sábado, 2 de mayo de 2015

CRUCE DE CAMINOS CON EL DIABLO (Cuento)

“Early in the morning, when you knocked upon my door, Early in the morning, when you knocked upon  my door, I said Hello Satan, I believe it’s time to go.”
Me and the devil blues. Robert Johnson

Robert, sentado en la vieja banqueta de madera que él mismo había llevado, sintió que el frío de la madrugada le partía los huesos. Llevaba esperando cerca de seis horas en el mismo lugar, fumando, aterido pero con la clara sensación del sudor frío humedeciendo su desgastada camisa.  Alguien le había dicho que en el cruce de los caminos de Clarksdake en Misisipi, aparecía el diablo a media noche. Llevó una banca y una guitarra Gibson nueva que había comprado con todos sus ahorros y hasta con los que no tenía, prestándose de aquí y de allá sin saber todavía si podría pagar.

Recordó los últimos años, a los dieciocho se había casado con Virginia, fue feliz. A pesar de lo poco que ganaba tocando en clubes de mala muerte por la noche y trabajando en los campos de algodón cuando se podía, había logrado formar un hogar. Su corazón se partió de tristeza cuando ella y el bebé murieron la noche del parto. Se ahogó en la tristeza y el alcohol, tocaba ebrio y cada vez peor. Recordó los tiempos de la escuela, cuando empezó a tocar la armónica con sus amigos y luego su madre, entusiasmada, consiguió un arpa usada para él. Nunca tuvo afecto por los estudios, su madre le imploraba que se esfuerce y aprenda las asignaturas, pero sus diez hermanos mayores lo habían hecho y daba igual porque terminaban trabajando en las plantaciones o arreando ganado. Se dio cuenta que estudiar no haría la diferencia con ningún negro de Hazlehurst ni de todo Misisipi, se abandonaba a la música. Un día el reverendo McKenna lo probó para instrumentalizar el coro de la iglesia. Le dijo: “Muchacho, tocas bien, pero no lo suficiente, si quieres puedes quedarte para enseñarte a cantar, pero para tocar te falta mucho.” Robert no volvió, tocaba en casa y se esforzaba en hacerlo mejor, pero notaba que no lo conseguía. Terminó siendo un músico mediocre y peor aún luego de la muerte de Virginia. El whisky barato le daba fuerzas para cantar y cantaba con verdadero dolor, pero tocaba de mala manera, siempre a la diabla y sin precisión, esperando ansioso la pausa entre canción y canción para la siguiente ronda de alcohol.

Fue en uno de esos clubes que lo contrataban solo porque no había otro más barato qué él donde Robert conoció a Billy. Billy se sentaba en una esquina, bebía siete whiskys y a veces se quedaba hasta el final. Nadie sabía de dónde había venido, su rostro negro insondable con incontables arrugas profundas y su cabello blanco apretado hacían imposible adivinar su verdadera edad. Vivía en un establo, se le veía ordeñar las vacas en las mañanas pero no hablaba con nadie. Todo su dinero lo gastaba en whisky, no se le conocía mujer ni hijos. Un día cuando Robert bajaba del tabladillo miserable que servía como escenario, Billy lo llamó para conversar. Robert se disculpó en un principio, pero no resistió la tentación del whisky gratis que Billy le ofrecía. Se sentó, casi no habló, Billy tampoco lo hacía pero trazaba figuras con los dedos sobre la mesa y de rato en rato golpeaba con ritmo el tablero, luego de un rato le preguntó si las canciones que cantaba eran suyas.
 – Sí – respondió.
– Tal vez si se las das a alguien que las toque mejor, podrías ganar algo de dinero – replicó Billy.
– ¡No!, son mías – contestó firme Robert, recordando a Virginia. Había escrito esas canciones pensando en ella.
Billy se rió con estrépito. Lo miró fijo a los ojos y le contó la historia de un hombre que vendió su alma al diablo a cambio de talento para tocar la guitarra.
– Esas son mentiras – exclamó Robert y tomó el último whisky de un solo golpe, cuando se marchaba escuchó a Billy decir:
– No pierdes nada, solo tienes que ir a media noche a un cruce de caminos. Eso es todo.

Robert desde aquella noche no dejó de pensar en el asunto. Ya no tenía familia, vivía en un sucio cuarto donde había guardado bien escondidos algunos dólares por si en algún momento caía enfermo o dejaban de contratarlo como había pasado en muchas ocasiones.

Esa noche había caminado sin ganas hasta el cruce, llegó cerca de las diez cargando la guitarra nueva con cuidado y el viejo banquillo para tener dónde sentarse. Esperó entre asustado y escéptico hasta la media noche. Deseaba de corazón que no apareciera nadie, que todo fuese un cuento viejo con el que los abuelos asustan a los niños para que no salgan de noche. Cuando calculó que sería la hora indicada no pasó nada, solo el silencio y la negritud profunda. De pronto oyó pasos, se le escarapeló el cuerpo. Encorvó la espalda, aguzó la vista y pensó en usar la guitarra como arma en caso de emergencia. Frente a sí, una silueta emergió de la noche, a medida que se acercaba pudo reconocer el andar, la pelambre blanca, las arrugas infinitas, era Billy. Se alivió y sintió enojó al mismo tiempo por la broma de mal gusto. Se puso de pie, Billy lo saludó sin afecto y extendió la mano. Robert no entendió, “dame la guitarra” dijo y Robert se negó,  Billy rió con sus carcajadas estentóreas, sus  ojos llamearon y sus dientes brillaron en una noche sin luna como si estuviesen hechos de alguna sustancia luminosa. Robert sintió subir desde su vientre un calor trémulo, una sensación vaga en la espina dorsal de que ese hombre viejo era eterno y que expedía un olor intenso a animal sacrificado. Comprendió todo.
– ¿Aún estás dispuesto a vender tu alma, muchacho? – Dijo Billy.
 – Sí  – contestó firme Robert al mismo tiempo que entregaba la guitarra.

Billy tomó el instrumento y se fue como había venido, Robert esperó y esperó. Pensaba por minutos, y seriamente, que había sido engañado con el cuento más viejo del mundo y que Billy estaría riéndose de él, que vendería la guitarra al primer desprevenido y se largaría del pueblo. Sin embargo la desazón que le había dejado esa mirada maligna lo había convencido en última instancia a entregar la guitarra. Raspó el tacón de sus viejos zapatos en el piso terroso, enrolló y encendió su último cigarrillo y cuando estaba por terminarlo apareció Billy de nuevo, le entregó la guitarra, humeante pero fría como hielo. Respiró y preguntó:
– ¿Y ahora?
– Espera a mañana en la noche y solo toca, pero la primera vez deberá ser en el lugar que te vio nacer. No olvides que tu alma me pertenece.
– Ya lo sé. ¿Algún consejo? – preguntó Robert.
– Sí – dijo Billy.

* * *

A partir de ese momento la vida de Robert cambió, regresó a Hazlehurst y tocó, la primera noche a nadie le llamó la atención el músico, era el fracasado Robert LeRoy Johnson que había vuelto como se fue, pasó desapercibido. Sin embargo él descubrió que la guitarra literalmente tocaba sola cuando pasaba sus dedos por el mástil. Eran sonidos nuevos, firmes, profundos, melancólicos y al mismo tiempo intensos. Poco después se dio cuenta que solo tenía que cerrar los ojos e imaginar la música y esta fluía de sus dedos hacia la guitarra. Un día, a solas, probó con una guitarra diferente, fue como si estuviese arrancando gemidos lastimeros de una tabla atada con tripas de animal. A partir de entonces nunca se despegaba de la guitarra, dormía con ella, no volvió a tocar con otra, por esos días conoció a Esther, una joven viuda adinerada y se casó con ella, tuvo un hijo. Poco tiempo después se corrió la voz de su talento, venía gente a verlo de todo el estado e incluso desde otros estados. Le propusieron viajes que aceptó, grabó en dos años veintinueve canciones pero siempre exigió tocar sin iluminación, con el pretexto de que la luz le dañaba los ojos, así podía ejecutar en la penumbra. La verdad era que tenía miedo de que la gente viera que no eran sus dedos los que producían los sonidos de la guitarra endemoniada. En los estudios, donde no podía esconderse en la oscuridad, tocaba mirando a la pared y de espaldas a la consola con la excusa de que la acústica era mejor de esa manera para su música. Las disqueras no lo contradijeron jamás, sus canciones eran todo un éxito. Sin embargo, con el tiempo la ansiedad lo fue consumiendo, tenía miedo de que su tiempo se acabe. Tenía miedo de que Billy viniese a cobrar su deuda, lo veía o creía verlo en todos los clubes y bares, en la mesa de la esquina, bebiendo siete whiskys e irse. En ocasiones cuando creía verlo cancelaba la presentación y escapaba con su propios recursos del pueblo, en cada lugar siempre encontraba una mujer que rápidamente accedía a sus pasiones y pasaba la noche con él, con el tiempo asumió que era parte del trato. Vivía en hoteles, dormía en un pueblo y a la noche siguiente en otro; nunca dejó que le tomen una foto, excepto aquella vez que la disquera lo amenazó con que sin foto no habría disco. Aceptó de mala gana.

Cuando tenía veintisiete años, el sábado trece de agosto de mil novecientos treinta y ocho estaba en Greenwood, en Carolina del Sur, la noche anterior se había acostado con la mujer del dueño del club donde habría de presentarse, una mulata apasionada y febril de nombre profético: Diamond. Ella cedió a sus requerimientos sin pudor y se metió disfrazada de mucama en su cuarto una vez que tuvo la certeza de que el marido se había dormido. Antes de la presentación alguien le mandó una botella de whisky, estaba abierta. Estaba a punto de beber y miró el timbre roto y girado. La rechazó. Diamond, que ayudaba a su marido en la barra del bar, abrió otra botella y se le envió. No desconfió y bebió. Minutos después, mientras tocaba levantó la vista desde la penumbra y distinguió a Billy en el fondo del club bebiendo su séptimo whisky, vio la mirada de fuego y los dientes fulgurantes, sintió un espasmo en el pecho y la garganta seca, el vientre se le incendiaba y los tendones de sus manos se agarrotaban dolorosamente por el efecto de la estricnina. En ese momento recordó el consejo de Billy, aquella noche en el  cruce de los caminos de Clarksdake:
  – Nunca bebas whisky de una botella que no haya sido abierta por tus propias manos.

domingo, 29 de marzo de 2015

EL SERRUCHO (Crónica de un ensayo filológico y semiótico)

Bastante polémica había desatado en los medios académicos más ilustres la enigmática letra del tema musical denominado “The Handsaw”,  bien llamado por la vertiente de la escuela Germana “Die Säge” y conocida por el vulgo como “El Serrucho”. Al respecto en las instalaciones de la Real Sociedad Científica de Letras y Artes, sucesora de la Academia de Bologna del Rito más Antiguo y Aceptado, discutíamos con Richard McLaren, erudito británico de incierto origen ítalo germánico la posibilidad de que el tema en mención ocultase en sus versos mediante código cifrado algún mensaje de sectas oscurantistas, Illuminatis o del Nuevo Orden Mundial conocida esta por su aterrador lema “Ordo ab Chao”.

McLaren sostenía por su parte que se trataba más bien de una secuencia de cuartillas compuestas  de octosílabos imperfectos de rima libre alternada con rimas cruzadas o abrazadas; las que representaban de manera audaz los usos y costumbres de los bárbaros medievales que saqueaban los campamentos de Henry el Visigodo en las campañas de las Cruzadas dispuestas por el Papa Urbano II luego del concilio de Clermont. Explicaba McLaren el siguiente verso inicial:
 
"Se prendió la fiesta

Esta noche voy a beber 
Traigan la maicena 
Porque voy a dar.” 

Resultaba claro, afirmaba McLaren (pese a mi férrea oposición dogmática), que la aparente incertidumbre del último octosílabo tenía un referente implícito a Ticio y Tifeo, quienes no podían dar lo que desease el poeta, como se describía en el Canto XXIX de la Divina Comedia.

Edgar Short, filólogo de la Universidad de Estrasburgo quien pasaba algunos días por la ciudad y también participaba de la charla, anotó inteligentemente que la hipótesis de McLaren era en prima facie legítima, pero que sin embargo en la fecha del inicio de las cruzadas aún no se conocía la maicena puesto que siendo esta producto de la harina del maíz, se debía tomar en cuenta que esta gramínea había sido introducida en Europa recién en el siglo XVII, resultando en todo caso una imperdonable imprecisión histórica su uso. Lo más probable sería entonces que la cuartilla hiciese referencia, por la invocación del derivado del maíz, a una festividad de notorio origen pagano que realizan los pueblos mesoamericanos en Amatlán de Quetzalcóatl, Tepoztlán, en las cercanías de la localidad de Morelos en México.

Quedaba entonces la cuestión del uso del verbo “dar” en su forma infinitiva ubicado inmediatamente después del indicativo en tiempo presente del verbo “ir”. Resultaba un misterio la intencional omisión del objeto sobre el que recaería la acción. ¿Qué era lo que se pretendía dar? Y más importante todavía, ¿Porqué?

McLaren, dolido todavía por haber planteado la tesis fallida de las cruzadas sugirió que el misterio podría resolverse con el análisis del coro:
 
"Serrucho, serrucho, serrucho

Esta noche doy  
Serrucho, serrucho, serrucho. 
(repetir cuatro veces)"

Short indicó que ya había descubierto hacía tiempo que el ocasional énfasis de la “ch” en la palabra principal de los versos mediante el recurso de la repetición permanente obedecía a una tendencia literaria consistente en desorientar al oyente a fin de revelar sutilmente la postura antisistema del autor, además la deliberada omisión de las últimas líneas de lo que tendría que ser una cuartilla, se veía compensada por la repetición cuadruplicada de la expresión “Serrucho, serrucho, serrucho”, que en definitiva aclaraba el misterio de qué cosa era la que se tenía que dar.

McLaren y yo coincidimos en el extremo de que estas repeticiones generaban más dudas que aclaraciones, era claro que el autor no había pasado del infinitivo al indicativo en primera persona singular del tiempo presente caprichosamente, agregando además el elemento de la nocturnidad. Problematizamos: ¿Era acaso tan simple que lo que se podía dar y además de noche, era sencillamente un serrucho? Decidimos convocar a Denilson Dos Santos que casualmente compraba el diario frente a nosotros, puesto que recientemente se había graduado de Doctor en Semiótica en la Universidad de Lepanto con honores Summa Cum Laude con la tesis “Drei Käuze auf dem Vertiko, o la presencia infausta de la tercera lechuza en landó, Ambaraba chichí cocó.”

Instruido Dos Santos en el tema de debate, nos pidió analizar el resto de las estrofas, le mostramos las dos siguientes cuartillas:
 
"A María Moñito se le partió

La cama que el Chagua le dio 
La trajo pa que la arreglara 
Porque soy el que la clava. 

Clava clava clava 
Clava clava clava 
Cla cla cla cla cla cla 
Clava” 

Dos Santos, se entretuvo varios minutos con el texto, intentó primero descifrarlo como si se tratara de un galimatías, rápidamente le indicamos que esa fue nuestra primera intención pero no habíamos podido hallar un patrón de encriptamiento, por lo que habíamos abandonado esa senda y apuntábamos más bien a un contenido histórico y que lo habíamos situado ya en la América Central. McLaren señaló, que era inequívoca la referencia a la marihuana o marijuana, muy usada para las festividades populares en centro y sud América, junto al peyote, la mezcalina o la ayahuasca; sólo la marihuana, Cannabis Sativa, al ser una planta de la orden de las Urticales de clase Magnoliopsida formaba brotes que al ser secados se conocen como “moños” en el argot de los lumpanares.  Luego María no podría ser una persona, si no el sicotrópico.

Short, nuevamente a la defensiva, cuestionó la tesis de McLaren, cosa que era común en nuestras discusiones desde aquél incidente universitario, años atrás, cuando Short y McLaren se enfrentaron por el amor de Leonarda de la Colina Irribarren Ruiz de Somocurcio, lanzándose las hojas arrancadas de los poemas de Góngora el primero y de Becquer el segundo, situación que jamás se resolvió pues como se descubrió luego, Leonarda (Loli en el círculo del Club Campestre y Long Tennis) prefería secretamente a Vallejo a espaldas de su familia la que, desde entonces, ya la consideraba una traidora socialista congénita.

Volviendo, Short, con seriedad, propuso que María tenía que ser necesariamente una persona y no una planta, pues se le atribuía ejercer la propiedad de una cama traída por un oscuro personaje de nombre o apelativo Chagua. La cama entonces se habría partido y tendría que ser reparada con la aplicación certera de siete clavos enteros y seis clavos recortados a la mitad, conforme a la fórmula, esta vez sí críptica, que proponía el autor en la estrofa siguiente. Además, agregaba Short, el apócope de la palabra “para” en el tercer verso había tenido que ser usado inevitablemente para reducir en lo posible aquél que para ese punto ya se encontraba desbordado de su matriz octosílaba.

Mientras tanto Dos Santos había tomado mis apuntes y descubierto el siguiente coro, que rezaba:
 
"Yo soy su campintero

Ahí mamá, ahí mamá (repite cuatro veces) 
Y esta noche doy 
Serrucho, serrucho, serrucho 
 (repite cuatro veces)" 

¡Pero si la cosa está clara! exclamó el brasileño, lo que le va a dar es el serrucho. McLaren y Short sonrieron con sorna y me miraron, tuve que explicarle a Dos Santos que eso no era posible porque la cama de ser el caso se había descompuesto de tal manera que requería clavos – en número de siete enteros y seis recortados – para su compostura.  El uso del serrucho (o sierra en correcto español sin ser despectivo con la herramienta) solo sería posible si los daños fuesen mayores y se necesitara reemplazar en integridad una parte el mueble y ello no se desprendía de ninguna de las cuartillas. Era evidente que se trataba de un dato destinado a satisfacer las necesidades básicas de atención del vulgo presa del analfabetismo funcional campeante pero cuyo objeto real era desorientar al investigador científico.

Además, otra cuestión de fondo era - luego de oír atentamente la interpretación oficial - ¿porqué el autor había optado por la expresión “campintero” en lugar del término correcto “carpintero”?,  ¿Qué tenía que ver su progenitora en el desbarajuste de muebles rotos? y finalmente ¿Cuál era la finalidad de entregar el serrucho a María que aparentemente usaba un moño en la cabeza o lo agregaba al nombre de pila ya sea como apelativo coloquial o como patronímico?

McLaren mostrando cierto fastidio puntualizó que el cambio de la “r” por la “m” era evidente, el autor se había visto en la necesidad de crear el neologismo para darle integridad al texto debido a la presencia del componente rural. Así “campintero” no era otra cosa que una nueva palabra derivada de la raíz latina “campus” terreno llano que de acuerdo a una de las acepciones de la Real Academia de la Lengua se refiere a tierra laborable y del celto latino “carpentum” que derivó con el tiempo en el latín “carpentarĭus”  para referirse a quien trabaja y labra la madera, de tal manera que la nueva palabra viene a significar el oficio de labrar o trabajar la madera pero en el campo o área rural. Dos Santos asintió a la explicación de McLaren, que nos pareció a todos correctísima y agregó que le había llamado la atención el juego fonético del coro en su segundo verso, el autor inteligentemente había propuesto un intrincado acertijo de homofonía, pues de acuerdo a cada oyente la expresión se podría interpretar como una interjección de sorpresa o dolor “Ay mamá” o como el uso del adverbio de lugar “Ahí mamá” que conforme al contexto pretendía darle más de un significado metalingüístico al texto, pues sugería que la madre del “campintero” era quien procedía en la práctica a la colocación de los clavos en el lugar apropiado para el posterior martillazo.

Short, quien había estado escuchando atentamente, precisó que aún no habíamos descubierto para qué el “campintero“ le hacía entrega a María del serrucho. Nos miramos con consternación y guardamos silencio por algunos minutos, cavilando sobre la respuesta. Examiné el último coro y tuve una epifanía, era claro que el “campintero”  había llevado el serrucho para reparar la cama pensando que el daño era mayor y que al darse cuenta que solo requería de siete clavos enteros y seis cortados a la mitad, el serrucho le terminaba estorbando en la acción de clavar, motivo por el cual le entregaba  “daba” – la herramienta a María, propietaria de la cama, para que se la sostenga mientras trabajaba.  Short, McLaren y Dos Santos asintieron complacidos y convencidos; acto seguido nos pusimos de pie y levantamos nuestras copas por un éxito más de la Ilustre Real Sociedad Científica de Letras y Artes, sucesora de la Academia de Bologna del Rito más Antiguo y Aceptado.

jueves, 25 de diciembre de 2014

AFLICCION (Cuento)

Sentado en el frío asiento de metal de la Comisaría de Policía de la Rue Fabert, Andelko Volkodlak miraba el triste decorado del lugar. El escritorio estaba cubierto de papeles desordenados, en el extremo derecho notó una pila de informes de apariencia impecable notoriamente separados del resto de documentos, sin embargo el frasco de tinta estaba destapado y el secante estaba manchado, no habían retratos de ninguna clase sobre la mesa. Cuando el inspector a cargo se acercó observó su traje gastado de los puños, ajado, el sombrero era viejo sin duda y había soportado muchas lluvias, la corbata desprolija colgaba se ajustaba mal al cuello de la camisa sin almidonar, Andelko concluyó que el sujeto era soltero o divorciado, probablemente no tenía hijos y el relativo caos sobre la mesa le hacía llegar a la conclusión de que era muy desordenado con los papeles pero probablemente obsesivo con los resultados.

– Dupont – dijo el inspector presentándose cortésmente al mismo tiempo que tomaba asiento y lanzaba el sombrero que se acaba de quitar sobre el secante.
– Chavalier, Michel Chavalier – dijo Andelko, presentándose con el nombre falso que usaba ahora, recordando al mismo tiempo que el apellido Dupont se empezó a usar en la edad media para designar a los plebeyos descastados a quienes se les conocía por el lugar donde vivían, “cerca del puente”, pensó y supuso que el inspector provenía seguramente de una familia de clase media poco acomodada, y eso lo hacía más peligroso, tal vez quería mejorar su posición social siendo un policía inflexible.
– Lo sé – replicó Dupont rebuscando entre los papeles del escritorio.
Se generó un silencio incómodo mientras Dupont hacía que buscaba un documento, Andelko sabía que era una treta para poner nervioso al citado así que se relajó y esperó, no era la primera vez que lo citaban en la comisaría y probablemente no sería la última.

Luego de un rato el inspector acomodó algunas hojas frente a sí sobre el montículo de documentos desordenados y se tomó la mandíbula simulando meditar, luego preguntó:
– ¿Hace cuanto tiempo vive en París señor Chavalier?
– Debo haber perdido la cuenta monsieur – contestó hábilmente, siempre con evasivas, nunca con datos concretos  – disculpe mi falta de memoria, pero más de veinte años seguramente.
– ¿Y dónde trabaja?
– No trabajo inspector, quiero decir no trabajo como usted – vivo de las rentas que producen mis propiedades.
– Ya veo. ¿Recuerda cuáles o también perdió la cuenta?
– Sé cuántas son y un aproximado de lo que producen, pero no las conozco todas, pero si necesita esa información puedo pedirle a mi contador que le haga llegar el detalle…
– Usted es joven – apuntó Dupont mirando fijamente a Andelko – ¿cómo hizo para adquirir esos bienes?
– Herencia familiar. Yo me educaba en América y al fallecer un primo de mis padres yo heredé todo y vine a París.
– Comprendo. ¿Dónde estudiaba?
– No dije que estudiaba, me educaba, con mentores particulares – repuso.
– Entonces no hay registros para probar que estudiaba… se educaba en América.
– Supongo que no.
– Bien, ya veremos eso más adelante.
Andelko tenía deseos de irse, pero sabía perfectamente que la peor pregunta que podía hacer en estos casos era la requerir los cargos por los que había sido citado, hacerlo era colocarse en el papel de investigado. Se apoyó en el espaldar de la silla y cruzó la pierna, en ese preciso instante el inspector Dupont pareció haberle leído la mente y le ganó la jugada:
– ¿No me va a preguntar por qué lo hemos citado?
– Supongo que me lo dirá ahora.
– No lo noto nervioso.
– ¿Debería estarlo? – Preguntó Volkodlak.
– Es usted un hueso difícil de roer monsieur – dijo Dupont un tanto molesto. Acto seguido extrajo una fotografía de un cajón de su escritorio, era de una mujer blanca de rasgos finos, largo cuello, cabello claro recogido, tal vez rubio, la foto en blanco y negro no dejaba espacio para más detalles y la puso sobre la mesa. Andelko se mostró inmutable.
– No  inspector – dijo.
– Entonces no conoce a mademoiselle Leblanc.
– Me gustaría tener el placer, pero infortunadamente no.
– La encontramos la semana pasada en la Rue Bosquet, desangrada, con dos orificios en la yugular – narró Dupont sin usar inflexiones en la voz, como quien lee una lista de compras, pero observando cuidadosamente la reacción de Andelko.
– Dice usted que soy un hueso difícil de roer, monsieur – precisó Andelko – ¿debo suponer que me relacionan con este lamentable deceso?
– Esperamos que no  – contestó ducho el inspector, pero al parecer lo vieron a usted por la Rue Bosquet la misma noche que falleció la muchacha.

Andelko enmudeció, pero no por miedo o sorpresa, sabía que la pregunta vendría tarde o temprano. Le llamaba la atención que alguien realmente creyera haberlo  visto. Estaba midiendo la reacción del inspector a su silencio, si tenía que concluir este asunto tenía que ser ahora, Dupont no pararía hasta el final, era un perro de presa. Sin embargo en ese momento se sentía particularmente cansado, ¿qué pasaría si lo encerraban en la cárcel? ¿Cuánto tiempo tomaría que se den cuenta que no envejecía jamás? ¿Cuánto tiempo le tomaría sencillamente escapar? Lo único que lo entristecía era que al escapar tendría que abandonar sus libros y colecciones de arte, empezar de nuevo en otro lugar. Podrían también condenarlo a muerte. Tal vez fuese mejor morir al fin, después de tantos años la inmortalidad pesa sobre los hombros y sentía que Dupont podría liberarlo de ese peso.

Dupont lo miraba con curiosidad, le llamaba la atención su serenidad y capacidad de dar evasivas pese a su juventud, sin embargo tenía los ojos cansados, lo notó desde el primer momento que lo vio, parecían los ojos de una persona vieja. Ya había averiguado antes sobre él, todo lo que le había dicho encajaba, sabía también que no podría acusarlo con un testigo solitario que además era un mendigo alcohólico y anciano. Había reconocido a Andelko porque años antes había trabajado para él como jardinero y había sido despedido por su adicción a la bebida, precisamente por ello, era un testimonio deleznable. Pensó cuidadosamente como cortar el silencio, sabía que su interlocutor, no lo haría.
– ¿Comprendió lo que le dije monsieur Chavalier? – preguntó.
– Sí, a la perfección – contestó Andelko – lo que me tiene intrigado es cómo es que se atreve a sugerir siquiera que una persona de mi prestigio y rentas esté remotamente implicado con un asunto de esta naturaleza.
– Es nuestro deber preguntar – afirmó Dupont.
– Lo entiendo – dijo Andelko, sabiendo que tenía la partida ganada, Dupont había dicho “nuestro” en lugar de “mi”, acaba de torcer el brazo, se había escudado en el plural porque se había ubicado mentalmente en un plano inferior, sin más armas o pruebas  – debo retirarme ahora – continuó mientras se ponía de pie y buscaba el perchero donde había dejado su abrigo y sombrero.
– Le debo recordar que está en la obligación de acudir a las citaciones – dijo el inspector sin ganas.
– Estoy seguro de que me las harán llegar si es necesario – señaló Andelko.
– Una pregunta más – dijo Dupont poniéndose de pie – ¿cuál es la enfermedad que no le permitió venir durante el día?
– Es una enfermedad extraña inspector, los doctores le llaman foto sensibilidad, alergia a la luz del sol, espero sepa comprender mi condición.
– Claro, no hay cuidado. Lo tomaremos en cuenta.

Andelko se retiró, mientras salía de la dependencia recordó aquella noche, no sabía que la muchacha se apellidaba Leblanc, solo sabía que su nombre era Josette. La encontró en una florería cercana a ese monstruo de fierro al que llamaban Torre Eiffel, la invitó a caminar por el Campo de Marte, entraron en confianza, a ella como a las otras también le tocó la desgracia de parecerse a Fátima y no ser ella. Por un minuto tuvo el impulso de dejarla ir sin hacerle daño, pero había algo en su vientre que le exigía paladear su sangre, confirmar – pese a que ya lo sabía – que no era una réplica de ella, una nueva versión, tal vez mejorada, cuando menos similar. No lo era, lo sintió en su pulso lento, en el sabor acre de su sangre, en la poca resistencia que puso cuando clavó sus colmillos en su cuello delicado, en su pueril candidez e inocencia. La abandonó agonizante en la Rue Bosquet, se retiró afligido y confuso una vez más, tan confuso esta vez que, peligrosamente, se dejó ver.

domingo, 9 de marzo de 2014

PALABRAS SIMPLES (Poema)

Palabras simples escribo
para no estorbar mi pluma.
Palabras como chapitas
clavadas en una pista dura.

Palabras largas, cortas.
polisílabos trágicos de miel
que sin filos ni púas
recortan la pálida tristeza
de este trozo de papel.

Palabras unas con sentido
otras de relleno.
Salmones que luchan
contra la corriente
para seguir existiendo.

Palabras simples silenciosas
que desde su charquito de tinta
nos dicen con razón
que conservemos bien guardada
la simplicidad de la palabra
y la simplicidad del corazón.



* Publicado en Selección de Poemas "Sin Estilo". Publipaso. Arequipa. 1993.  Pág. 27.

sábado, 14 de diciembre de 2013

UNA LUZ EN LA OSCURIDAD: XIOMARA ALEXANDRA VILLALAZ CARPIO Y LA CIUDAD Y LOS PERROS

Me he tomado la libertad de subir a mi blog el ensayo de Xiomara Alexandra Villaláz Carpio, por las siguientes razones:

Hace un par de días mi sobrino Raúl Monrroy Vásquez se dio el trabajo de escanear las páginas que aparecen más abajo. Me contó de una compañera suya del colegio que había escrito un ensayo y que ese ensayo había ganado el premio Concurso Regional Escolar de Ensayos "Mario Vargas Llosa" auspiciado por el Gobierno Regional de Arequipa y la Biblioteca Regional Mario Vargas Llosa.

Apenas empecé a leer el texto noté varias cosas. Primero que el texto de Xiomara es libre, ciertamente libre y fresco, si bien tiene modismos propios de la edad (está en quinto de secundaria, supongo que debe tener dieciséis años), su franqueza releva de cualquier defecto menor en la redacción. Pero lo más importante es el razonamiento de la autora, su auspiciosa capacidad para descubrir el argumento de la obra materia del ensayo y entregarlo de un solo golpe al lector.

Pero las razones de fondo son mayores: Xiomara estudia ahora el quinto de secundaria en mi Alma Mater, el Colegio del Ejército "Arequipa" (hoy "Institución Educativa del Ejército "Arequipa") donde también estudia mi sobrino Raúl, su hermana Guadalupe, donde estudiaron también su hermano mayor Angel y casi todos mis hermanos, lo que es un motivo de mayúsculo orgullo para mi. La otra razón es que me sorprende leer a alguien de la edad del Jaguar, del Esclavo, del Cholo Cava y del Poeta con un vocabulario importante (pese a los modismos ya señalados)  que me alienta y da nuevas esperanzas, muchas veces ya casi perdidas por el inmisericorde destrozo que hacen los escolares y universitarios de hoy en día del idioma castellano. Xiomara lee, eso se percibe en cada párrafo, lee y piensa, piensa sabia y coherentemente, esto último solo es posible para quien lee mucho. Xiomara es una luz en medio de tanta oscuridad, una luz que es necesario compartir para que no deje de brillar y es por ello que me he tomado la libertad de publicar su trabajo. Espero que todos lo puedan disfrutar como lo hice yo.










martes, 3 de septiembre de 2013

HORMIGAS DEL AZÚCAR (Cuento)

Concentrado como estaba en el documento que venía trabajando en el ordenador, Andrés pudo observar con el rabillo del ojo a una hormiga solitaria desplazándose sobre el vidrio que cubría la superficie de su escritorio. Se detuvo, giró y la siguió con la mirada hasta estar seguro de su trayectoria, estiró la mano y la aplastó con el dedo pulgar.

Al regresar al ordenador, colocó sus dedos sobre el teclado y le tomó algunos segundos recuperar la idea, hizo un esfuerzo y continuó. Detestaba esos pequeños incidentes que lo desconcentraban e interrumpían la continuidad de las ideas.

Siguió escribiendo y vio dos hormigas más en el borde del escritorio. Instintivamente miró hacia su taza de café, algunos días atrás había olvidado lavar la taza y encontró horas después decenas de pequeñas hormigas entrando y saliendo de ella. Estas eran del mismo tipo, no las hormigas comunes del pasto en el parque, estas eran más pequeñas y más veloces, capaces de vivir en la madera como las termitas, en la ciudad la gente las conocía como las hormigas del azúcar.

Luego de aplastar a las dos intrusas, verificó el escritorio, inspeccionó los laterales y por abajo, no vio nada más. Nuevamente desconcentrado se esforzó en retomar la idea. Escribió un par de párrafos más y sintió en el antebrazo un mínimo cosquilleo, era otra hormiga. Molesto llamó a seguridad y pidió que le envíen al conserje, cuando llegó a la oficina le dio un billete de veinte soles y le pidió que vaya a comprar algún insecticida, que sea específicamente para hormigas.

En la tarde, luego de haber rociado la base del escritorio con el tóxico y dejar que se ventile un poco la oficina, continuó trabajando, luego de varios minutos sintió un cosquilleó por la barba. “Malditas hormigas” pensó “ahora estoy paranoico”, se pasó la mano por el rostro y siguió trabajando. Un rato después sintió lo mismo por la ceja, se pasó la mano con lentamente por la zona pero ejerciendo presión y luego observó con cuidado su palma: una hormiga aplastada. Inmediatamente sintió unas diminutas patitas debajo del lóbulo de su oreja, acercó su índice y pudo sentir el cuerpo del insecto bajo la yema del dedo. Andrés estaba seriamente preocupado, “¿porqué se me están subiendo las hormigas a la cabeza?” se preguntó. Y se le ocurrió que podría ser el champú, tal vez tenía algún componente en base a frutas y las hormigas se estaban guiando por el olor. Se levantó de su sillón y fue al baño. Se miró con cuidado la cabeza, buscó en el cuero cabelludo y nada. Se apoyó con ambas manos en el lavatorio y se quedó absorto observando su propio rostro, hasta que de pronto, descubrió una hormiga emergiendo en el pabellón de su oreja. La mató, observó durante cinco o seis minutos más y vio otra, la aplastó casi al mismo tiempo que tomaba sus llaves y salía de su oficina rumbo al médico totalmente asustado.

***

En el consultorio el doctor Sarmiento lo miró con preocupación:
– Efectivamente Andrés, salen hormigas de tu oído. Hemos hecho una tomografía y diversos exámenes. Los resultados arrojan que no hay tumor, quiste o similar, las hormigas sencillamente salen de tu cabeza.
– ¿Y no hay nada que se pueda hacer? –   preguntó Andrés.
– Medicamente, nada. Te aconsejo esperar. Si no hay dolor ni malestar no deberías preocuparte. Seguiremos haciendo exámenes.

Andrés se fue a casa molesto, luego lo pensó bien, dejando de lado la incomodidad de sentir las hormigas caminando por su piel, en realidad no estaba tan mal. Había gente con cáncer, sufriendo quimioterapias, o con otras enfermedades graves y desagradables. Frente a eso lo suyo no era nada. Quien sabe y con los días las hormigas se iban así como vinieron.

Dos días después, mientras desayunaba en casa observó a una de las hormigas bajando por su brazo, no la tocó. La miró caminar entre los vellos de la piel y se dio cuenta que la hormiga llevaba algo sobre la espalda. Era un especie de bolsa transparente diminuta, ovoidal, pero no era un huevo. Había visto antes a las hormigas acarreando sus huevecillos opacos cuando se mudan de algún lugar. Este era totalmente transparente, parecía incorpóreo. Cuando la hormiga llegó a la mesa hizo un ligero movimiento y su carga se desvaneció en el aire como una milimétrica pompa de jabón. “Qué extraño” pensó Andrés y se levantó rumbo al trabajo.

En la oficina pasó varios minutos sentado frente al ordenador sin saber por dónde empezar. Desde el episodio de las hormigas eso le sucedía con más y más frecuencia. Si bien ya no le molestaba ver a los bichos transitando por su cuerpo, estaba consciente de que cuando menos estaba muy distraído por ello, falto de concentración.

Escribió algunas palabras y visualizó imágenes, pero no podía recordar las palabras que describían esas imágenes. Recurrió a google y no tenía idea de qué palabra escribir. Sin duda era el estrés. Se levantó para estirar las piernas y tomar un café.

Al día siguiente llegó tarde a trabajar, había tenido problemas para encontrar la llave del auto, luego olvidó marcar su tarjeta y finalmente perdió una reunión que tenía programada. También observó que había aumentado la frecuencia de hormigas saliendo de su oído. Antes era una cada siete u ocho minutos, el día anterior notó que cada minuto había una hormiga nueva bajando por  su brazo.

Tratando de relajarse un poco se acomodó en su sillón, recordó su niñez,  los paseos por el parque cercano a su casa acompañando a su madre. Ella tejiendo prendas de lana que nunca acababa y él al pie de los árboles viendo las hormigas en sus interminables filas indias. Sintió la falta de algo, sabía que además de su madre y él, había otras personas en su familia, pero no pudo identificar el nombre de esas personas que tal vez eran sus hermanos. Se desconcertó, hizo un esfuerzo de concentración y no pudo recordar el nombre de su madre.

A las cuatro de la tarde entró a la oficina su asistente Susana, Andrés estaba ensimismado observando la hilera de hormigas que bajaban por su brazo y descendían hasta el escritorio por su dedo meñique llevando las diminutas esferas transparentes que luego se diluían en el aire. Susana lo miró con conmiseración, se acercó y tosió, él no reaccionó
– ¿Doctor?
Andrés la miró y sonrió con una mueca torcida.
– ¿Doctor está bien? – insistió Susana

Sobre el escritorio los documentos estaban intactos, el ordenador estaba encendido con una página del procesador de textos en blanco, había también una taza de café frío. Su jefe no contestó, tenía la mirada perdida y de sus labios corría un hilo de baba, Susana salió corriendo a llamar una ambulancia mientras las hormigas del azúcar, veloces, incontenibles e incansables se llevaban sobre la espalda los últimos restos de la memoria de Andrés.

jueves, 30 de mayo de 2013

ANUBIS (Cuento)

El gato miró lánguidamente por la ventana a la espera de que el sol llegue y empiece su diaria labor de entibiarlo, mientras tanto yo buscaba, entre las sábanas revueltas y el cobertor, el control remoto de la televisión para ver las noticias. Encendí el aparato y escondí mis pies helados debajo de una manta. Yo también, al igual que Anubis, esperaba la llegada del sol para que nos caliente a ambos.

Anubis tenía la manía de dormir sobre mi cuello, parecía una chalina atigrada, en las noches se acostaba sobre mi vientre, ambos veíamos la televisión – o por lo menos eso me gustaba pensar para justificar mis conversaciones con él –  de rato en rato se levantaba y clavaba sus uñas en mi pijama y a veces en mi piel para hacerse de un lugar mullido para descansar y dormía dando la espalda a las noticias de las diez. Inevitablemente en alguna hora de la madrugada pasaba a mi cuello y se quedaba allí hasta el amanecer. Apenas aclaraba se estiraba sin mayores remordimientos, se lamía las patitas, se lavaba la cara y la pelambre del vientre y escapaba a la ventana como hoy. Casi nunca usaba la cama de gatos que compré para él y yacía casi abandonada en una esquina del departamento.

Como a las diez me duché, era sábado y Eliana vendría a visitarme. Arreglé la cama y limpié un poco el departamento. Como siempre Anubis no estorbaba. A las once cuando el sol había abandonado la ventana se subía a uno de los reposteros de la cocina y se quedaba allí silencioso sin molestar hasta la hora del almuerzo. Eli era una muchacha que había conocido recientemente en la oficina, habíamos salido un par de veces y nos llevábamos bien, había decidido invitarla a mi departamento y ver si podíamos dar el siguiente paso en la relación. Preparé unos bocadillos ante la supervisión silenciosa de mi felino amigo y puse un par de cervezas en la heladera. Casi a las doce timbró mi celular, era Eli para avisar que ya estaba cerca.

Luego de algunos minutos conversábamos entre sonrisas en el sofá de la sala, comimos algo y tomamos las cervezas, hablamos de todo y la empatía se podía sentir en el ambiente, Eli sonreía con sus enormes ojos verdes y yo me acercaba cada vez más hacia ella, de pronto nos estábamos besando. Ya no eran los besos tiernos y delicados de nuestra última salida, eran besos apasionados y empezamos a buscar nuestra piel por debajo de nuestras ropas. Entonces ella me detuvo, me miró directo a los ojos y me dijo:
– Aquí no Daniel – y yo me quedé perplejo, iba a contestar algo para justificarme o pedir disculpas, pero ella se adelantó y concluyó la frase – ¿podemos ir a tu cama?
–  Claro que sí – le contesté con una mezcla de alivio y ternura y con la respiración aun fatigada, la tomé de la mano y la conduje con cariño hacia la habitación.

Una vez en el lecho, retomamos las cosas donde nos habíamos quedado, nos despojamos de las ropas, nos besábamos al punto de perder el aliento, hicimos el amor por momentos despacio, por momentos con la intensidad propia de la primera vez, cambiando de posiciones, experimentando, el edredón y nuestras ropas estaban ya en el suelo,  nosotros continuábamos incansables cuando de pronto ella al cambiar de posición se detuvo, se puso de rodillas sobre la cama y le vi los ojos llorosos. Lo primero que pensé es que me había tocado una loca con complejo de culpa y que este había aflorado en la mitad del acto sexual, mi primera estrategia fue la de tratar de ser condescendiente.
– ¿Estás bien? – le pregunté con suavidad. Ella se frotó los ojos, se tomó la garganta y la expresión le cambió.
– ¿Tienes gato?
– Eh… sí.
– ¡Por dios! – dijo ella mientras se levantaba confundida.
– ¿Qué pasó?
– ¡Soy alérgica a los gatos!

Yo nunca había visto a una persona entrar en crisis de alergia en mi vida hasta ese momento, pero el espectáculo fue terrible, mientras nos poníamos las ropas a toda velocidad, a ella se le hinchaban los ojos tanto que parecía que iban a salir de sus cuencas, su rostro se infló y le faltaba la respiración. No sabía qué hacer. Ella no hablaba nada y solo buscaba sus zapatos y su cartera, trató de decirme algo pero al parecer su garganta se estaba inflamando tanto que no lo logró, la saqué del departamento rápidamente, bajamos las gradas y tomamos el primer taxi que pasó rumbo a emergencias en el hospital más cercano.

***

Luego de una larga hora en la espera de emergencias, el médico me dijo que Eli estaba fuera de peligro, habían encontrado un fino pelo de gato en uno de sus ojos, eso aceleró el shock, pero de todas maneras se habría producido luego por los restos de pelos y saliva que Anubis había dejado en mi cama. Me dio consejos y recomendaciones, entre ellas la de impedir que el gato se suba a mi cama o se acerque a mi comida. Le agradecí mucho y más tarde llevé a Eli a su casa, ya mucho mejor y me despedí de ella con la promesa de llamarla pronto para saber de su salud.

De regreso a casa Anubis se subió sobre mis piernas apenas me senté en el sofá, miré la hora y me levanté a ponerle su comida y agua. Mientras lo observaba comer, lo miré fijamente y le hablé:
– Compadre, ya no puedes entrar al cuarto.
Anubis ronroneó y comió un par de galletas más. Me miró con una expresión de “¿realmente crees que haré eso?” y yo sabía que tenía razón. Yo no era su dueño, Anubis era el amo de esta casa, miré alrededor y me di cuenta de que la organización de la casa, los muebles, los míos y los suyos con  tubos forrados de cáñamo para que afile las uñas, los horarios, incluso muchos de mis hábitos giraban alrededor de él. Me sentí desconsolado cuando me di cuenta de que en realidad Anubis me consideraba “su humano” y probablemente era la verdad.

Esa noche, antes de dormir cerré la puerta del dormitorio, esperé atento con la televisión encendida pero sin verla, hasta que sentí el arañón en la puerta. Me levanté y estaba allí con su expresión casi indiferente, reprochándome con condescendencia el haber olvidado, seguro involuntariamente, la puerta cerrada. Se subió a la cama, esperó que yo me recueste y se acomodó sobre mi vientre. No resistí la tentación y le pregunté:
– ¿Qué hacemos con Eli?
– Que se busque otro tipo que no tenga gato – me dijo y cerrando los ojos se puso a ronronear ligeramente.
– Tienes razón – dije sin remordimientos y puse el noticiero de las diez.