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sábado, 12 de noviembre de 2011

NUEVO MUNDO (Cuento)

Jabal presionó los botones que activaban el mecanismo de aterrizaje y descendió la nave lentamente sobre el exuberante planeta. El espectáculo era sublime. Frondosos bosques, acantilados, montañas verdes, manantiales de donde fluía el agua límpida. Bandadas de extrañas aves emplumadas de mil colores cruzando los cielos. Desde la nave pudo confirmar con alegría lo que los estudios habían predicho, una cantidad indeterminable de especies de organismos vivos pastando en las sabanas vírgenes, sin embargo no pudo detectar visualmente los grupos de humanoides que los exámenes habían revelado.

Mientras descendía sintió nostalgia por su planeta de origen. Luego de que la población había llegado a los diez mil millones de habitantes, el equilibrio ecológico colapsó por completo: Los desechos fueron imposibles de reciclar, se quebró la cadena alimenticia y los principales depredadores se extinguieron en menos de cincuenta años. El cambio climático por la expulsión de gases acabó con toda forma de vegetación y llegó un punto en que el dinero era inútil porque no se podía comprar casi nada. Afortunadamente un grupo privilegiado de científicos, financiados por los hombres más ricos del planeta, habían desarrollado la tecnología necesaria para colonizar otros planetas. El conocimiento de Jabal era teórico, había visto cómo era la naturaleza del mundo de sus padres y abuelos mediante mecanismos de grabación en video. Registros antiguos y libros ilustrados digitalizados le habían enseñado que alguna vez existieron caudalosos ríos y abundantes bosques, además de incontables especies que acompañaron al ser humano en los primeros milenios de su evolución. De eso ya no quedaba nada. A los dos años de que saliera el Valzkan III al espacio exterior, recibieron la noticia de que el ciclo de las mareas se habían detenido por fin y el planeta era un caos donde los que se quedaron devoraban los unos a los otros en medio de catástrofes naturales de potencia inimaginable.

El Valzkan III no era una nave, era en realidad un convoy formado por treinta naves espaciales propulsadas por antimateria y en cuyo interior tenían simuladores de gravedad para impedir el deterioro de la densidad ósea de los tripulantes y pasajeros. Las mentes más brillantes en número de tres mil salieron a colonizar el nuevo mundo, junto con cincuenta de los mejores pilotos. Cada nave llevaba cien personas, de diferentes edades, desde los diez hasta los cuarenta años, excepcionalmente se incluyeron personas mayores, que por su méritos habían sido elegidas para educar a los más jóvenes en artes, humanidades, ciencia y tecnología. Cincuenta años después, muchos de esos hombres habían muerto, pero otros habían nacido en la nave, durante el viaje, preparándose diariamente para el destino final: La colonización. Jabal era uno de los pocos nativos, ahora tenía sesenta años.

Una vez sobre la superficie del nuevo planeta, los indicadores revelaron la confirmación de un problema que ya habían previsto antes: El aire no era respirable. Las moléculas de hidrógeno y oxígeno que lo conformaban tenían una composición distinta a la su planeta de origen. Afortunadamente las naves tenían generadores de aire que podían usar todavía durante años para abastecer tanques de respiración. Por lo demás el ambiente no era hostil y no se iban a requerir trajes espaciales. Iniciaron el armado del primer campamento.

* * *

Cuatro semanas después Raiza, en el laboratorio montado en el ala derecha del campamento, distribuía en un armario los contenedores sellados de ADN que habían recolectado antes de partir, un equipo especial había recorrido el planeta recolectando muestras de las principales especies con la esperanza de reproducirlas si era necesario en el nuevo mundo. Raiza tenía veinte años y era experta en microbiología y genética. No era para menos, desde que aprendió a leer a los tres años fue preparada por los mejores especialistas, quienes le transmitieron todo el conocimiento del que fueron capaces antes de morir. Cuando terminó se dirigió a la sala de reuniones, la habían convocado para una sesión importante. Allí estaba Jabal, quien por su antigüedad había sido nombrado jefe de las patrullas de expedición. Se había decidido que los pilotos por su mejor estado físico conformaran estas patrullas y el trabajo científico y administrativo quedaría en manos del resto de los colonos, dividiendo tareas proporcionalmente. Finalmente las decisiones más complejas las tomaría un grupo conformado por los doce colonos de mayor edad, siempre asesorados por los especialistas de cada área.

Jabal informó con calma que no existían humanos en el planeta, el rastreador de ADN había ubicado cuatro grupos humanoides. El primero conformado por seres similares a un humano pero cubiertos de pelo y con una extensión de la columna a guisa de quinta extremidad que les permitía asirse de los árboles. Los otros tres grupos eran más parecidos a los colonos pero ninguno de ellos había desarrollado lenguaje. De estos, solo un grupo, cuyo origen se encontraba cerca de la zona tropical, habían logrado un avance en la construcción de armas y herramientas sumamente simples que les facilitaban la caza, y aunque tampoco habían desarrollado un lenguaje, tenían un muy primitivo sistema de comunicación gestual.

El Consejo escuchó pacientemente y Enón, un genio en física cuántica, que era el más anciano de los miembros y que lo presidía, le preguntó a Raiza si una unión genética con ese grupo de cazadores nómades era posible para crear una siguiente generación de humanos que pudieran respirar el aire del planeta. Raiza se tomó su tiempo y contestó:
– Maestro Enón, el procedimiento no es complejo y la unión es perfectamente posible, nos tomaría tan solo dos o cuando máximo tres generaciones tener humanos perfectamente acondicionados al entorno del planeta, pero no sé si es éticamente viable.
– Tiene razón – replicó lentamente Enón. Podríamos esperar que las próximas generaciones se acondicionen de manera natural, pero existe la posibilidad de que no resulte y tampoco me parece ético que dejemos morir a nuestros hijos y nietos. Deliberaremos, gracias Raiza.

Raiza se retiró. Dos horas después le comunicaron que el Consejo había dado pase a las pruebas genéticas con nativos, sin embargo para no vulnerar los derechos de estos, sus hábitats serían respetados y sus organismos no serian alterados. Se recogerían muestras de su ADN y los experimentos serían hechos en colonos voluntarios hasta que se tenga aprobado un protocolo seguro de adaptación al entorno. Raiza se sentó en su escritorio, encendió su Z-AIN, donde registraba sus avances y escribió: Nuevo Mundo, día 32, se inicia procedimiento de recolecta genética para clonación y mutación para unión génetica de humanos y nativos.

* * *

Cien años después lo único que quedaba de Raiza era una placa en su honor en el laboratorio de genética de Luminis, la ciudad fundada por los colonos. A petición suya sus restos habían sido incinerados y arrojados al bosque que siempre admiró y al que se dedicó a estudiar con alma en los últimos años de su vida. Eran recordados todavía sus trabajos en mejoras de productos para la agricultura. Jabal había muerto mucho tiempo antes que ella y a Enón se le recordaba por el hecho haber sido el primer presidente del Consejo, nadie recordaba que gracias a ellos, los colonos podían respirar con comodidad el aire del nuevo mundo y nadie llevaba ya esas incómodas mascarillas de los primeros años.

El Consejo lo presidía ahora Matún, un químico puro, reconocido por su cordura y sabiduría. Las patrullas las dirigía Anem, un sujeto joven y peligroso que había crecido aprendiendo los secretos de la selva y lidiando con las bestias salvajes del campo. Ciudad Luminis era sumamente ordenada, gracias a la lección aprendida, era una comunidad eco sustentable. Los desechos se reciclaban de manera adecuada, el agua de lluvia era recolectada de los techos de las casas por medio de una red de cañerías hechas de plantas de estructura tubular que encontraron en la región. La electricidad provenía de plantas eólicas.

En la reunión del Consejo, Zarco, el jefe de ingenieros de Ciudad Luminis, presentó un pedido importante al Consejo: Era necesario definir una política de extracción y ubicación de oro o sustituto como el cobre. Los ordenadores tipo Z-AIN tenían conductores de cobre y oro indistintamente, además de los procesadores hechos de silicio y diamantina. Si bien la tecnología de fabricación de ordenadores se había preservado, las existencias de oro traídas en el Valzkan III estaban por agotarse y en la zona de la sabana no había depósitos importantes de estos. La diamantina y silicio sí eran abundantes en la zona, sobre todo en los lechos de los ríos.

Anem escuchó atentamente y antes de que Matún pudiera decidir se adelantó y ofreció encabezar una patrulla para ubicar los yacimientos requeridos. El Consejo asintió y Anem puso manos a la obra de inmediato.

En la nave de patrulla, mientras iba piloteando al mando de un equipo de doce subalternos, Anem pensaba en la importancia de encontrar los metales. Sin ellos la tecnología llegaría a su fin, quien maneje la tecnología podría manejar el poder. Ciudad Luminis avanzaba demasiado lento, Matún fiel a la vieja escuela era cuidadoso para tomar decisiones y eso retrasaba el progreso del pueblo. Cada decisión del Consejo evaluaba el impacto en las especies del planeta, los derechos de los nativos ignorantes que se comunicaban con señas y comían animales muertos. Anem acariciaba silenciosamente la idea de eliminar el Consejo y hacerse nombrar presidente absoluto de Ciudad Luminis

Dos años después Anem controlaba el traslado de oro y cobre a Ciudad Luminis desde una lejana mina en una montaña desértica a miles de kilómetros de distancia; los insumos que él proveía eran vitales para el desarrollo de la tecnología en la ciudad que para ese entonces ya era una metrópolis de grandes proporciones. Un día Anem presentó al Consejo una solicitud por la cual ciudad Luminis debía ver el mecanismo de retribuir su valiosa tarea, concediéndole privilegios especiales. El Consejo desestimó el pedido, basado en las reglas de bien social y propiedad común que se habían instaurado en el Nuevo Mundo. No había forma de otorgar privilegios. Anem paralizó los envíos de mineral y la ciudad resistió seis meses. Cuando Anem estaba convencido de que la presión ejercida daría sus frutos, el Consejo informó que una patrulla especial, leal a Matún, había encontrado otra mina al oriente la ciudad. Anem montó en cólera y atacó la ciudad. En el enfrentamiento destruyó la planta de fabricación de ordenadores Z-AIN y luego el reactor de producción de electricidad.

Los resultados fueron devastadores. La ciudad quedó sin energía eléctrica y en estado de sitio. Los pobladores se dividieron en dos bandos, aquellos que querían reformular el orden social en una estructura jerarquizada y aquellos que deseaban mantener el antiguo régimen. Matún no pudo convocar a la unidad y Anem aprovechó para dar su tan esperado golpe de estado, disolvió el Consejo y se autoproclamó Gran Guerrero y Jefe de Ciudad Luminis.

Esa misma noche los principales científicos de ciudad Luminis escaparon al norte con sus familias, habían oído que cruzando el mar había bosques vírgenes de clima templado, condiciones ideales para fundar una nueva gran ciudad.

* * *

En tan solo seis meses Anem se dio cuenta de su error. Sus seguidores eran casi todos miembros de patrullas, carecían de los conocimientos para recomponer las plantas de electricidad. Las naves de rastreo, las armas, los laboratorios y talleres se convirtieron en poco tiempo en ambientes inútiles que la vegetación del bosque empezó a cubrir por falta de mantenimiento.

Sabía perfectamente que el día que su pistola de plasma llegase a dejar de funcionar tendría que valerse de sus propias manos. Formó una patrulla especial con los hombres más cercanos a él y se parapetó en la sede del Consejo. Autorizó a los otros a secuestrar a las mujeres de los grupos humanoides para aparearse, en vista de que la mayoría de las mujeres había huido hacia el norte.

Ordenó que las reservas de mineral fuesen puestas en un ambiente de lo que llamó “El Palacio” y esperó sentado frente a aquellos enormes bloques de oro y cobre ahora totalmente inútiles. En tres meses más consumieron todas las reservas de granos y vegetales de la ciudad. Los hombres adquirieron las costumbres de sus nuevas mujeres. Salían a cazar animales, los mataban y comían. Nadie sabía confeccionar tejidos, dejaron de usar ropa. El fuerte calor tropical oscurecía sus rostros a la intemperie. Anem nunca más salió del Palacio, daba órdenes, procreó y tuvo hijos. Un día llamó a Amón, su hijo preferido. Mandó a fundir piezas de oro y cobre, hizo petos, muñequeras y afilados cuchillos y lanzas. Cubrió con ellas el cuerpo de Amón y lo llevó al frontis del Palacio. Allí lo proclamó Sumo Sacerdote de Ciudad Luminis, hijo del trueno y de la lluvia, luego se retiró a envejecer mientras veía a su gente cubrirse con pieles de animales, comer carne cruda y a Amón convertirse en un líder cruel y sanguinario como él nunca hubiese podido haber sido.

* * *

Los colonos que habían emigrado al norte habían fundado nuevas ciudades. Los más viejos no se atrevieron a cruzar el gran mar y se quedaron a las orillas de este y cerca de un rio a cuyos lados la tierra fértil se mostraba generosa. Los más jóvenes cruzaron el mar y fundaron pequeñas ciudades. En todos los casos construyeron con piedra y barro. Siempre usando las reglas de arquitectura aprendidas de sus padres y abuelos, pero usando materiales locales. Se habían acostumbrado por completo a vivir sin electricidad, ahora dependían del fuego para todo. Dependiendo del clima, los colonos usaban tejidos en base a la vegetación de cada lugar. En un gran esfuerzo los últimos descendientes de los primeros colones, se empeñaron en grabar en piedra los conocimientos que habían traído de su planeta.

Se enteraron que al sur, en lo que alguna vez fue Ciudad Luminis, los descendientes de Anem se habían dividido en diversos clanes, a pesar de que ninguno de ellos sabía ya para qué servían, igual peleaban constantemente por la posesión del oro y los diamantes.

Con los años las ciudades aumentaron de población y la gente olvidó sus orígenes, solo ciertos grupos cerrados transmitían de generación en generación la ciencia de los ancestros. El común de la multitud empezó a adoptar costumbres de los sureños, consideraban el oro como un metal valioso, igual que cualquier piedra brillante sin saber su utilidad. Mataban animales, comían carne, habían perdido la capacidad de explicarse los fenómenos meteorológicos, los atribuían a dioses sobrenaturales. Algunos otros se aprovechaban de ello y se nombraban hechiceros, sacerdotes o magos y se aliaban con gobernantes ignorantes para dominar al pueblo. Se produjeron guerras, se mataron entre hermanos, se especializaron en fundir metales y fabricar armas, así como adorar a deidades imaginarias.

* * *

Mucho tiempo después, en uno de aquellos grupos cerrados de sabios que conservaban los conocimientos primigenios, en la ciudad de piedra a orillas del gran rio, un alumno conversaba con el Gran Maestro, mostrándole su preocupación por lo que acontecía con las personas en las ciudades. El Gran Maestro reflexionó unos minutos y le dijo:
– Han pasado siete mil años desde que los primeros padres colonos llegaron a este planeta y si miras alrededor, pareciera que no hemos aprendido nada. El mundo seguirá su curso y nosotros no veremos con estos ojos el futuro.
– ¿Y no se puede hacer nada?
– Depende de cada uno de nosotros. Transmitir el conocimiento es difícil, las personas no quieren escuchar. Solo si alguien pudiera escribir lo que sabemos de manera que la gente pueda entender y creer en ello. Alguien con el conocimiento, inspiración y ánimo necesarios – dijo y suspiró.
El Gran Maestro hizo una venia y se despidió. El alumno tomo sus alforjas y subió al camello, después de varios días de marcha llegó a la tienda de su clan en el desierto y se sentó frente al pergamino, puso su mente en armonía y empezó: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra…”

domingo, 9 de octubre de 2011

¡ES DEMASIADO FANTASIOSO!

Una señora joven hablaba con otra en el supermercado hace años:
– Mi hijo se fue a ver Harry Potter.
– ¿Ah sí? A mí no me gusta Harry Potter, es demasiado fantasioso.
¡Pero señora! ¿Qué esperaba de una historia que se desarrolla en una academia de magia?

Es increíble la cantidad de tonterías que puede decir la gente.

Lo que sucede es que a veces no resistimos la tentación de decir cosas que nos permitan rechazar lo que nuestro interlocutor dice acerca de sus gustos o disgustos y terminamos quedando como el zorro y las uvas.

Alguna vez le pregunté a una amiga si le gustaban las películas pornográficas, “No” me dijo, “muy fantasiosas” ¿Muy fantasiosas? De todo el género cinematográfico no hay cosa más real que ver a dos personas en pelotas teniendo sexo. ¿Cómo se finge eso?

Lo que sucede, creo entender, es que no es real la parte de los preludios, es decir el tipo va a la biblioteca y la bibliotecaria en menos de cinco minutos se desviste para él. Bueno, en eso concuerdo totalmente, es absolutamente inverosímil que existan bibliotecarias sexys.

Me imagino que por ello las modernas películas de la industria para adultos ya no ponen esas escenas previas en sus películas, ahora se pasa directo a la acción. Sigo pensando que no hay género que más se parezca a la realidad que el triple X, la única diferencia con la vida real es el maquillaje, las luces y la producción. En la vida real el asunto suele ser más sórdido y menos atractivo al menos desde el punto de vista visual.

Sin embargo las personas siguen insistiendo que hay películas o libros “fantasiosos”. ¿Qué tan real puede ser una película donde dos personas encuentran el amor de su vida y tienen un final feliz? ¿Se han preguntado que pasa después?

Lo que sucede es que todo gira alrededor del término verosímil y del concepto que tiene cada uno de lo verosímil. También tiene que ver con el concepto de la realidad y como la preparación de cada persona se adapta a ello respecto a la distinción de lo que es simbólico y lo que pretende ser real.

Primero: No hay películas de cine o televisión que sean “reales” Si usted quiere ver realidad, pues vea documentales. Ese es el género apropiado para quien quiere ver realidad. Lamento comunicarles a los lectores que el señor Laurie, no es doctor en la vida real ni se apellida House, que Bruce Willis no es policía, que Silvester Stallone nunca ha ganado un título de la asociación de boxeo y que Tom Hanks no pasó de ser un náufrago de una isla desierta a profesor de simbología en una prestigiosa universidad americana. Todos ellos son actores y se ganan la vida personificando a sujetos que en la vida real no existen, exactamente lo mismo que hace el actor que personifica a Harry Potter.

En el cine vemos fantasías, incluso cuando las películas se “basan” en la vida real y entrecomillo la palabra basan, porque esa es la palabra clave en esos casos. Solo se “basan” el resto es fantasía.

Como les decía el asunto es la verosimilitud. Algunas películas son más verosímiles que otras por la forma del planteamiento, el guión y la producción. Y también – este es un ingrediente muy importante – porque queremos creer que es así.

Lo importante es la premisa. El señor de los Anillos, Harry Potter y las Crónicas de Narnia, para citar a los más recientes, tienen un planteamiento que se basa en una premisa que determina el trayecto de lo que va a suceder, la trama se desarrolla en un mundo de fantasía y a partir de ello surge todo lo demás.

Como ya mencioné hay otros factores como el trasfondo cultural de muchas películas, ya sea la cultura general, la cultura popular o lo simbolismos derivados de la cultura underground.

Hay una serie de películas que tienen referencia a clásicos del cine. Un no cinéfilo probablemente no encuentre mucho sentido a algunas referencias. Shrek es un buen ejemplo de constantes referencias a pasajes del cine clásico.

De la misma manera la película de Burton sobre la biografía de Ed Wood tal vez tampoco tenga mucho significado para quien no haya disfrutado las viejas películas de terror que alguien podría llamar hoy de “fantasiosas”.

La liga extraordinaria, por poner un ejemplo, podría ser también una película fantasiosa si pensamos en la imposibilidad material de colocar en la misma escena al capitán Nemo, a un vampiro, a Tom Sawyer y, al Dr. Jekill / Mr. Hyde y a Dorian Grey, además de un impecable hombre invisible y un aventurero británico. Sin embargo cuando comenté esta película con algunos amigos pude recibir tres clases de reacciones. A muy pocos les pareció muy interesante la hipótesis de trabajo. A otro grupo no le pareció ni bueno ni malo, pero no pudieron identificar al capitán Nemo, a Tom Sawyer, al Dr. Jekill y a Dorian Grey, en muchos casos pensaron que los personajes habían sido creados para la película. Un tercer grupo la consideró muy fantasiosa, pero a ese mismo grupo de gente le parecía verosímil Rambo en sus diferentes secuelas. ¿Extraño no?

También conocí gente que había considerado a Matrix como una película poco verosímil. Bueno, es evidente que Matrix es una de las películas con mayor trasfondo filosófico de los últimos tiempos. A quienes todavía no han entendido el argumento, sería buena idea documentarse acerca de las tesis de Renato Descartes y un poco más lejos, acerca del Topus Uranus de Platón.

No se me ocurre a alguien pensando en que La Guerra de las Galaxias sea una película fantasiosa. Lo que sucede en que su planteamiento es tan ajeno al mundo real, que su secuencia resulta verosímil. Sin embargo hay personas que cuestionan por ejemplo la apariencia de los extraterrestres (en esta y otras películas de ficción). Como dato les cuento que los realizadores de películas de ciencia ficción diseñaron monstruos extraterrestres en función a criterios científicos de lo que podría haberse creado en otros universos a partir de distintos climas, temperaturas y otros factores. El resultado fueron seres sin boca, oídos, planos, etc. Luego estos seres imaginarios fueron presentados a una serie de focus group y fueron rechazados. El ser humano prefiere los monstruos y extraterrestres antropomorfizados. Ese es un claro ejemplo de que nos resulta más verosímil “lo que queremos ver” como se mencionó líneas arriba.

Nunca escuché a nadie reclamar con Alf. ¿Se imaginan, un extraterrestre peludo que come gatos y que se halla alojado en la cochera de una casa de los suburbios en Estados Unidos? ¿O Mi Bella Genio, una deidad oriental que se esconde en una botella y cumple ilimitadamente los deseos de su amo? ¿No son demasiado fantasiosos? ¿No es demasiado fantasioso el mundo de La Sirenita y un cangrejo que habla?

En otros casos se cuestiona la apariencia. Dos ejemplos: 300 y La ciudad del Pecado (Sin City), para quien no conozca las historietas o tiras cómicas (“tiras cómicas” solo por hacer referencia el género, ya que las historias no son cómicas por sí) en las que se inspiran estas películas, difícilmente podrán comprender la magnitud del buen trabajo hecho por los productores, realizadores y director. Quien pretenda comparar 300 con el episodio histórico de Leónidas en las Termópilas estará definitivamente equivocado.

Kill Bill es otro buen ejemplo, Tarantino de ninguna manera quiso documentar la vida de una determinada persona apodada La Novia que quería vengarse de un tal Bill, las películas de la saga contienen diversos homenajes a las películas de artes marciales, y un claro referente al manga japonés. Si no se tiene ese referente cultural, la película puede pasar a ser también “demasiado fantasiosa.”

Podría abundar en cientos de ejemplos más, sin embargo a este punto creo que no es necesario. Los que tenían que darse cuenta de la idea central de esta nota ya lo han hecho, los que no se han dado cuenta, no lo harán aunque yo me despelleje en el intento. Lo que me parece indiscutible es que cuando comentamos de cine, teatro o música, generalmente nuestros comentarios hablan más de nosotros mismos que de lo que estamos comentando. En los casos que no sepamos bien de qué se trata lo que vamos a comentar, lo más apropiado suele ser seguir el consejo de los pingüinos de Madagascar: “Calladito me veo más bonito.”

domingo, 25 de septiembre de 2011

CONFUNDIENDO LA FICCION Y LA REALIDAD

Cuando Dan Brown publicó “El código Da Vinci” la iglesia católica se opuso rotundamente a su difusión e invirtió tiempo y dinero en desacreditar la novela y establecer a sus fieles primero prohibiciones y luego explicaciones de que los datos e historias plasmadas en la novela no eran reales.

Esta situación me pareció anecdótica, sin embargo siempre hay personas que tienden a pensar que los cuentos y novelas son testimonios personales o historias verdaderas. Desde esa perspectiva el sistema de justicia de Estados Unidos debió haber utilizado “El Padrino” de Mario Puzzo como evidencia en algún expediente criminal o “Collacocha” de Solari Swayne debería ser un documento obligatorio en las clases de historia del Perú en las escuelas.

Pero aunque resulte curioso, el comportamiento de la iglesia católica no es singular, lo mismo sucedió con las autoridades del Colegio Militar Leoncio Prado cuando se publicó la novela de Vargas Llosa “La ciudad y los perros”, llegando al extremo de hacer una hoguera con los libros del escritor como una muestra de rechazo.

De igual manera los amigos de Jaime Bayly entraban en pánico con cada una de las primeras novelas del escritor, sufriendo con la aparición de los personajes en lo que se sentían representados u otros más hábiles explotaban el parecido para exponerse a la prensa.

También tiene que ver la irresponsabilidad de algunos escritores. Muy pocos cometen el error de decir “si, tal o cual personaje es tal o cual persona en la vida real”, lo que además de ser irresponsable es falso, porque una vez que el personaje se introduce en una novela toma vida propia, se independiza de la persona que sirvió parcial o totalmente de inspiración.

Una anécdota que siempre recuerdo es aquella de Mario Vargas Llosa, al que le preguntan en alguna ocasión acerca de quién mató a “el Esclavo” en “La ciudad y los perros”, Vargas contestó con toda la sinceridad del mundo: “No sé.” Es cierto, cuando uno escribe (y quienes lo hacemos o intentamos hacer lo sabemos bien) los personajes adquieren una personalidad propia en el mismo desarrollo de la historia y a veces toman sus propias decisiones al margen de la voluntad del escritor. Muchas veces mis cuentos han terminado con finales totalmente distintos a los que yo había planeado.

Haciendo un paréntesis, la desproporcionada reacción de la iglesia católica frente a la novela de Brown, a la luz del tiempo transcurrido, nos deja dos conclusiones, una de causa y otra de consecuencia. La causal está referida a que los jerarcas de la iglesia católica comprendieron algo que es un hecho de dominio público en muchos sectores, pero no totalmente aceptado: La educación de las personas tiene un nivel tan bajo, que muchos no entienden o distinguen todavía el concepto de novela y ficción, por lo que la iglesia se aterró ante la idea de que muchos de sus fieles, analfabetos funcionales, cuestionaran su fe a partir de la información obtenida. Tal vez sea un poco exagerado, pero si bien muchos comprenden que “Yo visité Ganímides” es un libro de ciencia ficción, para muchos podría ser la bitácora de un viaje verdadero. Ese fue el temor de la iglesia respecto a la novela de Brown, que la mayoría de sus fieles no pudiese distinguir realidad de ficción y cuestionaran su fe en función a los argumentos de la novela. Respecto a la conclusión de consecuencia: La prohibición que hizo la iglesia católica a sus files no hizo otra cosa que disparar las ventas del libro de Brown. La gente está ávida de escándalo, de chisme, de “a ver si es cierto”. Los aspavientos de la iglesia sugirieron que “algo de verdad debe tener ese libro” y terminaron favoreciendo a quien menos querían favorecer: al autor.

En nuestro medio, cada vez que un personajillo farandulero publica un libro, es como lanzar un “reality show”, la población hace gala de su mórbido interés de la vida ajena y compra y comenta el libro. Si el autor tiene la decencia de afirmar con la debida contundencia que la novela es ficción, la gente pierde interés.

Cosa diferente son las biografías, donde al autor pone a conocimiento público su vida, en una especie de documental escrito. De igual manera los ensayos, crónicas y estudios pueden ser sometidos al escrutinio público para ser criticados, desvirtuados, comentados, sopesados, rebatidos o complementados. La novela y el cuento no. Al ser creaciones artísticas compuestas de ficción no resisten mayor debate que el formal. La estética y la técnica pueden ser discutibles, si la historia es verosímil o no, el desarrollo adecuado de las características de los personajes o, también, la precisión histórica, como por ejemplo errar poniendo en boca de un cónsul romano precristiano las palabras “Papado” o “América”.

Los personajes de una historia a veces son totalmente ficticios, como el vampiro Lestat de Anne Rice, pero no cabe duda que este Lestat debe tener en su personalidad algunos rasgos de algún conocido de Rice o de ella misma. Pero a nadie se le ocurriría afirmar que Lestat es Rice en la vida real. Los que escribimos o lo intentamos, construimos nuestros personajes con pedacitos de varias personas reales, dosis más, dosis menos; los espacios y las anécdotas siempre toman un poco de aquí y otro de allá y en función a la capacidad imaginativa y necesidad del trabajo, se crean totalmente. Nunca he estado en un campo de concentración nazi pero alguna vez tuve que describir uno, y me imaginé con claridad la habitación de un hotel barato de la Rue de Vaugirard en París en los años cincuenta del siglo pasado a pesar de nunca haber estado allí y de haber estado no luciría hoy como hace sesenta años.

Como señalé líneas arriba, puede ser incluso que algún personaje se parezca mucho a uno de la vida real, pero desde que se plasma en el cuento o la novela, deja de ser la persona o personas en que se inspiró, adquiere vida propia; el lector le asigna un rostro, un cuerpo, un tono de voz o de piel, un acento, las expresiones, el lector rellena todos los espacios en blanco que deja el autor a veces adrede y a veces sin querer. El personaje que el lector concibe nunca más es el que el autor diseñó y con mayor razón nunca es aquél en el que el autor se inspiró.

Cuando Vargas Llosa escribió “La tía Julia y el Escribidor” la tía Julia de la vida real escribió una novela de “respuesta” llamada “Lo que Varguitas no dijo” o algo así, nunca perdí mi tiempo leyéndola. Nadie escribe una historia para que los que se sienten aludidos hagan una “respuesta.” Pienso que la literatura no debe ser usada como vehículo personal. No estoy de acuerdo en usar los cuentos o novelas para “enviar mensajes” a otras personas. Para eso están los ensayos y crónicas desde mi modesto punto de vista, acepto que otras personas pueden tener una perspectiva distinta respecto a este tema en particular, pero no es mi caso. Yo soy un cazador de historias, siempre estoy atento a la información alrededor mío o lo que me pasa y a partir de allí escribo y agrego lo que mi imaginación me dicta.

A veces los académicos quieren interpretar cosas más allá de las que realmente son. Vargas Llosa ha dicho que escribe para vivir en sus personajes lo que no podría vivir siendo él mismo. Bryce y García Márquez han dicho que escriben para que los quieran. Yo escribo por una mezcla de las dos cosas. Estoy seguro que todos ellos lo hacen siempre por placer. Yo también.

Contaba García Márquez que el profesor de uno de sus hijos en la escuela les dejó una tarea acerca de “El Coronel no tiene quien le escriba”, sin saber que el muchacho era hijo del escritor. El niño le contó a su padre que el profesor afirmaba que la novela era una obra maestra porque García Márquez había logrado personificar en el gallo El Pueblo y en el Coronel al Estado y en los amigos de Agustín, el hijo fallecido a los burgueses, García Márquez se echó a reír y se alegró no haber puesto el final que había pensado originalmente: El Coronel harto del asunto, le torcía el pescuezo al gallo y hacía un caldo.