Hace un tiempo, sin querer, fue apareciendo una pequeña colección de botellas de vidrio sobre los reposteros de la cocina. El único requisito es sencillamente que me gusten, que llamen mi atención y de ser posible que sean raras. Hace un par de días agregué una mas, que no es ni rara ni nada parecido. Es una simple botella de ketchup, la de la tapa blanca en la foto.
Aunque es una botella sencilla y de la que hay montones, me transporta a un espacio donde fui feliz. Infinitamente feliz y de donde, probablemente, surge todo mi imaginario y gran parte de mi personalidad.
Cuando era niño, en casa de mi madre pasaba las horas leyendo en la pequeña sala de su casa. Por razones de espacio, en la sala también estaba el refrigerador. El refrigerador de mi madre rara vez tenía manjares, normalmente tenía verduras, algunas frutas. No consumíamos gaseosas y las pocas veces que lo hacíamos era tan raro que la agotábamos en el acto. En resumen, lo que se podía encontrar en la refrigeradora normalmente para hincar el diente, entre lectura y lectura, eran tomates y zanahorias. De allí proviene ese viejo hábito que aún tengo de ir a la refrigeradora en las noches y sacar una zanahoria cruda y comerla mientras veo la televisión.
Otra cosa que siempre había en la refrigeradora era una botella dorada de licor en forma de huaco Mochica, que en su interior llevaba restos del espumante de la última navidad o del más reciente año nuevo. En casa nadie bebía así que esos restos se mantenían casi todo el año sin que nadie los toque. Al lado del huaco Mochica había un perro. Era un perro hecho con crochet. Era maravilloso, lo había tejido finamente mi madre con sus hábiles manos, el cuerpo, sus patas y cola y formaban una pieza que cubría como un guante la mayor parte de una botella de ketchup y la otra pieza era la cabeza, con su nariz y largas orejas tan bien hechas que parecían reales. Esta parte cubría desde arriba la tapa de la botella y se juntaba con el cuerpo sutilmente.
Yo siempre abría la botella, primero sacaba la pieza de la cabeza, destapaba con cuidado y como casi siempre estaba vacía. Alguna vez tenía vinagre o algún otro liquido propio de la labor de cocina. Pero no importaba, esa botella vestida de perro mantenía viva la ilusión, la esperanza. Siempre me provocaba abrirla con cuidado, como un ritual, con delicadeza, para que no se resbale, admirando la riqueza del tejido, de las formas, acariciando la textura cual pelaje y como si el perro estuviese vivo.
Con los años me fui de la casa, hice mi vida y no sé si ese perro aun existe. El huaco recuerdo haberlo visto, casi medio siglo después, pero el perro no sé. Sin embargo cada vez que veo una botella de ketchup lo recuerdo. Mientras lavaba ésta en particular para agregarla a la colección pensaba en el valor y significado de ese perro tejido a crochet y de la botella que le servía de cuerpo y tal vez de alma. ¿Qué tanto de mí está en deuda con ese perro? La ilusión de hacer pausas entre lectura y lectura solo para comprobar que aún seguía en la refrigeradora. Buscar si había algo nuevo y terminar mordiendo una zanahoria. Mantener la esperanza. Haber mi madre, sin querer, mantenido la ilusión en mi y haber vivido mi niñez y parte de mi adolescencia con todas mis esperanzas metidas en esa botella disfrazada de perro. Haber sobrevivido la adolescencia. Haber llegado hasta aquí. Tener en mi cocina una botella común que me recuerda de donde vengo y todo lo que tengo que entregar a mi hija: La esperanza de querer ser. La fuerza para luchar por ello.
martes, 2 de enero de 2018
EL RESCATE Y LA FALIBILIDAD DE LA LEY DE MURPHY
Ayer cerca de las doce, estaba en plan marmota y totalmente sometido a la dictadura de la tecnología: Luz artificial, aire del ventilador, una película en la televisión, el whastapp en el celular, vídeos musicales en la tablet y facebook en la lap top; a raíz de una publicación que hice en mi facebook, recibí un inesperado mensaje: "No puedes pasar el año nuevo así. Cámbiate que voy por ti."
Pensé que era una broma y en tono bromista también, contesté:
- Pero estoy calato.
- Basta - me contestó - ya es tarde, en serio, voy te recojo y venimos. ¿Solo cámbiate ya?
En serio estaba calato, bueno casi. Pero no por solidaridad con mi perro ni por alguna extraña perversión. Había hecho calor todo el día y la noche no prometía lluvia. Aun no me había duchado y - ya saben como soy - empece a racionalizar. ¿De verdad quiere que solo me cambie? ¿No me voy a duchar? Va a venir ¿Cómo? ¿A dónde iremos? Miré el reloj, eran las 11:30 ¿Hay taxis a esta hora en año nuevo? ¿Nos iremos en el mismo taxi? ¿Llamaremos a otro? ¿Vendrá otro taxi a tiempo? ¿Por qué hay hormigas en la mesa de centro? ¡Esa canción de Cerati es tan buena! ¿Por qué ladra Dubi? ¿Por qué mis vecinos revientan cohetes? ¡Qué manía de incomodar a mi perro! ¡Diablos! ¡Tengo que poner el algodón en los oídos de mi perro! Me levanté, apagué todos los aparatos excepto el celular y busqué el algodón. Precisamente cuando terminé de taponar los oídos del fiel - y ahora nervioso - can; sonó el golpeteo en la puerta. Salí solo en pantaloncillos de pijama y allí estaba ella, la reina de Saba, guapísima como siempre sobre una moto scooter. Le pedí que pase y me espere y fui a ducharme a toda velocidad.
Luego de casi resbalarme en la ducha, hacer caer el champú, tropezarme con la toalla, golpearme el dedo gordo en la pata de la cama y revolver la ropa hasta encontrar mi boxer amarillo; estaba listo. Salí a la sala y eran las 11:47. Teníamos diez minutos para llegar a... en ese momento aun no sabia a dónde. Preguntaría en el camino. Apagué las luces y salimos. Mientras yo cerraba la puerta de la casa, Dubi, que ya estaba bastante nervioso, vio el portón de la cochera abierto y sin pensarlo dos veces - creo que de hecho no lo pensó ni una - salió corriendo hacia la calle como alma que lleva el diablo. "¡No puede ser!", pensé, recordé que mi madre sintetizaba la Ley de Murphy en una de sus variables con una frase contundente: "Cuando haces las cosas de prisa, peor es". Y allí estábamos, faltando diez minutos para las doce con el mangurrián este perdido en la oscuridad de la noche. Imposible dejarlo. Si se pierde, previamente se vuelve loco a la hora de los cohetes, le da un infarto y luego me da otro a mi si es que antes no se lo roban. ¡Jamás! Fui a buscarlo. Luego de un par de minutos lo vi detrás de un pequeño arbusto haciendo lo suyo, era el momento preciso, doy un salto y ¡listo! Detenido señor, sin mandato judicial ni nada, nos vamos a casa. Corrí a la casa con él, lo dejé en el jardín, aseguré por última vez sus tapones y le di un abrazo de año nuevo. Cerré la puerta y me subí a la moto. No íbamos a llegar a tiempo. A medida que avanzábamos iban apareciendo en el camino algunas luces, cohetecillos y los primeros fuegos artificiales en el cielo. Fue un momento romántico. Nosotros desplazándonos por la avenida 2 de mayo y en el cielo los puntos multicolores parecían abrirnos el camino. Miré el reloj otra vez: 12.47. Me dijo que la cena era cerca a la plaza. Estábamos a medio camino y nos dieron las doce literalmente y allí empezó el caos. ¡Sí!, sí señores, nosotros éramos los locos de la moto cruzando la avenida Madre de Dios en medio de los gases y explosiones de cohetes, petardos y bombardas. ¡Estábamos en medio de una zona de guerra! Pensé que así debían sentirse los reporteros en los campos de combate, con la diferencia que a nosotros no nos iban a caer balazos. Reflexioné... ¿Estaba seguro de eso? Pensándolo bien podía perfectamente caernos algún explosivo lanzado por algún piromaníaco despistado. Metí mi cabeza entre los hombros con la esperanza de que no me caiga nada y tímidamente le susurré "Feliz año" y puse la cara del emoji que hace una sonrisa apretando los dientes. Ella con cariño me deseó feliz año también y aceleró.
Llegamos a la cena a las 12:07. Era tarde, lógicamente. Murphy ya se había ido luego de hacer su trabajo, qué duda cabe. Pero qué importa. En lo que va del año, este es uno de los más emocionantes que he tenido en la vida. Espero que lo siga siendo. Gracias por rescatarme reina de Saba.
Pensé que era una broma y en tono bromista también, contesté:
- Pero estoy calato.
- Basta - me contestó - ya es tarde, en serio, voy te recojo y venimos. ¿Solo cámbiate ya?
En serio estaba calato, bueno casi. Pero no por solidaridad con mi perro ni por alguna extraña perversión. Había hecho calor todo el día y la noche no prometía lluvia. Aun no me había duchado y - ya saben como soy - empece a racionalizar. ¿De verdad quiere que solo me cambie? ¿No me voy a duchar? Va a venir ¿Cómo? ¿A dónde iremos? Miré el reloj, eran las 11:30 ¿Hay taxis a esta hora en año nuevo? ¿Nos iremos en el mismo taxi? ¿Llamaremos a otro? ¿Vendrá otro taxi a tiempo? ¿Por qué hay hormigas en la mesa de centro? ¡Esa canción de Cerati es tan buena! ¿Por qué ladra Dubi? ¿Por qué mis vecinos revientan cohetes? ¡Qué manía de incomodar a mi perro! ¡Diablos! ¡Tengo que poner el algodón en los oídos de mi perro! Me levanté, apagué todos los aparatos excepto el celular y busqué el algodón. Precisamente cuando terminé de taponar los oídos del fiel - y ahora nervioso - can; sonó el golpeteo en la puerta. Salí solo en pantaloncillos de pijama y allí estaba ella, la reina de Saba, guapísima como siempre sobre una moto scooter. Le pedí que pase y me espere y fui a ducharme a toda velocidad.
Luego de casi resbalarme en la ducha, hacer caer el champú, tropezarme con la toalla, golpearme el dedo gordo en la pata de la cama y revolver la ropa hasta encontrar mi boxer amarillo; estaba listo. Salí a la sala y eran las 11:47. Teníamos diez minutos para llegar a... en ese momento aun no sabia a dónde. Preguntaría en el camino. Apagué las luces y salimos. Mientras yo cerraba la puerta de la casa, Dubi, que ya estaba bastante nervioso, vio el portón de la cochera abierto y sin pensarlo dos veces - creo que de hecho no lo pensó ni una - salió corriendo hacia la calle como alma que lleva el diablo. "¡No puede ser!", pensé, recordé que mi madre sintetizaba la Ley de Murphy en una de sus variables con una frase contundente: "Cuando haces las cosas de prisa, peor es". Y allí estábamos, faltando diez minutos para las doce con el mangurrián este perdido en la oscuridad de la noche. Imposible dejarlo. Si se pierde, previamente se vuelve loco a la hora de los cohetes, le da un infarto y luego me da otro a mi si es que antes no se lo roban. ¡Jamás! Fui a buscarlo. Luego de un par de minutos lo vi detrás de un pequeño arbusto haciendo lo suyo, era el momento preciso, doy un salto y ¡listo! Detenido señor, sin mandato judicial ni nada, nos vamos a casa. Corrí a la casa con él, lo dejé en el jardín, aseguré por última vez sus tapones y le di un abrazo de año nuevo. Cerré la puerta y me subí a la moto. No íbamos a llegar a tiempo. A medida que avanzábamos iban apareciendo en el camino algunas luces, cohetecillos y los primeros fuegos artificiales en el cielo. Fue un momento romántico. Nosotros desplazándonos por la avenida 2 de mayo y en el cielo los puntos multicolores parecían abrirnos el camino. Miré el reloj otra vez: 12.47. Me dijo que la cena era cerca a la plaza. Estábamos a medio camino y nos dieron las doce literalmente y allí empezó el caos. ¡Sí!, sí señores, nosotros éramos los locos de la moto cruzando la avenida Madre de Dios en medio de los gases y explosiones de cohetes, petardos y bombardas. ¡Estábamos en medio de una zona de guerra! Pensé que así debían sentirse los reporteros en los campos de combate, con la diferencia que a nosotros no nos iban a caer balazos. Reflexioné... ¿Estaba seguro de eso? Pensándolo bien podía perfectamente caernos algún explosivo lanzado por algún piromaníaco despistado. Metí mi cabeza entre los hombros con la esperanza de que no me caiga nada y tímidamente le susurré "Feliz año" y puse la cara del emoji que hace una sonrisa apretando los dientes. Ella con cariño me deseó feliz año también y aceleró.
Llegamos a la cena a las 12:07. Era tarde, lógicamente. Murphy ya se había ido luego de hacer su trabajo, qué duda cabe. Pero qué importa. En lo que va del año, este es uno de los más emocionantes que he tenido en la vida. Espero que lo siga siendo. Gracias por rescatarme reina de Saba.
domingo, 25 de junio de 2017
LA FRAGILIDAD DEL AMOR
En dos entrevistas distintas, oí a Miguel Bosé hablar del amor, con una visión y sabiduría que me dejó pasmado en ambas ocasiones y, siempre que pienso en el amor, inevitablemente recuerdo sus palabras.
En una de ellas decía Bosé (no lo recuerdo literalmente), mas o menos lo siguiente: El amor es dolor, cuando él aparece se extraña, se siente la ausencia, se cela, se teme a la pérdida. La felicidad del amor aparece en momentos fugaces. Años después descubrí con poca sorpresa que Borges, en su momento, opinaba lo mismo.
En la otra, el cantante decia que es falso que el amor sea fuerte. Por el contrario el amor es frágil, hay que cuidarlo, protegerlo, cubrirlo. La gente al creer que es fuerte lo deja expuesto y termina rompiéndose.
El amor es frágil y es doloroso. ¿Por qué alguien quisiera sentir amor? Al parecer sucede por dos cuestiones: Por que está sobrevalorado y porque los instantes de felicidad son lo más parecido a la iluminación.
En cuanto a la sobrevaloración, lo que sucede es que hay presiones sociales. La sociedad y los medios contribuyen nocivamente. El círculo social nos desea encontrar el amor o incluso nos exige encontrar el amor. Cuando la sociedad cree que hemos encontrado el amor nos exige conservarlo y nos cuestiona duramente si lo perdemos. Pero eso no es lo peor. Lo más dramático es la percepción del amor que se nos ha venido vendiendo: Princesas y príncipes azules; hermosos y millonarios maltratadores y bellas e inocentes sumisas; finales felices, amores tórridos, imperfectos, amantes pusilánimes, parejas perfectas; bellas y bestias, hombres ricos que se enamoran de prostitutas pobres; romeos y julietas; desdémonas y otelos. Todos ellos irreales, existentes solo en los libros y el cine, creados para informar, para ejemplificar, para entretener, para distraer. Son resúmenes ideales, estampas de un momento. No son la vida real.
Cuando las personas crecen y viven con estas expectativas, se dan de narices contra el muro de la realidad. La vida real no es así, pero incluso si lo fuera, para aspirar a un príncipe azul, habría que ser una princesa. Todos quieren recibir lo mejor, nadie está dispuesto a pagar el precio: Olvidan que el otro probablemente quiera algo a esa misma altura.
Lo único que justifica el amor, son los momentos de felicidad, y no me refiero a la felicidad orgásmica; ello pertenece al mundo del erotismo, no al del amor. Pueden estar ligados pero no son la misma cosa. La felicidad del amor romántico, si es que existe, debería hacernos trascender: La renuncia total, la felicidad propia es la felicidad del otro. Se aman las virtudes y se asimilan con dulzura los defectos. Esta felicidad es fugaz, son instantes, momentos. Alrededor de esos momentos está el trabajo, la escuela, el estrés del día a día, el calor, el frío, el tráfico, las cuentas, las deudas y la crisis económica. Del otro lado de los momentos fugaces de felicidad está la inevitable inseguridad, pues es lógico que si uno está convencido de amar a la persona perfecta, tendría que pensar inevitablemente que otros tal vez pretendan acceder a esa misma felicidad. Un mal equilibrio entre el amor y la inseguridad desata los celos patológicos, y allí la explicación de la fragilidad del amor: Requiere un equilibrio tan complejo que cualquier desbalance hace que el amor muera. Muere desde adentro y por sí mismo.
"¿Por que lo amas (o la amas)?", suele ser una pregunta de rigor, sobre todo en los más jóvenes: Las respuestas son variadas: Porque me trata bien; porque se desvive por mí; me tiene en un altar, porque me entiende; porque es lindo o linda; porque quiere a mis hijos; porque es un excelente padre o madre de familia; por que lo o la admiro; porque es un o una excelente profesional; o las respuestas más oscuras y que normalmente nunca se dicen: Porque me mantiene; porque me da estabilidad; porque prefiero estar con él o ella que estar solo o sola...
Todas las respuestas equivocadas. El amor de verdad no tendría que tener explicación, el amor verdadero por definición debe ser irracional, visceral, inefable.
En esta falta de explicación radica su fuerza. Explíquese de cualquier manera, ley de atracción, metafísica, reencarnación, hilo rojo, etc. Tenemos gustos y disgustos, tal vez nuestros gustos más intensos sean precisamente lo que no tienen explicación. Alguien que prueba chocolate y a partir de allí siempre lo comerá, solo siente que le gusta, tal vez porque desata feniletilamina, dopamina o norepinefrina, pero no es consciente del proceso químico. Lo cierto es que conscientemente uno no sabe por qué le gusta tanto el chocolate, le gusta, no puede vivir sin él, eso es todo.
Ello nos lleva a otro punto. Por esas mismas razones el amor es atemporal, no conoce de años de vida, de diferencia de edades, o de pausas. Se le puede encontrar luego de largos meses de búsqueda, o inmediatamente después de terminar una relación. Tristemente, también puede aparecer en medio de una relación, en cuyo caso revela que el amor que se creía tener, en realidad no era tal.
¿Se puede renunciar al amor con el argumento de "no es el momento"? Pareciera ser que no. Si creemos que al amor es tan arrebatador como siempre hemos pensado, no debería existir razón para decirle que no. Usualmente se cree que si se espera prudencialmente, se le da su tiempo, el amor resistirá; si es que se trata del amor verdadero, claro. Nada más falso. El amor que se ve como un enorme árbol, en su momento fue un semilla o una pequeña ramita. Si dejamos a la ramita expuesta al sol, en soledad y sin agua durante unos pocos días, nunca llegará a ser árbol. El amor no tiene por qué sobrevivir solo por que es amor. El amor es frágil, hay que alimentarlo cada día, cuidarlo, protegerlo, amamantarlo. Solo así tal vez algún día llegue a ser un árbol bajo cuya sombra nos podamos cobijar.
En una de ellas decía Bosé (no lo recuerdo literalmente), mas o menos lo siguiente: El amor es dolor, cuando él aparece se extraña, se siente la ausencia, se cela, se teme a la pérdida. La felicidad del amor aparece en momentos fugaces. Años después descubrí con poca sorpresa que Borges, en su momento, opinaba lo mismo.
En la otra, el cantante decia que es falso que el amor sea fuerte. Por el contrario el amor es frágil, hay que cuidarlo, protegerlo, cubrirlo. La gente al creer que es fuerte lo deja expuesto y termina rompiéndose.
El amor es frágil y es doloroso. ¿Por qué alguien quisiera sentir amor? Al parecer sucede por dos cuestiones: Por que está sobrevalorado y porque los instantes de felicidad son lo más parecido a la iluminación.
En cuanto a la sobrevaloración, lo que sucede es que hay presiones sociales. La sociedad y los medios contribuyen nocivamente. El círculo social nos desea encontrar el amor o incluso nos exige encontrar el amor. Cuando la sociedad cree que hemos encontrado el amor nos exige conservarlo y nos cuestiona duramente si lo perdemos. Pero eso no es lo peor. Lo más dramático es la percepción del amor que se nos ha venido vendiendo: Princesas y príncipes azules; hermosos y millonarios maltratadores y bellas e inocentes sumisas; finales felices, amores tórridos, imperfectos, amantes pusilánimes, parejas perfectas; bellas y bestias, hombres ricos que se enamoran de prostitutas pobres; romeos y julietas; desdémonas y otelos. Todos ellos irreales, existentes solo en los libros y el cine, creados para informar, para ejemplificar, para entretener, para distraer. Son resúmenes ideales, estampas de un momento. No son la vida real.
Cuando las personas crecen y viven con estas expectativas, se dan de narices contra el muro de la realidad. La vida real no es así, pero incluso si lo fuera, para aspirar a un príncipe azul, habría que ser una princesa. Todos quieren recibir lo mejor, nadie está dispuesto a pagar el precio: Olvidan que el otro probablemente quiera algo a esa misma altura.
Lo único que justifica el amor, son los momentos de felicidad, y no me refiero a la felicidad orgásmica; ello pertenece al mundo del erotismo, no al del amor. Pueden estar ligados pero no son la misma cosa. La felicidad del amor romántico, si es que existe, debería hacernos trascender: La renuncia total, la felicidad propia es la felicidad del otro. Se aman las virtudes y se asimilan con dulzura los defectos. Esta felicidad es fugaz, son instantes, momentos. Alrededor de esos momentos está el trabajo, la escuela, el estrés del día a día, el calor, el frío, el tráfico, las cuentas, las deudas y la crisis económica. Del otro lado de los momentos fugaces de felicidad está la inevitable inseguridad, pues es lógico que si uno está convencido de amar a la persona perfecta, tendría que pensar inevitablemente que otros tal vez pretendan acceder a esa misma felicidad. Un mal equilibrio entre el amor y la inseguridad desata los celos patológicos, y allí la explicación de la fragilidad del amor: Requiere un equilibrio tan complejo que cualquier desbalance hace que el amor muera. Muere desde adentro y por sí mismo.
"¿Por que lo amas (o la amas)?", suele ser una pregunta de rigor, sobre todo en los más jóvenes: Las respuestas son variadas: Porque me trata bien; porque se desvive por mí; me tiene en un altar, porque me entiende; porque es lindo o linda; porque quiere a mis hijos; porque es un excelente padre o madre de familia; por que lo o la admiro; porque es un o una excelente profesional; o las respuestas más oscuras y que normalmente nunca se dicen: Porque me mantiene; porque me da estabilidad; porque prefiero estar con él o ella que estar solo o sola...
Todas las respuestas equivocadas. El amor de verdad no tendría que tener explicación, el amor verdadero por definición debe ser irracional, visceral, inefable.
En esta falta de explicación radica su fuerza. Explíquese de cualquier manera, ley de atracción, metafísica, reencarnación, hilo rojo, etc. Tenemos gustos y disgustos, tal vez nuestros gustos más intensos sean precisamente lo que no tienen explicación. Alguien que prueba chocolate y a partir de allí siempre lo comerá, solo siente que le gusta, tal vez porque desata feniletilamina, dopamina o norepinefrina, pero no es consciente del proceso químico. Lo cierto es que conscientemente uno no sabe por qué le gusta tanto el chocolate, le gusta, no puede vivir sin él, eso es todo.
Ello nos lleva a otro punto. Por esas mismas razones el amor es atemporal, no conoce de años de vida, de diferencia de edades, o de pausas. Se le puede encontrar luego de largos meses de búsqueda, o inmediatamente después de terminar una relación. Tristemente, también puede aparecer en medio de una relación, en cuyo caso revela que el amor que se creía tener, en realidad no era tal.
¿Se puede renunciar al amor con el argumento de "no es el momento"? Pareciera ser que no. Si creemos que al amor es tan arrebatador como siempre hemos pensado, no debería existir razón para decirle que no. Usualmente se cree que si se espera prudencialmente, se le da su tiempo, el amor resistirá; si es que se trata del amor verdadero, claro. Nada más falso. El amor que se ve como un enorme árbol, en su momento fue un semilla o una pequeña ramita. Si dejamos a la ramita expuesta al sol, en soledad y sin agua durante unos pocos días, nunca llegará a ser árbol. El amor no tiene por qué sobrevivir solo por que es amor. El amor es frágil, hay que alimentarlo cada día, cuidarlo, protegerlo, amamantarlo. Solo así tal vez algún día llegue a ser un árbol bajo cuya sombra nos podamos cobijar.
domingo, 7 de mayo de 2017
LA PAZ SEA CON VOSOTROS (Cuento)
Había adquirido la tardía costumbre de asistir a misa pues, pese a mi actual agnosticismo, había sido educado en un hogar católico y las iglesias, sobre todo las coloniales, siempre me habían proporcionado un cálido sentimiento de paz y aislamiento. Tal vez por ello empecé a ir de nuevo, recordando el rito, pero sin comulgar. Fue así que un día, en la misma banca solitaria que elegía adrede cerca al altar, pues era la zona menos concurrida, se sentó al otro extremo una mujer mayor, tal vez tendría unos setenta, solitaria, encorvada, el cabello cano y corto, modestamente vestida, lenta, taciturna, con unas bolsas viejas que colocaba bajo la banca y un sombrero de tela que puso a su costado. Yo la miraba de reojo. Advertí que cuando algún otro feligrés se acercaba, particularmente las mujeres, sin importar si eran jóvenes o señoronas, se alejaban y buscaban otro lugar cuando se percataban de su presencia.
Cuando antes de la consagración, el sacerdote nos encomendó darnos fraternalmente la paz unos a otros, yo hice lo de siempre, apunté al vecino más cercano de la banca de adelante y le hice una venia y un gesto de saludo con la mano, en otras ocasiones si podía, lo hacía con un apretón de manos y me quedaba reflexionando en mi sitio. Esta vez sin embargo observé a mi vecina, que por su aislamiento parecía ser portadora de algún germen contagioso pues nadie se le acercaba, con una mezcla de indignación y ternura, caminé firme los seis o siete pasos que nos separaban y le di unas palmadas suaves y afectuosas en la espalda curva y le dije:
– La paz sea con usted.
– La paz sea con usted, joven. – me contestó al tiempo que me tomaba del antebrazo.
Regresé a mi sitio reconfortado por haberle dado la paz a esta dulce señora, con algo de pecaminoso orgullo por haber sido mejor cristiano que mis vecinas y feliz porque hace tiempo nadie me decía “joven”. Al salir de la misa, como siempre, culminé mi ritual dominical yendo a la cafetería frente a la plaza y pedí un café expreso acompañado de algún pastelillo. Mientras miraba la gente pasar y disfrutaba del sol radiante, pensé en esta dulce ancianita. Recordé a mi madre, que debe andar por esa edad también, me acariciaron los recuerdos de ella yendo a misa todos los domingos, siempre sola. Cuando éramos más chicos, nos llevaba. A mí me llevó varias veces. Aprendí a admirar y rendir culto a esas imágenes impasibles y todopoderosas, a añorar el olor de cera caliente, de los inciensos, a disfrutar la solemnidad, el rito murmurado, el silencio, la soledad… luego, al igual que mis hermanos mayores, cuando nos hicimos grandes y librepensadores según nosotros, nadie quería ir con ella. Me arrepentí, debí ir siempre acompañándola, cada día, hasta antes de irme de la ciudad.
Así fueron pasando las semanas. Cada domingo sin importar si estuviese en la misma banca o no, caminaba hasta donde mi vecina al momento de la paz y se la expresaba con mis suaves y afectuosas palmadas en esa noble espalda cargada de años, ella me devolvía el afecto palmeando mi antebrazo o a veces el dorso de mi mano. Mi vecina ocasional siempre buscaba no estorbar, solo se sentaba cerca de la gente si por alguna festividad, la iglesia estaba llena, y si no, buscaba sitios vacíos, al igual que yo. Ella notaba que la gente la rechazaba, en mi caso yo rechazaba a la gente.
Un día, como siempre, esperaba ver dónde se sentaba para calcular mi ruta al momento de la paz, sin embargo no llegó. Quedé consternado. ¿Qué habría pasado? No fue lo mismo, ese día por primera vez no fui a tomar café.
La siguiente semana tampoco vino, no pude concentrarme en la misa. Pasé la hora pensando en dónde podría estar o qué le habría pasado. A esa edad, sería natural, por decirlo de algún modo que le pasara algo. ¿Por qué tanto desasosiego? ¿Y si la buscaba? ¿Dónde? Terminó la misa y fui a tomar un café, esta vez llovió.
Esa semana, luego del trabajo, caminé todas las tardes por la ciudad, por las calles polvorientas de los barrios pobres, por los pasajes estrechos de los sectores peligrosos, por las trasversales de las principales avenidas, buscando, preguntando, describiéndola, ¿Conoce una señora así? ¿Qué cómo se llama? Pues, no sé, pero tiene el cabello asá, las bolsas, el sombrero…. Nadie me daba razón. Algunos la recordaban vagamente, una señora que vendía algo, pero nadie recordaba qué, otros me decían que recogía cosas, tal vez era recicladora, alguien también me dijo que vendía flores, pero nadie sabía dónde vivía. En lo que coincidieron todos era en que no la habían visto últimamente.
El siguiente domingo tampoco vino, pensé si tal vez estaba yendo a otra iglesia, si fuese así ¿a cuál? Si la próxima semana iba a las otras iglesias corría el riesgo de que regresara y no verla. ¿Todas las iglesias tienen misa a la misma hora? No lo sabía. Se me ocurrió que tal vez estaba asistiendo en otro horario. Al salir pasé por la oficina del obispado y obtuve un papel con todos los horarios de las misas en el centro de la ciudad. Ese día regresé a la misa de doce y la de las siete de la noche y logré asistir a otras tres misas en dos iglesias distintas. No la vi. Esa noche mientras trataba de conciliar el sueño, me hundí en una densa soledad y tuve ganas de morir.
Una semana después, totalmente desesperanzado, me ubiqué en la banca de siempre. Mientras el coro entonaba el Santo, la vi entrar, con el paso cansino y muy delgada. Se sentó en la misma banca que yo, en el otro extremo. Participé de la misa con genuino gozo, cuando llegó el momento de la paz, me acerque a ella y la abracé:
– La paz sea con usted – le dije.
– La paz sea con usted, joven. – me contestó y lloré en sus brazos.
* * *
Era evidente que había estado enferma. Luego de darle la paz, me quedé sentado a su lado. Al salir, con la idea de que podría estar necesitando algo y que yo estaba en condiciones de ayudarla, la acompañé tomándola del brazo hasta la salida. Cuando estuvimos afuera de la iglesia, le pregunté despacio y con todo el afecto que pude:
– ¿Está bien?
– Sí – me contestó – pero estuve muy preocupada por usted joven.
– ¿Por mi? – reaccioné sorprendido – ¿por qué?
– Porque no había nadie que le de la paz todos estos domingos.
Cuando antes de la consagración, el sacerdote nos encomendó darnos fraternalmente la paz unos a otros, yo hice lo de siempre, apunté al vecino más cercano de la banca de adelante y le hice una venia y un gesto de saludo con la mano, en otras ocasiones si podía, lo hacía con un apretón de manos y me quedaba reflexionando en mi sitio. Esta vez sin embargo observé a mi vecina, que por su aislamiento parecía ser portadora de algún germen contagioso pues nadie se le acercaba, con una mezcla de indignación y ternura, caminé firme los seis o siete pasos que nos separaban y le di unas palmadas suaves y afectuosas en la espalda curva y le dije:
– La paz sea con usted.
– La paz sea con usted, joven. – me contestó al tiempo que me tomaba del antebrazo.
Regresé a mi sitio reconfortado por haberle dado la paz a esta dulce señora, con algo de pecaminoso orgullo por haber sido mejor cristiano que mis vecinas y feliz porque hace tiempo nadie me decía “joven”. Al salir de la misa, como siempre, culminé mi ritual dominical yendo a la cafetería frente a la plaza y pedí un café expreso acompañado de algún pastelillo. Mientras miraba la gente pasar y disfrutaba del sol radiante, pensé en esta dulce ancianita. Recordé a mi madre, que debe andar por esa edad también, me acariciaron los recuerdos de ella yendo a misa todos los domingos, siempre sola. Cuando éramos más chicos, nos llevaba. A mí me llevó varias veces. Aprendí a admirar y rendir culto a esas imágenes impasibles y todopoderosas, a añorar el olor de cera caliente, de los inciensos, a disfrutar la solemnidad, el rito murmurado, el silencio, la soledad… luego, al igual que mis hermanos mayores, cuando nos hicimos grandes y librepensadores según nosotros, nadie quería ir con ella. Me arrepentí, debí ir siempre acompañándola, cada día, hasta antes de irme de la ciudad.
Así fueron pasando las semanas. Cada domingo sin importar si estuviese en la misma banca o no, caminaba hasta donde mi vecina al momento de la paz y se la expresaba con mis suaves y afectuosas palmadas en esa noble espalda cargada de años, ella me devolvía el afecto palmeando mi antebrazo o a veces el dorso de mi mano. Mi vecina ocasional siempre buscaba no estorbar, solo se sentaba cerca de la gente si por alguna festividad, la iglesia estaba llena, y si no, buscaba sitios vacíos, al igual que yo. Ella notaba que la gente la rechazaba, en mi caso yo rechazaba a la gente.
Un día, como siempre, esperaba ver dónde se sentaba para calcular mi ruta al momento de la paz, sin embargo no llegó. Quedé consternado. ¿Qué habría pasado? No fue lo mismo, ese día por primera vez no fui a tomar café.
La siguiente semana tampoco vino, no pude concentrarme en la misa. Pasé la hora pensando en dónde podría estar o qué le habría pasado. A esa edad, sería natural, por decirlo de algún modo que le pasara algo. ¿Por qué tanto desasosiego? ¿Y si la buscaba? ¿Dónde? Terminó la misa y fui a tomar un café, esta vez llovió.
Esa semana, luego del trabajo, caminé todas las tardes por la ciudad, por las calles polvorientas de los barrios pobres, por los pasajes estrechos de los sectores peligrosos, por las trasversales de las principales avenidas, buscando, preguntando, describiéndola, ¿Conoce una señora así? ¿Qué cómo se llama? Pues, no sé, pero tiene el cabello asá, las bolsas, el sombrero…. Nadie me daba razón. Algunos la recordaban vagamente, una señora que vendía algo, pero nadie recordaba qué, otros me decían que recogía cosas, tal vez era recicladora, alguien también me dijo que vendía flores, pero nadie sabía dónde vivía. En lo que coincidieron todos era en que no la habían visto últimamente.
El siguiente domingo tampoco vino, pensé si tal vez estaba yendo a otra iglesia, si fuese así ¿a cuál? Si la próxima semana iba a las otras iglesias corría el riesgo de que regresara y no verla. ¿Todas las iglesias tienen misa a la misma hora? No lo sabía. Se me ocurrió que tal vez estaba asistiendo en otro horario. Al salir pasé por la oficina del obispado y obtuve un papel con todos los horarios de las misas en el centro de la ciudad. Ese día regresé a la misa de doce y la de las siete de la noche y logré asistir a otras tres misas en dos iglesias distintas. No la vi. Esa noche mientras trataba de conciliar el sueño, me hundí en una densa soledad y tuve ganas de morir.
Una semana después, totalmente desesperanzado, me ubiqué en la banca de siempre. Mientras el coro entonaba el Santo, la vi entrar, con el paso cansino y muy delgada. Se sentó en la misma banca que yo, en el otro extremo. Participé de la misa con genuino gozo, cuando llegó el momento de la paz, me acerque a ella y la abracé:
– La paz sea con usted – le dije.
– La paz sea con usted, joven. – me contestó y lloré en sus brazos.
* * *
Era evidente que había estado enferma. Luego de darle la paz, me quedé sentado a su lado. Al salir, con la idea de que podría estar necesitando algo y que yo estaba en condiciones de ayudarla, la acompañé tomándola del brazo hasta la salida. Cuando estuvimos afuera de la iglesia, le pregunté despacio y con todo el afecto que pude:
– ¿Está bien?
– Sí – me contestó – pero estuve muy preocupada por usted joven.
– ¿Por mi? – reaccioné sorprendido – ¿por qué?
– Porque no había nadie que le de la paz todos estos domingos.
miércoles, 17 de agosto de 2016
DIRECTO A LA LUZ - II PARTE (Cuento)
– No siento nada que me llene – dijo Virginie, tristemente, mientras reclinaba su hermosa cabeza en la mullida almohada del ataúd.
Andelko, sentado en una silla cercana, la miró fijamente antes de contestar, habían pasado casi dos años desde su primer encuentro. Durante ese tiempo, sobre todo los primeros meses le pareció haber encontrado el amor que había dado por perdido cuando Fátima desapareció, pero ahora no. Virginie se había convertido en una niña caprichosa, con delirantes arranques de madurez a veces, pero normalmente frágil, en ocasiones distante, en otras sobre protectora y maternal. Lo que era innegable era el dominio carnal que ella ejercía sobre él, dominio que él había confundido con amor y que lo había llevado a convertirla en una de su especie.
– Lo lamento – repuso, lacónicamente, Andelko.
– ¿Cómo me convertí en esta persona? – preguntó ella.
– No se convirtió – señaló él, severamente – yo la convertí, y nuevamente lo lamento.
Se produjo un silencio incómodo. Andelko sabía que ella no se refería a su nueva condición y sabía a su vez que ella era consciente de que él no se refería tampoco a eso. Pero ambas cosas iban de la mano. Con el tiempo las cosas habían perdido brillo, Virginie además de sus caprichos, se había vuelto una vampiresa oscura, compleja. Él conocía la situación, había pasado por lo mismo. La creencia de que la inmortalidad libera de sentimientos es una pueril fantasía, toma tiempo liberarse del sentimiento de culpa y lo sabía bien. Ella no podía despojarse de sus culpas y eso la hundía más en la desesperación y la oscuridad. Se culpaba por ser como era, por ser diferente, por estar al lado de él. Andelko sospechaba que en el fondo ella deseaba una vida normal, a la luz del sol y no en la clandestinidad de la noche. Pero era tarde para volver atrás. Y sabía con certeza que ella, aunque nunca lo haya dicho, lo culpaba a él de esta realidad.
En los últimos meses, desde aquella discusión, ella había empezado a salir sola. A cazar sola. Se solazaba con nuevas víctimas, pero Andelko sabía que no lo hacía para satisfacer su apetito. No era deseo voraz de sangre. Lo hacía para mostrar que ella también podía atacar por su cuenta, que ella también podía seducir a sus víctimas y jugar con ellas hasta el momento final. Que también tenía el dominio de sus vidas como él le había mostrado que se podía hacer. De pronto ella, como si estuviese leyendo su mente, dijo:
– Monsieur, le prometí no tocar a ciertas personas, pero no lo pude evitar, sin embargo cuando usted me hizo prometer que no los tocaría, yo decía la verdad.
Andelko percibió cierto sarcasmo en la voz de Virginie, sin embargo contestó:
– No tengo nada que reprocharle Virginie. Después de todo yo he hecho cosas peores en todo este tiempo.
Andelko, efectivamente, había hecho cosas que también prometió no hacer, y las había hecho con esa mezcla extraña de rencor y placer, con ese ánimo autodestructivo que se conocía y que también había descubierto en Virginie. Eran tan parecidos. Se detuvo en sus pensamientos. Trató de recordar con detalle esa discusión que marcó el punto de quiebre y no pudo. Fue poco tiempo después de que él finamente la convirtiera. Recordó las sensaciones, lo sentimientos. El dolor de ella y su abatimiento, recordó que él reaccionó en función a ella, tratando de protegerla y, también de protegerse, pero sobre todo pensando en las cosas que ella he había dicho antes en sus interminables noches de aparente amor y que él pensó serían las correctas. Nunca imaginó que ella lo tomaría tan mal, como una forma de desprecio o de desamor. Pero ella era así, debió suponerlo, desde el día que le pidió que la mate y luego como despertando de un sopor se arrepintió con los ojos asustados, pero tarde ya. Porque ella que creía ser tan fuerte, era en realidad frágil como cristal. Porque con el tiempo transcurrido la pasión se había gastado y ya todo estaba tan muerto como sus propios corazones. Porque Andelko se había dejado llevar y había llegado a sentir amor. Con ese amor fue con el que mantuvo los últimos meses la esperanza de que todo volvería a ser como antes, que todo se resolvería y pasarían juntos la eternidad y que ahora se había evaporado. Con ese mismo amor y acompañado por los trinos de las aves que anunciaban la llegada del amanecer, acomodó el cuerpo adormitado de Virginie en el ataúd. Cruzó sus manos sobre su pecho y con ternura le acomodó los bellos cabellos largos sobre los hombros. Rozó con sus dedos sus blancas mejillas. Colocó la tapa como todas las madrugadas, pero esta vez muy lentamente, evitando el chirrido de los goznes. Con un dolor profundo, como si estuviesen clavando una estaca en su corazón, colocó los seguros, con firmeza, sin hacer ruido. Miró por la ventana, le quedaba poco tiempo. Pronto saldría un radiante y venenoso sol. Se detuvo en la puerta y miró por última vez el féretro. Recordó aquellas palabras de Virgine “¡Máteme, usted sabe cómo, solo máteme!” y solo en ese momento cobraron profundo significado, si hubiese podido llorar, lo hubiese hecho, mientras lanzaba una de las lámparas de parafina sobre las cortinas de seda antes de salir rumbo al carruaje que lo esperaba en la calle.
La noche siguiente, en un restaurante frente al rio Sena, mientras el mozo escanciaba vino frente a él, se inundó de sosiego y una dolorosa paz, cuando leyó en las noticias la ocurrencia de un pavoroso y misterioso incendio en un pequeño apartamento de la Rue de Trévise, frente al Théâtre Le Liu, en el barrio IX de París.
Andelko, sentado en una silla cercana, la miró fijamente antes de contestar, habían pasado casi dos años desde su primer encuentro. Durante ese tiempo, sobre todo los primeros meses le pareció haber encontrado el amor que había dado por perdido cuando Fátima desapareció, pero ahora no. Virginie se había convertido en una niña caprichosa, con delirantes arranques de madurez a veces, pero normalmente frágil, en ocasiones distante, en otras sobre protectora y maternal. Lo que era innegable era el dominio carnal que ella ejercía sobre él, dominio que él había confundido con amor y que lo había llevado a convertirla en una de su especie.
– Lo lamento – repuso, lacónicamente, Andelko.
– ¿Cómo me convertí en esta persona? – preguntó ella.
– No se convirtió – señaló él, severamente – yo la convertí, y nuevamente lo lamento.
Se produjo un silencio incómodo. Andelko sabía que ella no se refería a su nueva condición y sabía a su vez que ella era consciente de que él no se refería tampoco a eso. Pero ambas cosas iban de la mano. Con el tiempo las cosas habían perdido brillo, Virginie además de sus caprichos, se había vuelto una vampiresa oscura, compleja. Él conocía la situación, había pasado por lo mismo. La creencia de que la inmortalidad libera de sentimientos es una pueril fantasía, toma tiempo liberarse del sentimiento de culpa y lo sabía bien. Ella no podía despojarse de sus culpas y eso la hundía más en la desesperación y la oscuridad. Se culpaba por ser como era, por ser diferente, por estar al lado de él. Andelko sospechaba que en el fondo ella deseaba una vida normal, a la luz del sol y no en la clandestinidad de la noche. Pero era tarde para volver atrás. Y sabía con certeza que ella, aunque nunca lo haya dicho, lo culpaba a él de esta realidad.
En los últimos meses, desde aquella discusión, ella había empezado a salir sola. A cazar sola. Se solazaba con nuevas víctimas, pero Andelko sabía que no lo hacía para satisfacer su apetito. No era deseo voraz de sangre. Lo hacía para mostrar que ella también podía atacar por su cuenta, que ella también podía seducir a sus víctimas y jugar con ellas hasta el momento final. Que también tenía el dominio de sus vidas como él le había mostrado que se podía hacer. De pronto ella, como si estuviese leyendo su mente, dijo:
– Monsieur, le prometí no tocar a ciertas personas, pero no lo pude evitar, sin embargo cuando usted me hizo prometer que no los tocaría, yo decía la verdad.
Andelko percibió cierto sarcasmo en la voz de Virginie, sin embargo contestó:
– No tengo nada que reprocharle Virginie. Después de todo yo he hecho cosas peores en todo este tiempo.
Andelko, efectivamente, había hecho cosas que también prometió no hacer, y las había hecho con esa mezcla extraña de rencor y placer, con ese ánimo autodestructivo que se conocía y que también había descubierto en Virginie. Eran tan parecidos. Se detuvo en sus pensamientos. Trató de recordar con detalle esa discusión que marcó el punto de quiebre y no pudo. Fue poco tiempo después de que él finamente la convirtiera. Recordó las sensaciones, lo sentimientos. El dolor de ella y su abatimiento, recordó que él reaccionó en función a ella, tratando de protegerla y, también de protegerse, pero sobre todo pensando en las cosas que ella he había dicho antes en sus interminables noches de aparente amor y que él pensó serían las correctas. Nunca imaginó que ella lo tomaría tan mal, como una forma de desprecio o de desamor. Pero ella era así, debió suponerlo, desde el día que le pidió que la mate y luego como despertando de un sopor se arrepintió con los ojos asustados, pero tarde ya. Porque ella que creía ser tan fuerte, era en realidad frágil como cristal. Porque con el tiempo transcurrido la pasión se había gastado y ya todo estaba tan muerto como sus propios corazones. Porque Andelko se había dejado llevar y había llegado a sentir amor. Con ese amor fue con el que mantuvo los últimos meses la esperanza de que todo volvería a ser como antes, que todo se resolvería y pasarían juntos la eternidad y que ahora se había evaporado. Con ese mismo amor y acompañado por los trinos de las aves que anunciaban la llegada del amanecer, acomodó el cuerpo adormitado de Virginie en el ataúd. Cruzó sus manos sobre su pecho y con ternura le acomodó los bellos cabellos largos sobre los hombros. Rozó con sus dedos sus blancas mejillas. Colocó la tapa como todas las madrugadas, pero esta vez muy lentamente, evitando el chirrido de los goznes. Con un dolor profundo, como si estuviesen clavando una estaca en su corazón, colocó los seguros, con firmeza, sin hacer ruido. Miró por la ventana, le quedaba poco tiempo. Pronto saldría un radiante y venenoso sol. Se detuvo en la puerta y miró por última vez el féretro. Recordó aquellas palabras de Virgine “¡Máteme, usted sabe cómo, solo máteme!” y solo en ese momento cobraron profundo significado, si hubiese podido llorar, lo hubiese hecho, mientras lanzaba una de las lámparas de parafina sobre las cortinas de seda antes de salir rumbo al carruaje que lo esperaba en la calle.
La noche siguiente, en un restaurante frente al rio Sena, mientras el mozo escanciaba vino frente a él, se inundó de sosiego y una dolorosa paz, cuando leyó en las noticias la ocurrencia de un pavoroso y misterioso incendio en un pequeño apartamento de la Rue de Trévise, frente al Théâtre Le Liu, en el barrio IX de París.
domingo, 22 de noviembre de 2015
DIRECTO A LA LUZ (Cuento)
Minutos después Andelko miraba a la joven mujer recostada en la cama de la alcoba, el talle fino, caderas sinuosas, rostro blanco, los labios carnosos, el cabello negro largo cayéndole a un lado del rostro permitía adivinar un origen acomodado, el vestido caro e impecable adelantaba que podría tratarse de una dama de sociedad, le llamaba atención su belleza y al mismo tiempo le inspiraba curiosidad y tristeza. No habían hablado mucho, se habían conocido en un bistró semanas antes, habían cruzado miradas, sonrisas, finalmente hoy y sin mayores aspavientos ella misma se había invitado a la mansión de Andelko. Él en un inicio se había negado pero ella mostró tal determinación que pese a su costumbre de evitar estos contactos en el lugar donde vivía, finalmente aceptó. Pensó que sería una víctima más, una cacería rutinaria en la sórdida París e hizo una excepción. Ahora la miraba respirar delicadamente, tratando de descifrar porqué se había arrojado a los brazos de la muerte. Ella tal vez sabía quién era él y quería morir, pero antes quería saber por qué.
Luego de unos minutos despertó desorientada, Andelko la llamó por su nombre, Virginie, ella lo miró y se retrajo sobre la cama encogiéndose, abrazando sus rodillas, ocultando su rostro tras su largo cabello negro, se puso el pulgar sobre los labios, casi como succionándolo. Andelko pensó que tal vez de niña se chupaba el dedo y le había quedado la manía como parte de una costumbre añeja, ella mientras tanto lo miraba tímida, callada, casi ausente, sin levantar el rostro.
– ¿Por qué quiere morir mademoiselle? – preguntó Andelko, sereno, recostado sobre el mullido sillón Luis XV de la habitación – y más importante… ¿Por qué yo? – continuó.
– Lo siento – dijo ella.
– No se disculpe, usted me buscó por alguna razón. ¿Acaso sabe quién soy?
– Sé que me agrada, desde el primer día que lo vi, de espaldas incluso me di cuenta, había algo en usted que me llamó la atención monsieur, luego cuando usted habló conmigo sentí más fuerte su atracción.
– Entonces no sabe quien soy… – insistió Andelko.
– Sé que se llama Andelko Volkodlak, que es extranjero, que la gente de la ciudad lo respeta pero que muchos le temen.
– ¿Entonces por qué se acercó a mí?
– Porque también sentí que es un hombre peligroso – musitó Virginie.
– Esa era razón para alejarse, y a pesar de ello me buscó.
– Como el mosquito a la luz.
– Buscando quemarse.
– No. Sabiendo que podría quemarme, pero aún así lo deseé.
Virginie se sonrojó y escondió la mirada, Andelko buscó en su propio corazón alguna respuesta, él también había sentido desde el primer momento una fuerte conexión con Virginie, una tensión que podría confundirse con lo sexual, con el deseo, pero era distinto, había algo más, más profundo e intenso, por instantes sentía que ella era como él, con esa soledad taciturna, mustia y profunda en el alma y en la piel, en las pocas ocasiones que conversaron se sintió como frente a un espejo, y ahora después de sus confesiones, la percepción de ello era mayor.
– Usted dijo que quiere morir.
– No dije eso – replicó Virginie con un aplomo que no tenía minutos atrás – dije que quería que me mate, que es distinto.
– Lo sé. ¿Realmente lo desea?
– ¿Sabe? Yo le hago mal a todos. Siempre que me relaciono con alguien termino causándole daño y haciéndomelo a mí misma. No quiero seguir viviendo así.
– ¿Y por qué me escogió a mí? ¿Cree acaso que soy un vulgar asesino? – exclamó Andelko
– Lo siento, me ha entendido mal, la última vez que hablamos – continuó ella – note algo oscuro en usted, ya le dije, algo peligroso, y eso me atrae tanto. Sé que si me quedo con usted le haré mal, preferiría morir en sus brazos, cuando le pedí que me mate se me nubló la mente, no sé porqué lo dije.
– ¿Entonces era en sentido figurado?
– No lo sé, solo sentí que debía decirlo, lo deseaba. No quiero morir, nadie lo quiere realmente, salvo los suicidas, soy joven, pero…
– Se contradice mademoiselle.
– Solo lo dejé salir, sin pensarlo, perdóneme monsieur, tal vez sea mejor que me vaya.
Virginie se levantó de la cama, Andelko se levantó al mismo tiempo, era claro que ella no sabía realmente quien era, sin embargo una vez cerca de su cuerpo, recordó los besos que ambos se dieron justo antes de que ella le pidiera que la mate, sintió un estremecimiento interior, la tomó del brazo y la besó nuevamente, ella se dejó llevar, juntaron sus cuerpos, el de ella cálido, entre caricias se despojaron mutuamente de las ropas, la lengua de ella conquistando la suya, sus manos tomando una posesión ancestral como si siempre hubiese sido su propiedad, Andelko la sintió aplicando sutilmente un dominio sobre él como nunca le había sucedido antes con mujer alguna, no se trataba de una imposición material, superaba lo comprensible, en cada caricia, en cada beso y cada gemido ella ganaba terreno, imponía su poderío telúrico de amazona volcánica, se dejó atrapar, hechizado en el vudú de su sexo terso y a la vez peligrosamente constrictor, se unieron con desesperación fatal, con angustiante fatiga y sórdida pasión, acercándose de manera comprometedora al amor, en breve la sintió desfallecer de placer, él no pudo contenerse, se entregó por completo a su piel, a sus labios y su vientre, y en el último estertor ella le ofreció las azules venas de su seno, él cerró los ojos y con dolor animal clavó los colmillos en su blanca piel.
Cuando Andelko se terminó de vestir, Virginie yacía agonizante en la cama, de su pecho manaba un hilo de sangre que manchaba la sábana. Ella abrió lánguidamente los ojos, trató de incorporarse y sintió un mareo que se lo impidió, Andelko la miró con ternura, pensando que pese a su delicadeza ella era en realidad la brasa de la vela y él, el mosquito:
– Lamento decepcionarla mademoiselle, pero esta vez no morirá – le dijo mientras apagaba la lámpara y salía de la habitación rumbo a la madrugada de París.
sábado, 2 de mayo de 2015
CRUCE DE CAMINOS CON EL DIABLO (Cuento)
“Early in the morning, when you knocked upon my door, Early in the morning, when you knocked upon my door, I said Hello Satan, I believe it’s time to go.”
Me and the devil blues. Robert Johnson
Robert, sentado en la vieja banqueta de madera que él mismo
había llevado, sintió que el frío de la madrugada le partía los huesos. Llevaba
esperando cerca de seis horas en el mismo lugar, fumando, aterido pero con la
clara sensación del sudor frío humedeciendo su desgastada camisa. Alguien le había dicho que en el cruce de los caminos
de Clarksdake en Misisipi, aparecía el diablo a media noche. Llevó una banca y
una guitarra Gibson nueva que había comprado con todos sus ahorros y hasta con
los que no tenía, prestándose de aquí y de allá sin saber todavía si podría
pagar.
Recordó los últimos años, a los dieciocho se había casado
con Virginia, fue feliz. A pesar de lo poco que ganaba tocando en clubes de
mala muerte por la noche y trabajando en los campos de algodón cuando se podía,
había logrado formar un hogar. Su corazón se partió de tristeza cuando ella y
el bebé murieron la noche del parto. Se ahogó en la tristeza y el alcohol,
tocaba ebrio y cada vez peor. Recordó los tiempos de la escuela, cuando empezó
a tocar la armónica con sus amigos y luego su madre, entusiasmada, consiguió un
arpa usada para él. Nunca tuvo afecto por los estudios, su madre le imploraba
que se esfuerce y aprenda las asignaturas, pero sus diez hermanos mayores lo
habían hecho y daba igual porque terminaban trabajando en las plantaciones o arreando
ganado. Se dio cuenta que estudiar no haría la diferencia con ningún negro de Hazlehurst
ni de todo Misisipi, se abandonaba a la música. Un día el reverendo McKenna lo
probó para instrumentalizar el coro de la iglesia. Le dijo: “Muchacho, tocas
bien, pero no lo suficiente, si quieres puedes quedarte para enseñarte a
cantar, pero para tocar te falta mucho.” Robert no volvió, tocaba en casa y se
esforzaba en hacerlo mejor, pero notaba que no lo conseguía. Terminó siendo un
músico mediocre y peor aún luego de la muerte de Virginia. El whisky barato le
daba fuerzas para cantar y cantaba con verdadero dolor, pero tocaba de mala manera,
siempre a la diabla y sin precisión, esperando ansioso la pausa entre canción y
canción para la siguiente ronda de alcohol.
Fue en uno de esos clubes que lo contrataban solo porque no
había otro más barato qué él donde Robert conoció a Billy. Billy se sentaba en
una esquina, bebía siete whiskys y a veces se quedaba hasta el final. Nadie
sabía de dónde había venido, su rostro negro insondable con incontables arrugas
profundas y su cabello blanco apretado hacían imposible adivinar su verdadera
edad. Vivía en un establo, se le veía ordeñar las vacas en las mañanas pero no hablaba
con nadie. Todo su dinero lo gastaba en whisky, no se le conocía mujer ni
hijos. Un día cuando Robert bajaba del tabladillo miserable que servía como escenario,
Billy lo llamó para conversar. Robert se disculpó en un principio, pero no
resistió la tentación del whisky gratis que Billy le ofrecía. Se sentó, casi no
habló, Billy tampoco lo hacía pero trazaba figuras con los dedos sobre la mesa
y de rato en rato golpeaba con ritmo el tablero, luego de un rato le preguntó
si las canciones que cantaba eran suyas.
– Sí – respondió.
– Tal vez si se las das a alguien que las toque
mejor, podrías ganar algo de dinero – replicó Billy.
– ¡No!, son mías – contestó firme Robert,
recordando a Virginia. Había escrito esas canciones pensando en ella.
Billy se rió con estrépito. Lo miró fijo a los ojos y le
contó la historia de un hombre que vendió su alma al diablo a cambio de talento
para tocar la guitarra.
– Esas son mentiras – exclamó Robert y tomó el
último whisky de un solo golpe, cuando se marchaba escuchó a Billy decir:
– No pierdes nada, solo tienes que ir a media
noche a un cruce de caminos. Eso es todo.
Robert desde aquella noche no dejó de pensar en el asunto.
Ya no tenía familia, vivía en un sucio cuarto donde había guardado bien
escondidos algunos dólares por si en algún momento caía enfermo o dejaban de
contratarlo como había pasado en muchas ocasiones.
Esa noche había caminado sin ganas hasta el cruce, llegó
cerca de las diez cargando la guitarra nueva con cuidado y el viejo banquillo
para tener dónde sentarse. Esperó entre asustado y escéptico hasta la media
noche. Deseaba de corazón que no apareciera nadie, que todo fuese un cuento
viejo con el que los abuelos asustan a los niños para que no salgan de noche.
Cuando calculó que sería la hora indicada no pasó nada, solo el silencio y la
negritud profunda. De pronto oyó pasos, se le escarapeló el cuerpo. Encorvó la
espalda, aguzó la vista y pensó en usar la guitarra como arma en caso de
emergencia. Frente a sí, una silueta emergió de la noche, a medida que se
acercaba pudo reconocer el andar, la pelambre blanca, las arrugas infinitas,
era Billy. Se alivió y sintió enojó al mismo tiempo por la broma de mal gusto.
Se puso de pie, Billy lo saludó sin afecto y extendió la mano. Robert no
entendió, “dame la guitarra” dijo y Robert se negó, Billy rió con sus carcajadas estentóreas,
sus ojos llamearon y sus dientes
brillaron en una noche sin luna como si estuviesen hechos de alguna sustancia luminosa.
Robert sintió subir desde su vientre un calor trémulo, una sensación vaga en la espina dorsal de que ese hombre viejo era eterno y que expedía un olor
intenso a animal sacrificado. Comprendió todo.
– ¿Aún estás dispuesto a vender tu alma, muchacho?
– Dijo Billy.
– Sí – contestó firme Robert al mismo tiempo que entregaba la guitarra.
Billy tomó el instrumento y se fue como había venido, Robert
esperó y esperó. Pensaba por minutos, y seriamente, que había sido engañado con
el cuento más viejo del mundo y que Billy estaría riéndose de él, que vendería
la guitarra al primer desprevenido y se largaría del pueblo. Sin embargo la
desazón que le había dejado esa mirada maligna lo había convencido en última
instancia a entregar la guitarra. Raspó el tacón de sus viejos zapatos en el
piso terroso, enrolló y encendió su último cigarrillo y cuando estaba por
terminarlo apareció Billy de nuevo, le entregó la guitarra, humeante pero fría como
hielo. Respiró y preguntó:
– ¿Y ahora?
– Espera a mañana en la noche y solo toca, pero la
primera vez deberá ser en el lugar que te vio nacer. No olvides que tu alma me
pertenece.
– Ya lo sé. ¿Algún consejo? – preguntó Robert.
– Sí – dijo Billy.
* * *
A partir de ese momento la vida de Robert cambió, regresó a Hazlehurst
y tocó, la primera noche a nadie le llamó la atención el músico, era el
fracasado Robert LeRoy Johnson que había vuelto como se fue, pasó desapercibido.
Sin embargo él descubrió que la guitarra literalmente tocaba sola cuando pasaba
sus dedos por el mástil. Eran sonidos nuevos, firmes, profundos, melancólicos y
al mismo tiempo intensos. Poco después se dio cuenta que solo tenía que cerrar
los ojos e imaginar la música y esta fluía de sus dedos hacia la guitarra. Un
día, a solas, probó con una guitarra diferente, fue como si estuviese
arrancando gemidos lastimeros de una tabla atada con tripas de animal. A partir
de entonces nunca se despegaba de la guitarra, dormía con ella, no volvió a
tocar con otra, por esos días conoció a Esther, una joven viuda adinerada y se
casó con ella, tuvo un hijo. Poco tiempo después se corrió la voz de su
talento, venía gente a verlo de todo el estado e incluso desde otros estados.
Le propusieron viajes que aceptó, grabó en dos años veintinueve canciones pero
siempre exigió tocar sin iluminación, con el pretexto de que la luz le dañaba
los ojos, así podía ejecutar en la penumbra. La verdad era que tenía miedo de
que la gente viera que no eran sus dedos los que producían los sonidos de la
guitarra endemoniada. En los estudios, donde no podía esconderse en la oscuridad,
tocaba mirando a la pared y de espaldas a la consola con la excusa de que la acústica
era mejor de esa manera para su música. Las disqueras no lo contradijeron
jamás, sus canciones eran todo un éxito. Sin embargo, con el tiempo la ansiedad
lo fue consumiendo, tenía miedo de que su tiempo se acabe. Tenía miedo de que
Billy viniese a cobrar su deuda, lo veía o creía verlo en todos los clubes y
bares, en la mesa de la esquina, bebiendo siete whiskys e irse. En ocasiones
cuando creía verlo cancelaba la presentación y escapaba con su propios recursos
del pueblo, en cada lugar siempre encontraba una mujer que rápidamente accedía
a sus pasiones y pasaba la noche con él, con el tiempo asumió que era parte del
trato. Vivía en hoteles, dormía en un pueblo y a la noche siguiente en otro;
nunca dejó que le tomen una foto, excepto aquella vez que la disquera lo
amenazó con que sin foto no habría disco. Aceptó de mala gana.
Cuando tenía veintisiete años, el sábado trece de agosto de
mil novecientos treinta y ocho estaba en Greenwood, en Carolina del Sur, la
noche anterior se había acostado con la mujer del dueño del club donde habría
de presentarse, una mulata apasionada y febril de nombre profético: Diamond.
Ella cedió a sus requerimientos sin pudor y se metió disfrazada de mucama en su
cuarto una vez que tuvo la certeza de que el marido se había dormido. Antes de
la presentación alguien le mandó una botella de whisky, estaba abierta. Estaba
a punto de beber y miró el timbre roto y girado. La rechazó. Diamond, que
ayudaba a su marido en la barra del bar, abrió otra botella y se le envió. No desconfió y bebió. Minutos
después, mientras tocaba levantó la vista desde la penumbra y distinguió a
Billy en el fondo del club bebiendo su séptimo whisky, vio la mirada de fuego y
los dientes fulgurantes, sintió un espasmo en el pecho y la garganta seca, el
vientre se le incendiaba y los tendones de sus manos se agarrotaban
dolorosamente por el efecto de la estricnina. En ese momento recordó el consejo
de Billy, aquella noche en el cruce de
los caminos de Clarksdake:
– Nunca bebas whisky de una botella que no haya
sido abierta por tus propias manos.
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