jueves, 28 de abril de 2011

¿Y PARA QUE SIRVEN LA ARITMETICA, LA GEOMETRIA, LA FISICA Y LA QUIMICA?

Recuerdo haber tenido muchos compañeros de estudio en la universidad que afirmaban haber escogido estudiar derecho porque les iba mal en matemáticas en la escuela. El mismo argumento escuché de mis alumnos cuando fui profesor universitario.

En mi caso nunca tuve serios problemas con las matemáticas, incluso recuerdo haber obtenido algún par de veintes en la libreta de notas. Donde sí tuve grandes dificultades fue en química y física, en ambos cursos (¡oh! ¡Qué casualidad!) tuve a la misma profesora. La profesora Granda era muy buena persona, amable, educada, cariñosa y condescendiente. Seguramente además una excelente ama de casa y mejor madre, ya que siempre nos hablaba con mucho cariño de su hijo. Pero como profesora de química y física definitivamente no hizo su tarea. No sé si ella misma dominaba las materias, pero lo que sí es cierto es que por lo menos en mi caso y el de varios compañeros de promoción, hizo que tuviéramos una fuerte animadversión a estos cursos.

Una frase común en la escuela era “¿Para qué voy a estudiar esto si yo pienso ser tal o cual profesional? Es decir, varios de nosotros coincidíamos nuevamente en no encontrarle utilidad práctica a muchas cosas que nos enseñaban en la escuela, particularmente en las materias de las que trata esta nota.

Y sí pues, ¿para qué sirve la geometría? ¿Y la física? ¿Qué utilidad puede tener la química para un abogado? Bueno, creo que para la mayoría de los cultos lectores no será necesario explicar que estas materias sirven prácticamente para todo. El mundo que nos rodea es aritmética, geometría, física y química. Cualquier ser humano que quiera ser un profesional decente en cualquier área debería tener por lo menos conocimientos básicos de las materias que vengo mencionando. En mi vida profesional tuve que hacer liquidaciones de saldo deudor, cálculo de intereses, además tuve que aprender a leer balances financieros para que no me cuenten cuentos los contadores, como abogado se requiere en muchos casos saber de física para poder explicar porqué el cuerpo de una víctima cayó en determinado sitio, porqué la bala terminó el tal posición o porqué el auto frenó a determinada distancia. Algunos colegas suelen decir que eso es trabajo del perito: Sí, pero el perito no defiende a la víctima o al imputado; o en el caso del Juez, este tiene que determinar si la opinión del perito es fiable, más allá de toda duda razonable. La física, la química y la aritmética son necesarias para el médico, para el abogado, para el cocinero, el arquitecto, el ingeniero, para el físico culturista, para el pintor, para el músico y para el panadero. La diferencia es qué clase de compromiso hay en cada oficio, profesión o hobby. El ser humano poco comprometido necesitará menos de estas herramientas, el que está comprometido con lo que hace, las requerirá más.

El problema en realidad no es determinar si se necesitan o no, la dificultad es cómo hacer que los profesores de la secundaria lleguen a los alumnos haciéndoles entender lo que nosotros hemos entendido recién en nuestra vida profesional.

Tengo el hobby de la carpintería, a menudo hago cosas simples con mis propias manos. Una vez estaba haciendo un escritorio para el computador y en uno de los extremos del tablero, este terminaba en una media circunferencia. Hasta allí no había problema, el tablero tenía cincuenta centímetros de ancho y la circunferencia, obviamente cincuenta centímetros de diámetro o si se quiere veinticinco de radio. El problema era que necesitaba calcular cuanta cinta de acabado debía comprar para recubrir el perímetro del tablero, sin que sobre ni falte un centímetro, ya que no disponía de la herramienta para cortarla. El asunto es fácil si se está con el tablero a medio construir, pues se toma la cinta métrica y se mide el perímetro. ¿Pero cómo hacerlo al nivel de diseño, cuando el tablero todavía no existe y es solo un plano en el papel? Recordé a “pi” y sin preocuparme más, entré a internet y busqué las fórmulas para hallar el perímetro de un círculo y resolví rápidamente el problema y además, aprendí en diez minutos lo que nunca aprendí en mis años de secundaria.

Luego de resolver el problema me quedé meditando en lo fácil que había sido entender el funcionamiento de “pi” ante su aplicación en el caso concreto. ¿Qué fácil hubiese sido si en la secundaria me hubiesen enseñado geometría mediante la construcción de un mueble? Desde esa noche me ronda la idea de que la forma de enseñar estas materias tiene que cambiar en las escuelas. La geometría tendría que aprenderse en talleres de carpintería, costura o semejantes.

El tema con la química es más complejo al igual que la física, pero tengo claro que debería abandonarse la pizarra y el aula como lugar primordial para aprender esas materias y trasladarse a espacios más dinámicos. Nada mejor para aprender algo de física que intentar construir una catapulta en escala. El modelo que el coyote usa con el correcaminos no es funcional, si uno lo hace a escala con simples trozos de madera y un poco de pabilo, descubrirá por qué el pobre coyote siempre termina estrellado en el suelo. Un buen profesor podría aprovechar esto para deslizar conocimientos de física y construir una catapulta (como las romanas) que funcione.

Se me ocurre que se podría enseñar mucho de química en un taller de cocina. ¿Por qué no? Quien haya experimentado un poco con la cocina sabe mucho de oxidación. ¿Por qué la manzana y el plátano se ponen negros cuando están pelados? ¿Por qué el zumo limón impide o retarda ese proceso? Porqué se “sella” la carne en determinados platos y cómo se consigue, por el contrario, la consistencia jugosa de un sudado o un estofado. ¿Por qué no se debe abrir la tapa de olla a presión si aun no ha expulsado todo el vapor? En este caso física y química juntas.

¿Qué muchachito no desea tener un mejor físico en la adolescencia? Me parece un momento extraordinario para enseñar algo de anatomía en las mismas clases de educación física. Explicar cuál es el proceso químico del crecimiento de células y músculos. Explicar por qué existe dolor luego de ejercicio intenso, ¿Quién podría olvidar esa clase si es dictada justo el día que uno no puede caminar como consecuencia de haber hecho treinta sentadillas el día anterior? Deja de convertirse en una cosa teórica inútil y se vuelve un conocimiento práctico. Ahora ya sabe qué es y qué hace la lactosa.

Así como estos, se pueden producir cientos de ejemplos. Es urgente reformar el sistema educativo y la formas de enseñar, más aun cuando hoy en día el Nintendo y los juegos en línea contribuyen a la idiotización de los jóvenes. Es urgente que los paradigmas educativos cambien, no sólo es un tema de presupuesto, también debe cambiar la forma como educamos a nuestros profesores (menudo problema). Últimamente he llegado a una triste conclusión: Gran parte de la educación de nuestros hijos está directamente en nuestras manos. Tengo una absoluta desconfianza hacia los profesores de las escuelas secundarias peruanas. Me preocupa la generación de los que ahora tienen cinco años. De aquí a veinte o veinticinco años la brecha entre los que saben y los que no, se hará mucho mayor. Tal vez el “mundo feliz” de Aldous Huxley esté a la vuelta de la esquina.

miércoles, 27 de abril de 2011

LAS TRAMPAS DEL SISTEMA EDUCATIVO

Si usted recuerda sus días de escuela, instituto superior o universidad, tal vez recuerde a varios profesores (si no todos) que tenían la pérfida costumbre de iniciar los exámenes separando las filas de carpetas, exigiendo que los alumnos guarden todas sus cosas o dividiendo la clase en grupos. También había quienes antes de empezar cambiaban de asiento a “ciertos” alumnos o sentaban cerca del escritorio del profesor a los potenciales plagiadores o a los más estudiosos. No faltaba el que traía al examen a un asistente (o a todo un pelotón de asistentes como mi profesor derecho penal militar de la universidad) a fin de imponer una férrea supervisión al examen.

En la escuela acepté estos hechos como un paradigma válido. Se me ocurría que era normal. Es decir todos éramos pillos y debían tratarnos como en un centro penitenciario o una correccional. En los primeros años de universidad sucedió lo mismo. Fue a partir de media carrera y luego en los estudios de postgrado con más firmeza que empecé a darme cuenta de lo erróneo del paradigma, al parecer se juntaron dos cosas: en primer lugar mi toma de conciencia de que habían cosas totalmente inútiles que muchos maestros se empeñaban en que memoricemos y en segundo lugar que por ese entonces yo mismo empecé a enseñar con más frecuencia. Yo empecé a enseñar a los diecinueve años, mis alumnos eran mucho mayores que yo, a los veintidós ya había entendido como funcionaba la enseñanza desde el otro lado.

El problema como decía, es que lo profesores parten de una premisa que afecta gravemente la dignidad de cualquier ser humano: La presunción de culpabilidad. Pero no sólo presumen que el estudiante es culpable de un hecho, más grave todavía presumen que será culpable, por ello toman todas las previsiones posibles para evitar que “los engañen”.

Mi rebelde y subversiva posición frente a estos paradigmas empezó en realidad cuando tenía once años. El profesor de la primaria iba a tomar examen bimestral de ciencias naturales, gran parte del examen era la clasificación de los mamíferos, que como se sabe es extensa. Recuerdo haberme puesto a estudiar el día anterior y tengo la imagen nítidamente grabada en mi mente de haber reflexionado acerca de la utilidad práctica de aprenderme de memoria tamaña clasificación. Decidí que aunque fuese a ser biólogo, la tarea de memorizar esos datos era un desperdicio de tiempo. Tomé la hoja central de mi block Loro y escribí con muy buena letra la clasificación completa. Doblé la hoja en cuatro y la guardé. Luego con toda la felicidad del mundo me puse a leer un libro.

Al día siguiente antes de empezar el examen metí el enorme papel en el bolsillo de mi mandil gris y empecé de desarrollar la prueba. Cuando llegó la ya advertida pregunta, saqué de la forma más discreta posible mi enorme hoja de papel bulky cuadriculada y copié la dichosa clasificación. Cuando ya casi había terminado el profesor Esquivel se me acercó y me quitó la hoja pues ya se había dado cuenta de mi estrategia. Al día siguiente envió el examen a mi madre con el enorme plagio engrapado y mi primer cero ocho en toda mi breve vida escolar.

No abundaré en las reprimendas y decepciones que causé. Me concentré en pensar en cual había sido mi error y me di cuenta de lo obvio: falta de planificación. Empecé a observar y aprender, descubrí la técnica del acordeón de mis hermanas y primos. Escribían con letra menuda en tiras de papel de unos tres centímetros de ancho. Luego lo plegaban y lo guardaban en algún bolsillo. La técnica era pésima, no era funcional e importaba a la hora del examen casi el mismo riesgo que el pliego de papel doblado en cuatro. Por aquél entonces aprendí que los peores estudiantes eran también los que tenían los peores sistemas: Tratar de copiar directamente del libro o del cuaderno durante el examen. Funciona pocas veces y sólo con los peores o más descuidados profesores.

Para cuarto de secundaria había perfeccionado mi técnica: Usando tiras de papel iguales a las del acordeón, escribía en letra sumamente menuda por ambos lados y luego lo enrollaba, me pasaba la tarde leyendo literatura mientras mis dedos casi inconscientemente recorrían la tira de un lado al otro. En algún punto quedaban con tanta presión los rollitos que ya no se desenrollaban solos y entonces los ponía en orden en mi cintura, entre mi pantalón y la correa y los sacaba cuando era necesario. Mi regla de oro: Sólo los usaba para numeraciones y listas. Los conceptos siempre los aprendía. Más que aprenderlos, los comprendía.

Precisamente en cuarto de secundaria pasó un hecho curioso, entraba a mi clase y en lo que me sentaba para poder acomodarlos en mi cintura, se me cayeron los rollitos y esto lo vio un auxiliar. Se me acercó y me los quitó. En mi desesperación corté nuevas tiras de papel y rápidamente volví a hacer las listas. Cuando empezó el examen ya no necesité sacar los rollitos, recordaba casi todas las listas que preguntaron (que no eran muy largas). Descubrí dos cosas nuevas: Que si uno escribe las listas se van quedando en la memoria y que me había vuelto sumamente veloz en el proceso de hacer los rollitos.

En quinto de secundaría ya no hacia los rollitos para mi, los hacía para venderlos. Como hacía por lo menos dos, el tercero en realidad no lo necesitaba. En la universidad nunca tuve que hacer uso de los rollos porque aprendía las listas escribiéndolas o usaba técnicas de memorización que felizmente practico hasta hoy en día. Cuando me gradué de abogado me fui a la biblioteca del colegio de abogados con un cuaderno en blanco. Transcribí el desarrollo de los balotarios dos veces en ese cuaderno y listo.

Cuando empecé a enseñar en la universidad en la facultad de derecho, la primera pregunta que me hice era si era justo exigir a mis alumnos las mismas cosas que yo había detestado: Memorizar listas inútiles, contestar preguntas capciosas o preguntas con trucos de mala fe. En mi experiencia anterior de profesor en el instituto de informática era distinto porque los exámenes eran prácticos y en el computador. Yo dejaba a propósito que mis alumnos copien del alumno del costado. Es lógico, la idea era que hagan el ejercicio. Si un alumno no había prestado atención en la semana, el día del examen aprendía algo copiando al de su costado. ¿Ese es el fin de la educación no?

Me tomó cerca de un año diseñar un sistema para evaluar en la facultad de derecho. Me di cuenta que los exámenes de opción simple solo favorecen a los suertudos. Empecé con exámenes de opción compleja. Ya se sabe: tres o cuatro premisas y luego recién las respuestas donde se plantea si las premisas a, b o c son ciertas, etc. Nunca usé preguntas desleales, rebuscadas o llamadas “de pié de página”. Las cosas claras. Conceptos generales y básicos, se sabe o no se sabe.

Al segundo año empecé con los casos. Siempre recordando que los alumnos no pueden ni deben ser tratados como presidiarios. Mis exámenes eran básicamente casos con aplicación de lo tratado en clase. Las reglas eran: Pueden usar cuadernos, libros, materiales, etc. Si trajeron su lap top con internet también pueden usarla. Lo único prohibido es conversar o caminar por la clase, más que por una cuestión de copia o trampa, por respeto a los que están concentrados resolviendo su trabajo. Se podían sentar en cualquier sitio mirando a cualquier dirección. Las primeras veces mis alumnos se quedaba sorprendidos, no podían creer que estuviese hablando en serio. También sucedió que muchos se confiaban y no estudiaban. Ellos fracasaban, hasta que entendían que est nueva modalidad de examen requería precisamente leer y comprender, no memorizar. Trataré de explicar mi estrategia:

Lo importante creo yo, en la educación escolar y universitaria es enseñar a la gente a formar conceptos. Las enumeraciones, fechas, números de artículos y de leyes son sólo un ejercicio de memoria, no contribuyen a la formación de ideas. Estoy convencido que la responsabilidad es preparar a las personas a afrontar el mundo real mediante un entrenamiento que les permita desarrollar habilidades, entre ellas sobre todo, como dije la de formular conceptos a partir el análisis de otros conceptos previos.

Entonces, preparaba mis exámenes en ese sentido. Caso prácticos donde el estudiante que había estudiado las ideas o conceptos adquiridos a través de la lectura de los autores tratados podían resolver, ayudándose con una lectura final al momento mismo del examen. Calculaba el tiempo para resolver el factor “flojo” es decir, no dejar que el flojo se aproveche y se ponga a leer recién ese rato. El tiempo era suficiente para que el que había estudiado en sentido estricto, dé un buen resultado, también daba tiempo para aquél que había leído un poco pueda resolver el examen razonablemente, pues me interesa que en el propio examen consolide las lecturas y sus conocimientos. El flojo también llegaba a leer algo, estoy seguro que algo aprendía en ese momento, pero normalmente no llegaba a un quince, por ejemplo; esa era la idea. Tampoco se debe premiar la falta de interés.

El problema de este sistema es que demanda más tiempo del profesor. Hay que leer las respuestas de los exámenes. Se debe tratar que sean respuestas cortas y concisas. Mientras menos trabajo se quiera tener en la etapa de calificación, más se debe trabajar en la etapa de elaboración y viceversa. Los exámenes que exigen poco trabajo en la elaboración y la calificación, no contribuyen en nada en la educación del alumno. Son una farsa, ejemplo de ello: Las preguntas con verdadero o falso, rellenar frases y las enumeraciones y clasificaciones.

Otra tara del sistema son las llamadas “exposiciones” que siempre acusé de promotoras de la ociosidad. Los profesores suelen dejar “trabajos” que nunca leen y que además mediante un llamado “rol de exposiciones” que tampoco escuchan, se liberan de la tarea por la que se les paga, es decir: preparar clases y entrenar a los alumnos. Muchos profesores se pasan la mitad del semestre sentados en el fondo del salón escuchando a las mal llamadas exposiciones, que por lo demás suelen ser pésimas y solo generan un innecesario gasto de dinero a los alumnos.

Para empezar nunca he visto un alumno que haga buen uso del PowerPoint, la mayoría escribe toda la exposición en las diapositivas (como si fueran tarjetas de ayuda) y luego las lee de la pantalla. Peor todavía los que usan papelógrafos. El alumno expone y los demás casi nunca hacen preguntas porque están preocupados en sus propias exposiciones o en las tareas de otros cursos. Se exige que los alumnos vayan a exponer con terno o vestido, a veces obligándolos implícitamente a tener que comprar ropa para la exposición. Los trabajos son otro tema: empastados, anillados, espiralados, con tapas y contratapas, carátulas grandilocuentes, cien páginas sin utilidad bajadas de wikipedia, rincón del vago o monografías punto com.

Mis reglas: Nunca exposiciones. Si alguna vez se producían porque así lo exigía el síllabus, breves y con la ropa usual de clases. Lo importante el contenido. Los trabajos: Lo mejor es el ensayo. Nada de abundantes citas bibliográficas, máximo diez citas, número de páginas máximo tres. Sin carátula con escudos ni tapas. Presentación: Título del ensayo, luego nombre y sección del alumno en la esquina superior derecha de la primera página. No introducción ni dedicatorias. Sin folder ni fástener, sólo una grapa. Esto permite leer los trabajos por completo, entender cuál es el punto de vista del alumno y saber si maneja la bibliografía citada. Luego en mi caso tomaba una frase al azar (sobre todo si la redacción me parecía elaborada o encontraba regionalismos no propios del Perú) la metía al google y en muchas ocasiones encontraba el artículo original en la red. En ese caso devolvía el trabajo con un cero como calificación y al lado transcribía la dirección en internet donde había ubicado el ensayo original.

Hacer todo esto demanda tiempo y esfuerzo, además de la propia lectura y preparación para el curso. Algunos de mis ex alumnos leerán esto y podrán confirmar que efectivamente este era el método usado (que espero que les haya servido). Pienso que el cambio del sistema educativo pasa por entender el fenómeno que he tratado de explicar en estas páginas. En caso contrario siempre tendremos el circulo viciosos de profesores tratando de que no les hagan trampa y alumnos forzados a hacer trampa en un sistema que no les aporta nada nuevo y que, tristemente, les otorga conocimientos abstractos de listas, números y clasificaciones, que no podrán usar en su vida profesional; donde lo importante es la capacidad de entender y elaborar conceptos. En otras palabras, los alumnos más que ninguna otra cosa, deben aprender a pensar por sí mismos.

jueves, 21 de abril de 2011

COR DE ROSA (Cuento)

Desde la ventana del avión, Mariana miró con curiosidad el modesto y pequeño aeropuerto de Puerto Maldonado. Era un día cálido de julio y el sol radiante iluminaba el horizonte dándole un singular tono a las verdes copas de los árboles que se alzaban ante un impresionante cielo azul decorado de brillantes mechones de nubes blancas.

Ansiosa se levantó de su asiento apenas se apagó la señal de cinturones de seguridad, tomó su mochila y se dispuso a bajar. Mientras caminaba por el pasillo del avión iba sintiendo aumentar notablemente la temperatura, pero lo que no se esperaba fue el bochorno intenso que prácticamente la sofocó cuando se paró en el primer peldaño de la escalinata de descenso al salir del avión. Casi de inmediato sintió un calor húmedo y pegajoso apoderándose de ella. La ropa sobre su piel era insoportable y le costaba esfuerzo avanzar, lo que sumado al casi derretido asfalto y el brillo de las veredas de cemento pulido, hizo de su trayecto a la sombra una verdadera agonía.

Una vez en la zona de equipajes se fue directamente al baño, se quitó la blusa y se dejó la camiseta ligera que llevaba debajo. Se refrescó un poco frente al espejo y buscó sus lentes oscuros en la mochila. Acomodó sus cabellos castaños y salió a esperar sus maletas.

En el estacionamiento la esperaba su tío Ismael, la saludó con un fuerte abrazo, y la ayudó a subir a la camioneta. Ismael era el hermano menor de su padre y se veían a menudo en Lima. Ahora había ido a recogerla al aeropuerto y la llevaría directamente a Iñapari, en la frontera con el Brasil donde había nacido hacía poco más de veinte años. Mariana luego de intercambiar los saludos de rigor con el tío Ismael, se concentró en el paisaje. La carretera estaba terminada. Ya no recordaba bien la última vez que vino a la selva, revolvió sus memorias y se vio a los seis o siete años, viajando sobre una gran carreta de madera tirada por enormes bueyes que se desplazaban con lentitud en una trocha de barro rojo mojado. ¡Cómo había cambiado el paisaje! La negra cinta de asfalto penetraba interminable por el verde agreste. ¡Quién diría! Más de trece años sin venir y el progreso había llegado al fin a la tierra que la vio nacer. Rió de la tontería que acababa de pensar. Una frase tan trillada solo podía ser producto de su cansancio y la nociva influencia de la carrera de derecho que había decidido estudiar. Sonrió y decidió descansar un poco antes de llegar a la casa de su madre.

Como a las cuatro de la tarde, en un atardecer glorioso de tonos amarillos y rosa, llegó a Iñapari. Se bajó de la camioneta y su madre, doña Rosineide da Souza, la estaba esperando en la puerta de la amplia casa de madera. Se dieron un fuerte abrazo y ambas se llenaron de besos. No veía a su madre desde la última vez que vino a Iñapari. Entraron de la mano, conversando y riendo mientras que el tío Ismael bajaba las maletas. Una vez en la casa cuando se disponía a sentarse escuchó una voz aguda y musical gritando:
– ¡Eh menina! Tira esos zapatos cuando entra a casa.
Volteó y allí estaba sentada con su vestido floreado ligero, el cabello blanquísimo y una enorme sonrisa en una perfecta dentadura oscurecida por el tabaco la abuela Adailta.
– ¡Abuelita! – gritó Mariana mientras se quitaba las sandalias.
– ¡Meu Deus! – exclamó la abuela extendiendo los brazos - ¡Cuánto es que creció esa menina!
– ¡Abuelita linda! – repetía Mariana mientras se lanzaba sobre la abuela y la llenaba de besos y caricias.
– Me cuenta – ordenó la abuela – cómo la está tratando esa cidade tan grande. Ya su mãe me contó que está estudiando, sacando notas todas buenas. Orgullo de sua mãe.

Mariana se acomodó y contó de Lima y lo moderna que estaba, de la casa de papá, de la escuela que había terminado hacía tres años, de su viaje de promoción al Cusco, de su ingreso a la Facultad de Derecho, de sus buenas notas y de lo feliz que estaba de visitarlas ahora. Inteligentemente obvió mencionar a la actual mujer de su padre. Pasaron horas conversando, doña Rosineide preparó café negro, espeso y dulce como se acostumbraba en la casa y doña Adailta fumó un cigarro rubio en su mecedora de madera mientras ambas escuchaban con regocijo las mil historias de la nieta. En una pausa doña Rosineide aprovechó para preguntarle seriamente a Mariana cómo estaba su padre, Mariana contestó con sinceridad que estaba bien. Le iba bien con el negocio de maquinaria pesada desde que había dejado la explotación de madera. Doña Rosineide se quedó en silencio por algunos segundos y la abuela Adailta rompió el hielo:
– Ese hombre era bueno, mas nunca gustó del monte. Nunca llegué a saber con certeza porqué vino a parar en este lugar olvidado de Deus.
– ¡Ay mamá! – contestó con tristeza Rosineide – no diga esas cosas.
Eu falo la verdad filha – contestó la abuela – no gusto de cosa enrolada, no, lo único enrolado que soporto es este meu cabello.
Mariana y su madre echaron a reír y cambiaron rápidamente de tema, doña Rosineide y doña Adailta eran brasileñas. Moisés, el padre de Mariana había conocido a Rosineide cuando esta tenía tan solo dieciséis años y se la había llevado a vivir con él. Cuando renunció a seguir trabajando en la selva a pesar de irle bien con la madera, harto de los mosquitos, las inundaciones, el calor sofocante y los animales extraños, Rosineide no quiso acompañarlo a vivir en Lima. Moisés le rogó quedarse con él. Rosineide lo intentó y fue a Lima pero sólo resistió seis meses, no pudo más y volvió. El estruendo de los autos, el tráfico, el desorden, los edificios enormes, el bullicio, la gente tan bien vestida y educada que era la familia de su marido la hacían sentirse más campesina que nunca. Además la torturaba el triste cielo nublado de la capital y el frio húmedo que calaba sus huesos. Extrañaba el calor de la selva. Lo único que le gustó en esos seis meses eran las discotecas, sus enormes pistas de baile y las impresionantes luces de colores. Ese era el único recuerdo grato que tenía de Lima. Ese y los piropos algunas veces descarados que le lanzaban los limeños poco acostumbrados a unas caderas cimbreantes y musicales como las suyas y a esa gracia tan propia de la mujer brasileña.

Ahora vivía junto a su madre en una espaciosa casa al costado de la que fue alguna vez la casa de su marido. En ella vivía Ismael, que había heredado el negocio maderero y dos sobrinos pequeños también peruano brasileños como Mariana, hijos de Ismael y una guapa mulata compatriota suya de nombre indescifrable: Astrogilda Bonfim.

Al día siguiente, temprano en la mañana entró Astrogilda a la casa como un torbellino tropical, con su tersa piel de ébano y blanquísima dentadura, sonrisa inacabable y una sensualidad etérea que se impregnaba en cada una de las tablas de las paredes, pisos y techo de la casa. Apareció con un apretado short de tela brillante y escarchada que empezaba varios centímetros debajo de ombligo y terminaba a unos escasos milímetros por debajo de su ingle. En el torso sólo un brasier negro adornado con cuentas de vidrio cubriendo esforzadamente su senos abundantes.
– ¡Onde está esa filha de Moisés mulheres! – gritó apenas entró.
– Hola – contestó suavemente Mariana, intimidada por la fuerza volcánica de la personalidad de la mujer. Era la primera vez que veía a la tía Astrogilda. Por alguna razón Ismael siempre se había negado a llevarla a Lima.
– ¡Beleza de mulher! ¡Qué grandona, bonitinha! ¿Me entiende verdad? – dijo hablando a toda velocidad. Sin dejar que Mariana conteste la abrazó y le hizo dar una vuelta sobre sí misma para verla completa.
- ¡Qué chick! ¡Beleza brasileira y modales de princesa!
Mariana se sonrojó y agachó la cabeza
– ¡No agacha cabeza, no, mulher! Nunca debe tener vergonha de sua beleza – agregó la tía.
– Ya déjala en paz Astrogilda – dijo doña Rosineide que estaba preparando el café.
– ¡Ah! – espetó la mujer con desdén, luego se dirigió a Mariana – ¡Eh! eu vou para el festival en el rio. ¿Me acompaña?
– ¿Festival? – preguntó Mariana.
– El festival de playa – comentó la madre – Y no Astrogilda, Mariana se va a quedar con nosotras. Además el festival dura tres días. Mañana podemos ir todos.
– ¡Mamá! – dijo con tono lastimero Mariana.
– ¡Mamá! – imitó Astrogilda intentando hablar sin su acento brasileño y estallando en una carcajada burlona.
Deija a menina salir – dijo impaciente, desde su mecedora, doña Adailta – ¿O acaso você olvidó cuando tenía esa edade?
Doña Rosineide asintió con la cabeza y le regaló una sonrisa cómplice a su hija. Astrogilda pidió licencia para ir a cambiarse mientras la muchacha hacía lo mismo. Mariana aprovechó para ponerse esas tangas que casi nunca se ponía en Lima y que estaba segura que ahora lucirían conservadoras al lado de los hilos dentales que las brasileñas usaban en las fotos que su papá le había mostrado tantas veces. Se colocó encima un holgado short de algodón crema y una blusa de lino blanco. Colocó en su cartera el bloqueador solar, unas cremas, lápiz labial, repelente y, ¿por qué no?, un preservativo.

Se despidió de su madre y la abuela y salió fuera de la casa. Ya la estaba esperando la tía Astrogilda quien no había hecho otra cosa que colocarse un top casi del mismo tamaño del brasier, encima de este y varios litros de perfume.
– ¿No llevas ropa de baño? – preguntó Mariana.
Sim, esta es – dijo Astrogilda al mismo tiempo que desplazaba el short unos centímetros hacia abajo y mostraba una diminuta tira de tela negra, a la vez que sonreía coquetísima con todos sus hermosos dientes blancos.

Una vez en el rio, pasearon por horas, bebieron cervezas heladas y compraron unos curiosos suvenires consistentes en una especie de jarros de aluminio, con el logotipo del festival y con un forro interior de espuma plástica donde se depositaban las latas de cerveza y se mantenían frías ante el implacable calor de la selva. Bailaron con la música que brotaba de los enormes parlantes en el estrado ubicado muy cerca al rio, que por la época tenía muy poco caudal. Astrogilda le presentó varios muchachos peruanos y brasileños, sin embargo Mariana no le prestó especial atención a ninguno, se sentía bien en medio de tanto calor, de tanta gente diferente y simpática, muchachos negros o mulatos con chicas rubias y viceversa. En la universidad donde estudiaba eso no sería posible. Pensaba en cuánto le faltaba al Perú y a Lima para superar las barreras del color de piel. Ella misma se había sentido superior muchas veces frente a otros, olvidando el color canela de su propia madre y la sangre mulata oscura de la abuela Adailta. Había tenido suerte al heredar la piel blanca y los cabellos castaños claros de su padre. Ahora se mezclaba entre estos muchachos atractivos de piernas fuertes, morenas, de cabellos ondulados y ojos negros rodeados de cautivadoras cejas pobladas. También llamaban su atención los muchachitos rubios, de ojos azules o verdes cristalinos y piel blanca perfectamente bronceada, que a diferencia de la capital, se codeaban con naturalidad con peruanos y bolivianos de todos los colores. Estaba feliz. Bailó forró durante horas y bebió cerveza hasta que atardeció y en el estrado se instaló el grupo musical de moda de la región. Astrogilda era una bailarina incansable y ella no quería quedarse atrás. Disfrutaba la fiesta y la atención de todos los muchachos que la invitaban a bailar e intentaban enamorarla. Hasta que de pronto, frente a ella apareció una silueta que la dejó sin aliento: Un muchacho guapo, claro, alto, de espalda y hombros fuertes, brazos gruesos y piernas firmes la miraba directamente a los ojos. Estaba impecablemente vestido de blanco. En su cabeza, a pesar de ser de noche, tenía un formidable sombrero de cuero y colgando del cinto una especie de funda de cuero también, como si portara una espada. Mariana bajó la vista nerviosa y le dijo a Astrogilda que volvería pronto, pues precisaba ir al baño.

Luego de hace la larga cola para el uso del baño portátil, y de regreso a la zona de baile, escuchó una voz susurrante y estremecedora que la llamó por su nombre. Volteó y se encontró cara a cara con el muchacho de blanco que había visto antes y que ahora la saludaba con una sonrisa, él tomó su mano delicadamente y la besó mientras le decía en portugués algo ininteligible. Mariana en su nerviosismo solo atinó a decir que no entendía.
– ¿No habla portugués la señorita? – dijo el joven en un español cantado pero comprensible.
– No – contestó Mariana – entiendo un poco pero si habla despacio.
– Yo hablo español señorita – contestó él y continuó – estoy encantado de poder saludarla y presentarme, yo me llamo Marcio.
Mariana soltó una carcajada cuando Marcio luego de su presentación hizo una teatral venia colocando un pie detrás del otro al mismo tiempo que inclinaba la cabeza y ponía una mano a la altura del estómago.
– ¿Y cómo sabe mi nombre señor Marcio? – preguntó más calmada Mariana.
– Su tía me dijo – contestó señalando el lugar donde eufórica bailaba Astrogilda.
– Entiendo.
– ¿Danzaría usted con este servidor? – preguntó Marcio.
– Claro – dijo Mariana – pero tienes que actualizar tu español. Es muy antiguo.
Ambos rieron mientras iban a bailar.

* * *

Ya cerca de la media noche, Mariana luego de bailar todos los ritmos posibles con Marcio y compartir con él un número no preciso de cervezas, le dijo que ya debía retirarse. Marcio sonrió y le pidió que lo acompañe un rato más para conversar unos minutos antes de irse. Mariana asintió y dejaron atrás el baile y caminaron tomados de la mano por la arena de la orilla del rio Acre. La noche estaba estrellada, preciosa. La superficie apacible del rio reflejaba una romántica luna menguante. Marcio se dejó caer sentado sobre la arena e invitó a Mariana a sentarse. Ella aceptó, él empezó a hablar en su español arcaico de las estrellas, de los nombres con la que los indígenas las conocían, le contó historias del rio y del bosque. Le habló de épocas inmemoriales cuando el hombre occidental no había llegado a estas tierras, de animales de formas difusas y nombres impronunciables. Mariana escuchaba estática, hipnotizada, encantada con ese mozo tan interesante, amable y educado pero a la vez sencillo y humilde. Mientras hablaba no dejaba de mirar sus labios carnosos, su nariz afilada, su piel húmeda y cálida. De pronto Marcio volteó y la besó. Ella le correspondió. Sintió sus manos atrevidas buscando bajo su ropa e intentó detenerlo, pero él le susurró al oído las cosas más bellas del mundo. Se perdió en su aliento, en sus palabras que ya no eran en español y que le decía en portugués lo bonita que era, que describían en poesía lo suave de su piel, lo brillante de su cabello, lo profundo de sus ojos, lo sereno de su sonrisa. Lo abrazó con fuerza y sintió bajo su vientre un sólido hierro candente que acabó con sus últimas evasivas y sólo atinó a estirar la mano en busca de su cartera, tratando de encontrar el preservativo, pero ya era tarde, un torbellino de placer y deseo la envolvió dejándola rápidamente sin control ni conciencia.

Cerca de las cuatro de la mañana y luego de haber hecho el amor bajo las estrellas por horas, Mariana abrazó a Marcio y se mordió los labios viendo su propio cuerpo desnudo al lado de este incansable hombre rebosante de fuego y pasión. Recorrió con los ojos sus muslos, su sexo en reposo, su vientre plano, su pecho formidable, su rostro hermoso y dejó escapar una risita al ver que Marcio seguía con el sombrero puesto.
– Quítate eso – le dijo.
– Marcio sonrió y sin hacerle caso se levantó. Caminó desnudo hacia el agua que le llegaba a las rodillas, se sumergió lentamente y se incorporó dejando ver su cuerpo brillante. Mariana no pudo evitar sentir una nueva oleada de deseo al ver las gotas de agua corriendo por el cuerpo de ese magnífico espécimen.
– Debo irme ya señorita, va a amanecer – dijo Marcio al volver a su lado, mientras recogía su ropa.
– Deja ya de llamarme de usted – reclamó Mariana mientras Marcio sonreía como siempre – ¿Me das tu número? – preguntó impulsivamente, arrepintiéndose de inmediato y trató de aclarar:
– Para llamarte y, si se puede, salir estos días, me quedo una semana en Iñapari.
– Yo la buscaré señorita – contestó Marcio. Se acercó y le dio un beso apasionado. Mariana le correspondió y luego se quedó mirando como el hombre se alejaba caminando lentamente por el medio del rio, con sus ropas en las manos, desnudo, con un sombrero de cuero por toda prenda y se perdía en la oscuridad de la noche rio arriba.

* * *

Mariana se vistió rápidamente. Caminó por la arena sonriendo y mordiéndose los labios por causa de la travesura que acababa de hacer. “Razón tenía papá” se decía recordando todas las veces que su padre le había dicho que tarde o temprano le saldría lo brasileña.

Llegó cerca al estrado y la fiesta estaba en sus últimos estertores, buscó a su tía y no la encontró por ningún lado. Alrededor hombres y mujeres caminaban y bailaban cayéndose de la borrachera, algunos yacían dormidos en la arena. Miró alrededor, y cuando estaba a punto de irse sola, se le ocurrió ir a mirar detrás del escenario. Allí descubrió a Astrogilda desnuda de la cintura hacia abajo y con el brasier por el cuello montada y ensartada sobre un moreno bajo y musculoso que, de pie apoyado en la estructura del estrado, la sostenía de las nalgas con sus poderosos brazos, ambos perdidos en sordos e intensos jadeos y gemidos.
– ¡Tía! – gritó Mariana
Astrogilda volteó y le hizo una seña de molestia para que se retire, sin dejar de menear las caderas sobre el moreno. Mariana aturdida regreso a la zona de baile y esperó. Minutos después vino su tía acomodándose la ropa y le sonrió con una naturalidad que la dejó indignada. Mariana molesta empezó a caminar rápida rumbo a casa y Astrogilda la siguió. Cuando la alcanzó la tomó por el hombro y le dijo:
– ¡Hey menina! Você vai ficar bien callada ¿verdad?
– ¡Tía!
– ¡Me ayuda! Por favor sobrinha linda. No es maldad con seu tío, no. Es sólo transar, sólo sexo como vocês falan.
– ¡Pero tía! ¿Te das cuenta lo que me pides?
– ¡Por favor! – volvió a decir y juntó sus manos con una expresión de mística santa medieval que arrancó una carcajada en medio de la cólera de Mariana.
– ¡Eres una puta tía! Por eso el tío Ismael no te lleva a Lima – replicó con tono cómplice.
– Soy una puta gostosa. Y así es como gusta tu tío – contestó con su enorme sonrisa la tía Astrogilda.

* * *

Al día siguiente Mariana volvió al festival con Astrogilda, doña Rosineide y doña Adailta. Caminaron por los puestos de comida, bebieron un poco y bailaron también, pero ya no como el día anterior. Doña Rosineide se había puesto un bonito bikini y orgullosa notaba que todavía atraía miradas, pues con sus treinta y ocho años conservaba bien las formas. Quien no las conociera pensaría que madre e hija eran tan sólo amigas. Mariana, sin embargo, durante todo el día buscó a su joven amante entre la gente y no lo encontró. Entrada la noche se acercó a su tía y le preguntó acerca de Marcio.
– ¿Marcio? No sé de quien me fala sobrinha.
– El muchacho con el que estuve bailando anoche tía.
– No vi, no.
– ¿No conoces ningún Marcio?
– Sí, mas como ese que você fala… no. Pero ahora você va a contar tudo para mí…

Luego de contarle lo sucedido a su tía, Mariana quedó triste y desilusionada. Astrogilda haciendo gala de discreción no hizo comentario alguno. El domingo tampoco lo vio. Nunca más volvió a saber de Marcio y no le quedó ánimo para salir con ninguno de los otros muchachos que la invitaban. Pasó el resto de la semana casi todo el tiempo en casa; con la esperanza de encontrarlo, paseó algunas veces con la abuela por la pequeña ciudad y sus calles de barro sin éxito y finalmente, terminadas las breves vacaciones, se despidió de todos y regresó a Lima.

* * *

En una calurosa y sofocante tarde de setiembre, mientras doña Adailta se abanicaba sentada en la mecedora, el rugido de una camioneta estremeció la casa. La abuela y doña Rosineide salieron de prisa de la cocina y ambas quedaron pasmadas viendo una camioneta cubierta de barro que frenaba prácticamente sobre la entrada y de ella descendió raudo Moisés Cáceres con una expresión furiosa en el rostro, azotando la puerta del vehículo al tiempo que de la otra puerta y con la cabeza baja aparecía Mariana, demacrada y pálida.

Moisés entró hasta la cocina sin saludar y sin quitarse las botas. Detrás de él Mariana, doña Rosineide y doña Adailta. Moisés señaló una silla con un gesto firme y Mariana sin decir palabra se sentó allí. Luego con las manos en la cintura encaró a doña Rosineide y le soltó la noticia en la cara:
– ¿Para eso te la mando? ¡Está embarazada carajo! Dos meses. Quiero que me lleves de inmediato a la casa de ese tal Marcio. ¡En este momento!
– ¿Qué Marcio Moisés? Yo no sé nada de ningún Marcio.
– ¿Cómo no vas a saber? ¿Así cuidas a tu hija?
– ¡Nuestra hija Moisés!
En ese momento entró a la cocina Ismael arrastrando del brazo a Astrogilda que se resistía a caminar.
– ¡Habla mujer! – exigió Ismael - ¡Di todo lo que sabes!
Aterrada Astrogilda se quedó callada mirando al suelo. Luego empezó muy despacio a decir:
Foi o boto cor de rosa.
– ¿Qué? – reaccionó sorprendido Moisés – ¿de qué mierda está hablando tu mujer? – preguntó dirigiéndose a Ismael
– Es un mito regional – contestó Ismael – el boto es un animal parecido al bufeo colorado de nuestra amazonía, una especie de delfín de rio.
– No es mito – aclaró con voz firme doña Adailta
– ¡No me vengan con huevadas! – gritó exasperado Moisés – por última vez, ¿Dónde encuentro al tal Marcio?
Se hizo un silencio denso en la habitación. Moisés escupió al piso y salió del lugar con prisa rumbo a la camioneta y las mujeres se miraron entre sí con preocupación. Pocos segundos después volvió a entrar a la cocina con una escopeta entre las manos. Se dirigió a Astrogilda y le espetó:
– ¡Habla carajo o aquí va a suceder una desgracia!
Não sei señor – contestó aterrada la mujer.
– Me escucha Moisés – dijo doña Adailta – el boto existe. Me deja falar con su filha.
Doña Adailta se dirigió a su nieta:
Fala para mí menina. Este hombre que te engravidó ¿era alto, claro, bonito, vestido de branco?
– Sí abuela.
– ¿Y usaba sombrero de cuero?
– Sí.
– ¿Se quitó el sombrero?
– No abuela.
– Fue el boto cor de rosa señor Moisés – dijo con pesadumbre la abuela dirigiéndose al enfurecido padre.
– ¿De qué está usted hablando? – interrogó Moisés desconcertado
– Usa el sombrero para tapar el hueco en su cabeza, el orificio por el que respiran – dijo con calma doña Rosineide mientras caminaba a atender a su madre que había palidecido y le costaba trabajo sentarse en la mecedora.
– ¡Qué demonios! ¡Ustedes se están burlando de mí! – dijo aprensivo y nervioso Moisés – ¡no me vengan con cuentos de indios ignorantes! ¡Ustedes quieren proteger al tipo que embarazó a esta!
– No son cuentos, não – dijo doña Adailta con dificultad y con lágrimas en los ojos.

Moisés no quiso escuchar más. Tomó del brazo a Mariana y la subió a la camioneta a empellones. Encendió el vehículo y partió. Se pasó cuatro días completos buscando casa por casa a Marcio. Nadie daba cuenta de él. Ninguna persona parecía conocer a alguien de esas características, ni en Iñapari, ni en el lado brasileño y menos en el triste pueblito de la frontera boliviana. Habló con la Policía Federal del Brasil, prometieron ayudar pero no garantizaban nada. Mariana era una adulta y no podían intervenir directamente en el caso. Al quinto día, Moisés se encerró en la cocina de la casa con Mariana, luego de varias horas el sordo estruendo de la escopeta Winchester de dos cañones de Moisés Caceres remeció los horcones de la casa. Doña Rosineide fue la primera en llegar corriendo y trató de entrar sin conseguirlo, Ismael apareció segundos después y derribó la puerta. En el suelo estaba el cuerpo inerte de Moisés ensangrentado y Mariana de rodillas lo abrazaba y llorando le pedía perdón.

viernes, 8 de abril de 2011

TRAFICO (Cuento)

Alicia nerviosa tocó la puerta de la habitación treinta y siete del hostal. A los pocos segundos abrió un hombre joven, delgado, mestizo, moreno, de cabello negro grasiento y sin afeitar.
– ¿Señora Alicia? – preguntó el hombre.
– Sí – contestó ella abriéndose paso primero tímidamente a través de la entrada, luego prácticamente empujando al sujeto que se hizo a un lado para dejarla pasar. Miró alrededor, una cama pequeña, un ventilador en la pared y una puerta de madera con claras señales de podredumbre que seguramente daba al baño. Fijó la vista particularmente en la maleta azul que estaba apoyada en la pared, enorme, nueva, reluciente y exactamente igual a la suya, con la única diferencia de que la propia era verde.
– Estoy esperando desde temprano – señaló el tipo con voz cansada – mi nombre es Abraham, Oscar me dijo…
– Ya sé lo que dijo – interrumpió la mujer – Oscar es mi marido, ¿sabes no?
– No, no sabía.
– Pues ahora lo sabes Abraham. Mira esto es trabajo y quiero que termine rápido. Cierra bien la puerta y vamos a comprar los pasajes.

Salieron del sucio hostal, Alicia le dio indicaciones para que la siga de lejos, sin conversar ni nada parecido, se acercaría sólo si se lo indicaba. Caminaron bajo el implacable sol de la selva, atravesando el mercado de frutas. El bullicio y la música estridente de los puestos parecían incrementar el calor. Llegaron a las oficinas de la empresa del transporte, Alicia hizo una seña para que su acompañante espere en la puerta del establecimiento, se acercó y compró dos pasajes para Rio Branco, uno para ella y otro para Abraham, escogió los asientos siete y veintidós. Al salir se los mostró discretamente a Abraham y le susurró:
– Ve al hotel, tienes que estar aquí a las doce en punto, con tus cosas y la maleta, toma cincuenta soles para que pagues el hotel y comas algo.

Alicia, hizo un gesto de despedirse y fingió irse del lugar, pero se detuvo un poco más allá y regresó para observar a Abraham, lo siguió de lejos mientras éste entraba al mercado, vio como se compró un sándwich y un jugo de frutas. Luego lo siguió mientras se paseaba por los puestos preguntando precios de cosas distraídamente y luego hasta que se aseguró de que entrara al hostal. Sacó su celular y marcó el número, timbraba pero no contestaba nadie. Se puso nerviosa. Insistió, esta vez tampoco obtuvo respuesta. Colgó. Pensó que tal vez Oscar estaba ya en la carretera. Guardó el celular en su cartera y se dirigió al hostal donde se había hospedado, cerca al de Abraham, para darse un baño y recoger su maleta también.

Alicia en la habitación se desnudó, a sus veintisiete años se sentía infinitamente vieja, se miró en el espejo, su vientre flácido, recorrió con sus dedos las cicatrices y marcas de sus tres partos, miró con vergüenza las estrías en su piel y la celulitis en sus muslos; su senos habían perdido el vigor de la juventud, ahora parecían trozos de carne colgados a su pecho y todo su cuerpo había ganado peso. Su memoria retrocedió sólo cinco años atrás, y se vio joven y esbelta, cuando era la estudiante más deseada del instituto de contabilidad allá en La Merced, usaba minifaldas, mostraba pícaramente sus torneadas piernas y no tenía ningún recato en ponerse esas diminutas blusitas escotadas. En esos tiempos fue que conoció a Oscar. Pensó en sus tres hijos pequeños, sobre todo en el menor de tan sólo diez meses. A los tres los había dejado al cuidado de su hermana mientras se embarcaba en esta temeraria aventura. Tomó aire, se cubrió con la toalla e insistió una vez más con el celular. Nuevamente no obtuvo respuesta. “Debe estar en la carretera” pensó y se fue a duchar.

Cuando terminó de secarse el cabello Alicia se sentó en la cama, miró fijamente la enorme maleta verde. Le parecía escandalosamente nueva. En el viaje anterior habían pasado con mochilas usadas, ¿por qué a Oscar se le había ocurrido usar estas maletas esta vez? La levantó con un poco de esfuerzo y la colocó encima de la cama. Sintió en su nariz el acre olor de la sustancia y la abrió. En su interior Oscar había acomodado un par de charangos, algunas quenas, varias artesanías de cuero y madera, aretes de semillas y plumas. Palpó la parte interna de la tapa y la sintió húmeda y melosa al tacto. Era una mala señal. Ya en Lima había notado que la tapa tenía una abertura en una unión de la costura, en aquel momento ya Oscar había salido rumbo a Cusco y tuvo que salir sola a toda prisa a comprar pegamento en un mercado cercano; para su sorpresa era un mercado mayorista, nadie quiso venderle lo que necesitaba por unidad, en su desesperación compró un paquete de seis tubos pequeños de pegamento instantáneo y seis ambientadores en aerosol. En aquel entonces roció la maleta abundantemente, por dentro y por fuera, y trató de pegar la abertura de la mejor manera posible. Ahora hizo lo mismo, abrió un tubo de pegamento instantáneo y trató de sellar con cuidado la tela que se había vuelto a despegar en el viaje hasta Puerto Maldonado. Miró el reloj y se dio cuenta que faltaba poco para las doce, metió los aerosoles y pegamentos en la maleta a toda prisa. Se visitó y salió de la habitación llevando su cartera, una pequeña bolsa de mano con algunas prendas y ropa interior y arrastrando la enorme valija.

Al llegar al terminal no vio a Abraham, se preocupó un poco pero sospechó que ya había subido al bus, sin embargo se percató que no podía ser, ya que ella tenía ambos boletos. Se sentó en una banca de madera y esperó. Había sido una tonta, ahora toda la gente la vería entregándole el boleto y además ambos tenían maletas idénticas. Luego de unos minutos lo vio llegar. Arriesgándose se levantó dejando la maleta en el piso. Caminó hacia él y le entregó rápido el boleto y le ordenó que suba de inmediato. Al intentar subir el controlador obligó a Abraham a dejar la maleta en la bodega, el bus estaba provisto de compartimientos superiores demasiado pequeños como para una maleta de esas dimensiones. Lo mismo sucedió con Alicia minutos después a pesar de sus reclamos. “Definitivamente la cosa no andaba bien” pensó.

Ya en el bus escuchó el pitido de su celular. Lo revisó y tenía un mensaje de texto de Oscar: “Pasamos la frontera y el control con éxito, estamos en Brasil rumbo a Rio Branco. Suerte.” Respiró aliviada. Reclinó el espaldar de su asiento y se acomodó. Cerró los ojos. Mientras el bus se ponía en movimiento recordó la primera vez que pasaron la mercadería al Brasil, hacía ya poco más de dos meses. En esa oportunidad fueron los dos solos. Llevaron un par de mochilas medianas también rellenas de artesanías. No pasó nada, Oscar supo cuidarla y no dejar que se ponga nerviosa, la tranquilizaba siempre y le cambiaba de tema y la hacía reír. Llegaron a Rio Branco y un traficante de allá recogió ambas mochilas y les entregó mil quinientos dólares y pasajes para volver a Puerto Maldonado. Ese dinero había servido para pagar muchas deudas de la casa. Ahora iban a recibir más del doble, pero el riesgo era mayor y además tenían que compartirlo con Abraham, al que Oscar había reclutado en Lima y María, una Tingalesa que Oscar también había conocido hace poco en La Merced y a la que había convencido para hacer el trabajo. Se habían repartido las labores. Oscar pasaría primero vigilando a María y ella vigilaría a Abraham hasta Rio Branco.

Oscar le había entregado antes de salir un chip de telefonía celular brasileño para comunicarse con él cuando cruzara la frontera. Lo sacó de su envoltorio y a modo de distracción lo colocó cuidadosamente en su celular, mientras lo hacía pensaba en esas dos maletas tan llamativas en la bodega del bus. Pensó que si Oscar y María habían pasado sin problemas con unas maletas similares, ellos tampoco tendrían dificultades. Además la última vez se percató que los policías del punto de control fronterizo peruano, agobiados por el calor tropical, solían escoger una maleta al azar, la palpaban de mala gana y autorizaban al bus a seguir su camino. Su mayor temor era la Policía Federal de Brasil, había escuchado que eran más acuciosos, aunque cuando ella pasó con Oscar el trámite fue muy rápido y no recordaba mayor demora o revisión.

Forzando su postura, Alicia volteó medio cuerpo, vio a Abraham en su asiento, pensativo, mirando el paisaje a través de la ventana del bus. ¿Estaría consciente de lo que llevaba en la maleta? No parecía preocupado. Pensó en María, era muy joven, tal vez veintidós años, parecida a ella misma cuando tenía esa edad. Como todas las chicas de Tingo María tenía una belleza felina perturbadora, era blanca, pecosa, el cabello castaño largo y los ojos verdes intensos. Oscar le había comentado que ella no tenía intención de regresar al Perú. Luego de la entrega había planeado quedarse en Brasil y buscar hacer una vida nueva allí. El dinero del trabajo le serviría para empezar. Nuevamente recordó a sus hijos y los extrañó profundamente; recordó sus risas, sus travesuras y sus malcriadeces, sonrió mientras se adormitaba con el sordo ruido del motor del bus y el sueño finalmente la venció.

Cuando llegaron al puesto de control, la despertó el empujón producido por la frenada del enorme bus. Se limpió el rostro con un paño de mano y se alistó para bajar, había pocos pasajeros peruanos y varios brasileños. Esperó pacientemente que caminaran los que ya estaban en el pasillo y luego se acomodó entre la fila, avanzó lentamente y bajó. De reojo trataba de no perder de vista a Abraham. Un policía amable les indicó la oficina de migraciones para que registren su salida del Perú. Se apresuraron a formar una fila mientras algunos cruzaban la pista para comprar refrescos o alguna vitualla en los pequeños kioscos de madera. Otros aprovechaban para cambiar soles por reales. Alicia en la fila pensó en Oscar. A estas horas ya debería estar en Rio Branco. Pasando el control de Assis Brasil lo llamaría.

Al terminar el trámite en migraciones, caminó hacia el vehículo. Su corazón empezó a latir rápidamente cuando vio al controlador del bus con cuatro policías parados frente a éste y a su costado un hombre de corbata, chaleco azul y con una cinta alrededor del cuello. Era un fiscal. El controlador le preguntó si la maleta verde era suya. Ella movió la cabeza afirmativamente, sin decir palabra. El que parecía tener mayor rango de los policías le preguntó educadamente si podían revisar la maleta y que por favor se acercara mientras el controlador la retiraba de la bodega. Alicia sentía sus piernas temblar. El policía palpó la superficie y acercó el rostro, su expresión cambió, miró al fiscal y a Alicia e hizo un gesto afirmativo. El fiscal se acercó a Alicia y le pidió también de forma educada que la acompañe a las oficinas del puesto de control de la policía. En el interior le pidieron que ella misma abriera la maleta. Al hacerlo aparecieron ante ella los ambientadores y el pegamento, recordó que en uno de los bolsillos internos también estaban las boletas de venta a su nombre y que había olvidado destruir en el hotel. El policía que asistía al fiscal se colocó unos guantes de goma y con un hisopo recogió muestras de la superficie interna de la tapa de la maleta. Lo introdujo en una pequeñísima botella de vidrio y esta inmediatamente se coloreó de azul. El fiscal volteó y le pidió que guarde la calma, la invitó a sentarse en una silla de madera y le explicó con detalle que el procedimiento químico que acababa de ver significaba que la maleta estaba impregnada de clorhidrato de cocaína. Luego le indicó que iba a proceder a leerle sus derechos y que llamarían al defensor de oficio. Alicia no pudo escuchar la última parte, se desvaneció en el preciso momento que Abraham también entraba a la oficina cargando su maleta y escoltado por dos policías.

Horas más tarde, luego de haber firmado innumerables actas y formatos, de haber negado saber que las maletas contenían droga, le informaron que sería trasladada junto con Abraham a la sede de la Policía Especializada Antidrogas, luego de que le colocaran las esposas la abogada defensora del Estado se acercó y le preguntó discretamente:
– ¿Tiene usted algún enemigo en esta zona señora?
– ¡No! – contestó inmediatamente.
– Qué raro – replicó la abogada – el Capitán me acaba de decir que esta intervención es producto de un “soplo.”

Alicia no pudo contestar, un policía la tomó del brazo y la condujo hasta la camioneta de la fiscalía. “Un soplo”, pensó. ¿Pero quién? El único que sabía era Oscar. Una vez que se sentó en la camioneta le vino a la mente que en Lima, cuando recibieron las cuatro maletas, notó que las que llevó Oscar no tenían olor. En ese momento no le dio importancia pero ahora… recordó otros detalles, la discusión que tuvieron por la excesiva confianza entre Oscar y María durante el poco tiempo que estuvieron reunidos los tres y que le molestó terriblemente, él no le dio importancia y hasta se burló de ella. Las constantes quejas de Oscar por los hijos, por la situación, por las deudas. Fue atando cabos. Ya oscurecía y las siluetas de los árboles de la selva se confundían con el horizonte, los ojos se le humedecieron, se imaginó a Oscar y María desnudos en una cama de hotel en Rio Branco, riéndose de ella, a sus hijos abandonados a su suerte y sin querer le dijo al policía que estaba a su lado:
– Me han tendido una trampa.
El policía se limitó a encogerse de hombros mientras la camioneta se ponía en movimiento.

jueves, 7 de abril de 2011

EL SUEÑO DEL CELTA Y LA PESADILLA DEL CAUCHO

Recién terminé de leer “El sueño del celta” de Mario Vargas Llosa, una notable novela donde se cuentan las experiencias de Roger Casement, un irlandés que a fines del siglo XIX y principios del XX, adelantándose a su época, hizo una férrea defensa de los derechos humanos de los indígenas del Congo y de la Amazonía. Adicionalmente fue uno de los precursores de la independencia de Irlanda. Evidentemente no voy a hacer una extensa reseña o resumen del libro, el que desde ya recomiendo totalmente, con la simple atingencia que aparece un poco pesado en sus primeras treinta o cuarenta páginas (por lo menos eso me pasó a mi) pero luego se torna muy ágil y entretenido, atrapando magistralmente al lector con el desarrollo de los hechos, lo que es un sello inconfundible de nuestro notable escritor arequipeño.

Gran parte de la novela relata el paso de Casement por la Amazonía peruana, en particular la ciudad de Iquitos y los campamentos caucheros del Putumayo. Lugares donde aparentemente se exterminó inmisericordemente a gran parte de la población nativa, que según los datos que se brindan habría sido reducida a de aproximadamente cien mil habitantes a menos de diez mil, todo ello llevando a cabo prácticas abusivas, vejatorias y humillantes, además de políticas esclavistas y desde todo punto de vista inhumanas.

Todo ello me llevó a pensar en Madre de Dios, donde actualmente vivo. Este olvidado departamento tiene una historia similar a la del Putumayo. Mucho se ha hablado por ejemplo del aventurero peruano Carlos Fermín Fitzcarrald, quien es reconocido como un pionero explorador de la selva de esta zona. Incluso una provincia (en la que nació) lleva su nombre. De igual manera llevan su nombre calles, avenidas y plazas en todo Madre de Dios. Triste es averiguar que no sólo fue un pionero, sino que además se enriqueció notablemente y de manera muy rápida mediante la explotación del caucho. Esto no tendría nada de negativo si no fuera porque los procedimientos de la época implicaban el exterminio de las tribus nativas de la selva peruana. Se utilizaba entonces la común práctica de intervenir con patrullas de civiles caucheros armados las tribus de nativos, tomando como prisioneros a los hombres y llevándose a mujeres y niños a los campamentos como rehenes. Se obligaba a los nativos a salir al monte a recolectar el caucho y entregarlo a los capataces, caso contrario no podrían ver a sus mujeres e hijos. No se pagaba remuneración alguna, no se les proveía de alimentos y se azotaba, castigaba o simplemente asesinaba a quienes no cumplían con la cuota de caucho establecida por los patrones.

Por si esto fuera poco, las prácticas de los caucheros (o shiringueros como se les llama en esta zona) se asemejaban mucho a las de los campos de concentración nazis. Hace un par de años conocí a personas que me contaron cómo sus padres y abuelos, colonos en la zona, habían sido testigos de cómo los principales shiringueros de la zona de Iberia, se divertían haciendo tiro al blanco en el cuerpo de los nativos que cruzaban los fundos o escapaban hacia el monte. Lo más triste es que quienes me contaban estos hechos, lo hacían con una sonrisa en la cara como si se tratase de un evento divertido.

Se le reconoce a Fiztcarrald haber descubierto rutas fluviales en la Amazonía, pero resulta evidente que esto y su, a todas luces, ilícito enriquecimiento, estuvieron sustentados en el exterminio y abuso de los miembros de las tribus de la zona. Fue dinero sangriento el que conformó el notable patrimonio de Fitzcarrald, y al que, conforme nuestra cuestionable idiosincrasia, todavía homenajeamos con nombres de escuelas, calles y plazas.

A veces para un citadino es difícil imaginar cómo es en realidad la vida en la selva y cómo conviven con ella las tribus indígenas. Las imágenes que se pueden ver en la televisión eventualmente no hacen justicia a la realidad que se vive en estos parajes. Es doloroso imaginar a seres humanos acostumbrados a la recolección de frutos, a la caza para la subsistencia y el cultivo de la yuca, ser un día atrapados como animales por hombres blancos o mestizos, ver destruidos sus hogares, violadas sus mujeres e hijas, asesinados sus ancianos y niños pequeños, ser obligados a recolectar caucho e impedidos de seguir desarrollando sus actividades, los caciques embrutecidos por el aguardiente proveído por sus propios explotadores, sus tierras canjeadas por cuentas de vidrios y ropas occidentales. Sin servicios médicos o educativos; todos ellos sometidos por el miedo. Resulta fácil afirmar que los años de la fiebre del caucho en la selva tuvieron en ellos un efecto mucho más pernicioso en poco tiempo que los quinientos de dominación española en los indígenas del altiplano.

Actualmente vivo en la provincia del Tahuamanu, en el distrito de Iñapari, a sesenta kilómetros del distrito de Iberia. Iberia recibe ese nombre debido a que en un inicio la zona era explotada por caucheros bolivianos, quienes habían traspasado la frontera en vista de que la zona tenía una muy importante concentración de árboles de shiringa o caucho. Estos caucheros bolivianos liderados por unos hermanos de apellido Suarez expulsaron de la zona a la tribu de los Tahuamanu que vivían al margen del rio del mismo nombre y al que debe su designación la provincia. A principios del siglo XX dos hermanos españoles Baldomero y Máximo Rodríguez (sí ese mismo Máximo Rodríguez que deben estar pensando los arequipeños que leen esto) explotaban caucho en las riberas del rio Madre de Dios, en lo que hoy es Puerto Maldonado, pero al haberse agotado la producción deciden avanzar al norte, encontrando a los bolivianos en el fundo Adriozola en el margen sur del rio Tahuamanu, en el margen norte había un campamento de shiringueros brasileños. Premunidos todos ellos con armamento, se produjo un enfrentamiento casi militar, siendo expulsados tanto bolivianos como brasileños y estableciéndose en la zona los hermanos Rodríguez, quienes a su vez cambiaron el nombre del fundo y le pusieron el de Fundo Iberia, en remembranza de su tierra de origen.

Como los Tahuamanu habían sido expulsados, no se les ocurrió mejor forma de encontrar mano de obra gratis, que trayendo indígenas desde lo que hoy es Ucayali. Cientos de Shipibos fueron esclavizados de esta manera, más adelante se abrió la ruta de trocha hacia Iñapari (sesenta kilómetros al norte) donde también se procedió al sistemático exterminio de la tribu Iñapari, de la cual el último sobreviviente murió solo y abandonado, sin homenaje alguno, hace poco más de tres años, meses antes de que yo arribara a estas tierras.

No sé si las personas que leen esta nota tienen una clara idea de lo que es una hectárea. Imagínense un cuadrado de cien metros por lado, esa es una hectárea, diez mil metros cuadrados. Pero es mejor una imagen: Un campo de fútbol tiene normalmente hasta ciento veinte metros por noventa de ancho, es decir más o menos diez mil metros cuadrados. Entonces una hectárea es equivalente aproximadamente a un campo de fútbol. Ahora que el lector tiene la imagen en la mente, piense que Máximo Rodríguez llegó a ser dueño de entre trescientas y seiscientas mil hectáreas de terreno en la zona de Iberia y aledaños. Es decir el equivalente a seiscientos mil campos de fútbol. Tierra que en realidad fue, y creo yo sigue siendo, propiedad de los Tahuamanu, Iñaparis, Marinahuas y todas las etnias de esta zona del país.

Luego de la Segunda Guerra Mundial, en la década de los cincuentas del siglo pasado, seguramente como consecuencia de los juicios de Núremberg, y sabiendo el Estado Peruano que era un cómplice de los abusos de los caucheros, este intervino por fin en la zona, colocando las primeras oficinas públicas y devolviendo a los pocos Shipibos que quedaron a su lugar de origen en Ucayali. Adicionalmente para esta época ya el latex de caucho asiático y sus equivalentes sintéticos habían desplazado, felizmente, por completo el caucho peruano.

Se ha dicho que la época del caucho fue una oportunidad de oro desperdiciada para que el Perú saliera del subdesarrollo. Los políticos que afirman esto ignoran, o prefieren ignorar, el enorme costo social de esa aparente bonanza económica: La aniquilación de incontables etnias originarias de la selva, mediante los mecanismos más perversos posibles, así como la pérdida definitiva de sus artes y costumbres.

Hoy en día en toda la zona del Tahuamanu no se sabe con exactitud cuántos indígenas fueron exterminados en la época de la fiebre del caucho, sobreviven tribus de Manchineris, Marinahuas y Jaminawas, un poco más lejos Asashaninkas y ojala muchos desconocidos “no contactados”. El Perú lamentablemente no ha hecho nada al respecto, en términos de política de estado. El Brasil por su parte ha asumido su responsabilidad por el exterminio de indígenas, que también se produjo en la zona del Acre, por parte de los shiringueros brasileños. Los nativos son protegidos por la República Federativa del Brasil, su educación y vivienda es gratuita, donde quieran vivir, en ciudades o en el campo. Está prohibido con pena de cárcel, venderles alcohol o permitir que lo beban, reciben una pensión decorosa por parte del erario público sin necesidad de hacer nada. Muchos recién enterados se indignan por el hecho de que los indígenas nativos reciban una pensión y vivienda sin ofrecer una contra parte, dicen que incentiva la ociosidad. Yo pienso que todavía nos falta mucho por devolver a los herederos de quienes murieron sin mayor causa, en beneficio de intereses económicos de terceros. A aquellos a quienes usurpamos sus tierras y les dimos a cambio cuentas de vidrio o ropas occidentales que no necesitaban. A aquellos que cuidaban la naturaleza y la asumían como parte de su vida mientras que nosotros acabamos cada día con las especies con las que ellos convivieron durante cientos de años en armonía. A aquellos a quienes miramos con asco cuando se acercan por nuestro lado cuando ellos son los que deberían mirarnos con asco a nosotros por haber contaminado su medio ambiente con perversas costumbres occidentales y justicieros dioses blancos. Nota: Las tres fotos que aparecen en este post muestran a Roger Casement en diferentes etapas de su vida.

viernes, 1 de abril de 2011

TEDIO (Cuento)

Rafael extrajo de una caja de madera finamente tallada dos ligerísimas y perfectas esferas de brillante aluminio y empezó a pasarlas entre los dedos de su mano derecha como siempre que necesitaba meditar, miró nuevamente el mensaje de texto en el smartphone y leyó esta vez con calma: “Rafael, esto me daña, no podemos seguir así, tenemos que hablar.”

Se recostó sobre el espaldar de su sillón gerencial y cruzó una pierna sobre la otra como hacía siempre que quería pensar con claridad, apoyó el codo en el brazo del mueble y siguió jugando con las esferas sin mirarlas. Miró por la ventana el horizonte, el cielo nublado, los árboles lejanos… Trató de recordar hace cuánto tiempo conocía a Estela y descubrió que ya habían pasado más de diez años. En todo este tiempo habían sido buenos amantes, una relación vinculada por el sexo más que por otra cosa. Se encontraban, se amaban físicamente a veces con una pasión telúrica que los dejaba a ambos exhaustos, se contaban fragmentos de sus vidas, a veces también deslizaban alguna confidencia casual y luego al despedirse cada uno continuaba con su vida hasta el próximo encuentro.

Sin embargo en los últimos años las cosas habían cambiado, Estela se quejaba con él de sus problemas, de la incompetencia de sus compañeros de trabajo, de su familia, del tránsito, del clima. Rafael se había percatado de ello pero recién ahora tomaba verdadera conciencia de un factor importante: el tiempo transcurrido. Cuando la conoció, Estela era una chica que bordeaba los veinte, aún estudiante, segura de sí misma pero en franco proceso de aprendizaje de la vida. Ahora en cambio era una mujer con casi treinta años encima, profesional, tenía otras expectativas, había madurado sin duda, tal vez tenía otros proyectos; no obstante a los ojos de Rafael y hasta este momento había sido siempre la veinteañera que él hizo mujer por primera vez.

Ella nunca exigió nada en todo este tiempo, por lo menos no de manera expresa. Un par de veces había recibido comentarios que lo habían hecho sonreír, la primera vez una amiga suya que tenía dotes de pitonisa y hechicera le había dicho, luego de conocer a Estela, con el dramatismo propio de quien ve el futuro: “Esa mujer te quiere, pero no por un rato, te quiere para ella.” Rafael se echó a reír, aunque se preocupó horas después: “La brujita rara vez se equivoca” pensó. Luego olvidó el asunto y lo recordó evasivamente algunas veces. Más adelante, hacía dos o tres años un amigo común, Paulo, le había dicho que Estela le había confesado que estaba enamorada perdidamente de un hombre, pero que sabía que era un amor imposible, que ese hombre nunca la vería como una compañera para toda la vida a pesar que ella estaba siempre a su disposición cuando él quería, que se sentía utilizada, a veces como un simple objeto, que había hecho de todo para demostrarle lealtad, aprecio, ternura, sumisión, amor, sin embargo él no reaccionaba. Paulo, que era un tipo inteligente ató cabos y concluyó de inmediato que no podría tratarse de nadie más que de Rafael y se lo contó. Nuevamente no le dio importancia, se desentendió, rieron un rato del asunto, Rafael negó todo vínculo y a pesar de ello Paulo insistió en su hipótesis; Rafael no encontró mejor manera de cerrar el tema con un “Déjala hombre, no le hagas caso, está loca.”

Frente al perturbador mensaje, Rafael no dejaba de pensar en esos detalles, trataba de unir el rompecabezas y prepararse para lo inevitable. Para él los temas del amor ya no eran cosas sentimentales, eran problemas lógico-aritméticos con variables e hipótesis de trabajo, lo poseía la irrefrenable necesidad de analizar, descubrir y desmenuzar las motivaciones de las personas para aprender de sus razonamientos acerca de los sentimientos y esas tonterías. Una vez resuelto el acertijo continuaba con sus actividades, pero si no, el problema lo perseguía a veces durante días, distrayendo sus pensamientos.

Ahora y a sus más de cuarenta, ya conocía perfectamente el trámite de estos eventos, con todas las empresas y prósperos negocios que tenía a su cargo y su ritmo de vida, no podía darse el lujo de tener una mujer o una familia. Pensó que tal vez Estela se había hecho la absurda idea de que podía conquistarlo, amarlo, doblegarlo y domesticarlo, hacer de él un marido aburrido, un patético trofeo de caza para exhibir su cabeza colgada de una placa de madera en parrilladas dominicales, paseos al club o fiestas de gala, donde se presentaría como “su mujer” y a él como “su marido.” Era hora de terminar con todo, lamentablemente Estela había confundido las cosas, como le había sucedido a tantas otras mujeres que habían pasado por su vida, de todas formas le seguía sorprendiendo que a ella le haya tomado tanto tiempo llegar a este punto. Las otras nunca habían superado el año en el mejor de los casos, algunas no habían llegado al mes.

Estuvo a punto de llamar a su secretaria y pedirle que le programe un viaje para el día siguiente, Estela estaba trabajando en otra ciudad y tendría que ir a hablar con ella. Sin embargo se detuvo. No era necesario. Recordó todas las discusiones de los últimos dos años, las idas y venidas de la relación, sus quejas, sus malos humores, cosas que su memoria se había esforzado por eliminar. Se dio cuenta que después de todo, los primeros años definitivamente fueron los mejores, ahora todo había devenido en un triste, gris y enorme tedio, y tal vez por ello sentía tanta desazón cuando se comunicaban, tal vez por ello los últimos encuentros eran tan mecánicos. Tomó su smartphone y escribió con la frialdad que siempre lo caracterizó en momentos como este: “No puedo viajar por ahora, espero que me disculpes. Espero también que quedemos como amigos. Ya no puedo seguir viéndote. Suerte en todo.”

Esperó unos minutos con la vista fija en el aparato que había depositado en el escritorio. No tardó mucho en sonar el pitido y aparecer el mensaje, lo levantó y leyó: “Me has leído el pensamiento Rafael, lamento mucho que no hayas tenido el valor de venir. Pero igual. Suerte en todo. Adiós.”

Rafael respiró, se sintió aliviado al igual que otras veces que había pasado por lo mismo. Con cuidado y calma borró los números de Estela del smartphone, eliminó sus mensajes, sus correos y en la mente sus recuerdos. Era mejor así, finalmente no era culpa de Estela, si no se había dado cuenta hasta ahora, no se daría cuenta nunca, o tal vez por eso precisamente había terminado todo. Estela nunca podría conquistar su corazón ni ninguna otra, porque su corazón estaba roto, despedazado, reemplazado por una máquina terrorífica, una mezcla de piezas, cables, tornillos, ruedas y mecanismos de relojería que le impedían amar y ser amado; un amasijo que había programado a conciencia para resistir los golpes, para contener los pensamientos, para razonarlo todo y sobre todo, para evitar el amor.

sábado, 26 de marzo de 2011

CONSEJOS PARA QUIEN ASPIRE A SER EL MEJOR AMIGO DEL PERRO

Hace un par de semanas leí el blog de la amiga de una amiga, la que recientemente se animó a escribir un Blog y su primera nota fue acerca de las mascotas. La nota es muy linda y tierna y hace un símil interesante acerca de las personas y las mascotas. Es cierto que los animales (las mascotas en particular) tienen instintos que casi siempre son más transparentes y honestos que nuestra retorcida forma de comunicarnos a medias con nuestros propios congéneres. Sin embargo hubo una muy inteligente y creativa afirmación en el post que llamó enormemente mi atención: Que la única diferencia entre los perros de raza y los que no lo son, es algo así como que los primeros tienen ropa más cara.

Me temo que en mi condición de amante de los perros y ex socio del Kennel Club del Perú, me veo en la obligación de hacer una precisión al respecto, y no para Mari cuya nota es linda y la recomiendo, si no para todos aquellos que están el proceso de adoptar un cachorro y están sopesando la decisión; o que ya lo hicieron y necesitan ciertas guías para seguir adelante con el proceso.

Las razas, en este caso de los perros, tienen una razón de ser, razón que va mucho más allá de la apariencia del can. La existencia de razas especiales y con características determinadas se debe a su predictibilidad. En un inicio, hace miles de años los perros se criaban de tal manera que ciertas razas sean utilitarias, así el antiguo y ancestral Mastín Napolitano era un perro de guerra, capaz de atacar a un fornido soldado en combate con sus entre noventa y ciento diez kilos de peso; también servía para la caza de leones para el circo romano, ya que con su piel gruesa y arrugada y su increíble tolerancia al dolor, podía resistir las mordeduras y zarpazos del león. Si decide tener uno en casa, tome en cuenta que difícilmente podrá corregirlo con un tirón de la correa o un collar de ahorque, para el Mastín esas son molestias que a lo mucho podrían exasperarlo, pero nunca causarle dolor correctivo.

El Labrador (que tiene recién unos quinientos años) fue diseñado para ser un excelente nadador usando su gruesa cola como timón, y su doble capa de pelos que le permite no padecer de hipotermia cuando se mete al agua casi congelada de los lagos para recuperar los patos cazados por el amo. Sus dientes redondeados o romos evitan que dañe la pieza de caza cuando es recogida. El Labrador es un perro de trabajo perfecto y sumamente inteligente, si usted decide tener uno asegúrese de tener espacio para que descargue su enorme energía o tener tiempo para sacarlo por lo menos dos veces al día, en paseos de una hora de duración cada uno.

De igual manera perros de pelo duro (como los Schnauzers por ejemplo) tienen esta característica que evita que las plantas con púas o espinas los dañen cuando cruzan los prados acompañando a su amos en cacería, los Terriers pequeños fueron diseñados para meterse en las madrigueras de los hurones u otros animales similares, en algunas zonas se aprovechaba esta característica para cazar ratas y conejos que dañaban los sembríos. Así como estos hay muchos ejemplos, luego se puede entender que las características físicas y comportamiento de estos canes, está definida por su código genético, de tal manera que la única forma de garantizar que este código y conducta se transmita a la siguiente generación es mediante la unión con otro ejemplar de la misma raza y que los vástagos tengan para empezar las mismas características exteriores de los padres, luego viene un complejo proceso para determinar el carácter. Un perro de buena línea (lo que llamamos pedigrí) cuya pureza en cuanto a los ancestros está garantizada, asegura también que la mascota tendrá un determinado carácter que se ajusta a nuestro espacio, tiempo y necesidades.

Hoy en día gente snob, se compra perros de raza solo por la apariencia y su fama ("perros de reyes" los llaman a algunos) sin conocer sus características físicas y necesidades y mucho menos su conducta o personalidad.

Las ventajas de tener un perro de raza son:

Es predecible, se puede comprar un cachorro sabiendo cómo será su carácter en el futuro. Por ejemplo si se tienen niños pequeños en casa y no hay problemas de seguridad, usted puede comprar un Labrador o un Golden Retriever, con la certeza de que nunca atacará a los niños y siendo uno de las cinco razas más inteligentes aprenderá cualquier truco rápidamente, pero hay que tener espacio como ya se dijo y se debe tener tiempo también para cepillar el grueso pelaje. Es inhumano meter a un Labrador a un departamento y además no sacarlo a pasear. No se olvide que el Labrador no se inmutará si un ladrón entra a casa, probablemente además le haga caravanas al pillo. Si se es flojo y se requiere un perro pero usted no tiene la menor intención de sacarlo a pasear, sería recomendable un Bulldog Inglés, él te agradecerá que no lo saques, en día de paseo y a la media cuadra de camino estará agitado, con la lengua afuera y ya querrá regresar a casa; curiosamente es un buen guardián afable y cariñoso con la familia. Ojo tiene serios problemas con la reproducción, normalmente se hace mediante inseminación y la hembra pare solo un cachorro, máximo dos. Si usted no es muy cariñoso con los perros pero igual quiere uno, pero no desea que le esté pidiendo apapachos, procure un Chow Chow que son generalmente apáticos. Si no quiere gastar en cerco eléctrico y alarmas (o quiere combinarlas con un perro de guarda) consígase un Rottwailer o un Doberman, tome las previsiones con los niños en casa y los visitantes. Y así hay un perro para cada persona y cada familia (lástima que casi nadie piense en ello cuando hace la selección, como buenos estúpidos los escogemos casi siempre sólo por su apariencia).

Las ventajas de un perro mestizo son:

Es más fuerte, al no tener una genética manipulada, resiste mejor las enfermedades e infecciones, es menos susceptible de tener enfermedades hereditarias que son recurrentes en los perros llamados de raza.

Las desventajas:

Los de raza son enfermizos en algunos casos, dado que han sido apartados de su entorno natural y mimados excesivamente, han perdido inmunidad al medio ambiente; es el caso del Yorkshire Terrier, que en muchos casos muere por un simple resfrío producido por una leve corriente de aire o un poco de lluvia. Algunas razas requieren de asistencia artificial para reproducirse.

En los mestizos la principal desventaja es que son impredecibles, como le puede tocar el perro más lindo del mundo, también puede ser uno medio loco que muerde las cosas y desconoce al dueño. En todos los casos los dos primeros meses de vida del cachorro casi siempre determinan su personalidad a lo largo de su existencia. Tampoco se puede predecir el tamaño del todo, a veces alguien adopta un perrito de la calle y resulta que a los seis meses es un problema de cuarenta kilos, y la persona de buen corazón vive en un departamento.

Un punto importante: Tener una mascota cuesta, sin importar si es de raza o no, exige un presupuesto si se desea darle comodidad. Si usted sólo quiere que le cuiden la casa, cómprese una cámara e instale un cerco eléctrico. Las mascotas necesitan cariño y cuidado, si no está dispuesto a darlos, mejor no asumir la responsabilidad de tener una.

Bueno, como se puede apreciar las razas tienen una razón de ser. Siempre insisto en algo: (por experiencia propia) si se adopta un perro de la calle y no ha sufrido traumas severos, se tendrá un compañero fiel de por vida, de alguna manera el perro sabe que ha sido salvado y quién lo ha salvado y por tanto es capaz de dar su vida por quien lo rescató. A mí me ha pasado.

Si usted conoce a alguien que se va a comprar un cachorro, primero sugiérale que adopte, pero si no cambia de opinión, que primero se informe acerca de las características del perro (en internet hay miles de páginas al respecto) lo que le permitirá criarlo bien, y evitar sobre todo que sufra. Evitemos en lo posible tener perros de raza sólo por su apariencia.