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jueves, 14 de marzo de 2013

LA CAJA DE JUSTIFICACIONES

Tal vez no se haya percatado pero usted,  y yo también, tenemos una pequeña caja en algún lado; una que nos acompaña permanentemente. Tal vez no la vea ahora, si la busca en sus bolsillos no la hallará, pero créame, está allí y aunque aparentemente no pesa, eventualmente su carga puede hacer que usted se vea imposibilitado de avanzar a cualquier lugar.

Esta caja es ciertamente mágica, aparece de la nada y está llena de cosas que nunca se agotan: Justificaciones, una para cada ocasión.

Así, cuando alguien decide empezar un reto, inconscientemente busca su pequeña caja de justificaciones y encuentra una que dice “Pero eso no es para mí.” O una de las más recurrentes “¿Y si no funciona?” o “¿Y si es una pérdida de tiempo?”

También hay justificaciones cotidianas y son las más usadas. Usted se corta el cabello de una manera digamos vanguardista, ello porque le apeteció precisamente tener un corte vanguardista y ha decidido que se vería mejor así y que esas formas en su cabellera están más acorde con su personalidad. Entonces alguien le pregunta “¿Por qué te has cortado el cabello así?” con perversa entonación de exclamación horrorizada de la cual se puede comprender que a dicha persona no le gusta como ha quedado,  entonces en ese acto toma usted su caja de justificaciones y busca rápidamente una que se ajuste: “Ah…, este…  sí, ya me había aburrido del cabello largo, y así me peino más rápido en las mañanas…”

Hay una diferencia notable entre una razón y una justificación. La razón suele ser la causa real y concreta del hecho, sirve para el análisis y la comprensión del fenómeno. La justificación tiene como finalidad establecer un anclaje con la necesidad de aceptación social, en unos casos, y para evitar realizar una actividad, en otros; ocultando así defectos de formación como la falta de orden, flojera o simplemente desinterés.

Un ejemplo clásico es cualquier actividad que implique disciplina. Piense en cualquier ejemplo, ya sea que deba levantarse más temprano, dedicar más tiempo al estudio, o alguna actividad física exigente. Siempre se encontrará una justificación adecuada en la cajita: Desde que “hace frio y me puedo resfriar, mejor en verano...”, que “tengo mucho trabajo”, que “eso es para gente ociosa”, hasta el  “yo tengo que mantener a esta familia”, etc., etc., Todas ellas no son razones, son simplemente justificaciones.

Cuando uno halla la razón de algo, puede hallar la solución. El proceso es así de sencillo. La justificación, inevitablemente y siempre, bloquea la solución.

¿No le ha sucedido que alguien le pide hacer algo? un favor cualquiera, usted lo hace y en ese momento digamos que se le cae algo y lo rompe…  ¿Qué hace? ¿Acaso no es cierto que su primer pensamiento es echarle la culpa a la persona que le pidió el favor? “Si no me hubiese pedido esto… tal cosa no se hubiese caído” ¡Incluso algunas veces se lo enrostramos a esa persona! “Por hacerte ese favor, rompí tal cosa…” tratando de que la otra persona se sienta mal, que por cierto es una de las consecuencias más pérfidas de la justificación.

Esta conducta ha sido reforzada por años de imposición de paradigmas en nuestra infancia. Pongo un ejemplo y si es usted mamá no niegue que le ha pasado: Le dice a su niño o niña que vaya a dar de comer al perro o botar la basura, o algo así. Resulta que el niño va a hacer la tarea encomendada, se cae y se lastima, digamos que se hace un corte. ¿Cómo reacciona la mamá? Acaso no dice: “¡En qué bendita (o maldita) hora te mandé a hacer tal cosa!” o peor, mientras el niño llora le decimos “No llores, es mi culpa por haberte enviado, debí haber ido yo…”

El niño que todavía se encuentra formando juicios y paradigmas aprende a justificar piensa “¡Claro! ¡Me resbalé, pero es culpa de mi mamá por enviarme!” en lugar de "Debo tener mayor cuidado y estar más atento para próximas ocasiones." Así se refuerza la idea de que el otro siempre tiene la culpa, en otras palabras, le acaba de regalar a su hijo una caja nuevecita llena de justificaciones que le durarán toda la vida.

Y así crecemos construyendo justificaciones en lugar de buscar razones y soluciones. Se internaliza tanto en la mente que ya no nos damos cuenta que hacemos uso de nuestras justificaciones ni que llevamos la caja de ellas a cuesta.

Como siempre digo, y lo repito ahora, las más peligrosas son las justificaciones totalmente inconscientes. Lo son porque son difíciles de detectar, pasan desapercibidas y no son otra cosa que aquellas acciones mediante las cuales nos boicoteamos nosotros mismos. Por ejemplo, tomamos la decisión de levantarnos mañana temprano, sabemos que por tanto hemos de acostarnos temprano también, pero pese a ello buscamos alguna película en la televisión y nos quedamos pegados con ella. Al día siguiente no nos levantamos, ¿justificación? Es que nos hemos quedado viendo una película hasta tarde. Decidimos (o acordamos) pasar más tiempo con nuestra familia, pero precisamente por esos días, se nos ocurre, por alguna razón, ponernos al día en todo el trabajo pendiente en la oficina; en consecuencia llegamos más tarde aún de lo habitual a casa, y si nos reclaman… pues “tengo que ponerme al día, tengo trabajo atrasado.”

Otro tipo de justificaciones, pero más pueriles y burdas, son las que tienen que ver con los estereotipos y las sembramos también en el subconsciente de los chicos desde muy temprano, de tal manera que si un sujeto tiene una conducta moralmente reprochable se dice "Así son los hombres..." o si una mujer llega tarde o no está lista a la hora: "Las mujeres siempre se hacen esperar..." si el funcionario público roba "todo el mundo lo hace" o si se hace un reproche a deficiencias educativas: "el que tiene plata escribe (o habla) como quiere.", Peor aún cuando el asunto tiene que ver con nuestra propia salud y expectativa de vida, así el fumador que realmente no quiere dejar de fumar, a pesar de que sabe que el cigarro lo mata, suele decir: "De algo se tiene que morir la gente."

La justificación viene normalmente con el sentimiento de culpa, no queremos asumirla y la desplazamos hacia alguien más. Muchas veces sentimos culpa por nuestros fracasos y culpamos a quien, en el mismo rubro, ha tenido éxito. “Claro, para él fue fácil, siempre tuvo de todo…”

Cuando uno recibe reproches es cuando más útil resulta ser la caja de justificaciones. Todos cuando hemos sido adolescentes hemos sido, de alguna u otra manera, exigidos en nuestras calificaciones por nuestros padres o profesores. Siempre hay una justificación, desde la muerte del gato o de la abuelita o porque se perdió el cuaderno o hubo corte de luz precisamente en nuestro distrito. También son usuales las justificaciones del "incomprendido" que normalmente aparecen en la adolescencia y en la mayoría de casos desaparecen con la edad, por ejemplo la expresión "Es mi vida, yo puedo hacer lo que quiera." o "Qué les importa a los demás lo que hago" o "Yo no vivo de la opinión de la gente." Bueno, la mala noticia es que si aceptamos vivir en sociedad, la opinión de la gente sí importa. Difícilmente el entorno nos enseña a asumir nuestra responsabilidad (hallando para ello la verdadera razón de la falla), cuesta trabajo decir con honestidad “soy flojo” por ejemplo, pero admitirlo es la única manera de empezar a resolver el problema. Si no se resuelve, el problema se seguirá reproduciendo en nuestros  ámbitos laborales y familiares a lo largo de nuestra vida. 

Estamos tan acostumbrados al juego de las justificaciones que llega el punto en que dejamos de ser conscientes siquiera del sentimiento de culpa o frustración que normalmente apareja. He visto personas totalmente ineficientes en sus labores afirmar con absoluta certeza que las llamadas de atención que reciben, así como los memorándums correspondientes son porque "tal o cual jefe se le ha agarrado", término que se usa en mi país para decir que el jefe tiene un encono gratuito y no justificado con la persona. Uno se pregunta si esa persona en realidad no se da cuenta de esas cosas, sobre todo si es una persona adulta y aparentemente responsable.

He usado el ejemplo de la cajita porque de unos meses a esta parte (poco más de un año), he podido implementar un ejercicio mental que me ha permitido deshacerme de varias justificaciones a partir de tomar conciencia de la existencia y uso de la caja. Cada vez que me sucede algo, y como consecuencia de ello estoy a punto de confeccionar  una excusa, me imagino buscando en mi bolsillo la caja y seleccionando una justificación, entonces me sacudo y trato de buscar una razón en lugar de una justificación. De hecho la semana pasada tenía el encargo de regresar rápido a casa porque la estudiante que cuida a mi hija los martes se iba a retirar temprano; decidí entonces en el gimnasio entrenar más rápido que de costumbre y terminé lesionando de mala manera un músculo de mi pierna izquierda. Inmediatamente después de sentir el agudo dolor, mi primer pensamiento fue que me había lesionado por culpa de..., si no hubiese tenido que ir más temprano para... En qué bendita hora acepté.... ¡Y paré! Me dije "¡No! Me lesioné yo porque no calenté, yo tomé la decisión de no calentar apropiadamente por mi afán de llegar más temprano." Asumí mi responsabilidad y no me enojé con nadie y nadie se enojó conmigo. Logré que nadie se sienta mal innecesariamente por una cuestión cuya responsabilidad era solo mía. Es interesante ver como las justificaciones vienen tan rápido a la mente, y es bueno saber que uno puede aprender a controlar ese reflejo. Poco a poco trato de ser más consciente de que soy dueño de mis decisiones y de las consecuencias de ellas, sin justificaciones.  Quién sabe y esta estrategia pueda ayudar a alguien más. Busquemos razones, no justificaciones.

viernes, 30 de septiembre de 2011

PARA QUE PUEDAN SOÑAR (Cuento)

El estruendo de la granada y la puerta de madera volando en mil pedazos fueron lo último que Jacobo percibió antes de perder el sentido. Cuando despertó estaba en un sucio calabozo maloliente de orina y excremento. Se incorporó lentamente, el dolor agudo en la base de la nuca lo detuvo por algunos segundos. Sintió como si tuviera tierra en la boca. Su camisa estaba dura, acartonada, se puso de pie y caminó con dificultad hasta la esquina de la habitación donde había un poco de luz y descubrió que tenía la camisa manchada de sangre seca. Se revisó con cuidado el pecho, el cuello, los brazos. No tenía heridas profundas, solo rasguños y escoriaciones. Su barba estaba sucia y polvorienta pero no tenía rastros de alguna hemorragia. No era su sangre. Trató de recordar y no lo logró. Aun estaba todo confuso. La explosión, algunos gritos y la puerta de madera convertida en astillas de todos los tamaños. Se apoyó en la pared y se le humedecieron los ojos, pensó en Doris, su mujer y Silvia su hija. A lo lejos escuchó el sonido característico de botas acercándose, luego voces, el cerrojo de la puerta, los goznes crujiendo lastimeros. Entraron tres soldados muy jóvenes, mestizos, pelo hirsuto y narices gruesas, el primero lo apuntó con el fusil automático sin hablar, Jacobo levantó ligeramente las manos y se quedó quieto. Los otros dos colocaron dos bancos de madera en el centro de la habitación. Cerca de la puerta había una sombra. Se adelantó dos pasos, era un militar mestizo también, pero por el porte, los gestos y la forma de hablar parecía ser un oficial. Tenía uniforme caqui de campaña, sin galones ni marcas. Solo las botas negras, el quepí y un cinturón de cuero del que colgaba una cartuchera que debía contener una pistola enorme. El oficial se acercó y se sentó en uno de los bancos. Hizo una seña apuntando al otro para que Jacobo se sentara. Jacobo se acercó y se sentó despacio, los que habían llegado trayendo los bancos salieron y el que estaba armado se quedó cerca de la puerta con el dedo en el gatillo del fusil pero apuntando al piso, inquieto, nervioso.

– Jacobo Salas Bregovic – dijo el oficial al tiempo que leía una hoja de papel que había sacado del bolsillo –tiene una hija pequeña, actualmente estudiante de filosofía y humanidades. Estudiante también de derecho. ¿Estudioso no? Hágame un favor. Dígame todo lo que necesito saber.
– No sé qué cosa es lo que desea saber señor – afirmó con calma Jacobo.
– No sea pendejo, Salas – contestó también calmado el oficial – quiero que me diga dónde están sus camaradas del partido y qué es lo que están planeando.
– Soy militante del partido hace años señor, mi actividad política es pública en la universidad. He sido dirigente universitario prácticamente desde que ingresé. Nunca he ocultado mis actividades y no sé a qué planes se refiere.
– Mire Salas – replicó el militar – yo quiero ayudarlo. Usted me cae bien. No estamos detrás de usted, este es un lio de peces gordos. Pero usted está bien embarrado en toda esta mierda. Ha cometido errores graves. Eso de salir a los diarios a denunciar cosas del interior de la universidad Salas… mala idea. ¡Mírese! La barba, el cabello largo. La camisa de guerrillero ¿Quién se cree? ¿El Che Guevara? ¿Usted cree que me cuesta mucho esfuerzo meterle un par de tiros y olvidarme del asunto? Para la prensa un guerrillero muerto más. Nadie va a llorar su muerte Salas, hágase un favor y dígame lo que le estoy pidiendo.
– Estoy ilegalmente detenido señor.
– ¿Y qué quiere Salas? ¿Le presto un teléfono para que llame a su abogado? ¿Quiere también que le preste a mi mujer y a mi empleada? ¡Esta es zona de emergencia Salas! ¡Entienda carajo! No tengo que rendirle cuentas a nadie. Tengo a cuatro camaradas suyos en los otros calabozos. Si usted no habla, alguno de ellos lo va a hacer. ¿Se da cuenta de la situación?
– Sí señor. Me doy cuenta de que estoy ilegalmente detenido. Que está usted violando mis derechos. Pero yo no tengo la información que usted necesita. Yo no tengo contacto alguno con ninguna facción armada o fuerza revolucionaria, soy solo un militante más del partido.
– Un militante que dirige las escuelas populares en el interior de la universidad.
– Un militante que educa al pueblo. Un pueblo ignorante no se desarrolla. Un pueblo ignorante se somete.
– Usted les enseña a ser subversivos Salas. Usted alienta sus protestas y esa basura que llaman reivindicación social.
– Solo los incentivo a pensar por sí mismos señor. A cuestionar el sistema.
– ¿Y para qué sirve eso dígame?
– Para que el pueblo deje de ser una masa de corderos dóciles. Para que tengamos individuos que piensen, que crean, que tengan fe en un mañana diferente, para que puedan soñar... Para que las personas tengan el valor de buscar su destino. ¡Para que sean libres señor!
– ¡Huevadas Salas! – exclamó el oficial exasperado, poniéndose de pie – necesitamos ingenieros que construyan carreteras, médicos que curen a los enfermos. En este país no necesitamos más filósofos.
– Ni militares – dijo Salas mirando al piso.

El oficial se contuvo, se sentó de nuevo y abrió el bolsillo de su camisa de campaña. De él extrajo una cajetilla de cigarros y le ofreció en silencio un cigarro a Jacobo; luego sacó del bolsillo lateral de su pantalón un encendedor plateado con el escudo del ejército en relieve. Encendió ambos cigarros.
– Mire Salas. Esto no es cómodo para ninguno de nosotros. De aquí a unas horas tengo que ponerlo a disposición del Juez. De lo que usted me diga depende el informe que yo haga. Incluso puedo enviarlo de nuevo a su cuarto si colabora y aquí no ha pasado nada. Anoche lo intervenimos a usted y sus camaradas en un caserío alejado de la ciudad ¿Qué estaban haciendo allí?
– Íbamos a hacer una jornada de alfabetización.
– ¡Puta madre Salas! ¡No me siga jodiendo! Eso no se lo cree nadie. Estaban a dos kilómetros de una base del ejército. Le pregunto una vez más ¿Qué hacían allí? ¿Qué planes tenían?
– Alfabetizar. Teníamos planeado empezar temprano, todo el fin de semana. Por eso íbamos a pasar la noche en esa casita. La que ustedes destruyeron.
– Oiga – dijo el oficial acercándose en gesto confidente – ¡ya! yo le acepto a usted que es un blanquito buena gente que quiere enseñar a leer a los campesinitos y gratis. ¿Pero por qué su camarada Saldívar tenía un revolver en su mochila? Explíqueme eso.
– Eso no lo sé señor. Tendrían que preguntarle a él.

De pronto tocaron la puerta con fuerza. El oficial salió, Jacobo escuchó algunas voces inteligibles que se apagaron a medida que el ruido de las botas se desvanecía. Media hora después regresaron cuatro hombres vestidos con uniforme militar totalmente negro, con pasamontañas, al parecer comandados por un hombre de baja estatura con bigotes, vestido de civil; estaba también el oficial que interrogó a Salas y otro oficial de mayor edad y, aparentemente, mayor rango. El de mayor edad hablo:
– Salas, estos hombres son del servicio de inteligencia y van a ponerlo a disposición del Juez, Por favor acompáñelos y colabore.
Uno de los tipos se acercó y lo esposó. Luego le colocaron una capucha de tela negra en la cabeza y se lo llevaron a empellones.
– ¿Qué le sacaste Obando? – dijo el mayor de los dos oficiales cuando se quedaron solos.
– El tipo no sabe nada comandante. Ha sido una metida de pata. Es un teórico, un filósofo idealista. Se le nota y usted sabe que tengo experiencia. Yo ya había decidido mandarlo a su casa.
– Bueno el asunto ya no está en nuestras manos. Son órdenes de arriba. Habla con los soldados, nadie ha visto nada.
Obando se cuadró y el comandante salió del cuarto. Luego se sentó en uno de los bancos y encendió un cigarrillo. Se sentía cansado y se preguntó hasta cuándo seguiría destacado en este infierno. Recordó a su esposa Mariela y su hija recién nacida: Silvia. Como la hija de Salas, “casualidades” pensó mientras le daba una larga pitada a su cigarro.

* * *

Siete años después, luego de volver de la playa con su hija Silvia, Obando se preparó un té helado, prendió el televisor y se sentó a ver las noticias. Sintió como un latigazo en la columna cuando la narradora leyendo el teleprompter dijo que habían sido descubiertos los restos de cinco personas en una fosa común, uno de ellos probablemente correspondería al estudiante de filosofía y humanidades Jacobo Salas Bregovic, desaparecido hacía aproximadamente siete años.