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viernes, 4 de febrero de 2011

LOS AMIGOS DE MI INFANCIA Y QUE NO PERDI

Probablemente una de las pocas cosas notables y útiles que hizo mi padre en mi favor –indirectamente – fue comprar unas láminas del método Coquito para leer. Mi madre las guardaba cuidadosamente en casa y hasta donde sé, mis seis hermanos y yo – además de algunos primos – aprendimos a leer con ellas. Tenía cinco años y recuerdo como si fuese ayer la tarde que mi madre desempolvó la cubierta de plástico de las láminas y me envió a la casa de mi abuelo paterno, que quedaba a la vuelta de la esquina, para que mi tía Ruth me enseñe a leer.

Mi tía Ruth – que nos dejó hace ya varios años – era todo un personaje. Para empezar nadie le decía Ruth, todos le decíamos Gringa, mis tíos le decían Gringa a secas y nosotros más respetuosamente le decíamos tía Gringa. El apelativo venía del su blanquísimo color de piel y sus cabellos castaños, que en realidad no eran herencia de nadie de la familia, sino que se debían a que el sol jamás tocaba su piel y su metabolismo no procesaba bien sus alimentos, así que el color de cabello no era otra cosa que el resultado de la desnutrición. Mi tía Gringa había sufrido el terrible polio de niña y la secuela la había dejada incapacitada físicamente, pasaba la vida entre una silla de ruedas y su cama. Sólo podía mover muy limitadamente su mano y muy poco su cuello. Dependía de los demás para casi todo. En las mañanas mi abuelo la levantaba de su cama y la colocaba en la silla de ruedas, sus articulaciones estaban totalmente soldadas así que la posición de su cuerpo era la misma ya sea recostada o en la silla. Luego en la silla tomaba desayuno con la ayuda de mi abuelo o alguno de mis tíos y pasaba toda la mañana leyendo cosas. Ella fue quien nos enseñó a leer, pero además sabía casi todo lo que había que saber, nunca fue a la escuela, pero nos enseñaba matemáticas y otras cosas, cuando habían dudas acerca de cualquier tema ella sabía las respuestas de casi todo e incluso cuando mi abuelo puso una tienda de abarrotes con su jubilación, ella era la que llevaba las cuentas e inventarios, la mayor parte mentalmente.

Así fue que mi tía – que fue el primer adulto a quien profesé verdadera admiración – se convirtió en mi maestra de las primeras letras. Con sus dedos anquilosados y su escaso movimiento de muñeca fue quien escribió en mi primer cuaderno las palabras a repetir, el eme-a, “ma”, eme-e, “me”, “mi mamá me mima” y todas las preciosas frases que, quienes como yo aprendieron a leer con Coquito, recordarán con cálida nostalgia.

Otra cosa que aprendí de mi tía Gringa es que cuando se lee no hay límites para la imaginación, ella era mi Obi Wan Kenobi y yo su Anakin Skywalker, tal vez para hoy ya me haya convertido en Darth Vader, porque ella era muy creyente, pero ese es otro cuento. Lo cierto es que según sus propias palabras fui su alumno más aplicado y el que más rápido aprendió. Eso derivó en continuas competencias de lectura organizadas por mis tíos, donde se comparaba entre los primos coetáneos a quien leía mejor y más fluido. Yo percibía claramente que mis primos tenían serias trabas con la lectura, leían silabeando, cosa que yo había superado en las primeras clases.

Luego de la tediosa época de competencias, mis primeras lecturas fueron los letreros de la ciudad. Caminaba por el centro acompañando a mi madre a las iglesias y no me fijaba en otra cosa que no fuesen los letreros: Carsa, Abugatás y hermanos, La Uruguaya, Monterrey (no el supermercado, sino la tienda de telas), leía los carteles de ofertas, las direcciones, incluso en las iglesias los letreros de acrílico que acompañaban a las imágenes y los más antiguos y delicadamente tallados en piedra o mármol. Mi ánimo no era practicar, sencillamente era una innata curiosidad. Ahora que sabía leer me moría de curiosidad de saber qué cosa decía cada letrero en el mundo.

En casa, otra cosa que sucedió a mi favor, es que mi padre dejó una minúscula biblioteca, calculo que serían unos cuarenta libros, veinte de los cuales eran una muy bien cuidada edición del Tesoro de la Juventud. Recuerdo claramente sus hojas de papel satinado, los lomos de cuero verde con letras doradas. Era un verdadero placer leer en esa enciclopedia. Yo no sabía en ese entonces la diferencia entre una enciclopedia y un libro, así que asumí que eran libros y como eran los más bonitos los empecé a leer. El tomo veinte tenía el índice. En realidad era un índice complejo pero yo nunca lo usé.

El Tesoro de la Juventud como ya dije era una enciclopedia pero didáctica o temática, tenía resúmenes de novelas en una sección maravillosa que si mal no recuerdo se llamaba el Libro de las Narraciones Interesantes o algo así. Allí fueron mis primeros encuentros con los clásicos, en esa sección leí los resúmenes de “La divina comedia”, “El vellocino de oro”, “El tesoro de los nibelungos”, “La iliada”, “La odisea”, “Fuenteovejuna”, “Corazón”, “Hamlet”, “El moro de Venecia”, “Otelo”, “Los Miserables” y tantos otros más que más adelante y con mayor madurez y recursos económicos, me sentí en la obligación placentera de leer en sus versiones completas.

Una vez que se acabaron los resúmenes, aún quedaba mucho por leer, y para el lector ávido no hay nada mejor que letras por descubrir, leí enteras las secciones de historia, ciencias naturales, geografía y misceláneas. Me encontré con las maravillosas fábulas de Esopo, pero también con un muy didáctico y comprensible resumen de la teoría de la relatividad. A mis cortos siete años aprendí cómo se reproducen las células, las plantas, los animales y los humanos. Tenía una idea clara de las ciudades de Europa, Asia, África, Oceanía y América, así como de su historia y evolución. Aprendí de mitología griega, de volcanes, de experimentos caseros, de cómo funciona la electricidad, los planetas, la – en ese momento incipiente – teoría del Big Bang, de la velocidad de la luz y el sonido. En realidad ahora que lo pienso, creo que el ochenta por ciento de las cosas que sé las aprendí en esos años. El Tesoro de la Juventud, abandonado en ese pedacito de la sala de la casa de mi madre fue una de las mejores cosas que me sucedieron en la vida, si no la mejor.

Al costado del librero hecho de ángulos ranurados Dexion que albergaba estas joyas había un sillón antiguo que fue mío durante los años de mi niñez y temprana adolescencia. Allí leí todo lo que pude leer en casa, y allí escuché durante varios años la frase ¡Miguel a comer! Lanzada por mi madre desde el comedor. Ni durante la universidad cené fría la comida tantas veces.

Cuando se acabó el Tesoro de la Juventud, hice algo muy simple, lo volví a leer, pero esta vez selectivamente, releía más lo que más me gustaba, pero recuerdo que habían días que regresaba de la escuela y tomaba un tomo al azar y leía lo que apareciese también al azar y de allí hacia adelante. Llegó un punto en el que ya no había nada que no conociera de esos veinte tomos y decidí leer el índice. Apenas le di un vistazo y lo dejé. Me di cuenta que yo sabía exactamente en qué tomo estaba cada una de las cosas que había leído y en algunos casos sabía en qué página. Un poco asustado de dejar a mi primer amigo, apunté mi vista a la segunda fila de libros del estante, eran pequeños, visualmente insignificantes ante la majestuosa edición del Tesoro de la Juventud, pero era momento de investigar, la curiosidad siempre puede más.

Empecé por los que tenían mejor apariencia, allí fue que leí “El Padrino” de Mario Puzzo, quedé impresionado sobre todo ante la escena del caballo decapitado, muchos años después cuando vi la película no me pareció tan buena la recreación, pero cumplía su cometido. La novela tenía varios pasajes de alto contenido sexual y erótico – que nunca aparecieron en las películas – y que yo curiosamente leía con naturalidad. Luego leí “La Divina Comedia” en su versión completa, “Drácula” de Bram Stocker, “El exorcista”, “Papillón”, que merece comentario aparte, precisando que eran libros de mi padre, probablemente “best sellers” de la época, a pesar de ello “Papillón” en esa época me impresionó por su crudeza, más adelante, en mi juventud, me di cuenta que estaba pésimamente escrita, pero en ese entonces disfruté mucho de la historia, hasta la parte de los caníbales y las hormigas asesinas. Me enfermé, mi tío Lucho que era médico no pudo acertar que tenía y finalmente me trataron por infección estomacal, pero yo sabía que era por la novela. Allí me di cuenta que tenía una capacidad aterradora de vivir lo que leía tal como si estuviese literalmente en los lugares y escenas descritos por los autores.

Luego me encontré con algunos clásicos, nuevamente Homero, en sus versiones completas, había una novela de García Márquez, “La mala hora”, me pareció muy buena sin llegar a ser genial, para ese entonces García Márquez aún no había ganado nada y para mí era un amigo más, lo cierto es que disfruté mucho la historia de los pasquines. Muchos años después García Márquez confesó que no se sentía orgulloso de esa novela, la había escrito a solicitud de algunos amigos a fin de no que no se declarara desierto un concurso literario donde las obras presentadas no daban la talla requerida.

En ese entonces, mi padre envió a casa otro de sus aciertos, compró de algún lado la colección completa de El Escolar, que era un suplemento semanal del diario Extra, los hizo empastar en seis tomos y se agregaron a la pequeña biblioteca familiar. Como es obvio los leí de principio a fin, pero no sólo eso, estos suplementos traían unos pequeños y simples crucigramas que me apasionaron por completo y los hice todos, me di cuenta que los resolvía sin recurrir a nada más. Sólo los resolvía. Algunas cosas las sabía, pero una muy buena parte las deducía. También traía cosas para armar y construir, dibujaba los moldes en papel de cuaderno, y los armaba, de esa época son mis Quijote y Sancho Panza de triplay que debe andar aún en algún lugar de la casa de mi mamá. Con esos suplementos aprendí a hacer origami y también aprendí mucho del Perú. No se debe olvidar que era la época del gobierno militar, para ese entonces Morales Bermúdez continuaba la política del gobierno revolucionario de Velasco Alvarado y los medios de prensa estaban obligados a respaldar estas políticas. En estos suplementos aprendí historia del Perú, acerca de los Incas, del Virreinato; por primera vez leí acerca de la alineación y el anti imperialismo y me divertí mucho con las historietas de la página central que tenían como protagonistas a Coco, Vicuñín y Tacachito, que eran tres niños que representaban a cada región del país y su perro Sulky. Tampoco olvidemos que en esa época en el Perú estaban prohibidos Supermán, Batman y todos sus super amigos.

Cuando terminé de leer los seis tomos de los cinco años de suplementos de El Escolar, continué con los otros libros del estante, descubrí al fantástico Vallejo, “Los Heraldos Negros”, curiosamente era el libro con la apariencia más triste y descuidada del estante, pero era tan intenso, me marcó profundamente y me llevó a escribir poesía y publicar un poemario en mis años universitarios, luego “Los ríos profundos”, “Agua”, “La serpiente de oro”, “Los perros hambrientos” con su belleza andina y la tierna historia de sus perros, mi primer encuentro con Vargas Llosa con “Los cachorros y los jefes”, en esa época mis hermanos traían libros de la casa de mi papá para sus trabajos del colegio y yo me encargaba de que ya no vuelvan a salir de la mia, así que también y sin querer logré que la pequeña biblioteca se incremente. También conocí las fantástica novelas de aventura “El Corsario Negro” y “Los náufragos del Liguria” de Emilio Salgari.

Entre lo que leía se colaron también Lenin con su texto sobre la moral comunista, Haya de la Torre con “El anti imperialismo y el Apra” y Mariátegui con sus “Siete ensayos de la interpretación de la realidad peruana”, para ese entonces yo seguramente tenía entre diez y once años. Los leí como quien lee una novela más. Eran algo pesado para mi gusto pero se entendía su punto de vista. Fue en aquel entonces que sin querer fui ocupando el lugar de mi tía Gringa. A veces venían mis primos y hermanos y empezaban a buscar en el Tesoro de la Juventud o en El Escolar los temas de los trabajos del colegio, entonces como me interrumpían la lectura les preguntaba qué estaban buscando, luego yo con la más absoluta y simple intención de ayudarlos y para que se fueran pronto, les decía en qué tomo y en que página estaba lo que estaban buscando y se iban. Más adelante recién tome conciencia de esa capacidad cuando empezó a ser el tema de conversación en las reuniones familiares, mis hermanas y mi madre se enorgullecían de ello y yo era feliz, haciéndolas felices.

A esa edad hice dos grandes descubrimientos, uno de ellos fue Antoine de Saint-Exupery, “El principito”, una prima que fue mi madrina de primera comunión me lo regaló. Fue mi primer libro, es decir el primero que era mío de verdad, durante esos años fue una fuente de constante sabiduría. El otro descubrimiento fue la Biblia, la leí como un libro de la página uno y hasta el final y me dejó desconcertado. Todo lo que contaba no tenía nada que ver con Darwin, la “Teoría de la evolución de las especies” (libro que también estaba afortunadamente en el estante de la casa) y tampoco coincidía con nada de lo descrito en el Tesoro de la Juventud, las fechas no cuadraban, las épocas y eras de la tierra tampoco y el mito de Adán y Eva así como el diluvio no tenían ningún asidero válido, me pregunté por qué la gente reverenciaba a un libro que tenía tantas inconsistencias históricas y prácticas. En mi mente de once años, el Tesoro de la Juventud y El Escolar eran documentos mucho más válidos que la Biblia. Hoy en día, sigo pensando lo mismo, con el único ingrediente adicional que entiendo y comprendo la lectura religiosa y dogmática del texto bíblico y la respeto, pero mantengo mi posición desde el punto de vista científico. Incluso en esa época un pequeño libro de historia para niños de Disney cuyos protagonistas eran el ratón Mickey y el pato Donald, que un tío me regaló, rebatía profundamente al pobre Noé cuando aclaraba en una nota a pie que sólo los cientos de miles de especies de insectos conocidos no hubiesen entrado en el arca, eso sin contar con el trabajo de recogerlos.

Cuando se acabaron los libros de casa, empecé a buscar nuevas cosas, me prestaba libros – que siempre devolví – asistí como lector a la vieja Biblioteca Municipal de Arequipa, donde habían muy pocos buenos libros y esos pocos estaban mutilados, por eso dejé de ir, incluso concursaba en cada evento en que se ofreciera un libro como premio, así fue que a los trece años aproximadamente conocí a Cortázar, el libro se titulaba “Una flor amarilla” y lo gané en un concurso de radio, yo no sabía que se pudiera escribir así y Cortázar se convirtió en mi nuevo ídolo y paradigma. A la siguiente semana volví a concursar en el programa radial y gané un ejemplar titulado “Cuentistas peruanos”, allí encontré a Vallejo en otra faceta con “Paco Yunque”, y por primera vez leí a Oswaldo Reynoso y a Ribeiro. Fueron descubrimientos increíbles, por esa misma época tomé uno de los pocos libros que no había tenido el ánimo de leer de la biblioteca de casa. Era un libro de tapas de cartón color verde petróleo y páginas con letras menudas y apretadas. El título en la tapa estaba casi borrado, se llamaba “La Casa Verde”, de Vargas Llosa, lo leí sin ganas y me pareció más pesado que Mao Tse-Tung. Luego lo volví a leer cuando tenía unos treinta años, pero nunca me dejó esa sensación que deja una buena lectura.

Leí muchos buenos libros en la secundaria, pero nunca con la frecuencia que leía en primaria. De esa época son las lecturas profundas de Shakespeare, Góngora, Cervantes y Quevedo. También Víctor Hugo, Sartre “Las palabras” y el impresionante Kafka. Fue en la secundaria que empecé con mi biblioteca personal, con el dinero que juntaba de las pocas propinas y lo que ganaba ayudando al papá de un amigo que tenía un restaurant me compraba libros, obviamente piratas en la plaza San Francisco. También en esa época leía a Asimov y sus novelas de ciencia ficción que siguen siendo una guía de tecnología aplicada, y me preocupé con “Yo visité Ganimedes” de un oscuro autor cuyo nombre ya no recuerdo. En esos tiempos también leí con mucho respeto los dos tomos de “El capital” de Marx y Engels, que estaban en lo más alto del estante e intimidaban con su tamaño y sus solemnes tapas azules.

En la universidad pasé por Platón y Descartes, pero sobre todo conocí a Nietszche, un genio valiente y mordaz. El filósofo que me dijo “no estás solo en tu forma de ver las cosas”, al fin alguien que ponía las cosas sobre la mesa como ninguno antes.

En esta época de universidad, en primer año para ser preciso, una de las cosas más útiles que hice fue la recolección de revistas pornográficas. Como yo era muy independiente mi madre nunca revisaba mis cosas, así que me dedique a ofrecerme como receptor de revistas Playboy, Penthouse, Hustler y otras de más grueso calibre que mis amigos ya no podían esconder en sus casas y que les habían causado diversos problemas y querían deshacerse de ellas. Entonces cuando ya tenía como quince revistas en muy buen estado y de notable calidad, me armé de valor y fui a la plaza de San Francisco y se las ofrecí a un revendedor de libros usados y piratas. El las vio y me preguntó cuánto quería, yo le contesté que quería libros a cambio. El me miró como si estuviese loco y me dejó escoger, yo empecé a colocar libros sobre su banca preguntándole cada vez si ya era suficiente. Ese día me fui a casa con ocho novelas, entre ellas una edición preciosa de “La Madre” de Máximo Gorki, “Rayuela” de Cortázar, “Crimen y castigo” de Dostoievski y el maravilloso trabajo – para mí el mejor – de Mario Vargas Llosa: “La Guerra del fin del mundo”.

Los vendedores de libros no saben lo que tienen la mayoría de las veces, sobre todo los que venden libros usados, los que venden pirata son otro rubro. Pero ambos se guían de los libros más pedidos por su propio público, entonces un ejemplar antiguo y poco buscado es valioso sólo por su apariencia, si uno sabe negociar como yo aprendí en esos años, se pueden obtener buenos resultados.

Un evento que cambió mi vida sucedió el verano de mil novecientos ochenta y siete: Acababa de terminar el colegio y el papá de un amigo generosamente me pagó la academia preuniversitaria, ya que mi familia no tenía recursos para ello. Una mañana un compañero cuyo nombre no recuerdo ahora pero que respondía al apodo de Marciano, llevó un libro de buena factura, lomo cosido y de tapa dura color café, estuvo con él toda la mañana y en algún momento él y otros se escaparon a alcoholizarse, cuando salía me dejó el libro y me pidió que se lo cuide.

Ese día el Marciano no regresó y me llevé el libro a casa, lo empecé a leer en el almuerzo, nunca en mi vida olvidaré “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el Coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.” Lo tengo grabado en la memoria como el padre nuestro, sólo el inicio me conmovió, no pude parar, leí como no había leído nunca, leía mientras comía, en clases, en el bus, en banca de sillar de la placita de las galerías La Colonial. Terminé de leerlo y no podía creer que alguien escribiera así, era mucho mejor que Cortázar y Kafka; entre los años ochenta y siete y noventa leí ese libro unas cuarenta veces, pero para la segunda lectura tuve que hacer un árbol genealógico para saber perfectamente quién era quién; esa hojita me acompañó las primeras cinco lecturas, luego ya no fue necesaria. Tiempo después, ya en la universidad, a la salida de clases, encontré a un tipo que vendía libros a un sol en la vereda de la avenida Independencia. Allí estaban “Los funerales de la mamá grande”, “La hojarasca”, “Historia de un náufrago” y “Crónica de una muerte anunciada”, los compré y me quedé sin pasajes para la semana, pero no importaba. Años después cuando tuve un trabajo bien remunerado, gasté mucho de mis ingresos en comprar todo lo que García Márquez había escrito y creo que lo logré, incluso tengo cuatro voluminosos tomos de casi todos los artículos periodísticos escritos por él y una biografía muy detallada: “El viaje a la semilla” de Dasso Saldivar. Aún tengo en un lugar especial ese ejemplar de “Cien años de soledad” que me dejó el Marciano, a pesar de sus hojas ajadas y que algunas secciones se descosieron de tanto leerlo, creo que he cumplido bien el encargo de cuidarlo.

Luego de García Marquez ya no fue difícil saltar a Borges y Sábato, pasando incluso por un irreverente Jaime Bayly que hace un notable trabajo en “Los últimos días de La Prensa” y “La mujer de mi hermano”, luego Bryce y de él pasar a Hemingway es inevitable y de allí a Faulkner y Emily Bronte resulta natural, me preocupé por leer todo lo que aun no había leído de Vargas Llosa y me maravillé con “Los cuadernos de Don Rigoberto”, “El Elogio de la Madrastra” y “La Fiesta del chivo” entre otras, pero debo confesar que nunca, pero nunca reí ni disfruté tanto una lectura como con “Pantaleón y las visitadoras” al extremo que alguna vez mis ocasionales compañeros de algún vuelo en el aeropuerto de Lima me miraban como si hubiese perdido la razón cuando yo en la sala de embarque no cesaba de reír a carcajadas leyendo en solitario esa novela. Descubrí también a un finísimo Umberto Eco primero con “Como se hace una tesis” y luego con “El nombre de la rosa”; leí también algunos japoneses y cuando pensaba que ya había leído todo lo bueno que se podía leer, un día una persona muy querida y conocedora de mi afición, me regaló un ejemplar de “El perfume” del alemán Patrick Süskind, mucho antes de que hicieran la película que la verdad no le hace ningún favor a la novela, como casi siempre. Hace poco en un vuelo retrasado de Arequipa a Lima, en la librería de la sala de embarque encontré de casualidad, buscando algo para matar el tiempo, una interesante novela titulada “Wicked, memorias de una bruja mala” de Maguire que recomiendo a los que alguna vez leyeron el mago de Oz – o vieron la película en el peor de los casos – y Dorothy les cayó tan mal como a mí. Debo comentar, que durante todo el tiempo que trabajé para el sistema financiero gasté casi la mitad de mi sueldo cada mes en todos los libros que leí alguna vez en resúmenes y ahora quería leer completos, sin embargo nunca abandoné mis viejos libros piratas. Allí están fieles compañeros testigos de los viejos tiempos. Seguramente no he mencionado a muchos de todos los amigos que me han acompañado en estos cuarenta años en esta nota que inicialmente iba a ser una carilla y ya va por la séptima página, pero sé que ellos sabrán comprenderme.

En compensación de lo leído, nunca aprendí a remoler un trompo, se cómo hacer un cometa pero nunca logré hacer volar una, fui pésimo con las canicas y caretas y el fútbol siempre fue una cosa ajena para mí, más propia de panaderos, carretilleros y estibadores, con el perdón de los panaderos, carretilleros y estibadores. A pesar de los esfuerzos de mi hermano mayor para enseñarme lo básico del deporte, nunca le hallé sentido a darle de patadas a una pelota con el riesgo (que en mi caso se concretó en muchas ocasiones) de recibir un pelotazo en la cara. Lo cierto es que no me arrepiento, cuando me encuentro en días como hoy con este agobio de soledad, me basta recordar a mis amigos y dejo de sentirme solo. Creo que fui y sigo siendo privilegiado al haberme encontrado con tantos amigos en la niñez, adolescencia y juventud, amigos incondicionales que nunca decepcionan.

sábado, 29 de enero de 2011

HUMILDAD

Durante mi vida me he encontrado en diversas ocasiones con gente, que directa o indirectamente me han recomendado ser más humilde. Al parecer la humildad es considerada como una virtud de gran valía por un grupo mayoritario de personas.

No voy a entrar a discutir las definiciones del diccionario de la Academia de la Lengua o las de Wikipedia. Lo cierto es que la humildad es entre otras una virtud dentro de la estructura filosófica de un credo, como es el cristianismo. Siendo el cristianismo una religión o culto, sus normas y preceptos filosóficos son solo exigibles a quienes profesan la religión.

Exigir la humildad a todos los seres humanos no es otra cosa que un acto de intolerancia de quienes la practican. Cuando un cristiano practicante (o que cree serlo) se para frente a otro a exigirle humildad, no está haciendo otra cosa que imponer una conducta deseable o exigible para quienes comparten con él su dogma, pero a nadie más.

Ya Agustín de Hipona (uno de los más grandes filósofos de la Iglesia Católica) decía sabiamente que la humildad es una virtud curiosa, dado que precisamente en el momento que uno cree tenerla acaba de perderla. Partiendo de esa premisa aquél que exige humildad a otros debería tener la calidad moral para exigirla, es decir tendría que ser humilde. Resulta evidente que un acto de humildad básico sería el no cuestionar la falta de humildad de los otros, dado que quien exige humildad implícitamente se jacta de la suya. Por principio quien es humilde no podría imponerle humildad a otro.

En la vida real y en estos tiempos modernos parece ser que quienes exigen humildad a otros en realidad son aquellos que no soportan los logros del prójimo. Se llama a esta conducta mezquindad, y es practicada por aquél que se niega a reconocer el éxito del otro y en su afán de disminuirlo llama al titular del logro de “poco humilde” o “falto de humildad”. Si hago una retrospectiva y me fijo en quienes han cuestionado alguna vez mi falta de humildad me doy cuenta que no son aquellos que puedan ser reconocidos precisamente por sus logros o éxitos, ya sea en su vida personal, familiar o en cualquier otro aspecto.

Dos mil años de cristianismo le han enseñado a la gente que ser humilde está bien y que uno no debe jactarse de sus logros, bueno, no cuestiono esos preceptos de quienes los tienen como norma de vida, pero no son los míos. Cómo dije son preceptos del cristianismo y quien profese ese culto deberá sentirse (paradójicamente) orgulloso de ser humilde. Pero exigir conductas a otros es totalmente arbitrario, intolerante y antidemocrático.

Nieztsche (equivocado o no) cuestionó duramente el cristianismo por ser un filosofía que promueve antivalores naturales o dicho de otra manera valores contrarios a la naturaleza del hombre(desde la perspectiva del propio Nietzsche y que comparto). Hace muchos años, durante mi adolescencia y primeros años de juventud, cuando mis prójimos cristianos se encargaban de hacerme sentir sumamente mal cuando me sentía orgulloso de mis avances en el duro camino de la vida, encontrar a Nietzsche fue un verdadero alivio; encontré por primera vez a alguien que compartía mis cuestionamientos a una cultura donde incomprensiblemente la pobreza de espíritu es una garantía para lograr un lugar en el cielo. Quedó grabada en mi mente la frase del filósofo que dice: “Cuando se pisa a un gusano, este se enrolla, lo que es muy inteligente porque con ello reduce la posibilidad de ser aplastado. Ese es un ejemplo de humildad.” Yo no quiero ir a ese cielo poblado de pobres de espíritu si es que existe.

Si la humildad es tan gloriosa virtud, ¿porqué los cristianos se jactan tanto de sus propios credos? Quién no ha recibido la fastidiosa cadena de correo electrónico que dice: “Yo no me avergüenzo de decir que creo en Jesús”, ¿no es ésta una forma de orgullo? Las sectas y diversas variantes de cristianismo que existen particularmente en Latinoamérica ¿acaso no se jactan unas respecto a otras de tener la verdad en sus manos? Pero sin ir muy lejos, en nuestras propias comunidades, nuestro vecinos, ¿acaso no exigen una conducta cristiana en clara alusión que cualquier otra forma de concebir el mundo está equivocada? No es raro leer o escuchar a padres de familia o compañeros decir que gracias a Dios tienen una familia con sólidos valores cristianos. ¿Es decir que una familia no cristiana no tiene valores? ¿Sólo los cristianos merecen vivir en sociedad? ¿Qué sucede con los no cristianos? ¿Somos una especie de parias o marginales?

Resulta claro que la humildad es cuando menos una conducta esperada de quienes proclaman practicarla, pero parece que en la práctica nunca es así. Sin embargo si una persona como este aventurero escribidor habla o escribe de sus logros, de las cosas que eventualmente ha aprendido o conseguido, nunca falta un fresco que sale a exigir humildad. Esa exigencia de humildad debe traducirse como “No me restriegues en la cara las cosas que sabes o que haces”, es decir la oda a la mediocridad. Esta mala concepción de la humildad es en realidad el disfraz artero y perverso de la mediocridad. Cuando veo un post de alguno de mis queridos amigos que informa que llueve en Houston, o que el tráfico está pesado en Londres, que acaba de terminar exitosamente su doctorado en Lima, o que está organizando un gran evento empresarial en provincia, mi corazón se llena de alegría y comparto esos logros. Creo firmemente que sería mezquino reclamarles humildad. Esos logros no caen del cielo, cuestan esfuerzo, disciplina, trabajo y esmero. ¿Porqué tendrían que ocultarlos? Y si alguien sabe cosas o domina determinados temas ¿Porqué exigirle que se calle? Esos conocimientos también son el resultado de esfuerzo. La teoría del mediocre es que esos éxitos hacen más notoria su mediocridad, por eso necesita ocultarlos, opacarlos o desmerecerlos.

Cuando alguien gana una competencia, normalmente es felicitado por los demás. Es costumbre que el ganador le diga a los otros competidores: “¡Buen trabajo! Sigue intentándolo.” Pero esa frase también hay que ganársela: esa frase se brinda al competidor que estuvo al nivel adecuado en toda la competencia. Ya sea que uno sea el ganador o perdedor, recibir o dar esa frase tiene mérito si uno puso todo el alma, empeño, corazón y talento en la brega. Esa frase no se la merece el mediocre. El mediocre que sólo compitió para probar suerte, no sólo no colaboró, si no que fue un estorbo, contribuyó a disminuir el nivel y además, es ese precisamente el que va a reclamar humildad al ganador. Nuevamente: “No me restriegues tu éxito en la cara”, es decir la apología de la mediocridad. En cambio el que perdió haciendo su mejor esfuerzo comparte el triunfo y la gratificación del ganador. Los ganadores se edifican entre sí. Los mediocres se disminuyen entre sí y tratan de disminuir los logros de los ganadores.

Seguramente alguien se sentirá aludido leyendo este texto y pensará que estoy equivocado. Puede ser, pero tengo el derecho constitucional a estar equivocado, a la libre expresión y decir lo que pienso. No profeso el cristianismo, por tanto no se me pueden exigir los valores de ese credo. Mi dignidad de ser humano me permite defender mi punto de vista y las hipótesis que formule sobre mí mismo. No aconsejo el ataque artero de quien se sienta descrito en estos párrafos, puesto que si además se jacta de ser cristiano, deberá en todo caso poner la otra mejilla y orar por la salvación de mi alma, ya que yo no lo haré.

La vida es una competencia desde que se nace, algunos lamentablemente nacen en entornos donde las oportunidades son mínimas o no existen, hay otros que nacen con mejores oportunidades y otros que hacen sus propias oportunidades a pulso. Tristemente hay muchos que desperdician valiosas oportunidades y luego les atribuyen la culpa a los demás, a la vida o a la suerte. Lo cierto es que cada uno está permanentemente compitiendo en su entorno. Cada uno de nosotros es consecuencia de nuestras propias decisiones. Hoy en día, y recordando mi lugar y medio de origen, rechazo al reclamo de humildad que me haga cualquier mediocre. Lo que sé y lo que tengo no cayó del cielo, es producto del esfuerzo y de años de rigurosa disciplina y trabajo. Me jacto de ello.