sábado, 26 de mayo de 2012

ALAS DE CELOFAN (Cuento)


Cuando Don Germán sostuvo al cerdo entre sus manos antes de que saliera de su alcance, todavía no podía creer que algo así pudiera pasar. Con cuidado lo colocó otra vez en el suelo terroso y el animal con naturalidad empezó a volar con sus dos pequeñas alitas de celofán. Don Germán lo tomó nuevamente y corrió hacia la casa, llevándolo con cuidado, presionándolo con ambas manos en los costados para que no se le escape. Al llegar al portón del desván donde guardaba las herramientas, buscó con la mirada, vio un viejo collar de perro con la hebilla oxidada, con el cuero deformado por el paso del tiempo, el sol y la humedad; lo tomó rápidamente y rodeó el pescuezo del marrano. Luego cogió una soga y ató un extremo al collar y otro a un horcón de la casa. El animalito intentó volar de nuevo hasta que la soga quedó tirante y no tuvo otra alternativa que descender suavemente y se recostó sobre el gastado piso de madera.

Don Germán seguía de pie, sorprendido, sin dejar de mirar al animal, estiró la mano hasta tocar el espaldar de una silla en la que solía tomar el sol por las tardes, la arrastró hasta tenerla cerca y se sentó. Se quitó el sombrero de paja, estaba sudando, se limpió las gotas del rostro con la manga de la camisa. Apoyó los codos sobre sus rodillas y se tomó con calma los cabellos de las sienes, luego de la nuca, se pasó con fruición las manos por la cara sin afeitar. Volvió a mirar al cerdo, este resoplaba con calma, con los ojos cerrados. “¿Qué hago ahora?” pensó Don Germán, “¡un cerdo que vuela carajo! ¡Voy a ser el hazme reír del pueblo!” Se levantó y trajo un cuchillo de destazar, lo sacrificaría en el acto y lo enterraría detrás del corral. ¿Cómo haría con las alas? Sería mejor cortar las alas y enterrarlas en otro lugar por si acaso, dejar que se sequen al sol o se las lleven las alimañas. ¿O sería mejor quemarlas? Pero, si las quemaba, nadie le iba a creer después que alguna vez tuvo un cerdo que volaba. Si se lo contaba a sus hijos lo iban a tomar por loco. ¿Qué hacer? ¿Y si lo escondía en el desván? Podría alimentarlo allí y mantenerlo amarrado hasta que ellos vengan y lo vean con sus propios ojos. Luego podría al fin matarlo. ¿Se podría comer la carne? Le daba miedo, se imaginó por un segundo comiendo la carne del animal y luego una sensación extraña en sus espaldas, como si le crecieran un par de protuberancias. Sacudió la cabeza y trató de despejarse un poco. Se volvió a sentar en la silla y dejó el cuchillo a un lado. Pensó. Después de todo no era tan malo, podía buscar a alguien que compre el cerdo. Pagarían bien por él, pero tendría que ver la forma de que nadie más se entere. Si el padre Santiago se enteraba de que en su chacra había nacido un cerdo con alas, le prohibiría el ingreso a la iglesia. ¿Cómo encontrar un comprador? ¿Para qué alguien querría comprar un cerdo con alas? Tal vez un circo. No era tiempo de circos, faltaban meses para julio. Se puso de pie y fue a buscar un cigarro dentro de la casa.

Una vez que encendió el cigarro caminó a la puerta de entrada, se apoyó en el quicio y fumó con los brazos cruzados. ¿Qué hacer? Fumaba y se mordía la uña del dedo meñique, escupió un pedazo milimétrico de uña. ¿Y si le cortaba las alas con cuidado? Tal vez las heridas cicatrizarían pronto y podría guardar las alas como recuerdo, o quemarlas como había pensado al principio. Después de todo el pobre animal no tenía la culpa de haber nacido así. Tendría que evitar que se aparee, si tenía crías existía la posibilidad de que nacieran con alas también. Bueno, ¿y si más bien se dedicaba a reproducirlo? ¡Podría dedicarse al negocio de reproducir cerditos con alas! Serían un regalo perfecto para la navidad. Los vendería con su correa y su soguilla, para que no se escapen. Los niños andarían por la calle llevando su cerdito volando a veces, caminando cuando se cansen de volar, pero siempre con sus alitas de celofán sobre la espalda. Se podría hacer rico, tal vez podría comprar un órgano para la iglesia para que el padre Santiago no le prohíba la entrada.

Se acercó con cuidado y miró las alas, efectivamente parecían nacer por debajo de la piel, cerca al espinazo. En sus sesenta y ocho años había visto corderos de dos cabezas, terneros de cinco patas o de dos colas, pero jamás un cerdo con alas, y menos aún que se viera tan saludable y pudiera volar con facilidad. Trató de hacer memoria, ayer ninguno de los cerditos había tenido alas, a este le habían salido durante la noche. Se estremeció. ¿Y si en los próximos días les empezaban a salir alas también a los otros cerdos de la camada? Perdería toda una camada, tendría que matarlos a todos. ¿Cómo explicar una camada de cerdos voladores? ¿Sería una maldición? Tal vez alguno de los vecinos la había hecho algún conjuro con la bruja del pueblo, algún daño. Encendió otro cigarro y se sentó en la silla. ¿Cómo saber? Mejor matar a toda la camada de una vez. ¿Y la idea de venderlos? Le costaba trabajo procesar la idea, ¿Dónde los vendería? ¿Cómo? ¿A cuánto? ¿Y si la gente en lugar de comprarlos se asustaba? ¿Qué haría con el Ministerio de Agricultura? Seguramente lo iban a multar los de sanidad. ¿Por qué había tenido tan mala suerte? ¡Un cerdo que vuela justo en su chacra!

Don Germán se rindió, entró a la casa y tomó unas monedas, se cambió los viejos zapatos por unos un poco más decentes y se fue a la carretera a llamar por teléfono. Mientras caminaba por la trocha polvorienta seguía pensando en qué hacer con el pobre animal. Seguramente sus hijos tendrían alguna mejor idea, por lo menos tendría algo nuevo que contarles.  Llegó al teléfono público, no estaba lejos, a unos setecientos metros de su casa. Insertó las monedas y llamó. No mencionó al cerdo, pero le pidió a Mario, su hijo mayor, que viniera con urgencia. Le dijo que no se preocupe, no era nada urgente ni grave, solo quería conversar algunos asuntos de la chacra. Como siempre Mario le recriminó con ternura el hecho de que insista en seguir viviendo solo tan lejos; Don Germán bromeó un poco y se despidió, no quería vender la chacra ni que nadie más la cuide. No quería pasar sus últimos años en la ciudad.

Cuando estaba a escasos veinte metros de la casa, vio al cerdito caminando cerca de una higuera al lado de los gallineros, “¡carajo, se ha soltado!” exclamó, y empezó a correr al mismo tiempo que se arrepentía de no haberlo encerrado en el desván como pensó en un principio, pudo ver que todavía tenía el collar de cuero al cuello, pero no veía la soga, el pequeño animal al verlo venir se asustó y emprendió el vuelo, Don Germán corría tropezándose con las piedras, enredándose con sus propios pies y con su desesperación. Cuando llegó a la higuera el puerco se había elevado a varios metros de altura alejándose al tiempo que agitaba sus alitas de celofán.

Don Germán corrió a la casa, al pie del horcón estaba atada la soga, al otro extremo la argolla de metal se había quebrado de tan oxidada que estaba. Se sentó en la silla, se tomó la cabeza con las manos y se preguntó ¿Qué pasaría con el pobre cerdito? ¿Quién lo encontraría? ¿Cómo podría probar que era suyo si algún conocido lo encontraba? Pidió a Dios que lo encuentre alguien que lo cuide y lo trate bien, alguien que le dé de comer y no deje que se enferme, mientras se amasaba los cabellos de las sienes con ambas manos y enormes lágrimas rodaban por sus arrugadas mejillas.

sábado, 5 de mayo de 2012

OCHO SEGUNDOS (Cuento)


“Ocho segundos” piensa Zé, mientras, sentado sobre el madero que separa la caja uno del área de vaqueros, se coloca el pesado chaleco de protección.  Ajusta las correas y mira hacia el público, en unos minutos más serán solo siluetas en movimiento, colores difusos. Revisa y asegura las hebillas de las correas de las chaparreras, se pone los guantes de cuero. En ese momento el toro, un cebú de novecientos kilos ingresa a la caja, los ayudantes pasan las cuerdas por el pecho del animal, por la grupa, hacen los nudos, los ajustan, “solo ocho segundos” se repite Zé, cierra los ojos y visualiza el toro sobre la arena, meneándose con furia y él sosteniéndose con una sola mano aferrada a la soga sobre el lomo de la bestia, el otro brazo sobre la cabeza hasta el final, hasta contar ocho segundos.

Varios minutos antes han ingresado todos los vaqueros a la pista, se han quitado el sombrero y se han encomendado a la Virgen de la Aparecida, han saludado al público pateando la tierra con la bota derecha, como es la costumbre. Zé ha recibido con cariño y respeto los aplausos, pero ahora está a punto de montar, ya está casi listo, el Juez hace una señal y el anunciador grita su nombre al micrófono: “Y ahora José María Reis, de la hacienda San Sebastián, montando a Destructor de los establos  de don Sebastián Da Silva”. El fino animal, un guzerá imponente, efectivamente es de propiedad del patrón don Sebastián, dueño también de la hacienda donde ha trabajado desde niño, sin embargo eso no importa ahora, se calza bien el sombrero y se monta sobre el toro, a pelo, como dicen las reglas.  Los ayudantes estaquean al cebú para permitir que Zé se acomode y se prepare, el animal inmovilizado en la caja apenas un poco más grande que él se incomoda y bufa, Zé sabe que mientras más se demore en ubicarse más bravo se pondrá  el toro y se apura, levanta la mano izquierda sobre la cabeza y asiente con firmeza, el Juez da la orden y el mozo que está en el ruedo abre la puerta del  cajón. Destructor sale a toda velocidad de su encierro y Zé aprieta los dientes “ocho segundos.”

Uno, se siente volar por lo aires, se ve de siete años montando los bueyes junto a don José, su papá, que era también peón de don Sebastián, el olor de bosta, el aroma de la cálida leche recién ordeñada.

Dos, su espina dorsal parece partirse en dos por la sacudida, tiene diez años, va a la escuela del pueblo, demasiado grande para su edad, sus compañeros juegan con muñecos y carritos en las tardes mientras el laza becerros y alimenta a las vacas.

Tres, el tirón en su brazo parece desgarrarle el músculo, abandona la escuela a los quince, no hay nada útil en ella, ya sabe sumar, restar, leer y escribir, para él eso es suficiente, ya es un hombre y la muerte de su padre lo obliga a tener que trabajar para mantener a mamá.

Cuatro, hunde las espuelas en las carnes del animal, más para sostenerse que para castigarlo, recuerda el día que la hija del patrón regresó de la ciudad para el rodeo, cuatro años atrás, él tenía dieciocho,  ella dieciséis, fue la primera vez que montó un toro y solo le importaba si ella lo había visto hacerlo.

Cinco, suspendido en el aire por un micro segundo, cae pesadamente sobre la espina dorsal de la bestia, la adrenalina no le permite sentir el dolor ahora, pero sabe que mañana caminará con dificultad, visualiza un nombre grabado en la corteza de un árbol: Leticia.

Seis, el sombrero sale despedido, recuerda el primer beso, tierno, limpio, pueril, allá… detrás de los abrevaderos.

Siete, aprieta con fuerza la soga y la presión le quema la piel de la palma de la mano, recuerda a don Sebastián advirtiéndole que no se acerque a su hija y el dolor que sintió de ser tan solo un peón.

Ocho,  el toro lanza las patas hacia atrás y él sale despedido, cae sobre la arena, de pie, firme, los mozos ahuyentan al animal, mira alrededor buscando al Juez y lo halla, con el cronómetro en una mano y la otra levantada, en puño, con el dedo pulgar hacia arriba. Zé salta de alegría y sus compañeros a tropel ingresan al ruedo, lo alzan en peso, lo vitorean y llevan en hombros, ha ganado los quinientos soles de premio, mira a la tribuna, don Sebastián lo mira complacido, a su lado radiante, sonríe bellísima Leticia.

* * *

Al día siguiente, a las cuatro de la madrugada, mientras todos duermen la resaca, Zé sobre un galopante caballo cruza los linderos de la hacienda de San Sebastián, en las alforjas lleva comida, agua y los quinientos soles ganados; en la grupa a la bella Leticia, vestida de amazona, enamorada, quien lo abraza desde atrás con todas sus fuerzas y apoya la cabeza sobre sus macizas espaldas, cierra los ojos y comprende que este viaje con él, rumbo a lo desconocido, ya no tiene vuelta atrás. 

jueves, 19 de abril de 2012

GRIS (Cuento)

Son las cuatro de la tarde, camino por el viejo barrio de casas coloniales donde habíamos jugado de niños, los geranios colgando de los maceteros sujetos a la pared mediante soportes de hierro forjado despiertan en mí una nostalgia lánguida y antigua. Reconozco la casa de Jano, la puerta de madera se ve astillada y los goznes lucen oxidados. Me detengo y respiro profundamente, toco el viejo timbre de botón y espero. Pasan cerca de tres minutos y nadie atiende, intento de nuevo y espero otra vez, nada, luego tomo una moneda y golpeo la puerta con fuerza, contengo la respiración y escucho pasos, se abre la puerta y aparece Nina. Me invita a pasar, camino por el zaguán sucio lleno de botellas y basura que conduce a un breve patio central que comunica a la sala de la vieja casa.

Nina abre la puerta de la sala y mientras tanto yo la espero a la sombra de una palmera que de milagro sobrevive sin agua en el centro del patio. El sol amarillo de la tarde serrana me hace entrecerrar los ojos y Nina me hace una seña para que pase. Entro con cuidado, está oscuro, mis ojos no se acostumbran a la falta de luz, Nina me señala un sillón que a duras penas logro distinguir gracias a la tenue luminiscencia que todavía pasa por la puerta. Me siento. El silencio se torna incómodo. Sin saber todavía de donde viene escucho una voz áspera y cansada.
– Nina me dijo que venias.
– Jano – contesté tratando de adivinar su silueta - ¿Cómo estás?
– Gris, Rolando, gris. ¿Tú sabes qué es estar gris? Ayer estaba azul, pero hoy amanecí gris. El gris no me gusta, el gris no es un color Rolando…, Roland…, Rolo…, es una mezcla de colores, cuando te equivocas en la paleta y todo sale mal, la mezcla es gris. ¿Te das cuenta? Nadie prepara gris con intención en la paleta, el gris es el resultado de la equivocación, es un error. Soy un error Rolo, todos somos un error de Dios.

Se detiene y para ese momento ya he logrado ver su figura, está arropado con una vieja frazada que le cubre las piernas y parte del torso de donde emerge una vieja sudadera con capucha. Tiene la capucha puesta, se ha puesto un cigarrillo en la boca y mira a Nina, ella se acerca y enciende un fósforo. La chispa me permite ver su inconfundible nariz alargada y huesuda. Aspira el humo con placer y me mira:
– Nunca fumes Rolo, es una mierda, el cigarro no sabe a nada. ¿Te dije que me siento gris? No importa Rolo, ayer le contaba a Nina que una vez me sentí verde, pero luego se hizo una baba, ¿has cortado una sábila Rolando? Se ve el corte limpio, brillante, luego se escurre una baba que te embarra las manos. Eso me pasó Rolito. Me hice una baba verde, pegajosa, luego todo se volvió rojo, luego azul… y ahora gris. Y Nina no me deja pintar Rolo, pintar es lo único que sé hacer, y ella no me deja. ¿Dónde están mis pinceles Nina? Dile a Rolando que no me dejas pintar. Eres una mierda Nina. Mira Rolando, no te dejes embaucar por esta pecosa, desde chiquita era un pedacito de mierda, me seguía a todas partes Rolo, nunca me dejaba en paz. ¿Pero para qué te cuento? Si tú estabas allí. ¿Te acuerdas Rolo como nos seguía a todas partes y no nos dejaba en paz? Ahora no me deja pintar Rolito, no me deja y yo me siento aquí gris, pero azulado Rolo, has venido y me has traído un pedacito de azul, ¿ves? ¿Has traído algo para tomar?
– No – le contesto confundido y le miento – no tuve tiempo, pero en un rato salgo a comprar algo.
– Qué bueno Rolo. Tengo ganas de tomar un rosé, el whisky es una mierda, tampoco sabe a nada. No traigas whisky Rolando, es trago de blancos de mierda como esta – me dice mirando a Nina. Nina me mira algo avergonzada.
– No digas eso Jano, Nina es tu hermana, y tú eres tan blanco como ella.
– ¡Ja ja! – ríe sin energía – tú sabes a qué me refiero. Yo vengo de una familia de blancos, pero no soy blanco. Yo tengo el alma negra Rolo, ¿Por qué has venido Rolan? ¿Has traído el vino?

Jano aspira el humo del cigarro y mira al cielo. Casi todo el tiempo se dirige a mi pero sin mirarme. Me preocupa que esté quedándose ciego. Miro alrededor, la sala está llena de sus pinturas, algunas están rasgadas, hay pinceles dispersos en el piso, paletas con pintura seca, los libros amontonados en los libreros y las mesas. Noto que hay ceniceros con colillas prácticamente en cada rincón. Nina no vive aquí, solo viene a traerle comida y cigarros.

– Rolo, escúchame hermano – me dice aun mirando al techo abovedado – ¿dónde están los chicos del barrio? Ya nadie me viene a visitar. Hace unos días vino el flaco Camilo, estuvo conversando horas conmigo y se sentó en el mismo sillón en el que estás ahora Rolo. Dice el flaco que no te ve hace tiempo, hablamos de los grises ¿sabes? El también estaba gris ese día, yo no. Me dijo que no venía antes porque no sabía donde vivo ¿te das cuenta Rolo? ¡Qué pendejo! ¡Si he vivido en esta casa toda la vida! Desde que éramos chicos Rolando, tú vivías a dos casas. Tu viniste al velorio de los viejos, ¿te acuerdas? Ese día no estuve gris. No me jodió que los viejos se mueran, me jodió que se murieran de una manera tan estúpida. La vida es una cojudez Rolito, los viejos me dejaron esta casa. Yo la quería vender, pero esta mierdita de acá no me deja, cree que me voy a tirar la plata. No Rolito, no, es por los recuerdos hermano, los recuerdos me comen en esta casa. Yo creo que hay fantasmas Rolo, a veces veo a los viejos caminando por el patio, por eso ya no salgo de esta sala hermanito. Invítame un cigarro Nina.
Nina le entrega otro cigarro y lo enciende, yo hasta ahora no he dicho nada. En realidad no sé qué decir.
– Los chicos me dijeron que te envían saludos – dije tratando de cambiar de tema – a ver cuándo nos reunimos.
– Los chicos Rolando, los chicos… ¿ya no somos chicos no? ¿Cuántos años han pasado desde que terminamos la escuela?
– Veinticinco – contesto.
– Veinticinco años Rolo. Tú te ves como si tuvieras dicisiete.
– No me mientas – le digo – ya tengo cuarenta y dos.
– No parece Rolo, te ves bien, te veo naranja, con destellos amarillos. Yo me siento gris, no sé si te dije. Todo está gris estos días. ¿Te dije que vino el flaco Camilo? El flaco está igualito, pero no estaba gris, yo creo que si tuviera que decirte un color te diría que el flaco es morado, el flaco iba a la procesión del señor de los milagros en octubre, ¿sabías? Estuvimos hablando de eso el día que vino.
– El flaco murió hace dos años – le dije mirando al suelo al mismo tiempo que se me partía el corazón. Jano se quedó mudo sosteniendo el cigarro en el aire, como si se hubiese paralizado, luego continuó.
– Esos son detalles Rolo, la semana pasada vino el flaco ¡y no jodas! – aspiró el humo del cigarro y me miró a los ojos por primera vez, susurrando – ¿sabías que veo a los viejos caminando por el patio Rolo? Estoy pensando que me estoy volviendo loco hermano.

Miro sus ojos verdes profundos, cristalinos, húmedos, me entristece su mirada perdida. A pesar de que el sol está a punto de ocultarse puedo verlo con claridad. Noto sus manos temblorosas sosteniendo el cigarrillo, los dientes amarillentos y la barba manchada de nicotina.
– No estás loco, a todos nos pasa eso alguna vez. Tus viejos te querían, los tienes presentes, por eso imaginas cosas.
– No Rolo, los veo – me contesta mirando a los lados con una notoria paranoia.
– Jano, escúchame. Quiero pedirte un favor. He hablado con los chicos, queremos organizar una exposición tuya en la universidad, nosotros vamos a organizar todo, pero necesito que me hagas un favor.
– Claro – me contesta con algo de sorna, sin emoción.
– Tienes que ir a un centro de rehabilitación, solo dos meses, en tres haremos la exposición, te necesitamos sobrio.
Jano me mira y me hace una seña para que me acerque, me acerco un poco y él repite la seña para que me acerque más, yo me apoyo en el brazo del sillón donde descansa y me toma de la solapa del traje y me susurra al oído.
– ¿Es idea de esa mierdita no? Desde que murieron los viejos quiere quedarse con la casa Rolo, se quiere deshacer de mí, pero los viejos me dejaron la casa a mí, a mí. No te dejes engañar Rolo, tú eres buena gente, no te dejes engañar, pero escucha, escucha, le vamos a seguir la corriente – se separa de mí casi empujándome y dice con voz exageradamente alta: – ¡Vamos hermano! ¡Hagamos la exposición que tanto quieres, pero si quieres que esta pecosa de mierda me meta el dedo en el culo…!
– ¡Jano! – le grito impaciente.
Jano se ríe estrepitosamente y fuma, yo me siento desolado.
– Tengo que irme Jano – le digo.
– Vete Rolito, vete, mas tarde viene el flaco Camilo a tomarse un vino rosé conmigo. No te preocupes. Dile a los chicos que mi propia hermana no me deja pintar, me esconde los pinceles Rolan, paso todos los días buscando los pinceles, la vida es una mierda ¿sabes? Los chicos no quieren venir a la casa, creo que no saben donde vivo, diles Rolo, diles que vivo aquí, en la misma casa…

Me pongo de pie y le doy una palmada en el hombro mientras sigue hablando, no se da cuenta que me voy de la habitación. Nina me acompaña hasta la puerta.
– ¿Sigue consumiendo? – le pregunto.
– Se las ingenia de alguna manera – me dice Nina desesperada – cada día está peor Rolando, ya no sé qué hacer. Hace meses que no pinta.
– Déjame pensar en algo – le digo sabiendo que no hay remedio para Jano y me despido dándole un beso rápido en la mejilla.

Una vez en la calle, cierro la chaqueta hasta el cuello, hace frio, camino rápido, quiero alejarme, me doy cuenta que empiezo a sentirme gris también.

miércoles, 29 de febrero de 2012

LOS GALLINAZOS SABEN QUE TE VAS A MORIR (Cuento)

Julio salió de la maleza sudoroso, machete en mano se cubrió los ojos, era un día soleado y particularmente caluroso. Con las botas de jebe sentía sus pies hervir pero faltaba poco para llegar a la carretera donde ha dejado la moto cubierta por unas hojas de banano, se quitó el sombrero y se secó el sudor de la frente con el pañuelo que lleva en el bolsillo, se cubre y camina unos pasos, en ese instante siente la punzada aguda algunos centímetros por debajo de la rodilla, levanta instintivamente el machete y ve la cola de una serpiente jergón perdiéndose en la maleza, asesta un golpe pero es tarde, la serpiente ha desaparecido.

Julio levanta la bermuda y descubre que la jergón lo ha mordido un par de centímetros por encima de la bota de jebe, “Qué mala suerte” se dice mientras lava la herida con un poco de agua de la botella que lleva en el morral. Tiene que pensar rápido, su hacienda está a dos kilómetros, la carretera a quinientos metros, la ciudad a tres kilómetros. “Tengo que pensar rápido” repite. Sabe que la pierna empezará a podrirse pronto, tiene poco tiempo. Saca el celular de su bolsillo y lee, como se esperaba: “sin señal”, se da cuenta que si llega hasta la moto no podrá manejar hasta la ciudad, a su derecha hay una pequeña loma, tal vez haya señal ahí, “Piensa rápido” se dice, toma el morral y le quita el tirante, con la hebilla que sirve para graduar el largo improvisa un torniquete y ajusta por encima de su rodilla, no sabe si funcionará pero alguna vez vio a en la televisión que una persona mordida por una serpiente lo hacía; mete el celular en su bolsillo y toma el machete en una mano y la botella con agua en la otra. Camina firme hacia la loma.

Julio ha avanzado cerca de doscientos metros y siente el sudor helado recorrer su frente, tiene la sensación de que se le han erizado los pelos de la coronilla, el frío se extiende a su columna vertebral, la pierna empieza a adormecerse, no sabe bien si es por el torniquete o por el veneno, le cuesta caminar, pero sigue avanzando, se apoya en el machete a guisa de bastón. A pesar el sol ardiente empieza a sentir escalofríos, su frente empapada de sudor al igual que el pecho, donde el polo se le ha pegado a la piel, siente la boca seca, “tengo que llegar rápido” se dice, mientras saca el celular y lo mira, aún no hay señal.

Algunos minutos después y con mucho esfuerzo llega a la loma, siente los oídos a punto de taparse, saca el celular y trata de llamar, no logra conectarse, sin embargo ve que el indicador de señal pinta una raya intermitentemente, “tengo que pensar rápido” se concentra y escribe un mensaje de texto: “Me ha mordido jergón, ayuda, km 52, cerca mi moto” y lo envía a todos los contactos que puede mientras empieza a ver puntos brillantes en el aire y se le apaga la visión lentamente al mismo tiempo que siente un barullo dentro de sus oídos parecido al ruido del mar.

Sin poder ver más la pantalla del celular se desploma en el pasto esperando que los mensajes hayan sido suficientes, abre los ojos tratando de mirar a su alrededor, siente que le falta el aire. Se recuesta y se le ocurre que si lo hace la sangre llegará más rápido a su cuerpo, se incorpora unos centímetros, a ciegas casi busca la botella de agua y toma un poco, su visión mejora, busca el celular, lee dificultosamente que otra vez está sin señal, si pudiera pararse, levantar el celular un poco más, mira su pierna, alrededor de la herida sus venas, vasos y capilares son una maraña de hilos rojos, verdes y azules, la herida está poniéndose negra, “la pierna se está pudriendo” piensa.

Espera, no recuerda que hora era cuando lo mordió la serpiente, y aunque lo recordara, sus ojos ya no distinguen las letras en la pantalla del celular, el tiempo parece infinito, espera que en el lugar desde donde está lo puedan ver desde la carretera, el peso de su cuerpo lo empuja hacia el suelo, trata de resistirse, se apoya de costado en la hierba, no resiste más y cae boca arriba, “Qué mala suerte” piensa, “justo encima de la bota”, recordó que ayer se puso unos pantalones largos, que por el calor había decidido ponerse bermudas hoy, el sol le quema los párpados, le duele la cabeza como si le hubiesen pegado con un tronco, casi no siente la pierna, abre los ojos y ve un gallinazo casi frente a él, reúne un poco de fuerzas y lo espanta. El gallinazo sabe que está débil, se aleja pero no mucho. Julio busca el machete a su alrededor, lo encuentra, trata de asustar al ave, esta no se inmuta, a lo mucho retrocede tres o cuatro pasos con su salto característico, se acomoda las alas como si tuviese las manos cruzadas sobre la espalda esperando pacientemente la llegada de la muerte.

Julio se siente agobiado, el calor soporífero, el dolor en las sienes, siente sueño, trata de no rendirse, se incorpora un poco y ve la silueta de cinco gallinazos, “los gallinazos saben que te vas morir” se dice, “solo están esperando que cierres los ojos para empezar a picarte”. Sacudió el machete y se sintió agotado, trató de mirar su pierna y ya no podía incorporarse más, hizo un último esfuerzo por mantener los ojos abiertos, miró al cielo y vio a cinco o seis gallinazos volando alrededor de él, “que mala suerte” se dijo e hizo un último movimiento, les lanzó a los gallinazos la botella de agua vacía, estos hicieron paso para el envase pero no se fueron, Julio quiso empuñar el machete dispuesto a acabar con el primero que se le acerque pero sus dedos ya no le respondieron, apoyó la cabeza en el pasto salvaje, miró el cielo, azul, limpio, su visión empezó a teñirse de gris, el barullo de sus oídos le hizo otra vez recordar el mar, cuánto le gustaba el mar, sintió que un gallinazo le jaloneaba la tela de la bermuda, ya no le importó, todo era negro a pesar de que no había cerrado los ojos, sintió frío y paz, suspiró y cerró los ojos.

* * *

Al día siguiente Julio abrió los ojos y lo primero que vio fue a su hermano Sebastián, de pie al lado de la camilla del hospital, este le sonrió.
– ¿Recibiste mi mensaje? – preguntó Julio.
– Sí, y fui volando, encontré la moto pero no sabía dónde estabas. Te encontré gracias a los gallinazos.
– Los gallinazos – repitió sonriente Julio – los gallinazos.

PUROS CLANDESTINOS

José Manuel nos lleva a la fábrica de ron más antigua de Cuba, curiosos preguntamos el precio de los habanos que vemos en un mostrador, el tendero nos dice que cada uno cuesta aproximadamente cinco dólares. José Manuel nos susurra que más tarde nos llevará a un lugar donde podemos comprar habanos de buena calidad a buen precio.

Más tarde en el taxi José Manuel, mientras conduce, nos cuenta que un negocio habitual en La Habana y al parecer en toda Cuba es tratar de venderle puros en la calle a los turistas despistados, negocio que usualmente termina en estafa cuando el turista abre el paquete y descubre que la mercadería son puros de mala calidad, si tuvo suerte, o si no, una caja llena de basura en el peor de los casos (José Manuel al igual que otros cubanos que nos advierten del asunto, nunca usan la palabra “estafa”, prefieren decir cualquier otra cosa, como “problemas” o “cosas que no son”).

Minutos después entramos a una callejuela estrecha, a la izquierda una mujer conversa con un hombre mayor en la puerta de la casa. José Manuel se estaciona frente a ellos y los saluda con naturalidad, ellos corresponden y rápidamente desaparecen de la escena, por arte de magia aparece un sujeto cuyo nombre no importa, es de baja estatura, viste una camiseta verde que tiene el logotipo de la marca “Polo” y que lleva estampada una corbata azul con líneas amarillas y rojas en el pecho; en la cabeza lleva un gorro caqui militar que a todas luces es de marca, tiene – no podía ser de otra forma – un habano encendido en la boca e irradia una simpatía a prueba de balas.

Viene acompañado de otro sujeto, que discretamente casi no interviene, nos invitan a pasar a la casa, un zaguán y una pequeña sala a la izquierda, pasamos a la sala. No sentamos, el tipo nos pregunta en qué nos puede servir – como desentendiéndose del asunto – y nosotros algo sorprendidos pero seguros, preguntamos por los habanos, sonríe, da una chupada a su puro llenando de humo el ambiente y sube las escaleras, regresa luego de unos minutos con cajas con todas la variedades posibles de puros cubanos, en todas la presentaciones. Hablamos de precios y notamos que efectivamente está muy por debajo de los precios de las tiendas destinadas para turistas. Compramos unas cajas y nos quedamos con las ganas de llevarnos todo. Claudio le pregunta si acepta sacarse una foto con nosotros y contra lo que esperábamos acepta gustoso.

Más tarde José Manuel nos explica que nuestro clandestino proveedor trabaja en la tabacalera nacional, motivo por el cual tiene acceso a esa mercadería. En ese momento me surgen cien preguntas pero prefiero no saber, precisamente ahora que escribo esta nota, también cambio de decisión , pensaba acompañar la nota con una de las fotos que nos tomamos con este personaje, pero desisto, no quiero meter en problemas a este simpático cubano. Sin duda alguna es una de las estampas que me traje de Cuba, un tipo carismático y alegre, y unos habanos de muy buena calidad que todavía no me termino de fumar.

EL MISTERIO DE LAS SANDALIAS PERDIDAS

Cuando llegué a la casa de mi suegra, mi mochila tenía prácticamente dos prendas y un neceser, una vez allí recogí varios polos y unas bermudas que habíamos lavado en ese lugar y habían quedado secando. También allí estaban mis sandalias de cuero, unas que compré en Arequipa hace años, de esas que parecen de padre franciscano y que siempre me gustaron por ser cómodas, de fino material y excelente acabado; además tenían la particularidad de cubrir el pie lo suficiente para no ser víctima de los mosquitos sin dejar de ser por ello frescas. Las metí en una bolsa de plástico (porque aún estaban húmedas) y las puse también en la mochila.

Minutos después, en la prisa, saqué todo de la mochila (que no era mucho) y organicé las cosas para que no se arruguen los polos. Cerré y me fui rumbo a Puerto Maldonado.

En Puerto Maldonado me fui directo al aeropuerto, una vez allí entregué la mochila para bodega y esperamos como dos horas porque el vuelo estaba retrasado. Esa noche en Lima fui a comprar más ropa y reorganicé nuevamente la mochila en casa de mi primo Claudio.

Luego de ello nos fuimos al aeropuerto otra vez. Esta vez sí, pedí un precinto para la mochila y viajamos hasta Cuba. En La Habana, no usé las sandalias pero si saqué casi todo de la mochila para que no se arrugue.

Al día siguiente en Varadero… ¡¡no estaban mis queridas sandalias!! ¿Las olvidé en el hotel de La Habana? ¿En la casa de Claudio en Lima? ¿En la casa de mi suegra en Brasil? No había forma de comunicarme con los dos últimos lugares y respecto al hotel de La Habana, si las olvidé ya eran cosa perdida. Me resigné. Felizmente había comprado en Lima unas sandalias de baño y usé esas en la playa.

Regresando a Lima le encargué a Claudio que por favor buscara en su casa, era un posibilidad a considerar que al momento de ordenar el equipaje, las sandalias se hubiesen quedado bajo la mesa o bajo el sofá. Claudio me confirmó que no había nada.

Estando en Iñapari, me fui al día siguiente a Assis Brasil, y busqué en la casa de mi suegra. Tampoco había nada, pero esa era una opción poco probable porque habían pocas cosas en la mochila, entonces solo quedaba el Hotel Habana Libre.

Otra alternativa era que “alguien” se las hubiese llevado del hotel en La Habana. La cuestión era ¿había olvidado las sandalias o había sido víctima de robo? El olvido era poco probable, porque durante la noche se me cayeron algunas cosas al piso de la mesa de noche y me levanté a buscarlas, la cama no tenía patas, era de las que van directamente sobre el piso mediante una estructura similar al propio colchón, así que solo quedaba la alternativa del robo.

Era un mal recuerdo de todo lo maravilloso de lo que había sido el viaje a Cuba, hasta que hace pocos días revisando las fotos del viaje, me quedé observando una que le había tomado al cuarto del hotel precisamente después de haber sacado mis cosas de la mochila, y no estaba la bolsa con las sandalias en ningún lugar, lo que significaba que estas nunca llegaron a Cuba. Repasé mentalmente el viaje completo y solo pudieron haber sido robadas en un lugar: Mientras esperábamos en vuelo retrasado en Puerto Maldonado. Recordé que las sandalias estaban arriba, cerca del cierre de la mochila, fácil de sacar, finalmente resuelto el misterio y limpio el grato recuerdo del viaje a Cuba.

ENFOQUE

Una nota acerca de febrero podría ser escrita desde un cómodo asiento en victimilandia, quejándome de todo y contando minuto a minuto el desastre sucedido en mi ciudad entre el quince y el dieciocho y con las secuelas que todavía duran.

Pero no, como dice Anthony Robbins, no hay respuestas malas si no preguntas mal hechas. El año pasado si se fijaron no hice nota acerca de la inundación de abril, porque no se debe perder el enfoque en cosas negativas.

Si se tuviera que hacer un recuento de febrero, se podría hacer así, del 2 al 15 un viaje maravilloso con mi familia por Lima, Arequipa y Mollendo, con buenos amigos por todos lados y visitando a mis padres, hermanos y sobrinos, todos ellos pródigos en cariño y atenciones. Del 15 al 21, días de trabajo duro y emociones intensas, una sacudida de esas que hay que agradecerle al universo, porque te sacan de la zona de comodidad y miden tu capacidad de respuesta y la potencia que tiene uno para recomponerse frente a la adversidad. Del 22 al 26 un viaje programado con anterioridad al que pude haberme resignado a perder si me hubiese quedado en mi balcón de victimilandia, pero que afortunadamente con el apoyo y cariño de mi familia y amigos pude realizar y cumplir otro sueño; luego al retorno y ni bien bajado del avión a trabajar de nuevo para poner la casa habitable y entre ayer y hoy los últimos toques para regresar a la vida normal.

Las conclusiones que se pueden sacar de febrero son: fortalecí los vínculos con mi familia, los eventos difíciles me hicieron ver en mi compañera una faceta que no había percibido antes, es una mujer fuerte y valiente y la admiro hoy más que antes. Fortalecí todavía más la relación con mi hija, he visto satisfecho como ha abierto sus horizontes con el viaje. Pude manejarme bien fuera de mi zona de comodidad y asumí con fortaleza los retos impuestos por la naturaleza. Vi personas valiosas que no habían perdido nada trabajar todo el día para ayudar a sus semejantes, también vi a otros que se sentaron solo a comentar. Hice todo lo posible para dar esperanzas a cuanta persona me encontré en el camino en esos días difíciles. Fuera del país, conocí otras personas, costumbres diferentes con la compañía de mi querido amigo y sabio guía y maestro Claudio Morgan. Contrariamente a lo que muchos pudieran creer, crecí mucho en febrero, la sacudida me hizo regresar al concepto básico de que las cosas son solo eso, cosas, y que lo que importa son la familia y los amigos.

Siempre he sido una persona de decisiones rápidas y soluciones realistas. Hay personas que se sientan al borde del rio a ver como el agua pasa. Vivo una lucha constante para no ser así. Tal vez me había quedado en el borde del rio viendo pasar el agua, el universo vino a despertarme. En mi caso sigo aprendiendo y practicando, enfoque, problema y respuesta.

De todas formas gracias a todos los que se preocuparon por mí, a los que pude contestar, a los que no pude porque iba contra reloj, a los que me apoyaron y ayudaron, a los que me dieron un espacio en sus casas, a los que me comprendieron, a los que todavía se quedan con la boca abierta cuando les cuento todas las cosas que hice y me pasaron en febrero y no les queda claro como se puede pasar tan rápido del problema a la diversión, a los que sin cuestionarme me quieren. Gracias a todos sin excepción.