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domingo, 7 de mayo de 2017

LA PAZ SEA CON VOSOTROS (Cuento)

Había adquirido la tardía costumbre de asistir a misa pues, pese a mi actual agnosticismo, había sido educado en un hogar católico y las iglesias, sobre todo las coloniales, siempre me habían proporcionado un cálido sentimiento de paz y aislamiento. Tal vez por ello empecé a ir de nuevo, recordando el rito, pero sin comulgar. Fue así que un día, en la misma banca solitaria que elegía adrede cerca al altar, pues era la zona menos concurrida, se sentó al otro extremo una mujer mayor, tal vez tendría unos setenta, solitaria, encorvada, el cabello cano y corto, modestamente vestida, lenta, taciturna, con unas bolsas viejas que colocaba bajo la banca y un sombrero de tela que puso a su costado. Yo la miraba de reojo. Advertí que cuando algún otro feligrés se acercaba, particularmente las mujeres, sin importar si eran jóvenes o señoronas, se alejaban y buscaban otro lugar cuando se percataban de su presencia.

Cuando antes de la consagración, el sacerdote nos encomendó darnos fraternalmente la paz unos a otros, yo hice lo de siempre, apunté al vecino más cercano de la banca de adelante y le hice una venia y un gesto de saludo con la mano, en otras ocasiones si podía, lo hacía con un apretón de manos y me quedaba reflexionando en mi sitio. Esta vez sin embargo observé a mi vecina, que por su aislamiento parecía ser portadora de algún germen contagioso pues nadie se le acercaba, con una mezcla de indignación y ternura, caminé firme los seis o siete pasos que nos separaban y le di unas palmadas suaves y afectuosas en la espalda curva y le dije:
– La paz sea con usted.
– La paz sea con usted, joven.  – me contestó al tiempo que me tomaba del antebrazo.

Regresé a mi sitio reconfortado por haberle dado la paz a esta dulce señora, con algo de pecaminoso orgullo por haber sido mejor cristiano que mis vecinas y feliz porque hace tiempo nadie me decía “joven”. Al salir de la misa, como siempre, culminé mi ritual dominical yendo a la cafetería frente a la plaza y pedí un café expreso acompañado de algún pastelillo. Mientras miraba la gente pasar y disfrutaba del sol radiante, pensé en esta dulce ancianita. Recordé a mi madre, que debe andar por esa edad también, me acariciaron los recuerdos de ella yendo a misa todos los domingos, siempre sola. Cuando éramos más chicos, nos llevaba. A mí me llevó varias veces. Aprendí a admirar y rendir culto a esas imágenes impasibles y todopoderosas, a añorar el olor de cera caliente, de los inciensos, a disfrutar la solemnidad, el rito murmurado, el silencio, la soledad… luego, al igual que mis hermanos mayores, cuando nos hicimos grandes y librepensadores según nosotros, nadie quería ir con ella. Me arrepentí, debí ir siempre acompañándola, cada día, hasta antes de irme de la ciudad.

Así fueron pasando las semanas. Cada domingo sin importar si estuviese en la misma banca o no, caminaba hasta donde mi vecina al momento de la paz y se la expresaba con mis suaves y  afectuosas palmadas en esa noble espalda cargada de años, ella me devolvía el afecto palmeando mi antebrazo o a veces el dorso de mi mano. Mi vecina ocasional siempre buscaba no estorbar, solo se sentaba cerca de la gente si por alguna festividad, la iglesia estaba llena, y si no, buscaba sitios vacíos, al igual que yo. Ella notaba que la gente la rechazaba, en mi caso yo rechazaba a la gente.

Un día, como siempre, esperaba ver dónde se sentaba para calcular mi ruta al momento de la paz, sin embargo no llegó. Quedé consternado. ¿Qué  habría pasado? No fue lo mismo, ese día por primera vez no fui a tomar café.

La siguiente semana tampoco vino, no pude concentrarme en la misa. Pasé la hora pensando en dónde podría estar o qué le habría pasado. A esa edad, sería natural, por decirlo de algún modo que le pasara algo. ¿Por qué tanto desasosiego? ¿Y si la buscaba? ¿Dónde? Terminó la misa y fui a tomar un café, esta vez llovió.

Esa semana, luego del trabajo, caminé todas las tardes por la ciudad, por las calles polvorientas de los barrios pobres, por los pasajes estrechos de los sectores peligrosos, por las trasversales de las principales avenidas, buscando, preguntando, describiéndola, ¿Conoce una señora así? ¿Qué cómo se llama? Pues, no sé, pero tiene el cabello asá, las bolsas, el sombrero…. Nadie me daba razón. Algunos la recordaban vagamente, una señora que vendía algo, pero nadie recordaba qué, otros me decían que recogía cosas, tal vez era recicladora, alguien también me dijo que vendía flores, pero nadie sabía dónde vivía. En lo que coincidieron todos era en que no la habían visto últimamente.

El siguiente domingo tampoco vino, pensé si tal vez estaba yendo a otra iglesia, si fuese así  ¿a cuál? Si la próxima semana iba a las otras iglesias corría el riesgo de que regresara y no verla. ¿Todas las iglesias tienen misa a la misma hora? No lo sabía. Se me ocurrió que tal vez estaba asistiendo en otro horario. Al salir pasé por la oficina del obispado y obtuve un papel con todos los horarios de las misas en el centro de la ciudad. Ese día regresé a la misa de doce y la de las siete de la noche y logré asistir a otras tres misas en dos iglesias distintas. No la vi. Esa noche mientras trataba de conciliar el sueño, me hundí en una densa soledad y tuve ganas de morir.

Una semana después, totalmente desesperanzado, me ubiqué en la banca de siempre. Mientras el coro entonaba el Santo, la vi entrar, con el paso cansino y muy delgada. Se sentó en la misma banca que yo, en el otro extremo. Participé de la misa con genuino gozo, cuando llegó el momento de la paz, me acerque a ella y la abracé:
– La paz sea con usted – le dije.
– La paz sea con usted, joven.  – me contestó y lloré en sus brazos.

* * *

Era evidente que había estado enferma. Luego de darle la paz, me quedé sentado a su lado. Al salir, con la idea de que podría estar necesitando algo y que yo estaba en condiciones de ayudarla, la acompañé tomándola del brazo hasta la salida. Cuando estuvimos afuera de la iglesia, le pregunté despacio y con todo el afecto que pude:
– ¿Está bien?
– Sí – me contestó – pero estuve muy preocupada por usted joven.
– ¿Por mi? – reaccioné sorprendido – ¿por qué?
– Porque no había nadie que le de la paz todos estos domingos.

martes, 19 de febrero de 2013

LA RENUNCIA DEL PAPA


Como todos saben no soy religioso. Creo en una divinidad, un ser superior, pero no confío en las instituciones religiosas. Tengo fe en que un día el Perú sea un estado laico y que el credo de cada uno sea un tema del ámbito de la intimidad personal. Es decir realmente libre, tan libre que nadie sea discriminado por tener un culto distinto y tan libre que nadie se vea en la posición de tener que ser catequizado o convertido contra su voluntad.

Pese a que la Iglesia Católica ya no es el credo mayoritario que muchos creen, para mejor información, esta afirma que de los siete mil millones de habitantes que tiene el mundo, mil millones son católicos, sumados a ellos los evangélicos, protestantes y otros, los cristianos llegarían a los dos mil millones (según los reportes de estos credos).

El Islam en todas sus variantes afirma llegar a los mil setecientos millones. Las personas sin religión llegarían al impresionante número de mil cien millones y el hinduismo a los mil millones. No son despreciables tampoco novecientos millones que tendrían las religiones tradicionales chinas.

En otras palabras, cerca del veintiocho por ciento de la población mundial sería cristiana y solo el catorce por ciento católica. Los musulmanes tendrían un importante veinticuatro por ciento, las personas sin credo un quince por ciento, los hindúes otro catorce por ciento y trece por ciento las religiones tradicionales chinas.

El agudo lector a este punto ya debe haberse dado cuenta que los porcentajes ya superan el noventa y cuatro por ciento de la población mundial. Faltan todavía contabilizar las etnias africanas, asiáticas y americanas, el budismo, el resto de credos minoritarios y se apreciará que se supera fácilmente el cien por ciento que deberían sumar todos los credos.  Es decir que hay más creyentes que pobladores del planeta. 

Bueno, esto tiene una explicación lógica: Como los números son aportados por cada credo, estos tienden a inflar sus números. Adicionalmente una segunda variable es el hecho de que una misma persona puede reportar varios credos a la vez, en primer lugar porque en realidad es politeísta y en un segundo, pero no menos importante término, porque muchas personas se reportan como creyentes o no dependiendo de requerimientos que hacen las instituciones públicas o privadas en función a los beneficios que puedan recibir de estas o los requisitos que imponen para proveer de determinados servicios. Ejemplo de ello, muchos colegios que exigen que los padres sean católicos por citar uno.

El saber estos datos estadísticos ayuda mucho para entender las falacias de los fundamentalistas. No existe una religión universal. Nadie se va a condenar por no conocer una determinada religión. Sin importar el credo, lo importante es sencillamente vivir con rectitud.

Regresando al tema de fondo, el Papa resulta ser el líder de un importante catorce por ciento de la población e influye de manera indirecta en otro catorce por ciento. Es por ello que el actual Papa tomando en cuenta este liderazgo, decide, inteligentemente creo yo, renunciar.

Me explico: La regla establece que el cargo es vitalicio. Esta es la regla general. Esto es importante desde el punto de vista de unidad. No es apropiado para un credo tener pugnas por el poder y si las hay, estas deben estar ocultas y estar distanciadas cuanto más se pueda en el tiempo. Por ello también existe la regla del cónclave cerrado. Los espectadores de afuera percibimos una elección en ambiente de santidad. No siempre ha sido así y nada nos garantiza que ahora sea distinto.

El Papa es consciente de que la realidad no es la misma que en la Edad Media, en esa época en el mejor de los casos el Papa agonizante era recluido y cuidado en sus aposentos hasta su deceso. Era fácil pasar desapercibido. En la actualidad el puesto de Papa está mediatizado, la experiencia de los últimos meses de Juan Pablo II mostraron lo difícil que es permanecer en el cargo cuando el cuerpo no da para más. Por cierto Juan Pablo II tenía un prestigio y un aura que le permitió obtener el respeto del mundo pese a su lamentable estado. Ratzinger no es Juan Pablo II y él lo sabe.

Siendo así, el cálculo es brillante. Un Papa debilitado no le hace ningún bien a la Iglesia Católica y ahora menos que nunca. Ratzinger sabe esto y sabe también que los problemas que afronta su rebaño requieren con urgencia de un prelado con la disposición de ánimo y fortaleza física suficientes como para reconducir sus principales políticas.

Dicho esto, mi posición personal es que es demasiado tarde como para que la Iglesia Católica pueda retomar el rol protagónico que tuvo en su momento. La globalización no lo permitirá pese a sus bien intencionados intentos, como por ejemplo la cuestionable cuenta de Twitter. Me parece que se requieren serias reformas, nuevos principios, lamentablemente la iglesia no tiene los mecanismos necesarios para modificar el dogma sin perder más credibilidad. Pese a ello mi pensamiento está con los católicos creyentes de corazón, quienes depositan buena parte de su fe en el Papa como vocero de Dios en la tierra, conforme sus preceptos. 

sábado, 8 de octubre de 2011

EN BUSCA DE DIOS

Todo empezó con la prematura conversión al credo mormón por parte de mi hermano mayor, Jorge Luis, al que llamamos Tony. No tengo muy claro por qué él en particular se convirtió. Yo tengo una serie de posibles hipótesis, pero ninguna comprobable, así que no abundaré más en el tema.

En aquél entonces yo debo haber tenido unos siete años tal vez. El tiempo es un poco borroso pero si puedo recordar claramente los hechos. Como recordarán los que leyeron mi nota llamada “¡Por Dios, yo no soy ateo!” publicada el mes de enero del dos mil once en este mismo blog, durante mi temprana infancia recorrí prácticamente todas las iglesias del centro de la ciudad de Arequipa acompañando a mi acongojada madre en sus oraciones. Entiendo que por una cuestión generacional mi madre suponía que lo más natural era que todos sus hijos resultásemos católicos como ella, pero en los años setenta el mundo cambiaba.

Una cosa que yo agradezco mucho fue el que gracias a Tony nos hubiésemos topado con la religión mormona, sus altos valores morales (a pesar de que muchos de sus detractores digan lo contrario) ayudaron mucho que nuestra familia se mantuviese fuera de la delincuencia o las drogas que eran muy comunes en el barrio que nos tocó vivir por esos años.

Como toda religión, la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días (¡vaya nombre!) se preocupaba mucho de que sus fieles hicieran tarea de evangelización en sus propias familias primero. Así fue que por iniciativa y a veces intensa insistencia de Tony fuimos recibiendo a los primeros misioneros o élderes mormones. El elder Taylor es el que más recuerdo. Un gringo amable que le tomó mucho cariño a la familia y asumió el reto de bautizarnos a todos. Era interesante para nosotros que a duras penas contábamos un televisor en blanco y negro a tubos, ver los modernos dispositivos electrónicos que traían los misioneros a nuestras casas y permitían proyectar filminas en una de las paredes de la sala (que hasta ahora recuerdo llenas de huecos de las marcas de incontables clavos) convirtiendo la casa en una especie de mini cine. Yo me imagino que eso debe haber sido hasta un símbolo de estatus, que los vecinos tan pobres como nosotros vean entrando a nuestra casa a estos apuestos gringos de camisa blanca, corbata y plaquita negra de acrílico con su nombre en el bolsillo izquierdo para darnos las “charlas” de evangelización y los lunes por la noche enseñándonos como se hacía una “noche de hogar.”

Lo cierto es que nos bautizamos todos, excepto mi mamá que es cien por ciento católica y mi hermana menor Charo que en aquél entonces era muy pequeña. Tampoco recuerdo mucho si mi hermana mayor lo hizo, pero tengo absoluta certeza que todos los demás sí, los cinco hermanos.

Como consecuencia de la herencia genética de nuestros padres, la disciplina militar de papá y la bondad infinita de mamá, nos tomamos bastante a pecho el asunto y nos hicimos buenos mormones por un tiempo.

A esa corta edad, que calculo debe haber sido entre mis ocho y doce años, obtuve como premio mil dudas en lugar de respuestas. Si bien habían cosas divertidas como las “noches de talentos” y las “reuniones dominicales” que eran los equivalentes a las misas católicas y que eran mucho más activas y participativas que estas últimas, lo cierto es que también habían cosas que me mostraron la cara verdadera del mundo real. Para en aquél entonces yo ya llevaba bastantes libros leídos y era bastante difícil que me cuenten cuentos, sobre todo porque una de las primeras cosas que leí en la vida fueron los veinte tomos de la enciclopedia “El Tesoro de la Juventud” como ya también les conté en otra nota.

Lo primero que me causó una mala impresión fue el ahínco con el que se empeñaban los jerarcas distritales de la iglesia mormona en desacreditar a la iglesia católica. Si algún mormón o de cualquier otro credo lee esto, un consejo: no funciona, sobre todo para quienes tenemos la capacidad de cuestionar el entorno aunque tengamos tan solo once años. ¿No se supone que uno debe hablar más de sus méritos que de las falencias de la competencia? Me sentía como en un grupo de adoctrinamiento. Si bien los principios de castidad, honorabilidad y moral de la iglesia mormona eran muy sólidos, las personas que tenían la tarea de educar a los miembros en el credo hacían muy mal trabajo. Entonces vino el problema. Una de las principales razones por las que acepté bautizarme, era porque el elder Taylor (que para entonces ya se había ido) me contestaba todas las preguntas y me aseguró que una vez siendo miembro encontraría más respuestas. Eso me daba una enorme luz en el camino, ya que los sacerdotes católicos que había conocido hasta ese entonces, incluido el capellán del ejército que oficiaba en mi colegio, resolvía todos mis cuestionamientos con respuestas similares a estas: “Eso es un sagrado misterio” o “Dios dijo no me tientes con preguntas…”

En la iglesia mormona sucedió lo mismo, la historia de José Smith – que fue el fundador estadounidense de la religión – que descubrió gracias a la aparición del ángel Moroni una planchas de bronce y oro con escritura parecida a la cuneiforme con la palabra de Dios, la venida de Jesús a América, el viaje de Lehí y su familia cruzando el atlántico usando una antigua brújula entregada por Dios llamada Liahona, la historia de los lamanitas, los nefitas, la muerte de estos últimos en manos de los primeros y el castigo divino de Dios de oscurecer la piel de los lamanitas y que constituyó el origen de los pueblos Mayas, Incas, Aztecas, Cherookes y etc. Todo ello era muy consistente desde el punto de vista histórico, hasta el punto de que el asunto empezaba a cojear para mí de la misma pata donde cojean casi todas las religiones. Una prueba de carbono 14 a las planchas de bronce y listo, resuelto el problema de la religión verdadera. Pero no, el ángel Moroni por encargo de Dios, le había pedido a José Smith que le entregue las planchas luego de que las tradujo para llevarlas al cielo. Nuevamente nada comprobable, un nuevo libro: el libro de mormón, con origen incierto y nada más.

A pesar de esos problemas bien pude haberme quedado feliz con ese credo. A pesar de la insistencia con la que cobraban el diezmo (que era la décima parte de lo que uno no tenía, por lo menos en mi caso en esa época) y la necesidad de ser misionero y evangelizador todo el tiempo y en particular al cumplir los dieciocho años como una especie de servicio militar obligatorio.

Lo malo es que a pesar de las claras reglas, como la castidad, el cuidado del cuerpo (los mormones no consumen alcohol, tabaco, té, café, bebidas gaseosas negras, etc.) la observancia de la moral, la humildad, el amor al prójimo y la decencia, vi que casi nadie observaba esas reglas, en particular los más recalcitrantes defensores del credo y terminaban comportándose como las viejas cucufatas católicas que yo tanto había detestado.

Así que para hacerla corta, un día me salí. Me fui a recorrer a mis tempranos trece el mundo de las drogas y el rock and roll, con la esperanza de que el sexo llegue pronto también. Sin embargo en mi mente siempre me quedaba la duda de quién tenía finalmente la razón. Los mormones habían tratado de manipularme vilmente, había una frase que se usaba mucho en la iglesia que decía más o menos así: “Dios ve con mejores ojos el día del juicio final a quienes nunca tuvieron la oportunidad de conocer la verdad, que a aquellos que conociendo la verdad, le dieron las espaldas.” En clara alusión que la iglesia mormona era la única verdad. Es decir el código de la mafia. Sabes demasiado como para irte y el castigo es que Dios te va a mandar al infierno en la entrevista de rigor en el juicio final. A pesar de mi edad me di cuenta de lo bajo del truco. Con esa idea en mente, en mis tiempos libres leía todo lo que caía en mis manos respecto a las religiones, las revistas de los Testigos de Jehová, veía el Club 700 en la tv y no me perdía un episodio del Hermano Pablo, tratando de descubrir finalmente quién tenía la razón.

Por aquél entonces fue también que empecé a leer la Biblia, una que tengo guardada hasta ahora en una de mis cajas de libros, tapas azules y hojas de papel casi transparente pintadas de rojo en su borde externo. Empecé como se debe, desde el capítulo I del Génesis y hasta el Apocalipsis. No cabe duda que hay párrafos intensos y casi literarios, también los hay oscuros y casi indescifrables. El Génesis, el Éxodo y los cuatro evangelios son sin duda alguna los más fáciles de leer. Los más complejos el Apocalipsis y los Salmos. Luego de haberla leído, he tenido que volver a leer grandes fragmentos años después porque siempre aparece alguien que me sorprende con nuevas interpretaciones de libros que me parecían claros.

Cuando tenía dieciséis era un perfecto católico moderno, es decir iba a misa los domingos y me olvidaba del asunto el resto de la semana, fumaba y tomaba con mis amigos, ya tenía algunos cachuelos entonces, contaba por tanto con algunos magros ingresos. Incluso a veces me confesaba y comulgaba para complacer a alguna enamorada y hasta iba a las procesiones. En algún oscuro punto de mi memoria puedo verme a mí mismo cargando un anda o sosteniendo la soga que separa a los cargadores de los fieles. También recuerdo que fui de peregrinación a Chapi, algunas veces con mucha fe y otras, soy franco, sin tener mayor convicción, como la mayoría de mis coetáneos.

Con mi llegada a la universidad conocí un grupo de seres humanos diferentes, ellos no se hacían problemas con nada. Leían a Nietzsche, a Platón, Sócrates, Hegel, a Marx y Engels, escuchaban a cantantes raros como Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Victor Jara y Mercedes Sosa. Se les conocía con el subversivo nombre de “Los Ateos”

Yo ya había escuchado antes a Silvio y Milanés en las fogatas del Círculo Militar, el Club Internacional y en las playas de Mejía, donde lograba colarme gracias a mis amigos pudientes, se hablaba de ellos, del Ché Guevara y de Cuba como un sueño romántico y se mezclaban las canciones con las de Sui Generis y el gran Charly. Pero esos eran revolucionarios de pose, socialistas de salón. Los que conocí en la Universidad Nacional de San Agustín eran de verdad. Daba miedo tocarlos. Se sabían el manifiesto marxista de memoria y podían refutar la existencia de Dios en cinco plumazos.

Yo estaba sinceramente impresionado, “¡O sea que la verdad era que Dios no existe! ¡Con razón ninguna religión tiene la verdad!” pensaba yo. Tenía que averiguar más acerca de Marx, Engels, Lenin y Mao Tsé Tung. Así fue que leí el Capital, no me sirvió de mucho para el tema de la búsqueda de Dios para ser franco, pero si me fue útil para no quedarme callado en los debates universitarios de balcón a balcón como en aquellos buenos tiempos. Hago un paréntesis. En aquél entonces yo tenía diecinueve años, muchos ideólogos y oradores de mi facultad tenían diecisiete, algunos ya habían sido dirigentes en sus partidos. Haya de la Torre y Mariátegui en su momento ya eran unas luminarias a esas edades. ¿Cómo es posible que hoy en día los universitarios de diecisiete y hasta veintiún años sean incapaces de elaborar un par de frases completas y su manejo del castellano sea menos que deficiente? Bueno. Los tiempos cambian.

Continuando con la historia. Lo del ateísmo no terminaba de convencerme. Me parecía una teoría de comunistas afiebrados. Además el recrudecimiento del terrorismo en esa época (ya terminaban los ochentas) desprestigiaba más el socialismo y el comunismo, y con ello el ateísmo. El social cristianismo aparecía como una ideología más vanguardista. Así que en mis años universitarios me hice social cristiano, pero no mentiré… bien pegado a la derecha. Aproveché también y con más recursos para conocer a fondo a Descartes y Nietzche entre otros.

También pasé por otros lugares que lamentablemente no les puedo contar con detalle, pero baste saber que me permitieron abrir los ojos y mirar a lugares donde no había estado mirando. Aprendí que la abundancia no tiene nada que ver con millones de dólares y que la pobreza material no tiene nada que ver con ser un buen ser humano. Una de las cosas más importantes que aprendí es que no tiene que haber EL DIOS con nombre y apellido. Estos nobles hermanos me enseñaron que basta saber que hay una fuerza superior, póngale usted el nombre que le quiera poner. Y otra cosa más importante: usted es parte de esa fuerza superior, el universo funciona en armonía, y si hubiese un Dios, digamos que es… algo así como un Gran Arquitecto.

Cada año que pasaba mi ideología política se iba posicionando cada vez más a la derecha. Claro cuando uno empieza a trabajar y tener sus propias cosas, la idea de la propiedad común ya no es tan divertida como cuando uno no tiene un quinto. Una cosa es ser el que va a recibir el patrimonio arrebatado supuestamente a los ricos, y otra cosa es distribuir el poco patrimonio que uno tiene entre los que no tienen nada, sabiendo que los ricos a la larga nunca van a ser afectados como siempre en la historia.

Sin embargo seguía con mis cuestionamientos a la Iglesia, llegué a la conclusión clara y meridiana que las iglesias sin importar cuales, todas estaban equivocadas. Casi todas ellas son grandes corporaciones que lucran con la fe de las personas. Cuando acabé mi carrera, hice una maestría en Derecho Civil, mis principales esfuerzos fueron dedicados al Derecho Romano, y así me puse a averiguar de historia, y la historia confirmó cada una mis teorías. Los comunistas decían en la universidad que la religión es el opio del pueblo, creo que es algo así, pero está muy vinculado a la falta de educación. Investigué todo lo que pude y no paré hasta los egipcios, caldeos y sumerios. Las primeras civilizaciones y sus credos. La aparición del ser humano en el planeta y lo antiguo que es nuestro sistema solar y lo bien que le fue antes que apareciese el hombre para destruir todo.

Algunos años después apareció Dan Brown y toda la polémica del Código DaVinci y aportó datos a la humanidad que para ese entonces yo ya tenía claros. En aquél entonces me declaré agnóstico con la angustia de no poder demostrar que Dios no existía pero tampoco que sí. Mi afán nunca fue demostrar la existencia o no de Dios, solo estar claro en cualquiera de las dos posibilidades. Siempre he tratado de ser consecuente con mis ideas. Admiro mucho a los ateos por su seguridad, pero siempre había algo que no me cuadraba en tanta certeza.

Lo cierto es que la fe es útil para mucha gente, y no hablo de la fe en determinado Dios o determinado credo. Me refiero a la fe. Hablar de la fe en UN Dios o en la iglesia católica es una postura obcecada. Hay gente que tiene fe en las vacas, en las ratas, en la reencarnación, en las aves carroñeras, en los rayos y truenos, en el sol, en los tigres, en los arco iris, en las piedras de colores, en las aguas de los ríos. Mientras las personas tengan fe en lo que quieran creer, y en virtud a esa fe hagan cosas para ser mejores, creo que la fe es útil si no indispensable. Si alguien cree con sinceridad en el poder de una piedra ¿Quién soy yo para imponerle otra fe en una imagen de yeso? ¿O peor aún, en un algo que no se puede tocar ni oler ni sentir y que esta persona nunca entenderá? Si usted es cristiano y viene una persona y le dice que está equivocado, que la salvación a su alma tiene que ver con renunciar a Jesús y adorar una vaca, ¿usted lo haría? ¿Entonces por qué la gente insiste en hacer exactamente lo opuesto como si solo lo opuesto fuese lo correcto?

Yo no creo en las religiones y eso es muy diferente a cuestionar la fe de las personas. Nunca he cuestionado la fe de ninguna persona pero si me pone muy mal que traten de catequizarme o evangelizarme. Reclamo tolerancia una vez más.

Bueno para terminar, un día encontré a Dios. Y no puedo decir que haya sido luego de un momento traumático o una epifanía o el resultado de una experiencia religiosa, me parece que fue resultado de esta larga búsqueda que no termina, de las lecturas de Stephen Hawking que me guió como nadie en ese camino y la información que recibí de ateos, comunistas, metafísicos, sacerdotes, mormones, pastores y hasta hechiceros y chamanes. Pero sobre todo de una búsqueda interior. Dios está dentro de uno mismo. Me sigo autodenominando agnóstico cuando me lo preguntan por contraposición, pero contraposición a las religiones, no en contraposición a la fe. Dios finalmente está donde siempre estuvo. Yo tengo la fortuna de haberlo encontrado y vivo en paz con ello. Esta nota no es una receta para encontrarlo o un mapa. Solo les cuento el camino que yo seguí. Sé también que el camino es diferente para cada uno. Lo importante es nunca perder la fe.

sábado, 7 de mayo de 2011

MAMITA

El recuerdo más antiguo que tengo de mamá es ella tejiendo.

No me avergüenza decir que casi todos mis paradigmas (los buenos y los malos) provienen de mi mamá. Soy lo que soy gracias a ella y nadie más. Gracias mamá porque estoy contento con la persona que soy y más contento con la persona que tú siempre has sido.

Mi mamá se quedó sin marido cuando yo estaba por nacer, el se fue con la otra. “Cuando una empresa fracasa hay que buscar otra” comentaría alguna vez papá refiriéndose a mamá, ese comentario desafortunado se me quedó grabado toda la vida.

Mamá se quedó conmigo y cinco hermanos más, soy el sexto. Cuando yo nacía la mayor de mis hermanas cumplía doce años. Todavía me cuesta trabajo imaginarme una mujer sola con seis hijos encima. No tengo ni una queja. Mi mamá hizo magia, nos alimentó razonablemente bien, con verduras, legumbres y todo aquello que podía comprar con la miserable pensión que daba papá. Todavía la recuerdo recorriendo el mercado de San Antonio, el Número Uno, La Chabela o El Palomar, anotando mentalmente los precios del perejil, de la papa, de la albahaca, del ajo, la cebolla. Comprando en un sitio, en otro, ahorrando diez centavos aquí, veinte allá. Cargando las bolsas, caminando con ellas hasta la casa para ahorrarse el pasaje del bus, ni pensar en taxi.

La recuerdo en las iglesias, rezando a los santos, en particular los de los milagros imposibles, al Cristo crucificado, a la virgen María, llorando, encendiendo velas, con su monederito pequeño donde guardaba sólo el pañuelo con el que se enjugaba las lágrimas al salir de las iglesias.

La recuerdo ahorrando y ahorrando, para preparar las ensaladas de navidad, el pollo relleno a falta de pavo, comprarnos un par de calcetines y envolverlo primorosamente en papel regalo para mantener la ilusión de la fiesta. La recuerdo ahorrando para preparar los platos tradicionales de semana santa, la mazamorra morada con pedacitos de manzana y clavo de olor, la mazamorra blanca y su inigualable arroz con leche que preparaba con tanto cariño y cuidado… que hasta hoy nunca he probado otro igual. Nunca olvido el monumental chupe de viernes y la deliciosa timpusca con sus peras flotando.

La recuerdo comprando los pescados más baratos y convertirlos en manjares, ella hasta ahora recuerda que yo me comía hasta los espinazos, sí, con un placer que me hace pasar la lengua por mis labios en este momento, lamia las espinas hasta dejarlas limpias y sorbía el líquido de las vértebras sólo para extender el placer de seguir probando la extraordinaria magia de la sazón de mamá.

Recuerdo también la deliciosa sopa de hueso de pollo, aún no logro darle ese sabor a mis sopas de pollo, he intentado con pechugas, con piernas, con espinazos, con piel, sin piel, con huesos, con papa, con chuño, con garbanzos y sin ellos, con orégano, con pasta concentrada, con ají no moto, ¡imposible!

Mi mamá es mi autora preferida del realismo mágico pero en la vida real; cuando leí Cien años de soledad, estaba seguro de que Úrsula Iguarán no era otra que mi mamá.

Mamá se quedó sin marido, rezó y peleó por seis años por él, también recurrió en su desesperación al humo del tabaco, a la hoja de coca, a los huairuros con imán y la ouija, pero al final desistió. Cerró las puertas de su corazón y se dedicó a nosotros. Mi papá fue el único hombre en la vida de mamá, el primero y el último en todos los sentidos. No sé si fue buena idea o no. No lo sé, ¿quién soy yo para juzgarla? Pero si de alguien aprendí integridad, fue de ella. ¡No sabes cuán orgulloso estoy de ti mamá!

Mamá tejía y bordaba cosas para venderlas y tener algo de dinero para vestirnos y alimentarnos. Recuerdo los secadores con los días de la semana, las fundas de las licuadoras, de los hornos, del balón de gas. Las servilletas, los ropones de bebé, las chompas de lana. Pero lo más lindo que he visto en mi vida eran los pisos a crochet, esos pisos que nunca supe cómo tomaban la forma de una flor de doble fila de pétalos. ¡Qué arte! ¡Qué perfección! Alguna vez llegó a vender algunos juegos de pisos en la feria del Fundo del Fierro. En casa cada adorno tenía un piso hecho por mamá, la recuerdo planchándolos con almidón, dándoles forma, con esa manía por la perfección que yo heredé hasta lo más profundo de mi ser. Nuevamente ¡gracias mamá!

Recuerdo a mi madre enseñándome a tejer, nunca pude con los palitos, pero si lo hacía más o menos bien con la crochet, mi primer (y último) tejido fue una colcha de diez por diez centímetros, color crema, con pequeños flecos de lana también, hasta hoy y durante más de treinta años, cubre al niño Jesús del nacimiento de mamá cada navidad.

Mamá casi nunca me negó un permiso, nunca me contradijo, nunca me cuestionó inclusive en mis épocas más rebeldes. Por alguna razón que desconozco tenía y tiene una ciega confianza en mí. Curiosamente nunca me asustó esa confianza, de alguna misteriosa manera yo también sabía desde siempre que nunca defraudaría esa confianza.

Yo no soy muy cariñoso, no soy de extrañar y no me gusta que me extrañen. Me di cuenta de ello la primera vez que me fui por largo tiempo de Arequipa, no soy de llamar. Si no me llaman no llamo, siempre pienso que las malas noticias llegan primero, así que si no sé nada de los demás, me parece que todo anda bien. Mamá sabe que soy así, casi nunca la llamo, pero ella sabe que siempre pienso en ella. Sé que ella piensa en mí también y pide a sus santos que me cuiden.

Yo no creo en varias cosas y mis más cercanos lo saben, pero tengo un respeto enorme por la fe de mamá. No conozco a ninguna persona con tanta fe. Por eso mis hermanos y yo, particularmente yo que no creo casi en nada, cuando me enfrento a una cuestión difícil o una entrevista de trabajo o algo similar, llamo a mamá y le pido que ponga una vela y rece por mí. Las veces que no he podido llamarla para avisarle me he sentido inseguro. Estoy pensando seriamente ahora que, para mí, mi mamá ya es una santa.

Soy malo para los regalos y esas cosas. Mi mamá sabe y últimamente le envío dinero y ellas se compra lo que quiera. Alguna vez le regalé un microondas, una cocina de cinco hornillas, algunos muebles, pero pienso que los regalos que más le gustaban eran las artesanías que hacía con mis propias manos cuando estaba en la escuela, debe ser así porque me doy cuenta que hasta ahora las tiene en la sala de la casa.

Ella guarda en su casa mis cajas con cientos libros que hasta ahora no sé dónde poner y mis títulos de la universidad en original. No se me ocurre mejor persona para ese encargo. Una vez mi hermano se quiso llevar mis cosas para una oficina que tiene desocupada para darle mayor espacio a mamá, ella me llamó y me dijo: “¡Mientras yo viva, nadie saca tus cosas de aquí!” ¡Ay mamá! ¡Cuánto te quiero!

Muchos papás hablan y hablan, mi mamá no hablaba mucho, casi todo lo que aprendí de ella fue con su ejemplo, con su integridad, con su vida de sacrificios. Aprendí a cocinar viéndola, a coser, a lavar y planchar la ropa, viéndola también. Nunca he necesitado a nadie que me prepare un bocadillo o un almuerzo, que me cosa un botón, que me haga la basta de un pantalón o me planche una camisa. Nunca se enseña mejor que con el ejemplo.

Mamá tiene once nietos, y ella ha cuidado a la mayoría de ellos como propios. A veces pienso que es inacabable. Nunca ha estado gravemente enferma, siempre se levanta temprano. Últimamente sufre con los resfriados. Últimamente la veo con su andar lento y todavía me calienta un plato de almuerzo cuando llego a Arequipa y la visito. A veces me provoca decirle que ya deje de hacer cosas, que descanse, pero sé que no es su naturaleza, mamá es una luchadora, descansar sería despojarla de sus ganas de vivir, ella necesita preocuparse por los hijos, por los nietos, por calentar el almuerzo, por si ya hemos comido o si estamos bien.

Recuerdo cuando volvía cansado de la universidad a las diez de la noche y mi cena siempre estaba allí, envuelta con una vieja frazada para que no se enfríe (no teníamos microondas en aquel entonces). Mamá siempre me esperó cuando llegaba tarde de la universidad, de las fiestas, cuando viajaba, creo que nunca dejó de esperarme y preocuparse por mí.

Cuando escribí mi tesis para ser abogado se la dediqué a mi mamá. Mi primer libro de poemas también. Creo que mamá se siente orgullosa de nosotros aunque no lo merezcamos y eso es un buen premio. Estoy seguro de que todos piensan que su mamá es la mejor del mundo. Yo también. No me gustan las canciones deprimentes del día de la madre, ni los deseos y parabienes trillados y dramáticos. Por eso escribí esta nota, en positivo. Es mi regalo del día de la madre para ti mamá. ¡Te amo mamita!

sábado, 30 de abril de 2011

LA DIVINIDAD DE JESUS Y LOS CONCILIOS ECUMENICOS

El nacimiento de Jesús dio a inicio a nuestra era, de acuerdo al sistema calendario que actualmente usamos en el mundo occidental. Si se revisa cualquier texto serio de historia, se podrá verificar que el indicado año de nacimiento equivalente al año 753 del calendario romano. Jesús murió el año treinta y tres, a la edad, precisamente de treinta y tres años. Pero este Jesús es el Jesús Divino, aquel en el que todo el respetabilísimo mundo cristiano cree, gracias a la libertad de credos y cultos imperante en los pueblos civilizados.

Sin embargo existe también el Jesús histórico, que aunque negado permanentemente por la Iglesia Católica, se abre paso poco a poco sorteando las trampas del tiempo, gracias a la labor de reconocidos historiadores de todo el globo. Este Jesús histórico no nació el año 753 romano como se ha dicho. La Iglesia Católica afortunadamente (pero de manera muy discreta) recientemente ha reconocido un error de cálculo matemático de sus historiadores. Documentos oficiales del Imperio Romano detallan que Herodes, Rey de Judea en la época en que nació Jesús, y que como se sabe, de acuerdo a las fuentes bíblicas, ordenó la muerte de los neonatos de la zona con la intención de asesinar a Jesús recién nacido, murió el año 749. Por tanto es materialmente imposible que el nacimiento se haya producido el año 753, puesto que Herodes habría muerto cuatro años antes. Y en segundo lugar, de acuerdo a los mismos documentos oficiales, aparece que fue el año 746 que el pretor Quirino ordenó un censo, que tenía la particularidad de que el empadronamiento debía ser en el lugar de nacimiento y no en el de residencia; situación que llevó a María y a José a Belén, donde nació Jesús durante la travesía. Por tanto resulta inequívoco que el año de nacimiento fue el mismo del censo: 746, esto es siete años antes de la fecha que se determinó en la Edad Media. Lo que nos indica de manera irrefutable que Jesús murió crucificado en realidad a la edad de cuarenta años en el Gólgota.

Este error en el cálculo en la edad del Jesús histórico es el primer eslabón de una larga cadena de errores e imprecisiones históricas, sin embargo lo que mucha gente no conoce es el tránsito histórico de las convenciones acerca de la divinidad de Jesús y cuya principal evidencia son precisamente los Concilios Ecuménicos celebrados por la Iglesia Católica a lo largo de estos últimos dos mil años.

La Iglesia Católica como sociedad, cuenta, al igual que los estados modernos, con tres poderes dentro de su ámbito religioso: legislativo, judicial y ejecutivo.

Debido a ello y a fin de establecer sus normas internas referidas a la doctrina, a la moral o a la disciplina de la institución, las que deberían ser seguidas por sus fieles, la Iglesia reúne a sus principales miembros a fin de resolver problemas internos o definir posturas frente a otros credos e incluso otros estados. Las indicadas reuniones o asambleas reciben por nombre el de Concilios, estos pueden ser locales o regionales, pero si la asamblea o concilio convoca a toda la Iglesia a nivel mundial recibe el nombre de “ecuménico.” En ese caso lo usual es que el Papa concurra personalmente a fin de presidir la asamblea o en caso de salud o imposibilidad temporal es representado por Legados.

Normalmente los concilios han sido invocados con el fin de que el Papa proclame un dogma, establezca reformas en la estructura burocrática de la Iglesia o para condenar alguna herejía o como en los últimos concilios para crear nuevos pecados o raramente eliminar algunos.

Al inicio de los debates, que pueden durar varias sesiones e incluso años, los intervinientes juran que permanecerán fieles a la Iglesia y al Papa, el juramento como se le conoce hoy fue creado y escrito por el papa Gregorio VII en el año 1709.

El Papa, como líder supremo de la Iglesia, decide cuáles serán los temas que serán discutidos en el Concilio. De la misma manera a su simple arbitrio puede interrumpir las sesiones, postergarlas o diferirlas. Dada la complejidad de algunos temas, al igual que los modernos congresos, el trabajo se divide en comisiones, las que alcanzan conclusiones preliminares que luego son sometidas al voto del pleno. Dichos votos son nominales y por mayoría simple. Sin embargo esto en la práctica resulta siendo un simple simbolismo o formalidad, ya que históricamente siempre ha prevalecido el punto de vista del Papa de turno en cada concilio.

Una vez que el acuerdo es aprobado por el Papa, las conclusiones del Concilio son promulgadas por medio de una Bula.

El primer concilio fue el de Nicea, llamado I de Nicea. Se llevó a cabo el año 325. Recuérdese el contexto: recién el emperador Constantino I se había convertido al cristianismo, las persecuciones a los cristianos habían terminado gracias al Edicto de Milán. Sin embargo el primer problema al que se enfrentó el cristianismo incipiente fue la herejía Arria, propugnada por Arrio, sacerdote alejandrino que negaba abiertamente la divinidad de Jesús y obviamente la concepción de la trinidad. La propuesta de Arrio había captado una gran cantidad de seguidores, lo que significaba un grave problema político para la recién instaurada religión oficial.

Constantino I, entonces, convoca el Concilio. En este y aunque resulte difícil de creer, se sometió a votación la divinidad de Jesús (posición defendida por Atanasio, diácono de Alejandría), obteniendo esta propuesta la mayoría (siendo irrelevante si fue ajustada o abrumadora) y por tanto se procedió a declarar como verdad absoluta la divinidad de Jesús, constituyéndose así en Verbo, verdadero hijo de Dios, de la misma substancia del Padre y por tanto verdadero Dios. De la misma manera en este concilio se fijó recién la fecha de la pascua y se determinó la fecha en que se celebraría el nacimiento de Jesús: El 25 de diciembre.

Así quedó Jesús elevado a la categoría de Divinidad casi 300 años después de su muerte y, tal como señalara alguna vez Nietzsche, probablemente en contra de sus deseos.

En el año 381 se celebró el Concilio I de Constantinopla, ello debido a que un líder de la Iglesia en Constantinopla, de nombre Macedonio, propuso que si efectivamente Jesús, como verbo, era Divino, no lo era el Espíritu Santo; quien en todo caso tendría una posición intermedia, similar a la de los ángeles, cuya misión sería la de suministrar las gracias a los creyentes.

A los seguidores de esta teoría se les llamó macedonianos, se les condenó de herejes y se reafirmó la divinidad del Espíritu Santo, por votación también, como ya se explicó.

El año 431 se celebró el concilio de Éfeso, en este se condenaron las ideas de Nestorio, líder de la Iglesia en Constantinopla también, quien afirmaba que Jesús era puro hombre en cuyo interior habitaba el Hijo de Dios. De la misma manera afirmaba en esa secuencia lógica que si Jesús no era divino, tampoco podría serlo María. El mismo destino siguieron las doctrinas de Pelagio y Celestino, quienes negaban que hayamos heredado el pecado original de Adán y señalaban que el ser humano es básicamente bondadoso en esencia, y es capaz de hacer el bien sin necesidad de la intervención divina.

En el año 451 se llevó a cabo el concilio de Calcedonia. Ante la aparición de los monofisitas se procedió a convocar este Concilio, los monofisitas proponían que las naturalezas divina y humana de Jesús estaban unidas o fusionadas, y en el proceso había sido una especie de absorción de la naturaleza humana por la divina. Esta teoría fue defendida por Dióscoro, patriarca de Alejandría y por el abad Eutiques (su teoría se llamó eutiquianismo).

Por supuesto estas ideas también fueron condenadas de herejes y se afirmó (y aprobó) la doble naturaleza del Cristo, humana y divina, ambas perfectas.

A pesar del concilio de Calcedonia, los monofisitas formaron facciones en el Medio Oriente y norte de África, motivo por el cual en el año 553 se convocó el concilio II de Constantinopla. Curiosamente este concilio no fue liderado por el papa Virgilio, sino más bien por el memorable emperador Justiniano, a quien se recuerda por las Institutas de Justiniano, recopilación de normas del derecho clásico romano que aún se estudian en las facultades de derecho. En este Concilio se condenan los llamados errores derivados del Nestorianismo. Se condenaron a la herejía los escritos de Teodoro de Mopsuestia y de Teodoro de Ciro contra San Cirilo y el Concilio de Efeso. Es en esta época que se puede afirmar que se inició una férrea y feroz persecución y condena a cualquier idea que fuese contraria a los intereses de la Iglesia Católica

Se confirma la condenación de las herejías que ya se habían previsto en los concilios anteriores respecto a la trinidad y la cristología.

Concilio III de Constantinopla. (680-681). En este se condena el monotelismo, idea atribuida a Sergio, patriarca de Constantinopla, la que consistía en afirmar que Cristo tenía dos naturalezas, pero una sola voluntad. Este artificio lógico estaba basado en una buena intención, Sergio quería reincorporar a los monofisitas sin tener que ir en contra del dogma de la Iglesia. Lamentablemente el Concilio no lo vio así y Sergio fue declarado hereje. Se aprobó que en Cristo, a pesar de ser una sola persona, hay dos voluntades, así como hay dos naturalezas.

El concilio II de Nicea en el año 787 se convoca debido al surgimiento de los iconoclastas, quienes negaban la adoración a las imágenes. Cómo se sabe ícono es sinónimo de imagen. El cristianismo primitivo mezclado con otras creencias de esa época contemplaba la adoración o culto a imágenes que representaban a santos, mártires e incluso al mismo Jesús o su madre María, lo que se aprecia claramente de los hallazgos de las catacumbas romanas donde se ocultaban los cristianos perseguidos. Los iconoclastas (que destruyen íconos), debido a una interpretación exegética de la biblia, llegaron a la conclusión de que Dios no permitía el culto de imágenes o íconos, llegando a destruir públicamente muchos de ellos, por ello el apelativo. En algún momento los mismos emperadores de la Roma Oriental promovieron persecuciones a quienes adoraban imágenes, por su parte San Juan Damasceno y San Germán de Constantinopla se inmolaron como mártires de la Iglesia al defender esta forma de culto.

Con este nuevo problema que afectaba la estructura política y unidad de la Iglesia se convoca el concilio. Se resuelve el conflicto estableciendo que la Iglesia Católica acepta el culto a las imágenes, haciendo una curiosa y fina distinción entre lo que es el culto de veneración que es el que se puede rendir a las imágenes y el culto de adoración, que es exclusivamente para Dios.

El Concilio IV de Constantinopla (869-970) se convoca debido al ya evidente conflicto entre el Imperio Romano de Occidente y Oriente, que a su vez provoca también el cisma en la Iglesia. Focio, patriarca de Constantinopla promovió toda serie de acciones a fin de exacerbar la división. Se condena a Focio, se confirma el culto a las imágenes y se concluye en algo sumamente importante desde el punto de vista político: Se afirma el primado o supremacía del papa romano sobre cualquier otro jerarca de la Iglesia.

Ya no se volvería a celebrar una concilio en Oriente, en el siglo XI se produce la separación definitiva de la Iglesia Romana y la de Oriente o de Constantinopla.

Concilio I de Letrán, año 1123. Se resuelve el problema de las investiduras (Concordato de Worms). Se autoriza el inicio de las cruzadas. El problema de las investiduras radicaba en que en muchas provincias y reinos era el poder civil quien nombraba a los cargos eclesiásticos, incluso Obispos, muchos de estos nombramientos se realizaban sólo por parentesco sin evaluar las calidades de la persona o su vocación. El concordato de Worms recién establece que sólo la Iglesia puede investir sacerdotes y sobre todo Obispos. De igual manera se condena la simonía y el concubinato de los eclesiásticos como herejías.

Concilio II de Letrán. Año 1139. Se convoca a fin de establecer reglas acerca de la disciplina y buenas costumbres del clero.

Concilio III de Letrán. Año 1179. Aparecen los cátaros (puros) quienes hacían una interpretación fundamentalista de la Biblia y proponían retornar a las raíces del cristianismo y los votos de pobreza. Negaban la resurrección de las almas y admitían la reencarnación.

Como es obvio todos ellos fueron condenados como herejes y sistemáticamente exterminados.

También en este concilio se estableció como regla de elección de los nuevos papas que el candidato tendría que obtener los dos tercios de los votos de los cardenales del Cónclave. Se establecen nuevas normas contra la simonía.

Concilio IV de Letrán. Año 1215. Aparecen los albigenses y valdenses quienes se conformaron como sectas cristianas rebeldes, también proponían los votos de pobreza y se les acusó de hechiceros. Fueron los primeros en proponer la libre interpretación de la Biblia. Se les condenó de herejía.

Se establecieron normas sobre los impedimentos matrimoniales y se impuso la obligación de la confesión anual y de la comunión pascual. Se sometieron al voto cruciales definiciones sobre la trinidad, la creación, Cristo y los sacramentos.

Concilio I de Lyon. Año 1245. La iglesia de Oriente intenta reanudar relaciones con la Iglesia Romana, se establecen ciertos acuerdos y reglas, sin embargo al retornar los lideres a Oriente son rechazados y tratados de traidores y vendidos. Fracasa la unión, sin embargo surge una facción de la iglesia en Oriente llamada “Uniatas” que todavía hoy en día permanecen fieles a la Iglesia Católica.

Concilio II de Lyon. Año 1274. Se reafirma la doctrina acerca del Espíritu Santo, que procede el Padre y del Hijo como un solo principio. Se somete a voto la doctrina sobre el destino de las almas luego de la muerte.

Concilio de Vienne. Año 1311. Luego de que la orden de los Templarios fuese creada, y se hiciera una fuerte y poderosa organización en Europa, se volvió ciertamente incómoda para la Iglesia. Reyes y señores feudales cultivaron celos y envida contra esta orden y se encargaron de sembrarlos también en el papado. Fueron condenados y el papa Clemente V decidió la supresión de la Orden, siendo luego totalmente extinguida mediante el asesinato de casi todos sus miembros en Europa.

Igualmente fueron condenados por herejes los Begardos y Beguinas, que eran asociaciones de ambos sexos que se dedicaban a la oración y la caridad. Proponían la perfección espiritual y afirmaban que el alma es verdadera y esencialmente forma parte del cuerpo.

Concilio de Constanza. (1414-1418). Se condenaron las ideas de Juan Wickleff (inglés) y Juan Huss (bohemio), así como Jerónimo de Praga, quienes se rebelaron contra el dogma romano, criticándolo y declarando inaceptable la injerencia de Roma sobre el clero de sus respectivos pueblos. Son los primeros movimientos para la creación de Estados Nación en Europa ya que entendían que la independencia política debía estar ligada a la independencia religiosa.

Concilio de Ferrara - Florencia. (1438-1442). Se procura la reconciliación de griegos y latinos. También se trató acerca de la reforma de la Iglesia.

En el concilio V de Letrán. (1512-1517) Se trató básicamente acerca de reglas de disciplina para el clero quienes venían incurriendo en prácticas escandalosas. Igualmente se plantearon definiciones acerca del alma humana, admitiendo (lo que habían negado antes) que forma parte del cuerpo, pero que es inmortal, así como es propia para cada hombre.

Uno de los concilios más importantes es el de Trento. (1545-1563). En este, en el que participaron tres papas: Paulo III, Julio III y Pío IV, se procuró combatir y condenar el protestantismo que recientemente había surgido, provocando una de las mayores crisis de la Iglesia, ya que se terminó con casi milenio y medio de monopolio de la fe.

A raíz de la revolución protestante de Martín Lutero, la iglesia tuvo que replantear su estructura y su doctrina. Se aclararon conceptos de los dogmas, se les dio un mayor rigor filosófico y teológico a fin de impedir que en el futuro nuevas ideas pudieran poner las creencias en tela de juicio. Obviamente se condenó a Lutero como hereje.

El concilio Vaticano I. (1869-1870). Se celebró a fin de condenar el racionalismo y el galicanismo. El galicanismo consistía en reconocer que el papa tenía la facultad de decidir las cuestiones en materia de fe, pero estas se hacían infalibles sólo si las aceptaba la Iglesia mediante el Concilio. En este concilio se decidió que las opiniones del papa son infalibles (nunca se equivoca) cuando este se dirige al pueblo cristiano haciendo uso de su suprema autoridad apostólica "Ex Cathedra" y lo sostenido por él, constituye dogma de fe. A esto se le llama “Infalibilidad Pontificia.”

Los presupuestos copulativos para que se produzca la “Infalibilidad Pontificia” son:
a) Cuando enseña una cosa referente al dogma o moral cristianos;
b) Cuando se dirige a la Iglesia Universal;
c) Cuando habla en su calidad de Maestro supremo de la cristiandad;
Si falta una de estas condiciones, el papa no es infalible.

También se precisó que textualmente que "La Iglesia es, pues, monarquía de derecho divino, y el Papa recibe plena potestad directamente de Dios."

Se define también el dogma de la Inmaculada Concepción.

Concilio Vaticano II. (1962-1965). Iniciado por el Papa Juan XXIII y clausurado por el Papa Pablo VI. Uno de los eventos más grandes de la Iglesia, puesto que fue la ocasión donde concurrieron la mayor cantidad de representantes de todo el mundo. El objetivo fue el "agiornamento" de la Iglesia, una renovación y puesta al día de sus dogmas.

Se procuró la unión de todos los cristianos, católicos o no. Una de las ideas principales fue procurar actualizar la institución sin necesidad de redefinir dogmas. Por primera vez se trató acerca de la libertad religiosa.

Este concilio finalmente produjo dieciséis documentos (que todo católico debería conocer) y que son: Cuatro constituciones, nueve decretos y tres declaraciones.

Las Cuatro Constituciones cuyo valor es teológico y doctrinal son:
1.- La Iglesia, "Luz de las naciones" - "Lumen Gentium". La iglesia es el pueblo de Dios. María es la madre de la Iglesia.
2.- La Sagrada Liturgia. En la liturgia, Jesucristo mismo obra como sacerdote, unido a todos los bautizados.
3.- La Iglesia en el mundo actual. "Schema XIII" - "Gaudium et spes". La Iglesia es solidaria con el género humano en su totalidad. Problemas urgentes: La familia, la cultura, la vida económico – social, la vida política y la vida internacional.
4.- La Revelación Divina. "Dei Verbum" La iglesia propone una interpretación de las escrituras desde un ángulo contextual y no puramente textual.

Los Nueve Decretos que contienen decisiones de alcance práctico normativo o disciplinario.
1.- La actividad misionera de la Iglesia que debe respetar sus condiciones sociales y culturales de las personas.
2.- Vida y ministerio de los sacerdotes, quienes son servidores de Cristo y de sus hermanos los seres humanos.
3.- Renovación de la vida religiosa. Promueve la participación en la vida de la Iglesia por parte de las órdenes religiosas.
4.- La educación cristiana. Todo hombre tiene derecho a la educación. La familia es la primera responsable.
5.- La misión de los obispos. Participan en el cuidado de todas las Iglesias.
6.- Formación de los sacerdotes.
7.- Apostolado de los seglares. "Apostolicam actuositatem" Se les reconoce a los laicos el deber y derecho de ser apóstoles de Cristo.
8.- Las Iglesias Orientales Católicas. La variedad en la Iglesia no daña su unidad, sino que manifiesta su riqueza espiritual.
9.- El ecumenismo. "Unitatis Redintegratio" Promover la restauración de la unidad entre todos los cristianos.

Las Tres Declaraciones, que son la expresión de la etapa de investigación y aclaración.
1.- La libertad religiosa. La verdad no se impone más que por la fuerza de la verdad.
2.- Los medios de comunicación social. Prensa, cine, radio, TV, deben contribuir a la justicia y a la verdad.
3.- Las relaciones de la Iglesia con las religiones no - cristianas. La Iglesia mira con estima las demás religiones, porque contienen una parte de verdad. Rechaza toda discriminación racial o religiosa.

* * *

Como se puede ver, el tránsito azaroso de la Iglesia en la antigüedad y las últimas reformas a fin de adaptarse a la sociedad moderna han dado como resultado la institución que tenemos hoy en día. Si bien ha procurado modernizarse, lamentablemente muchos cambios han sido tardíos y muchas decisiones se han tornando en simplemente declarativas en la medida que los propios miembros de la iglesia no suelen practicar las reglas de tolerancia y justicia que la Iglesia propone. Se vive un cambio generacional que estoy seguro afectará gravemente a la Iglesia católica a nivel mundial. Dentro de treinta años, se tendrán que adoptar serias decisiones en base a profundas reflexiones por parte de los jerarcas de la Iglesia para una eventual reforma conforme a los actuales tiempos. De igual manera creo que el conocimiento del Jesús histórico no resta validez a la existencia del Jesús divino, objeto de fe de miles de personas y en cuya existencia muchos encuentran consuelo y paz. De todas formas espero que este breve resumen sirva para un mejor conocimiento de esta institución histórica por parte de los que no creen para que procuremos ser tolerantes con sus miembros y particularmente de los que sí creen para que procuren ser tolerantes con los que no practican su fe.

domingo, 16 de enero de 2011

LA NOCHE INOLVIDABLE DE NANET (Cuento)

Nanet salió del bistró riendo a carcajadas, se había divertido a raudales mientras bebía unas copas para calentar el cuerpo con el jefe de la policía del barrio quince de París, pero ya eran las nueve y era momento de salir a buscar clientes, caminó rápidamente por la Rue de la Croix Nivert, mientras encendía un cigarrillo. Al llegar a la esquina de siempre sintió la falta de su abrigo, lo había dejado en el bistró para que no le estorbara. Aún era temprano, se acomodó la corta falda y empezó a caminar para entrar en calor. A unos diez metros se acercó un hombre apuesto, de traje, negociaron la tarifa y se fueron juntos a uno de los hoteles de la Rue de Vaugirard a pocas cuadras de la Porte de Versailles. Una vez en el cuarto Nanet empezó a desvestirse rápidamente, pero el hombre le hizo una seña para que se detenga. Nanet sonrió y se detuvo, estaba acostumbrada a recibir y cumplir órdenes, siempre que le paguen el precio por ello. Se sentó en la cama y miró al extraño, le inquietó su mirada.
- Si vas a querer algo raro te va a costar más – dijo coquetamente Nanet.
- El dinero no es problema – contestó el hombre - ¿Cómo te llamas? – agregó.
- Nanet es mi nombre, ¿y el señor tiene uno? – replicó mientras se ponía de pie y caminaba lentamente hacia su cliente.
- Andelko – respondió el hombre distante pero esbozando luego una sonrisa lánguida mientras se quitaba el abrigo y sentaba en una silla.

Nanet aún de pie miró al sujeto abriendo los ojos exageradamente en señal de amable impaciencia. Andelko le hizo una seña para que apague la luz principal de la habitación y deje encendidas las lámparas de pared. Nanet obedeció inmediatamente pero sin prisa, sabía cómo tratar a un cliente que a todas luces era rico. Mientras se desplazaba por la habitación Andelko confirmó lo que ya había anticipado horas antes, cuando siguió a Nanet desde el bistró hasta la Rue Lecourbe donde la abordó, tenía el cuerpo firme, aún no estaba maltratado por el trabajo, la bebida o las malas noches, debía tener veinte o veintiún años. Sus cabellos negros lacios caían adorablemente sobre su espalda blanca adornada con diminutas pecas. Sus ojos verdes resaltaban en un rostro fino y de agraciados rasgos que el maquillaje barato no había conseguido afear. Las proporciones de sus caderas y senos eran generosas sin llegar a ser exageradas. Sonrió nuevamente. Sentado en la silla y sin dejar su postura elegante extrajo quinientos francos de su cartera y los puso sobre la mesa de noche, el rostro de Nanet se iluminó.
- Quítate la ropa lentamente – ordenó Andelko con voz paternal.
- Lo que desee el señor – contestó Nanet lanzando un atrevido beso al aire con sus carnosos labios rojos.

Andelko se acomodó sobre la silla, Nanet se puso de pie frente a él. A pesar de su juventud, conocía el oficio. Separó sus piernas y se agachó sujetando sus tobillos con ambas manos, se incorporó lentamente acariciando sus piernas en toda su extensión. Una vez erguida abrió su blusa con una mano mientras con la otra recorría la circunferencia de sus senos, dejó aparecer sus hombros perfectos y deslizó la blusa dejando a la vista un delicado corsé, hizo una media vuelta grácil y empezó a bajar el cierre de la falda, la que dejó descender por sus piernas moviendo las caderas de un lado a otro hasta que se detuvo en el suelo. Saltó como quien sale de un charco y se sentó en las piernas de Andelko, lo miró por sobre el hombro y con una mano señaló el cordón del corsé, Andelko entendió rápidamente y con firme suavidad desató y aflojó el cordón. Nanet se puso de pie y jugueteó con la lencería, se despojó del ceñidor dejando por fin a la vista sus hermosos senos turgentes coronados por dos pezones rosados aún adormitados. Andelko sonrió complacido y dibujó un par de círculos en el aire con su dedo índice como señal para que el espectáculo continúe, Nanet se entusiasmó sabiendo que su espectador estaba contento. Se había propuesto disfrutar esta noche, eran pocas las veces que tenía la oportunidad de tener un cliente tan elegante, atractivo y limpio. Desabrochó uno por uno los broches del portaligas y se sentó en la cama para sacarse las medias lentamente. Tenía las piernas bien formadas, perfectamente depiladas. Se quitó luego el portaligas y finalmente en un acto de lujuriosa provocación se tocó el sexo por encima de las bragas, se recostó en la cama y levantando las piernas a lo alto se despojó de ellas. Se recostó sobre el lecho y Andelko negó con la cabeza, Nanet se incorporó sin levantarse por completo y dio unas palmaditas sobre el colchón.
- ¿Quiere el señor que le quite la ropa? – dijo tratando de parecer sensual.
- No – dijo Andelko.
- ¿Desea el señor que…? – iba a continuar Nanet, pero Andelko la detuvo sin tocarla.
Nanet sintió que una fuerza sobrecogedora la inmovilizó, su piel se erizó de extremo a extremo y sintió unas incontenibles ganas de llorar. Andelko la miraba sin expresión.
- No te muevas – dijo Andelko calmado.
Nanet trató de gritar pero no pudo. Sintió como los ojos del hombre recorrían su cuerpo y tembló, sin embargo un delicioso calor inundó su vientre y se extendió por todo su cuerpo mientras Andelko se incorporaba de la silla, cerró los ojos y dejó caer su cabeza sobre la almohada en espera de lo que tuviera que pasar.

* * *

Andelko Volkodlak nació hace más de cuatrocientos años en el noreste de Europa, en la antigua Ljubljana. Ya no recordaba los colores ni las voces de esa época. Habían pasado tantas cosas desde el momento en que volvió a nacer que esas imágenes eran sólo manchas borrosas. Su capacidad de entender e interpretar las cosas a su alrededor sin embargo no había menguando con el tiempo, más bien se había hecho más aguda. Había aprendido que los cuentos que se contaban sobre él y su especie eran precisamente eso, cuentos y mitos con poco o nada de verdad. El supuesto poder de la cruz o del agua bendita para conjurarlos era un patético invento medieval sin ninguna justificación histórica, sobre todo cuando aprendió que su especie era mucho más antigua que el propio cristianismo. Las estacas de madera y los decapitamientos no eran otra cosa que parte del folklor rumano para adornar las historias de un dictador sanguinario. No se necesita ser un científico para darse cuenta que ningún ser puede sobrevivir sin cabeza o con la mutilación severa de un órgano vital como el corazón o los pulmones. El hecho de tener una fortaleza y resistencia física superior al promedio de los mortales y la incapacidad de envejecimiento de sus células no los hacía inmunes a las heridas graves, pérdida de extremidades o desangramiento. Era cierto que no enfermaban, pero se debía entre otras cosas a que no tenían los terribles hábitos de alimentación de los humanos. Los de su especie, contradiciendo al mito, comían socialmente, normalmente ensaladas exóticas, caviar o carnes muy finas especialmente preparadas. No era alimento, para ellos era otra forma más de placer. Algo que le pareció siempre carente de todo fundamento era el pretendido poder repelente del ajo. Él particularmente disfrutaba mucho del aroma del ajo, era uno de los pocos olores que lograba establecer un vínculo con su juventud en forma mortal y con las tierras fértiles donde sus padres lo criaron. Todo lo demás, balas de plata, oraciones y sacramentos, eran inventos de fanáticos religiosos que perdían más tiempo en inventar nuevos demonios que en purificar sus almas o por lo menos disfrutar de sus insípidas existencias.

Los devastadores efectos de los rayos solares en su organismo y la atribuida costumbre de dormir en ataúdes era probablemente la única mentira que tenía cierta explicación en la realidad. Él y los de su especie necesitaban del anonimato para subsistir, anonimato que se había hecho sumamente difícil mantener a lo largo de los siglos y más aún a la luz del día. Nunca faltaba alguien que recordaba haberlo visto en otra ciudad muchos años antes y que se percataba de la ausencia de señales de envejecimiento. Resultaba difícil dar explicaciones satisfactorias. De la misma manera tener una actividad económica o comercial implicaba verse obligado a desaparecer luego de un tiempo, inventando fallecimientos dramáticos que generaba a su vez todo un procedimiento legal para poder mantener el patrimonio adquirido y procurar retomarlo luego años después, cuando normalmente los testaferros y albaceas ya habían despilfarrado toda la fortuna. Con el tiempo los que eran como él se habían hecho expertos en hacer negocios que trascendían las generaciones, ellos fueron los inventores de los fideicomisos y las fundaciones. Congéneres suyos diseñaron los mecanismos de los actuales bancos cuyas raíces aparecieron recién en la edad media, allá entre Venecia y Parma. Hoy en día eran dueños de derechos y acciones de los bancos más grandes de Europa. La mayoría tenía participaciones en el incalculable patrimonio de la Iglesia. Las iglesias eran y seguían siendo los lugares más apropiados para vivir y mantenerse alejados de la comunidad ya sea disfrazados de monjes, jardineros o cuidadores. Otros habían optado por incorporarse a logias herméticas donde adquirían el poder suficiente para manejar los gobiernos de las nuevas ciudades y sus registros civiles y así poder crear identidades para quienes las precisaran. La eternidad es costosa y requiere de recursos para satisfacer las necesidades que de ella se derivan. Con los años y la experiencia ganada se adquieren gustos caros, predilección por los restaurantes finos, clubes sociales, conciertos de cámara, galerías de arte, joyería y ropa de buena factura además de otros innumerables detalles. Los bares decadentes y los barrios bajos eran sólo campos de cacería. No se le ocurría cómo un tipo que duerme todo el día en una caja y sólo sale en la noche para alimentarse podría mantener un estilo de vida como aquel al que él y sus semejantes se habían acostumbrado. Era por estas razones que entendía que muchos de sus congéneres prefirieran la noche para salir a recorrer la ciudad y cazar, él mismo se había hecho cada vez más nocturno. A altas horas de la noche las personas preguntan menos, se fijan menos. Las mujeres decentes se quedan en sus casas y los maridos decentes se quedan con ellas o en la casa de sus amantes claro, pero no en las calles. Las ciudades grandes eran ideales y París se había hecho perfecta para estos fines. Ahora veinte años después de la segunda gran guerra y estando totalmente reconstruida albergaba un mayor número de desconocidos, viajeros y turistas entre los cuales podía pasar desapercibido. Curiosamente el problema no era conseguir el alimento vital, aprendió que las sospechas sobre la permanente buena salud de los suyos y la evidente incapacidad de envejecer no provenían de la curiosidad o la observación de las personas, si no de la envidia.

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Nanet permanecía recostada, con los ojos cerrados, esperando. Percibió cómo Andelko se despojó de sus ropas lentamente, mientras lo hacía pudo sentir su mirada recorriéndole el cuerpo, sufrió un espasmo involuntario cuando sintió su mano acariciándole la pantorrilla derecha. Rió nerviosa, pero no podía ocultar su excitación, en estos últimos dos años había aprendido a controlar la situación, fingir cuando era necesario, pero nunca dejarse llevar, sin embargo ahora no podía evitar hacerlo.

Abrió los ojos, la escasa luz no le impidió ver el cuerpo fuerte de Andelko, irradiaba una masculinidad madura mezclada con el vigor de la juventud. Sus manos eran fuertes pero con la suavidad propia del terciopelo, sintió su voz que le quemaba los oídos, en particular ese acento que la empezaba a volver loca y hacía estragos en su respiración, los dedos de Andelko acariciaron su rodilla, su muslo, sintió su lengua maravillosamente áspera lamiendo su tobillo, transitando por su empeine, deteniéndose cerca de sus dedos. Un choque de electricidad la estremeció cuando sintió que el hombre se introducía uno a uno los dedos de su pie derecho en la boca y los besaba y lamía lentamente, hizo lo mismo con el otro, lamiendo cada dedo mientras acariciaba el arco del pie y el talón. Sintió esa lengua venenosa subir nuevamente por su piel hasta la parte posterior de la rodilla, cuando llegó al muslo tomó conciencia de que estaba totalmente a merced de los deseos y caprichos de Andelko. Sus caderas empezaban a describir un vaivén lento en contra de su voluntad. La lengua del hombre se abrió paso entre sus muslos y ella cedió, los separó y apoyó sus pies en las espaldas de él, Andelko hundió el rostro bajo su vientre, ella le ofreció su monte de venus en plenitud y él se embriagó del olor agridulce y acre; cerró los ojos y respiró profundamente para llenar sus pulmones de ese aroma salvaje a sexo compartido, se sumergió por completo en los fluidos desbordantes de Nanet y buscó desesperadamente con la lengua cada hendidura, cada pliegue, cada nervadura y cada protuberancia. Nanet se desvanecía, su pecho agitado, sus gemidos enrevesados y el ritmo de su respiración anunciaban el inminente apogeo de su excitación; de pronto su respiración se detuvo, trató de morder sus labios pero los nervios de su rostro ya no le respondían, su vientre, glúteos y muslos entraron en un estado de tensión casi doloroso y desde lo profundo de su ser sintió venir desde lejos y a velocidad de galope una maravillosa erupción desbordante de placer que inundó todo su cuerpo hasta el último músculo y nervio como nunca antes lo había experimentado.

Andelko, acarició el vientre y las caderas de Nanet suavemente hasta que recuperó la respiración, la miró con los ojos llenos de fuego y Nanet entendió rápidamente que ese era sólo el principio y agradeció a Dios la suerte que le había tocado. Andelko tomó a su presa por las caderas y con una firme presión hizo girar su cuerpo de manera que quedara boca abajo, Nanet se asustó un poco pero lo dejó hacer. Andelko acarició su espalda, lentamente y con fruición, presionó sus dedos en ese cuello fino, lo sintió frágil, casi podía sentir su pulso a través de las venas, pasó sus manos hacia el pecho de ella y desde atrás acarició sus senos, redescubriendo su calor, su textura y su volumen. Nanet, desde esa posición, mientras disfrutaba las caricias de su amante, pudo sentir rozando en la parte interna de sus muslos la virilidad en apogeo buscando cobijo, se acomodó a la altura con un ágil desplazamiento de sus rodillas y Andelko con una suave embestida hizo el resto. Nanet estrujó como pudo las sabanas de la cama con ambas manos mientras el vaivén de sus caderas iba en inexorable aumento. El sexo de Andelko quemaba sus entrañas brindándole un placer hasta ahora desconocido, se sentía totalmente poseída, las manos de él en sus caderas marcando el ritmo eran solo un elemento, había una fuerza superior, un dominio absoluto que la sometía pero al que no quería renunciar. Su cuerpo nuevamente se preparaba para lo inevitable, Andelko se detuvo de golpe. Con una fuerza descomunal la tomó de la cintura y la cargó en sus poderosos brazos, ahora recostada en la cama recibió sobre sí el peso del hombre, de ese cuerpo fuerte y varonil que le venía dando tanto placer, por unos segundos se sintió protegida, se preguntó si este sujeto tan distinto y distinguido se fijaría en una mujer como ella, si no fuese así, este día lo recordaría por mucho tiempo, mejor aún, nunca lo olvidaría. Andelko dentro de ella se movía sabiamente, acariciaba cada rincón de ese cuerpo magnífico de seda, recorría cada curva, disfrutaba cada detalle para guardarlo en su memoria, para evitar que el día de mañana sea sólo un amargo sedimento en su piel. Nanet rodeó con sus piernas el cuerpo de su amado, lo abrazó fuertemente y sintió un deseo irrefrenable de clavarle las uñas en la espalda, empezó a besar sus hombros sólidos, su cuello, sus mejillas, sus labios, no podía contenerse más; volvió a sentir la electricidad subiendo lentamente desde sus pies hacia su sexo, la tensión en su centro de gravedad, el torrente que pronto se desbordaría nuevamente, su hombre se movía cada vez más rápido, casi podía sentir sus espasmos próximos a convertirse en clímax, se aferró con fuerzas a Andelko, arañaba su torso, él empezó a decir palabras indescifrables en su oído, la fuerza telúrica de un intenso orgasmo la fue inundando, sus caderas frenéticas se detuvieron, contuvo la respiración y deseó que el momento no acabe, la vida, los colores, los sonidos se hicieron diferentes por unos segundos, se hundió en un abandono soporífero y placentero que la arrastraba a un mundo oscuro donde ya nada podría alcanzarla mientras se daba cuenta que Andelko le había clavado los colmillos en la yugular y bebía insaciablemente su sangre sin que ella atinara siquiera a soltarlo, porque no lo soltaría ya nunca, porque eran uno solo ahora y para siempre unidos hasta el fin de los tiempos por el torrente de sangre caliente que se iba llevando su vida.

martes, 4 de enero de 2011

¡POR DIOS, YO NO SOY ATEO!

Recuerdo alguna ocasión cuando dictaba clases de derecho romano en la universidad, que dediqué una sesión a explicar el paso de la etapa romana politeísta al cristianismo y cómo este último contribuyó con la caída del Imperio Romano de Occidente, parte de la explicación tocó tangencialmente el Concilio de Nicea y la discusión que se llevó a cabo en este acerca de la divinidad de Jesús. Cuando terminó la clase y yo salía por el pasillo, se me acercó una alumna y en absoluta actitud cucufata me dijo:
-Doctor, no se preocupe Dios lo va a perdonar por ser ateo.
Me dejó sin habla y difícilmente pude explicarle que yo no soy ateo. Llegué a la conclusión de que no me iba a entender jamás y luego de un breve intento di por terminada la discusión y me fui.

Situaciones como la que acabo de contar me han sucedido incontables veces luego de explicar mis puntos de vista acerca de la religión y en particular sobre la Iglesia Católica. No sé por qué me cuesta tanto hacer entender que cuando hablo de la Iglesia Católica me refiero a la institución histórica. Aprendí con estos años que los creyentes son hipersensibles, siempre están a la defensiva y cuando uno habla de las instituciones históricas, normalmente responden con argumentos de fe. Lo siento mucho, lamento comunicarles que no son compatibles. En defensa de los creyentes diré que no se puede discutir la fe con argumentos históricos y adicionalmente en mi defensa, no se puede discutir la historia con afirmaciones de fe.

Yo no le tengo mucho afecto a la Iglesia Católica desde el punto de vista histórico. Desde la repartición y venta de bulas papales, pasando por los escandalosos Borgia, los excesos de la Inquisición y hasta el timorato papel que desempeñó en la Segunda Guerra Mundial, cuando debió haber condenado valientemente el holocausto y no lo hizo, la Iglesia Católica ha demostrado no representar a quienes debería, es decir a los más pobres, afligidos y humildes. No es casualidad que sea una de las instituciones con mayor patrimonio en el mundo.

Adicionalmente la Iglesia Católica, como cualquier organización religiosa, tiene una estructura vertical y autoritaria que no es compatible con la idea de democracia. Los dogmas religiosos no pueden discutirse, es una premisa básica de cualquier religión, en tanto estos son dictados por la divinidad y trasladados a los creyentes por medio de sus jerarcas o profetas. El miembro de una iglesia no puede someter un dogma al voto. Ese es otro elemento que me hace alejarme de cualquier forma de culto, secta o religión. No puedo aceptar la imposición de ideas per se por parte de otras personas aunque esta idea tenga origen presuntamente divino.

En mis afectos personales, sí le tengo un profundo cariño a la Iglesia, pero no a esa Iglesia Católica histórica, si no a la real y cotidiana, la de Francisco de Asís o Teresa de Calcuta. Cuando yo tenía cuatro o cinco años, mi madre sufría enormemente por su separación con mi padre, que se produjo poco antes de mi nacimiento. Ella me arreglaba y peinaba como niño bueno y me llevaba caminando hasta las iglesias del centro de Arequipa. Ella me enseñó a persignarme con agua bendita al entrar y a ser respetuoso con los santos. Siempre íbamos a los altares con las imágenes de los santos mejor calificados para resolver situaciones imposibles. Mi madre a veces de pie y a veces de rodillas, rezaba con una intensidad que me conmovía y siempre terminaba llorando. Yo sentía que realmente conversaba con Dios o con el santo de turno que nos observaba impasible desde su urna de vidrio. No recuerdo haber visto en mi vida a alguien más tener conversaciones tan personales con Dios o los santos.

Mientras mi madre rezaba y lloraba, yo miraba cada detalle de las imágenes, las aterradoras y violentas imágenes de los cristos azotados y sangrientos, las apacibles de los santos sepulcros y las de latente tensión de los crucificados. Los santos imponentes con sus trajes en perfecta compostura y las vírgenes Marías de mirada lánguida y expresión de sufrimiento. En mi mente impresionable de aquella época calaron fuertemente tres imágenes: El simpatiquísimo San Francisco de Asís de la plaza del mismo nombre en la calle Zela, las colosales imágenes de mármol de los doce apóstoles en la Catedral y el Diablo de madera de la base del púlpito del mismo templo.

Siempre sentí que mi madre hallaba consuelo en esos andares por las iglesias de Arequipa, sus sufrimientos eran tan graves que ella siempre me llevaba a dos o tres en una misma mañana. Sentía como si fuésemos a pedir audiencia con las principales autoridades de la ciudad, así se conducía mi madre con los santos de su devoción. Yo siempre terminaba enojado con ellos porque presentía que a pesar de la fe con la que mi madre pedía, nunca le concedían lo solicitado.

Con los años aprendí que la fe es importante para personas como mi madre, personas que necesitan del consuelo y comprensión que la mayoría de personas no tienen la capacidad de dar. Es por eso que pienso que más que los templos o las religiones, la fe es un pilar fundamental para miles de cientos de personas. Soy consciente de ello y por eso soy respetuoso de la fe individual que profesa cada persona. Sin embargo, me causa una profunda decepción que muchos de los creyentes que conozco sean tan fundamentalistas que pretendan catequizar a cuanta persona esté a su lado y peor aún, satanizar y lapidar socialmente a quienes no compartimos su credo. Es contradictorio que quienes predican el amor y la tolerancia, no sean tolerantes con quienes no comparten su fe. Cuando converso con personas con esa actitud, de inmediato viene a mi mente cuánto deben haber sufrido las pobres víctimas de la Inquisición, más que por las heridas, por la incapacidad de refutar las arbitrariedades de sus inquisidores.

Otro asunto que me llama poderosamente la atención es que la mayoría de gente confunda al ateo con el agnóstico. El ateo implica negación directa de Dios, el ateo afirma que Dios no existe, mientras que el agnóstico es aquél que no cree lo que no puede ser demostrado por los sentidos. El Diccionario de la Real Academia define el agnosticismo como la “Doctrina filosófica que niega al entendimiento humano la capacidad de llegar a comprender lo absoluto y sobrenatural: el agnosticismo, a diferencia del ateísmo, no niega la existencia de Dios. No confundir con gnosticismo”. Cabe citar al biólogo Thomas Henry Huxley, creador del término agnóstico cuando decía: “Yo no afirmo ni niego la inmortalidad del hombre. No veo razón para creer en ella pero tampoco tengo ningún medio para desaprobarla.”

Así el agnóstico poco instruido pensará que la existencia de Dios es poco probable, porque sus cinco escasos sentidos no pueden contribuir a demostrarla. A diferencia un agnóstico medianamente preparado y leído, sin llegar a demostrar la existencia de Dios, podría llegar a pensar que la física cuántica, las investigaciones en neurología y los avances en astronomía, brindan por lo menos indicios razonables de la existencia de una entidad que engloba todo cuanto existe y que dicha entidad tiene vida y consciencia. Me adscribo a este último grupo sin ningún ápice de falsa modestia.

Algunos llaman a esta entidad Dios, en otras culturas recibe otros nombres. Yo le llamo universo. No niego que hay aspectos de diversas religiones, sectas o cultos que me atraen. Pero sólo aspectos, no he encontrado una religión, secta, culto o creencia que me atraiga en su integridad. Son interesantes los tratamientos del placer de las diversas vertientes del hinduismo, me gusta la idea de la existencia de un paraíso de placeres sensuales después de la muerte de los musulmanes y me resulta divertida la apertura en cuanto a lo sexual de muchas sectas evangélicas y cristianas del Brasil. Sin ánimos de ofender a nadie, creo adicionalmente que no hay nada como ser Rastafari para tener la excusa perfecta para fumarse un tronchito y no bañarse; los rituales mágicos del Vudú para hacerse el zombi o la búsqueda del yo interno con el Ayahuasca para meterse un viaje en primera clase al mundo de la imaginación más afiebrada.

Como verán, espero que tengan claro que sí creo en una forma de Dios o divinidad y me apena no poder demostrar su existencia. En los santos no creo, entre otras razones porque no se dieron el trabajo de escuchar a mi mamá. Soy agnóstico y espero ser tolerado y comprendido. Antes de pronunciarse acerca de las creencias de otros, hay que pensarlo un poquito, no como una secretaria que tenía a la que le estuve explicando que soy agnóstico y me contestó:
- ¡Ah! Ateo.
- No, agnóstico – le precisé.
- ¡Ah! Como los gnósticos… ¿esos que creen en los gnomos, ángeles y esas cosas no? ¡Qué lindo!