martes, 19 de febrero de 2013

LA RENUNCIA DEL PAPA


Como todos saben no soy religioso. Creo en una divinidad, un ser superior, pero no confío en las instituciones religiosas. Tengo fe en que un día el Perú sea un estado laico y que el credo de cada uno sea un tema del ámbito de la intimidad personal. Es decir realmente libre, tan libre que nadie sea discriminado por tener un culto distinto y tan libre que nadie se vea en la posición de tener que ser catequizado o convertido contra su voluntad.

Pese a que la Iglesia Católica ya no es el credo mayoritario que muchos creen, para mejor información, esta afirma que de los siete mil millones de habitantes que tiene el mundo, mil millones son católicos, sumados a ellos los evangélicos, protestantes y otros, los cristianos llegarían a los dos mil millones (según los reportes de estos credos).

El Islam en todas sus variantes afirma llegar a los mil setecientos millones. Las personas sin religión llegarían al impresionante número de mil cien millones y el hinduismo a los mil millones. No son despreciables tampoco novecientos millones que tendrían las religiones tradicionales chinas.

En otras palabras, cerca del veintiocho por ciento de la población mundial sería cristiana y solo el catorce por ciento católica. Los musulmanes tendrían un importante veinticuatro por ciento, las personas sin credo un quince por ciento, los hindúes otro catorce por ciento y trece por ciento las religiones tradicionales chinas.

El agudo lector a este punto ya debe haberse dado cuenta que los porcentajes ya superan el noventa y cuatro por ciento de la población mundial. Faltan todavía contabilizar las etnias africanas, asiáticas y americanas, el budismo, el resto de credos minoritarios y se apreciará que se supera fácilmente el cien por ciento que deberían sumar todos los credos.  Es decir que hay más creyentes que pobladores del planeta. 

Bueno, esto tiene una explicación lógica: Como los números son aportados por cada credo, estos tienden a inflar sus números. Adicionalmente una segunda variable es el hecho de que una misma persona puede reportar varios credos a la vez, en primer lugar porque en realidad es politeísta y en un segundo, pero no menos importante término, porque muchas personas se reportan como creyentes o no dependiendo de requerimientos que hacen las instituciones públicas o privadas en función a los beneficios que puedan recibir de estas o los requisitos que imponen para proveer de determinados servicios. Ejemplo de ello, muchos colegios que exigen que los padres sean católicos por citar uno.

El saber estos datos estadísticos ayuda mucho para entender las falacias de los fundamentalistas. No existe una religión universal. Nadie se va a condenar por no conocer una determinada religión. Sin importar el credo, lo importante es sencillamente vivir con rectitud.

Regresando al tema de fondo, el Papa resulta ser el líder de un importante catorce por ciento de la población e influye de manera indirecta en otro catorce por ciento. Es por ello que el actual Papa tomando en cuenta este liderazgo, decide, inteligentemente creo yo, renunciar.

Me explico: La regla establece que el cargo es vitalicio. Esta es la regla general. Esto es importante desde el punto de vista de unidad. No es apropiado para un credo tener pugnas por el poder y si las hay, estas deben estar ocultas y estar distanciadas cuanto más se pueda en el tiempo. Por ello también existe la regla del cónclave cerrado. Los espectadores de afuera percibimos una elección en ambiente de santidad. No siempre ha sido así y nada nos garantiza que ahora sea distinto.

El Papa es consciente de que la realidad no es la misma que en la Edad Media, en esa época en el mejor de los casos el Papa agonizante era recluido y cuidado en sus aposentos hasta su deceso. Era fácil pasar desapercibido. En la actualidad el puesto de Papa está mediatizado, la experiencia de los últimos meses de Juan Pablo II mostraron lo difícil que es permanecer en el cargo cuando el cuerpo no da para más. Por cierto Juan Pablo II tenía un prestigio y un aura que le permitió obtener el respeto del mundo pese a su lamentable estado. Ratzinger no es Juan Pablo II y él lo sabe.

Siendo así, el cálculo es brillante. Un Papa debilitado no le hace ningún bien a la Iglesia Católica y ahora menos que nunca. Ratzinger sabe esto y sabe también que los problemas que afronta su rebaño requieren con urgencia de un prelado con la disposición de ánimo y fortaleza física suficientes como para reconducir sus principales políticas.

Dicho esto, mi posición personal es que es demasiado tarde como para que la Iglesia Católica pueda retomar el rol protagónico que tuvo en su momento. La globalización no lo permitirá pese a sus bien intencionados intentos, como por ejemplo la cuestionable cuenta de Twitter. Me parece que se requieren serias reformas, nuevos principios, lamentablemente la iglesia no tiene los mecanismos necesarios para modificar el dogma sin perder más credibilidad. Pese a ello mi pensamiento está con los católicos creyentes de corazón, quienes depositan buena parte de su fe en el Papa como vocero de Dios en la tierra, conforme sus preceptos. 

domingo, 3 de febrero de 2013

SOMOS LO QUE COMEMOS

Estoy seguro de que la mayor parte de lectores ha escuchado esta frase alguna vez: Somos lo que comemos. Es probablemente una de las frases menos debatibles desde cualquier óptica, tanto el sentido común como la ciencia concluyen exactamente en lo mismo: Somos lo que comemos. Y resulta por tanto increíble que tanta gente no observe esta regla tan básica para conservar su salud.

El comer es un proceso que se califica como necesidad básica. Si no se come, se muere. La alimentación permite aportar al cuerpo los elementos necesarios para su funcionamiento y desarrollo, así como para restaurarlo ante el natural desgaste. 

Lo primero que debemos hacer es diferenciar entre comer bien y comer rico. En Arequipa, mi ciudad de origen, se solía comer bien y rico, aunque en los últimos años se come cada vez más rico y cada vez peor. Es preocupante.

Comer rico es el resultado de un proceso mental racional. No tiene nada que ver con la alimentación de subsistencia. Si alguien piensa que me equivoco, observen otras culturas, lo “rico” parte de una definición cultural: Una rica vaca para nosotros puede ser como una rica rata o un rico perro en otras culturas. Nosotros creemos que es rico un rocoto relleno que nos hace lagrimear, para un suizo eso es una masacre a su sentido del gusto. Nuevamente, el  aprecio por la intensidad del sabor es una construcción racional, mental, producto de paradigmas socio culturales.

En un inicio el hombre aprendió a asar la carne, luego descubrió la sal, desde entonces ha tratado de agregar cosas a las comida para hacerlas más agradables al paladar, para resaltar los sabores, en ese proceso hemos llegado a las hamburguesas y alitas de pollo cargadas de grasa y colesterol, acompañadas de abundante mayonesa y papas fritas.

Hemos olvidado el fin primordial de la comida: Alimentar. Al haber olvidado este fin, comemos cualquier cosa por hambre y nos suicidamos lentamente,

Desde los años cincuenta buena parte de los premios Nobel de medicina han sido otorgados a científicos por sus descubrimientos respecto a cómo reaccionan la células humanas ante el consumo de determinados productos. Estas investigaciones no han tenido difusión por causa de intereses ciertamente siniestros por un lado y por la falta de interés de la propia gente por otro, pero lo cierto es lo siguiente: La comunidad científica está de acuerdo en que un cuerpo con un alto grado de PH acido es más susceptible a albergar y desarrollar cáncer. Un cuerpo con un PH más alcalino tiene menos posibilidades de albergarlo y desarrollarlo. Es más, recientes estudios demuestran que un cuerpo alcalino no solo no alberga y desarrolla cáncer si no que es capaz de neutralizar y destruir un cáncer ya existente.

Ahora, cómo todos saben el PH no es otra cosa que un factor de medición, permite saber el grado de alcalinidad o acidez de una solución. El cuerpo humano es 80% agua, así que no estamos lejos de ser una solución también. 

El cuerpo humano se torna ácido cuando consumimos frituras, aceites de origen animal, azúcares, bebidas gaseosas, carnes rojas, café en exceso. También contribuyen notablemente los hábitos de fumar y el consumo de alcohol.

El cuerpo se torna alcalino mediante el consumo de vegetales, legumbres, hortalizas, proteínas de origen vegetal, pescado, frutas, etc. 

No se sorprenda. Esto es evidente y usted lo sabe. No es una noticia nueva. Otra cosa es que seamos esclavos de los malos hábitos y entre tomar una botella de agua y una gaseosa escojamos la gaseosa. Que entre una hamburguesa y un par de manzanas, escojamos la hamburguesa. Siempre hay una excusa para mantener un mal hábito. 

Lo que sucede es que nos mentimos a nosotros mismos descaradamente y luego culpamos a la contaminación o a la radioactividad cuando el médico diagnostica cáncer, y queremos curarlo con una pastilla mágica en veinte días. 

Somos lo que comemos. Si está usted saludable hoy, es probablemente consecuencia de sus buenos hábitos de alimentación. Si sufre de problemas gastrointestinales, algún sarpullido, dolores de cabeza, etc. Es probable que sea por sus malos hábitos alimenticios, fuera del obvio factor genético.

Conozco gente que no almuerza si el plato no trae carne y si está frita mejor. Otra gente que agrega abundante sal a todo. Personas que toman uno o dos litros de gaseosa diario, que almuerzan todos los días en lugares llamados de “comida rápida”, personas que agregan enormes cantidades de mayonesa a cualquier cosa que comen. ¿Cabrá quejarse luego de sobrepeso o cáncer?

Entonces se tiene que la clave es regresar al origen, entender la razón primigenia por la cual comemos. Comemos para tener energía, para reponer el desgaste de células. No tiene absolutamente nada que ver con el paladar. El paladar en su dimensión básica cumple el rol de advertirnos si la comida no está podrida, pasada o fermentada, es decir en un estado en el que no nos haga daño, al igual que el olfato.  Nosotros hemos distorsionado esas funciones, sublimándolas al extremo de causar lo que el órgano quería evitar: Provocarnos daño con lo que consumimos.

No está mal disfrutar de la comida, no está mal comer un plato típico o comida gourmet el fin de semana, pero quedan seis días para comer sano (y más barato por cierto), coma zanahorias crudas, dese el gusto de morder un tomate. Abra una palta y cómala sin sal directamente de su cascara como si fuese un helado. Hay platos típicos que pueden ser muy saludables, como la palta rellena (use mayonesa casera, no de sobre), el soltero de queso, el escribano, la causa. Hay métodos para cocer la carne sin usar aceite, disminuya su consumo de embutidos, tome agua en lugar de gaseosas o los venenosos refrescos de sobre. Aproveche más el pescado y deje el pollo a la brasa para una vez al mes. Abra las puertas para la espinaca, las vainitas, el brócoli. Coma más papa sancochada como fuente de carbohidratos y deje de lado la frita. Hágase un bien, hágalo por sus hijos, incúlqueles buenos hábitos. Ellos quieren que usted los acompañe por más años. 

sábado, 2 de febrero de 2013

EL ENCUENTRO (Cuento)

– ¿Aló Mary?
– Sí, ¿Quién habla?
– ¡Rafael! – Cuando Mary escuchó ese nombre y lo conectó con la voz al teléfono todos los recuerdos en tropel se arremolinaron en su mente, se le erizó la piel y le faltó la respiración. Luego de unos segundos de silencio donde quería decir todas las palabras y ninguna salió de sus labios, se compuso, carraspeó y trató de aparentar una calmada sorpresa:
– ¡Hola Rafael! Qué bueno saber de ti luego de tantos años.
– Hola linda, estoy en la ciudad. Vine por unos asuntos de trabajo. ¿Te parece si nos tomamos un café?
– Claro… – dijo Mary nerviosa, se arrepintió, debió haber dicho otra cosa, que tenía que ver si tenía tiempo, que ese día no, que tal vez mañana, algo para no demostrar su ansiedad, quiso decir que tal vez no podría, pero sus labios le jugaron una mala pasada – ¿a las nueve te parece bien?
– Me parece bien – contestó Rafael y fijaron el punto de encuentro en uno de los nuevos cafés que la vorágine de la modernidad había traído a la ciudad. Se despidieron, Mary lo hizo por cierto con mal disimulado afecto formal, y colgaron.

Con el celular en la mano Mary se llevó los dedos a la boca, iba a morder una uña y recordó que hacía años ya había abandonado esa costumbre. Dejó el aparato sobre el escritorio y se frotó las manos con fruición, se tomó de las sienes, el rostro, se levantó de su asiento, caminó hasta la puerta de su oficina, negó con la cabeza y regresó a su lugar, cuando estuvo a punto de sentarse volvió a dirigirse a la puerta con la mano en la frente, luego regresó y se quedó de pie frente al computador, miró la pantalla del celular como si en ese cuadrado de colores pudiera ver la imagen todavía de Rafael hablándole. Habían pasado diez años y todavía le temblaba el cuerpo al oír su voz. Siempre había pensado que luego de terminada la universidad, madre soltera por azares de la vida y profesional por su propio esfuerzo y dedicación, con una jefatura a sus espaldas ya nada podía sorprenderla, sin embargo ahora sus tobillos no podían soportar el peso de su ligero cuerpo, se derrumbó sobre el sillón y se abandonó a los recuerdos.

* * *

Mary tenía diecisiete, era el tercer día de su segundo semestre de derecho. Estaba emocionada porque recién ahora estaban haciendo los cursos de la carrera, esa mañana se había levantado temprano como siempre, tal vez no era la más estudiosa de su promoción pero sí era responsable y ordenada. Estaba sentada en la fría carpeta de fórmica y fierro cuando entró Rafael, ese primer momento no produjo ninguna sensación en ella, él no era un sujeto de aquellos que llaman la atención con su aspecto, fuera de su corrección en el vestir no había nada en particular que pudiera considerarse espectacular o cuando menos fuera de lo común.

Lo que pasó con Mary sucedió ese primer día. El hombre aquel, de edad indescifrable, que parecía joven, imprecisamente cerca sus treinta, pero que hablaba de situaciones, lugares y hechos como su hubiese vivido cien años, con un extraño brillo en los ojos, con una envidiable certeza en sus afirmaciones, terminó por llamar su atención.

Con el tiempo su admiración crecía más y más, esperaba con ansias el día en que llegaran sus clases, él se mostraba seguro en sus conceptos e ideas, incluso cuando se equivocaba, reconocía su error de una manera tan elegante y oportuna que terminaba pareciendo que nunca se había equivocado.

A veces Mary iba con sus compañeras, nunca sola, a preguntarle cualquier cosa antes de que suba a su carro solo por el placer de verlo de cerca, de percibir el rastro de su perfume. Un día de esos, su compañera Janet haciendo gala de su frescura le pidió su correo, él lo anotó en un papel y mientras escribía Mary lo memorizó, pero nunca se atrevió a escribirle. Semanas después recibió un mensaje de Janet acerca de un trabajo y en la lista estaba el correo de Rafael, con los dedos temblorosos le escribió un correo pidiendo cualquier precisión, ese fue el inicio, poco tiempo después se comunicaban a menudo por correo electrónico pero sin mayor profundidad, para saber cómo iban las clases de ella, el trabajo de él o el clima.

Un día de la nada, casi al fin del semestre, correos iban y venían y él le contó que la había visto en otro lugar, mucho tiempo antes de verla en la universidad. Ella se quedó helada cuando lo leyó, preguntó ¿cuándo la había visto antes? ¿Dónde…? Él le contestó que cerca de una céntrica cafetería, dos años antes, que le había llamado la atención y que nunca olvidó su rostro, ella rió, efectivamente su madre tenía un negocio cerca de ese lugar. Le preguntó, escribiendo muy nerviosa en el teclado, que qué le había parecido y él contestó el mensaje con una sola palabra: “linda”. Ella casi se muere, no contestó el correo y no encendió la computadora todo el fin de semana. Cada vez que recordaba esa palabra le latía el corazón a toda prisa y se sentía desfallecer. Se sentía una idiota, una adolescente idiota enamorada de su profesor, se reía nerviosa y sacudía la cabeza.

En los últimos días de clase, terminados los exámenes, Rafael le envió un mensaje, la invitaba a dar un paseo. Ella aceptó. A las siete de la noche él pasó cerca de la universidad en su camioneta, ella estaba esperando en la esquina, se subió, dieron muchas vueltas mientras conversaban de todo un poco, por primera vez. Ella nerviosísima como siempre y él seguro, como siempre también.  Cerca de las nueve de la noche ella le pidió para que la lleve cerca de su casa, él sonrió y accedió recordándole que lo había pasado muy bien en su compañía. Cuando estuvieron cerca de la casa, él estiró la mano hacia el asiento de atrás y tomó una caja larga de cartón blanco, Mary se asustó, no comprendió lo que pasaba hasta que tuvo entre sus manos y sobre su regazo la caja de florería adornada con una cinta y conteniendo en su interior un hermoso tulipán. Miró a Rafael a los ojos, dijo gracias con la voz quebrada y temblorosa y se bajó corriendo de la camioneta sin mirar atrás ni despedirse mientras las lágrimas de emoción corrían por sus mejillas y sentía que desfallecían sus piernas.

No volvió a ver a Rafael nunca más a pesar de sus correos.

* * *

Esa noche Mary se probó casi toda su ropa antes de poder decidirse, quería verse bien, reflejar que estaba bien, quería  demostrar que ya no era una chiquilla asustada sino una mujer profesional, madura, segura de sí misma.

A las nueve en punto Mary entró al café, Rafael estaba en una mesa redonda, con impecable terno y corbata negros, tomando un café expreso, Mary no pudo evitar recordar el rumor que en broma corría en la universidad: “El profesor Rafael ha hecho un pacto con el diablo”, en efecto le pareció que se veía más joven todavía que diez años atrás. Según sus cálculos debería tener poco más de cuarenta y difícilmente los aparentaba, se le veía saludable, sonriente, la madurez le asentaba como al buen vino, nuevamente sus piernas temblaron.

Se acercó y él se puso de pie caballeroso, se saludaron con un beso y un abrazo breve, ella se dio cuenta de inmediato que el perfume ya no era el mismo, era una fragancia distinta, intensa, un sutil aroma dulzón de naranja, era demasiado, su mente estaba a punto de nublarse, Rafael le preguntó si quería tomar un café o ir a otro lugar, ella sin pensar repitió la última parte de la frase y recién cayó en cuenta que había pedido ir a otro lugar. Rafael pagó y salieron, caminaron por la calle iluminada todavía con gente. Ella se sentía feliz, cuántas veces había soñado caminar con él por las calles, justo así, ella de vestido, él de traje, miraba de reojo y sabía que hacían una bonita pareja. Llegaron a un bar, subieron las escaleras, se sentaron un punto donde podían ver las luces de la ciudad. Pidieron un trago y hablaron de lo que habían hecho últimamente, sobre todo;  Rafael le preguntó acerca de su trabajo y ella orgullosa le contó cada detalle, él sonreía complacido, le dijo que siempre estuvo seguro de que llegaría lejos. Luego él le contó algunas cosas, siempre con esa manía de guardarse detalles, de no contar todo, de dejar secretos, de lanzar cabos sueltos al aire dejando algunas historias inconclusas, Mary no sabía si lo hacía adrede o era su forma de ser, esa forma tan misteriosa e interesante, mientras lo veía hablar en algún punto perdió el hilo de la conversación, ahora solo podía ver sus ojos brillantes y sus labios en movimiento, ya no entendía lo que decía, le importó un pepino la gente en el bar, el mundo, como embriagada por alguna exótica sustancia, pudo ver su propia mano deslizándose debajo de la corbata de Rafael, buscando el botón de su camisa, queriendo sentir  el calor de su pecho, buscó sus labios y lo calló con un beso, sintió su aroma, no el del perfume, sino ese que tantas noches se imaginó en la soledad de su cama, los labios carnosos, su respiración agitada, sabía que era una locura pero se dejaba llevar, se subió sobre él buscando su cuerpo, arrancando los botones de la camisa, amasando su cabello, halándolo para no dejarlo escapar nunca más…
– ¿Me estás prestando atención? – dijo Rafael, sacándola del delirio.
– Perdóname – replicó Mary con rubor en las mejillas – me quedé pensando en algunas cosas.
– ¿Qué cosas?
– Tonterías
– Dime – insistió Rafael
– Vas a pensar que son tonterías, cosas de una chica cursi.
– Anda dime, prometo no pensar nada de lo que dices.
– ¿Te acuerdas del tulipán que me regalaste? – preguntó.
– Claro – dijo Rafael – luego de esa vez no te volví a ver, ¿qué paso con él?
– Hasta ahora lo tengo – confesó Mary – lo dejé secar y tengo cada hoja, cada ramita, por tu culpa casi dejo la universidad, me enamoré Rafael, me enamoré como una tonta. No quería que me vieras la cara, me moría de vergüenza, he estado enamorada de ti todos estos años, sigo enamorada de ti...

Rafael le tomó la mano mientras Mary lloraba en silencio, tomó un sorbo de licor y se recompuso… pidió perdón por el exabrupto, cambiaron de tema. Luego de un rato Rafael carraspeó y le dijo:
– Si solo me hubieses esperado…
– ¿A qué te refieres?
–  Hace unos cinco años, cuando me divorcié te envié un correo, para contártelo, ¿recuerdas? Tú me contestaste que habías vuelto con el papá de tu hija. Se me rompió el corazón, ese era nuestro momento Mary.
– No lo era Rafael – y empezó a llorar de nuevo – y nunca volví con el papá de mi hija. ¡Te mentí!
– ¿Pero por qué? ¡Acabas de decirme que estabas enamorada de mí! ¡No entiendo!
– No era nuestro momento Rafael, cuando me contaste de tu divorcio no quise ser la mujer con la que mataras tu soledad. Tú no te divorciaste por mí, te divorciaste por ti, eso lo tengo claro. No quiero ser alguien en tu vida. Siempre quise ser lo más importante en tu vida y si no tengo eso prefiero ser un bonito recuerdo, porque… ¿Soy un bonito recuerdo verdad?
– Lo eres Mary – respondió Rafael con tristeza.

Continuaron con la conversación, rieron, recordaron a gente que conocieron ambos en la universidad, se pusieron al día. Al terminar, bajaron las escaleras abrazados, como si fuesen enamorados de toda la vida, es más, como una pareja de felices casados. En la fría noche de media semana de una ciudad colonial, sobre la calle empedrada de granito, Mary esperaba de corazón que Rafael se la lleve con él a pasar la noche, estaba lista para amanecer en sus brazos. Pararon un taxi, subieron, abrazados y en silencio, en el asiento de atrás vieron pasar las avenidas, las luces de la ciudad, Mary fue reconociendo las calles, su barrio, su casa. Se bajó del taxi, abrió la puerta y bajo el umbral se quedó mirando cómo el taxi en el que viajaba Rafael se alejaba hasta convertirse en un par de luces rojas, perdiéndose lejos en la oscuridad, tal vez para siempre.

domingo, 20 de enero de 2013

EL VIAJE (Cuento)


Rafael estaba sentado frente a su computador tratando de terminar el trabajo del día cuando el sonido del celular timbrando lo desconcentró. Contestó y la noticia lo dejó perplejo, sabía que inevitablemente sucedería pero no tan pronto. Fiel a su estilo terminó la llamada y prosiguió con el párrafo que estaba pendiente hasta terminarlo, grabó el documento y se recostó sobre el espaldar el sillón gerencial. Miró por la ventana el cielo todavía celeste, el reloj de la pantalla del computador marcaba las cuatro de la tarde con diez minutos. Ordenó su mente para que las emociones no afecten su capacidad de razonar, puso sus dedos sobre el teclado y escribió veloz con los diez dedos en cinco ventanas distintas una tras otra, mentalmente visualizó los vuelos, itinerarios y posibilidades. Ninguno encajaba, el tiempo transcurría. Levantó el teléfono y llamó a su secretaria. Luego de siete minutos ella le informó que el último bus salía a las seis de la tarde con treinta. Rafael apagó el ordenador tratando de no albergar ni reflejar sentimiento alguno, muchos años frente a complejas situaciones profesionales que le había tocado resolver le habían enseñado que dejarse arrastrar por los sentimientos solo genera retrasos y malas decisiones. Tenía que estar en su ciudad natal al medio día de mañana y mil kilómetros lo separaban de su destino; la mitad de ellos de selva amazónica y la otra mitad de montañosa y altiplánica sierra inhóspita.

Salió de la oficina y en el pasillo su secretaria le dio alcance para recomendarle una solución final: Contratar un auto particular o un taxi que lo lleve solo a él hasta su destino. Rafael lo pensó por algunos minutos. Odiaba viajar en auto cuando no era él quien manejaba. Le parecía peligroso en esas carreteras con camioneros imprudentes y más aún en esta ciudad olvidada de Dios donde no había choferes profesionales. Prefería correr el riesgo con el bus, tal vez llegaría tarde, pero llegaría vivo.

Una vez en casa rápidamente puso un traje en el portaternos,  en un maletín pequeño un par de mudas de ropa. Se puso una tenida cómoda, tenis y una chaqueta ligera a pesar del calor, sabía que en la madrugada pasarían de los cálidos treinta grados a quinientos metros sobre el nivel del mar a temperaturas debajo de cero grados a tres mil metros de altura.

Cuando llegó al terminal de la ciudad solo había un bus esperando pasajeros, se aseguró de preguntar en todas las agencias y tuvo que aceptar bastante decepcionado que era el último. Su estado era bastante lamentable, de desteñido color azul eléctrico debió haber tenido mejores tiempos veinte años antes. Pagó el pasaje y el bajo precio confirmó sus dudas. Subió y acomodó el portaternos en la parte superior y se abrazó al maletín. Había unos veinte pasajeros, a pesar del insoportable olor de cebolla rancia mantuvo la esperanza de que el viaje podía ser tal vez más anecdótico que incómodo. Minutos después se ponían en movimiento.

Mientras el bus traqueteaba por las maltratadas pistas a la salida de la ciudad, se preguntaba acerca de la fragilidad de la vida. Pensaba si este mundo es en realidad un lugar para vivir, para soñar, para amar. Cuestionó su propia vida, se preguntó si las cosas que hacía eran las correctas y si lo eran ¿eran correctas para él? Se había esforzado por hacer siempre lo más acertado, cuando menos en lo profesional, en ese aspecto nadie se había quejado de él ni podía quejarse él mismo. En lo personal con aciertos o no, no había dejado que nada lo afecte en los últimos años, personas de su entorno tenían opiniones totalmente distintas. Algunos pensaban que era una persona sensible y amable pero que no revelaba nada de su vida personal. Otros pensaban que tenía un corazón de hielo. Realmente eso no le importaba mucho o cuando menos nunca antes le importó. Pero ahora, esta noticia y este viaje le hacían cuestionar estas cosas, cuestionar cómo lo percibían los demás o cómo se percibía él mismo. Trató de dejar de pensar e intentó dormir, sin embargo no lo consiguió. La idea de que la vida no es una tarea fácil de afrontar le daba vueltas en la cabeza y cada vez con mayor claridad se le ocurría que la vida de cualquier persona no era cuestionable ¿Quién podría cuestionar la vida de otro? ¿Con qué derecho? ¿Era su vida mejor que la de la señora de dos asientos más adelante que comía maíz y chuño con los dedos? ¿O del muchacho de su derecha que había subido al bus con solo una mochila, que usaba unas gastadas zapatillas sin marca reconocible, pero que viajaba absorto en la música de su iphone de última generación? ¿Quién era él para juzgar la vida de los demás? ¿Sólo por tener un ingreso ligeramente superior al del promedio? ¿Por haber tenido la suerte de tener acceso a una educación un poco mejor que la del resto? ¿Eso era todo? ¿Y la felicidad? ¿Dónde quedaba la felicidad? ¿Eran estos diecinueve compañeros de viaje más felices que él?  ¿Podía afirmar con certeza que él era más feliz que cuando menos alguno de ellos? ¿Qué era la felicidad? Cuántas veces había tratado de definirla. Era curioso que algún tiempo antes la mayoría de sus amantes ocasionales o amigas especiales le hubiese hecho esa misma pregunta: “¿Eres feliz Rafael?” Y él nunca dijo que sí. Con calma miraba a su interlocutora a los ojos y siempre daba la misma explicación: “La vida es normalmente triste, dolorosa, nacer es doloroso, vivir, trabajar, morir, todo eso es dolor. Los momentos de felicidad son solo chispazos, solo eso, como fuegos artificiales, nuestra misión es hacer que esos chispazos  duren el mayor tiempo posible, pero siempre regresamos a lo cotidiano, al dolor al sufrimiento. Nadie puede ser feliz todo el tiempo.”  Inevitablemente sus eventuales compañeras en casi todos los casos – y ya parecía ser una regla – le preguntaban: “¿Eres feliz ahora?”  y él complaciente, condescendiente y con una bien fabricada sonrisa que llegaba a parecer verdadera decía “Si, ahora soy feliz, en este momento y contigo.” Pero sabía bien que no era así.

Cerca de las diez de la noche el bus paró. Los pasajeros bajaron y en ese momento se percató que el vehículo no tenía baño, descendió y le resultó imposible hacer lo que hacían todos: Orinar en la calle. Fue a una tienda, compró un paquete de galletas y pidió amablemente el servicio, le señalaron una puerta y se dio cuenta de por qué era más higiénico hacerlo en la calle. Salió a la pista, se acomodó detrás del bus en el lugar que consideró más apropiado y descargó su vejiga. “Donde fueres, haz lo que vieres.” le había dicho de pequeño su madre. Nunca habría aplicado mejor el consejo. Subió al bus y se sentó, minutos después subieron pasajeros con caras nuevas. Se llenó hasta el último asiento. Una mezcla de olores lo sacudió. Una señora joven por cierto se acercó y pidió permiso para pasar al asiento al lado del suyo. Tenía a su hija en brazos, iba a reclamar pero se quedó callado. La señora se sentó y acomodó a la niña en sus piernas, Rafael se replegó hacia el pasillo lo mejor que pudo para darle espacio a sus dos nuevas compañeras de viaje, en diagonal hacia atrás un hombre abría una bolsa y extraía un depósito de poliestireno  conteniendo un pollo a la brasa de dudosa procedencia y penetrante olor. Más adelante ingresaban dos jovencitas vendiendo botellas de emoliente para el camino. Sonrió, hacía tres horas se quejaba de la vida, y ahora tenía delante suyo un espectáculo que los extranjeros pagaban por ver. Tenía dos opciones, maltratar su hígado haciendo cólera o imaginar que estaba haciendo un tour por Filipinas, optó por lo segundo y cerró los ojos al mismo tiempo que cruzaba los brazos sobre su pecho tratando de dormir.

Como a las dos de la mañana una sensación de humedad sobre el lado derecho del cuello lo despertó. Al principio somnoliento y confundido no pudo descubrir lo que pasaba, luego encendió la pantalla de su celular y en medio del ronquido de la gente inspeccionó el techo, allí estaba, precisamente sobre él: una gotera en el techo del bus. Miró por la ventana, afuera llovía. Caminó a la cabina del chofer y reclamó, una muchacha le dijo que ya irían a ayudarlo, que regrese a su sitio. Volvió y esperó diez, quince minutos. Nada. En la oscuridad recorrió el bus, todos los asientos estaban vacios excepto uno en la última fila. Entre dos sujetos sumamente robustos había una solitaria mochila, probablemente de alguno de ellos. El sujeto de la izquierda roncaba, despertó al otro, efectivamente era su mochila. Pidió permiso para sentarse al tiempo que explicaba brevemente su problema. Se acomodó y abrigado entre sus nuevos dos compañeros continuó el viaje.

A las seis de la mañana el bus se detuvo, no habían llegado a su destino pero por las ventanas de podían ver enormes extensiones de ichu amarillo, pequeños charcos congelados y grupos de llamas pastando.  Salieron casi todos y Rafael los siguió, el bus se había detenido para remolcar a otro que se había quedado varado. Eso le pareció muy peligroso sobre todo porque ambos buses estaban llenos de pasajeros, pero ¿quién era él para contradecir el espíritu solidario de un señor chofer de bus serrano-amazónico? Aprovechó como los demás pasajeros (incluidas pollerudas señoras) para escoger un mechón de ichu y orinar antes de seguir viaje.  

Ya sin lluvia ni goteras, retornó a su lugar, más por miedo a que el bus remolcado fuera de control los impacte por atrás que por cualquier otra consideración. Media hora después llegaban al terminal y fin de este tramo en una pequeña pero laboriosa ciudad altiplánica, el cobrador avisó que los que continuaban viaje podían ir a otra empresa que quedaba cruzando la avenida. Bajó de inmediato y cruzó, el nuevo bus salía en media hora y era bastante mejor que el que lo había traído hasta aquí. Se suponía que tenía que haber llegado a este punto a las cuatro de la mañana y ya eran casi las siete.

La señorita que le vendió el pasaje le dijo que el bus llegaría a destino a las diez de la mañana, algo de sentido común y matemáticas le dijeron que eso no sería posible, pero igual se subió. En el nuevo trayecto vino a su mente de nuevo la razón que lo había llevado a este viaje inédito. Bastante cansado pero con la luz del sol que entraba impetuosamente por las ventanas del bus volvió a pensar en los eventos recientes. Este viaje había terminado siendo un viaje introspectivo. Después de muchos años no había tenido tanto tiempo para él, lejos de los ordenadores, de los documentos, de los celulares, de las tablets y la televisión. El celular no había sonado en horas, en la ciudad anterior habían llegado diez u once mensajes de casilla de voz que revisó rápidamente. Era un nuevo día para él, para los sesenta pasajeros a su alrededor, también sería el primer día para alguien más y el último para otro también. Nuevamente pensó en la fragilidad de la vida. En el amor y en la falta de él. ¿Qué era el amor? Siempre había tenido una respuesta clara para la felicidad, pero nunca para el amor. En los últimos años le producía mucho placer someter al debate la existencia del amor. Cuando alguien hablaba de amor, afirmaba contundentemente que el amor no existe, esbozaba cuatro o cinco argumentos formalmente sólidos y sonreía para sus adentros mientras sus amigos se esforzaban inútilmente en explicarle las razones por las que, a pesar de todo, el amor sí existía.

“El amor sí tenía que existir en algún lugar”, pensó. En algún momento de su temprana juventud estuvo seguro de haberlo encontrado, ese que tiene la categoría de verdadero, sin embargo de esa época databan también sus recuerdos más dolorosos y sus sufrimientos más profundos. El amor no estaba vinculado a la felicidad, había llegado a la conclusión de que en el recuento final, los números nunca favorecían al amor; por ello decidió alejarse de todo lo que pudiera parecerse al amor de verdad. Pensó en otras clases de amor, el de los amigos, y sobre todo el de los padres por los hijos. Siempre había pensado que este último era un amor casual, circunstancial, no sujeto a elección, producto de la necesidad de proteger y ser protegido, una sublimación del instinto de supervivencia. Sin embargo ahora esta opresión en el pecho le indicaba todo lo contrario. ¿O es que era inevitable? Tal vez era cierto que la sangre llamaba a la sangre como le había dicho muchas veces su madre. Tal vez el amor estaba en el código genético, tal vez el amor finalmente, a pesar de todo, cuando menos a esos niveles, si existía.

Cerca del medio día llegó, cuando iban ingresando a la ciudad la recorrió mentalmente a través de sus recuerdos, tratando de ubicar el hotel más cercano a su destino. Al bajar del bus caminó rápido, consiguió un taxi y fue directo al hotel, en el camino miró el reloj del celular e hizo un par de llamadas a su hermana. Luego de hablar hizo cuentas y le daba tiempo para darse una ducha y quitarse el polvo del camino. Estaba realmente cansado, pero satisfecho de haber llegado. En el hotel se registró rápidamente y se duchó brevemente, se cambió y salió.

Minutos después en el pasillo del hospital llegaba raudo y tomaba con afecto la mano a su mujer, ella en la camilla a pesar del cabello empapado de sudor y el rostro desencajado por las contracciones, sonreía radiante. Rafael había llegado justo a tiempo para acompañarla. “Si el amor y la felicidad existían, era en este momento.” pensó mientras entraba a la sala de partos. 

lunes, 31 de diciembre de 2012

LO QUE NOS DEJARON LOS QUE NOS DEJARON


Este año falleció mi padre, el diecisiete de diciembre. La causa fue por cáncer. A pesar de saber hace tiempo de su enfermedad, tomé la decisión personal – y quienes me conocen lo entienden – de no hacer apología al cáncer lamentado el hecho, pidiendo oraciones o compartiendo posts que se supone despiertan conciencia. Comprendo perfectamente a quienes han sido tocados por esta enfermedad directa o indirectamente y reaccionan de esa manera, pero en mi caso no quise hacerlo en ese momento y no pienso hacerlo ahora. Creo firmemente que el cáncer como muchas otras enfermedades de nuestros tiempos es consecuencia tan solo de nuestros – cada día peores – hábitos alimenticios y malas costumbres cotidianas, a lo que debe sumarse la contaminación, polución y un pequeño porcentaje de predisposición genética. 

Sin embargo este post no es sobre el cáncer, es sobre mi padre, quien por cierto llevó una vida más o menos saludable, fumó mucho pero lo dejó hace buena cantidad de años también. También bebió bastante como todo militar y también dejó de hacerlo hace mucho tiempo. Sobrepasó los setenta años y me parece que es un buen número. No sé si al final estuvo contento o satisfecho con su vida. No se puede juzgar eso, ese es un asunto que cada uno resuelve en el momento apropiado con su propia conciencia y que inevitablemente nos tocará a todos tarde o temprano.

Esta nota me ha sido difícil de escribir y por ello he dejado que pasen tantos días desde su partida. He buscado en mis recuerdos para encontrar lo que me queda de él. Una de las cosas más evidentes es el parecido físico. Cuando era niño todo el mundo lo decía, ahora es más claro, me veo al espejo y lo veo a él como yo lo veía cuando tenía ocho o diez años.

No recuerdo haber jugado de niño con mi papá. He hecho el esfuerzo y no viene a mi memoria imagen alguna. Ni armar una cometa, ni remoler un trompo, ni siquiera una partida de ajedrez. No recuerdo muchas conversaciones con él. Recuerdo algunos episodios en que me pedía que lo acompañe a su casa y me hablaba, no recuerdo que hayan sido conversaciones propiamente. Recuerdo haberlo escuchado y recuerdo mucho de lo que me decía, pero eso es normal en mí, a edad temprana tendía siempre a escuchar más que a hablar.

Si tengo que ponerme a encontrar huellas, puedo señalar algunas – casuales o no – que fueron gravitantes en mi vida. A mi padre le gustaba leer, yo lo vi leyendo pocas veces, pero sí dejó varios libros en la casa de mi mamá, que fueron mis primeros libros como les conté en otra nota. Eso fue determinante, hizo que germinara en mí la semilla de la lectura y solo por eso mi padre debe ser uno de los mejores padres del mundo. Alguien podría decir que eso fue circunstancial, yo mismo pensé eso mucho tiempo, pero ahora sé que cada cosa pasa por alguna razón.

Mi padre tenía una pequeña biblioteca en su casa. También influyó en mí aunque recién en estos días me haya dado cuenta.

Otra huella fue su integridad profesional. Uno de mis recuerdos persistentes en mi infancia es haberme encontrado con personas que conocían a mi papá, yo en compañía de alguno de mis hermanos mayores, tíos o mi mamá y me decían desde: “Tu padre es un hombre recto” hasta “tu viejo es bien verde” expresión que soltó uno de sus ex alumnos del Colegio Militar Francisco Bolognesi. Nunca recibí otra referencia de él de los terceros, incluso hasta bien avanzada mi adolescencia. Siempre tuve esa imagen de él y quiéralo o no, sea consciente o no de ello, todo hijo toma como paradigma a su padre (sea este paradigma errado o no) Y yo no fui la excepción y esa es la segunda razón por la que sin proponérselo conscientemente mi padre fue mi mejor ejemplo para la persona que creo ser hoy o cuando menos me propongo ser.

Como padre o cabeza de familia no puedo decir mucho, tuvo sus razones y cada uno se enfrenta a ellas como puede. Por mi parte lo que me afectó fue ver sufrir a mi madre en aquellos años y me propuse no  cometer en mi vida – cuando menos familiar – el mismo error que él, romper la línea, la tendencia, hacer el quiebre. He tratado tanto de hacerlo y con tanta intensidad que a veces me asusto. Por eso me afectó tanto mi divorcio en mi primer matrimonio a pesar de que no lo dejé notar. Sentí que había fracasado en ese propósito. Ahora no lo tengo tan claro. Insisto, a veces las cosas pasan porque hay una razón más allá que solo descubrimos después.

Recuerdo que mis hermanos le temían y se quejaban de que no cubriera los gastos escolares. Yo crecí con esa idea, pero hace algunos años ya, me di cuenta que por alguna razón a mí nunca me negó nada, a lo mucho se demoró un poco, pero no recuerdo que haya negado algo, incluso esa vez que rompí un vidrio en el colegio y aterrado le pedí el dinero para reponerlo, él se sonrió y sacó el dinero de su billetera. Claro, no siempre era tan fácil, a menudo salía con la famosa frase “¿Crees que soy un banco?” que inconscientemente he usado yo también muchas veces, pero igual siempre me apoyó en los estudios por lo menos hasta el cuarto de secundaria.

En el ochenta y seis nos alejamos mucho por tonterías – ahora lo sé – y a pesar de eso pagó cuando menos mi inscripción para postular a la universidad, y cuando más adelante abandoné arquitectura e ingresé a derecho, a regañadientes le entregó a mi hermano el dinero para la matrícula del primer año.

Pasaron muchos años sin que yo le pidiera nada, nunca sabré que hubiese pasado si me hubiese acercado a pedirle, nuevamente de manera inconsciente me ayudó a hacerme independiente y valerme por mi mismo, cosa que ahora me resulta de mucha utilidad. La siguiente vez que me ayudó económicamente fue para mi colegiatura en el colegio de abogados luego de que me gradué. Noté que lo hizo sin nada de molestia, pude notar que estaba orgulloso, como lo estaba este ocho de agosto cuando juramenté en Arequipa en mi nuevo cargo junto con mi hermano mayor.

También es cierto que a veces tuvo reacciones raras, como la que me marcó respecto a mi relación con las navidades y que conté en una de las primeras notas de este blog. Supongo, como lo señalé esa vez, que era porque quería endurecernos, su formación castrense así se lo trazaba. A pesar de esa formación, debo señalar y me conmueve al escribirlo, que mi padre jamás, pero jamás, me puso un dedo encima.

De todos los recuerdos, de los cuales he resumido la mayoría aquí, me llevo la vocación por la lectura y su ejemplo de rectitud. No fue un padre cariñoso, de decir te quiero o de abrazar, sobre todo en su juventud. En los últimos años lo vi y sentí menos recio. De hecho yo cambié mi trato con él, cuando era chico le decía papá, en la adolescencia le decía “pá” y recién desde el noventa y ocho empecé a decirle “papacho” o “papito”, en febrero de este año me dio una alegría enorme que pudiera conocer a mi hija al fin y que la haya tratado con tanto cariño. Me alegra mucho haberla llevado al fin a Mollendo y que haya podido conocer a su abuelito.

Las cosas pasan por algo, yo le digo todos los días a mi hija que la amo. Cada día la abrazo fuerte y juego con ella cada vez que puedo. A veces me pide jugar con ella, acompañarla y arroparla antes de dormir y muchas veces le he dicho “ahora no, estoy haciendo” o “ahora no, estoy viendo la tv”, y luego me arrepiento. Me levanto y me voy con ella. No sé si hago lo correcto, tal vez crezca muy blanda y sin la dureza necesaria para esta vida, sé que no estaré eternamente para protegerla, pero mientras esté lo haré. Creo que eso me enseñó mi padre, aunque sea indirectamente.

Siento que mi padre fue un buen hombre. Pienso en él ahora y sé que hizo su mejor esfuerzo, se equivocó en muchas cosas probablemente, pero nadie empieza a ser padre con un manual al lado. Le tocaron cosas difíciles, eran otros tiempos, existían otros paradigmas, otras formas de criar y educar. Creo que la mejor muestra de su invisible presencia es que ninguno de sus hijos haya hecho una vida orientada al desorden o al mal vivir. Esto sin restarle el enorme mérito a mi madre que se dio entera por nosotros durante cada día de su vida y hasta ahora; y que el día del sepelio, pese a estar separada de él por casi cuarenta años, lloró profundamente al único hombre de su vida.  

REFLEXIONES 2012


Después de un tiempo de no escribir, cada día se hace más difícil. Es ese el motivo por el cual el dos mil once me impuse la meta de una nota por semana y eso me mantuvo alerta, este año cometí el error de no ponerme ninguna regla y la consecuencia fue la notable sequía de notas y cuentos. Esto deja una lección: Plantear metas claras y consistentes.

Este año pasaron muchas cosas, la mayoría buenas y algunas no tanto. Nunca pasan cosas malas, las cosas pasan por algo y hay que saber extraer el mensaje y lección de cada una de ellas. La vida es cíclica, me di cuenta que la prensa (sobre todo la amarillista) tiene una frase que le encanta usar: “Empezó la cuenta regresiva para…”; es una tautología. En términos prácticos todo tiene su cuenta regresiva iniciada desde el día que comienza. Nuestra vida empieza su cuenta regresiva para su fin desde el día que nacemos, depende de la óptica que le demos, si es un día más o un día menos. 

La estancia en la ciudad donde estamos, en la casa donde vivimos, el trabajo en el que estamos, todos estos eventos han iniciado su cuenta regresiva para terminar el mismo día que se iniciaron. Nuevamente, es una cuestión de óptica.

Solo hay algo totalmente cierto: al despertar vivos cada día, recibimos una nueva oportunidad. Cada día es una nueva oportunidad para cambiar. La decisión está en nosotros. Desde dejar de fumar, ver televisión, empezar ese libro que siempre quisimos leer, escribir, amar, dejar de hacer tal o cual actividad y reemplazarla por esta o aquella.  Es un ejercicio al principio complejo dejar atrás toda la carga emocional, pero con práctica se puede. Ir al gimnasio, comer mejor, dejar de engañarnos a nosotros mismos en el trabajo creyendo que trabajamos y no dando lo mejor de nosotros aunque no nos paguen lo que ese esfuerzo vale.

Las malas decisiones traen malas consecuencias, desde ejemplos simples. Veo diariamente a gente en el gimnasio entrenando entre bostezos, o enfocados en el smartphone o en el ipad… ¡Y luego se quejan de porqué no tienen resultados! Veo gente dando vueltas en sus oficinas, llegando tarde, enfocados en otros temas que no son los de su trabajo y luego se quejan de que les falta tiempo, que tienen trabajo atrasado y resulta que al final la culpa siempre es del jefe o del compañero al costado.

¡A veces las cosas son tan evidentes que cuesta tanto comprender como hemos sido engañados durante tantos años! Si vamos al campo y tenemos sed, buscamos un arroyo o un riachuelo. El instinto nos dice que el agua cristalina es mejor que la turbia, siglos de evolución nos dicen que el agua cristalina no nos causará daño. Sin embargo bebemos bebidas negras para procurar felicidad. ¡Es inconcebible! Si alguien se mancha la mano con grasa se lava de inmediato. Sin embargo ingerimos eso mismo a diario a volúmenes más que agresivos. El sentido común nos dice que entre una manzana y un paquete con papas fritas o cheetos de dudosa composición química, lo lógico es escoger la manzana y sin embargo escogemos lo industrial, lo químicamente procesado… ¡Y luego nos quejamos del cáncer!

Somos dueños de nuestras decisiones y también de las consecuencias de esas decisiones. El tiempo de cambiar es ahora. No es necesario esperar al primero de enero, donde miles de personas abarrotarán gimnasios, academias de idiomas, comprarán libros y que lamentablemente – la experiencia empírica lo demuestra año tras año – durarán muy poco en el intento la mayoría de ellos.

Cambie usted hoy, cambiemos cosas pequeñas. Separe su basura, separe lo orgánico de lo que no lo es. Vea menos horas de televisión. Deje a un lado por un rato su tablet, su pc, su celular, enfóquese en quienes lo rodean, en lo que está haciendo. No fume ese cigarro. Hoy respete la ley y no reviente ese cohete que ya compró. Hoy no le de cinco soles al policía. No soborne a ese funcionario o no se deje sobornar. Acaricie a su perro. Riegue sus plantas y si no las tiene compre una. Compre una manzana, disfrútela. Mire a las personas con confianza. Camine, haga ejercicio, saque su vieja bicicleta, sonría, sea feliz. 

viernes, 31 de agosto de 2012

PERDIDO EN LA HABANA (Cuento)

Cuando salimos del aeropuerto de La Habana hacía un sol radiante, luego del trámite en migraciones y el cambio de euros por moneda cubana, estábamos listos para una gloriosa semana de vacaciones. Una vez en el taxi rumbo al hotel, aprovechamos para preguntarle al chofer algunas dudas básicas acerca de la ciudad, este nos recomendó amablemente recorridos clásicos y nos hizo advertencias útiles para cualquier turista. Nos confirmó que nuestros celulares no funcionarían durante toda la estadía, pues en Cuba la red es local y no existe roaming, el internet era un privilegio y a lo mucho podríamos encontrarlo con limitaciones en algún computador del lobby del hotel.  Durante el trayecto, ante nuestros ojos apareció ciudad de La Habana y pudimos ver a lo lejos la Plaza de la Revolución y las enormes siluetas del Che Guevara y Camilo Cienfuegos.

Más tarde ya nos habíamos instalado en el hotel,  luego bajamos a la recepción y le preguntamos al botones dónde ir a almorzar, el tipo nos miró de arriba a abajo pero con buena intención y nos dijo:
– ¿Mexicanos?
– No, peruanos. – respondimos al unísono.
Sonrió y nos explicó rápidamente cómo esquivar a los jineteros que siempre pretenden aprovecharse de los turistas, nos recomendó dos lugares apropiados para almorzar, uno de ellos de comida local típica y otro de cocina internacional, nos dio algunas pistas para no perdernos y al final mirando por encima de nuestros hombros y a los costados, nos dijo que estaba prohibido traer mujeres al hotel. Nosotros sonreímos como quien no había pensado en esa posibilidad y le agradecimos al tiempo que salíamos felices a caminar las calles de La Habana.

Luego de almorzar fuimos a pasear por La Habana Vieja, fue una tarde inolvidable, las construcciones coloniales congeladas en el tiempo adquirían un brillo dorado provocado por el sol escondiéndose en ese atardecer tropical.  Al anochecer estábamos de vuelta en el hotel, decidimos descansar  un rato. A las dos horas Patricio me llamó por el teléfono  y me preguntó si ya estaba listo; le pedí que me diera diez minutos y salté de la cama rumbo a la ducha luego de colgar.

Aprovechamos para tomar un par de mojitos en un lugar recomendado por el hotel, a pocas cuadras, luego caminamos un poco y como nos habían advertido nos encontramos con cubanos vestidos de elegantes truhanes, los jineteros, que querían ofrecernos mil servicios, desde los más truculentos hasta los más formales, y siempre un bar donde habían, increíblemente, bebido juntos y fumado habanos, Fidel, el Che y Hemingway; sin embargo lo afirmaban con tanta vehemencia que estuve a punto de dejar de creer en mis profesores de historia y en los libros que había leído y lanzarme a creer a ojos cerrados en estos simpáticos isleños.

Cansados por el día, regresamos al hotel, eran casi las once de la noche, rumbo al ascensor nos encontramos con un letrero en la marquesina, “Noche de salsa” decía en letras doradas, nos miramos con Patricio y decidimos subir al piso treinta del hotel donde estaba el salón de baile y pub; pagamos los diez euros de la entrada y nos sentamos en una mesa. El lugar es espectacular, está lleno de turistas de distintos países, la mayoría hombres. Disfrutamos de la orquesta y nos tomamos un par de vasos de ron y fumamos habanos que hemos comprando más temprano. De pronto una muchacha muy guapa se acerca a la mesa y nos pide fuego, Patricio caballeroso le enciende el cigarro, ella le da una pitada y nos pregunta si se puede sentar con nosotros, sorprendidos le decimos que sí. Se sienta y nos sonríe, nos dice que se llama Lucero y rápidamente nos damos cuenta que es una profesional. Nos pregunta nuestros nombres y también nos confunde con mexicanos, luego llama a una amiga suya que está en la otra mesa, se sienta y ambas ríen con nosotros.  Algunos minutos después, Lucero, se me acerca y me dice sin mayor preámbulo que por cien euros puedo irme con ella a mi habitación, además hay que pagar veinte euros más para el portero del pub para que no la delate y me repite algo que ya sabía, está prohibido llevar chicas cubanas a las habitaciones.

Lucero es preciosa y yo no resisto la tentación, le explico rápidamente a Patricio y él levanta el pulgar y me desea suerte, me levanto de la mesa y la escultural morena me sigue y no puedo dejar de pensar en esas largas piernas que fluyen infinitas de la microscópica falda blanca, el portero que seguramente ya conoce del trato con antelación estira la mano y le doy los veinte euros, nos pone un sello en las muñecas y salimos rumbo a mi habitación.

Una vez en el cuarto ella toma la iniciativa, se conduce como una experta y yo me dejo llevar, se desnuda y no puedo dejar de ver esa figura fina y perfecta, me mira con sus enormes ojos negros rodeados de pestañas postizas, me habla largo rato, me pregunta mil cosas, hablamos y le cuento historias, le hablo de mi país, de las historias que se, de las que he leído, ella curiosa me pregunta más y más, sonríe con cada cosa que le digo, le digo que es linda, que me gusta su voz, su cabello, sus ojos, ella coquetea y se estira sobre la cama como una gata, luego me quita la ropa y me trata con una ternura propia de quien se vende por placer. Me pregunta si alguna vez hice el amor con una cubana, le digo que no, me besa y se entrega con pasión y noto su esfuerzo en hacer quedar bien a todas las mujeres cubanas, yo disfruto cada instante y me someto a sus caprichos y deseos. Nos amamos intensamente sin amor, a la luz de la luna que entra por la ventana, caemos rendidos y sudando sobre la cama, nos acariciamos con los ojos cerrados. Decido que nunca olvidaré esa noche.

* * *

Abro los ojos y sigue oscuro, no tengo idea de la hora, busco en la mesa de noche mi celular y no lo puedo ubicar, me siento en la cama y enciendo la luz de la lámpara, Lucero no está, me quedo paralizado, voy al baño, no hay nadie, en el balcón tampoco, aprieto los dientes y busco mis cosas, ¡mierda! No está mi billetera ni mi celular, me lanzo al closet y busco mi maleta, está abierta, tampoco está la cartera con el dinero de reserva ni mi pasaporte.  Me siento en el borde de la cama y me siento el tipo más estúpido del mundo.

* * *

Dos horas después sigo sentado en el borde de la cama, fumando y Patricio camina de un lado al otro de la habitación. Hemos evaluado las posibilidades, ir a la policía era imposible, en Cuba la prostitución es un delito, tanto por parte de quien la ejerce como quien la requiere. La única alternativa es ir a la Embajada de Perú en Cuba a primera hora y explicar lo sucedido.  Hemos tratado de llamar a los bancos para cancelar las tarjetas de crédito, Patricio me explica que es un esfuerzo inútil, en Cuba casi no se aceptan tarjetas y menos de bancos privados, todos los bancos son estatales, yo igual no me confío y sigo intentando con el teléfono del hotel.

No puedo dormir, estoy lleno de preocupaciones, trato de informarme en recepción apenas llegan los primeros empleados y me confirman que sin pasaporte no podré salir de Cuba, probablemente pierda el vuelo de regreso. Me da tristeza por Patricio, le estoy malogrando las vacaciones por mi estupidez, él trata de mostrarse de buen ánimo y me recuerda que el viaje ya está pagado, estaremos hoy en La Habana, trataremos de resolver el asunto del pasaporte en la embajada y luego iremos a Varadero como estaba previsto. Le agradezco con cariño y le pido que se vaya a descansar hasta que abra la embajada.

Camino a las mesas que están frente a la barra de recepción y pido un café. Mientras estoy sentado en la mesa, veo a una muchacha de traje corto azul eléctrico satinado que entra con tacos altos al hotel y se acerca a la ventanilla de cambio de moneda, me llama la atención su atuendo de fiesta a esas horas de la mañana, son las ocho y diez. Cuando voltea para dirigirse a la puerta de salida la reconozco, es la amiga de Lucero que se quedó con Patricio en la mesa anoche. Me levanto como impulsado por un resorte y le pregunto a la empleada acerca de ella, me dice que vino a cambiar euros, salgo del hotel y la veo perderse por una calle, no lo pienso y la sigo rápidamente. Ella camina cimbreando las caderas pero sin pausa, yo camino rápido detrás de ella, indocumentado y sin un peso en el bolsillo.

Mi primera idea era seguirla hasta su casa, pero se me ocurre que no necesariamente ese es su destino, que en cualquier momento podría entrar a cualquier sitio o subir a un taxi y yo así como estaba no podría seguirla. A ese punto no sé dónde estoy, me adelanto y la tomo de un brazo, ella se asusta, trato de calmarla, le digo que me llamo Ángel y que estuve anoche con su amiga Lucero. La muchacha niega conocerla, le pido que me ayude por favor, luego me dice que no sabe dónde ubicarla, insisto otra vez, le prometo que no tomaré ninguna acción contra ella, que solo quiero saber dónde  puedo encontrar a Lucero, solo quiero mi pasaporte, puede quedarse con el resto, se lo regalo. La mujer me sonríe y me dice que la siga, camino con ella varias cuadras, las calles se van haciendo cada vez más estrechas y las casas más pobres. Nos detenemos en un viejo portón de madera, ella lo golpea con la palma de la mano y se escuchan voces y pasos. Un tipo flaco y de cabello cortado al rape abre, la muchacha le dice rápidamente que estoy buscando a Lucero, el sujeto me invita a pasar. Se me ocurre que si me asaltan lo único que tengo es la ropa que llevo puesta, no tengo nada que perder y entro.

En el interior el lugar parece un fumadero de opio, solo que en lugar de opio el hedor de la marihuana se hace presente, sé que la droga está prohibida en Cuba, y la cocaína es demasiado cara para los cubanos, así que recurren a la marihuana normalmente, veo prostitutas jóvenes y viejas en los zaguanes de la vieja casa colonial, me imagino que sus maridos o chulos son los pocos hombres que se pueden ver, no parecen parroquianos, descarto la idea de que sea un burdel. Algunos juegan dominó, cartas y casi todos fuman cigarros, algunos pocos habanos. Camino entre ellos y algunos me miran de manera extraña, al fondo veo a Lucero, está sentada casi sobre las piernas de un moreno alto que tiene un jaguar tatuado en el brazo derecho. Me acerco con cortesía pero mi ocasional compañera de viaje se me adelanta:
– ¡Oye chica, acá el peruano te anda buscando!
Yo la saludo con un gesto nervioso y se me ocurre que escapará, sin embargo se queda sentada y me sonríe descaradamente, yo trato de no ponerme nervioso ni dejar que la cólera me gane. Me invitan a sentarme y el moreno me sirve un poco de ron en un vaso. Lucero sin dejar de sonreír me interroga:
– ¿En qué le puedo servir al señol?
– Lucero – le explico con calma – ayer te llevaste mi pasaporte, lo único que quiero es que me lo devuelvas, te puedes quedar con todo lo demás.
– ¿Anoche? Se ha equivocado de Lucero, yo anoche estaba con Fidel –  me dice a carcajadas y me mira desafiante.
– Por favor – le ruego, sintiéndome un idiota, pensando en qué más podía ofrecerle para que me devuelva el pasaporte.
– Espéreme aquí mi Ángel – me dice y me sorprende que recuerde mi nombre. Se pone de pie y otra vez mi corazón late a cien al ver esa figura tallada en ébano.

Yo me quedo sentado y termino el trago que tengo frente a mí, el cubano del tatuaje me sirve otro. Luego me pregunta a qué me dedico, le digo que soy escritor. El tipo me mira a los ojos y me suelta un poema de Martí, luego se recuesta sobre la pared y me pregunta si tengo cigarros. Le digo que no. Se levanta y se acerca a otro tipo, luego vuelve y me ofrece un cigarro, yo acepto, él enciende un trozo de habano, y sin que le pregunte me cuenta que las chicas recogen los trozos de habanos que los turistas dejan en las discotecas, eso es lo que él está fumando ahora.

Una hora más tarde y luego de varios vasos de ron Lucero no vuelve, empiezo a preocuparme, el cubano que bebe conmigo y que dice llamarse Fidel –ahora entiendo la broma que me hizo Lucero más temprano – me ha hablado con admiración de Reinaldo Arenas, de Lezama Lima, y empiezo a sospechar que Fidel no es precisamente un macho latino, pero también se ha emocionado hablándome de Martí, de Emilio Ballagas y del Che. Me dice que ha oído mucho de Vargas Llosa pero que no lo ha leído, los libros de él están prohibidos en Cuba. Empiezo a sentirme mareado, el tabaco fuerte y el ron empiezan a hacer estragos en mi conciencia. En ese momento y con el sol de las diez de la mañana escucho un griterío y el traqueteo de mesas que se caen, una mujer vieja pasa corriendo y grita “la policía”, Fidel me hace una seña urgente para que lo siga y yo no me hago esperar.

Corremos a los saltos por los patios del fondo de la casona, Fidel se monta sobre un muro de adobe y lo salta, yo hago lo mismo con mucho mayor esfuerzo, al aterrizar estoy en medio de una calle antigua y estrecha, cruzando la acera una mujer se abanica en una mecedora en su balcón del segundo piso, me grita y me dice que la policía viene por la derecha, yo corro a la izquierda y he perdido de vista a Fidel, corro a mas no poder hasta alcanzar una esquina, el corazón está a punto de salirse de mi pecho. Quisiera encontrar una tienda donde refugiarme y solo veo casas, dejo de correr y camino con prisa, en la esquina dos policías dirigen el tránsito, trato de calmarme y disminuyo el paso. Al llegar a su lado, ni siquiera me miran, atravieso la calle y recién me doy cuenta que se ha roto irremediablemente el contacto con Lucero, agotado me siento en la vereda, con sueño, mal oliente a tabaco y alcohol, sin un centavo y perdido en La Habana.

Tomo un poco de aire, me incorporo sin ganas y camino unas cuadras a la deriva tratando de ordenar mis ideas, me doy cuenta de que he perdido tiempo valioso para adelantar el trámite del pasaporte en la embajada, Patricio debe estar preocupado sin saber dónde estoy, me acerco a un peatón y le pregunto por el hotel, me da una serie de datos imprecisos; camino instintivamente por la ruta que me señaló tratando de no pensar en nada.

Después de media hora de caminar bajo el ardiente sol, al fin puedo divisar los pisos superiores del hotel, camino un poco más animado. Cuando llego a la entrada, veo a Fidel cruzando el Lobby, me quedo consternado, ¿será todo parte de una trampa? ¿Acaso de una mafia? Decido no perderle el rastro otra vez, lo sigo sigilosamente, él camina sin preocupación alguna por las calles de La Habana, camiseta sin mangas, lentes oscuros grandes y jugueteando con un palillo entre los dientes, pienso que estoy loco mientras lo sigo, es probable que me vuelva a meter en problemas, a la vuelta de la esquina veo a Lucero con unos jeans apretados y una camiseta negra, lo está esperando, me escondo para observar, él se acerca, hablan algo y ella le da un beso en la mejilla, se me ocurre que se irán juntos, pero para mi sorpresa ella le hace una señal de despedida y se aleja, espero unos segundos y me olvido de Fidel, estoy otra vez sobre la pista de Lucero, ella camina rápido y en el horizonte veo aparecer el mar. Ella camina rumbo a la playa, yo me acerco cada vez más, la veo detenerse y encender un cigarrillo, se queda mirando el océano, el viento mueve sus cabellos y yo no sé si enfrentarla o abrazarla. Me acerco lentamente y digo su nombre, ella voltea y me mira como si no me reconociera, yo no sé qué decirle. La abrazo. Ella me deja hacerlo, no sé por qué lo hace pero siento que llora sobre mi hombro. Quiero preguntarle sobre mi pasaporte pero no me atrevo aún, trato de consolarla primero. Siento su aliento húmedo, su espalda fina y el calor de su cuerpo, más caliente aún en este clima tropical. La miro y veo esos ojos negros ya sin pestañas postizas, ella me besa con ternura, y yo le correspondo. Luego se detiene y me dice que el pasaporte está en el hotel, sin dejarme responder o preguntar me toma la mano y mira el horizonte, me dice que sueña con salir de Cuba, me pide perdón por haberme robado. No sabía que el pasaporte estaba en la cartera, solo vio el dinero y huyó, me dice que el dinero que me quitó es lo que necesitaba para completar lo que le hace falta para irse de la Isla. Yo me siento conmovido, ya no sé qué pensar, pero algo me dice que es un cuento que ella misma se cuenta y que realmente cree a pesar de no ser verdad, solo para justificar su proceder. Sin embargo sé que si de mí dependiera me la llevaría conmigo. Voltea otra vez y me da un beso en los labios, otro en la frente y me dice “Adios mi Ángel”, y se va caminando por el largo malecón. Yo me quedo mudo observando su silueta con el fondo del mar caribe.

Camino con paso cansado rumbo al hotel otra vez, ya debe ser la una de la tarde, al llegar veo a dos policías cubanos sentados en una mesa de la cafetería con Patricio. Me detengo y no me decido a avanzar, no sé lo que ha pasado. ¿Patricio los llamó? ¿Me están buscando por la redada en la casa de las putas? Con paso lento me acerco a la mesa, Patricio se pone de pie y me abraza, me dice que había llamado a la policía porque no aparecía, me pregunta donde estuve y le digo que le explicaré luego, inteligentemente me guiña un ojo y despide amablemente a los policías. Ellos preguntan si pueden quedarse a terminar su café, los acompañamos un rato sin hablar y luego se van. Le cuento a Patricio mi aventura, se ríe y me recomienda ir a la recepción, efectivamente una persona ha dejado un sobre para mí. Lo abro y dentro de él está mi pasaporte con una pequeña nota y una dirección, sonrío y la mujer me dice que un caballero lo entregó al medio día. Me imagino que fue Fidel por encargo de Lucero, le agradezco a la recepcionista y le pido que lo guarde hasta mi retorno, necesito ir a comer algo y decidimos ir a almorzar con Patricio.

* * *

Tres meses después, en el aeropuerto de Lima, espero ansioso en la zona de desembarque de vuelos internacionales, veo venir a Lucero con su enorme maleta y sus ojos negros brillantes de alegría.  La abrazo y la beso, ella me sonríe y me entrega un libro de poesía cubana, lo abro y en la contra tapa leo escrito a mano:  “Cuídela mucho, lo primero que ella me dijo el día que lo conocí a usted fue: `le robé al hombre del que me enamoré.´ Suerte a los dos. Fidel.”