sábado, 23 de junio de 2012

GALIMATÍAS (Cuento)

Cuando el agente Morgan entró a la oficina sujetando los vasos de café y vio a su compañero  con la cabeza entre las manos presintió que algo andaba mal. Vásquez estaba tan concentrado en el trozo de papel que tenía enfrente que no se percató de su presencia, Morgan carraspeó y dejó los vasos sobre la mesa.
– ¿Qué pasa primo? – preguntó.
– Acabo de recibir este papel, dentro de ese sobre –dijo Vásquez señalando un sobre blanco, común y corriente, abierto sin mayor cuidado que descansaba al lado del papel. – No lo toques – continuó – aunque sospecho que no tiene huellas igual hay que llevarlo al forense, lee el papel, desde donde estás.
Morgan se acercó y por sobre el hombro de Vásquez leyó:
Señor agente Vásquez:
No se moleste en indagaciones inútiles, pronto lo liberaré de la incertidumbre de no saber quién soy. En tanto espere instrucciones. ¿Sabía  usted que la venganza es un plato que sirve frio? A las diez llegará mayor información. Ya arreglé que así sea, disfrute la aventura, le aseguro que yo lo disfrutaré. Saludos.
Morgan se encogió de hombros confundido e instintivamente miró su reloj: Las nueve con cincuenta.
– ¿Qué significa eso, alguna broma?
– No lo creo, pero en diez minutos lo sabremos – replicó su compañero.

Esperaron en silencio durante los siguientes minutos, bebiendo a sorbos el café y mirando el teléfono, mirándose entre sí, intercambiando algunos gestos de incomodidad, gruñidos leves, mirando los relojes, Morgan el suyo de pulsera, Vásquez el de pared. Los segundos parecían no avanzar, llegaron las diez, las diez y uno, los agentes empezaban a sentirse aliviados, parecía ser una sencilla broma de mal gusto, como las que siempre ocurrían en la estación, a veces creadas por ciudadanos sin nada mejor que hacer y otras por los propios colegas. A las diez y treinta y siete Vásquez había puesto la nota y el sobre dentro de una bolsa de polietileno para evidencias y estaban haciéndose bromas al respecto cuando de pronto entró por la puerta  Willy avisándoles que Álvarez los llamaba con urgencia a su oficina.

En su oficina Álvarez estaba de pie, cuando los agentes ingresaron, fiel a su estilo, les comunicó la noticia a ambos de un solo golpe: Habían secuestrado a su hija.

Ambos agentes quedaron unos segundos sin habla, Álvarez se desplomó sobre su sillón, Morgan iba a decir algo pero el comandante levantó la mano derecha en señal de que se detenga y agregó mirando al otro agente:
– El secuestrador, o por lo menos el sujeto que habló por teléfono conmigo no pidió rescate ni estableció condiciones, dijo textualmente que la vida de mi hija estaba en tus manos Vásquez. ¿Me quieres explicar qué demonios tienes que ver tú con esto?
– No tengo idea jefe, pero ¿podría decirnos a qué hora lo llamaron?
– A las diez – contestó el comandante, ya se rastreó la llamada, un celular desechable, la voz no está distorsionada pero el tipo usó un acento extraño.
– ¿Confirmó el paradero de su hija comandante? – preguntó Morgan
– Así es, discretamente, pero seguí el protocolo: Ella tenía que ir a la universidad hoy, nunca llegó, tampoco en casa y sus amigas no saben nada de ella. No quiero escándalos mediáticos por favor, tratemos este tema con discreción.
– Jefe – dijo el agente Vásquez – tiene que venir a ver una nota que recibí más temprano.

* * *

En el laboratorio forense el técnico Vizcarra confirmó rápidamente lo que todos sospechaban, el sobre tenía algunas huellas, la mayor parte de ellas de Vásquez. Había sido entregado por la mañana en mesa de partes, estaba impreso en alguna impresora común y corriente al igual que el mensaje, el papel era una marca que se podía encontrar en cualquier tienda, estaba limpio, quien lo había manipulado había usado guantes de goma. El sobre no estaba engomado, si no engrapado, quien lo había enviado sabía lo que hacía. Vizcarra explicó que a veces cometen el error de usar la saliva para el engomado y quedan rastros de ADN, en este caso no había nada. Los agentes habían caído en el error de interpretar que “ellos” recibirían información directamente, sin embargo el texto decía “llegará” mayor información. Escucharon el audio de la llamada, en realidad de los dos últimos minutos que fue cuando Álvarez se dio cuenta de se trataba de un secuestro. Vásquez escuchó con atención y aunque halló algo familiar en la voz, no pudo identificarla, era obvio que el acento que trataba de ser del centro de Chile, era fingido.

Eran las once treinta de la mañana y ya se habían instalado micrófonos y rastreadores de llamada tanto en la oficina de Álvarez como en su casa. Se elaboró un perfil de la muchacha: veinte años, universitaria, deportista, sin enemigos conocidos. Revisaron su facebook y correo. No había amenazas ni discusiones. Descartaron que fuera alguien de su entorno.
– A mí no me han mencionado Jefe – dijo Morgan en algún momento.
– ¿Perdón?  – contestó el comandante confundido.
– Digo que el secuestrador no tiene nada contra mí, pero sí contra usted y contra Vásquez. No creo que sea casual, tiene que ser alguien que conocen ustedes dos. Ese es el punto en común. Mi hipótesis es que es alguien que ustedes enviaron a la cárcel.
– Tiene sentido.
– Lo tiene – completó Vásquez, tendríamos que buscar en la base de datos casos en los que hayamos intervenido ambos.
– Voy a hablar con Vizcarra – dijo Morgan, cuando en ese preciso momento timbró el celular personal de Álvarez, este lo sacó con cuidado y lo mostró a todos, la pantalla decía “numero privado”, hizo un gesto a un técnico, este le acopló un micrófono externo y contestó – ¿Diga?
Se hizo un breve silencio y la voz dijo con suavidad:
– El Señor es mi pastor: nada me falta; en verdes pastos él me hace reposar. – y colgó.
– ¿Qué fue eso? – preguntó Álvarez ya bastante alterado.
– Está jugando con nosotros dijo Vásquez – es el inicio del Salmo 23. Tenemos que averiguar qué quiere decirnos.
– ¡Averígüenlo! – gritó exasperado Álvarez, y agregó: ¡A ti te hago responsable si algo le pasa a mi hija Vásquez!
– Cálmese jefe – dijo Morgan. Tratemos todos de hacer nuestro trabajo. Usted conoce el procedimiento mejor que nosotros. La presión que hay sobre la víctima nunca ayuda en estos casos.
– Tiene razón – dijo un poco más calmado el comandante – usen la oficina que está al costado. Ayúdenme a resolver este asunto.

* * *

Minutos después instalados en la oficina lateral, con la ayuda de Vizcarra montaron una pequeña pizarra y un muro de evidencias, Morgan pegó con chinches la nota inicial, el sobre, y un papel con el Salmo 23.
– ¿La muchacha está en un parque? Verdes pastos...
– No creo, demasiado obvio – replicó Vásquez – el Salmo 23 es uno de los salmos más famosos de la historia, se le repite a menudo en ceremonias tanto cristianas como judías, probablemente sea uno de los más citados.
– ¿Y si lo metemos al google?
– Dile a Vizcarra que pruebe. Pero dudo mucho que funcione, este tipo debe haber pensado también en ello. Nos está retando. Nos va a provocar con datos que no encuentras en Wikipedia, y lo interesante es que creo saber quién.
– ¿Quién?
– Mira la nota inicial: “pronto lo liberaré de la incertidumbre de no saber quién soy”.
– ¿Y?

* * *

Vásquez recordó la lejana tarde en que se entrevistó con Daniel Sarfrad. El tipo estaba acusado de cinco homicidios. Hasta ahora la policía no había podido obtener evidencia contundente para incriminarlo. Era un sociópata completo. Abusado en la infancia por su hermano mayor que a su vez fue abusado por el padre, se había apartado de casi todo contacto social, a pesar de ello se hizo profesor universitario, sin embargo pudo haber sido ingeniero de la Nasa; tenía un coeficiente intelectual muy por encima del promedio. Desde muchacho reveló su tendencia anti sistema. Se creía que había asesinado a sangre fría a un reportero amarillista que se hizo famoso por sus incursiones en la intimidad de los entrevistados, a un futbolista local que  se burló públicamente del equipo más representativo de la ciudad, un candidato político que iba primero en las encuestas sin otro merito que su procacidad, una modelo que tenía un programa de entrevistas cuyo único mérito era intimidar a los entrevistados luciendo mínimas prendas y un estudiante universitario sumamente inteligente pero de muy pobre rendimiento académico. Gracias a este último homicidio habían podido vincularlo finalmente, pero Sarfrad era cuidadoso, la mayor parte de la evidencia era meramente circunstancial.

Durante las siete horas que duró el interrogatorio conversaron prácticamente de todo. A pesar de su sociopatía era carismático, bastante leído y bastante inteligente como para no dejar cabos sueltos en la conversación. Vásquez concluyó en que un interrogatorio en juicio oral jamás lograría incriminarlo. Necesitaban otras pruebas, pero antes intentaría un juego final:
– Dígame Sarfrad, entiendo porqué mató a los otros cuatro, pero ¿al muchacho? ¿porqué? Además era su propio alumno.
– Ya le dije agente, con esta, siete veces; que yo no he matado a nadie. Pero solo para seguir conversando hasta que se acaben las veinticuatro horas en las que pueden mantenerme detenido, dígame, ¿no cree que sería muy tonto matar a un alumno mío, con el que además ya tenía problemas de disciplina y rendimiento? ¿Acaso cree que soy tan poco inteligente?
– A mí me parece más bien un recurso inteligente. Lo extremadamente evidente se convierte en coartada, nadie pensaría que usted sería tan tonto y lo descartarían.
– Siga usted imaginando agente. Me causa gracia.
– A mí no me causa ninguna gracia. Hay cinco personas muertas y parece que tiene usted que ver con ello. Hay un común denominador. Todos eran de alguna u otra forma, unos patanes. Y no sé si lo eran tanto como para que usted quisiera disfrazarse de justiciero y defensor de la sociedad, acabando con ellos.
– Agente, solo como ejercicio mental: ¿No le parece que hay un grupo reducido, muy reducido, de personas que están más allá de la moral? Yo creo que usted pertenece a ese grupo. ¿No le da asco la gente? Me refiero al concepto grupal. ¿Ha ido al estadio? ¿A un concierto? ¿No le parece desagradable ver a un tumulto de personas sudorosas, malolientes, sin educación, movidas por primitivos impulsos viscerales instintivos?  No hay nada más desagradable. Pero mucho más triste y nauseabundo es ver personas que llegan a determinadas posiciones haciendo uso de su insolencia y poca educación.
– ¿Se refiere a la modelo, al futbolista o al periodista?
– No me refiero a nadie en particular. Pero dígame Vásquez, ¿acaso no le dan ganas a usted de suprimir de un plumazo a esa gente? Usted es más parecido a mí de lo que cree.
– No lo creo Sarfrad, yo no soy igual que usted. Yo no voy matando gente por ahí.
– Yo tampoco, pero dígame. ¿Acaso no disfruta más estar en casa antes que rodeado de personas? Reconózcalo. Al igual que yo, usted no soporta al género.
– Digamos que eso es así, ¿pero no me ha contestado, porqué mató al chico? Puedo entender los motivos respecto a los otros 4. ¿Pero ese muchacho?
– Olvídelo agente, yo no tengo nada que ver con eso.
– Vamos Sarfrad, libéreme de esta incertidumbre. ¿Tenía un romance con él?
– No soy homosexual
– Normalmente los muchachos que han sido abusados de niños se vuelven homosexuales.
– No es mi caso.
– O no lo reconoce, lo racionaliza y lo niega porque piensa que no es correcto… tal vez se enamoró del muchacho y no pudo soportar el rechazo.
– No diga tonterías agente – replicó con calma Sarfrad, pero los labios le temblaban y movía los dedos de la mano derecha con impaciencia, Vásquez lo notó.
– No se sienta mal, el móvil pasional podría reducir incluso su condena.
– ¡Le digo que no soy homosexual!  ¡No confunda las cosas! ¡El muchacho tenía todo, dinero, inteligencia!  ¿y qué hacía con eso? ¡Nada! ¿Sabe cuántos muchachos se esfuerzan diariamente en la universidad yendo más allá de sus capacidades?  ¡El podía haber sido un estudiante de primera, un profesional con excelencia y sin embargo no hacía nada…!
– Y usted se vio identificado en él –  interrumpió el agente..
– Usted no entiende.
– Sí entiendo, Budha decía que cuestionamos en los demás lo que no hemos resuelto en nosotros mismos.
– Ya le dije que yo no le hice nada al muchacho.
– ¿Entonces por qué le escribió esa cita bíblica en su espalda con la punta de un cuchillo?
– Cualquiera se hubiese dado cuenta que estaba desperdiciando sus talentos.
– ¿Marcos?
– No Mateo. Mateo 25…
– Mateo 25, versículos del 14 al 30.
– Sí – dijo apesadumbrado el hombre
– Señor Daniel Sarfrad, esto ha sido todo, le agradezco su colaboración – acotó Vásquez levantándose de la silla.
– ¿Ya me puedo ir agente?
– No lo creo – replicó en agente al tiempo que ingresaban dos policías uniformados con el, en ese entonces, Mayor Álvarez – en la investigación nunca se hizo público que la cita bíblica en el cuerpo del estudiante fue Mateo 25: 14-30.
Daniel Sarfrad sonrió mientras le colocaban las esposas. Al salir solo atinó a decir:
– Brillante agente Vásquez, un policía joven, con un truco viejo. Brillante.

* * *
Morgan escuchó atentamente la historia, sin embargo seguía sin entender. ¿Qué tenía que ver el Salmo 23?
– S-23 primo, no es el Salmo 23, es el código del expediente en el proceso que se le siguió a Daniel Sarfrad.  Ese mensaje fue solo para liberarme de la incertidumbre de no saber quién es. Usó mis propias palabras. Lo recuerdo como su fuese hoy.
– Pero lo condenaron. ¿No debería estar en la cárcel?
– Me imagino que salió. En el juicio solo se pudo probar el homicidio del muchacho, la evidencia no alcanzó para los otros cuatro.
– Por lo menos ya sabemos su nombre.
– Y que es un tipo sumamente inteligente, avísale a Álvarez, yo voy con Vizcarra, confirmemos que salió de la cárcel y trataré de averiguar dónde puede estar.

A las 12.45 ingresó una nueva llamada al celular de Álvarez, antes había llegado un negociador a colaborar con el caso y este le había aconsejado al comandante que llame al secuestrador por su nombre completo, habló firme:
– Daniel Sarfrad, dígame ¿qué pretende? Si deja usted libre a mi hija le garantizo su seguridad y beneficios penitenciarios.
– No quiero nada de usted comandante. De mi no sabrán más, ya tengo planes al respecto. La muchacha, está bien. Pero cada hora que pasa sus posibilidades se reducen sin aire puro. Calculo que tienen hasta las siete de la noche, minutos más, minutos menos. Siete horas, ¿no les parece coherente? Las mismas siete horas que le tomó a Vásquez descubrirme. Busquen la correspondencia de Morgan. Suerte.

Colgó.

Los agentes corrieron hacia la oficina y en el escritorio de Morgan entre varios recibos y cuentas por pagar, encontraron un sobre similar al que Vásquez había recibido en la mañana. Lo abrieron con cuidado. En su interior una hoja en blanco.
– ¿Y ahora? – dijo Álvarez.
– Está usando trucos viejos, como dijo, policía joven, trucos viejos, solo que ahora ya no soy tan joven como entonces. Este es un clásico de las novelas de misterio. Escritura con tinta invisible. Jugo de limón básicamente. Si el papel se calienta la escritura aparece. Al parecer quería asegurarse de que si Morgan hubiese abierto el sobre antes no se percatara del contenido.

Efectivamente, con una plancha para ropa calentaron la hoja y apareció un texto:
AQUÍ NO HAY NADA
MEJOR BUSCA EN LA CASA, EN LA CASA DE CARTÓN
45
Vásquez se sentó en la silla de su escritorio tratando de descifrar el nuevo enigma.
– ¿Qué quiere decir ahora? – preguntó Vizcarra
– Tal vez la pista está en tu casa primo – dijo Morgan.
– ¿Pero lo obvio? ¿Sería así de obvio?

La Casa de Cartón era la primera novela del poeta peruano Martín Adán. Él tenía ese libro en su casa, el cuarenta y cinco podría ser el número de página. ¿Sarfrad se había metido a su casa y había dejado una nota en la página 45 del libro? Era una posibilidad, no podían descartarlo. Salieron de la oficina rumbo a su casa, al llegar se dirigió a un estante. Se quedó helado, el lomo del  ejemplar de la Casa de Cartón sobresalía un par de centímetros de los demás libros. Lo tomó con cuidado, buscó la página 45 y en ella halló una flor. Ningún papel.

Leyó con cuidado el texto de la página 45 y el de la 46 buscando alguna pista, tratando de no mover la flor, ninguna de las líneas estaba resaltada ni daba algún indicio. Trató de descubrir si alguno de los pétalos o las hojas apuntaban a algún párrafo en particular. Ningún texto significaba algo que pudiera sugerir una clave, la flor parecía haber sido colocada arbitrariamente en esa posición.

Vásquez se sentó en su sillón Voltaire con el libro sobre las piernas tratando de pensar. Morgan estaba a unos metros con Vizcarra, en la puerta de pié Álvarez fumando y en el exterior varios policías de civil y de uniforme. Trataba de pensar, concentrarse. ¿Qué podía significar la flor en la página 45? Martín Adán, flor, casa, cartón, poeta, Volvió a ubicar la flor en el libro, era una margarita sencilla, hojas blancas. Margarita. La hija del comandante se llama Fernanda. No tenía nada que ver. Álvarez miró el reloj, salió unos minutos y luego volvió:
– Tres de la tarde Vásquez. He enviado a uno de los muchachos para que traigan algo para comer. ¿Tienes alguna idea?
– No Jefe. Estoy nublado. No sé qué quiso decir Sarfrad. Tal vez el camino termina aquí, tal vez no hay más pistas. Tal vez es solo un acto final de crueldad. Lo siento.
– Vizcarra – dijo Álvarez – dile al los muchachos que entrevisten a los vecinos, tal  vez alguien lo vio entrar al departamento. Si no hay más pistas tenemos que ver la manera de rastrearlo.
Vizcarra regresó luego de unos minutos trayendo unas cajitas de cartón con hamburguesas y vasos con café. Los repartió. Comieron en silencio, de pronto Morgan dijo como distraído:
– Te ha puesto una flor como si fuese una broma de inocentes.
– Inocentes… – repitió Vásquez. Eso es primo, esta no es la pista verdadera. El sabía que sería lo primero que haríamos. Demasiado obvio, él siempre detestó lo obvio. Estamos en la pista errada.
– ¿Entonces? – preguntó Álvarez
– Tenemos que volver a la pista anterior.
– ¡Primo! – dijo Morgan – ¿y la calle Martín Adán en el centro? ¿Allí hay casas verdad? Quien sabe y la 45 es una de cartón

Salieron de la casa y se montaron en los autos. A las cuatro de la tarde legaban a la primera cuadra de la calle Martín Adán, en el número 45 una tienda abandonada, forzaron la puerta de ingreso, en el interior, debajo de una enorme caja de cartón, a guisa de casa, encontraron un nuevo sobre.

* * *

La nueva pista era más compleja que la anterior.  Era una secuencia de números:

01001000010001100100101101001010001001010100100101001010001001010101000 10100011000100101010001100101101101001010010100110100111001001001010001 10001001010101100001000110010100110010010101010010010001100101011101011 00101001110010100110010010100111000001101110011011000100101010101010101 01110100101001001100010110100101001101011001010001100101011100100101010 101010101010001010111001001010101010101001010010010010101011101010100
Vizcarra intervino de inmediato, sugirió que la clave estaba en binario, tendrían que trasladarse a la oficina para ingresar los datos en el computador:
– ¿Y no lo puedes hacer con un lápiz y papel? – preguntó Álvarez.
– También puedo, pero demoraría veinte veces más – contestó el técnico.

Una vez en la oficina Vizcarra empezó a trabajar, todos estaban detrás de él esperando los resultados, Álvarez no dejaba de fumar un cigarrillo tras otro y para ese punto Morgan ya había fumado varios. Vizcarra logró convertir los datos a formato decimal, agrupando los unos y ceros en tramos de ocho dígitos, la impresora arrojó un número igual de extraño:
72707574377374378170377091748378737037887083378270878 97883375655543785877476908389708737858487378574738784
– ¡Igual allí no dice nada Vizcarra! – reclamó el comandante.
– No se preocupen – replicó – esos son números conocidos, si se fijan, agrupándolos de dos en dos, corresponden a la sección de letras mayúsculas en la tabla de los código ASCII.
– ¿Tabla qué? – preguntó burlonamente Morgan
– Tabla ASCII – repitió Vásquez. Cuando los fabricantes empezaron a construir computadores para el público en los años setenta y ochenta, acordaron una especie de tabla única de caracteres a fin de que los textos escritos en una máquina puedan ser leídos en otra, sin importar el fabricante.
– ¿Entonces a cada código le corresponde una letra?
– Sí, por ejemplo la “A” es 65, la “B” es 66 y así sucesivamente.
– Bueno entonces ya sabemos qué es – apresuró Álvarez – a ver que dicen esos números.
Vizcarra aplicó algunas formulas y el computador arrojó un texto ininteligible:
HFKJ%IJ%QF%F[JSNIF%XFS%RFWYNS%876%UWJLZSYFW%UTW%UJIWT
– ¿Qué significa eso? – preguntó ansioso e impaciente Álvarez
– Ahora nada – se adelantó Vásquez – pero si hemos hecho los pasos correctos estamos en buen camino, el texto está encriptado, pero parece un sistema de clave simple.
– Sí – señaló Vizcarra – ahora la computadora no puede ayudarnos mucho si no tenemos la clave de encriptamiento, yo no tengo esos programas aquí, aunque hay algunos que puedo bajar de internet. Demorará un poco. También podemos pedir ayuda del Servicio de Inteligencia. Claro que también se puede hacer manualmente.
– Hagamos todo lo que esté a nuestro alcance – dijo Álvarez – empiece a bajar esos programas, yo me comunico con el Servicio de Inteligencia.

Los agentes se sentaron en el escritorio con la impresión de las letras, como quien resuelve un crucigrama. Vásquez sabía que Sarfrad no habría dejado una pista demasiado compleja, su interés era que hacerlos jugar su juego, divertirse con sus yerros, imprecisiones y pasos en falso. Luego de varios minutos Morgan se dio cuenta de la frecuencia de los signos de porcentaje (%).  Parecían ser separadores. Reescribió el texto:
HFKJ % IJ % QF % F[JSNIF % XFS % RFWYNS % 876 % UWJLZSYFW % UTW % UJIWT
– ¿Qué dices primo? – preguntó socarronamente – grupos de dos o tres letras, artículos, pronombres, ¿podría ser no? Yo creo que los porcentajes son espacios en blanco.

Vásquez llamó a Vizcarra por teléfono y le pidió el código ASCII del símbolo del porcentaje y del espacio en blanco, Vizcarra los sabía de memoria, el porcentaje era 37 y el espacio en blanco era 32.
Morgan empezó a escribir: “H”, cinco letras menos es “C”, luego “F”, cinco letras menos es “A”, “K”, cinco letras menos es “F”, “J” es “E”, entonces la primera palabra es “CAFE”, ¡lo habían conseguido! Morgan llamó nuevamente a Vizcarra y le pidió que aplique la clave -5 en el computador, Vizcarra ya lo había hecho luego de que recibió la llamada de Vásquez, el texto completo era:
CAFE DE LA AVENIDA SAN MARTIN 321 PREGUNTAR POR PEDRO
Ya eran pasadas la seis de la tarde cuando llegaron al café de la Avenida San Martín, estaba abierto y con poca gente. En la barra un hombre de camiseta blanca y bigotes secaba algunos vasos, Vásquez se acercó y le preguntó si se llamaba Pedro.
– No – dijo el hombre, aquí no hay ningún Pedro. Los agentes se miraron decepcionados – sin embargo – continuó el sujeto – en la mañana un muchacho me dejó este sobre y me pidió por favor que se lo entregue a quien viniera preguntado por Pedro.
– ¿Un muchacho dijo?
– Sí – contestó el hombre – de unos doce o trece años, de los que limpian parabrisas en la esquina del semáforo.
– Gracias – dijo Vásquez y salió de prisa con el sobre en la mano.

Una vez en el auto abrieron el sobre, nuevamente una inscripción:
FELICITACIONES AGENTE, ESPERO QUE SE ESTE DIVIRTIENDO CON EL JUEGO.
ESTA ES LA ULTIMA PISTA Y NO ES UN TRUCO SACADO DE LAS NOVELAS DE MISTERIO.
LA MUÑECA ESTA EN UN CASA EN EL VALLE DE SANTA ROSA, EN LA HACIENDA LA PASTORA, SOLIA SER LA CASA DE CAMPO DE MI ABUELO. EN EL SOTANO HALLARA UNA CAJA FUERTE METALICA. TIENE CERRADURA EXTERNA. SUERTE.
Todos enmudecieron. El valle Santa Rosa estaba a noventa minutos en auto, tal vez una hora y cuarto si se aceleraba por encima del límite, no llegarían a tiempo. Álvarez salió del auto e hizo un par de llamadas, regresó y anunció:
– Un helicóptero nos estará esperando en quince minutos en las afueras de la ciudad. Andando. No vamos a llevar especialistas.

Los autos arrancaron y avanzaron por la avenida a toda velocidad.

Pasadas las siete de la noche, llegaron a la hacienda, bajaron del helicóptero junto con el personal de apoyo, portaban escudos y armamento pesado. Ingresaron a la casa de madera, no estaba en mal estado. Pasaron por la sala y llegaron al sótano, en el interior, a la mitad del ambiente, efectivamente había una caja fuerte antigua, de cerca de un metro y medio de alto. Álvarez se acercó con cautela pero con prisa y haló la palanca exterior, la puerta se abrió y los agentes de apoyo iluminaron el interior con sus linternas. En el piso de la caja yacía una muñeca de trapo de cabellera rubia. De la hija del comandante no había rastro. Álvarez se quebró, Vásquez y Morgan se miraban confundidos y les tomó algunos minutos reaccionar y tratar de consolar al comandante. Nadie sabía qué hacer.  Revisaron el interior de la caja fuerte y no habían notas, inscripciones ni nada. Todo había terminado allí. La última instrucción era clara, no había error. Vásquez ordenó que revisen toda la casa mientras regresaban al helicóptero. Tenían que regresar a las oficinas a reorganizar ideas y estrategias.

Una vez en el aire y ya cerca de la ciudad, una vez que hubo señal, el celular de Álvarez timbró, contestó de mala gana, de pronto notaron que su rostro se iluminaba, hizo preguntas, pidió precisiones, luego colgó. Habían encontrado a su hija, ya estaba en casa, Nunca había sido secuestrada, se fue a un paseo campestre con el novio sin avisar por miedo de que su padre se enoje.

Respiraron aliviados, quizás Sarfrad  había jugado con sus mentes, los había hecho pensar y correr por toda la ciudad solo para hacer valer su pequeña venganza personal. Solo para demostrar que muchos años después, seguía siendo el más inteligente... y lo había logrado.

sábado, 26 de mayo de 2012

ALAS DE CELOFAN (Cuento)


Cuando Don Germán sostuvo al cerdo entre sus manos antes de que saliera de su alcance, todavía no podía creer que algo así pudiera pasar. Con cuidado lo colocó otra vez en el suelo terroso y el animal con naturalidad empezó a volar con sus dos pequeñas alitas de celofán. Don Germán lo tomó nuevamente y corrió hacia la casa, llevándolo con cuidado, presionándolo con ambas manos en los costados para que no se le escape. Al llegar al portón del desván donde guardaba las herramientas, buscó con la mirada, vio un viejo collar de perro con la hebilla oxidada, con el cuero deformado por el paso del tiempo, el sol y la humedad; lo tomó rápidamente y rodeó el pescuezo del marrano. Luego cogió una soga y ató un extremo al collar y otro a un horcón de la casa. El animalito intentó volar de nuevo hasta que la soga quedó tirante y no tuvo otra alternativa que descender suavemente y se recostó sobre el gastado piso de madera.

Don Germán seguía de pie, sorprendido, sin dejar de mirar al animal, estiró la mano hasta tocar el espaldar de una silla en la que solía tomar el sol por las tardes, la arrastró hasta tenerla cerca y se sentó. Se quitó el sombrero de paja, estaba sudando, se limpió las gotas del rostro con la manga de la camisa. Apoyó los codos sobre sus rodillas y se tomó con calma los cabellos de las sienes, luego de la nuca, se pasó con fruición las manos por la cara sin afeitar. Volvió a mirar al cerdo, este resoplaba con calma, con los ojos cerrados. “¿Qué hago ahora?” pensó Don Germán, “¡un cerdo que vuela carajo! ¡Voy a ser el hazme reír del pueblo!” Se levantó y trajo un cuchillo de destazar, lo sacrificaría en el acto y lo enterraría detrás del corral. ¿Cómo haría con las alas? Sería mejor cortar las alas y enterrarlas en otro lugar por si acaso, dejar que se sequen al sol o se las lleven las alimañas. ¿O sería mejor quemarlas? Pero, si las quemaba, nadie le iba a creer después que alguna vez tuvo un cerdo que volaba. Si se lo contaba a sus hijos lo iban a tomar por loco. ¿Qué hacer? ¿Y si lo escondía en el desván? Podría alimentarlo allí y mantenerlo amarrado hasta que ellos vengan y lo vean con sus propios ojos. Luego podría al fin matarlo. ¿Se podría comer la carne? Le daba miedo, se imaginó por un segundo comiendo la carne del animal y luego una sensación extraña en sus espaldas, como si le crecieran un par de protuberancias. Sacudió la cabeza y trató de despejarse un poco. Se volvió a sentar en la silla y dejó el cuchillo a un lado. Pensó. Después de todo no era tan malo, podía buscar a alguien que compre el cerdo. Pagarían bien por él, pero tendría que ver la forma de que nadie más se entere. Si el padre Santiago se enteraba de que en su chacra había nacido un cerdo con alas, le prohibiría el ingreso a la iglesia. ¿Cómo encontrar un comprador? ¿Para qué alguien querría comprar un cerdo con alas? Tal vez un circo. No era tiempo de circos, faltaban meses para julio. Se puso de pie y fue a buscar un cigarro dentro de la casa.

Una vez que encendió el cigarro caminó a la puerta de entrada, se apoyó en el quicio y fumó con los brazos cruzados. ¿Qué hacer? Fumaba y se mordía la uña del dedo meñique, escupió un pedazo milimétrico de uña. ¿Y si le cortaba las alas con cuidado? Tal vez las heridas cicatrizarían pronto y podría guardar las alas como recuerdo, o quemarlas como había pensado al principio. Después de todo el pobre animal no tenía la culpa de haber nacido así. Tendría que evitar que se aparee, si tenía crías existía la posibilidad de que nacieran con alas también. Bueno, ¿y si más bien se dedicaba a reproducirlo? ¡Podría dedicarse al negocio de reproducir cerditos con alas! Serían un regalo perfecto para la navidad. Los vendería con su correa y su soguilla, para que no se escapen. Los niños andarían por la calle llevando su cerdito volando a veces, caminando cuando se cansen de volar, pero siempre con sus alitas de celofán sobre la espalda. Se podría hacer rico, tal vez podría comprar un órgano para la iglesia para que el padre Santiago no le prohíba la entrada.

Se acercó con cuidado y miró las alas, efectivamente parecían nacer por debajo de la piel, cerca al espinazo. En sus sesenta y ocho años había visto corderos de dos cabezas, terneros de cinco patas o de dos colas, pero jamás un cerdo con alas, y menos aún que se viera tan saludable y pudiera volar con facilidad. Trató de hacer memoria, ayer ninguno de los cerditos había tenido alas, a este le habían salido durante la noche. Se estremeció. ¿Y si en los próximos días les empezaban a salir alas también a los otros cerdos de la camada? Perdería toda una camada, tendría que matarlos a todos. ¿Cómo explicar una camada de cerdos voladores? ¿Sería una maldición? Tal vez alguno de los vecinos la había hecho algún conjuro con la bruja del pueblo, algún daño. Encendió otro cigarro y se sentó en la silla. ¿Cómo saber? Mejor matar a toda la camada de una vez. ¿Y la idea de venderlos? Le costaba trabajo procesar la idea, ¿Dónde los vendería? ¿Cómo? ¿A cuánto? ¿Y si la gente en lugar de comprarlos se asustaba? ¿Qué haría con el Ministerio de Agricultura? Seguramente lo iban a multar los de sanidad. ¿Por qué había tenido tan mala suerte? ¡Un cerdo que vuela justo en su chacra!

Don Germán se rindió, entró a la casa y tomó unas monedas, se cambió los viejos zapatos por unos un poco más decentes y se fue a la carretera a llamar por teléfono. Mientras caminaba por la trocha polvorienta seguía pensando en qué hacer con el pobre animal. Seguramente sus hijos tendrían alguna mejor idea, por lo menos tendría algo nuevo que contarles.  Llegó al teléfono público, no estaba lejos, a unos setecientos metros de su casa. Insertó las monedas y llamó. No mencionó al cerdo, pero le pidió a Mario, su hijo mayor, que viniera con urgencia. Le dijo que no se preocupe, no era nada urgente ni grave, solo quería conversar algunos asuntos de la chacra. Como siempre Mario le recriminó con ternura el hecho de que insista en seguir viviendo solo tan lejos; Don Germán bromeó un poco y se despidió, no quería vender la chacra ni que nadie más la cuide. No quería pasar sus últimos años en la ciudad.

Cuando estaba a escasos veinte metros de la casa, vio al cerdito caminando cerca de una higuera al lado de los gallineros, “¡carajo, se ha soltado!” exclamó, y empezó a correr al mismo tiempo que se arrepentía de no haberlo encerrado en el desván como pensó en un principio, pudo ver que todavía tenía el collar de cuero al cuello, pero no veía la soga, el pequeño animal al verlo venir se asustó y emprendió el vuelo, Don Germán corría tropezándose con las piedras, enredándose con sus propios pies y con su desesperación. Cuando llegó a la higuera el puerco se había elevado a varios metros de altura alejándose al tiempo que agitaba sus alitas de celofán.

Don Germán corrió a la casa, al pie del horcón estaba atada la soga, al otro extremo la argolla de metal se había quebrado de tan oxidada que estaba. Se sentó en la silla, se tomó la cabeza con las manos y se preguntó ¿Qué pasaría con el pobre cerdito? ¿Quién lo encontraría? ¿Cómo podría probar que era suyo si algún conocido lo encontraba? Pidió a Dios que lo encuentre alguien que lo cuide y lo trate bien, alguien que le dé de comer y no deje que se enferme, mientras se amasaba los cabellos de las sienes con ambas manos y enormes lágrimas rodaban por sus arrugadas mejillas.

sábado, 5 de mayo de 2012

OCHO SEGUNDOS (Cuento)


“Ocho segundos” piensa Zé, mientras, sentado sobre el madero que separa la caja uno del área de vaqueros, se coloca el pesado chaleco de protección.  Ajusta las correas y mira hacia el público, en unos minutos más serán solo siluetas en movimiento, colores difusos. Revisa y asegura las hebillas de las correas de las chaparreras, se pone los guantes de cuero. En ese momento el toro, un cebú de novecientos kilos ingresa a la caja, los ayudantes pasan las cuerdas por el pecho del animal, por la grupa, hacen los nudos, los ajustan, “solo ocho segundos” se repite Zé, cierra los ojos y visualiza el toro sobre la arena, meneándose con furia y él sosteniéndose con una sola mano aferrada a la soga sobre el lomo de la bestia, el otro brazo sobre la cabeza hasta el final, hasta contar ocho segundos.

Varios minutos antes han ingresado todos los vaqueros a la pista, se han quitado el sombrero y se han encomendado a la Virgen de la Aparecida, han saludado al público pateando la tierra con la bota derecha, como es la costumbre. Zé ha recibido con cariño y respeto los aplausos, pero ahora está a punto de montar, ya está casi listo, el Juez hace una señal y el anunciador grita su nombre al micrófono: “Y ahora José María Reis, de la hacienda San Sebastián, montando a Destructor de los establos  de don Sebastián Da Silva”. El fino animal, un guzerá imponente, efectivamente es de propiedad del patrón don Sebastián, dueño también de la hacienda donde ha trabajado desde niño, sin embargo eso no importa ahora, se calza bien el sombrero y se monta sobre el toro, a pelo, como dicen las reglas.  Los ayudantes estaquean al cebú para permitir que Zé se acomode y se prepare, el animal inmovilizado en la caja apenas un poco más grande que él se incomoda y bufa, Zé sabe que mientras más se demore en ubicarse más bravo se pondrá  el toro y se apura, levanta la mano izquierda sobre la cabeza y asiente con firmeza, el Juez da la orden y el mozo que está en el ruedo abre la puerta del  cajón. Destructor sale a toda velocidad de su encierro y Zé aprieta los dientes “ocho segundos.”

Uno, se siente volar por lo aires, se ve de siete años montando los bueyes junto a don José, su papá, que era también peón de don Sebastián, el olor de bosta, el aroma de la cálida leche recién ordeñada.

Dos, su espina dorsal parece partirse en dos por la sacudida, tiene diez años, va a la escuela del pueblo, demasiado grande para su edad, sus compañeros juegan con muñecos y carritos en las tardes mientras el laza becerros y alimenta a las vacas.

Tres, el tirón en su brazo parece desgarrarle el músculo, abandona la escuela a los quince, no hay nada útil en ella, ya sabe sumar, restar, leer y escribir, para él eso es suficiente, ya es un hombre y la muerte de su padre lo obliga a tener que trabajar para mantener a mamá.

Cuatro, hunde las espuelas en las carnes del animal, más para sostenerse que para castigarlo, recuerda el día que la hija del patrón regresó de la ciudad para el rodeo, cuatro años atrás, él tenía dieciocho,  ella dieciséis, fue la primera vez que montó un toro y solo le importaba si ella lo había visto hacerlo.

Cinco, suspendido en el aire por un micro segundo, cae pesadamente sobre la espina dorsal de la bestia, la adrenalina no le permite sentir el dolor ahora, pero sabe que mañana caminará con dificultad, visualiza un nombre grabado en la corteza de un árbol: Leticia.

Seis, el sombrero sale despedido, recuerda el primer beso, tierno, limpio, pueril, allá… detrás de los abrevaderos.

Siete, aprieta con fuerza la soga y la presión le quema la piel de la palma de la mano, recuerda a don Sebastián advirtiéndole que no se acerque a su hija y el dolor que sintió de ser tan solo un peón.

Ocho,  el toro lanza las patas hacia atrás y él sale despedido, cae sobre la arena, de pie, firme, los mozos ahuyentan al animal, mira alrededor buscando al Juez y lo halla, con el cronómetro en una mano y la otra levantada, en puño, con el dedo pulgar hacia arriba. Zé salta de alegría y sus compañeros a tropel ingresan al ruedo, lo alzan en peso, lo vitorean y llevan en hombros, ha ganado los quinientos soles de premio, mira a la tribuna, don Sebastián lo mira complacido, a su lado radiante, sonríe bellísima Leticia.

* * *

Al día siguiente, a las cuatro de la madrugada, mientras todos duermen la resaca, Zé sobre un galopante caballo cruza los linderos de la hacienda de San Sebastián, en las alforjas lleva comida, agua y los quinientos soles ganados; en la grupa a la bella Leticia, vestida de amazona, enamorada, quien lo abraza desde atrás con todas sus fuerzas y apoya la cabeza sobre sus macizas espaldas, cierra los ojos y comprende que este viaje con él, rumbo a lo desconocido, ya no tiene vuelta atrás. 

jueves, 19 de abril de 2012

GRIS (Cuento)

Son las cuatro de la tarde, camino por el viejo barrio de casas coloniales donde habíamos jugado de niños, los geranios colgando de los maceteros sujetos a la pared mediante soportes de hierro forjado despiertan en mí una nostalgia lánguida y antigua. Reconozco la casa de Jano, la puerta de madera se ve astillada y los goznes lucen oxidados. Me detengo y respiro profundamente, toco el viejo timbre de botón y espero. Pasan cerca de tres minutos y nadie atiende, intento de nuevo y espero otra vez, nada, luego tomo una moneda y golpeo la puerta con fuerza, contengo la respiración y escucho pasos, se abre la puerta y aparece Nina. Me invita a pasar, camino por el zaguán sucio lleno de botellas y basura que conduce a un breve patio central que comunica a la sala de la vieja casa.

Nina abre la puerta de la sala y mientras tanto yo la espero a la sombra de una palmera que de milagro sobrevive sin agua en el centro del patio. El sol amarillo de la tarde serrana me hace entrecerrar los ojos y Nina me hace una seña para que pase. Entro con cuidado, está oscuro, mis ojos no se acostumbran a la falta de luz, Nina me señala un sillón que a duras penas logro distinguir gracias a la tenue luminiscencia que todavía pasa por la puerta. Me siento. El silencio se torna incómodo. Sin saber todavía de donde viene escucho una voz áspera y cansada.
– Nina me dijo que venias.
– Jano – contesté tratando de adivinar su silueta - ¿Cómo estás?
– Gris, Rolando, gris. ¿Tú sabes qué es estar gris? Ayer estaba azul, pero hoy amanecí gris. El gris no me gusta, el gris no es un color Rolando…, Roland…, Rolo…, es una mezcla de colores, cuando te equivocas en la paleta y todo sale mal, la mezcla es gris. ¿Te das cuenta? Nadie prepara gris con intención en la paleta, el gris es el resultado de la equivocación, es un error. Soy un error Rolo, todos somos un error de Dios.

Se detiene y para ese momento ya he logrado ver su figura, está arropado con una vieja frazada que le cubre las piernas y parte del torso de donde emerge una vieja sudadera con capucha. Tiene la capucha puesta, se ha puesto un cigarrillo en la boca y mira a Nina, ella se acerca y enciende un fósforo. La chispa me permite ver su inconfundible nariz alargada y huesuda. Aspira el humo con placer y me mira:
– Nunca fumes Rolo, es una mierda, el cigarro no sabe a nada. ¿Te dije que me siento gris? No importa Rolo, ayer le contaba a Nina que una vez me sentí verde, pero luego se hizo una baba, ¿has cortado una sábila Rolando? Se ve el corte limpio, brillante, luego se escurre una baba que te embarra las manos. Eso me pasó Rolito. Me hice una baba verde, pegajosa, luego todo se volvió rojo, luego azul… y ahora gris. Y Nina no me deja pintar Rolo, pintar es lo único que sé hacer, y ella no me deja. ¿Dónde están mis pinceles Nina? Dile a Rolando que no me dejas pintar. Eres una mierda Nina. Mira Rolando, no te dejes embaucar por esta pecosa, desde chiquita era un pedacito de mierda, me seguía a todas partes Rolo, nunca me dejaba en paz. ¿Pero para qué te cuento? Si tú estabas allí. ¿Te acuerdas Rolo como nos seguía a todas partes y no nos dejaba en paz? Ahora no me deja pintar Rolito, no me deja y yo me siento aquí gris, pero azulado Rolo, has venido y me has traído un pedacito de azul, ¿ves? ¿Has traído algo para tomar?
– No – le contesto confundido y le miento – no tuve tiempo, pero en un rato salgo a comprar algo.
– Qué bueno Rolo. Tengo ganas de tomar un rosé, el whisky es una mierda, tampoco sabe a nada. No traigas whisky Rolando, es trago de blancos de mierda como esta – me dice mirando a Nina. Nina me mira algo avergonzada.
– No digas eso Jano, Nina es tu hermana, y tú eres tan blanco como ella.
– ¡Ja ja! – ríe sin energía – tú sabes a qué me refiero. Yo vengo de una familia de blancos, pero no soy blanco. Yo tengo el alma negra Rolo, ¿Por qué has venido Rolan? ¿Has traído el vino?

Jano aspira el humo del cigarro y mira al cielo. Casi todo el tiempo se dirige a mi pero sin mirarme. Me preocupa que esté quedándose ciego. Miro alrededor, la sala está llena de sus pinturas, algunas están rasgadas, hay pinceles dispersos en el piso, paletas con pintura seca, los libros amontonados en los libreros y las mesas. Noto que hay ceniceros con colillas prácticamente en cada rincón. Nina no vive aquí, solo viene a traerle comida y cigarros.

– Rolo, escúchame hermano – me dice aun mirando al techo abovedado – ¿dónde están los chicos del barrio? Ya nadie me viene a visitar. Hace unos días vino el flaco Camilo, estuvo conversando horas conmigo y se sentó en el mismo sillón en el que estás ahora Rolo. Dice el flaco que no te ve hace tiempo, hablamos de los grises ¿sabes? El también estaba gris ese día, yo no. Me dijo que no venía antes porque no sabía donde vivo ¿te das cuenta Rolo? ¡Qué pendejo! ¡Si he vivido en esta casa toda la vida! Desde que éramos chicos Rolando, tú vivías a dos casas. Tu viniste al velorio de los viejos, ¿te acuerdas? Ese día no estuve gris. No me jodió que los viejos se mueran, me jodió que se murieran de una manera tan estúpida. La vida es una cojudez Rolito, los viejos me dejaron esta casa. Yo la quería vender, pero esta mierdita de acá no me deja, cree que me voy a tirar la plata. No Rolito, no, es por los recuerdos hermano, los recuerdos me comen en esta casa. Yo creo que hay fantasmas Rolo, a veces veo a los viejos caminando por el patio, por eso ya no salgo de esta sala hermanito. Invítame un cigarro Nina.
Nina le entrega otro cigarro y lo enciende, yo hasta ahora no he dicho nada. En realidad no sé qué decir.
– Los chicos me dijeron que te envían saludos – dije tratando de cambiar de tema – a ver cuándo nos reunimos.
– Los chicos Rolando, los chicos… ¿ya no somos chicos no? ¿Cuántos años han pasado desde que terminamos la escuela?
– Veinticinco – contesto.
– Veinticinco años Rolo. Tú te ves como si tuvieras dicisiete.
– No me mientas – le digo – ya tengo cuarenta y dos.
– No parece Rolo, te ves bien, te veo naranja, con destellos amarillos. Yo me siento gris, no sé si te dije. Todo está gris estos días. ¿Te dije que vino el flaco Camilo? El flaco está igualito, pero no estaba gris, yo creo que si tuviera que decirte un color te diría que el flaco es morado, el flaco iba a la procesión del señor de los milagros en octubre, ¿sabías? Estuvimos hablando de eso el día que vino.
– El flaco murió hace dos años – le dije mirando al suelo al mismo tiempo que se me partía el corazón. Jano se quedó mudo sosteniendo el cigarro en el aire, como si se hubiese paralizado, luego continuó.
– Esos son detalles Rolo, la semana pasada vino el flaco ¡y no jodas! – aspiró el humo del cigarro y me miró a los ojos por primera vez, susurrando – ¿sabías que veo a los viejos caminando por el patio Rolo? Estoy pensando que me estoy volviendo loco hermano.

Miro sus ojos verdes profundos, cristalinos, húmedos, me entristece su mirada perdida. A pesar de que el sol está a punto de ocultarse puedo verlo con claridad. Noto sus manos temblorosas sosteniendo el cigarrillo, los dientes amarillentos y la barba manchada de nicotina.
– No estás loco, a todos nos pasa eso alguna vez. Tus viejos te querían, los tienes presentes, por eso imaginas cosas.
– No Rolo, los veo – me contesta mirando a los lados con una notoria paranoia.
– Jano, escúchame. Quiero pedirte un favor. He hablado con los chicos, queremos organizar una exposición tuya en la universidad, nosotros vamos a organizar todo, pero necesito que me hagas un favor.
– Claro – me contesta con algo de sorna, sin emoción.
– Tienes que ir a un centro de rehabilitación, solo dos meses, en tres haremos la exposición, te necesitamos sobrio.
Jano me mira y me hace una seña para que me acerque, me acerco un poco y él repite la seña para que me acerque más, yo me apoyo en el brazo del sillón donde descansa y me toma de la solapa del traje y me susurra al oído.
– ¿Es idea de esa mierdita no? Desde que murieron los viejos quiere quedarse con la casa Rolo, se quiere deshacer de mí, pero los viejos me dejaron la casa a mí, a mí. No te dejes engañar Rolo, tú eres buena gente, no te dejes engañar, pero escucha, escucha, le vamos a seguir la corriente – se separa de mí casi empujándome y dice con voz exageradamente alta: – ¡Vamos hermano! ¡Hagamos la exposición que tanto quieres, pero si quieres que esta pecosa de mierda me meta el dedo en el culo…!
– ¡Jano! – le grito impaciente.
Jano se ríe estrepitosamente y fuma, yo me siento desolado.
– Tengo que irme Jano – le digo.
– Vete Rolito, vete, mas tarde viene el flaco Camilo a tomarse un vino rosé conmigo. No te preocupes. Dile a los chicos que mi propia hermana no me deja pintar, me esconde los pinceles Rolan, paso todos los días buscando los pinceles, la vida es una mierda ¿sabes? Los chicos no quieren venir a la casa, creo que no saben donde vivo, diles Rolo, diles que vivo aquí, en la misma casa…

Me pongo de pie y le doy una palmada en el hombro mientras sigue hablando, no se da cuenta que me voy de la habitación. Nina me acompaña hasta la puerta.
– ¿Sigue consumiendo? – le pregunto.
– Se las ingenia de alguna manera – me dice Nina desesperada – cada día está peor Rolando, ya no sé qué hacer. Hace meses que no pinta.
– Déjame pensar en algo – le digo sabiendo que no hay remedio para Jano y me despido dándole un beso rápido en la mejilla.

Una vez en la calle, cierro la chaqueta hasta el cuello, hace frio, camino rápido, quiero alejarme, me doy cuenta que empiezo a sentirme gris también.

miércoles, 29 de febrero de 2012

LOS GALLINAZOS SABEN QUE TE VAS A MORIR (Cuento)

Julio salió de la maleza sudoroso, machete en mano se cubrió los ojos, era un día soleado y particularmente caluroso. Con las botas de jebe sentía sus pies hervir pero faltaba poco para llegar a la carretera donde ha dejado la moto cubierta por unas hojas de banano, se quitó el sombrero y se secó el sudor de la frente con el pañuelo que lleva en el bolsillo, se cubre y camina unos pasos, en ese instante siente la punzada aguda algunos centímetros por debajo de la rodilla, levanta instintivamente el machete y ve la cola de una serpiente jergón perdiéndose en la maleza, asesta un golpe pero es tarde, la serpiente ha desaparecido.

Julio levanta la bermuda y descubre que la jergón lo ha mordido un par de centímetros por encima de la bota de jebe, “Qué mala suerte” se dice mientras lava la herida con un poco de agua de la botella que lleva en el morral. Tiene que pensar rápido, su hacienda está a dos kilómetros, la carretera a quinientos metros, la ciudad a tres kilómetros. “Tengo que pensar rápido” repite. Sabe que la pierna empezará a podrirse pronto, tiene poco tiempo. Saca el celular de su bolsillo y lee, como se esperaba: “sin señal”, se da cuenta que si llega hasta la moto no podrá manejar hasta la ciudad, a su derecha hay una pequeña loma, tal vez haya señal ahí, “Piensa rápido” se dice, toma el morral y le quita el tirante, con la hebilla que sirve para graduar el largo improvisa un torniquete y ajusta por encima de su rodilla, no sabe si funcionará pero alguna vez vio a en la televisión que una persona mordida por una serpiente lo hacía; mete el celular en su bolsillo y toma el machete en una mano y la botella con agua en la otra. Camina firme hacia la loma.

Julio ha avanzado cerca de doscientos metros y siente el sudor helado recorrer su frente, tiene la sensación de que se le han erizado los pelos de la coronilla, el frío se extiende a su columna vertebral, la pierna empieza a adormecerse, no sabe bien si es por el torniquete o por el veneno, le cuesta caminar, pero sigue avanzando, se apoya en el machete a guisa de bastón. A pesar el sol ardiente empieza a sentir escalofríos, su frente empapada de sudor al igual que el pecho, donde el polo se le ha pegado a la piel, siente la boca seca, “tengo que llegar rápido” se dice, mientras saca el celular y lo mira, aún no hay señal.

Algunos minutos después y con mucho esfuerzo llega a la loma, siente los oídos a punto de taparse, saca el celular y trata de llamar, no logra conectarse, sin embargo ve que el indicador de señal pinta una raya intermitentemente, “tengo que pensar rápido” se concentra y escribe un mensaje de texto: “Me ha mordido jergón, ayuda, km 52, cerca mi moto” y lo envía a todos los contactos que puede mientras empieza a ver puntos brillantes en el aire y se le apaga la visión lentamente al mismo tiempo que siente un barullo dentro de sus oídos parecido al ruido del mar.

Sin poder ver más la pantalla del celular se desploma en el pasto esperando que los mensajes hayan sido suficientes, abre los ojos tratando de mirar a su alrededor, siente que le falta el aire. Se recuesta y se le ocurre que si lo hace la sangre llegará más rápido a su cuerpo, se incorpora unos centímetros, a ciegas casi busca la botella de agua y toma un poco, su visión mejora, busca el celular, lee dificultosamente que otra vez está sin señal, si pudiera pararse, levantar el celular un poco más, mira su pierna, alrededor de la herida sus venas, vasos y capilares son una maraña de hilos rojos, verdes y azules, la herida está poniéndose negra, “la pierna se está pudriendo” piensa.

Espera, no recuerda que hora era cuando lo mordió la serpiente, y aunque lo recordara, sus ojos ya no distinguen las letras en la pantalla del celular, el tiempo parece infinito, espera que en el lugar desde donde está lo puedan ver desde la carretera, el peso de su cuerpo lo empuja hacia el suelo, trata de resistirse, se apoya de costado en la hierba, no resiste más y cae boca arriba, “Qué mala suerte” piensa, “justo encima de la bota”, recordó que ayer se puso unos pantalones largos, que por el calor había decidido ponerse bermudas hoy, el sol le quema los párpados, le duele la cabeza como si le hubiesen pegado con un tronco, casi no siente la pierna, abre los ojos y ve un gallinazo casi frente a él, reúne un poco de fuerzas y lo espanta. El gallinazo sabe que está débil, se aleja pero no mucho. Julio busca el machete a su alrededor, lo encuentra, trata de asustar al ave, esta no se inmuta, a lo mucho retrocede tres o cuatro pasos con su salto característico, se acomoda las alas como si tuviese las manos cruzadas sobre la espalda esperando pacientemente la llegada de la muerte.

Julio se siente agobiado, el calor soporífero, el dolor en las sienes, siente sueño, trata de no rendirse, se incorpora un poco y ve la silueta de cinco gallinazos, “los gallinazos saben que te vas morir” se dice, “solo están esperando que cierres los ojos para empezar a picarte”. Sacudió el machete y se sintió agotado, trató de mirar su pierna y ya no podía incorporarse más, hizo un último esfuerzo por mantener los ojos abiertos, miró al cielo y vio a cinco o seis gallinazos volando alrededor de él, “que mala suerte” se dijo e hizo un último movimiento, les lanzó a los gallinazos la botella de agua vacía, estos hicieron paso para el envase pero no se fueron, Julio quiso empuñar el machete dispuesto a acabar con el primero que se le acerque pero sus dedos ya no le respondieron, apoyó la cabeza en el pasto salvaje, miró el cielo, azul, limpio, su visión empezó a teñirse de gris, el barullo de sus oídos le hizo otra vez recordar el mar, cuánto le gustaba el mar, sintió que un gallinazo le jaloneaba la tela de la bermuda, ya no le importó, todo era negro a pesar de que no había cerrado los ojos, sintió frío y paz, suspiró y cerró los ojos.

* * *

Al día siguiente Julio abrió los ojos y lo primero que vio fue a su hermano Sebastián, de pie al lado de la camilla del hospital, este le sonrió.
– ¿Recibiste mi mensaje? – preguntó Julio.
– Sí, y fui volando, encontré la moto pero no sabía dónde estabas. Te encontré gracias a los gallinazos.
– Los gallinazos – repitió sonriente Julio – los gallinazos.

PUROS CLANDESTINOS

José Manuel nos lleva a la fábrica de ron más antigua de Cuba, curiosos preguntamos el precio de los habanos que vemos en un mostrador, el tendero nos dice que cada uno cuesta aproximadamente cinco dólares. José Manuel nos susurra que más tarde nos llevará a un lugar donde podemos comprar habanos de buena calidad a buen precio.

Más tarde en el taxi José Manuel, mientras conduce, nos cuenta que un negocio habitual en La Habana y al parecer en toda Cuba es tratar de venderle puros en la calle a los turistas despistados, negocio que usualmente termina en estafa cuando el turista abre el paquete y descubre que la mercadería son puros de mala calidad, si tuvo suerte, o si no, una caja llena de basura en el peor de los casos (José Manuel al igual que otros cubanos que nos advierten del asunto, nunca usan la palabra “estafa”, prefieren decir cualquier otra cosa, como “problemas” o “cosas que no son”).

Minutos después entramos a una callejuela estrecha, a la izquierda una mujer conversa con un hombre mayor en la puerta de la casa. José Manuel se estaciona frente a ellos y los saluda con naturalidad, ellos corresponden y rápidamente desaparecen de la escena, por arte de magia aparece un sujeto cuyo nombre no importa, es de baja estatura, viste una camiseta verde que tiene el logotipo de la marca “Polo” y que lleva estampada una corbata azul con líneas amarillas y rojas en el pecho; en la cabeza lleva un gorro caqui militar que a todas luces es de marca, tiene – no podía ser de otra forma – un habano encendido en la boca e irradia una simpatía a prueba de balas.

Viene acompañado de otro sujeto, que discretamente casi no interviene, nos invitan a pasar a la casa, un zaguán y una pequeña sala a la izquierda, pasamos a la sala. No sentamos, el tipo nos pregunta en qué nos puede servir – como desentendiéndose del asunto – y nosotros algo sorprendidos pero seguros, preguntamos por los habanos, sonríe, da una chupada a su puro llenando de humo el ambiente y sube las escaleras, regresa luego de unos minutos con cajas con todas la variedades posibles de puros cubanos, en todas la presentaciones. Hablamos de precios y notamos que efectivamente está muy por debajo de los precios de las tiendas destinadas para turistas. Compramos unas cajas y nos quedamos con las ganas de llevarnos todo. Claudio le pregunta si acepta sacarse una foto con nosotros y contra lo que esperábamos acepta gustoso.

Más tarde José Manuel nos explica que nuestro clandestino proveedor trabaja en la tabacalera nacional, motivo por el cual tiene acceso a esa mercadería. En ese momento me surgen cien preguntas pero prefiero no saber, precisamente ahora que escribo esta nota, también cambio de decisión , pensaba acompañar la nota con una de las fotos que nos tomamos con este personaje, pero desisto, no quiero meter en problemas a este simpático cubano. Sin duda alguna es una de las estampas que me traje de Cuba, un tipo carismático y alegre, y unos habanos de muy buena calidad que todavía no me termino de fumar.

EL MISTERIO DE LAS SANDALIAS PERDIDAS

Cuando llegué a la casa de mi suegra, mi mochila tenía prácticamente dos prendas y un neceser, una vez allí recogí varios polos y unas bermudas que habíamos lavado en ese lugar y habían quedado secando. También allí estaban mis sandalias de cuero, unas que compré en Arequipa hace años, de esas que parecen de padre franciscano y que siempre me gustaron por ser cómodas, de fino material y excelente acabado; además tenían la particularidad de cubrir el pie lo suficiente para no ser víctima de los mosquitos sin dejar de ser por ello frescas. Las metí en una bolsa de plástico (porque aún estaban húmedas) y las puse también en la mochila.

Minutos después, en la prisa, saqué todo de la mochila (que no era mucho) y organicé las cosas para que no se arruguen los polos. Cerré y me fui rumbo a Puerto Maldonado.

En Puerto Maldonado me fui directo al aeropuerto, una vez allí entregué la mochila para bodega y esperamos como dos horas porque el vuelo estaba retrasado. Esa noche en Lima fui a comprar más ropa y reorganicé nuevamente la mochila en casa de mi primo Claudio.

Luego de ello nos fuimos al aeropuerto otra vez. Esta vez sí, pedí un precinto para la mochila y viajamos hasta Cuba. En La Habana, no usé las sandalias pero si saqué casi todo de la mochila para que no se arrugue.

Al día siguiente en Varadero… ¡¡no estaban mis queridas sandalias!! ¿Las olvidé en el hotel de La Habana? ¿En la casa de Claudio en Lima? ¿En la casa de mi suegra en Brasil? No había forma de comunicarme con los dos últimos lugares y respecto al hotel de La Habana, si las olvidé ya eran cosa perdida. Me resigné. Felizmente había comprado en Lima unas sandalias de baño y usé esas en la playa.

Regresando a Lima le encargué a Claudio que por favor buscara en su casa, era un posibilidad a considerar que al momento de ordenar el equipaje, las sandalias se hubiesen quedado bajo la mesa o bajo el sofá. Claudio me confirmó que no había nada.

Estando en Iñapari, me fui al día siguiente a Assis Brasil, y busqué en la casa de mi suegra. Tampoco había nada, pero esa era una opción poco probable porque habían pocas cosas en la mochila, entonces solo quedaba el Hotel Habana Libre.

Otra alternativa era que “alguien” se las hubiese llevado del hotel en La Habana. La cuestión era ¿había olvidado las sandalias o había sido víctima de robo? El olvido era poco probable, porque durante la noche se me cayeron algunas cosas al piso de la mesa de noche y me levanté a buscarlas, la cama no tenía patas, era de las que van directamente sobre el piso mediante una estructura similar al propio colchón, así que solo quedaba la alternativa del robo.

Era un mal recuerdo de todo lo maravilloso de lo que había sido el viaje a Cuba, hasta que hace pocos días revisando las fotos del viaje, me quedé observando una que le había tomado al cuarto del hotel precisamente después de haber sacado mis cosas de la mochila, y no estaba la bolsa con las sandalias en ningún lugar, lo que significaba que estas nunca llegaron a Cuba. Repasé mentalmente el viaje completo y solo pudieron haber sido robadas en un lugar: Mientras esperábamos en vuelo retrasado en Puerto Maldonado. Recordé que las sandalias estaban arriba, cerca del cierre de la mochila, fácil de sacar, finalmente resuelto el misterio y limpio el grato recuerdo del viaje a Cuba.