Mostrando entradas con la etiqueta militar. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta militar. Mostrar todas las entradas

miércoles, 11 de mayo de 2011

DEMASIADO CERCA (Cuento)

Esa mañana Mosquito se levantó temprano de la cama, como todos los días estiró rápidamente las sábanas sin dejar una sola arruga, colocó la frazada de la misma manera y luego sobre ella extendió el cubrecama impecable. Se paró frente al único espacio vacío del modesto cuarto y se lanzó al piso con la espalda recta como una tabla y las manos sólidas a la altura de su pecho, sesenta planchas sin parar. Se incorporó, tomo aire y descansó, midió el tiempo por reloj durante treinta segundos y esta vez flexionó sus rodillas, se puso de cuclillas y extendió sus puños hacia el frente, rebotó sobre el sitio contando hasta cien veces, “cien ranas” pensó cuando terminó. Se levantó del sitio y fue a darse un baño.

Bajo el chorro de agua helada Mosquito se jabonaba a conciencia soportando el frio que empezaba a adormecerle el cráneo, pensaba en la alegría que le daría ver a su hermano finalmente en casa. Terminó, se secó con fruición para recuperar la temperatura corporal, se ajustó la toalla a la cintura y regresó a su cuarto a vestirse; una vez allí se desnudó por completo y se miró en el pedazo de espejo que tenía colocado sobre una pequeña mesa. A sus diecisiete años estaba bien formado, los brazos fuertes y torneados, el pecho robusto y las piernas poderosas, a diferencia de la mayoría de sus enclenques coetáneos, él lucía como un hombre. Sonrió orgulloso y se vistió con ropa de trabajo: Un jean viejo, un polo gris y sobre ellos un overol que alguna vez fue color naranja.

Sobre la mesa de la cocina encontró como siempre un vaso de leche y uno de jugo de frutas, los que su madre, que trabajaba en el mercado cercano vendiendo carne, le dejaba cada día antes de salir al trabajo. Mosquito bebió de ambos vasos de pie, sin parar, luego se preparó un sándwich con un poco de carne fría del viejo refrigerador y se dirigió al taller en el fondo de la casa.

Su padre ya estaba trabajando en un motor que habían desarmado el día anterior. Desde que acabó la escuela el año pasado había empezado a ayudar en el taller de mecánica familiar mientras esperaba las fechas de reclutamiento voluntario en el cuartel del ejército.
– Buenos días señor – saludó.
– Buenos días – contestó pesadamente don Eulogio mientras luchaba contra una tuerca reacia a girar.
– ¿Lo ayudo?
– ¡A ver! – contestó su padre mientras se retiraba para darle espacio y le entregaba una llave de tuercas, Mosquito se acomodó y empezó a forcejear lentamente con la herramienta. Luego de algunos segundos logró girarla y se incorporó radiante.
– ¡Listo!
– Hoy regresa tu hermano del servicio – comentó don Eulogio distraídamente mientras lanzaba la tuerca recién extraída a una pequeña lata llena con gasolina.
– Sí.
– ¿Y cuándo es tu inscripción? – preguntó.
– Primera semana de junio señor, de aquí a dos semanas – contestó con voz firme y casi cuadrándose, en ese instante escuchó una risa estrepitosa viniendo desde su espalda.
– ¡Ja ja ja! ¡Ese soldado Mosquito! – en la entrada del taller reía el Mosca, el mayor de los hermanos, un mestizo imponente de musculosa espalda cuadrada y cabello hirsuto cortado casi al rape.
– Ja ja – se rió de mala gana Mosquito, no le gustaba el apodo y menos aún cuando quien se lo decía era su hermano mayor.

El Mosca había servido hacía años en el cuartel, como lo habían hecho en su momento su padre don Eulogio, el abuelo Genaro y el bisabuelo Serafín. Servir en el cuartel era una tradición familiar de los Ticona, sin embargo la costumbre de ser comando la había iniciado el abuelo Genaro; él había sido el primero en inscribirse en la escuela especializada de élite, donde oficiales, suboficiales y soldados rasos perdían todo rango durante los seis meses que duraba el curso de supervivencia, los inscritos, sin excepción, eran entrenados fuera de cualquier privilegio en técnicas de explosivos, de misiones de aniquilamiento y sobre todo en el desarrollo de habilidades psicológicas y corporales a través del sometimiento de rigurosos trabajos físicos y de agotamiento mental. Normalmente de cien inscritos sólo culminaban veinte o treinta, los demás iban renunciando y regresaban en silencio a su arma y rango de origen. Los que terminaban el curso debían pasar todavía una prueba final antes de graduarse: Se les abandonaba uno por uno en diferentes lugares de la oscura selva peruana, sin GPS, sin arma alguna a excepción de un cuchillo de caza, sólo el uniforme de comando y algunas herramientas básicas. Debían sobrevivir una semana, alimentarse, conseguir agua, construir o adecuar refugios y finalmente ubicar un punto específico con la ayuda únicamente de su sentido de orientación donde serian recogidos de nuevo por un helicóptero. Normalmente casi todos lo lograban, trabajaban en equipo. Don Genaro había aprobado el curso, don Eulogio a pesar de su corta estatura también lo había logrado, sin embargo el Mosca fue el primero de la familia en graduarse del curso de comandos en el primer puesto y con honores.

Don Eulogio, convencido de que el patriotismo y la disciplina militar forjan el carácter viril necesario para la vida, había criado a sus tres hijos desde muy niños como si la casa fuese un pequeño cuartel, los tres sabían, desde muy niños, tender sus camas, limpiar meticulosamente sus espacios, asearse, vestirse, peinarse y saludaban a su padre de “señor” y lo trataban de “usted.” De los tres hermanos, el mayor, Germán o el Mosca, como le decían todos en el barrio, era el que más había asimilado su ineludible destino, desde los diez años corría dos kilómetros cada día, cuando cumplió diecisiete ya corría treinta kilómetros diarios todas las mañanas. Levantaba fierros, baldes, balones de gas, pesas, bolsas de cemento y todo lo que se pudiera encontrar y cargar, comía todo lo que se pudiera comer, no le hacía asco a nada. A los quince vio en el cine una de las tantas películas de su héroe Silvester Stallone, tomó sus ahorros y se compró en el puesto de uno de los tantos mercachifles del centro de la ciudad unos enormes lentes oscuros similares a los del personaje de la película. El sábado por la tarde apareció por el parquecito del barrio con su polo de manga corta ceñido y sus lentes oscuros, sosteniendo una pajilla entre los dientes. Una de las chicas del grupo lo miró y le dijo de tal forma que todos la oyeran:
- ¡Ay Germán, con esos lentes pareces una mosca!
Los chicos del barrio se echaron a reír, Germán no se inmutó y siguió dando vueltas por el parque exhibiéndose, pero el apodo le quedó para siempre: el Mosca.

Germán, el Mosca, era el orgullo de don Eulogio y del abuelo Genaro, era una especie de héroe local, su diploma de la escuela de comandos estaba colgado en un lugar especial de la sala de la casa, junto con las medallas ganadas por varias generaciones de soldados Ticona, y al lado una foto suya de cuerpo entero con uniforme camuflado de comando, fusil AKM y el rostro feroz pintado con intimidantes rayas negras y verdes.

A diferencia de don Genaro que se había “reenganchado” en el ejército luego del tiempo obligatorio del servicio militar y había pasado la vida como soldado, jubilándose con el rango de suboficial técnico de primera, don Eulogio había terminado su servicio y de inmediato se había puesto a trabajar en el taller que él mismo fue construyendo a pulso y férrea disciplina castrense. El Mosca no necesitaba trabajar, llevaba tres años fuera del ejército y ayudaba de vez en cuando en el taller, pero la mayor parte del tiempo la pasaba disfrutando de su fama de celebridad y galán de barrio.

Edgar, el segundo de los hermanos terminaba hoy su servicio, había aprobado también la escuela de comandos y ya había anticipado sus deseos de ayudar en el taller de mecánica. Edgar era tranquilo, reservado y más centrado que Germán, a ello probablemente se debía que todos en el barrio lo respetaban, y no se había ganado ningún apodo; para mala suerte de Mosquito, su admiración por su hermano mayor lo había condenado no sólo a heredar el sobrenombre, sino a recibirlo en diminutivo: Una vez en el billar de la vuelta de la casa, como dos años atrás, uno de los viejos tiburones le preguntó al Mosca quien era ese chico flaco y larguirucho que lo venía a mirar jugar todas las tardes desde la ventana que daba a la calle. “Es mi hermano, Rubén” dijo el Mosca, “¡Ven aquí Mosquito, tómate una gaseosa!” le dijo el hombre, y desde esa vez no pudo deshacerse del feo apelativo.
– ¿Y a qué hora llega Edgar? – preguntó el Mosca, sacando a Rubén de sus recuerdos.
– Ya debe estar por venir – contestó Don Eulogio, en la noche van a venir sus amigos, dice tu mamá que le van a hacer una fiesta.
– ¿Fiesta? Pero esas fiestas sin hembritas terminan en borrachera fija – se burló Germán.
– Van a venir las amigas de mi prima Gloria – dijo tímidamente Rubén.
– Ya veremos si vienen – replicó Germán – y tú Mosquito – agregó – empieza a hablar como hombre carajo, si no quieres que te revienten en el cuartel.
Mosquito asintió con la cabeza y se quedó mirando el piso, la presencia del Mosca lo intimidaba ahora tanto como en algún momento le causó admiración. Hasta el año pasado quería ser como él, pasó todas la tardes y fines de semana del quinto de secundaria haciendo ejercicio, alimentándose, verificando su peso en la balanza de la farmacia frente a la plaza, se medía los bíceps, los muslos, anotaba los progresos. Empezó a correr, notó que iba ganando peso, volumen, ganó talla también, ahora era más alto incluso que el Mosca, pero todavía se le veía espigado. Nunca nadie en casa le había dicho nada, pero sabía que su destino era el cuartel, la escuela de comandos, el servicio a la patria, la tradición familiar; no había forma de escapar de ello.

Por la tarde, luego del abundante almuerzo de bienvenida, Edgar llamó al Mosquito y le pidió que lo acompañe. Rubén se levantó presto y salieron a la calle.
– Vamos a comprar un par de cajas de cerveza Mosquito.
– No me gusta Edgar – se quejó.
– ¿No te gusta qué, sapo? – bromeó su hermano.
– Que me digas Mosquito.
– ¡Puta que sensible el señor! Acostúmbrate nomás, el cuartel te van a decir peores cosas.
– Oye Edgar, ¿y qué vas a hacer ahora que se acabó el cuartel?
– Trabajar pues, ayudar al viejo en el taller, hay que juntar plata, invertir. Estoy pensando en comprar el canchón del costado. Hay que comprar mejores herramientas, gatas hidráulicas, ahora los carros son electrónicos, hay que comprar una computadora para testear los sensores; cuando te inscribas en el cuartel escoges ingeniería, allí vas a aprender hartas cosas, y te juntas con los que reparan los carros y las camionetas; también los tanques y tanquetas, ahí se aprende nomás. Vas a ver como al toque sacas los trucos. Cuando termines el servicio, contigo más vamos a levantar el taller del viejo.
– Pero yo no quiero pasarme la vida en el taller – se lamentó Rubén.
– No hables huevadas Mosquito, ¿o quieres ser como el vago del Mosca que vive de lo que las hembritas del barrio lo dan?
– ¿Qué?
– ¿Eres imbécil o qué? ¿No te has dado cuenta acaso? De dónde crees que el Mosca saca para vestirse. ¿Acaso crees que el viejo le da? El viejo lo aguanta porque el Mosca hizo lo que él nunca pudo, pero lo aguanta nomás, ¿tú crees que al viejo no lo carga verlo todo el día sin hacer nada?
– No me refería a eso, yo quisiera estudiar otra cosa, tal vez un instituto.
– Estudias cursos de mecánica en las tardes y ayudas en el taller en el día – sentenció Edgar.
– Sí, pero…
– ¡Ya no jodas Mosquito! – interrumpió impaciente Edgar, al final eso recién lo veremos cuando termines el cuartel. Acaba el servicio y la escuela de comandos como todos y hablamos, además ni siquiera depende de mí, sino del viejo.
Llegaron a la tienda, compraron cuatro cajas de cerveza y las llevaron a la casa en silencio. Rubén se quedó pensando en la conversación con Edgar. Había llegado al punto de no estar seguro de querer ser como sus hermanos, en particular ya no quería ser como el Mosca. No quería ser un bruto prematuramente jubilado, el Mosca y Edgar habían cumplido todas las expectativas familiares con menos de veinte años de edad; ¿Y después? ¿Qué había después? ¿Tendría qué resignarse a ser un pobre mecánico de taller de barrio toda su vida? Le gustaría tanto viajar, conocer París, Milán, vestirse como las estrellas de cine, cómo los cantantes. ¿Porqué tenía que ir al cuartel? En dos semanas más empezarían las inscripciones. ¿Y si hablaba con su padre? Le temblaba el cuerpo de sólo pensarlo. Don Eulogio no hablaba mucho, pero era sólido como una piedra en sus decisiones. Nunca había escuchado una discusión en casa. Nadie contradecía ni desafiaba al viejo. Era así de simple, lo que don Eulogio decía, eso se hacía. El único que se la llevaba fácil era el Mosca, pero de alguna manera se había ganado esos privilegios, muy a pesar del viejo.

En la noche, mientras los primos, primas y amigos bailaban, conversaban y reían, Mosquito iba de un lado a otro deprimido, bebiendo cada vez que alguien le decía salud. “¡Salud por tu hermano!” le decían, “¡Salud Mosquito, tú eres el próximo!” y lo obligaban a vaso lleno. Mosquito brindaba, bebía y reía. Luego de un rato, y sintiéndose mareado, se apartó de la reunión, salió al zaguán que daba al taller, allí, apoyado en la pared, lo encontró la prima Gloria.
– ¿Me parece o estás borracho, primo? – preguntó pícara Gloria.
– Te parece nomás – contestó Mosquito con los ojos entrecerrados.
– Ya pronto te toca ir al cuartel ¿No?
– No quiero ir a esa huevada – contestó Mosquito apoyando la cabeza en la pared, mirando al cielo y entornando los ojos.
– ¿Y eso? – preguntó la prima.
– ¿Sabes qué primita? No quiero ser soldadito… – dijo Mosquito al mismo tiempo que ponía la botella de cerveza que tenía en la mano sobre su pelvis simulando un falo.
Gloria abrió los ojos sorprendida por la grosería, pero luego se echó a reír a carcajadas, Rubén también rió con un raro brillo en los ojos.
– Ya sé cuál es tu problema Rubencito, espérame aquí que te voy a presentar a un amigo.
Unos minutos después regresó Gloria con un muchacho de unos veinte años, alto, guapo, varonil. Los presentó, se dieron la mano. Empezaron a hablar, Gloria se excusó discretamente, ellos ni le prestaron atención. Mosquito veía al chico hablando, escuchaba las palabras pero no se daba el trabajo de entenderlas, le contestaba “sí”, por contestar, asentía con la cabeza, ponía cara de atento y concentrado, pero no dejaba de ver su cuello largo y sus brazos tersos; la camisa abierta dejaba ver una cadenita plateada con una cruz, bajó la vista, el pantalón apretado, las piernas gruesas. Se avergonzó, levantó el rostro para seguir fingiendo que atendía lo que decía ese dios griego, asentía nuevamente y en medio del ruido sordo veía esos labios carnosos formando figuras, moviéndose, lo costaba esfuerzo escucharlo, la bulla de la música estridente lo aturdía, se acercó a su oído y le gritó: “¡No te escucho bien!” y aprovechó para sentir su fragancia varonil. El chico le señaló el taller que estaba casi a oscuras para conversar mejor, caminaron, allí estaba bien, se detuvieron, cerca el uno al otro, muy cerca, Rubén ya no oía la música, ni tampoco las palabras del muchacho, solo veía sus labios moverse, demasiado cerca, tan cerca que casi no le costó esfuerzo posar sobre ellos los suyos, sentirse correspondido y olvidarse por completo del viejo, de sus hermanos, de los cuarteles, de la vida miserable de soldadito de plomo y del mundo. Ya no se sentía un mosquito, ni mucho menos una mariposa, era un ave, un águila, un cóndor rojo, azul, violeta, naranja, que vuela libre, lejos, que se va, que se pierde, una mancha, un punto, una luz en el horizonte de una noche clara, una estrella…

lunes, 20 de diciembre de 2010

MIS REGALOS DE NAVIDAD

De alguna manera siempre supe que Papa Noel era un invento. Hasta donde alcanzan mis recuerdos, tuve siempre la certeza de que los adultos compraban los regalos para los niños. Sospecho que los adultos parten (partimos) de la premisa que los niños son estúpidos. Lo cierto es que tal vez sean inocentes, pero estúpidos nunca. Normalmente se vuelven estúpidos después, cuando interactúan con nosotros, los adultos y les contagiamos nuestra estupidez.

En mi casa la navidad llegaba más bien temprano, a pesar de la estrechez económica, mi madre siempre se las arreglaba para adornarla con gracia y ella misma confeccionaba las guirnaldas con la ayuda de mis hermanas. Se ahorraba dinero para una cena decente el día veinticuatro, que es uno de los recuerdos más gratos de mi niñez. Hasta hoy Semana Santa y Navidad están catalogadas en mi memoria como fechas de comer bien, mucho y rico.

Mi madre tenía la costumbre de comprarnos obsequios modestos precisamente la noche del veinticuatro, recuerdo verla salir a las seis de la tarde luego de dejar las ensaladas y otros platillos listos, acompañada de mis hermanas mayores, a fin de hacer las compras navideñas. Retornaba casi siempre a las diez u once de la noche, con prisa, nos enviaba a los más chicos a ver la televisión mientras envolvía los presentes en papel de regalo y los colocaba bajo el árbol (los árboles de plástico eran un lujo, el nuestro era de alambre forrado con papel crepé) pocos minutos antes de dar las doce de la noche.

En un inicio pensé que mi madre lo hacía con la finalidad de mantener el suspenso y la magia de la navidad, más adelante descubrí que era porque mi padre (que no vivía en casa con nosotros) le daba el poco dinero de las compras el mismo día veinticuatro por la tarde.

Mi padre, militar del Ejército Peruano, vivía con otra mujer en otra casa y con otros hijos, como la mayoría de los padres de este país. Claro que la que ostentaba la partida de matrimonio era mi madre, lo que le permitía afirmar con dignidad que la mujer con la que vivía mi padre era la otra, cosa que por cierto, en la práctica no sirve para nada más que para el auto consuelo. Mi madre en su infinita bondad y dignidad nunca pensó siquiera en demandar a mi papá.

Resulta entonces que además de mis seis hermanos que vivían conmigo y mi mamá, tenía dos hermanos más en otra casa, menores que yo en seis y siete años, un hombre y una mujer. Nunca me costó trabajo entender el concepto. Siempre me pareció muy natural además. Es lo bueno de nacer en una familia disfuncional: Los traumas no te joden la niñez. La desventaja es que regresan en la etapa adulta a revolverte la vida.

Las primeras navidades de la infancia, como decía fueron gratas. Un hermano de mi padre se fue a Estados Unidos a estudiar medicina y se quedó por allá a vivir. Venía cada tres años por las fiestas y traía regalos. Además de mi tío era mi padrino de bautizo, así que al menos los primeros años me tenía cierta consideración. Recuerdo que un año que me trajo una radio AM amarilla con la figura de Mickey Mouse, el brazo del ratón señalaba el dial con mano envuelta en un guante blanco y además venía con un micrófono que permitía usar la radio como un altavoz. Fue uno de los mejores regalos que tuve. Casi nunca lo usé. Como buenos pobres, mi madre lo guardó para usarlo en ocasiones especiales. Pasó mucho tiempo guardado, recuerdo haberlo visto muchas veces. Lo miraba sobre la mesa, lo miraba y lo remiraba. Lo usé muy poco. Mi madre hizo un esfuerzo y cuando se acabó la batería con la que vino, compró otra. Cuando esa segunda batería se acabó no volvió a sonar. Solo lo miraba. Un día en mi inocencia y creatividad, conseguí un cable mellizo y un enchufe viejo. Desarmé la radio y con mucho cuidado corté los cables de la radio que conectaban la batería y los uní con los extremos del cable mellizo. Con pedazos de cinta adhesiva usada cubrí las juntas y listo. Recuerdo claramente el momento, en el dormitorio que compartía con mis hermanos, sobre el planchador, allí estaba la radio, enchufé y encendí… de inmediato un sonido fulminante y seco, un par de chispas y el fuerte olor a plástico quemado. Doscientos veinte contra nueve voltios, una lucha desigual. Ese fue el fin de la radio de Mickey Mouse.

Otro regalo invaluable fue el que me hizo mi padre cuando tenía cinco o seis años. Era el paquete de Mis Ladrillos que no estoy seguro, pero creo que era de Lego. Eran solo piezas de diversos colores y tamaños y de muy buena calidad. Venían puertas ventanas y techos a dos aguas de plástico verde. El resto lo hacia uno mismo. Esos ladrillos se convirtieron en mis mejores amigos durante toda mi niñez. Fueron casas primero, luego pirámides, animales, cajas, cofres de tesoros, desbaraté un par de carritos de plástico viejos y usé sus ruedas para hacer tanques de guerra, vehículos intergalácticos, naves espaciales, cohetes y todo lo que pude en los cinco o seis años que me acompañó, hasta que me hice adolecente.

Quienes me conocían bien en mi niñez (que eran muy pocos) sabían que un paquete de plastilina me hacía mucho más feliz que un dulce o una gaseosa. Todavía recuerdo el olor característico de la plastilina al abrirse el paquete para convertirse en rosas primero, árboles verdes con sus manzanas rojas, luego en animales actuales y prehistóricos, arañas con su telaraña, bolicheras, ballenas y finalmente en los pilotos y componentes de las naves que fabricaba con Mis Ladrillos.

A pesar de que aprendí a leer muy chico, y que siempre me encantó la lectura y todos lo sabían, solo una vez en toda mi vida me han regalado un libro en navidad y eso fue cuando ya estaba cerca de los treinta años. El libro fue “Del amor y otros demonios” de García Márquez. En mi niñez nunca.

Cuando tenía doce o trece años, no recuerdo bien, mi padre fue a casa a buscarme un día veinticuatro de diciembre. Para esa época los regalos navideños eran cada vez más modestos. Hoy en día podría afirmar que eran casi por cumplir. Sin embargo la ilusión de su llegada aún se mantenía. En esa oportunidad me pidió que lo acompañe al centro, fuimos por la calle Mercaderes y las aledañas, que en esa época y para navidad se convertían en un mercado persa. Mi padre me hablaba y yo no le prestaba atención. Solo miraba y miraba todas las maravillas en los puestos ambulantes, los camioncitos de bomberos a pilas, los autos que daban vueltas sobre sí mismos, los robots que caminaban torpemente, pensaba en ¿qué regalo especial escogería mi padre para mí? Era la primera vez que me buscaba en navidad, nunca antes me había pedido que lo acompañe a hacer compras un veinticuatro de diciembre.

Caminamos largo rato en esa tarde nublada pero calurosa por la gran cantidad de personas en el centro de la ciudad. Mi padre compró luces, guirnaldas, una muñeca, luego otra, pensé que una de ellas sería para mi hermana Charo, menor que yo en seis años y coetánea con los hijos de mi padre en su segundo compromiso. Seguíamos caminando y mi padre preguntando por juguetes y sus precios. Yo esperando detrás de él. De cuando en cuando señalaba algo y me preguntaba si me gustaba. Yo siempre contestaba que sí. El preguntaba el precio y continuaba. Yo estaba tan contento. Me imaginaba regresando a mi casa con el paquete y mostrando a mis hermanos el regalo que mi papá me había llevado a comprar.

Se iba haciendo tarde, mi padre compró silenciosamente un robot a pilas, un carrito a control remoto y los hizo envolver. Los guardó en la bolsa junto con las otras cosas y caminó conmigo siempre hablándome de cosas de la vida y los estudios. Empezamos a alejarnos del centro, llegamos a la calle Melgar, un hombre sobre el piso vendía unas cajas con piezas pequeñas para armar cosas, una versión más humilde y de mucha menor calidad que Mis Ladrillos. Me detuve y me quedé mirando, mi padre volvió sobre sus pasos, miró el juego y preguntó el precio. Compró uno. Me alegré, ese juego junto al carrito o el robot sería fantástico, pensaba cuál de ellos sería para mí, el otro tenía que ser para su hijo Alexeí, tampoco es que yo quisiera todo.

Seguimos caminado y llegamos al edificio del Seguro Social, allí mi padre se detuvo, me indicó que él iba a seguir por El Filtro, para ir a su casa en Selva Alegre. Me pidió que regrese a la mía con cuidado, me deseó feliz navidad y se fue. Me quedé totalmente frio, con lo poco que me restaba de fortaleza caminé con las manos vacías hacia la calle San Pedro. Caminé rápido tratando de asimilar: ¿Porqué mis manos estaban vacías? El sudor frio recorría mi nuca y mi espalda. Caminé más rápido, casi corriendo. Llegué en pocos minutos a la Plaza de San Antonio y de allí a mi casa eran dos cuadras más. Una última esperanza me dijo que espere a la noche. Tal vez mi padre envolvería mi regalo y lo enviaría con alguna persona. Esperé. Esa noche esperé pacientemente los regalos. No había nada. Solo los calcetines y la ropa interior que mi madre siempre hacía el esfuerzo de comprarnos con sus ahorros. Charo si recibió juguetes, todavía tenía siete años y era la única niña de la casa. Me di cuenta por primera vez que yo ya no era un niño.

A pesar de todo mantuve las esperanzas hasta el día siguiente, nada pasó. Aún hoy en día no puedo entender por qué mi padre hizo eso conmigo. Trato de entenderlo. Supongo que quiso darme a entender que yo ya era un adolecente y que la ilusión de la navidad había terminado para mí. No tenía porque hacerlo así, de esa manera tan cruel y malvada. Eso estaba bien para sus soldados, pero yo era su hijo. Solo tenía que decírmelo, yo lo hubiese entendido.

Lo cierto es que mi papá cumplió bien su cometido, mató la navidad en mí de un solo tiro. Los años luego me hicieron lo agnóstico y racionalista que soy. Compro regalos de navidad como parte de una convención social. No veo la navidad de otra manera. Precisamente hoy debo comprar el presente para el intercambio de regalos que tendremos en la oficina. Cada vez que eso sucede tengo la tentación de meter los treinta soles en un sobre y colocar encima Feliz Navidad, firmarlo y entregárselo a mi sorteado. Ese soy yo ahora, te lo debo a ti papá.