi objetivo... Conversamos un buen rato, desayunamos y se fue a caminar. Yo me di un baño y luego me fui nuevamente a Miraflores, esta vez sí subí hasta el noveno piso a conocer la oficina del primo Claudio y me gustó. Bonita vista (no podía ser menos a un noveno piso) y ambiente agradable, Claudio sentado por allí en una ubicación preferente y sus secuaces no muy lejos de él. Un ambiente moderno y agradable. Estuvimos allí un rato y luego nos fuimos de compras a San Isidro. No les contaré qué compré en detalle ni cómo. Esto por ninguna razón de privacidad ni nada parecido. Sólo me da flojera, nuevamente. En fin sólo les puedo decir que compré una cámara digital que ya venía necesitando y ropa, uno disfruta más comprando en Lima que en cualquier lugar del país y si es en San Isidro, mejor.

Entre compra y compra se nos fue el día, almorzamos en el patio de comidas de Saga me parece y compramos unas cosas más, luego de regreso a casa. Descansamos un poco y volvimos a Larcomar para ir al cine esta vez. Vimos “El Rito” con Anthony Hopkins, el adelanto de la televisión prometía más. Sin ser una súper película, estuvo bien nomás. Es obvio que una actuación de carácter como la de Anthony Hopkins salva en buena cuenta la película. Hopkins es un actor galés por si acaso, para los que piensen erróneamente que es gringo. Más allá todavía es caballero de la Corte. Sir Philip Anthony Hopkins es de los brillantes actores británicos que con mucho talento son capaces de sacar adelante cualquier personaje, como Sean Connery o Hugh Laurie también.

Luego del cine un café en el Sofá café (¿o Café sofá?) y una larga conversa acerca de metafísica. ¡Qué conversa! Cuántas cosas aprendí esa noche, a través de información directa y a través de feedback, reanalizando mis puntos de vista y replanteándolos. Que nutritivo (intelectualmente hablando) es conversar con alguien como el primo Claudio, que a pesar de ser más o menos diez años menor que yo, tiene un punto de vista de las cosas que no he podido identificar en otras personas que se jactan de sabias y con muchos más años de experiencia.

De regreso a la casa, un poco de navegar la red y a dormir. De pronto de nuevo Uhuhuuuu... Uhuhuuuuu... desde el refrigerador fantasma, nuevamente a cerrar la puerta de la cocina y tratar de dormir. La verdad es que si Maria Eugenia no me hubiese advertido con la debida anticipación, menudo susto que me hubiese llevado la primera noche hasta descubrir que se trataba del bendito aparato.

El sábado nuevamente despertamos tarde, me di una ducha y me puse mi último calzoncillo limpio. Esperé por Claudio y nos fuimos a Polvos Rosados, precisamente para comprar ropa interior, calcetines, música pirata y algunas otras chucherías. Aprovechamos también para ir a Plaza Vea y compramos el tradicional “twelve pack” de Brahma, además de pasta dental, cepillos, máquinas de afeitar, embutidos, queso, aceitunas y etcétera. Al retorno pusimos a helar las correspondientes cervezas y almorzamos un delicioso calentado del día anterior. Por la tarde, luego de descansar un poco, nos fuimos a Crisol, frente al Ovalo Gutiérrez en Miraflores y felizmente ya estaba allí, esperándome como supuse, la más reciente novela de Umberto Eco: “El Cementerio de Praga”, nos pusimos a hojear algunos libros, tristemente no pudimos hojear el de fotografías de Metallica, porque todos los ejemplares estaban embolsados. En eso nos avisan que van a cerrar debido al simulacro nacional de sismo, así que tuve que escoger casi sin pensar algunos títulos más para llevar a casa: El sueño del Celta, Travesuras de la niña mala y El símbolo perdido. Pagamos y nos fuimos a participar del simulacro.

Afortunadamente nadie salió simuladamente herido en el Ovalo Gutiérrez, luego de las sirenas y los “!ohh¡” “¡ahh!” de la gente, entramos al cine para ver esta vez y casi al azar una película ligera, “Amigos con derechos” o sea “trampita nomás” con Ashton Kutcher y Natalie Portman. Película divertida y de formato predecible. Agradable para pasar el rato y para tratar de adivinar las desnudeces de Natalie Portman, que algún maldito editor malditamente cuidadoso tuvo el maldito cuidado de editar cuidadosamente.

Luego del cine nos fuimos al Starbucks Café, frente al cine y a unos pasos. De acuerdo a lo que me cuenta Claudio es el más antiguo de Lima. Allí seguimos conversando un buen rato, de todo un poco y en particular de tecnología. Rato después regresamos a casa, donde aún está despierto el primo Sergio (hermano de Claudio) y nos ponemos a conversar hasta tarde acompañando el verbo con cerveza, aceitunas y cabanossi.

El domingo definitivamente era un día playero, mientras desayunábamos, me quejé con María Eugenia que el refrigerador sonaba más que como un fantasma como una paloma y me dejó confundido la risa de mi tía. La miré y entre carcajadas me dijo:

- Es que Paloma se llama la enamorada de Piero.

Ese Piero, dos palomas por las qué preocuparse. Bueno, lo cierto es que nos alistamos, extendiendo la invitación a Sergio y los tres nos fuimos a la playa El Silencio. Conseguimos un taxista amable que nos llevó por módicos cuarenta soles y no sólo eso, además accedió a quedarse por ahí hasta la tarde para recogernos y llevarnos de vuelta a Surco. En la playa nos asoleamos un poco (no era un día particularmente caluroso) tomamos un par de cervezas y comimos cebiche como debe ser. No nos metimos al mar, porque (recién me enteré) la playa de El Silencio no tiene fondo de mar con declive leve, sino más bien como una especie de pequeño acantilado submarino, motivo por el cual cualquiera que quiera meterse al mar, debe cuando menos saber flotar bien.

Regresando a Lima descansamos un poco y volvimos a Larcomar otra vez, ahora para ver 127 días con James Franco, quien hizo del mejor amigo de Peter Parker en el hombre araña. Yo no tenía muchas expectativas con esta película, pero la verdad es que me atrapó y al final resultó gustándome bastante. Muy buena dirección y se crea convenientemente la ilusión de que el espectador está efectivamente allí sufriendo lo mismo que sufre el protagonista. Noté también que en esta película James Franco se parece mucho a Sam Rockwell cuando interpreta a William "Billy the kid " en Milagros Inesperados o la Milla Verde con Tom Hanks.

Luego fuimos un rato a pasear tiendas en Miraflores, siempre conversando y finalmente a casa. En casa conversamos todavía un poco más. Vimos algo de los Oscars y luego alisté mis cosas para partir. El día lunes temprano Claudio me acompañó a tomar el taxi para el aeropuerto y nos hicimos la promesa de volvernos a ver lo más pronto. No es necesario agregar que fue uno de los mejores fines de semana que he pasado en mucho tiempo. Y ahora ya saben que tienen en común (por lo menos para mí y para Claudio) Judas Iscariote, Anthony Hopkins, Umberto Eco, Natalie Portman, el mejor amigo del Hombre Araña y el refrigerador fantasma con complejo de paloma.

martes, 1 de marzo de 2011

VIAJANDO A LIMA: CRONICA DE UNA PITCHULA VITAMINADA

El día jueves veinticuatro tenía que ir a Lima, pero dos días antes, el martes veintidós me sorprendieron con una mala noticia: Se había decretado un paro minero indefinido en Puerto Maldonado a raíz de la destrucción de las dragas informales que extraen oro del lecho del rio en la localidad de Huepetuhe, en el extremo sur de Madre de Dios. Pensé que si el paro iba a ser como otros anteriores, la cosa iba a estar difícil, recuérdese que el año dos mil ocho el pseudo frente cívico incendió la sede del Gobierno Regional de Madre de Dios casi con los trabajadores adentro.

Este asunto me desanimó terriblemente, así que desde la internet y comunicándome con amigos que trabajan en Puerto Maldonado procuré hacerle un seguimiento al paro para definir si se concretaba mi viaje. Ya había reservado los pasajes en StarPerú, mediante el pago vía internet de quince dólares por cada tramo, con penalidad no show de tal manera que si no me presentaba a lo mucho perdería treinta dólares, por lo que eso era lo que menos me preocupaba. Sí me preocupaba perderme la oportunidad de visitar Lima, de aprovechar para comprar una serie de cosas que necesitaba y sobre todo visitar a mi querido amigo Claudio, quien es, como diría Paris Hilton – una de las mentes más brillantes del milenio – my BFF.

El día miércoles veintitrés, primer día de paro, se me informó que la cosa hasta el medio día había estado tranquila y diseñé mi estrategia: Viajar pasado el medio día para llegar entrada la tarde, hora en la que los huelguistas bajan un poco la guardia, dormir en Puerto Maldonado, e irme al día siguiente temprano al aeropuerto antes de que los revoltosos tomen la vía a dicho terminal.

Tal como le había prometido a Claudio, medio en broma, medio en serio, me fui al supermercado en Brasil para comprar una bebida gaseosa que viene en unas botellitas pequeñas (como nuestra Kola Real) y que tiene el gracioso nombre de Pitchula, y que últimamente viene además enriquecida con vitaminas B, C, Magnesio y Zinc, por lo que además resulta ser una Pitchula Vitaminada. Compré tres botellas, dos de naranja y una limón y como la hora me ganaba, ya no pude conseguir los chocolates que había prometido y me regresé a casa a arreglar mis cosas.

Días antes había comprado algunos discos de música sertaneija y forró para obsequiarle a Claudio. Los acomodé con mi ropa en la mochila y también las tres botellitas de gaseosa que aseguré en una bolsa plástica negra. Luego me entró la duda de que podían destaparse en el viaje y manchar la ropa, así que les puse una segunda bolsa, pero con la duda ya encima, opté por colocarlas en un compartimiento en la parte delantera de la mochila para evitar cualquier desastre. Así entonces me fui al paradero de buses, ya que el único bus decente que va a Puerto Maldonado pasa todos los días (excepto los lunes) entre las dos treinta y tres de la tarde.

El viaje a Puerto Maldonado fue tranquilo, la ciudad estaba calma y pude confirmar en los noticieros nocturnos que el primer día de paro había sido tibio, por calificarlo de alguna manera. Al día siguiente, el veinticuatro, me levanté temprano, me di una ducha y me fui en el correspondiente motocar al aeropuerto. Llegué a las ocho de la mañana aproximadamente, noté una fuerte presencia policial y militar y me felicité por haber tomado la decisión de no correr riesgos. Los counters estaban cerrados y el único establecimiento abierto era la cafetería, en ella cuatro funcionarios del aeropuerto sentados en una mesa tomaban té o mates por lo que pude observar.

Me senté a una mesa y el mozo, un hombre mayor y de cara de pocos amigos que ya había visto en otras ocasiones, me trajo la carta. No se me ocurre que el mozo sea un empleado real, nadie en su sano juicio contrataría a alguien así para atención al público, así que supongo que debe tratarse de una empresa familiar y el mozo es el papá o tío del dueño o algo así. La carta estaba en dos idiomas, en una columna en Español y la otra en English, en la columna en español decía pulcramente Sánguches y en la otra Sandwish. Pero más abajo en español decía hot dog y en inglés hot dog también, me pregunté si no sería más adecuado perro caliente en español, si en inglés hot dog era un sandwish. Habiendo hamburguesas, sánguches de queso y jamón, sánguche de huevo y otros correctamente traducidos al inglés, caprichosamente, pedí un hot dog en español y un café americano.

Entonces el mozo otoñal me dijo:
– No tenemos desayuno todavía.
Pensé: ¡Coño, entonces para qué abren! Miré el reloj de mi celular y vi que eran las siete y treinta de la mañana, levanté la vista y miré elocuentemente a las cuatro personas que bebían té frente a mí. Miré a la caja y vi a una persona que más que cajero parecía el dueño del lugar y me pregunté mentalmente si era tan difícil que alguien me prepare un sánguche o un sandwish y un café.
– Espero – dije, pensando en que igual mi vuelo salía a las once y treinta y el mozo asintió.

Mientras esperaba, noté en la mesa, debajo del vidrio un papel impreso que decía algo más o menos así:

“Las mesas son exclusivamente para el consumo de los productos que expende el restaurant. Está prohibido el uso de computadoras. Agradecemos su comprensión.”

Me quedé pensando en lo anacrónico del asunto, mientras en otros aeropuertos se ofrece el servicio de Wi-fi, en este se prohíbe el uso de computadoras. Podía entender el hecho de que habiendo pocas mesas, la idea sea que los clientes no se queden sentados en las mesas sin consumir en perjuicio de otros clientes era razonable, pero de allí a prohibir el uso de computadores…

Pasados veinte minutos aproximadamente se me acercó el dueño - cajero y me comunicó que ya había llegado la persona a cargo de la cocina, me ofreció disculpas y yo confirmé mi pedido. Instantes después llegó mi castellanizado hot-dog y una taza de agua caliente acompañada de un sobrecito de Nescafé: De alguna manera para ese restaurant eso era un café americano, con Nescafé fabricado por Nestlé del Perú.

Cuando terminé y pesar de que todavía había cuatro mesas libres, el mozo me retiró los platos apenas me vio limpiarme los labios con una servilleta. Prácticamente me obligó a ir a pagar y para colmo ni siquiera me anotó su teléfono o email en la servilleta como la señorita moza de cierto cuento.

Terminé con calma mi desayuno y luego me fui a sentar en una de las tiesas sillas de fibra de vidrio frente a los counters hasta que se inició la atención en StarPerú, tranquilo me acerqué a pagar mi pasaje ya reservado. Una vez en la barra (porque los counters no son ventanillas porque no tienen ventanas ni mostradores porque no muestran nada, entonces deben ser barras, supongo yo) le mostré mi reservación a la señorita de atención al público y me contestó, como es lógico en el Perú, que no podía atenderme ahora y que vuelva en diez minutos. Nunca contradigo esos sólidos argumentos, después de haber tomado vuelos en un promedio de cincuenta por año durante casi seis años y pasearme por casi todos los aeropuertos del país, he aprendido que en los counters operan fuerzas misteriosas más allá del entendimiento humano. Regresé a mi asiento.

Esperé once minutos para no fallar y regresé al counter o barra de atención como ya dije, y le mostré mi reservación a la ilustre señorita y le alcancé mi tarjeta de crédito American Express (Visa y Mastercard son zapatillas a su lado) junto con mi DNI para proceder al pago. La referida dama (a este punto no me consta que sea señorita) me contestó con su sonrisa de catálogo que sólo aceptaba pagos en efectivo. ¡En efectivo! Miré alrededor y no pude ver donde había dejado estacionada mi máquina del tiempo. Luego miré nuevamente alrededor pero levantando la vista para ver si descubría las cámaras escondidas, pero nada. ¡Era verdad! Aunque no lo crean, en pleno siglo XXI, con Wi-fi, televisión en alta definición, telefonía satelital, en un país que dice estar casi a punto de ser un país desarrollado y abandonar el triste tercer mundo… ¡StarPerú no tiene P.O.S. en su counter en el aeropuerto! Ante mi mirada incrédula la mujer de rojo (la señora del counter) resolvió todo el problema diciéndome:
– Pero allí tiene un cajero – y señaló el cajero de Interbank a unos metros.
Le solté el discurso de ¿Y qué pasa si fuese un viaje de emergencia y no tuviera efectivo? Me miró con su expresión vacía y no pudo evitar encoger los hombros, pero siempre muy amablemente. Entonces recordé las fuerzas misteriosas, el triángulo de las Bermudas, la magia negra, el vudú y los counters y me fui derechito a sacar plata del cajero. Una vez de vuelta, pagué. Como era de esperarse no tenía cambio y tuve que rebuscar mis monedas para pagarle la cantidad exacta, me entregó mi tarjeta de embarque y me remitió a la ventanilla (esta vez sí una ventanilla) para pagar la tasa correspondiente. Pagué y me fui a sentar, revisé mi tarjeta de embarque y me percaté de dos cosas que me han pasado esta vez por primera vez en la vida, la primera era que mi tarjeta de embarque estaba a nombre de Vásquez Caimachi, Pánfilo Eleuterio (o algo así) y que no me había dado ningún comprobante por el pago realizado.

Regresé al counter y le expliqué a la empleada mi problema. (Como sospecharán mi ánimo ya no era tan bueno) y nuevamente con sonrisa amable me expidió una nueva tarjeta de embarque, se demoró como diez minutos despegando con cuidado el stiker de la tasa de embarque, y yo pensé que para poderlo pegar en la nueva tarjeta de embarque, casi me caigo cuando al terminar de despegarla, la engrapó a la tarjeta correcta ¿no hubiese sido mejor recortarlo si lo iba a engrapar? En fin, recibí mi tarjeta y me la quedé mirando, me preguntó:
– ¿Lo puedo servir en algo más señor?
– Claro – le dije - ¿Mi comprobante por el pago que hice?
– ¡Ah! ¿Quiere que se lo imprima?
– ¡No! Mándamelo por telepatía so cojuda
Esto último no lo dije, pero les juro que lo pensé.
– Sería bueno – le contesté con una hipócrita sonrisa en los labios. Imitando la de ella.
Me entregó mi comprobante de pago y me fui más tranquilo, ya me imaginaba yo en el Jorge Chávez jurándole a la counter que había pagado en efectivo en Puerto Maldonado y ella sonriéndome con sonrisa de counter y explicándome amablemente que el pago no figuraba en pantalla. Problema resuelto felizmente.

El vuelo estaba programado para las once y treinta, por supuestos problemas de clima, este se retrasó y terminó saliendo rumbo a Lima pasadas las dos de la tarde. A las doce mi ánimo ya estaba sobre cargado, aburrido fui a buscar un libro en un dudoso y poco creíble Zeta Book Store, ¿Por qué no me sorprendió cuando confirmé que probablemente los kioskos de las esquinas de la plaza de armas de Arequipa tienen mejores y más variados libros y revistas? Desilusionado me puse a mirar a la gente.

Finalmente llamaron para embarcar, todo un problema porque mi tasa de embarque no estaba pegada si no engrapada a mi tarjeta de embarque, ¿Es que hay alguna diferencia? El funcionario luego de mi explicación me miró con cara de “No te quieras pasar de vivo manito” perforó la tasa y seguí, mochila en mano.

En la máquina de rayos equis deposité la mochila, mis monedas, celular, llavero y otros. Pasé el umbral mágico sin generar la aterradora bocina y de pronto me sentí mirado por todos. La encargada de los rayos equis me había señalado con su dedo acusador y un gorila de un metro ochenta se abalanzaba sobre mí. Exagero creo, pero esa fue la sensación que tuve, y ahora pienso que ya sé cómo se siente un miembro de Al Qaeda. Bueno, lo cierto es que me quedé helado y al voltear veo en la pantalla del monitor las tres gaseosas brasileñas juntas una al lado de otra, pero que en el monitor parecían granadas o cuando menos bombas Molotov.
– ¿Qué es eso? – me preguntó gorilón mientras me hacía señas con sus torpes manos pre homo sapiens para que abra mi mochila.
– Pitchulas – le contesté inconscientemente, y hasta ahora no entiendo cómo no me dio con su vara en la cabeza. Se me quedó mirando a punto de golpearme y yo estallé en una carcajada
– Gaseosa quiero decir – expliqué.
Luego de sacar cuidadosamente las tres botellitas y mostrarlas, sonrieron conmigo y me dejaron pasar. Ya no les cuento acerca del avión porque si no van a pensar que estoy inventando todo esto. Baste saber que arribé sano y salvo a Lima y que las pitchulas vitaminadas llegaron a su destino.

martes, 15 de febrero de 2011

LA INTEROCEANICA, ESTRADA DO PACIFICO Y BOSSANOVA

Pienso que cada persona vive su propia película. Esa no es una idea mía, la leí en alguna otra parte. Pero además pienso que una vida requiere una pista sonora o soundtrack. Sin pista sonora la vida se vuelve sosa, ese es por lo menos mi cordial punto de vista. Cada evento o situación requiere de un tema musical, tal vez recurriendo al estereotipo o asignándole un nuevo significado a cada episodio. Así un café parisino o con apariencia de tal en mi mente suena a Edith Piaf; un café clandestino tiene que sonar a Ubiergo o Chabuca Granda; un gimnasio donde se entrena de verdad y no sólo se acude a hacer desfile de modas tiene que sonar a metal pesado, trash o death metal; un restaurant de comida criollas a Pepe Vásquez o Lucila de la Cruz; un mañana de domingo con adobo a los Dávalos; un día de trabajo pesado en la oficina suena a Wagner y la playa (aunque a muchos les suene a salsa o reggaetón) a mi me suena a Mendelssohn.

Sin embargo desde que empecé a manejar y viajar manejando, hay cierto paisaje en particular que siempre me sonó a bossanova: Clima soleado, carretera y verde vegetación. En la panamericana sur que he recorrido en toda su extensión, hay pocos tramos que pueden verse así. Uno de ellos es la llamada “ruta del pisco”, entre Moquegua y Tacna, más cerca de Moquegua que de Tacna. Otro es en la altura de Chincha y Cañete rumbo a Lima. Pero hay dos más cotidianos y cercanos a Arequipa. El camino de Mollendo a la Punta de Bombón, pasando por Mejía y el muy breve tramo de Camaná pueblo a la Punta. En todos ellos se siente un ambiente distinto, el verdor de las plantaciones, el riguroso sol de verano (tiene que ser en verano, con neblina no es lo mismo) y el negro del asfalto, y ese es el momento de abrir todas la ventanas del auto y colocar en el equipo de sonido un buen tema de bossanova o de ser el caso, chillout pero con un fuerte matiz de bossanova siempre.

Lo triste de estos tramos descritos, es que son tan cortos que uno se queda con nostalgia al ver aparecer otra vez el desierto arenoso de nuestra costa. Pero qué descubrimiento fue para mí la carretera interoceánica, sobre todo desde Puerto Maldonado hasta Iñapari. Tres horas y media (ahora con la carretera recientemente inaugurada) de verdor, pista y calor. Tres horas preciosas de bossanova. Lo único malo es que siendo nuestro querido país tan desordenado, nunca falta una vaca (o varias) en el camino, además de otros animales como la mayoría de los que manejan los colectivos de transporte interprovincial, por lo que hay que conducir con cuidado y cierto grado de estrés, además de los feos pueblitos de margen de carretera abandonados por el Estado, con locales de venta de cerveza adornados por foquitos de luces rojas y violetas que por la noche se convierten en night clubs de muy dudosa categoría.

Saliendo de Iñapari y rumbo a Rio Branco (capital del estado de Acre), cruzando el imponente complejo de la Policía Federal, Migraciones y Aduanas de Brasil, aparece una carretera con las mismas características, pero ordenada, los ganaderos que dejan que sus vacas o cebús pasen por la carretera sufren de costosas multas (que siempre se hacen efectivas) y decomiso del ganado. Se pueden ver grandes haciendas muy bien cuidadas con lindas casas de campo y todas, pero todas tienen fluido eléctrico. También hay plantas de procesamiento de leche, productores avícolas y productores de alimentos para aves y ganado. Es un paisaje espectacular, sin contar con los simpáticos puntos de carretera (lanchonetes), cada cincuenta kilómetros más o menos donde uno puede detenerse a tomar un refresco de fruta local, una gaseosa, un café, algún bocadillo (hay uno típico que es muy parecido a una empanada que recibe el nombre de pastel) y sobre todo hacer uso libremente de los servicios higiénicos.

Este último fin de semana viajé por esta carretera, feliz como sólo se puede ser feliz cuando se viaja en día soleado, caluroso, asfalto negro, con verde vegetación a los costados, escuchando bossanova y de pronto pensé: ¡Escuchando bossanova en Brasil! Y continué mi viaje con una sonrisa de oreja a oreja que hasta ahora no se me borra.

domingo, 9 de enero de 2011

EL SUCUBUS (Cuento)

Fray Esteban saltó de la barca y sus piernas se hundieron en el agua hasta las rodillas, caminó dificultosamente un mediano trecho hasta que el oleaje del océano ya no mojaba la arena. El viaje desde Panamá había sido accidentado. En el Callao no los dejaron desembarcar, se había corrido la voz en Lima que los barcos provenientes del norte estaba tocados por la peste negra, intentaron un poco más al sur de Lima, pero fue imposible, las autoridades ya había enviado el parte a caballo a todas las costas cercanas. El capitán, conocedor de las nuevas rutas usadas para el contrabando, tomó rumbo hasta la Villa Hermosa de Camaná, ciudad que no había sido alertada debido a que carecía de muelle, pero que por la misma razón obligó a los pasajeros a saltar a las barcas salvavidas y así poder aproximarse a las playas de arena cargando sus bolsas y equipajes.

Una vez en tierra el Fraile dio media vuelta y se quedó mirando lejana en el horizonte la embarcación, se llamaba La Española y le recordó su tierra natal, la observó fijamente pensando en los últimos quince años, desde el día que se ordenó en Sevilla, levantó la cabeza, miró al cielo y se santiguó; se incorporó al grupo que ya estaba marchando rumbo al pueblo y caminó.

Luego de tres horas de largo trayecto llegaron a la ciudad, era pequeña, tenía pocas casas y la mayor parte de la tierra estaba sembrada de arroz. Vio a unos pocos negros trabajando en el campo codo a codo con sus patrones, casi no vio indios. Le pareció extraño, siempre imaginó que el Perú estaría lleno de indios, pensó en preguntar pero los que caminaban con él eran en su mayoría españoles aventureros, algunos acompañados por sus familias, que buscaban fortuna en las tierras que Pizarro había conquistado a favor de La Corona. No quiso hablar con ellos, le pareció mejor dejar que las cosas sucedieran a su tiempo.

Una vez que llegó a la ciudad de Camaná buscó la iglesia y se las arregló para ubicar al párroco. El párroco también era dominico, un hombre sencillo sin mayores aspiraciones que envejecer junto con los terratenientes de la zona, los esclavos de estos y las dos mujeres que tenía de concubinas, una india y una negra africana vieja que casi no hablaba castellano. Se llamaba Alonso y no había cambiado de nombre, en el pueblo lo llamaban Padre Alonso y a él le gustaba eso, en realidad nunca había tenido vocación. Se hizo cura porque un hermano suyo había sido comendador y las relaciones sociales de este lo habían llevado al cargo: una ordenación rápida y un pesado viaje por dos océanos lo había colocado finalmente allí. Fray Esteban sentado en la mesa recibió con una venia el trozo de queso serrano y el pan que Padre Alonso le ofreció, se santiguó y bendijo los alimentos, mientras comía preguntó al Padre Alonso cuánto tiempo le tomaría llegar a Lima, el Padre le explicó que le esperaba un largo viaje por el desierto hasta el puerto de Pisco y de allí a Lima no sería tan difícil. Se quedó pensando y le aconsejó:
– ¿Por qué no va a Arequipa? Queda muy cerca, es una ciudad grande, sin llegar a ser tan enorme y abominable como Lima, tiene un clima agradable, benigno y seco, una gran población de blancos de Castilla y Valencia, pocos indios, no hay negros. Si quiere tener una estancia tranquila ése es un buen destino.
– No he venido a estar sosegado y tranquilo, Padre – contestó el Fraile, miró a su interlocutor fijamente a los ojos y añadió: He venido a hacer el trabajo de Dios, no quiero menospreciar el suyo, pero se me ha ordenado acudir a Lima, mis superiores han tomado conocimiento que allí el pecado florece.
– No lo tomo a mal – repuso el padre – pero Lima es una ciudad que va por el camino de la perdición, es el mismísimo apocalipsis anunciado por el santo profeta Juan. ¿Sabe usted que aquí llegan los mercaderes que han pasado por Lima y siempre traen noticias? Se sabe que muchos judíos expulsados de Europa han entrado a Lima escondidos en naves de carga, se disfrazan con apellidos castizos, con títulos falsificados o comprados a nobles caídos en miseria, prosperan, ponen negocios, ¡incluso algunos moros han encontrado en esa ciudad un lugar donde practicar sus herejías en nuestras narices! Imagínese que han cercado una parte de la ciudad y la han infestado los indios, negros y mestizos que adoran aún a sus ídolos paganos, cayendo en enfermedades malignas, consecuencia de sus reuniones demoniacas – Reflexionó – No es un buen lugar para ir Fraile, no sé sus razones, pero esa ciudad es Sodoma y Gomorra, incluso buenos caballeros españoles han abdicado a su fe ante los placeres de la carne y las tentaciones de Satanás.
– La carne es débil Padre – replicó Esteban – Incluso para un soldado de Dios como usted, no me diga que las mujeres que están afuera sólo le preparan la comida…

El Padre Alonso no dejó que el fraile dijera más, levantó la mano derecha con la palma abierta en señal para que este se detenga y movió la cabeza en clara negación mientras miraba fijamente el piso de tierra, habló sin levantar la vista:
– Sé que no es apropiado, pero es difícil estar solo, son solamente compañía para este pobre viejo, no hay mala fe y tampoco tengo la vocación que seguramente tiene usted. No soy como usted Fraile – reiteró con voz triste – yo me ordené pasados los cuarenta, casi por obligación, cumplo con las tareas encomendadas por mis superiores, les doy a estas mujeres donde vivir y qué comer, de otra forma se habrían hecho a la mala vida, yo sólo obtengo algo de compañía… ¿acaso no es una forma de amar al prójimo? Finalmente la negra ni siquiera tiene alma, es como un animal doméstico.

Fray Esteban se quedó en silencio, sentado en la banca de madera; hacía calor – es febrero – pensó, tomó un poco de vino que la mujer india había colocado en la mesa mientras conversaban, era un vino distinto pero agradable, miró al padre Alonso y lo vio compungido, con la vista puesta en el piso, entre distraído y triste. En verdad se le veía un hombre sin convicción, prematuramente envejecido, parecía tener más de sesenta años, el hábito raído y desteñido, en ese momento se percató que el padre no usaba sandalias, tenía los pies descalzos y sucios, los dedos casi no tenían uñas, habían sido devoradas por los hongos. Sintió asco y pena. Esteban se incorporó y tosió suavemente para llamar la atención del padre que se había quedado absorto.
– Me gustaría que me brinde un lugar donde pasar la noche, sólo hasta mañana – dijo.
El padre Alonso se levantó también y lo invitó a acompañarlo. En la terraza de la casa había una hamaca colgada de los horcones y en el piso tres o cuatro pieles de cordero enrolladas.
– Hace calor – mencionó distraídamente el padre – es verano, no le recomiendo dormir adentro, escoja entre la hamaca y las pieles, yo estaré adentro si necesita algo. Tenga buenas noches Fraile.
– Buenas noches. Dios lo bendiga – contestó Esteban, mientras decidía por quedarse en la hamaca, sólo quería descansar, sabía que esta noche no podría dormir.

* * *

Después de doce largos días de un viaje penoso, Esteban estaba al fin en Lima, no era como otras ciudades que había conocido, Lima era desordenada, una ciudad llena de gente de todos los colores: blancos de todas las clases sociales, la mayoría con poca o ninguna educación, marineros ingleses, irlandeses, portugueses y otros de nacionalidad indescifrable, negros provenientes de todas las partes de África, ya los había visto antes en los mercados de Liverpool, los altos y fuertes de piel azul que se importaban desde la Isla de Zanzíbar, los pequeños y más claros que venían de Guinea, cerca del fin del mundo. Sin embargo había en sus miradas algo distinto, los negros de Portugal, España, Francia e Inglaterra se veían siempre tristes, incluso los que trabajaban de capataces tenían esa mirada de ausencia, de añoranza; en cambio estos no; casi todos hablaban buen castellano y sonreían con sus perfectos dientes blancos. También había una gran cantidad de indios, distintos a los indios que había visto en Panamá y México, incluso distintos a los que había visto en la Villa de Camaná, no vestían con ropas de indios, estaban vestidos a la usanza española aunque se les notaba incómodos con esa ropa, incluso a los más jóvenes, que seguramente habían usado este tipo de vestimenta desde su niñez. También vio mulatos claros y oscuros, lo que le confirmó las teorías del padre Alonso: en Lima efectivamente los españoles no habían tenido ningún asco por engendrar hijos en sus esclavas, por lo menos en Europa era algo que se trataba de evitar, aquí se veía que no había ninguna clase de control. Lo mismo sucedía con las indias, la existencia de muchos niños mestizos por las calles así lo confirmaba. Era un verdadero desastre, los españoles habían perdido todo sentido de decencia en esta ciudad, no solo había mulatos y mestizos, también habían permitido que los negros se junten con las indias entre sí, aprendió luego que los llamados zambos eran el producto de esa infame unión. En su vientre bullía la rabia, si a simple vista y en el primer día podía ver todos estos escarnios a la voluntad divina, sabe Dios santísimo qué otras cosas habrían estado ocurriendo y podrían ocurrir en esta ciudad.

* * *

Cinco días después de haber llegado a Lima había conseguido entrevistarse con sus superiores, les informó brevemente de su misión y entregó la orden firmada y sellada por el Rey. Luego de los saludos de rigor, el obispo Baltazar de Castro, lo invitó a su despacho, a solas. Caminaron por un corto zaguán y pasaron a un amplio salón. De Castro lo invitó a sentarse en una solitaria silla en medio del lugar, Fray Esteban se sentó en el borde mientras esperaba que De Castro se acomodara en su imponente trono eclesiástico, hubo un momento de incómodo silencio, de pronto De Castro empezó a hablar con voz diáfana y totalmente segura:

– Fray Esteban, entiendo el porqué de su presencia en Lima, pero déjeme decirle que su tarea es complicada, la gente de aquí está acostumbrada a que las cosas estén como están. Tenemos los problemas propios de cualquier colonia, pero lo que debe importarnos sobre todas las cosas es la protección de los españoles que son terratenientes y los que tienen encomiendas. Y no hablo sólo de su fe, también de su propiedad y seguridad. Hemos discutido este asunto con el Virrey y estamos de acuerdo en ese aspecto, desde luego que también es nuestra tarea la de erradicar las herejías de los indios y los negros… pero ese es un trabajo que requiere tiempo, recibimos órdenes permanentemente del Rey acerca de la necesidad de evangelizar a esta gente y darles la nueva buena de Dios y su sagrada palabra; pero no es una tarea grata. Los indios acuden a la iglesia, aprenden las oraciones, rezan el Credo y el Santísimo Rosario porque si no lo hacen, los alguaciles los golpean, pero sabemos que siguen enterrando porquerías en la tierra cada vez que cambia de estación e invocan a sus falsos dioses cuando siembran los campos. Los negros se burlan de nosotros, tocan sus instrumentos endemoniados al menor descuido de sus patrones, hemos prohibido los tambores y a pesar de ello se proveen de cualquier cosa que pueda producir sonidos, troncos, cajas de madera, incluso hay informes de que algunos usan los huesos de animales muertos para practicar sus repugnantes danzas y rituales. Por si esto fuera poco ahora se suma a ello el problema de los judíos. Sé de buena fuente que cada semana llegan dos o tres en los barcos de carga, pagan a los capitanes para que los traigan escondidos, algunos se quedan en Panamá, otros se van a las colonias inglesas al norte, pero muchos llegan aquí, se declaran católicos e incluso van cada domingo a la misa, ¡pero siguen siendo judíos Fray Esteban! Sin embargo, a pesar de todo lo que acabo de explicarle, la ciudad se mantiene ordenada, se protegen los intereses de los españoles establecidos aquí y de sus hijos, ellos pagan sus impuestos y colaboran con las arcas de nuestra Santa Orden, este equilibrio es beneficioso para todos. Incluso los judíos que han llegado a prosperar y se han hecho católicos, aportan con el producto de sus ventas y trabajo, no quiero perder este orden Fraile, espero que me entienda.

– Le solicito me perdone por contradecirlo su Excelencia – señaló Esteban – pero entiendo que esta situación a la que usted llama orden es contraria a los preceptos de nuestra Santa Iglesia y lo dispuesto por el Su Santidad el Papa desde Roma. No es mi voluntad contrariar el orden terrenal, cosa que en verdad no debería preocuparnos, puesto que el alma de los hombres es nuestro propósito. Siendo así, entiendo que nuestra principal tarea es combatir las estrategias del demonio y las herejías de sus seguidores.
– ¡Pero sin desórdenes por favor! – exclamó ligeramente nervioso el Obispo.
– La búsqueda de la verdad tiene un precio mi señor – repuso Esteban calmadamente – no debería preocuparle la falta de fondos en las arcas, después de todo Dios proveerá.
– No se trata del dinero – replicó el obispo – es el crecimiento de la Iglesia, a esta gente hay que conquistarla mediante la comprensión, ganar su alma hacia la fe, que noten los beneficios de creer en nuestra Iglesia, no quiero que vean una amenaza a sus vidas en el catecismo y menos aún que se desprestigie la Orden. ¡No crea que no sé lo que está pasando en España fraile! han pasado más de setenta años desde que el Inquisidor General Torquemada nos dejó y nadie ha podido reemplazarlo con éxito, no se resuelve el problema de los excesos en los juzgamientos a herejes y judíos, nos están agobiando con acusaciones de enriquecimiento e intolerancia. Incluso los nobles que antes nos respaldaban en España nos rehúyen y han retirado su apoyo. No quiero que eso suceda aquí.
– Mi encargo viene por recomendación de los Reyes de España y del mismo Santo Oficio quienes me han propuesto para esta tarea su excelencia – señaló sin titubear Esteban – y lamento mucho saber que no comparte sus métodos; sin embargo haré lo posible para no perjudicar sus intereses, en la medida que estos no se opongan a los de la Santísima Inquisición y su Tribunal Eclesiástico. Ahora, con su permiso, es menester retirarme.

El obispo asintió amargamente con la cabeza y Esteban se levantó con una venia. Al salir no pudo evitar oír a De Castro murmurar una blasfemia entre dientes.

* * *

Esteban, instalado en su despacho, un pequeño espacio al costado de los claustros en construcción del convento dominico que estaba próximo a terminarse, ordenaba sus libros y sus apuntes. Abrió una vieja bolsa de cuero de camello y extrajo de su interior, envuelto en una fina tela de pana roja, el magnífico ejemplar del Malleus Maleficarum. Recorrió con sumo cuidado su lomo de cuero y las tapas finamente grabadas y lo colocó en el centro del escritorio. Recordó sus estudios en Roma, a los exigentes maestros que estuvieron a cargo de su preparación en Bolonia y en París, pero sobre todo recordó a su abuelo. Su abuelo, que era un herrero aragonés, había conocido personalmente a Fray Tomás de Torquemada, el gran y místico Inquisidor General del Reino de España cuando por encargo especial de este había fabricado piezas e instrumentos de tortura diseñados por él mismo. Había quedado impresionado con su personalidad, fuerza y disciplina. Luego al nacer él, su primer nieto, le había inculcado desde pequeño ese amor a la disciplina, al orden y el temor a Dios que tanto había admirado en el gran inquisidor. Respiró profundamente y se santiguó antes de empezar la lectura, mañana sería un día difícil, sería su primera intervención en el Tribunal.

Al día siguiente, se levantó sumamente temprano, lavó su cuerpo con cuidado con paño húmedo, sintió un leve ardor cuando limpió las marcas dejadas en su piel por los finos alambres del cilicio. Hoy no lo usaría, necesitaba estar lúcido y concentrado. De entre sus pocas pertenencias, la mayoría libros e instrumentos de purificación, sacó una pequeña cruz de acero. Había sido un regalo de Torquemada a su abuelo, al fallecer éste se la había entregado para que lo acompañe en los momentos difíciles. Se la colocó sobre el pecho, colgando de una delgada soguilla. Se vistió el hábito con cuidado y solemnidad, ajustó cada uno de los botones mientras repasaba mentalmente las reglas del Malleus Maleficarum, se arrodilló sobre el áspero piso de piedra y rezó.

No desayunó, tenía que estar libre de cualquier distracción externa o interna – el ayuno purifica – pensó. Levantó su bolsa de cuero y se dirigió a la puerta, volvió a santiguarse y encomendarse a Dios. Salió y caminó con paso rápido hasta la Sala del Santo Tribunal. Entró y vio que en su interior ya estaba el Obispo esperando al costado del Inquisidor y le hizo una venia. Estaba también el abogado defensor y el Escribano General. Rápidamente solicitó al alguacil la presencia del procesado y se sentó en la silla reservada para su cargo en la Sala, el de Procurador Fiscal del Santo Oficio. Vigiló que en la mesa central estuviese visible la Biblia y cerca de ella la enorme cruz de pedestal. Cruzó las manos y esperó.

Entró a la sala, atado de las manos, un hombre adulto, no era joven ni tampoco viejo. De larga barba oscura y cabello cuidado. A pesar del evidente castigo físico sus ojos no habían perdido brillo. Esteban se puso de pie y con la venia del inquisidor le preguntó:

– ¿Nombre?
– Felipe Ruiz de Castilla y Ponce de León, mi señor – contestó con humildad.
– ¿Edad?
– Cuarenta y cinco años.
– ¿Ocupación?
– Médico cirujano su señoría – y sus ojos brillaron más aún.
– Se le acusa de herejía y prácticas de brujería – dijo ásperamente Fray Esteban – He recibido el encargo del Santo Oficio de interrogarlo. Reconozca sus pecados, solicite clemencia y será escuchado.
– Soy sólo un médico su eminencia – respondió Felipe – no he cometido ningún pecado, he respetado el juramento hipocrático y he procurado salvar las vidas que Dios ha puesto en mis manos.
– ¡Miente! Sus propios colegas son los que lo han denunciado, ¡Declárese culpable y que Dios acoja su alma! – exclamó Esteban.
– No sé de qué se me acusa – dijo lastimeramente Felipe mientras mostraba las palmas de sus manos al Fiscal en gesto de sometimiento.

Esteban conocía bien los artilugios del demonio para simular inocencia. Estaba preparado y no dejaría que el maligno lo enredase, miró al Inquisidor y señaló con firmeza:
– El acusado trata de confundir a este Santo Tribunal y pretende desconocer las acusaciones que se le hacen cuando en su impuro corazón tiene completo conocimiento de sus pecados y herejías. Solicito se autorice que la defensa del acusado intervenga antes de continuar con el interrogatorio.

El defensor, que era un miembro del propio Tribunal, se dirigió solemnemente a Felipe y le advirtió:
– Acusado, se le invoca para que diga la verdad de las acusaciones que se le han formulado, así obtendrá usted clemencia y podrá reconciliarse con nuestra fe. Conteste las preguntas del Procurador Fiscal, reconozca su culpa y muestre arrepentimiento.

Felipe se quedó callado.
– Solicito al tribunal se autorice el uso del potro – dijo pesadamente fray Esteban y volteó a mirar al acusado a fin de ver su reacción.

Felipe Ruiz de Castilla y Ponce de León estaba visiblemente asustado, conocía el potro, él personalmente, como consecuencia de su profesión, había visto las lesiones que este cruel artefacto podía causar. Cayó de rodillas y suplicó clemencia. No fue escuchado. Mientras proclamaba una y otra vez su inocencia fue conducido al ala lateral de Tribunal, atado cuidadosamente de pies y manos sobre una especie de sólida mesa de madera, en cuyos extremos ruedas dentadas permitían tensar las sogas que sujetaban sus extremidades. Esteban tomó en una mano la Biblia de la mesa y en la otra el crucifijo, se acercó al potro y acercando la cruz al rostro de Felipe exclamó:
– Permite, ¡oh Dios Todopoderoso! que este hombre expulse los demonios que someten su razón a sus impuros deseos y deja que nosotros tus humildes siervos conozcamos la verdad de sus propios labios – hizo una seña al alguacil y este empezó a girar las ruedas con una sólida manivela de metal.

Felipe resistió al principio, sin embargo empezó a sentir la fuerte tensión en sus pectorales primero, luego en los dorsales, sabía de anatomía y pensó que los músculos grandes serian los primeros en sentir la presión, pero que a la larga serían los que resistirían más. Cuando el alguacil aplicase más presión empezarían a descoyuntarse las articulaciones de los hombros, codos, tobillos y rodillas hasta llegar a la dislocación total. Empezó a sentir presión en el pecho, la posición no le permitía expandir sus pulmones, quiso gritar pero no pudo, no tenía aire suficiente para hacerlo, se desvaneció.

Esteban ordenó al alguacil relajar las ligaduras. No era apropiado que el acusado falleciera en medio de una audiencia del Tribunal, su misión era la obtención de la verdad, no la muerte del acusado. En caso de ser sentenciado a muerte, su ejecución sería trabajo del brazo secular de la iglesia, la autoridad civil. Ordenó que el alguacil despierte a Felipe lanzándole agua fría en el rostro. Felipe despertó aturdido. Se le conminó a declarar, pero mantuvo su versión de inocencia. Esteban sabía que era una táctica del demonio. Dar pena, despertar lástima en el Tribunal era la estrategia más usada por el ángel caído. Tenía que ser duro y severo. Tomó de la mesa de trabajo una toca de tela blanca. Ordenó que se introduzca la pieza de tela en la boca de Felipe. Luego fueron dejando caer agua sobre la toca. Felipe sentía la tela en su cavidad bucal humedecerse, empezaba a gotear hacia su garganta y el trapo no le permitía mover la lengua para impedir el paso del agua, sentía que se ahogaba. Empezó a tener arcadas, en ese instante el alguacil inició la tarea de tensar nuevamente el potro. Hicieron lo mismo una y otra vez. Cada vez que estaba a punto de perder el conocimiento el Procurador Fiscal se le acercaba y lo instaba a decir la verdad, a declarar su culpa. Felipe lo negaba en cada oportunidad.

Luego de seis largas horas de continua tortura, Estaban desistió de seguir usando el potro. Solicitó al Tribunal cambiar de método. El Inquisidor autorizó el pedido y Felipe fue desatado, retiraron el trapo de su boca, sus rodillas, hombros y codos estaban prácticamente dislocados. Sus muñecas y tobillos se veían tumefactos. Fue trasladado unos metros atrás del potro y observó una soga que descendían de una polea sujetada al techo en cuyo extremo había dos correas de cuero. El alguacil y su ayudante sujetaron sus muñecas con las correas y amarraron bolsas con trozos de plomo en cada uno de sus tobillos, lentamente tiraron de la soga hasta separarlo aproximadamente unos dos metros del suelo. El Procurador Fiscal se acercó nuevamente e invocó su reflexión. Felipe negó con toda su alma y el alguacil soltó de golpe la soga una fracción de segundo y la volvió a sujetar. La corta caída en seco hizo que sintiera sus articulaciones crujir, el dolor era insoportable, se sintió desfallecer y cuando iba a abrir la boca para gritar, repitieron la tortura, sintió un vacío en el estómago y no pudo más, se oyó un grito desgarrador:
– ¡En el nombre de Dios, misericordia!
– ¡Reconozca su pecado! – exhortó estentóreamente el Procurador Fiscal.
– ¡Lo reconozco! – gritó entre lágrimas Felipe
– ¡Bájenlo! – ordenó el Inquisidor.

Una vez que lo descendieron, Esteban se encaminó al centro de la Sala y señaló enfáticamente:
– Debe describir su herejía y todo lo relacionado con ella para que este Tribunal resuelva con misericordia.

Felipe, exhausto, cayó de rodillas, miró a todos con desesperación, su mirada traslucía miedo y desorientación. Sus ojos habían perdido el brillo, su boca entreabierta dejaba escapar un hilo de saliva que discurría por su barba, extendía las manos temblorosas hacia el Inquisidor, hacia el Obispo, a su defensor, todos guardaban silencio. Ofuscado miró el piso, dejó caer sus manos aún atadas sobre sus muslos y dijo entre dientes, con la voz rendida y en medio de un llanto sordo:
– No sé de qué se me acusa.

Fray Esteban hizo un gesto dramático de pérdida de paciencia y con un movimiento de mano dispuso que el alguacil levante del piso al acusado. Felipe se incorporaba lentamente y de pronto su mirada volvió a brillar.
– ¡Ahora lo recuerdo! – exclamó.
– Que hable el acusado – ordenó el inquisidor desde su asiento.

Felipe hurgó en su memoria, estaba dispuesto a decir cualquier cosa para evitar que prosiga la tortura. Trató de recordar algún acto en su vida que pueda interpretarse como herejía, en la desesperación no podía ordenar sus ideas. El silencio en la sala lo abrumaba más. Abrió la boca pero las palabras no salían.
– ¡Hable! – reiteró Fray Esteban
Felipe empezó a balbucear, empezó a inventar.
– He pecado – dijo – yo he hecho pactos con el Diablo, he curado pacientes con pócimas hechas de entrañas de gallinas negras y huevos podridos. He recurrido a hierbas que crecen en los cementerios. He recurrido a brujas para ungüentos. He…
– Hable del sucubus – dijo por fin el Procurador Fiscal.

Felipe trató de recordar, había estudiado algo de eso en el curso de teología en la facultad de medicina en París, antes de venir al Perú, pero tenía la mente nublada, el sucubus era un demonio, de forma femenina, se metía al cuarto de los varones para fornicar y absorber su energía.
– He conocido a un sucubus – afirmó tímidamente.
– ¿Cuántas veces? – preguntó ávidamente el Inquisidor, dejando a Esteban prácticamente de lado del interrogatorio.
– No sé, en pocas ocasiones – contestó Felipe
– ¡Declare usted los detalles! – exigió con morbo el Inquisidor mientras hacía señas al Escribano General para que tome debida nota.

Felipe, en medio de la vergüenza y la humillación inventó ocasiones, formas, dio detalles de cómo fue seducido por el demonio de lujuriosas formas femeninas. El Inquisidor no ocultaba su asquerosa excitación cuando lo obligaron a describir con la mayor precisión posible el cuerpo voluptuoso del sucubus. A exigencia de sus cuestores inventó posiciones, sensaciones y conversaciones. A veces caía en contradicciones, el Procurador Fiscal lo percibía y exigía explicaciones, debía explicar, inventar nuevas mentiras y procurar no equivocarse. Estaba agotado. Empezaba a preferir el potro, la tortura física. Empezó a contestar con monosílabos, lo que causó el notable aburrimiento del Inquisidor. Esteban, incómodo con la exhaustiva pero necesaria descripción de los hechos, decidió solicitar el término de la audiencia:
– Ha quedado probada la imputación de los cargos por la propia confesión del acusado – dijo – si su excelencia lo considera conveniente – se dirigió al Inquisidor – la Procuraduría Fiscal del Santo Oficio solicita se dicte sentencia.
– Se dispone que el acusado sea retirado para proceder a la deliberación – dijo con evidente desinterés el Inquisidor y dio por concluida la audiencia.

El alguacil retiró al acusado. Más tarde el Inquisidor dictó la sentencia y se dispuso la confiscación de los bienes del médico cirujano Felipe Ruiz de Castilla y Ponce de León, a favor de la Corona en un cincuenta por ciento y el resto a favor del Santo Oficio. Felipe fue condenado a los calabozos de la Inquisición donde murió al poco tiempo de tristeza al saber que su esposa y su hija, víctimas de la desgracia y sometidas a la vergüenza y la deshonra pública se habían suicidado. Los otros dos médicos de Lima, sus colegas denunciantes, se repartieron sus numerosos pacientes.

Esa noche Esteban de rodillas frente a la dura tarima que le servía de lecho, agradeció al creador el haberle concedido la fortaleza y temple necesarios que le permitieron no haberse dejado vencer por las fuerzas del mal. La sentencia conseguida el día de hoy era el augurio de una larga y promisoria carrera como severo e incorruptible Procurador Fiscal del Tribunal del Santo Oficio en la cada vez más promiscua ciudad de Lima, desde donde se aseguraría de perseguir a herejes, moros y judíos, aquí en estas lejanas tierras de ultramar, siempre en el nombre de Dios Todopoderoso y por encargo de los devotos Reyes de España.