jueves, 30 de mayo de 2013

ANUBIS (Cuento)

El gato miró lánguidamente por la ventana a la espera de que el sol llegue y empiece su diaria labor de entibiarlo, mientras tanto yo buscaba, entre las sábanas revueltas y el cobertor, el control remoto de la televisión para ver las noticias. Encendí el aparato y escondí mis pies helados debajo de una manta. Yo también, al igual que Anubis, esperaba la llegada del sol para que nos caliente a ambos.

Anubis tenía la manía de dormir sobre mi cuello, parecía una chalina atigrada, en las noches se acostaba sobre mi vientre, ambos veíamos la televisión – o por lo menos eso me gustaba pensar para justificar mis conversaciones con él –  de rato en rato se levantaba y clavaba sus uñas en mi pijama y a veces en mi piel para hacerse de un lugar mullido para descansar y dormía dando la espalda a las noticias de las diez. Inevitablemente en alguna hora de la madrugada pasaba a mi cuello y se quedaba allí hasta el amanecer. Apenas aclaraba se estiraba sin mayores remordimientos, se lamía las patitas, se lavaba la cara y la pelambre del vientre y escapaba a la ventana como hoy. Casi nunca usaba la cama de gatos que compré para él y yacía casi abandonada en una esquina del departamento.

Como a las diez me duché, era sábado y Eliana vendría a visitarme. Arreglé la cama y limpié un poco el departamento. Como siempre Anubis no estorbaba. A las once cuando el sol había abandonado la ventana se subía a uno de los reposteros de la cocina y se quedaba allí silencioso sin molestar hasta la hora del almuerzo. Eli era una muchacha que había conocido recientemente en la oficina, habíamos salido un par de veces y nos llevábamos bien, había decidido invitarla a mi departamento y ver si podíamos dar el siguiente paso en la relación. Preparé unos bocadillos ante la supervisión silenciosa de mi felino amigo y puse un par de cervezas en la heladera. Casi a las doce timbró mi celular, era Eli para avisar que ya estaba cerca.

Luego de algunos minutos conversábamos entre sonrisas en el sofá de la sala, comimos algo y tomamos las cervezas, hablamos de todo y la empatía se podía sentir en el ambiente, Eli sonreía con sus enormes ojos verdes y yo me acercaba cada vez más hacia ella, de pronto nos estábamos besando. Ya no eran los besos tiernos y delicados de nuestra última salida, eran besos apasionados y empezamos a buscar nuestra piel por debajo de nuestras ropas. Entonces ella me detuvo, me miró directo a los ojos y me dijo:
– Aquí no Daniel – y yo me quedé perplejo, iba a contestar algo para justificarme o pedir disculpas, pero ella se adelantó y concluyó la frase – ¿podemos ir a tu cama?
–  Claro que sí – le contesté con una mezcla de alivio y ternura y con la respiración aun fatigada, la tomé de la mano y la conduje con cariño hacia la habitación.

Una vez en el lecho, retomamos las cosas donde nos habíamos quedado, nos despojamos de las ropas, nos besábamos al punto de perder el aliento, hicimos el amor por momentos despacio, por momentos con la intensidad propia de la primera vez, cambiando de posiciones, experimentando, el edredón y nuestras ropas estaban ya en el suelo,  nosotros continuábamos incansables cuando de pronto ella al cambiar de posición se detuvo, se puso de rodillas sobre la cama y le vi los ojos llorosos. Lo primero que pensé es que me había tocado una loca con complejo de culpa y que este había aflorado en la mitad del acto sexual, mi primera estrategia fue la de tratar de ser condescendiente.
– ¿Estás bien? – le pregunté con suavidad. Ella se frotó los ojos, se tomó la garganta y la expresión le cambió.
– ¿Tienes gato?
– Eh… sí.
– ¡Por dios! – dijo ella mientras se levantaba confundida.
– ¿Qué pasó?
– ¡Soy alérgica a los gatos!

Yo nunca había visto a una persona entrar en crisis de alergia en mi vida hasta ese momento, pero el espectáculo fue terrible, mientras nos poníamos las ropas a toda velocidad, a ella se le hinchaban los ojos tanto que parecía que iban a salir de sus cuencas, su rostro se infló y le faltaba la respiración. No sabía qué hacer. Ella no hablaba nada y solo buscaba sus zapatos y su cartera, trató de decirme algo pero al parecer su garganta se estaba inflamando tanto que no lo logró, la saqué del departamento rápidamente, bajamos las gradas y tomamos el primer taxi que pasó rumbo a emergencias en el hospital más cercano.

***

Luego de una larga hora en la espera de emergencias, el médico me dijo que Eli estaba fuera de peligro, habían encontrado un fino pelo de gato en uno de sus ojos, eso aceleró el shock, pero de todas maneras se habría producido luego por los restos de pelos y saliva que Anubis había dejado en mi cama. Me dio consejos y recomendaciones, entre ellas la de impedir que el gato se suba a mi cama o se acerque a mi comida. Le agradecí mucho y más tarde llevé a Eli a su casa, ya mucho mejor y me despedí de ella con la promesa de llamarla pronto para saber de su salud.

De regreso a casa Anubis se subió sobre mis piernas apenas me senté en el sofá, miré la hora y me levanté a ponerle su comida y agua. Mientras lo observaba comer, lo miré fijamente y le hablé:
– Compadre, ya no puedes entrar al cuarto.
Anubis ronroneó y comió un par de galletas más. Me miró con una expresión de “¿realmente crees que haré eso?” y yo sabía que tenía razón. Yo no era su dueño, Anubis era el amo de esta casa, miré alrededor y me di cuenta de que la organización de la casa, los muebles, los míos y los suyos con  tubos forrados de cáñamo para que afile las uñas, los horarios, incluso muchos de mis hábitos giraban alrededor de él. Me sentí desconsolado cuando me di cuenta de que en realidad Anubis me consideraba “su humano” y probablemente era la verdad.

Esa noche, antes de dormir cerré la puerta del dormitorio, esperé atento con la televisión encendida pero sin verla, hasta que sentí el arañón en la puerta. Me levanté y estaba allí con su expresión casi indiferente, reprochándome con condescendencia el haber olvidado, seguro involuntariamente, la puerta cerrada. Se subió a la cama, esperó que yo me recueste y se acomodó sobre mi vientre. No resistí la tentación y le pregunté:
– ¿Qué hacemos con Eli?
– Que se busque otro tipo que no tenga gato – me dijo y cerrando los ojos se puso a ronronear ligeramente.
– Tienes razón – dije sin remordimientos y puse el noticiero de las diez.

miércoles, 1 de mayo de 2013

KATANA (Cuento)


Kusunoki posó sus dedos con firme energía sobre el mango de la katana aún en su estuche de magnolia, horas antes había iniciado el ritual sagrado de cubrirse con su armadura hecha de infinitas piezas de cuero, estaba ahora preparado para el combate. En ese instante no pudo pensar en su propio nombre, pero tenía claro el de su enemigo: Yoshimoto.

Más tarde, en el campo de batalla, al frente de sus leales guerreros, desenvainó el sable, caminando veloz pero firme y lanzando golpes con él a diestra y siniestra se abrió paso. Allí estaba, con una formidable coraza adornada con brillantes escamas de tortuga, Yoshimoto. Este lo miró y reconoció, levantó su arma y se dispuso al ataque, realizando un saludo corto y seco conforme a las reglas samurái, luego adelantó el pie derecho y se puso en guardia con su katana en alto. Pelearon ambos con fiereza, diestros en el milenario arte del kenjutsu y el kendo, los dos se defendían de los embates recíprocos sin causarse daño letal.

Luego de varios minutos, sintiendo ya el cansancio, Kusunoki aprovechó la cercanía del rostro de Yoshimoto y, sorprendido, sintió de sus propios labios brotar las palabras en perfecto japonés:
–  これは時間である (Kore wa jikandearu – Este es el momento) (¿o ha llegado tu momento?)
Yoshimoto negó con la cabeza, lanzó un gran grito ronco, veloz, mezcla del latigazo de la cola del dragón y del rugido del tigre de la montaña, tan intenso que distrajo por dos segundos a Kusunoki, tiempo suficiente para el desenlace, Yoshimoto giró rápidamente su sable al mismo tiempo que daba una formidable media vuelta y lo introdujo sin compasión en el vientre de su rival. Kusunoki sintió el acero frio en sus entrañas, sabía lo que vendría, era inevitable, el mismo lo había hecho cientos de veces, sus piernas perdieron fuerza rápidamente por la incontrolable pérdida de sangre que corría por las imperceptibles hendiduras de su armadura, cayó de rodillas, pensó en medio del dolor que la suya sería, después de todo, una muerte honorable, lo dejó sin aire el tirón mediante el cual Yoshimoto extraía el sable de su cuerpo, su mente se abrió, abrió los ojos y respiró profundo, recordó el poema que escribió antes de salir a la batalla, dedicado a la belleza de la espiga de arroz, en su mente aparecieron los campos fértiles, la imagen de su padre, la luz brillante del sol, el canto del pájaro y la claridad de la luna iluminándolo todo en el preciso instante en que la afilada hoja de acero de la katana de Yoshimoto cortaba como mantequilla los músculos de su cuello.

* * *

El agente Vásquez despertó sobresaltado, se había quedado dormido en el sillón Voltaire en mala posición, había tenido una pesadilla, frente a él en la mesa de lectura, descansaba el tratado sobre samuráis de Stephen Turnbull abierto en la página donde resaltaba el grabado de Kusunoki Masashige. Se rio a solas, en su sueño había sido Masashige, se tomó del cuello y aun le parecía sentir el dolor provocado por el golpe del sable de Yoshimoto.

Se levantó y cuando se disponía a ir por un café a la cocina, sonó el timbre. Abrió la puerta y allí estaba Morgan, tranquilo pero con la expresión cansada.
– ¿Y primo? ¿Tienes algo? – Preguntó mientras se sentaba en un taburete.
– Nada aún – dijo Vásquez – solo ideas, información genérica, datos básicos. ¿Sabías que los samuráis usaban en realidad dos sables? Uno más largo para la pelea en campo abierto, el que vemos en las películas, pero también usaban uno más corto para peleas en interiores.
– Interesante, no lo sabía.
– Pero en fin, no se trata de hacer historia. Descubrí un par de fabricantes en la ciudad, en buena cuenta son imitaciones regulares de aspecto correcto y podrían ser el arma que se usó en el crimen, pero no descarta nada.
– ¿Crees que un japonés haya venido hasta un remoto país latinoamericano con la espada de sus ancestros en la valija del avión para vengar su honor? A mí me parece que el asunto es más sencillo. Tal vez peleas de pandillas, ya sabes, el Dragón Rojo, y esas cosas.
– Bueno, primero que el Dragón Rojo son chinos, no japoneses – corrigió Vásquez.
– Cierto, no negarás que podría haber sido algo más cotidiano – replicó Morgan.
– Sí, pero no termino de creerme la idea de que alguien va a comprar un sable samurái para ejecutar una venganza personal, sin que exista algo relacionado a la tradición.
– ¿Por qué no? Tal vez no le alcanzó para comprar la pistola.
– Pero quien desea matar por el solo hecho de acabar con una vida, usa un cuchillo de cocina, un fierro o un ladrillo. Esto tiene algo más que no acabo de descifrar – reflexionó Vásquez.
– ¿Entonces? – preguntó Morgan mientras encendía un cigarrillo.
– Entonces vamos a visitar a los fabricantes de katanas, si alguien compró una en los últimos días, nos dirán. Y no fumes en mi casa – resondró Vásquez riendo mientras se ponía la casaca.

***

Luego de pasar por los dos fabricantes de cuchillos, espadas, navajas y katanas, establecieron algo que ya veían venir, primero que los fabricantes no tenían un registro detallado de sus clientes, entregaban boletas de venta pero no a todos. Supieron también que las katanas locales eran imitaciones pobres y no demasiado caras, unos ciento cincuenta dólares en promedio cada una. También pudieron notar que el mercado era reducido y la mayoría de compradores las utilizaban como adornos en sus salas, escaparates de tiendas o de restaurantes de corte oriental. Durante el resto del día rastrearon a casi todos los que habían comprado katanas en los dos últimos meses con boleta de venta y no hallaron nada extraño.

Al día siguiente en la oficina, poco después de llegar, les avisaron que Alvarez los llamaba. Se miraron de mala gana y fueron a la oficina en espera del reclamo correspondiente. Una vez en la oficina Alvarez los invitó a sentarse:
– Bueno señores, ¿qué tenemos respecto al empresario japonés?
– Nada concreto todavía – contestó Morgan,
– ¿Cómo que nada concreto? – vociferó Alvarez – ¡Tengo un anciano japonés decapitado hace dos días y ustedes no tienen nada!
– Bueno no es japonés en estricto… – se atrevió a corregir Vásquez.
– ¡Carajo! ¡Japonés, Nikei, hijo de japoneses, chino, jalado, lo que sea! ¡Denme algo para los tiburones!
– Bueno – señaló Morgan – tenemos una lista de sospechosos, amigos cercanos, socios.
– ¿Amante? ¿Socios descontentos? ¿enemigos? – requirió Alvarez impaciente.
– No – agregó Vásquez – por lo menos hasta donde sabemos no tenía amante y sus socios hablan muy bien de él, según los cercanos era un tipo correcto.
Alvarez iba a contestar algo pero sonó el teléfono, respondió con monosílabos e hizo un par de preguntas cortas condimentadas con obscenidades como siempre que había tomado demasiado café. Luego colgó y miró a los agentes con seriedad.
– O son muy suertudos o tienen a un bromista en la policía judicial diciendo que mató a Salas Ikeda. Bajen a ver, apenas tengan algo en claro me avisan. ¡¿Comprendido?!
Ambos agentes asintieron y minutos después estaban ingresando a sus oficinas, llamaron a la carceleta y pidieron que trasladen al supuesto homicida.
– ¿Qué hacemos primo? – preguntó Morgan.
– Tú dirás, ¿policía malo y policía bueno? ¿O lo arrinconamos?
– Es cansado hacer de policía malo, estoy con flojera .
– Vemos cómo va – apuntó Vásquez – si ha venido a confesar no creo que esté a la defensiva. Tratemos de conversar con él a ver que nos dice.
– Como dice Alvarez, ojalá no sea un bromista – suspiró Morgan.

Minutos después llegaba esposado un hombre de traje gris, cabello corto al rape, ralo, cabeza redonda, no era el típico oriental de rostro amable, más bien su faz estaba surcada de profundas arrugas que podían ser producto de la profunda reflexión o de una vida difícil. Cuando se sentó Vásquez pudo percibir un aroma extraño, se concentró y le pareció haber sentido el mismo olor en algún hospital. Tenía las manos cuidadas, las uñas impecables y cortas. El traje era caro, los zapatos negros de lazo bien lustrados. No había llegado por casualidad, se había preparado para entregarse.
– ¿Nombre? – preguntó Morgan mientras escribía en el formulario.
– Itsuro Ishikawa.
– ¿Entiende español, necesita un traductor?
– Entiendo bien.
– ¿Edad?
– Cincuenta y dos.

Mientras dictaba sus datos y Morgan apuntaba, Vásquez lo observa con atención. Recordaba lo leído en el tratado de Turnbull, trataba de imaginarse a Ishikawa como en los grabados del libro, con armadura de samurái y empuñando una letal katana. La verdad que no le costaba mucho visualizarlo, el sujeto tenía una presencia intimidante a pesar de su parquedad; contestaba con firmeza específicamente lo que Morgan le preguntaba sin agregar una palabra de más. Cuando terminaron y Morgan le explicó que tenía el derecho de tener un abogado no dijo nada, solo asintió con la cabeza. Morgan le tuvo que reiterar la pregunta y el contesto con un firme “no”.
– Bien – dijo Vásquez finalmente – usted ha venido por su propia voluntad señor Ishikawa. Déjeme preguntarle con claridad y espero que nos diga la verdad. ¿Usted mató a Hiroshi Salas Ikeda?
– Sí – contestó el hombre sin parpadear.
– De acuerdo – contestó Vásquez cauteloso. ¿Por qué lo mató?
– Salas Ikeda merecía morir – replicó Ishikawa.
– No nos estamos entendiendo señor – intervino Morgan – usted no solo debe contestar las preguntas, necesitamos que nos brinde toda la información posible.
– Entiendo señor. Yo vine a decir que maté a Hiroshi Salas. Yo maté al hombre. No más detalles para decir. Si ustedes necesitan información, preguntar, Itsuro contesta.
Morgan se levantó y pidió café para los tres. Les esperaba un día muy largo.

***

A las diez de la noche, luego de firmar y enviar los informes a la fiscalía y ver en el noticiero local a Alvarez presentando al homicida en rueda de presa y atribuirle todos los méritos a un cuidadoso trabajo de inteligencia de la unidad, Morgan encendió un cigarro y se desplomó en su asiento.
– Primo, te conozco, desde la tarde te veo con esa cara que no me gusta. ¿Hay algo que no te cuadra no?
– Es raro, muy raro. Primero el caso se resuelve de la nada. Segundo, el tipo viaja desde Japón para vengar una cuestión de honor, no compra un arma o contrata un sicario, no, más bien manda a traer muebles en un conteiner que cruza el océano y con el único propósito de traer en él, confundida entre sillas y aparadores, la espada que perteneció a sus ancestros.
– Y que encontramos en su departamento en la inspección. Estaba justamente donde nos había dicho.
– Y limpia, no había una gota de sangre.
– Ya la enviamos a Vizcarra para que la haga las pruebas de luminol – señaló Morgan.
– ¿Viste como vino en la mañana? – el tipo no se levantó de la cama y le entró una crisis de remordimiento. Había planeado entregarse, preparó todo un ritual. Lo imagino afeitándose, cortándose los pelos de la nariz, poniéndose los zapatos perfectamente lustrados, la camisa perfectamente blanca y planchada. La entrega era parte del ritual.
– ¿Qué quieres decir primo? – preguntó Morgan, al tiempo que apoyaba sus codos en el escritorio, ahora sí verdaderamente interesado.
– No estoy seguro, pero creo que el ritual empezó cuando salió del Japón y no ha terminado con su entrega del día de hoy. Hay algo más que no cuadra.
– Además matar a alguien de un tajo en el cuello – dijo Morgan haciendo mueca de asco mientras se pasaba la mano por la garganta – ¡me da escalofríos!
– Es cierto primito – replicó Vásquez – ese es otro detalle que no me deja en paz. ¿Porqué al estilo samurái? Es claro que fue premeditado. ¿Pero llegar a ese extremo?
Morgan se levantó y se puso el saco.
– Mira primo, te invito un trago para que te relajes a condición de que ya no hablemos del caso. Es asunto cerrado. Ya déjalo en manos de los fiscales.
– Tienes razón – dijo Vásquez – vamos.
Ambos salieron a paso lento de las oficinas. En el primer piso frente a la carceleta varias personas, al parecer familiares y trabajadores de la empresa de Salas Ikeda hacían una vigilia pidiendo justicia.

***

Al día siguiente la noticia cayó como una bomba. El informe de Vizcarra era contundente. La katana hallada en el departamento no era el arma homicida. Alvarez les había hecho una advertencia apocalíptica, si lo hacían quedar en ridículo terminarían dirigiendo el tránsito en algún pueblito altiplánico. Ambos corrieron al laboratorio a hablar con Vizcarra.
– Lo siento muchachos – dijo Vizcarra apenas los vio entrar. Repetí la prueba unas cinco veces. No hay nada.
– ¿Y si la limpió bien? ¿Si le metió lejía, o algún limpia vidrios? – preguntó Morgan.
– Es posible. Es raro, pero es posible. De hecho la espada estaba impecable, la habían limpiado con aceite de clavo de olor.
– ¡Clavo de olor! – exclamó Vásquez – ese era el olor de ayer en la mañana. ¿Pero qué relación tiene?
– A ver, explícame Vizcarra – preguntó Morgan – el luminol es un reactivo, reacciona con la hemoglobina que ha quedado en las superficies. ¿Uno pasa una esponja y se va o perdura por años?
– La hemoglobina se oxida y penetra la superficie. Este sable es de factura manual, es un muy buen trabajo, pero igual sigue siendo manual, tiene sutiles imperfecciones. Los átomos de la hemoglobina deberían haber quedado pese a la limpieza. La hemoglobina resiste incluso limpiavidrios como ustedes decían o alcohol. Debería haber alguna huella.
– Estamos en problemas – dijo Morgan.
– ¿Pero no confesó? – preguntó Vizcarra.
– Sí – replicó Vásquez – pero no puedes condenar a nadie con su sola confesión. Se necesita alguna evidencia más. Un buen abogado y Ishikawa se va a su casa.
– Pero hay algo más – agregó Vizcarra – la empuñadura sí tiene las huellas de Ishikawa, pero no solo las de él.
– ¿De quién? – preguntaron ambos agentes a la vez.
– De Salas – afirmó Vizcarra confuso.

Por la tarde Vásquez y Morgan fueron de nuevo al departamento de Ishikawa. Buscaron la ropa, zapatos, huellas de que se hubiese incinerado algo y no encontraron nada.
– Estoy convencido de que está encubriendo a alguien – afirmó Vásquez – no hay otra explicación.
– O destruyó la ropa que usó ese día – señaló Morgan
– Puede ser. Regresemos a la oficina, tenemos que hablar con Ishikawa.
Sentados otra vez con Ishikawa, le preguntaron insistentemente acerca de las razones por las cuales no había sangre en el sable.
– No queda sangre – señaló el hombre.
– ¿Cómo es eso posible?
– La hoja de katana es como bisturí, pasa por la carne antes de que brote sangre.
– ¡No tiene sentido! – exclamó Vásquez – usted nos quiere tomar el pelo.
Ishikawa no contestó. Fijó su mirada en un punto imaginario en el horizonte, apoyando ambas manos sobre sus muslos.
– Cuénteme Itsuro. Quiero entenderlo. ¿Por qué mató a Salas?
– Por honor – contestó.
– Yo sé, ya sabemos que fue por honor. Pero usted no ha querido decirnos en que consistió la afrenta. Dígame ¿qué pasó?
– No es necesario señor – dijo Ishikawa – yo vería mi honor destruido nuevamente si usted conoce mi historia y lo que hice no habría tenido sentido.
– ¿Está dispuesto a ir a la cárcel?
– Soy un hombre honorable. En este país matar a otro es delito. Yo cumpliré con lo que el tribunal decida.
– ¿Salas no era un hombre honorable? – preguntó Morgan.
– No. Yo le di la oportunidad de serlo.
– Usted…
– Sí – interrumpió por primera vez Ishikawa – le entregué la katana para que pudiera morir con honor. No pudo hacerlo. Me pidió que lo haga yo. No tuvo valor. Yo cumplí su voluntad.

***

Por la noche en el bar, las noticias confirmaban la detención de Ishikawa por el homicidio de Salas. Morgan encendió un cigarro y preguntó:
– ¿Raro el caso no? ¿Tú crees primo que un sujeto honorable como Ishikawa debería ser tratado como un vil delincuente?
– Bueno, es un delincuente honorable, pero delincuente al final. Nadie puede quitar la vida a otro ser humano. Si lo haces recibes un castigo y ese es nuestro trabajo primo, atrapar a los malos.
– ¿Realmente crees que él sea uno de los malos? Hoy recibí el reporte de Interpol. En su país no tiene ni una infracción de tránsito, es un ciudadano modelo.
– Siempre hay una primera vez – dijo Vásquez – Terminemos este último trago y vámonos a descansar.

***

Esa noche en la celda de la policía judicial, Itsuro Ishikawa recordó la terrible noche en la que siendo un niño, escondido en su casa en Japón, fue testigo de cómo Salas, de vacaciones en el país, abusó de su pequeña hermana menor. Ella le había hecho jurar que no tomaría venganza nunca, le hizo jurar por su propia vida. Él se lo juró. Ella había fallecido dos meses atrás, había quedado liberado del juramento.    

martes, 30 de abril de 2013

TACITURNO (Cuento)


Germán apagó el televisor y miró a su lado, boca abajo y con el cabello desordenado yacía Marcela, con un ojo abierto a medias y una mueca de sonrisa cansada.
– Despierta floja – dijo él.
– Mmmmm… ¿vas a pintar? – respondió sin despegar la boca de la sábana.
– Sí un poco, es temprano aún.
– Mmmmm… ¿me amas? – preguntó Marcela.
– Mmmmm… sí – contestó Germán riendo y abalanzándose sobre ella, hurgando con dedos finos de pintor entre sus costillas, sobre sus caderas, en sus axilas. Marcela reía y lanzaba grititos de desesperación, jugaron largo rato hasta quedar casi sin aliento.
– Te amo mi héroe – dijo Marcela y se levantó rumbo al baño para tomar una ducha. Ella le decía así desde el día que se conocieron, aquella fría tarde en el mirador sobre el acantilado frente al mar.

Era invierno, la bruma subía por las rocas, trepando lentamente en busca de las calles de la ciudad. Germán llevaba largo rato mirando el mar, el horizonte,  esperando triste y taciturno a que, como siempre a esa hora, el malecón quedara desierto por causa del frio y la humedad. A su derecha a veinte metros, estaba ella, llorando en silencio. Germán la observó primero con interés de artista, el perfil, la cabellera desordenada, la piel ni blanca ni trigueña, canela tal vez, la figura esbelta pese a la enorme chompa de lana. Si hubiese traído su cámara la habría fotografiado, se lamentó. Esta vez no había traído nada. Hubiese sido bueno pintar ese perfil. La miró directamente y sin pudor mientras imaginaba su pincel recorriendo el lienzo trazando las curvas de su rostro; ella debió haber sentido la mirada, sus ojos se encontraron y ella se incorporó asustada, tal vez pensó que era un asaltante. Germán instintivamente sonrió y le hizo un ademán de saludo con la mano, ella se tranquilizó y volvió a su posición para concentrarse en el dolor.

Germán miró también el horizonte y ya no le atrajo como antes, se volvió hacia la muchacha y le silbó. Ella volteó y se señaló a sí misma con incredulidad, él asintió con la cabeza sonriendo, ella sonrió también mirando al piso, él volvió a saludar con la mano, ella esta vez rió con los ojos todavía húmedos. Germán se acercó con confianza, saludó.
– Hola, ¿Cómo te llamas?
– Marcela, ¿y tú?
– Germán y no te voy a asaltar.
– ¿Cómo crees…? – contestó ella indignada.
– No, no digas nada. Si un tipo con mi aspecto me mirara fijamente en este lugar yo también me asustaría.
– ¡Jajajaja! Bueno…
– ¿Por qué lloras?
– No lloro. Pienso.
– Piensas con lágrimas en los ojos.
– Es una pajita.
– ¿Tiene nombre esa pajita?
– No. Ya no.
– ¿Te gusta el mar?
– No… sí… en verdad no, en invierno no, en verano me encanta, pero en invierno no me gusta, es triste.
– ¿Y por qué viniste a verlo? ¿Es porque estás triste?
– ¿Por qué eres tan preguntón? – se desesperó Marcela y se echó a reír.
Luego de un rato conversaron cosas sin sentido, tonterías del día a día. Hablaron largo, Marcela le contó sus cosas, sus tristezas que eran muchas y sus alegrías que le parecían muy pocas. Germán no contó mucho pero escuchó de buena gana y con atención. Al cabo de una hora ya estaba oscureciendo. Marcela miró al cielo y dijo:
– Ya es tarde. Creo que debo irme.
– ¿A dónde te vas?
– A casa…
– Yo me quedo un rato más – contestó Germán.
– ¿Para tomar tu coca cola solo?
– ¿Perdón? – preguntó él.
– Sí, estás loco, desde que hemos empezado a conversar le das vueltas a esa coca cola que tienes en la mano y no la has abierto. ¡Ah! ¡Eres un tacaño, estas esperando que me vaya para tomártela solo! – bromeó Marcela.
– ¡No! Es que… – tartamudeó Germán.
– Ya dame – dijo con firmeza Marcela – vamos a brindar juntos por el encuentro.
Marcela tomó la botella, la destapó , dijo “salud” y se tomó un largo trago, luego se la ofreció a Germán. El dijo “salud” también y bebió. Se quedaron en silencio, viendo el sol desaparecer en el horizonte, ella sacó un cuaderno de su bolso y escribió su número, su correo y su dirección, arrancó la hoja y se la entregó, luego coqueta le arrebató la botella y se fue por la veredita del malecón a sorbos lentos, desapareciendo entre la bruma.

Germán quedó desconsolado, respiró, recordó a Marcela alejándose con su grácil andar y se relajó, sacó de su bolsillo el sobre de veneno para ratas y lo lanzó al acantilado riendo.

* * *

Cuando Marcela salió de la ducha, Germán sonrió pensando que nunca le contó el asunto del veneno, más por vergüenza del ridículo de haberse quedado sin líquido para su plan, que por cualquier otra razón. Ella lo miró y le preguntó:
– ¿De qué te ríes? Ya sabes… el que a solas se ríe…
– De nada – contestó él.
– Mmmmm…  misterioso mi héroe.
– No me digas así – se quejó él.
– Te digo y te digo, “mi héroe”, lo eres y siempre serás.
– ¿Sí?
– ¡Sí! – dijo ella sentándose sobre sus piernas con la toalla envolviendo su cabellera mojada – Tú me salvaste de esa enorme tristeza ese día en el malecón.
– No mi amor – contestó Germán guiñando un ojo – tú me salvaste a mí.

domingo, 31 de marzo de 2013

EL NOMBRE (Cuento)

Una sensación cálida en la superficie de sus muslos lo despertó, entreabrió los ojos, la reverberación del sol en el cerco pintado con cal lo cegó momentáneamente. No se movió del asiento, tomó sus lentes de sol de la mesa que siempre alguien acomodaba a su lado y se los puso lentamente, con no poca dificultad pero con cuidado. Su mente se introdujo como en los últimos días en los meandros de tiempos pasados, y allí, entre imágenes difusas y sombras indescifrables, la vio. Siempre la recordaba, pero ahora la notaba particularmente bella, más ligera, grácil, sonriente y contenta.

De golpe y sin invocarlos, se le aparecieron mil recuerdos y emociones, le pareció oler su perfume, el aroma de sus cabellos recién lavados. Nuevamente vio su sonrisa y sabía que le sonreía a él, los ojos le brillaban como solo sucedía cuando estaba realmente feliz. Ella era feliz con cosas tan pequeñas, con un chocolate, con una flor. Podía ser inmensamente feliz con un libro nuevo o una nueva planta para el jardín. No recordaba el traje que traía, no se lo había visto puesto nunca, era como de gasa, blanco, impecable, tal vez era nuevo. Pero sus sandalias de cuero eran las de siempre y el de siempre también era ese sombrero de paja con el que se protegía del sol. El pañuelo de seda alrededor de su cuello fino lo hizo sonreír a él también. Por alguna extraña razón siempre le había gustado ese pañuelo en particular, pese a que ella se reía siempre de que le gustara más, precisamente el pañuelo más viejo que tenía.

Se preguntó si realmente la había amado. Se preguntó si el amor había existido cuando menos para él, si acaso no lo había negado con persistencia solo para evadirse conscientemente del inevitable dolor que todo amor acarrea, sobre todo el de pareja. Se preguntó si había redención, si el tiempo realmente cura todo y si la vida da segundas oportunidades siempre.

Cerró los ojos y no la pudo ver más, fue entonces cuando sintió su presencia con nitidez, abrió los párpados con algo de temor y ya no estaba allí. No estaba allí físicamente pero podía sentirla, sintió su presencia infinita, permanente. Se dio cuenta que nunca se había ido, que estaba allí omnipresente desde siempre y tuvo ante sí una dolorosa revelación que había estado transitando a paso de oruga por los recovecos de su mente durante años, descubrió en ese instante luminoso que a pesar de todo ella lo había amado. Ella sí lo había amado. ¿Dónde estaría ahora? ¿Qué habría sido de su vida? ¿Lo recordaría? Miró el horizonte y abrió lentamente los labios para llamarla, levantó ligeramente la base de la lengua y apoyó su extremo en la parte posterior de los dientes de su maxilar inferior, llenó de aire sus pulmones para exhalar su nombre y… no pudo recordarlo. Frunció las cejas como quien está a punto de llorar de impotencia, sin cerrar la boca temblorosa, abrió y cerró los ojos varias veces para espantar las lágrimas, intentó de nuevo buscar en su memoria rota y no encontró ningún nombre, ninguna palabra, las letras eran retorcidas patitas de arañas que tejían cada día telas en sus recuerdos, instintivamente y por costumbre estiró la mano derecha para acariciar la cabeza de su perro, como siempre que quería hallar consuelo y palpó solo el vacío, trató de silbar y solo emitió un sordo quejido. La amaba, ahora sabía que la amaba y que siempre la amó. Solo quería decírselo o sencillamente decirlo a quien quisiera escuchar, quería deshacerse de esa amargura y solo necesitaba un nombre. Apretó los puños y los dientes tratando de recordar, no podía, no podía. Nunca más podría… ni ahora ni nunca… pero la amó… la amaba…, sintió frio en las piernas y trató de cubrirlas con la manta, se acomodó con dificultad, acomodó sus lentes porque el sol de la mañana le hacía daño en los ojos. Respiró con calma, se sabía frustrado, con tranquilidad trató de recordar lo que estaba pensando hace un rato y que lo frustraba tanto y no pudo, se sorprendió de ver su mano apretada en doloroso puño, la abrió despacio mientras observaba su propia piel manchada, las venas enormes surcando el dorso arrugado, los dedos cansados temblorosos, en el reflejo de la mampara se vio a sí mismo sentado en la silla de ruedas, el cabello y barba encanecidos, se miró fijamente y no pudo recordar su propio nombre… y recordó, eso sí, que aquello ya le había pasado otros días. Y como otros días, dejó de hacerse problemas con el asunto. Miró el horizonte una vez más y se entregó como todos los días al placer de sentir como el sol calentaba la superficie de sus muslos ateridos.

domingo, 17 de marzo de 2013

VIDA SALUDABLE: EL GIMNASIO ¿ENTRENAR O NO ENTRENAR?

El primero de febrero del dos mil once regresé al gimnasio después de casi tres años. Si bien en esos últimos tres años me preocupé de caminar, trotar y darle a las pesitas que siempre llevo a cuestas, es toda una experiencia desoxidarse y sentir como la sangre fluye de nuevo por los músculos y van recuperando su forma y volumen.  Entrené regularmente hasta enero del dos mil doce, luego por cuestiones laborales que resultaron finalmente favorables paré hasta setiembre del año pasado. En ese momento había llegado al exorbitante peso de setenta y siete kilos, que para mi talla es un exceso y se hacía notorio en mi imagen en los espejos, sobre todo de corbata. Se veían mis hombros estrechos, el vientre abultado y el talle ancho. Los pantalones de talla treinta y dos empezaban a quedarme ajustados. Regresé el gimnasio con una rutina intensa y alimentación limpia. Para diciembre había bajado a sesenta y ocho kilogramos y talla 29 de pantalón. Luego en los últimos meses he mantenido ese peso ganando un poco de masa muscular y espero reducir mi porcentaje de grasa en los próximos meses. Pero no es solo lo visual, se recupera ánimo, energía, postura y resistencia física. Ello ayuda mucho a mantener el buen humor en el trabajo, se produce más a nivel laboral y evidentemente  uno termina sintiéndose mejor con uno mismo.

Sin embargo, ya después de tantos años de ir al gimnasio y ejercitarme, (ya son más veinte  ¡Cómo pasa el tiempo!) creo que he aprendido algunas cosas que quiero compartir con quienes recién empiezan y con quienes retoman. Trataré de ponerlas en términos sencillos para que todos podamos sacar algo en beneficio:

Un error habitual sobre todo para principiantes es llegar a diciembre y tomar la decisión de ir al gimnasio esperando tener resultados visibles en un mes, para verse regio o regia en febrero. ¡No! Está usted rotundamente equivocado, tal vez se vea bien para febrero del año siguiente, pero no para este febrero. El cuerpo reacciona por etapas, durante unas tres o cuatro semanas recién se habrá acondicionado, el crecimiento o formación muscular solo vendrá después de tres o cuatro meses de trabajo intenso.

Resulta divertido ver gente que recién empieza llegar con el ipod, los audífonos, sentarse, preparar la banda sonora de Rocky I, II, III, IV y V y entrenar. Eso es pésimo. Primero aprenda los ejercicios, incorpórelos, entiéndalos y luego  agregue lo demás.

Otra cosa curiosa es ver a las personas pendientes de sus aparatos electrónicos. Es un mal vicio. Apague el equipo por un rato, si recibe una llamada pare, conteste y luego continúe.  Si usted está en la bicicleta y habla por teléfono, o escribe mensajes entre serie y serie, se desenfoca. Está perdiendo miserablemente su tiempo y su dinero. Le puedo asegurar con certeza que no tendrá resultados. No se trata solo de hacer ejercicio o sudar, tiene que concentrarse y enfocarse en lo que está haciendo. No hay que ser un genio para darse cuenta, observe a su alrededor. Los que muestran resultados visibles, son personas enfocadas en su entrenamiento.

Otro asunto es el mito de la quema de grasa. No se puede quemar grasa visiblemente y lograr crecimiento de músculo al mismo tiempo. Es un axioma absoluto. Es materialmente imposible que en el mismo periodo se queme grasa y crezca la masa muscular. O es lo uno o es lo otro. Normalmente en los primeros meses parece que hay crecimiento muscular, pero en realidad es quema de grasa. Es como tallar madera. Imagínese un cilindro de madera y usted lo talla dándole formas curvas al medio y disminuyendo el grosor en los extremos. A simple vista parece más voluminoso pero en realidad lo único que usted hizo fue sacar madera, y si no me cree mire las virutas en el piso. En el gimnasio usted se ve mejor porque fue sacando la grasa que sobraba y el musculo ganó tonicidad, que le da más dureza, ganó curvas pero no ganó volumen.

Una vez que se acondiciona el músculo y gana tonicidad recién puede trabajar volumen, eso se hace con una buena dieta llena de proteínas y carbohidratos. El músculo crece y usted sigue trabajando. También gana algo de grasa, por eso es mejor trabajar crecimiento en mayo, junio, julio, agosto y setiembre; tiene de octubre a diciembre para volver a perder grasa, si tiene un buen entrenamiento y dieta perderá la grasa perdiendo muy poco del volumen muscular ganado.

No deje de comer. Si usted deja de comer, el cuerpo reaccionará generando más depósitos de grasa como reserva y consumirá músculo para asegurar energía. Coma normal, sano y trabaje duro. Su metabolismo hará el resto.

Para poder comprender este asunto se debe leer mucho para entender cómo funciona el cuerpo; pero un ejemplo sencillo que sirve para explicar es este: Piense que el cuerpo tiene su propia capacidad de pensamiento y  voluntad.  Luego cuando usted deja de comer, el cuerpo piensa que se acerca un periodo de escasez, en consecuencia lo poco que usted coma lo convertirá en depósitos de grasa  y hará que su metabolismo sea más lento. Si usted toma poca agua, con la misma lógica retendrá agua. Lo mismo pasa cuando usted come mucho o toma mucha agua, el cuerpo interpreta que se acerca un periodo de escasez, si no, usted no comería tanto.  Cuando usted toma cantidades razonables de agua, come varias veces al día (en sus horas) y de manera sana (o limpia) el cuerpo sencillamente excreta los excesos, toma lo necesario y no genera depósitos de grasa o de agua.

Una vez que usted se haya acondicionado, piense en objetivos. Si quiere estar saludable y no ganar masa muscular, trabaje ejercicios cardiovasculares, haga los ejercicios que su instructor le indique con la fórmula regular peso, muchas series, muchas repeticiones. Si lo que quiere es ganar volumen, la fórmula es peso máximo, pocas repeticiones, máximo cuatro series.

Tenga claras sus metas, defina claramente que resultados quiere. Piense en un modelo a seguir, es distinto ser un fisicoculturista profesional que ser un sujeto “fitness”. Plantee bien sus retos.

El músculo crece por ruptura de fibra muscular, al trabajar usted rompe la fibra muscular, al curarse la fibra forma una especie de cicatriz que es lo que en el fondo le da volumen al músculo. Si lo que desea es ganar musculo, rompa esas fibras con trabajo intenso, luego vaya a descansar, duerma bien y dele tiempo para que se recuperen. Luego vuelva al mismo procedimiento.

Si desea masa muscular, coma porciones pequeñas cada dos horas durante todo el día. Eso ayuda al metabolismo. Si está quemando grasa o desea bajar de peso, solamente coma a sus horas. Tres comidas al día. Un buen desayuno, un almuerzo mediano y una cena pequeña. No coma nada más y ¡no se mate de hambre! Eso nunca funciona a largo plazo.

Mentalice, en la noche antes de dormir, vea su cuerpo como lo desea, véase haciendo los ejercicios. Al día siguiente solo materialice lo mentalizado.

Si usted es una dama y dice: “Yo no quiero hacer máquinas porque no quiero ser como las físico culturistas de los posters de los gimnasios, llenas de fibra y espaldonas” está equivocada de nuevo. Le pongo un par de ejemplos muy claros, al principio de esta nota puede ver las fotos de Jen Jewell, ella es una atleta fitness, la primera es de Jen en la escuela, la segunda es poco después en bikini, recién empezando a entrenar, la tercera foto es del dos mil diez, observe que su cuerpo en esa foto está en reposo, la cuarta foto es de junio del dos mil once, en competencia y la última por las mismas fechas en reposo. Lo que quiero que tome en cuenta es que las fotos de competencia implican que la persona se ha sometido a una dieta estricta por lo menos dos o tres semanas antes, se llega a un porcentaje de grasa corporal cercana al 7%, es evidente que ese porcentaje no se puede mantener todo el año, y sobre eso se debe aclarar que en el backstage las competidoras y competidores están bombeando sangre a los músculos con pesas a fin de mostrar lo mejor en el escenario.  No olvide además que las damas de los posters de físico culturismo entrenan mínimo cuatro horas al día y usan la fórmula peso máximo, pocas repeticiones máximo cuatro series. Las de fitness con poco peso, muchas repiticiones y cardio también por la misma cantidad de horas. Observe la foto de la derecha, es la atleta fitness rusa Areha Opan, la primera toma es de competencia la segunda es modelando con el cuerpo en reposo. ¿Nota la diferencia? El cuerpo que usted ve en la foto cuatro de Jen Jewell y la primera de Areha Opan son producto de años de entrenamiento. Usted no lo va a conseguir en unos meses por más que quisiera. Sea realista. Lo que usted está haciendo es inventarse una excusa. Haga ejercicio en máquinas, poco o regular peso, muchas repeticiones, muchas series. Entrene cuarenta minutos diarios y le garantizo que mantendrá sus mismas medidas o si no menores. No busque excusas o justificaciones, eso no sirve en los gimnasios. Para terminar la idea observe la foto abajo, es Jennifer Andrews, la primera foto es de competencia, debidamente musculada y la segunda modelando con los músculos en reposo.



En el caso de los varones pasa lo mismo. Escucho esta frase casi siempre en los principiantes: “Quiero entrenar pero no quiero estar lleno de musculos, eso ya es feo.” O las chicas que alientan esa justificación diciendo: “Pero no entrenes mucho, es feo ver a los hombres musculosos”. Bueno, ese es otro mito. Observe la foto de la izquierda. Se trata de Jay Cutler, es un sujeto sumamente masivo, campeón de fisicoculturismo (no puedo negar que consuma o no esteroides) pero lo cierto es que ese volumen no se consigue entrenando una hora por día. No sea iluso. Para llegar a esos niveles usted tendría que entrenar tres o cuatro horas diarias, invertir mucho dinero en vitaminas y proteínas concentradas, además de tener una disciplina de acero para el asunto de la alimentación, descanso y rutinas. Nuevamente, no se ponga excusas ni justificaciones. Además una cosa es ver a Cutler en la primera foto en competencia y en la segunda foto en reposo.

Los abdominales son toda una historia. Los músculos abdominales y oblicuos son otro grupo más de músculos. No son mágicos. Si usted hace mil abdominales diarios sólo logrará tener unos músculos abdominales poderosos, pero escondidos debajo de una capa de grasa. Nadie los podrá ver. Los músculos abdominales ayudan mucho con el equilibrio y con una buena postura, pero si desea tener unos visibles abdominales de guerrero espartano, primero queme la grasa que los recubre. Para este caso es un ejemplo notable el del atleta fitness Scott Do, cuya foto aparece a la derecha. La primera foto de arriba es una más o menos reciente. Scott Do asesora a personas que desean perder peso, Scott ha hecho un experimento, durante cuarenta y cinco días comió solo comida chatarra y gaseosas, logró el cuerpo que pueden ver en la segunda foto de arriba. Su propósito es comprender el proceso de lograr un estado saludable a partir de un cuerpo lamentable. Él está narrando día a día sus experiencias, recién va dos semanas en la recuperación y su principal observación es la falta de energías y fuerza a la que se tiene que enfrentar. La comida chatarra y las gaseosas destruyen el cuerpo, la foto inferior es de él modelando no hace mucho tiempo. No se olviden que Scott aún tiene buenos músculos, pero se encuentran escondidos bajo capas de grasa y evidentemente algo debilitados por cuarenta y cinco  días de inactividad. Este es un buen momento para que usted se fije sus metas. ¿Desea tener un físico como el de Jay Cutler o como el de Scott Do?   

La grasa se quema con número de pulsaciones, no con abdominales. No importa qué ejercicio haga usted, la grasa se quema proporcionalmente en todo el cuerpo. Perderá la misma cantidad de grasa en el abdomen si trabaja pantorrillas, bíceps, pectorales o abdominales. El ejemplo que siempre uso es el de los tenistas. Se demostró que un tenista profesional tiene la misma proporción de grasa en ambos brazos a pesar de usar con mayor intensidad uno solo de ellos.

Para quemar grasa eficientemente y mantener elevado el número de pulsaciones por minuto no descanse mucho entre serie y serie, el tiempo de descanso correcto es entre sesenta y noventa segundos entre serie y serie. Eso garantiza que sus pulsaciones no descenderán tanto que regresen al estado de reposo. Si usted retorna a las pulsaciones de reposo, deja de quemar grasa.

El atleta fitness peruano Daniel Dávila Aranibar, cuya foto aparece a la izquierda, siempre reitera que no existen ejercicios para reducir abdomen (o pancita) y es cierto. La grasa abdominal no se pierde con ejercicios solamente, es necesario y obligatorio controlar la alimentación como ya se señaló líneas arriba.

No olvide que la postura es el ochenta por ciento de su apariencia. Desde el primer día corrija su postura, contenga su abdomen  y ponga su espalda derecha. Sólo con eso usted se verá bastante mejor.

Hidrátese, antes, durante y después del ejercicio. Durante en pequeñas dosis o sorbos. Es una regla básica. No tienen que ser bebidas especiales. Con agua pura es suficiente.

Los ejercicios más eficientes son los que recurren a la simple lucha contra la gravedad, mientras más sofisticada la máquina, más tiempo le tomará darle forma al músculo o ganar volumen. Dedique parte de su entrenamiento a los fierros tradicionales con ejercicios clásicos.

La edad no tiene nada que ver, puede empezar ahora aunque tenga cincuenta años, no hay mejor ejemplo para ello que la atleta fitness chilena Loreto Soto, tiene 41 años y se ve... como ustedes pueden ver. No hay límites, el cuerpo siempre reacciona bien a una buena alimentación y apropiado ejercicio. Puede demorar un poco más o un poco menos, pero siempre se obtienen resultados positivos.

Aunque algunos podemos ser lo suficientemente disciplinados como para trabajar solos, siempre es mejor trabajar con una pareja que lo incentive y aliente y no deje que se rinda, usted en retribución deberá hacer lo mismo. Los resultados son mejores y más rápidos.

Una cosa interesante es la siguiente: Mucha gente se pregunta si debe dejar de comer definitivamente carnes rojas, asados, parrilladas, helado, chocolate, etc. Bueno, la mejor respuesta la vi en la red, por parte de un atleta fitness, la recojo porque es totalmente adecuada y dice más o menos así: “Digamos que usted es sedentario, come comida chatarra, bebe café en exceso, fuma y además toma gaseosas. Si un usted decide por un día hacer ejercicio, comer sano, tomar solo agua… para luego regresar a su misma rutina al día siguiente; ¿cambió algo en su vida? La respuesta es no. No va a haber ningún cambio sustancial en su vida o su salud por un día. Pues bien, al revés  sucede lo mismo. Si usted come limpio y sano, hace ejercicios, se cuida, toma solo agua y por solo un día come un buen churrasco y se da el gusto de un postre o un helado y luego regresa a su vida saludable, tenga la certeza de que nada malo le pasará.”:

Lleve una muda de ropa al gimnasio y de ser posible dúchese allí mismo al terminar, limpia las toxinas que en caso contrario quedarán en su piel hasta que llegue a su casa.

No deje de ir al gimnasio, si está con mucho trabajo, vaya aunque sea quince minutos. Ese ritual le ayudará a no abandonar el entrenamiento.

Lo no trabajado nunca se recupera. Si usted no trabajó hoy piernas no espere compensarlo trabajando mañana el doble. El cuerpo no funciona así, solo logrará lesionarse.

Un consejo adicional: Si usted va al gimnasio a mirarse al espejo y conversar con otros piense dos cosas:
a) Tal vez está interrumpiendo el trabajo de  otra persona que por cortesía no le dice nada y
b) Mírese al espejo al culminar el trabajo, para evaluar resultados, no en medio de él. El gimnasio no es un lugar para desfile de modas. Los espejos son para corregir posturas y evaluar el trabajo en desarrollo. Mucha gente va a trabajar su físico realmente, no los interrumpa.

Finalmente, sea respetuoso con sus compañeros de gimnasio y cuando termine de usar una máquina, déjela como la encontró.  Educación básica del gimnasio, todos se lo agradecerán.

Espero que esta nota sea de utilidad y ayude a quienes lo desean con lo poco aprendido estos años. Por mi parte yo me comprometo a seguir en mi propósito de ganar algo más de masa muscular y llegar a un doce por ciento de grasa corporal.

jueves, 14 de marzo de 2013

LA CAJA DE JUSTIFICACIONES

Tal vez no se haya percatado pero usted,  y yo también, tenemos una pequeña caja en algún lado; una que nos acompaña permanentemente. Tal vez no la vea ahora, si la busca en sus bolsillos no la hallará, pero créame, está allí y aunque aparentemente no pesa, eventualmente su carga puede hacer que usted se vea imposibilitado de avanzar a cualquier lugar.

Esta caja es ciertamente mágica, aparece de la nada y está llena de cosas que nunca se agotan: Justificaciones, una para cada ocasión.

Así, cuando alguien decide empezar un reto, inconscientemente busca su pequeña caja de justificaciones y encuentra una que dice “Pero eso no es para mí.” O una de las más recurrentes “¿Y si no funciona?” o “¿Y si es una pérdida de tiempo?”

También hay justificaciones cotidianas y son las más usadas. Usted se corta el cabello de una manera digamos vanguardista, ello porque le apeteció precisamente tener un corte vanguardista y ha decidido que se vería mejor así y que esas formas en su cabellera están más acorde con su personalidad. Entonces alguien le pregunta “¿Por qué te has cortado el cabello así?” con perversa entonación de exclamación horrorizada de la cual se puede comprender que a dicha persona no le gusta como ha quedado,  entonces en ese acto toma usted su caja de justificaciones y busca rápidamente una que se ajuste: “Ah…, este…  sí, ya me había aburrido del cabello largo, y así me peino más rápido en las mañanas…”

Hay una diferencia notable entre una razón y una justificación. La razón suele ser la causa real y concreta del hecho, sirve para el análisis y la comprensión del fenómeno. La justificación tiene como finalidad establecer un anclaje con la necesidad de aceptación social, en unos casos, y para evitar realizar una actividad, en otros; ocultando así defectos de formación como la falta de orden, flojera o simplemente desinterés.

Un ejemplo clásico es cualquier actividad que implique disciplina. Piense en cualquier ejemplo, ya sea que deba levantarse más temprano, dedicar más tiempo al estudio, o alguna actividad física exigente. Siempre se encontrará una justificación adecuada en la cajita: Desde que “hace frio y me puedo resfriar, mejor en verano...”, que “tengo mucho trabajo”, que “eso es para gente ociosa”, hasta el  “yo tengo que mantener a esta familia”, etc., etc., Todas ellas no son razones, son simplemente justificaciones.

Cuando uno halla la razón de algo, puede hallar la solución. El proceso es así de sencillo. La justificación, inevitablemente y siempre, bloquea la solución.

¿No le ha sucedido que alguien le pide hacer algo? un favor cualquiera, usted lo hace y en ese momento digamos que se le cae algo y lo rompe…  ¿Qué hace? ¿Acaso no es cierto que su primer pensamiento es echarle la culpa a la persona que le pidió el favor? “Si no me hubiese pedido esto… tal cosa no se hubiese caído” ¡Incluso algunas veces se lo enrostramos a esa persona! “Por hacerte ese favor, rompí tal cosa…” tratando de que la otra persona se sienta mal, que por cierto es una de las consecuencias más pérfidas de la justificación.

Esta conducta ha sido reforzada por años de imposición de paradigmas en nuestra infancia. Pongo un ejemplo y si es usted mamá no niegue que le ha pasado: Le dice a su niño o niña que vaya a dar de comer al perro o botar la basura, o algo así. Resulta que el niño va a hacer la tarea encomendada, se cae y se lastima, digamos que se hace un corte. ¿Cómo reacciona la mamá? Acaso no dice: “¡En qué bendita (o maldita) hora te mandé a hacer tal cosa!” o peor, mientras el niño llora le decimos “No llores, es mi culpa por haberte enviado, debí haber ido yo…”

El niño que todavía se encuentra formando juicios y paradigmas aprende a justificar piensa “¡Claro! ¡Me resbalé, pero es culpa de mi mamá por enviarme!” en lugar de "Debo tener mayor cuidado y estar más atento para próximas ocasiones." Así se refuerza la idea de que el otro siempre tiene la culpa, en otras palabras, le acaba de regalar a su hijo una caja nuevecita llena de justificaciones que le durarán toda la vida.

Y así crecemos construyendo justificaciones en lugar de buscar razones y soluciones. Se internaliza tanto en la mente que ya no nos damos cuenta que hacemos uso de nuestras justificaciones ni que llevamos la caja de ellas a cuesta.

Como siempre digo, y lo repito ahora, las más peligrosas son las justificaciones totalmente inconscientes. Lo son porque son difíciles de detectar, pasan desapercibidas y no son otra cosa que aquellas acciones mediante las cuales nos boicoteamos nosotros mismos. Por ejemplo, tomamos la decisión de levantarnos mañana temprano, sabemos que por tanto hemos de acostarnos temprano también, pero pese a ello buscamos alguna película en la televisión y nos quedamos pegados con ella. Al día siguiente no nos levantamos, ¿justificación? Es que nos hemos quedado viendo una película hasta tarde. Decidimos (o acordamos) pasar más tiempo con nuestra familia, pero precisamente por esos días, se nos ocurre, por alguna razón, ponernos al día en todo el trabajo pendiente en la oficina; en consecuencia llegamos más tarde aún de lo habitual a casa, y si nos reclaman… pues “tengo que ponerme al día, tengo trabajo atrasado.”

Otro tipo de justificaciones, pero más pueriles y burdas, son las que tienen que ver con los estereotipos y las sembramos también en el subconsciente de los chicos desde muy temprano, de tal manera que si un sujeto tiene una conducta moralmente reprochable se dice "Así son los hombres..." o si una mujer llega tarde o no está lista a la hora: "Las mujeres siempre se hacen esperar..." si el funcionario público roba "todo el mundo lo hace" o si se hace un reproche a deficiencias educativas: "el que tiene plata escribe (o habla) como quiere.", Peor aún cuando el asunto tiene que ver con nuestra propia salud y expectativa de vida, así el fumador que realmente no quiere dejar de fumar, a pesar de que sabe que el cigarro lo mata, suele decir: "De algo se tiene que morir la gente."

La justificación viene normalmente con el sentimiento de culpa, no queremos asumirla y la desplazamos hacia alguien más. Muchas veces sentimos culpa por nuestros fracasos y culpamos a quien, en el mismo rubro, ha tenido éxito. “Claro, para él fue fácil, siempre tuvo de todo…”

Cuando uno recibe reproches es cuando más útil resulta ser la caja de justificaciones. Todos cuando hemos sido adolescentes hemos sido, de alguna u otra manera, exigidos en nuestras calificaciones por nuestros padres o profesores. Siempre hay una justificación, desde la muerte del gato o de la abuelita o porque se perdió el cuaderno o hubo corte de luz precisamente en nuestro distrito. También son usuales las justificaciones del "incomprendido" que normalmente aparecen en la adolescencia y en la mayoría de casos desaparecen con la edad, por ejemplo la expresión "Es mi vida, yo puedo hacer lo que quiera." o "Qué les importa a los demás lo que hago" o "Yo no vivo de la opinión de la gente." Bueno, la mala noticia es que si aceptamos vivir en sociedad, la opinión de la gente sí importa. Difícilmente el entorno nos enseña a asumir nuestra responsabilidad (hallando para ello la verdadera razón de la falla), cuesta trabajo decir con honestidad “soy flojo” por ejemplo, pero admitirlo es la única manera de empezar a resolver el problema. Si no se resuelve, el problema se seguirá reproduciendo en nuestros  ámbitos laborales y familiares a lo largo de nuestra vida. 

Estamos tan acostumbrados al juego de las justificaciones que llega el punto en que dejamos de ser conscientes siquiera del sentimiento de culpa o frustración que normalmente apareja. He visto personas totalmente ineficientes en sus labores afirmar con absoluta certeza que las llamadas de atención que reciben, así como los memorándums correspondientes son porque "tal o cual jefe se le ha agarrado", término que se usa en mi país para decir que el jefe tiene un encono gratuito y no justificado con la persona. Uno se pregunta si esa persona en realidad no se da cuenta de esas cosas, sobre todo si es una persona adulta y aparentemente responsable.

He usado el ejemplo de la cajita porque de unos meses a esta parte (poco más de un año), he podido implementar un ejercicio mental que me ha permitido deshacerme de varias justificaciones a partir de tomar conciencia de la existencia y uso de la caja. Cada vez que me sucede algo, y como consecuencia de ello estoy a punto de confeccionar  una excusa, me imagino buscando en mi bolsillo la caja y seleccionando una justificación, entonces me sacudo y trato de buscar una razón en lugar de una justificación. De hecho la semana pasada tenía el encargo de regresar rápido a casa porque la estudiante que cuida a mi hija los martes se iba a retirar temprano; decidí entonces en el gimnasio entrenar más rápido que de costumbre y terminé lesionando de mala manera un músculo de mi pierna izquierda. Inmediatamente después de sentir el agudo dolor, mi primer pensamiento fue que me había lesionado por culpa de..., si no hubiese tenido que ir más temprano para... En qué bendita hora acepté.... ¡Y paré! Me dije "¡No! Me lesioné yo porque no calenté, yo tomé la decisión de no calentar apropiadamente por mi afán de llegar más temprano." Asumí mi responsabilidad y no me enojé con nadie y nadie se enojó conmigo. Logré que nadie se sienta mal innecesariamente por una cuestión cuya responsabilidad era solo mía. Es interesante ver como las justificaciones vienen tan rápido a la mente, y es bueno saber que uno puede aprender a controlar ese reflejo. Poco a poco trato de ser más consciente de que soy dueño de mis decisiones y de las consecuencias de ellas, sin justificaciones.  Quién sabe y esta estrategia pueda ayudar a alguien más. Busquemos razones, no justificaciones.

domingo, 3 de marzo de 2013

LAS BENDITAS MALETAS CON RUEDAS PARA LA ESCUELA


¿Por qué los colegios piden ahora maletas? ¿Cómo es que hemos llegado al punto de hacer que nuestros hijos lleven una maleta a la escuela? ¿Es realmente necesario?

Cuando era pequeño iba al colegio con un maletín pequeñito de cuero – tipo ejecutivo –  y una lonchera de cuero también. Ambos hechos por mi papá y repujados por el mismo. En ese tiempo no me daba cuenta, pero hace algunos años me di cuenta que era un lujo que no todos los niños puede tener: Un maletín y lonchera de cuero repujado a mano y personalizado.

Me parece que en tercer grado empecé a usar un maletín de imitación de cuero de cocodrilo – usado por supuesto – con hebilla y una división en el medio tipo fuelle, pero más o menos del mismo tamaño que el anterior. Luego en quinto grado un cartapacio negro de material sintético imitación de cuero, de esos con seguro a presión con llavecita, sin división (por tanto de menor espesor) y no tenía asa, así que lo sostenía de la base y lo llevaba bajo el brazo.

Luego entre sexto de primaria y primero de secundaria con la moda de los maletines tipo James Bond, de alguna manera conseguí uno destartalado, con marco de madera revestido de marroquín y con seguros parecidos a los de las loncheras de plástico, andaba tan mal que cuando caminaba con él, al mismo tiempo que lo sostenía de la asa, usaba el índice para asegurar la tapa y no se me desparramen los cuadernos por el piso.

A partir de segundo de secundaria recuerdo haber empezado a usar un morral del ejército, mi hermano Tony en un viaje que hizo trajo uno del ejército coreano o vietnamita y me lo regaló. Ese morral lo usé hasta quinto de secundaria intercalándolo con el destartalado James Bond y el todavía existente cartapacio negro.

Nunca necesité mochilas ni maletas, es más, no recuerdo que en mi escuela alguien llevara mochila, casi todos usábamos maletines, yo era el más revolucionario con el morral, pero como la directora del Colegio tenía espíritu militar no veía del todo mal a mi indumentaria.

En ese entonces llevábamos pocos cuadernos y muchas ideas. Escribíamos mucho, conversábamos más, jugábamos fulbito con chapitas de gaseosa, los cuadernos eran del tamaño de una cuartilla, uno cuadriculado para matemáticas y otro rayado para lenguaje, en la secundaria aumentaban pero con el horario uno sabía qué llevar; al igual que los libros. Nunca nos torturaron obligándonos llevar kilos y kilos de materiales.

Un niño no debe ser un viajero permanente, debería poder correr, saltar, jugar. ¿Por qué tantos materiales? Veo a los chicos ir cargados de pesadas maletas a la escuela, arrastrándolas con esfuerzo con las dichosas rueditas, en realidad sufriéndolas, además con el calor y los incómodos uniformes. Me pregunto: ¿De verdad usan todos esos libros en un día? ¿De verdad usan todos esos cuadernos en una jornada? A mí me parece que es un engaña muchachos en el que todos los padres caen. A mí no me cuentan cuentos. Nadie puede usar tanto material en un día. Es un truco para que parezca que cada centavo pagado de pensión vale la pena. Nos hacen creer que nuestros chicos reciben una instrucción de primera y no es cierto, basta conversar con los profesores – no todos, pero lamentablemente sí la mayoría – para darse cuenta que no saben cosas básicas, que escriben con horrendas faltas de ortografía, que se saben de paporreta las modernas técnicas educativas pero no saben hilar cuatro ideas complejas en un oficio o en un comunicado.

Prueba de mi teoría es el nivel educativo de los chicos que andan hoy entre los quince a veinte años.  Su manera de escribir, de hablar, de conducirse, sus niveles de violencia verbal e intolerancia, su incapacidad para plantear respuestas inteligentes ante situaciones con algún grado (leve por cierto) de complejidad, es preocupante. Esa generación estudió con mochilas enormes y maletas con ruedas, con enormes listas de materiales escolares y con libros de editoriales prestigiosas. ¿Sirvió? A todas luces no.

Este año yo caí redondito. Se las ingenian bien para hacer parecer que ciertos materiales son necesarios. En realidad prefiero comprar el próximo año una buena mochila Porta o Samsonite en lugar de una maleta de ruedas con una Barbie de plástico en el frente, pero esta vez no me dio tiempo para explicarle a mi hija.  Entiendo que a veces es difícil luchar contra las ilusiones de los chicos y el imperativo social (todas la chicas usan mochilas o maletas de Barbie o de las princesas); ¿Pero acaso no es ese nuestro rol como padres? ¿Debemos dejar que nuestros hijos sigan al rebaño? ¿No debemos acaso cumplir con el deber de hacer que sean seres pensantes, que razones sus decisiones? Me doy cuenta que he cometido una falta de consecuencia enorme. Nos la pasamos despotricando en las redes sociales contra el consumismo y luego a la primera oportunidad caemos en el juego. Yo he caído en el juego. Mea culpa.

El próximo año compraré una mochila sólida, contundente y cómoda, mi hija no lo entienda muy bien tal vez, pero me lo agradecerá y valorará en el futuro, así como yo agradezco y valoro la lonchera y maletín de cuero que me hizo con sus propias manos mi papá.