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domingo, 18 de diciembre de 2011

TALIÓN (Cuento)

Minutos antes de que aparezca el sol, el agente Morgan conducía el auto velozmente por la avenida siguiendo a un sedán blanco sin placas que raudo cruzaba las intersecciones sin sobreparar siquiera. Luego de siete minutos de persecución que parecieron una eternidad, el auto blanco se introdujo en una callejuela sin salida. Morgan se detuvo en la bocacalle a varios metros por precaución, calculando un ángulo que le permitiera retomar la avenida si fuese necesario. A su costado Vásquez abrió la puerta y quitó el seguro de su arma; se disponía a levantarse cuando vio en el vidrio delantero un pequeño orificio que no había visto un segundo antes, luego una sensación cálida e indolora en el pecho lo sobrecogió e inmediatamente percibió el ruido sordo de varios disparos alrededor, Morgan pisó el acelerador para salir del ángulo de tiro mientras decía entre dientes: “mierda, era un trampa…” y Vásquez sorprendido veía la sangre deslizarse entre los dedos de su mano derecha que instintivamente había colocado sobre la herida, vio también su arma caída en el piso del auto y la puerta de este todavía abierta, recién entonces tomó conciencia del dolor candente que aparecía en su torso, mientras la respiración se le hacía dificultosa y su visión se nublaba inevitablemente. Aturdido, apoyó la cabeza en respaldo y se abandonó al sopor, mientras que Morgan en vano lo sacudía y le gritaba que no se rinda, sin dejar de conducir a toda velocidad rumbo al hospital.

* * *

Varias horas antes, el día anterior, Álvarez les había asignado el seguimiento a un caso de homicidio extraño, más temprano, en un apartado barrio de la ciudad había sido hallado el cuerpo de un hombre con un tiro en la cabeza. El sujeto vivía solo un departamento y era ex policía. Fueron a la oficina de Vizcarra, el técnico de criminalística, y este les mostró la evidencia recogida. No había señales de cerraduras forzadas, el agresor ingresó al departamento aparentemente con el consentimiento de la víctima. No había tampoco señales de pelea. El disparo entró limpio por la sien y lo mató en el acto. La puerta del departamento estaba cerrada y el tirador sin huellas, lo que significaba que el homicida había tenido la precaución de limpiarlo al salir.
– ¿Qué piensas primo? – preguntó Morgan mientras revisaba las fotos del departamento en la oficina de Vizcarra.
– Parece un trabajo profesional. Frio, calculado, premeditado. ¿Quién querría matar a un ex policía?
– Un ex convicto que haya sido detenido por él, es una buena opción.
– Es verdad – replicó Vásquez – tenemos que averiguar en qué investigaciones intervino.
– No es necesario – dijo Vizcarra – me adelanté con eso, él no ha trabajado en investigaciones. Era policía de bancos. Los que cuidan las puertas de ingreso, custodia de caudales. Ya saben.
– ¿Entonces nunca mandó a nadie a la cárcel? – preguntó Morgan.
– No, nunca – dijo Vizcarra – por lo menos eso aparece de su legajo.
– El asunto se complica – afirmó Vásquez – tenemos que empezar por otro lado. ¿Fue dado de baja? ¿Cómo se llama?
– Javier Salinas y no, no fue dado de baja, se jubiló por años de servicio – señaló el técnico.
– ¿Mujer? ¿Amante? ¿Hijos? – inquirió Morgan
– Viudo. Un hijo mayor que vive fuera del país. Recién hace un rato lo notificamos por teléfono. Se contrarió pero al parecer no podrá venir. El seguro policial se hará cargo del sepelio.
– Vaya, además un funeral solitario – lamentó Vásquez – empezaremos por ahí.

Más tarde, en la capilla ardiente de local policial, los únicos presentes eran Morgan y Vásquez, sentados en el fondo esperaban la aparición de alguien más. A las ocho llegó un representante del sindicato trayendo una corona, rato más tarde un edecán de la comandancia para dejar otra. Como a las diez de la noche llegaron algunos compañeros de la promoción del difunto, bastante mayores, con el paso cansado, cabizbajos y callados. Cinco de ellos se reunieron en una esquina y mandaron a traer pisco y café. Fumaban y bebía casi sin hablar. Cuando los agentes estaban a punto de irse, llegó un personaje extraño, tendría unos cuarenta años, estaba bien vestido; entró al ambiente sin mirar a nadie y se dirigió al ataúd todavía abierto. Se detuvo frente a él y miró al difunto. Luego se retiró rápidamente sin santiguarse. Morgan y Vásquez esperaron algunos segundos y salieron tras él. El sujeto se subió a un auto blanco, sin placas y con las lunas polarizadas y arrancó. Lo siguieron en el auto de Morgan tratando de mantener una discreta distancia.
– ¿A dónde crees que nos lleve esto? – preguntó Vásquez
– No lo sé, pero fue raro como se acercó al ataúd.
– Es cierto. ¿Crees que sea el asesino?
– Puede ser, pero si no lo es, nos llevará a él. Tengo el presentimiento – contestó Morgan.

Luego de seguirlo por varios minutos, el auto ingresó a la cochera de un centro comercial cerca del centro de la ciudad. Los agentes esperaron pacientemente hasta pasadas las tres de la mañana, eran prácticamente los últimos carros en el estacionamiento. El sujeto salió acompañado de dos hombres más. Subieron al auto y partieron. Luego de algunos minutos, al parecer se percataron de que los agentes los seguían, veinte minutos después el agente Vásquez caía herido.

* * *

Luego de una operación de varias horas, el médico informaba al agente Morgan que Vásquez estaba fuera de peligro. Debía descansar. Al día siguiente en compañía de Álvarez visitó a su compañero. Vásquez débil en la habitación del hospital los recibió.
– ¿Qué sabemos? – preguntó con voz pausada.
– Sabemos quiénes son, Morgan ya los identificó en el registro fotográfico – contestó Álvarez – sin embargo, tenemos una ventaja, por lo que hemos averiguado con nuestros contactos en la calle, ellos no saben que fueron ustedes.
– ¿Entonces? – preguntó Vásquez.
– El tipo que fue al velorio es un policía en actividad, al parecer cruzó la línea y opera con una banda de extorsionadores. Todavía no tenemos evidencia para vincularlo con la muerte de Salinas. Esperaremos que te recuperes. No queremos alertarlo por ahora, ustedes siguen en el caso – explicó el comandante.
– Entendido – replicó el agente.
– Me has hecho pasar el susto de mi vida – dijo Morgan.
– Fue mi culpa primo – reconoció Vásquez.
– No, primo, son cosas que pasan. ¿Necesitas algo?
– Sí, por favor. Tráeme algo para leer antes de que la televisión nacional haga lo que no pudo la bala – contestó, y ambos agentes rieron.

* * *

Dieciocho días después Vásquez, todavía débil pero bastante recuperado subió al auto de Morgan. Todavía se podía ver el orifico de la bala en el parabrisas.
– ¿Cuándo vas a cambiar el vidrio? – preguntó mortificado.
– Cuando me paguen.
– Yo te presto el dinero, me trae mala vibra ver eso ahí – replicó Vásquez.
– Hecho – sonrió Morgan.

Se habían citado con el Resortes, el agente encubierto, en un establecimiento de comida rápida del centro, al atardecer. Este llegó como siempre, barbado pero en esta ocasión con un look rastafari en el cabello, traía un tubo de cartulina forrada de tela negra, sobre él varias pulseras de artesanía hechas con cuero y alambre de joyero. En la otra mano una tabla de madera con algunos retratos callejeros a carboncillo. Se acercó y les ofreció las pulseras, mientras ambos simulaban ver la mercadería, Morgan le soltó la pregunta discretamente:
– ¿Resortes, sabes algo de un policía que se pasó al otro lado? Tiene que ver con una banda de extorsionadores.
– Se rumorea de un tigre. Dicen que se bajó al tío Salinas.
– ¿Y sabes por qué?
– El tío Salinas era legal. Trabajaba como asesor privado de seguridad para un empresario que tiene perfil bajo. Parece que el Mono quería una tajada de la torta.
– ¿Mono? – preguntó Vásquez mientras se probaba una muñequera de cuero.
– Sí, le dicen el Mono, se apellida Carpio. Hay una discoteca, El Averno. Allí se reúne con sus compinches – contestó, luego levantando la voz dijo – ¡Llévate esta pues tío, es de cuero con amatista!
– ¿Cuánto maestrito? – preguntó Vásquez.
– Quince nomás.
Vásquez pagó y se metió la pulsera al bolsillo. El Resortes desapareció lentamente entre la gente fumándose un cigarro. Los agentes se quedaron para terminar de comer.
– ¿Quién será ese empresario?
– Debe ser uno bastante discreto. No aparecía en ningún documento del departamento de Salinas y no presentó ninguna denuncia. Seguramente no quería empapelarse.
– Puede ser. Ahora vamos a buscar a ese mono.

En la noche esperaron pacientemente en El Averno, conversando de cualquier cosa. Luego de cerca de dos horas de humo de cigarro y música tan pegajosa como mala, entraron dos sujetos de aspecto común, uno de ellos era calvo y con una argolla plateada en la oreja derecha, el otro de bigotes y cojeaba levemente de la pierna izquierda. Se sentaron frente a una mesa ubicada en la zona más oscura, de inmediato se acercaron dos mujeres y se sentaron con ellos. Morgan simuló ir al baño para verificar el área. Vásquez siguió a los dos tipos con la mirada, momentos después apareció el Mono, se acercó a la mesa y uno de los tipos hizo una seña para que las mujeres se alejaran, ellas se retiraron molestas y los tres hombres hablaron algo. Al parecer discutían algo pero sin llegar a ser una pelea. Se pusieron de acuerdo, se dieron la mano y el Mono se retiró.
– ¿Lo seguimos? – preguntó Morgan.
– No, no es buena idea. Ya conoce tu carro. Esperemos a ver que hacen esto dos.

A las dos de la mañana los sujetos salieron con las damas de compañía y se dirigieron a un hotel cercano. No había razón para intervenirlos, la prostitución no es delito. Ambos agente se fueron a sus casas.

Días después y luego de un cuidadoso seguimiento con ayuda de la división de estafas, lograron intervenir a los dos sujetos en pleno proceso de extorción a un empresario del mercado central. Cuando los esposaban, uno de ellos le dijo a Morgan:
– Jefe, deje que me vaya. Tengo un sencillo en el carro.
– Te has equivocado tigre – contestó Morgan – nosotros no jugamos así.
– Yo sé quien ha matado al tío Salinas – replicó el sujeto. Ambos agentes se volvieron hacia él al mismo tiempo.
– Habla y te ayudamos con el fiscal – dijo Vásquez.
– El Mono, está ahorita esperándonos en la placita que está a espaldas del mercado.
Morgan entregó al detenido a otro efectivo y ambos agentes corrieron hacia el auto. A toda velocidad llegaron a la plaza, el Mono los vio por el espejo retrovisor y de inmediato inició la huida. Lo persiguieron varias cuadras. De pronto estaban ingresando a los peligrosos barracones, la zona roja de la ciudad; Morgan miró a Vásquez y este le hizo una seña para que siga conduciendo. Al llegar a una vieja quinta el Mono se bajó del carro e ingresó a ella a toda velocidad. Los agentes bajaron también y entraron a la desvencijada edificación. Vásquez le hizo una seña a Morgan para que entre por la parte de atrás, luego derribó una vieja puerta de madera e ingresó a uno de los ambientes. Apenas estuvo adentro fue recibido por un par de disparos proveniente de la segunda planta. Avanzó con cuidado. Subió por las escaleras y pudo ver al Mono tratando de saltar por el balcón. Corrió y lo apuntó con el arma:
– ¡Quieto Mono, estas jodido!
– Tranquilo – dijo el Mono levantando las manos, en la derecha todavía sostenía el arma. Vásquez notó que la pierna del pantalón del tipo se había enganchado en un oxidado fierro saliente del balcón.
– ¡Suelta el arma! – ordenó el agente.
– ¡No joda agente! – replicó el Mono. No le va a disparar a un compañero.
– ¡Suelta el arma! – repitió Vásquez algo nervioso.
– ¡No sea pendejo! Aquí hay plata para todos. No joda su vida ni la de su familia. A mí no me cuesta nada averiguar donde vive. Si me deja ir, le juro que no se va a arrepentir.
– Si no sueltas el arma Mono, voy a disparar – dijo el agente con firmeza, al tiempo que acariciaba el gatillo de su pistola.
– ¡Puta mare! ¡No sea terco! Yo no voy a ir a ningún lado. O me voy de aquí caminando agente o nos vamos a quemar los dos.
Vásquez fijó la vista en la mano del Mono empuñando el arma, vio con claridad como doblaba la muñeca y asentaba los dedos, el índice deslizándose sobre el gatillo, recordó el ardor en su pecho, la sensación de vacío, las imágenes que cruzaron su mente cuando se desvanecía en el asiento del auto de Morgan mientras la sangre discurría entre sus dedos, la tristeza de las cosas que no habría leído si moría, las cosas que no había cocinado, que no había comido, la mujer que aún no había hallado, el hijo que todavía no había tenido. El orificio oscuro del cañón apuntaba directamente hacia él, como un túnel infinito e insondable, el Mono lo miraba a los ojos y sonreía; siempre pensó que había que tener mucho valor o ser un verdadero hijo de puta para dispararle a alguien mirándole a los ojos, no había más ruido, los músculos de sus dedos en su mano se tensaron y escuchó el retumbar profundo del disparo y una sensación de paz, bajó el brazo y cayó al piso.

Morgan llegó y vio al agente sentado en el piso, exhausto. En el balcón el Mono colgaba muerto con un certero disparo entre ceja y ceja.
– ¿Qué pasó? – preguntó.
– No quiso bajar el arma.
– ¿Y tú estás bien?
– Sí, algo débil. Ya se pasará. Creo que ya estoy muy viejo para estos trotes.
– Vamos primo. Apóyate en mi hombro. Ya vienen las patrullas.

Mientras bajaban las gradas, Vásquez pensaba que lo único que realmente extrañaría de este empleo, sería trabajar con alguien tan cojonudamente decente como su primo, el agente Morgan.

martes, 30 de agosto de 2011

COMA (Cuento)

Zacarías vio el vidrio de su auto haciéndose trizas casi al mismo tiempo de sentir el impacto que lo aturdió la extremo de privarlo del conocimiento. Luego de un tiempo imposible de precisar, la sensación de un vaivén lo despertó. Logró ver las cabezas de los enfermeros que empujaban la camilla sobre la que estaba recostado hacia lo que parecía un pasillo interminable. Trató de voltear pero un collarín de espuma se lo impidió. Quiso hablar y no pudo articular palabra. Respiró, trató de recordar. Estaba saliendo del estacionamiento del motel cuando algo que no pudo ver lo embistió. ¿Norma! Pensó. ¿Dónde estaba Norma? Le pareció sentir un desagradable vacío en el estómago. Norma había estado sentada a su lado en el auto. ¿De qué lado vino el choque? Trató de recordar las imágenes y no pudo. ¿Quién sabía dónde estaba Norma? Intentó hablar, preguntar y fue inútil. Escuchaba ruidos sordos alrededor. Abrió los ojos y esta vez solo pudo ver los fluorescentes del techo a medida que la ruidosa camilla avanzaba. Llegaron a una puerta luminosa. Se detuvo. Escuchó voces desconocidas, ininteligibles. Solo podía ver el techo blanco. Intentó mover sus dedos y se dio cuenta que no podía precisar dónde estaban sus manos. Se aterró. ¿Sería que no podía sentirlas? ¿Y si había perdido las extremidades? Ni siquiera podía erguirse para ver ni hablar para preguntar. Se preguntó si acaso era una pesadilla, una de esas en las que no se puede gritar a pesar de hacer todos los intentos. Trató de gritar, de moverse, de gemir. Fue imposible. Abrió los ojos todo lo que pudo. Podía abrir y cerrar los párpados. Por lo menos con eso se comunicaría, lo había visto en las películas. Parpadeó con la esperanza de que alguien lo pudiese ver. Nada. De pronto se asomó una cabeza. Era Susana, su esposa, llorando. ¿Ya sabría que Norma estaba con él al momento del accidente? Sintió vergüenza. ¿Cómo lo explicaría? ¡Saliendo del motel! No podía haber tenido más mala suerte. Vio como estiró su mano para tocar alguna parte de su cuerpo, tal vez su mano, o su pecho; no pudo percibirlo. Se echó a llorar con más fuerza y el médico la apartó. La camilla empezó a moverse otra vez. Una luz intensa encegueció sus ojos. Pudo sentir la presión de una mascarilla sobre su nariz y quijada, por lo menos tenía sensibilidad en el rostro. Empezó a adormecerse. ¿Sabían que estaba vivo? Parpadeó varias veces. ¿Y si pensaban que estaba muerto? ¿Lo iban a operar? ¡Maldición! “Debí cambiar la opción a no donador de órganos cuando pude” pensó. ¿Y si lo habían declarado muerto? O tal vez ya estaba muerto y esto que sentía eran sus últimos contactos con el mundo terrenal. En algún momento se abriría un haz de luz proveniente del cielo… maldijo de nuevo, acababa de ser infiel a su mujer. Eso era pecado, se iría al infierno. Nunca había sido creyente pero empezó a rezar, pidió perdón a Dios por todos sus errores mientras se iba adormeciendo lentamente y los médicos preparaban el material quirúrgico al mismo tiempo que planeaban el juego de golf para el fin de semana.

martes, 30 de noviembre de 2010

SETIEMBRE (Cuento)

Roberto se hundió hasta el cuello bajo el cobertor, en cada inspiración sus pulmones recibían el aire gélido que inundaba el cuarto expuesto al frío por el deterioro de sus puertas y ventanas. Imagina a la gente allá afuera, aquellos que madrugan y caminan en el frío lacerante de la sierra. Piensa también en esa gente que es feliz o por lo menos cree serlo. Se pregunta si él es feliz. Trata de pegar sus rodillas al pecho para proteger su vientre de ese desencanto que ha llegado a ser visceral y que lo estremece como si acuchillaran su estómago. Haciendo un esfuerzo extiende la mano hasta la mesa de noche y enciende la radio, escucha una canción e, inconscientemente al principio, recorre cada palabra del estribillo: Wake me up when september ends; respira profundo y abre los ojos; ya ha aclarado y los primeros rayos de sol penetran en la habitación por las rendijas de la vieja ventana.

Se viste lentamente, sin ganas, sin fijarse siquiera en la ropa que se pone encima, sale del cuarto y toca la puerta del baño común. Nadie contesta. Entra evitando mirar la porquería y casi sin respirar, moja un poco la toalla que ha llevado consigo en el lavabo y sale inmediatamente al zaguán. Se recorre perezosamente el rostro y el cuello con la toalla húmeda, sin pensar en nada, sintiendo su rostro enfriarse mientras el agua se seca a la leve brisa que recorre el pasillo. Cuando se nota más despierto vuelve a su habitación, se sienta en la cama y toma el viejo cepillo de dientes que está en un vaso de plástico sobre la mesa de noche; de una bolsita arrugada extrae con las puntas del índice y el pulgar un poco de bicarbonato de sodio y lo esparce sobre el cepillo. Se limpia los dientes lentamente pero sin cuidado, solo quiere eliminar de su boca el sabor amargo de las mañanas, de todas las mañanas.

Sale a la calle y cruza a la otra vereda para intentar calentarse el cuerpo con el sol seco de los andes. Camina sin prisa, sin ganas, sin detenerse a ver las mismas casas y la misma gente de siempre, gente sin color, ni olor, sombras que giran, van, vuelven, esperan en las esquinas, hablan, miran. Roberto se desplaza anónimo por las calles, recorre a pie como todos los días los ocho kilómetros que separan su cuarto del hospital central.

Mientras espera en la entrada del ascensor, Roberto baja la vista y mira la punta de sus zapatos gastados y viejos, entona entre dientes wake me up when september ends, suena la campanilla, las puertas se abren y se dispone a subir. Antes de poder entrar, siente la presión de una mano en el pecho, es el ascensorista, un anciano decrépito que lo mira con ojos vacíos y muertos, reflejando turbiamente una mezcla de reproche y pena, Roberto recién se da cuenta que hay una camilla de emergencia esperando a su lado y no puede subir al ascensor al mismo tiempo. Retrocede dos pasos y se queda esperando el siguiente grupo con las manos en los bolsillos, sus zapatos viejos y la canción flotando en sus oídos.

Ha llegado al sexto piso, su nariz se inunda rápidamente con el olor característico de los hospitales, detesta ese olor, la primera vez lo sintió todo el día, incluso varias horas después de haberse ido; ahora, con el paso del tiempo, lo perturba sólo mientras está en el hospital, al salir a la calle las enfermeras, los médicos, los carritos de fierro, las camas sucias y las horribles sábanas transparentes por el uso desaparecen junto con viejo edificio verde y blanco. Pero ahora no, recién ha llegado y siente la culpa subir por sus piernas y llegar a su vientre en forma de hormigueo, de escalofrío. Han pasado cinco semanas y aún no puede deshacerse de esa maldita sensación que lo lastima cada vez que atraviesa el pasillo que lo lleva a la sala común del hospital.

Ingresa a la sala común, se dirige a la cama de Andrea procurando no prestar atención a los otros pacientes y mucho menos a lo que están haciendo. A esa hora casi no hay visitas, es la hora de los que tienen pase, como él, los demás vienen por las tardes. Andrea está acostada sobre la cama, Roberto se acerca y sin hacer ruido le da un beso en la frente. Acaricia levemente sus cabellos tratando de no incomodarla, se sienta y respira profundo. Se queda mirándola fijamente, pensando en lo difícil que es estar vivo.

– Sí, es difícil estar vivo Andrea – dice como para sí mismo – No sé cómo explicarte – agrega – Anoche soñé contigo, pero no sólo contigo, soñé con todo pero de un solo tirón de tiempo. No sé cuánto duró el sueño, pueden haber sido diez minutos, pero yo soñé todo, absolutamente todo, el día en que te conocí, las vueltas por el parque, tu manía de recoger las piñas de los árboles que descubrías entre el pasto y tu sonrisa. Tu sonrisa Andrea. No sé si me entiendes, pero la mayor parte del sueño fue tu sonrisa. Pero no era tu sonrisa en tu rostro, era sólo la sonrisa, sin rostro, no sé si me entiendes. Como si tu sonrisa fuese una idea y no una sonrisa. Una idea que abarca todo alrededor. Como si los árboles del parque estuviesen rodeados de tu sonrisa. Como si el aire fuese tu sonrisa. No sé si me entiendes. Luego viene el accidente, y de pronto, ya no siento más tu sonrisa, el sueño se llena de ambulancias, de luces rojas, todo se mancha con sangre, no sé si me entiendes, no sé si me explico. Todo empieza a teñirse de rojo como en las películas de baja categoría, las de clase B, como si fuese un efecto especial malo y barato. La sangre llena todo el espacio que antes ocupaba tu sonrisa. Y en el sueño empiezo a sentir pena, no culpa como ahora, sólo pena y siento que me ahogo en toda esa sangre y en toda esa pena. No sé si me entiendes...

Roberto se ha quedado callado, mirando el piso, se fija en sus zapatos viejos, gastados, uno de los pasadores se ha soltado, se agacha sin separarse de la silla y mientras ata su zapato vuelve a sentir en el vientre el desencanto y la nausea de la mañana. Luego se incorpora, se acomoda en el asiento y se queda mirando el horizonte verdoso y aséptico del hospital. Sin mirar hacia la cama siente la presencia de Andrea, Roberto trata de sonreír y su cara dibuja una mueca triste. Se muerde los labios. Repasa su sueño, no recuerda bien si se cepilló los dientes, aún siente el sabor amargo de la mañana en su boca. - Me siento tan mal Andrea - le susurra, - No es que no me guste venir cada día... - se calla, se arrepiente de haber dicho esa frase, hace una pausa breve, silenciosa, incómoda. - Tú sabes que me gusta venir cada día - afirma - Verte, hablarte y no quiero que pienses que es por la culpa. No sé si me entiendes, es que realmente quiero verte, saber como estás. No sé si te dije pero mi tío Manuel, el médico, me consiguió la prórroga del pase. No es que me caiga mal tu familia, pero es un sentimiento difícil, cuando están ellos me siento más culpable – hace otra pausa – Quiero decir que siento que ellos me consideran culpable. Por eso prefiero venir en las mañanas. No sé si me entiendes.

Iba a continuar cuando sintió a sus espaldas la voz de uno de los médicos: - ¿Aún no despierta? - pregunta, Roberto no contesta sólo mira la cama, a Andrea; el médico le palmea suavemente la espalda y trata de reconfortarlo a su manera: - El coma es impredecible hijo, en cualquier momento podría regresar - Roberto no dice nada, el médico prefiere retirarse en silencio. Roberto se sume nuevamente en el silencio, el dolor y la culpa. Mira su reloj. Ya debe irse. En realidad no sabe a dónde ir, no tiene nada que hacer allá afuera, pero ya no soporta la culpa, el dolor, el olor a hospital, las camas de fierro, las sábanas transparentes y desinfectadas mil veces. Sólo sabe que quiere irse. Se pone de pie, besa a Andrea en la frente y sin despedirse se va. En el pasillo, de salida, repite silenciosamente Wake me up when september ends.

Invierno del 2006.