Me he tomado la libertad de subir a mi blog el ensayo de Xiomara Alexandra Villaláz Carpio, por las siguientes razones:
Hace un par de días mi sobrino Raúl Monrroy Vásquez se dio el trabajo de escanear las páginas que aparecen más abajo. Me contó de una compañera suya del colegio que había escrito un ensayo y que ese ensayo había ganado el premio Concurso Regional Escolar de Ensayos "Mario Vargas Llosa" auspiciado por el Gobierno Regional de Arequipa y la Biblioteca Regional Mario Vargas Llosa.
Apenas empecé a leer el texto noté varias cosas. Primero que el texto de Xiomara es libre, ciertamente libre y fresco, si bien tiene modismos propios de la edad (está en quinto de secundaria, supongo que debe tener dieciséis años), su franqueza releva de cualquier defecto menor en la redacción. Pero lo más importante es el razonamiento de la autora, su auspiciosa capacidad para descubrir el argumento de la obra materia del ensayo y entregarlo de un solo golpe al lector.
Pero las razones de fondo son mayores: Xiomara estudia ahora el quinto de secundaria en mi Alma Mater, el Colegio del Ejército "Arequipa" (hoy "Institución Educativa del Ejército "Arequipa") donde también estudia mi sobrino Raúl, su hermana Guadalupe, donde estudiaron también su hermano mayor Angel y casi todos mis hermanos, lo que es un motivo de mayúsculo orgullo para mi. La otra razón es que me sorprende leer a alguien de la edad del Jaguar, del Esclavo, del Cholo Cava y del Poeta con un vocabulario importante (pese a los modismos ya señalados) que me alienta y da nuevas esperanzas, muchas veces ya casi perdidas por el inmisericorde destrozo que hacen los escolares y universitarios de hoy en día del idioma castellano. Xiomara lee, eso se percibe en cada párrafo, lee y piensa, piensa sabia y coherentemente, esto último solo es posible para quien lee mucho. Xiomara es una luz en medio de tanta oscuridad, una luz que es necesario compartir para que no deje de brillar y es por ello que me he tomado la libertad de publicar su trabajo. Espero que todos lo puedan disfrutar como lo hice yo.
sábado, 14 de diciembre de 2013
UNA LUZ EN LA OSCURIDAD: XIOMARA ALEXANDRA VILLALAZ CARPIO Y LA CIUDAD Y LOS PERROS
martes, 3 de septiembre de 2013
HORMIGAS DEL AZÚCAR (Cuento)
Concentrado como estaba en el documento que venía trabajando
en el ordenador, Andrés pudo observar con el rabillo del ojo a una hormiga solitaria
desplazándose sobre el vidrio que cubría la superficie de su escritorio. Se
detuvo, giró y la siguió con la mirada hasta estar seguro de su trayectoria,
estiró la mano y la aplastó con el dedo pulgar.
Al regresar al ordenador, colocó sus dedos sobre el teclado
y le tomó algunos segundos recuperar la idea, hizo un esfuerzo y continuó.
Detestaba esos pequeños incidentes que lo desconcentraban e interrumpían la
continuidad de las ideas.
Siguió escribiendo y vio dos hormigas más en el borde del
escritorio. Instintivamente miró hacia su taza de café, algunos días atrás había
olvidado lavar la taza y encontró horas después decenas de pequeñas hormigas
entrando y saliendo de ella. Estas eran del mismo tipo, no las hormigas comunes
del pasto en el parque, estas eran más pequeñas y más veloces, capaces de vivir
en la madera como las termitas, en la ciudad la gente las conocía como las
hormigas del azúcar.
Luego de aplastar a las dos intrusas, verificó el
escritorio, inspeccionó los laterales y por abajo, no vio nada más. Nuevamente
desconcentrado se esforzó en retomar la idea. Escribió un par de párrafos más y
sintió en el antebrazo un mínimo cosquilleo, era otra hormiga. Molesto llamó a
seguridad y pidió que le envíen al conserje, cuando llegó a la oficina le dio un
billete de veinte soles y le pidió que vaya a comprar algún insecticida, que sea
específicamente para hormigas.
En la tarde, luego de haber rociado la base del escritorio
con el tóxico y dejar que se ventile un poco la oficina, continuó trabajando,
luego de varios minutos sintió un cosquilleó por la barba. “Malditas hormigas”
pensó “ahora estoy paranoico”, se pasó la mano por el rostro y siguió
trabajando. Un rato después sintió lo mismo por la ceja, se pasó la mano con lentamente
por la zona pero ejerciendo presión y luego observó con cuidado su palma: una
hormiga aplastada. Inmediatamente sintió unas diminutas patitas debajo del
lóbulo de su oreja, acercó su índice y pudo sentir el cuerpo del insecto bajo
la yema del dedo. Andrés estaba seriamente preocupado, “¿porqué se me están subiendo
las hormigas a la cabeza?” se preguntó. Y se le ocurrió que podría ser el
champú, tal vez tenía algún componente en base a frutas y las hormigas se
estaban guiando por el olor. Se levantó de su sillón y fue al baño. Se miró con
cuidado la cabeza, buscó en el cuero cabelludo y nada. Se apoyó con ambas manos
en el lavatorio y se quedó absorto observando su propio rostro, hasta que de
pronto, descubrió una hormiga emergiendo en el pabellón de su oreja. La mató,
observó durante cinco o seis minutos más y vio otra, la aplastó casi al mismo
tiempo que tomaba sus llaves y salía de su oficina rumbo al médico totalmente
asustado.
***
En el consultorio el doctor Sarmiento lo miró con
preocupación:
– Efectivamente Andrés, salen hormigas de tu oído. Hemos hecho una tomografía y diversos exámenes. Los resultados arrojan que no hay tumor, quiste o similar, las hormigas sencillamente salen de tu cabeza.
– Efectivamente Andrés, salen hormigas de tu oído. Hemos hecho una tomografía y diversos exámenes. Los resultados arrojan que no hay tumor, quiste o similar, las hormigas sencillamente salen de tu cabeza.
– ¿Y no hay nada que se pueda hacer? – preguntó Andrés.
– Medicamente, nada. Te aconsejo esperar. Si no hay dolor ni malestar no deberías preocuparte. Seguiremos haciendo exámenes.
– Medicamente, nada. Te aconsejo esperar. Si no hay dolor ni malestar no deberías preocuparte. Seguiremos haciendo exámenes.
Andrés se fue a casa molesto, luego lo pensó bien, dejando
de lado la incomodidad de sentir las hormigas caminando por su piel, en
realidad no estaba tan mal. Había gente con cáncer, sufriendo quimioterapias, o
con otras enfermedades graves y desagradables. Frente a eso lo suyo no era
nada. Quien sabe y con los días las hormigas se iban así como vinieron.
Dos días después, mientras desayunaba en casa observó a una
de las hormigas bajando por su brazo, no la tocó. La miró caminar entre los
vellos de la piel y se dio cuenta que la hormiga llevaba algo sobre la espalda.
Era un especie de bolsa transparente diminuta, ovoidal, pero no era un huevo.
Había visto antes a las hormigas acarreando sus huevecillos opacos cuando se
mudan de algún lugar. Este era totalmente transparente, parecía incorpóreo.
Cuando la hormiga llegó a la mesa hizo un ligero movimiento y su carga se
desvaneció en el aire como una milimétrica pompa de jabón. “Qué extraño” pensó
Andrés y se levantó rumbo al trabajo.
En la oficina pasó varios minutos sentado frente al
ordenador sin saber por dónde empezar. Desde el episodio de las hormigas eso le
sucedía con más y más frecuencia. Si bien ya no le molestaba ver a los bichos
transitando por su cuerpo, estaba consciente de que cuando menos estaba muy distraído
por ello, falto de concentración.
Escribió algunas palabras y visualizó imágenes, pero no
podía recordar las palabras que describían esas imágenes. Recurrió a google y
no tenía idea de qué palabra escribir. Sin duda era el estrés. Se levantó para
estirar las piernas y tomar un café.
Al día siguiente llegó tarde a trabajar, había tenido
problemas para encontrar la llave del auto, luego olvidó marcar su tarjeta y
finalmente perdió una reunión que tenía programada. También observó que había
aumentado la frecuencia de hormigas saliendo de su oído. Antes era una cada
siete u ocho minutos, el día anterior notó que cada minuto había una hormiga
nueva bajando por su brazo.
Tratando de relajarse un poco se acomodó en su sillón, recordó
su niñez, los paseos por el parque
cercano a su casa acompañando a su madre. Ella tejiendo prendas de lana que
nunca acababa y él al pie de los árboles viendo las hormigas en sus interminables
filas indias. Sintió la falta de algo, sabía que además de su madre y él, había
otras personas en su familia, pero no pudo identificar el nombre de esas personas
que tal vez eran sus hermanos. Se desconcertó, hizo un esfuerzo de concentración
y no pudo recordar el nombre de su madre.
A las cuatro de la tarde entró a la oficina su asistente
Susana, Andrés estaba ensimismado observando la hilera de hormigas que bajaban
por su brazo y descendían hasta el escritorio por su dedo meñique llevando las
diminutas esferas transparentes que luego se diluían en el aire. Susana lo miró
con conmiseración, se acercó y tosió, él no reaccionó
– ¿Doctor?
– ¿Doctor?
Andrés la miró y sonrió con una mueca torcida.
– ¿Doctor está bien? – insistió Susana
– ¿Doctor está bien? – insistió Susana
Sobre el escritorio los documentos estaban intactos, el
ordenador estaba encendido con una página del procesador de textos en blanco,
había también una taza de café frío. Su jefe no contestó, tenía la mirada
perdida y de sus labios corría un hilo de baba, Susana salió corriendo a llamar
una ambulancia mientras las hormigas del azúcar, veloces, incontenibles e
incansables se llevaban sobre la espalda los últimos restos de la memoria de
Andrés.
jueves, 30 de mayo de 2013
ANUBIS (Cuento)
El gato miró lánguidamente por la ventana a la espera de que el sol llegue y empiece su diaria labor de entibiarlo, mientras tanto yo buscaba, entre las sábanas revueltas y el cobertor, el control remoto de la televisión para ver las noticias. Encendí el aparato y escondí mis pies helados debajo de una manta. Yo también, al igual que Anubis, esperaba la llegada del sol para que nos caliente a ambos.
Anubis tenía la manía de dormir sobre mi cuello, parecía una chalina atigrada, en las noches se acostaba sobre mi vientre, ambos veíamos la televisión – o por lo menos eso me gustaba pensar para justificar mis conversaciones con él – de rato en rato se levantaba y clavaba sus uñas en mi pijama y a veces en mi piel para hacerse de un lugar mullido para descansar y dormía dando la espalda a las noticias de las diez. Inevitablemente en alguna hora de la madrugada pasaba a mi cuello y se quedaba allí hasta el amanecer. Apenas aclaraba se estiraba sin mayores remordimientos, se lamía las patitas, se lavaba la cara y la pelambre del vientre y escapaba a la ventana como hoy. Casi nunca usaba la cama de gatos que compré para él y yacía casi abandonada en una esquina del departamento.
Como a las diez me duché, era sábado y Eliana vendría a visitarme. Arreglé la cama y limpié un poco el departamento. Como siempre Anubis no estorbaba. A las once cuando el sol había abandonado la ventana se subía a uno de los reposteros de la cocina y se quedaba allí silencioso sin molestar hasta la hora del almuerzo. Eli era una muchacha que había conocido recientemente en la oficina, habíamos salido un par de veces y nos llevábamos bien, había decidido invitarla a mi departamento y ver si podíamos dar el siguiente paso en la relación. Preparé unos bocadillos ante la supervisión silenciosa de mi felino amigo y puse un par de cervezas en la heladera. Casi a las doce timbró mi celular, era Eli para avisar que ya estaba cerca.
Luego de algunos minutos conversábamos entre sonrisas en el sofá de la sala, comimos algo y tomamos las cervezas, hablamos de todo y la empatía se podía sentir en el ambiente, Eli sonreía con sus enormes ojos verdes y yo me acercaba cada vez más hacia ella, de pronto nos estábamos besando. Ya no eran los besos tiernos y delicados de nuestra última salida, eran besos apasionados y empezamos a buscar nuestra piel por debajo de nuestras ropas. Entonces ella me detuvo, me miró directo a los ojos y me dijo:
– Aquí no Daniel – y yo me quedé perplejo, iba a contestar algo para justificarme o pedir disculpas, pero ella se adelantó y concluyó la frase – ¿podemos ir a tu cama?
– Claro que sí – le contesté con una mezcla de alivio y ternura y con la respiración aun fatigada, la tomé de la mano y la conduje con cariño hacia la habitación.
Una vez en el lecho, retomamos las cosas donde nos habíamos quedado, nos despojamos de las ropas, nos besábamos al punto de perder el aliento, hicimos el amor por momentos despacio, por momentos con la intensidad propia de la primera vez, cambiando de posiciones, experimentando, el edredón y nuestras ropas estaban ya en el suelo, nosotros continuábamos incansables cuando de pronto ella al cambiar de posición se detuvo, se puso de rodillas sobre la cama y le vi los ojos llorosos. Lo primero que pensé es que me había tocado una loca con complejo de culpa y que este había aflorado en la mitad del acto sexual, mi primera estrategia fue la de tratar de ser condescendiente.
– ¿Estás bien? – le pregunté con suavidad. Ella se frotó los ojos, se tomó la garganta y la expresión le cambió.
– ¿Tienes gato?
– Eh… sí.
– ¡Por dios! – dijo ella mientras se levantaba confundida.
– ¿Qué pasó?
– ¡Soy alérgica a los gatos!
Yo nunca había visto a una persona entrar en crisis de alergia en mi vida hasta ese momento, pero el espectáculo fue terrible, mientras nos poníamos las ropas a toda velocidad, a ella se le hinchaban los ojos tanto que parecía que iban a salir de sus cuencas, su rostro se infló y le faltaba la respiración. No sabía qué hacer. Ella no hablaba nada y solo buscaba sus zapatos y su cartera, trató de decirme algo pero al parecer su garganta se estaba inflamando tanto que no lo logró, la saqué del departamento rápidamente, bajamos las gradas y tomamos el primer taxi que pasó rumbo a emergencias en el hospital más cercano.
***
Luego de una larga hora en la espera de emergencias, el médico me dijo que Eli estaba fuera de peligro, habían encontrado un fino pelo de gato en uno de sus ojos, eso aceleró el shock, pero de todas maneras se habría producido luego por los restos de pelos y saliva que Anubis había dejado en mi cama. Me dio consejos y recomendaciones, entre ellas la de impedir que el gato se suba a mi cama o se acerque a mi comida. Le agradecí mucho y más tarde llevé a Eli a su casa, ya mucho mejor y me despedí de ella con la promesa de llamarla pronto para saber de su salud.
De regreso a casa Anubis se subió sobre mis piernas apenas me senté en el sofá, miré la hora y me levanté a ponerle su comida y agua. Mientras lo observaba comer, lo miré fijamente y le hablé:
– Compadre, ya no puedes entrar al cuarto.
Anubis ronroneó y comió un par de galletas más. Me miró con una expresión de “¿realmente crees que haré eso?” y yo sabía que tenía razón. Yo no era su dueño, Anubis era el amo de esta casa, miré alrededor y me di cuenta de que la organización de la casa, los muebles, los míos y los suyos con tubos forrados de cáñamo para que afile las uñas, los horarios, incluso muchos de mis hábitos giraban alrededor de él. Me sentí desconsolado cuando me di cuenta de que en realidad Anubis me consideraba “su humano” y probablemente era la verdad.
Esa noche, antes de dormir cerré la puerta del dormitorio, esperé atento con la televisión encendida pero sin verla, hasta que sentí el arañón en la puerta. Me levanté y estaba allí con su expresión casi indiferente, reprochándome con condescendencia el haber olvidado, seguro involuntariamente, la puerta cerrada. Se subió a la cama, esperó que yo me recueste y se acomodó sobre mi vientre. No resistí la tentación y le pregunté:
– ¿Qué hacemos con Eli?
– Que se busque otro tipo que no tenga gato – me dijo y cerrando los ojos se puso a ronronear ligeramente.
– Tienes razón – dije sin remordimientos y puse el noticiero de las diez.
Anubis tenía la manía de dormir sobre mi cuello, parecía una chalina atigrada, en las noches se acostaba sobre mi vientre, ambos veíamos la televisión – o por lo menos eso me gustaba pensar para justificar mis conversaciones con él – de rato en rato se levantaba y clavaba sus uñas en mi pijama y a veces en mi piel para hacerse de un lugar mullido para descansar y dormía dando la espalda a las noticias de las diez. Inevitablemente en alguna hora de la madrugada pasaba a mi cuello y se quedaba allí hasta el amanecer. Apenas aclaraba se estiraba sin mayores remordimientos, se lamía las patitas, se lavaba la cara y la pelambre del vientre y escapaba a la ventana como hoy. Casi nunca usaba la cama de gatos que compré para él y yacía casi abandonada en una esquina del departamento.
Como a las diez me duché, era sábado y Eliana vendría a visitarme. Arreglé la cama y limpié un poco el departamento. Como siempre Anubis no estorbaba. A las once cuando el sol había abandonado la ventana se subía a uno de los reposteros de la cocina y se quedaba allí silencioso sin molestar hasta la hora del almuerzo. Eli era una muchacha que había conocido recientemente en la oficina, habíamos salido un par de veces y nos llevábamos bien, había decidido invitarla a mi departamento y ver si podíamos dar el siguiente paso en la relación. Preparé unos bocadillos ante la supervisión silenciosa de mi felino amigo y puse un par de cervezas en la heladera. Casi a las doce timbró mi celular, era Eli para avisar que ya estaba cerca.
Luego de algunos minutos conversábamos entre sonrisas en el sofá de la sala, comimos algo y tomamos las cervezas, hablamos de todo y la empatía se podía sentir en el ambiente, Eli sonreía con sus enormes ojos verdes y yo me acercaba cada vez más hacia ella, de pronto nos estábamos besando. Ya no eran los besos tiernos y delicados de nuestra última salida, eran besos apasionados y empezamos a buscar nuestra piel por debajo de nuestras ropas. Entonces ella me detuvo, me miró directo a los ojos y me dijo:
– Aquí no Daniel – y yo me quedé perplejo, iba a contestar algo para justificarme o pedir disculpas, pero ella se adelantó y concluyó la frase – ¿podemos ir a tu cama?
– Claro que sí – le contesté con una mezcla de alivio y ternura y con la respiración aun fatigada, la tomé de la mano y la conduje con cariño hacia la habitación.
Una vez en el lecho, retomamos las cosas donde nos habíamos quedado, nos despojamos de las ropas, nos besábamos al punto de perder el aliento, hicimos el amor por momentos despacio, por momentos con la intensidad propia de la primera vez, cambiando de posiciones, experimentando, el edredón y nuestras ropas estaban ya en el suelo, nosotros continuábamos incansables cuando de pronto ella al cambiar de posición se detuvo, se puso de rodillas sobre la cama y le vi los ojos llorosos. Lo primero que pensé es que me había tocado una loca con complejo de culpa y que este había aflorado en la mitad del acto sexual, mi primera estrategia fue la de tratar de ser condescendiente.
– ¿Estás bien? – le pregunté con suavidad. Ella se frotó los ojos, se tomó la garganta y la expresión le cambió.
– ¿Tienes gato?
– Eh… sí.
– ¡Por dios! – dijo ella mientras se levantaba confundida.
– ¿Qué pasó?
– ¡Soy alérgica a los gatos!
Yo nunca había visto a una persona entrar en crisis de alergia en mi vida hasta ese momento, pero el espectáculo fue terrible, mientras nos poníamos las ropas a toda velocidad, a ella se le hinchaban los ojos tanto que parecía que iban a salir de sus cuencas, su rostro se infló y le faltaba la respiración. No sabía qué hacer. Ella no hablaba nada y solo buscaba sus zapatos y su cartera, trató de decirme algo pero al parecer su garganta se estaba inflamando tanto que no lo logró, la saqué del departamento rápidamente, bajamos las gradas y tomamos el primer taxi que pasó rumbo a emergencias en el hospital más cercano.
***
Luego de una larga hora en la espera de emergencias, el médico me dijo que Eli estaba fuera de peligro, habían encontrado un fino pelo de gato en uno de sus ojos, eso aceleró el shock, pero de todas maneras se habría producido luego por los restos de pelos y saliva que Anubis había dejado en mi cama. Me dio consejos y recomendaciones, entre ellas la de impedir que el gato se suba a mi cama o se acerque a mi comida. Le agradecí mucho y más tarde llevé a Eli a su casa, ya mucho mejor y me despedí de ella con la promesa de llamarla pronto para saber de su salud.
De regreso a casa Anubis se subió sobre mis piernas apenas me senté en el sofá, miré la hora y me levanté a ponerle su comida y agua. Mientras lo observaba comer, lo miré fijamente y le hablé:
– Compadre, ya no puedes entrar al cuarto.
Anubis ronroneó y comió un par de galletas más. Me miró con una expresión de “¿realmente crees que haré eso?” y yo sabía que tenía razón. Yo no era su dueño, Anubis era el amo de esta casa, miré alrededor y me di cuenta de que la organización de la casa, los muebles, los míos y los suyos con tubos forrados de cáñamo para que afile las uñas, los horarios, incluso muchos de mis hábitos giraban alrededor de él. Me sentí desconsolado cuando me di cuenta de que en realidad Anubis me consideraba “su humano” y probablemente era la verdad.
Esa noche, antes de dormir cerré la puerta del dormitorio, esperé atento con la televisión encendida pero sin verla, hasta que sentí el arañón en la puerta. Me levanté y estaba allí con su expresión casi indiferente, reprochándome con condescendencia el haber olvidado, seguro involuntariamente, la puerta cerrada. Se subió a la cama, esperó que yo me recueste y se acomodó sobre mi vientre. No resistí la tentación y le pregunté:
– ¿Qué hacemos con Eli?
– Que se busque otro tipo que no tenga gato – me dijo y cerrando los ojos se puso a ronronear ligeramente.
– Tienes razón – dije sin remordimientos y puse el noticiero de las diez.
miércoles, 1 de mayo de 2013
KATANA (Cuento)
Kusunoki posó sus dedos con firme energía sobre el mango de la katana aún en su estuche de magnolia, horas antes había iniciado el ritual sagrado de cubrirse con su armadura hecha de infinitas piezas de cuero, estaba ahora preparado para el combate. En ese instante no pudo pensar en su propio nombre, pero tenía claro el de su enemigo: Yoshimoto.
Más tarde, en el campo de batalla, al frente de sus leales guerreros, desenvainó el sable, caminando veloz pero firme y lanzando golpes con él a diestra y siniestra se abrió paso. Allí estaba, con una formidable coraza adornada con brillantes escamas de tortuga, Yoshimoto. Este lo miró y reconoció, levantó su arma y se dispuso al ataque, realizando un saludo corto y seco conforme a las reglas samurái, luego adelantó el pie derecho y se puso en guardia con su katana en alto. Pelearon ambos con fiereza, diestros en el milenario arte del kenjutsu y el kendo, los dos se defendían de los embates recíprocos sin causarse daño letal.
Luego de varios minutos, sintiendo ya el cansancio, Kusunoki aprovechó la cercanía del rostro de Yoshimoto y, sorprendido, sintió de sus propios labios brotar las palabras en perfecto japonés:
– これは時間である (Kore wa jikandearu – Este es el momento) (¿o ha llegado tu momento?)
Yoshimoto negó con la cabeza, lanzó un gran grito ronco, veloz, mezcla del latigazo de la cola del dragón y del rugido del tigre de la montaña, tan intenso que distrajo por dos segundos a Kusunoki, tiempo suficiente para el desenlace, Yoshimoto giró rápidamente su sable al mismo tiempo que daba una formidable media vuelta y lo introdujo sin compasión en el vientre de su rival. Kusunoki sintió el acero frio en sus entrañas, sabía lo que vendría, era inevitable, el mismo lo había hecho cientos de veces, sus piernas perdieron fuerza rápidamente por la incontrolable pérdida de sangre que corría por las imperceptibles hendiduras de su armadura, cayó de rodillas, pensó en medio del dolor que la suya sería, después de todo, una muerte honorable, lo dejó sin aire el tirón mediante el cual Yoshimoto extraía el sable de su cuerpo, su mente se abrió, abrió los ojos y respiró profundo, recordó el poema que escribió antes de salir a la batalla, dedicado a la belleza de la espiga de arroz, en su mente aparecieron los campos fértiles, la imagen de su padre, la luz brillante del sol, el canto del pájaro y la claridad de la luna iluminándolo todo en el preciso instante en que la afilada hoja de acero de la katana de Yoshimoto cortaba como mantequilla los músculos de su cuello.
* * *
El agente Vásquez despertó sobresaltado, se había quedado dormido en el sillón Voltaire en mala posición, había tenido una pesadilla, frente a él en la mesa de lectura, descansaba el tratado sobre samuráis de Stephen Turnbull abierto en la página donde resaltaba el grabado de Kusunoki Masashige. Se rio a solas, en su sueño había sido Masashige, se tomó del cuello y aun le parecía sentir el dolor provocado por el golpe del sable de Yoshimoto.
Se levantó y cuando se disponía a ir por un café a la cocina, sonó el timbre. Abrió la puerta y allí estaba Morgan, tranquilo pero con la expresión cansada.
– ¿Y primo? ¿Tienes algo? – Preguntó mientras se sentaba en un taburete.
– Nada aún – dijo Vásquez – solo ideas, información genérica, datos básicos. ¿Sabías que los samuráis usaban en realidad dos sables? Uno más largo para la pelea en campo abierto, el que vemos en las películas, pero también usaban uno más corto para peleas en interiores.
– Interesante, no lo sabía.
– Pero en fin, no se trata de hacer historia. Descubrí un par de fabricantes en la ciudad, en buena cuenta son imitaciones regulares de aspecto correcto y podrían ser el arma que se usó en el crimen, pero no descarta nada.
– ¿Crees que un japonés haya venido hasta un remoto país latinoamericano con la espada de sus ancestros en la valija del avión para vengar su honor? A mí me parece que el asunto es más sencillo. Tal vez peleas de pandillas, ya sabes, el Dragón Rojo, y esas cosas.
– Bueno, primero que el Dragón Rojo son chinos, no japoneses – corrigió Vásquez.
– Cierto, no negarás que podría haber sido algo más cotidiano – replicó Morgan.
– Sí, pero no termino de creerme la idea de que alguien va a comprar un sable samurái para ejecutar una venganza personal, sin que exista algo relacionado a la tradición.
– ¿Por qué no? Tal vez no le alcanzó para comprar la pistola.
– Pero quien desea matar por el solo hecho de acabar con una vida, usa un cuchillo de cocina, un fierro o un ladrillo. Esto tiene algo más que no acabo de descifrar – reflexionó Vásquez.
– ¿Entonces? – preguntó Morgan mientras encendía un cigarrillo.
– Entonces vamos a visitar a los fabricantes de katanas, si alguien compró una en los últimos días, nos dirán. Y no fumes en mi casa – resondró Vásquez riendo mientras se ponía la casaca.
***
Luego de pasar por los dos fabricantes de cuchillos, espadas, navajas y katanas, establecieron algo que ya veían venir, primero que los fabricantes no tenían un registro detallado de sus clientes, entregaban boletas de venta pero no a todos. Supieron también que las katanas locales eran imitaciones pobres y no demasiado caras, unos ciento cincuenta dólares en promedio cada una. También pudieron notar que el mercado era reducido y la mayoría de compradores las utilizaban como adornos en sus salas, escaparates de tiendas o de restaurantes de corte oriental. Durante el resto del día rastrearon a casi todos los que habían comprado katanas en los dos últimos meses con boleta de venta y no hallaron nada extraño.
Al día siguiente en la oficina, poco después de llegar, les avisaron que Alvarez los llamaba. Se miraron de mala gana y fueron a la oficina en espera del reclamo correspondiente. Una vez en la oficina Alvarez los invitó a sentarse:
– Bueno señores, ¿qué tenemos respecto al empresario japonés?
– Nada concreto todavía – contestó Morgan,
– ¿Cómo que nada concreto? – vociferó Alvarez – ¡Tengo un anciano japonés decapitado hace dos días y ustedes no tienen nada!
– Bueno no es japonés en estricto… – se atrevió a corregir Vásquez.
– ¡Carajo! ¡Japonés, Nikei, hijo de japoneses, chino, jalado, lo que sea! ¡Denme algo para los tiburones!
– Bueno – señaló Morgan – tenemos una lista de sospechosos, amigos cercanos, socios.
– ¿Amante? ¿Socios descontentos? ¿enemigos? – requirió Alvarez impaciente.
– No – agregó Vásquez – por lo menos hasta donde sabemos no tenía amante y sus socios hablan muy bien de él, según los cercanos era un tipo correcto.
Alvarez iba a contestar algo pero sonó el teléfono, respondió con monosílabos e hizo un par de preguntas cortas condimentadas con obscenidades como siempre que había tomado demasiado café. Luego colgó y miró a los agentes con seriedad.
– O son muy suertudos o tienen a un bromista en la policía judicial diciendo que mató a Salas Ikeda. Bajen a ver, apenas tengan algo en claro me avisan. ¡¿Comprendido?!
Ambos agentes asintieron y minutos después estaban ingresando a sus oficinas, llamaron a la carceleta y pidieron que trasladen al supuesto homicida.
– ¿Qué hacemos primo? – preguntó Morgan.
– Tú dirás, ¿policía malo y policía bueno? ¿O lo arrinconamos?
– Es cansado hacer de policía malo, estoy con flojera .
– Vemos cómo va – apuntó Vásquez – si ha venido a confesar no creo que esté a la defensiva. Tratemos de conversar con él a ver que nos dice.
– Como dice Alvarez, ojalá no sea un bromista – suspiró Morgan.
Minutos después llegaba esposado un hombre de traje gris, cabello corto al rape, ralo, cabeza redonda, no era el típico oriental de rostro amable, más bien su faz estaba surcada de profundas arrugas que podían ser producto de la profunda reflexión o de una vida difícil. Cuando se sentó Vásquez pudo percibir un aroma extraño, se concentró y le pareció haber sentido el mismo olor en algún hospital. Tenía las manos cuidadas, las uñas impecables y cortas. El traje era caro, los zapatos negros de lazo bien lustrados. No había llegado por casualidad, se había preparado para entregarse.
– ¿Nombre? – preguntó Morgan mientras escribía en el formulario.
– Itsuro Ishikawa.
– ¿Entiende español, necesita un traductor?
– Entiendo bien.
– ¿Edad?
– Cincuenta y dos.
Mientras dictaba sus datos y Morgan apuntaba, Vásquez lo observa con atención. Recordaba lo leído en el tratado de Turnbull, trataba de imaginarse a Ishikawa como en los grabados del libro, con armadura de samurái y empuñando una letal katana. La verdad que no le costaba mucho visualizarlo, el sujeto tenía una presencia intimidante a pesar de su parquedad; contestaba con firmeza específicamente lo que Morgan le preguntaba sin agregar una palabra de más. Cuando terminaron y Morgan le explicó que tenía el derecho de tener un abogado no dijo nada, solo asintió con la cabeza. Morgan le tuvo que reiterar la pregunta y el contesto con un firme “no”.
– Bien – dijo Vásquez finalmente – usted ha venido por su propia voluntad señor Ishikawa. Déjeme preguntarle con claridad y espero que nos diga la verdad. ¿Usted mató a Hiroshi Salas Ikeda?
– Sí – contestó el hombre sin parpadear.
– De acuerdo – contestó Vásquez cauteloso. ¿Por qué lo mató?
– Salas Ikeda merecía morir – replicó Ishikawa.
– No nos estamos entendiendo señor – intervino Morgan – usted no solo debe contestar las preguntas, necesitamos que nos brinde toda la información posible.
– Entiendo señor. Yo vine a decir que maté a Hiroshi Salas. Yo maté al hombre. No más detalles para decir. Si ustedes necesitan información, preguntar, Itsuro contesta.
Morgan se levantó y pidió café para los tres. Les esperaba un día muy largo.
***
A las diez de la noche, luego de firmar y enviar los informes a la fiscalía y ver en el noticiero local a Alvarez presentando al homicida en rueda de presa y atribuirle todos los méritos a un cuidadoso trabajo de inteligencia de la unidad, Morgan encendió un cigarro y se desplomó en su asiento.
– Primo, te conozco, desde la tarde te veo con esa cara que no me gusta. ¿Hay algo que no te cuadra no?
– Es raro, muy raro. Primero el caso se resuelve de la nada. Segundo, el tipo viaja desde Japón para vengar una cuestión de honor, no compra un arma o contrata un sicario, no, más bien manda a traer muebles en un conteiner que cruza el océano y con el único propósito de traer en él, confundida entre sillas y aparadores, la espada que perteneció a sus ancestros.
– Y que encontramos en su departamento en la inspección. Estaba justamente donde nos había dicho.
– Y limpia, no había una gota de sangre.
– Ya la enviamos a Vizcarra para que la haga las pruebas de luminol – señaló Morgan.
– ¿Viste como vino en la mañana? – el tipo no se levantó de la cama y le entró una crisis de remordimiento. Había planeado entregarse, preparó todo un ritual. Lo imagino afeitándose, cortándose los pelos de la nariz, poniéndose los zapatos perfectamente lustrados, la camisa perfectamente blanca y planchada. La entrega era parte del ritual.
– ¿Qué quieres decir primo? – preguntó Morgan, al tiempo que apoyaba sus codos en el escritorio, ahora sí verdaderamente interesado.
– No estoy seguro, pero creo que el ritual empezó cuando salió del Japón y no ha terminado con su entrega del día de hoy. Hay algo más que no cuadra.
– Además matar a alguien de un tajo en el cuello – dijo Morgan haciendo mueca de asco mientras se pasaba la mano por la garganta – ¡me da escalofríos!
– Es cierto primito – replicó Vásquez – ese es otro detalle que no me deja en paz. ¿Porqué al estilo samurái? Es claro que fue premeditado. ¿Pero llegar a ese extremo?
Morgan se levantó y se puso el saco.
– Mira primo, te invito un trago para que te relajes a condición de que ya no hablemos del caso. Es asunto cerrado. Ya déjalo en manos de los fiscales.
– Tienes razón – dijo Vásquez – vamos.
Ambos salieron a paso lento de las oficinas. En el primer piso frente a la carceleta varias personas, al parecer familiares y trabajadores de la empresa de Salas Ikeda hacían una vigilia pidiendo justicia.
***
Al día siguiente la noticia cayó como una bomba. El informe de Vizcarra era contundente. La katana hallada en el departamento no era el arma homicida. Alvarez les había hecho una advertencia apocalíptica, si lo hacían quedar en ridículo terminarían dirigiendo el tránsito en algún pueblito altiplánico. Ambos corrieron al laboratorio a hablar con Vizcarra.
– Lo siento muchachos – dijo Vizcarra apenas los vio entrar. Repetí la prueba unas cinco veces. No hay nada.
– ¿Y si la limpió bien? ¿Si le metió lejía, o algún limpia vidrios? – preguntó Morgan.
– Es posible. Es raro, pero es posible. De hecho la espada estaba impecable, la habían limpiado con aceite de clavo de olor.
– ¡Clavo de olor! – exclamó Vásquez – ese era el olor de ayer en la mañana. ¿Pero qué relación tiene?
– A ver, explícame Vizcarra – preguntó Morgan – el luminol es un reactivo, reacciona con la hemoglobina que ha quedado en las superficies. ¿Uno pasa una esponja y se va o perdura por años?
– La hemoglobina se oxida y penetra la superficie. Este sable es de factura manual, es un muy buen trabajo, pero igual sigue siendo manual, tiene sutiles imperfecciones. Los átomos de la hemoglobina deberían haber quedado pese a la limpieza. La hemoglobina resiste incluso limpiavidrios como ustedes decían o alcohol. Debería haber alguna huella.
– Estamos en problemas – dijo Morgan.
– ¿Pero no confesó? – preguntó Vizcarra.
– Sí – replicó Vásquez – pero no puedes condenar a nadie con su sola confesión. Se necesita alguna evidencia más. Un buen abogado y Ishikawa se va a su casa.
– Pero hay algo más – agregó Vizcarra – la empuñadura sí tiene las huellas de Ishikawa, pero no solo las de él.
– ¿De quién? – preguntaron ambos agentes a la vez.
– De Salas – afirmó Vizcarra confuso.
Por la tarde Vásquez y Morgan fueron de nuevo al departamento de Ishikawa. Buscaron la ropa, zapatos, huellas de que se hubiese incinerado algo y no encontraron nada.
– Estoy convencido de que está encubriendo a alguien – afirmó Vásquez – no hay otra explicación.
– O destruyó la ropa que usó ese día – señaló Morgan
– Puede ser. Regresemos a la oficina, tenemos que hablar con Ishikawa.
Sentados otra vez con Ishikawa, le preguntaron insistentemente acerca de las razones por las cuales no había sangre en el sable.
– No queda sangre – señaló el hombre.
– ¿Cómo es eso posible?
– La hoja de katana es como bisturí, pasa por la carne antes de que brote sangre.
– ¡No tiene sentido! – exclamó Vásquez – usted nos quiere tomar el pelo.
Ishikawa no contestó. Fijó su mirada en un punto imaginario en el horizonte, apoyando ambas manos sobre sus muslos.
– Cuénteme Itsuro. Quiero entenderlo. ¿Por qué mató a Salas?
– Por honor – contestó.
– Yo sé, ya sabemos que fue por honor. Pero usted no ha querido decirnos en que consistió la afrenta. Dígame ¿qué pasó?
– No es necesario señor – dijo Ishikawa – yo vería mi honor destruido nuevamente si usted conoce mi historia y lo que hice no habría tenido sentido.
– ¿Está dispuesto a ir a la cárcel?
– Soy un hombre honorable. En este país matar a otro es delito. Yo cumpliré con lo que el tribunal decida.
– ¿Salas no era un hombre honorable? – preguntó Morgan.
– No. Yo le di la oportunidad de serlo.
– Usted…
– Sí – interrumpió por primera vez Ishikawa – le entregué la katana para que pudiera morir con honor. No pudo hacerlo. Me pidió que lo haga yo. No tuvo valor. Yo cumplí su voluntad.
***
Por la noche en el bar, las noticias confirmaban la detención de Ishikawa por el homicidio de Salas. Morgan encendió un cigarro y preguntó:
– ¿Raro el caso no? ¿Tú crees primo que un sujeto honorable como Ishikawa debería ser tratado como un vil delincuente?
– Bueno, es un delincuente honorable, pero delincuente al final. Nadie puede quitar la vida a otro ser humano. Si lo haces recibes un castigo y ese es nuestro trabajo primo, atrapar a los malos.
– ¿Realmente crees que él sea uno de los malos? Hoy recibí el reporte de Interpol. En su país no tiene ni una infracción de tránsito, es un ciudadano modelo.
– Siempre hay una primera vez – dijo Vásquez – Terminemos este último trago y vámonos a descansar.
***
Esa noche en la celda de la policía judicial, Itsuro Ishikawa recordó la terrible noche en la que siendo un niño, escondido en su casa en Japón, fue testigo de cómo Salas, de vacaciones en el país, abusó de su pequeña hermana menor. Ella le había hecho jurar que no tomaría venganza nunca, le hizo jurar por su propia vida. Él se lo juró. Ella había fallecido dos meses atrás, había quedado liberado del juramento.
martes, 30 de abril de 2013
TACITURNO (Cuento)
Germán apagó el televisor y miró a su lado, boca abajo y con el cabello desordenado yacía Marcela, con un ojo abierto a medias y una mueca de sonrisa cansada.
– Despierta floja – dijo él.
– Mmmmm… ¿vas a pintar? – respondió sin despegar la boca de la sábana.
– Sí un poco, es temprano aún.
– Mmmmm… ¿me amas? – preguntó Marcela.
– Mmmmm… sí – contestó Germán riendo y abalanzándose sobre ella, hurgando con dedos finos de pintor entre sus costillas, sobre sus caderas, en sus axilas. Marcela reía y lanzaba grititos de desesperación, jugaron largo rato hasta quedar casi sin aliento.
– Te amo mi héroe – dijo Marcela y se levantó rumbo al baño para tomar una ducha. Ella le decía así desde el día que se conocieron, aquella fría tarde en el mirador sobre el acantilado frente al mar.
Era invierno, la bruma subía por las rocas, trepando lentamente en busca de las calles de la ciudad. Germán llevaba largo rato mirando el mar, el horizonte, esperando triste y taciturno a que, como siempre a esa hora, el malecón quedara desierto por causa del frio y la humedad. A su derecha a veinte metros, estaba ella, llorando en silencio. Germán la observó primero con interés de artista, el perfil, la cabellera desordenada, la piel ni blanca ni trigueña, canela tal vez, la figura esbelta pese a la enorme chompa de lana. Si hubiese traído su cámara la habría fotografiado, se lamentó. Esta vez no había traído nada. Hubiese sido bueno pintar ese perfil. La miró directamente y sin pudor mientras imaginaba su pincel recorriendo el lienzo trazando las curvas de su rostro; ella debió haber sentido la mirada, sus ojos se encontraron y ella se incorporó asustada, tal vez pensó que era un asaltante. Germán instintivamente sonrió y le hizo un ademán de saludo con la mano, ella se tranquilizó y volvió a su posición para concentrarse en el dolor.
Germán miró también el horizonte y ya no le atrajo como antes, se volvió hacia la muchacha y le silbó. Ella volteó y se señaló a sí misma con incredulidad, él asintió con la cabeza sonriendo, ella sonrió también mirando al piso, él volvió a saludar con la mano, ella esta vez rió con los ojos todavía húmedos. Germán se acercó con confianza, saludó.
– Hola, ¿Cómo te llamas?
– Marcela, ¿y tú?
– Germán y no te voy a asaltar.
– ¿Cómo crees…? – contestó ella indignada.
– No, no digas nada. Si un tipo con mi aspecto me mirara fijamente en este lugar yo también me asustaría.
– ¡Jajajaja! Bueno…
– ¿Por qué lloras?
– No lloro. Pienso.
– Piensas con lágrimas en los ojos.
– Es una pajita.
– ¿Tiene nombre esa pajita?
– No. Ya no.
– ¿Te gusta el mar?
– No… sí… en verdad no, en invierno no, en verano me encanta, pero en invierno no me gusta, es triste.
– ¿Y por qué viniste a verlo? ¿Es porque estás triste?
– ¿Por qué eres tan preguntón? – se desesperó Marcela y se echó a reír.
Luego de un rato conversaron cosas sin sentido, tonterías del día a día. Hablaron largo, Marcela le contó sus cosas, sus tristezas que eran muchas y sus alegrías que le parecían muy pocas. Germán no contó mucho pero escuchó de buena gana y con atención. Al cabo de una hora ya estaba oscureciendo. Marcela miró al cielo y dijo:
– Ya es tarde. Creo que debo irme.
– ¿A dónde te vas?
– A casa…
– Yo me quedo un rato más – contestó Germán.
– ¿Para tomar tu coca cola solo?
– ¿Perdón? – preguntó él.
– Sí, estás loco, desde que hemos empezado a conversar le das vueltas a esa coca cola que tienes en la mano y no la has abierto. ¡Ah! ¡Eres un tacaño, estas esperando que me vaya para tomártela solo! – bromeó Marcela.
– ¡No! Es que… – tartamudeó Germán.
– Ya dame – dijo con firmeza Marcela – vamos a brindar juntos por el encuentro.
Marcela tomó la botella, la destapó , dijo “salud” y se tomó un largo trago, luego se la ofreció a Germán. El dijo “salud” también y bebió. Se quedaron en silencio, viendo el sol desaparecer en el horizonte, ella sacó un cuaderno de su bolso y escribió su número, su correo y su dirección, arrancó la hoja y se la entregó, luego coqueta le arrebató la botella y se fue por la veredita del malecón a sorbos lentos, desapareciendo entre la bruma.
Germán quedó desconsolado, respiró, recordó a Marcela alejándose con su grácil andar y se relajó, sacó de su bolsillo el sobre de veneno para ratas y lo lanzó al acantilado riendo.
* * *
Cuando Marcela salió de la ducha, Germán sonrió pensando que nunca le contó el asunto del veneno, más por vergüenza del ridículo de haberse quedado sin líquido para su plan, que por cualquier otra razón. Ella lo miró y le preguntó:
– ¿De qué te ríes? Ya sabes… el que a solas se ríe…
– De nada – contestó él.
– Mmmmm… misterioso mi héroe.
– No me digas así – se quejó él.
– Te digo y te digo, “mi héroe”, lo eres y siempre serás.
– ¿Sí?
– ¡Sí! – dijo ella sentándose sobre sus piernas con la toalla envolviendo su cabellera mojada – Tú me salvaste de esa enorme tristeza ese día en el malecón.
– No mi amor – contestó Germán guiñando un ojo – tú me salvaste a mí.
domingo, 31 de marzo de 2013
EL NOMBRE (Cuento)
Una sensación cálida en la superficie de sus muslos lo
despertó, entreabrió los ojos, la reverberación del sol en el cerco pintado con
cal lo cegó momentáneamente. No se movió del asiento, tomó sus lentes de sol de
la mesa que siempre alguien acomodaba a su lado y se los puso lentamente, con no
poca dificultad pero con cuidado. Su mente se introdujo como en los últimos
días en los meandros de tiempos pasados, y allí, entre imágenes difusas y
sombras indescifrables, la vio. Siempre la recordaba, pero ahora la notaba
particularmente bella, más ligera, grácil, sonriente y contenta.
De golpe y sin invocarlos, se le aparecieron mil recuerdos y
emociones, le pareció oler su perfume, el aroma de sus cabellos recién lavados.
Nuevamente vio su sonrisa y sabía que le sonreía a él, los ojos le brillaban
como solo sucedía cuando estaba realmente feliz. Ella era feliz con cosas tan
pequeñas, con un chocolate, con una flor. Podía ser inmensamente feliz con un
libro nuevo o una nueva planta para el jardín. No recordaba el traje que traía,
no se lo había visto puesto nunca, era como de gasa, blanco, impecable, tal vez
era nuevo. Pero sus sandalias de cuero eran las de siempre y el de siempre también
era ese sombrero de paja con el que se protegía del sol. El pañuelo de seda
alrededor de su cuello fino lo hizo sonreír a él también. Por alguna extraña
razón siempre le había gustado ese pañuelo en particular, pese a que ella se
reía siempre de que le gustara más, precisamente el pañuelo más viejo que
tenía.
Se preguntó si realmente la había amado. Se preguntó si el
amor había existido cuando menos para él, si acaso no lo había negado
con persistencia solo para evadirse conscientemente del inevitable dolor que
todo amor acarrea, sobre todo el de pareja. Se preguntó si había redención, si
el tiempo realmente cura todo y si la vida da segundas oportunidades siempre.
Cerró los ojos y no la pudo ver más, fue entonces cuando
sintió su presencia con nitidez, abrió los párpados con algo de temor y ya no
estaba allí. No estaba allí físicamente pero podía sentirla, sintió su
presencia infinita, permanente. Se dio cuenta que nunca se había ido, que
estaba allí omnipresente desde siempre y tuvo ante sí una dolorosa revelación
que había estado transitando a paso de oruga por los recovecos de su mente
durante años, descubrió en ese instante luminoso que a pesar de todo ella lo
había amado. Ella sí lo había amado. ¿Dónde estaría ahora? ¿Qué habría sido de
su vida? ¿Lo recordaría? Miró el horizonte y abrió lentamente los labios para
llamarla, levantó ligeramente la base de la lengua y apoyó su extremo en la
parte posterior de los dientes de su maxilar inferior, llenó de aire sus pulmones
para exhalar su nombre y… no pudo recordarlo. Frunció las cejas como quien está
a punto de llorar de impotencia, sin cerrar la boca temblorosa, abrió y cerró
los ojos varias veces para espantar las lágrimas, intentó de nuevo buscar en su
memoria rota y no encontró ningún nombre, ninguna palabra, las letras eran
retorcidas patitas de arañas que tejían cada día telas en sus recuerdos,
instintivamente y por costumbre estiró la mano derecha para acariciar la cabeza
de su perro, como siempre que quería hallar consuelo y palpó solo el vacío,
trató de silbar y solo emitió un sordo quejido. La amaba, ahora sabía que la
amaba y que siempre la amó. Solo quería decírselo o sencillamente decirlo a
quien quisiera escuchar, quería deshacerse de esa amargura y solo necesitaba un
nombre. Apretó los puños y los dientes tratando de recordar, no podía, no
podía. Nunca más podría… ni ahora ni nunca… pero la amó… la amaba…, sintió frio
en las piernas y trató de cubrirlas con la manta, se acomodó con dificultad,
acomodó sus lentes porque el sol de la mañana le hacía daño en los ojos. Respiró
con calma, se sabía frustrado, con tranquilidad trató de recordar lo que estaba
pensando hace un rato y que lo frustraba tanto y no pudo, se sorprendió de ver
su mano apretada en doloroso puño, la abrió despacio mientras observaba su
propia piel manchada, las venas enormes surcando el dorso arrugado, los dedos
cansados temblorosos, en el reflejo de la mampara se vio a sí mismo sentado en
la silla de ruedas, el cabello y barba encanecidos, se miró fijamente y no pudo
recordar su propio nombre… y recordó, eso sí, que aquello ya le había pasado
otros días. Y como otros días, dejó de hacerse problemas con el asunto. Miró el
horizonte una vez más y se entregó como todos los días al placer de sentir como
el sol calentaba la superficie de sus muslos ateridos.
domingo, 17 de marzo de 2013
VIDA SALUDABLE: EL GIMNASIO ¿ENTRENAR O NO ENTRENAR?
Sin embargo, ya después de tantos años de ir al gimnasio y
ejercitarme, (ya son más veinte ¡Cómo
pasa el tiempo!) creo que he aprendido algunas cosas que quiero compartir con
quienes recién empiezan y con quienes retoman. Trataré de ponerlas en términos
sencillos para que todos podamos sacar algo en beneficio:
Un error habitual sobre todo para principiantes es llegar a diciembre
y tomar la decisión de ir al gimnasio esperando tener resultados visibles en un
mes, para verse regio o regia en febrero. ¡No! Está usted rotundamente
equivocado, tal vez se vea bien para febrero del año siguiente, pero no para
este febrero. El cuerpo reacciona por etapas, durante unas tres o cuatro
semanas recién se habrá acondicionado, el crecimiento o formación muscular solo
vendrá después de tres o cuatro meses de trabajo intenso.
Resulta divertido ver gente que recién empieza llegar con el
ipod, los audífonos, sentarse, preparar la banda sonora de Rocky I, II, III, IV
y V y entrenar. Eso es pésimo. Primero aprenda los ejercicios, incorpórelos,
entiéndalos y luego agregue lo demás.
Otra cosa curiosa es ver a las personas pendientes de sus
aparatos electrónicos. Es un mal vicio. Apague el equipo por un rato, si recibe una llamada
pare, conteste y luego continúe. Si
usted está en la bicicleta y habla por teléfono, o escribe mensajes entre serie
y serie, se desenfoca. Está perdiendo miserablemente su tiempo y su dinero. Le
puedo asegurar con certeza que no tendrá resultados. No se trata solo de hacer
ejercicio o sudar, tiene que concentrarse y enfocarse en lo que está haciendo.
No hay que ser un genio para darse cuenta, observe a su alrededor. Los que
muestran resultados visibles, son personas enfocadas en su entrenamiento.
Otro asunto es el mito de la quema de grasa. No se puede quemar
grasa visiblemente y lograr crecimiento de músculo al mismo tiempo. Es un
axioma absoluto. Es materialmente imposible que en el mismo periodo se queme
grasa y crezca la masa muscular. O es lo uno o es lo otro. Normalmente en los
primeros meses parece que hay crecimiento muscular, pero en realidad es quema
de grasa. Es como tallar madera. Imagínese un cilindro de madera y usted lo
talla dándole formas curvas al medio y disminuyendo el grosor en los extremos.
A simple vista parece más voluminoso pero en realidad lo único que usted hizo
fue sacar madera, y si no me cree mire las virutas en el piso. En el gimnasio
usted se ve mejor porque fue sacando la grasa que sobraba y el musculo ganó
tonicidad, que le da más dureza, ganó curvas pero no ganó volumen.
Una vez que se acondiciona el músculo y gana tonicidad
recién puede trabajar volumen, eso se hace con una buena dieta llena de
proteínas y carbohidratos. El músculo crece y usted sigue trabajando. También
gana algo de grasa, por eso es mejor trabajar crecimiento en mayo, junio,
julio, agosto y setiembre; tiene de octubre a diciembre para volver a perder
grasa, si tiene un buen entrenamiento y dieta perderá la grasa perdiendo muy poco
del volumen muscular ganado.
No deje de comer. Si usted deja de comer, el cuerpo
reaccionará generando más depósitos de grasa como reserva y consumirá músculo
para asegurar energía. Coma normal, sano y trabaje duro. Su metabolismo hará el
resto.
Para poder comprender este asunto se debe leer mucho para
entender cómo funciona el cuerpo; pero un ejemplo sencillo que sirve para
explicar es este: Piense que el cuerpo tiene su propia capacidad de pensamiento
y voluntad. Luego cuando usted deja de comer, el cuerpo
piensa que se acerca un periodo de escasez, en consecuencia lo poco que usted
coma lo convertirá en depósitos de grasa
y hará que su metabolismo sea más lento. Si usted toma poca agua, con la
misma lógica retendrá agua. Lo mismo pasa cuando usted come mucho o toma mucha
agua, el cuerpo interpreta que se acerca un periodo de escasez, si no, usted no
comería tanto. Cuando usted toma
cantidades razonables de agua, come varias veces al día (en sus horas) y de
manera sana (o limpia) el cuerpo sencillamente excreta los excesos, toma lo
necesario y no genera depósitos de grasa o de agua.
Una vez que usted se haya acondicionado, piense en
objetivos. Si quiere estar saludable y no ganar masa muscular, trabaje
ejercicios cardiovasculares, haga los ejercicios que su instructor le indique
con la fórmula regular peso, muchas series, muchas repeticiones. Si lo que
quiere es ganar volumen, la fórmula es peso máximo, pocas repeticiones, máximo
cuatro series.
Tenga claras sus metas, defina claramente que resultados
quiere. Piense en un modelo a seguir, es distinto ser un fisicoculturista
profesional que ser un sujeto “fitness”. Plantee bien sus retos.
El músculo crece por ruptura de fibra muscular, al trabajar
usted rompe la fibra muscular, al curarse la fibra forma una especie de cicatriz
que es lo que en el fondo le da volumen al músculo. Si lo que desea es ganar
musculo, rompa esas fibras con trabajo intenso, luego vaya a descansar, duerma bien
y dele tiempo para que se recuperen. Luego vuelva al mismo procedimiento.
Si desea masa muscular, coma porciones pequeñas cada dos
horas durante todo el día. Eso ayuda al metabolismo. Si está quemando grasa o
desea bajar de peso, solamente coma a sus horas. Tres comidas al día. Un buen
desayuno, un almuerzo mediano y una cena pequeña. No coma nada más y ¡no se
mate de hambre! Eso nunca funciona a largo plazo.
Mentalice, en la noche antes de dormir, vea su cuerpo como
lo desea, véase haciendo los ejercicios. Al día siguiente solo materialice lo
mentalizado.
Si usted es una dama y dice: “Yo no quiero hacer máquinas
porque no quiero ser como las físico culturistas de los posters de los
gimnasios, llenas de fibra y espaldonas” está equivocada de nuevo. Le pongo un
par de ejemplos muy claros, al principio de esta nota puede ver las fotos de
Jen Jewell, ella es una atleta fitness, la primera es de Jen en la escuela, la segunda es poco después en
bikini, recién empezando a entrenar, la tercera foto es del dos mil diez,
observe que su cuerpo en esa foto está en reposo, la cuarta foto es de junio del
dos mil once, en competencia y la última por las mismas fechas en reposo. Lo
que quiero que tome en cuenta es que las fotos de competencia implican que la
persona se ha sometido a una dieta estricta por lo menos dos o tres semanas
antes, se llega a un porcentaje de grasa corporal cercana al 7%, es evidente
que ese porcentaje no se puede mantener todo el año, y sobre eso se debe
aclarar que en el backstage las competidoras y competidores están bombeando
sangre a los músculos con pesas a fin de mostrar lo mejor en el escenario. No olvide además que las damas de los posters de físico culturismo entrenan mínimo cuatro horas al día y usan la fórmula peso máximo, pocas repeticiones
máximo cuatro series. Las de fitness con poco peso, muchas repiticiones y cardio también por la misma cantidad de horas. Observe la foto de la derecha, es la atleta fitness rusa Areha Opan, la primera toma es de competencia la segunda es modelando con el
cuerpo en reposo. ¿Nota la diferencia? El cuerpo que usted ve en la foto cuatro
de Jen Jewell y la primera de Areha Opan son producto de años de entrenamiento.
Usted no lo va a conseguir en unos meses por más que quisiera. Sea realista. Lo
que usted está haciendo es inventarse una excusa. Haga ejercicio en máquinas,
poco o regular peso, muchas repeticiones, muchas series. Entrene cuarenta
minutos diarios y le garantizo que mantendrá sus mismas medidas o si no
menores. No busque excusas o justificaciones, eso no sirve en los gimnasios.
Para terminar la idea observe la foto abajo, es Jennifer Andrews, la primera
foto es de competencia, debidamente musculada y la segunda modelando con los
músculos en reposo.
En el caso de los varones pasa lo mismo. Escucho esta frase
casi siempre en los principiantes: “Quiero entrenar pero no quiero estar lleno
de musculos, eso ya es feo.” O las chicas que alientan esa justificación
diciendo: “Pero no entrenes mucho, es feo ver a los hombres musculosos”. Bueno,
ese es otro mito. Observe la foto de la izquierda. Se trata de Jay Cutler, es
un sujeto sumamente masivo, campeón de fisicoculturismo (no puedo negar que
consuma o no esteroides) pero lo cierto es que ese volumen no se consigue
entrenando una hora por día. No sea iluso. Para llegar a esos niveles usted
tendría que entrenar tres o cuatro horas diarias, invertir mucho dinero en
vitaminas y proteínas concentradas, además de tener una disciplina de acero
para el asunto de la alimentación, descanso y rutinas. Nuevamente, no se ponga
excusas ni justificaciones. Además una cosa es ver a Cutler en la primera foto
en competencia y en la segunda foto en reposo.
Los abdominales son toda una historia. Los músculos
abdominales y oblicuos son otro grupo más de músculos. No son mágicos. Si usted
hace mil abdominales diarios sólo logrará tener unos músculos abdominales
poderosos, pero escondidos debajo de una capa de grasa. Nadie los podrá ver.
Los músculos abdominales ayudan mucho con el equilibrio y con una buena
postura, pero si desea tener unos visibles abdominales de guerrero espartano,
primero queme la grasa que los recubre. Para este caso es un ejemplo notable el
del atleta fitness Scott Do, cuya foto aparece a la derecha. La primera foto de
arriba es una más o menos reciente. Scott Do asesora a personas que desean
perder peso, Scott ha hecho un experimento, durante cuarenta y cinco días comió
solo comida chatarra y gaseosas, logró el cuerpo que pueden ver en la segunda
foto de arriba. Su propósito es comprender el proceso de lograr un estado
saludable a partir de un cuerpo lamentable. Él está narrando día a día sus
experiencias, recién va dos semanas en la recuperación y su principal
observación es la falta de energías y fuerza a la que se tiene que enfrentar.
La comida chatarra y las gaseosas destruyen el cuerpo, la foto inferior es de
él modelando no hace mucho tiempo. No se olviden que Scott aún tiene buenos
músculos, pero se encuentran escondidos bajo capas de grasa y evidentemente algo
debilitados por cuarenta y cinco días de
inactividad. Este es un buen momento para que usted se fije sus metas. ¿Desea
tener un físico como el de Jay Cutler o como el de Scott Do?
La grasa se quema con número de pulsaciones, no con
abdominales. No importa qué ejercicio haga usted, la grasa se quema
proporcionalmente en todo el cuerpo. Perderá la misma cantidad de grasa en el
abdomen si trabaja pantorrillas, bíceps, pectorales o abdominales. El ejemplo
que siempre uso es el de los tenistas. Se demostró que un tenista profesional
tiene la misma proporción de grasa en ambos brazos a pesar de usar con mayor
intensidad uno solo de ellos.
Para quemar grasa eficientemente y mantener elevado el
número de pulsaciones por minuto no descanse mucho entre serie y serie, el
tiempo de descanso correcto es entre sesenta y noventa segundos entre serie y
serie. Eso garantiza que sus pulsaciones no descenderán tanto que regresen al
estado de reposo. Si usted retorna a las pulsaciones de reposo, deja de quemar
grasa.
El atleta fitness peruano Daniel Dávila Aranibar, cuya foto
aparece a la izquierda, siempre reitera que no existen ejercicios para reducir
abdomen (o pancita) y es cierto. La grasa abdominal no se pierde con ejercicios
solamente, es necesario y obligatorio controlar la alimentación como ya se
señaló líneas arriba.
No olvide que la postura es el ochenta por ciento de su apariencia.
Desde el primer día corrija su postura, contenga su abdomen y ponga su espalda derecha. Sólo con eso
usted se verá bastante mejor.
Hidrátese, antes, durante y después del ejercicio. Durante
en pequeñas dosis o sorbos. Es una regla básica. No tienen que ser bebidas
especiales. Con agua pura es suficiente.
Los ejercicios más eficientes son los que recurren a la
simple lucha contra la gravedad, mientras más sofisticada la máquina, más
tiempo le tomará darle forma al músculo o ganar volumen. Dedique parte de su
entrenamiento a los fierros tradicionales con ejercicios clásicos.
La edad no tiene nada que ver, puede empezar ahora aunque
tenga cincuenta años, no hay mejor ejemplo para ello que la atleta fitness
chilena Loreto Soto, tiene 41 años y se ve... como ustedes pueden ver. No hay
límites, el cuerpo siempre reacciona bien a una buena alimentación y apropiado
ejercicio. Puede demorar un poco más o un poco menos, pero siempre se obtienen
resultados positivos.
Aunque algunos podemos ser lo suficientemente disciplinados
como para trabajar solos, siempre es mejor trabajar con una pareja que lo incentive y aliente y no deje que se rinda, usted en retribución deberá hacer lo
mismo. Los resultados son mejores y más rápidos.
Una cosa interesante es la siguiente: Mucha gente se pregunta
si debe dejar de comer definitivamente carnes rojas, asados, parrilladas,
helado, chocolate, etc. Bueno, la mejor respuesta la vi en la red, por parte de
un atleta fitness, la recojo porque es totalmente adecuada y dice más o menos
así: “Digamos que usted es sedentario, come comida chatarra, bebe café en
exceso, fuma y además toma gaseosas. Si un usted decide por un día hacer
ejercicio, comer sano, tomar solo agua… para luego regresar a su misma rutina
al día siguiente; ¿cambió algo en su vida? La respuesta es no. No va a haber
ningún cambio sustancial en su vida o su salud por un día. Pues bien, al
revés sucede lo mismo. Si usted come
limpio y sano, hace ejercicios, se cuida, toma solo agua y por solo un día come
un buen churrasco y se da el gusto de un postre o un helado y luego regresa a
su vida saludable, tenga la certeza de que nada malo le pasará.”:
Lleve una muda de ropa al gimnasio y de ser posible dúchese
allí mismo al terminar, limpia las toxinas que en caso contrario quedarán en su
piel hasta que llegue a su casa.
No deje de ir al gimnasio, si está con mucho trabajo, vaya
aunque sea quince minutos. Ese ritual le ayudará a no abandonar el
entrenamiento.
Lo no trabajado nunca se recupera. Si usted no trabajó hoy
piernas no espere compensarlo trabajando mañana el doble. El cuerpo no funciona
así, solo logrará lesionarse.
Un consejo adicional: Si usted va al gimnasio a mirarse al
espejo y conversar con otros piense dos cosas:
a) Tal vez está
interrumpiendo el trabajo de otra
persona que por cortesía no le dice nada y
b) Mírese al espejo al culminar el trabajo, para evaluar
resultados, no en medio de él. El gimnasio no es un lugar para desfile de
modas. Los espejos son para corregir posturas y evaluar el trabajo en
desarrollo. Mucha gente va a trabajar su físico realmente, no los interrumpa.
Finalmente, sea respetuoso con sus compañeros de gimnasio y
cuando termine de usar una máquina, déjela como la encontró. Educación básica del gimnasio, todos se lo
agradecerán.
Espero que esta nota sea de utilidad y ayude a quienes lo
desean con lo poco aprendido estos años. Por mi parte yo me comprometo a seguir
en mi propósito de ganar algo más de masa muscular y llegar a un doce por
ciento de grasa corporal.
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