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sábado, 30 de junio de 2012

LO QUE TENIA QUE PASAR (Cuento)


“Nada de lo que pasa, pasa porque sí, decía Tasurinchi, el seripigari del Kompiroshiato. Todo tiene su explicación, todo es causa o consecuencia de algo. Tal vez. Hay más diosecillos y diablillos que gotas de agua en la cocha y el río más grandes, decía. Andan mezclados con las cosas. Los hijos de Kientibakori para desordenar el mundo y los de Tasurinchi para conservarle su orden.”
El Hablador. Capítulo VII. (Mario Vargas Llosa) 

Como lo habían hecho durante siglos sus ancestros yaminawas y machiguengas, lanzó al río el pedazo de carne, esta vez una ubre de vaca sujeta de un gancho de metal atado a una cuerda. Minutos después varios peces mordían la carne grasosa, Pablo se sentó bien en la canoa y sacó la carnada, separó los peces grandes de los chicos, los chicos los devolvió al agua, los grandes abrían y cerraban sus bocas en la canasta, desesperados en busca del aire, primero rápido, luego más lento, hasta que su alma dejaba el cuerpo vacío para irse al Inkite.

Pablo repitió la operación un par de veces más, siempre salían más peces chicos que grandes, los chicos había que soltarlos al río, que sigan viviendo, si no Kashiri, la luna y Tasurinchi el soplador se habrían de enojar.  Pablo pescaba para comer, para vender y nada más. Su abuelo le había enseñado así, en cambio el blanco viracocha mata por matar, caza para colgar los pellejos en sus paredes, para reír después, para nada. Por eso el blanco no es feliz, tiene rabia en su corazón, por eso los blancos siempre andan con las miradas tristes, pensó.

Horas más tarde, poco después del amanecer,  volvía a su hogar,  en una comunidad con no más de cincuenta casas, separadas entre sí por largos campos de yuca y arroz, delimitados por fecundos bananos, altos árboles de castaña y frondosos copazús.  En el cuarto estaba todavía durmiendo Marina, desnuda sobre la cama. Pablo la llamó, ella se desperezó sobre el colchón pero no abrió los ojos.  Pablo no se molestó, no dejaba que la rabia inunde su corazón, Marina no tenía sangre machiguenga ni yaminawa, ella era descendiente de viracochas, sus abuelos habían sido caucheros, caídos después en desgracia, no les quedó otra alternativa que hacerse agricultores. Ella pensaba diferente, comía distinto, no le gustaban las costumbres de su gente.

Cuando Marina se despertó Pablo ya había cocinado el pescado, algo de yuca y plátano maduro.  Se sentó en la mesa de madera y empezó a comer,  ella se acercó y se sirvió. No hablaron durante varios minutos. Él se sentía incómodo, tres o cuatro días antes había empezado a sentir algo raro en su mujer. La notaba lejana, distraída y con rabia. Él sabía que la rabia es mala consejera.  Esperaba que le dijera que estaba pasando.
– ¿Esta noche también vas a ir a pescar? – le preguntó ella.
–  Sí – contestó él con algo de comida todavía en la boca – anoche no he pescado mucho, solo para comer. Estos días hay solo peces chicos en el rio.
Ella no contestó. Se quitó la ropa, se envolvió con una toalla a altura del pecho y salió a darse un baño.

Pablo se quedó pensando, no hablaba mucho. Se había acostumbrado a eso. El no era de los que hablan, a él le gustaba escuchar, pensar. Le gustaba creer que entendía a los loros, a los monitos enanos del monte, a los simios grandes de nalgas coloradas, a las cigarras y las ranitas verdes de dedos largos que terminaban en graciosos redonditos. Se quedó pensando en Marina. Ya habían tenido problemas antes, con el compadre José. Doña Camila, su vecina, una mujer mayor a la que le gustaba trabajar la chacra de sol a sol, le había contado que había visto una noche al compadre entrando a su casa, a la anciana le dio curiosidad porque sabía que Pablo había salido a pescar, así que despacito se acercó, y vio por una rendija de las tablas del cuarto que el compadre se montaba a la mujer.  Al día siguiente, apenas tuvo oportunidad le contó. Él se controló, siempre supo que la rabia traía desgracias. Se puso las sandalias y caminó a la casa del compadre, lo encontró tendido en la hamaca. No levantó la voz, no hizo escándalo.  Con la voz baja y con calma le dijo a José:
– Compadre, la próxima vez que usted se meta en mi casa cuando yo no esté, voy a venir a buscarlo, pero con el machete en la mano.
José quiso explicar, pero Pablo no lo dejó, se dio media vuelta y se fue con la misma calma con la que había venido.  A la noche siguiente José tomó sus pocas pertenencias y se fue a vivir a la ciudad.

Nunca le reclamó a Marina, no habría sabido como reclamarle, su madre decía que hay mujeres que no se pueden controlar. El cumplía como debe ser, mejor cuando había tomado un poco de masato. Marina lo buscaba en las noches y a veces en las mañanas o por las tardes y él nunca la había dejado rogar. En ocasiones ella le pedía más, Pablo discretamente se hacía el desentendido. No quería discutir.

Se quedó pensando si el compadre no habría vuelto a las andadas. Mientras Marina se bañaba se levantó y fue al cuarto, revisó la cama, el colchón, la almohada, había un olor raro, ajeno. En los pies de la cama halló sobre la sábana unos pelos cortos negros y duros. Sabía que no eran suyos ni tampoco de su mujer. Tenía que ser el compadre otra vez. No le pareció bueno lo que estaba pasando. Alguna desgracia tendría que suceder después. Pensó y reflexionó qué hacer, no se atrevía a preguntarle a Marina, ella lo negaría.

Estuvo todo el día intranquilo pero callado, ella más bien parecía estar enojada otra vez, todo le molestaba. Él limpió la tierra alrededor de las yucas, cortó la maleza alrededor de los bananos para que no vengan a esconderse las serpientes. En el atardecer preparó sus aparejos de pesca. Los peces carnívoros pican fácil con la ubre de vaca, pero no son tan cotizados como los otros, los que comen gusanos e insectos. Estos últimos se venden mejor, pero su pesca daba más trabajo también. Acomodó la red, un poco de yuca seca y plátano, también su machete y esperó que la noche estuviese por caer para partir.

Calculó la hora y partió. Caminó como siempre por el sendero que lleva al meandro del río, cerca del cual se forma una pequeña laguna, una cocha como le dicen en la zona. Cuando se apartó lo suficiente del pueblo, se sentó a la sombra de un árbol. Sacó un pedazo de plátano y esperó. Miró la luz del sol perderse en el horizonte, el cielo se fue tornando celeste, amarillo, rosado, luego azul brillante y finalmente se manchó de negro, las estrellas aparecieron una tras otra y el monte quedó bañado con la luz plateada de Kashiri. El barullo de los bichos de la selva se hizo omnipresente. Trataba de no pensar. No servía de nada llenarse de rabia, lo que tendría que pasar pasaría. Se puso de pie, recogió su bolso y se dio cuenta recién que, distraído como estaba,  se había sentado al pie de un árbol de mango, era una mala señal, alguna desgracia habría de pasar.

Caminó hacia su casa de nuevo, a varios metros antes de llegar se escondió a la sombra de los árboles. Marina estaba afuera, recostada en la hamaca, tomando el fresco de las primeras horas de la noche, luego la vio ir a la cocina, preparar algo de comer, nuevamente salió , sentada en un tronco que hacía de banca bebió algo, tal vez mate o café, comía de un plato, tal vez el pescado que quedó de la mañana. La vio entrar a la casa para volver a salir otra vez envuelta en una toalla, seguramente a tomar un baño en la parte de atrás, regresó. De allí nada, pasaron minutos interminables, él estaba acostumbrado a estar horas así, de cuclillas, paciente, solo mordiendo una ramita o una hoja, a veces de limón, a veces de jergónsacha, acompañado de sus pensamientos. No supo cuanto tiempo pasó, tampoco vio como llegó, pero había una sombra en la puerta de la casa. Por la estatura y el perfil estaba casi seguro de que era el compadre José, sin embargo se confundió un poco cuando lo vio cojear, no recordaba que el compadre cojeara. ¿Y si era otra persona? Esperó para asegurarse. Lo vio entrar a la casa y algunos minutos después la lámpara se apagó, Kashiri en el cielo daba su luz, era suficiente. Caminó despacio sin hacer ruido, se acercó a la casa y husmeó por las tablas, abriendo bien los ojos, allí sobre la cama, iluminados tenuemente por las migajas de luz lunar que entraban por las rendijas estaban los dos, ella rodeando con las piernas el cuerpo del compadre, ambos cubiertos tan solo por una ligera sábana, Pablo agachó la cabeza y meditó, no debía actuar con rabia, solo desgracias podían pasar, ahora había confirmado lo que quería saber, era mejor ir al río a pescar, dejar enfriar la cabeza, volvió a mirar en el interior y apareciendo por debajo de la sábana vio algo que lo dejó estupefacto. Miró otra vez y los amantes habían cambiado de posición, ya no pudo confirmar lo que creyó haber visto, se pasó un nudillo por los ojos, respiró y se levantó despacio. Tenía que ser un error.

* * *

Minutos antes, en el interior de la casa de Pablo, en su propia cama, Marina esperaba la llegada del compadre José, como lo había hecho durante toda la semana y todas las noches en que su marido se había ido a pescar;   había dejado la puerta sin tranca, y cada noche lo esperaba desnuda cubierta tan solo por una sábana.

Sintió el crujido de las bisagras y la luz de la luna entrar al cuarto por la abertura de la puerta, el compadre rápidamente se quitó la ropa y se deslizó bajo la sábana, Marina sintió su cuerpo desnudo, la textura de su piel endurecida por el sol y el trabajo en el campo, su olor acre, el pecho firme, las piernas velludas, lo rodeó con las piernas y se dejó poseer.  Mientras lo sentía en su interior le hablaba al oído, le reclamaba por haberse dejado extrañar tanto, de porqué se había ido la otra vez sin decir nada, ni avisar, la falta que le había hecho su fuego, su calor, su pasión. Él no contestaba, la poseía con una fuerza animal y emitía algún que otro gruñido, para ella eso era suficiente, era feliz siendo suya, reclamándole su ausencia pero amándolo, mordiéndole los hombros cada vez que la hacía llegar el éxtasis de esa manera sobrenatural. Se montó sobre él, lo disfrutó con lujuria, sabía que al terminar solo se pondría de pie y se iría, como siempre, sin dar mayores explicaciones ni muestras de cariño. Era mejor, quedarse así, sin discusiones, sin palabras, pasar el día completo con solo con las ganas de volverlo a ver...

* * *

Pablo se había alejado unos metros, recogió su machete y la bolsa con las redes, la yuca y el plátano. No tenía ánimos para ir a pescar. Había hecho una promesa y tenía que cumplirla. Le había dicho a su compadre que lo iría a buscar machete en mano si volvía a meterse a su casa. Decidió aprovechar la noche. La ciudad quedaba a solo treinta kilómetros. Llegaría en la madrugada, lo esperaría al bandido en su propia casa. Empezó a caminar, sin prisa, respirando a cada paso, manteniendo el control, sentía el sudor brotando por la parte baja de su nuca, donde nace el cabello, formaba gotas que se deslizaban por su cuello y se detenían donde su piel se unía con la ropa, empapando la camisa. Cada cierto tiempo tomaba un pedazo de yuca o de plátano, se lo metía en la boca, masticaba lento, al ritmo de la respiración, de sus pasos. No quería dejar que la rabia entre en su cuerpo. Lo que tenía que pasar, pasaría.

Por algunos segundos su mente reconstruyó borrosamente la visión que había tenido cuando miró en el cuarto de su casa, no podía ser, sacudió la cabeza y se puso a pensar en otra cosa. Tenía que estar atento, en la noche la trocha es cruzada por lagartos, capibaras, sachavacas, otorongos y muy a menudo por tarántulas y víboras. Caminaba firme.

Cuando todavía faltaba una hora para clarear, llegó a la ciudad. No sabía dónde vivía su compadre, pero no era una ciudad grande, trescientas familias a lo mucho, la municipalidad, un puesto de vigilancia, un juzgado de paz, un mercadito pequeño; se dirigió allí, las vendedoras de fruta y verdura ya estaban armando sus puestos, hizo algunas preguntas discretas respecto a la casa de su compadre, no fue difícil que lo ubicaran, recibió algunas indicaciones y se puso en marcha. Veinte minutos después llegó a una casa de madera modesta, sin pintar, de techo de planchas de zinc, empuñó su machete con fuerza y respiró lentamente, sin embargo se dio cuenta que era inútil, él no habría podido llegar antes que él, con seguridad tocó la puerta y salió una mujer joven preguntado quién era.

Pablo quedó devastado con la noticia, en su cabeza las cosas se revolvieron, aparecieron imágenes confusas, como si hubiese tomado ayahuasca y la mareada hubiese resultado mala, sintió nauseas, sin despedirse de la muchacha, salió caminando rápido hacia las afueras de la ciudad, caminó rápido, muy rápido, respirando, sentía en sus sientes la sangre palpitando dentro de las venas, apretó los dientes, una camioneta pasó por su lado, hizo señas con los brazos y se detuvo, conocía al conductor, varias veces le había vendido pescado, le pidió por favor que lo lleve, el tipo le hizo una seña para que se suba atrás. En la tolva, sacudido por los baches de la trocha, Pablo trataba de pensar. Sabía que alguna desgracia habría de pasar. Cuando las cosas pasan, pasan por algo. Debió darse cuenta anoche, ¿pero de qué habría servido? Tal vez todavía estaba a tiempo para evitar la desgracia.

Una vez en la comunidad se bajó de la camioneta y dio las gracias. Caminó rápido, asentando con fuerza los pies en el barro endurecido por el sol, apretando los dedos de la mano alrededor del mango del machete. Sentía que la rabia se apoderaba de él, pero ¿qué más daba ahora?  Se dejó ir, lanzó su bolsa al camino polvoriento y corrió machete en mano por los sembríos de yuca, entre los bananos, jadeando, sudando, sin parar. Llegó hasta su casa, se detuvo, el corazón retumbaba en su pecho, su cuello, manos y antebrazos dibujaban venas en relieve, respiró hondo y entró.

Sobre la cama una enorme mancha de sangre fue todo lo que halló. Revisó con cuidado, encontró otra vez los pelos negros duros y cortos. Sobre los tablones del piso, dibujadas con sangre las marcas de pisadas que no eran de humano, eran de cabra: el Chullachaqui.  Pablo, al tiempo que caía de rodillas y hundía la cabeza entre sus hombros recordó con pesar y ya sin rabia las palabras de la muchacha: “lo siento mucho, el señor José, su compadre, murió hace dos semanas.”

* * *

La tradición machiguenga cuenta que la forma de reconocer a un diablillo es porque cojea, se dice también que en la selva amazónica uno de ellos, el Chullachaqui, puede tomar la forma del ser que se añora, a fin de engañar a la víctima y luego llevársela a sus dominios. Lo único que no puede transformar a voluntad son sus patas de cabra. Una vez que tiene a su víctima, nadie sabe que hace luego con ella.


domingo, 2 de octubre de 2011

EL MANANTIAL (Cuento)

El ingeniero Alonso Vargas lanzó su maletín sobre la cama del cuarto de hostal y colocó la computadora portátil sobre la pequeña mesita de madera pegada a la pared. Sudoroso todavía por el viaje se paró frente a la ventana y abrió las cortinas, el cielo azul del valle costeño lo hipnotizó por algunos segundos. A los seiscientos metros sobre el nivel del mar, el pueblo de Huancarqui escapaba de la desagradable neblina costera.

Luego de tomar un baño se sentó en la modesta mesita para revisar los planos mientras esperaba. Unos minutos después tocaron a su puerta. Abrió y ante él estaba un hombre de mediana estatura, sosteniendo un sombrero sobre el pecho y saludando con una amplia sonrisa decorada por un frondoso bigote blanco.
– Ingeniero, buenos días. Vengo a llevarlo a los baños – le dijo.
– Gracias, usted es….
– Soy Manuel Dávila – contestó rápidamente el hombre con el acento de la zona y haciendo una venia a cada término de frase – para servirlo Ingeniero, soy concejal de Huancarqui, el alcalde me ha pedido que lo lleve a los baños. Que lo guie ingeniero.
– Gracias de nuevo – replicó Vargas, mientras tomaba su mochila con la lap top – ¡Vamos!

En la recepción del hostal había una guapa mujer, de traje, esperándolos. Era la asesora legal de la municipalidad. Como era la única que tenía auto, le habían pedido que los ayude en el traslado del ingeniero a pesar de que el manantial solo estaba a tres kilómetros de distancia. Se presentó rápidamente, Dana Sánchez era su nombre. Subieron al vehículo y se dirigieron al sur.
– ¿Es usted de Lima? – preguntó la abogada a Vargas.
– No – contestó el mirando el paisaje por la ventana del automóvil – soy arequipeño.
– No parece – dijo la mujer con algo de coquetería – no tiene el aspecto ni el acento.
– Las apariencias engañan doctora, estudié mi carrera en Arequipa, pero estuve viviendo unos años en Estados Unidos haciendo una especialidad y trabajando un poco.
– ¡Ah! ¡Qué bien! Yo también estudié derecho en Arequipa – contestó Sánchez.
– ¿Y por qué se regresó Ingeniero? – preguntó curioso Dávila.
– Las cosas allá no son lo que parecen, últimamente con la crisis económica la situación se puesto difícil para los inmigrantes. Actualmente es más fácil conseguir trabajo de pintor de brocha gorda que de ingeniero. Además el Perú se ha puesto de moda. Por eso volví.

Se quedaron en silencio, Vargas recordando el intenso amor no correspondido, cuyas heridas todavía no cicatrizaban, que lo empujó a regresar al Perú, Sánchez soñando con esas avenidas de Miami que había visto en la televisión donde le gustaría ir a comprar ropa cara algún día y Dávila en el asiento de atrás pensando en que si él pudiera ir a Estados Unidos trabajaría de pintor de brocha gorda, de albañil, de barrendero aunque sea, pero no regresaría nunca aunque lo boten.

Cuando llegaron al lugar bajaron del auto y Vargas empezó a tomar fotos, mientras iba preguntando detalles. Sánchez y Dávila le explicaban. El lugar se llamaba Chancharay, famoso por sus ojos de agua de los cuales brotaba una cristalina y fresca corriente que terminaba formando un manantial. Le explicaron a Vargas que el agua tenía propiedades milagrosas, curaba el reumatismo y ayudaba a la cicatrización de heridas, además de hacer desaparecer la esterilidad en las mujeres. Si se bebía, curaba cualquier dolencia estomacal. Mucha gente venía de diferentes lugares del Perú y bebían el agua, se la llevaban en botellas o se bañaban en la piscina que había antes de que la crecida del rio la destruyera. La municipalidad estaba interesada en reconstruir la piscina y convertir el lugar en un atractivo turístico de primer orden.
– ¡Qué interesante! – dijo Vargas sin dejar de tomar fotos.
– Claro – agregó Dana Sánchez - además de los petroglifos de laja, nuestra comida a base de camarones, nuestro arroz, la fruta, también los maicillos, los biscochos…
– Huancarqui había sido una joya – interrumpió Vargas – ¿y cómo sabe usted tanto doctora? – preguntó.
– Yo me eduqué en Arequipa, pero soy de aquí, al igual que mis padres.
– Interesante…
Vargas caminó hacia el auto y anotó algunas cosas en su computador.
– Bueno creo que ya tengo los datos suficientes para el diseño del proyecto, solo me faltan dos cosas. Tengo que tomar fotos del lugar en la tarde antes del ocaso y mañana temprano al amanecer para determinar el ángulo del sol. ¿Creen que podríamos regresar más tarde y mañana?
– Por mí no hay problema – dijo Dávila, luego hizo el gesto de sostener un timón entre sus manos – pero no sé si la doctorita…
– Yo tampoco tengo problema Ingeniero – dijo Dana.

* * *

Al atardecer la abogada pasó por el hostal donde se hospedaba el ingeniero Vargas para llevarlo de nuevo a Chancharay. Excusó a Dávila que no había podido venir por causa de sus obligaciones en la municipalidad. En el camino el ingeniero le comentó a Dana Sánchez acerca de lo agradable que le había resultado el almuerzo.
– Así es – dijo Dana – aquí se come muy bien. Y ya no me diga doctora, puede decirme Dana.
– Muy bien Dana, yo soy Alonso.
– Mucho gusto Alonso – replicó ella sonriendo.
Luego de tomar las fotos que requería, Alonso se sentó unos minutos a ver el atardecer. Siempre le habían gustado las puestas de sol. Volteó para comentar con Dana las tonalidades que había adquirido el cielo y la notó visiblemente incómoda.
– ¿Nos vamos? – preguntó ella.
– Disculpa Dana, fui egoísta, seguramente tienes cosas que hacer.
– No, no es eso. Tal vez pienses que es una tontería, pero los Huancarquinos nunca nos quedamos de noche por aquí.
– ¿Y eso a que se debe?
– Bueno, no te rías por favor Alonso. La gente del pueblo dice que al anochecer, en este manantial aparecen sirenas que seducen a los hombres para apropiarse de su alma…
Alonso no pudo evitar lanzar una carcajada.
– ¿Ya ves?
– Pero Dana, usted es un una profesional, ¿cómo va a creer en esas cosas?
– Me sigues llamando de usted. Y bueno, creo y no creo. Mi razón me dice que es un mito, pero uno crece escuchando esas cosas todo el tiempo, es difícil sacarse la idea, además soy algo miedosa.
– No tenga… perdón, no tengas miedo Dana – dijo Alonso – mira, yo regreso caminando. No quiero perderme este atardecer. Después de todo son solo tres kilómetros hasta el hostal.
– ¿Estás seguro?
– Lo estoy.
– Está bien – dijo Dana dirigiéndose al auto, volteó y agregó - ¿Y mañana?
– Apenas amanezca, quiero ver por donde sale el sol – señaló Alonso.
– Paso por ti entonces.
– De acuerdo Dana. Gracias.
– De nada.

Alonso se quedó sentado sobre una piedra, mirando el horizonte, fotografiando de rato en rato los tonos de naranja y rojo que se desplegaban en el cielo. Los pocos turistas que había cerca se retiraban lentamente. Pensó en lo bonito que quedaría el proyecto que tenía pensado, la construcción tendría una cúpula de vidrio templado para ver el atardecer, un restaurant de primera contiguo a la piscina, un sauna, juegos para los niños, podría agregar una discoteca o pub, lo podrían llamar “la Sirena” para aprovechar el mito popular. Ya se imaginaba la entrada: una especie de túnel marino con acuarios en las paredes, con la escultura de una sirena sensual de senos descubiertos recibiendo a los turistas nacionales y extranjeros. Oscureció. Metió la cámara en su mochila junto con su laptop y se levantó para irse, ya de pie se detuvo un momento a ver las estrellas apareciendo. La luna en cuarto creciente ayudaba a la visibilidad, era un espectáculo precioso. La cúpula de vidrio que había planeado serviría también para ver las estrellas, podía imaginar todo el conjunto, comensales de todas las nacionalidades cenando a la luz de las velas con el cielo estrellado sobre ellos. Tenía que pensar la manera de reducir la luz exterior para evitar que disminuya el contraste. Miró alrededor y le pareció escuchar unos gemidos. Sonrió, probablemente alguna pareja de turistas traviesos se había quedado escondida para hacer el amor bajo las estrellas. Caminó unos pasos rumbo a la pista y escuchó que lo llamaban con susurros seseantes. Volteó, pero no había nadie. “Qué extraño” pensó “deben ser las sirenas” se dijo y sonrió; caminó un trecho pequeño y tuvo la sensación de estar olvidando algo. Nuevamente volteó pero ya no se distinguía con claridad la piedra en la que estuvo sentado. Sacó su celular y presionó una tecla para que la pantalla le sirva como linterna, volvió sobre sus pasos y revisó, no había nada. Cuando se incorporó estuvo a punto de gritar del susto.
– ¡Dana! – exclamó – casi me matas de la impresión.
– Disculpa, pasé por el hostal para invitarte a cenar y me dijeron que no habías vuelto, me preocupé y vine a buscarte.
– Gracias. En verdad este lugar da miedo en la noche. Pero con la correcta iluminación quedará bien cuando terminemos el proyecto.
– ¡Eso espero! – dijo Dana sonriendo.

Abordaron el auto y Dana manejó hasta la ciudad, una vez allí Alonso subió a su cuarto, se cambió rápidamente de ropa, se aseó un poco y salió nuevamente. Fueron a cenar a un pequeño restaurant frente a la plaza principal. Hablaron mucho y rieron más. Tomaron algunas copas y se contaron fragmentos de sus vidas. Al terminar salieron del lugar, una vez en la calle Dana se ofreció a llevar a Alonso a hostal.
– Pero Dana – protestó Alonso – el hostal está a doscientos metros. No se preocupe.
– Mira el cielo Alonso – dijo Dana ignorando la protesta – ¿no te parece lindo?
– Sí – asintió él levantando la vista – es espectacular, precisamente eso estaba disfrutando en Chancharay antes de que llegaras.
– ¿Quieres ir a ver las estrellas desde Chancharay? – preguntó emocionada Dana.
– ¿No te da miedo?
– Contigo no – dijo ella sonriente.

Subieron al auto. En unos minutos estaban de nuevo en el manantial. Descendieron y se quedaron hipnotizados por el espectáculo de la vía láctea cruzando el espacio. Alonso iba contando las estrellas, recordando sus nombres, identificando constelaciones, la cruz del sur, el escorpión… cuando de pronto sintió el aliento suave de Dana en su cuello y sus brazos rodeando su cintura, el calor de su cuerpo pegado al suyo, las manos de ella acariciaban ya su pecho y él se dejó llevar. Volteó y estaba allí frente a él esa mujer preciosa a la luz tenue de la luna y las estrellas. Ella se quitó la casaca de piel, sin prisa, luego la blusa y el brasier. Su piel parecía brillar, como si estuviese mojada. Se besaron apasionadamente y terminaron de desnudarse. Apoyados en el auto se acariciaron a pesar del frio, las manos de Alonso resbalaban por el cuerpo excitado de Dana como si estuviese cubierta de una fina capa de aceite exótico, su olor marino lo volvía loco. La besó con desesperación, su mente trató de ligar los recuerdos y no lo consiguió, sabía que antes había amado a alguien en un lugar lejano pero no podía recordar a quien ni dónde. Se sintió caer el suelo y trató de abrir los ojos pero un extraño sopor lo consumía. Sentía las caricias de ella, los besos, luego su vulva caliente y húmeda apoderándose de su virilidad. Tenía la sensación de estar en medio de un sueño brumoso, el ambiente se tornó húmedo, pegajoso. El sexo ya no era placentero, más bien doloroso sin embargo no podía dejar de sentir una rara excitación que mantenía en vigor la cópula. Logró distinguir la figura de la mujer montada sobre él, gozando una y otra vez, pero él solo sentía una angustia tormentosa y cada vez menos fuerza en su cuerpo. Quería dejar de sentir, pensar en otra cosa pero no podía; quiso escapar pero sus músculos no le respondían, de pronto y contra su voluntad sintió los estertores del orgasmo, recordó esa sensación de la adolescencia de la eyaculación no deseada. La mujer gimió con intensidad moviéndose más rápido y él acabó. Ahora solo quería ir a casa, ella sin embargo se mecía lentamente sobre él disfrutando seguramente su propio orgasmo, su cadera dibujaba sinuosas líneas, su pelvis trazaba imaginarios círculos concéntricos, para su sorpresa su erección no se había perdido, si no que más bien se mantenía, ella ignorándolo por completo empezó de nuevo el ritual, Alonso no podía articular palabra, solo quería escapar mientras la mujer seguía disfrutando. Quiso gritar pero lo atrapó esa horrible sensación de las pesadillas de querer gritar y que las cuerdas vocales no emitan sonido alguno. ¿Sería una pesadilla? Solo entonces notó que sus ojos estaban húmedos, estaba llorando en silencio.

* * *

Con los primeros rayos del sol, Manuel Dávila lo despertó. Alonso trató de incorporarse pero estaba sumamente débil. Dávila que parecía conmocionado, le pidió que no se mueva, estaban trayendo la camilla de la posta. Al parecer lo habían asaltado porque lo habían hallado desnudo sobre la tierra luego de que salieran a buscarlo cuando les informaron en el hostal que no había ido a dormir. Alonso miró alrededor y se dio cuenta que estaba en Chancharay, lo último que recordaba era estar tomando fotos del atardecer. Lo cubrieron con una manta y lo subieron con cuidado a la camilla. Escuchó a un policía avisándole a Dávila que habían encontrado su mochila y su ropa. Alonso respiró aliviado, estaba preocupado por los planos del proyecto. Mientras lo subían a una camioneta a guisa de ambulancia, el policía que había encontrado las cosas se acercó a Dávila.
– ¿Si es un asalto porqué no se han llevado la computadora ni la cámara?
– No parece asalto teniente – dijo Dávila – el ingeniero ayer pesaba por lo menos diez kilos más. ¿Ha visto cómo tiene los ojos hundidos?
– ¿No me diga que usted también cree en esos cuentos de sirenas? – se burló el teniente.
– Todo es posible – contestó Dávila suspirando – todo es posible.

En la camioneta Alonso se alegraba de que no le hayan robado la computadora, solo se sentía débil, algo pegajoso y unas raras placas pequeñas y transparentes, parecidas a escamas cubrían partes de su piel.

sábado, 24 de septiembre de 2011

ALGUN DIA (Cuento)

Con Felipe pisándole los talones, Paco corría a toda velocidad por Siete Culebras hasta la Plaza de las Nazarenas, se detuvo unos segundos para tomar aire y corrió de nuevo, riendo y con el aire frio de la sierra cortando su rostro redondo. Cuando llegó a Herrajes aceleró con fuerza hasta llegar a Santa Catalina donde estaba ubicada la tienda de la señora Esther.
– ¡Una papa rellena! – gritó casi sin aliento mientras colocaba la moneda de cincuenta centavos en el mostrador de madera de la tienda.
– ¡Una papa rellena! – repitió a sus espaldas Felipe con el rostro brillante de sudor y las mejillas rojas como el fuego.
– ¡Despacio! – les rezondró con cariño la mujer y sacó de una cacerola envuelta con una frazada dos bolitas amarillas del tamaño de un huevo de gallina.

Las papas rellenas comunes consistían en una pasta hecha de papas hervidas y prensadas, mezcladas en algunas ocasiones con un poco de harina y clara de huevo, en su interior se colocaba de acuerdo al gusto del cocinero carne trozada o molida, queso, huevo duro picado, zanahoria en cuadraditos y aceitunas o pasas. Luego se freían. Doña Esther había creado su versión particular de papas rellenas en miniatura para los escolares, el relleno consistía en cuadraditos milimétricos de zanahoria hervida con sal, ají colorado molido, un trocito de carne y nada más. Se levantaba a las cinco de la madrugada para cocinarlas, mientas Aniceto, su marido, preparaba la chicha de quinua. Luego ambos elaboraban una especie de crema ligera hecha a base de rocoto arequipeño aplastado que compraban casi a precio de regalo en el mercado y que lastimaba la lengua como un hierro al rojo vivo y que aumentaba notablemente sus ventas de chicha.
– ¡Una chicha! – reclamó resoplando Paco mientras terminaba de comer la papa rellena embadurnada de picante. Doña Esther introdujo el cucharón de madera en la enorme olla de barro y sirvió en un vaso de vidrio opaco la refrescante bebida.
– ¡Chichita señora! – pidió Felipe extendiendo otra moneda de cincuenta centavos.

Los muchachos comieron otra ronda de papas rellenas, la tienda ya estaba repleta de escolares que hablaban, gritaba y compraban dos, tres, cuatro papas y bebían uno tras otro vasos de chicha, Paco y Felipe terminaron y se fueron corriendo apenas pagaron. Doña Esther siguió atendiendo a los comensales que hacían bullir la tienda, al final y luego de casi dos horas, la tienda volvió a quedar vacía, guardó los billetes y monedas en una caja, tapó la olla de barro con cuidado y cubrió las pocas papas rellenas que quedaron con un paño grueso para que no se enfríen. Servirían para el almuerzo. Luego se sentó en un banco de madera y encendió la vieja radio a transistores. Sintonizó una emisora que transmitía el lánguido y monótono sonido de arpas lejanas y quenas solitarias. Se acordó de su pueblito en Abancay, de la música de los cencerros, del olor a campo, de la casa de barro que habían construido con Aniceto y el viaje que habían hecho hasta Cusco cuando perdieron todo por culpa de la sequía.

* * *

Cuando Paco llegó a su casa su madre le gritó desde la cocina:
– ¿Qué hora de llegar es esta Paco? ¿Dónde has estado?
– En ningún sitio – contestó el muchacho.
– Pobre de ti que estés yendo a comer esas papas rellenas de la casa de la bruja.
Paco se reía en silencio.

* * *

A las dos semanas saliendo de la escuela, Felipe, como siempre, retó a Paco a una carrera hasta la tienda de la señora Esther.
– Mi mamá no quiere que vaya – dijo Paco.
– ¿Por qué?
– Andan diciendo que es bruja – contestó.
– Mi mamá dice igual, mi tía Antuca me cuenta que cuando recién llegaron al Cusco vendían en una banquita en la calle papa rellena y chicha de quinua. Ahora tienen tienda, venden gaseosa, pan, fideos y de todo.
– Pero siguen vendiendo la chicha y las papas rellenas, además han construido una casa. Mi mamá dice que es bruja porque nadie puede tener tanta plata solo vendiendo papas rellenas.
– Papitas de a cincuenta – se burló Felipe mostrándole una moneda a Paco y echándose a correr.

* * *

Algunos días después Felipe se sentó al lado de Paco mientras esperaban su turno para jugar al fútbol en la clase de educación física.
– ¿Sabes que dice mi tía Antuca?
– ¿Qué? – preguntó displicente Paco.
– Dice que han bautizado la plata.
– ¿Cómo es eso?
– Dice mi tía que si pones plata en la ropa de la guagua en el bautizo de la iglesia, el agua bendita le cae a la plata – afirmó con certeza Felipe.
– ¿Y qué sucede?
– Dice que la gastas y siempre regresa a tu bolsillo
– ¿Ah sí?
– Lo malo es que el alma de la guagua se condena pues.
Paco sintió un escalofrío corriendo por su espalda.

* * *

Una tarde, sentado en el zaguán de la casa mientras su madre tejía, Paco soltó la pregunta.
– Mamá ¿Es verdad que si bautizan la plata siempre regresa?
– ¿Quién te ha dicho eso? – preguntó la mujer.
– Eso dice la Antuca, la tía del Felipe.
– Así dicen hijo.
– ¿Y los señores de la tienda habrán hecho eso?
– ¡Ay no se! – se quejó la madre de Paco – pero no creo, porque no tiene hijos.
Paco se quedó pensando en eso.

* * *

Al día siguiente en el cambio de hora Paco increpó a Felipe:
– Tu tía Antuca es una mentirosa – le dijo.
– ¿Por qué?
– Porque la señora de la papa rellena no tiene hijos. ¿A quién iba a bautizar pues? ¿A quién? – preguntó indignado Paco.
– ¿Sonso eres no? – replicó Felipe –puede ser cualquier guagua, un sobrino o un vecino. ¿Por qué eres sonso?
– No soy sonso ¿ya? Y tu tía Antuca es mentirosa y te agarra a ti que le crees sus mentiras.
– ¡No es mentira! Vas a ver. Le voy a preguntar.

* * *

Algunos días más tarde Felipe se acercó radiante.
– Un pedazo de muerto – dijo.
– ¿De qué hablas?
– Mi tía Antuca dice que si tienes la mano de un muerto o su pie en tu casa, la plata entra solita pues.
– ¡Más sonseras dices oye!
– No es sonsera. ¿Acaso no has visto la calavera en la tienda de sombreros del señor Leonidas?
– Es diferente, mi mamá dice que es para que no le roben. Ella también quiere conseguir una calaverita para que cuide la casa.
– ¿Entonces?
– Es diferente – concluyó Paco.
– ¡Sonso! – dijo impotente Felipe y se fue.

* * *

La siguiente semana Paco corría como el viento y como casi todos los días rumbo a la tienda de Doña Esther, Felipe lo seguía de cerca. Esta vez bajaron por Tullumayo y voltearon por la calle Ruinas. En la tienda de la señora Esther pidieron sus papas rellenas calientes antes de que lleguen los otros chicos de su escuela y de las escuelas vecinas. En eso entró una mujer joven y le pidió a doña Esther un kilo de arroz mientras Felipe cubría su papa rellena con crema picante de rocoto. La mujer se levantó para pesar el arroz y se dio cuenta que el saco estaba vacío.
– Un ratito – se disculpó mientras salía – voy a llamar a mi marido para que traiga otro saco.
En ese momento Felipe dio un grito.
– ¡Chicha! ¡Chichita! – empezó a gritar, pero doña Esther no regresaba.
– ¡Chicha! – repitió Paco.
– Anda Paco – dijo Felipe entre silbidos sordos y sofocado – sírveme una chicha.

Paco negó con la cabeza, dudó, pero se adelantó, pasó por debajo de la tabla del mostrador y tomó un vaso, caminó rumbo a la olla y de pronto se detuvo, sin embargo se dio cuenta que Felipe estaba detrás de él con la lengua afuera y se vio obligado a avanzar. Los muchachos se acercaron a la olla de barro y Paco metió el cucharón de madera hasta el fondo. Revolvió un poco y sintió algo pesado. Lo sacó con cuidado. Sin querer dejó caer el vaso que terminó haciéndose trizas en el piso. En el cuenco del cucharón descansaba envuelta en una bolsa de plástico transparente una mano humana verdosa, entre seca y musgosa. Ambos pegaron un grito ahogado y salieron corriendo sin parar hasta la plaza de armas, una vez allí, temblando asustados, se miraron. Paco estaba pálido. Felipe trató de calmarlo.
– ¿Ya ves? ¿ya ves? Mi tía Antuca sabía pues – dijo con la respiración entrecortada.
Paco no contestaba, seguía agitado. En su mente aparecía una y otra vez la imagen de la mano verdosa, enjuta y de largos dedos. Se fue a casa. Se enfermó. Estuvo dos meses en cama. Cuando regresó a la escuela se enteró que Felipe, que también había estado enfermo, se había ido a vivir a Lima. Nunca le contó a nadie lo que había visto. No le creerían. Tal vez, si algún día se encontraba con Felipe. Algún día.